Capítulo 4. La fuerza de una canción

 


Pese a lo tarde que se había acostado, Katsuki se levantó a las diez en punto para recibir a Midoriya. Se dio una ducha, avisó a Fat de su llegada y preparó el estudio para su visita. No tuvo noticias de ninguno de sus amigos a pesar de la cantidad de mensajes que le dejaron anoche preguntando por su “cita”, lo que significaba que estarían durmiendo todavía.

Mejor. Si se enteraban de que había invitado al mismo Omega de anoche al estudio, se volverían locos y empezarían a pensar cosas raras, por no hablar de que acosarían al nerd hasta saberlo todo sobre él… Y eso no iba a pasar.

Se detuvo frente a la mesa de mezclas de sonido cuando las palabras de Togata volvieron a su cabeza. Midoriya estuvo en un refugio de Omegas. Una especie de dolor sordo apretó su pecho. No podía decir que sabía lo que se sentía, pero había sido testigo del sufrimiento que esa clase de abusos generaba. Hizo que agradeciera que hubiera fieras como su madre encerrando a esos bastardos hijos de puta.

No pudo evitar preguntarse cuál habría sido la situación de Midoriya, pero, sobre todo, seguía dándole vueltas a esa frase. Me salvó la vida. ¿Cómo? No se le ocurría cómo un disco podía ayudar en algo así.

La vibración de su móvil hizo que se sobresaltara. Gruñó para sus adentros, sacudiendo la cabeza. Tenía que quitárselo de la cabeza. Midoriya había decidido no contarle nada y él respetaba esa decisión. Cogió el teléfono y vio el mensaje que le confirmaba que el Omega había llegado.

Bien, hora del tour.

Salió del estudio para esperarlo en la puerta y, ya desde allí, escuchó la poderosa voz de Fat contando una de sus muchas anécdotas de seguridad mientras que Midoriya reía. Cuando los vio aparecer por una esquina, el guardaespaldas hacía gestos exagerados con un brazo, sosteniendo en la mano libre un café portátil que había traído el nerd, a juzgar por los otros dos que llevaba y una bolsa en la que supuso que traía algo de comer.

Al verlo, el rostro de Fat se iluminó.

—¡Katsuki! Este Omega es una joya. Yo no me lo pensaría dos veces.

Al momento, Midoriya se puso rojo y balbuceó algo acerca de que no eran nada, haciendo que el Alfa sonriera ampliamente.

—Eso me duele, nerd. Te ofrecí desnudarme y tú me rechazaste sin pensarlo. Creía que eras mi mayor fan.

El Omega lo miró como si no acaba de creerse que hubiera dicho eso, igual que Fat, que se quedó un instante con la boca abierta antes de girarse hacia Midoriya.

—¿Has rechazado a Katsuki? ¿Sabes cuántos Omegas van detrás de él?

Katsuki se echó a reír, pero, antes de dejar que su fanboy se enfadara demasiado, tiró de él para que entrara al estudio y le pidió a Fat que nadie los molestara. Aun así, Midoriya se las ingenió para zafarse, con suavidad pero escurridizo como una culebra, y darle al guardaespaldas un par de galletas con chocolate, llamándolo “Taishi” y todo. Fat lo contempló como si le hubiera salvado la mañana.

En cuanto se quedaron solos en el estudio, Katsuki levantó una ceja.

—¿Taishi?

—¿Qué? Es un hombre adorable —respondió Midoriya con aire distraído, mirando su alrededor con los ojos brillantes.

El Alfa sonrió, satisfecho por su reacción.

—Sí, aquí empieza la magia de la gira.

En Sapporo había estudios de música muy buenos, comparables a los de Tokio, aunque, por supuesto, allí la cantidad era muy superior. Sin embargo, la sala era amplia, sin ventanas y estaba insonorizada. Había una mesa de reuniones con varias sillas y al fondo se amontonaban las maletas de instrumentos y del equipo de sonido.

A la izquierda, en cambio, destacaba una segunda estancia, separada por una pared con un cristal en la que se apoyaba la gran mesa de mezclas, que recogía el sonido de la habitación contigua, donde la banda hacía los ensayos y los grababan para revisarlos después y comprobar que los instrumentos, sus voces y la coordinación estaba perfecta. A Caraburro le gustaba probar algunos efectos que podían quedar bien en un concierto o hacer un poco de show, mientras que a Pikachu y Peloraro les gustaba jugar de vez en cuando.

Menos mal que él estaba ahí para poner orden y que se centraran.

Una vez se lo enseñó todo al nerd, este le hizo, como esperaba, un montón de preguntas sobre el proceso de sacar un nuevo disco y cómo funcionaba una gira.

—Crear las canciones nuevas siempre es lo más jodido y lo más divertido —le contó junto a la mesa de mezclas, tocando botones aquí y allí para después dejarlos en su sitio, a pesar de que estaba apagada—. Hasta que no encuentras un tema para la letra o una forma de expresarlo es un dolor de cabeza, pero, cuando lo consigues, fluye. La parte de probar unos acordes u otros es lo mejor, quitando algunas canciones cabronas que no querían pegar con nada, pero es muy satisfactorio cuando por fin le arrancas el sonido perfecto.

Midoriya le dio un sorbo a su café. Había sido un detalle que hubiera traído otro para él. Fuerte y solo, como le gustaba. Le hizo gracia que supiera hasta eso, aunque, trabajando en una cafetería, tenía sentido.

—Hace tiempo que no sacas una letra nueva —le comentó, curioso, cómo no—. ¿Es porque tienes algún proyecto para un nuevo disco o el volumen de trabajo?

Katsuki levantó una ceja.

—¿Entre tú y yo?

El nerd adoptó una expresión solemne y se llevó la mano al corazón.

—Como tu fan número uno, juro que no diré ni una palabra —dicho esto, sonrió.

—Ese es mi fanboy —rio el Alfa antes de encogerse de hombros—. Nah, no tengo nada que decir. No me gusta escribir por escribir. Para mí, una letra vacía es mierda comercial. Pikachu y Peloraro son intensitos, así que todo lo que ponen sobre el papel tiene algo. Lo mío, no —dicho esto, esbozó una sonrisa maligna—. Porque me aseguraron que escribir sobre lo asqueroso que es el famoseo nos perjudicaría.

—No necesariamente.

—Sabía que tú me entenderías —se burló Katsuki.

Midoriya sonrió divertido, pero continuó:

—Se han hecho canciones sobre eso también y los artistas siguieron su carrera sin grandes percances. A menos que haya alguna barbaridad…

—Alguna hay.

—Bueno, puedes cambiarla. No creo que la falta de sinónimos sea un problema para ti.

