Mi tormento

 


Por fin sentía que la debilidad estaba haciendo mella en mí. Ya no tenía ganas ni fuerzas para moverme, apenas abría los párpados o la boca. Había empezado a desmayarme cada poco tiempo. Lo agradecía. Mantenía mi cabeza apagada, no había recuerdos ni pesadillas, era una negrura de la que esperaba no salir jamás. Sin embargo, al final, volvía a despertar.

Y era horrible. Mi estómago hueco dolía y las imágenes de los cadáveres de mi manada acribillaban mi mente. No podía dejar de pensarlo. No podía dejar de imaginar cómo habían intentado huir hasta que el humo los había ahogado. Recreaba el olor de su miedo, sus caras de desesperación. A veces, trataba de ver cómo los ayudaba a salir de allí a pesar del fuego, pero, a medida que pasaba el tiempo, tan solo podía visualizar cómo morían una y otra vez.

En mis sueños, me llamaban. Querían que fuera con ellos, y yo trataba de correr hacia el lugar desde el que escuchaba sus voces.

Pero siempre despertaba. Despertaba y el dolor regresaba, físico y emocional.

No podía seguir así más tiempo, necesitaba morir de una maldita vez. La opción lenta acabaría por cobrarse mi cordura y no quería verme reducido a un animal salvaje moribundo, carente de razón y roto por el dolor. ¿Cuánto más podría aguantar mi cuerpo? ¿Cuántos días? Ni siquiera estaba seguro del tiempo que llevaba en el hospital desde que desperté. Era difícil porque siempre había perros, gatos y otros animales entrando y saliendo, al igual que los veterinarios.

Por no hablar del irritante doncel. No sabía cada cuánto me visitaba, pero estaba harto de que viniera a contarme su insignificante vida. Que si se había mudado a Kioto, que si era escritor, que si había roto con su novio, bla bla bla. Seguro que su novio lo había dejado por pesado, no se callaría ni bajo el agua, tal vez ni asfixiándolo con un cable podría hacer que ese idiota cerrara la boca. También había mencionado que escribía novelas románticas paranormales, la mayoría sobre hombres lobo.

Ridículo.

Seguro que no se acercaba ni un poco a lo que era en realidad mi especie. Pondría algo sobre que nos transformamos o en lobos humanoides o en lobos gigantes, por supuesto, y con la luz de la luna llena, ni más ni menos, siempre tenía que haberla, ¿por qué cojones siempre había una luna llena cuando hablaban de nosotros? Ah, sí, y que perdíamos el control de nosotros mismos, que íbamos por ahí matando gente o comiéndola.

Puaj.

Y sin mencionar las balas de plata. ¿De dónde demonios salió eso de la plata? ¿Hubo alguien de mi especie que fuera alérgico en el siglo XIII o qué?

Humanos. Siempre inventando cosas estúpidas con su inútil y destructiva imaginación. Solo les servía para tenernos más miedo, para hacer más increíbles sus leyendas sobre mi especie y sobre aquellos que asesinaban a los míos.

Un rayo de dolor me atravesó al recordar, sin quererlo, la imagen del cuerpo inerte de Taki.

El pequeño Taki. Mi madre lloraba cuando lo recordaba. Mi padre no volvió a mencionar su nombre. Itachi y yo, después de lo de Daiki y Ryota, solo lo hicimos cuando él tuvo cachorros. Fantaseábamos con cómo habría crecido entre nosotros, la vida que habría tenido, su reacción al enterarse de que sería tío. Siempre pensamos que habría sido el más alegre de la camada, o puede que, simplemente, todos nosotros éramos alegres antes de su muerte.

Con él, nuestra inocencia se fue. Pese a que teníamos doce años, fue como si dejáramos de ser cachorros entonces.

Aquello tampoco fue justo.

El chasquido de la puerta ni siquiera me sorprendió. Mi verdugo personal, el doctor Genji, apareció con un cuenco que olía a paté de cerdo y algo de verduras.

Mi estómago se encogió y me estremecí por la ráfaga de dolor. Vete, déjame morir en paz.

—Vamos, Sasuke, tienes que comer —me dijo mientras abría mi jaula y acercaba el maldito cuenco a mi nariz.

Una parte de mí luchó. El instinto de supervivencia me incitaba a devorar ese asqueroso paté. Gemí. Mi manada muerta apareció en mi mente. El dolor se extendió. Me dolía la cabeza, el estómago. No quería sentir, ya no. Por favor, basta.

Aparté la cabeza con un esfuerzo titánico. No podría volver a moverme. Solo quería desmayarme otra vez y, con algo de suerte, no despertaría esta vez. O eso o mi verdugo se apiadaba de mí y me abandonaba en el bosque para terminar lo que empecé.

