Capítulo 41. Una ofrenda para los dioses
Cuando
las puertas del castillo se abrieron al fin, Naruto no hizo una salida triunfal
para ser recibido entre vítores por los ejércitos de su pueblo y del reino del
norte. En su lugar, apareció un malherido Kabuto que acompañaba cojeando a un
grupo de mujeres que se apretaba entre sí y contemplaba con los ojos abiertos
de terror la multitud acorazada y armada que las esperaba.
A
nadie le costó demasiado averiguar quiénes eran.
—Convoca
a Kaiza y a su gente a la tienda médica —ordenó Fugaku a la Ráfaga Invernal
antes de dirigirse a Shisui—. Busca un grupo de nuestras guerreras que estén en
condiciones para escoltarlas. Seguro que apreciarán más su compañía.
Shisui
asintió y partió de inmediato mientras Fugaku llamaba a Gai y a sus tropas para
entrar en el castillo y tomar el control de los soldados que quedaran, pese a
que era evidente que se habían rendido. Fuera como fuera, no les daría la
oportunidad de reorganizarse para planear un ataque por la espalda, y la
presencia constante del enemigo impediría que actuaran rápido.
Llevó
también consigo a su guardia personal y a Korin y Sai, sabiendo que querrían
asegurarse de que Naruto estaba bien.
Ya
suponía que después del devastador ataque combinado de dos fuerzas de la
naturaleza como la del Rey del Cielo y el creador del Fuego los soldados no
tendrían valor suficiente para oponer resistencia, pero, aun así, la visión de
hileras de soldados arrodillados con la cabeza gacha y las armas depuestas fue
impactante. Sobre todo porque, entre la marea de metal que inundaba el inmenso
castillo, los únicos que se alzaban para detenerlos era una docena sucia y
empapada de miembros del Clan y el propio Naruto.
Aunque
debía admitir que desprendía un aura poderosa incluso en esa postura relajada,
tal vez por la mirada atenta y feroz en sus ojos, que todavía conservaba un
fulgor rojo.
Un
rugido en las alturas le recordó que Fuin seguía en las murallas, revoloteando
entre las almenas, vigilante. Sí, el dúo era más que suficiente para mantener
el terror en la expresión de los hombres de la víbora.
Gai
fue el primero en reunirse con Naruto, seguido con diligencia por sus hombres,
que rodearon rápidamente a su señor.
—Majestad,
¿estáis herido? —preguntó el general.
—Estoy
bien —respondió el creador echando un vistazo a su alrededor. Arrugó el ceño—.
¿Dónde está Lee?
El
rostro de Gai se crispó, contenido, mientras que el resto de soldados apretaba
los puños o agachaba la cabeza.
—Lo
están atendiendo. Gracias a él, pudimos abrir las puertas.
Naruto
se quedó blanco, igual que su mente. Había asumido, hacía días, que habría
sacrificios, pero… No quiso pensar que esa guerra podría quitarle a un amigo, a
Lee, su leal y arrojado Lee, que desde el día en que se conocieron lo consideró
su único y verdadero señor, pese a tener la misma edad, a ser un crío que no
tenía ni idea de lo que hacía o cómo conseguir las cosas que quería para su
gente. Entre todos sus amigos, sentía que era el que más lo contemplaba con
admiración, como si su derecho al trono no fuera únicamente por nacimiento,
sino que lo merecía de verdad, que tenía lo necesario para serlo incluso cuando
había dudado mil veces. Su confianza le había ayudado a seguir adelante, por
muy complicada que pareciera la situación, le hizo pensar que encontraría una
salida.
Inspiró
hondo y apretó los puños y los labios, obligándose a hacer retroceder el
escozor en sus ojos. Estaba siendo atendido, no se había ido todavía. No se
iría, no Lee, nadie se esforzaba tanto como él, nadie era tan tenaz. No lo
insultaría dándolo por perdido, no después de que hubiera abierto las puertas
para él.
Tenía
que ser el rey que siempre creyó que sería.
—Entiendo
—dijo dándole un apretón a Gai en el hombro—. Me gustaría que me contara esa
historia cuando se recupere, tratándose de él, estoy seguro de que aparecerá en
la canción sobre esta guerra.
Por
un momento, los labios del general se estiraron hacia arriba y un brillo de
aprecio y agradecimiento apareció en sus ojos.
—No
lo dude, majestad.
Naruto
le dedicó una breve sonrisa, se apartó e inspiró hondo, recuperando una postura
firme. Sus hombres reaccionaron y se irguieron, orgullosos.
—Hemos
cumplido el objetivo principal, pero me temo que la guerra aún no ha terminado
—pronunció, mirando brevemente a Fugaku, que esperaba en silencio junto a su
guardia tras las tropas del Fuego—. Las casas nobles controlan el resto del
país y estoy seguro de que la caída de Orochimaru no será más que un pretexto
para colocar a su candidato en el trono. Para eso, deben eliminarnos primero,
de modo que es nuestro turno de defender. —Su mirada se clavó en su general—. Debo
ocuparme de un último asunto, así que, como antes, estarás a las órdenes de su
majestad Uchiha hasta mi regreso, ¿entendido?
—Sí,
majestad.
Puso
una mano sobre su hombro y lo apretó.
—Hazles
saber a mis guerreros que estoy muy orgulloso y que puedo marchar tranquilo
porque tengo plena confianza en que lucharán con la misma tenacidad que hasta
ahora. Volveré a tiempo para enfrentar a los nobles, lo prometo.
