Capítulo 39. La voluntad del Fuego


 

Orochimaru se encontraba en el balcón de su despacho, un amplio semicírculo desde el cual podía controlar el lado norte de la ciudad. Junto a él, se encontraba el líder de su guardia personal y también un comandante encargado de vigilar la situación y dar nuevas órdenes a los mensajeros para la defensa en caso de que hubiera un cambio de estrategia. Sin embargo, el rey estaba convencido de que no haría falta.

El creador estaba allí. Estaba convencido de que había venido en persona a por Sasuke, a pesar de que sus informantes no habían dado con él. Solo era cuestión de tiempo. Tenía a su juguete favorito en su poder, lo único que tenía que hacer era atraerlo para que cayera en su trampa, y, una vez lo hiciera…

Crearía su propio imperio.

Unos golpes presurosos en la puerta lo distrajeron de sus ensoñaciones. Su guardia personal de diez hombres confirmó que se trataba de uno de sus comandantes y dio su permiso para entrar. Este entró jadeando y con el rostro arrugado.

—Mi rey, el creador está aquí.

Era la noticia que más esperaba escuchar, y, sin embargo, apretó los labios.

—¿Cómo que está aquí? ¿En mi palacio?

—Sí, mi rey.

—¿Y cómo, si puede saberse, ha atravesado las murallas para colarse aquí cuando di órdenes muy claras de sellarlo todo? ¡Nadie debía entrar sin mi permiso!

El hombre inclinó la cabeza a modo de disculpa.

—Es más peligroso de lo que nos advirtió, mi rey. No solo maneja el fuego, se transforma en un auténtico monstruo, un zorro dorado que además usa la espada. Además, está entrenado, no tengo la menor duda.

Por un instante, los ojos de Orochimaru relucieron por la ambición. Sí, era mucho más impresionante de lo que esa rata traicionera le había mostrado en el libro y tampoco mencionó ningún entrenamiento. Lo habría matado en el instante en el que sospechó que el Uchiha tenía razón y solo lo estaba usando para conseguir el trono de su reino, si no fuera porque no entendía algunas de las páginas del libro, escritas en un dialecto antiguo del Reino del Fuego. Parece ser que, incluso entre los Tiranos, buscaron guardarse información para sí mismos como medida de protección ante el resto por si alguno traicionaba a los demás.

Una buena idea, él mismo lo habría hecho, pero qué mal le había venido para quitarse a Mizuki de en medio.

Sin embargo, una vez sometiera al creador, lo tendría todo. Podía esperar a resolver los cabos sueltos hasta entonces.

—Entonces, coged al príncipe del Hielo y traedlo al salón del trono. Esperaré al creador allí —dijo, haciendo amago de salir.

Pero el soldado no se movió.

—Mi rey… Me acaban de informar de que el prisionero ha escapado.

Orochimaru se detuvo en seco.

—¿Qué?

—Dicen que ha sido cosa del creador y Kabuto, mi rey.

Al escuchar la mención al médico, se le abrieron los ojos como si se le fueran a escapar de las cuencas.

—¿Dicen, comandante? ¿Dicen? ¡Averígualo! —bramó—. Convocadlo ante mi presencia y, si de verdad es un traidor, traédmelo con vida. Me aseguraré de que pase el resto de sus días en un verdadero infierno.

El comandante hizo una reverencia y se marchó con rapidez. Orochimaru apretó los dientes y se paseó por la ostentosa alfombra que ocupaba gran parte de la habitación con tal furia que podría haber hecho un surco.

Se suponía que sus planes eran sólidos. Una provocación a Sasuke Uchiha y al Reino del Fuego, cuestionando el honor del primero, para atraerlo a él y al creador a una trampa, sin embargo, el heredero del Fuego no iba en el barco. Siendo invierno, se suponía que el Reino del Hielo no podría actuar durante al menos tres meses, lo que le daría tiempo de sobra para asegurarse el control sobre el creador y sus poderes divinos, pero aquí estaba ese viejo de Fugaku con su imponente ejército.

Usó a los reinos del Amanecer y de la Luna para tratar de frenarlo aprovechando que no eran marineros y el paso que debían cruzar, pero fracasaron. Los afrodisíacos para engendrar un niño Uchiha y tener otro rehén que usar contra el rey del Hielo tampoco funcionaron. Entonces, la batalla del puerto tendría que haber acabado con la guerra, sin embargo, ¿quién iba a pensar que Danzo estaba en lo cierto? Su flota marina era mejor que la de sus antepasados y, de algún modo, algunos de sus hombres se colaron en la ciudad y tomaron las balistas.