De repente, apartó el cuenco. ¿Habría presentido mis súplicas de alguna manera? ¿Por fin me dejaría morir? ¿O, mejor aún, me sacrificaría? Casi muevo las orejas ante esa pequeña esperanza. Joder, sería lo mejor, acabaría con todo de una vez.

—No quiere comer. Si sigue así, no se recuperará —le dijo a alguien a quien no podía ver.

—¿Puedo intentarlo?

Supe quién era por la voz. No lo había olido antes, pero estaba tan débil que mis sentidos parecían entumecerse cada vez más.

El rubio se sentó delante de mí con el cuenco en la mano mientras mi verdugo abandonaba la sala. Me habría gustado gruñirle, pero, al intentarlo, apenas salió un quejido.

—Vamos, Sasuke. Come, por favor. —Su expresión, como la de las últimas veces que me había visitado, era de preocupación—. Así no podrás volver con tu manada.

Me habría erizado si hubiera podido.

Ese es el problema, idiota. La única forma de volver con ellos es morir y, por tu culpa, no puedo. Solo déjame, date por vencido. No soy más que un animal salvaje para ti, tu vida no cambiará cuando me haya ido.

El doncel acercó el cuenco hasta mi hocico. El paté tocó mi nariz, su olor llegó directo a mi estómago. Gemí otra vez, pero ya no podía apartar la cabeza. La saliva, en cambio, inundó mi boca y podía sentirla a punto de escaparse por el morro.

No lo hagas. No saques la lengua. Aguanta, solo así podrás estar con ellos.

—Come, come —repitió, frotando la comida contra mi nariz—. Come, por favor.

Su tono roto hizo que alzara la mirada hacia él. Era mejor que seguir la comida con los ojos.

Me equivocaba. No estaba preparado para ver sus lágrimas. Creo que hasta moví las orejas.

Él se limpió con la manga del brazo que tenía libre y sorbió por la nariz.

—No me hagas esto, Sasuke. Ya he tenido bastante con pillar a mi novio follando con mi prima y teniendo que mudarme hasta aquí para que me dejara en paz. No me hagas responsable de tu muerte también. No hagas que tenga una razón más para llorar por las mañanas. Por favor.

… Lo siento por ti, pequeño humano. Siento haber pensado que eras un pesado, que tu compañero te sea infiel debe de ser duro. Los hombres lobo no hacíamos esas cosas, una vez apareados, era para siempre, hasta que la muerte nos separe, como dicen en las bodas humanas. Qué ironía.

Lamento que estés sufriendo por algo así, pero yo he perdido a mi manada, a mi familia, todo. Solo tienes que dejarlo estar…

Ah, de acuerdo, no puedes. Ya lo entiendo. Del mismo modo que no pudiste abandonarme en la carretera, tampoco puedes abandonarme ahora, ¿no es así?

No quieres ser responsable de la muerte del pobre animal al que atropellaste.

Me había equivocado. El dolor y la ira me habían dejado ciego. Ese doncel era un buen humano que no quería cargar con la muerte de lo que debía considerar un animal inocente.

Verlo llorando así, frotándose los ojos con la manga húmeda de su camiseta, hizo que llegara a sentirme mal. Tenía parte de razón, no era justo que él tuviera que cargar con mi muerte, si tanto lo afectaba. Tendría que haberlo hecho yo mismo, haber cogido una cuerda y ahorcarme, no habría habido errores entonces. Desagradable, seguro, pero efectivo. Nadie podría haberme detenido y no estaría pasando por esto.

Tienes razón, pequeño humano. Mi muerte no debería recaer sobre ti.

Pese a que no estaba nada convencido de la decisión que acababa de tomar, saqué mi inquieta lengua y empecé a lamer el ahora bendito cuenco. El paté no era nada del otro mundo, de hecho, no sabía ni siquiera al paté que había comido otras veces, pero, joder, cómo lo devoré.

—Eso es, Sasuke. Come, come lo que quieras. —La voz del doncel sonaba más animada ahora, pero no me detuve a mirarlo. Estaba demasiado centrado en saciar mi estómago.

En cuanto me lo terminé, él se levantó y desapareció tras la puerta, llamando al veterinario.

Bueno, esto no haría que las pesadillas se fueran, pero, al menos, no tendría una lenta y dolorosa muerte por inanición. No haría responsable al doncel de mi muerte. Mierda, había perdido la cabeza del todo, seguro, de lo contrario, no habría tomado esa decisión. Esperar a estar fuera de su alcance para poder quitarme la vida, esta vez, por mi propia mano. Así, no habría más errores ni nadie más tendría que sufrir por ello.

Eso significaba que tendría que esperar a recuperarme. Gemí ante la idea. No estaba muy seguro de cuál era mi estado, pero sabía que tardaría meses. En todo este tiempo, no había sentido mis patas traseras. La idea de quedar paralítico me asustó, ya que sería aún más difícil llevar a cabo mi plan, pero el doncel dijo que no tenía intención de quedarse conmigo y quise creer que era porque había la posibilidad de que recuperara la movilidad.

