Hijos indómitos
Nota de la autora
Como regalo de Reyes, y para aquellos que tenían curiosidad por leer algo mío que fuera totalmente original, os dejo este relato de fantasía que publiqué en una antología de relatos cuyos beneficios se destinaron a una fundación benéfica para ayudar a la reconstrucción de los pueblos asolados por la DANA.
Es lo primero que he publicado de forma oficial, así que le tengo mucho cariño y me hacía ilusión que tuvierais la oportunidad de leerlo, ya que solo se hizo una tirada de ejemplares y, por el momento, no hay previsión de que salgan más.
Espero que lo disfrutéis. Felices fiestas ^^
Relato Hijos indómitos
“Honrad y acoged a vuestros parientes sin
importar cuánto tiempo tardéis en volver a encontraros con ellos”, era lo que
había dicho la Reina Fundadora hacía más de cuatro siglos.
Nenet, como su sucesora, lo había
respetado sin dudarlo, a pesar de que daba por muertos a dichos parientes
durante la Guerra del Agua. Las grandes ciudades habían ahogado en sangre a
todo aquel que no se sometiera a su yugo, a pesar de que su gente, en aquel
entonces, no eran más que humildes granjeros y artesanos con una vida pacífica
y apacible.
Igual que los abalri, pastores nómadas que
poco tenían que ver con la vida sedentaria de su pueblo, pero de carácter
igualmente tranquilo. Los testimonios de entonces dicen que solían comerciar
con ellos cuando pasaban por sus tierras y que, en algún momento, surgió una
fuerte amistad con ellos, tanto que no era extraño que los abalri se hospedaran
en las casas de los kemi. Tanto que, en algún momento, llegaron a considerarse
parientes pese a tener costumbres y formas de vida tan diferentes, incluso
adoraban a dioses distintos.
Como sus antepasados, Nenet había
aprendido todo cuanto había podido de ellos. No porque pensó que había una
posibilidad, después de tanto tiempo, de que se rencontraran, sino porque se lo
debía. Las Bestias de Sangre habrían aniquilado lo poco que quedó de los kemi
si los pastores no los hubieran acogido y llevado por senderos desconocidos
hasta un lugar al que no serían perseguidos. Aunque ya no quedara ninguno de ellos,
las reinas de Kemet habían seguido con la tradición manteniendo su recuerdo vivo
en su gente, rezando porque sus almas siguieran viajando con el viento.
Nunca pensó que llegaría el día en que
estaría plantada frente a uno de sus Hogares de Reposo.
Era una edificación grande, pero simple, limitada
a cumplir su función. De base rectangular y muros altos, estaba construida con
ladrillos de adobe y carecía de cualquier decoración o intento de embellecerla.
Superficies rectas, gruesas y fuertes, destinadas a proteger a la comunidad que
vivía en su interior de sus enemigos.
En teoría. Nenet no se explicaba por qué
había una gran entrada sin puertas que parecía darles la bienvenida sin el
menor atisbo de hostilidad, de tres metros de alto y cinco de ancho. Era
extraño… Sospechoso, en realidad.
—Se nota que son chabka, están
rogando que les pongan cadenas de nuevo.
Nenet siseó una advertencia a Chakob
enseñando los dientes. El hombre de piel oscura rojiza frunció el ceño.
—Reconoce al menos que no son muy
inteligentes. Mira eso, ¿de qué sirve construir una fortaleza si dejas las
puertas abiertas? Estamos perdiendo el tiempo.
—Basta. Ya hemos hablado de esto —ordenó
Kalisim.
Nenet ocultó los dientes a desgana. Chakob
no le gustaba, no hacía mucho que había asumido el liderazgo y le faltaba
experiencia, sabiduría y actuaba por puro instinto. Su mente parecía incapaz de
ir más allá de lo que registraban sus ojos.
Sin embargo, Kalisim era diferente. La
mujer de cincuenta y pocos años destilaba calma y autoridad a la vez. No dudaba
de que fuera tan feroz como cualquier basim, pero, a diferencia de su joven
acompañante, no atacó a sus guardias ni exigió que la escuchara, sino que pidió
una audiencia y la trató con respeto durante todas las conversaciones.
Era la única razón por la que había
accedido a una alianza con las Bestias de Sangre, por poco que le gustaran.
Chakob puso los ojos en blanco.
—Sí, sí, pero me cuesta creer que estos…
—Se detuvo al ver la expresión de advertencia de Nenet, pese a su clara
exasperación—. Que esta gente sea la solución a nuestros problemas. Nunca han
sido guerreros.
—Liberaron a su pueblo a lo largo de todo
el continente en menos de diez años. No se me ocurre una mayor proeza aparte de
la travesía del pueblo de su majestad Nenet.
—¿Seguro que no los soltaron por inútiles?
—resopló Chakob.
