Promesa helada

 


Me despierto sobresaltado al escuchar la alarma del despertador.

Por un momento, todo está bien. Todo va bien. Entonces, recuerdo que ya no está.

Me hielo por dentro.

Pese a que ha pasado más de un mes, sigo sintiendo el mismo frío que cuando me dieron la noticia. Por mucho que lo intento, no logro alejar esa sensación, es tan intensa como entonces. Aunque, debo reconocer, ahora soy más funcional que los días posteriores a su funeral. Supongo que, simplemente, me he acostumbrado a la sensación de frialdad que me invade por dentro.

Me levanto con desgana e intento concentrarme en el día que tengo por delante. Primero tengo que hacer el desayuno para Heiwa.

Me estremezco al pensar en él. Ya es bastante difícil alejar su recuerdo de mi mente como para enfrentarme a su rostro todos los días. Lo veo y me acuerdo de él. De nuestra vida juntos, los momentos buenos y malos. Sobre todo, recuerdo el peor de todos. Y recuerdo que ya no volverá a estar ahí.

Desayuno. Prepáralo. Me fuerzo a pensar. Tengo que concentrarme. Hoy, tanto Heiwa como yo tenemos que volver a hacer vida normal. Puede que así todo sea más fácil.

Saco los huevos de la nevera y unas rebanadas de pan de la despensa. Pongo la sartén al fuego y echo el aceite.

Cuando noto que se está calentando, escucho un despertador.

Se me tensan los hombros. Es la hora.

Actúa normal. Actúa normal. Tienes que actuar normal.

Miro el reloj de la cocina. En un cuarto de hora tendría que estar preparado. Si no, tengo que ir a buscarlo.

Me tenso otra vez.

Inspiro hondo y me concentro en cocinar. Pongo las rebanadas de pan primero, las aplasto un poco contra el hierro ardiendo y luego les doy la vuelta con la paleta. Las saco del fuego y las sirvo en un plato cubierto con papel de cocina para que absorba el aceite y no manche el plato. Añado más aceite a la sartén, rompo los huevos y los pongo a freír.

—Buenos días.

Tensión. De nuevo.

Respira hondo. Actúa normal.

Giro la cabeza y observo a Heiwa. Procuro no mirar sus ojos. En cambio, miro su indumentaria de prescolar y me fijo en la mochila que lleva en sus manitas. Parece que ya lo tiene todo preparado.

—Buenos días —digo, volviendo a prestar atención a los huevos—. Siéntate, casi está el desayuno.

Oigo cómo arrastra la silla sobre el suelo. Se queda en silencio mientras yo termino de hacer la comida. En cuanto tengo los huevos fritos, los sirvo en el plato y los remuevo con un tenedor. No sabía si Heiwa ya puede usar cuchillos o no, no me había fijado antes y me daba miedo invocar algún recuerdo por miedo a que él aparezca. Prefiero no arriesgarme. Otra vez.

Una vez preparado, dejo los platos de huevos y tostadas frente a él.

—Tu desayuno.

—Gracias —dice Heiwa en voz baja mientras coge una tostada. La rebaña en el huevo revuelto.

Mientras, enciendo la cafetera y me hago un café solo. Necesito despejarme. Hoy vuelvo al trabajo, aunque por ahora esté desde casa. No me atrevo a volver todavía al museo, siento que aún estoy hecho un desastre. Sin embargo, no es justo que lo haya dejado todo en manos de Sakura…

—¿No desayunas? —me pregunta Heiwa.

Lo miro a la cara, intentando actuar normal. Sin embargo, me encuentro con esos rasgos y esos ojos y no puedo evitar que mi mente gire hacia él. El hielo clava sus garras en mí.

Rehúyo su mirada y me centro en mi taza de café.

—No tengo mucha hambre hoy.

—Ah —dice él antes de seguir comiendo.

No sé qué más decir. En realidad, no he sabido qué decirle desde el funeral. ¿Cómo debería abordar el tema con un niño de cinco años? ¿Debería abordarlo siquiera? ¿No era mejor… dejarlo pasar? Tal vez, así, los dos podríamos volver a la normalidad.

No. No, en el fondo, no podíamos. Ahora yo tendría que ocuparme de él.

—Cuando termines el desayuno, te llevaré a la escuela —le digo, terminando la taza de café—. Voy a cambiarme.

Me alejo a paso rápido, huyendo. No me siento mejor cuando llego a mi habitación, mi mente sigue girando entorno a él.

No sé si voy a poder hacer esto, si soy capaz. Es como si en cualquier momento fuera a romperme, a desmoronarme. Otra vez. En ese estado, no sé si puedo hacerme cargo de Heiwa… Pero se lo prometí. Le juré que yo me haría cargo de él y que le daría la mejor vida que pudiera.

