Sweet voice

 


Todo iba genial. Tenía el día libre, por lo que había podido dormir unas horas más de las habituales e incluso remolonear un rato más. Después de lavarse la cara y cambiar su pijama por un chándal, había bajado a desayunar unas maravillosas tortitas con nata y fresas mientras observaba cómo la escarcha caía por la ventana, creando pequeños riachuelos que podrían haber simulado un día de lluvia si no fuera por los rayos del sol que entraban a raudales por los cristales, dándole una cálida luminosidad a la casa. Que hiciera tan buen día a pesar de estar a finales de invierno le había levantado aún más el ánimo, y eso que la época que estaba al caer era la que más odiaba de todas.

Tras fregar el plato y demás utensilios de cocina, había cogido su guitarra, rasgueándola de camino al sofá mientras cantaba The City de Ed Sheeran.

Sí, el día había empezado muy bien, extremadamente bien teniendo en cuenta cómo le hacía sentir la celebración de esa noche. Pero puede que ya lo hubiera superado, tal vez ya había asimilado cómo sería su futuro y se conformaba con eso. Después de todo, no estaba tan mal.

Eso creía hasta que la puerta de su casa se abrió de golpe y su hermano entró gritando:

—¡Hoy es el gran día! —rugió con su profunda voz grave—. ¡Tengo el presentimiento!

Naruto le lanzó una mirada de pocos amigos.

—¿Te importaría llamar antes de entrar? —dicho esto, miró al Omega que entraba detrás de él con una sonrisa divertida—. Hola, Train.

Su alto y estilizado cuñado le dedicó una breve inclinación de cabeza y una sonrisa antes de cerrar la puerta y apoyar el hombro sobre el marco, cruzando los brazos a la altura del pecho.

Kurama, por otro lado, le arrebató la guitarra con rapidez, dejándola sobre el sofá, eso sí, con el debido cuidado.

—¿Qué haces aún en chándal? ¿No me has oído? ¡Hoy es el día! ¡Debes prepararte!

Naruto puso los ojos en blanco.

—No tengo intención de ir.

Su hermano se lo quedó mirando con los ojos como platos.

—¿Qué?

—No voy a ir, Kurama.

—¿Por qué? Si es por la propuesta que te hizo Shiro el año pasado, ya hablé con él y le hice entender que no fue la mejor manera de mostrar su afecto hacia ti.

El rubio estrechó los ojos y cruzó los brazos.

—Querrás decir lástima —dicho esto, movió la cabeza de un lado a otro mientras suspiraba e iba hacia el sofá—. Mira, aprecio tus ánimos, pero no son necesarios. Paso del apareamiento, renuncio.

Kurama frunció el ceño.

—No puedes renunciar, solo tienes veinticuatro años. La mayoría de nosotros tarda cincuenta años o más en encontrar a su destinado.

Naruto cogió la guitarra y acarició las cuerdas con aire distraído.

—No me importa. No quiero un compañero.

El pelirrojo intercambió una mirada con Train, cuya sonrisa había desaparecido, siendo sustituida por una pequeña expresión de tristeza. Tras soltar un suspiro, se sentó junto a su hermano pequeño y le tocó la pierna.

—Naruto, le das más relevancia de la que tiene. La sangre no significa nada.

—Claro que sí —replicó él, sin mirarlo. De repente, parecía estar sumamente interesado en afinar el instrumento—. Si al menos pudiera transformarme en lobo no sería tan grave.

—No es grave en absoluto, ¡maldita sea! —maldijo Kurama, harto de tener siempre la misma discusión—. ¿Cuándo te darás cuenta de que ser medio humano es insignificante?

—¡No lo es! —exclamó el joven, alzando por fin los ojos hacia él. Pese al tono brusco, su mirada reflejaba una herida profunda—. No lo es cuando soy incapaz de cambiar, hace que me vea débil ante los demás, como si fueran a romperme con solo tocarme. —La carcajada que soltó Train hizo que lanzara un gruñido feroz—. ¡¿Qué?!

Su cuñado, en absoluto amedrentado, le dirigió una mirada divertida.

—He peleado contigo, hermanito, y eres tan delicado como la piel de un rinoceronte.

Al ver que Kurama se echaba a reír, Naruto apretó los labios, dejó la guitarra a un lado y se levantó de un salto.

—Si habéis venido a burlaros de mí, ya podéis iros.

