Mi promesa

 


Aquella mañana me desperté más tarde de lo habitual, las nubes cubrían la luz solar y anunciaban un día lluvioso. De haber sabido entonces lo que me esperaba, habría ido a la cama de Naruto y me habría acurrucado a su lado, aspirando su olor y memorizando el calor de su cuerpo para que me acompañara.

Sin embargo, lo que hice fue desperezarme con calma, flexionando los músculos y estirando las patas una a una. Sí, las traseras también.

Ya llevaba dos meses en casa de Naruto y me sentía prácticamente curado. Había estado corriendo los últimos días y, aunque todavía no estaba al cien por cien y había cierta torpeza en mis movimientos, las heridas de mis patas se habían cerrado y soportaban mi peso y la carga de una carrera. Necesitaría un poco más de tiempo para estar en plena forma, pero, al menos, ya era lo bastante funcional como para moverme por mi cuenta.

Aparte de mi progreso físico, estaba… feliz, más o menos. No sabía bien cómo definir el sentimiento, aún sentía la tristeza de mi luto y lamentaba muchas cosas, sobre todo que mi familia no estaría aquí para conocer a Naruto ni estar presentes en esta etapa de mi vida. Además, debía enterrar a mi manada, buscar justicia para ellos, poner todos sus asuntos en orden… Solo de pensarlo era doloroso, pero necesitaba ese cierre para empezar a sanar.

Y, aun así, era capaz de sentir calidez ante la forma en la que Naruto me cuidaba, de encontrar graciosas sus caras cuando escribía, de casi reírme (entre ladridos) de cómo me comentaba el libro que estaba leyendo y amar quedarme en su regazo mientras veía una película.

Cuanto más lo conocía, más convencido estaba de que era justo el tipo de compañero que necesitaba. Y de que lo quería. Mucho, cada día un poco más que el anterior. Hizo que empezara a desear recuperarme cuanto antes, a pesar de las tareas que me esperaban por delante.

Por eso era extraño, la sensación era de una felicidad amarga, expectante y, a la vez, melancólica por un futuro que no podría ser. Sí, haría todo lo que estuviera en mi poder para conquistar a Naruto y tener una vida de verdad, pero ni mis padres ni mi hermano y su familia lo verían.

Dolía, pero, aun así, sabía que era lo que habrían querido, más que mi suicidio, eso sin duda.

En aquel entonces tenía la esperanza de poder pasar por la fase final del duelo en compañía de Naruto, consciente de que su compañía me haría mucho bien. Sabía que iba a superarlo, solo era cuestión de tiempo y de tenerlo cerca.

Iluso. Había olvidado que Naruto era demasiado bueno y, por eso, no me di cuenta del día que era hoy hasta que fue tarde.

La primera señal apareció cuando Naruto se despertó. Fue hacia la cocina medio dormido, aún con el pelo revuelto, y se dirigió a la cafetera directo para espabilarse. Como todas las mañanas, caminé tras él y froté la cabeza contra sus piernas; como de costumbre, se sobresaltó y bajó la vista hacia mí, sonriéndome.

—Eh, buenos días, Sasuke.

Buenos días, compañero, lo saludé con un gruñido suave y dejé que me acariciara la cabeza.

Entonces, su gesto cambió. Había algo triste en su sonrisa cuando se agachó para abrazar mi cuello. ¿Qué estaba pasando? Ayer estaba bien, feliz tras un día productivo y pasear juntos por la montaña. ¿Le había vuelto a contactar el imbécil de su ex? ¿Su familia le habría dicho algo al respecto? Más le valía dejar en paz a mi doncel, no he descartado darle un buen mordisco en el culo, de esos que le dolerían más de un mes cada vez que se sentara. Naruto me había contado en una ocasión los estúpidos motivos por los que ese humano se había arrojado a los brazos de su prima.