Lo intento. Tengo todo lo que necesita y procuro que esté sano… Y, aun así, sé que no lo estoy haciendo bien. Sé que Heiwa no está mucho mejor que yo, pero tampoco estoy seguro de qué puedo hacer o decir para ayudarlo. No sé cómo hablar con él. No como antes, al menos. Ahora las cosas han cambiado y ya no sé cómo dirigirme a él.

Voy directo al baño y me lavo la cara casi con violencia. Me miro al espejo. Veo frustración en mi espejo, los ojos de un hombre desesperado y perdido.

Aprieto los labios. Mis ojos arden de rabia.

Me obligo a recordarlo. El hielo atenaza mi corazón, lo desgarra, intentando hacerlo pedazos. Aun así, lo recuerdo. Recuerdo sus últimos momentos, sus últimas palabras.

Eso es, yo lo prometí. Prometí que lo haría lo mejor que pudiera. Aún no sé cómo, pero tengo que hacerlo de un modo u otro. Él nunca me había fallado y yo no puedo fallarle ahora. No con lo más importante.

Me aseo y me visto con rapidez. Me pongo algo informal, después de todo, solo tengo que llevar a Heiwa a la escuela.

Cuando regreso a la cocina, ya ha terminado de desayunar. Se ha dejado una tostada y la mitad de los huevos. Tiene la cabeza gacha y sus manos se aferran al bajo de su camiseta.

La mirada triste en sus ojos me desarma. Parece al borde del llanto.

Mi determinación acaba por los suelos.

¿Qué hago? ¿Qué le digo? ¿Lo abrazo? ¿O rechazará mi contacto? ¿Qué se supone que tengo que hacer para que esté bien?

Tal vez… Tal vez tengo que centrar su atención en otra cosa.

—Heiwa —lo llamo, cogiendo su abrigo—, si ya has acabado, nos vamos.

Él no dice nada y se limita a bajar de la silla. Le tiendo el abrigo, se lo pone con la cabeza gacha y se coloca la mochila. Luego, me sigue por el pasillo hasta la puerta del piso y bajamos hasta el garaje.

Durante el trayecto a su escuela, ninguno de los dos habla. Veo por el retrovisor que sigue teniendo esa mirada afligida, pero en ningún momento abre la boca. No me cuenta lo que le ocurre, aunque no hace falta ser tan inteligente como para saberlo. No es muy diferente a lo que me pasa a mí y, sin embargo, sigo sin saber cómo actuar. Porque, si ni siquiera yo mismo sé qué debo hacer para que el hielo desaparezca de mi interior, ¿cómo puedo aliviar su pesar? ¿Cuáles son las palabras correctas?

Mientras me devano los sesos en un intento por encontrar algo que pueda ayudarlo sin mucho éxito, me detengo en un ultramarino y le compro un bento para comer. De vuelta al coche, se lo entrego y le pido que lo guarde en la mochila. Él lo hace bajando la cabeza. Creo que no quiere que lo mire, como si quisiera ocultarme su dolor.

Vuelvo a concentrarme en la carretera, apretando los puños sobre el volante y mordiéndome el labio inferior.

Maldita sea. No sé cómo voy a hacer esto…

No tardo mucho en llegar a la escuela. Miro por el espejo retrovisor a Heiwa, que continua cabizbajo.

—Vendré a recogerte a las tres.

—Vale —dice, de nuevo en voz baja, antes de abrir la puerta del coche y bajarse.

Lo vigilo hasta que atraviesa la entrada de la escuela. En ese momento, veo que sale corriendo hacia una mujer de largo cabello oscuro y claros ojos violáceos que se encuentra en la puerta. Ella sonríe cuando lo ve y se agacha abriendo los brazos, recibiendo un abrazo de Heiwa con una sonrisa.

El hielo se extiende por mi pecho. Atraviesa mis costillas y desciende hasta mi vientre, como si fuera una infección que crecía y crecía sin encontrar ningún tipo de resistencia.

Tal vez porque no la había. No sé cómo ponerla. No sé cómo seguir adelante por mucho que me obligue a ello. No sé cómo cumplir mi promesa de cuidar a Heiwa.

No tendría que haberla hecho. No tengo ni idea de cómo tratar a un niño. Soy un inútil.

Con mucho gusto me habría dado de cabezazos contra el volante y me habría quedado tirado en el asiento mirando a la nada, martirizándome y revolcándome en mi autocompasión. Sin embargo, estoy obstruyendo el camino y tengo que trabajar.

