Capítulo 36. Bajo las cenizas

 


Sasuke maldijo en un susurro mientras su cabeza daba vueltas.

Mierda, se sentía mareado y tenía la vista borrosa. Se estaba debilitando más deprisa de lo que creía. Odiaba la sensación de sentirse vulnerable, pero también le preocupaba su salud en otro sentido.

La batalla final entre Naruto, su padre y Orochimaru era inevitable. Eso significaba que esa víbora lo utilizaría nada más empezar el conflicto. Lo expondría ante sus tropas para obligar a Naruto a salir y usarlo contra su propio reino y el de su padre.

Por tanto, si él fuera su padre, lo ideal sería liberarlo antes del combate. No tenía ni idea de si eso era posible. Desde luego, desde fuera, parecía imposible. Que él supiera, Orochimaru había cerrado la capital desde la derrota del puerto para impedir la infiltración de ningún enemigo, así que introducir un espía sería complicado.

Era cierto que aún estaba Kabuto, pero, aunque se las arreglara para conseguir la llave de su celda, no había garantías de conseguir escapar. Serían los dos solos contra todos los guardias de la fortaleza. No tendrían refuerzos ni nadie que les ayudara a escapar.

—¿Alteza?

Él parpadeó y logró enfocar su visión. Reconoció el rostro preocupado de Kabuto.

—¿Kabuto?

—Soy yo, alteza —susurró mientras le agarraba la cabeza por la nuca y lo ayudaba a colocarla sobre su regazo—. Aguante un poco más.

—¿Qué haces aquí?

—Orochimaru quiere que compruebe su estado —dijo en voz baja mientras acercaba una vela a su rostro con cuidado y le examinaba los ojos y la boca.

—¿Qué me ocurre? —preguntó en el mismo tono. Supuso que habría guardias no muy lejos de su celda.

—Lleva ya un tiempo aquí abajo. Necesita luz solar, aire fresco, movimiento, ejercicio de verdad. Solo una buena alimentación no es suficiente.

—Eso no va a pasar. Seguiré como hasta ahora, ¿no es así?

Kabuto lo miró con un asomo de pena.

—A Orochimaru le interesa que se debilite lo suficiente hasta que llegue el momento de la batalla —dicho esto, dejó la vela a un lado y acercó algo caliente a sus labios—. Tómeselo entero. Es una infusión de hierbas. No hará que su cuerpo se recupere, pero se sentirá mejor.

Sasuke obedeció sin pensar. Mientras tanto, Kabuto siguió hablando con rapidez y en susurros, echando miradas furtivas a su espalda, vigilando que no fuera descubierto.

—Le da miedo que intente algo en el momento en el que lo saquen de la celda. Quiere asegurarse de que no pueda moverse demasiado.

—De momento, funciona —maldijo en voz baja antes de seguir tomando pequeños sorbos de la infusión.

Kabuto hizo una mueca, pero continuó hablando:

—Orochimaru está reforzando el castillo y ha enviado una patrulla a observar al ejército del Hielo y el Fuego. Parece que están esperando las armas de asedio.

—Pero no tardarán mucho en llegar. —Con el puerto tomado y la flota de Orochimaru destruida, su padre y Naruto tenían la tranquilidad de surcar las aguas del reino sin que nadie los detuviera.

—No —coincidió Kabuto—. Una vez las tengan, tardarán al menos tres días en llegar hasta la capital. Eso si no se detienen un poco antes para que sus tropas descansen antes del asedio.

Podía ser.

—¿Orochimaru tiene alguna intención de hacer salir sus tropas?

Kabuto movió la cabeza a un lado y a otro.

—No. No se enfrentará a sus guerreros en tierra, los teme. Incluso siendo él quien defiende en batalla, le aterra el ejército de su padre.

Él se permitió sonreír.

—Hace bien.

Sin embargo, Kabuto no sonrió. Agachó los ojos.

—Pero hay algo que sí ha hecho.

Sasuke lo miró.

—¿Qué ha pasado?

El médico apretó la mandíbula.

—Ha enviado a sus hombres coger todo lo que queda de nuestras cosechas y animales de ganado. Se lo está llevando a la capital a la fuerza.

Sasuke frunció el ceño.

—¿Por qué?

Él tragó saliva.

—Va a incendiar los cultivos y las tierras de ganado y pastoreo.

Al escuchar eso, se estremeció.

—No tiene sentido. Eso lo perjudicará a largo plazo, no puede ser tan estúpido.

—Procura que vuestros ejércitos no tengan nada de sustento.

—Pero, tras tomar el puerto, las tierras de la costa son nuestras, quedan cosechas y ganado allí —replicó Sasuke, intentando encontrar sentido a esa situación—. Pueden traer comida desde allí.

Kabuto lo miró con tristeza.

—¿Y qué harán el creador y vuestro padre cuando vean toda la gente que huye hacia la costa tras perder sus tierras?

Él se congeló al comprenderlo. Ninguno de los dos permitiría que esa pobre gente se quedara sin comida. Eso significaba reducir las raciones, significaba que habría menos alimento para todo el mundo.

—Joder. ¿Quiere una batalla de desgaste?

El otro hombre frunció el ceño.

—No. Quiere una victoria fácil usándolo a usted para conseguir al creador. —Echó un vistazo por encima de su hombro para asegurarse de que no los escuchaban y después se agarró el mentón con los dedos índice y pulgar—. Sin embargo, creo que empieza a tener dudas. Perder el puerto ha sido un gran golpe, esperaba poder venceros en el agua. Saber que el ejército del Hielo marcha sobre su tierra y el hecho de que no haya noticias del creador lo está poniendo nervioso. Creo que quiere tener un plan de apoyo en el caso de que no pueda utilizarlo.

Sasuke hizo una mueca. Era consciente de que, en toda guerra, había daños colaterales. Siempre. Era algo inevitable, no se podía hacer nada, tan solo lo posible para proteger a tus súbditos tan bien como pudieras.

Al menos, en el caso del Reino del Hielo, y en el del Fuego.

Pero, ¿en el de la Hierba?

Orochimaru parecía dispuesto a sacrificarlos a todos sin importar el coste. Parecía haber olvidado quiénes trabajaban la tierra, quiénes cuidaban de los animales, quiénes comerciaban y quiénes, desde el peldaño más bajo, mantenían el equilibrio y hacían funcionar el reino.

