Un compañero a la altura
Las
artes marciales mixtas es un deporte de contacto, probablemente, uno de los que
más se parecían a una pelea de verdad. Podías herir a tu rival y, por supuesto,
él podía hacerte mucho daño a ti, así que, pese a que solía haber bastante
respeto entre los contrincantes, cierto grado de agresividad era inevitable.
Controlar esa agresividad era parte del entrenamiento y Katsuki lo tenía muy
dominado; mantener la cabeza fría aseguraba un gran control sobre ti mismo y
los movimientos de tu rival, la rabia y el miedo no harían otra cosa que nublar
la mente.
Y,
a pesar de saberlo, a pesar de ser partidario de un férreo autocontrol,
necesitó usar cada gota del que poseía para mantener a raya sus instintos
mientras conducía a Izuku rápidamente hacia la salida del club. Tener a su
compañero entrando en celo y asustado por estar rodeado de Alfas al acecho de
una pareja sexual era un cóctel muy peligroso para alguien como él, alguien que
sabía cómo dejar incapacitado a cualquiera que se atreviera a recibir un
puñetazo suyo.
Por
suerte, y por una bendita vez en su vida, su mala fama sirvió para algo bueno.
La mayoría que se cruzaba en su camino se apartaba de inmediato al detectarlo.
Su aroma mezclado al del Omega junto al olor a sexo que desprendían también
deberían ser suficientes para advertir que no tenía intención de entregarlo o
compartirlo. De ninguna jodida manera.
Sin
embargo, no fue suficiente. La hora de celebrar Año Nuevo se acercaba y la
multitud crecía. Justo cuando vio el amplio pasadizo que conducía a la entrada,
hasta los que más deseaban alejarse de él lo tuvieron difícil para dejarle vía
libre. Llegó un momento en el que se quedaron atascados. Izuku, pegado a su
espalda, se encogió, una defensa instintiva para hacerse más pequeño, como si
quisiera ocultarse de posibles Alfas pretendientes no deseados.
Katsuki
tiró de él hacia su pecho y lo rodeó con los brazos, tratando de darle un poco
de protección a pesar de que sus instintos exigían que le rugiera a todo el
mundo. En especial a un par de Alfas que estaban olfateando en su dirección.
Les
enseñó los colmillos a modo de advertencia. Los muy cabrones lo ignoraron y
clavaron sus pupilas desenfocadas en el bulto oscuro que era la cabeza de
Izuku.
Como
trataran de tocarlo, mandaría su perfecto autocontrol a la mierda.
—¿Qué
están haciendo? —rugió una voz autoritaria—. ¡El aforo está completo! ¡No se
puede pasar!
La
multitud empezó a deslizarse hacia la salida. La sensación de alivio que le
generó fue tan ligera como una pluma, no impidió que siguiera vigilando los
alrededores y a todos los Alfas, pero le dio un buen motivo para mantener el
control. Ya estaban cerca.
—Izuku,
prepárate para correr.
Su
Omega dejó de encogerse y asintió con decisión, pero con el rostro arrugado y
enrojecido por el esfuerzo. También estaba tratando de seguir lúcido, evitar
que el celo lo ahogara en sus instintos más básicos.
Le
dio un apretón en el hombro, animándolo a aguantar mientras él clavaba los ojos
en la salida. El movimiento los arrastraba hacia allí, pero no era tan rápido
como le gustaría. Izuku lo estaba haciendo muy bien y el aroma de su celo aún
no ahogaba las feromonas descontroladas de otros Alfas y Omegas, pero era
suficiente para llamar la atención. No había perdido de vista a los dos que aún
mantenían la mirada fija en su compañero y que, por suerte, tampoco podían
avanzar debido a la multitud. Algo a su favor, al menos.
Entonces,
Izuku siseó.
Katsuki
reaccionó al instante, giró con él para protegerlo con su cuerpo. Su vista
captó la situación antes de cometer alguna estupidez: un Alfa (uno de los más
enjutos que había visto entre los de su casta), vestido con chaqueta de cuero y
apestando a alcohol, tenía su zarpa levantada en su dirección y con los ojos
totalmente desenfocados. Seguro que había tocado a Izuku y este le había
siseado para advertirle. Él mismo le gruñó, enseñando los dientes, al mismo
tiempo que le apartaba la zarpa de un manotazo. No fue nada amable, deseando
que el dolor hiciera que despertara de su estado instintivo causado por el olor
del celo, pero lo dudaba mucho a juzgar por la peste a alcohol.