La idea de tener la mente concentrada en otra cosa me da una vana esperanza de poder ignorar la gélida telaraña que se está formando en mi interior. Puede que estar alejado de Heiwa medio día me ayude a no pensar, puede que sea bueno para mí. Si consigo salir adelante… Si lo hago, puede que todo fuera más fácil para él también. Tal vez encontraría un modo de comunicarme con él, de cuidarlo bien y hacerlo feliz.

Traté de convencerme de ello durante el camino de vuelta. Y, cuando llegué a casa, estaba impaciente por trabajar, me aferré a esa vana esperanza como a un clavo ardiendo, pensando que, si acababa por creérmelo, al final, funcionaría.

En un momento, recojo el desayuno que le había sobrado a Heiwa y me lo llevo a mi despacho. Enciendo el ordenador y, mientras espero a que se inicie, llamo a Sakura. Me responde al primer toque.

—¡Sasuke! ¿Cómo estás?

Casi sonrío al escucharla.

—Buenos días para ti también —la saludo.

Sakura gruñe.

—No me vengas con esas, he estado preocupada por ti.

Bajo la vista, sintiéndome un poco culpable.

—Lo sé, lo siento —me disculpo, mirando por la ventana—. Todo sigue… más o menos igual.

Escucho cómo suspira.

—Te dije que estuvieras más tiempo de baja.

—Necesito algo con lo que distraerme.

Ella se queda callada unos segundos.

—Supongo… que es una forma de salir adelante. Pero, Sasuke, si necesitas lo que sea, por favor, llama. No te encierres en ti mismo.

Se me escapa una diminuta sonrisa. Me conoce muy bien.

—Haré lo que pueda.

—Hazlo o dejaré que sea mi mujer quien se encargue de esto.

Hago una mueca al pensar en Lucy. Era imposible no olvidarse de cómo nos conocimos, teniendo en cuenta que creyó que estaba coqueteando con Sakura y que acabé tirado en el suelo con un brazo a punto de partirse.

—Lo haré —rectifico con rapidez.

—Eso está mejor —dicho esto, su tono se suavizó—. ¿Cómo van las cosas con Heiwa? ¿Te apañas?

Suspiro. Por supuesto, tenía que salir el tema.

—Hago lo que puedo. Lo estoy… intentando. Pero es difícil.

—No puedo ni imaginarlo. —Su voz sonó compasiva—. Sé que es… una situación delicada para los dos. Y que todo se te ha lanzado encima muy de repente. Por favor, cuenta con Lucy y conmigo si es demasiado para ti.

Medito su propuesta. Tal vez durante demasiado tiempo. Sin embargo, su último recuerdo me viene a la mente. El hielo me araña desde dentro, me desgarra. Pero, aun así, aprieto los dientes y me aferro a él.

—Quiero cumplir mi promesa —digo al final—. No sé cómo hacerlo… pero encontraré una manera.

—Claro que sí —dice Sakura, un poco más animada—. Mucho ánimo, Sasuke. Sabes que estamos aquí para lo que haga falta.

—Gracias —dicho esto, me fijo en el calendario que aparece en la pantalla del ordenador. Maldigo internamente al ver una fecha remarcada—. Ah, mierda.

—¿Qué? —pregunta Sakura, alarmada.

Sacudo la cabeza y me paso la mano por la nuca.

—Nada, había olvidado la exposición de Heiseikan.

—No te preocupes por eso, llegará todo a tiempo.

—¿Todas las restauraciones estarán a tiempo?

—Solo faltan algunas estatuillas. Gaara ha estado supervisándolo todo.

Suspiro aliviado. Si él está al frente, entonces todo irá bien. Es un arqueólogo perfeccionista y exigente que no permitiría una restauración chapucera ni aunque le pagaran veinte veces lo que gana por ello. Trabaja duro y espera lo mismo de su equipo. No sacará ninguna pieza que no considere que esté a la altura de lo que fue en su día. Jamás me he arrepentido de contratarlo y ponerlo a cargo de la sección de arqueología.

—¿Y las salas?

—Ino está revisando que no falle ni un solo foco de iluminación. Ya ha encargado algunas cosas que no funcionaban y está previsto que llegue a tiempo.

—¿Los invitados?

—Casi he enviado todas las invitaciones. No he contactado con los inversores por si querías hacerlo tú en persona.

—Me dedicaré a escribirles. ¿Algo que tenga que saber?

—Sai ha llamado varias veces. Insiste en que expongamos su nueva colección.

Frunzo el ceño.

—Somos un museo arqueológico, no exhibimos obras modernas.

—Eso le he dicho yo.

—Si insiste, dile que me llame a mí.

—Sabes que no lo hará, te tiene miedo.

