Capítulo 36. Bajo las cenizas
Sasuke maldijo en un susurro mientras su cabeza daba
vueltas.
Mierda, se sentía mareado y tenía la vista borrosa. Se
estaba debilitando más deprisa de lo que creía. Odiaba la sensación de sentirse
vulnerable, pero también le preocupaba su salud en otro sentido.
La batalla final entre Naruto, su padre y Orochimaru
era inevitable. Eso significaba que esa víbora lo utilizaría nada más empezar
el conflicto. Lo expondría ante sus tropas para obligar a Naruto a salir y
usarlo contra su propio reino y el de su padre.
Por tanto, si él fuera su padre, lo ideal sería
liberarlo antes del combate. No tenía ni idea de si eso era posible. Desde
luego, desde fuera, parecía imposible. Que él supiera, Orochimaru había cerrado
la capital desde la derrota del puerto para impedir la infiltración de ningún
enemigo, así que introducir un espía sería complicado.
Era cierto que aún estaba Kabuto, pero, aunque se las arreglara
para conseguir la llave de su celda, no había garantías de conseguir escapar.
Serían los dos solos contra todos los guardias de la fortaleza. No tendrían
refuerzos ni nadie que les ayudara a escapar.
—¿Alteza?
Él parpadeó y logró enfocar su visión. Reconoció el
rostro preocupado de Kabuto.
—¿Kabuto?
—Soy yo, alteza —susurró mientras le agarraba la
cabeza por la nuca y lo ayudaba a colocarla sobre su regazo—. Aguante un poco
más.
—¿Qué haces aquí?
—Orochimaru quiere que compruebe su estado —dijo en
voz baja mientras acercaba una vela a su rostro con cuidado y le examinaba los
ojos y la boca.
—¿Qué me ocurre? —preguntó en el mismo tono. Supuso
que habría guardias no muy lejos de su celda.
—Lleva ya un tiempo aquí abajo. Necesita luz solar,
aire fresco, movimiento, ejercicio de verdad. Solo una buena alimentación no es
suficiente.
—Eso no va a pasar. Seguiré como hasta ahora, ¿no es
así?
Kabuto lo miró con un asomo de pena.
—A Orochimaru le interesa que se debilite lo
suficiente hasta que llegue el momento de la batalla —dicho esto, dejó la vela
a un lado y acercó algo caliente a sus labios—. Tómeselo entero. Es una
infusión de hierbas. No hará que su cuerpo se recupere, pero se sentirá mejor.
Sasuke obedeció sin pensar. Mientras tanto, Kabuto
siguió hablando con rapidez y en susurros, echando miradas furtivas a su
espalda, vigilando que no fuera descubierto.
—Le da miedo que intente algo en el momento en el que lo
saquen de la celda. Quiere asegurarse de que no pueda moverse demasiado.
—De momento, funciona —maldijo en voz baja antes de
seguir tomando pequeños sorbos de la infusión.
Kabuto hizo una mueca, pero continuó hablando:
—Orochimaru está reforzando el castillo y ha enviado
una patrulla a observar al ejército del Hielo y el Fuego. Parece que están
esperando las armas de asedio.
—Pero no tardarán mucho en llegar. —Con el puerto
tomado y la flota de Orochimaru destruida, su padre y Naruto tenían la
tranquilidad de surcar las aguas del reino sin que nadie los detuviera.
—No —coincidió Kabuto—. Una vez las tengan, tardarán
al menos tres días en llegar hasta la capital. Eso si no se detienen un poco
antes para que sus tropas descansen antes del asedio.
Podía ser.
—¿Orochimaru tiene alguna intención de hacer salir sus
tropas?
Kabuto movió la cabeza a un lado y a otro.
—No. No se enfrentará a sus guerreros en tierra, los
teme. Incluso siendo él quien defiende en batalla, le aterra el ejército de su
padre.
Él se permitió sonreír.
—Hace bien.
Sin embargo, Kabuto no sonrió. Agachó los ojos.
—Pero hay algo que sí ha hecho.
Sasuke lo miró.
—¿Qué ha pasado?
El médico apretó la mandíbula.
—Ha enviado a sus hombres coger todo lo que queda de
nuestras cosechas y animales de ganado. Se lo está llevando a la capital a la
fuerza.
Sasuke frunció el ceño.
—¿Por qué?
Él tragó saliva.
—Va a incendiar los cultivos y las tierras de ganado y
pastoreo.
Al escuchar eso, se estremeció.
—No tiene sentido. Eso lo perjudicará a largo plazo,
no puede ser tan estúpido.
—Procura que vuestros ejércitos no tengan nada de
sustento.
—Pero, tras tomar el puerto, las tierras de la costa
son nuestras, quedan cosechas y ganado allí —replicó Sasuke, intentando
encontrar sentido a esa situación—. Pueden traer comida desde allí.
Kabuto lo miró con tristeza.
—¿Y qué harán el creador y vuestro padre cuando vean
toda la gente que huye hacia la costa tras perder sus tierras?
Él se congeló al comprenderlo. Ninguno de los dos
permitiría que esa pobre gente se quedara sin comida. Eso significaba reducir
las raciones, significaba que habría menos alimento para todo el mundo.
—Joder. ¿Quiere una batalla de desgaste?
El otro hombre frunció el ceño.
—No. Quiere una victoria fácil usándolo a usted para
conseguir al creador. —Echó un vistazo por encima de su hombro para asegurarse
de que no los escuchaban y después se agarró el mentón con los dedos índice y
pulgar—. Sin embargo, creo que empieza a tener dudas. Perder el puerto ha sido
un gran golpe, esperaba poder venceros en el agua. Saber que el ejército del
Hielo marcha sobre su tierra y el hecho de que no haya noticias del creador lo
está poniendo nervioso. Creo que quiere tener un plan de apoyo en el caso de
que no pueda utilizarlo.
Sasuke hizo una mueca. Era consciente de que, en toda
guerra, había daños colaterales. Siempre. Era algo inevitable, no se podía
hacer nada, tan solo lo posible para proteger a tus súbditos tan bien como
pudieras.
Al menos, en el caso del Reino del Hielo, y en el del
Fuego.
Pero, ¿en el de la Hierba?
Orochimaru parecía dispuesto a sacrificarlos a todos
sin importar el coste. Parecía haber olvidado quiénes trabajaban la tierra,
quiénes cuidaban de los animales, quiénes comerciaban y quiénes, desde el
peldaño más bajo, mantenían el equilibrio y hacían funcionar el reino.
