Sol de invierno
—¿Qué
opinas de este? —le pregunto a Heiwa mientras extiendo el disfraz de
murciélago.
Mi
sobrino lo examina con un ojo crítico que casi me hace reír. Con esa expresión
tan seria, me recuerda a uno de esos jueces de los programas de cocina que
analiza el plato de un concursante. Si dice que la tela tiene un color soso y que
es de baja calidad, creo que no podré contener la risa.
Heiwa
lo toca con sus manos y sonríe.
—¡Es
suave! Y tiene capucha con orejas. Me gusta —dicho esto, frunce el ceño—. Pero
las alas son un poco cortas, ¿no?
—Seguro
que la abuela puede hacer algo con eso —le digo, recordando mi infancia. Ella
siempre hacía mis disfraces. No pudo hacer los de Itachi, pero conmigo no se
cortó ni un pelo. Le encantaba y agradecía que yo sí había podido tener esa
experiencia—. Sabes que ella diseña ropa, ¿no?
El
pequeño me miró con los ojos brillantes.
—¿En
serio?
Yo
asiento. La moda siempre había sido su pasión, pero no pudo ejercerla hasta que
yo empecé a valerme por mí mismo.
—Trabaja
para una marca. Seguro que no le costará hacer las alas más grandes.
Heiwa
sonríe y anuncia que ya ha encontrado su disfraz de Halloween. Noto que mis
labios se curvan un poco hacia arriba en una pequeña sonrisa torcida mientras
dejo el traje en un brazo y envuelvo su mano con mis dedos.
Ha
sido una buena idea insistir en salir el sábado. Heiwa había dicho que no le
apetecía mucho, pero supe que era porque tenía miedo de encontrarse con Fugaku
de nuevo.
No
es que yo no lo tuviera, aún tengo la piel erizada por tener los sentidos en
estado de alerta. Mis ojos se posan en cada hombre que tengo cerca. Sin
embargo, dudo que Fugaku sea tan estúpido como para venir en persona a por
Heiwa, y, por otro lado, no veo cómo podría adivinar que hoy lo llevo de
compras, había sido una decisión tomada esta mañana. Por supuesto, he
contemplado la posibilidad de que contrate a alguien para tratar de llevarse a
mi sobrino, un desconocido, por lo que no he apartado la vista de él en ningún
momento salvo cuando lo cojo de la mano. Aun así, Fugaku no podía saber que lo
llevaba de compras a menos que me hubiera seguido desde mi piso.
¿Llegaría
a esos extremos?
…
Tal vez. No lo sé, en realidad. Conozco pocas facetas de mi padre aparte de que
era un obseso del control.
Sin
embargo, no estoy dispuesto a permitir que Heiwa viva con miedo. No permitiré
que Fugaku arruine su infancia como hizo conmigo y mi hermano. Necesitaba un
atuendo para Halloween y habíamos quedado en que saldríamos este fin de semana.
La idea original era llevarlo al parque, pero me asusta que pueda apartar la
vista un instante o perderlo entre los niños y que desaparezca. Me pareció que
ir a buscarle su disfraz en un centro comercial era más seguro; había cámaras,
guardas y estaríamos en un lugar cerrado. En caso de que alguien se lo llevara
o desapareciera de mi vista, el personal cerraría el centro hasta que llegara
la policía o pudiera encontrarlo. Por supuesto, ya le había explicado lo que
tenía que hacer en caso de que se perdiera y era lo bastante listo como para
encontrar un guarda o un policía por su cuenta.
Pago
por el disfraz y salimos de la tienda. Heiwa parece bastante más animado que
esta mañana, mira los escaparates con curiosidad, fijándose sobre todo en las
decoraciones festivas. Si Fugaku le preocupa lo más mínimo, lo disimula a la
perfección.
—¿Necesitas
algo más para Halloween? —le pregunto.
Heiwa
sacude la cabeza.
—Hicimos
una lista esta semana. Naruto se ocupará de comprar todo lo que necesitamos
para decorar.
Yo
arrugo ligeramente el ceño.
—Suena
a mucho trabajo.
—En
absoluto. Me encanta ir de compras festivas.
Necesito
unos tres segundos para asimilar la voz grave y para nada infantil que acabo de
escuchar. Heiwa, en cambio, es más rápido.
—¡Naruto!
—lo saluda alegremente.
Me
giro y lo encuentro ahí, vestido con un jersey beis de pico sobre una camiseta
gris y unos vaqueros. Lleva un par de bolsas en una mano y un abrigo en la
otra.
—¿También
estáis de compras? —nos pregunta.
—Hemos
venido a por mi disfraz —responde Heiwa mientras yo le dedico un breve saludo
con la mano al que él responde con un gesto de la cabeza.
—¿Y
habéis encontrado algo interesante?
—Uno
de murciélago.
Al
director le brillan los ojos un instante antes de hacer una mueca extraña.
—¿De
veras? Pues avísame antes de pasar cerca de mí, prácticamente todo lo que vuela
me asusta.
A
Heiwa le centellea la mirada al mismo tiempo que trata de contener una sonrisa.
—Lo
tendré en cuenta.
Se
me escapa una sonrisa. Sí, claro, ya está tramando cómo le va a dar un buen
susto al director. Y, a juzgar por la expresión de este, estoy seguro de que
esa era su intención.
—Maravilloso.
—Su tono satisfecho confirma mis sospechas y lo miro con una ceja levantada. Él
me sonríe. No sabía que un adulto pudiera sonreír como un niño pequeño—.
¿Tenéis que hacer más compras?
—No,
solo veníamos a por el disfraz —respondo.
—Yo
acabo de terminar mis compras también. Pensaba llevar a Kurama de paseo, me
espera fuera. ¿Tenéis algún plan?
Heiwa
me mira con expresión interrogante. Yo me encojo de hombros.
—Tenemos
tiempo hasta la hora de cenar. ¿Hay algo que quieras hacer?
El
director interviene antes de que pueda contestar.
—Si
os apetece, podéis acompañarme. Hay un parque cerca de donde paseo a Kurama.