El doncel regresó junto al veterinario y, por el olor, traía más comida.

Menos mal.

El rubio volvió a sentarse frente a mi jaula y colocó el cuenco contra mi nariz. Esta vez, no vacilé y empecé a comer con ansia. Pasaría unos meses horribles, atormentado por el recuerdo de mi familia, pero no lo haría con el estómago vacío.

Genial. Definitivamente, me había vuelto loco. Pero no volvería a pasar hambre.

—Increíble —murmuró el doctor Genji—. ¿Cómo lo has hecho?

—No lo sé —dijo el doncel. ¿Cómo se llamaba? Llevaba tanto tiempo siendo el idiota que había olvidado su nombre. Ya que él al menos me había puesto uno, supuse que debería tener la misma deferencia con él.

El veterinario se agachó y me miró fascinado.

—Si va a comer siempre que estás tú, deberías venir más a menudo.

Le eché un vistazo con cara de pocos amigos. Probablemente él no sabría que su compañero le había sido infiel, pero no me pareció bien que flirteara con él. Por lo que me había contado, estaba pasando por un mal momento, así que dudaba que le apeteciera tener a un macho baboso rondándolo.

Aunque, por otro lado, algunos humanos se acostaban con otros después de una ruptura. Quizás fuera bueno para él.

No tenía ni idea. Mi especie no hacía eso, para mí era incomprensible la infidelidad y mucho menos sabía qué hacer en casos como ese.

Desvié la vista hacia el doncel. No tenía nada que ver con los lobisones de mi especie. Era pequeño, carecía de musculatura y su piel era carnosa. No estaba gordo, en absoluto, pero no era delgado de la misma forma que mi especie, su piel no era fina ni se estiraba sobre el hueso, sino que parecía más gruesa y blanda que la nuestra. Pensándolo bien, su aspecto no era malo. Adorable, tal vez, con la cara redonda y mofletes respingones adornados por unas curiosas marcas de nacimiento. Además, tenía el pelo rubio y ojos azules, exótico para un japonés.

Los humanos debían de considerarlo atractivo, y, además, era una buena persona. Del tipo que recogía animales salvajes moribundos. He cambiado de opinión, su compañero debía de ser el idiota. De hecho, solo por haber sido infiel, merecía un buen mordisco en el culo, como mínimo.

Me terminé la segunda ronda de paté y me relamí el morro para recoger los restos que podrían haberme manchado.

—Si eso sirve para que Sasuke se ponga bien, lo haré —dijo el doncel.

Vamos, pequeño humano, no cedas tan fácil. Pese a que sabía que lo hacía por mí, no quería que el veterinario se hiciera ilusiones. El rubio no parecía interesado en absoluto en él.

Me pareció que los ojos del doctor Genji se iluminaban. Genial, ahora tendría que ser el espectador de un drama romántico, porque eso no iba a acabar bien, lo olía.

—¿Hoy volverá a comer? —preguntó el doncel.

—Sí, por la noche.

Eso sonaba bien.

—Pasaré a verlo otra vez mañana por la mañana.

—Bien. Seguro que Sasuke lo agradece.

Ah… No, no lo agradecía, preferiría que me sacrificaras, pero, como no parecía una opción viable, tendría que conformarme con tener pesadillas durante meses hasta poder alejarme del doncel y de su sentimiento de la responsabilidad y la culpa.

Poco después, los dos se marcharon y volví a quedarme a oscuras en esa estancia.

Tener el estómago lleno me alivió durante un rato, pero tardé poco en revivir los recuerdos del incendio. En ver a mi manada muerta, mi familia ahogada por el humo.

El anhelo de unirme a ellos me embargó de nuevo. Seguía sin entender cómo pude sobrevivir, yo también tendría que haberme ahogado en esa casa en llamas, pero no sucedió y no comprendía qué fue lo que me salvó. Era un cambiante fuerte, era cierto, había que serlo para ser cazador, pero ni siquiera nosotros podíamos luchar contra el fuego y yo estuve atrapado bajo una viga.

La viga… La viga tal vez me protegió del fuego. Cuando salí de la casa, tenía quemaduras en una pierna y un brazo, pero el resto de mi cuerpo estaba bien mientras que ese trozo de madera estaba prácticamente carbonizado. Se llevó la peor parte, la que podría haberme destrozado el pecho. Pero, ¿por qué no me ahogué como los demás? Sé que la mayoría de los míos murieron por el humo.

La imagen de los cachorros de Itachi vino a mi mente y gemí.