A Katsuki le gustó su confianza en su talento. Sin embargo, había más. Algo que solo había hablado con la banda. ¿Podía contárselo?

El recuerdo de Yuko pasó por su cabeza y le hizo fruncir el ceño. No era la misma situación, ni de lejos. Midoriya no buscaba ganar dinero a su costa. Estuvo muy pendiente de él y los otros Omegas anoche y se dio cuenta de que ninguno tenía los móviles a mano. Esa mañana, no hubo fotografías suyas en Lemillion, a pesar de que su streaptease podría haber armado un buen escándalo y valía una sustanciosa cantidad que a muchos les vendría de perlas. Pero en las revistas y artículos musicales solo se hablaba de su concierto, ni siquiera había imágenes de la fiesta privada.

No, ese nerd no tenía malas intenciones, pero, aun así, dudó. No le pareció bien ni justo. Después de todo, él conocía su secreto, aunque hubiera sido por error.

Debió de hacer una pausa más larga de lo que creía, porque Midoriya le sonrió con comprensión.

—No tienes que contarme nada que no quieras.

Ese era el problema, que quería. Le gustaba hablar con él, se sentía a gusto, y conocía a muy pocas personas con las que pudiera estar así.

—No quiero que la primera canción que saco después de dos años sea una rabieta —admitió al final.

Observó la expresión del Omega, que levantó las cejas. No estaba seguro de qué reacción esperaba, pero que lo tomara con tanta calma no era una de ellas.

—¿Eso es lo que piensas que es?

—Sabía lo que había cuando escogí esta profesión —dijo encogiéndose de hombros—. Seguí adelante a pesar de que odio todo lo que tenga que ver con los medios y el trato con fans carroñeros…

La risa de Midoriya lo interrumpió.

—¿Fans carroñeros?

—Tú, no —aclaró con una media sonrisa—. Tú eres un fan genial.

—Gracias —le dijo el Omega con calidez antes de pedirle que continuara con un gesto de la mano.

—El caso es que sabía que tendría que lidiar con todo esto y lo acepté. Todavía me molesta, pero es lo que hay, un precio pequeño por la vida que quiero, si me preguntas. No quiero que estos dos años de parón se reduzcan a una especie de autocompasión por hacer lo que he decidido o que parezca que me arrepiento o que daría marcha atrás.

Se quedó contemplando al Omega, todavía atento a sus reacciones, sin saber muy bien por qué. No es que la opinión de Midoriya fuera a cambiar algo; cuando él escogía un camino, lo hacía de forma consciente, y lo hacía hasta el final. Se conocía a sí mismo, sabía la mierda con la que podía lidiar y que, si quería algo con la fuerza suficiente, podía atravesarla de ser necesario.

Tal vez fuera porque era la primera vez que hablaba de esa forma con un fan después de mucho tiempo. El nerd era un seguidor de verdad, de los suyos, del tipo de personas que le gustaban, y… No quería decepcionarlo, creía.

Sin embargo, Midoriya solo le dedicó una mirada amable.

—Si eso es lo que sientes, entonces, está bien. Pero, Bakugo, creo que es normal agobiarse por esas cosas de vez en cuando. Así que no le des demasiada importancia, ¿vale? —dicho esto, sus ojos brillaron con diversión—. Tus fans de verdad esperaremos el tiempo que necesites para tus canciones.

—… Joder. Fat tenía razón, eres una jodida joya, ¿sabes?

Sonrió al ver la forma en que el Omega se sonrojaba. Era una monada, también, y tan divertido hacer que se avergonzara.

—No es para tanto…

—He estado en salas llenas de Omegas, sé de lo que hablo. No te menosprecies.

—¿Los fans carroñeros? —le preguntó con una risita.

—Te recuerdo que tú los llamaste “hienas” primero.

Los dos rieron y se terminaron el café mientras seguían hablando. Esta vez, fue el turno de Katsuki de preguntarle a Izuku por las canciones que escribía. Tenía curiosidad por los temas que escogería, pero, como con sus gustos musicales, había de todo. Dijo que solo escribía lo que le venía a la cabeza, fuera lo que fuera: desde cómo podía sentir él la música que le gustaba hasta esa cabriola que hizo Tomo estando borracho. La sencilla felicidad de tomar una taza caliente en una noche fría de Sapporo. El miedo a la hora de enfrentarse a una experiencia desconocida. La emoción y el nerviosismo por hacer algo que siempre había querido. Los demonios del pasado. La superación personal.

—Uno de mis favoritos es el coraje —le dijo tras un rato hablando—. Esa capacidad de decidirse a hacer algo y llevarlo a cabo. Compusiste una canción sobre eso en vuestro primer disco.

—Sí —Katsuki la recordaba bien—. La escribí justo después de discutir con mi madre. Ella no quería que me dedicara a la música. Es un oficio demasiado incierto, decía.

—Es mi canción favorita.

El tono contenido y emotivo en el que lo dijo llamó la atención de Katsuki. Hasta ahora, la conversación había sido muy fluida y amena, pero, de repente, el ambiente había cambiado, como si cambiara acorde a la voz de Midoriya.

Cuando lo miró, se dio cuenta. Había cierta intensidad en sus ojos, pero seguían teniendo un halo dulce y cálido. Lo supo entonces.

—Togata —suspiró.

—Me lo contó anoche. No pasa nada.

Katsuki sacudió la cabeza.

—Era algo privado. No quería incomodarte.

—Al contrario, te estoy agradecido. Hacía tiempo que no estaba tan cómodo con un Alfa que supiera lo del refugio. La mayoría empiezan a actuar indecisos, como si cualquier cosa que se les escape fuera a romperme en pedazos. Tú no lo hiciste.

Él soltó un resoplido.

—La gente es idiota. No tienen idea de lo fuerte que es la gente como tú.

Midoriya alzó las cejas.

—¿Piensas eso de nosotros?

Katsuki se reclinó en la silla. Mientras hablaban, habían acabado sentados en la mesa, Midoriya en el extremo y él a su lado izquierdo. Se quedó cabizbajo mirando su café sin verlo realmente. Su cabeza estaba en aquel horrible momento en el que Eijiro apareció gritando y llorando en su casa, suplicando ayuda a su madre. Recordaba el miedo y la confusión, el no tener ni la menor idea de lo que estaba pasando, pero tener la seguridad de que era algo horrible. Y, luego, ese frío glacial en su pecho, cuando se acercó al coche con su madre y vio toda esa sangre.

Inspiró hondo y alzó la vista hacia Midoriya.

—Seguro que conoces el caso de Rio Kirishima.

—Sí. La conocí.