No era lo bastante atractivo, ni lo bastante curioso en la cama, ni tenía un trabajo respetable a la altura de su abogacía… Qué excusas tan patéticas.

Seguía siendo incomprensible para mí, pero yo era un hombre lobo. No estaba en nuestra naturaleza engañar a nuestro compañero, alguien de mi especie tendría que estar muy jodido de la cabeza para hacer algo así, y una enfermedad mental no se consideraba siquiera infidelidad.

Era cierto que había manadas en las que el líder tenía varias parejas sexuales, sin embargo, no eran compañeras. De todos modos, era una práctica… antigua, desechada. Solo conocí una manada así una vez durante mi trabajo y no acabó bien. “Puristas” se hacen llamar, hombres lobo auténticos, de pura sangre, sin mezclas con otras especies. No quedaban muchos de ellos, de todas formas, era una mentalidad en decadencia entre los cambiantes desde que los humanos empezaron a proteger los espacios naturales y su flora y fauna.

Y era lo mejor. Los casos en los que aparecían no eran agradables.

Dicho esto, el ex de Naruto no se salvaría de mí si seguía haciéndole daño.

Mi compañero se separó de mí y me revolvió el pelaje del cuello con genuino cariño, pese a que esa tristeza no acababa de desaparecer de sus ojos.

—Vamos a darte un buen desayuno, Sasuke. Hoy tenemos un gran día.

Ladré y le lamí la cara, tratando de animarlo. Durante el desayuno (gracias a la Gran Madre otra vez por poner fin a ese supuesto paté y por los filetes de cerdo que me hacía Naruto) estuve más juguetón de lo habitual con mi doncel, fingiendo interés en su comida y arrancándole alguna carcajada mientras me apartaba.

Cumplida mi misión, dejé que me hiciera los ejercicios de las patas traseras sin contratiempos, vigilando su estado de ánimo. Parecía contento al comprobar que me encontraba bien, sin rigidez o molestias, así que, como todos los días desde que pude andar por mi cuenta, me llevó al coche y nos fuimos a una zona de la montaña para pasear.

Yo iba delante, trotando por senderos cubiertos de helechos que no resultaran muy difíciles de recorrer para Naruto. Era un bonito detalle que me dejara ir adonde quisiera, aunque tenía el acierto de marcar el camino para no perderse; por supuesto, eso no sucedería mientras estuviera con él, pero aún no sabía lo que era y me gustó que tomara precauciones por su seguridad.

De todos modos, procuraba escoger senderos que no fueran muy difíciles para Naruto, terrenos ascendentes suaves y cubiertos de helechos y hierba, con algún riachuelo o manantial del que poder beber con seguridad (pese a que Naruto solía llevar su propia botella de agua). Me gustaba tratar de llevarlo a las zonas más bonitas de la montaña y disfrutar de su reacción… Y revisitarlas con otros ojos.

Ahora, gracias a él, podía ver belleza en mi bosque, algo más que un simple refugio, un terreno más o un posible escondite para criminales que trataran de amenazar mi hogar. Era como si la gama de colores fuera más brillante y con mayor contraste, vestida con los tonos rojos y dorados del otoño que resaltaban a pesar de las nubes lluviosas para atraer la atención. Seguro que, desde donde vivía con mi manada, el paisaje sería como contemplar un mar de flores.

Algún día, se lo mostraría a Naruto. Pero hoy no, estaba a punto de llover.

Me giré para indicarle que debíamos volver a casa, pero me encontré de nuevo con esa triste sonrisa.

Mierda, creía que lo había distraído.

Troté hacia él mientras se agachaba y abría los brazos. Acepté el afectuoso gesto, aunque intenté lamerle la mejilla en otro intento por animarlo.

Eres hermoso, compañero, por fuera y por dentro. No dejes que ese neandertal incapaz de controlar su polla amargue uno solo de tus días. Estás viviendo en Kioto, como siempre quisiste, rodeado de naturaleza y tranquilidad para que puedas escribir, y, aunque aún no lo sepas, conocerás al hombre de tus sueños. Te haré feliz, Naruto, sé que puedo hacerlo, yo…

Entonces, sentí sus dedos en mi pecho. Me desabrochó el arnés.

