Hielo roto
Cuando
salgo del despacho del director, escucho la voz de la señorita Hyuga hablando
con alguien en un tono amable y cariñoso. Sospecho con rapidez que se trata de
Heiwa, así que me dirijo hacia allí sin pensarlo dos veces.
Tengo
que arreglarlo. Esta vez, tengo que hacer las cosas bien.
Paso
por delante de varias habitaciones abiertas que, sin duda alguna, eran las
aulas en las que los niños aprendían a leer, los números, o dedicaban parte de
su tiempo a dibujar o jugar. No tardo mucho en encontrar la que busco y me
asomo en silencio, sin querer interrumpir. Heiwa está sentado en una mesa con
un libro y un cuaderno abiertos, tiene un lápiz en la mano y señala algo que
tiene apuntado a la profesora, que le sonríe con calidez y alaba su trabajo.
Ella
es la primera en percatarse de mi presencia e inclino la cabeza a modo de
agradecimiento. Ella me dedica una tenue sonrisa y luego baja la vista hacia
Heiwa, que está murmurando algo acerca de resolver un problema con el ceño
ligeramente fruncido.
—Heiwa,
tu tío está aquí.
Al
escuchar eso, el pequeño se tensa y me mira. El hielo amenaza con destrozarme
por dentro al ver el miedo en esos ojos tan parecidos a los de mi hermano. Sin
embargo, me obligo a aguantar, a no dejarme amedrentar.
Lo
haría bien. Lo haría bien. Hice una promesa y tenía que cumplirla. Por él y por
Heiwa.
Así
que me enfrento a su mirada oscura, esperando que las facciones de mi rostro no
se vean tan tensas como el resto de mi cuerpo. Me gustaría sonreírle con
confianza, intentar que supiera por mi expresión que no estaba molesto con él,
pero me da miedo que me salga una mueca. Aun así, hago todo lo que está en mi
poder por parecer tranquilo.
Parece
que mis esfuerzos no sirven de nada, ya que Heiwa agacha un instante la vista y
mira a su profesora. Pese a que no puedo ver su expresión, estoy casi seguro de
que le está pidiendo ayuda.
Maldición.
Tengo que hablar con él de inmediato.
La
señorita Hyuga le susurra algo y le ayuda a recoger sus cosas. Él se queda
cabizbajo en todo momento.
En
cuanto lo tiene todo en su mochila, la profesora nos acompaña a la salida
mientras le pide a Heiwa que recuerde sus tareas para el día siguiente.
Después, me dedica lo que sospecho que es una sonrisa de ánimo y se despide de
nosotros.
Me
aseguro de que Heiwa entra en el coche antes de subir en el asiento del
conductor. Vigilo por el retrovisor que se pone el cinturón y, después, arranco
el motor. Heiwa no dice nada en ningún momento y mantiene la mirada baja.
Está
bien, era el momento de poner en práctica lo que había dicho Naruto.
—¿Cómo
te ha ido la escuela?
Heiwa
se sobresalta al escuchar mi voz y me mira con sus grandes ojos. Podría haber
sido hasta cómico si no fuera por la situación.
—¿Cómo?
—¿Cómo
te ha ido la escuela? —repito con tranquilidad.
Es
fácil leer la confusión en sus rasgos. Me observa concentrado, como si
estuviera buscando algo en mis ojos a través del retrovisor. No sé qué fue lo
que vio, pero me respondió:
—Bien.
Esperé
a que dijera algo más, pero solo se quedó callado mirándome. Está bien, tendría
que esforzarme un poco más.
—¿Ha
sido difícil volver a las clases?
Me
sigue mirando con el ceño fruncido. Al escucharme, ladea un poco la cabeza.
—¿Difícil?
—Ha
pasado mucho tiempo desde la última vez que estuviste aquí.
Heiwa
baja un momento los ojos y, después, vuelve a observarme. Su ceño se relaja un
poco, pero sigue pareciendo confundido.
—No.
Me gusta la escuela.
La
tensión en mis hombros se reduce y puedo relajar los brazos. De acuerdo, creo
que no voy por mal camino.
—¿Qué
es lo que te gusta de la escuela?
Hace
otra pausa, pensando. Me doy cuenta de que baja los ojos cada vez que medita
una respuesta, igual que… él.
Me
tenso otra vez cuando el hielo trata de atenazar mi pecho, pero lo retengo.
