Cuidados mutuos

 


Katsuki sintió un cosquilleo en todo el cuerpo al escuchar cómo lo llamaba su Omega.

Quiso acercarse para tomarlo por la cintura, pero, entonces, la seguridad del club y dos agentes de policía entraron en la sala. De repente, volvió a haber un burbujeo de actividad en esas cuatro paredes y se vio separado de Izuku cuando llegaron más agentes para tomarles declaración. Al principio, su instinto lo empujó a pegarse a él ante la presencia de tantos Alfas y su compañero sin marcar, pero este le recordó con un toque suave en el brazo que solo estaban allí para saber qué había ocurrido y que nadie iba a apartarlo de él, por lo que, a regañadientes, y solo después de que el Beta le trajera un pañuelo a su compañero para vendarse temporalmente los nudillos, accedió a responder las preguntas.

Su declaración fue breve y concisa, pero Izuku estuvo un rato más, supuso que porque conocía al Alfa. Mientras tanto, la policía le puso al bastardo un traje de contención y se lo llevaron a rastras de allí.

Quiso gruñir cuando su cuerpo pasó cerca de él, pero lo contuvo. No quería que la policía pensara que estaba agresivo por el celo y perder más tiempo. Sin embargo, sentía sus instintos protectores a flor de piel, aun sabiendo que eran irracionales, pero tampoco podía evitarlo. Un Alfa había atacado a su compañero, al cual no había marcado todavía; así que lo único en lo que pensaba era en llevarlo a un lugar seguro donde poder reclamarlo sin sentirse amenazado por otros Alfas. Y eso después de curar sus heridas. El olor de su sangre también lo enervaba, odiaba que estuviera herido y que no le dejaran atenderlo.

Lo que en realidad fueron veinte minutos se sintió como más de una hora que transcurría con la velocidad y energía de un caracol. Durante ese tiempo, después de atender a la policía, consiguió un botiquín de primeros auxilios y le pidió permiso al dueño para usar un baño privado. Tras eso, se dedicó a vigilar desde una esquina que su compañero no estuviera inquieto o alterado, era consciente de que la gente que no estaba acostumbrada a las situaciones que implicaran a la policía se ponía nerviosa en su presencia.

Sin embargo, Izuku estuvo muy tranquilo, su lenguaje corporal era relajado y habló con fluidez, describiendo lo ocurrido de forma clara y dando las explicaciones necesarias, a menudo adelantándose a la información que querían los agentes. Le sorprendió, y, una vez más, se preguntó a qué se dedicaría o cómo sería su vida para apañarse tan bien ante una noche como esa.

Cuando por fin fue liberado, Katsuki tuvo que apretar las manos sobre el botiquín al ver que iba a comprobar una vez más a su grupo de amigos, aunque fue muy rápido y se despidió deprisa para dejar trabajar a la policía. Solo cuando se dirigió hacia él pudo por fin relajarse un poco.

—Siento que hayas tenido que esperarme —le dijo con una sonrisa de disculpa.

Él sacudió la cabeza.

—No es culpa tuya. Ese bastardo debe estar en la cárcel y, para eso, la policía tiene que hacer su trabajo. —Pese a sus palabras, lo dijo con un resoplido.

E Izuku se dio cuenta de eso, porque le sonrió con comprensión.

—Aun así, estás irritado.

Katsuki se sonrojó. ¿Tan evidente era que quería largarse de allí? No es que nunca hubiera hecho un esfuerzo excepcional por ocultar cuándo algo lo cabreaba, pero, esta vez, su compañero estaba delante y no quería darle una mala impresión. De ningún modo quería que precisamente él creyera que era agresivo o alguien capaz de hacer daño porque sí.

Abrió la boca para asegurarle que estaba tranquilo, pero, entonces, Izuku se pegó a él y lo abrazó por la cintura.

—Yo también quería quedarme contigo.

El Alfa sintió sus mejillas ardiendo y le devolvió el gesto sin pensarlo. Así que su compañero era dulce y tierno. Mierda, quería quedarse así por siempre, los dos solos y encerrados en su habitación, a ser posible desnudos y marcados, impregnados con el olor del otro.

Sin embargo, el aroma metálico de su sangre le recordó que estaba herido. Arrugó la nariz y, a desgana, se separó, aunque mantuvo un brazo alrededor de su cintura.

—Ven, hay que curarte eso.

Izuku lo siguió sin rechistar, pegado a su costado como si buscara el calor de su cuerpo de forma inconsciente. Por Katsuki, estupendo. Se sentía un poco menos territorial sabiendo que su compañero lo prefería a él claramente, aunque las feromonas de Alfas en el aire todavía lo molestaban.

Lo llevó al baño privado que le había indicado el dueño y cerró con llave para que no los molestaran.

—¿No es este el baño del personal? —le preguntó el Omega frunciendo el ceño.