Y,
en efecto, su juicio estaba anulado por completo. Ese cabrón le rugió de vuelta
y se abalanzó sobre él.
—¡Todo
el mundo atrás! —gritó a la multitud.
Nadie
fue lo bastante rápido. Para cuando reaccionaron en serio, Katsuki ya estaba
golpeando al bastardo en el pecho con la palma de la mano. Podría haberlo
noqueado fácilmente con un puñetazo, pero no quería meterse en problemas con
Izuku en celo, su compañero no podría controlarse eternamente y de ninguna
jodida manera lo separarían de él, sabía que sus instintos lo dominarían si lo
intentaban.
Por
suerte, la gente por fin captó que había una pelea y corrió hacia la salida. Joder,
si se hubieran dado más prisa antes, no estaría ahora a punto de partirle la
cara a otro Alfa.
—Katsuki,
hay dos más —dijo Izuku con un jadeo. No olía su miedo, pero sí notó su
inquietud por la forma en la que apretó su chaqueta.
Los
dos de antes. Joder. No quería que su compañero peleara otra vez, no cuando
ahora era el claro objetivo de los tres y el celo amenazando con nublar su
mente; el vínculo impedía que se sintiera atraído por ellos, pero no evitaba el
calor ni los instintos. Izuku se resistiría, pero se cansaría mucho antes o se
volvería violento con tal de no sellar una unión con otro Alfa que no fuera él.
Ninguna de las dos opciones era viable.
Si
tenía que encargarse él de los tres, entonces tenía que dejar a Izuku a su
espalda y contra la pared para que solo pudieran atacarlo de fren…
Antes
de que la estrategia acabara de formarse en su mente, varios borrones oscuros
se interpusieron entre ellos y los Alfas. Eran tres seguratas y, de hecho, reconoció
al que había intentado defender a la amiga de Izuku. Parecía especialmente
motivado para pelear.
—Señor
Bakugo, márchese con su Omega tranquilo. Nosotros nos ocupamos —le dijo.
Katsuki
no lo pensó dos veces, cogió de la mano a Izuku y corrió con él hacia la salida
sin mirar atrás. A su espalda, captó los sonidos de una pelea, pero nunca
llegaron a acercarse; hizo una nota mental para agradecer el apoyo de la
seguridad del local.
Solo
cuando salieron a la calle y la vio prácticamente vacía, pudo sentirse un tanto
aliviado. Con el Año Nuevo a punto de empezar, el barrio estaba casi desierto
excepto por un par de parejas despistadas que también corrían hacia donde
quiera que fueran a celebrarlo, y, más importante todavía, no había tráfico.
Podría llevar sin problemas a Izuku a casa.
—Vamos,
Izuku, ya está hecho —lo animó, a pesar de que no le hacía falta.
Una
vez más, su Omega lo impresionó manteniendo el ritmo. Era cierto que iba un
poco por detrás de él, pero sabía que se debía a su celo y que su zancada más
larga le daba cierta ventaja; a saber cómo de rápido era en realidad, o la
resistencia que tendría. Se permitió sonreír al pensar que tendría tiempo para
averiguarlo una vez estuvieran apareados, y su gesto se ensanchó cuando
visualizó el parking en el que estaba su coche.
—¡Es
aquí!
Izuku
soltó un gemido bajo cuando se detuvieron en la plaza y Katsuki abrió el coche,
bajando de inmediato las ventanillas para que su olor, impregnado en su
interior, se difuminara todo lo posible. Los dos pasarían un mal rato ahí
dentro, pero no podían permitirse perder el control mientras conducía.
—Creo
que te será más fácil estar detrás —le dijo asomado desde el asiento del
conductor, lanzándole una mirada seria—. Mi olor no será tan fuerte, ¿estarás
bien?
Izuku
se alejó un poco e hizo un par de respiraciones profundas antes de devolverle
la mirada con la misma intensidad.
—Puedo
hacerlo.
Quiso
abrazarlo, pero sabía que solo le daría más problemas si lo tocaba ahora, así
que le abrió la puerta trasera.
—Eres
el Omega más duro que he conocido.
—Hazme
todos los cumplidos que quieras cuando estemos en tu casa —gimió mientras
subía.
Katsuki
sonrió, absteniéndose de decir en voz alta que no solo recibiría halagos.
Después de una noche peleando con un Alfa y manteniendo el control a pesar del
celo, merecía el mejor apareamiento del jodido mundo y tenía intención de
dárselo.