Céntrate en Heiwa, es lo más importante ahora, lo único que importa, en
realidad. De hecho, me doy cuenta de que mi vida gira en torno a Heiwa y de que
lo haría durante los siguientes veinte años, tal vez menos teniendo en cuenta
su inteligencia, pero, aun así, siempre será una constante en mis pensamientos.
No
es como si fuera algo que no supiera, pero no me había parado a pensar en ello
en profundidad. No había pensado en que ya no iba a trabajar por mí ni porque
me encantaba lo que hacía, sino para mantener a Heiwa y poder darle todo lo que
necesitara para labrarse un futuro. No había caído en que, cada vez que hiciera
la compra, la haría pensando en lo que le gustaba comer, o en los libros que
quería o necesitaba cuando fuera a una librería, o en los próximos juguetes que
regalarle por Navidad, su cumpleaños, o buen comportamiento. No se me pasó por
la cabeza que, cuando no estuviera a mi lado, me preguntaría dónde estaría y si
estaba bien.
Me
tenso de nuevo. No es por miedo, no exactamente, al menos. Pero acabo de darme
cuenta de que es la primera vez que tengo tanto nivel de compromiso con
alguien. No es como cuando era más joven, en aquel entonces no tenía más
remedio que cumplir con mis obligaciones porque dependía de otra persona, pero,
luego, cuando me fui de casa de mi madre y me puse a trabajar, había hecho lo
que había querido, por así decirlo.
Tengo
mis responsabilidades en el trabajo, es cierto, como también que mis empleados
dependían de mí para tener un sueldo que daba de comer a sus familias, pero no
era lo mismo. No pensaba en ello todo el tiempo, tan solo hasta la hora de
salida y, por lo general, se me daba bien lo que hacía, me había esforzado para
llegar adonde estaba y me gustaba estar a cargo. Sakura habría dicho algo como
que pegaba con mi personalidad el dar órdenes a los demás.
En
cuanto a mis relaciones amorosas… Un desastre. Las amistosas no se me dan mucho
mejor. Pocas personas pueden aguantar mi carácter, y, los que comprenden mi
forma de ser, saben cuándo estar cerca y cuándo darme mi espacio.
No
es el mismo nivel de compromiso ni por asomo. Mis amigos forman parte de mi
vida y estoy feliz de acudir a los eventos que hagan falta por ellos, pero no
puedo decir que siempre esté pendiente. Con mi familia es lo mismo. Al menos,
con la que queda. Mi madre ha rehecho su vida y, aunque la quiero y le estoy
profundamente agradecido por todo lo que ha hecho por mí, ya no vivimos juntos
ni dependo de ella o ella de mí.
Heiwa
sí lo hacía. Dependía por completo de mí. Yo seré su hogar y su protección
durante muchos años.
No
me asusta, estoy dispuesto a serlo. Pero no me había dado cuenta de que,
probablemente, yo sería su primer vínculo en el mundo ahora que sus padres no
estaban.
La
responsabilidad iba más allá de cuidar su salud y procurarle un buen futuro.
—Me
gusta aprender. —La voz de Heiwa me sobresalta un poco, pero procuro que no se
note. Agradezco que haya interrumpido mis pensamientos, empezaba a agobiarme un
poco ante la enorme tarea que me había encargado mi hermano.
—¿No
te aburres en clase? —le pregunto.
Él
sacude la cabeza.
—Hinata
siempre me pone ejercicios difíciles y Naruto me deja libros interesantes —dicho
esto, su rostro se relaja un poco más—. Y me gusta ayudar a mis amigos. Me
necesitan a veces.
Casi
sonrío al saber que tenía amigos. Eso me alegra. Mi hermano no lo tuvo fácil
para hacer amistades durante su infancia.
—¿Tienes
buenos amigos?
—Me
llevo bien con todos, pero Akiko, Yuu, Saiko y yo siempre estamos juntos.
Esta
vez, mis labios se curvan un poco hacia arriba al imaginar a Heiwa jugando con
tres niños. El hielo retrocede ante un indicio de calidez en mi pecho. Me hizo
sentir bien.
—Eso
es bueno. Puedes invitarlos a venir a casa siempre que quieras.
Los
ojos de Heiwa brillaron. Era la primera vez en todo el mes que lo hacían, al
menos, delante de mí.
—¿De
verdad?
—Solo
avísame con tiempo.