—Así dejará de llamar —gruño. Aprecio a Sai, somos amigos desde que compartimos asientos en la universidad, pero el muy idiota sabe que no trabajo para el Museo Nacional de Arte Moderno. Bastantes dolores de cabeza tengo con contactar con otros museos asiáticos para pactar el traslado temporal de sus obras para las exhibiciones como para preocuparme porque los artistas no sepan a qué museos contactar para presentar sus obras.

Además, seguro que solo era una excusa para que habláramos. Después del funeral, estuvo un tiempo siguiéndome a todas partes, intentando cuidar de mí. Sé que su intención era buena, pero eso no me ayudó. Acabé echándolo de mala manera y no habíamos vuelto a vernos desde entonces.

Me paso una mano por el pelo.

—Oye, dile que, si quiere hablar, mi puerta está abierta —le digo a Sakura.

—Está bien. Por cierto, hay un par de obras de China que no están confirmadas todavía para la exposición de la Galería Toyokan. El encargado no me coge el teléfono, ¿puedes ocuparte tú?

—Claro —respondo, contento por tener trabajo que hacer.

En cuanto termino de hablar con Sakura, me pongo manos a la obra. Primero contacto con los inversores, pues urge más para la exhibición de diciembre, antes de Navidad, y necesito saber cuántos invitados tendremos en total para que Ino pueda organizar la sala. La confirmación de las obras de China puede esperar hasta después de comer.

 

 

Aparco frente a la escuela a las tres en punto clavadas.

El trabajo me había ayudado a despejarme y, a la hora de comer, por primera vez en mucho tiempo, había podido centrarme en otra cosa que no fuera en los dolorosos recuerdos que conservaba de él o en mi preocupación por Heiwa. La vana esperanza que había albergado de poder superar la telaraña de hielo que impregna mi interior se había vuelto auténtica. Creía de verdad que podría seguir adelante y, cuando lo consiguiera, cuando volviera a ser el mismo de antes, fuerte, decidido y confiado, podría encontrar la manera de ser lo que Heiwa necesitaba.

Sin embargo, esa convicción se había tambaleado conforme mi coche se acercaba a la escuela.

Ahora, vuelvo a estar nervioso, temeroso de que la sola visión del pequeño hiciera que esa esperanza fuera engullida por el hielo.

Veo con el estómago encogido cómo los niños salen de la entrada para reunirse con sus padres, esperando que en cualquier momento aparezca. Me fijo en cada niño con el cabello oscuro, en parte preparado para evitar sus ojos, en parte queriendo enfrentarme a ellos y no sentir que la telaraña se expande. Pero cada vez que veía el pelo corto y negro de un niño, no era él.

Tres y cuarto.

Heiwa aún no ha salido y apenas quedan padres y niños en la puerta. La inquietud hace que aparque con rapidez y salga del coche para ir a buscarlo. Me había escuchado decirle que iría a recogerlo, ¿verdad? No se habría ido por su cuenta para evitarme… ¿No?

Atravieso la entrada de la escuela a paso rápido y voy directo hacia la mujer que hay en la puerta. Es la misma que la de aquella mañana y estaba hablando con una madre y su hija con una sonrisa en el rostro.

—Hola, disculpe que interrumpa —digo con el tono acelerado. Estoy seguro de que parezco uno de esos padres sobreprotectores que saltan a la mínima, pero no puede ser que lo haga tan mal como para perder de vista a Heiwa. ¡Solo tiene cinco años! ¡No puedo dejar que vaya solo por ahí! —. Busco a Heiwa Okami.

La mujer parpadea sorprendida, pero me responde con una sonrisa. Me relajo de inmediato.

—Ah, usted debe de ser su tutor. Sasuke Okami, ¿verdad?

—Sí —digo, casi suspirando.

—Heiwa está en la sala de lectura. El director desea reunirse con usted antes de que se vayan. ¿Tiene un minuto?

La inquietud regresa al mismo tiempo que frunzo el ceño. ¿El director quiere verme? ¿Por qué? ¿Habrá tenido algún problema Heiwa? Pienso en su expresión de esta mañana y tenso los hombros. Mierda, tendría que haberle preguntado qué le ocurría en vez de ser un maldito cobarde.

—Claro —respondo de inmediato.

La mujer se disculpa con la madre y la niña y me pide que la siga. Yo obedezco sin pensar, demasiado preocupado por Heiwa como para fijarme en el edificio de estilo tradicional.

—¿Está bien? —pregunto, atacado por los nervios.

Ella se gira y me dedica una sonrisa que pretende tranquilizarme.

—Sí, no ha pasado nada, señor Okami. No tiene de qué preocuparse. Al director le gusta hablar con los padres o tutores el primer día para que sepan cómo funcionamos, y dado que Heiwa es un caso especial…

Suspiro de alivio. Ella me escucha y se ríe, dándose la vuelta.

