Un Omega feroz
Katsuki
maldijo haberse dejado convencer por Pikachu para acompañarlo a ese jodido
club.
Sus
planes para la mierda de celo de ese año era estar solo y tranquilo encerrado
en su casa, sin nadie que lo molestara ni husmeara en sus cosas, pero, como
siempre, Pikachu y Peloraro tenían que liarlo.
Peloraro
se había apareado el año anterior, así que Pikachu estaba solo para ir de caza.
Y Pikachu no podía ir solo a un club de apareamiento sin beber de más en el
caso de que los Omegas lo rechazaran, y, muy a su pesar, tampoco le apetecía
ver a uno de sus pocos amigos en el periódico del día siguiente siendo portada
por exhibicionismo. No, gracias, luego iría a llorar a su hombro y a
recriminarle que no hubiera estado ahí para detenerlo.
Ese
año, por desgracia para él, Pikachu había encontrado compañía rápido. En la
barra, mientras tomaban algo antes de empezar a buscar, una Omega había
coqueteado con él y esa rata rubia lo había dejado tirado en menos de diez
segundos.
¿Qué
demonios pintaba él en ese lugar? Ese club de apareamiento era para Alfas que
buscaban Omegas y viceversa, y él…
Digamos
que los Omegas eran unos hipócritas.
¿Dónde
había quedado ese orgulloso discurso sobre la igualdad? No, los Omegas son más
pequeños y débiles, pero pueden llegar a ser tan fuertes como un Alfa si se
esfuerzan. Pueden ser valientes, pueden enfrentarse a lo que sea, su género no
los define.
Pura
mierda.
No
los culpaba. Las diferencias entre sus características físicas eran evidentes y
nadie podía echarles en cara si tenían más miedo o reaccionaban huyendo ante un
peligro. Eso estaba bien. Las personas debían actuar según sus posibilidades y
eso no tenía nada de malo. Su padre Omega no se atrevería a enfrentarse a un
Alfa y no por ello lo consideraba menos… Pero, si los Omegas iban a agitar una
bandera sobre que podían igualar a un Alfa, por el momento, se habían lucido
con él.
Porque,
en serio, le huían como ratas que sabían que había llegado el exterminador.
Sabía
que no era el Alfa más encantador del planeta, probablemente, ni siquiera
entraría en un top cien, pero, mierda, había intentado rebajar su tono con
ellos y, aun así, nada.
Él
era Katsuki Bakugo, el Dios del Puño Asesino. Un luchador tan violento como su
persona, un amante de la sangre, su pasatiempo favorito era estrangular a sus
adversarios y a jóvenes e incautos Omegas…
El
pensamiento le hizo soltar un gruñido que sobresaltó al camarero Omega de la
barra, que se alejó hasta el otro extremo fingiendo que lo había llamado otro
cliente.
Arrugó
la nariz, hastiado.
No
debería estar allí. Si quería pasar el celo con alguien, tendría que ir a un
club de Alfas a buscar una mujer, a ser posible, una tan dominante como él que
no se encogiera ante su sola presencia. Sin embargo, no estaba de humor. Para
nada.
Pagó
su bebida sin terminarla y salió de la Sala Azul a un largo pasillo que
contenía puertas de cristal cerradas que conducían a otras estancias. Los clubs
de apareamiento solían tener habitaciones con diferentes temáticas: bar, sala
de baile, karaoke, jardines, piscina… Todo un surtido de ambientes para que
Alfas y Omegas encontraran a su acompañante para el celo en un lugar en el que
se sintieran cómodos.
Al
principio, no les prestó atención. No tenía interés y hacía años que había
abandonado la idea de seguir intentando relacionarse con Omegas.
Sin
embargo, hubo algo en la fragancia del lugar que hizo que su nariz picara.
Se
detuvo con el ceño fruncido y olfateó el aire, prestando más atención. Notas
fuertes de licores mezcladas con los toques cítricos del club quedaban
sepultados bajo el tumulto de feromonas sexuales que Alfas y Omegas llevaban
liberando gran parte de la noche, pero, había un aroma, un ligero rastro, que
llamó su atención. Tenía, sobre todo, tonos frutales dulces, de moras, manzana
y grosellas, con un toque de jazmín que no lo hacía empalagoso ni espeso, sino
que lo volvía más fresco y liviano.