Katsuki dejó el botiquín de primeros auxilios junto a la pila y se lavó las manos, quitando la sangre de ese desgraciado a conciencia.

—Sí.

Izuku se removió, mirando la puerta de reojo.

—¿No deberíamos estar en algún baño para clientes?

El Alfa esbozó una amplia sonrisa. De modo que su compañero era de los responsables, ¿eh? La verdad era que tenía cara de ser buen chico, de los que no habían roto un plato en su vida. Era bastante lindo.

—Le he pedido permiso al dueño —dijo mientras se secaba las manos—. Además, pensé que estaríamos incómodos en los otros baños.

Izuku se giró hacia él con la cabeza ladeada.

—¿Por qué?

—Estamos en un club de apareamiento —le recordó con una sonrisa traviesa—, ¿qué crees que estará pasando en esos baños?

Al escuchar eso, su Omega se sonrojó hasta las orejas y apartó la vista.

—Oh.

Él soltó una risilla.

—¿Es tu primera vez en un sitio así? —preguntó, acercándose.

Izuku asintió nervioso.

—Sí.

—¿Y qué te ha hecho venir? —le preguntó antes de tomarlo de las manos y tirar de él para que se acercara a la pila—. Ven, aquí te podré limpiar mejor —dicho esto, lo agarró por la cintura y lo subió para sentarlo sobre ella. Casi se rio al ver la expresión sorprendida de su Omega—. ¿Qué? Eres pequeño y yo soy alto, los dos estaremos más cómodos así.

Su compañero sonrió y sacudió la cabeza.

—Es que me has levantado como si nada.

—No pesas una mierda —resopló mientras abría el botiquín—. Quítate ese pañuelo. —Cogió un montón de gasas y las dejó a su lado para quitar toda la sangre—. Así que, ¿cómo has acabado aquí?

Aunque pasó las gasas con cuidado por los nudillos, su compañero no se quejó ni hizo una mueca de dolor. Katsuki sonrió para sus adentros. Podía parecer un Omega delicado, pero era un chico duro.

—Ochako estaba preparada para salir con Alfas de nuevo —le respondió Izuku. Un par de arrugas surcaron su frente ante el recuerdo de su última relación—. Pero no sabía muy bien por dónde empezar. Tenya, el Beta de antes, vio este sitio y pensó que podía ser una oportunidad. —Esta vez, sus labios se estiraron hacia arriba.

Katsuki, en cambio, soltó una carcajada.

—¿Pensó que era un lugar para citas?

Izuku agachó la cabeza, un tanto avergonzado.

—Ya nos dimos cuenta al entrar de que era un poco más atrevido de lo que pensábamos.

El Alfa siguió riendo mientras preparaba el agua oxigenada.

—Atrevido es decir poco, teniendo en cuenta que aquí vienen a frotarse los unos con los otros —dicho esto, le mostró la gasa con el agua—. Esto te escocerá.

Su compañero se encogió de hombros.

—Adelante, estoy acostumbrado.

Mientras le limpiaba las heridas, Katsuki pensó que ya había hecho comentarios así un par de veces, algo relacionado con su trabajo.

—¿Cómo es eso? —le preguntó.

—Soy bombero.

Detuvo lo que estaba haciendo para mirarlo. Sus ojos brillaban.

—¿En serio?

Izuku levantó el mentón, sonriendo orgulloso.

—Vosotros, Alfas, soléis ser demasiado grandes y anchos para entrar en lugares estrechos por los que podría quedarse atrapado un niño. Para eso, estamos los Omegas pequeños como yo.

Katsuki ensanchó su sonrisa.

—No estaba dudando de ti. No se me ocurriría después de verte pelear con ese tipo —dicho esto, ladeó la cabeza—. ¿Practicas MMA también? —preguntó mientras terminaba con el agua oxigenada. Dejó las gasas a un lado y cogió el desinfectante para extenderlo sobre las heridas.

Izuku asintió.

—Me gusta. Es muy exigente, me mantiene en forma y, al parecer, sirve para situaciones como esta. —Katsuki soltó una risilla, sin embargo, la cortó en seco al ver el repentino ceño fruncido de su compañero—. Aunque cometí errores que me podrían haber costado caro.

Él supo de inmediato a lo que se refería. Su rostro se endureció al recordarlo.

—No mantuviste el peso durante la montada —dijo con tono grave, buscando en el botiquín las vendas—. Es muy importante que no olvides eso. Ya has visto lo que puede pasar. Las peleas se deciden en segundos.

El ceño de su Omega se acentuó.

—Sé que es algo básico. No sé cómo pude olvidarlo…

—Estabas ofuscado —dijo Katsuki, colocándole una nueva gasa en el nudillo y envolviéndola con los vendajes—. Es normal en esa situación, sobre todo si nunca habías peleado. Estabas asustado por tu amiga y por ti mismo, también furioso con el Alfa. —Cuando terminó con una mano, se detuvo un momento para acariciarle una mejilla—. No te martirices.