Los nobles de su reino podían tener tantas tierras como pudieran comprar, pero no el tiempo para trabajarlas y, mucho menos, el número necesario para mantenerlas vivas. Sobre todo, en un territorio tan fértil, donde su economía se sustentaba en la agricultura. ¿Qué haría si ganaba aquella guerra? Si incendiaba sus campos y mataba a su gente de hambre, ¿quiénes trabajarían? Naruto podía ser muy poderoso y sabía que era capaz de fertilizar las islas de su reino, pero una cosa era ayudar a su desarrollo y, otra muy distinta, revitalizarlas tras destruirlas. Tal vez fuera capaz de hacerlo, pero, si él fuera Orochimaru, no se arriesgaría a confiar tanto en el poder de un creador, sobre todo si sus conocimientos estaban incompletos. ¿Tanto lo habría convencido Mizuki de su fuerza? ¿O habían bastado las historias de los Tiranos para que se convenciera de que un creador era la respuesta a todos sus deseos? Que, sin importar los sacrificios que hiciera, ¿Naruto podría compensarlos una vez ganara aquella guerra? ¿Se trataría de eso?

Miró a Kabuto, que seguía pensativo mientras examinaba su torso, presionando su estómago.

—¿Qué va a hacer tu pueblo?

Este arrugó la nariz y apretó los labios.

—Lo único que pueden hacer por ahora. Huir.

 

 

—¿Estáis bien, mi señor? —le preguntó Korin al mismo tiempo que le tocaba la pierna para llamar su atención.

Naruto, a su espalda, tosió y se frotó otra vez los ojos llorosos.

—No es nada —dijo con la voz rasgada—. Mi olfato es más sensible. Se me pasará en algún momento.

O eso esperaba. Pese a que era mediodía, el cielo estaba cubierto por horrendas nubes de humo y ceniza, restos de los incendios de los que fueron advertidos el día anterior. No llevaban más de ocho horas de marcha cuando empezaron a ver montones de campesinos caminando en dirección al puerto. Muchos estaban sucios y muy pocos habían logrado huir de la crueldad de Orochimaru con un carro. Algunos habían conseguido salvar uno o dos animales: un burro, un par de ovejas, tres cabras, una cerda y sus crías… Hasta vio a niños llevando gallinas en brazos.

Los heridos, en cambio, eran difíciles de contar. Quemaduras, tos y problemas respiratorios había sido lo que más abundaba entre los campesinos, pero también golpes sangrantes en la cabeza o la cara, incluso en las costillas, y magulladuras en los brazos. Unos pocos habían tratado de defender sus tierras de los soldados de Orochimaru, en vano.

Tantos otros que les habían hecho frente, o simplemente no habían logrado escapar a tiempo, yacían ahora junto a las cenizas de lo que había sido su hogar.

Ese segundo día de marcha, fue cuando Naruto avistó los primeros pueblos. Ennegrecidos y aún humeantes, era como ver una zona colindante a un volcán activo. Aún quedaban casas en pie, pero incluso en la distancia era evidente que una pequeña brisa acabaría por tirarlas tarde o temprano. Gris y negro empezaron a predominar en el paisaje y a entremezclarse con el desagradable olor a quemado y putrefacción.

Porque, sí, quedaban los cadáveres.

Las pocas personas que se quedaron en los pueblos y sobrevivieron, gente mayor que decidió quedarse para darle tiempo a sus familias de huir o que ya las habían perdido, se habían dedicado a cavar tumbas en condiciones y a enterrar a las víctimas.

La primera vez que Naruto había visto un pueblo en esas condiciones, había saltado del caballo de Korin y había corrido junto a médicos del Hielo y el Fuego, soldados y rebeldes a echar una mano en lo que pudieran, pero no quedaba nada. Nada que salvar.

Muchas personas mayores se negaron a ir hacia el puerto. Aquellos que aún tenían familia sí fueron a buscarlos, pero los demás dijeron que no podían irse hasta haber enterrado a los demás.

Naruto no podía detener la marcha durante mucho tiempo, así que, a su pesar, aun sabiendo que nada más podía hacer por aquellos pueblos, siguió su camino, encontrando a su paso la misma situación una y otra vez, sintiéndose descorazonado ante lo que Orochimaru había hecho.

Para él, carecía de sentido. Fugaku le había explicado sus posibles intenciones, pero, incluso así, él también estaba inquieto y admitía que era un sacrificio muy grande y que, a la larga, perjudicaría a su reino.

Sin embargo, los más afectados por esa pérdida fueron Kaiza y sus hombres.

Ellos tampoco pensaron que Orochimaru sería capaz de llegar a tales extremos. Despreciaba a su pueblo y lo miraba por encima del hombro, creyéndose superior a ellos, pero, aun así, trabajar los campos era para los pueblerinos, ensuciarse las manos de tierra y ocuparse de animales babosos era cosa de gente de baja alcurnia.

Los nobles jamás harían esas tareas, y, sin embargo, no había dudado en calcinarlo todo. En condenar a su gente a la muerte.

Por el camino, los rebeldes se habían encontrado con muchos amigos y conocidos, la gran mayoría heridos por haber intentado proteger su tierra, pero, otros, ya no volverían. Se enteraron de muertes de aliados, amistades e incluso parientes, supieron que sus hogares habían sido destruidos y los campos que habían trabajado con tanto mimo, aunque sus cosechas les estuvieran casi prohibidas, eran ahora pasto del fuego.

Fue un duro golpe, en especial para Kaiza, que empezó a preguntarse si acaso había hecho bien en rebelarse. Era consciente de que, de no haber hecho nada, de seguir como hasta ahora, su pueblo moriría lentamente mientras los nobles se beneficiaban y abusaban de ellos, pero tampoco había querido que pasara aquello. Tanta destrucción y muerte.

Sí, sabía que muchos morirían si luchaban contra Orochimaru, pero no había esperado que fuera así, a tan alto precio.

Su despreciable rey no solo les había robado a sus mujeres y la comida, ahora ni siquiera tenían un hogar al que volver.

En eso pensaba mientras contemplaba desolado el pueblo donde había muerto uno de sus mejores amigos y su segundo al mando. Los dos juntos habían planeado la rebelión y alimentado el deseo entre los suyos de librarse de Orochimaru y su nobleza para tener una vida más digna. Habían reunido hombres y mujeres que les dieran información, gente que quisiera luchar hasta el final a su lado, a Kabuto, que les había ayudado a mover todos los hilos.

