Mi peor pesadilla
…
Dolor. Fue lo primero que pensé. Me dolía todo el cuerpo. Salvo las patas de
atrás, no las sentía.
¿Qué
pasa? ¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? Tenía la boca seca y me costaba
abrir los ojos. Olía a perro y a gato. Había algunos rastros de roedores y
aves, pero eran muy leves. Un aroma quemaba mi nariz. ¿Químicos? No… No estaba
seguro. La cabeza me daba vueltas.
Céntrate.
Abre los ojos y examina tu alrededor.
Mis
pestañas apenas se movieron unos centímetros. No había luz. No podía ver nada,
así que eso quería decir que estaba en un lugar cerrado y sin ventanas. ¿Había
sido capturado? ¿Estaba en una misión?
Destellos
anaranjados bailaron en mi mente. Recordé el olor del humo.
Mi
manada. El incendio.
Un
lastimero intento de aullido inundó mi garganta. Las imágenes cruzaron mi
cabeza. El humo me despertó, el techo estaba en llamas. Los cachorros… Ayudé a
Itachi e Izumi a sacarlos de la casa… El techo se desplomó. Lancé a Heiwa sobre
Itachi, una viga cayó sobre mí. Itachi intentó entrar, pero la cabaña se llenó
de fuego y le dije que se fuera. Los cachorros necesitaban a su padre. Aún me
acuerdo de sus ojos anegados de lágrimas.
Empecé
a gemir, cada vez más fuerte. Mis ojos ya estaban abiertos como platos, a pesar
de que no podía ver nada. Solo el fuego y el humo en mi cabeza. Las mismas
preguntas que cuando me desperté en la cabaña me asaltaban. ¿Cómo pudo pasar?
¿Cómo pude sobrevivir? La cabaña estaba reducida a cenizas, la viga había sido
medio destruida por el fuego. Me dolía el torso y la parte derecha de la
cadera, pero me levanté de todos modos para buscar a mi manada, esperando que
la mayoría hubieran sobrevivido.
Aullé
más fuerte. Tan fuerte que un perro empezó a ladrar. Estaba en la misma
estancia, pero no me importaba lo que eso significaba. Los cuerpos sin vida de
mi gente bailaban en mis recuerdos. Todos amontonados en pequeños grupos
familiares o de amigos que habían tratado de ayudarse los unos a los otros a
huir del pueblo. Algunos tenían quemaduras, pocos estaban carbonizados, pero la
mayoría solo estaban inmóviles en el suelo. Creí que estaban inconscientes,
como lo había estado yo, y traté de despertarlos. Estaban fríos y sin pulso.
Un
nuevo aullido desgarró mi garganta. Encontré a mi familia. Mis padres, Itachi e
Izumi estaban abrazados en el suelo, inmóviles y cenicientos, protegiendo a sus
cuatro cachorros.
Sentí
que me ahogaba. Ni siquiera ellos. Ni siquiera los más pequeños. Yo salí de ese
infierno, pero ni un solo cachorro sobrevivió.
El
chasquido de una puerta me asustó. Una repentina luz blanca me obligó a cerrar
los ojos. De repente, todo estaba luminoso.
—Tranquilo,
tranquilo, ya voy —dijo una voz con apuro.
Pestañeé
para acostumbrarme a la luz. Una delgada red titilaba delante de mis ojos. Vi a
un hombre vestido con un uniforme azul, parecía un enfermero. No podía ver al
perro que seguía ladrando, pero sonaba como si estuviera a un lado.
El
hombre se agachó frente a mí y quitó la red. Pero no era una red, era una
puerta. No podía ser, esto no podía estar pasando.
El
hombre hizo amago de meter la mano y le gruñí con fuerza. No me toques, maldito
cabrón.
Él
me sonríe con cierta lástima.
—Lo
siento, te prometo que será muy rápido.
Me
inmovilizó la cabeza con una humillante facilidad. Podía enseñarle un poco los
dientes, pero la cabeza me pesaba tanto que no podía moverla. El resto de mi
cuerpo ardía. Todo me dolía, aunque el simple hecho de estar vivo era aún peor.
Me
pinchó con una aguja y yo gruñí más fuerte, aunque no pude hacer nada más.
