Capítulo 38. La sangre se paga con sangre

 


Sasuke estaba convencido de que los humanos no habían creado todavía las palabras adecuadas para describir al zorro dorado en el que se había convertido Naruto. Majestuoso e imponente no le hacían justicia, y amenazador no sonaba lo bastante cercano al escalofrío que le recorrió la espalda, como si un instinto primitivo le estuviera advirtiendo de que allí estaba el peligro personificado.

No, no era eso. Solo estaba contemplando el verdadero poder y naturaleza del hijo de un dios.

Había quienes decían que las visiones divinas podían enloquecer a un hombre. Sasuke no creía mucho en eso, pero juró por Taka y el alma de su madre que vio que la armadura se movía. Las escamas del peto se extendieron para cubrir el torso, el lomo y los flancos, dejando al descubierto la parte trasera para permitirle al zorro la máxima movilidad posible. Los brazaletes y grebas también se extendieron, protegiendo los tendones que podrían anular sus extremidades en caso de ser dañados, mientras que las musleras se ensancharon para abrazar la zona más carnosa de las patas traseras. El yelmo se agrandó y se ajustó a la cabeza, una fina y delgada capa escamosa que, sin embargo, no consentiría que la atravesaran con cualquier acero vulgar. Los agujeros de las decoraciones en forma de zorro revelaron su función cuando las verdaderas orejas asomaron por ellas, permitiéndole moverlas de un lado a otro, mientras que los apéndices le daban a su morro y cabeza triangular rasgos aún más alargados y afilados, entre los que se asomaban sus temibles ojos rojos.

Era aterrador y bello a la vez. Majestuoso y mortífero a partes iguales. Una encarnación del fuego en el mundo de los hombres, un pedazo de Kurama hecho carne.

Sasuke no era el único que se había quedado paralizado por la repentina revelación de Naruto. Los tres soldados que habían irrumpido en la mazmorra tampoco se movían, pálidos y sudorosos. El que había cogido la espada para abalanzarse sobre Naruto la dejó caer al suelo mientras sus rodillas flaqueaban y cedían.

El hombre se derrumbó. Hizo una reverencia ante el zorro, apoyando las manos y la frente en el suelo mientras balbuceaba algo ininteligible, aunque Sasuke no necesitaba entenderlo para saber que estaba suplicando por su vida.

El zorro arrugó el morro y, sin contemplaciones, agarró su cuerpo entre sus fauces y lo lanzó por encima de las cabezas de Sasuke y Kabuto. El primero pudo por fin moverse para ver cómo el soldado aterrizaba tras él con un alarido de dolor.

Al ver la celda a su lado, su mente se iluminó.

—Kabuto, ayúdame a meterlo ahí —le pidió, dando dos pasos mientras lo decía.

Sin embargo, al ver que el médico no se movía, se detuvo. También contemplaba al zorro con los ojos abiertos como platos y una expresión que vacilaba entre la estupefacción y la fascinación.

Lo entendía a la perfección, pero no tenían tiempo para quedarse admirando a Naruto. Regresó a su lado y, con cuidado, lo cogió del codo. El médico parpadeó y lo miró, parecía un poco ido.

—¿Qué? —balbuceó.

—Kabuto, tenemos que irnos, rápido —le dijo con suavidad.

Él parpadeó otra vez y sacudió la cabeza. Sus ojos se enfocaron de nuevo.

—Sí, cierto.

Siguió a Sasuke hasta el soldado y lo ayudó a meterlo en la celda… junto a los otros dos que Naruto lanzó como si fueran sacos. No opusieron ninguna resistencia, en parte porque la caída les hizo daño, pero Sasuke estaba seguro de que preferían estar encerrados a enfrentarse a la encarnación de un dios, ya que los tres se arrastraron hasta el fondo de la celda y solo les faltó acurrucarse juntos como niños que se escondían de los trasgos que aparecían en los cuentos.

El gruñido largo y suave de Naruto llamó su atención. Al girarse, vio que llevaba entre las fauces su túnica enrollada alrededor de la espada. Se preguntó cuándo habría hecho eso, pero descartó ese pensamiento de inmediato para ir corriendo con él junto a Kabuto.

Sasuke abrazó la cabeza del zorro sin perder el tiempo. Odiaba no poder quedarse a su lado, sobre todo en mitad de una guerra, pero, en su estado, era consciente de que no sería más que un estorbo.

Además, tenía razón. Con él fuera del tablero, Orochimaru no podría manipularlo. Y, viendo lo que era capaz de hacer, se quedaba un poco más tranquilo.

—Saldré de aquí —le prometió— y me mantendré en la retaguardia. Confío en ti para que acabes con esto. —Naruto gimió, pero apretó su cabeza contra su pecho para devolverle el abrazo. Sasuke lo besó en su enorme frente y se inclinó para mirarlo a los ojos. Sonreía—. Y estoy muy orgulloso de ti. Demuéstranos a todos el poder de los creadores.

Naruto gruñó con firmeza y le tocó la frente con el hocico a modo de despedida. Después, miró a Kabuto, quien le hizo una reverencia.

—Juro que lo sacaré sano y salvo, mi señor.

Sasuke le acarició una última vez el morro.

—Ten cuidado. Y vuelve conmigo.

Naruto le dio otro toque con el hocico, como si fuera un beso, y, después, salió por la puerta con fuerza. Su cuerpo hizo temblar los bordes de piedra, pero la estructura se mantuvo estable. Sasuke no tardó en escuchar gritos aterrorizados provenientes de la oscuridad. Naruto les estaba limpiando el camino de las mazmorras para que pudieran huir sin problemas.

Kabuto lo cogió del brazo. Su rostro era severo.

—Sígame, alteza. Ambos tenemos juramentos que cumplir.

Sasuke asintió y fue tras él sin pensarlo dos veces. Una parte de él todavía estaba inquieta por Naruto, pero estaba seguro de que marcharse era lo correcto. Su esposo era fuerte y presentía que se había guardado sus mejores trucos para ese día, por lo que confiaba en que estaría bien sin él.

Era cierto que sospechaba que Orochimaru también tenía algo más bajo la manga, por la forma en la que tanto él como Mizuki habían hablado y porque, ahora, tenía información privilegiada de los Tiranos, pero, fuera lo que fuera, necesitaría a Naruto con vida.

Eso le daba margen para actuar. Esperaba que las cosas no empeoraran y tenía mucha confianza en su esposo, sin embargo, había aprendido por las malas a ponerse en la peor situación y crear un plan de respaldo por si todo salía mal. Eso lo calmaba, le daba la seguridad para actuar con rapidez y de forma que no pudiera quedarse bloqueado ni dudar.

Así, mientras corría tras Kabuto escaleras arriba en dirección a la planta baja, pasando de largo los cuerpos inconscientes o malheridos de los guardias, su mente trabajó en los peores resultados posibles. Si Orochimaru atrapaba a Naruto, sabía que no colaboraría mientras él estuviera fuera de su alcance. Eso significaba que no podría usar sus poderes en su contra, por lo que los ejércitos del Fuego y el Hielo estarían a salvo de eso.

Era verdad que ninguno de los dos tenía experiencia asediando, pero eso seguía sin quitar que su gente seguía poseyendo la mayor fuerza militar terrestre del mundo. Por otro lado, los guerreros del Fuego no eran poca cosa, había practicado con Lee y sabía que tenían hombres bien entrenados, aunque lo que debería temer Orochimaru de verdad era su feroz lealtad hacia su príncipe.

Si Naruto era capturado, el ejército del Fuego no tendría piedad. Serían como una enloquecida manada de lobos que acecha a su presa día y noche hasta desgastarla y postrarla en el suelo. No habría muros lo bastante altos ni fuertes para detenerlos.

Porque, en realidad, su mayor obstáculo en esa guerra eran las murallas.

El ejército de Orochimaru no lo preocupaba. No es que sus hombres fueran inútiles, pero su nivel era estándar. Habían pasado más tiempo acosando a los campesinos que en el campo de batalla real, y su rey, a diferencia de Fugaku, no los había sometido a entrenamientos de supervivencia o simulacros de ataques reales. Ni siquiera fueron capaces de acabar con los salvajes por su cuenta, por lo que lo llamaron a él y a sus hombres, aunque, teniendo en cuenta las últimas noticias, parece que ni siquiera ellos pudieron con todos.

En definitiva, su fuerza militar no tenía nada excepcional, pero, en un asedio, la ventaja la tenía siempre el que defendía, y, por desgracia para su bando, el arquitecto de la ciudad y del castillo de Orochimaru no fue un inepto.