Los nobles de su reino podían tener tantas tierras
como pudieran comprar, pero no el tiempo para trabajarlas y, mucho menos, el
número necesario para mantenerlas vivas. Sobre todo, en un territorio tan
fértil, donde su economía se sustentaba en la agricultura. ¿Qué haría si ganaba
aquella guerra? Si incendiaba sus campos y mataba a su gente de hambre,
¿quiénes trabajarían? Naruto podía ser muy poderoso y sabía que era capaz de
fertilizar las islas de su reino, pero una cosa era ayudar a su desarrollo y,
otra muy distinta, revitalizarlas tras destruirlas. Tal vez fuera capaz de
hacerlo, pero, si él fuera Orochimaru, no se arriesgaría a confiar tanto en el
poder de un creador, sobre todo si sus conocimientos estaban incompletos.
¿Tanto lo habría convencido Mizuki de su fuerza? ¿O habían bastado las
historias de los Tiranos para que se convenciera de que un creador era la
respuesta a todos sus deseos? Que, sin importar los sacrificios que hiciera, ¿Naruto
podría compensarlos una vez ganara aquella guerra? ¿Se trataría de eso?
Miró a Kabuto, que seguía pensativo mientras examinaba
su torso, presionando su estómago.
—¿Qué va a hacer tu pueblo?
Este arrugó la nariz y apretó los labios.
—Lo único que pueden hacer por ahora. Huir.
—¿Estáis bien, mi señor? —le preguntó Korin al mismo
tiempo que le tocaba la pierna para llamar su atención.
Naruto, a su espalda, tosió y se frotó otra vez los
ojos llorosos.
—No es nada —dijo con la voz rasgada—. Mi olfato es
más sensible. Se me pasará en algún momento.
O eso esperaba. Pese a que era mediodía, el cielo
estaba cubierto por horrendas nubes de humo y ceniza, restos de los incendios
de los que fueron advertidos el día anterior. No llevaban más de ocho horas de
marcha cuando empezaron a ver montones de campesinos caminando en dirección al
puerto. Muchos estaban sucios y muy pocos habían logrado huir de la crueldad de
Orochimaru con un carro. Algunos habían conseguido salvar uno o dos animales:
un burro, un par de ovejas, tres cabras, una cerda y sus crías… Hasta vio a
niños llevando gallinas en brazos.
Los heridos, en cambio, eran difíciles de contar.
Quemaduras, tos y problemas respiratorios había sido lo que más abundaba entre
los campesinos, pero también golpes sangrantes en la cabeza o la cara, incluso
en las costillas, y magulladuras en los brazos. Unos pocos habían tratado de
defender sus tierras de los soldados de Orochimaru, en vano.
Tantos otros que les habían hecho frente, o
simplemente no habían logrado escapar a tiempo, yacían ahora junto a las
cenizas de lo que había sido su hogar.
Ese segundo día de marcha, fue cuando Naruto avistó
los primeros pueblos. Ennegrecidos y aún humeantes, era como ver una zona
colindante a un volcán activo. Aún quedaban casas en pie, pero incluso en la
distancia era evidente que una pequeña brisa acabaría por tirarlas tarde o
temprano. Gris y negro empezaron a predominar en el paisaje y a entremezclarse
con el desagradable olor a quemado y putrefacción.
Porque, sí, quedaban los cadáveres.
Las pocas personas que se quedaron en los pueblos y
sobrevivieron, gente mayor que decidió quedarse para darle tiempo a sus
familias de huir o que ya las habían perdido, se habían dedicado a cavar tumbas
en condiciones y a enterrar a las víctimas.
La primera vez que Naruto había visto un pueblo en
esas condiciones, había saltado del caballo de Korin y había corrido junto a
médicos del Hielo y el Fuego, soldados y rebeldes a echar una mano en lo que
pudieran, pero no quedaba nada. Nada que salvar.
Muchas personas mayores se negaron a ir hacia el
puerto. Aquellos que aún tenían familia sí fueron a buscarlos, pero los demás
dijeron que no podían irse hasta haber enterrado a los demás.
Naruto no podía detener la marcha durante mucho
tiempo, así que, a su pesar, aun sabiendo que nada más podía hacer por aquellos
pueblos, siguió su camino, encontrando a su paso la misma situación una y otra
vez, sintiéndose descorazonado ante lo que Orochimaru había hecho.
Para él, carecía de sentido. Fugaku le había explicado
sus posibles intenciones, pero, incluso así, él también estaba inquieto y
admitía que era un sacrificio muy grande y que, a la larga, perjudicaría a su
reino.
Sin embargo, los más afectados por esa pérdida fueron
Kaiza y sus hombres.
Ellos tampoco pensaron que Orochimaru sería capaz de
llegar a tales extremos. Despreciaba a su pueblo y lo miraba por encima del
hombro, creyéndose superior a ellos, pero, aun así, trabajar los campos era
para los pueblerinos, ensuciarse las manos de tierra y ocuparse de animales
babosos era cosa de gente de baja alcurnia.
Los nobles jamás harían esas tareas, y, sin embargo,
no había dudado en calcinarlo todo. En condenar a su gente a la muerte.
Por el camino, los rebeldes se habían encontrado con
muchos amigos y conocidos, la gran mayoría heridos por haber intentado proteger
su tierra, pero, otros, ya no volverían. Se enteraron de muertes de aliados,
amistades e incluso parientes, supieron que sus hogares habían sido destruidos
y los campos que habían trabajado con tanto mimo, aunque sus cosechas les
estuvieran casi prohibidas, eran ahora pasto del fuego.
Fue un duro golpe, en especial para Kaiza, que empezó
a preguntarse si acaso había hecho bien en rebelarse. Era consciente de que, de
no haber hecho nada, de seguir como hasta ahora, su pueblo moriría lentamente mientras
los nobles se beneficiaban y abusaban de ellos, pero tampoco había querido que
pasara aquello. Tanta destrucción y muerte.
Sí, sabía que muchos morirían si luchaban contra
Orochimaru, pero no había esperado que fuera así, a tan alto precio.
Su despreciable rey no solo les había robado a sus
mujeres y la comida, ahora ni siquiera tenían un hogar al que volver.
En eso pensaba mientras contemplaba desolado el pueblo
donde había muerto uno de sus mejores amigos y su segundo al mando. Los dos
juntos habían planeado la rebelión y alimentado el deseo entre los suyos de
librarse de Orochimaru y su nobleza para tener una vida más digna. Habían
reunido hombres y mujeres que les dieran información, gente que quisiera luchar
hasta el final a su lado, a Kabuto, que les había ayudado a mover todos los
hilos.