Nenet hizo tintinear su sable en forma de
hoz contra su muslera. El hombre echó mano de su lanza.
—¿Me estás amenazando?
—Tal como yo lo veo, tu diezmado reino es
el más inútil en esta situación.
Chakob separó las piernas y se puso en
posición de ataque, pero Nenet, prevenida, ya tenía el sable en la mano y
estaba preparada para repelerlo. De repente, Kalisim se interpuso entre ambos y
rugió, un sonido más animal que humano, y los detuvo cogiéndolos por las
muñecas con sus fuertes dedos. Sus ojos se habían vuelto dorados y tenía las
pupilas rasgadas.
—Es suficiente —dijo con severidad antes
de dirigirse al hombre—. Chakob, no provoques a nuestra aliada, es estúpido. ¿O
necesitas que te recuerde lo que está pasando?
El joven la fulminó con la mirada, pero
retrocedió y bajó su lanza. Nenet lo imitó, sin perder de vista esta vez a
Kalisim. Sus ojos recuperaron su color pardo bajo la media máscara de bronce
que simulaba la cabeza de una leona.
—Sigamos el plan. Necesitamos esta
alianza. No sé qué extraño poder obtuvo esta gente, pero lo necesitamos.
—Si es cierto que lo tienen —masculló
Chakob entre dientes.
Nenet lo ignoró esta vez, solamente porque
desconocía si los rumores que le había contado Kalisim eran ciertos o no.
Hombres caballo. La primera vez que lo
escuchó, tampoco le pareció gran cosa, de hecho, en cierto sentido tenía su
lógica. Los abalri adoraban a la Indómita, mitad mujer y mitad yegua, la diosa
de todos los animales.
Desde la aparición de las ciudades, se la
consideraba una deidad menor a la que solo los ciudadanos de castas más bajas
seguían rindiendo culto, pero sus parientes no dejaron de venerarla, al fin y
al cabo, sus vidas giraban en torno a su ganado y su fuerte vínculo con los
caballos. La historia de cómo llegaron a ser tribus formadas por jinetes no
aparecía en los textos, pero sus antepasados describieron que no necesitaban
sillas ni riendas y que ni siquiera los retenían con cuerdas, permitiéndoles
vagar a sus anchas. Sin embargo, la idea de un abalri sin caballo era
inconcebible salvo que hubiera perdido a su compañero durante el viaje y
estuviera de luto.
Que lo primero que hubieran hecho los
antiguos pastores nada más recuperar su libertad fuera coger caballos no sería
sorprendente. Dudaba que fueran tan grandes jinetes como sus ancestros de
cuatro siglos atrás y tampoco creía que se hubieran convertido en guerreros tan
habilidosos como para salvar a su pueblo en diez años, pero no descartaba que
hubieran desarrollado algún tipo de poder.
Puede que la propia Indómita los hubiera
bendecido, como hizo la Reina Roja con los kemi. Fuera lo que fuera, lo
descubriría en breve.
Kalisim fue la primera en cruzar la gran
entrada con cierto aire solemne, seguido de un malhumorado y despreocupado
Chakob. Nenet, en cambio, se detuvo un momento frente a la puerta.
Inspiró profundamente, rezando una
plegaria a la Reina Roja para que la ayudara a cumplir con su deber. Después,
entró.
Lo primero que la recibió fue una fuerte
ráfaga de viento que por poco la asfixia. El olor inundó su garganta y se llevó
la mano a la boca, tratando de controlar las náuseas.
—Oh, ¡por el Gran Sabio! Dime que no
tienen a los caballos aquí —suplicó Chakob seguido de una arcada que rasgó su
garganta.
Para su sorpresa, Kalisim parecía que
mantenía mejor la compostura, a pesar de que su olfato estaba más desarrollado.
—Sin ninguna duda —dijo—. Hay tantos que
no puedo distinguir olores humanos.
Nenet entrecerró los ojos. ¿Era esa su
intención o solo tenía que ver con la forma en que reverenciaban a sus
monturas?
Miró a su alrededor en busca de una
posible trampa, pero era inútil. La recepción era tan austera como los muros
vacíos del exterior; un túnel empedrado y oscuro que se ensanchaba hacia una
salida todavía más amplia y por la que se filtraba la luz del sol. Ya podían
escuchar algún relincho casual.
Los tres se apresuraron a salir,
encontrándose con un gran patio de tierra arenosa que estaba cubierto por
grandes telas que protegían del sol a las monturas. Había de todas las razas:
elegantes khamsa, robustos basut, nobles amazig… Sementales, yeguas y
potrancos, bayos, castaños y ruanos… Algunos asomaban la cabeza desde sus
cuadras, casi todas abiertas y protegidas del sol por el piso superior, otros
bebían en los múltiples abrevaderos que rodeaban la zona de tierra, había un
par de potrillos jugando, un pequeño grupo de juguetones jibbas blancos
trotando e incluso Nenet pudo distinguir un rarísimo frisan negro sacudiendo su
hermosa crin ondulada.