Hizo una mueca en su fuero interno. Incluso si Naruto estaba bien por su cuenta, seguía siendo su mayor obstáculo. Necesitaban conquistar la ciudad y el castillo. O eso, o Naruto daba antes con Orochimaru y lo obligaba a rendirse. La primera opción les costaría muchas vidas sin duda alguna, pero que Naruto tomara el castillo desde dentro primero significaba que tendría que enfrentar las trampas de Orochimaru y Mizuki. También podía darse el caso de que ellos conquistaran la ciudad al mismo tiempo que Naruto tomaba el castillo desde dentro, entonces, todo estaría bien.

Pero si ellos tomaban la ciudad y Naruto era capturado, tendrían que tomar también el castillo.

Fuera como fuera, no cambiaba lo que tenía que hacer. Salir de allí y ayudar a su padre a que su ejército atravesara esos muros.

La inquietud desapareció en su interior. Pasara lo que pasara, Naruto estaría con vida y no cedería a las órdenes de Orochimaru, por lo que, en el peor de los casos, recuperarlo solo era cuestión de tiempo.

Llegaron a la planta baja sin percances, donde vieron rastros de sangre y un grupo de cinco guardias tirados en el suelo, algunos con los ojos cerrados, otros gimoteaban.

—Su majestad nos ha hecho todo el trabajo —dijo Kabuto antes de deslizarse por la derecha, hacia la zona de servicio.

Sasuke sonrió por un instante, orgulloso, pero se enfocó con rapidez en su misión y fue tras el médico.

—¿Cómo vamos a salir de aquí? —susurró, atento a los sonidos de alrededor. No fue difícil escuchar los gruñidos de Naruto en algún lugar junto con gritos y estallidos metálicos. Le sorprendió que no hubieran dado la voz de alarma todavía—. El castillo estaba sellado, no creo que las estancias de los sirvientes nos ayuden.

—No, pero por eso tengo algo mejor —dijo Kabuto en el mismo tono de voz, mirando de un lado a otro, alerta—. Este castillo fue del Rey Serpiente, en una época en la que el reino estaba dividido en dos y con una gran tensión entre ambas partes —dicho esto, se detuvo en mitad del pasadizo de repente.

Sasuke también lo hizo. Ahí estaba, la campana chirriante y gritos de alarma. Naruto había sido descubierto y los ecos de los pasos de los soldados resonaban en todas direcciones.

Una punzada de temor por su esposo lo atenazó, pero la reprimió. Pese a que su instinto le urgía a buscarlo, sabía que sería un error fatal, y por eso, siguió a Kabuto a paso rápido, consciente de que se les acababa el precioso tiempo que les había conseguido Naruto para llegar a su vía de escape.

Porque tenía que escapar. Si no, todo sería en vano.

Para su sorpresa, Kabuto se detuvo frente a un estandarte que colgaba orgulloso del techo, y lo apartó. Palpó la pared en un punto concreto, buscando algo.

—El rey creo lugares secretos para poder escapar en caso de que hubiera un ataque que no pudiera resistir. Por desgracia, no tuvo la ocasión de usarlos para eso, y hoy en día es verdad que Orochimaru conoce algunas de sus habitaciones secretas y paredes dobles —dicho esto, presionó una piedra pequeña que se quedó hundida, siguió una línea imaginaria con los dedos en diagonal y apretó otra piedra—, pero no lo descubrió todo. —Tras decir esto, encontró la tercera y última piedra.

Sasuke se dio cuenta de que, con las líneas imaginarias, formaban un triángulo. Entonces, la pared gruñó y una puerta irregular se separó levantando un montón de tierra y polvo.

Él y Kabuto la empujaron sin pérdida de tiempo. El barullo de los soldados se estaba acercando.

Al abrir la puerta, a Sasuke lo golpeó el fuerte olor a cerrado. Se llevó la mano a la boca mientras Kabuto palpaba en el interior, buscando una antorcha. Sin perder el tiempo, la encendió con un pedernal y se la entregó. Los pasos eran cada vez más fuertes.

—Al final del trayecto, hay un mecanismo parecido para abrir la puerta secreta que lo conducirá a la muralla. Palpando la pared, lo encontrará enseguida, la textura es distinta —le dijo Kabuto con rapidez.

Sasuke estuvo a punto de preguntarle por qué le decía eso, pero, de repente, el médico le dio la espalda, empuñando el arco que le había dado Naruto con rapidez y alcanzando con una habilidad insospechada una flecha. El soldado en el que impactó el arma gritó antes de caer al suelo.

—¡Márchese! —bramó Kabuto—. ¡No abrirán esta puerta, tiene mi palabra!

—¡Ven conmigo! —le pidió Sasuke con el corazón acelerado.

Sin embargo, Kabuto se separó de él para disparar mejor a otros dos soldados. No importaba. Cinco más iban detrás, dando la alerta a gritos y empuñando lanzas y espadas.

—¡Váyase! —gritó el médico una vez más sin vacilar—. ¡Yo tengo asuntos aquí, pero usted debe salir!

Sasuke apretó los dientes, viendo cómo por cada soldado que abatía Kabuto, aparecían cinco más.

Mierda. Maldita sea.

Aferrando la antorcha, se metió en el pasadizo y empujó la puerta para cerrarla, no sin antes gritar:

—¡Gracias, Kabuto! ¡Por todo!

Con los ojos húmedos, escuchó que él le decía con una sonrisa en la voz:

—¡A usted! ¡Por nuestra libertad!

La puerta se cerró con un golpe que retumbó en el oscuro pasillo, ahogando todo lo demás.

Sasuke se quedó solo con el silencio.

 

 

Naruto se sacudió tras quitarse de encima a doce guardias.

No era difícil, no en esa forma. Con su tamaño y sus pesadas armaduras, era sencillo tirarlos al suelo o lanzarlos por los aires. Sus garras y colmillos los dejaban fácilmente heridos si no se cubrían bien; no podía atravesar el metal con ellos, pero tenían la fuerza suficiente para romper su guardia y atacar un punto débil, las extremidades, sobre todo. Su cola, a diferencia de las de los zorros, era un poco más larga y, lo más importante, podía moverla a voluntad, casi como si fuera una mano. Eso le había permitido colocarse su túnica alrededor del cuello como un pañuelo para que no le molestara durante el combate y, de paso, no perderla para usarla cuando fuera humano de nuevo.

Echó un vistazo a un lado y a otro con las orejas revoloteando en todas direcciones. El olfato no lo ayudaría demasiado en un lugar cerrado como aquel a menos que estuviera buscando algo concreto, por lo que el oído, el sentido más agudo de los zorros, era crucial para detectar enemigos.

Por eso, detectó con facilidad la voz de alarma de algún soldado que no había quedado inconsciente.

Bien. Era ahora cuando tenía que hacer tanto ruido como pudiera para que Sasuke escapara. Mientras él estuviera a salvo, podía hacer frente a Orochimaru, Mizuki, Danzo y a cualquiera. No había estado entrenando con tanto ahínco para que ahora lo vencieran unos patéticos aspirantes a Tiranos.

Que le lanzaran la mierda que fuera, la haría pedazos.

Echó las orejas hacia atrás al detectar una nueva amenaza y se giró, agachando el cuerpo, listo para la oleada de soldados. Eran menos esta vez, pero reconoció a dos de ellos como militares de alto rango porque sus armaduras eran más completas y pesadas, decoradas con púas en las hombreras y una especie de cuerno en el yelmo.

No importaba. Tanto ellos como los seis hombres que los seguían se quedaron parados al verlo. Como todos los demás.

—Ukon, ¿estás viendo lo mismo que yo? —preguntó uno de los comandantes.

El otro aferró su lanza con fuerza.

—Tiene que ser una puta broma —maldijo, fulminando a Naruto con sus pequeños ojos.

El creador tuvo que sonreír, aun sabiendo que no era el mejor momento para ello. Sin embargo, no pudo evitar disfrutarlo.

Sí, gilipollas, tienes ante ti a un enorme zorro que empuña una jodida espada con las fauces. No te lo esperabas, ¿verdad?

Pues claro que no. Los creadores no son más que hombres afeminados cuya única virtud es ser como gatas en celo en la cama. No hay que darles mucha importancia, solo sirven para abrirse de piernas y parir, con darles alguna actividad típica de mujeres para tenerlos entretenidos es suficiente.

No son más que consortes. Yeguas de cría.

¿Cuántas veces había oído eso? ¿Cuántas veces había tenido que callarse y actuar como si les diera la razón? A pesar de su rebeldía en su forma de comportarse y de vestir, no se había enfrentado a los demás, nunca había dicho que no era cierto y que sus antepasados fueron mucho más grandes que eso.