Heiwa
me sonríe. Eso me pilla con la guardia baja y siento que estoy a punto de
derrumbarme. Menos mal que ya hemos llegado a casa.
—¡Gracias,
tío Sasuke!
Asiento
con rapidez para poder salir del coche y que no vea las lágrimas que amenazan
con salir.
Lo
he hecho. Por una vez, lo he hecho bien. Esto es lo que tengo que hacer, así es
como debe estar siempre Heiwa.
Así
es como quiero que viva. Feliz.
Tengo
que hablar con él. Arreglar todo ese malentendido y que sepa que, a pesar de cómo
me he comportado, le quiero. Más de lo que se imagina. Él es, junto a mi madre,
lo único que me queda de mi familia.
Espero
hasta que estamos dentro de mi apartamento para hacerlo. Sé que me derrumbaré
cuando hable de él y no quiero que los demás inquilinos vean a un hombre adulto
hecho pedazos ante un niño. No daría muy buena impresión como tutor legal.
—Heiwa,
siéntate conmigo —le digo cuando cierro la puerta.
Él
obedece tras dejar sus cosas en la puerta. Vamos juntos al salón y me siento a
su lado en el sofá. Inspiro hondo antes de hablar. Esto va a ser duro, pero
ahora me veo capaz de hacerlo.
—¿He
hecho algo malo? —pregunta de repente en voz baja.
Al
mirarlo, veo que me está observando con preocupación. Estoy seguro de que mi
rostro no esconde tan bien mi angustia como me gustaría.
—Claro
que no, Heiwa. De hecho, quería hablarte de eso —digo mientras me inclino hacia
él para mirarlo a los ojos—. El director me ha dicho que crees que me estás
causando molestias. —Heiwa se tensa y agacha la vista, pero pongo una mano en
su hombro para llamar su atención—. Eh, mírame. No pasa nada. No es cierto.
Heiwa
se atreve a mirarme de reojo.
—Pero
apenas me has hablado desde que vine aquí.
Yo
sacudo la cabeza.
—No
ha sido por ti. No me molestas ni has hecho nada para que esté enfadado
contigo, ¿de acuerdo? —Heiwa levanta la vista y arruga el ceño. Yo sigo
hablando, antes de que me acobarde—. Lo que pasa es que estoy triste, Heiwa.
De
repente, su rostro se ilumina de comprensión.
Se
acerca más a mí y pone una de sus manitas sobre la que yo tengo en su hombro.
—¿Es
por papá y mamá? —Veo un asomo de lágrimas en sus ojos y yo asiento, sintiendo
cómo los míos empiezan a picarme.
—Sí.
—¿También
los echas de menos?
Asiento
otra vez, incapaz de hablar.
Heiwa
traga saliva y se acerca aún más para darme un abrazo. De nuevo, me pilla con
la guardia baja y un par de lágrimas resbalan por mis mejillas. No estoy seguro
de si es por el hielo que vuelve a atenazarme el pecho o por la emoción. Tal
vez las dos cosas.
—No
pasa nada —me dice el pequeño con un tono roto—. Con el tiempo, dolerá menos.
…
No sé cómo sentirme ante la idea de que un niño de cinco años me estuviera
consolando. Se supone que yo debo ser el fuerte, el que esté ahí para él, pero
las cosas parecen ser al revés.
Aunque,
sintiendo la forma en la que Heiwa me abraza, como si se aferrara a mí, tal vez
yo no soy el único que necesita consuelo. Así que le devuelvo el abrazo con
fuerza y le acaricio la cabeza.
—Sí.
Dolerá menos.
Escucho
un sollozo ahogado que me desgarra por dentro. Sin embargo, el hielo ya no se
extiende dentro de mí, sino que retrocede. Me duele pensar en que mi hermano ya
no está, me duele que Heiwa parezca sentirse tan mal como yo, me aterroriza
volver a meter la pata con él y que no esté preparado para criarlo. Pero, aun
así, el frío se retira. Hay dolor, pero también cierta calidez.
El
director había dicho que compartir el luto podía ayudar. Empiezo a entender lo
que quería decir.
Estuvimos
así alrededor de un cuarto de hora, tal vez un poco más. Fuera como fuera, me
sentó bien sacar lo que había estado oprimiendo mi pecho y me seco bien la cara
antes de apartarme un poco de Heiwa, solo lo suficiente para mirarlo a la cara.
Tiene los ojos rojos y la cara llena de lágrimas. Se las limpio con cuidado.