Era un paraíso abalri, sin duda. Apestaba
como el inframundo, pero debía admitir que sus parientes habían reunido una
maravillosa variedad equina.
Pero ahora veía el sentido de dejar las
puertas abiertas. Dejaban que los caballos camparan a sus anchas por el oasis y
que regresaran a la cuadra si lo deseaban.
Chakob dio un paso al frente con el ceño
fruncido, mirando alrededor.
—Así que es cierto, piensan que los
caballos son dioses. Genial, esos son nuestros salvadores.
Nenet no supo si poner los ojos en blanco,
resoplar o enterrar su cara en las heces de los animales.
—No es eso. —Por suerte, Kalisim
respondió—. Son sagrados para ellos, pero no es que crean que…
De repente, el chasquido de un poderoso
golpe los sobresaltó. Cuando el grupo de alegres jibbas pasaron, Nenet los vio,
paralizándose. Dos enormes corceles, negros y con abundante y salvaje crin
plateada, se alzaban sobre sus patas traseras en lo que parecía una especie de
enfrentamiento.
Pero no eran caballos. Eran Medjen.
Inconfundibles por la capa de hueso que cubría su hocico hasta su frente y que
estaba unida a los cuernos curvados hacia atrás, semejantes a carneros. El
pecho también estaba protegido por la misma capa de hueso en forma de punta de
lanza hasta el cuello, así como los flancos, una hilera de costillas que emergían
de su propia piel.
—¿Qué es eso? —preguntó Chakob,
contemplándolos con cara de pocos amigos.
Kalisim lo agarró del brazo con fuerza.
Sus músculos tensos y el cuerpo ligeramente agazapado, alerta.
—Ni se te ocurra moverte. No llames su
atención.
Nenet tragó saliva, deseando permanecer
quieta aun sabiendo que se necesitaba algo más que dar unos pocos pasos para
llamar la atención de un Medjen. Siempre que esos pasos no estuvieran dirigidos
hacia ellos, claro.
—Si no los molestamos, no nos harán caso
—dijo, aun así, en voz baja.
—¿Qué son? —repitió Chakob. Al menos,
rebajó el tono.
—Vástagos de la Diosa Yegua —respondió
Kalisim—. Supongo que no entran en vuestras junglas. Ten mucho cuidado,
cualquiera de los dos podría matarnos de un golpe si nos alcanza.
Chakob la miró con los ojos muy abiertos.
—¿Incluso a ti?
Ella tensó la mandíbula.
—Incluso a otros más fuertes que yo.
—Mierda, ¿y qué hacemos?
Nenet se concentró, tratando de reunir lo
poco que sabía de los Medjen. Eran demasiado orgullosos como para que ellos,
simples mortales, fueran dignos de su atención. No los molestarían a menos que
hicieran cualquier cosa que les indicara que los estaban desafiando.
—Rodeemos el patio. Caminad despacio y con
la cabeza gacha delante de ellos, no hagáis nada que les haga pensar que los
estáis retando.
Por una vez, Chakob asintió sin rechistar.
Nenet encabezó la marcha, intentando ir al ritmo más normal posible. Si era
demasiado rápida, podrían interpretarlo como una amenaza; demasiado lento les
haría creer que era una especie de trampa, y una pisada despreocupada podría
ser una ofensa ante su presencia semidivina.
Estaba tan pendiente de los Medjen que
luchaban, resoplando y golpeando la arena con las patas delanteras a modo de
desafío, que la sorprendió cuando un amazig de color alazán se les acercó
trotando. Su raza era dócil con la gente, así que lo ignoró y permitió que los
siguiera a un par de pasos de distancia, olfateando en su dirección. Kalisim y
Chakob hicieron lo mismo, no supo si fue por imitarla o si también conocían y
usaban ese tipo de caballo, pero le alivió que no se pusieran nerviosos.
Cuando se cansó, el amazig retrocedió y
lanzó un largo relincho. Nenet tampoco le prestó atención esta vez.
Pero Kalisim sí.
—¡Apártese! —gritó, cogiéndola del brazo y
echándola hacia atrás.
Ante sus ojos, saliendo de una cuadra
abierta, salió disparado un borrón blanco y rojo. El filo de un sable brilló
cuando aterrizó en la arena y giró sobre sí mismo para encararlos. Nenet no
podía distinguir si era hombre o mujer, llevaba un tocado rojo envuelto
alrededor de la cabeza y su rostro estaba cubierto por una prenda del mismo
color. Su ropa tampoco le dio ninguna pista a pesar de que la tela era delgada
y fina, pero demasiado abombada en los pantalones y las mangas largas mientras
que la zona del torso bailaba con sus movimientos.