Incluso cuando los creadores se ocuparon de propagar esos rumores, él lo había entendido. Tal vez, no aprobado, pero comprendía el horror que habían pasado y el deseo de que no se repitiera la misma historia. Para ello, debían ocultarse. Nada de llamar la atención. No hacer ruido.

Había creído que su deber era respetar ese legado, evitar una nueva guerra.

Qué ingenuo.

Mizuki hacía tiempo que conocía algunos de sus secretos, y ahora Orochimaru y, probablemente, Danzo también. ¿Y cuántos más? ¿A cuántos más les daría esa información para obtener lo que quería?

Sasuke había tenido razón. No podría ocultarlo siempre. Ni los propios dioses querían que lo hiciera. Taka, Kurama… y ahora el de este reino.

Era hora de salir a la luz, y, joder, qué bien sentaba.

¿Ahora quién es una pequeña mierda insignificante? La gatita en celo ha resultado ser un monstruo disfrazado.

Ahora podía olerlo, el miedo en el aire, como cuando se enfrentó a los nobles de su reino, cuando dejó claro que él era el rey.

Aquí demostraría más que eso.

Ajustó su agarre sobre Sharingan, sintiéndola temblar entre sus fauces como un reflejo de su propia emoción.

Los soldados todavía estaban dudando de qué hacer, pero eso no iba a detenerlo. No olvidaría que estaban en una guerra ni las vidas que iban a perderse, los sacrificios que se harían. Ni lo que estaba en juego. Todo dependía de él, así que no vacilaría, no tendría piedad más allá de cumplir sus leyes divinas.

Así que no les permitió pensar. Cruzó como un rayo el espacio que los separaba y golpeó al primer comandante con Sharingan en el escudo, con tanta fuerza que lo mandó contra la pared, al mismo tiempo que, con su cola, atacaba al otro, lanzándolo contra el otro muro y separando a ambos líderes, dejando un espacio precioso para maniobrar con la espada y enfrentarse a los soldados rasos, que gritaron muertos de miedo.

Naruto no lo pensó dos veces. Un enemigo confuso y asustado es una presa fácil. Los arrolló con su enorme cuerpo primero, aplastándolos con sus patas o empujándolos con los costados, dejando que se atropellaran los unos a los otros hasta atravesar el grupo.

Pero no se detuvo. Giró sin pensarlo dos veces y golpeó al primero que encontró con una de sus zarpas, haciéndole una fea herida en un brazo. El segundo trató de defenderse con su espada, pero Naruto era mucho más fuerte, y, con Sharingan de su parte, no había acero mortal que pudiera hacerle frente. El Filo Ancestral silbó y quebró el arma, mientras que los brazos del soldado salieron disparados hacia arriba entre temblores, dejándolo totalmente indefenso ante el cabezazo que Naruto le propinó en el torso, haciendo que volara sobre dos compañeros.

Cuatro menos. Quedaban seis.

Echó las orejas hacia atrás al escuchar un nuevo ataque. En vez de girarse para ver qué ocurría, confió en sus sentidos y saltó a una pared para esquivar a los tres soldados que vio por el rabillo del ojo y colocarse a su espalda. Sin embargo, por el oído supo que tenía a los otros tres detrás.

Todos lo apuntaban con lanzas.

—¡Ríndete, creador! —gritó uno de los comandantes.

Al alzar la vista, se dio cuenta de que el otro ya no estaba. Habría ido a informar a Orochimaru de su ubicación.

Entrecerró los ojos, barajando las opciones. Era tentador evitarse el buscar al rey y capturarlo para acabar con la guerra, pero también significaba que tendría que arriesgarse a enfrentarse a algún tipo de trampa. Mizuki le había dado información sobre los creadores; desconocía el estado en el que estaría el libro de los Tiranos que seguramente tenía en su poder, y, aunque estaba bastante seguro de que no estaba completo y los hombres zorro lo habían entrenado para hacer frente a muchos de los trucos de los Tiranos, prefería ser cuidadoso. Le había prometido a Sasuke que estaría bien y no quería que tuviera que volver a entrar allí para ser rescatado.

Era importante acabar con esa guerra lo más pronto posible. Según lo que le había contado el dios de esa tierra, su tiempo era limitado, y, las consecuencias si fracasaba, catastróficas.

Así que, mientras pudiera, no se arriesgaría. Se mantendría en el punto ciego de Orochimaru, llamando su atención para que Sasuke pudiera huir y abatiendo a todas las tropas posibles que hubiera en el interior para que Zabuza y sus hombres no tuvieran problemas cuando se infiltraran.

Si encontraba antes a Orochimaru y lo atrapaba, bien, si no, se mantendría fiel a su plan.

Convencido de su decisión, resopló por la nariz al mismo tiempo que erizaba su pelaje, tan brillante que parecía emitir luz propia.

No fue una alucinación de los soldados. Literalmente, explotó en llamas.

Todos salieron disparados por los aires. Algunos quedaron inconscientes al golpear las paredes, otros demasiado adoloridos para moverse siquiera y otros gimotearon, sacudiendo brazos y piernas por culpa del intenso fulgor rojo que se había apoderado de algunas partes de sus armaduras. La temperatura del fuego había sido tal que el metal estaba al rojo vivo.

Naruto los golpeó con sus zarpas o la empuñadura de Sharingan para dejarlos sin conocimiento y fue hacia el comandante, que se arrastraba a duras penas por el pasillo. Lo detuvo apoyando una pata sobre él, haciendo que soltara un aullido de dolor y que el olor a quemado alcanzara su hocico.

Se inclinó sobre su oído y gruñó. El comandante golpeó el suelo con un puño.

—¡Jodidos creadores de mierda! —gritó con la voz rota por el dolor y la frustración—. Era todo mentira… Sois unos putos monstruos —le dijo mirándolo con odio.

Naruto sonrió. Por fin lo entendían.

Dejó la otra pata sobre otra zona de la armadura que estaba al rojo vivo y apretó las dos. Una en la espalda, otra en el hombro.

Los gritos fueron tan fuertes y desgarradores que el creador tuvo que preguntarse cómo es que no aparecían más soldados a por él. ¿Acaso la gran mayoría estaban con Orochimaru? Puede que el muy cobarde se los hubiera llevado a todos consigo por miedo a Fugaku.

Lo averiguaría mientras registraba el castillo, pero, antes, tenía que hacer una cosa más.

En cuanto el comandante se desmayó por el dolor, Naruto lo soltó y corrió hacia las escaleras. Encontró algunos soldados, pero apenas tuvo que detenerse para hacerles frente, bastó con unos placajes para hacerles retroceder mientras él ascendía hasta llegar a una de las torres y encontrar un balcón por el que salió, destrozando las puertas por el camino.

Dejó con cuidado a Sharingan en el suelo y, después, aspiró aire por el diafragma, hinchándolo al mismo tiempo que salivaba en abundancia. Escupió hacia el cielo, dejando que una gran columna de fuego iluminara el cielo oscurecido por los nubarrones negros de Fuin.

La señal para que el asedio diera comienzo.

El rugido del trueno le aseguró que Fugaku no era el único que la había visto. Así que todo estaba preparado.

Ahora, solo tenía que seguir su plan.

 

 

Sasuke iba tan rápido como se lo permitía la oscuridad del pasadizo y la llama de la antorcha. A ser posible, quería conservar la luz todo lo que pudiera para salir de allí lo antes posible.

Naruto, Kabuto… No dejaría que fuera en vano. Saldría de allí como fuera.

Así que avanzó con paso firme pero seguro por el pasillo de piedra. El aire estaba cargado y como enrarecido, apestaba a cerrado, tierra y algo que le recordaba al moho. Supo por sus pies descalzos que el suelo era irregular, no se molestaron en alisarlo ni en hacerlo cómodo, por lo que debía ser cuidadoso con eso también. Podía soportar cualquier rasguño o herida en el brazo, pero, ahora que estaba solo, sus piernas no podían fallar.

Y no tenía ni idea de cuánto duraría el revitalizante que le había dado Kabuto.

Tenía que ser rápido, pero tampoco podía ir a lo loco. Solo esperaba que el pasillo no fuera muy largo.

Aunque, pensándolo bien, podía soportar una larga travesía en la oscuridad si al final del túnel lograba salir incluso de la ciudad, pero lo creía poco probable. El castillo de Orochimaru estaba rodeado de un foso con agua repleto de plantas acuáticas exóticas, una muestra de poder y riqueza de la casa real.