Y, ahora, resultaba que también se colaban en su ciudad y en su casa. ¿Cómo? La mención a Kabuto le hacía sospechar, pero no podía creer que lo hubiera traicionado con tanta facilidad después de todo lo que había hecho por él.

Las únicas esperanzas que le quedaban de ganar esa guerra eran la retención de Sasuke Uchiha y usarlo para dominar al creador. Con su fuerza, podía hacer retroceder a Fugaku… Sí, se había asegurado una batalla de resistencia, pero solo funcionaría mientras el príncipe estuviera en su poder. Y resulta que no lo tenía. De algún modo, sus planes estaban siendo saboteados.

Más le valía a Kabuto no estar detrás de todos esos agujeros…

Se detuvo con un siseo y se giró hacia su comandante.

—Que revisen el castillo de cabo a rabo. Quiero a Sasuke Uchiha a cualquier precio.

—¿Y el creador?

—Lo quiero vivo. Guiadlo al salón del trono, lo esperaré allí —dijo llamando a su guardia personal con un gesto de la cabeza.

Aún no estaba todo perdido. Sasuke Uchiha podría haber salido de la celda, pero no de la ciudad, era imposible. Y, si conseguía atrapar al creador, ya tendría la mitad de la victoria asegurada.

 

 Apenas unos minutos después, la batalla había dado inicio en el lado norte. Shisui dirigía el ataque desde la retaguardia junto a Fugaku, tras dos hileras de catapultas cuyos proyectiles eran trozos de piedra que habían aprovechado de los pueblos que Orochimaru había destruido a su paso. Estaban pensados para que impactaran en la muralla este de la ciudad, dejando suficiente espacio para que no alcanzaran la puerta norte, por donde Touma pensaba abrir la puerta principal. Así, dividirían sus fuerzas en dos lugares diferentes.

Korin contempló el inicio del combate con atención desde el flanco, a la espera de una abertura que permitiera a su facción actuar. Sabía que sería un intercambio de golpes duro y tedioso hasta conseguir una. Después de todo, su reino era experto en asedios, aunque siempre habían sido ellos el lado defensivo. Por eso, el rey y sus generales sabían lo que iba a ocurrir.

La primera oleada de piedras rebasó los muros o pasó muy cerca de las almenaras, algunas llevándose una parte y, con ellas, a los soldados que había arriba para defenderlas. La segunda, en cambio, golpeó directamente la base o las zonas bajas, creando un enorme estruendo que hizo estremecer la piedra, pero no que cediera.

Lo ideal era que destrozar la parte superior, aunque fuera más difícil de apuntar con precisión. La base era demasiado fuerte y compacta como para atravesarla con unas cuantas piedras, pero la de arriba era suficiente para que ellos llegaran con las torres. Además, estaba el foso seco. Tenían la suerte de que su oponente no había tenido tiempo de drenar agua, o, de lo contrario, lo habrían tenido aún más complicado, pero el hecho de tener una bajada considerable de altura significaba que necesitarían asestar más golpes a la muralla de lo habitual para rebajar su altura y que las torres y escaleras llegaran.

Eso quería decir que la defensa de la Hierba tenía más margen para contratacar.

Tal y como esperaba, las inmensas flechas de sus balistas volaron hacia las catapultas. Solo había dos que pudieran alcanzarlos, pero su impacto era tan terrible como el de sus armas. Si bien sus flechas no atinaban a sus armas de asedio, sí se llevaban a soldados por delante, heridos o muertos.

Korin inspiró hondo, preparándose mentalmente para el caos. Nadie podía detenerse. Las catapultas no dejaban de cargar piedras y lanzarlas contra las murallas mientras los médicos arrastraban a los heridos a la retaguardia. Los que no estaban graves o solo habían caído por el impacto se levantaban y volvían a las armas. Los muertos tuvieron que quedarse donde estaban. No había tiempo para apartarlos, llorarlos o darles sepultura. Tenían que esperar hasta el final de la batalla.

A su lado, notó que Sai apretaba los puños y que su rostro se contraía. Era duro, lo sabía. Vidas que no tendrían que haberse perdido, sacrificios que la guerra exigía. ¿Necesarios? Tal vez, no, pero inevitables. La cuestión era si serían en vano o no.