El abalri se lanzó de nuevo a por ella,
pero Kalisim ya estaba delante con las dagas a mano. Pese a que usaba armas
cortas, la mujer le sacaba más de una cabeza a su contrincante y era el doble
de voluminosa, más que suficiente para intimidar a cualquiera.
Pero el abalri no lo dudó. Se limitó a
deslizarse a un lado, y, de repente, desapareció tras el cuerpo del amazig que
había relinchado. El animal había regresado y golpeaba el suelo con sus patas
delanteras, bufándole a la mujer. Entonces, el abalri reapareció saltando sobre
ella desde el lomo del animal.
Kalisim, con su velocidad felina, se alejó
de un salto con un gruñido bajo. Nenet se fijó en que sus ojos eran dorados de
nuevo y que una ligera capa de pelaje amarillento asomaba por sus hombros y
bajaba por sus brazos.
—Cuidado, hay más.
Nenet se giró a tiempo de ver a los abalri
saltando sobre los caballos, que respondieron de inmediato a sus jinetes y
corrieron a rodearlos.
—Retiro todo lo dicho, alteza.
Se sorprendió cuando vio que Chakob, a su
lado, esbozaba una ancha sonrisa. Flexionó los largos dedos de las manos y los
pies mientras su cola oscura se balanceaba de un lado a otro.
—Puede que sean más interesantes de lo que
pensaba —dijo cogiendo su lanza.
—No les hagas daño —le advirtió Kalisim.
Su voz se había profundizado e iba acompañada de un sonido gutural.
Nenet quiso decir algo más, pero Chakob ya
había saltado hacia uno de los caballos, lo bastante alto como para superar las
cabezas de los animales y tan preciso que habría aterrizado sobre uno de los
abalri si este no se hubiera bajado echándose a un lado, apoyando las manos en
el suelo y rodando para alejarse. Su montura, por otra parte, se encabritó para
quitarse de encima a Chakob, pero este giró en el aire sin esfuerzo para
corregir la postura y el lugar de aterrizaje. Apenas tocó la grupa del animal,
saltó hacia otro objetivo.
Sin embargo, los abalri, lejos de
sorprenderse, bajaban de los caballos y permitían que estos se ocuparan de
Chakob mientras que ellos las enfrentaban a ella y a Kalisim.
—¡No queremos luchar! —rugió la mujer con
su poderosa voz—. ¡Hemos venido a hablar!
No la escucharon. Se lanzaron a por ellas haciendo
arcos con sus sables, avanzando ahora a ras de suelo, ahora con un salto, sin
un patrón fijo para evitar que previeran sus ataques.
Pero Kalisim era basim. Sus reflejos
brindados por las Cinco Leonas eran superiores, igual que su fuerza y
velocidad. Los abalri podían ser más diestros de lo que habían imaginado, pero
no eran rival para la mujer que los defendía sin apenas dificultad.
Nenet también se limitó a defenderse. No
tenía los reflejos de la basim ni la agilidad de los bhuku de Chakob, pero sí
una defensa poderosa, aunque procuró usarla solo en las zonas que estaban
cubiertas por su túnica, prácticamente todo el cuerpo salvo el rostro y las
manos. Aun así, los abalri se dieron cuenta, por supuesto, y, a diferencia de
con Kalisim y Chakob, retrocedieron confusos al darse cuenta de que sus sables,
al tocarla, no producían ninguna herida.
Aprovechó ese momento para tratar de
calmar los ánimos.
—No deseamos causar mal alguno —dijo con
una mueca interna. Era consciente de que sus palabras sonaban muy forzadas y de
que tendría un acento horroroso.
Los dos abalri abrieron mucho los ojos.
Uno de ellos la señaló con un sable.
—¿Dónde has aprendido tashek? —Era una
mujer, una anciana, aunque nadie lo habría adivinado por su forma de moverse—.
No enseñamos a las Bestias.
Nenet le sonrió con cariño.
—¿Y a un kemi?
La
mujer retrocedió un paso mientras que su compañero soltaba:
—Por la Voluntad Indómita.
Quiso intentar que detuvieran el ataque,
pero un movimiento brusco llamó su atención. Chakob había aterrizado por fin en
el suelo y tres jinetes habían hecho retroceder a sus caballos, dejando un
amplio espacio y rompiendo el círculo en el que habían sido acorralados.
Pero Nenet tardó poco en darse cuenta de
que había sido intencional. Solo habían dejado espacio para un nuevo
contrincante.
El Medjen cargó de repente, veloz como un
jibba pero con la potencia de un toro hape. Chakob solo pudo esquivarlo gracias
a su capacidad de salto y agilidad, pero vio en sus ojos que solo lo había
logrado de milagro. También leyó en su rostro que acababa de ser consciente de
la inmensa fuerza de la criatura. El aire silbó como una inmensa flecha cuando
falló el golpe con la cabeza. Sin duda, lo habría destrozado.