Nadar no lo preocupaba, pero sí entrar en la ciudad. Seguro que Orochimaru ya tenía apostado al grueso de su ejército en las murallas, a la espera del asedio de su padre. Eso dejaba la ciudad vacía, pero, al mismo tiempo, lo dejaba sin una forma de salir.

Frunció el ceño mientras lo meditaba. Sabía que aún no había amanecido por las antorchas encendidas de la planta baja y sus ventanas cerradas, pero estaba bastante seguro de que su padre iniciaría la marcha hacia el castillo al despuntar el alba para aprovechar todas las horas de luz que pudiera. Luchar de noche, incluso para su gente, sería difícil; la mala visibilidad, incluso con antorchas, disminuiría su precisión de ataque y de evasión, en especial si había catapultas de por medio, no verían venir las piedras hasta que las tuvieran encima.

Eso lo dejaba con dos opciones. En la primera y más arriesgada, aprovechaba el caos del ataque de su padre para coger a un soldado desprevenido, ponerse su armadura y hacerse pasar por él a la espera de encontrar una abertura y poder salir. En una situación ideal, incluso podría crear una entrada para las tropas del Hielo y el Fuego, pero no era el caso.

Sasuke conocía su cuerpo y, aunque ahora podía moverse gracias a Kabuto, era consciente de que, en su estado actual, solo podía defenderse. De ningún modo podría con las armaduras pesadas de los soldados de la Hierba y mucho menos tener un enfrentamiento múltiple.

Todavía no descartaba la opción de aprovechar la confusión para escabullirse si veía una buena oportunidad, pero veía más viable la otra alternativa.

Esconderse en la ciudad hasta que su padre tomara la muralla exterior.

La inmensa mayoría de los soldados estaría protegiendo las murallas, el castillo y habría varios grupos encargados de moverse entre ambas localizaciones, por lo que veía posible mantenerse oculto durante bastante tiempo. Sin embargo, le preocupaba el tiempo en el que tardarían en asediar la ciudad y que, en el peor de los casos, cogieran a Naruto.

Si lo atrapaban y aún no tenían la ciudad, la prioridad de Orochimaru sería encontrarlo a él. Era evidente que no descuidaría las murallas, pero podía enviar a los soldados del castillo a buscarlo.

¿Qué haría entonces? El revitalizante no duraría eternamente y no estaba en condiciones de ser la presa de una persecución.

… No le quedaba más alternativa que buscar un lugar cercano a las murallas, pero no demasiado, desde el que pudiera ser un observador del asedio. Si tenía la oportunidad de salir y le era favorable, tendría que aprovecharla.

Orochimaru no podía cogerlo. De ningún modo.

Sus pensamientos e inquietudes se detuvieron en seco cuando vio el final del túnel.

Trayecto corto, así que no tendría la buena fortuna de salir directo de la ciudad. No por ello despreció el regalo de Kabuto, en absoluto. Salir del castillo era la mitad del trabajo, solo lamentaba que el doctor no hubiera podido huir con él.

Apretó los labios, endureciéndose, y se concentró en buscar las mismas marcas que había en la puerta de entrada con una mano. Palpó con cuidado, familiarizándose primero con la textura de la piedra para después tratar de detectar algo diferente. Sospechó que las marcas debían de estar más o menos a la altura de su pecho para que fuera rápido y cómodo activar la puerta secreta, por lo que se centró en esa zona. Entre eso, y sabiendo que eran marcas pequeñas, casi escondidas entre los recovecos de las piedras en forma de hendidura, le resultó mucho más sencillo encontrarlas de lo que esperaba.

Agradeció en silencio una vez más a Kabuto por aquella oportunidad y empujó la puerta.

La leve iluminación del exterior lo sorprendió. El cielo estaba oculto por negros nubarrones, pero, aun así, se dejaba entrever que el sol había salido hacía muy poco. Eso significaba que Naruto lo había sacado de madrugada… ¿Lo había calculado para que, en cuanto él saliera del castillo, su padre pudiera atacar casi de inmediato?

Se le escapó una sonrisa al pensar en su ingenio, pero no tardó en borrarla. Se asomó y echó un vistazo a su alrededor. Tal y como pensaba, estaba fuera del castillo, a unos pocos metros del foso inundado. Lo que no creía era que estaría tan cerca del puente levadizo, que estaba bajado y con ajetreados soldados yendo y viniendo a voz en grito, algunos a caballo, otros en carros, muchos marchando con su tropa. El asedio estaba a punto de empezar.

Hizo una mueca. No le gustaba nada la cercanía al puente, pero volver atrás no era una opción.

Inspeccionó la distancia que lo separaba del foso. Unas cinco zancadas, menos de diez pasos.

Podía hacerlo.

Vigiló una vez más el puente, asegurándose de que todos estaban pendientes de sus asuntos. En cuanto vio un carro de armas saliendo, cubriendo la visión de la tropa que iba al lado, salió agachado y a paso rápido hasta el foso, en el que se introdujo con mucho cuidado de no chapotear ni hacer ruido.

El agua estaba fría, pero no era la más helada en la que había estado. Lo soportaría. Se hundió sin hacer ruido y nadó con los brazos bajo el agua para no salpicar hasta un grupo de nenúfares. Se quedó ahí un momento, agradecido por tener el pelo oscuro para camuflarse mejor entre la vegetación, y miró de nuevo el puente.

Todo el mundo seguía a lo suyo. Bien.

Nadó en silencio y a un ritmo lento, seleccionando con cuidado las zonas con mayor vegetación para pasar desapercibido, dejando solo su cara a la altura de la nariz por encima del agua. Se sumergía si le parecía que alguien iba a mirar en su dirección, aguantaba unos segundos y volvía a la superficie con sumo cuidado antes de seguir su camino hasta la otra orilla.

Necesitó más tiempo del que le habría gustado para llegar, y, aun así, cuando lo hizo, no se atrevió a salir del agua. Desde la orilla hasta la primera casa había un tramo de hierba seguido de un camino adoquinado que lo bordeaba antes de llegar al conjunto de casas, en cuyas callejuelas planeaba ocultarse.

Era demasiado trayecto para su gusto, también. Los soldados estaban centrados en movilizarse para el asedio, pero, aun así, temía que no estuvieran lo bastante distraídos como para notarlo cruzando. Esta vez, la distancia era mayor y tendría que pasar corriendo o lo detectarían.

Antes de que pudiera decidir cuál sería el momento oportuno para cruzar, un estallido de luz a sus espaldas llamó su atención. Se giró por instinto, temiendo una amenaza, pero la columna de fuego salía de una de las torres, demasiado lejos de su posición.

Naruto. Estaba haciendo algún tipo de señal.

Los gritos de los capitanes y comandantes exigiendo orden y calma le hicieron volver a estar alerta de nuevo. La inquietud asolaba las tropas que se movían por el puente y en sus proximidades.

Era ahora o nunca.

Se arrastró por la orilla hasta salir del agua para no hacer salpicaduras ruidosas y, después, salió corriendo. Maldijo en su fueron interno lo que a él le pareció el rugido del agua acumulada en su ropa golpeando la hierba, pero eso no lo detuvo.

—¡Eh, tú!

El grito de un enemigo tampoco lo hizo. De hecho, solo provocó que se impulsara con las piernas con más fuerza para ganar velocidad.

Fue eso lo que le hizo caer al suelo. Justo cuando su pie derecho se afianzó en el suelo, le falló la pierna, tropezó y cayó al suelo. Sasuke jadeó, pero logró proteger su cabeza con los brazos por puro instinto, el mismo que le advirtió que iban hacia él.

En efecto, escuchó cascos acercándose.

Sin pensarlo dos veces, se levantó con una mueca de dolor sobre su pierna izquierda y sacó las dagas que le había dado Naruto. De ninguna manera perdería de vista a dos jinetes en una carrera, así que tenía que robarles un caballo como fuera.

Pese a que su mente trabajaba a toda velocidad para encontrar una estrategia, no le impidió escuchar un nuevo rugido que le recordó al trueno.

Pero lo que lo sobresaltó fue lo cerca que sonó. Y la pálida expresión de los jinetes, que se apresuraron en detener a sus monturas con movimientos torpes y apresurados.

Se dio la vuelta con rapidez para hacer frente a la nueva amenaza. Una sombra blanca de enormes alas volaba directa hacia ellos.

Sasuke soltó una carcajada incrédula y guardó las dagas con rapidez, preparándose para el impacto. Como pensaba, la bestia levantó sus grandes zarpas delanteras y lo cazó sin dificultad antes de coger altura.

Él solo se aferró a sus plumas como si su vida dependiera de ello. Tal vez lo hacía. Sus patas eran sin duda alguna poderosas, pero esperaba que no lo soltara en un descuido. Él no era Naruto, después de todo.