Gai
se llevó la mano al pecho y le hizo una reverencia, asegurándole que él se
encargaría de todo. Después, ordenó a sus tropas que se ocuparan de desarmar lo
que quedaba del ejército de Orochimaru, los reunieran e identificaran,
probablemente hubiera familiares nobles entre ellos que podían usar como
rehenes contra algunas de las casas que los enfrentarían más adelante.
El
creador, por otro lado, se reunió con Fugaku.
—¿Situación?
—Mejor
de lo esperado, apenas hemos tenido bajas en esta batalla y ha salido como
esperábamos —dicho esto, le dio un rápido repaso—. Parece que no necesitas
atención médica… y veo que te has llevado algo más.
Naruto
se miró el cinto, donde el filo ancestral de su tierra descansaba junto a
Sharingan. Tuvo que sonreír, había valido la pena caer en la trampa de
Orochimaru solo por encontrarla… junto a todas las demás. Cuando volviera,
tendría que hacer inventario.
—Admito
que no lo esperaba, pero, por una vez, ha sido una agradable sorpresa —mientras
terminaba de hablar, desenganchó a Sharingan y se la ofreció a su legítimo
dueño—. Creo que ahora ya está satisfecha.
Fugaku
la aceptó con un suspiro.
—Es
una lástima que no haya podido probar la espada que le regalaste a mi hijo,
pero seguro que se alegra de poder recuperarla. —Sus labios vacilaron en una
pequeña sonrisa—. ¿Quieres dársela tú mismo?
—Antes
de eso, hay algo de lo que debemos ocuparnos. —El rostro de Naruto se
endureció—. ¿Cuánto tiempo crees que tenemos hasta que los nobles reúnan un
ejército?
El
rey del Hielo entrecerró los ojos.
—No
tardarán en enterarse de que Orochimaru ha caído, teniendo en cuenta que ya
sabrán que el puerto está en nuestras manos. Probablemente ya tengan órdenes de
unir fuerzas en algún punto y dirigirse hacia aquí para ayudar a repelernos o,
en todo caso, para recuperar el puerto. Teniendo en cuenta las distancias,
podrían estar aquí en una semana.
Naruto
asimiló la información y asintió para sí mismo.
—Un
poco justo —murmuró antes de que sus ojos se ensombrecieran—, pero no podemos
esperar.
—¿Qué
ocurre? —Sai habló por primera vez. Se había quedado tranquilo al ver que
Naruto parecía estar bien, pero el tono de la conversación lo estaba
preocupando.
Naruto
se removió un poco antes de responder con reticencia:
—Había
otro motivo para que viniera aquí aparte de Sasuke. Es imprescindible que me
ocupe ahora de ello.
Sai
casi se sobresaltó. Con todas las batallas y el rescate de su primo, había
olvidado que había un asunto de dioses de por medio y, a juzgar por los
comentarios de Naruto, parecía algo grave.
—¿Hay
algo en lo que podamos ayudar? —preguntó Fugaku adelantándose un paso,
dispuesto.
El
creador sacudió la cabeza.
—Ya
lo habéis hecho, he conseguido lo que necesitaba. El Clan me llevará adonde
tengo que hacer el ritual —dicho esto, miró a Korin con una pequeña sonrisa—.
¿Vienes conmigo?
La
mujer frunció levemente el ceño.
—No
tiene ni que preguntarlo, mi señor.
—Entonces,
iré a ver a Sasuke y partiré de inmediato. Quiero llegar a tiempo para hacer
frente a los nobles…
Fugaku
lo interrumpió apretando sus hombros y mirándolo con intensidad.
—No
te preocupes por la defensa, mi gente jamás ha perdido un solo asedio. Haz lo
que tengas que hacer, seguiremos aquí cuando vuelvas. Cuidaré de los tuyos,
tienes mi palabra.
Naruto
quiso darle un abrazo, tan aliviado de que Fugaku lo hubiera acompañado a
aquella guerra que le podrían haber fallado las piernas. Ahora que toda la
adrenalina y la concentración de estar en mitad de un combate se habían ido,
experimentaba el agotamiento y la falta de sueño. Si no hubiera habido sol
suficiente, como en el Reino del Hielo, no estaba seguro de si podría haber
llevado ese ritmo, por no hablar de dirigir todo aquello. Gracias a Taka por
permitir que su gente acudiera en su ayuda, sentía que había aprendido mucho de
un gran rey muy experimentado.
—Lo
aprecio, majestad —dijo tomando a Chidori—. Aun así, volveré tan rápido como
pueda.
El
Uchiha vio cómo el creador se marchaba a paso resuelto con la frente
ligeramente arrugada. Había hablado de un ritual… pero no podía ayudar en nada
más. Rezaba porque todo fuera bien.
Un
fuerte aleteo llamó su atención y levantó la vista, donde Fuin, desde la
muralla, alzaba el vuelo para perderse en la misma dirección por la que se
marchaba el hijo de Kurama. Hizo que se sintiera más tranquilo y que pudiera
dar media vuelta sin dedicarle más pensamientos, después de todo, tenía una
promesa que cumplir.
En
la Plaza del Mercado había un ambiente agridulce. Allí, la batalla todavía no
se daba por terminada, no para los médicos, muchos de los cuales se habían
trasladado por orden del rey para estar más cerca de los heridos por la entrada
a la ciudad y el ataque al palacio de Orochimaru. Aún trabajaban para salvar a
todos los que pudieran.
Sasuke
también había ido con ellos, aunque había sido de los últimos en ser
trasladados, su padre no había querido que se acercara de nuevo hasta estar
seguro de que tenían el control de la ciudad, pero, después, había permitido
que fuera. A pesar de que era totalmente inútil, necesitaba estar ahí cuando
todo terminara para conocer el resultado, sobre todo si Naruto resultaba
apresado.
