Vientos helados
Suelto
un gruñido hastiado y me llevo una mano a la frente, masajeando mis sienes.
Acababa
de hablar con el encargado del Museo de Shaanxi y el muy presuntuoso me había
dicho que las obras que debían llegar aquí todavía estaban de exposición y que
tal vez alargaran un poco más su exhibición al público. Le había recordado que
eso incumplía nuestro contrato ya firmado y ese cretino arrogante me había
respondido que las acepciones del acuerdo permitían los retrasos en situaciones
como aquella.
Le
había pedido a Sakura que repasara el contrato, pero me temo que tiene razón.
Joder. ¿Y ahora qué hago? Ese contrato me ata a entregarles las obras acordadas
a pesar de su retraso.
El
sonido del móvil me sobresalta. Espero que se trate de Sakura para confirmar
mis temores, pero resulta que es la escuela. Frunzo el ceño mientras cojo la
llamada.
—¿Diga?
—Señor
Okami, necesito que venga a la escuela de inmediato. —Me cuesta un poco
reconocer la voz del director. Era más profunda y sonaba contenida.
Me
levanto de un salto de la silla, buscando mi abrigo.
—¿Qué
ha pasado? ¿Heiwa está bien?
—Se
encuentra bien, no se preocupe, pero hemos tenido un incidente.
—¿Incidente?
—Se
lo explicaré en la escuela.
—Voy
para allá —digo antes de colgar.
Me
pongo los zapatos a toda prisa y salgo corriendo de casa. Me alivia saber que
Heiwa está sano y salvo, pero había algo en el tono del director que me tiene
preocupado. Ha pasado algo malo. Estoy seguro.
Cuando
entro en el coche, conecto el móvil y llamo a Sakura.
—Hola,
Sasuke, aún no he terminado de…
—Necesito
un favor —digo con rapidez—. ¿Puedes cubrirme durante una hora?
Ella
se queda en silencio un segundo.
—¿Qué
ha pasado?
—Me
han llamado de la escuela. Ha pasado algo.
—Dios
mío, ¿Heiwa está bien?
—Me
han dicho que sí, pero me han pedido que vaya.
—Está
bien. No te preocupes por nada, yo me encargo de todo.
—Gracias,
Sakura.
—Llámame
cuando sepas algo, ¿de acuerdo?
—Lo
haré —prometo antes de colgar.
Voy
todo lo rápido que me permiten los límites de velocidad y los semáforos. Me habría
sentido tentado a pasármelos si no fuera porque sé que Heiwa está bien, aunque
el saber que hay algo malo en ese incidente me pone nervioso.
Aun
así, llego en un tiempo récord y aparco con facilidad. Voy a trote rápido hacia
la escuela, y, cuando veo al director en la puerta y su expresión grave, acelero
el paso.
—¡Director!
Él
alza la vista. Su rostro no se ablanda un ápice, aunque me parece ver cierto
alivio en sus ojos.
—Señor
Okami, entre.
Lo
sigo al interior de la escuela. Me doy cuenta de que cierra con llave la puerta
del jardín.
—Antes
que nada, necesito que mantenga la calma, señor Okami. Heiwa no está herido y
todo está en orden.
Lo
detengo antes de llegar a la puerta cogiéndolo por el brazo.
—¿Qué
ha pasado?
Él
se vuelve hacia mí y me mira con seriedad. Hay algo turbio en sus ojos.
—Un
hombre ha intentado llevarse a Heiwa.
Por
un instante, tengo la impresión de que me fallan las rodillas. No, no es solo
una sensación porque el director me agarra por los brazos de repente y me apoya
contra la pared.
—Por
eso quería que habláramos dentro. Vamos, venga.
—Heiwa…
—logro decir.
—Él
está bien, se lo he dicho. Se encuentra sano y salvo aquí, en la escuela.
De
algún modo, me arrastra hasta el interior y me lleva a su despacho. Una vez
estoy sentado, me mira con atención.
—¿Se
encuentra bien? ¿Quiere agua?