Lo comprendí al instante, y me quedé paralizado.

—Supongo que ha llegado el momento —dijo Naruto. Escuché que sorbía por la nariz—. Me alegro mucho de haberte conocido… aunque no de cómo lo hicimos.

Yo no lamento nada, Naruto. De no ser porque me lancé hacia tu coche, no te habría encontrado.

Se separó de mí con el arnés en la mano y lágrimas en los ojos. Aun así, seguía teniendo una temblorosa sonrisa. Me acarició el cuello con un cariño que me derritió por dentro.

—Ha sido una experiencia increíble… y eres una criatura maravillosa. —Hizo una pausa, sin dejar de tocarme—. Ahora que estás recuperado, es hora de que vuelvas a casa.

Tú eres mi casa, Naruto, gemí, deseando que entendiera que quería quedarme con él.

El doncel me sonrió y me pellizcó las orejas con cariño.

—Yo también voy a echarte de menos, pero no puedo retenerte. Eres un lobo salvaje, tienes que ser libre —dijo con un movimiento un tanto teatral de la cabeza que, en otra ocasión, me habría hecho sonreír—. Solo porque hayas estado conmigo unos meses no te convierte en una mascota, por muy bueno que seas. Y seguro que echas de menos a tu manada.

Lo hago, Naruto, no sabrás cuánto… Pero ellos ya no están. No cuando vuelva, y no puedo hacerlo. No puedo volver sin que el dolor me abrume, sin pensar en todo lo que me he perdido con ellos, en lo que no podré vivir a su lado, ni hablarles de ti, ni pedirles consejo sobre cómo conquistarte o que vean la vida que quiero construir con…

Conforme mis pensamientos se abalanzaban aterrorizados ante la expectativa de separarme de mi compañero, me di cuenta de una verdad muy dolorosa.

No era solo que no quisiera alejarme de Naruto, era que no quería afrontarlo. Me aterraba volver allí y contemplar de nuevo el cementerio carbonizado que había sido mi hogar; tener que recuperar los cuerpos y darles un entierro digno.

No quería enfrentarme a ese funeral, a esa última despedida. Incluso si lo necesitaba para cicatrizar mi pérdida, sería… sería… Eso, una despedida. Un adiós para siempre. Como el de Taki, y el de Ryota. Y el Daiki.

Sería aceptar que estaba solo por completo y no estaba preparado para eso.

Por eso no quería separarme de Naruto.

Él seguía acariciándome y hablándome con lágrimas contenidas en los ojos. Era evidente que tampoco quería que me fuera, pero seguía diciéndome que yo no era una mascota, que había nacido libre y era un regalo que no me quitaría. Por supuesto que no, era un buen humano y hacía lo correcto. Como recoger a un animal salvaje herido pese a lo peligroso que era, o llevarlo a su casa y cuidarlo. O gastar su dinero en él para curarlo y después soltarlo para que fuera libre, como debía ser.

Y lo amo por ello. Quiero ser su pareja, compartir su futuro.

Siempre he pensado que se merecía algo mejor que la mierda de compañero que le había sido infiel. Alguien tan bueno como él merecía lo mejor.

Y yo no lo era en ese momento. Si iba a construir una nueva vida, una mejor que la que había llevado hasta ahora con él, debía ser mejor. Lo acompañaría en sus buenos momentos… pero también debía hacerlo en los malos.

Si no me enfrento a mi pena ahora, ¿cómo lo haré en el futuro con él? Debo ser capaz de ser su apoyo si me necesita. Como lo ha sido él para mí todo este tiempo.