Uno había hecho acto de presencia. ¿Dónde
estaba el otro?
Nenet se giró y lo descubrió cargando en
dirección a Kalisim. Estaba distraída defendiéndose de tres abalri que no eran
más que una distracción.
Maldijo para sus adentros y corrió hacia
el Vástago de Indómita a la vez que dejaba que el regalo de la Reina Roja la
cubriera entera.
Los tres abalri se echaron hacia atrás de
un salto y Kalisim se dio cuenta de que había una trampa. Sin embargo, al
girarse, solo pudo ver con horror el choque.
Nenet hizo uso de toda la fuerza y el
impulso que había ganado con la carrera y, aun así, no fue suficiente. Pese a
que comprimió el cuerpo en el último momento para absorber el golpe, la lanzó
por los aires.
El dolor la dejó sin respiración durante
unos angustiosos instantes antes de toser. Quiso reírse de sí misma. No
esperaba ganar en potencia contra un Medjen, pero pensaba que la armadura aguantaría
lo suficiente como para protegerla, no que acabaría temblando en el suelo.
Había sido una ilusa, después de todo, el Medjen era un semidiós.
Con un gemido, se incorporó hasta hincar
una rodilla en el suelo. Al levantar la mirada, Kalisim la contemplaba con
asombro y Chakob sonreía.
—Un truco espectacular, alteza.
—No sabía nada de esto —dijo Kalisim,
todavía sin salir de su asombro.
Nenet esbozó una media sonrisa, consciente
de las escamas dentadas, rojas y duras que ahora cubrían su rostro. Respetaba a
la basim, pero acababan de conocerse, aunque fueran aliados. No iba a enseñar
sus secretos.
Les habría dicho eso si no fuera porque la
preocupaba más el Medjen. La majestuosa criatura también la observaba. Resopló,
golpeó el suelo dos veces con la pata y lanzó un fuerte relincho.
—¡Vamos, vamos! ¡Calma todo el mundo!
Todos los abalri apartaron sus caballos,
dejando a la vista las puertas del fondo. Un Medjen imponente se alzaba en el
centro, tan grande y majestuoso que hacía que el pequeño hombre a su lado
pasara casi inadvertido. Solo su ropa de color azul turquesa llamaba lo
bastante la atención como para fijarse en él.
Avanzó hacia el grupo con pasitos rápidos
casi despreocupados, seguido en todo momento por el enorme Medjen, que lo
vigilaba con la cabeza gacha en ademán protector. El contraste entre el tamaño
de ambos era tan grande que rayaba en lo ridículo.
Como el resto de abalri, lo único visible
en el hombre era la piel de sus manos, de un tono terroso más oscuro que la de
Nenet, pero sin llegar al marrón de Kalisim, y los ojos oscuros. Eran
extrañamente risueños y, ahora que no estaban luchando, pudo adivinar las
arrugas de vejez en ellos.
—¿Eres el rey de los jinetes? —preguntó
Chakob sin rodeos.
—¿Rey de los jinetes? —repitió el anciano
entre risas. Hablaba con fluidez la lengua de las grandes ciudades—. No, no,
nosotros no tenemos reyes como vosotros.
—Entonces, sois su líder —aventuró Kalisim.
El hombre frunció el ceño.
—No poseo ningún tipo de autoridad sobre
mi pueblo, solo soy su voz. Me llamo Yamal —dicho esto, le dedicó una mirada
curiosa a Nenet—. No pensé que vería a alguien bendecido por la Reina Roja.
Ella retrajo sus escamas y lo miró a su
vez con el ceño fruncido.
—¿Sabíais del regalo?
—Acaba de decírmelo un potrillo —rio el
anciano.
El Medjen tras él resopló alegre, como si
le hubiera hecho gracia el comentario.
Uno de los abalri dio un paso al frente.
—Yamal, afirma ser una kemi —dijo en
tashek.
—Lo sospeché cuando vi el regalo —dijo
acercándose a ella, examinándola de arriba abajo. Sus ojos brillaban—. Pensábamos
que vuestro pueblo se había extinguido. Ni siquiera sabíamos qué aspecto
teníais. Nos llegó muy poco sobre vosotros, pero siempre se dijo que fuisteis
gente muy amable con nosotros, casi como hermanos.
Nenet tragó saliva y apretó los puños.
Yamal parecía genuinamente contento de verla a pesar de afirmar saber muy poco
sobre los kemi.
—Pensábamos lo mismo —admitió en tashek,
tratando de contener la rabia y la culpa que se arremolinaron en su estómago—.
De haber sabido lo que os habían hecho, los habríamos arrasado a todos. Ya no
somos simples granjeros, ahora podemos luchar.
Chakob maldijo en su lengua cuando Nenet
sacó sus escamas en todo su esplendor, más largas y afiladas, casi espinas
amenazadoras. Kalisim reaccionó agazapándose de forma involuntaria, como si su
instinto la estuviera advirtiendo, mientras que Yamal parecía maravillado.