En
cuanto las puertas del coche se cerraron, Katsuki encendió el motor mientras
vigilaba por el retrovisor que su Omega se abrochaba el cinturón de seguridad y
estudiaba su rostro: estaba más enrojecido y jadeaba con suavidad, no sabía si
por la carrera o porque ya estaba al límite de su celo, pero intentó con todas
sus fuerzas no imaginar lo segundo. Su instinto ya estaba amenazando con salir,
exigiendo que se ocupara personalmente de asegurar su bienestar, sin embargo,
no podía tocarlo; Izuku estaba a salvo de otros Alfas, así que no tenía dudas
de que, si le ponía la mano encima, iría directo a aparearlo. Él no se
resistiría, al contrario, desencadenaría su celo al instante y no le importaría
siquiera que estuvieran en un parking de mierda con las ventanillas bajadas a
pesar de las bajas temperaturas, le rogaría que lo mordiera y, una vez lo
hiciera…
Soltó
un gruñido al mismo tiempo que apretaba el volante con fuerza y salía de la
plaza.
Concéntrate.
Si tu Omega ha podido soportarlo, tú también debes hacerlo.
—Katsuki,
¿tú también?
Hizo
respiraciones cortas por la boca, intentando aspirar lo menos posible el aroma
de su pareja. Con sus sentidos intensificándose, tratando de percibir a su
Omega, ni con la ventanilla abierta podía ignorar el olor de su celo, lo
llamaba y, joder, quería prestarle toda su atención.
—¿Katsuki?
El
ligero tono de preocupación fue suficiente para que se centrara en tranquilizar
a su compañero.
—Tranquilo,
puedo controlarme. En diez minutos estaremos en casa. —Un lugar seguro y
confortable para su Omega, solo se podía entrar por una puerta reforzada, era
espacioso y creía que tenía todo lo que pudiera necesitar. Se alegró de haber
hecho compra de sobra, durante sus períodos de celo en solitario solía entrenar
y comer más de lo habitual—. Es un ático.
—Me
gustan los sitios altos. —Izuku le sonrió, aunque tuvo la sensación de que
hablaba más para distraerse del celo que otra cosa.
Si
eso ayudaba, participaría.
—Es
de dos pisos y tiene gimnasio.
—¿Tienes
un gimnasio propio?
—Obviamente
—sonrió.
Izuku,
sin embargo, gimió y se acercó a la ventanilla, buscando aire. Se le caían los
párpados y su rostro seguía enrojecido a pesar del aire frío de finales de
diciembre, estaba al límite.
Katsuki
contuvo un gruñido y el instinto de detenerse para asegurarse de que estaba
bien. Todavía no, estaban cerca de su casa, allí podía ayudarlo y darle
cualquier tipo de cuidado que necesitara: comida, techo, comodidad, cama… Sí,
una cama que usarían mucho, aunque no se quejaría si Izuku volvía a rogarle que
lo hicieran en el baño.
Sacudió
la cabeza y apretó los dientes casi con la misma fuerza con la que estrangulaba
el volante. Diez minutos, solo diez minutos y estarían bien.
—¿Comes
de todo? —Su voz sonó más forzada de lo que quería, pero era todo lo que podía
hacer con el instinto a flor de piel.
Izuku
soltó una risita.
—Solo
si es tuyo.
Katsuki
se sobresaltó, tanto porque no esperaba la respuesta como por la imagen que le
vino a la cabeza. Gruñó, pese a que sonrió ampliamente.
—No
digas eso a menos que sea cierto.
—Ponme
a prueba —ronroneó su Omega.
Sus
feromonas sexuales mezcladas con el celo le hicieron cosquillas en la nariz.
Cómo no había reventado ya el volante, él también se lo preguntaba, su
compañero sin marcar era todo un peligro en ese estado. Si lo provocaba un poco
más… Joder, su instinto se debatía entre parar el coche y comprobar si era
capaz de chupársela ahí mismo y la necesidad de llevarlo a la seguridad de su
casa, lejos de otros Alfas que no podrían resistirse a esa pequeña cosita caliente
y ansiosa.
Pensar
en otros Alfas amenazando su unión fue efectivo, siguió conduciendo. Nueve
minutos, Katsuki, nueve minutos que serían eternos, pero valdrían la pena.
—Sabes
que no te preguntaba eso, ¿verdad?
Izuku
ronroneó de nuevo:
—Tú
preguntaste de todos modos.
Tuvo
que sonreír otra vez. Así que el celo lo volvía juguetón.
—De
acuerdo, ha sido una mala elección de palabras, pero estaría bien saber si debo
tener cuidado cuando vaya a cocinar.