Ahora
ya sabía que habían ganado y, a juzgar por los rumores, su esposo había dado un
buen espectáculo junto al Rey del Cielo. Cada vez que lo pensaba, sonreía, un
poco molesto por no haber podido presenciarlo, pero aliviado y agradecido con
los dioses porque todo hubiera acabado bien.
A
pesar de eso, seguía sin ser capaz de descansar. Quería ver a Naruto y
asegurarse de que no estaba herido, aún tenía un poco de aprehensión cada vez
que llegaban soldados con camillas.
Entonces,
al rato de saber la buena noticia, entró en la plaza alguien a quien no
esperaba volver a ver: Kabuto, cojeando junto a un grupo de mujeres escoltadas
por guerreras del Hielo. Incluso con el cuerpo agotado, fue capaz de ponerse en
pie y llamarlo con un grito. El médico sonrió genuinamente al verlo y se reunió
con él después de hablar un momento con las mujeres, supuso que para pedirles
que siguieran a las soldados.
Sasuke
se alegró mucho de verlo vivo, teniendo en cuenta que la última vez que lo vio
no tenía posibilidad de victoria y que se había revelado como un traidor. Pensó
que, si no lo mataban esos soldados, lo haría Orochimaru nada más saber que lo
había ayudado a escapar, el propio Kabuto admitió que él tampoco esperaba salir
de esta.
Se
sentaron juntos y le contó todo lo que había ocurrido, incluyendo cómo su
esposo había escapado de la trampa de la víbora sin dificultad para después
quemar la Sala del Trono.
—Y
yo que creía que no le gustaba ser dramático —sonrió Sasuke.
Kabuto
imitó su gesto.
—Creo
que lo hizo más para desmoronar a Orochimaru que porque estuviera haciendo
teatro.
Él
ya lo sabía, eso y que probablemente le guardaba mucho rencor a ese malnacido
por todo lo que hizo en su reino, por haberlo secuestrado, por haberlo obligado
a llevar a su pueblo a una guerra y por las atrocidades cometidas en su propia
tierra.
Sí,
podría ser bastante rencoroso si le tocaban mucho las narices.
—Por
lo que dices, parece que se encuentra bien —dijo aliviado.
—Ah,
tendría que haberlo visto, alteza —suspiró Kabuto contemplando el cielo todavía
nublado—. Estaba más que bien, era glorioso. Fue como ver de verdad al hijo de
los dioses sentado en el lugar que le pertenece. Odiaba ese trono, pero a su
majestad le quedaba muy bien.
—Como
si siempre hubiera sido suyo —murmuró.
—Sí,
exacto.
Sasuke
también levantó la vista al cielo. Esperaba que esas nubes no fueran un
problema para Naruto si tenía que recargar energía, no estaba seguro de cuánta
era capaz de usar antes de agotarse, aunque aquí el clima era mejor para él que
el de su tierra.
—Qué
rabia, me he perdido lo mejor.
Entonces,
la sonrisa de Kabuto desapareció.
—Puede
que aún pueda verlo, cuando los nobles vengan hacia aquí. Aunque… si le soy
sincero, no tengo ni idea de qué fuerza humana puede hacer frente a algo como
lo que he visto.
Él
tampoco. Desde el principio, había sabido que su esposo no sería fácil de
enfrentar, ni siquiera para Orochimaru, sin importar que lo tuviera de rehén y,
en efecto, había demostrado estar más allá de sus expectativas. Todavía no
conocía todos sus secretos, pero, por eso mismo, no se confiaría; había visto a
Naruto al borde de la muerte durante su ciclo fértil y podría haberlo perdido
en aquella ventisca.
Para
eso estaba él, para apoyarlo y cubrirle la espalda.
—Confiarse
es el primer paso hacia la derrota —dijo solemne—. Cometí muchos errores cuando
me fui al mar por mi cuenta por ser arrogante. No importa lo imparable que
parezca mi esposo, debemos prepararnos de todos modos. Además, ahora defendemos
nosotros, la estrategia es muy diferente.
Kabuto
asintió.
—Cierto.
—¿Estás
insinuando que no soy invencible?
La
voz hizo que diera un salto que por poco le costó que cayera al suelo. Suerte
que Kabuto lo sujetó mientras veía cómo Naruto le sonreía junto a Sai y Korin.
—Mira
que eres cabezón, tendrías que estar en cama. Más te vale que no estuvieras
dudando de mí —le dijo acercándose con rapidez.
—Y
tú eres un idiota que no hace más que preocuparme —replicó con los labios
curvados hacia arriba.
Su
esposo llegó hasta él y lo ayudó a sentarse de nuevo antes de abrazarlo con
fuerza. Se había quitado la armadura y llevaba una túnica roja corta y unos
pantalones oscuros que no le dejaron ver si tenía alguna herida más allá de
algunas magulladuras y arañazos, pero todo parecía indicar que estaba bien,
sano y salvo, como le prometió. Suspiró mientras le devolvía el gesto, aunque
no con la fuerza que le habría gustado, no era capaz. Volvía a dolerle la
cabeza de agotamiento, pese a lo feliz que era en este momento.
—Estoy
bien.
—Y
yo nunca dudé de ti.
Se
separaron lo justo para que Naruto se arrodillara frente a él, manteniendo el
contacto con sus brazos. Él también estaba cansado, lo notó en sus ojos medio
cerrados. Le acarició una mejilla.
—Si
no tienes que ir al médico, deberías descansar.
—No
soy el único —dijo con cierto reproche.
Sasuke
esbozó una media sonrisa.