Izuku frotó su rostro contra su palma, casi como si buscara consuelo. Katsuki trazó círculos en su piel con el corazón en un puño al ver sus facciones contraídas por el dolor.

—Si tú no hubieras estado… —empezó.

—Pero estaba —lo interrumpió, tomando esta vez su cara entre sus manos—. Eh, mírame. —Izuku obedeció. Katsuki clavó sus ojos, intensos y brillantes como brasas, en su Omega—. Pensar en lo que podría haber ocurrido es una gilipollez. No sirve de nada preocuparse por eso, no te ayudará. Céntrate en pulir tu técnica y corregir tus errores —dicho esto, suavizó su tono y le apartó los mechones de su cara con una caricia—. Yo te enseñaré.

Izuku parpadeó.

—¿Lo harás?

Katsuki asintió con brusquedad y se separó para vendarle la otra mano.

—No quiero que te metas en otra pelea, pero, si no tienes más remedio, no permitiré que un cualquiera pueda tumbarte en el suelo. En cuanto acabe contigo, todos te parecerán tan lentos y estúpidos que no será ni gracioso aplastarlos.

Su Omega, por fin, esbozó una tierna sonrisa.

—Gracias.

—No tienes que dármelas —gruñó—. Eres mi compañero.

Al darse cuenta de lo que había dicho, enrojeció. Por suerte, antes de que pudiera sentirse avergonzado por ser un bocazas, su Omega rio feliz y le tomó las manos, sonriendo con timidez.

—Lo soy —dicho esto, se llevó sus nudillos a los labios y los besó.

Katsuki no tenía ninguna herida, todos los días golpeaba con los puños varias horas al día, por lo que los tenía tan endurecidos que era difícil desgarrarlos a menos que diera golpes excepcionalmente fuertes, como cuando tenía una pelea en un torneo. Aun así, Izuku los besaba como si quisiera atenderlo y cuidarlo, tal y como había hecho él.

Era tan tierno. Todos lo tenían por un Alfa malhumorado y agresivo que saltaba a la mínima y, por ello, había ganado mala fama. Sin embargo, su Omega, a pesar de saber quién era, y sin duda haber oído los rumores sobre él… No le tenía miedo. Solo quería cuidarlo.

De repente, Izuku se detuvo y lo miró con los ojos muy abiertos.

—¡Estás ronroneando!

Katsuki notó entonces cómo su pecho y su garganta vibraban. En un acto instintivo, se llevó la mano a la boca y apartó la vista. ¡Mierda! ¿Qué coño le pasaba? Desde que había olido a Izuku se sentía como un adolescente que acababa de descubrir el maravilloso olor de las feromonas de un Omega en celo. Estúpido y con cero control sobre sí mismo.

Joder, él no ronroneaba desde que era un niño.

—No, no pasa nada. —Izuku le apartó la mano con una sonrisa, mirándolo con calidez—. Me encanta. Es grave y potente, como un león.

—¿Un león? —repitió, parpadeando, antes de curvar los labios hacia arriba. Le gustó ser comparado con ese animal, aunque no sabía a qué se debía la analogía.

Su Omega asintió y tiró de él para que se acercara. Entonces, lo abrazó y frotó su cara contra su pecho.

—Tu pelo me recuerda a uno. Y eres grande y fuerte, creo que te pega —dicho esto, él también empezó a ronronear—. No te reprimas, no conmigo. Me gusta escucharte.

Al oír eso, Katsuki tragó saliva y envolvió sus brazos alrededor de sus hombros, enterrando la nariz en su revoltoso cabello. El aroma a frutas dulces con jazmín inundó sus fosas nasales, despertando el animal que llevaba dentro y haciendo que empezara a salivar. Le recordó que su celo estaba al caer… Pero, en ese instante, solo quería mantenerlo tan cerca como fuera posible.

¿Alguna vez un Omega que no fuera su padre había ronroneado con él? Estaba bastante seguro de que no. No era del tipo amable o encantador, pocos habían escarbado más allá de su mal carácter para averiguar qué más había bajo su gruesa coraza. Así que sus relaciones con Omegas habían sido más bien esporádicas, a menudo solo habían durado un celo.

Realmente, solo había tenido dos parejas. La primera fue unos meses antes de acabar el instituto, con una Omega independiente que quería su propio espacio y tiempo para centrarse en su futura carrera artística, por lo que no lo molestaba con cursilerías y simplemente salían cuando tenían tiempo. Eran exclusivos, aunque con los años entendió que su relación no fue algo real, solo conveniente para ambos. De hecho, su separación se debió a que ella se marchó a una universidad en el extranjero y recordaba que no fue doloroso. Le pareció una lástima porque congeniaban, pero nada más.

La otra fue con Aiko.

A ella sí llegó a quererla, y, aunque la había superado, su corazón aún se encogía de decepción al recordarla. Pensó que lo conocía, que sabía cómo era, pero se equivocó.