—No
te preocupes. Pasaremos por esto juntos —le prometo.
Heiwa
asiente.
—Naruto
dice que solo se necesita tiempo —dice frotándose los ojos.
—¿Has
hablado con él?
—Sí,
sobre papá y mamá. Me hizo sentir mejor —dicho esto, alza la mirada hacia mí—.
¿Tú crees que siguen con nosotros?
Ahí
estaba, la pregunta que temía. Sin embargo, ahora me siento lo bastante fuerte
como para responder.
—Tu
padre y yo hemos estado juntos mucho tiempo. Me ha cuidado y me ha aconsejado
siempre que le he necesitado, he reído con él y me ha consolado cuando he
estado triste. Aunque ya no esté aquí, todo lo que he compartido con él no ha
desaparecido. No importa lo que me pase, no olvidaré las cosas que me enseñó
para superar lo que sea. Así que, creo que, mientras yo siga recordándole,
sigue conmigo.
Heiwa
asiente. No parece dolido por mi respuesta, eso es bueno.
—Me
gusta eso —dice, abrazándome—. Yo tampoco lo olvidaré.
Le
devuelvo el gesto con cariño mientras el alivio inunda mi cuerpo, dejándolo
inmerso en un extraño entumecimiento. Era como si hubiera estado tenso durante
semanas y, de repente, el estrés abandonara mi cuerpo. Me siento agotado, pero
bien. Libre de una pesada carga. Tengo la sensación de que lo peor ha pasado.
—Escucha
—le
digo, apartándolo y dedicándole, esta vez sí, una pequeña sonrisa de medio
lado—,
vamos a hacer una cosa. Tú terminas tus tareas de la escuela y yo preparo una
cena con tu plato favorito. Después, vemos una película juntos, algo alegre si
puede ser —Heiwa sonríe al escuchar eso, como si supiera que necesito algo que
no fuera triste—. ¿Te apetece?
Él
asiente con ganas.
—Sí.
Cuando
me despierto, el hielo regresa con fuerza. Hoy he soñado con él y el recuerdo
está fresco como el rocío en los árboles a esas horas de la mañana.
Duele.
Tenía siete años cuando se escapó de sus clases para venir a verme un día que
estaba con fiebre. Nuestra madre había tenido que irse a trabajar y yo me había
quedado solo después de que me dejara todo lo que podía necesitar a mano. Mi
hermano se quedó conmigo y puso un par de películas de Ghibli para que viéramos
juntos. Fugaku se puso furioso al enterarse de que no estaba en la universidad,
pero no le importó. Desde la separación de nuestros padres, apenas habíamos
podido vernos, a pesar de que a ambos nos afectó la distancia.
A
Fugaku le dio igual. Para variar.
Pensar
en él hace que el hielo se convierta en fuego. Sigue siendo mejor que el dolor.
Como
también no tener miedo. Creo que es la primera vez que me levanto sin temor a
enfrentarme a Heiwa. Me sigue recordando a mi hermano, pero mi resolución sigue
intacta. Anoche pude cenar con él mientras me hacía una lista exhaustiva de
todas las películas que había visto y lo que opinaba de ellas, hasta me contó
lo que opinaban sus padres. Envidié cómo podía hablar de él con verdadero
cariño. Se emocionó un poco al recordar esos momentos, pero eso no le impidió
seguir hablando del tema. Yo le dejé hacer, incapaz de mencionarlo, pero esa
noche le puse El viaje de Chihiro porque fue una película que me llevó a
ver al cine por mi décimo cumpleaños.
También
fue la primera vez que lo arropé y le di las buenas noches en su habitación. Él
me sonrió como si ese gesto tan pequeño lo hiciera realmente feliz.
Se
sintió muy cálido. El recuerdo de esa calidez hace que el fuego de mi ira se
atenúe. Ya no estoy ni helado ni ardiendo, solo tibio. Eso está mejor, me hace
sentir más preparado para enfrentar el día. Creo que, de hecho, es el primer
día que me parece bueno, al menos en comparación con todos los del último mes.
Me
levanto y me dirijo a la cocina para preparar el desayuno. Entonces, caigo en
la cuenta de que no sé qué le gusta desayunar. De hecho, no sé qué le gusta
comer en general, anoche solo descubrí que le encantaban las anguilas a la
plancha y el takoyaki. Tendré que preguntarle cuando escuche su
despertador, tal vez tenía los ingredientes para hacer algo que le guste.
