Capítulo 4. La fuerza de una canción
Pese
a lo tarde que se había acostado, Katsuki se levantó a las diez en punto para
recibir a Midoriya. Se dio una ducha, avisó a Fat de su llegada y preparó el
estudio para su visita. No tuvo noticias de ninguno de sus amigos a pesar de la
cantidad de mensajes que le dejaron anoche preguntando por su “cita”, lo que
significaba que estarían durmiendo todavía.
Mejor.
Si se enteraban de que había invitado al mismo Omega de anoche al estudio, se
volverían locos y empezarían a pensar cosas raras, por no hablar de que
acosarían al nerd hasta saberlo todo sobre él… Y eso no iba a pasar.
Se
detuvo frente a la mesa de mezclas de sonido cuando las palabras de Togata
volvieron a su cabeza. Midoriya estuvo en un refugio de Omegas. Una especie de
dolor sordo apretó su pecho. No podía decir que sabía lo que se sentía, pero
había sido testigo del sufrimiento que esa clase de abusos generaba. Hizo que
agradeciera que hubiera fieras como su madre encerrando a esos bastardos hijos
de puta.
No
pudo evitar preguntarse cuál habría sido la situación de Midoriya, pero, sobre
todo, seguía dándole vueltas a esa frase. Me salvó la vida. ¿Cómo? No se
le ocurría cómo un disco podía ayudar en algo así.
La
vibración de su móvil hizo que se sobresaltara. Gruñó para sus adentros,
sacudiendo la cabeza. Tenía que quitárselo de la cabeza. Midoriya había
decidido no contarle nada y él respetaba esa decisión. Cogió el teléfono y vio
el mensaje que le confirmaba que el Omega había llegado.
Bien,
hora del tour.
Salió
del estudio para esperarlo en la puerta y, ya desde allí, escuchó la poderosa
voz de Fat contando una de sus muchas anécdotas de seguridad mientras que
Midoriya reía. Cuando los vio aparecer por una esquina, el guardaespaldas hacía
gestos exagerados con un brazo, sosteniendo en la mano libre un café portátil
que había traído el nerd, a juzgar por los otros dos que llevaba y una bolsa en
la que supuso que traía algo de comer.
Al
verlo, el rostro de Fat se iluminó.
—¡Katsuki!
Este Omega es una joya. Yo no me lo pensaría dos veces.
Al
momento, Midoriya se puso rojo y balbuceó algo acerca de que no eran nada,
haciendo que el Alfa sonriera ampliamente.
—Eso
me duele, nerd. Te ofrecí desnudarme y tú me rechazaste sin pensarlo. Creía que
eras mi mayor fan.
El
Omega lo miró como si no acaba de creerse que hubiera dicho eso, igual que Fat,
que se quedó un instante con la boca abierta antes de girarse hacia Midoriya.
—¿Has
rechazado a Katsuki? ¿Sabes cuántos Omegas van detrás de él?
Katsuki
se echó a reír, pero, antes de dejar que su fanboy se enfadara
demasiado, tiró de él para que entrara al estudio y le pidió a Fat que nadie
los molestara. Aun así, Midoriya se las ingenió para zafarse, con suavidad pero
escurridizo como una culebra, y darle al guardaespaldas un par de galletas con
chocolate, llamándolo “Taishi” y todo. Fat lo contempló como si le hubiera
salvado la mañana.
En
cuanto se quedaron solos en el estudio, Katsuki levantó una ceja.
—¿Taishi?
—¿Qué?
Es un hombre adorable —respondió Midoriya con aire distraído, mirando su
alrededor con los ojos brillantes.
El
Alfa sonrió, satisfecho por su reacción.
—Sí,
aquí empieza la magia de la gira.
En
Sapporo había estudios de música muy buenos, comparables a los de Tokio,
aunque, por supuesto, allí la cantidad era muy superior. Sin embargo, la sala
era amplia, sin ventanas y estaba insonorizada. Había una mesa de reuniones con
varias sillas y al fondo se amontonaban las maletas de instrumentos y del
equipo de sonido.
A
la izquierda, en cambio, destacaba una segunda estancia, separada por una pared
con un cristal en la que se apoyaba la gran mesa de mezclas, que recogía el
sonido de la habitación contigua, donde la banda hacía los ensayos y los
grababan para revisarlos después y comprobar que los instrumentos, sus voces y
la coordinación estaba perfecta. A Caraburro le gustaba probar algunos efectos
que podían quedar bien en un concierto o hacer un poco de show, mientras que a
Pikachu y Peloraro les gustaba jugar de vez en cuando.
Menos
mal que él estaba ahí para poner orden y que se centraran.
Una
vez se lo enseñó todo al nerd, este le hizo, como esperaba, un montón de
preguntas sobre el proceso de sacar un nuevo disco y cómo funcionaba una gira.
—Crear
las canciones nuevas siempre es lo más jodido y lo más divertido —le contó
junto a la mesa de mezclas, tocando botones aquí y allí para después dejarlos
en su sitio, a pesar de que estaba apagada—. Hasta que no encuentras un tema
para la letra o una forma de expresarlo es un dolor de cabeza, pero, cuando lo
consigues, fluye. La parte de probar unos acordes u otros es lo mejor, quitando
algunas canciones cabronas que no querían pegar con nada, pero es muy
satisfactorio cuando por fin le arrancas el sonido perfecto.
Midoriya
le dio un sorbo a su café. Había sido un detalle que hubiera traído otro para
él. Fuerte y solo, como le gustaba. Le hizo gracia que supiera hasta eso,
aunque, trabajando en una cafetería, tenía sentido.
—Hace
tiempo que no sacas una letra nueva —le comentó, curioso, cómo no—. ¿Es porque
tienes algún proyecto para un nuevo disco o el volumen de trabajo?
Katsuki
levantó una ceja.
—¿Entre
tú y yo?
El
nerd adoptó una expresión solemne y se llevó la mano al corazón.
—Como
tu fan número uno, juro que no diré ni una palabra —dicho esto, sonrió.
—Ese
es mi fanboy —rio el Alfa antes de encogerse de hombros—. Nah, no tengo
nada que decir. No me gusta escribir por escribir. Para mí, una letra vacía es
mierda comercial. Pikachu y Peloraro son intensitos, así que todo lo que ponen
sobre el papel tiene algo. Lo mío, no —dicho esto, esbozó una sonrisa maligna—.
Porque me aseguraron que escribir sobre lo asqueroso que es el famoseo nos
perjudicaría.
—No
necesariamente.
—Sabía
que tú me entenderías —se burló Katsuki.
Midoriya
sonrió divertido, pero continuó:
—Se
han hecho canciones sobre eso también y los artistas siguieron su carrera sin
grandes percances. A menos que haya alguna barbaridad…
—Alguna
hay.
—Bueno,
puedes cambiarla. No creo que la falta de sinónimos sea un problema para ti.