Ahora que lo pensaba, Aiko nunca ronroneó en su presencia. A pesar de que esos dos años que estuvieron juntos ella parecía cómoda y feliz a su lado, jamás la había oído hacer ese sonido.

Un sonido que era sinónimo de felicidad y seguridad. Los Omegas lo hacían cuando se sentían protegidos, a salvo, y con alguien a quien amaban profundamente.

Nunca pudo conseguir que ella se sintiera así por él, sin embargo, su compañero lo conocía apenas una hora y ya estaba ronroneando como un gatito. La confianza que estaba depositando en su lazo hizo que su corazón amartillara su pecho con fuerza y que se derritiera por dentro.

Lo estrechó contra sí, inhalando su olor, dejando que llenara su cabeza y sus sentidos hasta que solo tuviera conciencia de él. Sus instintos protectores y territoriales le recordaron que aún había Alfas alrededor, por lo que soltó feromonas de rastro para impregnar a Izuku con ellas, avisando de que le pertenecía hasta que estuviera marcado. El dolor en sus encías le advirtió que sus colmillos estaban creciendo, listos para vincularse con su Omega.

—Mmm… Hueles tan bien —suspiró este, todavía frotando su cara contra su pecho.

Entonces, notó cómo él soltaba también feromonas de rastro. No era el único que quería marcarlo con su olor, Izuku se sentía como él, posesivo y territorial. Supuso que, después de todo, estaban en un maldito club de apareamiento y era consciente del montón de Omegas sin marcar y a punto de entrar en celo que querían a un Alfa caliente.

No iba a pasar. No había una maldita cosa viva o inerte que fuera capaz de alejarlo de él.

Con un ronroneo, esta vez hecho a propósito y sin ninguna intención de detenerlo, se inclinó y enterró la cara en el hueco de su cuello. Sintió su piel erizarse y cómo sus feromonas cambiaban a unas sexuales. Habría sonreído de no ser porque él también estaba muy sensible a su contacto físico, podía sentir su pequeño cuerpo contra el suyo, cómo sus brazos lo envolvían con delicadeza y su respiración temblorosa en su cuello.

—Tú hueles mucho mejor, mi Omega —dijo en su oído a la vez que liberaba sus feromonas sexuales.

Escuchó a Izuku soltar un gemido suave y notó cómo intentaba pegarse más a él. El olor de su excitación se unió al de sus feromonas, acentuando su aroma, volviéndolo más denso. Katsuki no luchó contra él, dejó que se filtrara en su cabeza y agarró a su Omega de la cintura para que se acercara más, sin importarle que descubriera lo duro que se había puesto desde que había estado frotando su rostro contra su pecho, ronroneando como un gatito. Uno a punto de entrar en celo.

Ronroneó más fuerte cuando sintió que no era el único que se había emocionado. El pequeño miembro de Izuku se apretó contra el suyo como si reafirmara el aroma de su lujuria.

—Alfa… —gimió su compañero mientras envolvía las piernas alrededor de sus caderas.

Katsuki respondió con un gruñido y lamiendo su cuello en la zona donde debía marcarlo. Ni siquiera se habían quitado la ropa, pero, joder, cómo quería morderlo. Encima, Izuku jadeó y ladeó la cabeza para darle total acceso.

Sin pensarlo dos veces, le pellizcó la piel con los colmillos. Izuku gimió más fuerte y se aferró a él, mordiéndolo a su vez en el cuello.

Katsuki soltó un rugido. Dejó un rastro de mordiscos en la piel de su Omega, sin llegar a hacerle sangre, pero procurando que dejara marcas a la vez que le desabrochaba la camisa. Mientras tanto, Izuku gimoteaba y trataba de restregarse contra él, buscando con dedos torpes e impacientes los botones de su chaleco.

A pesar de que la idea de que lo tocara era jodidamente tentadora, no podía darle espacio para que le fuera más fácil, no cuando le bajó la camisa para exponer sus tiernos hombros y dejar su pecho y su vientre al descubierto. Pasó una mano por unos fuertes abdominales, ligeramente delineados, pero sin llegar a ser tan voluminosos como los suyos, con una cintura estrecha y caderas un poco más curvilíneas, haciendo que gruñera encantado. Su pecho era igual de atlético, aunque delgado, como era habitual en los Omegas, pero delataba de todos modos su fuerza y entrenamiento. Le hizo gruñir otra vez mientras seguía mordiendo la carne dulce que descubría a su paso.

Y, entonces, sus dedos rozaron uno de sus pezones. Su compañero gimió tan fuerte que Katsuki se apartó sobresaltado, temiendo haberle mordido demasiado profundo.

Al quedarse mirándolo, Izuku bajó la vista, tan rojo que parecía un tomate.

—Perdón.

Sin embargo, Katsuki sonrió y se acercó de nuevo, pasando un brazo alrededor de su cintura y dejando que la otra mano vagara por su pecho.