Cerró
los ojos, dejando que el olor penetrara en su nariz más profundamente.
Y,
entonces, lo comprendió.
Compañero.
Su
Omega estaba en ese club.
En
aquel momento, no pensó en lo que iba a hacer y olvidó por completo su furiosa diatriba
contra los Omegas. Solo sabía que, aunque fuera un instante, tenía que verlo
con sus propios ojos. Tenía que saber cómo era, estaba seguro de que se
arrepentiría si, al menos, no le echaba un vistazo.
Así
que entró en la Sala Roja, la de baile, siguiendo su rastro a paso rápido. Por
una vez, agradeció que los Omegas le tuvieran miedo, porque tardaron muy poco
en alejarse de su camino, aunque a los Alfas les costó un poco más moverse, sin
embargo, cuando chocaban con él y lo reconocían, le abrían paso enseguida,
agachando la mirada para que no interpretara que era un desafío.
Ahora
mismo, no le importaba una mierda.
Lo
que sí le preocupó fue escuchar el agudo grito de una mujer. Venía justo de la
dirección en la que estaba su compañero.
Su
lado animal se activó al instante y su cuerpo emitió feromonas agresivas. Lo
impulsó hacia delante, flexionando los músculos con un gruñido bajo y
preparando los puños para la pelea.
Mientras
tanto, a su alrededor, la gente empezó a gritar y a correr en todas
direcciones, chocando entre ellas, tratando de huir. Las feromonas sexuales que
inundaban el aire se convirtieron de repente en miedo y alarma. Katsuki soltó
una maldición en voz baja mientras encogía y comprimía su cuerpo para poder
moverse sin resultar herido por los golpes que le dieron Alfas y Omegas por
igual al tratar de huir a la salida. Lo ralentizaron un poco, pero, al menos,
podía seguir avanzando.
A
pesar de la multitud enloquecida, logró ver algo de lo que estaba pasando. No
fue difícil, ya que el Alfa que estaba causando el alboroto era una puta mole
de dos metros. Era robusto, musculoso, ancho y, lo peor de todo, tenía cara de
querer matar a alguien. Su primera víctima fue un Alfa del equipo de seguridad
que, por desgracia, acabó siendo lanzado por los aires sin miramientos.
Mierda.
Si ni el de seguridad podía con él, no podía contar con otros Alfas, el pánico
haría mella.
Su
predicción se cumplió en cuestión de segundos. Más gritos, Omegas enloquecidos
de terror y Alfas asustados. El denso olor del miedo ahogaba el aire, la gente
se aglutinó, intentando salir.
Katsuki
se abrió paso como pudo, ya solo estaba a un par de metros de llegar a la
esquina de la derecha, donde tenía lugar la refriega. Por eso mismo, pudo
verlo.
Una
cabellera oscura con reflejos verdes se abalanzó sobre el Alfa. Este intentó
agarrarlo, pero el Omega era bajito y se escabulló fácilmente a su izquierda
antes de lanzar un perfecto crochet contra su costado que le dio de
lleno. Katsuki sintió un cosquilleo en la piel cuando lo vio intentar colocarse
a su espalda, pero el Alfa, en vez de intentar defenderse, fue hacia delante.
Entonces, Katsuki se fijó en que había dos Betas en la esquina, un hombre y una
mujer, que parecían proteger a alguien más pequeño tras ellos, un Omega, lo más
probable.
El
chico que estaba peleando le lanzó una patada baja a la parte interior de su
rodilla, haciendo que la hincara en el suelo y dándole la oportunidad de
interponerse en su camino de nuevo. Aprovechando que la altura del Alfa era más
baja, el Omega le dio un directo en la cara que lo tiró al suelo. Katsuki vio
el modo en el que brillaron sus ojos verdes, él también se había dado cuenta de
que tenía una preciosa oportunidad.