A Nenet, en cambio, todavía le ardía la
sangre.
—Una armadura impenetrable, veneno letal
—añadió enseñando los largos caninos— y ya no sois los únicos jinetes. Pero mi
pueblo prefiere las Titánides.
Yamal se sobresaltó, pese a que su tono
era de pura ilusión.
—¿Cabalgáis las legendarias serpientes del
Viejo Yermo?
Nenet retrajo de nuevo sus escamas y
asintió.
—Era eso o morir cruzándolo. Ahora tenemos
un reino próspero y fuerte en el Valle del Río Grande. Las Bestias de Sangre no
habrían podido detenernos, no tal y como somos ahora.
—¿Qué está pasando ahí? —preguntó Chakob.
Yamal le hizo un gesto brusco con la mano
para que callara.
—Silencio, joven mono, estás
interrumpiendo un hermoso rencuentro entre parientes —lo regañó antes de
mirarla con los ojos al borde de las lágrimas—. ¿Aún lo somos? ¿Como decían los
cuentos?
Nenet se llevó las manos al pecho y
después las extendió hacia él. Yamal imitó su gesto y después la abrazó. Ella
tuvo que inclinarse para devolverle el gesto, la cabeza del hombre le llegaba
al mentón.
Los abalri también colocaron las manos en
el torso y la llamaron “prima”, abriendo los brazos como bienvenida.
Yamal se separó de ella, pero mantuvo las
manos en sus brazos. Le dio unas palmaditas.
—No sabes lo mucho que me alegra este
encuentro —siguió diciéndole en tashek—. A estos carcamales ya no nos quedan
por vivir muchas alegrías, me temo.
Nenet echó un vistazo a su alrededor,
confirmando lo que suponía. El Hogar del Reposo era una residencia para los
abalri demasiado mayores para seguir realizando viajes largos. El resto de
tribus seguían con su estilo de vida nómada y pasaban a visitarlos en ciclos,
pero ellos ya no tenían fuerzas para cabalgar más lejos.
Al menos, en teoría.
—Nadie lo diría por la forma en que os
movéis.
Todos los abalri rieron, encantados por el
halago, diría ella. Yamal le dio otra palmadita.
—Ay, hija, no te dejes engañar. Has
luchado con nosotros, sabes que estamos débiles y que no aguantaríamos un
asalto a gran escala de las Bestias —dicho esto, les lanzó una mirada furtiva a
Kalisim y Chakob—. Por eso, me intriga que hayan venido solos. Un mono y una
leona juntos, jamás lo habría imaginado. Igual que permitas su compañía. ¿Qué
está ocurriendo fuera de las Dunas?
Nenet dejó escapar un suspiro. Se giró
hacia sus acompañantes y volvió a hablar en la lengua de las ciudades.
—Kalisim, Chakob, ya podéis hablar.
Decidles lo que me contasteis.
Los dos se miraron un instante y la mujer
asintió. Chakob se adelantó para dirigirse a Yamal, ahora con el rostro
sombrío.
—Los reinos del norte han caído.
Hubo un susurro incrédulo entre los
abalri. El ceño de Yamal se arrugó.
—¿Ante qué clan de Bestias?
—No son de aquí —dijo Chakob con una
expresión de rabia—. Vienen de más allá del océano y tienen la piel clara. No
como la vuestra o los kemi, como la leche. Están cubiertos de metal y usan
armas y metales extraños, más fuertes que los nuestros. Diezmaron a los que
estaban más al norte y los supervivientes pidieron asilo en mi jungla. Pensé
que podíamos repelerlos allí, pero nuestros ataques apenas les hicieron daño y
algunos de ellos han recibido un regalo del Fuego.
Otra oleada de murmullos de los abalri,
pero fue cortada rápido por un gesto de Yamal. Entonces, Kalisim se situó junto
a Chakob.
—Llegaron hasta mi reino, pidiendo cobijo
para todos los que sobrevivieron.
—¿Y se lo diste sin más? —preguntó Yamal
con el ceño fruncido—. Yo estuve encadenado por los basim. Sé muy bien que tu
gente preferiría ser devorada viva por las Cinco Leonas antes que perdonar a
los monos por la Guerra del Agua.
—No me inspiraron mucha confianza, es
cierto —admitió la mujer despacio—, pero los encarcelé mientras investigaba qué
enemigo era tan poderoso como para haberlos dejado en semejante estado. No
mentían.
—¿Tu reino sigue en pie?
Kalisim asintió.
—Pero no durará. No sin ayuda —dijo
mirándolos a ambos.
Yamal observó a Nenet con suspicacia.
—Tú también lo piensas.
