Capítulo 40. Tormenta de llamas

 


Sasuke se sentía agotado cuando los médicos terminaron de examinarlo. Quería cerrar los ojos y dormir durante todo el invierno, zamparse un jabalí entero y correr al punto estratégico desde el que su padre comandaba y organizaba su ejército para ayudar en lo que pudiera, todo a la vez.

Pero el leve mareo que había sentido antes de que los médicos pusieran incienso de sándalo le decía que no sería de gran utilidad en esa batalla, por desgracia. Dudaba que pudiera tenerse siquiera en pie, su cuerpo aún estaba tembloroso a pesar de la manta que llevaba encima.

—Necesita comer algo y descansar, alteza —le dijo la jefa de los médicos con firmeza, pese a que detectó arrugas inquietas en su rostro.

—¿Tan mal estoy, Suzume?

La hija de Onoki estrechó los ojos sin mirarlo. Su concentración inalterable estaba en el vendado de su muñeca derecha.

—No corre peligro, pero está débil, sin duda.

—Aceptaré la comida, pero no creo que pueda dormir aunque quiera —admitió, agachando la cabeza hacia sus manos.

Odiaba quedarse de brazos cruzados. Su esposo se había metido directamente en la boca del lobo para salvarlo y tanto él como su padre habían emprendido una guerra en la que moriría mucha gente. Quedarse tumbado en una tienda era, de algún modo, patético, e iba en contra de su naturaleza.

Sin embargo, la guerra dependía de eso. Naruto estaría bien mientras no fuera un rehén, eso lo sabía con seguridad. Incluso si Orochimaru lo capturaba de algún modo, no se sometería, sin ninguna duda. Y eso si lograba retenerlo. Después de ver su transformación, estaba convencido, más que nunca, de que el creador todavía no había demostrado el alcance de su poder.

Pero eso no quitaba que, a pesar del cansancio, físico y mental, no pudiera dormir. Quería estar al tanto de las noticias del campo de batalla, de todo lo que ocurriera, bueno o malo.

Suzume dejó escapar un suspiro y le frotó el brazo.

—Podría darte algo, pero el rey ordenó evitarlo a menos que fuera indispensable. Hay cierta información que necesita una de las facciones.

Sasuke frunció el ceño.

—¿De mí?

—El hijo de Kurama pidió una escolta pequeña para introducirse en el castillo en cuanto la ciudad fuera tomada. Está formada por salvajes.

De repente, a Sasuke le vino a la memoria que lo mencionaron en una de las visitas de Orochimaru a su celda. Era cierto. No sabía cómo había ocurrido, pero no le sorprendía que su esposo hubiera tenido algo que ver.

Él asintió.

—Les daré lo que necesiten.

Suzume lo observó con cautela antes de asentir.

—Bien. A mí me necesitarán en breve, cuando lleguen los primeros heridos, pero estamos en la misma tienda y tengo a médicos y enfermeros…

Sasuke la interrumpió tocándole el brazo con suavidad.

—Yo estoy bien. Ocúpate de nuestros soldados. Salva a tantos como puedas.

La mujer le apretó la mano e hizo una inclinación con la cabeza antes de retirarse. La escuchó hablar con alguien a través de la cortina que lo separaba de la larga extensión de camastros que habían instalado para los heridos y de las “salas de operaciones”, también separadas por cortinas conectadas por un único pasillo que daba a una mesa con el material médico perfectamente organizado y preparado.

No, no tendría un buen descanso hasta que terminara la batalla, y eso si todo iba bien.

El susurro de la cortina al desplazarse llamó su atención. El instinto le pidió retroceder al encontrarse cara a cara con un viejo enemigo.

El líder de los salvajes no era un hombre fácil de olvidar. No solo por su tamaño, había conocido hombres grandes y fuertes que no habían durado ni un suspiro contra su espada, pero Acero Ancho no era solo una masa de músculos descerebrada. Durante su estancia en aquel reino, tuvo que enfrentarse a él y a su inmensa espada varias veces. En aquel entonces, pensaba que tenía mucho instinto para ser un salvaje, pero, tras interactuar con el Clan de Kiba, pudo apreciar que era un oponente inteligente y fiero… y que luchaba por su hogar.

De lo contrario, no habría sobrevivido. Las vendas que escondían la mitad inferior de su rostro y el cuello ocultaban también las dos heridas que le hizo en la mandíbula y por debajo del mentón. Estuvo convencido de que no sobreviviría.

El recuerdo le apretó el corazón. Ahora que tenía otra perspectiva, y con todo lo que estaba pasando con Orochimaru, se arrepentía profundamente de su intervención en aquella masacre. No es como si el Clan no hubiera asesinado a gente inocente, pero, aun así… Las cosas podrían haber sido diferentes de haber conocido antes a Naruto. Él habría sabido cómo llevar ese asunto sin derramar sangre de forma innecesaria.

Por eso, no pudo evitar agachar la cabeza.

—Acero Ancho —lo saludó.

El otro hombre no respondió. Se quedó quieto junto a la cortina un momento. No vio su rostro, pero sí que inspiraba hondo, y escuchó su respiración a través de las vendas. Después, llegó hasta los pies de su camastro con dos largas zancadas.

—¿Por qué un príncipe agacharía la cabeza ante alguien como yo? —preguntó con un marcado acento.

Sasuke pensó en Kiba y en su gente, alegre, vivaz y leal. Le escocieron los ojos.

—Por vergüenza.

Una pausa, otra respiración pesada. Aun así, no hizo ningún movimiento que indicara una amenaza, hasta su voz era neutra pese al tono áspero, producido por la dificultad al hablar en una lengua que no era la suya.

—¿Por mi pueblo?

—Sí.

Su garganta retumbó, una especie de sonido que estaba entre la reflexión y el disgusto, Sasuke no supo cuál de los dos era. Sin embargo, Acero Ancho dio otro paso y se sentó frente a él.

Cuando levantó la cabeza para mirarlo, sus ojos estaban clavados en él. Había cierta rabia en él, pero era como un fuego que se estaba extinguiendo. No vio el odio que esperaba.

—Mi pueblo también está avergonzado —dijo de repente, sobresaltándolo—. El hijo del sol me contó que matamos hombres y mujeres incapaces de defenderse. —Sus manos eran puños apretados—. Es una mancha terrible para nosotros. Por eso, estamos aquí.

Su declaración arrojó algo de luz a su presencia y extraña alianza, aunque, probablemente, no era todo. Sin embargo, ya habría tiempo para los detalles. Ahora, lo más importante era…

—Sé que no sirve de mucho, pero lamento las vidas que arrebaté.

Acero Ancho lo miró con menos intensidad, aunque sí percibió una profundidad que antes no había detectado. Lentamente, asintió.

—Yo también.

En ese momento, los dos comprendieron sin necesidad de palabras que no había hacha de guerra que enterrar entre ellos. Ambos bandos libraron batallas que no debían haber sucedido. El Clan de la Niebla falló a su propio honor al atacar a víctimas indefensas, y Sasuke y sus hombres lucharon por defender unas tierras que pertenecieron al Clan, no a unos bárbaros sedientos de sangre.

El rencor no tenía sentido. Se derramó sangre, cierto, y, peor todavía, fue en vano. Zabuza y su pueblo tuvieron que subsistir a duras penas, esperando la llegada de su extinción. Sasuke consiguió un renombre del que ahora se avergonzaba y, además, el rey cuyas tierras defendió lo había secuestrado y había hecho todo lo posible por arrebatarle a su esposo.

Ninguno de los dos ganó nada y enfrentarse entre ellos para vengar a aquellos que cayeron no les aportaría ningún beneficio. Solo perder más vidas. Sasuke lo comprendió entonces, y Zabuza se reafirmó en lo que ya le dijo a Naruto; hubo una batalla, perdieron y punto. No se podía hacer nada más al respecto, ni valía la pena.