A
Katsuki le gustó su confianza en su talento. Sin embargo, había más. Algo que
solo había hablado con la banda. ¿Podía contárselo?
El
recuerdo de Yuko pasó por su cabeza y le hizo fruncir el ceño. No era la misma
situación, ni de lejos. Midoriya no buscaba ganar dinero a su costa. Estuvo muy
pendiente de él y los otros Omegas anoche y se dio cuenta de que ninguno tenía
los móviles a mano. Esa mañana, no hubo fotografías suyas en Lemillion, a pesar
de que su streaptease podría haber armado un buen escándalo y valía una
sustanciosa cantidad que a muchos les vendría de perlas. Pero en las revistas y
artículos musicales solo se hablaba de su concierto, ni siquiera había imágenes
de la fiesta privada.
No,
ese nerd no tenía malas intenciones, pero, aun así, dudó. No le pareció bien ni
justo. Después de todo, él conocía su secreto, aunque hubiera sido por error.
Debió
de hacer una pausa más larga de lo que creía, porque Midoriya le sonrió con
comprensión.
—No
tienes que contarme nada que no quieras.
Ese
era el problema, que quería. Le gustaba hablar con él, se sentía a gusto, y
conocía a muy pocas personas con las que pudiera estar así.
—No
quiero que la primera canción que saco después de dos años sea una rabieta —admitió
al final.
Observó
la expresión del Omega, que levantó las cejas. No estaba seguro de qué reacción
esperaba, pero que lo tomara con tanta calma no era una de ellas.
—¿Eso
es lo que piensas que es?
—Sabía
lo que había cuando escogí esta profesión —dijo encogiéndose de hombros—. Seguí
adelante a pesar de que odio todo lo que tenga que ver con los medios y el
trato con fans carroñeros…
La
risa de Midoriya lo interrumpió.
—¿Fans
carroñeros?
—Tú,
no —aclaró con una media sonrisa—. Tú eres un fan genial.
—Gracias
—le dijo el Omega con calidez antes de pedirle que continuara con un gesto de
la mano.
—El
caso es que sabía que tendría que lidiar con todo esto y lo acepté. Todavía me
molesta, pero es lo que hay, un precio pequeño por la vida que quiero, si me
preguntas. No quiero que estos dos años de parón se reduzcan a una especie de
autocompasión por hacer lo que he decidido o que parezca que me arrepiento o
que daría marcha atrás.
Se
quedó contemplando al Omega, todavía atento a sus reacciones, sin saber muy
bien por qué. No es que la opinión de Midoriya fuera a cambiar algo; cuando él
escogía un camino, lo hacía de forma consciente, y lo hacía hasta el final. Se
conocía a sí mismo, sabía la mierda con la que podía lidiar y que, si quería
algo con la fuerza suficiente, podía atravesarla de ser necesario.
Tal
vez fuera porque era la primera vez que hablaba de esa forma con un fan después
de mucho tiempo. El nerd era un seguidor de verdad, de los suyos, del tipo de
personas que le gustaban, y… No quería decepcionarlo, creía.
Sin
embargo, Midoriya solo le dedicó una mirada amable.
—Si
eso es lo que sientes, entonces, está bien. Pero, Bakugo, creo que es normal
agobiarse por esas cosas de vez en cuando. Así que no le des demasiada
importancia, ¿vale? —dicho esto, sus ojos brillaron con diversión—. Tus fans de
verdad esperaremos el tiempo que necesites para tus canciones.
—…
Joder. Fat tenía razón, eres una jodida joya, ¿sabes?
Sonrió
al ver la forma en que el Omega se sonrojaba. Era una monada, también, y tan
divertido hacer que se avergonzara.
—No
es para tanto…
—He
estado en salas llenas de Omegas, sé de lo que hablo. No te menosprecies.
—¿Los
fans carroñeros? —le preguntó con una risita.
—Te
recuerdo que tú los llamaste “hienas” primero.
Los
dos rieron y se terminaron el café mientras seguían hablando. Esta vez, fue el
turno de Katsuki de preguntarle a Izuku por las canciones que escribía. Tenía
curiosidad por los temas que escogería, pero, como con sus gustos musicales,
había de todo. Dijo que solo escribía lo que le venía a la cabeza, fuera lo que
fuera: desde cómo podía sentir él la música que le gustaba hasta esa cabriola
que hizo Tomo estando borracho. La sencilla felicidad de tomar una taza
caliente en una noche fría de Sapporo. El miedo a la hora de enfrentarse a una
experiencia desconocida. La emoción y el nerviosismo por hacer algo que siempre
había querido. Los demonios del pasado. La superación personal.
—Uno
de mis favoritos es el coraje —le dijo tras un rato hablando—. Esa capacidad de
decidirse a hacer algo y llevarlo a cabo. Compusiste una canción sobre eso en
vuestro primer disco.
—Sí
—Katsuki la recordaba bien—. La escribí justo después de discutir con mi madre.
Ella no quería que me dedicara a la música. Es un oficio demasiado incierto,
decía.
—Es
mi canción favorita.
El
tono contenido y emotivo en el que lo dijo llamó la atención de Katsuki. Hasta
ahora, la conversación había sido muy fluida y amena, pero, de repente, el
ambiente había cambiado, como si cambiara acorde a la voz de Midoriya.
Cuando
lo miró, se dio cuenta. Había cierta intensidad en sus ojos, pero seguían
teniendo un halo dulce y cálido. Lo supo entonces.
—Togata
—suspiró.
—Me
lo contó anoche. No pasa nada.
Katsuki
sacudió la cabeza.
—Era
algo privado. No quería incomodarte.
—Al
contrario, te estoy agradecido. Hacía tiempo que no estaba tan cómodo con un
Alfa que supiera lo del refugio. La mayoría empiezan a actuar indecisos, como
si cualquier cosa que se les escape fuera a romperme en pedazos. Tú no lo
hiciste.
Él
soltó un resoplido.
—La
gente es idiota. No tienen idea de lo fuerte que es la gente como tú.
Midoriya
alzó las cejas.
—¿Piensas
eso de nosotros?
Katsuki
se reclinó en la silla. Mientras hablaban, habían acabado sentados en la mesa,
Midoriya en el extremo y él a su lado izquierdo. Se quedó cabizbajo mirando su
café sin verlo realmente. Su cabeza estaba en aquel horrible momento en el que
Eijiro apareció gritando y llorando en su casa, suplicando ayuda a su madre.
Recordaba el miedo y la confusión, el no tener ni la menor idea de lo que
estaba pasando, pero tener la seguridad de que era algo horrible. Y, luego, ese
frío glacial en su pecho, cuando se acercó al coche con su madre y vio toda esa
sangre.
Inspiró
hondo y alzó la vista hacia Midoriya.
—Seguro
que conoces el caso de Rio Kirishima.
—Sí.
La conocí.