Noto
que se me tensan todos los músculos del cuerpo, sin embargo, me doy cuenta de
que a Heiwa, por el pequeño sobresalto que da y la mirada que me lanza, le hace
ilusión. Miro indeciso al director, que, para variar, parece saber lo que pasa
por mi mente, porque me sonríe y asiente con la cabeza.
Me
relajo un poco. Confío en ese hombre, me dejó muy claro que la seguridad y el
bienestar de los niños es su prioridad. Si dice que vayamos, seguro que ha
considerado las amenazas.
—De
acuerdo.
Heiwa
lanza un pequeño grito de alegría mientras que el director se inclina en su
dirección.
—Genial.
Heiwa, ¿quieres llevar tú a Kurama?
—¡Sí!
El
director nos muestra el camino hacia la salida en la que ha dejado al perro. Este
está tranquilo, tumbado y con la cabeza apoyada sobre las patas delanteras,
hasta que nos ve. Mueve la cola y se levanta mientras Heiwa corre a saludarlo.
El director le pide que lo desate y que deje que Kurama le guie hasta el
parque, ya que conoce el camino.
Así,
Heiwa va delante nuestro con Kurama a su lado, que camina a paso lento, como si
supiera que el pequeño no podría seguirlo con sus cortas piernas si acelera el
ritmo.
—Su
perro es bastante dócil.
El
director suspira.
—Créame,
solo con aquellos a los que conoce. Sus anteriores dueños no fueron amables con
él. Tardé mucho tiempo en reeducarlo, pero mereció la pena —dicho esto, le echa
un vistazo y sonríe—. ¿Sabe qué es lo mejor de los perros grandes? La gente no
se les acerca mucho. Intimidan a la mayoría.
Yo
frunzo el ceño, echándole un vistazo rápido por el rabillo del ojo, poco
dispuesto a apartar la vista de Heiwa en la calle.
—Se
había dado cuenta, ¿verdad?
—Cualquier
padre se preocuparía si su hijo hubiera sufrido un intento de secuestro.
Estoy
a punto de decir que Heiwa no era mi hijo, pero cierro la boca al instante. El
director sabe que es mi sobrino, así que no lo ha dicho en ese sentido. Se
refiere a que estoy a cargo de Heiwa, un niño pequeño. Aunque no sea mi hijo,
soy su tutor, la persona que lo cuida y lo protege. Básicamente, un segundo
padre.
—Puede
estar tranquilo —me dice el director, interrumpiendo mi reflexión—. Estando
junto a Kurama, nadie le pondrá la mano encima.
Miro
de nuevo al perro. Incluso con la docilidad con la que permitía que Heiwa
estuviera a su lado acariciando su costado y su lomo, seguía siendo una bestia
imponente.
Eso
hace que me relaje un poco.
—Desde
luego, a mí no se me ocurriría hacerlo.
El
otro hombre sonríe, aunque se pone serio casi al instante.
—De
todos modos, no creo que ese hombre vuelva a actuar tan pronto.
La
tensión regresa, aunque no tiene la misma fuerza que antes.
—¿Por
qué?
—Sus
acciones nos han puesto a todos alerta. Si es tan inteligente como dice,
esperará a que bajemos la guardia de nuevo —dicho esto, me mira con el ceño
fruncido—. ¿Ha avisado ya de lo que ocurrió ayer a las autoridades?
Asiento.
—Esta
mañana, antes de que Heiwa despertara.
Él
hace un gesto rápido con el mentón.
—Bien.
Esto debería serle útil en un tribunal.
Me
estremezco ante la idea de tener que llegar tan lejos. No quiero que Heiwa
tenga que pasar por eso, sobre todo, no quiero que lo aparten de mí.
Pero
tengo los papeles. Mi hermano los tuvo preparados desde el día en que Heiwa
nació. Dejó bien claro que solo eran por si acaso, no es como si hubiera sabido
que él e Izumi tendrían un accidente, pero me confesó que quería asegurarse de
que Heiwa estuviera protegido de Fugaku desde el principio, no quiso
arriesgarse a que acabara bajo su tutela de ningún modo.
—¿Puedo
hacerle una pregunta?
El
director ni lo piensa dos veces.
—Claro.
—En
su experiencia, ¿cuántas veces hay gente peleándose por la custodia de un niño?
Él
hace una pausa con la frente arrugada. Yo miro a Heiwa, asegurándome de que sigue
ahí. Está sano y salvo, mirando a Kurama con evidente adoración. Parece que le
gustan los perros.
—Si
hay rencillas en la familia, siempre. —Sus palabras me producen un escalofrío.
Sin embargo, antes de que pueda asimilar que tendré que enfrentarme a Fugaku
tarde o temprano, el director me mira con una sonrisa confiada—. Pero usted
tiene los papeles. No hay forma de que asignen a otro tutor legal. ¿Ese hombre
está mencionado de algún modo en ellos?
—No.
—Lo recuerdo perfectamente. Esta mañana los he estado releyendo con cuidado—.
Solo estoy yo y, en caso de que me ocurriera algo, mi madre. Mi hermano dejó
bien claro que no lo dejaría con él bajo ningún concepto.
El
director asiente con el ceño fruncido. Creo que quiere decirme algo, pero se
detiene de repente y su rostro se transforma. Vuelve a tener una gran sonrisa
que podría competir con la de un niño.
—Mirad,
ahí está el parque. —Se adelanta un poco más para llamar la atención de Heiwa.
Yo le sigo sin pensarlo—. Heiwa, ¿quieres ir a jugar?
Él
me mira y yo asiento con una media sonrisa. El director se arrodilla y le quita
la correa al perro antes de dejarla alrededor del cuello de Heiwa.
—Kurama
te acompañará en todo momento y tu tío y yo estaremos en ese banco de allí —dice,
señalando uno de color verde—. No dudes en llamarnos si necesitas cualquier
cosa.
Heiwa
me lanza una nueva mirada. Esta vez, me parece ver cierta preocupación en sus
ojos.