Aun así, tuvo que decir:

—Gracias, Fuin.

El Rey del Cielo le respondió con un graznido triunfal.

 

 

Fugaku se sintió satisfecho cuando llegaron a la ciudad cuando despuntaba el sol. Había valido la pena preparar a sus hombres y los caballos antes del alba para empezar a moverse con el alba. Ahora, solo tenía que organizar sus tropas mientras esperaban la señal de Naruto.

Apretó las riendas de su caballo y dio media vuelta para reunirse con sus comandantes, hombres y mujeres de su plena confianza.

—Shisui, dirigirás conmigo el ataque de las catapultas. Seremos los primeros en mover ficha. —El joven asintió con expresión seria y Fugaku se dirigió a una mujer alta y de piernas largas—. Tsuki, asaltad las murallas con las torres en cuanto os abramos camino. —Ella se llevó una mano al pecho con fuerza y rostro feroz. Desvió la vista hacia detrás de los comandantes, donde estaban algunos de sus hombres de mayor confianza—. Sai y Korin, estaréis bajo sus órdenes.

Korin asintió, centrada e inmutable, como esperaba de ella. Aun así, notó el poder de su aura; hoy estaba muy motivada para luchar, y, tras verla esos días con Naruto, pudo intuir el motivo.

En cambio, su sobrino estaba más inquieto. Sabía que no temía la batalla, pero su mente estaba en otro lugar y eso no era bueno para combatir. Un guerrero debía estar en el presente y mirar hacia el futuro inmediato, al siguiente movimiento del enemigo. Eran los comandantes y el general los encargados de predecir la estrategia del oponente y adelantarse a ella.

—Sai —lo llamó, haciendo que este le prestara atención de inmediato—. Vigila donde tienes la cabeza. No hace falta que te diga cómo puedes perderla aquí.

Sai endureció su expresión y se puso firme.

—Sí, señor.

Fugaku asintió y se quedó frente a Touma, un hombre corpulento por todas partes y el mejor soldado que había tenido nunca en cuanto a armería pesada se refería. Era un viejo amigo, entrenaron y lucharon juntos desde que eran niños. Junto al padre de Shisui, los tres vieron morir a muchos de sus seres queridos cuando su padre fue traicionado y asesinado. Tenía plena fe en él.

—Touma —lo llamó, dejando una mano sobre su hombro. El inmenso hombre le estrechó el antebrazo—, confío en ti para abrir la puerta principal como sea.

—No lo dudes, hermano —dijo su amigo con su profunda voz.

Fugaku se separó y miró tras él a Gai.

—El general del Reino del Fuego y sus tropas designadas acompañarán a esta facción.

Los guerreros del Fuego presentes inclinaron la cabeza y Gai se situó tras Touma. Todo el ejército estaba de acuerdo en que Fugaku dirigiera el asedio, conscientes de que eran mejores en el combate terrestre, mientras que la conquista del puerto había sido cosa de ellos.

Por último, Fugaku se dirigió a un pequeño grupo formado por Zabuza y una docena de hombres y mujeres del Clan, y Kaiza y cuatro rebeldes más. El resto, se había quedado en la retaguardia por si necesitaban refuerzos en alguno de los frentes.

—Zabuza, dirigirás la infiltración al castillo hasta que el hijo de Kurama asuma de nuevo el mando.

El hombre se limitó a asentir. No le gustaba que su gente no pudiera ser de utilidad en la gran batalla final, pero debía admitir que los grandes muros de la ciudad le imponían respeto y le despertaban malos recuerdos de la última vez que intentó sortearlos sin éxito alguno. Además, si el hijo del sol los necesitaba para otro cometido, allí estaría él para servirlo en lo que necesitara.

Y dicho cometido era muy importante. La noche anterior le confesó que necesitaba algo del castillo para ayudar a su dios y su tierra y que quería que él y sus mejores guerreros estuviera a su lado para asegurarse de que todo iba según lo previsto. Por supuesto, tanto él como los suyos estaban más que preparados para hacer lo que fuera necesario.

Mientras tanto, Fugaku fue hacia su derecha, a un grupo de veinte mujeres montadas a caballo y vestidas con armaduras más ligeras. La mayoría eran pequeñas y de complexión delgada.

Se detuvo frente a su líder, una mujer cabello plateado recogido en un complejo moño trenzado. Era un poco más mayor que él.

—Mis Ráfagas Invernales —las llamó. Ellas se irguieron sobre sus monturas—, no empuñáis armas, pero, sin vosotras, no ganaremos la guerra. Sois las mejores jinetes de nuestra tierra, no ha habido terreno ni obstáculo que se haya resistido a vuestros caballos. Hoy necesito que voléis sobre el campo y nos mantengáis a todos unidos mediante la información que seáis capaces de recoger —dicho esto, se dirigió a la líder, la misma mujer que había enseñado a montar a sus hijos—. Oyuki, cuento contigo, como siempre.

La mujer inclinó la cabeza con una gélida tranquilidad adquirida tras décadas de experiencia. Una parte de Fugaku se sentía un tanto culpable por haberla traído, ya que, antes de la guerra, habían hablado de su retiro y, de hecho, había estado preparando a su sucesora. Sin embargo, apreciaba su presencia en el campo de batalla. Las mujeres de su tierra eran conocidas por ser jinetes de parangón, pero Oyuki había nacido claramente para vivir sobre el lomo de un corcel.

Y había adiestrado en persona a su grupo de mensajeras. Tenía confianza en que la comunicación entre sus tropas sería bastante fluida.

Iba a seguir dando instrucciones cuando un haz de luz llamó su atención. Una delgada columna de fuego ascendía hacia el cielo nublado desde una de las torres del castillo.

Su corazón se aceleró. Era la señal de que Sasuke había sido rescatado.

No lo pensó dos veces. Debían atacar lo más rápido posible.

—¡Shisui! —gritó—. ¡Lleva las catapultas a sus posiciones! ¡Quiero dos líneas a máxima distancia!

Shisui asintió y apretó las riendas de su caballo a la vez que aullaba:

—¡Artilleros, conmigo!

—¡Touma! —Fugaku no se detuvo—. ¡Tus hombres a la puerta principal! ¡Atacaremos a la vez!

El hombre levantó el puño con un grito que corearon sus soldados y ordenó que trajeran el ariete antes de echar a andar a paso rápido hacia su posición.

El estallido de un trueno lejano azotó el aire, pero nadie se inmutó. Solo siguieron prestando atención a las órdenes de Fugaku, como Gai, que se marchó con algunos de sus hombres.

Entre ellos, estaba Lee, pero este no se marchó sin antes desearles buena suerte a Korin y Sai con una breve mirada firme. Ella le dedicó un asentimiento y lo siguió unos segundos con los ojos.

No pudo evitar rezar por su bienestar. Había llegado a respetarlo por sus habilidades y lealtad hacia su señor.

Aun así, no le dedicó otro pensamiento y se centró en la potente voz del rey de Hielo, que estaba ordenando a la comandante Tsuki permanecer en un flanco a la espera de debilitar las murallas lo suficiente como para que ellos pudieran entrar con las torres, pese a que aún estaba por ver el foso que Orochimaru había ordenado hacer antes de su llegada.

Sin embargo, un nuevo rugido resonó en la llanura, y, esta vez, los soldados reaccionaron.

Lo hicieron porque algo se acercaba por el aire.

—¡SÍÍÍÍÍ! —aulló Sai a su lado, abandonando la formación para correr hacia el Rey del Cielo que bajaba poco a poco a medida que se acercaba a ellos—. ¡SÍ!

A Korin se le escapó una diminuta sonrisa de alivio cuando vio que la criatura soltaba a Sasuke a pocos metros de ellos antes de aterrizar prácticamente junto a Fugaku. Este ni se preocupó por ella, saltó del caballo y corrió a abrazar a su hijo.

Sasuke tosió cuando Sai se abalanzó sobre él. Aun así, sonrió y lo envolvió con los brazos.

—Sai, lo siento.

Justo entonces, su padre lo estrechó entre sus brazos y enterró en el rostro en su pelo. Sasuke tragó saliva. Le recordó a cuando lo consoló en la Torre Blanca, cuando creyó que podría no volver a ver a Naruto. Se le humedecieron los ojos y se acurrucó en su pecho.

—Lo siento, papá. Pensé que podría proteger a Naruto y evitar todo esto.

Su padre lo apretó contra sí.