—No, no, no —dijo su hermano, tirando de la manga de su chaqueta para que volviera a tomar asiento—. De aquí no se va nadie hasta que aclaremos esto. En primer lugar, no nos burlamos de ti. Tal vez no puedas cambiar, pero eso no te convierte en un ser indefenso, por mucho que los demás crean que lo eres —al decir esto, esbozó una amplia sonrisa—. Qué ganas tengo de que un día desafíes a alguien, estoy deseando ver la cara que pondrán cuando vean de lo que eres capaz. Solo asegúrate de ser cruel, así aprenderán a respetarte.

Naruto bufó.

—Nadie tomaría en serio mi desafío.

—Mejor, que te desafíen a ti entonces, así será más humillante para ellos. —Hizo una pequeña pausa en la que lo contempló con cariño—. Y, en segundo lugar, no podemos controlar con quién nos apareamos. Si es tu destinado, te unirás a él, porque está en tu naturaleza, por muy humano o lobo que seas.

El rubio agachó la cabeza.

—¿A quién quieres engañar? Si no puedo cambiar, es posible que mis hijos hereden ese rasgo. Ningún lobo querrá cachorros débiles en su núcleo familiar. Además —añadió, cabizbajo—, ni siquiera entro en celo.

Kurama rodó los ojos.

—¿Sigues dándole vueltas a lo de Ban?

—Vamos, Kurama, ¿qué Alfa quiere a un Omega que no esté tan caliente como él en esta época? No podría satisfacer las necesidades de mi compañero.

—Si es tu destinado —intervino Train con seriedad—, no le importará. Un verdadero compañero jamás te culparía por ello y se adaptaría a ti.

—¿Y yo no debería ser capaz de hacer el mismo sacrificio por él? —le preguntó Naruto, desafiante.

Kurama fue quien respondió encogiéndose de hombros.

—Por supuesto que sí, pero si tu cuerpo no funciona como los nuestros, no está en tu mano hacer ese sacrificio, sino en la de tu pareja. Debes preocuparte solo por lo que puedes hacer por él y no en desear cambiar algo que no se puede.

—¡A eso quería ir yo! —exclamó el rubio, exasperado—. Ningún Alfa querrá un mestizo.

—Ninguno, no, tu compañero te deseará al instante en que se dé cuenta de quién eres, y tú, por muy cabezota que hayas sido siempre en esta tontería de ser mestizo, no podrás resistirte —dijo, sonriendo—. Porque está en tu naturaleza. Creas lo que creas, acabarás apareado con tu compañero, así que escucha a tu hermano y prepárate para esta noche. Te digo que tengo un presentimiento, esta temporada la pasaremos con los miembros solteros de la manada Uchiha, es la primera vez que vienen desde que naciste y hay altas probabilidades de que tu destinado esté entre ellos. —Le dio un codazo amistoso a su hermano—. Venga, anímate. No me dejes solo ante un montón de Alfas solteros en celo, sabes cómo se ponen sin la presencia de un Omega delante.

Naruto sonrió un poco, poniendo los ojos en blanco.

—Creía que para eso tenías a Train.

Kurama resopló.

—Él no cuenta, es como otro Alfa —dicho esto, se volvió hacia él—. Sin ofender, mi Omega.

Train se rio entre dientes.

—Siempre lo he considerado un cumplido, mi Alfa.

Naruto sintió cómo su corazón se encogía al escuchar el apelativo cariñoso que se dedicaban las parejas destinadas. Suspiró y puso su mano sobre el brazo de Kurama, dándole un apretón cariñoso.

—Oye, te agradezco que te preocupes por mí, pero por nada del mundo quiero ir a la fiesta de esta noche. No quiero pasar otro año viendo la cara de lástima de mis amigos y el resto de Omegas ni incomodar a nuestros invitados Alfas obligándolos a rechazarme de la mejor manera posible.

Los ojos de su hermano llamearon.

—¿Es así como te sientes?

Al rubio le costó, pero terminó asintiendo.

—Estoy cansado de pasar por eso.

—¿Y por qué no me lo habías contado?

Naruto suspiró, exasperado.

—Ya has tenido bastantes problemas con algunos miembros de la manada porque yo sea mestizo, y encima eres el líder, seguro que tienes asuntos más importantes que atender mis sentimientos.