—Te
juro que lo he intentado, pero con todo lo que estaba pasando, no era capaz de
pegar ojo. —Fue consciente de la forma en que sus hombros se hundieron y cómo
sus músculos amenazaban con relajarse demasiado. Su cuerpo estaba al límite—.
Ahora que estás aquí, podré dormir.
Una
arruga en su frente y su repentino silencio fue todo lo que necesitó para saber
que no iba a ser tan simple.
—¿Qué
pasa?
Naruto
le apretó los brazos.
—Tengo
que irme a hacer una cosa.
—¿Dónde?
—preguntó ansioso, aunque no le dio tiempo a responder—. Voy contigo.
Su
esposo lo mantuvo sentado y le lanzó una mirada severa.
—Tú
te quedas, no puedes ayudarme y tienes que descansar.
—Tú
también —gruñó Sasuke, rodeándole los hombros—. Naruto, veo lo agotado que
estás, no has pegado ojo desde anoche y sé bien lo que le pasa al cuerpo
después de horas combatiendo. En tu estado, no puedes…
Las
manos del creador en su rostro lo detuvieron, como la súplica silenciosa en sus
ojos. Cerró la boca, comprendiendo que se trataba de algo importante… y de que
no le iba a gustar.
—¿Recuerdas
lo que hablamos acerca de ser el primer creador? —le preguntó en voz muy baja.
Se
irguió en su asiento, las palabras de Taka resonando en su cabeza. Kabuto
también mencionó al dios de su tierra y sabía que había aparecido otro creador…
Entonces, ¿había llegado el momento?
…
Aun así…
—¿Ni
siquiera puedes descansar unas horas?
Una
emoción nueva apareció en los ojos de Naruto, algo que no esperaba ver. Temor.
Inquietud. Dolor. Si una fuerza de la naturaleza como él estaba así, lo que
estuviera pasando debía de ser mucho más grave de lo que creía.
—No
sé cuánto tiempo tengo. Es… peor de lo que pensaba.
Sasuke
inspiró hondo, asimilándolo.
—¿De
verdad no hay nada que pueda hacer?
—Nadie
aparte de los creadores puede entrar.
Necesitó
hacer un par de respiraciones para pensar de forma racional, lo cual ya era
difícil con el dolor de cabeza y la creciente intranquilidad de esa situación.
Encima, no había nada que pudiera hacer para ayudarlo, era, al final, un asunto
de dioses y creadores.
—¿Estarás
bien? —Eso era lo que realmente le preocupaba.
La
mirada de Naruto se intensificó, clavándola en la suya. Quería que viera que lo
decía en serio.
—No
correré peligro. La parte más difícil era aquí y la hemos superado. El sitio al
que voy es, de hecho, el lugar más seguro en el que puedo estar.
Al
escucharlo, pudo soltar el aire, un poco más tranquilo. Naruto no le mentiría,
no después de todo lo que había pasado, de estar separados tanto tiempo.
Se
dejó caer hacia delante para abrazarlo y pegar su frente a la suya.
—Entonces,
ve y haz lo que tengas que hacer. Yo me recuperaré y ayudaré a organizarlo todo
aquí.
Ser
consciente de lo que podía hacer, confiar en su pareja. Era lo que Taka quería
que aprendiera. Si no podía ayudarlo en su cometido como creador, asumiría su
papel como futuro rey consorte del Fuego y cuidaría de sus hombres en su
ausencia.
No
permitiría que los sacrificios que se habían hecho en esa guerra, una que se
había producido por su causa, fueran en vano por un puñado de nobles codiciosos
que pretendían seguir con tradiciones bárbaras. Habría que pensar una
estrategia más elaborada a largo plazo si tenían intención de tomar todo el
país para ayudar a la gente de Kabuto y al Clan, pero, por el momento, tenían
que priorizar afianzar su dominio sobre la capital y el puerto, era posiciones
muy valiosas desde las que podían hacer maniobras importantes y que contenían
los recursos necesarios para continuar la contienda.
Él
y su padre podían ocuparse de todo, tenían a gente capaz para ayudarlos y
guerreros fuertes y dispuestos. Naruto no tenía que preocuparse por ellos.
—Aún
no he podido hacer nada de provecho aquí —le sonrió—, así que ganaré esto para
ti.
Su
bello esposo le dedicó una mirada tierna acompañada de una suave sonrisa. Le
acarició la cara con cariño.
—Sé
que eres capaz, pero intentaré volver antes de la batalla. No me debería llevar
mucho tiempo lo que tengo que hacer.
—Entonces,
te veré pronto.
—En
una semana, como mucho.
Después
de eso, se besaron. Esta vez, Sasuke sacó las últimas fuerzas que le quedaban
para abrazar a su rubio con todo lo que tenía, pidiéndole en silencio que fuera
con cuidado, incluso si afirmaba que no correría peligro. Naruto le acarició el
pelo y juró que le deseaba una pronta recuperación solo con ese gesto.
Al
separarse, se resistió un poco, pero, al final, lo dejó ir tras un último
apretón a su mano. Sai se quedó a su lado mientras observaban su marcha,
apretándole el hombro.
—No
te preocupes, primo. Korin y los miembros del Clan van con él. Esos salvajes lo
adoran como el semidiós que es y ella me ha dicho que procurará que descanse
todo lo que sea posible.
—Supongo
que tampoco te ha dicho de qué se trata todo esto.
—No
—Sai frunció el ceño—, pero cuando nos reunimos con él antes de la guerra,
parecía preocupado. Sin embargo, es cierto que le ha dado más prioridad a la
guerra, así que, fuera lo que fuera lo que tenía que hacer, estaba relacionado
con esto. Ah, y con Orochimaru.