Su
Omega soltó un adorable gruñido, casi indignado porque no siguiera coqueteando
con él. Definitivamente, ya estaba afectado, aunque todavía tenía el control
suficiente para no deslizarse en el asiento del copiloto para convencerlo de
que le diera de comer ciertas partes de su cuerpo. Su sonrisa se ensanchó un
poco más, pese a que tuvo que contener el impulso de acelerar para llegar más
rápido a casa. Solo ocho minutos y medio más.
—Puedo
comer de todo —dijo finalmente Izuku con cierta resignación que no hizo más que
divertirlo.
—¿Tu
plato favorito?
—Katsudon.
—Te
prepararé uno mañana. Soy muy competente en la cocina.
—Campeón
de MMA, salvador de Omegas y buen cocinero… —soltó una risita—. Me ha tocado la
lotería.
—Bueno,
soy rico también.
Su
compañero soltó un gemido, pero no tuvo nada que ver con el celo. Le echó un
vistazo rápido por el retrovisor y vio que se había recostado en el
reposacabezas con los ojos fuertemente cerrados y los dedos apretando la nariz
mientras respiraba por la boca. Parecía un desesperado intento de que su aroma
no le llegara.
—Eso
me recuerda que no puedes darme una tarjeta de crédito. Soy peligroso para tu
cuenta bancaria.
Katsuki
casi se rio, tan divertido que, por un segundo, se olvidó del celo. No era un
Alfa con gustos excesivos, solo gastó un buen dinero en su ático porque quería
una casa a su gusto y había ahorrado lo que necesitaba para abrir su propio
gimnasio cuando se retirara de la competición. El resto, como su coche o su
moto, estaban pagados, y sus hobbies no requerían un flujo astronómico ni
constante de pagos, así que tenía más dinero del que iba a gastar en su vida.
—Por
suerte para ti, puedo permitirme algunos lujos. —Tenía curiosidad, ¿realmente
podía pedir algo que pusiera en peligro su cuenta? —. Ponme a prueba.
—Soy
muy fan de All Might —admitió para su sorpresa—, por eso escogí MMA para
ponerme en forma y compro sus productos cuando puedo.
Ja,
qué coincidencia.
—Yo
empecé a entrenar tras ver uno de sus combates —sonrió Katsuki, divertido—. Te
va a encantar una de las habitaciones de mi casa.
Al
echar otro vistazo por el retrovisor, se dio cuenta de que Izuku tenía los ojos
muy abiertos y también parecía haber olvidado su celo por completo.
—Quiero
la lista de las cosas que tienes, ahora.
Lo
tengo, pensó Katsuki, sabiendo que con eso podría distraer de sobra a su Omega
durante los ocho minutos que quedaban.
Condujo
un poco más rápido en algunos tramos aprovechando que no había tráfico para
llegar lo antes posible mientras maravillaba a su Omega con su colección…
Bueno, la de los dos a partir de ahora, su compañero parecía de los que
acaparaban las cosas que le gustaban. En ese aspecto, eran iguales, así que no
le importaba, tan solo tenía que asegurarse de convertirse en su juguete
favorito.
Al
girar una esquina y entrar en una gran avenida, vio por fin su edificio y una
punzada de alivio le ayudó a aflojar las manos sobre el volante.
—Mira,
Izuku, estamos en casa —dijo señalándolo.
Su
Omega se pegó a la ventanilla con los ojos brillantes.
—Es
bonito.
En
esa época del año, la finca ovalada estaba iluminada con luces de neón azules,
rojas y violáceas, dándole un aire aún más tecnológico y futurista, pese a que
la idea inicial era que recordara a un árbol de navidad. A él nunca le había
importado demasiado la decoración siempre y cuando no molestara a su casa y se
mantuviera limpia la fachada, pero se sintió mejor al saber que a su pareja le
gustaba. Quería que se sintiera a gusto en su hogar, aunque todavía no había
visto el interior.
Ni
lo verá esta noche, pensó convencido de que, nada más entrar, lo llevaría
directo a su habitación.
Volvió
a apretar el volante rechinando los dientes. Su temperatura había aumentado
junto a su ritmo cardíaco. Casi podía paladear el celo de Izuku.
—Katsuki…
—gimió su compañero justo cuando entraba en el garaje.
Lo
miró por el espejo retrovisor y tardó poco en darse cuenta de sus pupilas
dilatadas, a pesar de la escasa luz. Sus dedos se aferraban con fuerza al borde
de los asientos, temblorosos.
No
podía más. Estaba a punto de perderse.