—Por cierto, me llamo Hinata Hyuga. Soy la maestra de Heiwa —se presenta, inclinándose.

Le devuelvo la inclinación de inmediato.

—Mucho gusto —dicho esto, seguimos andando en dirección al despacho del director, supongo—. ¿Cómo le ha ido a Heiwa en su primer día? —pregunto, más tranquilo.

—Bastante mejor de lo que creíamos. Ya teníamos preparadas unas actividades especiales para él, así que ha estado bastante ocupado durante toda la mañana —dice sonriendo.

Me siento mucho mejor al escuchar eso. Me preocupaba su estado cuando lo dejé aquí. Por un momento, pensaba que no podía haberlo hecho peor. Y, aun así, sé que puedo hacerlo mucho mejor.

—Es aquí —dice la señorita Hyuga. Llama un par de veces a la puerta y, al escuchar un “adelante”, desliza la puerta corredera y se asoma—. Sasuke Okami ya está aquí.

—¡Ah, perfecto! —dice una voz masculina y jovial—. Que pase, que pase. ¿Te ocupas de los niños mientras tanto?

—Claro —responde la maestra y me hace un gesto con la mano para invitarme a entrar—. Adelante.

Le doy las gracias con un murmullo y me adentro en el despacho del director. Por algún motivo, me sorprende que tenga las paredes llenas de dibujos y manualidades que habían hecho los niños, todos de vivos colores: azul, verde, amarillo y rojo, mezclados y combinados entre sí sin ningún sentido, pero que le daban a la estancia un aire muy alegre y acogedor. También me llama la atención que, en el rincón izquierdo de la estancia, junto a una ventana grande que daba al jardín, hubiera una mesita y un par de sillitas de madera, con algunos juguetes esparcidos por el suelo cubierto de una alfombra mullida y libros infantiles desperdigados sobre la mesa.

Aparte de eso, lo único que indicaba que allí trabajaba un adulto era el sencillo escritorio que tenía enfrente y la estantería que había detrás, repleta de algunos libros que no parecían para niños y muchas carpetas.

Reclinado sobre el asiento al otro lado de la mesa, me esperaba el director. Frunzo un poco el ceño al verlo, un tanto desconcertado, ya que parece demasiado joven como para dirigir una escuela, aunque fuera una de prescolar. Es un hombre delgado y de piel rosada, un tono más cálido que el mío. No debería sorprenderme que vistiera un simple jersey rojo de cuello vuelto al trabajar todo el día con niños pequeños, pero esperaba que vistiera de traje como los profesores de primaria y secundaria. Lleva el cabello rubio corto hasta la nuca y tiene un corte desordenado, rebelde, lo que, unido a sus rasgos juveniles, le hace parecer aún más joven. Sus ojos azules tienen un brillo cálido y risueño.

Cuando me acerco, se levanta y hace una inclinación a la que correspondo.

—Es un placer conocerlo, señor Okami —me dice antes de señalarme la silla situada al otro lado del escritorio—. Por favor, siéntese. Me llamo Naruto Namikaze.

—Gracias, director —digo mientras me siento. Iba a abrir la boca para preguntarle en qué consistía esta reunión, pero él se adelanta.

—Lamento si he interrumpido algo importante, señor Okami, pero aquí nos gusta conocer a los padres y tutores de los niños. Enseguida le explico por qué —me dice mientras se gira en busca de una de las carpetas. Al encontrar la que busca, tararea una melodía sencilla en voz baja mientras la abre y rebusca entre los diferentes papeles—. ¡Aquí está! —exclama antes de mostrarme un contrato—. Este es el contrato que firmó su hermano cuando su hijo empezó a estudiar aquí. Al ser ahora el tutor de Heiwa, tiene que darnos su autorización para hacernos cargo de él. Léalo esta tarde y, si tiene alguna duda, mañana puede comentármela —dicho esto, su ceño se acentúa un poco—. Sin embargo, hay un par de cosas que quiero que sepa.

Me siento algo descolocado. No por sus palabras, todo parece muy lógico al ser yo ahora el tutor de Heiwa, sino porque, por primera vez, no me he estremecido al escuchar la mención a mi… A él. El hielo seguía ahí, cierto… Pero, en esta ocasión, no me ha clavado sus agujas heladas. Solo permanecía dentro de mí, inmutable. Una parte de mí se alegra de que otra persona pueda hablar de él sin estremecerme.

—Por supuesto —digo, inclinándome hacia delante, atento.

De repente, el rostro del director se vuelve serio.