Esta
vez, tanto él como Kabuto lo miraron extrañados.
—¿Orochimaru?
—repitió el primero.
—¿Qué
tiene que ver con esto?
Su
primo se encogió de hombros.
—Ni
idea, pero Naruto fue inflexible cuando dijo que tenía que ir con ellos.
Sasuke
trató de recordar todo lo que sabía de los creadores y los dioses, todo lo que
le dijo Taka, en especial de esa fuente… Pero su cabeza palpitaba y su vista se
empañó por puntos negros. Ya no podía más.
—Sai,
llévame a la tienda —logró decir antes de que su cuerpo colapsara al fin.
Apenas
sintió que él y Kabuto lo sostenían como podían. Solo pensó que Naruto estaría
bien, fuera de peligro y protegido de todos modos por gente de confianza, y
que, una vez acabara lo que los dioses necesitaban de él, volvería a su lado.
Y
esa vez, no se separarían. No lo permitiría.
Incluso
antes de llegar a su destino, el instinto de Korin le decía que algo estaba mal
en las cuevas donde se había instalado el Clan. Era como si pudiera oler la
muerte en el aire, a pesar de que sus sentidos no detectaron putrefacción ni
cadáveres de animales en descomposición, y, aun así, el aire parecía más pesado
de lo más normal, los caballos estaban inquietos, el sabor de la comida,
insípido, y las horas de sueño no lograban reparar su cansancio por completo.
También
notó una creciente ansiedad entre los miembros del Clan. Habiendo luchado con
ellos, Korin estaba convencida de que no tenían nada que envidiarles a los
guerreros del Hielo en lo que se refería a valor y arrojo, pese a sus técnicas
y materiales primitivos, eran feroces y dudaba que hubiera miedo alguno que los
obligara a retroceder en una batalla. Sin embargo, entre ellos se percibía una
presteza causada por un temor que ella también experimentaba, pese a que no lo
comprendía.
Cuando
le preguntó a su señor, le respondió señalando las montañas del este. Si bien
las del Reino del Hielo eran imponentes como titanes, las de este país eran
delgadas, como dedos de gigantes enterrados bajo la tierra, desnudos de árboles
y cubiertos por roca blanca y rosada. Por ello, no comprendió bien lo que
quería decir hasta que se fijó en la falda de la zona, boscosa… pero muerta. No
solo eran los árboles, negros de luto, sino la hierba seca, gris y aplastada
que avanzaba sierra abajo como una ola en dirección a las calas a las que se
dirigían. Además, no se escuchaba ni un susurro proveniente de la zona, no vio
pájaros sobrevolándola y los caballos estuvieron nerviosos y resoplando con
pesadez mientras las pasaban de largo.
Seguía
sin estar segura de qué era eso, pero no tenía duda de que era lo que el
creador debía detener. Solo esperaba que tuviera fuerzas suficientes, había
estado bastante cansado durante el viaje y, a la hora de acampar, siempre se
encontraba fatigado. Era cierto que no estaban durmiendo ni descansando tanto
como podrían hacerlo debido a las prisas, pero Korin sabía que él era más
fuerte que eso. Tal vez la guerra lo había consumido más de lo que aparentaba y
necesitaba un poco de tiempo para recuperarse por completo. Esperaba que, una
vez en el territorio del Clan, pudiera comer y dormir debidamente, aunque solo
fuera un día.
La
llegada no fue como esperaba. Su señor le había advertido que la gente que
vivía en esas cuevas lo hacía en condiciones insalubres a pesar del precioso
paisaje y le bastó un vistazo para darse cuenta de que tenía razón, pero…
No
había gente. Estaba desierto.
Zabuza
se detuvo de pronto y bajó del caballo de un salto, dando una orden a voz en
grito. Luego, corrió hacia Naruto.
—Rápido,
hijo del sol.
Korin
permitió que lo ayudara a descender. No se perdió la repentina palidez en su
rostro cuando bajó del animal.
—Zabuza,
ocúpate de Orochimaru.
Ella
descendió con rapidez y, nada más poner un pie en tierra, lo sintió.
Era
débil, pero no había forma de que no pudiera ignorarlo. La tierra estaba
latiendo. Tan leve que apenas era un pequeño temblor en el suelo, pero las
plantas de sus pies podían sentir ese golpeteo inquieto contra sus botas.
Un
escalofrío le recorrió la espalda y buscó a su señor con la mirada. Naruto se
la devolvió con severidad.
—Aún
hay tiempo.
Korin
asintió y se colocó junto a él para cualquier cosa que pudiera necesitar. Para
entonces, Zabuza tenía a un demacrado Orochimaru cogido por el pelo y la nuca y
prácticamente lo arrastraba adonde quería.
No
le habían dado el mejor trato del mundo, ni siquiera Naruto había tenido mucha
misericordia. Llevaba la misma ropa lujosa que en la batalla de hacía tres
días, ahora toda sucia, raída y manchada de tierra. Nada de bañarse, nada para
dormir en el suelo y la comida justa para que sobreviviera al viaje. El primer
día pareció recuperar la dignidad suficiente como para tratar de hacer un pacto
con el creador, pero este fue tajante al decirle que el momento de negociar
había pasado cuando no escuchó las repetidas advertencias de Sasuke de
liberarlo. Luego, vociferó una única vez antes de que Zabuza lo golpeara con
tal fuerza en la cabeza que lo dejó inconsciente.
El
viejo rey de la Hierba tardó poco en comprender que lo mejor que iba a recibir
por el momento era que le perdonaran la vida, tal vez para negociar con los
nobles… pese a que no tenía sentido que lo estuvieran llevando en dirección
contraria.