—Sé
bueno, mi Omega —gruñó profundizando la voz y dejando que sus feromonas de
dominio se extendieran. Su compañero se había controlado todo lo posible, ahora
tenía que cuidarlo y esa era la única manera en su estado. No serviría a largo
plazo teniendo en cuenta que Katsuki también estaba entrando en celo, pero no
necesitaba tanto tiempo, no ahora que estaban en casa.
Al
instante, Izuku ronroneó complacido y relajó su cuerpo, no sin emanar, ahora
sin contención alguna, sus feromonas sexuales. Katsuki necesitó cada gota de
autocontrol y un recordatorio de que en el garaje aún podía aparecer algún Alfa
para no parar el coche y lanzarse sobre su pareja, olía demasiado bien, un
afrutado dulzón y denso que lo llamaba, listo para el apareamiento. Joder, se
le estaba nublando la cabeza. Tenían que salir de allí ya.
Aparcó
en su plaza haciendo chirriar las ruedas y gruñendo en voz alta. El horrible
sonido lo puso en alerta y le dio un instante de lucidez.
Alfas,
Alfas acechando a mi Omega, mi compañero tiene que estar a salvo, se repitió
para mantener el control. Paró el coche al mismo tiempo que ordenaba:
—Sal.
Izuku
saltó fuera del coche. Su movimiento hizo reaccionar los instintos bajos de
Katsuki, que se movió a la misma velocidad para cazar a su Omega, aunque no fue
necesario. Una vez fuera, Izuku saltó a sus brazos y Katsuki lo atrapó al
vuelo, gruñendo satisfecho al sentir su cuerpo cálido apretando el suyo, su
aroma envolviéndolo.
Sin
embargo, cuando su pareja trató de besarlo, lo detuvo cogiéndolo por los
mechones de la nuca.
—Aquí
no, mi Omega. Estás expuesto —gruñó, llevándolo rápidamente al ascensor.
Izuku
gimió disgustado, pero se apretó contra su cuerpo y, cuando le soltó el pelo,
acurrucó la cabeza en su pecho, como si se estuviera encogiendo. De nuevo,
intentaba hacerse pequeño para no llamar la atención; después de todo, ni
siquiera en celo quería atraer a otros Alfas.
—Entonces,
vamos a casa…
No
había terminado de hablar cuando Katsuki lo metió en el ascensor y pulsó el
botón del último piso. Solo entonces, lo inmovilizó contra la pared y le
mordisqueó el cuello con los colmillos, comprobando si estaba preparado para su
unión. Izuku jadeó y se aferró a su cintura en un instante, buscando el máximo
contacto posible entre sus cuerpos mientras las feromonas sexuales de ambos
inundaban el espacio.
Estaba
sensible y dispuesto, su unión sería inmediata si él quería. Pese a que la
mente de Katsuki ya se difuminaba, hundiéndose en sus instintos primarios,
estos no eran incompatibles con su objetivo: darle a su compañero un buen
apareamiento. Su lado Alfa, por encima de cualquier otra cosa, quería cuidarlo
y protegerlo, lo cual seguía implicando un lugar seguro, por lo que su meta no
había cambiado.
Pero
eso no quería decir que no pudiera aliviarlo en el camino, no cuando estaban
solos. Así que bajó las manos hasta su trasero y lo masajeó a conciencia,
buscando la forma que más le gustara a Izuku, que gimió ansioso al mismo tiempo
que trataba de frotarse contra él.
Al
comprender su necesidad, Katsuki deslizó una de las manos a la parte delantera
de los pantalones y la abrió con facilidad, provocando que su Omega gimiera de
necesidad, seguido por un grito cuando rodeó su pequeño e hinchado miembro.
Estaba preparado, lo supo tras apretarlo un poco y acariciarlo, Izuku se
retorció y sus manos revolotearon sobre la cinturilla de sus pantalones.
—Quieto,
mi Omega —le gruñó con fuerza, exudando más feromonas de dominio.
Su
compañero gimoteó, pero apartó las manos y las dejó sobre su pecho.
—Aparéame.
—En
casa.
No
dejó que protestara, se apoderó de su boca y usó la lengua para tentarlo y
distraerlo al mismo tiempo que aceleraba las caricias sobre su miembro, firmes
y rápidas, buscando un orgasmo duro que aliviara su celo durante unos
instantes.
Izuku
jadeó contra sus labios, pero respondió al beso con avidez y acabó enredando
las manos en su pelo, como si necesitara que se acercara más. Katsuki no dudó,
aumentó el ritmo, sintió la tensión repentina de su cuerpo y, con más
brusquedad de la que pretendía, rompió el beso y lo mordió en el cuello, justo
en el punto en que debía marcarlo. Una oleada de profunda satisfacción le
estremeció la espalda mientras disfrutaba del tembloroso grito de su Omega.