Sacudo
la cabeza.
—Solo
quiero ver a Heiwa. ¿De verdad está bien?
El
director frunce el ceño.
—Está
asustado, pero ileso. Hinata… La señorita Hyuga está ahora con él. Pero creo
que se sentirá mejor en su casa, por eso le he llamado.
Asiento
con rapidez.
—Claro.
Me lo llevaré ahora.
—Debe
serenarse primero —me aconseja. Abro la boca para replicar, pero él me
interrumpe—. Si lo ve alterado, se asustará todavía más y lo que necesita ahora
es sentirse protegido. ¿Lo entiende? —Cierro la boca al instante y él empieza a
pasearse por la estancia—. Ese tipo es listo —dice como si eso le molestara—,
quería hacer una visita a la escuela alegando que era para llevar a su nieto y
la señorita Hyuga le hizo la visita aprovechando que sus alumnos estaban
jugando en el patio. Él pidió ir al baño y ahí lo perdió de vista. Ya estaba
intentando llevarse a Heiwa para cuando nos dimos cuenta de que era una trampa.
Noto
cómo los músculos de mi rostro se tensan. Aprieto los puños con fuerza.
—¿Y
no había nadie vigilando a los niños? Con toda la charla que me dio, ¿va y los
dejan solos en el patio?
El
director me lanza una mirada extraña. No parece amenazante, pero tampoco es
agradable.
—Por
supuesto que no dejamos a los niños solos. Nuestro vigilante fue el que hizo
huir a ese hombre.
Relajo
un poco mi postura y me llevo una mano a la frente. Por supuesto, si Heiwa está
sano y salvo es gracias al personal de esta escuela.
—Le
pido disculpas, yo…
—Está
alterado —su voz se vuelve más suave de repente. Al alzar la vista, veo que
está frente a mí, apoyado contra el escritorio. Sus ojos son ahora más amables—.
No se preocupe, la señorita Hyuga y yo también estamos molestos por lo
ocurrido.
—Usted
parece más calmado que yo.
Él
suelta un suspiro.
—Práctica.
Cuando tratas con niños, necesitas proyectar una imagen tranquila y protectora,
ser alguien en quien ellos puedan confiar. Y paciencia. Montañas de paciencia.
Casi
habría sonreído de no ser por la situación.
—¿Qué
se hace en estos casos?
—Le
daremos una descripción del sujeto. Si desea denunciarlo, tanto yo como la
señorita Hyuga le ayudaremos en todo lo que podamos.
Asiento.
—De
acuerdo.
—Parece
más tranquilo —comenta, mirándome con atención.
Lo
miro y vuelvo a asentir.
—Solo
necesito ver que está bien.
El
director me observa un momento más antes de apartarse del escritorio.
—Voy
a buscarlo. Recuerde, no pierda los nervios. Lo que más necesita ahora es
seguridad.
—Estaré
bien —digo con seguridad, irguiéndome en el asiento.
En
cuanto el hombre sale del despacho, me dedico a respirar lentamente,
concentrado en exhalar e inhalar aire para calmarme todo lo que me fuera
posible.
Heiwa
está bien, sano y salvo. Asustado, como es normal, pero estará bien una vez vayamos
a casa. Hablaré con Sakura y le pediré que me cubra. No creo que la Junta tenga
problemas con eso, hasta me dijeron cuando volví que podía tomarme otro mes
para estar con Heiwa. Además, está casi todo listo para la exposición de
Navidad y no dudo de que mi amiga podrá ocuparse de todo por un día.
En
cuanto aclare eso, me quedaré junto a Heiwa. Hablaré con él sobre lo que ha
pasado y le aseguraré que no le pasará nada. No conmigo a su lado, y,
probablemente, no en esa escuela. Me da la impresión de que el director, por
sus experiencias en psicología, es lo bastante paranoico como para impedirlo.
Que hoy hubiera mantenido al pequeño a salvo me lo confirma.
El
sonido de la puerta hace que me levante de un salto. Al darme la vuelta, veo a
Heiwa con los ojos rojos.