El
salvaje lo obligó a moverse hacia una gran gruta donde se había arremolinado
una multitud que cantaba en una lengua que no podía entender. Los hombres
hacían entonaciones graves, profundas y casi guturales en forma de largas
vocales como una harmonía de ultratumba, mientras que las mujeres eran la
fuerza y el corazón de la canción, rítmica y poderosa como una epopeya antigua
dedicada a los tiempos gloriosos de los dioses.
El
contraste entre los hombres, sentados, solemnes, y las mujeres que danzaban en
círculos y con gestos bruscos, casi un baile guerrero de golpes de puño y
rodilla era estremecedor, aunque no tanto como los niños en el suelo,
serpenteando entre aquellas espirales humanas que se entrecruzaban a la
perfección, y que se dedicaban a trenzar anillos de flores aquí y allí para
unirlos en una forma definida a la que le faltaba poco para terminar.
Si
bien para Orochimaru el espectáculo era macabro y amenazador, Korin no tardó en
darse cuenta de que era un ritual, uno importante si estaba todo el Clan
reunido y ni siquiera se había inmutado ante su presencia. Los habían visto de
reojo y habría jurado que vio dicha y esperanza en sus ojos, pero nadie, ni
siquiera los más pequeños, interrumpieron su tarea.
Sin
detener el paso, se inclinó para tocar el brazo del creador, llamando su
atención. Le preguntó con la mirada si podía hablar y él asintió.
—¿Hay
algo que pueda hacer? —Su voz fue muy baja, sin querer interponerse en el
ritual.
Naruto
le respondió en el mismo tono.
—Quédate
en la entrada y reza por el dios de esta tierra. Eso que sientes en la tierra
es su latido.
Por
primera vez, la expresión de Korin fue de completo horror.
No,
no podía estar pasando algo así, no a un dios, no podía… No debería ocurrir.
Se
detuvieron en la entrada de la cueva y Zabuza empujó a Orochimaru, tirándolo al
suelo.
—Quieto
—ordenó el enorme hombre antes de intercambiar una mirada con Naruto y hacer
una reverencia—. Nos reuniremos con nuestros hermanos.
El
creador asintió.
—Korin,
vigila a Orochimaru un momento.
Amaterasu
siseó cuando la desenvainó de un movimiento limpio. La víbora se arrastró hasta
la pared de la cueva, los ojos desenfocados por el miedo, la respiración
agitada.
Naruto
acompañó a Zabuza y los guerreros que lo habían escoltado durante esos tres
días hasta las espirales, donde les dio la bendición de Kurama en su lengua
antes de dejar que se unieran al ritual. Después, fue hacia el inicio de la
figura que serpenteaba entre ellas, que presidían dos niños y un joven.
Haku,
Inari y Shin.
Los
tres sonrieron al verlo, pero no dejaron su tarea atrás. Naruto se sintió muy
aliviado de ver un poco más de color en la piel de Shin, le había preocupado un
poco su integración en el Clan, pero lo veía mucho más tranquilo que la otra
vez.
—Me
alegro de veros a todos, ¿estáis bien? ¿Shin, Inari?
—Sí
—respondió Inari en voz bajita—, Haku y el Clan nos enseñan muchas cosas. —Le
enseñó el anillo de flores azules trenzado en tiras de hojas largas y tallos
verdes—. ¿Le gustará?
—Estoy
seguro de que le hará muy feliz —respondió con una sonrisa antes de acariciar
la cabeza de Shin, que lo miró con timidez—. Te veo mejor.
Él
asintió con rapidez y siguió trenzando.
—Naruto,
¿tenemos que entrar contigo? —le preguntó Haku entonces.
Él
entrecerró los ojos, sin responder de inmediato. Como creadores del reino,
deberían estar presentes… pero no quería que presenciaran lo que iba a pasar
dentro de esa cueva. Haku e Inari eran unos niños y Shin ya había visto
demasiado. De todos los rituales que podía mostrarles, no quería que ese fuera
el primero.
—No
será necesario, puedo hacerlo yo. Además, soy terrible en esto —dijo señalando
las flores—, mejor os lo dejo a vosotros.
Haku
le dedicó una enorme sonrisa. Tenía los ojos brillantes.
—Estará
perfecto cuando salgáis, ya lo verás.
Naruto
le revolvió el pelo con cariño antes de despedirse. Regresó adonde estaba
Korin, ahora sin un asomo de alegría en el rostro, con un fulgor rojo en los
ojos.
—A
partir de aquí, me ocupo yo, Korin.
—Mi
señor. —Ella envainó la espada—. ¿Estará usted bien? No ha descansado mucho.
Él
asintió, casi distraído, observando el interior de la cueva.
—Cuando
esto acabe, podré hacerlo. —Se giró hacia ella—. No importa lo que escuches o
lo que sientas, por malo que parezca, estoy a salvo. ¿De acuerdo?
—Confío
en usted, mi señor —dijo ella sin vacilar—. Después de todo, me dio su palabra.
El
creador estuvo a punto de sonreír, pero los latidos bajo tierra le recordaron
que no tenía todo el tiempo del mundo. Todo estaba preparado y tenía lo
necesario para el ritual, así que más valía hacerlo rápido.
Se
dirigió hacia Orochimaru a la vez que creaba una bola de fuego que se internó
en la cueva.
—Síguela
a menos que quieras arder —lo amenazó, dejando que la temperatura de sus manos
subiera.
La
víbora se arrastró pegada a la pared, retrocediendo hacia el interior, pero
poco dispuesto a perderlo de vista.