Al menos, no sufrieron. Se desmayarían antes que los adultos y no vieron cómo estos debieron de luchar por salir del incendio. No los verían arrastrándose por el suelo tratando de escapar o tosiendo por el humo, boqueando desesperados en busca de aire limpio.

Pensar en ellos me recordó de nuevo a Taki. En su pequeño cuerpo inerte en forma de lobo. Él tampoco vio venir la bala que acabó con su vida.

Solté un gemido y cerré los ojos con fuerza, deseando poder quedarme dormido, aunque, teniendo en cuenta hacia dónde iban mis pensamientos, dudaba que ocurriera pronto.

Mi mente vagó en torno a Daiki y en si sabría que nuestra manada había muerto. En cuál sería su reacción. Hacía tanto que nos abandonó que tal vez ya no le importábamos. Y, aunque así fuera, ¿habría querido yo que acudiera a nuestro funeral? ¿Después de tanto tiempo? ¿A pesar del dolor que causó a nuestra familia?

Incluso antes del incendio, ya estaba rota. Lo de Taki fue un horrible golpe que apenas pudimos superar. Tanto Daiki como yo nos volvimos lobos violentos e Itachi se hizo un tanto solitario, aunque trató de mantenernos unidos. Ryota fue el que intentó sacarnos adelante con sus bromas y chistes inadecuados en momentos más que inoportunos. Trató de que viviéramos, incluso lo hizo con papá y mamá, que también se apagaron tras perder a Taki. Fue una especie de luz tenue en un mundo oscuro.

Pero, entonces, Daiki perdió el control.

Yo fui violento durante mi etapa adolescente, me costó controlar mi bestia interior, pero jamás hice daño a nadie. Pese a que fue muy duro, no permití que el odio y la rabia me consumieran y me convirtieran en una bestia salvaje.

Daiki, en cambio, se rindió fácilmente. Apenas cinco años más tarde de la muerte de Taki, se dejó llevar y eso por poco costó nuestra exposición ante los humanos.

Ni siquiera Ryota, el pacificador en nuestra familia, lo dejó pasar por alto y se lo echó en cara.

Gimoteé al recordar el desenlace de aquella pelea. Ryota, muerto, Daiki, desaparecido.

No volvimos a verlo. Nuestra familia se apagó del todo. Mi madre por poco murió por el dolor y solo el apoyo de padre y mi presencia y la de Itachi la ayudó a seguir adelante, aunque no volvió a ser la misma. Mi padre tampoco. Ni yo e Itachi.

Él se enfrascó en sus estudios para ayudar económicamente a la manada. Fue una especie de escape al dolor. Yo, en cambio, deseé durante mucho tiempo enfrentarme a él. Cuando cumplí la mayoría de edad, me convertí en cazador con el objetivo de encontrar a Daiki y hacerle pagar por lo que le hizo a nuestro hermano.

Sin embargo, nunca logré dar con él. Se desvaneció, como Ryota y Taki.

Durante un tiempo, pensé que había muerto, por lo que dejé de buscar. El rencor desapareció con el tiempo y, al final, solo deseé que pudiera ser feliz en el más allá junto a Ryota y Taki. Deseé que hiciera las paces con mi hermano y que volviera a jugar con Taki como cuando éramos cachorros.

Pero, entonces, Itachi se apareó con Izumi. Y nosotros recibimos una nota suya. Era breve; solo lo felicitaba por su apareamiento y le deseaba lo mejor. También nos pidió perdón, por todo. Sin embargo, no dijo dónde estaba o si tenía intención de volver.

Yo no le habría hecho daño, si eso hubiera ocurrido. Lo de Ryota fue un accidente, en el fondo, sabía que no quiso hacerle daño de verdad, jamás habría hecho algo así después de lo de Taki. Y yo estaba cansado de ver a mi familia rota y sumida en un dolor que no disminuía con el paso de los años. La unión de Itachi e Izumi, por suerte, hizo que mi familia se recompusiera. Mi hermano encontró la felicidad en su compañera y eso nos alegró a mis padres y a mí. Mi madre volvió a sonreír, mi padre salió de su mutismo, yo aparecía más en casa.

Que Daiki hubiera vuelto habría ayudado a cerrar viejas heridas, y, aunque no lo hizo, probablemente por la culpa y la vergüenza, saber que estaba bien fue un alivio.

Luego, llegó la camada de Itachi e Izumi, y fue como si mi familia renaciera. Esos años fueron los más felices que podía recordar desde que mis hermanos y yo éramos cachorros.

Mierda. Necesitaba dormir, dormir y no tener pesadillas. Poder pensar en cualquier otra cosa que no fuera lo que había perdido. De repente, presenciar el drama romántico del doctor Genji no sonaba tan mal. Hasta empecé a desear que el doncel volviera y me hablara de todas las chorradas de las que me había estado quejando esos días. Al menos, servirían para alejar durante un rato los malos recuerdos.


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