El pasado, y cualquier rencilla que pudiera haber, ya no importaba. Solo el futuro.

Por eso, Sasuke inclinó la cabeza y pronunció:

—Soy Sasuke Uchiha, príncipe del Reino del Hielo y futuro compañero del hijo de Kurama y rey del Reino del Fuego.

Zabuza le devolvió el gesto.

—Mi nombre es Zabuza Momochi, señor del Clan de la Niebla y amigo del hijo del sol —dicho esto, alzó la cabeza—. Para mí y para mi pueblo es un honor estar a su servicio. Nos ha encomendado una misión en esta batalla y me han dicho que tienes información que me interesa. Pido tu ayuda como aliado.

Y con esas palabras, se selló una especie de pacto de paz entre el Clan de la Niebla y el antiguo líder de los Hombres del Mar.

 

 

Unas horas más tarde, Fugaku entraba por las destrozadas puertas principales de la capital del Reino de la Hierba.

Habían tomado la ciudad. Todos sabían que caería desde el momento en que el ariete de Touma rugió como un oso enfurecido seguido del terrible golpe metálico y el crujido chirriante del último mecanismo defensivo de la entrada. El ejército del Hielo y el Fuego se abalanzó sobre la ciudad como una jauría de lobos sedientos de sangre, extendiéndose por la muralla para ayudar a las tropas que habían penetrado por los agujeros de las catapultas como un veneno de acción rápida cuando infecta las venas.

Orochimaru debía de haberlo sabido también. Una vez superado el asedio, no tendrían oportunidad contra sus guerreros. Y los del Fuego no se quedaban cortos. Muchos habían visto al capitán Lee lleno de flechas mientras lo llevaban corriendo a las tiendas médicas. Tantos otros habían visto el sacrificio de sus hombres junto a las puertas.

El mundo no volvería a dudar de la ferocidad de sus soldados. Los hombres y mujeres del Hielo se caracterizaban por una gélida calma a la hora de atacar, los hacía eficaces ante cualquier situación y los mantenía inmutables a cambios repentinos, estaban entrenados para reaccionar rápidamente a cualquier escenario de combate.

Pero la ira no debía ser subestimada. Pese a la preferencia de Fugaku por un ejército con una poderosa fuerza mental, era consciente de que la rabia, bien empleada, era un suministro de fuerza y energía terrible. Y los guerreros del Fuego, sin ninguna duda, sabían cómo dirigir su rabia.

Si bien la reputación del poder militar del Hielo era lo que más temía Orochimaru, estaba seguro de que sus tropas solo habían sentido el verdadero terror al encontrarse con una horda rugiente y furiosa de guerreros del Fuego lanzándose a por ellos sin pensarlo con las lanzas y espadas en ristre, preparados para matar o morir, no importaba cuál de las dos. Esa sed de sangre había sido lo que había intimidado a las tropas de la Hierba, y Touma había sido inteligente al permitir que Gai avanzara primero con sus hombres; un rival amedrentado era presa fácil ante un halcón cuya única visión era cazar.

Cualquier debilidad que pudieran tener los del Fuego, sus guerreros la suplieron con su inigualable habilidad en combate terrestre. Acabar con los soldados que estuvieran protegiendo las calles solo fue cuestión de tiempo.

Por tanto, la batalla estaba ahora en pausa. Ellos tenían la ciudad, Orochimaru, el castillo. Ellos atacaban, él defendía.

Había que volver a empezar. Asaltar los muros, atravesar las puertas, abrirse paso entre las fuerzas restantes de Orochimaru… Y cortarle la cabeza a la serpiente de una vez por todas.

Fugaku entrecerró los ojos mientras avanzaba sin dilación en busca del nuevo puesto de mando dentro de la ciudad. Pese a que ahora llevaban ellos la ventaja, con Sasuke a salvo y la ciudad tomada, no bajaría la guardia. Orochimaru había arrasado sus propias tierras para abastecerse de comida suficiente como para aguantar un asedio de un par de meses y, no tenía ninguna duda, a esas alturas, viendo que la capital estaba perdida, habría pedido refuerzos a las casas nobiliarias.

No quería darle tiempo a que reuniera un nuevo ejército. Sus guerreros eran expertos en defensa, pero no estaban en su tierra y no podían pedir ayuda, las pérdidas que habían sufrido no podrían ser reemplazadas. Además, Naruto estaba dentro del castillo. Tenía mucha fe en que el hijo de Kurama no se doblegaría ante Orochimaru en el caso de que lo atrapara, pero tampoco quería darle oportunidades de hacerle daño. Un hombre que se sentía acorralado era más impredecible y peligroso, aunque pusiera en riesgo su propia supervivencia.

Tenía que reevaluar la situación y analizar el mejor modo de poner en marcha la segunda ofensiva.

Un fuerte relincho seguido por cascos veloces hizo que alzara la vista hacia la calle que bajaba en pendiente hasta las puertas principales. Un vigoroso corcel blanco manchado de tierra y con dos franjas azules en el cuello bajaba al galope en su dirección mientras su jinete pedía paso a gritos. Era una de las Ráfagas Invernales.

—¡Majestad! —lo llamó la jinete, deteniendo al animal frente a él—. Touma y Tsuki han instalado el puesto de mando en la Plaza del Mercado y se están levantando tiendas para los soldados. La fortaleza ha sido rodeada y está bajo vigilancia constante. Nuestra capitana está estudiando un mapa de la ciudad para crear rutas de carrera para que las Ráfagas podamos llegar con presteza adonde sea, pero necesita indicaciones suyas, majestad.

Fugaku asintió.

—Ve fuera de la ciudad y dile a Shisui que está a cargo del exterior en mi ausencia: quiero que recoja las armas de asedio y a nuestros hombres y los meta en la ciudad, en la parte más intacta; que instaure vigilantes en las murallas y que avise de inmediato si ve cualquier movimiento de tropas nuevas, y, cuando termine, que nombre un capitán para cubrirlo antes de venir al puesto de mando.

Viendo la pendiente, Korin había tenido razón, tratar de llevar las catapultas o torres a la fortaleza era un esfuerzo inútil. Tendrían que apañarse con las escaleras a menos que hubiera alguna balista cerca, pero dudaba que esa serpiente fuera tan descuidada.

—Luego busca a Suzume y dile que forme otro equipo de médicos y tiendas en la Plaza del Mercado. Cuando termines, regresa al nuevo puesto de mando para esperar más instrucciones de la capitana.

—¡Sí, mi señor! —y se marchó al galope con un grito.

Fugaku no perdió el tiempo y se dirigió a paso rápido escoltado por su guardia personal y una docena de encapuchados hacia la plaza. En todo momento, observó el terreno, las calles, las casas, lo alto y lo ancho, las intersecciones, cualquier cosa que le diera información del nuevo campo de batalla, qué podía aprovechar y qué no.

Durante el camino, tal y como temía, confirmó que no era posible llevar las armas de asedio hasta la fortaleza. Tratar de abrir un camino les llevaría demasiado tiempo y sabía que, a partir de ahora, la batalla sería a contrarreloj.

Para cuando llegaran los refuerzos de Orochimaru, ellos debían tener el control.