—Tú…
No puedes matarme, no te está permitido…
—Ah,
así que lo sabías —dijo sin inmutarse—. Es cierto, pero eso no me impidió
arrancarte los dos brazos, así que, ¿qué prefieres? ¿Te arranco también las
piernas y te llevo a rastras? ¿O irás por tu cuenta?
Orochimaru
se estremeció, pero, poco a poco, se irguió e inició una marcha lenta tras la
bola de fuego que, para su desgracia, tuvo que acelerar al notar la proximidad
del creador. Uno que había conquistado su palacio prácticamente en solitario.
El libro se había quedado corto, desde luego. Lo había subestimado… No, peor
todavía, había cometido errores de cálculo desde el principio: se mofó de la
flota de Danzo, menospreció el ejército del Fuego, creyó que el invierno
detendría a los Uchiha y que podría engendrar un nieto de Sasuke Uchiha. Pero
todo había ido mal desde que pusieron un pie en su tierra, todo, el puerto, la
capital, su palacio. ¿Había estado ciego y sordo todo ese tiempo?
No
podía acabar así, no después de todo lo que su linaje había conseguido, desde
arrebatarles las tierras a los salvajes hasta unificar el reino de las Dos
Serpientes. Su país era grande, fértil y rico, no podía perderlo tan
fácilmente.
Aún
estaba vivo. El creador podría haber ordenado a cualquier otro que lo matara,
pero no lo había hecho y ahora estaban solos en una cueva, tenía algo de
tiempo.
—¿Cuál
es tu plan? ¿Esconderme aquí hasta que las casas nobles cedan a tus
condiciones? Puede que me hayas vencido, pero sin refuerzos no podrás
enfrentarlos a todos, acabaréis perdiendo a la larga. Lo más inteligente que
puedes hacer…
—Creía
haberte dicho que las negociaciones terminaron. Tus nobles no me preocupan.
Orochimaru
arrugó la nariz.
—Mi
país es tres veces el tuyo y cuatro veces más poblado que el Reino del Hielo. Incluso
si tienes el puerto, la ayuda tardaría demasiado en llegar y, mientras tanto,
mis hombres se irán reuniendo, acumulando fuerza. Te sobrepasarán.
Llegaron
a una zona donde las paredes tenían dibujos antiguos. Estuvo a punto de
resoplar al ver la serpiente gigante siendo adorada por hombres y otras
criaturas con cola que no reconoció. Los salvajes y sus cuentos mitológicos.
—Me
encantaría que se reunieran todos en la próxima batalla —comentó el creador con
un tono impaciente que lo sorprendió—. Es más rápido limpiar la mierda si se
acumula en el mismo sitio, en vez de estar desperdigada aquí y allá.
Orochimaru
frunció el ceño.
—¿Crees
que podrías tú solo contra semejante ejército? No es como incendiar un castillo
para tomarlo y ni siquiera puedes matar, así que tendrás que usarme para…
—Tu
utilidad acaba en este lugar —replicó el creador con voz grave. Los latidos de
la tierra acentuaron cada palabra y, después, se aceleraron, crecieron,
golpeando el suelo.
Al
mismo tiempo, la bola de fuego iluminó una estancia repleta de esqueletos. Orochimaru
los reconoció como las criaturas con cola de las paredes, también identificó
los cráneos en forma de serpientes y las zarpas de sus extremidades. Tropezó
por la impresión, pero recuperó el equilibrio antes de caer entre sus huesos
amarillentos que se arrastraban en una única dirección.
—¿Qué
es todo esto?
—Lo
que provocó tu linaje.
Giró
sobre sí mismo para encontrarse con el rostro cubierto de sombras del creador.
Sus ojos volvían a ser de ese rojo infernal, inhumanos, y no reflejaban nada,
como su voz.
Eso
era lo que más le asustaba. Los guerreros del Fuego eran pasionales, lo había
visto en esa guerra, pero su señor se parecía más a la gente del Hielo: gélidos
e inmutables, aunque por dentro estuvieran ardiendo de pura rabia.
—Yo
no hice esto —dijo por puro instinto.
El
creador avanzó en su dirección. Orochimaru retrocedió a su vez, dejando tras su
paso todos aquellos cadáveres que estiraban sus garras hacia él.
—Pero
hiciste otras cosas, ¿no es así? —Un matiz peligroso asomó en el tono del rey
del Fuego. Le erizó el vello de la nuca, ya no sabía si prefería la faceta
inmutable—. Seguiste con las viejas costumbres de tu linaje, profanando las
leyes divinas, persiguiendo a los antiguos pobladores de estas tierras… Incluso
fuiste tan lejos como para ir en contra de tu propia gente.
—¡Yo
no hice tal cosa! —gritó Orochimaru al mismo tiempo que retrocedía tan rápido
como podía. No se atrevía a girarse y correr, lo alcanzaría en un abrir y
cerrar de ojos.
—Matas
a tu pueblo de hambre, los condenas a una vida precaria y al borde de la muerte.
Raptas y torturas a sus mujeres, asesinas a los que luchan por sobrevivir,
quemas tu propia tierra…
La
espalda de Orochimaru golpeó una pared. Tras un vistazo rápido, corrió siguiendo
el pasadizo que parecía estrecharse según avanzaba, asfixiándolo, impidiendo
que pensara con claridad más allá de huir de un monstruo que estaba anunciando
su muerte en aquel lugar. ¿Cómo iba a ser? ¿Lo dejaría perdido en aquella gruta
escalofriante? ¿Junto a criaturas que clamaban venganza por aquellos huesos? ¿Ese
era el juego? No sería la mano ejecutora, pero lo dejaría a merced de un
laberinto monstruoso del que no sabría salir.