Lo
vio abalanzarse sobre el Alfa, colocándose en posición de montada sobre su
abdomen antes de lanzarle puñetazos a la cara. El Alfa se cubrió con los
brazos, pero al pequeño Omega no le importó y siguió golpeando, buscando los
huecos, al frente o a los lados, variando, esperando por una apertura. La
sangre brotó de sus nudillos, pero no parecía sentirlo, estaba totalmente
enfocado en su oponente, moviéndose de un lado a otro para asestar mejores
golpes, sin duda alguna consciente de que, con su peso y tamaño, debía de ser
muy técnico para hacerle más daño.
Y
ahí cometió un error. Katsuki lo vio y se lanzó hacia delante, pero el Alfa
también se dio cuenta.
El
Omega había dejado de apoyar todo su peso en el cuerpo del Alfa, por lo que a
este le bastó con levantar las caderas para lanzarlo hacia delante antes de
agarrarlo y hacerlos girar en el suelo. Ahora, el Alfa estaba encima, tenía la
ventaja, y el Omega lo supo, abriendo horrorizado los ojos como platos tras
darse cuenta de su grave error.
El
Alfa lo habría dejado fuera de combate de un golpe si no fuera porque Katsuki
llegó hasta ellos. Sin pensarlo dos veces, lo alejó del Omega dándole una
fuerte patada frontal en el costado. Después, ayudó al Omega a levantarse con
rapidez e hizo que lo mirara a los ojos.
Verde
y rojo se encontraron por primera vez.
—Mantente
detrás de mí —le dijo. No podían perder tiempo.
El
Omega abrió la boca para decir algo, pero, de repente, el reconocimiento brilló
en sus irises y, después, sus ojos se agrandaron, inundados de comprensión.
Sabía
que era Katsuki Bakugo, el luchador invicto de Shizuoka.
Y
que era su compañero.
Aun
así, esa fue toda la reacción que obtuvo. Casi de inmediato, su rostro se
endureció y le dedicó un asentimiento firme antes de alejarse.
Katsuki
no lo miró, se apresuró a dirigir sus ojos hacia el Alfa, que ya estaba en pie
y fulminándolo con la mirada. Se colocó en posición de boxeo con una sonrisa
arrogante.
—¿Qué
pasa, machote? Si tienes pelotas para joder con Omegas, jode conmigo también.
El
Alfa resopló, escupiendo sangre, mientras buscaba con la mirada al pequeño
grupo de su compañero. Katsuki se interpuso de inmediato y le indicó con el
dedo que se acercara.
—Aquí,
grandullón. No llegarás hasta ellos. —Su tono juguetón desapareció de repente y
sus facciones adoptaron un matiz más amenazador—. Te lo advierto, no me durarás
más de dos golpes.
Su
contrincante gruñó, enseñándole los colmillos con un rugido. Katsuki respondió,
mostrándole los propios, pero sin moverse del lugar ni abandonar su postura.
Ni
siquiera lo hizo cuando el Alfa se abalanzó sobre él. Katsuki medía metro
ochenta y tres, pero su rival le sacaba una cabeza y era el doble de ancho que
él.
No
importaba. Había visto cómo se movía cuando había luchado con su compañero. El
tipo no tenía ni puta idea de pelear.
Por
tanto, no era una amenaza para él.
Retuvo
el deseo de resoplar mientras lo observaba acercarse. Para una persona normal,
un gigante como él era aterrador. Para Katsuki, era tan lento que daban ganas
de bostezar. Y torpe. El muy idiota se inclinaba hacia delante, echando el
brazo hacia atrás para cargar un puño y ni siquiera se cubría la cara con el
otro.
Inspiró
aire y lo contuvo, esperando… Y, cuando la distancia fue la adecuada, Katsuki
se movió. Avanzó un paso y le lanzó su directo más potente, dejándolo aturdido.
Él no iba a darle tiempo para recuperarse, adelantó su otro pie y lo golpeó con
un gancho en la mandíbula que lo lanzó hacia atrás.
En
cuanto su cuerpo cayó pesadamente al suelo con un sonido sordo, Katsuki se
montó encima, asegurando que todo su peso cayera sobre la boca de su estómago y
apretando las rodillas contra sus costillas para causarle dolor antes de
agarrarlo por el cuello de la camisa y seguir golpeándolo, pero, entonces, vio
que tenía los ojos en blanco.
Como
sospechaba, no más de dos golpes.