Katsuki
levantó las cejas. Eso no se lo esperaba.
—¿Cuándo?
El
Omega jugueteó con su café mientras esbozaba una pequeña sonrisa. Parecía
triste.
—Hace
siete años. Vino a mi refugio para dar una charla y participó en algunas
terapias de grupo para animarnos a abrirnos. Yo estaba en una de esas cuando
compartí mi historia por primera vez. Fue muy amable conmigo.
Tenía
sentido. Después de lo que le pasó, Rio había dedicado su vida a ayudar a los
Omegas que sufrían abusos a compartir su historia y pasaba gran parte del año
visitando refugios cuando no estaba dando charlas o trabajando en un nuevo
libro destinado a contarle al mundo una de las partes más horribles de su
sociedad.
Aun
así, le sorprendía que justo hubiera coincidido con Midoriya.
—Ella
siempre ha sido muy gentil —dijo, pensando en la cantidad de veces que cuidó de
él y Eijiro cuando eran adolescentes—. Fue duro ver de cerca lo que ese
cabronazo le había hecho. Y todo el dolor que hubo después, para toda la
familia. Mi madre se ocupó de su caso y, una vez, mientras trabajaba, vi
algunas fotos. Entonces dije que sentía lástima y ella me reprendió por eso.
Le
dio un largo trago a su café mientras aquella conversación pasaba por su
cabeza. El recuerdo seguía siendo muy nítido. Ni él ni su madre eran personas
muy emocionales, pero, en aquel momento, le sorprendió que su madre se mostrara
tan fría. O eso es lo que pensó.
—Me
dijo que no me atreviera a decir algo así hasta el día del juicio. No lo
entendí hasta que vi a Rio en el estrado. —Apretó los puños, pero hinchó el
pecho—. El olor de su miedo era tan fuerte que cualquiera en esa sala podía
olerlo y su voz era una mezcla de temblores y sollozos. A veces, tenía que
repetir sus respuestas o frases porque no se la entendía bien. Acabó con los
ojos enrojecidos. Pero, a pesar de eso, a pesar de estar muerta de miedo y de
tener a ese bastardo a dos metros de distancia, ella lo miró y le dijo al mundo
lo que había hecho. Lo señaló temblando, pero sin dudar, y dijo que ese era el
hijo de puta que había borrado su marca de apareamiento a base de palizas y
maltrato psicológico. Joder. —Miró a Midoriya con firmeza—. Es lo más valiente
que he visto en mi vida. Y creo que es una falta de respeto sentir lástima por
alguien que ha plantado cara de esa forma a una experiencia horrible y al tipo
que la llevó a cabo.
Los
ojos de Midoriya brillaban cuando terminó de hablar. Se frotó la nariz y le
sonrió de nuevo con esa tristeza.
—Gracias
por pensar así.
Katsuki
frunció el ceño.
—No
tienes que darlas. No trato de ser amable, es mi opinión. Y no tenemos que
hablar de esto, si es duro para ti. Togata no tendría que haberme dicho nada.
—No
es culpa suya. Yo le dije que quería contártelo. —Esta vez, la tristeza
abandonó su rostro cuando sus labios se curvaron un poco más—. Pero me lo
estaba pasando tan bien… Se me fue totalmente de la cabeza.
Él
sonrió.
—Eso
es bueno.
—Aun
así, quería decírtelo —insistió Midoriya. La emoción le humedeció los ojos—.
Quería darte las gracias por escribir esa canción.
De
forma inconsciente, Katsuki acercó su silla al Omega. De repente, parecía muy
vulnerable y, aunque no olía su dolor, no quería que llegara a tanto, por mucha
curiosidad que tuviera acerca de cómo su canción lo ayudó. Se inclinó hacia él,
mirándolo con intensidad.
—No
tienes que contármelo.
Sin
embargo, Midoriya tragó saliva y empezó a hablar.
—Yo
tenía diecisiete años la primera vez que intenté escapar de él.
Katsuki
hizo uso de todas sus fuerzas para que el horror no se mostrara en su rostro,
pero, aun así, algunas arrugas en sus ojos y la nariz lo delataron.
Diecisiete
años. Joder.
—Iba
con otra Omega. Por supuesto, nos cogieron. Lo que nos hicieron…
Se
interrumpió con un estremecimiento y le llegó un ligero aroma amargo. Era su
dolor.
Sin
pensar bien en lo que hacía, puso una mano sobre su hombro y se lo frotó. No
dijo nada. No podía. Estaba sobrecogido por el escenario, vago, pero con la
información suficiente para hacerse una idea de lo que ocurrió. No necesitaba
los detalles, sin embargo, escucharía lo que Midoriya quisiera decirle, fuera
lo que fuera. Si estaba dispuesto a hacer ese esfuerzo, a repasar los que sin
duda debían ser los peores recuerdos de su vida, lo mínimo que tenía que hacer
él era escuchar.
El
Omega hizo una respiración profunda y temblorosa y se agarró a su brazo como si
necesitara un apoyo. Katsuki lo permitió. El olor amargo fue sustituido por una
rabia picante.
—Después
de aquello, lo único que pensé fue: “pase lo que pase, no quiero vivir esto
otra vez”. —Alzó sus ojos y, a pesar de estar acuosos, fueron tan claras su
rabia e impotencia que fue como si apretaran su pecho—. Así que me convertí en
el Omega dócil y obediente que él quería que fuera. Me resigné y aguanté todo
lo que vino después, fuera lo que fuera. Entonces creía que cualquier cosa era
mejor que…
Al
ver que apretaba los labios con fuerza y arrugaba la nariz, como si una rabia
intensa lo ahogara, se acercó más y le apretó los dos hombros, esperando que lo
ayudara y dándole tiempo a la vez para que se recuperara. Midoriya respiró
hondo dos veces, cerrando los ojos, y continuó:
—Pasé
dos años así. Cuando cumplí diecinueve, me permitió salir de la casa para que
me comprara un regalo. Fui a una tienda de música… y encontré tu disco.
El
olor picante se disipó. El Omega abrió los ojos, ahora más claros y brillantes.
—Y
escuché tu canción —dijo emocionado—. Cuando hablabas de que no valía la pena
vivir una vida si estaba vacía, siguiendo las directrices de otros, sin luchar
por lo que querías… Pensé por primera vez que la mía no valía nada.
—Midoriya…
—dijo horrorizado, temiéndose lo peor, pero este lo interrumpió apretándole el
brazo, pidiéndole en silencio que le dejara seguir.
—Decías
que, si querías algo de verdad, tenías que enfrentarte a lo que fuera por ello.
Que echarías la vista atrás y lo harías con la cabeza alta, sabiendo que
elegiste tu propio camino. Que podías darte cuenta de que eras capaz de hacer
cosas que no creías. —Unas lágrimas cálidas bailaban en su mirada verde,
valiente y orgullosa—. Me hizo pensar en la vida que quería y me dio el valor
para escapar otra vez. Y tenías razón, porque lo conseguí. Tuve una oportunidad
de sanar y de vivir como yo quería. Por eso, te doy las gracias.