—Lo primero, y esto puede parecer un tanto irrelevante, es que quiero que quede claro que, a la salida de los niños, no los entregamos a nadie a menos que sea su padre o tutor. Si viene a recogerlo un tercero, debemos ser informados con antelación y la persona que venga debe presentar un justificante que le enviaremos por correo electrónico.

Frunzo el ceño.

—¿Es normal tanta seguridad?

—No —admite el director, moviendo los ojos a un lado—. Soy psicólogo, me especialicé en tratar a los niños. Antes, trabajaba con casos difíciles, así que soy un poco paranoico en lo que se refiere a su seguridad. Me tomo muy en serio a quién contrato y con quién los dejo cuando ya no están bajo nuestro cuidado. ¿Eso es un problema?

Sacudo la cabeza.

—En realidad, lo aprecio.

El hombre relaja los hombros y sus rasgos vuelven a ser amables y cálidos.

—Bien. ¿Vendrá usted a recoger siempre a Heiwa o debo estar informado de alguien más?

Inclino la cabeza a un lado, pensando.

—Casi siempre vendré yo. En caso de que no pueda, vendrá su abuela.

—Por favor, no olvide informarnos ni que ella venga sin justificante.

Asiento. No creo que se me olvide algo tan importante.

—No lo dude.

El director me mira con un brillo en los ojos, como si hubiera dicho algo que estaba esperando, pero no puedo estar seguro. Echa otro vistazo al contrato y asiente para sí mismo.

—En fin, supongo que no es necesario decirle que, si en cualquier momento Heiwa necesita ayuda psicológica, puedo ofrecer mis servicios si lo desea. —Antes de que pueda consultarle si podía ayudarle a superar la muerte de sus padres, él continua, revisando unos papeles de la carpeta—. ¡Ah, sí! Esto es importante. Lo hablé con su hermano en su día, pero quiero comentárselo a usted también.

Una vez más, me sorprende que el hielo no me atenace al hablar de él. Sin embargo, vuelvo a centrarme.

—¿De qué se trata?

—Como ya sabrá, Heiwa tiene un intelecto fuera de lo común.

Se me escapa una sonrisa orgullosa.

—Como su padre.

… Espera. Un momento.

¿Acabo de hablar de él en voz alta? ¿Sin estremecerme?

Antes de que pueda analizar lo que había hecho, el director me sonríe.

—El señor Okami se mostró sorprendido cuando se enteró… y un poco decepcionado.

Hago una mueca cuando otro recuerdo me viene a la memoria. No es doloroso, pero me sigue dando rabia.

—Tenía sus motivos.

—Me dijo que quería que su hijo tuviera una vida normal.

Yo asiento con énfasis.

—Quiero lo mismo para él.

Noto por la forma en que me mira que intuye que pasó algo. Sin embargo, no dice nada al respecto, en vez de eso, se inclina y enlaza los dedos sobre la mesa.

—Entonces, le explicaré el acuerdo al que llegamos para educar a Heiwa. Está en una etapa en la que no solo aprende lo más básico: leer, escribir, contar, las formas geométricas… Sino que también aprende a socializar y relacionarse con los demás —dicho esto, me observa con atención—. Heiwa aprendió muy rápido los conocimientos básicos y, según los exámenes que le hemos hecho, podría asistir sin problemas a clases de un bachillerato de ciencias. Sin embargo, las habilidades sociales no son tan simples. Por eso, una parte de sus actividades en clase consiste en ayudar a sus compañeros. Fomenta el trabajo en equipo y le ayuda a consolidar los conocimientos más básicos al tener que explicarlos él. Sus exposiciones en clase son más complicadas de realizar a la hora de buscar y recopilar información y, al mismo tiempo, debe encontrar la forma de hacer explicaciones sencillas para que sus compañeros puedan entenderle. Así estimulamos su mente al mismo tiempo que se relaciona con el resto.

Yo asiento. Para mí, suena bien, y, si él consideraba que era un buen método, confío en su criterio.

—¿Qué hay de la otra parte?

—Tengo un amigo que dirige una escuela primaria para niños con la capacidad intelectual de Heiwa y me proporciona material para él. Cuando llega el momento de hacer tareas individuales, Hinata se ocupa de darle libros apropiados a su nivel y ejercicios que lo estimulen, así no se aburre en clase —dicho esto, mira unas anotaciones en los papeles con atención—. También estábamos probando a que aprendiera inglés. ¿Qué tal se le da a usted?

—Bastante bien —respondo, encogiéndome de hombros—. Lo uso mucho en el trabajo.