Se
puso en pie de un salto y se giró hacia el grupo de su compañero. El hombre
Beta había ido a comprobar el estado del Alfa de seguridad, mientras que la
mujer Beta y su compañero consolaban a una pequeña Omega que lo miraba con ojos
llorosos. Ver el agradecimiento en ellos lo descolocó un poco. No estaba acostumbrado,
al menos, ya no. Hizo que se llevara la mano a la nuca.
—¿Estáis
todos bien? —preguntó acercándose.
Al
escucharlo, su compañero, para su sorpresa, fue trotando hasta él y le tomó
ambas manos. Su cara delataba su preocupación.
—¿Y
tú? Tienes sangre en las manos.
Katsuki
se las miró y esbozó una pequeña media sonrisa. Le pareció tierno que su
compañero se preocupara por él, a pesar de que no se conocían.
—No
es mía, es de ese gilipollas —dicho esto, le giró las manos al Omega y frunció
el ceño—. Tú, en cambio, sí necesitas curarte.
Fue
un poco gracioso cómo el Omega parpadeó, mirándose sus nudillos, desgarrados y
empapados de abundante sangre. Había estado tan obcecado en golpear al Alfa que
ni había sentido el dolor.
—Guau,
se ve peor de lo que imaginaba —dijo. Katsuki tuvo que darle crédito por no
asustarse al ver la sangre.
Ni
la violencia de su pelea.
Joder,
se merecía una puta salva de aplausos por haberse enfrentado a un maldito Alfa
de dos metros.
—Zuzu,
¿estás bien?
La
temblorosa voz provenía de la Omega. Era más pequeña que su compañero y tenía
una melena de pelo castaño que caía sobre su cara redonda y que complementaba
sus ojos del mismo color. Tenía las mejillas sonrosadas por las lágrimas que
caían sin control.
Su
compañero se alejó de él e hizo amago de abrazarla, pero lo pensó mejor al
fijarse en la sangre de sus manos.
—Ochako,
está bien. Me he hecho heridas peores trabajando —le dijo con una bonita
sonrisa que pretendía tranquilizarla—. No es para tanto, ¿vale?
Katsuki
levantó una ceja al escuchar su comentario. Tenía mil preguntas para él, quería
saberlo todo sobre su vida. Pero, ahora mismo, no era el momento.
Miró
a la Beta que estaba con ellos, una mujer de piel pálida y cabello largo hasta
la cintura, de color castaño claro, casi rubio, y ojos azul grisáceos.
—Ve
a buscar a los de seguridad para que vengan. —Ella asintió y salió corriendo
tras intercambiar una mirada con el hombre, que seguía junto al Alfa de
seguridad que había caído.
Katsuki
se acercó a ellos. El Alfa parecía estar recuperándose del golpe, aunque
parecía un poco mareado mientras el Beta lo ayudaba sosteniéndolo. Le
sorprendió que este fuera tan alto y robusto para su género, no era habitual.
Llevaba el pelo negro corto y usaba gafas sobre sus ojos azul marinos.
—¿Cómo
está?
—Aturdido,
pero no parece que tenga nada grave —dijo el Beta con una voz grave.
El
Alfa alzó la vista hacia Katsuki.
—Gracias,
señor Bakugo —dicho esto, agachó los ojos con la nariz arrugada. La impotencia
y frustración eran evidentes en sus ojos.
Katsuki
entrecerró los suyos.
—Nosotros,
los Alfas, somos fuertes, pero siempre hay alguien más grande que tú. Aprende
cuándo usar la fuerza bruta y cuándo debes tirar de técnica, como él —dijo,
señalando por encima del hombro a su compañero.
El
Alfa asintió con un movimiento brusco y luego les echó un vistazo a los dos
Omegas. Había pena y cierta vergüenza en su mirada.
—Lo
siento mucho.
Katsuki
se giró hacia los dos. La Omega todavía lloraba, aferrándose a su compañero
como si fuera un salvavidas.
—No…
—sollozó ella, intentando controlar su llanto sin éxito—. Es culpa mía… que
estéis todos heridos… Venía a por mí…
Él
frunció el ceño y le lanzó una mirada interrogante a su compañero. Fue fácil
leer la rabia en su rostro.