Tiene razón, tengo que irme. Despedirme de mi manada y mi familia y cerrar esta herida. Resolver lo del incendio y cualquier asunto pendiente de los míos… y sanar. Pensar en qué clase de vida quiero con Naruto. Ser mejor para él.

Si iba a conquistarlo, debía ser la mejor versión de mí mismo.

Por eso, apreté la cabeza contra su pecho y aspiré su aroma una última vez, grabándolo en mi memoria, como la calidez de sus dedos en mi cuello cuando me abrazó. Al apartarme, le di un lametón en la cara y, antes de poder pensarlo dos veces, salí corriendo hacia la maleza.

No miré atrás, sabía que dudaría si lo hacía. Pero sí le pedí en silencio que se cuidara y que siguiera con su vida.

Yo volvería. Cuando fuera el hombre que pudiera acompañarlo en su futuro, lo haría. Lo prometí bajo una fina cortina de lluvia, sin dejar de correr hacia mi antiguo hogar.

 

 

A pesar de toda mi resolución, a medida que me acercaba a mi territorio, sentí la creciente necesidad de ralentizar el ritmo, postergar el golpe tanto como pudiera.

Ni siquiera sabía por dónde empezar. Toda la zona había sido arrasada por el fuego y las cabañas y edificios se habían venido abajo. Sabía que la prioridad era recuperar… recuperar… Dolía pensarlo, pero debía… recuperar los cuerpos.

Un calambrazo de dolor atravesó mi pecho, pero me obligué a seguir corriendo. Fue tentador acelerar hasta hacer que las patas me ardieran, sin embargo, no quería forzarlas después de todo el tiempo que había dedicado Naruto a cuidarme y, ahora que había decidido ser su compañero, no podía permitirme lesiones; debía estar al cien por cien para cuidarlo y protegerlo si se daba el caso.

Intenté centrarme en lo que tenía que hacer, pero, de nuevo, no estaba seguro de por dónde empezar. Había que quitar los escombros, pero también habilitar un lugar para los… cuerpos… y otro donde… enterrarlos y… y… llamar a un… tanatorio para que los… prepararan…

¿Por dónde era mejor empezar? ¿Qué necesitaba primero? Había demasiados frentes abiertos y ya habían pasado meses, a saber el estado en el que se encontraba todo después de…

Mis pensamientos se esfumaron en seco al escuchar el sonido de máquinas y gente gritando órdenes por encima del ruido. En mi antiguo hogar.

¿Por qué?

Cualquier deseo de ralentizar el ritmo desapareció y corrí sin parar hasta llegar a la zona de mi manada. Había muchas excavadoras y personas moviéndose sin descanso de un lado a otro, todas vestidas como rescatistas; me sorprendió descubrir que la mayoría de escombros estaban amontonados en los límites de mi pueblo y que habían despejado los caminos y limpiado los rastros de cenizas.

Tragué saliva al reconocer un aroma familiar en el aire. Hombres lobo.

La manada Inuzuka. Habían venido a ayudarnos.

Se me formó un nudo en la garganta y gemí al reconocer a algunos de sus miembros. Parecían cansados y apesadumbrados, pero había decisión e ímpetu en sus movimientos.

Querían cuidar lo que quedaba de nosotros, darnos un final digno.

Joder. Ni se me pasó por la cabeza que podrían venir por su cuenta, pero… La gratitud que sentí en ese instante estuvo a punto de ahogarme.

Troté hacia ellos entre gemidos, llamándolos. Mis emociones eran un remolino confuso, abrumador y contradictorio; me dolía no haber podido encargarme de mi manada, pero agradecía que los Inuzuka no hubieran permitido que se pudrieran, me avergonzaba no haberles pedido ayuda y saber que se darían cuenta en un instante de lo que había intentado hacer, me daba rabia saber que, a partir de ahora, me contendrían y vigilarían… a la par que deseaba su consuelo. Ellos más que nadie me comprenderían.