Reviso
la nevera y la despensa para hacerme una idea de qué había. Podré ser el peor
tutor de la historia, pero nadie podría decir que a Heiwa le falta comida, ya
que los tenía a rebosar. Creo que podré hacer un desayuno en condiciones.
Cuando
escucho su despertador, me apresuro en ir a su cuarto. Llamo con suavidad y
después me asomo por la puerta a tiempo de verlo apagando el despertador con
una mano y frotándose los ojos con la otra.
—¿Heiwa?
¿Puedo pasar?
Él
parpadea con el ceño fruncido y me mira con ojos todavía soñolientos.
—¿Tío
Sasuke?
—Buenos
días —saludo mientras entro a la habitación, que está a oscuras.
—Buenos
días —dice con la frente todavía arrugada.
Me
siento a su lado en la cama.
—¿Has
dormido bien?
Él
me mira un instante confundido, y, de repente, abre los ojos como platos. Su
repentina sonrisa me pilla con la guardia baja.
—¡Sí!
—dice feliz antes de abrazarme—. Me gustó mucho la película.
Se
me escapa una media sonrisa mientras paso un brazo alrededor de su espalda.
Empiezo bien el día, sigo estando en el buen camino para criar a Heiwa. Bien
hecho, Sasuke, no pierdas el ritmo.
—Quería
saber qué sueles desayunar.
Heiwa
levanta la mirada hacia mí.
—¿No
hay más tostadas y huevos revueltos?
—Solo
si los quieres.
Él
no lo piensa dos veces al responder:
—Arroz
con huevo, sopa de miso y tortilla. Me gustan todos los pescados a la plancha.
Casi
me rio por su rápida respuesta, aunque el hecho de no haber acertado siquiera
en sus comidas me fastidia un poco.
Céntrate
en lo positivo, estás mejorando ahora.
—Te
lo prepararé mientras te cambias, ¿de acuerdo?
—¡Sí!
—asiente efusivo antes de casi saltar de la cama.
Se
me escapa una media sonrisa mientras me levanto y me dirijo a la cocina de nuevo.
Pongo el arroz en la arrocera para que se vaya haciendo mientras dejo una olla
para la sopa en el fuego. Después, saco el salmón de la nevera para hacerlo a
la plancha mientras el resto se va haciendo. La sopa la tendría lista en diez
minutos, igual que el pescado, y puede que el arroz tardara unos minutos más,
pero Heiwa solía tardar un cuarto de hora en estar listo, así que aprovecharía
el tiempo extra para hacer la tortilla.
Sin
embargo, Heiwa acaba antes de cambiarse y llega a la cocina justo cuando he
terminado la sopa y el pescado. Su sonrisa al captar el olor de la comida hace
que me sienta aliviado otra vez. Menos mal que he vivido solo el tiempo
suficiente como para ser un buen cocinero.
—Aquí
tienes la sopa y el pescado. El arroz y la tortilla estarán enseguida.
—Gracias
—dice Heiwa antes de fruncir el ceño—. Tío Sasuke.
—Dime
—respondo sin girarme, rompiendo los huevos sobre una sartén diferente a la del
pescado.
—¿Por
qué no sueles desayunar?
Yo
frunzo el ceño.
—Me
hago un café.
—Eso
no es un desayuno.
Al
escuchar su tono, me doy la vuelta.
El
hielo se clava en mi pecho. Su expresión de reprobación, tan parecida a la de
mi hermano cuando me reñía de pequeño, me pilla con la guardia baja.
Me
doy la vuelta con rapidez para estar atento a la tortilla.
Cálmate,
no lo jodas todo otra vez.
—No
suelo tener apetito por las mañanas.
Le
doy la vuelta a la masa al mismo tiempo que escucho el pitido de la arrocera
que indica que ha terminado. Me giro para sacarlo, pero, de repente, noto que
Heiwa está delante. Me mira con atención.
—¿Qué
pasa? —pregunto arrodillándome.
Él
sigue mirándome. De repente, su expresión se ablanda. No me cuesta reconocer la
tristeza en sus ojos.