—Es
su ex, si es que se le puede llamar así. —El Omega apoyó el mentón sobre la
cabeza de su amiga, brindándole consuelo—. La golpeaba.
Katsuki
soltó un gruñido bajo. Las peleas de Alfas en los clubs de apareamiento no eran
una novedad, cuando había dos interesados en el mismo Omega, la cosa podía
ponerse agresiva. Al final, los instintos eran los instintos, habían
evolucionado a lo largo del tiempo y ahora eran más civilizados, pero había
cosas que no se podían cambiar. Los Alfas seguían teniendo un fuerte componente
territorial y agresivo, a la par que podían ser protectores con los más
débiles, como Omegas y Betas. Cada Alfa debía lidiar con ello como podía.
Había
pensado que ese había sido el problema, un Alfa marcando su territorio sobre la
Omega que quería para el celo, pero la situación era mucho peor.
—¿No
lo has denunciado? —le preguntó a la Omega.
Sin
embargo, ella asintió.
—Tiene
una orden de alejamiento —explicó su compañero—, pero el juicio no se celebrará
hasta dentro de dos meses. —Frotó su mejilla contra la cabeza de su amiga—. No
debería estar aquí y tú no tendrías por qué haber pasado por eso. No es culpa
tuya.
Katsuki
asintió, mostrando su acuerdo.
—Él
tiene razón. Los bastardos no tienen arreglo a menos que estén entre rejas
—dicho esto, le dedicó una media sonrisa—. Además, yo no estoy herido. No te
preocupes por el de seguridad, está bien, es un tipo duro —dicho esto, miró a
su compañero y no pudo evitar sonreír—. Como tu amigo.
Al
oír eso, el Omega se sobresaltó un poco, pero se le escapó una sonrisa al mismo
tiempo que se sonrojaba.
Katsuki
tuvo ganas de gruñir. ¿Cuándo fue la última vez que un Omega se puso rojo en su
presencia? Mínimo, cinco años, probablemente, más. Pero ahí estaba su
compañero, plantado frente a él sin miedo, mostrando preocupación por él y
sonrojado por su cumplido. Todo eso después de enfrentarse a un capullo que lo
doblaba en peso y tamaño.
Un
cosquilleo se apoderó de su vientre al mismo tiempo que su cuerpo se calentaba
dos grados. Un recordatorio de que faltaba poco para que entrara en celo. Aun
así, retuvo el deseo de lanzar sus feromonas hacia el Omega. No era el momento.
Al
final, su compañero alzó la cabeza hacia él. Sus mejillas, llenas de pecas que
le daban un aspecto más juvenil, todavía estaban rojas.
—Ha
sido una suerte que estuviera aquí, señor Bakugo.
Él
gruñó un poco.
—Tutéame,
y llámame Katsuki.
El
Omega se apartó unos mechones de su rostro en un gesto nervioso, aunque le
sonrió con calidez.
—Yo
soy Izuku Midoriya. Es un placer, Katsuki.
Soltó
un gruñido bajo al escuchar cómo decía su nombre, tímido, pero casi con un
suspiro feliz. En cuanto a lo de que era un placer… Todavía no, aunque podía
hacer que ocurriera. Podía hacer que susurrara tembloroso su nombre en su oído
mientras se hundía en él despacio, haciéndole suplicar que lo mordiera. Se puso
duro solo de imaginar quedar enterrado en su interior húmedo y caliente, con
los colmillos clavados en su cuello, sellando su vínculo.
Sin
querer, se le escaparon algunas feromonas sexuales. Lo supo por la expresión de
los dos Omegas, que se sobresaltaron un poco, haciendo que él enrojeciera.
¿Desde cuándo tenía el puto control de un adolescente cachondo?
Abrió
la boca para disculparse cuando un olor espeso y dulzón llegó a sus fosas
nasales. Las aletas de su nariz se ensancharon mientras clavaba la vista en su
compañero, que le dedicó una pequeña sonrisa cargada de timidez, acompañada
todavía por el sonrojo.
Joder,
era tan lindo.
La
Omega carraspeó entonces y ambos se sobresaltaron, como si se hubieran olvidado
por completo de que estaba con ellos. Ya no lloraba e incluso sonreía un poco.