—No es nada, me has sorprendido, eso es todo —dijo deslizando la mano hasta su vientre—. Pensé que te había hecho daño.

Su Omega le frunció el ceño.

—Tú nunca harías eso.

Y lo dijo con tanta naturalidad, casi ofendido porque algo así hubiera cruzado su cabeza, que Katsuki, por un instante se quedó en blanco.

Confiaba en él. Ciegamente. No le importaba lo que sin duda habría oído sobre él, su mala fama, los rumores, todo eso del Terror de Shizuoka y mierda así.

Para él, solo era su compañero. Su Alfa.

Incapaz de contenerse, lo besó en los labios. Fue rudo e intenso, de ningún modo la idea que había tenido para un primer beso con su Omega, pero no pudo evitarlo. Necesitaba que comprendiera lo que significaba para él de algún modo y las palabras nunca habían sido su fuerte, no tenía ni la menor idea de cómo expresarse con ellas, así que prefería las acciones.

Sin embargo, no era así como había planeado su primer beso con su compañero. Sobre todo, si quería convencerlo para vincularse con él, aunque Izuku ya había dicho que sí, no quería hacer nada para que cambiara de idea hasta que estuvieran en su casa…

Por suerte para él, a Izuku tampoco parecía importarle eso. Enredó las manos en su pelo y abrió la boca para él. Cuando su lengua acarició la suya, gruñó y le dio un beso más profundo, apretando su cuerpo contra el suyo y dejando su mano libre sobre su rostro, acariciando su mejilla, deslizando los dedos sobre el lóbulo de su oreja y haciendo círculos impacientes en su cuero cabelludo.

Su Omega gemía contra sus labios, tan poco dispuesto como él a separarse o a dejarlo ir de algún modo, a juzgar por cómo sus piernas se apretaban alrededor de sus caderas. Joder, estaba caliente, podía olerlo, su maravilloso aroma a lujuria, feromonas y humedad ahogaba el aire.

Por él, estaba bien. Si Izuku lo quería, lo tendría. Sin ninguna duda.

Rompió el beso para mordisquearle los labios. Los tenía ya sensibles por sus besos y gimoteó con dulzura, pidiendo más. Descendió por su garganta para que sus colmillos dejaran un rastro candente mientras sus manos bajaban por su pecho. Le tocó con mucha suavidad los pezones e Izuku soltó un gemido más fuerte al mismo tiempo que se aferraba a sus hombros, sin estar seguro de si quería apartarlo por la intensidad o acercarlo para tener más.

—¿Cómo lo quieres? —le preguntó plantando un beso en su cuello.

—Rápido —gimió Izuku sobre su cabello, arañando su piel—. Por favor, te necesito ahora.

Katsuki gruñó con fuerza, y, muy a su pesar, consiguió apartarse de la presa que hacían sus piernas sobre sus caderas y lo bajó de la pila.

Vio los ojos bien abiertos de su Omega antes de que le diera la vuelta y lo inclinara sobre el tocador, de forma que apoyara las manos en el mueble y tuviera el trasero en alto. En el reflejo del espejo, pudo ver el adorable sonrojo de Izuku, que había captado la posición.

—¿Así está bien? —le preguntó, su voz saliendo ronca y casi con un gruñido excitado mientras aferraba sus manos a la cintura de su compañero. Estaba seguro de que, si lo soltaba, perdería el poco control que tenía sobre sí mismo y lo follaría ahí mismo, sin pedirle permiso o sus preferencias.

Él era jodidamente mejor que eso. Le demostraría a su Omega que su confianza no era infundada, que no era como los rumores decían, que de ninguna manera abusaría de él. Preferiría que estuvieran en su casa y que su primera vez fuera un poco mejor que un puto polvo en un baño, pero su aroma a lujuria y feromonas era demasiado fuerte y no quería que el celo de Izuku se desencadenara dentro del coche, mientras conducía. Así que lo aliviaría en ese momento, pero como él deseara.

Era un Alfa fuerte, podía hacerlo. Podía controlarse.

Izuku lo miró a través del espejo e hizo un asentimiento rápido mordiéndose el labio inferior. Katsuki tuvo que respirar hondo cuando abrió las piernas, ofreciéndose.

Joder.

Deslizó las manos por su cintura y encontró los botones para desabrocharle el pantalón. Apenas resistieron su fuerza.

—Dime si soy demasiado rudo —dijo metiendo los pulgares en su cinturilla. Su piel era suave, y cálida, muy cálida. Un aviso del calor del celo.

Izuku sacudió la cabeza y removió las piernas, apretando el trasero como si estuviera incómodo.

—Está bien, no me harás daño. Estoy listo.

Él le bajó los pantalones con un gruñido que se convirtió enseguida en un gemido. Mierda, iba a ser adicto a masajear esas redondas y carnosas nalgas, sobre todo si las tensaba de ese modo, anticipándose a la penetración y apretando su entrada, rosa, tierna y mojada.