Eso era lo que no podían permitir. El culpable de tanta sangre estaba al otro lado de esas murallas y tenía que morir.

Ella se aseguraría de ello. Se lo prometió a su señor.

Entonces, llegó el segundo contrataque del Reino de la Hierba. Habían traído sus propias catapultas, por supuesto; eran más pequeñas para poder atacar desde el interior, y menos potentes, pero, sin duda, tenían más al estar en su propio terreno.

Ahora era cuando empezaba el intercambio de golpes. No había estrategia ni defensa que valiera contra las catapultas, era cuestión de precisión, suerte e insistencia. Ellos no podían quedarse sin catapultas antes de conseguir una abertura y el otro bando luchaba para eliminar su arsenal.

Uno de los proyectiles enemigos partió por la mitad la cuchara de una de las suyas. Tenían un arma menos. Dos piedras de los artilleros del Hielo impactaron en el mismo lugar, haciendo que una parte de la muralla se tambaleara.

Los soldados a su alrededor se agazaparon, listos para empezar a moverse, pero Tsuki ordenó con un grito que no se movieran. Korin respiró hondo y dejó escapar el aire despacio.

Aún no. Aún no. La impaciencia solo traía errores graves. Adelantarse sin tener la abertura significaba pasar más tiempo entre los impactos de piedras y flechas de balistas e implicaba más soldados muertos y heridos, guerreros que eran necesarios para la ofensiva.

Por eso, los que tenían alto rango debían saber esperar. Tener iniciativa era importante, pero solo si la mantenías a raya con la cabeza. Eso fue lo que llevó a Korin tan lejos a pesar de su juventud.

Y no hacerlo era lo que la había conducido a cometer terribles errores. Errores que la habían traído hasta aquí, sin embargo.

Lamentaba profundamente haberse equivocado… pero no dónde estaba ahora.

No huyas ahora, Korin, le había dicho su señor cuando quiso redimirse quitándose la vida. Se alegraba tanto de no haberlo hecho, de haberle escuchado.

Porque su redención estaba tras esas murallas.

Una de sus catapultas fue destruida de golpe y otra acaba cayendo a un lado. Pero tuvo su recompensa: un nuevo proyectil impactó en el mismo punto tembloroso de la muralla e hizo un precioso agujero en la parte superior al que podían llegar.

Tsuki gritó de inmediato y, entonces, todo ocurrió a gran velocidad.

Dos de las tropas, la suya incluida, corrieron con sus torres y llevando escaleras hacia la zona dañada. Pese a que fueron por uno de los flancos para evitar la mayor parte de los ataques, alguna piedra pasó muy cerca de ellos y una de las flechas de balistas impactó junto a su fila, provocando que varios soldados saltaran por los aires. Sin embargo, lograron llevar intactas las dos torres, en parte gracias a que los artilleros de las catapultas, conscientes de la importancia de su llegada, concentraron parte de sus ataques en el agujero, despejándoles en la medida de lo posible el camino eliminando a tantos enemigos y catapultas contrarias como fuera posible. Y, aun así, fueron recibidos por lluvias de flechas normales que trataban de frenar su avance a toda costa.

Se cubrieron con los escudos y protegieron a los cargueros que conducían la torre sin dejar de avanzar. El ritmo no era rápido debido a las torres, pero no se detuvieron hasta que llegaron al foso y, aun así, los cargueros corrieron a la parte delantera para bajarlas, protegidos en todo momento por escudos. Tuvieron la gran suerte de que el foso fue hecho con prisas y la pendiente no era muy profunda para bajar las torres, así que, pese a las constantes lluvias de flechas, fue cuestión de tiempo que ambas llegaran a su destino.

Y no eran las únicas. Pese a que aún no abrían otro agujero en la muralla, su ataque estaba haciendo mella en los muros. Sus artilleros por fin habían afinado su puntería y la mayoría de impactos acertaban en la parte superior o la rozaban, por lo que la cantidad de enemigos que los esperaban en los pasillos de almenaras eran menos. De hecho, a medida que Korin ascendía, se dio cuenta de que las lluvias de flechas eran menos constantes.

Sin embargo, sabía lo que eso podía implicar.

—¡Estad atentos! —gritó Tsuki—. ¡El enemigo nos espera al otro lado! ¡Cubríos con los escudos!

