Capítulo 40. Tormenta de llamas
Sasuke
se sentía agotado cuando los médicos terminaron de examinarlo. Quería cerrar
los ojos y dormir durante todo el invierno, zamparse un jabalí entero y correr
al punto estratégico desde el que su padre comandaba y organizaba su ejército
para ayudar en lo que pudiera, todo a la vez.
Pero
el leve mareo que había sentido antes de que los médicos pusieran incienso de
sándalo le decía que no sería de gran utilidad en esa batalla, por desgracia.
Dudaba que pudiera tenerse siquiera en pie, su cuerpo aún estaba tembloroso a
pesar de la manta que llevaba encima.
—Necesita
comer algo y descansar, alteza —le dijo la jefa de los médicos con firmeza,
pese a que detectó arrugas inquietas en su rostro.
—¿Tan
mal estoy, Suzume?
La
hija de Onoki estrechó los ojos sin mirarlo. Su concentración inalterable
estaba en el vendado de su muñeca derecha.
—No
corre peligro, pero está débil, sin duda.
—Aceptaré
la comida, pero no creo que pueda dormir aunque quiera —admitió, agachando la
cabeza hacia sus manos.
Odiaba
quedarse de brazos cruzados. Su esposo se había metido directamente en la boca
del lobo para salvarlo y tanto él como su padre habían emprendido una guerra en
la que moriría mucha gente. Quedarse tumbado en una tienda era, de algún modo,
patético, e iba en contra de su naturaleza.
Sin
embargo, la guerra dependía de eso. Naruto estaría bien mientras no fuera un
rehén, eso lo sabía con seguridad. Incluso si Orochimaru lo capturaba de algún
modo, no se sometería, sin ninguna duda. Y eso si lograba retenerlo. Después de
ver su transformación, estaba convencido, más que nunca, de que el creador todavía
no había demostrado el alcance de su poder.
Pero
eso no quitaba que, a pesar del cansancio, físico y mental, no pudiera dormir.
Quería estar al tanto de las noticias del campo de batalla, de todo lo que
ocurriera, bueno o malo.
Suzume
dejó escapar un suspiro y le frotó el brazo.
—Podría
darte algo, pero el rey ordenó evitarlo a menos que fuera indispensable. Hay
cierta información que necesita una de las facciones.
Sasuke
frunció el ceño.
—¿De
mí?
—El
hijo de Kurama pidió una escolta pequeña para introducirse en el castillo en
cuanto la ciudad fuera tomada. Está formada por salvajes.
De
repente, a Sasuke le vino a la memoria que lo mencionaron en una de las visitas
de Orochimaru a su celda. Era cierto. No sabía cómo había ocurrido, pero no le
sorprendía que su esposo hubiera tenido algo que ver.
Él
asintió.
—Les
daré lo que necesiten.
Suzume
lo observó con cautela antes de asentir.
—Bien.
A mí me necesitarán en breve, cuando lleguen los primeros heridos, pero estamos
en la misma tienda y tengo a médicos y enfermeros…
Sasuke
la interrumpió tocándole el brazo con suavidad.
—Yo
estoy bien. Ocúpate de nuestros soldados. Salva a tantos como puedas.
La
mujer le apretó la mano e hizo una inclinación con la cabeza antes de
retirarse. La escuchó hablar con alguien a través de la cortina que lo separaba
de la larga extensión de camastros que habían instalado para los heridos y de
las “salas de operaciones”, también separadas por cortinas conectadas por un
único pasillo que daba a una mesa con el material médico perfectamente
organizado y preparado.
No,
no tendría un buen descanso hasta que terminara la batalla, y eso si todo iba
bien.
El
susurro de la cortina al desplazarse llamó su atención. El instinto le pidió
retroceder al encontrarse cara a cara con un viejo enemigo.
El
líder de los salvajes no era un hombre fácil de olvidar. No solo por su tamaño,
había conocido hombres grandes y fuertes que no habían durado ni un suspiro
contra su espada, pero Acero Ancho no era solo una masa de músculos
descerebrada. Durante su estancia en aquel reino, tuvo que enfrentarse a él y a
su inmensa espada varias veces. En aquel entonces, pensaba que tenía mucho
instinto para ser un salvaje, pero, tras interactuar con el Clan de Kiba, pudo
apreciar que era un oponente inteligente y fiero… y que luchaba por su hogar.
De
lo contrario, no habría sobrevivido. Las vendas que escondían la mitad inferior
de su rostro y el cuello ocultaban también las dos heridas que le hizo en la
mandíbula y por debajo del mentón. Estuvo convencido de que no sobreviviría.
El
recuerdo le apretó el corazón. Ahora que tenía otra perspectiva, y con todo lo
que estaba pasando con Orochimaru, se arrepentía profundamente de su
intervención en aquella masacre. No es como si el Clan no hubiera asesinado a
gente inocente, pero, aun así… Las cosas podrían haber sido diferentes de haber
conocido antes a Naruto. Él habría sabido cómo llevar ese asunto sin derramar
sangre de forma innecesaria.
Por
eso, no pudo evitar agachar la cabeza.
—Acero
Ancho —lo saludó.
El
otro hombre no respondió. Se quedó quieto junto a la cortina un momento. No vio
su rostro, pero sí que inspiraba hondo, y escuchó su respiración a través de
las vendas. Después, llegó hasta los pies de su camastro con dos largas
zancadas.
—¿Por
qué un príncipe agacharía la cabeza ante alguien como yo? —preguntó con un
marcado acento.
Sasuke
pensó en Kiba y en su gente, alegre, vivaz y leal. Le escocieron los ojos.
—Por
vergüenza.
Una
pausa, otra respiración pesada. Aun así, no hizo ningún movimiento que indicara
una amenaza, hasta su voz era neutra pese al tono áspero, producido por la
dificultad al hablar en una lengua que no era la suya.
—¿Por
mi pueblo?
—Sí.
Su
garganta retumbó, una especie de sonido que estaba entre la reflexión y el
disgusto, Sasuke no supo cuál de los dos era. Sin embargo, Acero Ancho dio otro
paso y se sentó frente a él.
Cuando
levantó la cabeza para mirarlo, sus ojos estaban clavados en él. Había cierta
rabia en él, pero era como un fuego que se estaba extinguiendo. No vio el odio
que esperaba.
—Mi
pueblo también está avergonzado —dijo de repente, sobresaltándolo—. El hijo del
sol me contó que matamos hombres y mujeres incapaces de defenderse. —Sus manos
eran puños apretados—. Es una mancha terrible para nosotros. Por eso, estamos
aquí.
Su
declaración arrojó algo de luz a su presencia y extraña alianza, aunque,
probablemente, no era todo. Sin embargo, ya habría tiempo para los detalles.
Ahora, lo más importante era…
—Sé
que no sirve de mucho, pero lamento las vidas que arrebaté.
Acero
Ancho lo miró con menos intensidad, aunque sí percibió una profundidad que
antes no había detectado. Lentamente, asintió.
—Yo
también.
En
ese momento, los dos comprendieron sin necesidad de palabras que no había hacha
de guerra que enterrar entre ellos. Ambos bandos libraron batallas que no
debían haber sucedido. El Clan de la Niebla falló a su propio honor al atacar a
víctimas indefensas, y Sasuke y sus hombres lucharon por defender unas tierras
que pertenecieron al Clan, no a unos bárbaros sedientos de sangre.
El
rencor no tenía sentido. Se derramó sangre, cierto, y, peor todavía, fue en
vano. Zabuza y su pueblo tuvieron que subsistir a duras penas, esperando la
llegada de su extinción. Sasuke consiguió un renombre del que ahora se
avergonzaba y, además, el rey cuyas tierras defendió lo había secuestrado y
había hecho todo lo posible por arrebatarle a su esposo.
Ninguno
de los dos ganó nada y enfrentarse entre ellos para vengar a aquellos que
cayeron no les aportaría ningún beneficio. Solo perder más vidas. Sasuke lo
comprendió entonces, y Zabuza se reafirmó en lo que ya le dijo a Naruto; hubo
una batalla, perdieron y punto. No se podía hacer nada más al respecto, ni
valía la pena.