Katsuki levantó las cejas. Eso no se lo esperaba.

—¿Cuándo?

El Omega jugueteó con su café mientras esbozaba una pequeña sonrisa. Parecía triste.

—Hace siete años. Vino a mi refugio para dar una charla y participó en algunas terapias de grupo para animarnos a abrirnos. Yo estaba en una de esas cuando compartí mi historia por primera vez. Fue muy amable conmigo.

Tenía sentido. Después de lo que le pasó, Rio había dedicado su vida a ayudar a los Omegas que sufrían abusos a compartir su historia y pasaba gran parte del año visitando refugios cuando no estaba dando charlas o trabajando en un nuevo libro destinado a contarle al mundo una de las partes más horribles de su sociedad.

Aun así, le sorprendía que justo hubiera coincidido con Midoriya.

—Ella siempre ha sido muy gentil —dijo, pensando en la cantidad de veces que cuidó de él y Eijiro cuando eran adolescentes—. Fue duro ver de cerca lo que ese cabronazo le había hecho. Y todo el dolor que hubo después, para toda la familia. Mi madre se ocupó de su caso y, una vez, mientras trabajaba, vi algunas fotos. Entonces dije que sentía lástima y ella me reprendió por eso.

Le dio un largo trago a su café mientras aquella conversación pasaba por su cabeza. El recuerdo seguía siendo muy nítido. Ni él ni su madre eran personas muy emocionales, pero, en aquel momento, le sorprendió que su madre se mostrara tan fría. O eso es lo que pensó.

—Me dijo que no me atreviera a decir algo así hasta el día del juicio. No lo entendí hasta que vi a Rio en el estrado. —Apretó los puños, pero hinchó el pecho—. El olor de su miedo era tan fuerte que cualquiera en esa sala podía olerlo y su voz era una mezcla de temblores y sollozos. A veces, tenía que repetir sus respuestas o frases porque no se la entendía bien. Acabó con los ojos enrojecidos. Pero, a pesar de eso, a pesar de estar muerta de miedo y de tener a ese bastardo a dos metros de distancia, ella lo miró y le dijo al mundo lo que había hecho. Lo señaló temblando, pero sin dudar, y dijo que ese era el hijo de puta que había borrado su marca de apareamiento a base de palizas y maltrato psicológico. Joder. —Miró a Midoriya con firmeza—. Es lo más valiente que he visto en mi vida. Y creo que es una falta de respeto sentir lástima por alguien que ha plantado cara de esa forma a una experiencia horrible y al tipo que la llevó a cabo.

Los ojos de Midoriya brillaban cuando terminó de hablar. Se frotó la nariz y le sonrió de nuevo con esa tristeza.

—Gracias por pensar así.

Katsuki frunció el ceño.

—No tienes que darlas. No trato de ser amable, es mi opinión. Y no tenemos que hablar de esto, si es duro para ti. Togata no tendría que haberme dicho nada.

—No es culpa suya. Yo le dije que quería contártelo. —Esta vez, la tristeza abandonó su rostro cuando sus labios se curvaron un poco más—. Pero me lo estaba pasando tan bien… Se me fue totalmente de la cabeza.

Él sonrió.

—Eso es bueno.

—Aun así, quería decírtelo —insistió Midoriya. La emoción le humedeció los ojos—. Quería darte las gracias por escribir esa canción.

De forma inconsciente, Katsuki acercó su silla al Omega. De repente, parecía muy vulnerable y, aunque no olía su dolor, no quería que llegara a tanto, por mucha curiosidad que tuviera acerca de cómo su canción lo ayudó. Se inclinó hacia él, mirándolo con intensidad.

—No tienes que contármelo.

Sin embargo, Midoriya tragó saliva y empezó a hablar.

—Yo tenía diecisiete años la primera vez que intenté escapar de él.

Katsuki hizo uso de todas sus fuerzas para que el horror no se mostrara en su rostro, pero, aun así, algunas arrugas en sus ojos y la nariz lo delataron.

Diecisiete años. Joder.

—Iba con otra Omega. Por supuesto, nos cogieron. Lo que nos hicieron…

Se interrumpió con un estremecimiento y le llegó un ligero aroma amargo. Era su dolor.

Sin pensar bien en lo que hacía, puso una mano sobre su hombro y se lo frotó. No dijo nada. No podía. Estaba sobrecogido por el escenario, vago, pero con la información suficiente para hacerse una idea de lo que ocurrió. No necesitaba los detalles, sin embargo, escucharía lo que Midoriya quisiera decirle, fuera lo que fuera. Si estaba dispuesto a hacer ese esfuerzo, a repasar los que sin duda debían ser los peores recuerdos de su vida, lo mínimo que tenía que hacer él era escuchar.

El Omega hizo una respiración profunda y temblorosa y se agarró a su brazo como si necesitara un apoyo. Katsuki lo permitió. El olor amargo fue sustituido por una rabia picante.

—Después de aquello, lo único que pensé fue: “pase lo que pase, no quiero vivir esto otra vez”. —Alzó sus ojos y, a pesar de estar acuosos, fueron tan claras su rabia e impotencia que fue como si apretaran su pecho—. Así que me convertí en el Omega dócil y obediente que él quería que fuera. Me resigné y aguanté todo lo que vino después, fuera lo que fuera. Entonces creía que cualquier cosa era mejor que…

Al ver que apretaba los labios con fuerza y arrugaba la nariz, como si una rabia intensa lo ahogara, se acercó más y le apretó los dos hombros, esperando que lo ayudara y dándole tiempo a la vez para que se recuperara. Midoriya respiró hondo dos veces, cerrando los ojos, y continuó:

—Pasé dos años así. Cuando cumplí diecinueve, me permitió salir de la casa para que me comprara un regalo. Fui a una tienda de música… y encontré tu disco.

El olor picante se disipó. El Omega abrió los ojos, ahora más claros y brillantes.

—Y escuché tu canción —dijo emocionado—. Cuando hablabas de que no valía la pena vivir una vida si estaba vacía, siguiendo las directrices de otros, sin luchar por lo que querías… Pensé por primera vez que la mía no valía nada.

—Midoriya… —dijo horrorizado, temiéndose lo peor, pero este lo interrumpió apretándole el brazo, pidiéndole en silencio que le dejara seguir.

—Decías que, si querías algo de verdad, tenías que enfrentarte a lo que fuera por ello. Que echarías la vista atrás y lo harías con la cabeza alta, sabiendo que elegiste tu propio camino. Que podías darte cuenta de que eras capaz de hacer cosas que no creías. —Unas lágrimas cálidas bailaban en su mirada verde, valiente y orgullosa—. Me hizo pensar en la vida que quería y me dio el valor para escapar otra vez. Y tenías razón, porque lo conseguí. Tuve una oportunidad de sanar y de vivir como yo quería. Por eso, te doy las gracias.