Ahora, yacía muerto en el suelo con una soga al
cuello. Por lo que le había dicho uno de los aldeanos que se había quedado para
cuidar de los muertos, él y otros hombres habían intentado hacer frente a los
soldados, pero fueron fácilmente derrotados. Estos, sin quedar satisfechos,
colgaron a los rebeldes en los árboles muertos de la zona como un recordatorio
de lo que harían con gente como ellos.
Kaiza apretó los puños y contuvo las ganas de llorar.
¿Se había equivocado al elegir luchar? Siempre había pensado que no merecía la
pena vivir bajo la sombra cruel de Orochimaru y que al menos había algo de
valor en morir intentando derrocarlo, al menos, para su descendencia.
Pero, ahora, incluso aunque vencieran con la ayuda de
los reinos del Fuego y el Hielo, ¿qué les quedaría después?
—Piensas demasiado.
Kaiza frunció el ceño al escuchar una voz grave y con
un fuerte acento. Al girarse, vio al líder de los salvajes tras él, montado en
un espectacular corcel negro.
Dio un paso atrás por instinto.
—¿Qué?
El salvaje lo miró desde arriba sin inmutarse antes de
desviar los ojos hacia el pueblo.
—Solo son casas. Edificios. Se pueden hacer nuevos
—dicho esto, miró hacia abajo—. Incluso la tierra volverá a dar fruto con el
tiempo. —Alzó la vista hacia él de nuevo—. Un pueblo no son casas ni campos, es
su gente. Mientras viváis, podréis reconstruirlo todo. —Movió las riendas del
caballo y siguió caminando, esta vez, mirando al frente—. No dejes que estas
muertes sean en vano.
Kaiza lo vio remprender la marcha un tanto asombrado.
Hasta ahora, no había escuchado a ningún salvaje hablando su lengua, y, de
hecho, había estado convencido de que eran incapaces de aprenderla.
Pero más lo sorprendía sus palabras de consuelo. Creía
que esa gente odiaba a la suya, pero, pensándolo bien, no habían hecho otra
cosa que evitarlos. Sí los había visto juntarse con la gente del Fuego e incluso
del Hielo, pero de ellos se alejaban en cuanto se encontraban y no habían
causado ningún conflicto, salvo el de aquella noche, que, en realidad, fue
culpa de sus hombres.
No es que hubiera dudado de las palabras del creador,
de todo lo que le contó sobre ellos, pero, aun así, no era tan fácil desterrar
tanto rencor. Aunque había estado dispuesto a tolerarlos para ganar una alianza
con los reinos del Fuego y el Hielo, no había olvidado todo lo que causaron.
Y todo lo que perdieron bajo sus aceros.
Sin embargo, ahora, contemplando sus pueblos
desolados, el rencor empezó a diluirse.
Porque pudo ver lo que tuvo que ser para ellos. Si sus
antepasados los expulsaron a la fuerza de aquellas llanuras, también tuvieron
que vivir aquello: sus pueblos reducidos a ceniza, sus tierras tomadas por el
enemigo, su gente asesinada.
Ellos no tuvieron ninguna ayuda. Huyeron y se
escondieron durante mucho tiempo.
Pero su pueblo aún tenía una oportunidad. Fuego y
Hielo se habían unido contra Orochimaru y, hasta ahora, iban ganando.
Sintió que su decisión se reafirmaba. Era cierto,
habían perdido muchos pueblos y tierras, pero tampoco era la primera vez. La
aldea de Kabuto fue destruida por completo por los hombres de Orochimaru como
ejemplo. Otras también fueron destruidas antes.
Puede que nunca hubiera incendiado las tierras de
cosecha, o que hubiera sembrado tal rastro de destrucción a su paso, pero, ¿y
qué? ¿Qué sentido tenía echarse atrás ahora? ¿Para qué? ¿Esconderse en la costa
a la espera de que los dos reinos que les ofrecían ayuda ganaran la batalla? Y
si no lo hacían, ¿esperarían a que Orochimaru fuera clemente con ellos? ¿No
sufrirían represalias tan duras como lo que estaban viendo ahora? ¿Sería
incluso peor seguir viviendo después? ¿Orochimaru sería aún más duro y cruel?
Apretó los puños con fuerza.
No, no podía echarse atrás. El salvaje tenía razón.
Ahora que habían empezado, no podían darle la espalda a todos los que ya habían
muerto en esa rebelión. Sería un insulto y una cobardía.
Pasara lo que pasara, no había nada peor que lo que
Orochimaru había hecho hasta ahora, ni siquiera la muerte.
La aceptaría con gusto si con eso Inari y su
generación podían tener una vida digna y de la que estar feliz de vivirla.
Se limpió los ojos anegados de lágrimas con un gesto
brusco y dio media vuelta, jurándole a su amigo que iría a visitar su tumba en
cuanto ganaran aquella guerra.
Si esos salvajes habían sido capaces de perdurar a
pesar de todo, su pueblo no iba a ser menos.
Mientras la resolución de Kaiza se fortalecía, Naruto
había detenido a Korin para observar su interacción con Zabuza. Le había
preocupado un poco que el líder del Clan se acercara, había temido un
enfrentamiento a pesar de que Kaiza hubiera aceptado sus términos, pero no
había sido así.
De hecho, las cosas habían ido mejor de lo que
pensaba.
—¿Deseáis hablar con él, mi señor? —le preguntó Korin.
Naruto sacudió la cabeza.
—No. Creo que está todo claro —dicho esto, tosió y se
cubrió la boca y la nariz con un pañuelo, atándoselo a la nuca—. Salgamos de
aquí. Aún tenemos mucho camino por delante.
Korin obedeció y condujo el caballo de vuelta con el
grupo de soldados. Iban con los de menor rango y en la tercera sección,
manteniendo una distancia con Fugaku, que dirigía la marcha, pero tampoco
demasiada, para poder socorrer a la vanguardia de ser necesario, aunque dudaban
que Orochimaru tratara ninguna emboscada.
Sin embargo, aún podía haber enviado espías. Por eso
Naruto iba disfrazado como un soldado raso con Korin y se mantenían alejados de
los altos cargos de la vanguardia. Pese a que la mayoría de ciudadanos que
habían visto parecían conocer a uno u otro de los rebeldes, siempre podía haber
alguien que pasara desapercibido. Un espía oculto entre los campesinos.