Katsuki
no podía hablar, algo atoraba su garganta.
Su
música había contribuido a que una vida preciosa no se perdiera. Una buena
persona como Midoriya, un tierno y valiente Omega, había luchado contra un
destino horrible y lo había sorteado por escuchar su canción. Ahora, tenía una
vida pacífica y esperaba que feliz. Joder, ahora se alegraba muchísimo de no
haber sido un completo gilipollas en ese balcón. Se alegraba de que le hubiera
hecho tanta ilusión el disco y la camiseta firmados, y de que hubiera estado
disfrutando de su visita al estudio hasta ese momento.
Mierda.
No podía dejar que se fuera así. Lloroso y con amargos recuerdos encima. Se
suponía que esa visita tenía que ser un regalo, una especie de agradecimiento
por lo de anoche. Tenía que estar feliz, quería que lo fuera.
Joder.
Estaba temblando. Su interior era un puto revoltijo de emociones. Estaba
emocionado por lo que había hecho su música y un poco exaltado porque el Omega
hubiera logrado salir adelante por su cuenta… Pero también había rabia por lo
que le habían hecho, le dolía lo que había tenido que pasar y se sentía
agresivo y protector como el infierno. Su lado más salvaje quería coger a
Midoriya y esconderlo en una maldita fortaleza antes de encontrar al Alfa
bastardo que le hizo daño y hacerlo pedazos.
Maldita
sea, su cuerpo estaba fuera de control.
Entonces,
Midoriya se limpió los ojos y le sonrió con simpatía.
—Puedes
abrazarme si quieres.
En
otra situación, Katsuki habría hecho una mueca de asco y habría retrocedido,
pero, esta vez, se inclinó y lo estrechó con fuerza entre sus brazos.
Por
fin, pudo soltar el aire. Sentir la respiración del Omega y cómo le frotaba la
espalda ayudó a que sus músculos se relajaran poco a poco y que dejara de
temblar. Su lado Alfa percibió que estaba bien, a salvo. Inspiró hondo, oliendo
su suave aroma a lavanda y vainilla. Ya no había picante ni amargura.
Y,
aun así, no pudo evitar notar lo pequeño y delgado que era en comparación con
él. Lo fácil que sería hacerle daño. Lo mucho que tuvo que sufrir durante…
¿cuánto? ¿Dos años? ¿Más?
Lo
abrazó un poco más, no tanto porque creyera que a Midoriya le hacía falta
consuelo, sino porque lo necesitaba él.
Mientras
tanto, Izuku esbozó una diminuta sonrisa, dejándose abrazar. No era la primera
vez que lo hacía, los Alfas voluntarios del refugio solían ser muy protectores
con los Omegas; no solo los custodiaban de los monstruos que podrían volver a
hacerles daño y de los idiotas que tenían mucha curiosidad y poca sensibilidad
por los Omegas como él, sino que también les ayudaban a volver a interactuar
con otros Alfas y, a menudo, los consolaban.
La
mayoría eran como Mirio, grandes y fuertes, pero con corazón. Sus instintos de
protección estaban más a flor de piel que en otros Alfas y no era extraño que
abrazaran a los Omegas como una respuesta a esa necesidad de mantenerlos a
salvo o de hacerles sentir mejor.
Izuku
todavía recordaba la primera vez que Mirio escuchó su historia. Recordaba su
enorme abrazo de oso y cómo lloró, diciéndole que le habría gustado estar ahí
para ayudarlo. También fue la primera vez que un Alfa lo abrazaba de verdad, al
menos, hasta donde alcanzaba su memoria. Lo conmovió y le hizo feliz. Mirio era
el mejor ejemplo de que no todos los Alfas eran demonios, y eso que él había
conocido muchos, muchísimos, a veces, bajo apariencias insospechadas.
Por
eso, no le extrañó la reacción de Bakugo. Tal vez era un poco sorprendente, ya
que parecía una persona con un carácter muy fuerte y con mal genio, pero tenía
buen fondo. Pese a su forma de hablar y expresarse, era amable. Se disculpó por
lo del balcón e incluso le firmó más cosas de las que le había pedido. Le dio
conversación y cantaron y bailaron juntos. No le había tratado como si fuera de
cristal, a pesar de que sabía de dónde venía, y de que acababa de ver su
debilidad.
Su
lado instintivo era protector. Sonrió al pensar que acababa de confirmar que su
músico favorito, la persona que lo inspiró y le salvó, era un buen Alfa.
Cerró
los ojos y disfrutó del sentimiento cálido que inundó su pecho.
—Gracias
por salvarme —dijo una vez más. Aunque él no estuviera de acuerdo, así era como
se sentía y quería que lo supiera.
Bakugo
lo apretó con suavidad.
—Eres
un tipo valiente. Y fuerte. Eres capaz de conseguir cualquier cosa que te
propongas. No lo olvides, y no permitas que nadie te haga creer lo contrario.
Prométeselo a tu ídolo.
A
Izuku se le escapó una pequeña risa, pero asintió contra su pecho.
—Palabra
de fanboy.
Pese
a eso, Katsuki no lo soltó de inmediato, aunque estaba más relajado. Su
instinto todavía estaba reacio a dejar al pequeño Omega por su cuenta, a pesar
de que era consciente de que no lo necesitaba. Además, seguía convencido de que
no quería que Midoriya se marchara con un sabor amargo de su visita al estudio.
Tenía que haber algo que pudiera hacer para que se fuera feliz, como la noche
anterior. ¿Qué más podría…?
—Hostia,
era verdad…
Katsuki
alzó la cabeza y deseó que su mirada fuera capaz de asesinar, en el sentido más
literal de la palabra.
En
la puerta, acababan de aparecer sus compañeros de banda, con Pikachu a la
cabeza y Peloraro y Caraburro detrás. Los dos se asomaban con los ojos muy
abiertos por los hombros de Pikachu, que se había quedado con la boca abierta.
Sin embargo, no tardó en sonreír.
—Pero,
bueno, Kats, ¡qué calladito te lo tenías!
Al
instante, Midoriya se apartó de él con un salto, la cara roja y con una
expresión avergonzada. En otro momento, le habría hecho mucha gracia y no
habría dudado en burlarse, pero, ahora, no le gustó. Estaba más tranquilo,
cierto, pero no del todo, y la presencia de más Alfas cerca del pequeño Omega
no era exactamente bienvenida.
Sus
músculos amenazaron con estirarse.
—Ah,
no, no es nada de eso… —balbuceó Midoriya, tratando de evitar un malentendido.
—No
metas el morro donde no te llaman, Pikachu —le gruñó Katsuki sin tapujos.