Los que tenía más cerca me escucharon y abrieron los ojos como platos al reconocerme. Y, como había predicho, lo supieron. Alguien pegó un grito llamando a Kiba (sabía que estaría aquí) mientras que otros corrieron a abrazarme, algunos incluso se transformaron en un intento de consolar mi lado animal. Me dedicaron suaves gemidos para expresar su pena y se frotaron contra mí.

Mi dolor se aligeró. Sentir el aroma familiar, el roce del pelaje y una conexión con otros lobos me alivió. Al no estar ya ofuscado por la pérdida gracias a Naruto, tener la presencia de otros cambiantes me ayudó a sentir que el luto era más llevadero.

En ese momento, supe que podría superarlo. Solo necesitaba un poco de tiempo y cerrar los asuntos pendientes.

—¡Arashi!

Kiba apareció corriendo en mi campo de visión, con los ojos muy abiertos, como si no creyera que me tenía delante. En cuanto estuvo cerca, se lanzó al suelo de rodillas, derrapando un poco, hasta acabar frente a mí. Me abrazó con fuerza y yo permití que su olor me envolviera.

—Gracias, Gran Madre —lo escuché susurrar—. Gracias. Gracias, gracias, gracias —dicho esto, se apartó para mirarme y empezó a palpar mi cuerpo—. Arashi, dime que estás bien. Dime que no has hecho ninguna tontería, porque no puedes aparecer así cuando te habíamos dado por perdido y decirme que te has envenenado, matado de hambre o a saber qué.

Tras tres meses en forma de lobo, mi transformación fue más lenta y torpe de lo que habría sido cuando era un cazador al cien por cien, pero, por suerte, pude hacerlo sin sentir demasiadas molestias, pese a la picazón que noté en las patas traseras. Procuraría no cambiar a menudo, por ahora.

Le dediqué a Kiba una media sonrisa carente de alegría, aunque no de profundo agradecimiento. Fui consciente de que tenía los ojos húmedos.

—Hice una tontería, pero mi compañero no dejó que fuera muy lejos.

El otro lobo abrió mucho los ojos, pero enseguida se hizo una idea de lo que había ocurrido y volvió a abrazarme.

—Entiendo. —Me frotó la espalda desnuda y sentí los callos característicos de mi especie en sus manos. El tacto familiar tranquilizó mi lado animal—. No te preocupes, Arashi, lo tenemos todo controlado aquí. Te ayudaremos en lo que necesites, tú solo pide.

Tragué saliva, tratando de retener sin éxito mis lágrimas.

—Los cuerpos…

—Los hemos sacado. Están… Los están preparando. Pensábamos enterrarlos aquí, supuse que… No sé, no me pareció bien incinerarlos.

Me estremecí, pero asentí, apoyándome en el cuerpo de Kiba. De repente, me sentía muy cansado.

—Estáis limpiando lo que queda.

—Sí, yo… —Frunció el ceño y me pareció ver un atisbo de rabia en sus ojos, pero fue tan rápido que no estuve seguro de si lo había visto bien—. Lo siento, de verdad que pensamos que no había quedado nadie y, como todo quedó en ruinas… Se nos ocurrió despejarlo y plantar flores. Para tu manada.

Era un gesto bonito. Las razas cambiantes tenían su propia forma de honrar a los muertos; durante mucho tiempo, muchos de los nuestros conservaban las pieles animales de sus seres queridos, aunque ya era una tradición bastante antigua y obsoleta. Algunas especies costeras llevaban a sus muertos al mar y otros las incineraban, había unos pocos de las zonas árticas que conservaban los cuerpos en hielo a modo de tumbas.

Aquí, entre los que vivimos en montañas y bosques, es habitual cavar una tumba y dejar una semilla para que creciera. Lo habitual era alguna planta relacionada con el fallecido, que le gustara o le representara… pero, para una manada entera, con tantas personas… las flores eran lo más adecuado.