De repente, Kurama lanzó un rugido que lo sobresaltó y que incluso provocó que Train se apartara de la puerta y se tensara, como si estuviera listo para luchar. Sin embargo, el pelirrojo, pese a su mirada oscura y expresión amenazadora, no hizo ningún movimiento.

—Creo que ya dejé bastante claro lo que eres para mí, Naruto. Si hasta ahora me he ocupado de la manada, ha sido por nuestra madre, pero en el momento en que te jodan pueden irse todos a la mierda. Tú eres lo primero para mí, siempre.

Naruto tragó saliva, conmovido y arrepentido a la vez, y agachó la cabeza.

—Lo siento.

Kurama suavizó sus rasgos y estiró los brazos.

—Ven aquí.

Su pequeño hermano gateó hacia él y lo abrazó, acomodándose en su regazo, como cuando era un cachorro. Frotó su mejilla contra su cabello y ronroneó para él, para que se sintiera seguro. Su madre solía hacerlo con ambos. Después, echó un vistazo a Train, que le dedicó una de esas miradas que lo instaban a ceder en vez de ser un cabezota sin remedio. Admitiendo que tenía razón, suspiró y se separó para mirar a su hermano.

—Está bien, si vas a pasarlo mal, no vayas. —Al ver el rostro esperanzado de Naruto, levantó un dedo—. Pero no voy a permitir que renuncies a tu compañero. Ven mañana a comer con nuestros invitados. Eres el hermano del líder, a nadie le extrañará que nos acompañes y no estarán incómodos si te acercas a hablar con ellos si alguno te llama la atención. ¿Trato?

Su hermano parecía mucho más relajado cuando le respondió:

—Trato. Gracias por entenderlo.

—Lo que sea con tal de hacerte feliz —dijo antes de dejarlo de nuevo en el sofá y levantarse—. Ahora tengo que irme, nuestros invitados no tardarán en llegar y tengo que hacerles de niñera hasta que se familiaricen con el territorio.

Naruto le sonrió.

—Buena suerte.

Kurama le devolvió el gesto y fue hacia la puerta.

—Gracias. Mañana a las doce, no te olvides.

El joven levantó una mano.

—Lo prometo.

El pelirrojo le guiñó un ojo y abrió la puerta, desapareciendo por el porche. Train, en cambio, se quedó un momento más.

—¿Estarás bien solo? —le preguntó, no muy seguro.

Naruto asintió.

—Sí, no te preocupes. De verdad.

Su cuñado lo examinó un segundo y se relajó.

—De acuerdo. Si necesitas algo o cambias de opinión sobre esta noche, llámame. Tu hermano no puede escaquearse de los Uchiha, pero yo sí.

El rubio le dedicó una sonrisa maliciosa.

—No permitiré que dejes a mi hermano solo con otra manada, ya sabes lo agresivo que puede ser si le tocan demasiado las narices y no nos conviene discutir con lobos de fuera.

Train se encogió de hombros.

—Dudo que haya problemas, los Uchiha son una manada respetuosa y honorable. Son los lobos más poderosos de Japón.

—Razón de más para que no te separes de Kurama. Vete, estaré bien.

El compañero de su hermano lo observó un momento más y luego se marchó, cerrando la puerta tras de sí.

En cuanto estuvo solo, relajó los hombros, aliviado por no tener que ir a la celebración del inicio de temporada de celo. Ya estaba cansado de mendigar durante esa época sabiendo que no iba a lograr nada, de hacer el ridículo, solo para sentirse aún peor después de recibir un rechazo tras otro.

La idea de quedarse a solas en su casa, haciendo un maratón de The Witcher mientras preparaba un pastel de veinticuatro capas de chocolate (había visto un vídeo en internet y ahora por fin tenía tiempo para intentarlo), le resultaba más que atractiva, era probablemente lo único que iba a ponerlo cachondo durante las próximas semanas.

Volvió a coger su guitarra con cariño, pensando en su padre. Una sensación agridulce lo inundó, como siempre que pensaba en él. A menudo se preguntaba si pensó que mereció la pena todo lo que pasó con tal de estar con su madre. Si, al final de todo, se arrepintió de estar con ella o solo se alegró del tiempo que pudieron estar juntos.

… Daba igual. Nunca lo sabría. O tal vez no quería conocer la respuesta.

Rasgueó la guitarra al son de I’m a mess, esperando que la música volviera a levantarle el ánimo.



 

 —Anímate un poco y sal a bailar, Sasuke.