El primer lugar en el que buscarían sería en la
vanguardia con Fugaku, el más protegido de todos, con sus hombres de confianza,
sus guerreros más hábiles. Si no, buscarían entre las tropas del Fuego, que se
habían quedado en la retaguardia con Gai y Lee para evitar que trataran de
acorralarlos con caballería. Una vez más, un ataque era improbable a campo
abierto, pero no querían bajar la guardia de todos modos, y menos aún después
de toda la destrucción que habían visto.
Tal vez Orochimaru no los atacara de frente, pero
quién sabe qué otro método sucio podía ocurrírsele.
Por eso, Naruto estaba siendo muy cuidadoso durante el
viaje. Siempre iba disfrazado como un soldado del Hielo y tan solo se quitaba
el yelmo cuando estaba metido en su tienda. Tampoco se había comunicado con Gai
o Fugaku durante esos dos días, sino que enviaba a Korin como informante, o Sai
o Lee acudían a él para darle nuevas instrucciones o noticias sobre lo que
ocurría en un lado u otro de la marcha.
Eso lo había estado irritando, pero sabía que era
crucial mantenerse oculto. En un día más, llegarían a la capital y, entonces,
él podría poner en marcha, por fin, su plan para sacar a Sasuke de la
fortaleza. Una vez hecho, tan solo quedaría el asedio.
Y, si lo lograban, habrían ganado. Aún tendría algunas
cosas de las que ocuparse, pero la parte difícil estaría hecha.
Solo tenía que aguantar un día más.
Con ese pensamiento en mente, Naruto se agarró a Korin
y trató de mantenerse sereno durante la marcha de la tarde. No se detuvieron
hasta que el sol estuvo a una escasa hora de hundirse en el horizonte, y, aun
así, se sentía hastiado y ansioso por descansar.
Allá adonde mirara, la destrucción de Orochimaru no
cesaba y supervivientes y cadáveres se amontonaban ante sus ojos. El saber que
no podía hacer nada por ellos, salvo indicarles que fueran en dirección al
puerto y ofrecerles sus médicos si necesitaban ayuda urgente, hacía arder la
rabia que llevaba conteniendo desde que vio en el fuego que Sasuke iba a caer
presa de Orochimaru.
Sin embargo, era capaz de esperar. Lo hizo cuando el
antiguo Consejo gobernaba por el bien de su gente y podía hacerlo ahora por
Sasuke.
El problema era que el humo y las cenizas lo estaban
molestando. Mucho.
Con su olfato, más agudo que el de los humanos, aunque
no tanto como el de los perros, el olor que impregnaba el aire lo estaba
afectando. Tenía los ojos llorosos y tosía cada dos por tres. Korin estuvo a
punto de detenerse por él, pero Naruto le pidió que siguiera adelante y que no
podían llamar mucho la atención. Tenía demasiado miedo de que un espía de
Orochimaru lo encontrara y todo su plan se fuera al traste solo por el maldito
humo.
Así que aguantó como pudo la picazón de la nariz,
bebiendo agua cada poco tiempo y lavándose la cara. No le sirvió de mucho, ya que
el camino por el que transitaban seguía repleto de pueblos y cosechas
calcinados.
—Aguante, mi señor —le dijo Korin—. Estamos a punto de
acampar. En la tienda, podrá descansar y llamaré al médico para que lo revise.
—Solo necesito algo para despejar un poco mi nariz. Al
menos, para poder dormir.
Ella asintió y fue a decirle algo cuando ambos
escucharon gritos de órdenes.
Naruto alzó la cabeza y aguzó el oído, atento y
buscando con los ojos la amenaza.
No esperaba lo que vio.
De repente, una inmensa columna de humo serpenteaba
furiosa tras unas colinas.
—No puede ser —murmuró.
—Ese Orochimaru sigue incendiando pueblos —gruñó
Korin, apretando las riendas de su caballo.
Él la miró.
—Pero esta zona ya debería estar destruida.
La guerrera sacudió la cabeza al mismo tiempo que su
tropa aceleraba el paso.
—No. Es mejor estrategia enviar a los soldados lo más
lejos posible primero. Así, privas al enemigo de alimento más pronto. Luego
tienes tiempo de incendiar el resto.
Naruto apretó los dientes. Veía la lógica, pero seguía
siendo despiadado.
—¿Qué deseáis hacer, mi señor?
Él lo meditó unos segundos. Quería abalanzarse sobre
esos soldados y acabar con ellos o hacerles huir, lo que fuera más rápido con
tal de salvar el mayor número de vidas posible.
Sin embargo, debía ser prudente. Debía ser más listo.
Adelantarse de repente podía llamar la atención. En esos momentos, ya habían
pasado de largo a todos los refugiados que huían hacia el puerto, por lo que no
debería haber espías que pudieran fijarse en él. Aun así, temía que los
soldados se fijaran en él si acudía junto a Fugaku, incluso estando disfrazado.
Además, podría haber espías camuflados siguiéndoles a una distancia
considerable para evitar ser detectados, pero si se acercaban durante la batalla,
cuando ellos solo estaban concentrados en el combate, podrían acercarse más a
observar.
Solo eran conjeturas y posibilidades, no había nada
seguro, pero no quería arriesgarse. No podía cometer un solo error, no ahora
que estaban tan cerca.
Apretó los puños y se aferró a Korin.
—Mantén la posición. Nuestra vanguardia es poderosa
con Fugaku al frente, seguro que puede ocuparse de esto sin mi intervención
Ella asintió con aprobación y mantuvo el ritmo.
—Aquí no puede usar su poder, mi señor. Las batallas
en los pueblos son caóticas y es fácil que el enemigo se disperse. No haga nada
que llame la atención.
—Lo sé —dijo antes de tocar la empuñadura de
Sharingan.
La sensación que le transmitió lo sorprendió. Estaba
expectante.
Korin notó la pequeña tensión de su cuerpo y se giró
para mirarlo por encima del hombro.
—¿Qué ocurre?
Naruto frunció el ceño.
—En ese pueblo pasa algo.
—¿El qué?
—… No estoy muy seguro —admitió.
Sus cavilaciones fueron interrumpidas por unos feroces
aullidos de guerra. Al alzar la vista, vio cómo los guerreros del Clan,
liderados por Zabuza, se abalanzaban como una manada de lobos contra el pueblo,
dispersándose en grupos para cubrir toda la zona.
—Maldición —soltó Korin.
Naruto también lo pensó, y no fue el único, ya que
Fugaku ladró órdenes a pleno pulmón y ordenó a las tropas que siguieran y
cubrieran a cada grupo.