Así es. Lo más seguro era que sus oponentes hubieran retrocedido su línea de ataque para acribillarlos con otra lluvia de flechas desde dentro, y, esta vez, los guerreros del Hielo no podían contar con sus grandes escudos cuadrados ya que eran demasiado incómodos para la ascensión por las murallas, por lo que habían tenido que conformarse con unos redondos más pequeños. Eran suficiente protección para el asedio desde torres y escaleras, pero no para un ataque de arqueros a una distancia relativamente corta.

Era un problema, no insalvable, pero les dificultaba la entrada a la ciudad. Necesitaban que los artilleros abrieran más agujeros y, sobre todo, que Touma echara las puertas abajo y permitiera la entrada de la infantería, esta sí, con sus escudos enteros.

Cuando llegó a la cima, se desplegó con rapidez para dejar sitio a sus compañeros…

—¡Al suelo!

Korin se dejó caer cubriéndose con el escudo sin pensarlo dos veces. Sintió el impacto de una flecha en su muslera, pero no logró atravesarla. Gracias a Taka por sus extraordinarios herreros y las complejas alienaciones de minerales que elaboraron para sus armaduras.

Las primeras oleadas que penetraran en la ciudad podrían resistir unas cuantas lluvias de flechas con pocas bajas gracias a eso, pero cuando llegaran al combate cuerpo a cuerpo, sería cuestión de tiempo que se vieran sobrepasados en número a menos que se abrieran más agujeros y que las puertas de la ciudad se abrieran.

Sin eso, no podrían completar con éxito el asedio.

 

 En la entrada norte, Lee contemplaba cómo el ariete golpeaba las puertas principales una y otra vez sin mucho éxito. Él estaba atrás, junto a la infantería que esperaba para entrar en la ciudad mientras el comandante Touma estaba en el estrecho puente de gravilla dirigiendo el ataque. Se notaba que no les había dado tiempo a hacer un puente levadizo, pero ese tipo de construcción los estaba entorpeciendo.

En primer lugar, la gravilla no era compacta y el ariete se deslizaba un poco hacia atrás cada vez que golpeaba las puertas, por lo que tenían que volver a recolocarlo, echar el tronco hacia atrás y lanzarlo antes de volver a empezar. Encima, con el puente estrecho, apenas había espacio para dos hileras de hombres a cada lado, y eso que tenían que protegerse con los escudos de las flechas que les lanzaban para ir abatiéndoles y retrasar todavía más su entrada.

Aunque lo peor de todo eran las puertas, sin duda. No eran de madera, sino de hierro, y gruesas. El comandante Touma, al verlas, advirtió que tardarían en poder entrar y avisó a las Ráfagas Invernales para que informaran al resto de facciones.

La cosa pintaba mal. El puente, las puertas y las flechas estaban haciendo mella en el grupo del ariete. Era cuestión de tiempo que pudieran con ellos a menos que abrieran esas puertas. Y sí, otros soldados tomarían el lugar de los caídos, pero no era suficiente.

Los que estaban escalando las murallas los necesitaban para acabar de dividir la defensa enemiga y tomar la ciudad, pero tenía la sensación de que apenas progresaban.

Un estallido los sobresaltó y Lee se agachó protegiéndose con su escudo. Dos rocas lanzadas por catapultas habían chocado y ambas caían en su dirección.

—¡A cubierto!

Tuvieron mucha suerte, por impactaron contra la muralla, tan cerca de las puertas que el ariete se sacudió por sí solo, golpeándolas por inercia. Las almenaras se derrumbaron y formaron un agujero, llevándose consigo a varios soldados enemigos y provocando unos segundos de absoluto caos en el lado contrario.

Y, de repente, Lee lo vio.

Una oportunidad.

—¡Escalera! —gritó empuñando el escudo.

Pese a que la orden no provenía del comandante Touma o de uno de sus capitanes, los guerreros del Fuego no lo dudaron. También entendieron la estrategia. Era un suicidio, pero ahí podía estar su entrada a la ciudad.

Más de cuarenta soldados siguieron a Lee aprovechando esos instantes en el que las flechas se habían detenido y corrieron a colocar la escalera. Se cubrieron, sabiendo que no tardarían en regresar, pero, hasta entonces, irían con todo.