A medida que avanzaba, encontró a más soldados del Hielo y el Fuego que se habían instalado momentáneamente en las casas de la población civil para sanar heridas y golpes superficiales o limitarse a descansar todo lo posible hasta el siguiente golpe. Se detuvo en algunos puntos para hablar con capitanes en busca de información de los diferentes frentes y recibió las respuestas que esperaba: su ataque fue arrollador a pesar de algunas pérdidas, pero, sin duda, el más perjudicado había sido Orochimaru. También preguntó por los ciudadanos, no sorprendiéndose demasiado al escuchar que no habían encontrado a nadie en las casas y que se habían llevado mantas y comida. Animales como burros, bueyes y vacas seguían guarecidos en los establos de la zona y habían encontrado sacos de cereales, grano y semillas en los almacenes, lo que significaba que se habrían ocultado en un lugar que les diera alguna seguridad, aunque solo fuera para rezar por sus vidas.

Por eso, pidió que se corriera la voz de que no se dañara a ningún animal y que guardaran los alimentos en la medida de lo posible, así como que no se acercaran a los templos hasta que la batalla terminara, pero que socorrieran a cualquier ciudadano si veían alguno que necesitara ayuda. Dejaría esta tarea a Kaiza y los rebeldes que habían ido con él para tranquilizar a la población.

La Plaza del Mercado de la capital era de las más grandes que había visto, un símbolo de las prósperas tierras fértiles del Reino de la Hierba, repleta en sus días cuotidianos de tiendas de todo tipo de alimentos, agricultores que presumían de sus semillas y cultivos, comerciantes llegados desde el puerto en busca de intercambiar productos y el bullicio de la gente riendo y gritando sus gangas.

El suelo era probablemente el mosaico más grande del mundo, colorido y repleto de ondas intrincadas que se mezclaban entre sí con la forma de ríos, colinas y serpientes, un homenaje a su dios y los regalos que les había dado. Los edificios de alrededor eran para uso público, como el consistorio, la Casa de Recaudación y la lonja, y destacaba un templo que, por su base cuadrada y sólida, pensaba que debía ser antiguo, como la mayoría de los edificios… Sin embargo, estaban recargados de decoración vegetal y escultórica, recubierta en pan de oro o láminas de vivos colores, con incrustaciones de gemas que muchos confundirían con las más nobles, estallando en una confusa nebulosa esmeralda, rubí y zafiro enturbiada por un vicioso dorado.

Eso era nuevo, o, más correctamente, no pertenecía a los edificios originales. Orochimaru y sus antepasados habían engalanado poco a poco su ciudad para resaltar la riqueza de su reino, como había hecho en las ciudades más importantes sin contar el puerto, tal vez por la humedad y porque el olor a pescado no casaría con la imagen de lujo y poder que querían dar.

Y, mientras tanto, su pueblo sufría. Hambre, injusticias y muerte.

Cuando todo aquello acabara, arrancaría todo ese complejo escultórico y lo haría pedazos. No repararía el daño, pero tenía una idea para que esa ingente cantidad de dinero desperdiciado ayudara a sus ciudadanos a recuperarse un poco.

Pero eso sería más tarde. Ahora, tenía una batalla que preparar.

La gran tienda del puesto de mando era visible por los estandartes en alto del Hielo y del Fuego, caídos, sin brisa que lo meciera, como si también fueran conscientes del breve respiro antes de que la tormenta estallara de nuevo. Indicó a su guardia personal que se quedara fuera, junto a los encapuchados. Solo uno de ellos entró con él.

Dentro, estaban Touma, Tsuki y Gai hablando alrededor de una mesa con un mapa y varios papeles alrededor que estaban consultando. En otra más pequeña, a la derecha, Oyuki estaba inclinada trazando algunas líneas.

Los cuatro se pusieron firmes al verlo entrar, pero él solo les echó un vistazo rápido para comprobar su estado. Manchados de tierra y sangre, sin embargo, sus movimientos eran ágiles y enérgicos. Podían seguir luchando.

Aun así, Gai fue el único al que le dedicó una larga mirada. Sus facciones estaban crispadas y sus ojos ardían. La rabia seguía ahí. Por su hijo.

Durante un instante, estuvo tentado a consolarlo. Solo un instante, fue todo lo que flaqueó antes de recomponerse. A pesar de que comprendía cómo debía de sentirse, no le faltaría al respeto de esa forma. Rock Lee había decidido sacrificarse por aquella victoria y no iba a deshonrarlo subestimando su fuerza.

De modo que se concentró en llevar a cabo su plan.

—Hemos llegado hasta aquí —declaró con firmeza, haciendo que Gai casi se erizara, sabiendo lo que había bajo sus palabras—, así que ahora es el momento de acabar con esto. —Avanzó hacia la mesa echando un vistazo rápido a la situación del castillo—. No podremos traer las armas de asedio hasta aquí, pero eso no cambia lo que habíamos acordado con el señor del Fuego. Iremos con todo y haremos tanto ruido que esa víbora solo podrá prestarnos atención a nosotros. El resto, dependerá de vosotros —dijo mientras se giraba hacia su acompañante.

Zabuza retiró la capucha, dejando a la vista su cabeza, ahora libre de vendajes, pero oculta igualmente bajo una gruesa capa de pintura negra con pinceladas verdes y pardas. Los dos comandantes y la propia Oyuki sintieron ganas de retroceder ante su aspecto, aunque fue la ferocidad contenida en sus ojos lo que les hizo saber que, aunque pocos, cada miembro del Clan lucharía hasta que no les quedara una gota de sangre en el cuerpo.

Tanto su líder como sus hombres habían tenido que contenerse para no unirse a la batalla por entrar en la ciudad con los ejércitos del Hielo y el Fuego. Comprendían el motivo, pero eran guerreros por naturaleza e iba en contra de su honor permitir que otros lucharan mientras ellos se quedaban quietos. Sin embargo, el hijo del sol les dijo en secreto el objetivo final de su incursión en el castillo.

Era la única razón por la que habían aguantado, por la que Zabuza y sus doce hombres y mujeres habían escuchado con atención los detalles del camino que les había indicado Sasuke Uchiha y habían preparado con tanto cuidado su camuflaje.

Eran cazadores natos y el hijo del sol lo sabía. Nadie sería mejor que ellos para una incursión con sigilo.

—Juro por mi eternidad en la Cueva de Luz que ni yo ni ninguno de los míos saldremos de ese castillo sin el hijo del sol y sin haber limpiado la mancha de nuestro Clan.

 

 

Mientras los altos mandos deliberaban, los soldados aprovechaban el tiempo muerto tanto como podían. Los más graves habían recibido primeros auxilios y los estaban transportando a las tiendas de la Plaza que iban a ser para el equipo médico, pero los que aún podían luchar se curaban las heridas siguiendo su entrenamiento y ayudados por los compañeros. Una vez hecho, se tumbaban en cualquier parte a descansar lo que pudieran, otros preferían mantenerse despiertos y celebrar con sus hermanos de armas que seguían vivos, y algunos lloraban a los caídos en silencio, afilando sus espadas.

Korin prefería permanecer despierta. Su muslera había recibido daños durante el asedio y había tenía una herida de flecha. Nada que no pudiera aguantar con un empaste y un vendaje firme. Su brazo izquierdo estaba adolorido por los envites que había recibido en el escudo, pero ese dolor no tardaría en volverse sordo.

Ahora venía la parte dura del asedio y quería estar mentalizada. No perdería agilidad por la pierna, ni firmeza en el brazo. No distraería sus sentidos por su señor. El príncipe Sasuke estaba a salvo y un miserable gusano como el parásito que se hacía llamar rey de ese país no sería capaz de ponerle una correa al creador a quien juró lealtad ni aunque tuviera el favor del dios de aquella tierra.

Concentración. Ese muro era su objetivo, aunque se presentaba como un reto difícil.

—Taka estaría orgulloso de ti.

No apartó la vista de la fortaleza del gusano para mirar a Sai. Se habían rencontrado después de la batalla y lo había ayudado con sus heridas. Él tampoco quería cerrar los ojos, decía que quería estar totalmente despejado.