Sin
embargo, yo me siento más confiado. No solo porque el director creyera que
Fugaku no volvería a por mi sobrino en un futuro cercano, sino también porque
éramos dos adultos vigilándolo y, sobre todo, por la presencia de Kurama. El
animal ya había demostrado que nadie podría llevárselo mientras estuviera bajo
su protección.
Así
que le devuelvo la mirada y asiento, tratando de transmitirle esa seguridad.
—Estaremos
aquí. Solo llámame si necesitas que vaya.
Veo
cómo sus hombros bajan, como si hubiera estado tenso. Me sonríe y corre a jugar
al parque infantil. Me doy cuenta entonces de que hay algunos niños que no
tardan en llamar su atención.
El
frío amenaza con aferrarse a mi pecho ante un viejo recuerdo de mi hermano,
pero una ligera calidez le hace frente. El alivio de ver a Heiwa hablando con
otros niños, feliz, sin miedo, es mayor.
—Esto
es bueno —dice el director, llamando mi atención—. Tiene que sentirse seguro
fuera del hogar y seguir progresando en sus habilidades sociales.
Me
permito mirarlo abiertamente, confiando en que el perro estaría vigilante.
—Gracias.
Él
me mira y sonríe.
—No
tiene que darlas. Es un momento importante y me alegro de poder ser de ayuda —dicho
esto, me señala el banco con la cabeza y me invita a sentarme con él. Le sigo
sin pensarlo.
—Mi
intención era llevarlo hoy al parque, pero me daba miedo perderlo de vista.
El
director se sienta en el banco, a mi lado. Su rostro vuelve a ser serio.
—Como
he dicho antes, esperará a que bajemos la guardia de nuevo. —Se lleva los dedos
pulgar e índice al mentón, frotándolo con aire pensativo. Casi puedo escuchar
los engranajes de su memoria, como si repasara mentalmente todos los escenarios
parecidos que conocía—. De todos modos, si es inteligente, no creo que trate de
llevarlo lejos.
Frunzo
el ceño.
—¿Qué
quiere decir?
—Creo
que, más que secuestrarlo, quería convencerlo para que fuera con él. Si sus
papeles están en orden y él lo sabe, tiene más probabilidades de hacerle ceder
a usted si Heiwa está predispuesto a estar con él. —Hace una pausa, arrugando
la frente, antes de mirarme confundido—. Heiwa no sabía quién era ese hombre.
¿Nunca lo ha conocido?
Me
tenso un poco. De nuevo, el frío asoma su cabeza en busca de una oportunidad,
pero la rabia puede afrontar su fuerza. Cuando se trata de él, nunca sé cómo
sentirme. Siempre ha sido confuso.
—Mi
familia no tiene buena relación con ese hombre. Con mi hermano era más que eso,
lo odiaba. Nada más nacer Heiwa, hizo los papeles solo para asegurarse de que
mi padre jamás le pondría la mano encima.
El
ceño del director se acentúa.
—Usted
dijo que no era peligroso para Heiwa.
—No
le haría daño físicamente. —Noto mi tono ácido, casi como si escupiera veneno.
Tal vez lo haga. Aún recuerdo el día en que mi madre y yo nos fuimos sin poder
despedirnos de él—. Sin embargo, sería desgraciado a su lado. Le haría lo mismo
que a mi hermano —mascullo, apretando los puños.
Los
ojos azules del hombre brillan, como si hubiera entendido algo de repente.
—Entiendo.
Me
sobresalto y lo miro con los ojos muy abiertos. Puedo aceptar que sepa
perfectamente cómo tratar con los niños, pero ver a través de mí ya es
demasiado, incluso siendo psicólogo.
—¿De
veras?
—Creo
que me hago una idea —dice sonriendo, al parecer un tanto divertido por mi
reacción. Sin embargo, su seriedad regresa al momento—. Investigué a ese hombre
en cuanto me pasó su foto y su nombre. También busqué información sobre su
hermano.
Aprieto
los labios, aunque mi rabia no está dirigida contra él.
—Es
muy perspicaz.
—Me
tomo mi trabajo en serio, más aún si un niño está en peligro. —Hay algo en su
tono de voz que hace que me estremezca. Cuando lo miro, sus ojos parecen tan
feroces como el perro que protegía a Heiwa. Hace una mueca con los labios—. Le
sorprendería la cantidad de padres que quieren proyectar sus vidas en sus
hijos.
Lo
miro confuso.
—¿Proyectar
sus vidas?
El
director se yergue y se frota las manos en los muslos. Parece un gesto
inconsciente.
—No
estoy seguro de si es lo que pasó, pero muchos padres intentan que sus hijos
alcancen los logros que ellos no consiguieron. Su padre, sin duda, es un hombre
inteligente, pero, al parecer, no lo suficiente como para resolver los
problemas del milenio.
Arrugo
la nariz al escuchar sobre esos malditos problemas.
—La
conjetura de Hodge. —El otro hombre me mira—. Mi padre estaba obsesionado con
ese.
Él
se pasa una mano por la nuca mientras suspira.
—Por
lo que leí sobre su hermano, a los catorce años ya estaba matriculado en la
universidad.
Me
estremezco al pensar en algunas de las conversaciones que mantuve con él
durante esa época.
—No
fue un buen momento para él —admití.
—Supongo
que no se aburriría a nivel intelectual, pero me imagino que sus habilidades
sociales no se desarrollaron correctamente. —De repente, frunce el ceño—. Creo
recordar que comentó algo sobre Heiwa en ese aspecto. Estaba muy preocupado por
su capacidad para relacionarse con otros niños.
Yo
asiento.
—Mi
hermano no tuvo la oportunidad de hacer amigos de su edad. Siempre se sintió
incómodo entre gente más mayor que él.
—¿Tu
padre no hizo nada al respecto?
—Él
solo quería que se centrara en sus estudios. —Aprieto los puños al recordar un
desagradable incidente. Fue cuando se enteró de que mi hermano tenía una novia.
Por Dios, los meses siguientes después de aquello fueron los más horrorosos que
había pasado en mi vida.