Katsuki no podía hablar, algo atoraba su garganta.

Su música había contribuido a que una vida preciosa no se perdiera. Una buena persona como Midoriya, un tierno y valiente Omega, había luchado contra un destino horrible y lo había sorteado por escuchar su canción. Ahora, tenía una vida pacífica y esperaba que feliz. Joder, ahora se alegraba muchísimo de no haber sido un completo gilipollas en ese balcón. Se alegraba de que le hubiera hecho tanta ilusión el disco y la camiseta firmados, y de que hubiera estado disfrutando de su visita al estudio hasta ese momento.

Mierda. No podía dejar que se fuera así. Lloroso y con amargos recuerdos encima. Se suponía que esa visita tenía que ser un regalo, una especie de agradecimiento por lo de anoche. Tenía que estar feliz, quería que lo fuera.

Joder. Estaba temblando. Su interior era un puto revoltijo de emociones. Estaba emocionado por lo que había hecho su música y un poco exaltado porque el Omega hubiera logrado salir adelante por su cuenta… Pero también había rabia por lo que le habían hecho, le dolía lo que había tenido que pasar y se sentía agresivo y protector como el infierno. Su lado más salvaje quería coger a Midoriya y esconderlo en una maldita fortaleza antes de encontrar al Alfa bastardo que le hizo daño y hacerlo pedazos.

Maldita sea, su cuerpo estaba fuera de control.

Entonces, Midoriya se limpió los ojos y le sonrió con simpatía.

—Puedes abrazarme si quieres.

En otra situación, Katsuki habría hecho una mueca de asco y habría retrocedido, pero, esta vez, se inclinó y lo estrechó con fuerza entre sus brazos.

Por fin, pudo soltar el aire. Sentir la respiración del Omega y cómo le frotaba la espalda ayudó a que sus músculos se relajaran poco a poco y que dejara de temblar. Su lado Alfa percibió que estaba bien, a salvo. Inspiró hondo, oliendo su suave aroma a lavanda y vainilla. Ya no había picante ni amargura.

Y, aun así, no pudo evitar notar lo pequeño y delgado que era en comparación con él. Lo fácil que sería hacerle daño. Lo mucho que tuvo que sufrir durante… ¿cuánto? ¿Dos años? ¿Más?

Lo abrazó un poco más, no tanto porque creyera que a Midoriya le hacía falta consuelo, sino porque lo necesitaba él.

Mientras tanto, Izuku esbozó una diminuta sonrisa, dejándose abrazar. No era la primera vez que lo hacía, los Alfas voluntarios del refugio solían ser muy protectores con los Omegas; no solo los custodiaban de los monstruos que podrían volver a hacerles daño y de los idiotas que tenían mucha curiosidad y poca sensibilidad por los Omegas como él, sino que también les ayudaban a volver a interactuar con otros Alfas y, a menudo, los consolaban.

La mayoría eran como Mirio, grandes y fuertes, pero con corazón. Sus instintos de protección estaban más a flor de piel que en otros Alfas y no era extraño que abrazaran a los Omegas como una respuesta a esa necesidad de mantenerlos a salvo o de hacerles sentir mejor.

Izuku todavía recordaba la primera vez que Mirio escuchó su historia. Recordaba su enorme abrazo de oso y cómo lloró, diciéndole que le habría gustado estar ahí para ayudarlo. También fue la primera vez que un Alfa lo abrazaba de verdad, al menos, hasta donde alcanzaba su memoria. Lo conmovió y le hizo feliz. Mirio era el mejor ejemplo de que no todos los Alfas eran demonios, y eso que él había conocido muchos, muchísimos, a veces, bajo apariencias insospechadas.

Por eso, no le extrañó la reacción de Bakugo. Tal vez era un poco sorprendente, ya que parecía una persona con un carácter muy fuerte y con mal genio, pero tenía buen fondo. Pese a su forma de hablar y expresarse, era amable. Se disculpó por lo del balcón e incluso le firmó más cosas de las que le había pedido. Le dio conversación y cantaron y bailaron juntos. No le había tratado como si fuera de cristal, a pesar de que sabía de dónde venía, y de que acababa de ver su debilidad.

Su lado instintivo era protector. Sonrió al pensar que acababa de confirmar que su músico favorito, la persona que lo inspiró y le salvó, era un buen Alfa.

Cerró los ojos y disfrutó del sentimiento cálido que inundó su pecho.

—Gracias por salvarme —dijo una vez más. Aunque él no estuviera de acuerdo, así era como se sentía y quería que lo supiera.

Bakugo lo apretó con suavidad.

—Eres un tipo valiente. Y fuerte. Eres capaz de conseguir cualquier cosa que te propongas. No lo olvides, y no permitas que nadie te haga creer lo contrario. Prométeselo a tu ídolo.

A Izuku se le escapó una pequeña risa, pero asintió contra su pecho.

—Palabra de fanboy.

Pese a eso, Katsuki no lo soltó de inmediato, aunque estaba más relajado. Su instinto todavía estaba reacio a dejar al pequeño Omega por su cuenta, a pesar de que era consciente de que no lo necesitaba. Además, seguía convencido de que no quería que Midoriya se marchara con un sabor amargo de su visita al estudio. Tenía que haber algo que pudiera hacer para que se fuera feliz, como la noche anterior. ¿Qué más podría…?

—Hostia, era verdad…

Katsuki alzó la cabeza y deseó que su mirada fuera capaz de asesinar, en el sentido más literal de la palabra.

En la puerta, acababan de aparecer sus compañeros de banda, con Pikachu a la cabeza y Peloraro y Caraburro detrás. Los dos se asomaban con los ojos muy abiertos por los hombros de Pikachu, que se había quedado con la boca abierta. Sin embargo, no tardó en sonreír.

—Pero, bueno, Kats, ¡qué calladito te lo tenías!

Al instante, Midoriya se apartó de él con un salto, la cara roja y con una expresión avergonzada. En otro momento, le habría hecho mucha gracia y no habría dudado en burlarse, pero, ahora, no le gustó. Estaba más tranquilo, cierto, pero no del todo, y la presencia de más Alfas cerca del pequeño Omega no era exactamente bienvenida.

Sus músculos amenazaron con estirarse.

—Ah, no, no es nada de eso… —balbuceó Midoriya, tratando de evitar un malentendido.

—No metas el morro donde no te llaman, Pikachu —le gruñó Katsuki sin tapujos.