—Tienen que ser de colores fríos —comenté, horrorizado ante la idea de que tuvieran los mismos colores que el fuego que acabó con ellos— y blancas. Por los cachorros.

—Así lo haremos —me prometió Kiba antes de apretarme contra él un momento—. Ven, te llevaré al puesto de mando, parece que necesitas un descanso. Podemos seguir hablando de los preparativos en otro momento.

Sacudí la cabeza, aunque permití que me ayudara a ponerme en pie. Moverme sobre mis dos piernas fue incómodo después de tanto tiempo siendo un lobo, pero podía andar sin que me dolieran. Era una buena señal.

—Hay mucho que hacer. —Y eso que los Inuzuka ya se habían ocupado de lo más importante—. ¿Habéis dado con los que provocaron el incendio?

Kiba abrió mucho los ojos y palideció.

—¿Lo sabías?

—Olí el combustible aquella noche.

Él asintió y pasó un brazo por mi cintura por si necesitaba ayuda para sostenerme. La acepté pese a que era capaz por mi cuenta, aún estaba abrumado por tantas emociones que mi lobo interior necesitaba ese contacto con alguien de nuestra especie.

—¿Qué sabes de eso? —insistí.

La expresión de Kiba se ensombreció.

—Humanos, de esos cabrones inmobiliarios. Querían construir no sé qué aquí. —Cogió aire con brusquedad—. Ya están pidiendo permisos para obtener estas tierras, pero no te preocupes, la manada de Taro también ha venido a ayudar. Tiene abogados metiendo tanta mierda burocrática que esos hijos de simio tardarán años en tocar un solo trocito de tierra.

La información hizo que se me emborronara la vista y me fallaran las piernas. El dolor se mezcló con algo ponzoñoso que ardía en mis entrañas. Algo que conocía muy bien, viejos compañeros de amargura que se habían pegado a mí tras la huida de Daiki.

Odio e ira.

Siseé entre dientes mientras Kiba y otros dos lobos me sostenían. Oía que me llamaban, preguntando si estaba bien, pero no podía responder, mi mente luchaba con todas sus fuerzas por no caer en aquel pozo de rabia y destrucción que me era tan familiar.

No podía volver ahí, no podía volver a esa vida apagada repleta de violencia. No le daría esa vida a Naruto, merecía algo mejor. Yo tenía que ser mejor.

Y, aun así, dolía. No estaba seguro de qué esperaba que fuera aquel mal invisible que había asolado mi manada, no existía nada que justificara una masacre tan cruel, pero…

Una construcción.

Una… puta… construcción.

Mi manada había muerto por el beneficio económico de unos pocos.

Joder. Mierda. Mierda, mierda, mierda.

Familias enteras habían muerto asfixiadas por el humo y abrasadas por el fuego. Mis padres, Izumi, el único hermano que me quedaba. Y los cachorros, cachorros indefensos. Mis sobrinos, la última chispa de alegría que le quedaba a mi familia.

Por dinero. Por sucio y puto dinero.

Mi vista se aclaró de repente, volviéndose de una nitidez peligrosa a la vez que mi piel empezaba a picar. Sentí mi pelaje saliendo, los colmillos creciendo junto a un rugido en mi pecho que luchaba por salir, las garras clavándose en las palmas de mis manos, goteando sangre…

—¿Arashi?

Esa voz familiar fue como un gancho. Me atrapó antes de que cayera al pozo otra vez y me ancló a la realidad.

Desvié la vista hacia atrás, encontrándome con unos ojos rojos que me miraban muy abiertos y perplejos. Unos que conocía muy bien. Mi pecho se contrajo y cualquier intento de transformarme para cazar a esos desgraciados hijos de simio desapareció.

Por supuesto que había venido. Tendría que haberlo sabido.

—Kurogane —lo llamé con la voz rota.

Solo necesitó cuatro zancadas para llegar hasta mí. Apartó a Kiba y los otros lobos con un empujón y me abrazó con fuerza.