Después, me soltó y volvió a cerrar la puerta de la maldita y asquerosa jaula.
¿Cómo era posible que hubiera acabado en un puto hospital veterinario? Me
aseguré de que el golpe fuera mortal.
El
doctor dejó la aguja sobre la mesa y tranquilizó al otro perro, que ya solo
gemía.
—Has
tenido mucha suerte, lobo —me dijo, pese a que pensaba que yo no podía
entenderlo—. El doncel que te atropelló te trajo hasta aquí y se está ocupando
de tu tratamiento. No se suele encontrar a gente que haga estas cosas, sobre
todo por un animal salvaje. Eres afortunado.
Me
quedé helado al escucharlo. ¿El conductor me salvó? ¿Por qué? ¿Por qué no me
dejó ahí tirado y dejó que muriera? ¡Solo tenía que seguir adelante, joder! ¡No
era tan difícil!
—Voy
a avisarle para que sepa que ya estás despierto —dijo el veterinario antes de
apagar la luz y cerrar la puerta, dejándolo todo a oscuras otra vez.
Yo
no quería esto. Se suponía que debía matarme, me aseguré de saltar justo cuando
estaba a punto de pasar para que no pudiera frenar o evitarme. Tenía que ser
algo mortal, tendría que haberme matado si bien no al instante, casi. ¿Se
molestó en intentar parar las hemorragias y luego me llevó hasta aquí? ¡Mierda!
No
tendría que estar aquí, no tendría que seguir vivo. Mi manada ya no estaba, así
que yo tampoco debía estar en este mundo. ¡No quiero estar aquí! ¡Joder!
¡Joder, joder, joder! ¿Por qué tuvo que entrometerse? No era asunto suyo, era
mi vida y quería ponerle fin, ¿por qué se metió en medio? Solo tenía que hacer
una cosa, ¡una cosa! Apartarse para evitar mi cadáver y seguir su maldito
camino.
¿Quién
demonios recoge a un lobo herido? ¿Quién? Un idiota, un imbécil, un auténtico
retrasado mental. ¿No se le pasó por la cabeza que podría haberle matado si
hubiera llegado a estar consciente? Los animales salvajes heridos son los más
peligrosos e impredecibles, joder, todo el mundo lo sabe, salvo ese imbécil. Si
no me hubiera quedado inconsciente, le habría dado un buen susto. Habría
frenado y habría salido huyendo. Yo podría haberme quedado en el coche a morir.
O tal vez arrastrarme hacia el exterior, hacia la maleza, podría haber muerto
en el bosque, como los míos.
Gemí
cuando la imagen de mi familia abrazada en el suelo me atravesó.
No
era justo. No era justo. No lo era. Los cachorros tendrían que haber vivido.
Habría podido soportarlo entonces. El dolor de perder a Itachi y los demás me
habría partido en dos, pero habría seguido adelante por los más pequeños. Me
habría encargado de ellos, habría ido con la manada Inuzuka y ellos me habrían
ayudado a cuidarlos.
Pero
ni siquiera ellos. No era justo.
Gimoteé,
haciendo que el otro perro gimiera también y arañara la puerta de su jaula.
Aprecié su intento de consuelo, pero no servía de nada. Un lobo sin manada es
un lobo muerto, aunque siga con vida.
No
tengo nada. Nada. Nada por lo que vivir, ya no. Las muertes de Taki y Ryota
fueron auténticas tragedias, pero esto era mucho peor. Ya no me quedaba nadie.
La
figura abstracta de Daiki pasó por mi mente, pero se desvaneció con rapidez.
Hacía tiempo que estaba muerto para mí. No era nadie. Ya no significaba nada.
Tenía
que encontrar un modo de acabar con esto. El dolor de mi cuerpo había
disminuido, ese veterinario me habrá dado un analgésico. Habría estado bien que
pudiera moverme. Hice el intento varias veces, pero nada. Lo único que podía
hacer era mover la nariz y las orejas, hasta para enseñar los dientes me
costaba mover los labios y, cuando intenté mover las patas delanteras, tan solo
logré sacudir sin control una pezuña. Las traseras seguía sin sentirlas.