El
director suspira.
—No
puedo saberlo solo con recortes de periódico, pero me da la sensación de que su
padre tampoco es un experto en ese sentido.
—No
lo dude. Creo que ni siquiera le interesaba relacionarse con los demás. De
hecho, no estoy seguro de cómo consiguió casarse con mi madre.
Él
deja de frotarse la nuca, dejando caer la mano hasta su cuello.
—Las
personas inteligentes suelen tener síndromes que les impiden relacionarse
correctamente con los demás. Podría ser el caso de su padre, pero no el de su
hermano o Heiwa. Recuerdo que el señor Okami era amable y se preocupaba porque
su hijo tuviera una infancia normal. En cuanto a él, disfruta jugando con sus
compañeros y parece agradecido de que su inteligencia sea capaz de ayudarles.
Por el momento, no ha desarrollado ningún tipo de complejo de superioridad.
Al
escuchar eso, lo encaro.
—Heiwa
es un niño dulce —afirmo, tal vez más beligerante de lo que pretendo.
Él
me sonríe.
—No
quería insinuar lo contrario. Pero no todos los niños con su intelecto son así,
menos aquellos cuyos padres poseen una inteligencia similar.
Me
relajo un poco al escuchar eso. Desvío la mirada para encontrar a mi sobrino
corriendo junto a los otros niños, bajo los ojos atentos de Kurama, que lo
persigue allá donde va.
El
frío hace su acto de presencia. Me atenaza el pecho con fuerza al recordar las
noches en la que mi hermano me llamaba llorando, la impotencia que me invadía
al ser incapaz de hacer nada, ni yo, ni mi madre.
Fugaku
había sido el único que habría podido hacer algo para aliviar su soledad, pero,
en cambio, le exigió continuar con sus estudios. Desde que tengo memoria,
siempre ha antepuesto el brillante futuro académico de mi hermano a cualquier
tipo de relación afectiva.
“Las
emociones son inciertas, volubles y efímeras”, solía decir. No sé si la
tambaleante relación con mi madre tuvo algo que ver con esa afirmación, pero,
desde luego, él era, y sospecho que lo sigue siendo, un experto a la hora de
mantener las distancias.
No
recuerdo que nunca me dedicara una sola muestra de cariño. De hecho, estoy casi
seguro de que mi hermano solo recibió palabras de orgullo por su parte. Orgullo
por sus logros académicos, por los complejos problemas que era capaz de
resolver y por lo rápido que avanzaba en sus estudios. Sin embargo, creo que,
como yo, jamás recibió un abrazo, unas palabras de cariño o un mínimo gesto que
dijera que se preocupaba por él por el simple hecho de ser su hijo.
Heiwa
no pasaría por lo mismo que él. De ninguna manera. Si Fugaku, de algún modo,
conseguía poner sus zarpas sobre él, lo destrozaría.
—Mis
padres se divorciaron cuando yo era pequeño —suelto.
El
director se tensa un poco, pero logra recomponerse casi al instante.
—Lamento
oír eso —dice en un tono totalmente profesional.
Yo,
en cambio, sacudo la cabeza, sin apartar la vista de Heiwa.
—Tuve
suerte al irme con mi madre. Mi hermano, no. Mi padre consiguió su custodia. Se
crio con él y apenas pudimos vernos. Redujo su vida a los estudios, a avanzar
en su carrera tan rápido como fuera posible. Consideraba los amigos y la
familia como distracciones que interferían en su brillante futuro. A veces tuvo
que escaparse para poder vernos.
—¿Cómo
es posible que no tuvierais derecho a visitas? —Esta vez, su tono delató su
indignación.
—Las
teníamos, pero se aseguró de que solo pudiéramos verlo una vez al mes y durante
poco tiempo. Siempre estaba en casa de unos compañeros haciendo trabajos, en
alguna conferencia o visita académica. A medida que creció, mi hermano se
impuso, pero no tuvo una buena infancia —dicho esto, lo miro con seriedad—. Él
quería que Heiwa fuera un niño feliz, que no le pasara lo mismo que a nosotros.
El
director asiente despacio, como si hubiera entendido lo que quiero decir.
—Entiendo.
Me
relajo al escuchar la promesa escondida en su tono de voz, feroz y solemne a la
vez.
Heiwa
no correría peligro en su escuela. Fugaku no conseguiría llevárselo.
Su
educación tampoco corría peligro. El director había tenido en cuenta sus
necesidades desde el primer momento y Heiwa ya me había dicho que le gustaba la
escuela. El resto, depende de mí.
El
hielo se aferra a mi pecho, clavando sus garras en mi corazón al recordar la
promesa que le hice a mi hermano. Sin embargo, ya no tiene la misma fuerza que
antes, lo siento más frágil cada vez que miro a Heiwa.
Me
había costado, pero siento que estoy progresando, que soy capaz de cumplir lo
que prometí. Heiwa tendrá una infancia feliz a mi lado, solo necesito terminar
mi fase de luto y seguir adelante. La parte en la que me costaba comunicarme
con él parece que ha pasado, así que solo necesito dar ese paso para poder
pasar un día sin que la tristeza por su pérdida me carcomiera.
Solo
un paso más para volver a vivir de verdad.
—¿Le
ha contado Heiwa nuestros planes para la próxima semana? —me pregunta de
repente el hombre con ojos brillantes.
Antes
de que pueda responder, empieza a describirme con todo lujo de detalles las
actividades que tenía planeadas para los alumnos cada día. Con tanto detalle,
que sospecho con relativa rapidez que es una maniobra de distracción para que
deje de preocuparme por Heiwa, por Fugaku y por mi propio pasado con mi
hermano.
Pese
a que una pequeña parte de mí se siente insultada porque intenta usar la misma
táctica que ha usado con Heiwa, con un niño de cinco años, no lo pienso
demasiado y termino por dejarme llevar, tentado ante la expectativa de poder
relajarme un poco.