Si alguien trató de ordenarles que dieran media vuelta, no lo escucharon. Ellos mismos aullaban con todas sus fuerzas, conscientes de que podía ser la última vez que estuvieran en pie, que empuñaran la espada, que estarían junto a sus compañeros. Pero, si lo era, abrirían esas malditas puertas costara lo que costara.

Lee era el soldado más rápido aparte de su padre, por lo que fue el primero en subir la escalera y llegar a las almenas. Desenfundó la espada y corrió a por los arqueros que había en el pasillo, así les quitaría de encima las lluvias de flechas a los que estaban con el ariete.

—¡Seguid atacando! —les gritó mientras atacaba la articulación de una pierna. El soldado se postró y, un segundo después, su cabeza salió disparada hacia abajo.

Un rápido vistazo le hizo saber que ya se estaban reorganizando. Los arqueros de las almenas iban a por ellos y aquellos que seguían subiendo las escaleras, y, abajo, muchos soldados se estaban recolocando contra las puertas para sujetarlas, a pesar de que tres barras de hierro las protegían.

Su cometido era retirarlas, por lo que habría un mecanismo cerca. Lo encontró en una plataforma junto a unas escaleras, a media altura de la muralla.

—¡Cubridme! —aulló.

Sus compañeros derrotaron a cuantos arqueros había cerca para tomar sus armas y disparar a cualquiera que se acercara a un veloz Lee que atravesó el corredor de las almenas lanzando estocadas aquí y allá, sin molestarse en rematar, solo centrado en llegar a su destino.

El sistema de poleas estaba protegido, por supuesto. Y cada vez llegaban más soldados. Aun así, no importaba. Tenía abrirlas como fuera, a cualquier precio.

Entonces, algo atravesó su muslo y tropezó. Siseó, consciente de que era una flecha, pero, aun así, apoyó las manos en la piedra. Al alzar la vista, vio que un enemigo ya estaba sobre él con la espada en alto. Lee tensó las piernas por instinto, lo que le provocó un calambrazo de dolor y que su reacción fuera más lenta.

La espada bajó con fuerza, pero encontró acero en vez de su cabeza.

Kaneda, uno de sus soldados, se interpuso en su camino, empujando a su oponente a un lado y haciéndole caer por las escaleras, llevándose a un par más con él. Después, lo ayudó a ponerse en pie sin dilación y gritó:

—¡Protegemos al capitán!

Más hombres corearon su llamada. Jun, un veterano experimentado, pasó por su lado y le abrió el camino seguido por Himuro, la pareja de Kaneda. A sus espaldas, otros compañeros seguían usando los arcos para abatir a tantos enemigos como podían mientras que otros pasaban por la espada a los arqueros que quedaban.

Lee apretó los dientes y corrió de nuevo, ignorando el dolor y aprovechando el hueco que habían dejado Jun y Himuro. Saltó sobre la plataforma, apoyando su peso en la pierna sana, y rodó para esquivar las primeras estocadas antes de darle una patada a uno de los guardias que lo hizo caer sobre los soldados apelotonados en las puertas. El segundo ya se estaba preparando para lanzarle un mandoble, pero Lee lo vio venir y se agachó, segando con su arma la pierna por la parte interior de la rodilla, la más desprotegida de armadura.

Para entonces, Kaneda había llegado para cubrirlo y él fue directo a las poleas. Llegó a la primera y empujó el mecanismo. Entonces, otro cuerpo cayó desde las almenas a las puertas. No pudo verlo bien, pero el resplandor rojo de la túnica le hizo saber que era de los suyos.

Por el rabillo del ojo, pero sin dejar de empujar, se dio cuenta de que el enemigo había formado una hilera a varios metros de distancia para abatirlos. Fue por eso que pudo esquivar una de las flechas que iba a su cabeza. Se apartó de un movimiento rápido al mismo tiempo que escuchaba el crujido de una de las barras de hierro.

Las puertas emitieron un chirrido lastimero cuando el ariete las golpeó.

Pasó al segundo mecanismo, evitando por poco otra flecha. Otro de sus compañeros en las almenas cayó. A su espalda, hubo un ruido alarmante de botas metálicas, seguido por el grito de guerra de Jun al cargar contra ellos y a Himuro clamando el nombre de Kurama.

Empujó la siguiente polea, esquivó una flecha que iba a su pecho, pero alcanzó la articulación del hombro. Gritó, resopló y siguió adelante, atento a los arqueros. Dos de sus hombres en las almenas cayeron. Detrás, los soldados de la Hierba parecían haberse quedado atascados ante los rugidos de Jun.