El
pasado, y cualquier rencilla que pudiera haber, ya no importaba. Solo el
futuro.
Por
eso, Sasuke inclinó la cabeza y pronunció:
—Soy
Sasuke Uchiha, príncipe del Reino del Hielo y futuro compañero del hijo de
Kurama y rey del Reino del Fuego.
Zabuza
le devolvió el gesto.
—Mi
nombre es Zabuza Momochi, señor del Clan de la Niebla y amigo del hijo del sol
—dicho esto, alzó la cabeza—. Para mí y para mi pueblo es un honor estar a su
servicio. Nos ha encomendado una misión en esta batalla y me han dicho que
tienes información que me interesa. Pido tu ayuda como aliado.
Y
con esas palabras, se selló una especie de pacto de paz entre el Clan de la
Niebla y el antiguo líder de los Hombres del Mar.
Unas
horas más tarde, Fugaku entraba por las destrozadas puertas principales de la
capital del Reino de la Hierba.
Habían
tomado la ciudad. Todos sabían que caería desde el momento en que el ariete de
Touma rugió como un oso enfurecido seguido del terrible golpe metálico y el
crujido chirriante del último mecanismo defensivo de la entrada. El ejército
del Hielo y el Fuego se abalanzó sobre la ciudad como una jauría de lobos
sedientos de sangre, extendiéndose por la muralla para ayudar a las tropas que
habían penetrado por los agujeros de las catapultas como un veneno de acción
rápida cuando infecta las venas.
Orochimaru
debía de haberlo sabido también. Una vez superado el asedio, no tendrían
oportunidad contra sus guerreros. Y los del Fuego no se quedaban cortos. Muchos
habían visto al capitán Lee lleno de flechas mientras lo llevaban corriendo a
las tiendas médicas. Tantos otros habían visto el sacrificio de sus hombres
junto a las puertas.
El
mundo no volvería a dudar de la ferocidad de sus soldados. Los hombres y
mujeres del Hielo se caracterizaban por una gélida calma a la hora de atacar,
los hacía eficaces ante cualquier situación y los mantenía inmutables a cambios
repentinos, estaban entrenados para reaccionar rápidamente a cualquier
escenario de combate.
Pero
la ira no debía ser subestimada. Pese a la preferencia de Fugaku por un
ejército con una poderosa fuerza mental, era consciente de que la rabia, bien
empleada, era un suministro de fuerza y energía terrible. Y los guerreros del
Fuego, sin ninguna duda, sabían cómo dirigir su rabia.
Si
bien la reputación del poder militar del Hielo era lo que más temía Orochimaru,
estaba seguro de que sus tropas solo habían sentido el verdadero terror al
encontrarse con una horda rugiente y furiosa de guerreros del Fuego lanzándose
a por ellos sin pensarlo con las lanzas y espadas en ristre, preparados para
matar o morir, no importaba cuál de las dos. Esa sed de sangre había sido lo
que había intimidado a las tropas de la Hierba, y Touma había sido inteligente
al permitir que Gai avanzara primero con sus hombres; un rival amedrentado era
presa fácil ante un halcón cuya única visión era cazar.
Cualquier
debilidad que pudieran tener los del Fuego, sus guerreros la suplieron con su
inigualable habilidad en combate terrestre. Acabar con los soldados que
estuvieran protegiendo las calles solo fue cuestión de tiempo.
Por
tanto, la batalla estaba ahora en pausa. Ellos tenían la ciudad, Orochimaru, el
castillo. Ellos atacaban, él defendía.
Había
que volver a empezar. Asaltar los muros, atravesar las puertas, abrirse paso
entre las fuerzas restantes de Orochimaru… Y cortarle la cabeza a la serpiente
de una vez por todas.
Fugaku
entrecerró los ojos mientras avanzaba sin dilación en busca del nuevo puesto de
mando dentro de la ciudad. Pese a que ahora llevaban ellos la ventaja, con
Sasuke a salvo y la ciudad tomada, no bajaría la guardia. Orochimaru había
arrasado sus propias tierras para abastecerse de comida suficiente como para
aguantar un asedio de un par de meses y, no tenía ninguna duda, a esas alturas,
viendo que la capital estaba perdida, habría pedido refuerzos a las casas
nobiliarias.
No
quería darle tiempo a que reuniera un nuevo ejército. Sus guerreros eran
expertos en defensa, pero no estaban en su tierra y no podían pedir ayuda, las
pérdidas que habían sufrido no podrían ser reemplazadas. Además, Naruto estaba
dentro del castillo. Tenía mucha fe en que el hijo de Kurama no se doblegaría
ante Orochimaru en el caso de que lo atrapara, pero tampoco quería darle
oportunidades de hacerle daño. Un hombre que se sentía acorralado era más impredecible
y peligroso, aunque pusiera en riesgo su propia supervivencia.
Tenía
que reevaluar la situación y analizar el mejor modo de poner en marcha la
segunda ofensiva.
Un
fuerte relincho seguido por cascos veloces hizo que alzara la vista hacia la
calle que bajaba en pendiente hasta las puertas principales. Un vigoroso corcel
blanco manchado de tierra y con dos franjas azules en el cuello bajaba al
galope en su dirección mientras su jinete pedía paso a gritos. Era una de las
Ráfagas Invernales.
—¡Majestad!
—lo llamó la jinete, deteniendo al animal frente a él—. Touma y Tsuki han
instalado el puesto de mando en la Plaza del Mercado y se están levantando
tiendas para los soldados. La fortaleza ha sido rodeada y está bajo vigilancia
constante. Nuestra capitana está estudiando un mapa de la ciudad para crear
rutas de carrera para que las Ráfagas podamos llegar con presteza adonde sea,
pero necesita indicaciones suyas, majestad.
Fugaku
asintió.
—Ve
fuera de la ciudad y dile a Shisui que está a cargo del exterior en mi
ausencia: quiero que recoja las armas de asedio y a nuestros hombres y los meta
en la ciudad, en la parte más intacta; que instaure vigilantes en las murallas
y que avise de inmediato si ve cualquier movimiento de tropas nuevas, y, cuando
termine, que nombre un capitán para cubrirlo antes de venir al puesto de mando.
Viendo
la pendiente, Korin había tenido razón, tratar de llevar las catapultas o
torres a la fortaleza era un esfuerzo inútil. Tendrían que apañarse con las
escaleras a menos que hubiera alguna balista cerca, pero dudaba que esa
serpiente fuera tan descuidada.
—Luego
busca a Suzume y dile que forme otro equipo de médicos y tiendas en la Plaza
del Mercado. Cuando termines, regresa al nuevo puesto de mando para esperar más
instrucciones de la capitana.
—¡Sí,
mi señor! —y se marchó al galope con un grito.
Fugaku
no perdió el tiempo y se dirigió a paso rápido escoltado por su guardia
personal y una docena de encapuchados hacia la plaza. En todo momento, observó
el terreno, las calles, las casas, lo alto y lo ancho, las intersecciones,
cualquier cosa que le diera información del nuevo campo de batalla, qué podía
aprovechar y qué no.
Durante
el camino, tal y como temía, confirmó que no era posible llevar las armas de
asedio hasta la fortaleza. Tratar de abrir un camino les llevaría demasiado
tiempo y sabía que, a partir de ahora, la batalla sería a contrarreloj.
Para
cuando llegaran los refuerzos de Orochimaru, ellos debían tener el control.