No
es muy difícil. Mis ojos y los del director se apartan solo de vez en cuando de
Heiwa, que sigue jugando con los otros niños bajo la atenta supervisión de
Kurama, mientras se regodea contándome cómo tiene intención de que los alumnos
participen en la elaboración de dulces de Halloween durante una de las clases o
la yincana que tiene preparada para los niños.
La
ilusión que veo en sus ojos hace que sienta un poco de envidia por su trabajo.
Es evidente que lo disfruta y, mientras tanto, yo tengo que lidiar con los
arrogantes e incompetentes representantes de otros museos, casi peleando para
conseguir piezas de exhibición una temporada tras otra.
Nuestra
conversación se interrumpe cuando escuchamos que las madres están llamando a
los niños para irse a casa. Ambos nos levantamos para llamar la atención de
Heiwa, que se despide y vuelve trotando con nosotros junto a un jadeante
Kurama. Su mirada brilla rebosante de alegría.
—¿Lo
has pasado bien? —le pregunto cuando llega hasta mí.
Él
asiente con vehemencia.
—He
hecho nuevos amigos —dice antes de señalar a una mujer y a un par de niños que
se acercan a ellos.
Hago
una mueca al ver la mirada de la mujer. Trata de disimularlo, pero es evidente
que me está dando un repaso.
—Buenas
tardes —saluda ella con una sonrisa amable. Sin embargo, sus ojos están
inusualmente abiertos, como si acabara de encontrarse con un unicornio alado o
algo así—. Parece que nuestros hijos se han caído bien.
Los
dos pequeños asienten tímidamente tras las piernas de su madre. Trato de
sonreír, consciente de que mi físico y mi cara habitual de pocos amigos no es
la más reconfortante del mundo.
—Eso
me ha dicho Heiwa. ¿Cómo os llamáis?
—Yo
soy Tsukki —dice el que parece ser más mayor de los dos— y él es Shoyo.
Mi
expresión se suaviza.
—Encantado
de conoceros. Sois bienvenidos a jugar con Heiwa siempre que queráis. —Nunca le
diré que no a los amigos de Heiwa. Era lo que mi hermano siempre deseó para sí
mismo, lo que no pudo tener hasta que se hizo mayor.
—He
pensado que podríamos intercambiar teléfonos —dice la madre con demasiado
entusiasmo para mi gusto—, así, podremos quedar para que se vean.
Mis
labios vacilan, reteniendo una nueva mueca. La excusa es tan buena que no puedo
rechazarla y, además, tiene razón, ya que los niños aún no tienen teléfono…
Pero
la idea de tener a su madre coqueteándome me molesta.
—Vamos,
cariño, no seas tímido —suelta de repente el director.
Todas
las miradas van a él, incluida la mía.
—¿Eh?
El
hombre me sonríe como si estuviera avergonzado y pone una mano en mi espalda.
—Sabes
que soy un desastre con el móvil y que no me enteraré si me llama a mí para que
los niños jueguen. Es mejor si te llama a ti.
Capto
su estratagema al instante y me relajo un poco. Le devuelvo la sonrisa para
seguirle la corriente.
—Tienes
razón. —Me giro hacia ella, que nos mira al director y a mí con los ojos aún
más abiertos, y saco mi teléfono—. Aquí tienes.
Mientras
nos los intercambiamos, Shoyo, el pequeño de los hermanos, asoma su cabecita
pelirroja y le susurra a Heiwa:
—¿Tienes
dos papás?
Antes
de que tenga tiempo para preocuparme de que se descubra nuestra pequeña farsa,
mi sobrino responde con total naturalidad:
—Sí.
Le
echo un vistazo por el rabillo del ojo, preguntándome si ha comprendido la
situación o solo nos ha seguido el juego. Cuando me encuentro con su mirada,
sus oscuros irises parecen brillantes y perspicaces.
¿Qué
demonios significa eso? ¿Qué es lo que ha entendido exactamente? ¿Y con solo
cinco años?
Una
vez termino de intercambiar teléfonos con la mujer, esta se despide (al parecer
avergonzada por haber coqueteado conmigo frente a mi supuesta pareja) y se
marcha junto a sus hijos. Yo miro al director con una ceja alzada y él me
sonríe con picardía.
—¿Qué?
Sus muecas no expresaban exactamente alegría. ¿Tenía una estrategia mejor?
Admitir
la verdad es difícil.
—No
—respondo a regañadientes.
Él
tiene el descaro de reírse por lo bajo.
—Entonces,
arreglado —dice con los brazos en jarra y sacando pecho. ¿De verdad es tan
infantil?
—Todavía
no —comenta Heiwa de repente. Yo frunzo el ceño mientras él señala al hombre,
que le está poniendo la correa a Kurama—. Nos ha ayudado, hay que darle las
gracias debidamente. Debemos invitarlo a cenar.
Mi
ceño se acentúa y, cuando miro al director, él también parece confundido.
—¿Qué?
—preguntamos los dos a la vez.
Heiwa
se cruza de brazos y nos mira con total seriedad.
—Esa
mujer no te ha quitado la vista de encima desde que hemos llegado al parque. No
me gusta. No la quiero como tía.
Un
momento, ¿se había dado cuenta desde el principio? ¿Y qué es eso de que no la
quiere como tía? No es como si yo la quisiera tampoco, pero ¿no había sonado a
que necesito su aprobación para salir con alguien?
Heiwa
se gira hacia el director.
—Naruto
nos ha evitado un momento incómodo y, además, nos ha invitado al parque y me ha
dejado llevar a Kurama todo el rato. Hay que agradecérselo como es debido. Es
de buena educación.
El
susodicho se lleva una mano a la nuca.
—Una
cena es un poco excesivo, ¿no te parece, Heiwa?
Este
hincha el pecho y sus ojos se clavan en él con determinación.
—Es
lo único que podemos ofrecer ahora mismo. Es aceptable.
Levanto
una ceja al escuchar su tono.
—¿Desde
cuándo eres tan mandón?
Él
me mira. La indecisión aparece de repente en sus irises y relaja su postura.