En
cuanto notó que sus músculos se relajaban, le ajustó los pantalones y le lamió
el mordisco para aliviar cualquier dolor que pudiera provocarle. Lo más
probable era que el celo lo opacara por completo, pero quería asegurarse de que
no estuviera dolorido al día siguiente, sobre todo si iba a seguir mordiéndolo
esa noche.
Cuando
escuchó el timbre que anunciaba su llegada, le rodeó la cintura y lo apretó
contra sí. Izuku le rodeó con los brazos, ronroneando de gusto y frotando su
cabeza en su pecho, todavía buscando su atención.
Ahora
la tendría, por completo.
La
puerta de su casa estaba nada más salir del ascensor, así que fue cuestión de
segundos teclear el código y entrar por fin en un lugar seguro. Sin otros Alfas
que amenazaran a su pareja, problemas o distracciones. Por fin podría
vincularse con su compañero.
Compañero, la palabra
resonó en su cabeza con fuerza, haciéndole recordar lo imposible que le había
parecido aquello hacía unas horas. Y ahora tenía un Omega más que dispuesto a
aparearse con él, aun sabiendo quién era y la reputación que tenía.
—Alfa
—Izuku lo llamó deslizando las manos por su pecho, quitándole la chaqueta.
Katsuki
lo abrazó por la cintura y lo besó con urgencia. Un compañero, tenía uno, uno
de verdad, que no le tendría miedo ni lo miraría como si fuera un criminal,
alguien con quien compartir su vida, a quien cuidar y que lo cuidaría a su vez.
Lo
levantó en brazos sin dificultad, haciendo que Izuku jadeara por la sorpresa, y
lo llevó directo a su dormitorio. Quería marcarlo rápido, antes de que se le
escapara entre los dedos.
—Mi
Alfa —ronroneó su Omega besando su cuello.
Respondió
con un gruñido satisfecho, pero no detuvo la marcha hasta que estuvieron en su
habitación. Sin molestarse en cerrar la puerta, soltó a su compañero en la cama
con cuidado, pero dejando que rebotara un poco. Sonrió al escuchar su risita.
—Eres
juguetón —le dijo con los ojos brillantes.
Katsuki
encendió las luces tenues que tenía a ambos lados de la cama. Realmente no las
necesitaba, la ventana no tenía las cortinas echadas y había suficiente luz
como para saber adónde iba, pero su pareja no conocía el sitio y no quería que
se hiciera daño con nada.
—Solo
impaciente —replicó, aún sonriendo, mientras se desvestía.
Le
gustó la forma en que su Omega lo observó, el deseo reluciendo en sus ojos
verdes. Aun así, no tardó mucho en tirar de la cinturilla de su pantalón para
bajárselo.
—Yo
también.
Katsuki
permitió que lo desnudara de cintura para abajo mientras él acababa de quitarse
la camiseta interior. Nunca se había quitado la ropa tan rápido, ansioso como
estaba de marcar a Izuku, que, tras bajarle los pantalones hasta los talones,
se estaba demorando en acariciar sus piernas con un fuerte ronroneo, pese a que
toda su atención parecía puesta en su miembro. Ya estaba bastante duro sin
necesidad de que su Omega lo mirara como si quisiera comérselo, así que la
imagen de este calibrando cómo iba a meterlo en su boca hizo que le palpitara
de dolor.
Sus
instintos vacilaron; todo su cuerpo le urgía a unirse cuanto antes, pero su
lado Alfa quería que su compañero disfrutara, darle el placer que quisiera,
aunque eso implicara contenerse. La duda fue suficiente para que la neblina del
celo le permitiera pensar lo justo para decantarse por la segunda opción. Se
había prometido a sí mismo que le daría el mejor apareamiento del mundo, así
que esta vez le dejaría hacer lo que quisiera con él.
Satisfecho
con su decisión, se agachó con un movimiento veloz, dejando a Izuku
desorientado, y lo tumbó sobre la cama. Su Omega le frunció el ceño.
—Yo
quería lamerte.
Le
gruñó en respuesta al mismo tiempo que le abría la chaqueta para arrancarle la
camisa, haciendo saltar los botones y exponiendo su pecho. La idea de volverlo
loco apretando sus pezones fue tentadora, pero tenía una meta distinta, siempre
podría jugar con ellos más tarde.
—Te
dejaré hacerlo en cuanto estés desnudo.