—¿Por qué?

—Eres como un halcón con los ojos fijos en su presa.

Ella resopló.

—Es una forma de decirlo.

Notó que se sentaba a su lado y vio de refilón el brillo de Susano. Debía de haber estado limpiándola y cuidándola.

—¿Lo ves tan jodido como yo? —preguntó en voz baja.

Korin arrugó la nariz. Sabía a lo que se refería. No llevarían las armas de asedio hasta esa zona, calles demasiado estrechas y empinadas, requeriría mucho tiempo y esfuerzo. Las escaleras tampoco les servirían. El foso que rodeaba el castillo les impedía llegar a los muros, por lo que la fortaleza estaba aislada. El puente levadizo era lo único que podría conducirlos al asalto y estaba elevado, por supuesto, el gusano se estaba protegiendo.

—No hay muchas opciones.

Sai asintió, también observando la fortaleza con cara de pocos amigos.

—Tiene que ser desde dentro. Pero Naruto todavía no ha hecho la señal. —Apretó los dedos alrededor de la empuñadura de Susano—. Me preocupa.

Korin hinchó el pecho con una respiración profunda y soltó el aire despacio por la nariz.

—Sabíamos que podía pasar, él nos lo advirtió. Y por eso mismo tenemos que seguir con el plan.

—Una distracción. —Sai frunció el ceño—. ¿Cómo demonios vamos a hacerlo? El grueso del ejército ha sido derrotado, pero he estado en esa fortaleza y sé que tiene capacidad para albergar a más de mil personas. ¿Apostamos cuántos soldados quedan en su interior? Los suficientes para defender toda la muralla por los cuatro lados más otros tantos de repuesto y, probablemente, un par de centenares situados en el interior del castillo para defender el interior y proteger a la víbora.

—Solo hay una manera —dijo la mujer entrecerrando los ojos—. Con miedo.

Sai la miró con cierta duda en los ojos.

—¿Y tenemos algo que los asuste lo suficiente? Se aseguraron de abastecerse de comida y agua y es evidente que no podemos atravesar esos muros desde aquí. ¿Qué va a asustarlos tanto que miren hacia otro lado?

Korin tenía algunas ideas al respecto, pero, como Sai, no estaba segura de si sería suficiente como para atraer todas las miradas. Aun así, tenían que hacerlo de una forma u otra. Los hombres del Clan estaban dispuestos y creía que su señor había tenido muy buen juicio al asignarles a ellos la tarea de infiltración, viendo su increíble camuflaje y que los supervivientes de las batallas con el príncipe Sasuke habían pasado totalmente inadvertidos.

Sin embargo, si todos los soldados veían cómo y por dónde entraban, serían masacrados.

Entonces, escucharon las voces de los capitanes dando órdenes muy concretas. Y desagradables.

Sai incluso jadeó.

—Mierda, mi tío hablaba en serio cuando dijo que les demostraríamos lo que pasaba cuando picas a un halcón.

Korin se levantó y balanceó la cabeza, flexionando los dedos.

—Solo está plantando una semilla, para que aquellos cuya lealtad es débil flaqueen. Después sembraremos el caos.

Los dos se apresuraron a ayudar a sus compañeros a seguir las órdenes tan rápido como podían. No era la táctica favorita del Reino del Hielo, se la consideraba sucia, de salvajes, incluso, pero nadie las discutió. Todos conocían la situación y que el rey del Fuego estaba dentro. Harían todo lo necesario para sacarlo; era el hijo de los dioses y no había nadie que no conociera su hazaña en la ventisca, ni que se había puesto en peligro para rescatar a su príncipe. Una demostración de amor y lealtad a su casa real. Una auténtica demostración de alta nobleza.

No, no vacilarían. Su propio honor estaría en juego si no lo ayudaban a acabar aquella guerra, y, por supuesto, no serían menos que los soldados del Reino del Fuego.

Enardecidos e impulsados por su lealtad hacia su rey y el sacrificio de Lee y sus hombres, no había rugidos más fuertes que las tropas dirigidas por Gai. El propio Fugaku ordenó que fueran los más visibles para la guardia del castillo, quería que vieran que el único modo de que se rindiera era acabar con la jauría de zorros.

Y que vieran lo que estos harían con ellos como no cedieran.

Esto último le pareció brillante a Korin. A unos guerreros dispuestos a morir por su señor no había otra forma de detenerlos más que matarlos y, si bien ellos no podían asaltar la fortaleza, tampoco los defensores podían eliminar su ejército a distancia. Los arqueros acertarían a unos cuantos, por supuesto, pero no sería suficiente.

Había que ejercer presión, tanta como fuera posible. Si no estaban tan dispuestos a morir por el gusano como Gai y sus hombres por su señor, lo que iban a hacer debería intimidarlos, aunque fuera un poco.

De repente, mientras ella traía lo que habían ordenado y lo dejaba junto a los soldados del Fuego, se oyeron gritos entre las tropas. Al levantar la vista, los vio señalando una de las torres más altas. Antes de poder detectar qué estaba pasando, una ola de horror se extendió por la muralla del castillo y los guardias se amontonaron en la muralla oeste para observar qué sucedía.

Korin solo lo vio porque señalaban la rápida caída. Un cuerpo se precipitaba desde la torre.

El agua del foso estalló no muy lejos de donde estaba, pero no hizo falta que nadie se acercara para identificarlo. Unos cuantos reconocieron el cuerpo de mujer con la cabellera roja.

—¡Es la princesa Hebi! —exclamaron.

Entonces, otro grito resonó desde las alturas. Era lejano, pero potente, impulsado por una furia desgarradora imposible de ignorar.

—¡Muerte al rey!

—¡Muerte a los nobles!

—¡Muerte! ¡Muerte! ¡Muerte!

Voces femeninas que lanzaban su dolor al viento. Fue fácil adivinar que pertenecían al harén de Orochimaru.

De repente, uno de los soldados del fuego golpeó el pectoral de su armadura y bramó:

—¡Muerte! ¡Por el capitán!

Muchos hombres del Fuego lo corearon. Hubo más golpes metálicos y más gritos.

—¡Muerte! ¡Por los caídos!

—¡Muerte! ¡Por los pueblos arrasados!

—¡Muerte! ¡Por esas mujeres!

Los golpes se volvieron más rítmicos. Los guerreros del Hielo se unieron.

—¡Muerte! ¡Por el secuestro del príncipe!

—¡Muerte para el rey indigno!

—¡Muerte para la víbora!

Los golpes en las armaduras se convirtieron en música de batalla. Todos a la vez, juntos, unidos contra un único enemigo y con un objetivo.

Muerte.

—¡Muerte! —gritó Sai, levantando el puño—. ¡Por el hijo de los dioses!

Los soldados del Hielo corearon a Sai con fervor, seguidos por los rugidos de los del Fuego. El ritmo de acero golpeaba la ciudad como un pálpito, era como si una verdadera horda de lobos hubiera infestado el reino entero.

Korin se irguió y se unió con un aullido, golpeando su pecho con fuerza. Ese era el miedo que necesitaban.

 

 

—¡¿Qué está pasando en la Torre del Harén?! —bramó Orochimaru, fuera de sí.

El guardia que estaba informando se removió sobre sus pies.

—No estamos seguros, mi rey. Las puertas están atrancadas y las mujeres han amenazado con lanzarse al vacío si usábamos la fuerza.

Él siseó dando media vuelta, estrechando los ojos con rabia ante los gritos de muerte. No había duda de que la del foso era su hija… Todo lo que quedaba de su preciosa y maldita esposa. La única mujer a la que le habría entregado el mundo entero si se hubiera sometido. Aprendió demasiado tarde que tendría que haberla encadenado, pero la subestimó; creyó que, con una hija de por medio, no sería capaz de abandonarla al quitarse la vida.