Este gruñó como única respuesta y apartó la vista de una Omega pelirroja que no hacía más que lanzarle miraditas por encima del hombro. Se había encontrado con ella antes, después de presentarse formalmente ante el líder de la manada y que este les enseñara el acogedor hostal en el que su gente iba a alojarse. Ella le había coqueteado e insinuado que la buscara esa noche, que le ayudaría a sentirse como en casa, y, sin darle a tiempo a rechazarla, se había ido contoneando las caderas.

—Aquí estoy bien —dijo finalmente.

Itachi, a su lado, suspiró.

—Con esa actitud no encontrarás a tu compañero.

Sasuke lo fulminó con la mirada.

—¿Tú no deberías estar con Izumi? Creía que habíais dejado a los cachorros con nuestros padres precisamente para poder pasar el celo solos.

Su hermano sonrió de un modo que no le hizo ninguna gracia.

—Sí, pero si tu destinado está aquí, quiero estar presente. Tengo curiosidad por cómo reaccionarás.

Él gruñó y se cruzó de brazos.

—Pues siento decepcionarte, pero no está aquí —dijo, señalando al cúmulo de gente que bailaba en el centro del pueblo perteneciente a la manada Uzumaki.

Según tenía entendido, el origen del grupo de lobos más poderoso de Alaska era japonés, que habían emigrado a Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial, la cual dejó arrasados sus bosques y el lugar donde vivían. Aquellos que sobrevivieron, cuentan, se infiltraron en un buque de guerra que los llevó a tierra americana, donde se marcharon tan al norte como pudieron, evitando a los ejércitos de ambos bandos y buscando las zonas boscosas más extensas para instalarse. Pese a que tuvieron problemas con los lobos nativos, se decía que su líder logró mantener a la manada a salvo y hacerla prosperar hasta convertirla en la más temida del norte del continente.

Desde luego, si esa Alfa tenía una reputación similar a la de Kurama Uzumaki, comprendía que nadie quisiera meterse con esa manada.

Itachi le dio un golpe amistoso con el hombro.

—Si ni siquiera te has parado a oler a los Omegas. —Su cara de profunda exasperación y hastío debió de advertir a su hermano que ese día no tenía humor para soportar algo más que no fueran comentarios serios y constructivos—. Escucha, sé que es un fastidio, y que la mayoría querrá seducirte para probar si podrían establecerse contigo, pero tienes que intentarlo. Es el único modo de encontrar a tu compañero.

Sasuke cerró los ojos unos momentos, arrugando la nariz.

—¿Y si mi compañero es como los demás?

—¿Cómo?

—¿Y si solo le interesa mi posición en la manada? —preguntó, abriendo los párpados para mirarlo con verdadera inquietud—. Y si es mi estatus lo que lo embelesa y no mi… —Hizo una pausa y agachó la cabeza—. Y no yo.

Itachi apretó los labios.

—Sasuke, no puedes pensar así. Nuestra Madre es sabia, ella solo nos empareja con alguien que nos complemente, que sea capaz de aliviar nuestras flaquezas y sacar lo mejor de nosotros. A Izumi no le embelesó en absoluto mi posición como futuro líder, y te recuerdo que mamá estuvo a punto de rechazar a nuestro padre a pesar de ser destinados.

—Está bien —accedió Sasuke con una mueca—, ¿y si me rechaza como mamá? Sabes que tengo mal carácter, que no soy… sociable. Ni tampoco agradable. ¿Y si conmigo es infeliz?

—Le das demasiadas vueltas —replicó Itachi, pasando un brazo por sus hombros—. Que no te guste estar alrededor de los demás la mayor parte del tiempo no quiere decir que seas distante o frío. Estás cuando tienes que estar, por eso en nuestra manada te respetan y por eso eres el ejecutor principal, nuestra gente confía en ti.

—Sabes que no es eso lo que quiero decir.

—Está bien, pues piensa en cómo eres con mamá, o con mis cachorros.

—No es lo mismo.

Itachi le sonrió.

—Tienes un lado cariñoso, hermano. Simplemente, no te nace ser así con todo el mundo, eso no es malo. Solo es tu forma de ser.

—¿Y si no me nace ser así con mi destinado?

Su hermano levantó una ceja.

—Créeme, te nacerá. Si nuestro padre no puede alejarse de las faldas de mamá, tú tampoco te despegarás de tu compañero.

Él dejó escapar un largo suspiro.