Izuku
gimió, pero se dejó hacer sin quejarse ni una sola vez del sonido a desgarro
que hizo la parte delantera de su pantalón o la ropa interior, que acabó
destrozada por completo. Katsuki la lanzó toda al suelo y pasó las manos por la
piel desnuda de su Omega: los hombros, el pecho coronado por sus exigentes
pezones, el vientre tenso de expectación y los muslos carnosos, permitiéndose
una caricia a su erguido miembro que le hizo merecedor de un nuevo gemido que
parecía más una queja a su falta de atención que otra cosa.
Con
una sonrisa, se tumbó sobre él y lo giró de repente, dejando su cuerpo sobre el
suyo. Izuku levantó las cejas, sorprendido por un instante, y Katsuki le
sonrió.
—Soy
todo tuyo, haz lo que quieras conmigo, mi Omega.
El
deseo ardió en sus bonitos ojos verdes y lo besó. Su boca respondió a la suya
con la misma intensidad mientras las manos de ambos paseaban por el cuerpo del
otro, Katsuki sobre su espalda y su trasero, Izuku explorando sus musculosos
brazos.
No
tardó mucho en sentarse a horcajadas sobre él para acariciar su pecho. La
suavidad de sus manos hizo que lo hinchara como acto reflejo, disfrutando de la
forma en que su piel se calentaba ante su contacto, el cariño y deseo que
desprendía. Pasó los dedos por sus muslos, aferrándose a ellos y masajeándolos,
ascendiendo de vez en cuando, juguetón, hacia su miembro, dejando que el dorso
de su mano lo tocara de forma “accidental”.
Su
compañero se dio cuenta de su estrategia, por supuesto, y contratacó
pellizcando sus pezones. Katsuki soltó un breve rugido, pero contuvo la
necesidad de girarlo y empezar a embestirlo con fuerza; en vez de eso, deslizó
las manos por su trasero, sin detenerse demasiado, ascendiendo por la espalda y
los costados, disfrutando de la piel suave en contraste con sus fibrosos
músculos.
Amaba
su cuerpo, no podía importarle menos que no entrara en los estándares de
belleza de los Omegas, era pequeño, cierto, pero, aunque pudiera parecer
delgado con la ropa puesta, su desnudez revelaba extremidades delineadas, un
torso fuerte y abdominales ligeramente marcados cuando se tensaba. No era fácil
para los de su casta conseguir un cuerpo así, era de los que entrenaba duro,
sin duda. Y le encantaba, sabía que pasaría toda la noche admirándolo,
averiguando la forma en que reaccionaría cuando lo tocara y qué lugares eran lo
más adecuados para que le suplicara por más.
Aunque,
por ahora, era Izuku quien se estaba asegurando de esa parte. Sus dedos
trazaban líneas invisibles y ansiosas por su vientre que bajaban cada vez más y
más, dirigiéndose al único punto al que Katsuki quería que llegara. Cuando
rodeó su polla y lo acarició, tuvo que apartar las manos de él para clavarlas
en la cama, gruñendo con fuerza entre dientes, pese a que no pudo evitar alzar
las caderas en busca de un contacto más íntimo. Su Omega ronroneó a la vez que
reafirmaba su agarre, sin hacerle daño alguno, pero asegurándose de que estaban
piel contra piel para que lo sintiera absolutamente todo. Cuando empezó a mover
las manos arriba y abajo, tanteando, Katsuki gimió.
—Sí,
mi Omega, sí…
Izuku
ronroneó más fuerte y, de repente, su pulgar frotó la punta de su polla. Katsuki
hundió los dedos en la cama de golpe y con fuerza a la vez que soltaba un corto
rugido, seguido de un gemido cuando su compañero repitió el movimiento, una y
otra vez. Respondió moviendo las caderas arriba y abajo, animándolo a continuar
y cerrando los ojos, disfrutando de la placentera sensación, centrándose solo
en sus manos, en su piel suave sobre la suya y dejando que su aroma dulce
penetrara en su cabeza, sumiéndolo en un limbo donde únicamente existían ellos
dos y la expectación de su inminente unión.
Antes
de darse cuenta de lo que hacía, su garganta emitió sonidos que estaban entre
el ronroneo y los gruñidos mientras sus manos volvían a buscar su contacto. Las
deslizó por los muslos carnosos y y ascendió por la curva de sus nalgas,
apretándolas como si lo estuviera montando al mismo ritmo que marcaba su
compañero. Este lo recompensó con un jadeo seguido de un largo gemido ansioso,
necesitado.
—Alfa…
Por favor, márcame.