Así,
no podré hacer nada. Tampoco es como si pudiera echar abajo la puerta de la
jaula, el muy cabrón del veterinario me había metido en una de metal y ni
siquiera con mi fuerza de cambiante podría romperla. ¿Qué podía hacer entonces?
¿Cómo podía poner fin a mi vida si ni siquiera podía morderle a ese idiota?
¿Acaso tendría que esperar a recuperarme?
La
idea hizo que me estremeciera. No quería esperar tanto. No podría soportarlo.
La
puerta se abrió otra vez y la repentina luz blanca de la estancia hirió mis
ojos. Gruñí fuerte al escuchar las voces del veterinario y alguien más.
—Está
bastante gruñón, pero es normal teniendo en cuenta su situación y, a decir
verdad, una buena señal. La mayoría de animales salvajes estarían más apáticos,
se resignarían a morir.
Yo
sí que quiero morir, el problema es que no me dejas, idiota.
—Me
alegro mucho de que se vaya a recuperar —dijo una voz aliviada.
¿En
serio? ¿Te alegrabas de haber pagado una fortuna en un puto animal salvaje?
Debía de estar forrado para poder permitirse algo así.
Gruñí
con más fuerza al ver que una sombra se cernía sobre mi jaula. Un doncel se
sentó con las piernas cruzadas frente a mí con una estúpida sonrisa en su
estúpida cara. Como la mayoría de donceles humanos, era más bien pequeño y
tenía la piel tostada, el pelo rubio corto y ojos azules. Pese a que seguía
enfadado, no pude evitar sorprenderme por sus rasgos físicos, tanto que dejé de
gruñir. Debía de tener ascendencia americana o europea, aunque hablaba en
perfecto japonés. Iba vestido con una camiseta blanca de mangas largas y grises
y unos sencillos vaqueros azules.
—Hola,
Sasuke —me saludó.
¿Sasuke?
¿Cómo que Sasuke?
…
¡NO!
No,
no, no, no, no, no, no y ¡no! ¡No era una jodida mascota! ¡Ni hablar! ¡Nunca!
Pero
tenía sentido. Ese puto doncel humano me había salvado para tener una mascota
exótica. Será hijo de puta. Yo moriré, pero, antes de eso, me llevaré una de
sus piernas como recuerdo por cabrón.
Le
gruñí con toda la fuerza que pude. ¡El muy gilipollas se rio!
—Lo
siento, pero no sabía cómo llamarte. Solo Lobo parecía muy impersonal y no es
como si pudiera llamarte Lobezno o algo así.
Rebajé
mi tono. Entonces, ¿no quería una mascota? ¿Lo había hecho solo por no tratarme
como a un simple animal?
…
Hubiera preferido que me llamara solo Lobo. Ponerme nombre es demasiado
personal, y Sasuke ni siquiera se acerca al mío.
—Tienes
suerte, Sasuke —dijo el veterinario. ¿Él también iba a llamarme así? Joder—.
Naruto cuidará de ti en cuanto puedas salir del hospital.
Miré
al tal Naruto con el morro arrugado. Su expresión ahora parecía la viva imagen
de la culpabilidad.
—Lo
siento mucho, no te vi en mi coche. Me diste un susto de muerte, pensé que no
lo lograrías. —Una sombra cruzó sus ojos, pero desapareció rápido bajo su
diminuta sonrisa que parecía estar pidiéndome disculpas—. Sé que nada de esto
te va a gustar, pero vamos a cuidar de ti hasta que te recuperes.
—Estarás
en buenas manos, Sasuke —me dijo el veterinario—. Ya lo verás.
No,
no lo estaba. Yo solo quería morir, quería reunirme con los míos y escapar de
los recuerdos del fuego y el humo.
Si
ese estúpido doncel se hubiera estado quietecito, lo habría conseguido. Soy un
hombre lobo. No puedo vivir sin manada, eso del lobo solitario atormentado que
sigue adelante no es más que un mito. No sobrevivimos. El dolor nos consume por
dentro hasta que perdemos las ganas de comer o de levantarnos, y no quiero eso.
No quiero una muerte lenta mientras me revuelco en los recuerdos felices que no
podré revivir.
Y
ese rubio imbécil me había condenado a eso.

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