Otra barra de hierro crujió.

Lee fue hacia la tercera, pero no vio la flecha. Le alcanzó el tobillo de la pierna sana y cayó al suelo. Arriba, escuchó el grito de lucha y desesperación de los últimos compañeros que quedaban, superados ya en número por el enemigo. Kaneda llamó a Jun con una nota de miedo y dolor.

Otra flecha impactó en el codo de Lee. Escuchó el último clamor de Kaneda y Himuro.

No podían acabar así. No había sacrificado a sus hombres para nada, no podía permitirlo. Agarró la tercera polea para sujetarse y ponerse en pie. Algo impactó en su armadura, otra flecha, supuso, pero tuvo suerte. La siguiente, sin embargo, le atravesó la mano y gritó de dolor y frustración, tratando de ponerse en pie, aunque fuera lo último que hiciera.

No acabaría así. No después de llegar tan lejos.

Por un instante, la impotencia lo dejó paralizado. No había sentido algo así desde que era un niño escuálido y debilucho incapaz de soportar el peso de su propia espada. Llegó a pensar que jamás estaría al nivel de su padre, que no era digno de llamarse a sí mismo guerrero, pese a que era lo único que había querido ser en la vida.

Pero cuando estaba a punto de rendirse, conoció a Naruto. El día en que iban a ser presentados de forma oficial, lo vio discutiendo en el patio del palacio discutiendo con Danzo. El motivo era que no le permitían empuñar un arma. Su futuro rey replicó que no dejaría que otros dieran su vida por él si ni siquiera podía defenderse a sí mismo.

Le pareció lo más noble que podía salir de la boca de un monarca. Pero el consejero le dijo que los creadores no podían practicar la esgrima. Tampoco le dejaron montar a caballo, ni leer libros de historia, política, geografía o economía. Le prohibieron que aprendiera lengua antigua y que no se acercara a los recetarios de medicina.

Lee tuvo que ver cómo Naruto se educaba en las sombras, escondiendo su propio conocimiento incluso de sus amigos más cercanos por miedo a que nadie se enterara. Lo vio retroceder ante el Consejo, a pesar de su maltrato, por el bien de su gente, para evitar un conflicto interno.

Siempre le había dado muchísima rabia. Ver el gran rey que podía ser y que no se lo permitieran. Pensó que no tenía ningún derecho a sentir pena de sí mismo cuando su señor había tenido que callarse y apretar los dientes.

Ahora por fin había levantado la voz. Les había dicho a todos que se fueran al diablo y que él era el heredero del Fuego, el hijo de Kurama.

Por fin era el rey que siempre supo que podía ser.

¿Y él no era capaz de levantarse y abrir una maldita puerta?

Se levantó con un grito y empujó con todas sus fuerzas. El dolor atravesaba su pierna y brazos derechos, la mano atravesada apenas la sentía, pero ¿y qué? Mantuvo la cabeza escondida entre los hombros, el resto de su cuerpo soportaría lo demás. ¿Querían acribillarlo a flechas? ¡Adelante! ¡Que le lanzaran una lluvia si querían! ¡Lo aguantaría todo hasta el final!

La tercera barra chirrió, deslizándose con lentitud. Las puertas se sacudieron con violencia, amenazando con abrirse.

Lee notó el impacto de cinco flechas. Tres dieron en la armadura, dos en un hombro y en la pierna de nuevo. Sabía que estaba perdiendo sangre, pero se negó a detenerse, siguió empujando con todo lo que tenía.

Faltaban cinco palmos para que lograr su objetivo. Cuatro palmos. Tres.

Un golpe a su espalda lo interrumpió. Se giró y vio a Himuro con el cuello ensangrentado.

—Por… el rey… —fue lo último que dijo antes de desplomarse.

Justo detrás, una hilera de soldados se acercaba. Lee sacó la espada, dispuesto a seguir empujando aunque solo fuera con una mano y a luchar con la otra.

—¡POR EL REEEEEY! —repitió con aullido, preparado para lo que fuera.

Entonces, un chasquido metálico hirió sus oídos, seguido por un estruendo que estremeció los muros e hico eco en toda la línea defensiva.