—El poder de Kemet puede competir contras
las Bestias ahora, sin embargo, me preocupan estos Hombres del Mar. Si no
fueran tan numerosos, no sería un problema, pero han venido muchos y creemos
que esperan más.
El anciano inspiró aire profundamente.
—Buscáis una alianza con nuestras tribus.
Nenet agachó la mirada.
—No siento ningún aprecio por las Bestias
de Sangre, pero no voy a consentir que estos Hombres del Mar empiecen otra
Guerra del Agua. También están encadenando a los supervivientes.
Los abalri sisearon y Yamal entrecerró los
ojos. Después, se dirigió a Chakob.
—¿Qué tan desesperado estás para aliarte
con las leonas?
El bhuku no dudó ni un instante en
responder:
—La mujer que está a mi lado mató a mi
padre.
Nenet se quedó paralizada. Eso no lo
sabía, en realidad, había tenido la sensación de que ambos tenían una relación
si no amistosa, al menos respetuosa. Chakob rara vez contradecía las órdenes de
Kalisim, a pesar de que no solían gustarle.
Yamal también parecía impresionado.
—Y la toleras.
Esta vez, la basim intervino:
—Su padre mató a mi hija. —Hubo un matiz
de furia y dolor en su voz, pero se apagó rápido cuando miró a Chakob. El joven
le devolvió la mirada con intensidad—. Cuatro siglos de rencillas no se
entierran con facilidad, lo admito. No espero que perdonéis lo que os hicieron
nuestros clanes —dijo, ahora con los ojos fijos en Yamal—, pero todos moriremos
o seremos encadenados si los Hombres del Mar llegan más lejos.
Yamal permaneció en silencio, reflexivo.
Junto a él, el Medjen resopló y golpeó el suelo con una pata antes de agachar
la cabeza y bufar en dirección a la basim y el bhuku.
Cuando el anciano habló, Nenet tuvo la
sensación de que estaba respondiendo a la reacción del Medjen.
—¿Y qué pasará si ganamos esta guerra?
¿Qué será de nuestro pueblo?
Kalisim avanzó hacia el abalri con
decisión. Nenet se colocó en posición defensiva, pero la mujer la ignoró y se
arrodilló ante el hombre. Extendió un brazo, sacó una de sus dagas y se hizo un
largo corte. Sus ojos no se apartaron de los de Yamal.
—No se os hará daño alguno. Jamás tocaréis
una cadena de nuevo. Cabalgaréis a vuestras anchas por todo el continente,
acamparéis donde os plazca y seréis bienvenidos a cualquier reino, ciudad y
pueblo que haya. Os doy mi palabra, y que la Leona de la Venganza persiga y
descuartice mi alma y la de todo mi linaje si no la cumplo.
Entonces, el Medjen bajó la cabeza y
contempló de cerca a la mujer. Kalisim no apartó los ojos, pero hizo una ligera
inclinación para mostrar su respeto hacia la criatura. Esta la olfateó durante
un largo rato y, finalmente, resopló y dio un paso atrás.
Yamal asintió con aprobación.
—Eres sincera, Kalisim, y noble. Lo has
sido desde niña —añadió en tashek antes de alzar la cabeza para dirigirse a los
abalri—. La Indómita acepta su sangre. ¿Qué opináis vosotros? ¿Convocamos la
Asamblea?
Hubo una breve conversación que solo Nenet
pudo entender. Le indicó a Kalisim que regresaran junto a Chakob mientras los
abalri deliberaban.
—Alteza, los entiendes, ¿verdad? ¿Cómo va
la cosa? —le preguntó el bhuku al mismo tiempo que se ocupaba de la herida de
Kalisim. A Nenet le sorprendió que lo hiciera con cuidado y como si fuera lo
más natural del mundo, nadie habría dicho que sus clanes habían sido enemigos
durante siglos, o que sus familias habían estado matándose entre ellas hasta
hace poco.
Sin embargo, no dijo nada. En vez de eso,
suspiró y respondió:
—Como ha dicho Yamal, ellos no tienen
reyes. Siempre que hay que tomar una decisión, convocan la Asamblea. Los
representantes de cada tribu abalri se reunirán aquí y decidirán si quieren
unirse a la alianza o no. A algunos Ancianos les preocupa que los jóvenes no
quieran tener nada que ver con las Bestias de Sangre.
—Espera, ¿ancianos? —Chakob parecía
horrorizado—. ¿Estás diciendo que he puesto a prueba a gente mayor? Eso no está
bien, tendrías que habérmelo dicho.
Nenet casi sonrió. Quizá había juzgado a
Chakob con demasiada dureza. Le explicó lo que eran los Hogares del Reposo y
que el consejo de los Ancianos se tendría en cuenta.
—¿Qué piensan ellos? —preguntó Kalisim.
—No dudan de la resolución del Medjen y
todos los que están aquí fueron los últimos abalri encadenados. Han conocido la
libertad, pero tampoco han olvidado esa vida. Ninguno quiere que su pueblo
vuelva a pasar por eso.