Arrugó la nariz. Karin era digna hija suya, de haber nacido varón, habría sido una gobernante firme e implacable. No habría dudado dos veces en permitir que formara parte de sus planes para el creador, incluso se lo habría entregado de buen grado para que su linaje y el de su esposa, unidos en Karin, conquistaran el mundo.

Pero eso ya no podría ser. Sus mascotas pagarían con creces lo que habían hecho, pero las quería vivas. Sin Karin, ahora más que nunca necesitaba que le dieran un heredero. Más de uno, en realidad, si quería llevar a cabo su conquista. Esas zorritas pagarían embarazándolas cada dos por tres y, en cuanto las cosas se hubieran calmado tras la guerra, recibirían su merecido castigo.

Hija por hija.

Traería a todas sus bastardas y dejaría que las vieran morir, pero no antes de que fueran usadas para lo que habían sido concebidas. Todas y cada una de ellas se sometería, o las siguientes que parieran sufrirían el mismo destino.

—Que cuatro guardias vigilen las puertas —ordenó—. Resolveré eso yo mismo en cuanto termine la guerra. Aseguraos que no tratan de escapar.

El guardia se inclinó y se marchó con rapidez. El que había estado plantado a su lado se puso firme.

—Mi rey.

—¿Hay noticias de Sasuke Uchiha?

—Se ha registrado el castillo de arriba abajo y no hay ni rastro. Antes de la llegada de las tropas enemigas al castillo se estuvo revisando los alrededores, pero tampoco encontraron nada.

Orochimaru se giró hacia él y lo fulminó con los ojos.

—Es imposible que se haya desvanecido.

—Los hombres dicen que huyó por una puerta secreta que le facilitó el traidor y…

—¿Qué? —ladró Orochimaru al percibir la duda en la voz del soldado.

Este echó los hombros hacia atrás y respondió con cuidado:

—No está confirmado, mi rey. Pero corren rumores. Dicen que han avistado un Rey del Cielo.

La guardia de Orochimaru se removió entre susurros incrédulos y temerosos, pero él los hizo acallar de un gesto de la mano.

—Eso es absurdo. Habría tormenta de ser así y solo hay remolinos de nubes en el cielo. No es suficiente para anunciar la presencia de esa criatura.

—Son solo rumores, mi rey.

Orochimaru apretó los dientes. Tenía al creador, pero no a Sasuke Uchiha. Sería un problema si había conseguido escapar… pero no irresoluble. Podía encargarse de él después. El creador no escaparía de la trampa y siempre podía usar a inocentes para que obedeciera. Sin embargo, los Uchiha irían a por él a menos que los eliminara y, por el momento, estaba aislado.

Ya había enviado mensajeros a todas las casas nobles para que acudieran con sus hombres, pero tardarían unos días en reunirse. Su posición en el interior del castillo estaba asegurada, pero le irritaba e inquietaba que nada de lo que había planeado hubiera salido como esperaba.

—¿Y el traidor?

—Lo tenemos, mi rey.

—Traédmelo de inmediato.

En cuanto se marchó, Orochimaru fue hacia el balcón de su despacho y vio el movimiento de los soldados del Hielo y el Fuego. Los gritos perduraban, pero ahora eran más desordenados mientras corrían de un lado a otro como cucarachas que han encontrado un sucio cadáver del que comer.

No importaba lo que hicieran, no podían alcanzar el castillo, sin embargo, no saber qué hacían los soldados del Fuego subiendo por los edificios más cercanos a su fortaleza le disgustaba. Fugaku tenía muchas cosas que detestaba, pero no era estúpido y no menospreciaba su fuerza. Su intervención en esta guerra era lo que más lo había preocupado, sobre todo durante el asedio.

Ahora era igual. No se le ocurría ningún modo de que atravesara sus defensas, y, aun así, estaría atento a cualquier cosa que hiciera.

A pesar de todo, no esperaba el oscuro espectáculo que protagonizaron los soldados del Fuego. Abajo, se estaban alineando, lo bastante lejos del alcance de los arqueros de sus murallas, pero era evidente que iban a hacer algo. Sin embargo, fue en los edificios donde empezó todo.

Hicieron ruido, mucho ruido. Golpeaban sus armaduras con furia mientras auguraban la horrible muerte de sus enemigos a gritos, con sus túnicas rojo sangre ondeando como una macabra demostración de ese funesto destino.

Y, entonces, los lanzaron. Sus miembros se sacudieron en el aire y cayeron con un golpe seco, rebotando y chocando con dureza contra las ásperas fachadas de piedra, salpicándolas de abundante líquido negro.

Cuerpos sin cabeza.

La conmoción se extendió por las murallas, la sorpresa impidió que reaccionaran al rápido y breve avance de las tropas del suelo, que dispararon sus proyectiles hacia las murallas antes de retirarse de nuevo lejos del alcance de las posibles flechas.

Orochimaru no se pudo creer que les hubieran atacado con hondas. Un arma en desuso que apenas se utilizaba ya en la guerra, y menos todavía en un asedio; no tenía la fuerza suficiente como para causar un gran daño y las probabilidades de matar a algún soldado con yelmo con una pedrada en la cabeza, en caso de acertar, eran muy bajas.

Pero, entonces, se alzó un aullido de horror entre sus hombres que se extendió conforme caían los proyectiles.

—¡Son las cabezas! —exclamó de repente su comandante, inclinado sobre la barandilla.

Orochimaru apretó los dientes, comprendiendo lo que pretendía Fugaku.

—Miserable…

La táctica del rey del Hielo seguía. Los soldados del Fuego aún no habían terminado y seguían rugiendo, golpeando sus armaduras.

Muerte, muerte, muerte.

Os arrancaremos las cabezas y os sacaremos los ojos.

Arderéis en el fuego de Kurama.

Las murallas caerán, vuestro rey no os protegerá.

Rendición o muerte. Rendición o muerte.

—No servirá de nada —dijo el comandante, irguiéndose—. El miedo no sirve de nada si no viene con un ataque.

Orochimaru lo sabía y por eso no perdía de vista los movimientos del enemigo. La mayoría estaban concentrados en la muralla de la entrada principal y al lado este, ofuscando la defensa con su furia cegadora, pero, en el oeste, algo se deslizaba entre las calles con discreción hasta que salió a la luz, tan veloces y breves como los honderos del Fuego. Solo que estos llevaban las armaduras del Hielo e iban armados con arcos y flechas ya preparadas.

—¡Arqueros! ¡Arqueros! —gritó, a pesar de que no podían conseguir gran cosa con ellos. Atravesarían las murallas, sí, ¿y qué? Las bajas serían insignificantes, y más cuando sus hombres se cubrieran con sus escudos.

Pero, cuando las flechas volaron, las siguieron lanzas de humo negro.

¿Qué demonios era eso?

Incluso Orochimaru retrocedió cuando todas aterrizaron en el suelo con estallidos de polvo negro esparciéndose y elevándose junto a un terrible hedor asfixiante que solo podía definir como una ciénaga de carbón y heces. Él y su comandante tosieron con fuerza a la vez que se retiraban al despacho y cerraban los ventanales.

—¿Qué clase de arma es esa? ¿Algún tipo de flecha incendiaria? ¿Veneno?

—Las incendiarias no sirven si no tiene algo que arda —respondió el soldado entre la tos— y aunque sea polvo venenoso, no sirve si no se ingiere, en todo caso, irritaría los ojos. No veo cómo eso serviría para lanzar cualquier tipo de ataque sin armas de asedio.

Orochimaru se recuperó y regresó al ventanal, contemplando cómo la cortina de humo negro llegaba con rapidez a su altura. Arrugó la nariz. ¿Qué estaba tramando Fugaku?