—Lo que importa es que estás bien —su voz también sonaba emocionada, y, cuando se separó de él para mirarlo, vio sus ojos brillantes—. No te preocupes por nada. Soy poca cosa ante una ventisca, pero le mostraré a esa víbora desdentada que no puede llevarse a mi hijo y esperar que me quede sentado —dicho esto, se irguió en toda su estatura con las facciones tensas—. No le dejaré nada. Ni su ciudad, ni su castillo, ni al hijo de Kurama. Lo perderá todo, hoy. Tienes mi palabra.

Sasuke tragó saliva, incapaz de decir una palabra, pero esperaba que pudiera ver en su rostro lo agradecido que estaba. Su padre le dio un firme asentimiento antes de dar media vuelta y subir a su caballo para dirigirse a sus soldados. No pudo evitar admirar lo imponente y feroz que se veía a pesar de su edad.

—¡Demostrémosle al enemigo que una serpiente no puede morder al halcón sin acabar muerta! —rugió.

Todo el mundo gritó con puños, espadas, lanzas y arcos en alto. Hasta Sasuke habría aplaudido de haber tenido fuerzas.

Pero el revitalizante estaba perdiendo efecto y empezaba a notar todo su cansancio y debilidad acumulados. Ya le costaba sostenerse sobre sus pies si no fuera porque Sai lo sostenía. De hecho, era muy probable que acabara desmayándose.

Entonces, mientras su padre ordenaba el avance de sus tropas, Sai le palmeó el pecho.

—Vamos —dijo, sorbiendo por la nariz—. Estás empapado. Vamos a la tienda médica antes de que te enfermes. No quiero que tu prometido me mate cuando vuelva con la cabeza de Orochimaru.

Sasuke se abstuvo de decir que su esposo no tenía permitido matar, pero entendió lo que quería decir. Apostaba a que Naruto no dejaría mucho de él como lo pillara.

Pese a que le habría gustado participar al menos en la parte estratégica, no contradijo a Sai y permitió que lo llevara con los médicos. Sabía que los necesitaba, y, cuanto antes lo trataran, antes se recuperaría. Y tal vez aún podría ayudar en algo.

En su camino, se cruzaron con Korin. Había salido de la formación y se detuvo frente a Sasuke. Lo examinó con el ceño fruncido y asintió para sí misma.

—Me alegra verlo sano y salvo, alteza —dijo haciendo una reverencia.

Sasuke inclinó la cabeza.

—Korin —la saludó, sin estar muy seguro de cómo sentirse respecto a su comentario.

Una parte de él aún estaba resentida por lo que hizo en el Reino del Hielo. Sin embargo, hacía ya tiempo que creía que quería servir a Naruto de verdad, no tenía claro si porque se arrepentía de lo que hizo o porque deseaba su perdón. Pero, fuera como fuera, nunca volvió a mencionar sus sentimientos por él y, en la medida de lo posible, procuraba evitarlo a menos que estuviera escoltando a Naruto. Tampoco sabía si era porque le dolía su rechazo o porque era consciente de que se limitaba a tolerarla.

Por eso, escucharla decir eso ahora…

—¿Cómo estaba mi señor? —le preguntó Korin de repente.

Sasuke parpadeó. No lo esperaba. No le dio tiempo a pensar en cómo se sentía con ella. Aun así, respondió:

—Estaba bien antes de separarnos.

Tuvo la sensación de que sus facciones y hombros se relajaron un poco, pero era difícil estar seguro. Korin siempre había sido seria y fría. Escondía sus emociones y mantenía a distancia a los demás.

Sin embargo, había roto la formación para ir a preguntarle por su esposo.

Antes de que pudiera ahondar más en ese pensamiento, Korin se dirigió a Sai.

—En cuanto su alteza esté acomodado, únete a nosotros. Necesitamos a todos los soldados disponibles.

Su primo adoptó una expresión feroz como nunca se la había visto.

—Descuida. No dejaré a Naruto en ese lugar.

Korin asintió y giró sobre sus talones para regresar trotando con la facción de Tsuki.

Sasuke se quedó mirando su espalda, perdido en sus recuerdos. Recuerdos en los que Korin siempre prestaba mucha atención a Naruto, en lo que decía y hacía. Su expresión rara vez cambiaba, pero sus ojos lo seguían como si estuviera buscando algo y solo lo tuviera su esposo. Una respuesta a una pregunta que desconocía, pero, de algún modo, Naruto se había convertido en la clave para ella.

—¡Korin! —la llamó.

Ella se giró mientras Sasuke le hacía gestos a Sai para que se acercara. Aunque extrañado, obedeció sin decir nada.

Una vez la tuvo delante, le tendió las dagas de Naruto.

—Las necesitarás más que yo —le dijo—. Devuélveselas a mi esposo cuando os encontréis.

Para que supiera que estaba bien y salvo.

Ella las aceptó con una inclinación respetuosa y se las puso al cinto antes de marcharse al trote.

Sai le palmeó la espalda.

—Me alegro de que hayas hecho las paces con ella —dijo mientras caminaba hacia la tienda médica.

Sasuke gruñó:

—No es eso.

—Sí, sí. Di lo que quieras, pero que sepas que Korin adora a tu prometido. Puede que le guste más que tú ahora.

Frunció el ceño al escuchar eso, pero, al final, suspiró.

—Si es cierto, bien.

—¿Eh?

Sasuke miró por encima de su hombro la ciudad amurallada de la que había escapado. Las tropas iban en su dirección, al igual que Fuin, que estaba remontando el vuelo.

—Solo quiero que todo esto acabe bien —dijo, rezando a los dioses para que ahora fuera Naruto quien pudiera regresar a salvo.

 

 

Naruto inspiró hondo mientras terminaba de colocarse bien la túnica y se aseguraba de que todas las piezas de la armadura estaban en su sitio tras adoptar forma humana. Sin embargo, parecía que no debía preocuparse de eso, todo estaba donde tenía que estar, como cuando se había transformado en zorro.

Se agachó y se colocó a Sharingan en el cinto, pensando en su próximo paso. Ya había hecho el ruido necesario para crear una distracción, tanto para que Sasuke pudiera escapar como para que ahora Orochimaru tuviera la atención dividida entre cogerlo a él y el ataque a las murallas exteriores. Era más sencillo cometer errores si uno tenía más cosas que hacer.

Una vez estuvo listo, se asomó por el balcón. Todo el mundo sabía ahora dónde estaba él exactamente, incluido Orochimaru y todos sus hombres. Las escaleras de la torre no le daban muchas opciones para huir, por eso, había escogido esa en concreto desde el lomo de Fuin antes de infiltrarse en el castillo.

Abajo, más a la derecha, había un balcón bien grande. Se quedó mirándolo un rato, acostumbrándose a la altura y calculando la distancia, aprovechando todo el tiempo que pudiera hasta que vinieran los soldados de la Hierba a tratar de capturarlo. En cuanto sus oídos captaron sus voces de alarma y el estrepitoso choque de sus placas de armadura, se echó hacia atrás y cogió carrerilla.

No lo pensó demasiado. Corrió los cinco pasos que lo separaban de la barandilla, la saltó con las manos y, antes de caer, logró impulsarse en ella con los pies.

La altura hasta el suelo era impresionante, pero el salto era fácil, sobre todo teniendo tanto espacio para aterrizar. Procuró caer primero sobre sus pies, seguido por sus manos, y, después, rodó por el suelo para acabar de absorber la fuerza del impacto.

Sonrió para sí mismo al comprobar, como calculaba, que no le picaban las piernas. La distancia de un balcón a otro no era tanta, el salto desde su habitación era más difícil, por no hablar de algunos que había tenido que hacer en el Bosque Sagrado con Kurogane.

Aun así, se apresuró en romper la ventana que daba a la habitación y se metió dentro para no ser visto. Si podía despistar un poco a los soldados, mejor.

—¿Qué demonios?

Naruto se giró con Sharingan en la mano, pero la retiró enseguida.

Mira por dónde. Los dioses lo habían llevado directo a uno de sus objetivos.

—Hola, Karin —la saludó con una gran sonrisa.

Ella lo miró de arriba abajo, sin duda fijándose en su armadura y su espada. Retrocedió hasta quedar tras uno de los postes de su cama, como si pudiera protegerla.

—Mi padre no está aquí.

—Ya lo veo —dijo Naruto, acercándose despacio como un gato que sabe que tiene al ratón a su merced.

Karin también lo sabía y, por eso, no dejó de retroceder.

—Si piensas en cogerme como rehén, olvídalo —dijo apretando los labios—. No soy tan importante para mi padre.

—Y eso te jode, ¿verdad? —adivinó Naruto, sin dejar de seguirla.