El ariete cumplió su objetivo, doblando lo poco que quedaba de la barra de hierro hasta partirla, dejando paso a una ruidosa oleada de lanzas brillantes y escudos azules y plateados. Forcejearon con los soldados de las puertas, avanzando, lanceando y dando otro paso. El enemigo no era capaz de contrarrestar sus inexpugnables escudos y a duras penas podían repeler sus largas y poderosas lanzas.

Un nuevo rugido se alzó entre las tropas del Hielo y una nueva marea de túnicas rojas las siguieron.

—¡Ahí está el capitán!

De repente, Gai apareció sin escudo, ayudado por dos de sus hombres a saltar sobre la pared en la que estaba a la plataforma. Una gélida furia dominaba sus rasgos cuando enganchó sus dedos en el borde, impulsándose hacia arriba como un gato para terminar de salvar la distancia hasta la plataforma. Su espada silbó al desenvainar, apenas un borrón gris seguido de una figura veloz y roja como la sangre que estalló de súbito en el soldado que estaba más cerca de su hijo.

Se agachó para enfrentar al segundo, rajando el interior del muslo y lo empujó por las escaleras antes de pasar al siguiente.

Para entonces, el ejército del Hielo estaba ganando terreno y obligando a retroceder a las líneas enemigas, mientras que los soldados del fuego seguían a Gai por la plataforma para cubrirlo y rescatar a Lee, que se habría desplomado sobre el tercer mecanismo si no fuera porque Kaolan, la mano derecha de su padre, lo sostuvo.

—Ya estás a salvo, chico.

—Tengo que… —balbuceó, mareado.

—Descansar. Tus puntos vitales están bien, pero así no puedes seguir luchando. —Lo cogió en brazos y le dio un apretón en el hombro—. Tienes una voluntad de hierro, capitán.

Fue lo último que escuchó antes de sumergirse en el mar de la inconsciencia. Y, aun así, la imagen de Kaneda, Himuro, Jun y los otros cuarenta y dos hombres que le siguieron aparecieron en su mente, sonriéndole.

Ahora están conmigo, hijo del Fuego.

No supo por qué, pero ese murmullo cálido y suave le hizo sentirse como en casa.

 

 Naruto había vuelto a adoptar forma de zorro para moverse más rápido. El número de soldados se había incrementado y, aunque todavía no había experimentado un verdadero problema, empezaba a sentirse incómodo con tantos hombres tras él, sobre todo porque no había parado de escabullirse por pasillos más bien estrechos para un zorro gigante.

Además… Algo lo estaba molestando. Lo achacó a la incomodidad de estar huyendo en espacios cerrados y saber que tendría que hacerlo hasta que Fugaku tomara la ciudad, pero el instinto le decía que debía estar atento. Así que tomó la decisión de bajar de la torre y buscar una zona más abierta desde la que poder moverse con más facilidad y donde esperaba encontrar la comodidad suficiente para racionalizar la amenaza.

Por suerte, no tuvo muchos problemas para llegar hasta las plantas bajas, pero ya en la primera a la que llegó se vio obligado a huir rápidamente por las escaleras, pues lo esperaban con escudos y lanzas para impedirle la escapatoria. En la segunda, tuvo que usar una ola de fuego para apartar a los suficientes como para llegar a la baja, donde tenía un espacio precioso hasta el salón del trono. Corrió hacia él y abrió las puertas con un placaje.

Sin embargo, no esperaba encontrar allí al propio Orochimaru reunido con su guardia personal.

Naruto vio su oportunidad. Si era lo bastante rápido, lo atraparía y lo convertiría en un rehén con el que acabar la guerra antes de lo previsto.

Tensó las patas y saltó a máxima velocidad sobre la larga alfombra que conducía al trono, contando los guardias y formando la estrategia en su cabeza para evitarlos, herirlos o apartarlos. Una docena más Orochimaru, era muy viable.

Y, entonces, el suelo se desvaneció bajo sus patas. La alfombra se hundió y lo envolvió, impidiéndole ver nada, perdiendo la percepción de lo que era arriba y abajo mientras caía. Fue una sensación muy similar a la de aquel acantilado, en el Reino del Hielo.

Pero, como entonces, extendió las garras en busca de cualquier superficie que lo ayudara a frenar un poco la caída…

Su cuerpo golpeó el fondo antes de poder hacerlo. Gruñó, adolorido, pero comprobó con alivio que, a diferencia de aquella vez, no tenía nada roto.