A
medida que avanzaba, encontró a más soldados del Hielo y el Fuego que se habían
instalado momentáneamente en las casas de la población civil para sanar heridas
y golpes superficiales o limitarse a descansar todo lo posible hasta el
siguiente golpe. Se detuvo en algunos puntos para hablar con capitanes en busca
de información de los diferentes frentes y recibió las respuestas que esperaba:
su ataque fue arrollador a pesar de algunas pérdidas, pero, sin duda, el más
perjudicado había sido Orochimaru. También preguntó por los ciudadanos, no
sorprendiéndose demasiado al escuchar que no habían encontrado a nadie en las
casas y que se habían llevado mantas y comida. Animales como burros, bueyes y
vacas seguían guarecidos en los establos de la zona y habían encontrado sacos
de cereales, grano y semillas en los almacenes, lo que significaba que se
habrían ocultado en un lugar que les diera alguna seguridad, aunque solo fuera
para rezar por sus vidas.
Por
eso, pidió que se corriera la voz de que no se dañara a ningún animal y que
guardaran los alimentos en la medida de lo posible, así como que no se
acercaran a los templos hasta que la batalla terminara, pero que socorrieran a
cualquier ciudadano si veían alguno que necesitara ayuda. Dejaría esta tarea a
Kaiza y los rebeldes que habían ido con él para tranquilizar a la población.
La
Plaza del Mercado de la capital era de las más grandes que había visto, un
símbolo de las prósperas tierras fértiles del Reino de la Hierba, repleta en
sus días cuotidianos de tiendas de todo tipo de alimentos, agricultores que
presumían de sus semillas y cultivos, comerciantes llegados desde el puerto en
busca de intercambiar productos y el bullicio de la gente riendo y gritando sus
gangas.
El
suelo era probablemente el mosaico más grande del mundo, colorido y repleto de
ondas intrincadas que se mezclaban entre sí con la forma de ríos, colinas y
serpientes, un homenaje a su dios y los regalos que les había dado. Los
edificios de alrededor eran para uso público, como el consistorio, la Casa de
Recaudación y la lonja, y destacaba un templo que, por su base cuadrada y
sólida, pensaba que debía ser antiguo, como la mayoría de los edificios… Sin
embargo, estaban recargados de decoración vegetal y escultórica, recubierta en
pan de oro o láminas de vivos colores, con incrustaciones de gemas que muchos
confundirían con las más nobles, estallando en una confusa nebulosa esmeralda,
rubí y zafiro enturbiada por un vicioso dorado.
Eso
era nuevo, o, más correctamente, no pertenecía a los edificios originales.
Orochimaru y sus antepasados habían engalanado poco a poco su ciudad para
resaltar la riqueza de su reino, como había hecho en las ciudades más
importantes sin contar el puerto, tal vez por la humedad y porque el olor a
pescado no casaría con la imagen de lujo y poder que querían dar.
Y,
mientras tanto, su pueblo sufría. Hambre, injusticias y muerte.
Cuando
todo aquello acabara, arrancaría todo ese complejo escultórico y lo haría
pedazos. No repararía el daño, pero tenía una idea para que esa ingente
cantidad de dinero desperdiciado ayudara a sus ciudadanos a recuperarse un
poco.
Pero
eso sería más tarde. Ahora, tenía una batalla que preparar.
La
gran tienda del puesto de mando era visible por los estandartes en alto del
Hielo y del Fuego, caídos, sin brisa que lo meciera, como si también fueran
conscientes del breve respiro antes de que la tormenta estallara de nuevo.
Indicó a su guardia personal que se quedara fuera, junto a los encapuchados.
Solo uno de ellos entró con él.
Dentro,
estaban Touma, Tsuki y Gai hablando alrededor de una mesa con un mapa y varios
papeles alrededor que estaban consultando. En otra más pequeña, a la derecha,
Oyuki estaba inclinada trazando algunas líneas.
Los
cuatro se pusieron firmes al verlo entrar, pero él solo les echó un vistazo
rápido para comprobar su estado. Manchados de tierra y sangre, sin embargo, sus
movimientos eran ágiles y enérgicos. Podían seguir luchando.
Aun
así, Gai fue el único al que le dedicó una larga mirada. Sus facciones estaban
crispadas y sus ojos ardían. La rabia seguía ahí. Por su hijo.
Durante
un instante, estuvo tentado a consolarlo. Solo un instante, fue todo lo que
flaqueó antes de recomponerse. A pesar de que comprendía cómo debía de
sentirse, no le faltaría al respeto de esa forma. Rock Lee había decidido
sacrificarse por aquella victoria y no iba a deshonrarlo subestimando su fuerza.
De
modo que se concentró en llevar a cabo su plan.
—Hemos
llegado hasta aquí —declaró con firmeza, haciendo que Gai casi se erizara,
sabiendo lo que había bajo sus palabras—, así que ahora es el momento de acabar
con esto. —Avanzó hacia la mesa echando un vistazo rápido a la situación del
castillo—. No podremos traer las armas de asedio hasta aquí, pero eso no cambia
lo que habíamos acordado con el señor del Fuego. Iremos con todo y haremos
tanto ruido que esa víbora solo podrá prestarnos atención a nosotros. El resto,
dependerá de vosotros —dijo mientras se giraba hacia su acompañante.
Zabuza
retiró la capucha, dejando a la vista su cabeza, ahora libre de vendajes, pero
oculta igualmente bajo una gruesa capa de pintura negra con pinceladas verdes y
pardas. Los dos comandantes y la propia Oyuki sintieron ganas de retroceder
ante su aspecto, aunque fue la ferocidad contenida en sus ojos lo que les hizo
saber que, aunque pocos, cada miembro del Clan lucharía hasta que no les
quedara una gota de sangre en el cuerpo.
Tanto
su líder como sus hombres habían tenido que contenerse para no unirse a la
batalla por entrar en la ciudad con los ejércitos del Hielo y el Fuego.
Comprendían el motivo, pero eran guerreros por naturaleza e iba en contra de su
honor permitir que otros lucharan mientras ellos se quedaban quietos. Sin
embargo, el hijo del sol les dijo en secreto el objetivo final de su incursión
en el castillo.
Era
la única razón por la que habían aguantado, por la que Zabuza y sus doce
hombres y mujeres habían escuchado con atención los detalles del camino que les
había indicado Sasuke Uchiha y habían preparado con tanto cuidado su camuflaje.
Eran
cazadores natos y el hijo del sol lo sabía. Nadie sería mejor que ellos para
una incursión con sigilo.
—Juro
por mi eternidad en la Cueva de Luz que ni yo ni ninguno de los míos saldremos
de ese castillo sin el hijo del sol y sin haber limpiado la mancha de nuestro
Clan.
Mientras
los altos mandos deliberaban, los soldados aprovechaban el tiempo muerto tanto
como podían. Los más graves habían recibido primeros auxilios y los estaban
transportando a las tiendas de la Plaza que iban a ser para el equipo médico,
pero los que aún podían luchar se curaban las heridas siguiendo su
entrenamiento y ayudados por los compañeros. Una vez hecho, se tumbaban en
cualquier parte a descansar lo que pudieran, otros preferían mantenerse
despiertos y celebrar con sus hermanos de armas que seguían vivos, y algunos
lloraban a los caídos en silencio, afilando sus espadas.
Korin
prefería permanecer despierta. Su muslera había recibido daños durante el
asedio y había tenía una herida de flecha. Nada que no pudiera aguantar con un
empaste y un vendaje firme. Su brazo izquierdo estaba adolorido por los envites
que había recibido en el escudo, pero ese dolor no tardaría en volverse sordo.
Ahora
venía la parte dura del asedio y quería estar mentalizada. No perdería agilidad
por la pierna, ni firmeza en el brazo. No distraería sus sentidos por su señor.
El príncipe Sasuke estaba a salvo y un miserable gusano como el parásito que se
hacía llamar rey de ese país no sería capaz de ponerle una correa al creador a
quien juró lealtad ni aunque tuviera el favor del dios de aquella tierra.
Concentración.
Ese muro era su objetivo, aunque se presentaba como un reto difícil.
—Taka
estaría orgulloso de ti.
No
apartó la vista de la fortaleza del gusano para mirar a Sai. Se habían
rencontrado después de la batalla y lo había ayudado con sus heridas. Él
tampoco quería cerrar los ojos, decía que quería estar totalmente despejado.