Al final, ella quedó arrinconada en la pared junto a su cama. Quería agarrar el dosel de su cama para cubrirse y sentirse un poco más protegida que con el sencillo camisón que llevaba, pero, en el fondo, sabía que no le valdría para nada.

Naruto la contempló. Seguía siendo una mujer hermosa incluso sin su maquillaje ni su lujosa ropa de princesa, pero, al mismo tiempo, parecía vulnerable. La piel blanca le dio una fragilidad que antes no percibió en ella y el pelo sin arreglar incluso le daba un aire más natural, incluso inocente. Hasta el simple camisón, una bata blanca larga, cómoda, parecía revelar su auténtica forma, una mujer sin derechos que había interpretado el papel que debía jugar para obtener un lugar respetable en la propia Corte de su padre.

En otro escenario, habría sentido lástima.

Pero esa tampoco era su verdadera cara.

—Puede que para tu padre no tengas valor más allá de lo que tu vientre le pueda ofrecer —dijo con crueldad, haciendo que Karin lo fulminara con los ojos a pesar de que le temblaban las manos—, pero a mí me servirás para pagar tu deuda.

Karin tragó saliva.

—No sé lo que te han dicho, pero no toqué a Sasuke.

Naruto volvió a sonreír y, sin previo aviso, la agarró por el pelo. Ella gritó.

—Puedes perder el tiempo sufriendo mientras tratas de negociar conmigo o podemos ir directos al grano y ahorrarte un poco de dolor. Las mujeres del harén de Orochimaru, ¿dónde están?

—Abajo —gimió ella.

—Perfecto. Si eres tan amable de guiarme… —dijo al mismo tiempo que tiraba de su pelo para llevarla hasta la puerta.

Karin obedeció, pese a que gimió:

—No avisaré a nadie. Te lo juro.

—Todos dicen lo mismo —canturreó Naruto mientras la llevaba hacia la puerta.

—Lo juro por mi madre.

Naruto se detuvo un momento y la miró. Ya no sonreía.

—Es gracioso que la menciones, ¿sabes? —dicho esto, la soltó y colocó la mano sobre el pomo—. Por cierto, grita y te corto la lengua. Haz cualquier otra cosa que no sea la que te he dicho y acabarás como tu madre. —Karin abrió los ojos horrorizada y Naruto volvió a sonreír, abriéndole la puerta y dejando que fuera delante. —Tú primera.

Ella tembló, pero obedeció y fue escaleras abajo. Naruto escuchó a los soldados registrando las estancias de arriba. Bien. Podía darle tiempo a hacer un poco de justicia.

Llegaron a un piso inferior de la torre y Karin lo condujo a unas puertas dobles de metal bastante robustas. Más que la entrada a una estancia, parecía la puerta de una mazmorra.

—Es aquí, pero la llave…

Naruto la sujetó del brazo antes de darle tiempo a que pensara siquiera en escapar mientras apoyaba la mano libre sobre la cerradura y aumentaba al máximo su temperatura corporal. El metal se calentó ante la mirada aterrada de Karin. No sabía si su padre la había informado de lo que era realmente ni podía importarle menos.

Empezó a salir humo por la hendidura entre las dos puertas y se escuchó un silbido. Naruto apartó la mano, dio un paso hacia atrás y le dio una patada a la cerradura. La puerta se abrió con un estrépito seguido de algunos gritos femeninos en su interior.

Lanzó a Karin al interior sin el menor cuidado y cerró la puerta tras él tanto como le permitió el destrozo que le había hecho a la cerradura, medio deformada por el calor.

Sin dejar de estar atento a los sonidos del exterior, contempló el lugar. El suelo estaba cubierto de mullidas alfombras y había grandes colchones de plumas recubiertos de linos rojos, azules y verdes con finos y exquisitos bordados en plata y oro. Entre ellos, había tocadores con instrumentos de belleza como cepillos, peinetas, joyería o pinceles para maquillarse. Tampoco faltaban mantas de piel de nutria o cómodos cojines, por no hablar de los grandes tapices eróticos que ocultaban las paredes y que representaban a hermosas mujeres disfrutando del acto sexual.

Mujeres que nada tenían que ver con las que ocupaban la habitación. Contó un total de quince, pero, por el tamaño de la estancia, podrían haber sido más en otro momento, y tendrían entre dieciséis y veintipocos años. Todas estaban muy delgadas, tenían marcas oscuras bajo los ojos y las mejillas hundidas. No dudaba de que encontraría marcas de moretones bajo su ropa, cicatrices o viejas lesiones bajo los camisones que llevaban puestos, pero ahora no podía pararse a examinarlas. Los médicos se ocuparían en cuanto todo aquello acabara y la gente de Kaiza las cuidaría hasta que pudieran regresar a sus hogares.

Fue consciente de que estaban muertas de miedo. Su olor era tan denso que era casi asfixiante.

Entrelazó los dedos a su espalda para que vieran que no tenía intención de tocar su espada y se dirigió a ellas sin mirarlas a los ojos para no asustarlas.

—Soy el príncipe del Reino del Fuego, Naruto Namikaze. Por si no lo sabíais, estamos en guerra con vuestro rey, no con vuestra gente. Muchos de ellos han estado luchando a nuestro lado y nos han ayudado a llegar hasta aquí. Algunos están a la espera de que acabemos de conquistar el castillo para poder entrar a por vosotras para llevaros a un médico y ayudaros a recuperaros antes de volver a casa con vuestras familias.

Bajó la vista para echarles un vistazo. Todas seguían acurrucadas y abrazadas entre sí, pero vio el cambio en sus rostros. Le estaban prestando atención.

Esta vez, no apartó la mirada cuando les habló de nuevo.

—Puede que no os lo creáis, pero mi reino no está aquí para conquistaros ni explotar vuestros campos. Venimos junto al Reino del Hielo porque uno de sus príncipes, y mi prometido, fue secuestrado por Orochimaru. Solo queremos recuperarlo y a vosotros os dejaremos el gobierno de vuestro pueblo, podréis organizaros como os queráis.

Las mujeres se miraron entre sí, todavía asustadas y poco convencidas.

Aun así, escuchó una voz bajita que dijo:

—Yo le creo.

A Naruto se le partió el corazón al reconocer a la que había hablado. Era la más joven de todas y, aunque al principio le había parecido que tendría dieciséis años, ahora que la veía mejor, podían ser menos.

Las otras mujeres se giraron hacia ella. La muchacha tenía el pelo ceniciento y bonitos ojos grises. Se relamió los labios con nerviosismo.

—La otra noche… —dijo en un tono muy bajo, casi un murmullo, pero audible por su voz aguda— estuve con él. Dijo que no debíamos preocuparnos —casi sollozó, ahora más alto y con labios temblorosos—, que, aunque él se quedara con el creador, no se desharía de nosotras —lloró tapándose la cara con las manos.

Otra chica joven que estaba a su lado, una pelirroja, la abrazó mientras que otra acariciaba su cabeza. Las demás, en cambio, miraron a Naruto con los ojos como platos.

Una de ellas se levantó de un salto. Era alta, llevaba el pelo corto y castaño y parecía la más mayor de todas. Tenía los puños apretados y le lanzó una mirada desafiante a Naruto que no se creyó ni por un momento. Toda ella temblaba y en su cara estaba pintado el miedo.

—¿Pretendes que nos creamos que nuestros conquistadores no van a aprovecharse del harén de un rey caído? —La muchacha lloró aún más fuerte—. Es mentira.

Naruto avanzó hacia ellas. Todas retrocedieron, incluso la mujer que intentaba plantarle cara.

—No pretendo que creáis nada. Os he dicho lo que tenía que deciros, ahora depende de vosotras. Pero, si queréis un consejo, en cuanto yo salga de aquí, atrancad esas puertas con esos tocadores. Las puertas son lo bastante resistentes como para aguantar el envite de los guardias si intentan llevaros con ellos. Aguantad hasta que vengan los rebeldes a por vosotras.

Se detuvo frente a la mujer que había tratado de desafiarlo, ahora pegada a la pared, arañándola, presa del terror. Naruto se agachó hasta sus pies, fijándose la cadena con grilletes que los unían. Una medida de seguridad para que no pudieran escapar. Sin pensarlo dos veces, la agarró con la mano ardiendo, haciendo que la mujer gritara de miedo.

La rompió sin decir nada. El grito bajó de intensidad hasta que calló. El silencio estaba cargado de duda.

Naruto fue hacia la chica que estaba a su lado, una morena, y repitió el proceso. Ninguna volvió a gritar, solo observaron.