—Excelente —dice el director con una sonrisa—. Entonces, podrá ayudarlo. Le hemos recomendado algunas películas infantiles para que las vea con subtítulos en japonés, por ahora. Si vemos que avanza rápido, le pasaremos los subtítulos a inglés para que aprenda a escribir las palabras correctamente.

Yo asiento.

—Suena bien.

El director asiente y sigue repasando las anotaciones. De repente, su rostro se ensombrece. Acaba por cerrar la carpeta y la guarda en su sitio antes de mirarme con severidad.

—Hay una cosa más que quiero comentarle, señor Okami.

—Usted dirá.

Él me observa con detenimiento.

—Señor Okami, me preocupa que, a la hora de salida, Heiwa me haya pedido quedarse más tiempo en la escuela.

Me quedo helado. Esta vez sí. Las gélidas agujas se clavan en mi interior, me desgarran por dentro, me atrapan en su telaraña blanca.

Al final, es cierto, no puedo hacerlo peor.

—¿Ha dicho por qué? —logro preguntar, aunque mi voz suena algo estrangulada.

El director me mira con compasión.

—Dice que no quiere causarle más molestias.

Espera, ¿qué? ¿No está enfadado conmigo?

—¿Eso es lo que piensa? —pregunto acongojado.

—Es lo que me ha dicho —responde el director, todavía observándome—. Señor Okami, ¿puedo hacerle una pregunta personal?

Yo parpadeo, descolocado, intentando digerir la forma en la que Heiwa me veía y mantenerme en la conversación al mismo tiempo.

—Eh… Sí.

—Usted no tiene hijos, ¿verdad?

Su pregunta me confunde aún más.

—No.

Él asiente y cruza las manos sobre el escritorio.

—¿Me permite darle mi opinión profesional? No le cobraré nada, solo quiero aconsejarle por el bien de Heiwa.

—Por favor —suplico. Necesito con desesperación saber cómo puedo hacerlo bien, cómo puedo cumplir mi promesa y no ser un completo desastre con Heiwa.

El hombre asiente y, esta vez, sus ojos muestran comprensión.

—Comprendo que no sea fácil para usted esta situación. No solo debe afrontar la pérdida de su hermano, sino también hacerse cargo de un niño pequeño. Para una persona que no tuviera planeado tener un hijo en un futuro próximo es… difícil hacerse a la idea de que tiene una responsabilidad tan grande. Sobre todo, en un caso como este.

Agacho la cabeza, un tanto avergonzado de que se haya dado cuenta de cómo me siento de forma tan sencilla. ¿Tanto se me nota? O puede que solo fuera porque es psicólogo y ya había visto cosas como esta. Pero, sea como sea, tiene razón.

Yo ya sabía que sería el tutor legal de Heiwa si algo les pasaba a él y a Izumi. Aunque mamá habría aceptado de buena gana ocuparse de su nieto, tanto él como yo pensamos que ya había hecho más que suficiente con criarnos a nosotros dos y, ahora que volvía a estar casada y por fin era feliz, ninguno quiso darle más responsabilidades. Por eso acepté ser el tutor legal de Heiwa. Había creído que podía hacerlo…

Sin embargo, cuando todo pasó… Todo fue tan rápido que apenas he podido asimilarlo. Aún me cuesta creer que él ya no está. Que no volveré a hablar con él.

Y, además, tengo que ocuparme de Heiwa. Había sido fácil tratar con él cuando mi hermano estaba vivo, pero en aquel entonces él no había sido mi responsabilidad, había sido mi sobrino, con el que solía pasar algunas horas una vez cada pocos meses.

Ahora ya no era así. Ahora está conmigo a tiempo completo.

Y no tengo ni idea de cómo cuidarlo.

—No sé cómo hacerlo —admito, cabizbajo.

—¿Cómo lidiar con la situación?

—Cómo cuidar de Heiwa. Nunca sé… qué decir o qué hacer.

El director esboza una suave sonrisa y me mira con amabilidad.

—Ah, pero esa es la parte fácil.

Yo frunzo el ceño y alzo la cabeza.

—¿En serio?

—No lo parece, pero hablarle a un niño es más fácil de lo que parece —dicho esto, hace una mueca de exasperación—. Los adultos tienen tendencia a tratarlos como si fueran tontos, pero saben más de lo que parece. Puede que haya ciertos temas que no sean apropiados para ellos o que sean más difíciles de hablar, sin embargo, al final no es una conversación tan distinta a la de un adulto, solo cambia el contenido.

… Estoy bastante seguro de que mi cara es la viva imagen de la confusión.

—¿Hablar con Heiwa… es como hablar con un adulto?

El otro hombre pone los ojos en blanco.