—¡Tío
Sasuke! —me llama mientras corre hacia mí. Cuando se abraza a mis piernas, yo
le devuelvo el gesto de inmediato. Lo aparto solo para arrodillarme y poder
palparlo por todas partes.
—Heiwa,
¿estás bien? —Ya sé lo que me ha dicho el director, pero necesito estar seguro.
Heiwa
asiente mientras sorbe por la nariz.
—Sí.
Kurama me protegió.
—¿Kurama?
—Nuestro
vigilante —responde el director.
Al
mirarlo, encuentro algo que no esperaba. Junto a él, hay un perro enorme,
gigante, el más grande que he visto en mi vida. A primera vista, parece un
akita inu, sobre todo por el color anaranjado, pero supe de inmediato que es
mestizo por su tamaño, pelaje más largo y los rasgos de su cabeza. Tiene las
orejas más grandes y el morro más alargado. Lo primero que me viene a la cabeza
es que está mezclado con una raza nórdica.
Desde
luego, es imponente y parece muy capaz de proteger a Heiwa. Aunque da un poco
de miedo.
Abrazo
al pequeño con más fuerza y luego me aparto un poco para mirarlo a la cara.
—Ya
ha pasado todo, ¿vale? Hoy te quedarás conmigo en casa.
Él
vuelve a sorber por la nariz. Creo que intenta contener el llanto.
—¿Qué
pasa con tu trabajo?
Pese
a que no siento ni una pizca de humor, esbozo una media sonrisa.
—Lo
bueno de ser el jefe es que puedo tomarme un día libre cuando quiero.
Heiwa
me devuelve la sonrisa y me abraza otra vez, sollozando un poco. Le acaricio la
cabeza.
—No
pasa nada. Te sentirás mejor en un rato.
—Me
asusté mucho —me dice llorando.
Lo
estrecho con más fuerza.
—Lo
sé.
—Me
dijo que éramos familia y que tenía que ir con él. —Al escuchar eso, el hielo
se abalanza sobre mí como una onda expansiva. Es tan fuerte que me deja
paralizado—. Cuando le dije que no, me agarró del brazo, pero Kurama lo mordió.
—¿Cómo
era? —pregunto a través de mis dientes apretados.
Heiwa
se aparta, se limpia los ojos y empieza a mover las manos para describirlo.
—Un
hombre algo mayor, un poco más alto que tú y con el pelo gris y largo hasta los
hombros.
—¿Estaba
en buena forma y vestía de traje? ¿Tenía los ojos oscuros?
Él
frunce el ceño, pero asiente.
—Sí.
¿Lo conoces?
Siento
la mirada del director clavada en mí. Tendré que contárselo.
Aun
así, me concentro primero en Heiwa.
—Eso
creo. Te enseñaré una foto para estar seguros cuando vayamos a casa, ¿de
acuerdo? —El pequeño asiente y yo dejo las manos sobre sus hombros—. Escucha,
voy a hacer una llamada rápida. Quédate con el… con Naruto y Kurama mientras
tanto. —Al ver cierto miedo en sus ojos, le acaricio la cabeza—. Será un
momento, lo prometo.
Heiwa
duda, pero el director se adelanta de inmediato, adoptando de repente una
sonrisa cálida dirigida al pequeño. Es increíble lo rápido que puede cambiar
sus expresiones.
—Ven,
Heiwa. ¿No quieres darle las gracias a Kurama por el trabajo que ha hecho hoy?
Mi
sobrino mira al perro y asiente al instante. Guau, se le dan bien los niños,
sin duda.
Le
dedico una breve mirada de agradecimiento y, no sé bien por qué, tal vez por
algún tipo de instinto paternal que está enterrado en lo más hondo de mí, lo
beso en la frente antes de salir del despacho y cerrar la puerta. Saco el móvil
con rapidez y tecleo de memoria el número que estoy buscando.
Me
responde casi de inmediato.
—¡Sasuke!