—¿Por
qué?
—Eres
como un halcón con los ojos fijos en su presa.
Ella
resopló.
—Es
una forma de decirlo.
Notó
que se sentaba a su lado y vio de refilón el brillo de Susano. Debía de haber
estado limpiándola y cuidándola.
—¿Lo
ves tan jodido como yo? —preguntó en voz baja.
Korin
arrugó la nariz. Sabía a lo que se refería. No llevarían las armas de asedio
hasta esa zona, calles demasiado estrechas y empinadas, requeriría mucho tiempo
y esfuerzo. Las escaleras tampoco les servirían. El foso que rodeaba el
castillo les impedía llegar a los muros, por lo que la fortaleza estaba
aislada. El puente levadizo era lo único que podría conducirlos al asalto y
estaba elevado, por supuesto, el gusano se estaba protegiendo.
—No
hay muchas opciones.
Sai
asintió, también observando la fortaleza con cara de pocos amigos.
—Tiene
que ser desde dentro. Pero Naruto todavía no ha hecho la señal. —Apretó los
dedos alrededor de la empuñadura de Susano—. Me preocupa.
Korin
hinchó el pecho con una respiración profunda y soltó el aire despacio por la
nariz.
—Sabíamos
que podía pasar, él nos lo advirtió. Y por eso mismo tenemos que seguir con el
plan.
—Una
distracción. —Sai frunció el ceño—. ¿Cómo demonios vamos a hacerlo? El grueso
del ejército ha sido derrotado, pero he estado en esa fortaleza y sé que tiene
capacidad para albergar a más de mil personas. ¿Apostamos cuántos soldados
quedan en su interior? Los suficientes para defender toda la muralla por los
cuatro lados más otros tantos de repuesto y, probablemente, un par de
centenares situados en el interior del castillo para defender el interior y
proteger a la víbora.
—Solo
hay una manera —dijo la mujer entrecerrando los ojos—. Con miedo.
Sai
la miró con cierta duda en los ojos.
—¿Y
tenemos algo que los asuste lo suficiente? Se aseguraron de abastecerse de
comida y agua y es evidente que no podemos atravesar esos muros desde aquí.
¿Qué va a asustarlos tanto que miren hacia otro lado?
Korin
tenía algunas ideas al respecto, pero, como Sai, no estaba segura de si sería
suficiente como para atraer todas las miradas. Aun así, tenían que hacerlo de
una forma u otra. Los hombres del Clan estaban dispuestos y creía que su señor
había tenido muy buen juicio al asignarles a ellos la tarea de infiltración,
viendo su increíble camuflaje y que los supervivientes de las batallas con el
príncipe Sasuke habían pasado totalmente inadvertidos.
Sin
embargo, si todos los soldados veían cómo y por dónde entraban, serían
masacrados.
Entonces,
escucharon las voces de los capitanes dando órdenes muy concretas. Y
desagradables.
Sai
incluso jadeó.
—Mierda,
mi tío hablaba en serio cuando dijo que les demostraríamos lo que pasaba cuando
picas a un halcón.
Korin
se levantó y balanceó la cabeza, flexionando los dedos.
—Solo
está plantando una semilla, para que aquellos cuya lealtad es débil flaqueen.
Después sembraremos el caos.
Los
dos se apresuraron a ayudar a sus compañeros a seguir las órdenes tan rápido
como podían. No era la táctica favorita del Reino del Hielo, se la consideraba
sucia, de salvajes, incluso, pero nadie las discutió. Todos conocían la
situación y que el rey del Fuego estaba dentro. Harían todo lo necesario para
sacarlo; era el hijo de los dioses y no había nadie que no conociera su hazaña
en la ventisca, ni que se había puesto en peligro para rescatar a su príncipe.
Una demostración de amor y lealtad a su casa real. Una auténtica demostración
de alta nobleza.
No,
no vacilarían. Su propio honor estaría en juego si no lo ayudaban a acabar
aquella guerra, y, por supuesto, no serían menos que los soldados del Reino del
Fuego.
Enardecidos
e impulsados por su lealtad hacia su rey y el sacrificio de Lee y sus hombres,
no había rugidos más fuertes que las tropas dirigidas por Gai. El propio Fugaku
ordenó que fueran los más visibles para la guardia del castillo, quería que
vieran que el único modo de que se rindiera era acabar con la jauría de zorros.
Y
que vieran lo que estos harían con ellos como no cedieran.
Esto
último le pareció brillante a Korin. A unos guerreros dispuestos a morir por su
señor no había otra forma de detenerlos más que matarlos y, si bien ellos no
podían asaltar la fortaleza, tampoco los defensores podían eliminar su ejército
a distancia. Los arqueros acertarían a unos cuantos, por supuesto, pero no
sería suficiente.
Había
que ejercer presión, tanta como fuera posible. Si no estaban tan dispuestos a
morir por el gusano como Gai y sus hombres por su señor, lo que iban a hacer
debería intimidarlos, aunque fuera un poco.
De
repente, mientras ella traía lo que habían ordenado y lo dejaba junto a los
soldados del Fuego, se oyeron gritos entre las tropas. Al levantar la vista,
los vio señalando una de las torres más altas. Antes de poder detectar qué
estaba pasando, una ola de horror se extendió por la muralla del castillo y los
guardias se amontonaron en la muralla oeste para observar qué sucedía.
Korin
solo lo vio porque señalaban la rápida caída. Un cuerpo se precipitaba desde la
torre.
El
agua del foso estalló no muy lejos de donde estaba, pero no hizo falta que
nadie se acercara para identificarlo. Unos cuantos reconocieron el cuerpo de
mujer con la cabellera roja.
—¡Es
la princesa Hebi! —exclamaron.
Entonces,
otro grito resonó desde las alturas. Era lejano, pero potente, impulsado por
una furia desgarradora imposible de ignorar.
—¡Muerte
al rey!
—¡Muerte
a los nobles!
—¡Muerte!
¡Muerte! ¡Muerte!
Voces
femeninas que lanzaban su dolor al viento. Fue fácil adivinar que pertenecían
al harén de Orochimaru.
De
repente, uno de los soldados del fuego golpeó el pectoral de su armadura y
bramó:
—¡Muerte!
¡Por el capitán!
Muchos
hombres del Fuego lo corearon. Hubo más golpes metálicos y más gritos.
—¡Muerte!
¡Por los caídos!
—¡Muerte!
¡Por los pueblos arrasados!
—¡Muerte!
¡Por esas mujeres!
Los
golpes se volvieron más rítmicos. Los guerreros del Hielo se unieron.
—¡Muerte!
¡Por el secuestro del príncipe!
—¡Muerte
para el rey indigno!
—¡Muerte
para la víbora!
Los
golpes en las armaduras se convirtieron en música de batalla. Todos a la vez,
juntos, unidos contra un único enemigo y con un objetivo.
Muerte.
—¡Muerte!
—gritó Sai, levantando el puño—. ¡Por el hijo de los dioses!
Los
soldados del Hielo corearon a Sai con fervor, seguidos por los rugidos de los
del Fuego. El ritmo de acero golpeaba la ciudad como un pálpito, era como si
una verdadera horda de lobos hubiera infestado el reino entero.
Korin
se irguió y se unió con un aullido, golpeando su pecho con fuerza. Ese era el
miedo que necesitaban.
—¡¿Qué
está pasando en la Torre del Harén?! —bramó Orochimaru, fuera de sí.
El
guardia que estaba informando se removió sobre sus pies.
—No
estamos seguros, mi rey. Las puertas están atrancadas y las mujeres han
amenazado con lanzarse al vacío si usábamos la fuerza.
Él
siseó dando media vuelta, estrechando los ojos con rabia ante los gritos de
muerte. No había duda de que la del foso era su hija… Todo lo que quedaba de su
preciosa y maldita esposa. La única mujer a la que le habría entregado el mundo
entero si se hubiera sometido. Aprendió demasiado tarde que tendría que haberla
encadenado, pero la subestimó; creyó que, con una hija de por medio, no sería
capaz de abandonarla al quitarse la vida.