Los
tres se acercaron. Fat se asomó por encima, mirándole con una expresión de
disculpa en los ojos, pero no estaba molesto con él. Después de todo, trabajaba
para la banda, no en exclusiva. No les podía impedir al paso a sus amigos.
Pikachu
lo ignoró mientras que Peloraro casi daba saltitos.
—Kats,
me alegro un montón por ti.
Ah,
mierda, era el que más se iba a decepcionar cuando le dijera que no se trataba
de eso.
Caraburro
fue el único que tuvo la decencia de dirigirse a Midoriya, al menos.
—No
te preocupes, no eres el primer Omega que se acerca a Kats, no te sientas mal
por eso —le dijo con amabilidad.
—Pero
sí es el primero al que abraza así —comentó Pikachu con ojos brillantes y
acercándose para observarlo de cerca—. Eso es impresionante, aunque eres
bastante lindo.
A
pesar de que lo dijo como un cumplido, Katsuki notó una ligera tensión en
Midoriya cuando se acercó más de la cuenta, invadiendo su espacio personal, y
vio cómo retrocedía un paso, casi como si fuera un instinto arraigado en él.
Actuó
tan rápido que ni siquiera lo pensó. Se adelantó con un fuerte gruñido y lo
empujó con el pecho, ensanchando los músculos y dejando salir los colmillos.
—Aléjate
de él, Denki —gruñó.
Denki
trastabilló hacia atrás con los ojos muy abiertos. Hanta lo sostuvo mientras
que Eijiro se interpuso entre los dos en un segundo, con los brazos en alto.
—Kats,
¿qué te pasa?
—Mierda,
no me digas que vas en serio.
Katsuki
le enseñó los dientes.
—Te
he dicho que no metas el jodido morro donde no te llaman.
—Bakugo
—lo llamó Midoriya—, no pasa nada. Ha sido mi culpa.
—Ni
se te ocurra decir eso —ladró, mirándolo—. Te ha hecho sentir incómodo.
El
Omega puso una mano en su espalda y la frotó. Su contacto y la pequeña sonrisa
que le dedicó le ayudaron a sentirse con menos ganas de morder al otro Alfa.
—No
tenía mala intención. Lo sabes, pero aún estás en modo protector conmigo. Es un
detalle por tu parte, pero estoy bien.
Él
inspiró hondo y se obligó a relajarse. No oler miedo en Midoriya lo convenció
de que no se sentía amenazado, a pesar de su reacción.
Se
giró hacia Denki, ocultando los colmillos.
—Me
he pasado.
—Eh,
sin problemas. Lo siento si te he hecho sentir incómodo, Omega.
Debía
admitirlo, Pikachu podía ser un poco desastre y meter la pata, pero perdonaba
con facilidad a sus amigos y se disculpaba cuando hacía mal las cosas.
—No
pasa nada —Midoriya le quitó importancia con facilidad. Después, le palmeó la
espalda a Katsuki y le sonrió—. Bueno, muchísimas gracias por todo, Bakugo. Ha
sido genial.
Katsuki
frunció el ceño.
—Eh,
espera…
—No,
estoy bien, de verdad. Me ha encantado la visita y hablar contigo, pero no
quiero entretenerte más. Tendrás que ensayar y preparar cosas de la gira —dijo
mientras recogía sus cosas con cierta prisa. Aun así, se detuvo para dedicarle
una cálida sonrisa—. Si algún día tienes tiempo, pásate por mi local. Te
invitaré a un café.
Abrió
la boca para pedirle que no se fuera todavía, sin embargo, la cerró al darse
cuenta de que no tenía nada que ofrecerle. No se le ocurría nada para que no se
fuera con ese mal sabor de boca y tampoco quería retenerlo si se sentía
incómodo o avergonzado con la presencia del resto de la banda.
Así
que tuvo que resignarse. Por ahora.
—Recordaré
esa invitación, nerd —le dijo esbozando una media sonrisa.
El
rostro de Midoriya se iluminó y se despidió con la mano antes de marcharse.
Katsuki le pidió con la mirada a Fat que lo acompañara y este asintió,
diligente.
En
cuanto se fue, soltó un gruñido frustrado y se pasó la mano por la nuca.
—Sé
que no has pedido mi opinión, pero no tendrías que haber dejado que se
marchara.
Katsuki
fulminó con la mirada a Pikachu, aunque no tardó en hacer lo mismo con Peloraro
y Caraburro, que asintieron dándole la razón.
—Que
os follen —replicó, regresando a la mesa para sentarse en el borde—. ¿Qué parte
de que Fat esté impidiendo el paso no entendéis?
—Es
que nos dijo que estabas con un Omega y… Bueno, no nos lo creíamos —respondió
Caraburro antes de sonreír—. Desde luego, ha sido una sorpresa verte
abrazándolo.
—Y
sobreprotector —añadió Pikachu—. Tío, nunca te he visto enseñar los colmillos
por un Omega. Debe de gustarte de verdad.
—Si
es así, tienes que ir tras él —lo animó Peloraro, acercándose para empujarlo a
la puerta.
Katsuki
chasqueó los dientes como advertencia.
—¡Ya
está bien, joder! No me he acostado con él y no hay ninguna mierda romántica
entre nosotros.
—Claro,
por eso estabais compartiendo un abrazo tan íntimo —se burló Caraburro.
Gruñó
exasperado, pasándose una mano por la cara. Después, les contó lo que ocurrió
en el balcón y que él era el fan cuyo disco les dijo que firmaran. Los tres le
sermonearon por no habérselo presentado, también les entusiasmó saber que uno
de sus primeros fans estuvo en la fiesta, pero Katsuki los ignoró y les habló
de Lemillion.
—No
me puedo creer que hayas ido a una fiesta sin nosotros —lloriqueó Pikachu—. ¡Y
llena de Omegas! Eres cruel.
Katsuki
lo fulminó con los ojos.
—Tú
haces eso siempre.
—Bueno,
pues por eso. Es mi hábitat natural, ¡yo tendría que haber estado allí!
—Dudo
que te hubieran permitido la entrada, sabiendo que te gusta husmear detrás de
los Omegas.
—Seguro
que no habría tenido quejas —se pavoneó con una sonrisa de suficiencia que, en
esos momentos, lo puso de los nervios.
Soltó
un gruñido exasperado.
—Esos
Omegas vienen de un refugio, incluido Midoriya.
Al
escuchar eso, Denki y Hanta palidecieron, mientras que Eijiro se puso en pie
casi de un salto, con el rostro tenso.
—¿Qué?
—Y
yo me he acercado de más y le he dicho que es lindo —maldijo Denki llevándose
las manos a la cabeza—. Soy un bastardo.
—Vamos,
hombre, no lo sabías —le dijo Hanta palmeando su hombro.
—Pero
ahora sí —gruñó Katsuki—. Si me entero de que le propones alguna mierda, te
haré daño.