Los tres se acercaron. Fat se asomó por encima, mirándole con una expresión de disculpa en los ojos, pero no estaba molesto con él. Después de todo, trabajaba para la banda, no en exclusiva. No les podía impedir al paso a sus amigos.

Pikachu lo ignoró mientras que Peloraro casi daba saltitos.

—Kats, me alegro un montón por ti.

Ah, mierda, era el que más se iba a decepcionar cuando le dijera que no se trataba de eso.

Caraburro fue el único que tuvo la decencia de dirigirse a Midoriya, al menos.

—No te preocupes, no eres el primer Omega que se acerca a Kats, no te sientas mal por eso —le dijo con amabilidad.

—Pero sí es el primero al que abraza así —comentó Pikachu con ojos brillantes y acercándose para observarlo de cerca—. Eso es impresionante, aunque eres bastante lindo.

A pesar de que lo dijo como un cumplido, Katsuki notó una ligera tensión en Midoriya cuando se acercó más de la cuenta, invadiendo su espacio personal, y vio cómo retrocedía un paso, casi como si fuera un instinto arraigado en él.

Actuó tan rápido que ni siquiera lo pensó. Se adelantó con un fuerte gruñido y lo empujó con el pecho, ensanchando los músculos y dejando salir los colmillos.

—Aléjate de él, Denki —gruñó.

Denki trastabilló hacia atrás con los ojos muy abiertos. Hanta lo sostuvo mientras que Eijiro se interpuso entre los dos en un segundo, con los brazos en alto.

—Kats, ¿qué te pasa?

—Mierda, no me digas que vas en serio.

Katsuki le enseñó los dientes.

—Te he dicho que no metas el jodido morro donde no te llaman.

—Bakugo —lo llamó Midoriya—, no pasa nada. Ha sido mi culpa.

—Ni se te ocurra decir eso —ladró, mirándolo—. Te ha hecho sentir incómodo.

El Omega puso una mano en su espalda y la frotó. Su contacto y la pequeña sonrisa que le dedicó le ayudaron a sentirse con menos ganas de morder al otro Alfa.

—No tenía mala intención. Lo sabes, pero aún estás en modo protector conmigo. Es un detalle por tu parte, pero estoy bien.

Él inspiró hondo y se obligó a relajarse. No oler miedo en Midoriya lo convenció de que no se sentía amenazado, a pesar de su reacción.

Se giró hacia Denki, ocultando los colmillos.

—Me he pasado.

—Eh, sin problemas. Lo siento si te he hecho sentir incómodo, Omega.

Debía admitirlo, Pikachu podía ser un poco desastre y meter la pata, pero perdonaba con facilidad a sus amigos y se disculpaba cuando hacía mal las cosas.

—No pasa nada —Midoriya le quitó importancia con facilidad. Después, le palmeó la espalda a Katsuki y le sonrió—. Bueno, muchísimas gracias por todo, Bakugo. Ha sido genial.

Katsuki frunció el ceño.

—Eh, espera…

—No, estoy bien, de verdad. Me ha encantado la visita y hablar contigo, pero no quiero entretenerte más. Tendrás que ensayar y preparar cosas de la gira —dijo mientras recogía sus cosas con cierta prisa. Aun así, se detuvo para dedicarle una cálida sonrisa—. Si algún día tienes tiempo, pásate por mi local. Te invitaré a un café.

Abrió la boca para pedirle que no se fuera todavía, sin embargo, la cerró al darse cuenta de que no tenía nada que ofrecerle. No se le ocurría nada para que no se fuera con ese mal sabor de boca y tampoco quería retenerlo si se sentía incómodo o avergonzado con la presencia del resto de la banda.

Así que tuvo que resignarse. Por ahora.

—Recordaré esa invitación, nerd —le dijo esbozando una media sonrisa.

El rostro de Midoriya se iluminó y se despidió con la mano antes de marcharse. Katsuki le pidió con la mirada a Fat que lo acompañara y este asintió, diligente.

En cuanto se fue, soltó un gruñido frustrado y se pasó la mano por la nuca.

—Sé que no has pedido mi opinión, pero no tendrías que haber dejado que se marchara.

Katsuki fulminó con la mirada a Pikachu, aunque no tardó en hacer lo mismo con Peloraro y Caraburro, que asintieron dándole la razón.

—Que os follen —replicó, regresando a la mesa para sentarse en el borde—. ¿Qué parte de que Fat esté impidiendo el paso no entendéis?

—Es que nos dijo que estabas con un Omega y… Bueno, no nos lo creíamos —respondió Caraburro antes de sonreír—. Desde luego, ha sido una sorpresa verte abrazándolo.

—Y sobreprotector —añadió Pikachu—. Tío, nunca te he visto enseñar los colmillos por un Omega. Debe de gustarte de verdad.

—Si es así, tienes que ir tras él —lo animó Peloraro, acercándose para empujarlo a la puerta.

Katsuki chasqueó los dientes como advertencia.

—¡Ya está bien, joder! No me he acostado con él y no hay ninguna mierda romántica entre nosotros.

—Claro, por eso estabais compartiendo un abrazo tan íntimo —se burló Caraburro.

Gruñó exasperado, pasándose una mano por la cara. Después, les contó lo que ocurrió en el balcón y que él era el fan cuyo disco les dijo que firmaran. Los tres le sermonearon por no habérselo presentado, también les entusiasmó saber que uno de sus primeros fans estuvo en la fiesta, pero Katsuki los ignoró y les habló de Lemillion.

—No me puedo creer que hayas ido a una fiesta sin nosotros —lloriqueó Pikachu—. ¡Y llena de Omegas! Eres cruel.

Katsuki lo fulminó con los ojos.

—Tú haces eso siempre.

—Bueno, pues por eso. Es mi hábitat natural, ¡yo tendría que haber estado allí!

—Dudo que te hubieran permitido la entrada, sabiendo que te gusta husmear detrás de los Omegas.

—Seguro que no habría tenido quejas —se pavoneó con una sonrisa de suficiencia que, en esos momentos, lo puso de los nervios.

Soltó un gruñido exasperado.

—Esos Omegas vienen de un refugio, incluido Midoriya.

Al escuchar eso, Denki y Hanta palidecieron, mientras que Eijiro se puso en pie casi de un salto, con el rostro tenso.

—¿Qué?

—Y yo me he acercado de más y le he dicho que es lindo —maldijo Denki llevándose las manos a la cabeza—. Soy un bastardo.

—Vamos, hombre, no lo sabías —le dijo Hanta palmeando su hombro.

—Pero ahora sí —gruñó Katsuki—. Si me entero de que le propones alguna mierda, te haré daño.