Arrugó
la nariz. Karin era digna hija suya, de haber nacido varón, habría sido una
gobernante firme e implacable. No habría dudado dos veces en permitir que
formara parte de sus planes para el creador, incluso se lo habría entregado de
buen grado para que su linaje y el de su esposa, unidos en Karin, conquistaran
el mundo.
Pero
eso ya no podría ser. Sus mascotas pagarían con creces lo que habían hecho,
pero las quería vivas. Sin Karin, ahora más que nunca necesitaba que le dieran
un heredero. Más de uno, en realidad, si quería llevar a cabo su conquista.
Esas zorritas pagarían embarazándolas cada dos por tres y, en cuanto las cosas
se hubieran calmado tras la guerra, recibirían su merecido castigo.
Hija
por hija.
Traería
a todas sus bastardas y dejaría que las vieran morir, pero no antes de que
fueran usadas para lo que habían sido concebidas. Todas y cada una de ellas se
sometería, o las siguientes que parieran sufrirían el mismo destino.
—Que
cuatro guardias vigilen las puertas —ordenó—. Resolveré eso yo mismo en cuanto
termine la guerra. Aseguraos que no tratan de escapar.
El
guardia se inclinó y se marchó con rapidez. El que había estado plantado a su
lado se puso firme.
—Mi
rey.
—¿Hay
noticias de Sasuke Uchiha?
—Se
ha registrado el castillo de arriba abajo y no hay ni rastro. Antes de la
llegada de las tropas enemigas al castillo se estuvo revisando los alrededores,
pero tampoco encontraron nada.
Orochimaru
se giró hacia él y lo fulminó con los ojos.
—Es
imposible que se haya desvanecido.
—Los
hombres dicen que huyó por una puerta secreta que le facilitó el traidor y…
—¿Qué?
—ladró Orochimaru al percibir la duda en la voz del soldado.
Este
echó los hombros hacia atrás y respondió con cuidado:
—No
está confirmado, mi rey. Pero corren rumores. Dicen que han avistado un Rey del
Cielo.
La
guardia de Orochimaru se removió entre susurros incrédulos y temerosos, pero él
los hizo acallar de un gesto de la mano.
—Eso
es absurdo. Habría tormenta de ser así y solo hay remolinos de nubes en el
cielo. No es suficiente para anunciar la presencia de esa criatura.
—Son
solo rumores, mi rey.
Orochimaru
apretó los dientes. Tenía al creador, pero no a Sasuke Uchiha. Sería un
problema si había conseguido escapar… pero no irresoluble. Podía encargarse de
él después. El creador no escaparía de la trampa y siempre podía usar a
inocentes para que obedeciera. Sin embargo, los Uchiha irían a por él a menos
que los eliminara y, por el momento, estaba aislado.
Ya
había enviado mensajeros a todas las casas nobles para que acudieran con sus
hombres, pero tardarían unos días en reunirse. Su posición en el interior del
castillo estaba asegurada, pero le irritaba e inquietaba que nada de lo que
había planeado hubiera salido como esperaba.
—¿Y
el traidor?
—Lo
tenemos, mi rey.
—Traédmelo
de inmediato.
En
cuanto se marchó, Orochimaru fue hacia el balcón de su despacho y vio el
movimiento de los soldados del Hielo y el Fuego. Los gritos perduraban, pero
ahora eran más desordenados mientras corrían de un lado a otro como cucarachas
que han encontrado un sucio cadáver del que comer.
No
importaba lo que hicieran, no podían alcanzar el castillo, sin embargo, no
saber qué hacían los soldados del Fuego subiendo por los edificios más cercanos
a su fortaleza le disgustaba. Fugaku tenía muchas cosas que detestaba, pero no
era estúpido y no menospreciaba su fuerza. Su intervención en esta guerra era
lo que más lo había preocupado, sobre todo durante el asedio.
Ahora
era igual. No se le ocurría ningún modo de que atravesara sus defensas, y, aun
así, estaría atento a cualquier cosa que hiciera.
A
pesar de todo, no esperaba el oscuro espectáculo que protagonizaron los
soldados del Fuego. Abajo, se estaban alineando, lo bastante lejos del alcance
de los arqueros de sus murallas, pero era evidente que iban a hacer algo. Sin
embargo, fue en los edificios donde empezó todo.
Hicieron
ruido, mucho ruido. Golpeaban sus armaduras con furia mientras auguraban la
horrible muerte de sus enemigos a gritos, con sus túnicas rojo sangre ondeando
como una macabra demostración de ese funesto destino.
Y,
entonces, los lanzaron. Sus miembros se sacudieron en el aire y cayeron con un
golpe seco, rebotando y chocando con dureza contra las ásperas fachadas de
piedra, salpicándolas de abundante líquido negro.
Cuerpos
sin cabeza.
La
conmoción se extendió por las murallas, la sorpresa impidió que reaccionaran al
rápido y breve avance de las tropas del suelo, que dispararon sus proyectiles
hacia las murallas antes de retirarse de nuevo lejos del alcance de las
posibles flechas.
Orochimaru
no se pudo creer que les hubieran atacado con hondas. Un arma en desuso que
apenas se utilizaba ya en la guerra, y menos todavía en un asedio; no tenía la
fuerza suficiente como para causar un gran daño y las probabilidades de matar a
algún soldado con yelmo con una pedrada en la cabeza, en caso de acertar, eran
muy bajas.
Pero,
entonces, se alzó un aullido de horror entre sus hombres que se extendió
conforme caían los proyectiles.
—¡Son
las cabezas! —exclamó de repente su comandante, inclinado sobre la barandilla.
Orochimaru
apretó los dientes, comprendiendo lo que pretendía Fugaku.
—Miserable…
La
táctica del rey del Hielo seguía. Los soldados del Fuego aún no habían
terminado y seguían rugiendo, golpeando sus armaduras.
Muerte,
muerte, muerte.
Os
arrancaremos las cabezas y os sacaremos los ojos.
Arderéis
en el fuego de Kurama.
Las
murallas caerán, vuestro rey no os protegerá.
Rendición
o muerte. Rendición o muerte.
—No
servirá de nada —dijo el comandante, irguiéndose—. El miedo no sirve de nada si
no viene con un ataque.
Orochimaru
lo sabía y por eso no perdía de vista los movimientos del enemigo. La mayoría
estaban concentrados en la muralla de la entrada principal y al lado este,
ofuscando la defensa con su furia cegadora, pero, en el oeste, algo se
deslizaba entre las calles con discreción hasta que salió a la luz, tan veloces
y breves como los honderos del Fuego. Solo que estos llevaban las armaduras del
Hielo e iban armados con arcos y flechas ya preparadas.
—¡Arqueros!
¡Arqueros! —gritó, a pesar de que no podían conseguir gran cosa con ellos.
Atravesarían las murallas, sí, ¿y qué? Las bajas serían insignificantes, y más
cuando sus hombres se cubrieran con sus escudos.
Pero,
cuando las flechas volaron, las siguieron lanzas de humo negro.
¿Qué
demonios era eso?
Incluso
Orochimaru retrocedió cuando todas aterrizaron en el suelo con estallidos de
polvo negro esparciéndose y elevándose junto a un terrible hedor asfixiante que
solo podía definir como una ciénaga de carbón y heces. Él y su comandante
tosieron con fuerza a la vez que se retiraban al despacho y cerraban los
ventanales.
—¿Qué
clase de arma es esa? ¿Algún tipo de flecha incendiaria? ¿Veneno?
—Las
incendiarias no sirven si no tiene algo que arda —respondió el soldado entre la
tos— y aunque sea polvo venenoso, no sirve si no se ingiere, en todo caso,
irritaría los ojos. No veo cómo eso serviría para lanzar cualquier tipo de
ataque sin armas de asedio.
Orochimaru
se recuperó y regresó al ventanal, contemplando cómo la cortina de humo negro
llegaba con rapidez a su altura. Arrugó la nariz. ¿Qué estaba tramando Fugaku?