—¿Por
favor? No quiero que parezcamos maleducados —susurra esto último, a pesar de
que el director es tan capaz de oírlo como yo.
Dejo
escapar un suspiro. La situación se me antoja un tanto extraña; sé que Heiwa se
esfuerza mucho por aprender todo lo posible en la escuela y que siempre ha sido
muy educado, pero esto me parece un poco excesivo, por no hablar de su
repentina actitud exigente.
Sin
embargo, me veo a mí mismo asintiendo. Sé que el director ha hecho todo lo de
hoy para que Heiwa volviera a sentir confianza al salir a la calle, pero no
tenía por qué haberme ayudado con lo de la mujer. Supongo que, al menos, le
debo algún tipo de agradecimiento.
Me
giro hacia él, viendo, por primera vez, cierta indecisión en sus ojos.
—Está
invitado a cenar con nosotros, director.
—Su
nombre es Naruto —me susurra Heiwa, como si se me hubiera olvidado. Debía de
ser raro para él que lo llamara de ese modo.
Este,
sin embargo, no le dio mucha importancia.
—¿Está
seguro? —me pregunta despacio y mirándome fijamente.
Yo
asiento. Tampoco es para tanto.
—Sí,
y no se preocupe por el perro. Las mascotas están admitidas en mi apartamento.
—¡Sí!
—escuché que decía Heiwa.
El
director clava sus ojos en él con el ceño fruncido. Si ni siquiera él es capaz
de descifrar su comportamiento, yo tengo menos probabilidades.
Aun
así, cuando emprendemos la marcha y él se detiene un momento para que Kurama pueda
hacer sus necesidades, bajo la vista hacia mi sobrino, que tiene una gran
sonrisa en el rostro que solo puedo calificar como de satisfacción.
—¿A
qué ha venido todo eso?
Su
sonrisa desaparece y parpadea un par de veces.
—Solo
quería ser educado.
¿Soy
yo o se está haciendo el inocente?
—Tú
estás tramando algo.
—¿Como
qué?
—Pones
la misma cara que tu padre cuando hacía una travesura. A mí no me engañas,
señorito.
Él
frunce el ceño de repente.
—No
soy un señorito.
Una
idea cruza mi mente. Sonrío con malicia.
—Señorita,
pues.
Sus
mofletes se hinchan y hace unos morritos que provocan que me eche a reír, a
pesar de que hago mi mejor esfuerzo por evitarlo. Pero es imposible, me
recuerda tanto a Izumi cuando se enfadaba cada vez que le tomaba el pelo.
Sin
embargo, mi risa se detiene en seco cuando noto de repente que algo me agarra
la pierna con fuerza. Al bajar la vista, encuentro a Heiwa abrazado a mí.
—¿Estás
bien? —pregunto, confundido y alarmado. ¿Le habrá sentado mal? ¿Le habré hecho
enfadar sin querer?
Él
alza la cabeza. No estoy preparado para ver el pequeño sonrojo en sus mejillas
y su feliz sonrisa.
—Es
la primera vez que bromeas conmigo y te oigo reír. Estoy contento.
Por
un momento, me quedo en blanco.
…
Tiene razón. Desde que mi hermano murió, creo que es la primera vez que hago
una broma. Que sonrío. Que me echo a reír.
Espero
sentir el hielo atenazando mi pecho, pero, por una vez, no hay nada. En cambio,
el alivio llena un lugar en mi interior que había estado hueco. El alivio me
produce una inesperada calidez que asciende por mi garganta y me llega hasta
los labios.
Antes
de darme cuenta, estoy sonriendo.
Para
cuando estoy preparando la cena en mi apartamento, mi sonrisa aún no ha
desaparecido.
Desde
mi cocina, que está abierta al salón, puedo ver y escuchar al director
contándole la historia del cortador de bambú y la princesa de la luna. Debo
decir que es bastante colorido a la hora de añadir detalles y diálogos y tiene
bastante gracia cuando hace diferentes voces. Hasta hace diferentes gestos para
interpretar al cortador de bambú, al emperador y a la princesa.
No
me extraña que se le den bien los niños. Sería un buen padre.
—No
entiendo por qué el emperador hizo eso —oigo decir a Heiwa con cierto tono
triste.
—A
veces, a las personas nos da miedo afrontar situaciones y emociones. Es más
sencillo huir que hacer frente a algo que es doloroso. Eso puede causar
malentendidos, como es el caso del emperador, que tal vez temía que esa carta
contuviera malas noticias.
—¿Por
ejemplo?
—Que
ella hubiera escogido otro hombre, supongo que debía de ser su mayor miedo.
También podría haber sido que fueran sus últimas palabras para él antes de
fallecer tras una enfermedad o incluso que se hubiera marchado.
Veo
de refilón que Heiwa frunce el ceño.
—Si
yo fuera el emperador, querría saber lo que quería decirme.
—A
algunas personas no les gusta escuchar aquello que no es bueno o conveniente
para ellos. Prefieren quedarse con la duda porque así les queda esperanza de
que ocurra lo que desean.
—¿Eso
no es engañarse a uno mismo?
—Así
es.
—Eso
no es bueno. El resultado no cambiará porque ignoren el problema.
—A
veces, el miedo es más fuerte. Lo entenderás a medida que crezcas, Heiwa.
Hay
un largo silencio que hace que lo mire. El pequeño estaba observando fijamente
al director.
—¿A
ti te ha pasado?
Noto
que el hombre se tensa, pero se relaja tan rápido que no estoy seguro de si me
lo he imaginado. Su sonrisa amarga me da la respuesta.
—Sí.
—¿Qué
pasó?
Dejo
de mirar, pero escucho su suspiro.
—Tenía
miedo de darme cuenta de que no estaba hecho para hacer algo en lo que había
trabajado toda mi vida. Pero, al final, tuve que enfrentarme a la situación, no
tenía más remedio.
—Fuiste
valiente.
—Tarde
o temprano, todos tenemos que serlo. —Se hace una pequeña pausa y lo escucho
moverse—. Voy a ver si tu tío necesita ayuda. ¿Por qué no escoges la película
mientras tanto?