Qué sorpresa más agradable, ¿cómo…?
—Mamá
—la interrumpo, algo brusco. Sé que no está bien, pero necesito saberlo—, Heiwa
y yo estamos bien, lo estoy haciendo mejor que el pasado mes, pero no puedo
contarte nada ahora. Necesito que me digas si has visto a Fugaku hace poco.
Silencio.
Un silencio que me congela por dentro. Y, aun así, no tardo en arder. La ira se
interpone entre el hielo y yo. Ya no estoy seguro de cuál de los dos es peor.
—Eso
es un sí —gruño.
—¿Ha
ido a buscar a Heiwa? —me pregunta. Su tono parece reflejar mi propia rabia.
—Tengo
que confirmarlo, pero estoy seguro de que es él.
Ella
suelta una palabrota. Habría saltado de no ser por lo tenso que estoy.
—¿Cuándo
fue la última vez que lo viste?
—En
el funeral —responde, sorprendiéndome.
—¿Fue
al funeral? —pregunto muy despacio y reteniendo las ganas de lanzar el móvil
contra la pared. Ese cabrón. ¿Cómo se atrevió…?
—No
sabía que fuera a estar allí —dice mi madre, rebajando el tono—. Pensé que
había ido a hacer las paces con tu hermano, aunque fuera después de… —No
completa la frase, no hace falta. Su tono sonó roto, pero, de repente, la furia
hace que cobre fuerza otra vez—. Pero, por supuesto, no se trataba de eso.
¿Cómo pude ser tan tonta como para creer otra cosa? Vino a preguntarme por
Heiwa, quería que fuera a vivir con él.
Aprieto
la mandíbula con tanta fuerza que siento que estoy a punto de temblar.
—¿Por
qué no me dijiste nada? Me habría ocupado.
—Yo
estaba allí en ese momento, cariño, y podía ocuparme de él. Ya estabas pasando
por bastante como para añadir una pelea a puñetazos.
Tiene
razón. Es lo que habría pasado.
—¿No
has vuelto a verlo?
—No,
pero, hijo, no eres difícil de encontrar.
Lanzo
un gruñido.
—Ya
lo sé.
—¿Estaréis
bien? ¿Necesitas que vaya?
—Sí,
no te preocupes. Pásate el domingo, como lo hablamos la semana pasada. Si
necesito que sea antes, te avisaré.
—Está
bien. Cuídalo, Sasuke.
—Ni
lo dudes —digo antes de colgar.
Me
doy la vuelta para llevarme a Heiwa lo más rápido posible a casa, pero, de
repente, me topo con la figura del director. Hasta ahora me ha parecido un
hombre delgado, sin embargo, el jersey de color naranja chillón con una boca y
ojos negros de calabaza de Halloween parecen remarcar cada músculo, como si de
pronto se hubiese hecho más musculoso. Sus ojos también parecen cambiados,
menos brillantes, enturbiados por una emoción que hace que me estremezca. Es
curioso que alguien vestido de una forma tan extravagante pueda inspirar temor.
Su jersey de calabaza, que debería ser alegre, parece poseído por un espíritu
siniestro.
—¿Hay
algo que deba saber? —me pregunta, de nuevo con ese tono contenido.
Trago
saliva y aparto la vista.
—Lo
cierto es que sí.
—¿Se
trata de un familiar?
Alzo
la vista. Me sorprende que lo haya adivinado tan rápido.
—Su
abuelo.
—¿Es
peligroso para Heiwa? —Su jersey parece estar a punto de estallar por la
presión.
Oh,
mierda. Creo que sé lo que está pensando.
—No
le hará ningún daño.
De
repente, su cuerpo se desinfla, casi como un globo. Sigue habiendo cierta
tensión, pero ya no da la impresión de estar preparado para darle una paliza a
alguien. Sus ojos también se suavizan y me miran con menos intensidad. Alza una
ceja.
—¿Pero?
Ahora
es mi turno de apretar los puños.