—Cuando
papá y mamá se fueron, tampoco quería comer —dice en voz baja. El hielo se
expande dentro de mí, alcanzando mi garganta. No esperaba que dijera eso—. Me
dolía tanto que mi tripa estaba como cerrada. Todo me sentaba mal y me puse
enfermo. —Sus ojos se humedecen un poco, pero veo que hace un esfuerzo por
contenerse—. La abuela se preocupó mucho y la hice llorar. Creo que tenía miedo
de que me fuera también. Así que me cuidé para estar bien e intenté comer más. —Puso
sus manitas sobre mi brazo y se aferró a mi jersey con fuerza—. Cuídate, tío
Sasuke. Por favor.
…
Esto era más de lo que podía soportar. Tiro de él para darle un abrazo y que no
vea las lágrimas que están a punto de salir. Maldición. Últimamente no hago más
que llorar.
—No
me iré a ninguna parte, Heiwa. Lo prometo. —Y lo digo en serio. Sé que no estoy
bien, que aún no he pasado el luto, pero ni por asomo se me ha pasado por la
cabeza rendirme. No pasar página. Eso no. Él no me lo perdonaría y le hice una
promesa. No dejaría a Heiwa, bajo ningún concepto.
Mi
resolución hace que el hielo retroceda. No desaparece, pero se aleja lo
suficiente como para que pueda controlarme. En cuanto estoy seguro de que no
voy a derramar ninguna lágrima, me aparto de Heiwa, solo lo suficiente para
poder mirarlo a los ojos. Le dedico un diminuto asomo de sonrisa. Algo es algo.
—A
partir de mañana me haré un desayuno de verdad. Y, a partir de ahora, comeré
bien. Dormiré ocho horas y no trabajaré por las tardes. ¿Te parece bien?
—Y
harás ejercicio.
Levanto
una ceja ante su tono y Heiwa cruza los brazos sobre su pecho. Su pose
orgullosa de no aceptar un no por respuesta casi me hace reír.
—Es
bueno para la salud.
—Está
bien —accedo, poniéndome en pie—. ¿Te parece aceptable que vayamos al parque
este fin de semana?
Heiwa
sonríe, no sé si complacido o triunfal.
—Es
aceptable —y, dicho esto, da media vuelta y regresa a su silla para desayunar.
¡Mierda,
la tortilla!
Me
giro y me apresuro a darle la vuelta.
—Heiwa,
me temo que hoy tendrás que conformarte con eso y el arroz.
A
las tres en punto aparco el coche y voy hacia la escuela.
Ha
sido un buen día. Bueno de verdad. Estoy progresando con Heiwa y Sakura parecía
aliviada por teléfono cuando le conté que él y yo habíamos empezado a
comunicarnos. También me tomé la molestia de llamar a Sai durante el descanso
del almuerzo. Fui un poco rudo con él a pesar de que solo intentaba ayudarme y
le pedí disculpas por las últimas palabras que intercambiamos. Él solo se
alegró de que parecía estar mejor y, como todo el mundo, me dijo que lo llamara
si necesitaba cualquier cosa.
Además
de en lo personal, en el trabajo casi todos los inversores habían respondido a
mi mensaje accediendo a la invitación para la nueva exposición de Navidad.
Todavía faltaban unos pocos por confirmar, pero, por el momento, nadie la había
rechazado.
Lo
único que me molestaba era el contacto que tenía en China. El encargado me
había dado largas para entregarnos algunas piezas para la Galería de Toyokan.
No es que las necesitara ya, la exposición para Navidad era más importante y mi
prioridad, pero quería tener lista una exposición asiática para finales de
febrero y principios de marzo. Además, me había comprometido en enviarles
algunas de nuestras mejores obras para finales de noviembre, pero no quería
hacerlo si el museo chino reculaba. Tanto a Gaara como a mí nos costaba mucho
dejar nuestros objetos arqueológicos más antiguos en manos extranjeras.
Sabía
que, en momentos como ese, debía ser más diplomático, al fin y al cabo, mi
trabajo consistía en mediar con otros museos para el intercambio de obras, pero
era tan difícil cuando los demás no se ajustaban al horario que se había
pactado… Era consciente de que los planes cambiaban y debían ajustarse a
factores externos (público, inversores, coleccionistas…), pero que no me
hubieran dado ninguna explicación sobre el porqué del retraso me cabreaba.
Además,
se trataba del Museo Shaanxi. Era uno de los más famosos y tenían objetos de
tres mil años que me encantaría tener para las exposiciones temporales. Hasta
tenían un par de guerreros terracota. Mataría a quien fuera por tener uno de
esos. Eran una de las razones por las que inicié el contacto con ellos un par
de años atrás, intercambiando obras de gran valor, pero ni mucho menos las más
importantes. Creí que era el momento de ir un poco más lejos, supuse que
apreciarían que les enviáramos algunos de nuestros objetos más importantes,
pero ya no estoy tan seguro.