—No lo sé, Itachi.

Este lo apretó contra su cuerpo y pegó su frente a su sien en un gesto de cariño.

—Entiendo que estés cansado. Recuerdo cuando te propusiste encontrar a tu compañero después de lo de Kagura, lo decidido y emocionado que estabas por empezar a buscarlo. Han pasado tres décadas desde entonces. Es normal perder la esperanza y tener muchas dudas, pero por eso estamos aquí —dijo, señalando al grupo de lobos que bailaba—. Puede que tu compañero haya nacido lejos de Japón.

—O que ni siquiera haya nacido —añadió Sasuke, estremeciéndose un poco.

—Sería otra buena razón para no abandonar la búsqueda, pero yo creo que ya está en este mundo. El instinto me lo dice, sé positivo.

Sasuke dejó escapar una carcajada amarga mientras se apartaba de su hermano.

—Ya, pues tu instinto no va a conseguir animarme esta noche. Mejor me voy a dar una vuelta.

—Huele al menos a los Omegas, por favor —insistió Itachi—. Tengo un presentimiento.

Él negó con la cabeza y después señaló la pista de baile, donde un grupo de Omegas se había congregado para hablar entre ellos a la vez que le lanzaban miraditas que auguraban una ronda de peticiones acerca de pasar la noche con él, seguida de un rechazo tras otro. Sasuke estaba seguro de que, si su compañero estuviera entre ellos, no se habría parado a charlar, sino que habría ido directo a por él.

Itachi, al comprender lo que pasaba por su mente, hizo una mueca.

—Vaya, hombre. Podrían ser más disimulados.

—¿Qué esperas? Soy el ejecutor principal y hermano del Primer Alfa de los Uchiha. Por eso estoy cansado, Itachi. Si ni siquiera soy capaz de encontrar un amante para el celo al que no le interese mi posición, ¿cómo voy a encontrar a mi compañero? —dicho esto, y sin esperar a que Itachi lo retuviera, se alejó de las escaleras del porche del hostal, donde había estado haciéndole compañía, y rodeó la improvisada pista de baile, que consistía solo en una plaza de tierra iluminada por farolillos y rodeada por varias mesas donde se estaban sirviendo bebidas.

Kurama les había dado permiso para campar a sus anchas por su pueblo y los alrededores, además de indicarles cuáles eran los límites y las mejores zonas para cazar. No es que tuviera muchas ganas de perseguir un jabalí o un ciervo, pero correr por el bosque y sentir el aire fresco en vez del cúmulo de hormonas que desprendían Alfas, Omegas y Betas a la caza de un amante para el celo le iría bastante mejor que enfrentarse a sus pretendientes.

Hasta se estaba planteando pasar de estar acompañado durante esa temporada. Sería doloroso para él, pero tenía edad para aguantarlo, y, además, peor era tener que convivir con un cazador de ejecutores. Ya estaba harto de Omegas que no dejaran de comerle la oreja para que probara a establecerse con ellos; no lo conocían, y, si lo hicieran, estaba bastante seguro de que huirían al conocer su mal carácter.

Ni siquiera Kagura pudo aguantarlo, y eso que él la admiraba y trató de mejorar en su forma de ser para que estuviera más cómoda. Pero no hubo manera, no cuando ella empezó a tratar a su manada como si estuvieran por debajo.

Fue un desastre. Era consciente que no todo fue culpa suya, pero, aun así, le había hecho pensar mucho acerca de cómo podría ser él con su compañero. Y lo asustaba. No, mejor dicho, le aterrorizaba no saber si podría hacerlo feliz, si su Omega lo sentiría distante o demasiado gruñón, o si creería que preferiría la soledad antes que pasar tiempo con él.

Mientras todas esas dudas se arremolinaban en su cabeza, siguió su camino a paso rápido para salir de la pista de baile, ignorando deliberadamente a los Omegas que le pidieron que esperara un momento y también a algunos Alfas de su manada, que le gritaran que no se marchara aún y fuera a divertirse con ellos. No, solo quería un lugar donde despejar la cabeza y estar tranquilo.

Por desgracia, una mano agarrándole el brazo con firmeza lo detuvo. Sin pensarlo demasiado, se giró con rapidez y gruñó con fuerza. Rara vez permitía el contacto físico con el resto, era algo que solo permitía a su familia y amigos más cercanos, y no olía a ninguno cerca, por lo que solo podía ser un extraño. Un extraño que apestaba a hormonas de Omega.