—Piénselo. Solo tiene que preguntarle cómo le ha ido el día, y, en vez de qué ha hecho en el trabajo, qué ha hecho en la escuela. Si no sabe qué más preguntarle, incida en los detalles, que le diga qué está estudiando en estos momentos y, si no lo entiende, haga que se lo explique. Solo préstele atención, pase tiempo con él.

Dicho así, tiene cierto sentido… Pero…

—¿Qué hago si me pregunta por sus padres?

Él me mira como si fuera evidente.

—Le repito que los niños no son tontos. Heiwa sabe que ya no están y que no van a volver.

—Me refiero a que… ¿Qué le digo si me pregunta dónde están ahora?

Se encoge de hombros.

—La verdad. O, al menos, la verdad en la que crea usted. Puede decirle que están en el Cielo, que siempre vivirán en su recuerdo o que la muerte es solo una fase más de la vida por la que todos pasaremos algún día. Si no cree que haya nada más allá de la muerte, puede que, en efecto, sea un poco violento decirlo así sin más, pero puede escoger una forma de decirlo que se acerque a lo que piensa.

Medito sobre ello un momento. Lo que yo creo…

Lo miro y, al hacerlo, siento un halo de calma dentro de mí.

—Creo que ya sé cómo decírselo.

Él me sonríe.

—¿Lo ve? Hablar con él no será un problema.

—¿Qué pasa si me pregunta si pienso que es una molestia?

—¿Piensa que es una molestia?

Arrugo el ceño al escuchar la pregunta.

—Claro que no —respondo, un tanto a la defensiva.

El director me sonríe y me señala con las manos.

—Ahí lo tiene.

—No puede ser tan fácil —replico con cierta molestia.

—Los niños pequeños suelen conformarse con las respuestas de los adultos. Lo único que hará será preguntarle el porqué de su comportamiento, sea el que sea. —Abro la boca para hacer otra pregunta, pero él me detiene con una mano—. E intuyo que la respuesta sea, probablemente, que echa de menos a su hermano. Que piensa mucho en él y que aún está triste por ello. Puede decirle que por eso le cuesta comportarse como antes, pero que pasará con el tiempo —dicho esto, me dedica una sonrisa muy cálida—. Porque eso es lo único que necesitan los dos. Tiempo.

Parpadeo, observando su expresión cariñosa, como si me comprendiera a la perfección.

Las agujas de hielo ya no me atenazan. Siguen ahí, al acecho, pero es como si de repente hubieran dejado de hundirse en mi interior. Es… reconfortante. Hace que esboce una media sonrisa.

—Hace que parezca tan fácil.

—Es que no es tan difícil, solo hay que dejar que corra el tiempo y estar con Heiwa. Ahora puede parecerle doloroso, pero compartir el luto con otra persona ayuda más de lo que piensa.

Yo asiento y me levanto.

—Lo intentaré. —Y, esta vez, lo digo en serio. Le ofrezco mi mano—. Muchas gracias, director.

Él se levanta y la estrecha.

—No tiene que darlas. Heiwa es mi alumno y su bienestar es mi responsabilidad, aunque sea a tiempo parcial. No dude en acudir a mí si necesita más consejos.

Yo levanto una ceja.

—¿Me está ofreciendo una terapia?

Él me mira con cara de pocos amigos.

—Hay una diferencia entre las terapias y los consejos paternales. Lo segundo es gratis y se lo estoy dando en bandeja, no me tiente.

Pese a que su forma de hablar es educada, su voz es confiada, su tono, cercano, próximo. Como si le estuviera hablando a un amigo y no a alguien a quien acababa de conocer. De algún modo, ese trato me reconforta, aunque venga de un desconocido.

Puede que sea precisamente por eso. El director no me conoce, no tiene la obligación de decirme que todo irá bien y que el dolor pasará con el tiempo, que Heiwa estará bien bajo mi cuidado, que puedo hacerlo. Él no tiene ningún motivo para no herir mis sentimientos, al contrario, su máxima preocupación es el bienestar de Heiwa. Que me haya dicho que no es tan difícil, que se puede superar, hace que me sienta mucho más confiado y determinado a hacerlo mejor con mi sobrino.

—En ese caso, gracias de nuevo —le digo con una diminuta sonrisa y me separo de él—. Ha sido un placer, director.

—Llámeme Naruto —dice, encogiéndose de hombros—. Los niños me llaman por mi nombre y a los padres se les queda. En algún momento acaban tuteándome por la costumbre y luego vienen las múltiples y repetitivas disculpas —añade poniendo los ojos en blanco. Luego, me sonríe—. Así que mejor nos saltamos la parte en la que usted se avergüenza una y otra vez, ¿le parece?

Yo esbozo una media sonrisa, un tanto divertido.

—Lo intentaré también, Naruto.


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