Agarró una con una mano, hundiendo sus dedos y ronroneando al sentir su suavidad y el modo en el que respondía a su toque. Izuku gimoteó un poco y levantó un poco más su trasero, como si quisiera asegurarse de llamar su atención.

No era necesario. Joder si la tenía. El único modo de que apartara los ojos era que algún Alfa de mierda irrumpiera ahí para reclamar a su Omega. Lo mataría. Aún no había entrado en celo, pero el olor de Izuku lo estaba incitando a unirse al suyo y a aparearlo en ese instante, por lo que se pondría agresivo de la hostia si alguien intentaba impedírselo.

Aunque ese pensamiento fue efímero y apenas ocupó una milésima de segundo, el instinto lo obligó a aguzar su oído para asegurarse de que no había nadie al otro lado de la puerta. Solo escuchó el golpe rítmico de la música, parecía que la cosa se había calmado y la fiesta seguía.

Perfecto. Él también tenía una fiesta que orquestar.

Sin dejar de masajear la nalga izquierda de su Omega, pasó el pulgar de la otra mano por su entrada. Ya le había dicho que estaba listo, pero quería comprobarlo de todos modos. La carne tierna cedió bajo su caricia, resbaladiza y, mierda, tan suave que gimió. Izuku se le unió, solo que más fuerte, casi con un lloriqueo. Estaba al límite.

—¡Por favor, Alfa!

Sin pensarlo demasiado, le metió un dedo hasta el fondo. No hubo ninguna resistencia, se deslizó fácil y fluido hasta el límite.

—¡Ah! ¡Katsuki! —gritó Izuku, sacudiéndose.

Algo se encendió dentro del Alfa al oírlo decir su nombre de ese modo, lleno de placer, ansia y desesperación por conseguir más. Un instinto primario que lo hizo rugir y que casi se arrancara la parte delantera del pantalón antes de cernirse sobre su compañero. La necesidad de tomarlo era muy fuerte y el olor de sus feromonas mezcladas en el aire embotaba sus sentidos. Con un brazo, lo inmovilizó por la cintura al mismo tiempo que se inclinaba, apoyándose en su mano libre en el tocador, mientras usaba los colmillos para anclarlos al cuello de Izuku. No le perforó la piel, pero era una advertencia para que permaneciera quieto y poder aparearlo a placer.

Su Omega captó la indirecta y permaneció inmóvil, dejando que lo dominara. Katsuki no necesitó más para hundir su polla profundamente en su interior. Una ola de calor lo recibió como un azote, y, aun así, se sintió acogedora. Izuku también le dio la bienvenida con un grito y un temblor que recorrió su cuerpo de arriba abajo y erizó su piel. Katsuki lo supo porque él también lo sintió. Ese estremecimiento, la piel en llamas, el calor subiendo.

—¡Sí! ¡Más! —jadeó Izuku—. ¡Más, Alfa!

Katsuki se movió sin pensar. Dentro, fuera, rápido, duro. Golpeó su dulce trasero, disfrutando de cómo se tensaba cada vez más, apretando su polla como si no quisiera dejarla salir. Pero él era su Alfa, su destinado, y era su trabajo y su placer satisfacer a ese pequeño Omega excitado y en celo. De modo que usó la mano que tenía en su cintura para deslizarla hacia abajo y envolver su miembro.

Izuku jadeó fuerte. Su entrada se contrajo de repente, aferrándose a su polla

—Joder, sí —gruñó Katsuki antes de deslizar su boca hacia el lóbulo de la oreja—. ¿Te gusta esto?

Antes de dejar que respondiera, movió sus dedos arriba y abajo sin piedad. Tampoco detuvo sus embestidas ni redujo el ritmo.

Izuku respondió algo ininteligible, demasiado ocupado en tratar de mantener sus temblorosas piernas en su sitio. Katsuki lo sentía tenso de anticipación, su piel estaba caliente, su respiración se había convertido en una erótica combinación de jadeos que pedían más. En el espejo, pudo ver sus labios entreabiertos, las mejillas sonrojadas y una expresión totalmente indecente llena de placer.

Lo pilló por sorpresa. Follarlo así, con su olor metido en su cabeza y ver lo mucho que le gustaba tenerlo dentro fue demasiado. Aceleró el ritmo, el de sus caderas y sus dedos, provocando un nuevo grito en su Omega, cuyo interior ardió y palpitó, estallando y arrastrándolo con él.

Era el momento. Tenía que aparearlo. Su polla se hinchó y sus colmillos buscaron la piel sensible de su cuello.

Entonces, sus ojos se desviaron de nuevo al espejo y se quedaron clavados ahí.

En mitad del éxtasis, tuvo un instante de lucidez. No pudo evitar apreciar lo hermoso que era su Izuku cuando se rendía al placer, cuando le permitía dominarlo con tanta seguridad, confiando en que no le haría daño por muy duro que pudiera ser follando.