Zabuza se había precipitado. Entendía sus motivos,
pero actuar por su cuenta era un error. Supuso que Fugaku había tenido
intención de rodear el pueblo para acorralar a los enemigos antes de lanzar el
ataque. Era cierto que unas pocas tropas de soldados no podrían con todo su
ejército, pero, aun así, las batallas dentro de las poblaciones siempre eran
caóticas y perfectas para tender emboscadas.
Sobre todo cuando el enemigo no conoce la zona.
Naruto se aferró a Korin cuando ella espoleó su
caballo para seguir a su guarnición y, cuando se adentraron en el pueblo, quiso
soltar una palabrota. Por mucho que Fye le hubiera enseñado sobre estrategia, y
a pesar de que sabía lo que iba a encontrar en el interior de la población, no
acababa de estar preparado del todo para lo que vio.
En el puerto, fue diferente. Fue un ataque muy
calculado y sus ciudadanos eran rebeldes que sabían que debían ocultarse antes
de la batalla naval. Por tanto, solo tuvo que hacer frente a su enemigo y estar
atento a los soldados del Hielo que lo acompañaron.
Aquí, no.
Aquí las llamas derribaban casas de la nada,
levantando nubes de polvo y humaredas grises resplandecientes de tonos
anaranjados que cegaban la vista. Los campesinos huían entre gritos y como
podían, corriendo, empujando o a rastras, salían de repente tras una esquina y
asustaban a los caballos y sus jinetes, que se veían obligados a detenerlos
antes de retomar la marcha de nuevo. El humo los ahogaba y el fuego los quemaba
si una llamarada estallaba de repente cerca de ellos.
El hecho de que sus sentidos estuvieran nublados lo
hizo todo un poco peor. Tenía la vista borrosa a causa de los ojos llorosos por
el humo, su olfato había sido anulado por completo y sus oídos apenas podían
captar nada concreto por encima de los aullidos de miedo y dolor de los
ciudadanos y los gritos de guerra y rabia de los soldados.
—Korin —le dijo a su protectora—, necesito que me
cubras.
Ella no apartó los ojos del frente. Sus labios no se
abrieron ni movió la barbilla para asentir. Pero su cuerpo se tensó. Lo notó a
través de su agarre, como si su armadura se ensanchara, igual que una loba que
eriza su pelaje para parecer más grande.
Y pese a que su rostro permanecía concentrado e
inmutable, a Naruto le pareció más feroz que nunca.
Entonces, de la nada, salió disparado por los aires.
Se le escapó un ladrido de dolor junto con el aire de
sus pulmones cuando se estampó contra la pared de una casa. Por suerte para él,
la madera aún aguantaba.
Al alzar la vista, Korin ya estaba en pie con la
espada en mano mientras que su caballo aún se estaba recuperando del golpe. La
vio saltar sobre él y lanzar una estocada contra un jinete de armadura
plateada, con el blasón del Reino de la Hierba en el pecho.
En cuanto captó lo que había ocurrido, se levantó de
un salto y echó un vistazo rápido a su alrededor.
Con los sentidos embotados, le fue más difícil moverse
con su fluidez habitual. Pero, aun así, todavía podía ver las formas borrosas
de sus enemigos.
Desenvainó a Sharingan con un silbido agudo y
desgarrador, que parecía restallar en el aire como un relámpago que atraviesa
la tierra. Se movió veloz contra la primera figura y se aseguró de lanzar un
ataque rápido y despiadado contra su pierna. Supo que acertó porque su
contrincante aulló y cayó al suelo.
Soltó una palabrota. En su estado, no podía atacar con
precisión, y eso era un problema.
Porque podía matar a alguien sin querer.
Pese a que los textos que él tenía de los creadores no
estaban completos, Kurogane se había ocupado de que tuviera muy claras las
normas acerca de cuándo podía matar de forma consciente y cuándo no.
Podía matar para proteger la vida de otra persona y
para defender su reino del enemigo. Esta última solo se podía aplicar cuando
estaba dentro del Reino del Fuego, no fuera, pero la primera regla sí podía
cumplirla en cualquier lugar.
No perdería su condición de creador por una muerte
inconsciente. Si pisaba un insecto de cuya presencia no se había percatado y lo
mataba, no habría consecuencias.
Le estaba permitido mutilar y torturar a sus enemigos,
pero siempre y cuando este tuviera garantías de salvar su vida. En otras
palabras, no podía arrancarle los brazos y las piernas y dejarlo abandonado en
un desierto para que muriera desangrado. Pero hacerlo en un entorno donde podía
obtener ayuda de sus aliados o salvarse por su cuenta, no tendría penalización.
Si moría porque se desangraba a pesar de todo, aunque su acción desencadenara
la pérdida de sangre, no se le consideraba responsable directo de su muerte.
Sin embargo, si a pesar de que, en un combate, quería
lanzar un ataque contra la pierna y le cortaba la garganta, provocando una
muerte inmediata, entonces sí perdería su condición de creador.
Por eso estaba procurando atacar a las extremidades,
pero era difícil. Los ojos le seguían llorando por culpa del humo y se había
quitado el pañuelo que cubría su nariz. Jadear con eso puesto no haría más que
quitarle el aire mientras se movía, pero, al mismo tiempo, el humo había
inutilizado su nariz del todo.
Un sonido metálico cercano resonó en sus oídos por
encima del barullo de aullidos y gritos. Se giró al instante, de forma
instintiva, a tiempo de ver una forma borrosa, pero larga, abalanzándose sobre
él. Se cubrió con Sharingan a tiempo de que la espada no le rebanara la cabeza,
pero no estaba bien colocado y lo golpeó de todos modos en el yelmo, lanzándolo
contra el suelo.
Pese a todo, sus dedos se aferraron a Sharingan,
negándose a soltarla y perderla bajo ningún concepto.
Fue consciente en ese momento, tumbado de espaldas y
contra el suelo, de que habían caído en una emboscada. Escuchó a Korin llamándolo
y a los soldados de su guarnición luchando en algún lugar tras él, intentando
llegar a su posición casi con desesperación.
Había cuatro hombres rodeándolo. Era una de las tropas
de Orochimaru que estaban incendiando el pueblo.
Y, al mismo tiempo, se dio cuenta de algo más.
Sharingan vibraba expectante en su mano. Parecía que
iba a salir disparada en cualquier momento.
Fue como si cualquier ruido se amortiguara. Y puede
que fuera el golpe de la cabeza, pero tuvo la sensación de que todo se
ralentizaba.