Ahora, yacía muerto en el suelo con una soga al cuello. Por lo que le había dicho uno de los aldeanos que se había quedado para cuidar de los muertos, él y otros hombres habían intentado hacer frente a los soldados, pero fueron fácilmente derrotados. Estos, sin quedar satisfechos, colgaron a los rebeldes en los árboles muertos de la zona como un recordatorio de lo que harían con gente como ellos.

Kaiza apretó los puños y contuvo las ganas de llorar. ¿Se había equivocado al elegir luchar? Siempre había pensado que no merecía la pena vivir bajo la sombra cruel de Orochimaru y que al menos había algo de valor en morir intentando derrocarlo, al menos, para su descendencia.

Pero, ahora, incluso aunque vencieran con la ayuda de los reinos del Fuego y el Hielo, ¿qué les quedaría después?

—Piensas demasiado.

Kaiza frunció el ceño al escuchar una voz grave y con un fuerte acento. Al girarse, vio al líder de los salvajes tras él, montado en un espectacular corcel negro.

Dio un paso atrás por instinto.

—¿Qué?

El salvaje lo miró desde arriba sin inmutarse antes de desviar los ojos hacia el pueblo.

—Solo son casas. Edificios. Se pueden hacer nuevos —dicho esto, miró hacia abajo—. Incluso la tierra volverá a dar fruto con el tiempo. —Alzó la vista hacia él de nuevo—. Un pueblo no son casas ni campos, es su gente. Mientras viváis, podréis reconstruirlo todo. —Movió las riendas del caballo y siguió caminando, esta vez, mirando al frente—. No dejes que estas muertes sean en vano.

Kaiza lo vio remprender la marcha un tanto asombrado. Hasta ahora, no había escuchado a ningún salvaje hablando su lengua, y, de hecho, había estado convencido de que eran incapaces de aprenderla.

Pero más lo sorprendía sus palabras de consuelo. Creía que esa gente odiaba a la suya, pero, pensándolo bien, no habían hecho otra cosa que evitarlos. Sí los había visto juntarse con la gente del Fuego e incluso del Hielo, pero de ellos se alejaban en cuanto se encontraban y no habían causado ningún conflicto, salvo el de aquella noche, que, en realidad, fue culpa de sus hombres.

No es que hubiera dudado de las palabras del creador, de todo lo que le contó sobre ellos, pero, aun así, no era tan fácil desterrar tanto rencor. Aunque había estado dispuesto a tolerarlos para ganar una alianza con los reinos del Fuego y el Hielo, no había olvidado todo lo que causaron.

Y todo lo que perdieron bajo sus aceros.

Sin embargo, ahora, contemplando sus pueblos desolados, el rencor empezó a diluirse.

Porque pudo ver lo que tuvo que ser para ellos. Si sus antepasados los expulsaron a la fuerza de aquellas llanuras, también tuvieron que vivir aquello: sus pueblos reducidos a ceniza, sus tierras tomadas por el enemigo, su gente asesinada.

Ellos no tuvieron ninguna ayuda. Huyeron y se escondieron durante mucho tiempo.

Pero su pueblo aún tenía una oportunidad. Fuego y Hielo se habían unido contra Orochimaru y, hasta ahora, iban ganando.

Sintió que su decisión se reafirmaba. Era cierto, habían perdido muchos pueblos y tierras, pero tampoco era la primera vez. La aldea de Kabuto fue destruida por completo por los hombres de Orochimaru como ejemplo. Otras también fueron destruidas antes.

Puede que nunca hubiera incendiado las tierras de cosecha, o que hubiera sembrado tal rastro de destrucción a su paso, pero, ¿y qué? ¿Qué sentido tenía echarse atrás ahora? ¿Para qué? ¿Esconderse en la costa a la espera de que los dos reinos que les ofrecían ayuda ganaran la batalla? Y si no lo hacían, ¿esperarían a que Orochimaru fuera clemente con ellos? ¿No sufrirían represalias tan duras como lo que estaban viendo ahora? ¿Sería incluso peor seguir viviendo después? ¿Orochimaru sería aún más duro y cruel?

Apretó los puños con fuerza.

No, no podía echarse atrás. El salvaje tenía razón. Ahora que habían empezado, no podían darle la espalda a todos los que ya habían muerto en esa rebelión. Sería un insulto y una cobardía.

Pasara lo que pasara, no había nada peor que lo que Orochimaru había hecho hasta ahora, ni siquiera la muerte.

La aceptaría con gusto si con eso Inari y su generación podían tener una vida digna y de la que estar feliz de vivirla.

Se limpió los ojos anegados de lágrimas con un gesto brusco y dio media vuelta, jurándole a su amigo que iría a visitar su tumba en cuanto ganaran aquella guerra.

Si esos salvajes habían sido capaces de perdurar a pesar de todo, su pueblo no iba a ser menos.

 

 

Mientras la resolución de Kaiza se fortalecía, Naruto había detenido a Korin para observar su interacción con Zabuza. Le había preocupado un poco que el líder del Clan se acercara, había temido un enfrentamiento a pesar de que Kaiza hubiera aceptado sus términos, pero no había sido así.

De hecho, las cosas habían ido mejor de lo que pensaba.

—¿Deseáis hablar con él, mi señor? —le preguntó Korin.

Naruto sacudió la cabeza.

—No. Creo que está todo claro —dicho esto, tosió y se cubrió la boca y la nariz con un pañuelo, atándoselo a la nuca—. Salgamos de aquí. Aún tenemos mucho camino por delante.

Korin obedeció y condujo el caballo de vuelta con el grupo de soldados. Iban con los de menor rango y en la tercera sección, manteniendo una distancia con Fugaku, que dirigía la marcha, pero tampoco demasiada, para poder socorrer a la vanguardia de ser necesario, aunque dudaban que Orochimaru tratara ninguna emboscada.

Sin embargo, aún podía haber enviado espías. Por eso Naruto iba disfrazado como un soldado raso con Korin y se mantenían alejados de los altos cargos de la vanguardia. Pese a que la mayoría de ciudadanos que habían visto parecían conocer a uno u otro de los rebeldes, siempre podía haber alguien que pasara desapercibido. Un espía oculto entre los campesinos.