—Comandante, baje y asegúrese de que todos mantienen la posición. Aquí pasa algo.

El soldado se marchó a toda prisa. Cuando este salía por la puerta, el guardia de antes regresó y le hizo una reverencia.

—Mi rey, hemos traído al traidor.

Sus ojos centellearon al escucharlo. Ahora iba a tener respuestas.

Hizo un gesto con la cabeza y otros dos soldados trajeron a Kabuto a rastras. Tenía un ojo casi cerrado por los golpes y la nariz roto. Un rayo de sangre caía desde su frente y goteaba por su barbilla hasta la ropa maltrecha, con el cuello roto y rasgones aquí y allá. Los nudillos estaban destrozados y debía de tener un corte en el muslo derecho, donde tenía atado un trozo de manga de su propia camisa.

Pero, a pesar de todo, su mirada fue desafiante. A Orochimaru le hervía la sangre.

—Así que es cierto —dijo entre dientes—. Tú, rata huérfana sin linaje, has despreciado todo lo que te he dado.

—Todo lo que me diste fue muerte —le escupió.

—¿Te atreves a llamar así a tu educación? ¿A que te acogiera en palacio? ¿En mi Corte? ¡Te di un título y todo cuanto posees!

Kabuto alzó la cabeza y todo el odio que había ocultado durante tantos años se asomó por fin a sus ojos.

—Llamo así —dijo despacio con la rabia burbujeando en su tono— a cómo uno de tus sucios perros violó a mi hermana hasta la muerte. A cómo viniste con tu flamante armadura y sobre tu lustroso caballo a ver cómo arrasaban mi aldea hasta los cimientos. —Su voz se elevó mientras los recuerdos volvían, haciendo que le escocieran los ojos—. Pasaste tres días cazando a los supervivientes como si fuéramos animales. Pues aquí tienes al último.

Orochimaru siseó y le dio una patada en la cara que lo lanzó contra el suelo. Tosió sangre.

—Tendrías que haber agradecido la oportunidad que te di —dijo el rey con desprecio—. Ahora estás ante mí y te aseguro que tendrás una muerte mucho peor que la zorra de tu hermana.

Para su sorpresa, Kabuto se carcajeó y se sentó de nuevo mientras decía:

—¿Y qué? Al menos, tú no te saldrás con la tuya —dicho esto, sonrió con una expresión de absoluta satisfacción pese a su rostro maltrecho—. Sasuke Uchiha ha vuelto con los suyos. Tu ciudad ha caído y pronto lo hará este castillo.

Orochimaru lo golpeó en el pecho con el pie y lo mantuvo contra el suelo. Su rostro estaba deformado por la ira.

—¿Cuál es su plan? ¿Cómo piensan llegar hasta aquí? ¿Qué es ese humo? ¿Veneno, fuego?

Al escuchar la última pregunta, Kabuto bufó.

—Mírate. Estás tan desconectado de nuestro pueblo que ni siquiera eres capaz de reconocer un producto que se creó en tu propio país. —Levantó la cabeza con una sonrisa torcida—. No es más que una mezcla de brea y aceite podridos que se bañan en puñados de paja. Al quemarlo, la pestilencia aleja a cualquier plaga de insectos o roedores. Solo eso.

Orochimaru resopló de rabia por la nariz y se alejó de Kabuto, regresando a la ventana. La cortina de humo se había hecho más grande. Puede que los arqueros estuvieran lanzando más flechas. ¿Para qué? ¿Retirar sus soldados al interior del castillo?

—¿Qué ganan con eso?

—Unas buenas vomiteras.

Se giró y regresó a grandes zancadas hasta él.

—Déjate de risas y dime lo que planean.

Kabuto clavó los ojos en la víbora y sacó el pecho.

—Yo solo tenía que ayudar a Sasuke Uchiha y lo he hecho. El resto, depende del creador.

—¡El creador está en mi poder! —bramó Orochimaru.

Sí, lo tenía y lo usaría en cuanto pudiera…

No. Podía hacerlo, podía usarlo ahora. Ahí estaba la solución a todos los inconvenientes.

—Cogedlo y traedlo conmigo —ordenó a la guardia.

Kabuto se estremeció. Conocía ese brillo malicioso en los ojos amarillos de Orochimaru. No era bueno, tenía planes para el creador.

Los mismos guardias que lo habían traído lo arrastraron de regreso a la planta inferior, con la víbora y su séquito de rufianes detrás. Incluso herido y desarmado, no confiaba en que no lo atacaría por la espalda. No es como si tuviera oportunidades, pero, sí, lo habría hecho de haber estado en condiciones y aunque acabara muerto. Sinceramente, no esperaba vivir tanto, creyó que Orochimaru lo mataría en cuanto confirmara su traición.

Encontraron pocos soldados en su camino. Sin duda alguna, la inmensa mayoría estaban defendiendo las murallas y, los que quedaban en el interior del castillo, estarían vigilando todas las entradas. Aun así, a Kabuto le extrañó no ver a nadie en el camino de las escaleras hasta el Salón del Trono, y no fue el único porque, una vez dentro, sus carceleros lo hicieron esperar a un lado mientras el rey y se guardia se acercaba hasta una trampilla de piedra en el suelo, descubierta por la alfombra apartada. La víbora miraba a su alrededor destellando chispas rabiosas.

—¿Dónde están los guardias que debían custodiar al creador?

Kabuto sintió un cosquilleo recorriendo su espalda y sonrió abiertamente.

Orochimaru debió de llegar a la misma conclusión, porque abrió tanto los ojos que podrían haber caído de sus cuencas. Con un grito que estaba entre una ira titánica y un miedo escalofriante, ordenó que abrieran la trampilla.

Nada más hacerlo, una espesa nube de vapor ardiendo salió despedida y envolvió a Orochimaru y los guardias que estaban más cerca. Se vieron obligados a retroceder con un gemido, pese a que el rey no tardó en internarse de nuevo, ignorando el calor, con la desesperación apretando su garganta.

No era posible. No había forma de que escapara de ahí, él en persona se aseguró, siguiendo las instrucciones del libro.

Pese a todo, no fue capaz de ver nada hasta que la nube se evaporó. Tampoco escuchó ni un sonido. Un escalofrío le recorrió la columna. Incluso antes de poder asegurarlo con sus propios ojos, tuvo la seguridad de que el agujero estaba vacío.

Se giró, listo para convocar una nueva búsqueda, pero, entonces, vio que su guardia personal yacía muerta a sus pies. Habían muerto degollados.

Boqueó incrédulo, sin entender qué había pasado hasta que levantó la mirada y se vio rodeado por un semicírculo de hombres y mujeres recubiertos de pintura parda y verde mezclada y que corría hacia abajo como pequeños arroyos sobre la ropa mojada. Tenían el pelo húmedo, mirada depredadora y empuñaban dagas.

Un golpe contundente seguido por varios chasquidos hizo que alzara la mirada con un sobresalto. El miedo atenazó su garganta al darse cuenta de que acababan de cerrar con cerrojos el salón.

—Vaya, vaya.

La piel de su nuca se erizó ante aquel tono burlón y satisfecho. Todo lo demás desapareció de sus sentidos. Los rugidos de los zorros del Fuego, los gritos de sus soldados y las órdenes de su comandante. Los salvajes que había en su habitación ya no importaban, ni tampoco que Kabuto estuviera con ellos. Su guardia personal yacía muerta a sus pies. Había perdido la ciudad y ya tenía a Sasuke Uchiha en su poder.

El creador y él estaban solos y era consciente de que no podía ganar.

Tragando saliva, se giró despacio. En cualquier otro momento, la visión que había ante él lo hubiera hecho aullar de furia, pero, ahora, lo último que le preocupaba era esa humillación.