Giró la cabeza hacia la derecha, en la dirección en la
que escuchaba esas pisadas. En realidad, eran silenciosas como las de un felino
al acecho y, sin embargo, en sus oídos, parecían resonar como las entrañas de
un volcán a punto de entrar en erupción.
De entre las casas en llamas, de entre el humo y la
ceniza, apareció un chico.
Un chico vestido con prendas verdes ennegrecidas por
el humo, pero verdes, al fin y al cabo. No sería más mayor que él, tal vez dos
o tres años más joven. La ceniza de su tierra destruida cubría su piel trigueña
y su rostro surcado de lágrimas, y su pelo parecía de un tono gris más claro
que el humo que cubría el cielo que lo había visto nacer.
Sin embargo, sus ojos esmeralda relampagueaban de ira.
Brillaban alimentados por la fuerza de un dios.
Entonces, gritó. Lo escuchó tan claro y tan alto en
sus oídos que se estremeció.
La tierra se sacudió de golpe y crujió bajo su cuerpo.
Los hombres se tambalearon a su alrededor, hasta Korin y los soldados del Hielo
tuvieron que hincar la rodilla en el suelo para mantener un mínimo equilibrio.
El chico alzó las manos y Naruto, por puro instinto,
se levantó de un salto y se alejó de los hombres de la Hierba. Hizo bien
porque, de la tierra, salieron con un estallido polvoriento raíces pálidas y
sucias, gruesas y finas, tiesas y rígidas como lanzas que, sin embargo, se
ondularon y movieron como serpientes al acecho contra los soldados,
agarrándolos por los brazos y las piernas y tirándolos al suelo, envolviendo su
cuello, haciendo que gritaran y patalearan desesperados antes de jadear con
fuerza o que unos horribles crujidos partieran el aire.
Korin corrió al lado de Naruto. Se había tambaleado al
aterrizar, ya que la tierra seguía temblando y rugiendo como un animal salvaje
embravecido, y ahora trataba de mantener el equilibrio sobre sus manos y
rodillas.
—¡Mi señor! —lo llamó cuando llegó junto a él—. ¿Está
bien?
Naruto iba a responder cuando sintió a Sharingan
tiritar en su mano.
Advertía peligro.
Segundos después, vio cómo en el suelo empezaban a
nacer pequeñas fisuras.
El pánico lo inundó.
—Korin, tú y los demás ocupaos del resto de los
soldados y alejaos de aquí hasta que terminen los temblores. —La miró con
seriedad—. Pase lo que pase, no os acerquéis a mí y al chico. ¿Entendido?
Ella frunció el ceño.
—Iré con usted.
—No a esto —dijo con firmeza. Korin, sin embargo, se
mantuvo fiera e impasible, devolviéndole la mirada sin vacilar. Naruto suavizó
su tono—. No quiero asustarlo y necesito estar totalmente centrado en él. Me
distraeré si tengo que protegerte. Por favor.
La mujer miró al chico un instante y bajó los ojos.
—¿Estará bien?
—Solo si me concentro.
Ella dudó durante unos segundos, pero, finalmente,
asintió.
—Vaya con cuidado, y no olvide lo que me prometió.
Naruto le devolvió el gesto, solemne.
—No lo olvido.
Nada más escuchar esas palabras, se levantó como pudo
y fue a ayudar al resto de sus compañeros.
Naruto, en cambio, guardó a Sharingan en el cinto y
clavó sus ojos en el chico.
Jadeaba mientras contemplaba los cuerpos inertes de
los soldados de la Hierba. Sin embargo, la rabia no abandonaba sus rasgos, ni
el fulgor esmeralda de sus ojos.
Se acercó con cuidado, pero sin pausa. No quería
asustarlo, pero, al mismo tiempo, debía actuar rápido. Las fisuras en la tierra
se estaban multiplicando.
El chico lo vio y se tensó de inmediato. El suelo bajo
sus pies bramó y se sacudió con más fuerza. Naruto tuvo que apoyarse sobre una
mano para mantener el equilibrio.
—Aléjate —le exigió el chico, alzando las manos de
nuevo.
Él levantó las suyas en señal de rendición.
—No voy a hacerte daño.
—Vete de aquí —siseó el joven, ignorándolo.
Naruto detectó una nueva vibración en el suelo. Fue
leve, pero la sintió.
Mantuvo las rodillas flexionadas y siguió avanzando
paso a paso. Necesitaba estar más cerca.
—Tranquilo. No soy tu enemigo —dijo con suavidad, pese
a que Sharingan tiritaba dentro de su vaina. No era una buena señal.
El chico se tensó y le lanzó una mirada asesina.
—¡He dicho que te vayas! —gritó.
Naruto escuchó un fuerte crujido a su derecha.
Mierda.
—Tienes que calmarte, hijo de la tierra.
Él parpadeó y sus facciones se ablandaron ligeramente
por la confusión.
—¿Qué?
Naruto dio un par de pasos más mientras respondía:
—Debes tranquilizarte o no podrás controlarlo.
Respira, cálmate.
Ante sus palabras, el chico retrocedió un paso y bajó
los brazos. Maldijo en su cabeza porque volvía a poner distancia entre ellos,
pero le alivió un poco haber llamado su atención lo suficiente como para que la
tierra empezara a relajarse.
Sin embargo, la mirada desconfiada de sus ojos verdes
le dijo que no podía bajar la guardia. Por eso, siguió avanzando, despacio.
—¿Quién eres? ¿Qué sabes de mí?
—Alguien que puede ayudarte.
El chico dio otro paso hacia atrás.
Joder.
—Déjame.
—No puedo.
Las sacudidas volvieron a cobrar fuerza. El chico
tensó los hombros y empezó a levantar los brazos.
—He dicho que te vayas.
Naruto dio otro paso, más largo que el anterior.
—Por favor, deja que te ayude antes de que hagas daño
a alguien.
Con la vista emborronada, a Naruto le costó ver el
rostro deformado por la ira del chico.
Pero Sharingan le advirtió. Pese a que no fue
desenvainada, la escuchó como el restallido del metal contra el metal, agudo,
frío y cortante.
Sin pensárselo dos veces, se puso a cuatro patas y
saltó antes de que la tierra se partiera bajo sus pies.
Maldijo en su fuero interno al ver que se quedaba
corto. Quería aterrizar sobre el chico, pero solo se detendría justo delante.