Sacudo
la cabeza y bajo del coche. Mañana podré seguir dándole vueltas al asunto, tal
vez deba convocar una reunión para consultarlo con la Junta e incluso hablar
con algunos de nuestros inversores chinos, puede que ellos ayuden.
Cuando
me acerco a la puerta, mis ojos captan algo chillón y colorido que llama de
inmediato mi atención. No puedo evitar fruncir el ceño al ver al director de la
escuela vestido con una camiseta de manga larga con capucha oscura y decorada
con grandes y sonrientes calabazas de Halloween. Encima, llevaba unos
pantalones largos mitad negros y mitad naranjas, en la parte oscura había
calaveras blancas y, en la naranja, murciélagos negros.
Las
cosas que se hacen por los niños. Aunque él parecía genuinamente feliz mientras
charlaba con unas madres que lo rodeaban y reían. La escena me resultó familiar
de un modo incómodo. Me recordó a mi etapa en el instituto.
Alcé
la cabeza para buscar a la señorita Hyuga ya que el director parecía ocupado y
no quería molestar, sin embargo, escuché que de repente decía mi nombre.
—¡Señor
Okami, ya está aquí! Ah, discúlpenme, señoritas, es importante. Las veo mañana.
Frunzo
un poco el ceño cuando me parece escuchar un sonido de decepción. Agh, sí, eso
me era muy familiar, y el recuerdo no es agradable. Me pregunto por un instante
si para el director también será incómodo, pero parece tan relajado y sonriente
que no puedo estar seguro. Tal vez le gusta estar rodeado de mujeres que lo
admiran.
Cuando
llega hasta mí, su sonrisa se vuelve un tanto maliciosa.
—¿Y
bien?
Mi
ceño se arruga aún más.
—¿Y
bien qué?
—Un
pajarito me ha hecho pensar que tal vez siguió mi consejo.
Entrecierro
los ojos ante la chispa de diversión en sus ojos.
—Está
bien, es usted bueno.
Sus
labios se curvan aún más hacia arriba. No sabía que alguien podía sonreír
tanto.
—Heiwa
estaba muy emocionado mientras me contaba en el almuerzo sus avances.
Levanto
una ceja.
—¿Suele
hablar mucho con él?
—No.
Solo con los niños que pasan por un momento difícil. Aunque ya no ejerza la
psicología, sigo siendo consciente de cómo afectan ciertas situaciones a los
niños y, por supuesto, me preocupo. Ayer hablé con Heiwa porque era su primer
día y quería saber cuál era su estado. No todos los niños reaccionan de la
misma forma —dice con aire sombrío. Ya no sonreía—. Solo quería estar
prevenido.
Su
comentario hace que me tense al instante.
—¿Debo
estar preocupado?
El
director sacude la mano de inmediato.
—En
absoluto. Su reacción es la normal en un niño de cinco años. Pasará con el
tiempo —dicho esto, me dedica una pequeña sonrisa—. Siga hablando con él. Es
bueno que sienta que tiene su apoyo.
Hago
una mueca.
—Sentí…
—me quedo callado, sin saber si continuar o no. Después de todo, no estoy en
una sesión de terapia, no tengo por qué contarle nada.
—¿Sí?
Lo
miro con cara de pocos amigos. Su sonrisa se ensancha.
—Ya
le dije que no cobro por consejos paternales. Además, solo he tratado a niños.
Me
debato un instante antes de seguir hablando. Al fin y al cabo, me había
ayudado. Había sido su consejo el que me había dado una forma de comunicarme
con Heiwa, de que los dos pudiéramos seguir adelante. Uno que, ahora me doy
cuenta, es tan evidente que casi me produce vergüenza ajena, pero el caso es
que estoy mejorando gracias a él.
Me
cruzo de brazos y aparto la vista. Me cuesta compartir emociones. Me ha pasado
desde pequeño y por una razón en la que no quiero pensar.
Decido
soltarlo de un golpe.
—Sentí
como si él me estuviera consolando a mí. Tendría que ser al revés.
El
director ya no sonríe, solo me mira con aire pensativo un momento y asiente.