—Hay
riesgo de que intente llevárselo. —Mi voz suena algo estrangulada. El miedo y
la rabia se baten en duelo dentro de mí.
El
director frunce el ceño.
—Usted
es el tutor de Heiwa a ojos de la ley, ¿no es así? Tiene papeles que lo
demuestran.
Asiento.
—Sí.
—Entonces,
no tiene de qué preocuparse. No podrá llevárselo.
Lo
miro con cara de pocos amigos.
—Es
un hombre muy inteligente.
Él
estrecha los ojos.
—¿Como
Heiwa y su hermano?
—Cosas
de familia.
—No
importa lo listo que sea, la ley es la ley y no puede romperla sin que las
autoridades salten. —Antes de que pueda replicar, él interviene de nuevo—. El
secuestro de un niño movilizaría a todo el mundo, no solo a la policía, también
a toda la población. Incluso con su inteligencia, le costará pasar
desapercibido o salir del país sin que alguien lo delate. Además —añade con una
extraña sonrisa que me produce escalofríos—, ahora que he sido advertido, no
volverá a jugármela.
Yo
dejo caer los hombros.
—Dudo
que vuelva a pasar por aquí después de lo de hoy. Si lo hace, actuará a través
de otro.
La
sonrisa del director se ensancha.
—Lo
sé. No se preocupe, tomaré las medidas necesarias —dicho esto, sus labios caen
hacia abajo y frunce el ceño—. A todo esto, ¿me permite un consejo?
Asiento
de inmediato.
—Por
favor.
Él
se toma un momento antes de decirme:
—Comprendo
que, siendo un familiar, no desee denunciarlo. —Hago una mueca al oír eso.
Tiene razón, no estoy seguro de querer hacerlo. No por aprecio, sino por evitar
una fea confrontación. La verdad es que no quiero a ese hombre cerca de mí o de
Heiwa bajo ninguna circunstancia—. Sin embargo, le recomiendo que, aun así,
vaya a las autoridades y explique su situación y su miedo a que pueda tratar de
llevarse a Heiwa. —Se lleva una mano al pecho—. Menciónenos tanto a mí como a
la señorita Hyuga para que puedan apuntarnos como testigos.
Ladeo
la cabeza.
—¿Por
qué hacer eso?
Él
me mira con seriedad.
—Para
que haya constancia de lo que ha ocurrido. Si en algún momento ese hombre
intenta ir a un tribunal de familia, este incidente será importante. Hágame
caso, hay personas que han perdido a sus hijos a manos de quien no deben por no
dejar este tipo de pruebas.
¿Tribunal
de familia? ¿Fugaku sería capaz de llegar a eso? ¿A pesar del testamento de mi
hermano? ¿A pesar de todo lo que nos hizo pasar de niños? ¿Se atrevería a
hacerle lo mismo a Heiwa?
…
Sí, lo haría. Siempre odió a mi hermano por marcharse en cuanto tuvo la mayoría
de edad. Le hizo perder una gran oportunidad. Seguro que había ido a por Heiwa
porque se había enterado de su potencial, si no, no veo qué interés podría
tener en criarlo.
Aprieto
los puños con fuerza y miro al director.
—Gracias.
Eso sí puedo hacerlo.
Él
se relaja del todo y me señala la puerta.
—Entonces,
volvamos con Heiwa.
—¿Se
ha quedado solo? —pregunto alarmado.
—No,
Kurama lo entretiene. —Iba a dar un paso en dirección al despacho, pero, de
repente, se detiene y me mira—. Por cierto, una fotografía de ese hombre nos
vendría muy bien a mí y a mi personal.
Me
llevo la mano al móvil, pero, al instante, recuerdo que no tengo ninguna foto
suya.
—No
tengo ninguna encima. —De hecho, creo que no tengo ni siquiera en casa. Hace
mucho tiempo que Fugaku no forma parte de mi familia. Puede que ni siquiera mi
madre conserve las suyas. Aun así, es un hombre conocido, seguro que podía
conseguir una en Internet. Eso me da una idea—. Puedo mandarle una por mail, si
le parece bien.