—Comandante,
baje y asegúrese de que todos mantienen la posición. Aquí pasa algo.
El
soldado se marchó a toda prisa. Cuando este salía por la puerta, el guardia de
antes regresó y le hizo una reverencia.
—Mi
rey, hemos traído al traidor.
Sus
ojos centellearon al escucharlo. Ahora iba a tener respuestas.
Hizo
un gesto con la cabeza y otros dos soldados trajeron a Kabuto a rastras. Tenía
un ojo casi cerrado por los golpes y la nariz roto. Un rayo de sangre caía
desde su frente y goteaba por su barbilla hasta la ropa maltrecha, con el
cuello roto y rasgones aquí y allá. Los nudillos estaban destrozados y debía de
tener un corte en el muslo derecho, donde tenía atado un trozo de manga de su
propia camisa.
Pero,
a pesar de todo, su mirada fue desafiante. A Orochimaru le hervía la sangre.
—Así
que es cierto —dijo entre dientes—. Tú, rata huérfana sin linaje, has
despreciado todo lo que te he dado.
—Todo
lo que me diste fue muerte —le escupió.
—¿Te
atreves a llamar así a tu educación? ¿A que te acogiera en palacio? ¿En mi
Corte? ¡Te di un título y todo cuanto posees!
Kabuto
alzó la cabeza y todo el odio que había ocultado durante tantos años se asomó
por fin a sus ojos.
—Llamo
así —dijo despacio con la rabia burbujeando en su tono— a cómo uno de tus
sucios perros violó a mi hermana hasta la muerte. A cómo viniste con tu
flamante armadura y sobre tu lustroso caballo a ver cómo arrasaban mi aldea
hasta los cimientos. —Su voz se elevó mientras los recuerdos volvían, haciendo
que le escocieran los ojos—. Pasaste tres días cazando a los supervivientes
como si fuéramos animales. Pues aquí tienes al último.
Orochimaru
siseó y le dio una patada en la cara que lo lanzó contra el suelo. Tosió
sangre.
—Tendrías
que haber agradecido la oportunidad que te di —dijo el rey con desprecio—.
Ahora estás ante mí y te aseguro que tendrás una muerte mucho peor que la zorra
de tu hermana.
Para
su sorpresa, Kabuto se carcajeó y se sentó de nuevo mientras decía:
—¿Y
qué? Al menos, tú no te saldrás con la tuya —dicho esto, sonrió con una
expresión de absoluta satisfacción pese a su rostro maltrecho—. Sasuke Uchiha
ha vuelto con los suyos. Tu ciudad ha caído y pronto lo hará este castillo.
Orochimaru
lo golpeó en el pecho con el pie y lo mantuvo contra el suelo. Su rostro estaba
deformado por la ira.
—¿Cuál
es su plan? ¿Cómo piensan llegar hasta aquí? ¿Qué es ese humo? ¿Veneno, fuego?
Al
escuchar la última pregunta, Kabuto bufó.
—Mírate.
Estás tan desconectado de nuestro pueblo que ni siquiera eres capaz de
reconocer un producto que se creó en tu propio país. —Levantó la cabeza con una
sonrisa torcida—. No es más que una mezcla de brea y aceite podridos que se
bañan en puñados de paja. Al quemarlo, la pestilencia aleja a cualquier plaga
de insectos o roedores. Solo eso.
Orochimaru
resopló de rabia por la nariz y se alejó de Kabuto, regresando a la ventana. La
cortina de humo se había hecho más grande. Puede que los arqueros estuvieran
lanzando más flechas. ¿Para qué? ¿Retirar sus soldados al interior del castillo?
—¿Qué
ganan con eso?
—Unas
buenas vomiteras.
Se
giró y regresó a grandes zancadas hasta él.
—Déjate
de risas y dime lo que planean.
Kabuto
clavó los ojos en la víbora y sacó el pecho.
—Yo
solo tenía que ayudar a Sasuke Uchiha y lo he hecho. El resto, depende del
creador.
—¡El
creador está en mi poder! —bramó Orochimaru.
Sí,
lo tenía y lo usaría en cuanto pudiera…
No.
Podía hacerlo, podía usarlo ahora. Ahí estaba la solución a todos los
inconvenientes.
—Cogedlo
y traedlo conmigo —ordenó a la guardia.
Kabuto
se estremeció. Conocía ese brillo malicioso en los ojos amarillos de
Orochimaru. No era bueno, tenía planes para el creador.
Los
mismos guardias que lo habían traído lo arrastraron de regreso a la planta
inferior, con la víbora y su séquito de rufianes detrás. Incluso herido y
desarmado, no confiaba en que no lo atacaría por la espalda. No es como si
tuviera oportunidades, pero, sí, lo habría hecho de haber estado en condiciones
y aunque acabara muerto. Sinceramente, no esperaba vivir tanto, creyó que
Orochimaru lo mataría en cuanto confirmara su traición.
Encontraron
pocos soldados en su camino. Sin duda alguna, la inmensa mayoría estaban
defendiendo las murallas y, los que quedaban en el interior del castillo,
estarían vigilando todas las entradas. Aun así, a Kabuto le extrañó no ver a
nadie en el camino de las escaleras hasta el Salón del Trono, y no fue el único
porque, una vez dentro, sus carceleros lo hicieron esperar a un lado mientras
el rey y se guardia se acercaba hasta una trampilla de piedra en el suelo,
descubierta por la alfombra apartada. La víbora miraba a su alrededor
destellando chispas rabiosas.
—¿Dónde
están los guardias que debían custodiar al creador?
Kabuto
sintió un cosquilleo recorriendo su espalda y sonrió abiertamente.
Orochimaru
debió de llegar a la misma conclusión, porque abrió tanto los ojos que podrían
haber caído de sus cuencas. Con un grito que estaba entre una ira titánica y un
miedo escalofriante, ordenó que abrieran la trampilla.
Nada
más hacerlo, una espesa nube de vapor ardiendo salió despedida y envolvió a
Orochimaru y los guardias que estaban más cerca. Se vieron obligados a
retroceder con un gemido, pese a que el rey no tardó en internarse de nuevo,
ignorando el calor, con la desesperación apretando su garganta.
No
era posible. No había forma de que escapara de ahí, él en persona se aseguró,
siguiendo las instrucciones del libro.
Pese
a todo, no fue capaz de ver nada hasta que la nube se evaporó. Tampoco escuchó
ni un sonido. Un escalofrío le recorrió la columna. Incluso antes de poder
asegurarlo con sus propios ojos, tuvo la seguridad de que el agujero estaba
vacío.
Se
giró, listo para convocar una nueva búsqueda, pero, entonces, vio que su
guardia personal yacía muerta a sus pies. Habían muerto degollados.
Boqueó
incrédulo, sin entender qué había pasado hasta que levantó la mirada y se vio
rodeado por un semicírculo de hombres y mujeres recubiertos de pintura parda y
verde mezclada y que corría hacia abajo como pequeños arroyos sobre la ropa
mojada. Tenían el pelo húmedo, mirada depredadora y empuñaban dagas.
Un
golpe contundente seguido por varios chasquidos hizo que alzara la mirada con
un sobresalto. El miedo atenazó su garganta al darse cuenta de que acababan de
cerrar con cerrojos el salón.
—Vaya,
vaya.
La
piel de su nuca se erizó ante aquel tono burlón y satisfecho. Todo lo demás
desapareció de sus sentidos. Los rugidos de los zorros del Fuego, los gritos de
sus soldados y las órdenes de su comandante. Los salvajes que había en su
habitación ya no importaban, ni tampoco que Kabuto estuviera con ellos. Su
guardia personal yacía muerta a sus pies. Había perdido la ciudad y ya tenía a
Sasuke Uchiha en su poder.
El
creador y él estaban solos y era consciente de que no podía ganar.