Sin embargo, fue suficiente. El joven no esperaba su
repentino y veloz ataque y, por un instante, no pudo reaccionar. Naruto, al ver
esa ventaja, aprovechó el impulso y la inercia de su salto para girar sobre sí
mismo al aterrizar, apoyándose sobre sus dos manos, para lanzar una patada
fuerte contra las piernas del chico.
Este cayó con un buen golpe, y, al segundo siguiente,
Naruto ya estaba sobre él.
Un único golpe bastó para que su vista se emborronara
y su conciencia cayera en la oscuridad.
Naruto se irguió sobre él con un suspiro aliviado. Los
temblores habían cesado. Era como si la tierra hubiera enmudecido.
—Lo siento —le dijo en voz baja—. Pero aún no estás
listo.
Se agachó y lo cargó sobre su espalda con cuidado.
Luego, se encaminó con cautela hacia la zona en la que estaba el resto de su
tropa, solo para descubrir que sus enemigos habían sido abatidos y que Korin
les estaba avisando de que iba en su busca.
—Estoy aquí —dijo en voz alta.
Ella se giró y relajó los hombros al verlo. En cuatro
largas zancadas ya estaba a su lado.
—¿Está herido?
Él sacudió la cabeza.
—¿Todo en orden?
—Sí, mi señor. Vamos a reagruparnos y a buscar al
resto.
Naruto asintió y le pidió a otra jinete, muy a su
pesar, que llevara al chico con ella en su caballo y se asegurara de que
siguiera inconsciente hasta que acamparan. No le gustó alejarse del muchacho,
pero los tres no podían ir en un mismo caballo y era peligroso quedarse quietos
en esa zona durante mucho tiempo. No quería caer en otra emboscada, no en su
estado.
—¿Cómo se encuentra? —le preguntó Korin mientras lo
ayudaba a montar.
Él volvió a cubrirse con el pañuelo.
—Tenso. Alerta.
—Eso es bueno.
Naruto hizo una mueca a la vez que retomaban la
marcha. Sus ojos iban de vez en cuando al chico.
—Es incómodo.
—La guerra está llena de situaciones así. No siempre
podrá disponer de todas sus armas o capacidades. La verdadera habilidad de un
soldado se muestra cuando, a pesar de sus debilidades, sobrevive a su enemigo.
Él la observó durante un largo rato en silencio,
pensativo.
—¿Cómo lo harías tú con los sentidos embotados?
Korin lo miró un momento por el rabillo del ojo.
—¿Es muy malo?
—Mi olfato es nulo y tengo la vista borrosa. Mi oído
se confunde con tantos gritos y aullidos —dicho esto, prestó atención a su
entorno y frunció el ceño—. Aunque parece que la cosa se está apaciguando. Ya
no hay tanto ruido.
—Nuestras tropas habrán acabado con el enemigo —dicho
esto, sintió cómo inspiraba hondo—. Respecto a su pregunta, recuerde, siempre,
que su prioridad debe ser esquivar, bloquear y defender. En una batalla es más
importante pensar en no resultar herido que en hacer daño a tu oponente. Hay
que mantener la cabeza fría. La rabia puede darte más fuerza, pero también te
hace más imprudente.
A Naruto se le escapó una media sonrisa.
—Kurogane decía algo parecido.
—Es un ser sabio —comentó Korin sin desviar la
atención de sus compañeros, guiando a su caballo tras ellos—. El hecho de estar
en desventaja también puede hacer que pierdas el control. Ante todo, debe ser
consciente de lo que puede y no puede hacer. Atacar a la desesperada suele ser
un error o un arma de doble filo. Rara vez, sale bien.
Naruto asintió, escuchando con atención.
—Primero ponerme a salvo. Luego, pensar. Atacar con
cabeza.
—Exacto.
Agachó los ojos con mala cara.
—Los Guardianes nunca se cansaban de repetírmelo. Y lo
entendía. —Miró a su alrededor. Pese a la vista borrosa, percibía la
destrucción que había por todas partes, las muertes, el dolor.
Apretó los puños con fuerza.
Kurogane y Fye lo habían entrenado desde que era niño.
Sabía que estaba preparado para esta guerra y ellos se lo confirmaron. Pero,
aún así…
—No sabía que sería tan difícil —terminó Korin por él.
Él se aferró a ella con más fuerza.
—No. Me duele por esta gente.
—Siente rabia y quiere hacer daño a sus enemigos.
—Sí.
Ella le tocó una pierna con suavidad.
—No olvide su objetivo.
Naruto sintió cómo se le encogía el corazón.
—Sasuke.
—No lo olvide nunca, mi señor. Cuando sienta que las
emociones van a dominarlo, recuerde por qué debe controlarse.
Igual que el hijo de la tierra.
Cuando se trataba de los creadores, la pérdida de
control podía desencadenar cosas horribles.
En su mente, brilló el recuerdo del barco en llamas en
el que murieron sus padres, pero lo hizo a un lado y pensó en Sasuke.
Debía sacarlo de allí. Para sacarlo, debía estar
concentrado. Debía ser fuerte, debía ser listo.
Solo un día más.
Por su cabeza, pasaron imágenes de Sasuke encerrado y
malherido en una celda.
Aguanta solo un día más.
Las llamas de los pueblos y campos ardiendo bailaron
ante sus ojos.
Aguanta.
Las lágrimas de Kaiza y su pueblo centellearon en su
mente.
Aguanta.
El aullido de dolor del chico resonó en sus oídos.
Aguanta, aguanta, aguanta…
—Mi señor.
La voz de Korin lo sobresaltó. Tenía una mano sobre la
suya.
—Respire, mi señor.
Naruto boqueó y su pecho tembló. No se había dado
cuenta de que se había quedado sin aire.
Trató de inspirar hondo, pero se trabó dos veces.
—Es normal, no se preocupe. Siga intentándolo —le dijo
mientras le frotaba el dorso de la mano.
La obedeció y no dejó de hacerlo mientras su grupo iba
en busca del resto de tropas. No tardaron mucho en encontrarse con más soldados
del Hielo, los cuales se inquietaron al ver su estado, pero Korin les indicó
con la cabeza que no ocurría nada y que no se mostraran excesivamente
preocupados. Podría haber espías ocultos y no debían delatar a Naruto bajo
ningún concepto.
Orochimaru no podía mover ficha antes que ellos.
Así, se unieron a ellos y siguieron buscando enemigos
o aliados entre las calles. Se toparon más tarde con parte de la gente de
Zabuza y les ofrecieron atención médica a los heridos.
También les ayudaron a cargar a sus dos muertos.