Tal
vez fue eso lo que le impulsó a seguir ciegamente la bola de fuego, olvidando
que era producto del creador, aterrorizado ante la idea de quedarse sin luz
entre pasadizos pedregosos que dejaban de vez en cuando arañazos en sus
piernas, como si la propia cueva buscara atraparlo. O tal vez solo lo hizo por instinto
y perdió la capacidad de razonar ante el miedo abrumador de saberse una presa
indefensa ante algo mucho mayor de lo que había imaginado.
La
luz engañosa lo condujo a una gran gruta de piedras reflectantes azules que
brillaron con tintes violáceos cuando entraron en contacto con el fuego. Jadeante
y desorientado ahora que la llama quedó suspendida, inmóvil, Orochimaru tuvo
que detenerse a buscar una salida, encontrando solo dos estatuas de serpientes
que llevaban a una pasarela de piedra que se alzaba sobre un foso.
Los
latidos eran más fuertes ahora, resonaban en aquella estancia como si fuera el
propio corazón de la cueva. Cada roca vibraba a su ritmo.
Giró
sobre sí mismo, buscando una salida, pero la única que encontró la cubría el
creador, de cuyas manos brotaron más bolas de fuego para iluminar mejor la
estancia a la vez que avanzaba hacia él. No le dejó más remedio que alejarse
por la pasarela, aun sabiendo que no tenía escapatoria.
—No…
Yo he gobernado… como debía hacerlo un rey… —Pese a la sensación de que su
final se acercaba, se aferró a su sangre real. Era lo único que tenía—. He
hecho… lo que debía… para asegurar mi linaje, uno de reyes, el verdadero… Los
otros no importan… Solo… Solo sobreviven lo suficiente… para nutrir el que debe
perdurar…
El
monstruo zorro se detuvo entre las dos estatuas. Se sintió aliviado.
Solo
un instante.
—Tú
eres el último de tu linaje ahora. Y acaba aquí.
Los
latidos callaron. Se escuchó una exhalación. Orochimaru se envaró.
—¿Qué
es eso?
Sin
embargo, el hijo del Fuego le hizo otra pregunta.
—¿Decía
tu libro que los creadores debemos presentar una ofrenda cuando visitamos la
tierra de otro dios?
Orochimaru
no entendió ni una sola palabra. El zorro continuó:
—Vine
con tanta prisa que no pude preparar ninguna. Pero esta… creo que es bastante
satisfactoria.
Una
sombra ascendió desde el lago con un chirrido que le hirió los oídos, como si se
pasara el filo de mil espadas sobre piedras. Serpenteaba en círculos por la
cueva lenta pero sin pausa, cual cazador que se toma su tiempo para acorralar a
su víctima en silencio, aunque este se acercaba rechinando escamas y la pequeña
e insignificante víbora, ya sin dientes ni veneno, no tuviera adonde huir. El
zorro no apartaba sus ojos rojos de ella. La sombra tampoco.
Las
bolas de fuego se oscurecieron por una poderosa presencia que se inclinó sobre un
paralizado Orochimaru. No podía moverse, ni siquiera girarse para ver su
muerte. Solo sintió una ráfaga de aire a su espalda y una voz trémula de ira
que se apoderó de su mente.
—Tu
linaje es veneno… y tú… Tú lo has extendido por mi tierra… haciéndola sangrar… Y
la sangre se paga con sangre.
La
oscuridad lo devoró y cuatro estacas lo atravesaron antes de lanzarlo hacia
arriba, quedando boca abajo en aquella negrura viscosa y gélida que se calentó
con su sangre. Quiso aullar de dolor, resistirse, cualquier cosa, pero su
cuerpo estaba rígido, sus músculos, petrificados, atrapado en una pesadilla
incluso después de despertar.
Ni
siquiera vio qué era esa criatura. Tampoco lo engulló, como creía que haría. La
bestia se limitaba a morderlo, tragar su sangre, soltarlo y morderlo otra vez,
drenando su vida poco a poco al mismo tiempo que aquel latido volvía, ahora
poderoso, rítmico, vigoroso.
Naruto
contempló con ojos brillantes cómo aquellas escamas grises y a punto de caerse
se erizaban orgullosas y recuperaban su vivaz azul verdoso. Los cuernos que antes
asomaban tímidamente de su cabeza crecían y se curvaban, coronándolo como el
rey que siempre había sido y que jamás debió caer en la decadencia.
Para
que los nuevos linajes florecieran, el venenoso debía ser sacrificado.

Que genial, me encantó. Ahora tengo una duda ya que hay 3 creadores como va hacer el tema del rey ya que se supone que tendría que ser uno 🤷 pero se que ya lo tienes todo pensado y visto así que me queda solo esperar. Por ahora me lo voy a volver a leer de nuevo 😄
ResponderEliminarEn efecto, está pensado ;) Todo llegará, por ahora, falta lidiar con los nobles y después vendrá lo demás. Me alegro de que te haya encantado ^^ Gracias por leer!
EliminarGracias por la actualización, siempre disfruto leer un nuevo capítulo, solo me queda esperar el siguiente. De verdad muchas gracias
ResponderEliminarGracias a ti por leer! ^^
EliminarNo pude evitar soltar un gritito cuando por fin Orochimaru fue dado como tributo, fue tan satisfactorio. NECESITO que recuperen a las niñas de las mujeres del harem, me enferma de solo pensar lo que aquellos nobles le hacen. Maravilloso, yo te espero hasta el fin del mundo si es necesario.
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