El primer lugar en el que buscarían sería en la vanguardia con Fugaku, el más protegido de todos, con sus hombres de confianza, sus guerreros más hábiles. Si no, buscarían entre las tropas del Fuego, que se habían quedado en la retaguardia con Gai y Lee para evitar que trataran de acorralarlos con caballería. Una vez más, un ataque era improbable a campo abierto, pero no querían bajar la guardia de todos modos, y menos aún después de toda la destrucción que habían visto.

Tal vez Orochimaru no los atacara de frente, pero quién sabe qué otro método sucio podía ocurrírsele.

Por eso, Naruto estaba siendo muy cuidadoso durante el viaje. Siempre iba disfrazado como un soldado del Hielo y tan solo se quitaba el yelmo cuando estaba metido en su tienda. Tampoco se había comunicado con Gai o Fugaku durante esos dos días, sino que enviaba a Korin como informante, o Sai o Lee acudían a él para darle nuevas instrucciones o noticias sobre lo que ocurría en un lado u otro de la marcha.

Eso lo había estado irritando, pero sabía que era crucial mantenerse oculto. En un día más, llegarían a la capital y, entonces, él podría poner en marcha, por fin, su plan para sacar a Sasuke de la fortaleza. Una vez hecho, tan solo quedaría el asedio.

Y, si lo lograban, habrían ganado. Aún tendría algunas cosas de las que ocuparse, pero la parte difícil estaría hecha.

Solo tenía que aguantar un día más.

Con ese pensamiento en mente, Naruto se agarró a Korin y trató de mantenerse sereno durante la marcha de la tarde. No se detuvieron hasta que el sol estuvo a una escasa hora de hundirse en el horizonte, y, aun así, se sentía hastiado y ansioso por descansar.

Allá adonde mirara, la destrucción de Orochimaru no cesaba y supervivientes y cadáveres se amontonaban ante sus ojos. El saber que no podía hacer nada por ellos, salvo indicarles que fueran en dirección al puerto y ofrecerles sus médicos si necesitaban ayuda urgente, hacía arder la rabia que llevaba conteniendo desde que vio en el fuego que Sasuke iba a caer presa de Orochimaru.

Sin embargo, era capaz de esperar. Lo hizo cuando el antiguo Consejo gobernaba por el bien de su gente y podía hacerlo ahora por Sasuke.

El problema era que el humo y las cenizas lo estaban molestando. Mucho.

Con su olfato, más agudo que el de los humanos, aunque no tanto como el de los perros, el olor que impregnaba el aire lo estaba afectando. Tenía los ojos llorosos y tosía cada dos por tres. Korin estuvo a punto de detenerse por él, pero Naruto le pidió que siguiera adelante y que no podían llamar mucho la atención. Tenía demasiado miedo de que un espía de Orochimaru lo encontrara y todo su plan se fuera al traste solo por el maldito humo.

Así que aguantó como pudo la picazón de la nariz, bebiendo agua cada poco tiempo y lavándose la cara. No le sirvió de mucho, ya que el camino por el que transitaban seguía repleto de pueblos y cosechas calcinados.

—Aguante, mi señor —le dijo Korin—. Estamos a punto de acampar. En la tienda, podrá descansar y llamaré al médico para que lo revise.

—Solo necesito algo para despejar un poco mi nariz. Al menos, para poder dormir.

Ella asintió y fue a decirle algo cuando ambos escucharon gritos de órdenes.

Naruto alzó la cabeza y aguzó el oído, atento y buscando con los ojos la amenaza.

No esperaba lo que vio.

De repente, una inmensa columna de humo serpenteaba furiosa tras unas colinas.

—No puede ser —murmuró.

—Ese Orochimaru sigue incendiando pueblos —gruñó Korin, apretando las riendas de su caballo.

Él la miró.

—Pero esta zona ya debería estar destruida.

La guerrera sacudió la cabeza al mismo tiempo que su tropa aceleraba el paso.

—No. Es mejor estrategia enviar a los soldados lo más lejos posible primero. Así, privas al enemigo de alimento más pronto. Luego tienes tiempo de incendiar el resto.

Naruto apretó los dientes. Veía la lógica, pero seguía siendo despiadado.

—¿Qué deseáis hacer, mi señor?

Él lo meditó unos segundos. Quería abalanzarse sobre esos soldados y acabar con ellos o hacerles huir, lo que fuera más rápido con tal de salvar el mayor número de vidas posible.

Sin embargo, debía ser prudente. Debía ser más listo. Adelantarse de repente podía llamar la atención. En esos momentos, ya habían pasado de largo a todos los refugiados que huían hacia el puerto, por lo que no debería haber espías que pudieran fijarse en él. Aun así, temía que los soldados se fijaran en él si acudía junto a Fugaku, incluso estando disfrazado. Además, podría haber espías camuflados siguiéndoles a una distancia considerable para evitar ser detectados, pero si se acercaban durante la batalla, cuando ellos solo estaban concentrados en el combate, podrían acercarse más a observar.

Solo eran conjeturas y posibilidades, no había nada seguro, pero no quería arriesgarse. No podía cometer un solo error, no ahora que estaban tan cerca.

Apretó los puños y se aferró a Korin.

—Mantén la posición. Nuestra vanguardia es poderosa con Fugaku al frente, seguro que puede ocuparse de esto sin mi intervención

Ella asintió con aprobación y mantuvo el ritmo.

—Aquí no puede usar su poder, mi señor. Las batallas en los pueblos son caóticas y es fácil que el enemigo se disperse. No haga nada que llame la atención.

—Lo sé —dijo antes de tocar la empuñadura de Sharingan.

La sensación que le transmitió lo sorprendió. Estaba expectante.

Korin notó la pequeña tensión de su cuerpo y se giró para mirarlo por encima del hombro.

—¿Qué ocurre?

Naruto frunció el ceño.

—En ese pueblo pasa algo.

—¿El qué?

—… No estoy muy seguro —admitió.

Sus cavilaciones fueron interrumpidas por unos feroces aullidos de guerra. Al alzar la vista, vio cómo los guerreros del Clan, liderados por Zabuza, se abalanzaban como una manada de lobos contra el pueblo, dispersándose en grupos para cubrir toda la zona.

—Maldición —soltó Korin.

Naruto también lo pensó, y no fue el único, ya que Fugaku ladró órdenes a pleno pulmón y ordenó a las tropas que siguieran y cubrieran a cada grupo.