Entonces, un chorro líquido le cayó encima. Se apresuró en quitarse la alfombra de la cabeza y se la sacudió, echando un vistazo rápido. Era como una celda alta, situada a unos cuatro o cinco metros por debajo del salón del trono y hecha totalmente de piedra. Arriba, los soldados estaban lanzando cubos de agua sobre las paredes mientras Orochimaru le sonreía con satisfacción.

—Gracias por dejarte caer en mi trampa, zorrito.

Naruto le enseñó los colmillos con un gruñido.

Joder, ahora entendía lo que le molestaba. Los soldados no intentaban atraparlo, sino taponar cualquier ruta que no lo condujera al salón del trono. Por eso había tenido tanto espacio y por eso Orochimaru lo esperaba al fondo. La alfombra había ayudado a que no se diera cuenta. Se había precipitado.

La muy víbora se atrevió a reírse.

—Perdona que te deje un rato a solas aquí, pero tengo que recuperar el ratón que has dejado escapar. No te preocupes, hablaremos cuando lo tenga. No te canses mucho tratando de escapar, tengo trabajo para ti.

Naruto lanzó una llamarada, pero ese bastardo se había apartado y sus hombres estaban sellando la entrada con una puerta de hierro cubierta de piedras y gravilla.

Habría probado a saltar de no ser porque los muy cabrones habían echado agua en las paredes y ahora estaban resbaladizas. Ni siquiera en forma de zorro saltaba hacia arriba tan alto, necesitaría al menos apoyarse una vez, y, de todos modos, no podría atravesar la puerta.

Conocía ese tipo de celda. Los tiranos la habían creado para creadores del fuego como él. Podía alcanzar temperaturas muy altas, pero no lo suficiente como para derretir rocas, a menos que tuviera ayuda solar y, aun así, tardaría un tiempo. Encima, todo estaba mojado.

Con un resoplido, se resignó a que lo encerraran y, cuando quedó sumergido en la oscuridad, hizo aparecer una bola de fuego flotante mientras recuperaba forma humana. Ahora mismo, ser un zorro no le serviría de nada.

En cuanto se puso la túnica, se acercó a la pared para inspeccionar la roca. Como sospechaba, era piedra natural, no algo que habían creado mezclando arena y arcilla con gravilla o materiales cerámicos, sino bloques ásperos de roca viva más grandes que su antebrazo y de corte irregular… Lo que significaba que no habían podido construir la celda colocándolos unos encima de otros y ya está, a pesar de que lo pareciera.

Esbozó una amplia sonrisa mientras sus ojos refulgían.

—Me sigues subestimando, Orochimaru.

El hecho de que la pared estuviera mojada haría que le costara un tiempo, pero se veía capaz de crear una ruta de escape. Solo tenía que concentrarse en un punto y…

De repente, Sharingan vibró en su cinto. Llevó la mano a la empuñadura en un acto instintivo, y, al tocarla, sintió su euforia.

—¿Qué ocurre? —le preguntó.

La espada tintineó en su vaina. Lo instaba a moverse hacia la izquierda. Naruto la obedeció sin despegarse de la pared, rodeando la celda… hasta que Sharingan prácticamente se agitó entre sus dedos.

Su alegría era tal que parecía un volcán en su punto álgido de ebullición.

Entonces, lo entendió. Una lenta sonrisa triunfal apareció en su rostro.

—Ah, no puede ser… Orochimaru, al final tendré que darte las gracias y todo.


Comentarios

  1. Que genial el capítulo, no se por que siento que naruto encontró algo que será 🤔 ahora a releer todos los capítulos 😆

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  2. Me encanto el capitulo, te sigo desde amoryaoi, me fascina tu manera de escribir y contrar una historia.

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  3. Lloré con el mensaje de Kurama a Leer. Que profundo y que simple. Las guerras son horribles, y no queda más que jugar el papel, este capitulo fue un ejemplo de eso. Magnífico capitulo, muchas gracias.

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    1. Muchas gracias por leer ^^ Este capítulo ha sido durillo, pero sentía que era necesario.

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  4. Me estrese, llore y me sumergi en la expectativa, hermoso capítulo 💕 , y con lo dicho por kurama casi logras que me cambie de religión, gracias!!!

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    1. Gracias a ti por leer ^^ Sé que este capítulo era un poco duro, pero la guerra no es bonita y quería mostrar también que Naruto no podía con todo solo.

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