Confianza. Había confiado en él. Desde el principio.

Eso era. Merecía algo mejor que aparearlo en esa mierda de lugar.

Con un movimiento rápido, desvió sus colmillos a su hombro y lo mordió. Cerró los ojos cuando el orgasmo le hizo temblar con un gemido bajo. Escuchó gimotear a su compañero al mismo tiempo que su cuerpo se estremecía y lo abrazó, en parte para mantenerlo quieto, sería doloroso si intentaba apartarse con su miembro bloqueado en su interior y los colmillos hundidos en su piel, pero, sobre todo, porque deseaba transmitir de algún modo lo increíble que había sido para él.

No creyó que volvería a estar con un Omega, ni siquiera con su compañero. Su mayor miedo había sido su reacción, que hubiera huido de él como había hecho Aiko.

Pero Izuku no lo había hecho. Le había dado su afecto de inmediato, había sido tierno y dulce con él. Le había dicho que sabía que no le haría daño. Dos veces.

Su pecho se llenó de una emoción cálida. Tenía que darle el mejor apareamiento del puto mundo, aunque tuviera que controlar su celo. Y cuidaría sus manos heridas, no se olvidaba de eso. Quería ser un buen compañero para él.

Al pensar en ello, le soltó el hombro con cuidado y lamió la sangre y los orificios. La mordedura era más profunda de lo que esperaba y lamentó el dolor que tendría al día siguiente por ello, pero había reaccionado demasiado rápido y tratado de luchar contra el instinto de aparearlo. Una parte de él estaba irritada por ello, pero lo solucionaría pronto.

—Esto te dolerá mañana. Perdóname —dijo dándole un beso en el hombro—. Te lo compensaré.

—No me has marcado.

Katsuki se sobresaltó. No esperaba que un ligero aroma amargo emanara de Izuku.

—¿Qué? —preguntó, todavía recuperándose de la sorpresa.

—No estamos apareados. —La decepción fue evidente en el tono de su Omega.

Aunque fue peor ver el dolor en sus ojos verdes en el reflejo del espejo.

Se maldijo a sí mismo. Las cosas no tendrían que haber salido así, no habían tenido la primera vez que le habría gustado darle a su compañero, pero, al menos, debería haber sido capaz de expresar lo que quería con claridad, sin permitirle dudar.

—Mírame —le dijo, subiendo su barbilla para lo mirara en el espejo. Izuku parpadeó, no esperaba verlo tan serio—. No voy a aparearte en el puto baño de un club cutre. Te quiero en mi casa, mereces un poco de comodidad como mínimo y no que te joda contra la pared sin más —dicho esto, Katsuki lo estrechó contra su cuerpo—. Lo que he dicho antes iba en serio. Quiero marcarte y mantenerte a mi lado. Ya te considero mi compañero aunque no estemos vinculados.

El rostro y los hombros de su Omega se relajaron. Él también pudo hacerlo cuando le dedicó una pequeña sonrisa.

—No me habría importado que lo hubieras hecho aquí —le dijo apoyando su cabeza contra la suya, buscando su mejilla.

Katsuki se la ofreció y cerró los ojos, aliviado cuando Izuku la frotó con la suya en un claro gesto de cariño. Parecía que quisiera decirle que no estaba enfadado.

—Pero es nuestro apareamiento. Quiero que tengas algo mejor que esto. —Lo besó en la mejilla y dejó caer el mentón sobre su hombro con una mueca—. Además, no puedo estar relajado del todo aquí —admitió.

Izuku alzó una mano para acariciarle la mejilla.

—¿Es por los otros Alfas?

Así que lo sospechaba.

—En parte, sí. También has sido atacado y me siento protector como el infierno —gruñó—. No quiero que ninguno te mire o te toque, menos estando sin marcar.

Su compañero pareció meditarlo un momento antes de asentir para sí mismo.

—Entonces, vayamos a tu casa. ¿Puedes salir ya?

Katsuki se movió muy despacio. Ahora que había pasado el calor del momento, el nudo era un poco doloroso, como si la tuviera inflamada.

—¿Te duele? —le preguntó a Izuku acariciando sus caderas.

—Es algo incómodo, pero no.

Como si al ser consciente pudiera controlarlo, la hinchazón bajó y pudo salir del interior de su Omega, que fue rápido a limpiarse con las mejillas sonrosadas y un balbuceo.

Le pareció gracioso. Había suplicado por más cuando lo estaba jodiendo por detrás, pero le daba vergüenza que lo viera retirar sus propios fluidos. Qué tierno.

Él ya había terminado de asearse y se había quedado de espaldas para darle intimidad cuando escuchó tensión en su voz:

—Katsuki, no hemos usado protección.

Se relajó al instante.

—Tranquilo. Yo me he puesto una inyección antes de venir.

Escuchó suspirar a Izuku. Lo miró por encima del hombro con una sonrisa.

—¿Nada de críos?