—Y
yo le ayudaré a hacerlo —asintió Eijiro cruzándose de brazos.
—¿Tú
también?
—Totalmente
—dicho esto, le sonrió a Katsuki—. Ahora entiendo que estuvieras tan protector.
¿Habéis hablado?
—Sí.
—Era todo lo que pensaba decirles al respecto. Lo que Midoriya le había contado
quedaría entre ellos.
Eijiro
lo pilló rápido, porque sonrió y dio una palmada.
—¡Bueno!
Ahora que está todo aclarado, ¡toca ensayar! Denki, tú primero.
—¿Qué?
¡Si acabo de salir de la cama! Sabes lo horrible que es mi voz recién
levantado.
—Mejor,
así te damos tiempo a que la afines. Hanta, ¿por qué no lo ayudas?
Este
también captó la indirecta y rodeó a Denki por los hombros, llevándoselo a la
sala. Solo entonces, Eijiro se sentó a su lado.
—Siento
que hayamos entrado sin más. Por cómo cogías ayer al Omega, pensé que era un
ligue ocasional y me sorprendió que siguieras con él todavía. Ahora entiendo
que hemos interrumpido algo personal. Perdona.
Katsuki
se encogió de hombros, aunque gruñó:
—No
importa.
—¿Y
por qué todavía pareces molesto? —le preguntó con simpatía—. A Denki ya se le
ha olvidado lo que ha pasado y, si es porque tu instinto te ha dominado, es
normal. Viste lo que le hicieron a mi hermana.
Se
pasó la mano por la nuca e hizo una mueca de frustración.
—No
es eso. Sabes cómo odio las fiestas postconcierto de Pikachu.
—Ajá.
—Midoriya
me llevó a un sitio genial. Fue como antes, ¿te acuerdas?
Los
ojos de Peloraro brillaron.
—¿Te
refieres a cuando solo había fans a los que les gustaba hablar de música y no
el postureo ni engancharnos con un collar?
—Exacto
—suspiró—. Hacía mucho tiempo que no me lo pasaba tan bien. Lo de la visita de
hoy al estudio era mi forma de darle algo a cambio.
—O
sea, de darle las gracias.
A
Katsuki no le gustó la sonrisa de suficiencia de Eijiro, pero tampoco lo negó.
Se conocían desde hacía mucho y sabía mejor que nadie cómo era en el fondo,
aunque lo disfrazara con dureza y mal carácter. No valía la pena y tampoco le
apetecía imponer su orgullo ahora mismo.
—El
caso es que quería que lo pasara bien. No quería que se marchara justo después
de contarme lo peor que le ha pasado en la vida.
Peloraro
ladeó la cabeza, pensativo. Entonces, sonrió.
—Si
no te gusta cómo ha acabado, ¿por qué no lo buscas y le haces una despedida
apropiada? Si es eso lo que quieres, claro.
—¿Qué
quieres decir?
—No
eres el tipo más sociable ni fácil de tratar, tampoco te cae bien cualquiera.
Pero, por lo que has contado, pasaste toda la noche y parte de esta mañana con
ese Omega. —Levantó las manos al ver que abría la boca para protestar—. No
hablo de algo romántico, pero creo que es evidente que te agrada su compañía.
¿Por qué no lo encuentras y entablas amistad con él? Ser una estrella de rock
no es incompatible con tener amistades de verdad. No te prives de hacer un
nuevo amigo solo por la mierda que has pasado últimamente.
Katsuki
apartó la vista.
—Estoy
bien. Solo… no encuentro un tema que me convenza.
—Todos
hemos pasado por un bloqueo. Es normal y se te pasará con el tiempo. Pero sabes
que no estoy hablando de eso.
—No
necesito una relación —gruñó.
Eijiro
puso los ojos en blanco.
—No
hablo de una relación sentimental. Hablo de una conexión, de esa chispa que
salta entre dos personas que se entienden. ¿No has sentido algo así con ese
Omega?
Sí,
lo había sentido. Midoriya y él compartían la misma pasión por la música,
aunque la vivieran de formas diferentes, pero había esa curiosidad del uno por
el otro, ese deseo de aprender una nueva perspectiva, ver las cosas desde otra
lente. Lo había pasado genial con él y se había divertido mucho tomándole el
pelo y jugando con él.
Cuando
Eijiro levantó una ceja interrogativa, fue su turno de rodar los ojos. De todos
modos, no es como si hubiera decidido dejar las cosas así con Midoriya, no iba
a permitir que el último encuentro con su fanboy fuera amargo o no sería
digno de ser su ídolo.
Izuku
puso los brazos en jarra cuando terminó de fregar los platos.
—Bueno,
ya hemos terminado aquí.
—¡Buen
trabajo, jefe! —lo felicitó Toru, tendiéndole la mano para que chocara los
cinco.
Correspondió
su gesto con una sonrisa y se giró para ver cómo iba su repostero.
—¿Necesitas
ayuda, Rikido?
—¡No,
no! Esto ya está.
Suspiró
con satisfacción. Qué suerte había tenido de encontrar buenos compañeros de
trabajo. Cuando decidió abrir su cafetería, hacía cuatro años, estaba tan
emocionado como asustado. A pesar de lo que dijera Mirio, era la primera vez
que trabajaba en su vida y, encima, llevaba su propio negocio. Lo bueno es que
el Alfa le recomendó gente competente como Mashirao, Toru y Tsuyu, aunque fue
él quien encontró a Rikido en un puesto de dulces ambulante que tenía en el
Parque Odori. Ochako, en cambio, llegó por su cuenta para quedarse desde el
minuto uno. No había trabajado antes de camarera, pero tenía encanto y don de
gentes, vio que tenía potencial.
Todos
se llevaban bien y tenían una buena dinámica juntos. No podía pedir más.
—¿Alguno
se queda a comer? —les preguntó.
—Mashirao
y yo tenemos planes —canturreó Toru como la Omega enamorada que era. Mashirao y
ella llevaban un año apareados, a pesar de que se habían conocido hacía cuatro,
al entrar a trabajar con él. A Izuku le hizo ilusión ver su desarrollo
romántico en primera fila y se alegraba mucho por ellos.
—Yo
me quedaré contigo, jefe —le sonrió Rikido.
Él
levantó una ceja.
—Me
gusta que me hagas compañía, pero no puedes trabajar más horas. Bastante lío
tendremos en Navidad, aprovecha ahora para descansar.
—Tú
eres quien hace más turnos dobles que nadie —se quejó Toru, dándole unas
palmaditas en la mejilla—. Hace dos días estuviste en un concierto, ¿no estás
cansado?
—Por
eso, ayer me tomé el día libre.
—No
te preocupes, Toru. Ochako no permitirá que trabaje más de la cuenta —rio el
Alfa.