Su mirada era cálida cuando se inclinó delante de Katsuki.
—Muchas
gracias por habernos salvado, señor Bakugo. —Katsuki quiso decir que no había
sido nada, pero la mujer se volvió entonces hacia Izuku, tomándolo por los
hombros—. No te preocupes por mí, Zuzu. Volveré con Tenya y Kohane a casa.
Gracias por acompañarme hoy.
Izuku
hizo una mueca.
—¿Estás
segura?
—Del
todo —se apresuró a decir la Omega antes de abrazarlo por la cintura—. Gracias
de verdad por lo de hoy —dicho esto, se separó y le guiñó un ojo—. ¡Diviértete!
Katsuki
levantó una ceja al ver que se dirigía hacia el Beta con una risilla. Bueno,
tampoco era como si su compañero y él hubieran sido muy sutiles. El hecho de
que se le hubieran escapado sus feromonas era una clara señal de interés e
Izuku le había respondido con las suyas, aceptando su invitación.
Dio
un paso decidido hacia él, observándolo con atención.
No
podía decir que su compañero era una belleza despampanante, no llegaba al metro
setenta y era de complexión delgada y apariencia frágil, de no haberlo visto
peleando, habría jurado que una ráfaga de viento podría habérselo llevado. La
piel clara cubierta de pecas lo hacía ver mucho más joven de lo que debía de
ser, dándole un aspecto juvenil, casi adolescente, y hacía resaltar su caótico
pelo oscuro con reflejos verdes, rizado y espeso, sin duda alguna un reto para
un cepillo. Tenía ojos esmeralda brillantes y de mirada inocente y tímida, nada
que ver con el furioso odio con el que había golpeado al Alfa.
Desde
luego, no tenía nada que ver con las Alfas con las que llevaba saliendo los
últimos años. Ellas eran altas y fuertes, tenían los cojones de acercarse a él
con una sonrisa arrogante, creyendo que sería divertido doblegarlo en la cama,
y creían que podrían manejarlo a su antojo. Supuso que debía de ser un reto
fascinante la idea de someter a Katsuki Bakugo, el Terror de Shizuoka.
Se
suponía que él se establecería con alguien así. Alguien que no le tuviera miedo
y que pudiera compartir su espacio sin pensar que iba a ser una especie de
maltratador o algo así. Una Alfa dominante, con un carácter tan fuerte como el
suyo, y, probablemente, territorial e independiente como él. Los dos
compartirían la casa, vivirían bajo el mismo techo, pero cada uno tendría su
propio espacio y establecerían un horario para su intimidad y, más adelante,
para criar a sus hijos. De esa forma, ambos tendrían una pareja que se acoplara
a sus necesidades sin invadir el espacio del otro.
Ese
era el plan.
Pero
los planes cambian, y Katsuki Bakugo no era estúpido.
Desde
que vio a su compañero abalanzándose sobre ese Alfa, supo que no lo dejaría
escapar. Esa noche, lo marcaría y lo haría suyo. Cualquier complicación que
surgiera después, la solucionaría de un modo u otro.
Tomó
las manos de Izuku y acarició el dorso, todavía ensangrentado por los nudillos.
—Antes
que nada, vamos a curarte esto. —Su instinto protector luchó por salir a la
luz, molesto por ver a su compañero herido. Sin embargo, lo retuvo. No era
grave, aunque sabía por experiencia que le molestarían al mover las manos al
día siguiente—. Y, después, quiero llevarte a mi casa. —No pudo evitar que su
voz saliera más grave de lo normal—. Pasa el celo conmigo y déjame marcarte
—dijo con un gruñido, emitiendo más feromonas sexuales, esta vez, de forma
intencionada.
Izuku
lo miró con sus grandes ojos verdes. Eran tan transparentes que era fácil leer
las emociones en ellos: excitación, ilusión, ternura. Todo eso a la vez
mezclado con un hermoso brillo de felicidad.
Su
Omega dio un paso hacia él, permitiendo que sus cuerpos se tocaran, y le
acarició las manos con los pulgares mientras decía:
—Eso
me gustaría mucho, mi Alfa.

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