Los
ojos del director se iluminan.
—Incluso
mejor —dice antes de hacerme un gesto con la mano para que pase primero.
Entro
en el despacho y veo a Heiwa dándole galletas de perro a un animado Kurama. Le
dedica palabras suaves y cariñosas mientras el imponente animal mueve su peluda
cola. Es un poco inquietante ver su enorme boca sobre las pequeñas manos de mi
sobrino, sin embargo, coge la comida con tanto cuidado que entiendo con rapidez
por qué el pequeño ni se inmuta ante su presencia.
—¿Estás
listo, Heiwa? —le pregunto.
Él
se gira y, al verme, se levanta de un salto y coge su mochila.
—Sí.
—Espera
—dice el director, que va hacia la mesita que hay en su despacho y coge un
peluche que hay encima. Se trata de un zorro anaranjado de nueve colas, con
orejas negras y tiernos ojos oscuros. Ladeo un poco la cabeza cuando se dirige
hacia Heiwa y se lo ofrece—. Toma.
Mi
sobrino abre los ojos como platos.
—¿Me
lo das?
El
director le sonríe.
—Guárdamelo
hasta el lunes, ¿de acuerdo?
Heiwa
lo mira con la duda bailando en sus ojos.
—¿Los
demás niños no lo necesitan?
—Ahora
mismo, tú eres quien más lo necesita. A menos que me digas lo contrario.
El
pequeño se queda mirando el peluche un momento más antes de agarrarlo y
estrecharlo contra su pecho.
—Gracias.
El
director le revuelve el pelo con cariño y, después, nos acompaña hasta la
puerta junto a Kurama. Heiwa me coge una mano con fuerza mientras que con el
otro brazo se aferra al peluche. No se me escapa que, cuando salimos, mira a
ambos de la calle, como si estuviera esperando a que Fugaku apareciera en
cualquier esquina.
—Tranquilo
—le digo, apretándole la mano—, no te pasará nada.
Heiwa
levanta su mirada hacia mí y, de pronto, me abraza las piernas. Por Dios, sí
que debe estar asustado. Más le vale a Fugaku no acercarse a él otra vez.
Sin
pensarlo dos veces, lo cojo en brazos y lo llevo hasta el coche. Me habría
gustado dejarlo en el asiento de copiloto para tenerlo cerca, pero, por
seguridad, lo dejo en el asiento trasero. Él también parece afectado por no
tenerme a su lado, ya que se abraza al peluche con fuerza.
Le
hablo para intentar distraerlo.
—¿Quieres
hablarme de ese peluche?
Heiwa
mira un momento el zorrito y esboza una diminuta sonrisa.
—Es
Kyubi. Es el peluche que tenía Naruto de niño.
Lo
miro un instante por el retrovisor. No me parecía tan viejo, pero, ¿qué sé yo?
No conservo mis juguetes de niño, aunque tal vez mi madre guardara alguno por
nostalgia.
—¿Y
os lo deja a menudo a los niños de la escuela?
Mi
sobrino lo aparta para mirarle la cara.
—Naruto
nos lo deja cuando sentimos miedo o estamos tristes. Me lo dejó cuando le hablé
de papá y mamá. —El hielo hace de nuevo su aparición, pero ya no posee la
fuerza de antes. La rabia es más fuerte. O la determinación de mantener a Heiwa
tan lejos de Fugaku como sea posible. Mi hermano lo habría querido así, no
habría permitido que le hiciera a su hijo lo mismo que a él—. Él me contó que
Kyubi también estuvo con él cuando perdió a sus padres.
Frunzo
un poco el ceño al oír eso.
—¿En
serio?
Heiwa
asiente. Sus labios caen hacia abajo.
—Me
dijo que él no tenía más familia aparte de sus padres y que pasó mucho tiempo
antes de que una buena persona lo adoptara. Kyubi lo ayudó en sus momentos más
tristes, se lo regaló su padre.