Esa
palabra fue suficiente para desatar su instinto.
Aferró
su trasero con fuerza para que no escapara mientras se sentaba de golpe. Su
Omega dio un respingo, pero Katsuki se apresuró a atrapar su cuello con los
dientes, sin llegar a morderlo, solo ejerciendo la justa presión para decirle
que estaba listo para hacerlo suyo.
Izuku
gimoteó y sus manos abandonaron su polla para rodear sus hombros. Se restregó
contra su cuerpo sin pudor, impregnándolo con su olor e intensificando sus
feromonas.
—Soy
tuyo, tómame. —La voz de Katsuki salió ronca y acompañada de un sonido vibrante
en el pecho. Sonó más animal de lo que a su lado racional le hubiera gustado,
pero su compañero no hizo ademán de alejarse ni un milímetro.
Al
contrario, se apretó más contra su cuerpo y se reposicionó sobre él. Katsuki le
mordisqueó el cuello cuando notó su entrada húmeda sobre su punta, necesitando
distraerse con algo para no ser él mismo quien lo girara en la cama y lo
poseyera como si fuera a perder esa oportunidad de algún modo. El hecho de que
su Omega gimiera de placer y ladeara la cabeza, exponiendo aún más su cuello
para ser marcado mientras descendía sobre él, buscando que lo llenara por
completo, ayudó a satisfacer sus instintos y permitió que fuera su pareja quien
llevara el ritmo de su unión.
Pensó
que se tomaría su tiempo por la lentitud con la que se deslizaba por su polla,
como si deseara sentir cada centímetro y atormentarlo con ello, pero no tardó
en tensar las nalgas y golpearlo con embestidas rápidas, avivando el fuego
entre ambos, provocando sus feromonas y la urgencia de vincularse. Para ese
momento, la habitación tenía un aroma tan denso que era lo único que llenaba la
cabeza y los sentidos de Katsuki mientras hundía los colmillos en la piel de su
Omega, perdiéndose en su piel y su sabor, exigiendo marcarlo, hacerlo suyo de
una vez por todas.
Izuku
gritó y apretó el trasero, atenazándolo… y mordiéndolo a su vez. La sensación
lanzó un relámpago que sacudió todo el cuerpo de Katsuki. En vez de rugir, como
habría hecho en cualquier otra ocasión, hundió aún más los colmillos en su
Omega y lo animó a moverse más rápido, ayudándolo con las manos. Su pareja
respondió con un gemido agudo, también clavando sus dientes, reclamándolo con
la misma ferocidad, y obedeció, sacudiendo sus caderas con desesperación hasta
que los cuerpos de ambos ardieron juntos con un estallido silencioso de placer.
Izuku
fue el primero en retirar los dientes para acurrucarse en el hueco de su cuello
con un ronroneo cariñoso. Al oírlo, Katsuki recuperó la lucidez y retiró los
suyos con mucho cuidado mientras le abrazaba la cintura con un brazo y le
acariciaba la espalda con la mano libre. Al mismo tiempo, lamió la herida con
insistencia, consciente de que le dolería al día siguiente. Lamentó haberse
perdido lo suficiente como para perder el control cuando lo marcaba, pero se
prometió compensarlo y tener más cuidado la próxima vez.
Ambos
estaban tan inmersos en su propia burbuja de embriaguez que el sonido los pilló
por sorpresa. Y las luces.
Se
giraron hacia los grandes ventanales que mostraban la ciudad, iluminada por
coloridos fuegos artificiales. Un nuevo año acababa de empezar.
Katsuki
contempló a Izuku, cómo los rojos, dorados y violetas se reflejaban en sus
grandes ojos con la ilusión de un niño.
Aún
le costaba creer que fuera suyo, que hubiera pasado de verdad.
Tenía
un compañero, un Omega, y no había huido de él. Era valiente, fuerte e
insoportablemente lindo. Se había preocupado por él y deseaba cuidarlo, sin
importarle que fuera un Alfa grande y duro, incluso violento según las malas
lenguas.
Izuku
lo miró entonces y todo lo que había estado pensando se confirmó cuando le
dedicó una radiante sonrisa.
—Feliz
año nuevo, mi Alfa.
Su
corazón tartamudeó dos latidos. Ahí estaba, su compañero ideal, el tipo de
Omega que había querido toda la vida aunque no lo supiera, y había dado con él.
Joder, era un bastardo con suerte.
Lo
abrazó con todo el cariño que era capaz de expresar y apoyó la frente en la
suya.
—Estoy
deseando pasarlo contigo, mi Omega.

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