Kurogane. El gélido e impasible Kurogane me estaba abrazando.

Y yo me aferré a él con un sollozo. Ninguno de los dos habíamos sido nunca muy emocionales, pese a que, después de tanto tiempo cazando juntos, éramos buenos amigos. Habíamos tenido casos difíciles, pero no nos consolábamos, no de esta manera. Nos dábamos los consejos necesarios y seguíamos adelante, no había necesidad de abrazos ni muestras de afecto; ambos habíamos tenido suficientes experiencias duras como para ser poco dados al sentimentalismo.

Y, a pesar de eso, en aquel momento, lloré en su hombro y él no dijo nada. Solo me envolvió con su cuerpo, apretándome, dejando que todo el dolor, la rabia, la culpa y la impotencia salieran.

Pensándolo ahora, fue gracias a él. Si no hubiera aparecido en aquel momento, yo habría cometido otra vez el mismo error: habría tomado el camino de la venganza y no me habría detenido hasta derramar sangre. Naruto habría seguido allí, en su cabaña en mi montaña, pero yo no me habría sentido digno de tocarlo después de aquello, una cosa era ser cazador para proteger a los cambiantes y humanos de los criminales de mi especie, y otra asesinar a humanos, por ruines que fueran, para apaciguar mi sed de sangre.

No sería muy diferente a lo que hizo Daiki y, como a él, esas muertes me perseguirían por el resto de mi vida. Y Naruto merecía un compañero con la conciencia limpia; era cierto que había cometido errores, con mi familia y con la forma en la que había vivido hasta ahora, pero, por suerte, no me había manchado de sangre, no por satisfacción personal, al menos, sino para proteger a otros. Podía vivir con eso.

Pero no podía ser un asesino. Eso no.

Tenía que ser mejor.

—Kurogane —lo llamé entre el llanto, desesperado.

—Tranquilo —me dijo, apretándome la espalda con sus manos enormes—. No se saldrán con la suya. Iremos a por ellos y te juro que se arrepentirán de esto.

Se me escapó un suspiro tembloroso, agradecido por lo que estaba dispuesto a hacer por mí. Despacio, me separé lo justo para mirarlo.

—No… puedo. —Kurogane frunció el ceño y, cuando abrió la boca para replicar, lo interrumpí—. No… No dejes que me pierda. Yo… tengo un compañero y… quiero volver a empezar —logré decir a través de las lágrimas, aferrándome a aquel sueño.

Naruto llevando a mis cachorros. Una vida pacífica a su lado era el futuro que deseaba. Más que cualquier venganza, un odio y una rabia que no me aliviarían. Un dolor que no desaparecería con sangre.

Vi confusión en los ojos de Kurogane y empecé a balbucear, temblando, abrumado por el remolino emocional que parecía querer despedazar mi mente y mi cordura trozo a trozo mientras mi voluntad batallaba por mantenerme de una pieza.

Y entonces, Kurogane me sujetó por los hombros con firmeza y me miró fijamente. Esta vez, había comprensión en ellos.

—Está bien, tienes mi palabra. Me encargaré de todo, justicia para los tuyos y un funeral digno. —Me dio un suave apretón—. Y no te preocupes, Arashi, serás un gran compañero.

Eso era todo lo que necesitaba oír. El remolino se deshizo en una ráfaga de aire y mis sentimientos, en vez de luchar, fluyeron.

No recuerdo haber llorado tanto en mi vida, pero Kurogane no se separó de mi lado mientras lo sacaba todo de mi interior: la pérdida, el dolor, la ira, la culpa, el remordimiento, todo. Mientras lamentaba cada vida perdida y ser querido que se había ido, cada futuro que podría haber existido.

Pero había tenido razón, fue necesario pasar por esto para poder sanar de forma adecuada. Necesitaba ese tiempo para mí, para llorar en paz… y volver a levantarme. Un gran paso para cumplir mi promesa de ser mejor.


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