Su trono se hallaba en la cima de diez escalones de mármol de un pie de ancho, dispuestos en semicírculo y decorado con formas vegetales que giraban en espirales. Ahí, se erguía un asiento con una base rectangular hecha enteramente de malaquita y esculpida en forma de dos serpientes enroscadas con ojos de rubíes. El resto estaba hecho de nogal: reposabrazos robustos y poderosos con extremos revueltos en furiosos mechones de leones rugientes y el respaldo que se ampliaba conforme ascendía en poderosas alas afiladas como puntas de lanzas. El contraste oscuro de la madera con el pan de oro que recubría las figuras para resaltar su excelente trabajo manual inspiraba presencia y poder, y, junto con el sedoso y cómodo acolchado tejido en rombos, hacía gala de una riqueza de la que el rey de la Hierba siempre se había enorgullecido.

Y, sentado sobre todo aquello, estaba el creador. Ataviado de arriba abajo con su armadura, tenía un pie cruzado de forma casual y poco elegante sobre la otra pierna, que reposaba en el suelo, junto a su yelmo. Su cuerpo estaba inclinado hacia la izquierda, con una mano que reposaba cómodamente en un reposabrazos y la otra en forma de puño, con el codo apoyado sobre el otro, y la mejilla descansando en sus nudillos. Sus ojos ardían como brasas y sonreía como si hubiera ganado la partida.

—Sorpresa —ronroneó Naruto.

Orochimaru retrocedió.

—No. Es imposible.

El creador soltó una risita mientras se reclinaba en el respaldo y aplaudía perezosamente.

—Bravo, una trampa digna de los Tiranos. Pero ese es el problema, ¿sabes? Tiene más de mil años. —Su sonrisa se ensanchó—. ¿Creías que no estudiaría sus métodos para estar preparado?

—¡Eso no importa! —ladró Orochimaru con las facciones tensas como las cuerdas de un violín—. ¡Era pura piedra! ¡Y lancé agua para asegurarme de que…!

—Sí, sí, el fuego no derrita la piedra, bla, bla, bla —lo interrumpió con un gesto desinteresado de la mano—. Pero, ¿de qué está hecho el material con el que uniste las piedras? Porque no eso no era roca.

El rey palideció al comprenderlo.

—Tú has…

—Caliza y arcilla —sonrió Naruto con un brillo en los ojos y apoyando de nuevo la cabeza en un puño—. El agua que tiraste me ralentizó, pero la arcilla es muy susceptible al fuego. Y tengo la suerte de que tu fortaleza está repleta de pasadizos secretos. Muy conveniente.

Entonces, se escucharon unos golpes fuertes en las puertas. Orochimaru se giró a tiempo de ver cómo los salvajes se apiñaban contra ellas. Sus hombres exigían la entrada desde fuera. Dio media vuelta de nuevo, con el corazón martilleando su pecho, y le soltó al creador.

—Estás en inferioridad numérica. ¿Qué vas a hacer con doce hombres? ¿Eh? —Pese a sus palabras, su tono agudo lo delataba.

Naruto ensanchó su sonrisa y, casi con desgana, se levantó del trono. Sus manos se deslizaron por los reposabrazos y, de repente, las disparó hacia arriba.

Lenguas de fuego se prendieron de inmediato y devoraron la seda negra con fruición, chisporroteando entre cada mechón leonado y oxidando el filo de las alas. Tras el trono, en la pared del fondo, el estandarte de la Casa Real que colgaba arrogante estalló en llamas, que surcaron como dragones hambrientos los telares que decoraban las largas paredes laterales. Naranja y dorado brillaron en los ojos del rey, testigos de la caída de su gobierno y linaje.

El hijo de Kurama descendió los escalones con los ojos en brasas entre una capa de vapor que salía de su cabeza. Cuando pisó la alfombra, esta chapurreó y un fulgor rojo se encendió a sus pies, dejando un rastro de fuego a su paso hasta que se plantó frente a Orochimaru. Lo miró con los ojos entrecerrados, ya no sonreía.

—¿Quieres seguir jugando con fuego?

Orochimaru se estremeció. Miró una vez más a su alrededor y, finalmente, bajó la mirada.

—Yo soy… Yo soy… —No terminó la frase y cayó de rodillas ante el creador, murmurando algo ininteligible.

Naruto lo ignoró y alzó la vista hacia Zabuza, que se encontraba cerca, esperando órdenes.

—Lo dejo en tus manos.

El hombre asintió y, sin miramientos, lo agarró por el pelo y lo obligó a levantarse y a seguirlo. Kabuto, al verlo, apretó los labios y cojeó con prisas hasta Naruto, que seguía avanzando hacia las puertas. Todavía se oían golpes y gritos, pero los hombres y mujeres del Clan no cedían.

—¡Majestad, espere! Ese gusano…

—Pagará.

Kabuto se detuvo. Su voz encerraba una promesa mientras las llamas danzaban en sus ojos. Una mujer del Clan se acercó y le entregó su yelmo y dos grandes espadas. El creador se las colocó en el cinto con reverencia.

—Te doy mi palabra de que será juzgado y de que pagará con su sangre —dijo en un tono bajo y extrañamente tranquilo—. Pero no ahora.

El doctor tragó saliva, sin embargo, asintió y retrocedió un paso, observando cómo se colocaba el yelmo.

—Ocúpate de tus heridas y vete con los dos hombres que se llevarán a Orochimaru. Que se esté quieto, no tardaremos mucho en terminar con esto.

Kabuto vio cómo los guerreros de las puertas se apartaban y se reorganizaban a los dos lados bajo las órdenes de Zabuza. Todos empuñaban de nuevo los cuchillos. Iban a acabar de tomar el castillo.

La mujer del Clan lo cogió del brazo y lo llevó con los dos fornidos hombres que custodiaban a la víbora antes de unirse a sus compañeros. A una señal de Zabuza, quitaron los cerrojos.

Lo que los hombres de Orochimaru encontraron fue el Salón de Trono en llamas y al creador envuelto en un remolino de fuego que los obligó a detenerse en seco y a protegerse el rostro con una mano, bajando la otra que sostenía el arma.

Cuando el fuego se disipó, ahí estaba. El zorro dorado acorazado, escupiendo chispas candentes por todo el pelaje, enseñando los dientes mientras sostenía un enorme mandoble con una hoja extraña y misteriosa. Parecía haber sido forjada en puro ámbar, dorado y anaranjado, y la empuñadura estaba formada por una guarda tallada en obsidiana, negra con vetas jaspeadas, en forma de un abanico de nueve colas de zorro, con un mango robusto y una prominente cabeza de zorro con las fauces abiertas como pomo.

La bestia gruñó y resopló por el hocico. Al hacerlo, la hoja de la espada empezó a brillar, como el hierro al rojo vivo.

 

 

En el exterior, la batalla había llegado a un punto muerto y Fugaku era consciente. Habían minado la moral del enemigo al mismo tiempo que lo distraían lo suficiente para crear una cortina de humo que ocultara a Zabuza y sus hombres. El miedo y su extraño ataque habían asustado lo suficiente a las defensas de la muralla como para que retiraran a sus arqueros de las murallas, por lo que la infiltración había sido un éxito, y, además, aprovechó para lanzar una nueva ola de flechas que los animara aún más a retroceder. No tomarían el castillo, pero ganarían algo de tiempo para Naruto y su unidad de infiltrados.

Ahora se habían reorganizado y su contienda era poco más que un toma y daca entre arqueros. Alguien había tomado el mando y tranquilizado los ánimos, por lo que sus arqueros habían contratacado. Fugaku esperaba que ocurriera tarde o temprano, así que había preparado a sus hombres con los escudos grandes para ello. Su misión era distraer, hacer ruido, por lo que, si podía evitar el mayor número de bajas posible, lo haría. Así, por el momento, estaban combinando oleadas de flechas con barreras de escudos.