Zabuza se había precipitado. Entendía sus motivos, pero actuar por su cuenta era un error. Supuso que Fugaku había tenido intención de rodear el pueblo para acorralar a los enemigos antes de lanzar el ataque. Era cierto que unas pocas tropas de soldados no podrían con todo su ejército, pero, aun así, las batallas dentro de las poblaciones siempre eran caóticas y perfectas para tender emboscadas.

Sobre todo cuando el enemigo no conoce la zona.

Naruto se aferró a Korin cuando ella espoleó su caballo para seguir a su guarnición y, cuando se adentraron en el pueblo, quiso soltar una palabrota. Por mucho que Fye le hubiera enseñado sobre estrategia, y a pesar de que sabía lo que iba a encontrar en el interior de la población, no acababa de estar preparado del todo para lo que vio.

En el puerto, fue diferente. Fue un ataque muy calculado y sus ciudadanos eran rebeldes que sabían que debían ocultarse antes de la batalla naval. Por tanto, solo tuvo que hacer frente a su enemigo y estar atento a los soldados del Hielo que lo acompañaron.

Aquí, no.

Aquí las llamas derribaban casas de la nada, levantando nubes de polvo y humaredas grises resplandecientes de tonos anaranjados que cegaban la vista. Los campesinos huían entre gritos y como podían, corriendo, empujando o a rastras, salían de repente tras una esquina y asustaban a los caballos y sus jinetes, que se veían obligados a detenerlos antes de retomar la marcha de nuevo. El humo los ahogaba y el fuego los quemaba si una llamarada estallaba de repente cerca de ellos.

El hecho de que sus sentidos estuvieran nublados lo hizo todo un poco peor. Tenía la vista borrosa a causa de los ojos llorosos por el humo, su olfato había sido anulado por completo y sus oídos apenas podían captar nada concreto por encima de los aullidos de miedo y dolor de los ciudadanos y los gritos de guerra y rabia de los soldados.

—Korin —le dijo a su protectora—, necesito que me cubras.

Ella no apartó los ojos del frente. Sus labios no se abrieron ni movió la barbilla para asentir. Pero su cuerpo se tensó. Lo notó a través de su agarre, como si su armadura se ensanchara, igual que una loba que eriza su pelaje para parecer más grande.

Y pese a que su rostro permanecía concentrado e inmutable, a Naruto le pareció más feroz que nunca.

Entonces, de la nada, salió disparado por los aires.

Se le escapó un ladrido de dolor junto con el aire de sus pulmones cuando se estampó contra la pared de una casa. Por suerte para él, la madera aún aguantaba.

Al alzar la vista, Korin ya estaba en pie con la espada en mano mientras que su caballo aún se estaba recuperando del golpe. La vio saltar sobre él y lanzar una estocada contra un jinete de armadura plateada, con el blasón del Reino de la Hierba en el pecho.

En cuanto captó lo que había ocurrido, se levantó de un salto y echó un vistazo rápido a su alrededor.

Con los sentidos embotados, le fue más difícil moverse con su fluidez habitual. Pero, aun así, todavía podía ver las formas borrosas de sus enemigos.

Desenvainó a Sharingan con un silbido agudo y desgarrador, que parecía restallar en el aire como un relámpago que atraviesa la tierra. Se movió veloz contra la primera figura y se aseguró de lanzar un ataque rápido y despiadado contra su pierna. Supo que acertó porque su contrincante aulló y cayó al suelo.

Soltó una palabrota. En su estado, no podía atacar con precisión, y eso era un problema.

Porque podía matar a alguien sin querer.

Pese a que los textos que él tenía de los creadores no estaban completos, Kurogane se había ocupado de que tuviera muy claras las normas acerca de cuándo podía matar de forma consciente y cuándo no.

Podía matar para proteger la vida de otra persona y para defender su reino del enemigo. Esta última solo se podía aplicar cuando estaba dentro del Reino del Fuego, no fuera, pero la primera regla sí podía cumplirla en cualquier lugar.

No perdería su condición de creador por una muerte inconsciente. Si pisaba un insecto de cuya presencia no se había percatado y lo mataba, no habría consecuencias.

Le estaba permitido mutilar y torturar a sus enemigos, pero siempre y cuando este tuviera garantías de salvar su vida. En otras palabras, no podía arrancarle los brazos y las piernas y dejarlo abandonado en un desierto para que muriera desangrado. Pero hacerlo en un entorno donde podía obtener ayuda de sus aliados o salvarse por su cuenta, no tendría penalización. Si moría porque se desangraba a pesar de todo, aunque su acción desencadenara la pérdida de sangre, no se le consideraba responsable directo de su muerte.

Sin embargo, si a pesar de que, en un combate, quería lanzar un ataque contra la pierna y le cortaba la garganta, provocando una muerte inmediata, entonces sí perdería su condición de creador.

Por eso estaba procurando atacar a las extremidades, pero era difícil. Los ojos le seguían llorando por culpa del humo y se había quitado el pañuelo que cubría su nariz. Jadear con eso puesto no haría más que quitarle el aire mientras se movía, pero, al mismo tiempo, el humo había inutilizado su nariz del todo.

Un sonido metálico cercano resonó en sus oídos por encima del barullo de aullidos y gritos. Se giró al instante, de forma instintiva, a tiempo de ver una forma borrosa, pero larga, abalanzándose sobre él. Se cubrió con Sharingan a tiempo de que la espada no le rebanara la cabeza, pero no estaba bien colocado y lo golpeó de todos modos en el yelmo, lanzándolo contra el suelo.

Pese a todo, sus dedos se aferraron a Sharingan, negándose a soltarla y perderla bajo ningún concepto.

Fue consciente en ese momento, tumbado de espaldas y contra el suelo, de que habían caído en una emboscada. Escuchó a Korin llamándolo y a los soldados de su guarnición luchando en algún lugar tras él, intentando llegar a su posición casi con desesperación.

Había cuatro hombres rodeándolo. Era una de las tropas de Orochimaru que estaban incendiando el pueblo.

Y, al mismo tiempo, se dio cuenta de algo más.

Sharingan vibraba expectante en su mano. Parecía que iba a salir disparada en cualquier momento.

Fue como si cualquier ruido se amortiguara. Y puede que fuera el golpe de la cabeza, pero tuvo la sensación de que todo se ralentizaba.