La joven pelirroja que había estado bailando antes, y que había coqueteado con él esa mañana, dio un salto hacia atrás.

—¡Vaya! Menudo susto me has dado —bromeó ella, llevándose una mano al pecho. Sasuke no supo si era porque la había sorprendido o para que sus ojos fueran a su delantera. A esas alturas, ya desconfiaba de cada gesto que hiciera un Omega que apestara a lujuria cerca de él.

—¿Qué quieres? —Era consciente de que no estaba siendo educado, pero no estaba de humor para intentar serlo.

La pelirroja se sonrojó y empezó a jugar con un mechón de pelo que caía por uno de sus hombros.

—Te dije que me buscaras. Me has visto antes bailando, pero no has venido.

—Porque no estoy interesado —gruñó, sobresaltándola—. Tengo que irme.

Sin embargo, ella se interpuso de nuevo en su camino. Él sintió cómo sus caninos empezaban a crecer.

—Dame la oportunidad de hacerte cambiar de opinión.

—No me van esos juegos —dijo Sasuke, permitiendo que viera perfectamente sus colmillos—. Quítate de mi camino.

—Oh, vamos —coqueteó, dando un paso hacia él. Demasiado cerca para su gusto—. Conmigo te gustarán.

Él dejó que un gruñido constante saliera de su pecho a la vez que le replicaba:

—He dicho que no. Retrocede. Ahora.

—Pero…

—Karin.

Esa voz, profunda, grave y varonil, hizo que la Omega palideciera y agachara la cabeza con una rapidez que hasta a Sasuke lo sorprendió. Aunque, viendo a quién pertenecía, tampoco le extrañó mucho.

Kurama Uzumaki se acercó a ellos con el sinuoso y calculado paso de un depredador a punto de saltar sobre su presa. Era un Alfa alto, de metro noventa y tanto, con una figura estilizada, de apariencia ágil, a pesar de que tenía una espalda fuerte y extremidades formadas por músculos estirados hechos de pura fibra. Si bien no era tan musculoso como él, había algo en su presencia, en su forma de moverse, de hablar, de andar, en su aura en general, que inspiraba un oscuro temor. Su físico no lo ayudaba a aminorar la sensación, pues su piel tostada creada una extraña discordancia con su cabello pelirrojo, que llevaba corto por detrás y con algunos mechones largos que caían a ambos lados de su rostro de facciones afiladas, donde resaltaban tres marcas que parecían arañazos. Aunque más perturbadores eran sus ojos, rojos como la sangre, acompañados por una sonrisa burlona que no auguraba buenas intenciones.

Debía añadir, también, que los rumores que circulaban sobre él tan solo lo hacían aún más siniestro a ojos de la mayoría, pues se decía que asesinó a sangre fría a su propio padre Omega. Sasuke, así como Itachi, no eran de los que creían en cualquier cosa que se dijera por ahí, pero debía admitir que ese Alfa era intimidante hasta para él, razón por la que se tensó un poco cuando se acercó.

Aun así, sus ojos estaban clavados en la Omega.

—Nuestro invitado estará cansado del viaje, son muchas horas de avión hasta Japón. Dejemos que descanse.

—Sí, Alfa —dijo Karin antes de salir huyendo.

Después, Kurama le dedicó una sonrisa de disculpa, pese a que sus irises brillantes le dijeron que se regocijaba en la huida de la pelirroja.

—Por favor, disculpa a mis Omegas. El celo se acerca y ya sabrás cómo son cuando hay ejecutores delante.

Sasuke asintió con un gruñido.

—Por desgracia. —Al darse cuenta de que acababa de gruñir en presencia del líder de la manada, se tensó—. Pido disculpas.

Kurama se rio entre dientes.

—No te preocupes, me imagino que muchos Omegas se abalanzan sobre ti con la esperanza de alcanzar una buena posición en la manada. Si llevas mucho tiempo así, acabas hartándote rápido de su compañía.

La forma en que lo había definido le llamó la atención.

—¿Te pasó a ti también?

—No, soy demasiado agresivo para la mayoría de Omegas —dicho esto, sonrió ampliamente y, al hacerlo, esa aura siniestra que lo envolvía pareció disminuir un poco—. Por suerte, mi compañero tiene tan mala leche como yo, por eso nos compenetramos. Ninguno de los dos aguanta las tonterías de los demás —añadió, riéndose. Después, lo miró un momento y señaló la entrada a la plaza—. Vete, yo te cubro. Ningún Omega que quiera perseguirte pasará por aquí conmigo aquí.