—¡Sí!
Veo
por el rabillo del ojo que se acerca a mí. Espero encontrar algún rastro de
tristeza en su rostro, pero parece tranquilo y tiene una sonrisa amable en su
rostro.
—¿Puedo
ayudarle en algo?
—No
hace falta, ya se está cociendo todo —digo señalando la olla donde se está
haciendo el sukiyaki. Miro a Heiwa, que se pregunta en voz alta frente
al mueble de la televisión qué película escoger—. Se le dan muy bien los niños.
Él
se encoge de hombros.
—Práctica.
—¿Me
está diciendo que no siempre se le han dado bien?
El
hombre esboza una media sonrisa.
—Lo
cierto es que no. Mis padres murieron en un accidente cuando tenía diez años.
Fui bastante conflictivo entonces, me resultaba difícil estar cerca de nadie.
Heiwa
ya me había contado lo de sus padres, pero finjo no saberlo.
—Lamento
oírlo.
—Fue
hace mucho tiempo. Fui adoptado por buenas personas, uno de ellos era psicólogo
y me ayudó con mi ira.
Yo
levanto una ceja.
—¿Fue
por eso que se convirtió en psicólogo?
Él
sonríe.
—Sí.
Quería ayudar a otros niños que habían pasado por lo mismo que yo. —Un rastro
de tristeza aparece en su rostro—. Pero no siempre es posible.
Escuchar
eso hace que se me encoja el corazón. Me duele pensar en que puede haber niños
como Heiwa que no vayan a superar la muerte de sus padres, que se suman en un
mutismo del que ya no son capaces de salir o caigan en una espiral
autodestructiva que acaba con ellos en algún momento.
Heiwa
es fuerte, más que yo. De algún modo, tal vez para no preocupar a mi madre, se
había levantado y había seguido adelante a pesar del dolor. Como ahora.
Me
pregunto si él también piensa a menudo en ellos. Qué tontería, seguro que lo
hace, igual que yo. Y, igual que yo, espero que su dolor mitigue un poco más
cada día. Que el día a día sea suficiente para distraerlo y ayudarlo a salir
del luto.
Entonces,
Heiwa se levanta y viene corriendo a mostrarme la carátula de Pompoko.
—¿Podemos
ver esta?
Yo
asiento y sonrío.
—¿Te
gustan los mapaches?
—Son
tanuki y son típicos del folclore japonés —recita esto último como si lo
hubiera memorizado de un libro—. Tengo curiosidad y, además, dicen que dan
buena suerte.
El
director ríe por lo bajo.
—Entonces
vamos a ver si es cierto.
Escucho
que Heiwa le pregunta por qué se ríe mientras llevan los platos y el agua. Yo
cojo la cazuela y les sigo con el ceño fruncido.
No
es que crea que unos dibujos animados vayan a darnos suerte, pero, en este
instante, desearía que hubiera algo de verdad en ello. Pese al buen día que
habíamos pasado, Fugaku no abandona mi mente y, aunque el director tenga razón
y nos deje en paz un tiempo, acabará volviendo. Solo espero que, cuando llegue
el momento, esté listo para enfrentarme a él y, sobre todo, que Heiwa no sufra
durante el proceso.
Al
día siguiente, me despierto a las nueve en punto como un reloj, a pesar de que
es domingo. Me levanto mientras me froto los ojos y salgo de la habitación para
ir al baño cuando escucho unos ronquidos. El pelaje rojizo que se asoma desde
un lado del sofá me trae recuerdos de anoche y me acerco a echar un vistazo.
Al
ver al director Namikaze tirado en el sofá con una manta por encima, se me
escapa una sonrisa.
—Justo
como lo dejé —susurro mientras me dirijo al baño.
La
noche anterior, tanto este como Heiwa se quedaron dormidos a media película.
Podía entender que mi sobrino estuviera cansado después de pasar toda la tarde
en el centro comercial y en el parque, pero, ¿el señor Namikaze? Supongo que
hacer las compras para Halloween tuvo que ser agotador, sin embargo, me hizo
gracia que los dos se durmieran al mismo tiempo. Tras llevar a Heiwa a su
habitación, fui a despertar al director, pero parecía tan a gusto que me dio
algo de pena, así que lo tapé con una manta y le dejé dormir tras asegurarme de
que Kurama tenía suficiente agua.
Ahora,
los dos hacían un dueto de suaves ronquidos que bien podría hacerse viral si lo
subiera a Internet.
Cuando
termino en el baño, me dirijo a la cocina, pero un movimiento en el rabillo del
ojo llama mi atención. Me sobresalto.
—¿Mamá?
Ella
también se sobresalta y se yergue. Había estado inclinada sobre el sofá,
observando al señor Namikaze, sin duda.
Mi
madre se desliza por un lado del mueble y llega hasta el otro lado de la isla
que divide mi cocina del salón.
—¿Se
puede saber por qué no me has dicho que tenías una cita con un dios nórdico? —me
pregunta en un susurro, aunque está evidentemente emocionada. Sus ojos brillan
como los de Heiwa el día anterior. Un momento… —. Me habría llevado a Heiwa
para que pudierais estar tranquilos.
Hago
una mueca.
—No
es una cita. Es el director de Heiwa. Insistió en que se quedara a cenar.
Ella
le echa un vistazo rápido al sofá antes de mirarme con el ceño fruncido.
—Pues
tendrías que aprovechar y pedirle una cita.
—¡Mamá!
—exclamo en voz baja.
—¿Qué?
Es muy atractivo y a Heiwa debe gustarle si lo invitó a cenar.
—Es
el director de su escuela.
—Incluso
mejor, seguro que le gustan los niños.
—¿No
es eso inapropiado?
Mi
madre sacude una mano.
—Bobadas,
los dos sois adultos, no adolescentes controlados por vuestras hormonas. Tú no
harías nada que pudiera hacer daño a Heiwa y ese hombre no debe ser director
por ser precisamente un incompetente.
Yo
hago una mueca.