Así
que el director sabía de primera mano por lo que estaba pasando Heiwa. Puede
que por eso nos hubiera ayudado desde el principio, a Heiwa y a mí, para que
tuviéramos las cosas más fáciles que él.
Me
viene a la cabeza su actitud afable y alegre, la calidez y la amabilidad con la
que trata a los niños. Me alegra pensar que, a pesar de lo mal que lo tuvo que
pasar de niño, sobre todo sin tener a ningún familiar que cuidara de él, se
convirtiera en una buena persona. Puede que precisamente el haber crecido en un
orfanato rodeado de niños lo hubiera animado a dirigir una escuela de
prescolar, tal vez tuviera algo que ver con haber estudiado psicología.
Miro
de nuevo a Heiwa por el espejo y le pregunto:
—¿A
ti te ayuda?
Heiwa
asiente.
—Sé
que no está vivo ni que tiene poderes mágicos o algo así. Pero saber que a
Naruto lo ayudó, me reconforta.
Se
me escapa una pequeña sonrisa. Me sigue sorprendiendo lo fácil que parece
resultarle a ese hombre ayudar a los niños. Incluso sin estar presente, hacía
sentir mejor a Heiwa.
—Ya
verás cómo te sientes mejor en casa.
Él
asiente y abraza de nuevo a Kyubi, esta vez con cariño.
Heiwa
parece un poco más tranquilo cuando llegamos a mi apartamento. Lo primero que
hago es llamar a Sakura y hacerle un resumen de lo que ha ocurrido. Por
supuesto, ella me dice que se hará cargo de todo por hoy y que la avise si
quiero presentar cargos legales contra Fugaku. Le explico que tengo intención
de avisar a las autoridades de lo ocurrido y ella admite que es un buen plan,
aunque le preocupa la idea de que lleguemos a ir a los tribunales. Sin embargo,
ahora que estoy más tranquilo, tengo la impresión de que Fugaku ya habría hecho
algo así antes y que, si estaba esperando a usar ese recurso, es porque quiere
emplear otros métodos antes.
Aunque
no tengo ni idea de cuáles. Y eso me pone nervioso.
Sea
como sea, no le quitaré el ojo de encima y el director ya está planeando algo
para mantener a Heiwa a salvo en la escuela. Aparte, mi madre no dejaría que se
lo llevara ni muerta, su fantasma atormentaría a Fugaku hasta el fin de los
tiempos.
No
se me ocurre ninguna otra situación en la que pueda mantenerlo lejos de mí. Ir
a casa de sus amigos, tal vez… Intentaré que se queden a jugar en mi casa
siempre que pueda. No conozco lo suficiente a los padres de los otros niños
como para saber si Fugaku podría sobornarlos. Tendré que acercarme a ellos en
algún momento para saber qué esperar, lo más pronto posible.
Cuando
termino de hacer planes en mi cabeza para mantener a Heiwa seguro, lo llevo
hasta mi ordenador y le enseño una foto de Fugaku que encuentro en Internet. Él
lo señala de inmediato con un dedo.
—¡Es
él! —exclama sin asomo de duda antes de abrazarme.
Yo
la quito y apago el ordenador.
—Está
bien, Heiwa, no pasa nada. Si vuelves a verlo, diga lo que te diga, no vayas
nunca con él, ¿de acuerdo? —le pido. Se me ocurre que Fugaku podría tratar de
sobornar a Heiwa también. Mi sobrino es inteligente, pero le viene de su padre
y, por tanto, de su abuelo. Me da miedo que pueda engañarlo de algún modo.
Él
levanta la vista hacia mí.
—¿Quién
es? Lo conoces.
Suspiro
mientras lo siento sobre mis piernas, de cara a mí.
El
director me dijo que lo tratara como a una persona normal, no como a un idiota.
Pero, ahora, se trata de protegerlo. ¿Y si quiere conocerlo cuando le diga que
es su abuelo? Sé que mi hermano no querría que esté cerca de Fugaku y, la
verdad, yo tampoco.