Pese a que esa última declaración sí lo inquietó un poco, le dedicó una inclinación con la cabeza, agradecido.

—Gracias, Alfa —dijo sinceramente y, luego, se adentró en el pueblo, lleno de cabañas de madera cubiertas de las últimas nieves del invierno. En el suelo también imperaba el blanco, pero supuso que para un hombre lobo de Alaska la temperatura de esa noche sería una agradecida brisa primaveral. Él tampoco pasaba frío, pero no le gustaría quedarse en forma humana y desnudo en aquel clima.

Por eso, cuando vio que los árboles empezaban a predominar en el paisaje, se desvistió con rapidez junto a un pino donde había colgados, alrededor del tronco, un montón de sacos de lana, que supuso que era uno de los sistemas que utilizaba la manada Uzumaki para dejar las prendas antes de una transformación. Lo agradeció, ya que así no mancharía mucho su ropa ni se llenaría de nieve.

Después, se convirtió en lobo y trotó en la periferia del pueblo, donde aún había alguna que otra cabaña desperdigada, pero, sobre todo, muchos árboles. La música de la fiesta empezó a abandonar sus oídos y a ser sustituida por el susurro de las hojas al mecerse con alguna que otra brisa ocasional y el ulular de algún búho, así como el olor de las hormonas de los lobos se desvaneció con el frescor de la noche y el abundante aroma a pino.

Sí, eso estaba mucho mejor.

Estaba empezando a correr a un ritmo suave cuando un sonido hizo que se detuviera en seco. Alzó las orejas y prestó mucha atención, tratando de captarlo. ¿Había alguien cantando? Y… ¿Eso que oía por debajo era una guitarra?

Curioso, fue en busca de su origen, encontrándolo fácilmente en la única cabaña que tenía cerca, una de las más pequeñas que había visto en el pueblo, pero que contaba con dos pisos y un amplio porche. Ahora que estaba más cerca, pudo captar mejor la voz dulce que cantaba; le resultó agradable por su tonalidad cálida y, a sus oídos, acogedora, y por cómo alargaba con elegancia las notas y las resaltaba con fuerza y dramatismo en los momentos adecuados, cuando la canción lo pedía, dándole una emotividad a la letra que lo atraía.

Pese a que sabía que no era de buena educación espiar, no pudo refrenar al animal que llevaba dentro y que anhelaba escuchar más de cerca. Así que, procurando que sus patas no hicieran el menor ruido sobre la nieve, se acercó a un gran ventanal que supuso que daba al salón y de donde procedía la canción. Con mucho cuidado, se levantó sobre sus patas traseras y las apoyó sobre la madera, evitando arañarla con las garras. Después, alzó la cabeza poco a poco, asomándose al cristal.

Sus orejas se alzaron al contemplar al joven que estaba en el sofá, tocando una guitarra. Lo primero que le vino a la mente era que parecía pequeño para ser un hombre lobo, pero tal vez fuera por su posición y, desde luego, por la ropa ancha que llevaba: unos pantalones negros holgados que le daban un aspecto casero y una sudadera amplia gris con capucha, en cuyo pecho pudo ver una guitarra y las palabras The Lord of the Strings, que le pareció un poco gracioso. Siendo sincero, se le antojó adorable su pequeño tamaño y cómo la ropa parecía venirle grande, como si fuera un muchacho que quisiera aparentar ser adulto.

Por un momento, se planteó que tal vez fuera un adolescente, pero descartó la idea al fijarse mejor en él. Pese a que los rasgos juveniles de su rostro podrían enmascarar su verdadera edad, no dejaban lugar a dudas de que tenía unos veinte años o más, y las facciones suaves, para nada curtidas o afiladas, le dijeron que probablemente se trataba de un Omega. Tenía la piel de un tono tostado claro que le recordaba a la miel y que armonizaba muy bien con su pelo rubio, que llevaba corto y algo despeinado, dándole un aire desenfadado que le gustó. Sus ojos, de un profundo azul, oscuro por la iluminación de la estancia, reflejaban una felicidad sincera que se mostraba también en su bonita sonrisa, genuina, como si el simple hecho de cantar lo inundara de júbilo.