Tragando
saliva, se giró despacio. En cualquier otro momento, la visión que había ante
él lo hubiera hecho aullar de furia, pero, ahora, lo último que le preocupaba
era esa humillación.
Su
trono se hallaba en la cima de diez escalones de mármol de un pie de ancho,
dispuestos en semicírculo y decorado con formas vegetales que giraban en
espirales. Ahí, se erguía un asiento con una base rectangular hecha enteramente
de malaquita y esculpida en forma de dos serpientes enroscadas con ojos de
rubíes. El resto estaba hecho de nogal: reposabrazos robustos y poderosos con
extremos revueltos en furiosos mechones de leones rugientes y el respaldo que
se ampliaba conforme ascendía en poderosas alas afiladas como puntas de lanzas.
El contraste oscuro de la madera con el pan de oro que recubría las figuras
para resaltar su excelente trabajo manual inspiraba presencia y poder, y, junto
con el sedoso y cómodo acolchado tejido en rombos, hacía gala de una riqueza de
la que el rey de la Hierba siempre se había enorgullecido.
Y,
sentado sobre todo aquello, estaba el creador. Ataviado de arriba abajo con su
armadura, tenía un pie cruzado de forma casual y poco elegante sobre la otra
pierna, que reposaba en el suelo, junto a su yelmo. Su cuerpo estaba inclinado
hacia la izquierda, con una mano que reposaba cómodamente en un reposabrazos y
la otra en forma de puño, con el codo apoyado sobre el otro, y la mejilla
descansando en sus nudillos. Sus ojos ardían como brasas y sonreía como si
hubiera ganado la partida.
—Sorpresa
—ronroneó Naruto.
Orochimaru
retrocedió.
—No.
Es imposible.
El
creador soltó una risita mientras se reclinaba en el respaldo y aplaudía
perezosamente.
—Bravo,
una trampa digna de los Tiranos. Pero ese es el problema, ¿sabes? Tiene más de
mil años. —Su sonrisa se ensanchó—. ¿Creías que no estudiaría sus métodos para
estar preparado?
—¡Eso
no importa! —ladró Orochimaru con las facciones tensas como las cuerdas de un
violín—. ¡Era pura piedra! ¡Y lancé agua para asegurarme de que…!
—Sí,
sí, el fuego no derrita la piedra, bla, bla, bla —lo interrumpió con un gesto
desinteresado de la mano—. Pero, ¿de qué está hecho el material con el que
uniste las piedras? Porque no eso no era roca.
El
rey palideció al comprenderlo.
—Tú
has…
—Caliza
y arcilla —sonrió Naruto con un brillo en los ojos y apoyando de nuevo la
cabeza en un puño—. El agua que tiraste me ralentizó, pero la arcilla es muy
susceptible al fuego. Y tengo la suerte de que tu fortaleza está repleta de
pasadizos secretos. Muy conveniente.
Entonces,
se escucharon unos golpes fuertes en las puertas. Orochimaru se giró a tiempo
de ver cómo los salvajes se apiñaban contra ellas. Sus hombres exigían la
entrada desde fuera. Dio media vuelta de nuevo, con el corazón martilleando su
pecho, y le soltó al creador.
—Estás
en inferioridad numérica. ¿Qué vas a hacer con doce hombres? ¿Eh? —Pese a sus
palabras, su tono agudo lo delataba.
Naruto
ensanchó su sonrisa y, casi con desgana, se levantó del trono. Sus manos se
deslizaron por los reposabrazos y, de repente, las disparó hacia arriba.
Lenguas
de fuego se prendieron de inmediato y devoraron la seda negra con fruición,
chisporroteando entre cada mechón leonado y oxidando el filo de las alas. Tras
el trono, en la pared del fondo, el estandarte de la Casa Real que colgaba
arrogante estalló en llamas, que surcaron como dragones hambrientos los telares
que decoraban las largas paredes laterales. Naranja y dorado brillaron en los
ojos del rey, testigos de la caída de su gobierno y linaje.
El
hijo de Kurama descendió los escalones con los ojos en brasas entre una capa de
vapor que salía de su cabeza. Cuando pisó la alfombra, esta chapurreó y un
fulgor rojo se encendió a sus pies, dejando un rastro de fuego a su paso hasta
que se plantó frente a Orochimaru. Lo miró con los ojos entrecerrados, ya no
sonreía.
—¿Quieres
seguir jugando con fuego?
Orochimaru
se estremeció. Miró una vez más a su alrededor y, finalmente, bajó la mirada.
—Yo
soy… Yo soy… —No terminó la frase y cayó de rodillas ante el creador,
murmurando algo ininteligible.
Naruto
lo ignoró y alzó la vista hacia Zabuza, que se encontraba cerca, esperando
órdenes.
—Lo
dejo en tus manos.
El
hombre asintió y, sin miramientos, lo agarró por el pelo y lo obligó a
levantarse y a seguirlo. Kabuto, al verlo, apretó los labios y cojeó con prisas
hasta Naruto, que seguía avanzando hacia las puertas. Todavía se oían golpes y
gritos, pero los hombres y mujeres del Clan no cedían.
—¡Majestad,
espere! Ese gusano…
—Pagará.
Kabuto
se detuvo. Su voz encerraba una promesa mientras las llamas danzaban en sus
ojos. Una mujer del Clan se acercó y le entregó su yelmo y dos grandes espadas.
El creador se las colocó en el cinto con reverencia.
—Te
doy mi palabra de que será juzgado y de que pagará con su sangre —dijo en un
tono bajo y extrañamente tranquilo—. Pero no ahora.
El
doctor tragó saliva, sin embargo, asintió y retrocedió un paso, observando cómo
se colocaba el yelmo.
—Ocúpate
de tus heridas y vete con los dos hombres que se llevarán a Orochimaru. Que se
esté quieto, no tardaremos mucho en terminar con esto.
Kabuto
vio cómo los guerreros de las puertas se apartaban y se reorganizaban a los dos
lados bajo las órdenes de Zabuza. Todos empuñaban de nuevo los cuchillos. Iban
a acabar de tomar el castillo.
La
mujer del Clan lo cogió del brazo y lo llevó con los dos fornidos hombres que
custodiaban a la víbora antes de unirse a sus compañeros. A una señal de
Zabuza, quitaron los cerrojos.
Lo
que los hombres de Orochimaru encontraron fue el Salón de Trono en llamas y al
creador envuelto en un remolino de fuego que los obligó a detenerse en seco y a
protegerse el rostro con una mano, bajando la otra que sostenía el arma.
Cuando
el fuego se disipó, ahí estaba. El zorro dorado acorazado, escupiendo chispas
candentes por todo el pelaje, enseñando los dientes mientras sostenía un enorme
mandoble con una hoja extraña y misteriosa. Parecía haber sido forjada en puro
ámbar, dorado y anaranjado, y la empuñadura estaba formada por una guarda
tallada en obsidiana, negra con vetas jaspeadas, en forma de un abanico de
nueve colas de zorro, con un mango robusto y una prominente cabeza de zorro con
las fauces abiertas como pomo.
La
bestia gruñó y resopló por el hocico. Al hacerlo, la hoja de la espada empezó a
brillar, como el hierro al rojo vivo.
En
el exterior, la batalla había llegado a un punto muerto y Fugaku era
consciente. Habían minado la moral del enemigo al mismo tiempo que lo distraían
lo suficiente para crear una cortina de humo que ocultara a Zabuza y sus
hombres. El miedo y su extraño ataque habían asustado lo suficiente a las
defensas de la muralla como para que retiraran a sus arqueros de las murallas,
por lo que la infiltración había sido un éxito, y, además, aprovechó para
lanzar una nueva ola de flechas que los animara aún más a retroceder. No tomarían
el castillo, pero ganarían algo de tiempo para Naruto y su unidad de
infiltrados.