—¿Tío
Sasuke? —me llama Heiwa. Veo la preocupación en sus ojos—. ¿Es una mala
persona? ¿Una de esas que van a la cárcel?
—No
—me apresuro a responder—. No, Heiwa, no es alguien que vaya a hacerte daño. Es
que me cuesta saber cómo explicarte quién es.
Él
frunce el ceño como si se centrara por completo en mí y pone la espalda recta.
—Hinata
dice que soy muy listo. Solo dímelo, intentaré seguirte.
…
Está bien, Sasuke, no le des tantas vueltas, solo explícaselo.
—Ese
hombre es tu abuelo, Heiwa.
Su
reacción me sorprende. De repente, pierde todo el color de la cara.
—¿El
padre de mi papá? ¿Tu papá?
—Sí.
Su
rostro pasa del pálido al rojizo en un segundo. Aprieta los labios, su frente
se arruga y se le hinchan un poco los mofletes. Creo que es la primera vez que
lo veo enfadado.
—Es
una mala persona —declara con firmeza.
Soy
consciente de que he levantado las cejas. No puedo evitarlo, no esperaba esto.
—Creía
que no lo conocías.
Él
se cruza de brazos.
—Nunca
lo había visto, pero vino un día a casa. Mamá me llevó a mi habitación y papá
discutió con él. Le gritó mucho.
Eso
no lo sabía. Mi hermano no me dijo nunca que Fugaku fue a visitarlo. ¿Habría
ido a intentar que volviera a la facultad? ¿O puede que ya entonces supiera del
potencial de Heiwa y hubiera intentado que tomara el camino que mi hermano
abandonó? Si hubiera sido así, me hago una idea de lo que le habría dicho y por
qué mi hermano le habría gritado tanto.
—¿Escuchaste
lo que decían?
—No,
mamá me leyó en voz alta un libro y no entendí lo que decían, pero sé que
discutían. Luego, papá también me dijo que nunca me fuera con él.
—¿Te
dijo por qué?
Heiwa
asintió. Su rostro se suaviza y levanta la vista hacia mí. Veo tristeza en sus
ojos.
—Me
dijo que le hizo daño. A él, a mamá, a la abuela. A ti. Es verdad, ¿no?
Cierro
un momento los ojos ante un recuerdo. Mamá y yo nos íbamos de casa. No
queríamos hacerlo sin despedirnos antes de mi hermano, pero Fugaku no lo
permitió. Lo encerró en su habitación e incluso cerró la ventana para que no
pudiera siquiera gritarnos un adiós. Recuerdo verlo llorar desde esa ventana, golpeando
el grueso cristal que instaló Fugaku después de que mi hermano lo rompiera una
vez para escaparse y venir a jugar conmigo y mis amigos.
El
hielo vuelve a atenazarme. Ha perdido fuerza, pero sigue siendo frío. Me apena
que tuviera que contarle a Heiwa lo que nos hizo nuestro padre con tal de que
no caiga en sus garras. No debería cargar con eso, no tendría que preocuparse
por nosotros.
El
director dijo que eso era inevitable, pero, ¿hasta qué punto?
—Nunca
nos pegó, si es eso lo que piensas —digo con cuidado.
Heiwa
sacude la cabeza.
—Dijo
que separó a la familia.
—Sí,
eso sí. —Me relajo un poco. Tal vez no le dio tantos detalles como temía.
El
pequeño frunce el ceño.
—¿Por
qué hizo eso?
—¿Tu
padre no te lo contó?
—Sí,
pero sigo sin entenderlo. ¿Por qué el abuelo piensa así?
Le
acaricio la cara con cariño. El hielo se extiende.
—Yo
tampoco lo entiendo, Heiwa.
Creo
que me mira con un asomo de lástima antes de abrazarme. Le devuelvo el gesto
sin pensarlo dos veces.
—No
me iré nunca con él, lo prometo. Yo no separaré a la familia. No seré como él.
Lo
estrecho un poco más contra mi pecho.
—Me
alegra oír eso.

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