Giró la cabeza hacia la derecha, en la dirección en la que escuchaba esas pisadas. En realidad, eran silenciosas como las de un felino al acecho y, sin embargo, en sus oídos, parecían resonar como las entrañas de un volcán a punto de entrar en erupción.

De entre las casas en llamas, de entre el humo y la ceniza, apareció un chico.

Un chico vestido con prendas verdes ennegrecidas por el humo, pero verdes, al fin y al cabo. No sería más mayor que él, tal vez dos o tres años más joven. La ceniza de su tierra destruida cubría su piel trigueña y su rostro surcado de lágrimas, y su pelo parecía de un tono gris más claro que el humo que cubría el cielo que lo había visto nacer.

Sin embargo, sus ojos esmeralda relampagueaban de ira. Brillaban alimentados por la fuerza de un dios.

Entonces, gritó. Lo escuchó tan claro y tan alto en sus oídos que se estremeció.

La tierra se sacudió de golpe y crujió bajo su cuerpo. Los hombres se tambalearon a su alrededor, hasta Korin y los soldados del Hielo tuvieron que hincar la rodilla en el suelo para mantener un mínimo equilibrio.

El chico alzó las manos y Naruto, por puro instinto, se levantó de un salto y se alejó de los hombres de la Hierba. Hizo bien porque, de la tierra, salieron con un estallido polvoriento raíces pálidas y sucias, gruesas y finas, tiesas y rígidas como lanzas que, sin embargo, se ondularon y movieron como serpientes al acecho contra los soldados, agarrándolos por los brazos y las piernas y tirándolos al suelo, envolviendo su cuello, haciendo que gritaran y patalearan desesperados antes de jadear con fuerza o que unos horribles crujidos partieran el aire.

Korin corrió al lado de Naruto. Se había tambaleado al aterrizar, ya que la tierra seguía temblando y rugiendo como un animal salvaje embravecido, y ahora trataba de mantener el equilibrio sobre sus manos y rodillas.

—¡Mi señor! —lo llamó cuando llegó junto a él—. ¿Está bien?

Naruto iba a responder cuando sintió a Sharingan tiritar en su mano.

Advertía peligro.

Segundos después, vio cómo en el suelo empezaban a nacer pequeñas fisuras.

El pánico lo inundó.

—Korin, tú y los demás ocupaos del resto de los soldados y alejaos de aquí hasta que terminen los temblores. —La miró con seriedad—. Pase lo que pase, no os acerquéis a mí y al chico. ¿Entendido?

Ella frunció el ceño.

—Iré con usted.

—No a esto —dijo con firmeza. Korin, sin embargo, se mantuvo fiera e impasible, devolviéndole la mirada sin vacilar. Naruto suavizó su tono—. No quiero asustarlo y necesito estar totalmente centrado en él. Me distraeré si tengo que protegerte. Por favor.

La mujer miró al chico un instante y bajó los ojos.

—¿Estará bien?

—Solo si me concentro.

Ella dudó durante unos segundos, pero, finalmente, asintió.

—Vaya con cuidado, y no olvide lo que me prometió.

Naruto le devolvió el gesto, solemne.

—No lo olvido.

Nada más escuchar esas palabras, se levantó como pudo y fue a ayudar al resto de sus compañeros.

Naruto, en cambio, guardó a Sharingan en el cinto y clavó sus ojos en el chico.

Jadeaba mientras contemplaba los cuerpos inertes de los soldados de la Hierba. Sin embargo, la rabia no abandonaba sus rasgos, ni el fulgor esmeralda de sus ojos.

Se acercó con cuidado, pero sin pausa. No quería asustarlo, pero, al mismo tiempo, debía actuar rápido. Las fisuras en la tierra se estaban multiplicando.

El chico lo vio y se tensó de inmediato. El suelo bajo sus pies bramó y se sacudió con más fuerza. Naruto tuvo que apoyarse sobre una mano para mantener el equilibrio.

—Aléjate —le exigió el chico, alzando las manos de nuevo.

Él levantó las suyas en señal de rendición.

—No voy a hacerte daño.

—Vete de aquí —siseó el joven, ignorándolo.

Naruto detectó una nueva vibración en el suelo. Fue leve, pero la sintió.

Mantuvo las rodillas flexionadas y siguió avanzando paso a paso. Necesitaba estar más cerca.

—Tranquilo. No soy tu enemigo —dijo con suavidad, pese a que Sharingan tiritaba dentro de su vaina. No era una buena señal.

El chico se tensó y le lanzó una mirada asesina.

—¡He dicho que te vayas! —gritó.

Naruto escuchó un fuerte crujido a su derecha.

Mierda.

—Tienes que calmarte, hijo de la tierra.

Él parpadeó y sus facciones se ablandaron ligeramente por la confusión.

—¿Qué?

Naruto dio un par de pasos más mientras respondía:

—Debes tranquilizarte o no podrás controlarlo. Respira, cálmate.

Ante sus palabras, el chico retrocedió un paso y bajó los brazos. Maldijo en su cabeza porque volvía a poner distancia entre ellos, pero le alivió un poco haber llamado su atención lo suficiente como para que la tierra empezara a relajarse.

Sin embargo, la mirada desconfiada de sus ojos verdes le dijo que no podía bajar la guardia. Por eso, siguió avanzando, despacio.

—¿Quién eres? ¿Qué sabes de mí?

—Alguien que puede ayudarte.

El chico dio otro paso hacia atrás.

Joder.

—Déjame.

—No puedo.

Las sacudidas volvieron a cobrar fuerza. El chico tensó los hombros y empezó a levantar los brazos.

—He dicho que te vayas.

Naruto dio otro paso, más largo que el anterior.

—Por favor, deja que te ayude antes de que hagas daño a alguien.

Con la vista emborronada, a Naruto le costó ver el rostro deformado por la ira del chico.

Pero Sharingan le advirtió. Pese a que no fue desenvainada, la escuchó como el restallido del metal contra el metal, agudo, frío y cortante.

Sin pensárselo dos veces, se puso a cuatro patas y saltó antes de que la tierra se partiera bajo sus pies.

Maldijo en su fuero interno al ver que se quedaba corto. Quería aterrizar sobre el chico, pero solo se detendría justo delante.