Ahora
se habían reorganizado y su contienda era poco más que un toma y daca entre
arqueros. Alguien había tomado el mando y tranquilizado los ánimos, por lo que
sus arqueros habían contratacado. Fugaku esperaba que ocurriera tarde o
temprano, así que había preparado a sus hombres con los escudos grandes para
ello. Su misión era distraer, hacer ruido, por lo que, si podía evitar el mayor
número de bajas posible, lo haría. Así, por el momento, estaban combinando
oleadas de flechas con barreras de escudos.
Sin
embargo, si ese enfrentamiento se alargaba demasiado, sospecharían que tramaba
algo, por lo que estaba preparando a los honderos del Fuego para otro
movimiento. No haría mucho daño, pero podría asustarlos de nuevo y ganar un
poco más de tiempo. Solo necesitaban reunir unas botellas de brea y un ataque
de flechas incendiarias…
Entonces,
notó que el cielo se oscurecía y levantó la mirada. Voluminosas nubes negras se
estaban apoderando del azul celeste a gran velocidad, impulsadas por un
repentino vendaval.
Sus
ojos relucieron y se giró hacia la Ráfaga Invernal que esperaba en su posición
para repartir órdenes.
—Transmite
este mensaje a todas tus compañeras para que lleguen a los capitanes de las compañías
de arqueros e infantería de escudos: el hijo de Kurama ha dado la última señal,
¡la batalla está por terminar! ¡Un último ataque con todo lo que tengan! ¡Y que
los honderos del Fuego lancen lo que hayan conseguido! ¡Vamos!
Su
corcel relinchó y salió corriendo por la calle empedrada. Fugaku, en cambio, se
dirigió a sus comandantes, que habían escuchado las órdenes.
—Ya
es la hora, entonces —dijo Shisui.
Él
asintió y miró a su viejo amigo.
—Touma,
coge a la infantería y lleva a Gai contigo a la entrada principal. Tsuki, te
pongo al mando de los arqueros, vigila las murallas. No creo que tengan ganas
de pelear tras el golpe final, pero no me quedaré tranquilo hasta que tengamos
a todos los soldados desarmados. Shisui, encárgate de todo aquí en mi ausencia.
Sabes qué hay que hacer, solo espera mis órdenes.
—Sí,
mi rey —respondieron los tres al unísono.
Touma
y Tsuki se alejaron del puesto de mando para situarse en sus nuevas posiciones
mientras que Fugaku vigiló con Shisui la nueva situación. El cielo era cada vez
más negro, pero aún no se escuchaban truenos, a pesar de que el viento era
fuerte.
Los
arqueros de las murallas se retiraron, conscientes de que sus flechas perdían
efecto con tales ráfagas. Fugaku sabía que los suyos tampoco tendrían
posibilidades, pero esperaba seguir llamando la atención para que el último
ataque los pillara aún más desprevenidos.
Entonces,
los honderos del Fuego lanzaron cinco botellas de brea que atravesaron a duras
penas las murallas, seguidas de una oleada de flechas incendiarias que
temblaron en el aire antes de alcanzar los objetivos. Alguna de ellas debió de
dar en el blanco, porque se escucharon gritos al otro lado.
Aun
así, lo más importante fue un estallido que retumbó en el cielo.
Era
más que suficiente. Habían cumplido.
Y,
a pesar de todo, no pudo respirar tranquilo hasta que el rugido del Rey del
Cielo atravesó la muralla este, lanzando a cuanto estaban en su camino al foso
o al suelo, poco le importaban. Solo entonces, gritó el alto al fuego.
Tanto
sus hombres como los guerreros del Fuego estallaron en aullidos de ánimo cuando
la bestia que gobernaba el aire se elevó de nuevo y giró en la cima. Un rayo blanco
le cayó encima y, al abrir las alas, lo extendió en varias direcciones, pero
golpeando directamente el interior del castillo.
Un
instante después, un fogonazo de luz anaranjada salió disparado en la parte
oeste, reventando las ventanas en cientos de pedazos, sobresaltando a su
ejército, que se quedó en silencio.
Fugaku
sonrió. Naruto estaba sano y salvo y ya estaba cumpliendo su parte.
Fuin
se dejó caer en la siguiente muralla. Se perdió de vista en las almenas, pero
su paso arrasador era evidente por los hombres que caían al foso y las alas o
la cabeza que se asomaban de vez en cuando. Luego, volvió a alzar el vuelo y,
mientras lo hacía, hubo otro fogonazo, ahora en las ventanas que justo daban a
ellos, y el fuego salió en tirabuzones, como serpientes que trataban de trepar
por las paredes. Y, una vez más, el Rey del Cielo invocó un rayo que inundó el
castillo y lo cubrió de una luz blanca que después era devorada por el rojo y dorado
de las llamas.
Ni
el propio Señor del Hielo supo cuánto tiempo transcurrió con exactitud, pero
fue como si los mismos dioses hubieran bajado entre los mortales para castigar
todo el mal que había invadido esa tierra y fueran a derribar la fortaleza
pedazo a pedazo. Fuego y rayo se entrelazaban, el creador conquistaba el
interior con un mar de llamas que escupía por las ventanas mientras la bestia
de la tempestad provocaba el terror con viento y relámpagos.
El
rey se sintió sobrecogido, convencido de que no había fuerza terrenal capaz de
detenerlos. Tuvo la plena comprensión, de repente, de cómo los Tiranos habían
conquistado prácticamente el mundo entero, y agradeció en silencio a Taka y
Kurama por haber impedido que algo así volviera a suceder. Ningún ser humano
debería tener tal fuerza a su disposición.
El
fuego ya escapaba por todas las ventanas y las torres escupían humo gris y rojo
bajo los rayos blancos. La piedra alrededor de las feroces llamas se ennegrecía
y los rayos habían echado abajo algunas almenas, balcones y lo poco que podía
quedar de algún ventanal. Fuin, tras una última demostración de por qué su
especie era el Rey del Cielo, se elevó hasta el gran balcón que daba a la
puerta principal y aterrizó sobre amplia barandilla de piedra blanca decorada
con vegetación dorada.
Fugaku
no se había dado cuenta de que Naruto estaba allí, contemplando probablemente
el interior del castillo. No sabía qué era lo que estaba viendo, pero sí
reconoció la espada que desenvainó y levantó hacia el cielo. El filo gélido de
Sharingan relucía en blanco y azul, en contraposición con una hoja desconocida que
desprendía un intenso destello dorado.
—¡Orochimaru
ha caído! —rugió con una voz atronadora que el fuerte viento ayudó a levantar,
como si los mismísimos dioses quisieran que se escuchara por encima de la
tormenta y las llamas—. ¡Su reinado y el de su linaje ha terminado para
siempre! ¡La victoria es del Fuego y el Hielo!
La alegría estalló a su alrededor. Pero Fugaku solo pudo pensar en lo orgulloso que estaría Sasuke cuando le contara cómo su esposo había ganado esa guerra por él.

Aaaaaaa los amo, que genial, quede fascinada me encantó ame el capítulo. Por un momento pensé que naruto avía encontrado a algún dios en la trampa o algo parecido pero estuvo genial. Tengo una pregunta aquí no tiene publicado los hijos de sasuke ( mi mascota sasuke) no lo encuetro.
ResponderEliminarMe alegro un montón de que te haya gustado ^^ No te preocupes por "Los cachorros de Sasuke", dentro de poco me pondré con los fanfics que se quedaron pendientes y este está incluido en ellos; haré un anuncio en cuanto termine una actualización más :)
EliminarDivino, espectacular y magnífico el capítulo
ResponderEliminarTotalmente fascinada
Muchas gracias por el mejor regalo de navidad
Feliz navidad para ti y tus seres queridos
¡Muchísimas gracias! Me alegro mucho de que te haya gustado ^^
EliminarQue pases unas felices fiestas ^^
Me ha encantado el capítulo, hacia tiempo que no visitaba tu blog, espero con ansias la continuación de tu historia, hasta pronto 😃
ResponderEliminarTodo tu trabajo es fantástico,me encanta todo los cap y como se va desarrollando la trama,pero me gustaría saber cuándo vas a actualizar,el reino de los zorros,gracias
ResponderEliminar