Izuku
puso los ojos en blanco, pero sonrió. De alguna manera, Ochako se había
convertido en su segunda al mando, aunque en más de una ocasión parecía ser
ella quien le daba órdenes. Le prohibió los turnos dobles más de un día semanal
y lo enviaba a casa como a un niño cuando detectaba el más leve síntoma de
resfriado, fiebre o derivados.
Aun
así, era bonito que se preocupara de esa manera por él.
Como
si hubiera sido invocada, Ochako entró disparada en la cocina. Le tocaba el
turno de tarde y llevaba ropa cómoda de calle. Fue directa hacia Izuku y lo
cogió del cuello de la camiseta de camarero.
—Confiesa
ahora mismo —le exigió, con una sobreexcitación que solo había visto cuando
Rikido hacía sus pasteles temáticos de festivos como Navidad o San Valentín.
—¿Qué?
—balbuceó con el ceño fruncido.
Ochako
señaló hacia el exterior.
—Hay
un Alfa enorme ahí fuera que dice que le has invitado a un café. ¿Cómo has
podido ligar y no contármelo?
Toru
chilló y casi se abalanzó sobre él.
—¿Es
eso cierto?
—¿Qué?
—repitió Izuku, pero, esta vez, las apartó con cuidado y se asomó por la
puerta.
Un
sorprendido Mashirao entablaba una anodina conversación con un Alfa alto.
Llevaba una sudadera que le llegaba hasta por debajo de la cintura, ancha, y de
color granate con la figura de un dragón blanco visto desde arriba. Los
pantalones negros tenían un montón de bolsillos y terminaban en unas botas
militares. Una capucha cubría su cabeza y su rostro, pero él ya se hacía una
idea de quién era.
Se
recolocó las mangas y salió con una pequeña sonrisa.
—¿Bakugo?
Entrevió
el brillo de sus ojos rojos bajo la capucha, aunque fue su media sonrisa
divertida lo que lo confirmó.
—¿Acaso
has invitado a alguien más a un café?
Izuku
soltó una risilla y le hizo un gesto despreocupado a Mashirao con la mano.
—Ve
a casa, yo me encargo.
No
se le escapó cómo el Alfa levantó las cejas, pero no le dijo nada. Mashirao, a
diferencia de Ochako o Toru, era bastante discreto.
—¿Quieres
tomar algo con el café? —le ofreció al batería mientras se ponía manos a la
obra, consciente de unos cuantos pares de ojos que lo vigilaban desde la puerta
de la cocina.
Algo
le decía que el pobre Mashirao no podría irse a casa.
—Acabo
de comer, pero el café de ayer estaría bien.
—¡Marchando!
—dijo Izuku con una sonrisa divertida—. ¿Por qué no te sientas mientras lo
preparo? Mira, al fondo a la derecha, pasando los baños, hay un buen sitio.
—Bien.
Oye, trae tu comida. No te quedes sin comer por atenderme. No puedo perder a mi
mayor fan.
—Descuida.
En
cuanto Bakugo fue a la mesa del fondo, Izuku se giró hacia la puerta de la
cocina, donde Ochako y Toru ya le estaban recriminando en silencio y con gestos
dramáticos que hubiera escogido una posición claramente oculta de la cocina y
el mostrador. Él les sacó la lengua, sabiendo que se morían de ganas por saber
qué estaba pasando. Pensaba contárselo durante la comida, pero ahora podían
esperar. Las dos Omegas respondieron levantando los puños, jurando venganza,
sin duda.
Izuku
terminó de preparar el café y se llevó su comida, que había dejado sobre una de
las mesas ya limpias y recogidas. Al reunirse con Bakugo, este ya se había
quitado la capucha y sonreía divertido.
—Una
mesa muy íntima.
—Lo
siento, pero mis amigas de ahí detrás son muy… curiosas.
El
batería se rio.
—Tendrías
que haber visto la cara de la Omega cuando he dicho que me habías invitado.
—Créeme,
la he visto. —Izuku le tendió el café y se acomodó en su silla antes de poner
las manos en su bento—. ¿Cómo fue el concierto?
—Ah,
siempre es la mejor parte de la gira, y Pikachu se esforzó mucho —dijo con una
risilla—. Se mosqueó cuando le dije que cantabas mejor que él.
Izuku
casi dejó caer el trozo de pollo.
—¿Por
qué le dijiste eso? —preguntó con horror.
—Es
lo que pienso.
—No
es verdad.
—Tu
técnica vocal es superior —gruñó, ya no tan divertido—. Lo supe hace dos noches
con una sola canción, y conozco a Pikachu desde la universidad, conozco bien
sus límites.
Pese
a que no acababa de estar de acuerdo, el Omega no pudo evitar sonrojarse y
tratar de esconder la cara en el cuello de su camisa.
—Bueno,
no creo que sea mejor.
Bakugo
volvió a sonreír con suficiencia.
—Eres
demasiado humilde, nerd. No te preocupes por Pikachu, estas cosas le vienen
bien para motivarse. Trabajó duro e hizo un buen espectáculo, es lo que
importa.
Después
de eso, hablaron durante un rato del concierto, lo que derivó en que Izuku le
preguntara a Bakugo por los que creía que eran los mejores que había hecho, y,
de algún modo, acabaron hablando de las ciudades en las que había estado. Por
desgracia, el Omega no había visto nada más allá de Tokio y Sapporo, mientras
que Bakugo admitió que no es como si él hubiera tenido mucho tiempo para hacer
de turista, aunque le habría gustado hacer algún tour rápido aunque fuera. De ahí hablaron de lugares que visitarían y
cosas probarían, y, hablando de comida, Bakugo terminó mencionando que su café
era bueno y que le gustaba el diseño la cafetería.
Izuku
agradeció mentalmente el buen gusto de Toru por los tonos amaderados claros
para el suelo y las paredes y los más oscuros para las sillas y las mesas,
mientras que Mashirao hizo los estantes geométricos colgados en las paredes y
del techo que tenían plantas artificiales que servían como decoración.
Cuando
Izuku terminó de comer, se recostó en la silla y le sonrió.
—Eres
bienvenido siempre que quieras venir. Avísame para que te reserve esta mesa si
no te apetece llamar la atención.
Bakugo
sonrió de medio lado.
—Ah,
mi fanboy se muere por tenerme aquí todos los días.
—Seguro
—asintió Izuku como si nada, pero sonriendo—, sin embargo, si no es mucha
molestia, trae contigo la camiseta de All Might.
El
Alfa se echó a reír.
—¡Y
aún insistes!
—Me
encanta esa camiseta —Izuku también rio, consciente de que no la conseguiría
tan fácil.
El
batería, con los labios todavía curvados hacia arriba, cogió entonces una servilleta,
se sacó un bolígrafo y escribió algo antes de levantarse.
—Malas
noticias, no pienso dártela, pero, por favor, no dejes de intentarlo. —Izuku
soltó una risilla—. Por suerte para ti, también hay buenas noticias. Esto es
para ti.