—No
había pensado en tener citas. Estoy ocupado con Heiwa, quiero centrarme en él,
sobre todo ahora.
Ella
me dedica una sonrisa dulce.
—Siempre
has sido demasiado responsable, hijo. Yo también puedo ocuparme de Heiwa y no
permitiré que me digas que no al respecto.
Frunzo
el ceño.
—No
pensaba hacerlo.
—¿Lo
ves? —me dice con suficiencia—. Eso te deja tiempo libre para ti. —Su sonrisa
se amplía y señala de nuevo el sofá—. Aprovecha y pídele una cita, no todos los
días se ve un semental como él, te lo digo por experiencia.
—Estoy
de acuerdo, deberías aprovechar.
Nada
más escuchar esa voz, siento que mi cara se calienta. Me giro lentamente y me
doy cuenta de que el director está muy despierto, con los brazos apoyados sobre
el respaldo del sofá y el mentón recostado en ellos. Tiene una gran sonrisa en
el rostro y sus ojos resplandecen traviesos.
Sé
que estoy rojo hasta las orejas. Por Dios, qué vergüenza que haya escuchado
todo eso.
Mi
madre se acerca de inmediato con una encantadora sonrisa.
—Buenos
días, director. Soy Mikoto Okami, la madre de Sasuke.
Él
le devuelve el gesto.
—Buenos
días. Ya veo de quién ha heredado su atractivo.
Ella
se gira de inmediato hacia mí.
—¿Has
oído eso? Piensa que eres atractivo. Pídele una cita ya.
—¡Mamá!
—gimoteo, escondiendo mi rostro entre las manos mientras el maldito rubio tiene
la cara de echarse a reír.
—¿Qué
está pasando? —pregunta una voz somnolienta.
Todos
nos giramos para ver a un adormilado Heiwa que aún va en pijama y se frota los
ojos con una manita.
—¿Por
qué hacéis tanto ruido?
—¡Heiwa,
cariño! —lo saluda mi madre mientras va corriendo a abrazarlo.
Entonces,
mi sobrino parece despertar del todo, porque sonríe y le devuelve el abrazo.
—¡Abuela!
—¿Listo
para venir conmigo?
—Sí,
el tío Sasuke me dijo que podías arreglar mi disfraz de murciélago.
—Eso
está hecho. Date prisa y ve a asearte, tu tío y el director tienen cosas de las
que hablar en privado.
Juro
que vi las orejas de Heiwa moverse. Bueno, tal vez no, pero su reacción me da
esa impresión. Alza la cabeza como si hubiera escuchado un sonido inesperado y
me mira primero a mí, luego a Namikaze y otra vez a mí. Entonces, sus ojos se
vuelven brillantes, exactamente igual que los de mi madre momentos antes.
No,
de ninguna manera podía él haber estado planeando algo de esto. ¡Solo tiene
cinco años!
—Estaré
listo en dos minutos —declara antes de salir corriendo hacia su habitación.
…
Tiene que ser una broma.
Mi
madre se acerca a mí y me da unas palmaditas en el hombro.
—¿Lo
ves? A Heiwa le gusta.
—¡No
se trata de eso! —replico con fuerza.
—¿No
te gusto? —pregunta de repente el director. Cuando lo miro, su expresión
refleja muy bien la inocencia—. ¿Es por mi ropa extravagante? Juro que solo la
uso cuando estoy en la escuela.
—¡No
es eso!
Él
parpadea.
—Entonces,
debe ser que aparento ser muy bobalicón. Es que a los niños les gusta eso.
Le
gruño y lo fulmino con la mirada.
—¿Por
qué demonios le sigues la corriente?
De
repente, esboza una sonrisa maliciosa.
—Es
muy divertido.
—Pues
para mí es muy embarazoso.
—No
hay nada de malo en sentirse atraído por mí, Okami. Soy consciente de mi
atractivo.
Abro
la boca para replicar, pero, al momento, la cierro y enrojezco por la rabia.
—¡Sabes
perfectamente lo que quería decir! —replico, odiando con todo mi ser su amplia
sonrisa.
—Lo
sé, pero esto tiene más gracia.
—Y
yo que creía que eras un hombre serio.
—¡Qué
va! Ese soy yo en modo profesional. Pero, teniendo en cuenta que vamos a tener
una cita, debería mostrarme más como yo mismo. No quiero que te hagas una idea
equivocada.
—¡No
vamos a salir juntos!
Él
alza las manos.
—Con
calma, lo tradicional es tener tres citas antes de hablar de salir en serio. Ya
sabes, para conocernos y eso. No pienso estar con alguien que odie el ramen y
las películas de Jackie Chan.
Para
entonces, mi madre se agarraba el estómago de la risa y yo estaba pensando en
cometer un asesinato. Si no fuera porque habría acabado en la cárcel y lejos de
Heiwa, tal vez me lo plantearía en serio.
De
repente, Heiwa aparece presuroso en la cocina terminando de ponerse una
mochilita y con el disfraz de murciélago en la mano.
—Estoy
listo, vámonos —le dice a mi madre. Antes de que pueda decirle nada, me mira
con una gran sonrisa—. Pásalo bien con Naruto, tío Sasuke. Adiós, Naruto —se
despide del otro hombre.
—Que
vaya bien, Heiwa. Encantado, señora Okami.
—El
placer es mío, Naruto. Espero que volvamos a vernos —dice mientras me lanza una
mirada significativa antes de salir de casa, sin darme tiempo a abrir la boca.
En
cuanto la puerta se cierra, miro con cara de pocos amigos al director, que me
sonríe a su vez. Arrugo la nariz y doy un paso atrás, como si de repente se
hubiera convertido en algún tipo de amenaza.
Él
se limita a dedicarme una sonrisa traviesa y, mierda, si el lobo de Caperucita
Roja hubiera existido alguna vez, estoy seguro de que habría tenido los mismos
ojos audaces que él.
—Bueno, ¿qué te apetece hacer durante nuestra cita? —me pregunta como quien no quiere la cosa, aunque su expresión dice todo lo contrario.

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