Kalisim iba a decir algo, pero la
conversación cesó y Yamal se acercó, seguido de cerca por el Medjen. Los otros
dos que habían atacado antes se unieron a él, permaneciendo un paso por detrás.
—Convocaremos la Asamblea, expondremos
vuestro caso y hablaremos a vuestro favor. —Señaló con los brazos al patio
rodeado de abalri—. Todos nosotros.
Los jinetes descubrieron entonces sus
rostros, Yamal incluido. Nenet se apresuró a hincar la rodilla.
—Vuestra confianza nos honra.
Kalisim la imitó con solemnidad y, para su
sorpresa, Chakob hizo lo mismo con sumo respeto.
Yamal sonrió y su rostro se arrugó al
hacerlo. Era más mayor de lo que Nenet había supuesto, de hecho, parecía el de
mayor edad.
—Enviaremos a nuestros jibba más veloces.
Entendemos que es una situación de emergencia. Hasta entonces, os consideramos
nuestros invitados.
Nada más decir eso, los abalri asaltaron a
Kalisim y Chakob y prácticamente los empujaron a conocer el edificio y sus
alrededores con una energía que a Nenet, de nuevo, le hizo dudar de que esa
gente no estuviera en condiciones para seguir viajando.
Ella siguió a Yamal, que estaba junto a
los mensajeros que habían designado. Los abalri de alrededor los abrazaron y
les desearon vientos favorables y la protección de la Indómita. Cuando se
marcharon sobre sus inquietos y vigorosos jibba, se quedó junto al anciano y
los Medjen, que contemplaban la partida como si sus ojos aún pudieran seguirlos
a pesar de que se perdieron rápido entre la vegetación del oasis.
—Creía que estabais demasiado mayores para
hacer viajes largos.
A Yamal se le escapó una risita.
—Oh, enviamos a los recién llegados.
Todavía les queda fuerza suficiente. Además, los abalri siempre estamos
dispuestos a una aventura más, ¿verdad, amiga mía?
Cuando iba a responder, Nenet se dio
cuenta de que no se lo decía a ella, sino al gran Medjen. Esta inclinó la
cabeza con cuidado de no tocar al anciano con sus cuernos y frotó su hocico en
su cara. Yamal le dio unas palmadas cariñosas en el carrillo.
Una idea cruzó su mente, pero se le
antojaba imposible. Los Medjen, con lo orgullosos que eran, no lo consentirían,
¿verdad?
—Yamal, los Medjen… ¿Ellos permiten que
vosotros…?
—Fue el regalo de la Indómita —sonrió
Yamal—. Así fue como liberamos a nuestro pueblo. Seguro que nunca los has visto
atacando en grupos. Suelen ser demasiado orgullosos como para ir en manada y
probablemente no hayas visto muchos, pensarás que son pocos. Pero los hay a
centenares. Y sí, en ocasiones, se unen contra un mismo enemigo.
Nenet no pudo evitar estremecerse. Las
Titánides eran poderosas, pero tardaban décadas en desarrollarse por completo
y, por tanto, no eran numerosas. Tampoco es que hubiera muchos kemi lo bastante
valientes como para afrontar su desafío, y menos aún dignos de superarlo.
Pero un ejército de Medjen… Acababan de
ganar un poderoso aliado.
—Bueno, permíteme mostrarte tus aposentos
—dijo Yamal dando media vuelta y avanzando con pasitos cortos pero rápidos—. No
sé cuánto habréis prosperado los kemi, pero nosotros seguimos siendo bastante
austeros. La vida de nómada no da para muchos lujos, pero, ah… No puedo
imaginar nada mejor.
Nenet sonrió al escuchar la añoranza en su
voz cuando hablaba de sus viajes a lomos de su amiga Medjen que, por cierto,
ahora no lo seguía. Se giró para ver si aún estaba en la salida del patio junto
a los otros dos.
Ellos sí que estaban, pero la amiga de
Yamal, no.
No como antes. Donde estaba su cabeza,
ahora había un torso humano cubierto por una larga cabellera plateada, densa y
salvaje. Su vientre, pecho y hombros estaban protegidos por placas de hueso, no
podía discernir si los llevaba sobre la piel o salían de ella. Su rostro estaba
protegido por una máscara Medjen, también de hueso, en la que se vislumbraban
unos relucientes ojos azul turquesa, como la vestimenta de Yamal.
La criatura la miró con ellos y a Nenet le
temblaron las rodillas, a pesar de que su porte, orgulloso y autoritario, no
tenía nada de hostilidad.
Era ella. Y sabía lo que haría, igual que
supo lo que la Reina Roja quería que hicieran los kemi cuando se presentaron
Kalisim y Chakob en su palacio.
Cabalgaría a la guerra.
Comentarios
Publicar un comentario