—Hay
una diferencia entre compartir el luto con alguien y dejar que otro cargue con
tu luto. Los padres, por regla general, piensan que deben mostrarse fuertes
delante de sus hijos y es algo totalmente natural. Proteger a los niños es un
instinto que tenemos muy arraigado, incluso sin necesidad de ser el padre
biológico. Usted también lo tiene, no es algo malo. Pero debe ser consciente
que también es inevitable que Heiwa se preocupe por usted, después de todo,
ahora es su ser querido más cercano. No se avergüence de que vea su dolor.
Asiento
con lentitud, aunque hay algo que no entiendo.
—¿Qué
es eso de que otro cargue con tu luto?
Creo
que ha estado a punto de hacer una mueca. No estoy seguro. Aun así, su
expresión es muy seria mientras echa un vistazo a los padres que se marchan de
la escuela.
—Hay
padres que se desahogan con sus hijos. Hacen que sientan la responsabilidad de
cuidarlos. De repente, los papeles se invierten, es el niño el que se ocupa de
todo: sus tareas de la escuela, limpiar la casa, hacer la colada, la comida… El
niño deja de ser niño. Se convierte en un adulto que no tiene la capacidad de
soportar esa carga. Son casos en los que los padres sufren de una fuerte
depresión.
Bajo
los ojos, sintiéndome aliviado por no ser uno de esos casos. Por mucho frío que
haga dentro de mí, al final, logro levantarme por las mañanas y atender mis
responsabilidades. Tal vez no había sido el mejor tutor para Heiwa, pero, al
menos, no le había quitado su infancia.
—Sí
que ha visto cosas en su trabajo.
—Más
de las que debería, por desgracia —dice en voz baja. Un par de escenarios
terribles pasan por mi mente, pero, antes de que pueda profundizar en ellos, el
director sacude la cabeza y me mira con una sonrisa—. Pero ahora estoy en un
ambiente mucho más alegre —dice señalando su colorido traje.
Se
me escapa una sonrisa torcida.
—¿De
verdad tiene que ponerse eso?
—Alguien
debe entretener a los niños mientras sus padres trabajan. Y se acerca Halloween
—añade en un tono más alegre—. Adoro las fiestas, los niños pasan casi todo el
día haciendo dibujos y decoraciones para toda la escuela. Se respira un aire
más alegre de lo habitual.
Estuve
a punto de sonreír ante su entusiasmo.
—¿Heiwa
lo pasa bien?
—Tiene
la ardua tarea de organizar a su clase y resolver los problemas que surjan
entre sus compañeros. Se han organizado en equipos para ocuparse cada uno de
una actividad para Halloween. Tiene la inteligencia suficiente para desarrollar
dotes de liderazgo. Debe aprender a ser asertivo usándola.
Eso
suena bien. Mi hermano me dijo una vez que siempre le costó mucho relacionarse
con gente de su edad. Apenas tuvo amigos hasta la edad adulta. Tal vez yo fuera
el único que tuvo hasta entonces.
Heiwa
no pasaría por eso, no lo permitiría. Tendría una infancia feliz como la de
cualquier niño normal.
—¡Tío
Sasuke!
Me
giro instintivamente al escuchar que me llama, a tiempo de ver cómo se lanza a
abrazarme las piernas. Cuando alza la mirada, sus ojos son brillantes.
—¡Hemos
empezado a prepararlo todo para Halloween! ¡Todo el mundo está trabajando para
decorar la escuela!
Yo
ladeo la cabeza y se me escapa una diminuta sonrisa ante su felicidad.
—¿De
verdad? Cuéntame de camino a casa.
Sus
ojos oscuros se iluminan como estrellas, pero, antes de seguirme, se gira hacia
el director agitando la mano.
—Hasta
mañana, Naruto.
Él
le sonríe.
—Nos
vemos, Heiwa.
Cuando
andamos hacia el coche, él ya me está contando cómo ha organizado los equipos
de su clase y las tareas que han acordado hacer para darle a la escuela un
toque terrorífico, según él, lo que casi consigue que sonría de nuevo.
Me
siento aliviado al darme cuenta de que no hay hielo ahora. De que puedo
centrarme en Heiwa sin que me duela tanto. Soy consciente de que no ha
desaparecido, de que sigue a la espera de un descuido para atraparme de nuevo,
pero ahora sé que ese pequeño tan parecido a mi hermano es capaz de romperlo, y
eso me deja tranquilo.

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