Le
dio la servilleta e Izuku frunció el ceño al ver que lo que había escrito.
—¿De
quién es este número de teléfono?
—Mío.
Alzó
la cabeza con un sobresalto, mirando al músico con los ojos muy abiertos.
—¿Quieres…
decir…?
—Es
mi número personal —dijo con una expresión satisfecha—. ¿Cómo voy a avisarte si
no de cuándo pienso venir aquí?
Izuku
quiso decir que se refería a que lo llamara a la cafetería, pero Bakugo cortó
sus balbuceos con un gesto de la mano.
—Mira,
por lo general, la gente me molesta, pero tú no. —Se encogió de hombros—. Hablar
contigo es fácil y paso un buen rato. No veo por qué dejarlo, a menos que
tengas algo en contra —dicho esto, sonrió con malicia—. Pero eres mi fanboy,
sé que el impacto de mi increíble noticia te impide dar saltitos como los de
hace dos noches.
El
Omega salió por fin del “impacto” y arrugó la nariz.
—¿Tienes
algún problema con mis saltitos?
—Al
contrario, me sentiré muy decepcionado si no empiezas a saltar ahora mismo,
delante de mí —dicho esto, sus ojos brillaron con una pura y absoluta maldad—.
Aunque también me dolió que no quisieras desnudarme…
—¡Chist!
—Izuku saltó de la silla y se llevó un dedo a los labios—. Ni se te ocurra
mencionar eso aquí.
Bakugo
soltó una carcajada y, en cuanto detectó la fingida molestia en la mirada del
Omega, dio un salto para evitar su manotazo.
—Buen
intento.
—Eres
un Alfa horrible —le dijo Izuku, aunque sonreía.
El
batería le devolvió el gesto.
—Entonces,
¿me escribirás?
Pese
a que ya sabía lo que haría, fingió pensárselo. Después de todo, él también
disfrutaba hablando con Bakugo y era divertido seguir sus juegos y bromas. Y
los dos amaban la música.
No
sabía cómo explicarlo, pero con él se sentía cómodo de un modo diferente a
otros Alfas. Adoraba a Mirio, siempre sería el primer Alfa que le hizo reír y
le mostró que era posible sentir un afecto genuino por uno, lo vio en su peor
momento y le ayudó a superarlo. Shoto era parecido. Lo conoció justo después de
escapar y bien sabían los dioses los meses que pasó ganándose su confianza para
perseguir al demonio que le había hecho daño. Incluso después de eso, se
hicieron amigos. Mirio le ayudó a ver el lado bueno de la vida, pero Shoto le
enseñó que era más fuerte de lo que creía.
Sin
embargo, por mucho que los quisiera, ambos estarían siempre relacionados a
aquel momento de vulnerabilidad. Los dos se acercaron a él porque era un Omega
de refugio.
Rikido
y Mashirao, en cambio, no lo sabían. Cuando empezó a hacer salidas fuera del
refugio para aprender a relacionarse y hacer amigos, se dio cuenta con rapidez
de cómo cambiaba la actitud de los que lo rodeaban en cuanto sabían de su
pasado. Esa lástima, el miedo a hacerle daño sin querer, ese cuidado que tenían
como si estuviera hecho de cristal. Algunos también se pasaron de
sobreprotectores.
Era
irritante tratar de relacionarse así, de modo que lo ocultó. En la cafetería,
todos creían que era voluntario en el refugio. Quiso hacerlo así porque no
quería que sus compañeros de trabajo estuvieran constantemente preocupados cada
vez que atendía a un Alfa o que creyeran que iba a tener un ataque de pánico si
uno lo tocaba. Así, no habría podido iniciar su negocio en la vida.
Ahora,
cuatro años después, tal vez era buen momento para contarlo, pero nunca había
salido el tema y a Izuku no le corría prisa hablar de ello. A pesar de que era
capaz de hacerlo, seguía sin ser algo agradable. Con Bakugo hizo una excepción
porque deseaba que comprendiera lo importante que fue su canción para él, pero
no era algo que haría por las buenas así como así.
Así
que, sí, se llevaba muy bien con Rikido y Mashirao era un Alfa amable y
considerado, dispuesto a ayudar en lo que hiciera falta, pero no lo conocían
del todo. No tenían ni idea de que su vida de verdad había empezado hacía solo
cuatro años.
Bakugo,
en cambio, lo había conocido como un Omega apasionado de la música. Después se
había enterado sin quererlo de su pasado, pero eso no había cambiado su forma
de tratarlo. Era el primero en hacerlo. Y se sentía tan bien poder hablar y
estar con él sin que eso importara lo más mínimo.
Además,
seguía siendo alguien a quien admiraba y con quien compartía una pasión común.
Por supuesto que quería escribirle.
Pero,
en vez de responder, sonrió y se puso a dar saltitos con la servilleta entre
las manos. Tal y como esperaba, el batería se echó a reír.
—Sabía
que mi fanboy no me fallaría.
—Pues
claro, soy tu fanboy oficial. Tengo mis responsabilidades como tal —dijo
mientras caminaba a su lado, acompañándolo a la salida.
Nada
más salir de la esquina, vio cómo Ochako y Toru se escondían atropelladamente
tras la barra mientras que Rikido hacía una mueca avergonzada y Mashirao le
dedicaba una sonrisa de disculpa. Él rodó los ojos. Cotillas.
—Supongo
que te veré pronto —le dijo a Bakugo en la puerta.
—Probablemente
mañana. ¿Comemos juntos?
Izuku
no pudo evitar sonreír.
—Me
gustaría mucho, Bakugo.
El
batería le devolvió el gesto de una forma bastante sospechosa. Le guiñó un ojo
y dijo en voz bien alta:
—Llámame
Katsuki, Izuku —y dicho esto, se fue con una carcajada.
El
Omega enrojeció tanto que juraría que le salía humo por las orejas. En parte
por la emoción, la vergüenza y, por último, pero en absoluto menos importante,
la molestia.
Porque
el muy maldito sabía lo que estaba haciendo. Podía sentir chispas saltando a
sus espaldas, lo que quería decir que le aguardaba un largo interrogatorio que
no terminaría hasta haber sacado a la luz todos los detalles y, tal vez, puede que
ni eso satisficiera a las dos bestias curiosas que esperaban en el mostrador.
Lo
primero que iba a escribirle a ese traidor es que mañana envenenaría su café.

Me encantó!!!! Especialmente el como kacchan busca a deku y no alreves!!! Y la parte donde se pone protector!! Uf!! Queda perfecto con la situación y el personaje!
ResponderEliminarAyyyy :D Me alegro un montón de que te haya gustado ^^ Sí, creo que Izuku es demasiado tímido como para ir detrás de Katsuki, y este, al contrario, cuando decide hacer algo, lo hace. En este fic, vas a querer un montón a Katsuki ;)
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