Mientras tanto, Karin, en el suelo, se dio la vuelta procurando no hacer ruido y, a gatas, se arrastró por las alfombras hacia la puerta.

—¿Qué te he dicho antes, Karin?

Ella se detuvo en seco y cerró los ojos, apretando los labios.

—Déjame ir. Te he dado lo que querías.

Aunque Naruto no dejó de liberar a las chicas, Karin no se atrevió a moverse.

—No —replicó Naruto con fuerza—. Tienes una deuda que pagar.

—Te he dicho que no toqué a Sasuke.

—Sasuke y yo sabemos cuidarnos solos, gracias. Hablo de tu madre.

Karin palideció. Todos los músculos de su cuerpo se tensaron.

—Y de tu hermano —continuó Naruto, seguido del chasquido de otra cadena rota—. ¿Tan duro fue, Karin? ¿Tanto te costaba renunciar al trono que ni siquiera podías apreciar el sacrificio de tu madre?

Ella se giró, ahora con el rostro demudado por la rabia, pero el muy maldito ni se dignó a mirarla. Seguía centrado en las putas de su padre.

—¿Sacrificio? Ella lo arruinó todo.

Naruto se detuvo un instante, pero, luego, siguió rompiendo cadenas.

—Ella estaba dispuesta a entregarle a Orochimaru su propio hijo a cambio de que os dejara en libertad.

—Ese trono era mío —dijo Karin entre dientes, furiosa y dolida—. Era mío por derecho y mi hermano iba a conseguirlo solo por haber nacido con una diminuta polla. ¿Por qué debía renunciar a eso? ¿Por qué no podía luchar por lo que era mío? ¡Ella no tenía derecho a decidirlo por mí!

Esta vez, Naruto paró y se giró para observarla. Karin jadeó al reconocer esos ojos rojos de pupilas rasgadas. Eran como los de Sasuke aquella noche.

—¿Y por eso lanzaste a tu hermano recién nacido por el balcón?

Hubo jadeos entre las mujeres. Algunos se taparon la boca o se llevaron la mano al pecho, angustiadas por la imagen que atravesó su cabeza.

Karin tragó saliva y sus ojos se llenaron de furiosas lágrimas.

—No era justo —dijo con rabia.

—No, pero era inocente.

—Era un obstáculo en mi camino.

—¿Y tu madre?

Ella bufó.

—¿Mi madre? Mi madre, a pesar de estar aún sangrando tras el parto, corrió al balcón mientras gritaba enloquecida. Corrió a por ese niño que iba a quitarme lo que era mío. Pisoteó mi derecho y lo quiso cambiar por una miserable vida harapienta entre hierbajos. —Golpeó el suelo con un puño—. ¡Yo podría haber sido grande! ¡Podría haberme sentado en el trono y gobernar! ¡Y podría haberlo hecho mejor que un puto hombre con minipolla! —gritó mientras lloraba de pura rabia—. ¡No es justo! ¡No es justo! ¡Era mi derecho! ¡Mío!

Naruto no dijo nada mientras la observaba impasible. Se giró hacia la muchacha de ojos grises y rompió su cadena, la última, en silencio. Después, se levantó y se dirigió hacia Karin, que jadeaba y sorbía por la nariz.

—¿Vas a matarme? —le preguntó en voz baja.

El creador pasó por su lado y se quedó a su espalda.

—No. Yo no tengo derecho, y, a diferencia de otros, lo respeto —dicho esto, levantó la vista hacia las mujeres—. Pero ellas lo tienen.

Karin arrugó la frente.

—¿Qué?

Las jóvenes también se miraron entre ellas, confundidas. Naruto tragó saliva, pero apretó los puños con decisión.

—Vosotras sois las concubinas del rey. Los harenes indican estatus, pero sirven también a otro propósito. Supongo que sabéis cuál es.

—Engendrar herederos —dijo la mujer de pelo corto—. Sí, pero solo tuvimos niñas.

Naruto apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le volvieron blancos. Aun así, no apartó la mirada de ellas.

—No es así.

—¿Qué? —murmuró la que morena con una mano en el pecho.

—Pero… Lo sabríamos si hubiéramos tenido un niño. El rey… —dijo otra más joven.

Esta vez, Naruto agachó la mirada.

—El rey los habría convertido en sus hijos legítimos, sí. Pero había alguien interesado en que no fuera así.

Todas las miradas cayeron en Karin, quien, pálida y con el vello de punta, hizo amago de levantarse para huir, pero Naruto le dio un puñetazo en la cara con tanta fuerza y a tal velocidad que la dejó aturdida.

De repente, la mujer morena se echó a llorar con fuerza.

—Yo lo sabía… Sabía que había visto que era un niño… Mi bebé…

Otra se levantó y buscó la mirada de Naruto. También tenía los ojos verdes llenos de lágrimas.

—¿Y las niñas? Nos prometieron que las llevarían a nuestras familias.

Naruto sintió un escalofrío en la nuca, pero se mantuvo firme.

—Un regalo para los nobles de mayor confianza de Orochimaru. Las educan según sus gustos personales.

Fue testigo de cómo se derrumbaban, de cómo la única razón por la que probablemente habían estado aguantando tanto tiempo era una mentira. Fue como si pudiera escuchar lo que pensaban.

Pude aguantar porque imaginaba a mi hija feliz con la familia de mi hermano.

Siempre pensé que sería como una segunda hija para mis padres.

Tenía la esperanza de que cuando fuera demasiado mayor para el rey, podría verla.

Entregué a mi bebé a un bastardo para que la violara.

Ella ha acabado como yo y lo permití.

No merezco ser madre, no pude protegerla.

¿Y si era un niño?

Mi bebé… ¿está muerto?

No, lo mataron.

Ella lo mató.

De repente, la mujer morena soltó un grito desgarrador y se lanzó a por Karin, pero fue detenida por la de pelo corto y la de ojos verdes. Ella solo gritó otra vez mientras las lágrimas caían sobre su rostro, una máscara de odio y furia que ocultaban un dolor inconsolable.

Naruto irguió los hombros.

—Cuando la guerra acabe, os ayudaremos a encontrar a las niñas. Tenéis la palabra de un rey.

—Si eres rey… —dijo la morena entre dientes, temblando de rabia—, dánosla.

Se hizo un tenso silencio, tan solo interrumpido por el gimoteo de Karin, que dijo algo ininteligible.

El creador observó a las otras chicas. Se estaban levantando. Todas tenían las mejillas húmedas, pero había despertado una peligrosa fiereza en sus ojos.

Inspiró hondo y dejó escapar el aire muy despacio.

—No olvidéis atrancar las puertas cuando me vaya —dicho esto, dio media vuelta y echó a andar hacia la salida.

—No… Por favor… —gimió Karin, ahora más alto—. No me dejes.

No se detuvo. Vio por el rabillo del ojo que la joven pelirroja iba al tocador y cogía uno de los pinceles.

—Tú mataste a nuestros bebés… —susurró.

—¡Mataste a mi hijo! —aulló la mujer morena.

Oyó el grito aterrorizado de Karin y cómo algo golpeaba el suelo acolchado de alfombrado. Después, reconoció la voz de la pelirroja chillando que les devolviera a sus niñas y una especie de chasquido húmedo, seguido por el alarido de Karin.

Cuando se dio la vuelta para cerrar las puertas tras él, la mujer había desaparecido bajo el corro de mujeres que estiraban sus manos como garras hacia ellas mientras gritaban, lloraban y exigían algo que nunca podrían recuperar o aliviar un dolor con el que tendrían que convivir de ahora en adelante.

Ni siquiera la venganza podría darles ninguna de las dos cosas. Pero, al menos, la deuda estaría saldada.

Porque la sangre se paga con sangre. Siempre.

No hay excepciones, ni nada que pueda salvarte.

Ni siquiera si tienes sangre real. 

Comentarios

  1. Creo que este ha Sido uno de los capítulos más profundos que he leído de la historia, excepto los del entrenamiento de Naruto. La conclusión final, la sub trama dentro de la trama, la enormidad del mal de Orochimaru y Karina, todo lo que hicieron y que al final afecta a miles de personas.

    Debo aceptar que grité cuando Sasuke por fin llegó con su padre. Sin duda memorable, como la descripción en el capítulo anterior la armadura de Naruto que le sirve transformado y como humano, es una genialidad.

    Solo quiero leer esta historia por siempre y que sean felices y tengan muchos hijos.

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    1. Me alegro un montón de que te haya gustado ^^ Sé que os hago esperar, pero intento que, al menos, los capítulos valgan la pena.
      Ya estoy trabajando en el siguiente capítulo, espero poder tenerlo pronto ;)

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