—Y yo le ayudaré a hacerlo —asintió Eijiro cruzándose de brazos.

—¿Tú también?

—Totalmente —dicho esto, le sonrió a Katsuki—. Ahora entiendo que estuvieras tan protector. ¿Habéis hablado?

—Sí. —Era todo lo que pensaba decirles al respecto. Lo que Midoriya le había contado quedaría entre ellos.

Eijiro lo pilló rápido, porque sonrió y dio una palmada.

—¡Bueno! Ahora que está todo aclarado, ¡toca ensayar! Denki, tú primero.

—¿Qué? ¡Si acabo de salir de la cama! Sabes lo horrible que es mi voz recién levantado.

—Mejor, así te damos tiempo a que la afines. Hanta, ¿por qué no lo ayudas?

Este también captó la indirecta y rodeó a Denki por los hombros, llevándoselo a la sala. Solo entonces, Eijiro se sentó a su lado.

—Siento que hayamos entrado sin más. Por cómo cogías ayer al Omega, pensé que era un ligue ocasional y me sorprendió que siguieras con él todavía. Ahora entiendo que hemos interrumpido algo personal. Perdona.

Katsuki se encogió de hombros, aunque gruñó:

—No importa.

—¿Y por qué todavía pareces molesto? —le preguntó con simpatía—. A Denki ya se le ha olvidado lo que ha pasado y, si es porque tu instinto te ha dominado, es normal. Viste lo que le hicieron a mi hermana.

Se pasó la mano por la nuca e hizo una mueca de frustración.

—No es eso. Sabes cómo odio las fiestas postconcierto de Pikachu.

—Ajá.

—Midoriya me llevó a un sitio genial. Fue como antes, ¿te acuerdas?

Los ojos de Peloraro brillaron.

—¿Te refieres a cuando solo había fans a los que les gustaba hablar de música y no el postureo ni engancharnos con un collar?

—Exacto —suspiró—. Hacía mucho tiempo que no me lo pasaba tan bien. Lo de la visita de hoy al estudio era mi forma de darle algo a cambio.

—O sea, de darle las gracias.

A Katsuki no le gustó la sonrisa de suficiencia de Eijiro, pero tampoco lo negó. Se conocían desde hacía mucho y sabía mejor que nadie cómo era en el fondo, aunque lo disfrazara con dureza y mal carácter. No valía la pena y tampoco le apetecía imponer su orgullo ahora mismo.

—El caso es que quería que lo pasara bien. No quería que se marchara justo después de contarme lo peor que le ha pasado en la vida.

Peloraro ladeó la cabeza, pensativo. Entonces, sonrió.

—Si no te gusta cómo ha acabado, ¿por qué no lo buscas y le haces una despedida apropiada? Si es eso lo que quieres, claro.

—¿Qué quieres decir?

—No eres el tipo más sociable ni fácil de tratar, tampoco te cae bien cualquiera. Pero, por lo que has contado, pasaste toda la noche y parte de esta mañana con ese Omega. —Levantó las manos al ver que abría la boca para protestar—. No hablo de algo romántico, pero creo que es evidente que te agrada su compañía. ¿Por qué no lo encuentras y entablas amistad con él? Ser una estrella de rock no es incompatible con tener amistades de verdad. No te prives de hacer un nuevo amigo solo por la mierda que has pasado últimamente.

Katsuki apartó la vista.

—Estoy bien. Solo… no encuentro un tema que me convenza.

—Todos hemos pasado por un bloqueo. Es normal y se te pasará con el tiempo. Pero sabes que no estoy hablando de eso.

—No necesito una relación —gruñó.

Eijiro puso los ojos en blanco.

—No hablo de una relación sentimental. Hablo de una conexión, de esa chispa que salta entre dos personas que se entienden. ¿No has sentido algo así con ese Omega?

Sí, lo había sentido. Midoriya y él compartían la misma pasión por la música, aunque la vivieran de formas diferentes, pero había esa curiosidad del uno por el otro, ese deseo de aprender una nueva perspectiva, ver las cosas desde otra lente. Lo había pasado genial con él y se había divertido mucho tomándole el pelo y jugando con él.

Cuando Eijiro levantó una ceja interrogativa, fue su turno de rodar los ojos. De todos modos, no es como si hubiera decidido dejar las cosas así con Midoriya, no iba a permitir que el último encuentro con su fanboy fuera amargo o no sería digno de ser su ídolo.

 

 

Izuku puso los brazos en jarra cuando terminó de fregar los platos.

—Bueno, ya hemos terminado aquí.

—¡Buen trabajo, jefe! —lo felicitó Toru, tendiéndole la mano para que chocara los cinco.

Correspondió su gesto con una sonrisa y se giró para ver cómo iba su repostero.

—¿Necesitas ayuda, Rikido?

—¡No, no! Esto ya está.

Suspiró con satisfacción. Qué suerte había tenido de encontrar buenos compañeros de trabajo. Cuando decidió abrir su cafetería, hacía cuatro años, estaba tan emocionado como asustado. A pesar de lo que dijera Mirio, era la primera vez que trabajaba en su vida y, encima, llevaba su propio negocio. Lo bueno es que el Alfa le recomendó gente competente como Mashirao, Toru y Tsuyu, aunque fue él quien encontró a Rikido en un puesto de dulces ambulante que tenía en el Parque Odori. Ochako, en cambio, llegó por su cuenta para quedarse desde el minuto uno. No había trabajado antes de camarera, pero tenía encanto y don de gentes, vio que tenía potencial.

Todos se llevaban bien y tenían una buena dinámica juntos. No podía pedir más.

—¿Alguno se queda a comer? —les preguntó.

—Mashirao y yo tenemos planes —canturreó Toru como la Omega enamorada que era. Mashirao y ella llevaban un año apareados, a pesar de que se habían conocido hacía cuatro, al entrar a trabajar con él. A Izuku le hizo ilusión ver su desarrollo romántico en primera fila y se alegraba mucho por ellos.

—Yo me quedaré contigo, jefe —le sonrió Rikido.

Él levantó una ceja.

—Me gusta que me hagas compañía, pero no puedes trabajar más horas. Bastante lío tendremos en Navidad, aprovecha ahora para descansar.

—Tú eres quien hace más turnos dobles que nadie —se quejó Toru, dándole unas palmaditas en la mejilla—. Hace dos días estuviste en un concierto, ¿no estás cansado?

—Por eso, ayer me tomé el día libre.

—No te preocupes, Toru. Ochako no permitirá que trabaje más de la cuenta —rio el Alfa.