Su compañero se sonrojó y miró al suelo.

—Yo… Umm… Algún día, claro. —Lo miró con timidez y curvando los labios hacia arriba—. Pero no durante nuestro primer celo, ¿vale?

Katsuki rio y se dio la vuelta, ya que Izuku ya estaba vestido. Lo tomó de las manos y le dio un beso en la cabeza.

—No te preocupes. Tengo inyecciones en casa. No habrá mocosos por accidente.

Los métodos anticonceptivos no funcionaban bien con los Omegas durante sus períodos de celo, por lo que era estúpido que los usaran cuando les llegaba el momento, así que los Alfas debían tomar la responsabilidad, y, salvo algún enfermo, solían hacerlo encantados. Antes de que la medicina creara las inyecciones para Alfas, los embarazos por accidente eran demasiado habituales, y no era extraño que fuera entre dos personas que no estaban destinadas. Eso siempre causaba tensiones si después uno de ellos se apareaba, o, en tantos otros casos, se celebraban establecimientos acordados para procurarle un hogar al niño, que, de todos modos, acababan con la pareja separándose, ya fuera por la aparición de un destinado o porque el hijo alcanzaba la mayoría de edad.

Por suerte para todos, la medicina avanzaba y ahora ya no era un problema muy extendido. Todos los años había algún caso, pero solía ser a propósito; en el caso de un Alfa, para retener a un Omega del que se había encaprichado, en el de este último, para sacarle dinero al Alfa, normalmente una expareja.

Siempre habría de todo.

Antes de encontrar a su compañera, Eijiro pasó un mal momento con una Omega que le dijo que se había quedado embarazada de él. El muy idiota estuvo dispuesto a establecerse con ella por alguna mierda acerca de que era lo correcto y lo que un hombre debía hacer, por eso, Katsuki intervino antes de que su amigo cometiera un error garrafal.

Ni siquiera le hizo falta investigarla. Bastó con presentarse ante ella con su cara de mala leche y recordarle que era el Dios del Puño Sangriento para que lo soltara todo. Pasó el celo con Eijiro y se quedó embarazada, pero perdió al bebé poco después. Aun así, usó los resultados reales para intentar conseguir establecerse con él, ya que es un Alfa bien posicionado.

Desde aquello, tanto Katsuki como otros miembros de su grupo de amigos se aseguraron de estar siempre bien surtidos de inyecciones y ponérselas incluso sin ser época de celo, solo para evitar situaciones parecidas. Hasta el idiota de Denki procuraba llevar una encima.

Katsuki lo agradeció en ese momento. No es que no quisiera tener hijos, al contrario, la imagen de corretear detrás de sus niños le hacía ilusión, pero, como Izuku, creía que era mejor esperar. Quería disfrutar de un tiempo a solas con su compañero, tenían muchas cosas de las que hablar y aún debían planificar su futuro juntos, saber qué era lo que quería cada uno. Él todavía quería llegar más alto como luchador y seguro que Izuku tenía sus propios planes.

Añadir un crío a la mezcla no era la mejor forma de empezar una relación.

Sacudió la cabeza para apartar esos pensamientos mientras estrechaba un momento a Izuku contra sí. Se estaba adelantando. Lo primero, pasar el celo juntos, después, ya tendrían tiempo para hablar y conocerse mejor.

Para eso, debían ir a casa.

—Cojo el botiquín y nos vamos —dijo apartándose.

—Vale.

Se acercó a la pila, tiró algunas gasas sucias que se había dejado y recogió cuatro cosas.

Se sintió aliviado. Su casa era segura y estarían solos. Él podría dejar de estar alerta y centrarse solo en Izuku y su apareamiento.

Tenía el botiquín en la mano cuando detectó un súbito cambio en el olor de la estancia. Hasta el momento, predominaban su esencia y la de Izuku mezcladas, junto a sus feromonas y el olor a sexo. Ahora, había un nuevo aroma, fuerte y denso, que penetraba en sus fosas nasales con agresividad, exigiendo su atención.

Se giró de inmediato hacia Izuku, que tenía una expresión inquieta en el rostro.

—Oh, no.

Katsuki no lo pensó dos veces. Dejó el botiquín ahí tirado y cogió de la mano a Izuku con firmeza mientras abría la puerta. Notó la tensión de su brazo.

—Tranquilo —su voz sonó más áspera de lo que pretendía, pero no podía evitarlo. Sus sentidos vibraban y sus instintos volvían a asomar la cabeza, al acecho—, no dejaré que se te acerquen. Pégate a mí.

Izuku corrió tras él, aferrándose a su espalda.

Estaba entrando en celo.


Comentarios

  1. Por que!??? Siempre me dejas a la expectativa de más!!
    Es hemocionante y estresante ~!
    TE AMOOO!

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    1. Me alegro de que te guste :D Ahora que he terminado los exámenes, espero subir el nuevo capítulo esta semana ^^

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