Sin embargo, fue suficiente. El joven no esperaba su repentino y veloz ataque y, por un instante, no pudo reaccionar. Naruto, al ver esa ventaja, aprovechó el impulso y la inercia de su salto para girar sobre sí mismo al aterrizar, apoyándose sobre sus dos manos, para lanzar una patada fuerte contra las piernas del chico.

Este cayó con un buen golpe, y, al segundo siguiente, Naruto ya estaba sobre él.

Un único golpe bastó para que su vista se emborronara y su conciencia cayera en la oscuridad.

Naruto se irguió sobre él con un suspiro aliviado. Los temblores habían cesado. Era como si la tierra hubiera enmudecido.

—Lo siento —le dijo en voz baja—. Pero aún no estás listo.

Se agachó y lo cargó sobre su espalda con cuidado. Luego, se encaminó con cautela hacia la zona en la que estaba el resto de su tropa, solo para descubrir que sus enemigos habían sido abatidos y que Korin les estaba avisando de que iba en su busca.

—Estoy aquí —dijo en voz alta.

Ella se giró y relajó los hombros al verlo. En cuatro largas zancadas ya estaba a su lado.

—¿Está herido?

Él sacudió la cabeza.

—¿Todo en orden?

—Sí, mi señor. Vamos a reagruparnos y a buscar al resto.

Naruto asintió y le pidió a otra jinete, muy a su pesar, que llevara al chico con ella en su caballo y se asegurara de que siguiera inconsciente hasta que acamparan. No le gustó alejarse del muchacho, pero los tres no podían ir en un mismo caballo y era peligroso quedarse quietos en esa zona durante mucho tiempo. No quería caer en otra emboscada, no en su estado.

—¿Cómo se encuentra? —le preguntó Korin mientras lo ayudaba a montar.

Él volvió a cubrirse con el pañuelo.

—Tenso. Alerta.

—Eso es bueno.

Naruto hizo una mueca a la vez que retomaban la marcha. Sus ojos iban de vez en cuando al chico.

—Es incómodo.

—La guerra está llena de situaciones así. No siempre podrá disponer de todas sus armas o capacidades. La verdadera habilidad de un soldado se muestra cuando, a pesar de sus debilidades, sobrevive a su enemigo.

Él la observó durante un largo rato en silencio, pensativo.

—¿Cómo lo harías tú con los sentidos embotados?

Korin lo miró un momento por el rabillo del ojo.

—¿Es muy malo?

—Mi olfato es nulo y tengo la vista borrosa. Mi oído se confunde con tantos gritos y aullidos —dicho esto, prestó atención a su entorno y frunció el ceño—. Aunque parece que la cosa se está apaciguando. Ya no hay tanto ruido.

—Nuestras tropas habrán acabado con el enemigo —dicho esto, sintió cómo inspiraba hondo—. Respecto a su pregunta, recuerde, siempre, que su prioridad debe ser esquivar, bloquear y defender. En una batalla es más importante pensar en no resultar herido que en hacer daño a tu oponente. Hay que mantener la cabeza fría. La rabia puede darte más fuerza, pero también te hace más imprudente.

A Naruto se le escapó una media sonrisa.

—Kurogane decía algo parecido.

—Es un ser sabio —comentó Korin sin desviar la atención de sus compañeros, guiando a su caballo tras ellos—. El hecho de estar en desventaja también puede hacer que pierdas el control. Ante todo, debe ser consciente de lo que puede y no puede hacer. Atacar a la desesperada suele ser un error o un arma de doble filo. Rara vez, sale bien.

Naruto asintió, escuchando con atención.

—Primero ponerme a salvo. Luego, pensar. Atacar con cabeza.

—Exacto.

Agachó los ojos con mala cara.

—Los Guardianes nunca se cansaban de repetírmelo. Y lo entendía. —Miró a su alrededor. Pese a la vista borrosa, percibía la destrucción que había por todas partes, las muertes, el dolor.

Apretó los puños con fuerza.

Kurogane y Fye lo habían entrenado desde que era niño. Sabía que estaba preparado para esta guerra y ellos se lo confirmaron. Pero, aún así…

—No sabía que sería tan difícil —terminó Korin por él.

Él se aferró a ella con más fuerza.

—No. Me duele por esta gente.

—Siente rabia y quiere hacer daño a sus enemigos.

—Sí.

Ella le tocó una pierna con suavidad.

—No olvide su objetivo.

Naruto sintió cómo se le encogía el corazón.

—Sasuke.

—No lo olvide nunca, mi señor. Cuando sienta que las emociones van a dominarlo, recuerde por qué debe controlarse.

Igual que el hijo de la tierra.

Cuando se trataba de los creadores, la pérdida de control podía desencadenar cosas horribles.

En su mente, brilló el recuerdo del barco en llamas en el que murieron sus padres, pero lo hizo a un lado y pensó en Sasuke.

Debía sacarlo de allí. Para sacarlo, debía estar concentrado. Debía ser fuerte, debía ser listo.

Solo un día más.

Por su cabeza, pasaron imágenes de Sasuke encerrado y malherido en una celda.

Aguanta solo un día más.

Las llamas de los pueblos y campos ardiendo bailaron ante sus ojos.

Aguanta.

Las lágrimas de Kaiza y su pueblo centellearon en su mente.

Aguanta.

El aullido de dolor del chico resonó en sus oídos.

Aguanta, aguanta, aguanta…

—Mi señor.

La voz de Korin lo sobresaltó. Tenía una mano sobre la suya.

—Respire, mi señor.

Naruto boqueó y su pecho tembló. No se había dado cuenta de que se había quedado sin aire.

Trató de inspirar hondo, pero se trabó dos veces.

—Es normal, no se preocupe. Siga intentándolo —le dijo mientras le frotaba el dorso de la mano.

La obedeció y no dejó de hacerlo mientras su grupo iba en busca del resto de tropas. No tardaron mucho en encontrarse con más soldados del Hielo, los cuales se inquietaron al ver su estado, pero Korin les indicó con la cabeza que no ocurría nada y que no se mostraran excesivamente preocupados. Podría haber espías ocultos y no debían delatar a Naruto bajo ningún concepto.

Orochimaru no podía mover ficha antes que ellos.

Así, se unieron a ellos y siguieron buscando enemigos o aliados entre las calles. Se toparon más tarde con parte de la gente de Zabuza y les ofrecieron atención médica a los heridos.

También les ayudaron a cargar a sus dos muertos.