Izuku puso los ojos en blanco, pero sonrió. De alguna manera, Ochako se había convertido en su segunda al mando, aunque en más de una ocasión parecía ser ella quien le daba órdenes. Le prohibió los turnos dobles más de un día semanal y lo enviaba a casa como a un niño cuando detectaba el más leve síntoma de resfriado, fiebre o derivados.

Aun así, era bonito que se preocupara de esa manera por él.

Como si hubiera sido invocada, Ochako entró disparada en la cocina. Le tocaba el turno de tarde y llevaba ropa cómoda de calle. Fue directa hacia Izuku y lo cogió del cuello de la camiseta de camarero.

—Confiesa ahora mismo —le exigió, con una sobreexcitación que solo había visto cuando Rikido hacía sus pasteles temáticos de festivos como Navidad o San Valentín.

—¿Qué? —balbuceó con el ceño fruncido.

Ochako señaló hacia el exterior.

—Hay un Alfa enorme ahí fuera que dice que le has invitado a un café. ¿Cómo has podido ligar y no contármelo?

Toru chilló y casi se abalanzó sobre él.

—¿Es eso cierto?

—¿Qué? —repitió Izuku, pero, esta vez, las apartó con cuidado y se asomó por la puerta.

Un sorprendido Mashirao entablaba una anodina conversación con un Alfa alto. Llevaba una sudadera que le llegaba hasta por debajo de la cintura, ancha, y de color granate con la figura de un dragón blanco visto desde arriba. Los pantalones negros tenían un montón de bolsillos y terminaban en unas botas militares. Una capucha cubría su cabeza y su rostro, pero él ya se hacía una idea de quién era.

Se recolocó las mangas y salió con una pequeña sonrisa.

—¿Bakugo?

Entrevió el brillo de sus ojos rojos bajo la capucha, aunque fue su media sonrisa divertida lo que lo confirmó.

—¿Acaso has invitado a alguien más a un café?

Izuku soltó una risilla y le hizo un gesto despreocupado a Mashirao con la mano.

—Ve a casa, yo me encargo.

No se le escapó cómo el Alfa levantó las cejas, pero no le dijo nada. Mashirao, a diferencia de Ochako o Toru, era bastante discreto.

—¿Quieres tomar algo con el café? —le ofreció al batería mientras se ponía manos a la obra, consciente de unos cuantos pares de ojos que lo vigilaban desde la puerta de la cocina.

Algo le decía que el pobre Mashirao no podría irse a casa.

—Acabo de comer, pero el café de ayer estaría bien.

—¡Marchando! —dijo Izuku con una sonrisa divertida—. ¿Por qué no te sientas mientras lo preparo? Mira, al fondo a la derecha, pasando los baños, hay un buen sitio.

—Bien. Oye, trae tu comida. No te quedes sin comer por atenderme. No puedo perder a mi mayor fan.

—Descuida.

En cuanto Bakugo fue a la mesa del fondo, Izuku se giró hacia la puerta de la cocina, donde Ochako y Toru ya le estaban recriminando en silencio y con gestos dramáticos que hubiera escogido una posición claramente oculta de la cocina y el mostrador. Él les sacó la lengua, sabiendo que se morían de ganas por saber qué estaba pasando. Pensaba contárselo durante la comida, pero ahora podían esperar. Las dos Omegas respondieron levantando los puños, jurando venganza, sin duda.

Izuku terminó de preparar el café y se llevó su comida, que había dejado sobre una de las mesas ya limpias y recogidas. Al reunirse con Bakugo, este ya se había quitado la capucha y sonreía divertido.

—Una mesa muy íntima.

—Lo siento, pero mis amigas de ahí detrás son muy… curiosas.

El batería se rio.

—Tendrías que haber visto la cara de la Omega cuando he dicho que me habías invitado.

—Créeme, la he visto. —Izuku le tendió el café y se acomodó en su silla antes de poner las manos en su bento—. ¿Cómo fue el concierto?

—Ah, siempre es la mejor parte de la gira, y Pikachu se esforzó mucho —dijo con una risilla—. Se mosqueó cuando le dije que cantabas mejor que él.

Izuku casi dejó caer el trozo de pollo.

—¿Por qué le dijiste eso? —preguntó con horror.

—Es lo que pienso.

—No es verdad.

—Tu técnica vocal es superior —gruñó, ya no tan divertido—. Lo supe hace dos noches con una sola canción, y conozco a Pikachu desde la universidad, conozco bien sus límites.

Pese a que no acababa de estar de acuerdo, el Omega no pudo evitar sonrojarse y tratar de esconder la cara en el cuello de su camisa.

—Bueno, no creo que sea mejor.

Bakugo volvió a sonreír con suficiencia.

—Eres demasiado humilde, nerd. No te preocupes por Pikachu, estas cosas le vienen bien para motivarse. Trabajó duro e hizo un buen espectáculo, es lo que importa.

Después de eso, hablaron durante un rato del concierto, lo que derivó en que Izuku le preguntara a Bakugo por los que creía que eran los mejores que había hecho, y, de algún modo, acabaron hablando de las ciudades en las que había estado. Por desgracia, el Omega no había visto nada más allá de Tokio y Sapporo, mientras que Bakugo admitió que no es como si él hubiera tenido mucho tiempo para hacer de turista, aunque le habría gustado hacer algún tour rápido aunque fuera.  De ahí hablaron de lugares que visitarían y cosas probarían, y, hablando de comida, Bakugo terminó mencionando que su café era bueno y que le gustaba el diseño la cafetería.

Izuku agradeció mentalmente el buen gusto de Toru por los tonos amaderados claros para el suelo y las paredes y los más oscuros para las sillas y las mesas, mientras que Mashirao hizo los estantes geométricos colgados en las paredes y del techo que tenían plantas artificiales que servían como decoración.

Cuando Izuku terminó de comer, se recostó en la silla y le sonrió.

—Eres bienvenido siempre que quieras venir. Avísame para que te reserve esta mesa si no te apetece llamar la atención.

Bakugo sonrió de medio lado.

—Ah, mi fanboy se muere por tenerme aquí todos los días.

—Seguro —asintió Izuku como si nada, pero sonriendo—, sin embargo, si no es mucha molestia, trae contigo la camiseta de All Might.

El Alfa se echó a reír.

—¡Y aún insistes!

—Me encanta esa camiseta —Izuku también rio, consciente de que no la conseguiría tan fácil.

El batería, con los labios todavía curvados hacia arriba, cogió entonces una servilleta, se sacó un bolígrafo y escribió algo antes de levantarse.

—Malas noticias, no pienso dártela, pero, por favor, no dejes de intentarlo. —Izuku soltó una risilla—. Por suerte para ti, también hay buenas noticias. Esto es para ti.