Para cuando llegaron a la plaza principal, Naruto
había recuperado la compostura, pero se sentía agotado y le dolía la cabeza.
Necesitaba descansar. Borrarlo todo de su cabeza
durante unas horas y empezar de nuevo. Debía concentrarse y no perder de vista
el objetivo, era lo único que debía tener en mente.
Ya lloraría las pérdidas más tarde. Ya se entregaría a
la rabia. Pero, lo primero, era ese momento, acabar de salvar lo que quedaba
del pueblo y sus habitantes y acampar.
Así que, cuando vio a Fugaku dando órdenes en la plaza
a los rebeldes y este clavó sus ojos en él, tan solo se quedó apoyado en Korin,
fingiendo ser uno más. El rey se demoró un segundo en él, como si se hubiera
dado cuenta de su estado, pero desvió la vista con rapidez sin dejar de
hablarles a sus hombres. Tuvo que admitir y admirar la forma en que Fugaku no
perdía los nervios en ningún momento y que priorizaba siempre lo más sensato.
Debería espabilar ya y aprender de él.
—El enemigo ha sido abatido. Sai —llamó a su sobrino,
que corrió con su caballo a su lado—, busca a Gai y pídele que sus tropas se
ocupen de apagar los fuegos y evacuar el pueblo. Dile también que nos envíe a
algunos de sus médicos. —Sai asintió y se marchó al galope. Fugaku siguió dando
órdenes, guiando a su caballo de un lado a otro—. Shisui, reúne a todos los
heridos, supervivientes y médicos bajo tu mando. Ocúpate de que sean atendidos
y monta un perímetro a su alrededor para su protección hasta que el campamento
esté listo. —El hombre obedeció sin demora y Fugaku espoleó a su caballo para
que fuera al trote—. ¡El resto, conmigo! ¡Queda una hora para que se ponga el
sol! ¡Quiero a todo el mundo montando tiendas y a los jinetes haciendo guardia
a su alrededor! ¡No quiero que se acerque ni una ardilla, no podemos bajar la
guardia ahora!
Los soldados aullaron una orden y todo el mundo se
puso en movimiento sin dilación. Los soldados del Hielo se organizaron en
cuestión de segundos, formando de forma impecable antes de dirigirse a sus
puestos. Shisui y su tropa, por otra parte, se dispersaron para reunir a todos
los heridos, con al menos dos médicos en cada grupo. Era curioso ver cómo los
feroces guerreros del Hielo podían volverse amables y compasivos de repente,
ayudando con amabilidad a los ciudadanos a levantarse o a cargarlos sobre sus hombros.
Kaiza le pidió a Fugaku que le permitiera a su gente
ayudar a Shisui y a los ciudadanos, y él lo consintió. Del mismo modo, también
dejó que el Clan se quedara, pues habían sido los primeros en entrar en el
pueblo y, en consecuencia, los que más pérdidas habían sufrido.
Prácticamente todos estaban en la plaza, donde habían
reunido los cuerpos de sus compañeros caídos. Lloraban junto a ellos,
murmurando palabras que solo Naruto pudo entender, haciendo que se le encogiera
el corazón.
Sabía por qué habían sido imprudentes. Sabía que el
honor los había empujado. Pero había sido un error precipitarse y ahí estaban
las consecuencias.
Por eso, él debía aprender. Y debía hacerlo rápido. En
un día más, iría a por Sasuke y estaría solo ante el peligro.
Si cometía errores, las consecuencias podrían ser como
la escena que tenía ante sus ojos.
—Vámonos, Korin —le pidió.
Ella movió las riendas y siguieron a su tropa en
dirección al campamento que montarían a pocos metros del pueblo, sobre una de
las colinas más altas para poder vigilar mejor los alrededores.
Sin embargo, antes de salir de la plaza, pasaron junto
a Kaiza, que se detuvo junto a ellos.
Miró a Naruto. Tenía los ojos como platos.
—¿Por qué han hecho eso?
Naruto no necesitaba más información. Sabía a lo que
se refería.
—Les hablé de vosotros.
—¿De nosotros?
Naruto cerró un momento los ojos con fuerza.
—De por qué no podíais defenderos. De por qué los
odiáis tanto. De lo que os ha hecho Orochimaru.
Kaiza frunció el ceño. Aun así, su expresión seguía
siendo incrédula.
—No lo entiendo.
Naruto suspiró, cansado y triste.
—Para el Clan, no hay honor en matar gente que no
puede defenderse. No se les pasó por la cabeza que vuestro rey permitiría que
quedarais indefensos. Es una mancha para ellos, una ofensa contra su dios.
Querían reparar un poco el daño que os han hecho —dicho esto, miró el pueblo a
su alrededor—. Ayudar a los vuestros, protegerlos de los hombres de Orochimaru,
les pareció un buen comienzo.
Kaiza apretó los labios, pero sus ojos eran
brillantes.
Miró al frente y, de repente, echó a correr hacia
Zabuza, que consolaba a una mujer que lloraba sobre el cuerpo de un hombre
joven, tal vez su hermano menor, tal vez, su hijo.
Naruto no lo detuvo, pero le pidió a Korin que no se
fueran todavía.
Cuando Kaiza estaba a punto de llegar hacia Zabuza,
redujo la marcha y se acercó despacio. La mujer se sobresaltó y tensó su
postura, pero el líder del Clan la instó a calmarse apretando sus hombros,
aunque sus ojos no perdieron de vista a Kaiza.
Este se agachó junto al cuerpo del hombre y, con
movimientos lentos, le cerró los párpados y murmuró una oración:
—Que la tierra te acoja.
Después de eso, procedió a retirarle despacio las dos
flechas que atravesaban su pecho mientras le pedía a sus hombres que le
trajeran paños y vendas, pues debían limpiarlo antes de enterrarlo.
Poco a poco, los rebeldes siguieron su ejemplo, sin
ser ajenos a lo que había acontecido ese día, un milagro de los dioses. Pues
los salvajes, sus viejos enemigos, habían sacrificado vidas para salvar y
proteger a su gente.
Korin le apretó la mano a Naruto.
—¿Lo ve, mi señor? Incluso bajo la ceniza, siguen
quedando brotes verdes. Por esto debemos luchar.
Por primera vez en dos angustiosos días, el creador
sonrió.
—Es verdad.

Maravilloso capitulo, ya lo había leído pero lo estoy retomando. Está historia es mi preferida, y eso que llevo como veinte años leyendo de esta pareja.
ResponderEliminarEn ese caso, ¡bienvenida de nuevo a la historia! :D
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