Para cuando llegaron a la plaza principal, Naruto había recuperado la compostura, pero se sentía agotado y le dolía la cabeza.

Necesitaba descansar. Borrarlo todo de su cabeza durante unas horas y empezar de nuevo. Debía concentrarse y no perder de vista el objetivo, era lo único que debía tener en mente.

Ya lloraría las pérdidas más tarde. Ya se entregaría a la rabia. Pero, lo primero, era ese momento, acabar de salvar lo que quedaba del pueblo y sus habitantes y acampar.

Así que, cuando vio a Fugaku dando órdenes en la plaza a los rebeldes y este clavó sus ojos en él, tan solo se quedó apoyado en Korin, fingiendo ser uno más. El rey se demoró un segundo en él, como si se hubiera dado cuenta de su estado, pero desvió la vista con rapidez sin dejar de hablarles a sus hombres. Tuvo que admitir y admirar la forma en que Fugaku no perdía los nervios en ningún momento y que priorizaba siempre lo más sensato.

Debería espabilar ya y aprender de él.

—El enemigo ha sido abatido. Sai —llamó a su sobrino, que corrió con su caballo a su lado—, busca a Gai y pídele que sus tropas se ocupen de apagar los fuegos y evacuar el pueblo. Dile también que nos envíe a algunos de sus médicos. —Sai asintió y se marchó al galope. Fugaku siguió dando órdenes, guiando a su caballo de un lado a otro—. Shisui, reúne a todos los heridos, supervivientes y médicos bajo tu mando. Ocúpate de que sean atendidos y monta un perímetro a su alrededor para su protección hasta que el campamento esté listo. —El hombre obedeció sin demora y Fugaku espoleó a su caballo para que fuera al trote—. ¡El resto, conmigo! ¡Queda una hora para que se ponga el sol! ¡Quiero a todo el mundo montando tiendas y a los jinetes haciendo guardia a su alrededor! ¡No quiero que se acerque ni una ardilla, no podemos bajar la guardia ahora!

Los soldados aullaron una orden y todo el mundo se puso en movimiento sin dilación. Los soldados del Hielo se organizaron en cuestión de segundos, formando de forma impecable antes de dirigirse a sus puestos. Shisui y su tropa, por otra parte, se dispersaron para reunir a todos los heridos, con al menos dos médicos en cada grupo. Era curioso ver cómo los feroces guerreros del Hielo podían volverse amables y compasivos de repente, ayudando con amabilidad a los ciudadanos a levantarse o a cargarlos sobre sus hombros.

Kaiza le pidió a Fugaku que le permitiera a su gente ayudar a Shisui y a los ciudadanos, y él lo consintió. Del mismo modo, también dejó que el Clan se quedara, pues habían sido los primeros en entrar en el pueblo y, en consecuencia, los que más pérdidas habían sufrido.

Prácticamente todos estaban en la plaza, donde habían reunido los cuerpos de sus compañeros caídos. Lloraban junto a ellos, murmurando palabras que solo Naruto pudo entender, haciendo que se le encogiera el corazón.

Sabía por qué habían sido imprudentes. Sabía que el honor los había empujado. Pero había sido un error precipitarse y ahí estaban las consecuencias.

Por eso, él debía aprender. Y debía hacerlo rápido. En un día más, iría a por Sasuke y estaría solo ante el peligro.

Si cometía errores, las consecuencias podrían ser como la escena que tenía ante sus ojos.

—Vámonos, Korin —le pidió.

Ella movió las riendas y siguieron a su tropa en dirección al campamento que montarían a pocos metros del pueblo, sobre una de las colinas más altas para poder vigilar mejor los alrededores.

Sin embargo, antes de salir de la plaza, pasaron junto a Kaiza, que se detuvo junto a ellos.

Miró a Naruto. Tenía los ojos como platos.

—¿Por qué han hecho eso?

Naruto no necesitaba más información. Sabía a lo que se refería.

—Les hablé de vosotros.

—¿De nosotros?

Naruto cerró un momento los ojos con fuerza.

—De por qué no podíais defenderos. De por qué los odiáis tanto. De lo que os ha hecho Orochimaru.

Kaiza frunció el ceño. Aun así, su expresión seguía siendo incrédula.

—No lo entiendo.

Naruto suspiró, cansado y triste.

—Para el Clan, no hay honor en matar gente que no puede defenderse. No se les pasó por la cabeza que vuestro rey permitiría que quedarais indefensos. Es una mancha para ellos, una ofensa contra su dios. Querían reparar un poco el daño que os han hecho —dicho esto, miró el pueblo a su alrededor—. Ayudar a los vuestros, protegerlos de los hombres de Orochimaru, les pareció un buen comienzo.

Kaiza apretó los labios, pero sus ojos eran brillantes.

Miró al frente y, de repente, echó a correr hacia Zabuza, que consolaba a una mujer que lloraba sobre el cuerpo de un hombre joven, tal vez su hermano menor, tal vez, su hijo.

Naruto no lo detuvo, pero le pidió a Korin que no se fueran todavía.

Cuando Kaiza estaba a punto de llegar hacia Zabuza, redujo la marcha y se acercó despacio. La mujer se sobresaltó y tensó su postura, pero el líder del Clan la instó a calmarse apretando sus hombros, aunque sus ojos no perdieron de vista a Kaiza.

Este se agachó junto al cuerpo del hombre y, con movimientos lentos, le cerró los párpados y murmuró una oración:

—Que la tierra te acoja.

Después de eso, procedió a retirarle despacio las dos flechas que atravesaban su pecho mientras le pedía a sus hombres que le trajeran paños y vendas, pues debían limpiarlo antes de enterrarlo.

Poco a poco, los rebeldes siguieron su ejemplo, sin ser ajenos a lo que había acontecido ese día, un milagro de los dioses. Pues los salvajes, sus viejos enemigos, habían sacrificado vidas para salvar y proteger a su gente.

Korin le apretó la mano a Naruto.

—¿Lo ve, mi señor? Incluso bajo la ceniza, siguen quedando brotes verdes. Por esto debemos luchar.

Por primera vez en dos angustiosos días, el creador sonrió.

—Es verdad.


Comentarios

  1. Maravilloso capitulo, ya lo había leído pero lo estoy retomando. Está historia es mi preferida, y eso que llevo como veinte años leyendo de esta pareja.

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