Le dio la servilleta e Izuku frunció el ceño al ver que lo que había escrito.

—¿De quién es este número de teléfono?

—Mío.

Alzó la cabeza con un sobresalto, mirando al músico con los ojos muy abiertos.

—¿Quieres… decir…?

—Es mi número personal —dijo con una expresión satisfecha—. ¿Cómo voy a avisarte si no de cuándo pienso venir aquí?

Izuku quiso decir que se refería a que lo llamara a la cafetería, pero Bakugo cortó sus balbuceos con un gesto de la mano.

—Mira, por lo general, la gente me molesta, pero tú no. —Se encogió de hombros—. Hablar contigo es fácil y paso un buen rato. No veo por qué dejarlo, a menos que tengas algo en contra —dicho esto, sonrió con malicia—. Pero eres mi fanboy, sé que el impacto de mi increíble noticia te impide dar saltitos como los de hace dos noches.

El Omega salió por fin del “impacto” y arrugó la nariz.

—¿Tienes algún problema con mis saltitos?

—Al contrario, me sentiré muy decepcionado si no empiezas a saltar ahora mismo, delante de mí —dicho esto, sus ojos brillaron con una pura y absoluta maldad—. Aunque también me dolió que no quisieras desnudarme…

—¡Chist! —Izuku saltó de la silla y se llevó un dedo a los labios—. Ni se te ocurra mencionar eso aquí.

Bakugo soltó una carcajada y, en cuanto detectó la fingida molestia en la mirada del Omega, dio un salto para evitar su manotazo.

—Buen intento.

—Eres un Alfa horrible —le dijo Izuku, aunque sonreía.

El batería le devolvió el gesto.

—Entonces, ¿me escribirás?

Pese a que ya sabía lo que haría, fingió pensárselo. Después de todo, él también disfrutaba hablando con Bakugo y era divertido seguir sus juegos y bromas. Y los dos amaban la música.

No sabía cómo explicarlo, pero con él se sentía cómodo de un modo diferente a otros Alfas. Adoraba a Mirio, siempre sería el primer Alfa que le hizo reír y le mostró que era posible sentir un afecto genuino por uno, lo vio en su peor momento y le ayudó a superarlo. Shoto era parecido. Lo conoció justo después de escapar y bien sabían los dioses los meses que pasó ganándose su confianza para perseguir al demonio que le había hecho daño. Incluso después de eso, se hicieron amigos. Mirio le ayudó a ver el lado bueno de la vida, pero Shoto le enseñó que era más fuerte de lo que creía.

Sin embargo, por mucho que los quisiera, ambos estarían siempre relacionados a aquel momento de vulnerabilidad. Los dos se acercaron a él porque era un Omega de refugio.

Rikido y Mashirao, en cambio, no lo sabían. Cuando empezó a hacer salidas fuera del refugio para aprender a relacionarse y hacer amigos, se dio cuenta con rapidez de cómo cambiaba la actitud de los que lo rodeaban en cuanto sabían de su pasado. Esa lástima, el miedo a hacerle daño sin querer, ese cuidado que tenían como si estuviera hecho de cristal. Algunos también se pasaron de sobreprotectores.

Era irritante tratar de relacionarse así, de modo que lo ocultó. En la cafetería, todos creían que era voluntario en el refugio. Quiso hacerlo así porque no quería que sus compañeros de trabajo estuvieran constantemente preocupados cada vez que atendía a un Alfa o que creyeran que iba a tener un ataque de pánico si uno lo tocaba. Así, no habría podido iniciar su negocio en la vida.

Ahora, cuatro años después, tal vez era buen momento para contarlo, pero nunca había salido el tema y a Izuku no le corría prisa hablar de ello. A pesar de que era capaz de hacerlo, seguía sin ser algo agradable. Con Bakugo hizo una excepción porque deseaba que comprendiera lo importante que fue su canción para él, pero no era algo que haría por las buenas así como así.

Así que, sí, se llevaba muy bien con Rikido y Mashirao era un Alfa amable y considerado, dispuesto a ayudar en lo que hiciera falta, pero no lo conocían del todo. No tenían ni idea de que su vida de verdad había empezado hacía solo cuatro años.

Bakugo, en cambio, lo había conocido como un Omega apasionado de la música. Después se había enterado sin quererlo de su pasado, pero eso no había cambiado su forma de tratarlo. Era el primero en hacerlo. Y se sentía tan bien poder hablar y estar con él sin que eso importara lo más mínimo.

Además, seguía siendo alguien a quien admiraba y con quien compartía una pasión común. Por supuesto que quería escribirle.

Pero, en vez de responder, sonrió y se puso a dar saltitos con la servilleta entre las manos. Tal y como esperaba, el batería se echó a reír.

—Sabía que mi fanboy no me fallaría.

—Pues claro, soy tu fanboy oficial. Tengo mis responsabilidades como tal —dijo mientras caminaba a su lado, acompañándolo a la salida.

Nada más salir de la esquina, vio cómo Ochako y Toru se escondían atropelladamente tras la barra mientras que Rikido hacía una mueca avergonzada y Mashirao le dedicaba una sonrisa de disculpa. Él rodó los ojos. Cotillas.

—Supongo que te veré pronto —le dijo a Bakugo en la puerta.

—Probablemente mañana. ¿Comemos juntos?

Izuku no pudo evitar sonreír.

—Me gustaría mucho, Bakugo.

El batería le devolvió el gesto de una forma bastante sospechosa. Le guiñó un ojo y dijo en voz bien alta:

—Llámame Katsuki, Izuku —y dicho esto, se fue con una carcajada.

El Omega enrojeció tanto que juraría que le salía humo por las orejas. En parte por la emoción, la vergüenza y, por último, pero en absoluto menos importante, la molestia.

Porque el muy maldito sabía lo que estaba haciendo. Podía sentir chispas saltando a sus espaldas, lo que quería decir que le aguardaba un largo interrogatorio que no terminaría hasta haber sacado a la luz todos los detalles y, tal vez, puede que ni eso satisficiera a las dos bestias curiosas que esperaban en el mostrador.

Lo primero que iba a escribirle a ese traidor es que mañana envenenaría su café.


Comentarios

  1. Me encantó!!!! Especialmente el como kacchan busca a deku y no alreves!!! Y la parte donde se pone protector!! Uf!! Queda perfecto con la situación y el personaje!

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    1. Ayyyy :D Me alegro un montón de que te haya gustado ^^ Sí, creo que Izuku es demasiado tímido como para ir detrás de Katsuki, y este, al contrario, cuando decide hacer algo, lo hace. En este fic, vas a querer un montón a Katsuki ;)

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