Sin embargo, si ese enfrentamiento se alargaba demasiado, sospecharían que tramaba algo, por lo que estaba preparando a los honderos del Fuego para otro movimiento. No haría mucho daño, pero podría asustarlos de nuevo y ganar un poco más de tiempo. Solo necesitaban reunir unas botellas de brea y un ataque de flechas incendiarias…

Entonces, notó que el cielo se oscurecía y levantó la mirada. Voluminosas nubes negras se estaban apoderando del azul celeste a gran velocidad, impulsadas por un repentino vendaval.

Sus ojos relucieron y se giró hacia la Ráfaga Invernal que esperaba en su posición para repartir órdenes.

—Transmite este mensaje a todas tus compañeras para que lleguen a los capitanes de las compañías de arqueros e infantería de escudos: el hijo de Kurama ha dado la última señal, ¡la batalla está por terminar! ¡Un último ataque con todo lo que tengan! ¡Y que los honderos del Fuego lancen lo que hayan conseguido! ¡Vamos!

Su corcel relinchó y salió corriendo por la calle empedrada. Fugaku, en cambio, se dirigió a sus comandantes, que habían escuchado las órdenes.

—Ya es la hora, entonces —dijo Shisui.

Él asintió y miró a su viejo amigo.

—Touma, coge a la infantería y lleva a Gai contigo a la entrada principal. Tsuki, te pongo al mando de los arqueros, vigila las murallas. No creo que tengan ganas de pelear tras el golpe final, pero no me quedaré tranquilo hasta que tengamos a todos los soldados desarmados. Shisui, encárgate de todo aquí en mi ausencia. Sabes qué hay que hacer, solo espera mis órdenes.

—Sí, mi rey —respondieron los tres al unísono.

Touma y Tsuki se alejaron del puesto de mando para situarse en sus nuevas posiciones mientras que Fugaku vigiló con Shisui la nueva situación. El cielo era cada vez más negro, pero aún no se escuchaban truenos, a pesar de que el viento era fuerte.

Los arqueros de las murallas se retiraron, conscientes de que sus flechas perdían efecto con tales ráfagas. Fugaku sabía que los suyos tampoco tendrían posibilidades, pero esperaba seguir llamando la atención para que el último ataque los pillara aún más desprevenidos.

Entonces, los honderos del Fuego lanzaron cinco botellas de brea que atravesaron a duras penas las murallas, seguidas de una oleada de flechas incendiarias que temblaron en el aire antes de alcanzar los objetivos. Alguna de ellas debió de dar en el blanco, porque se escucharon gritos al otro lado.

Aun así, lo más importante fue un estallido que retumbó en el cielo.

Era más que suficiente. Habían cumplido.

Y, a pesar de todo, no pudo respirar tranquilo hasta que el rugido del Rey del Cielo atravesó la muralla este, lanzando a cuanto estaban en su camino al foso o al suelo, poco le importaban. Solo entonces, gritó el alto al fuego.

Tanto sus hombres como los guerreros del Fuego estallaron en aullidos de ánimo cuando la bestia que gobernaba el aire se elevó de nuevo y giró en la cima. Un rayo blanco le cayó encima y, al abrir las alas, lo extendió en varias direcciones, pero golpeando directamente el interior del castillo.

Un instante después, un fogonazo de luz anaranjada salió disparado en la parte oeste, reventando las ventanas en cientos de pedazos, sobresaltando a su ejército, que se quedó en silencio.

Fugaku sonrió. Naruto estaba sano y salvo y ya estaba cumpliendo su parte.

Fuin se dejó caer en la siguiente muralla. Se perdió de vista en las almenas, pero su paso arrasador era evidente por los hombres que caían al foso y las alas o la cabeza que se asomaban de vez en cuando. Luego, volvió a alzar el vuelo y, mientras lo hacía, hubo otro fogonazo, ahora en las ventanas que justo daban a ellos, y el fuego salió en tirabuzones, como serpientes que trataban de trepar por las paredes. Y, una vez más, el Rey del Cielo invocó un rayo que inundó el castillo y lo cubrió de una luz blanca que después era devorada por el rojo y dorado de las llamas.

Ni el propio Señor del Hielo supo cuánto tiempo transcurrió con exactitud, pero fue como si los mismos dioses hubieran bajado entre los mortales para castigar todo el mal que había invadido esa tierra y fueran a derribar la fortaleza pedazo a pedazo. Fuego y rayo se entrelazaban, el creador conquistaba el interior con un mar de llamas que escupía por las ventanas mientras la bestia de la tempestad provocaba el terror con viento y relámpagos.

El rey se sintió sobrecogido, convencido de que no había fuerza terrenal capaz de detenerlos. Tuvo la plena comprensión, de repente, de cómo los Tiranos habían conquistado prácticamente el mundo entero, y agradeció en silencio a Taka y Kurama por haber impedido que algo así volviera a suceder. Ningún ser humano debería tener tal fuerza a su disposición.

El fuego ya escapaba por todas las ventanas y las torres escupían humo gris y rojo bajo los rayos blancos. La piedra alrededor de las feroces llamas se ennegrecía y los rayos habían echado abajo algunas almenas, balcones y lo poco que podía quedar de algún ventanal. Fuin, tras una última demostración de por qué su especie era el Rey del Cielo, se elevó hasta el gran balcón que daba a la puerta principal y aterrizó sobre amplia barandilla de piedra blanca decorada con vegetación dorada.

Fugaku no se había dado cuenta de que Naruto estaba allí, contemplando probablemente el interior del castillo. No sabía qué era lo que estaba viendo, pero sí reconoció la espada que desenvainó y levantó hacia el cielo. El filo gélido de Sharingan relucía en blanco y azul, en contraposición con una hoja desconocida que desprendía un intenso destello dorado.

—¡Orochimaru ha caído! —rugió con una voz atronadora que el fuerte viento ayudó a levantar, como si los mismísimos dioses quisieran que se escuchara por encima de la tormenta y las llamas—. ¡Su reinado y el de su linaje ha terminado para siempre! ¡La victoria es del Fuego y el Hielo!

La alegría estalló a su alrededor. Pero Fugaku solo pudo pensar en lo orgulloso que estaría Sasuke cuando le contara cómo su esposo había ganado esa guerra por él.

Comentarios

  1. Aaaaaaa los amo, que genial, quede fascinada me encantó ame el capítulo. Por un momento pensé que naruto avía encontrado a algún dios en la trampa o algo parecido pero estuvo genial. Tengo una pregunta aquí no tiene publicado los hijos de sasuke ( mi mascota sasuke) no lo encuetro.

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    1. Me alegro un montón de que te haya gustado ^^ No te preocupes por "Los cachorros de Sasuke", dentro de poco me pondré con los fanfics que se quedaron pendientes y este está incluido en ellos; haré un anuncio en cuanto termine una actualización más :)

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  2. Divino, espectacular y magnífico el capítulo
    Totalmente fascinada
    Muchas gracias por el mejor regalo de navidad
    Feliz navidad para ti y tus seres queridos

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    1. ¡Muchísimas gracias! Me alegro mucho de que te haya gustado ^^
      Que pases unas felices fiestas ^^

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  3. Me ha encantado el capítulo, hacia tiempo que no visitaba tu blog, espero con ansias la continuación de tu historia, hasta pronto 😃

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  4. Todo tu trabajo es fantástico,me encanta todo los cap y como se va desarrollando la trama,pero me gustaría saber cuándo vas a actualizar,el reino de los zorros,gracias

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