Le pareció hermoso que algo tan sencillo pudiera hacer tan feliz a alguien. Hacía tiempo que no veía algo así… Bueno, no era del todo exacto, pero la mayoría de su gente que irradiaba esa alegría solía ser porque estaban apareados y con cachorros. Como mucho, lo había visto en las reuniones de amigos, que se juntaban para comer, para entrenar juntos de modo amistoso, o para ir a una fiesta.

Pero nunca estaban solos. Su raza no solía llevarse bien con la soledad, estaban diseñados para vivir en manada, después de todo.

Él era una excepción.

Pese a que no dudaba de que quedaría destrozado si toda su manada desaparecía, sabía apreciar la única compañía de la luna, que lo contemplaba cuando salía a correr por el bosque de noche, el silencio que tranquilizaba sus preocupaciones del día a día y la oscuridad que parecía protegerlo de los ojos de su manada, que no comprendían por qué necesitaba su espacio y a menudo se alejaba de los demás. Conocía mejor que nadie la textura de la tierra y el susurro de los árboles, conocía la dureza de cada roca y el rugido de la cascada y la risilla de todo riachuelo. Sentir una unión tan profunda con la naturaleza era algo que lo hacía genuinamente feliz, aunque muchos no lo entendieran. Ellos creían tener la misma conexión con la Madre, pero no sabían escucharla como él. Conocer tan bien sus dominios, su flora y fauna, y pasar tanto tiempo entrenando con ella, por sus bosques, era lo que le habían convertido en el mejor rastreador y luchador de la manada, lo que lo había llevado a la posición de ejecutor principal.

Ver a otra persona capaz de sentir esa misma felicidad aun sin estar acompañado, lo calentó por dentro.

De repente, sintió una intensa curiosidad por él. Quería preguntarle, en primer lugar, por qué estaba en casa y no en la fiesta, buscando a alguien con quien pasar el celo. Puede que su compañero estuviera en algún lugar de la casa, pero, si fuera él, estaría a su lado, escuchándolo cantar con la misma fascinación que sentía en ese momento. Y si lo tenía y realmente no había ido corriendo a verlo cuando empezó a cantar, es que su pareja era un completo idiota que no sabía apreciar lo hermoso que era ese Omega, pensó con un gruñido enfadado.

—Ah… ¿Hola?

Entonces, sus ojos se encontraron con los irises sorprendidos del joven.

Sin pensar demasiado en lo que hacía, se agachó para, al segundo siguiente, maldecirse a sí mismo. ¿Qué hacía escondiéndose? ¡Si ya lo había pillado!

—¡Espera! ¡Vuelve, no pasa nada!

Su petición despertó algo extraño en su lobo, que no pudo resistirse a su llamada y, sintiéndose avergonzado por haber sido descubierto, se alzó de nuevo sobre sus patas traseras y se apoyó en el marco del ventanal, asomándose para ver al Omega con las orejas agachadas en señal de culpa.

Sin embargo, el rubio le dedicó una cariñosa sonrisa que hizo que su corazón se acelerara.

—No pasa nada, de verdad. No eres el primero que me descubre cantando y se acerca a curiosear.

Él gimió suavemente, pidiendo disculpas de todos modos. No había sido educado.

La calidez que vio en sus ojos lo desarmó.

—No importa, estoy acostumbrado a que me escuchen cantar —dicho esto, lo observó con detenimiento y frunció un poco el ceño—. No te conozco, ¿has venido con los Uchiha?

Sasuke asintió. El Omega respondió con una sonrisa.

—Bienvenido entonces a nuestra manada. —En ese momento, abrió los ojos como platos. Su expresión de alarma hizo que se tensara y alzó las orejas de inmediato, buscando el peligro—. Oh, mierda, yo aquí hablando y tú ahí fuera mientras nieva. Espera, que te abro.

Parpadeó un poco por el repentino cambio de escenario. Bueno, al menos nadie los estaba atacando, pero admitió que estaba tan concentrado en ese rubio que no se había dado cuenta de que se había puesto a nevar.

Bajó las patas de la ventana y trotó hacia la entrada, sonriendo un poco. Le parecía gracioso que el Omega se preocupara porque cogiera frío cuando debería saber que su pelaje lo protegía del clima. Aun así, era algo tierno. Los Omegas que había conocido lo trataban como si fuera un tipo duro que no necesitara protección ni cuidados, después de todo, era un ejecutor y, además, era sabido por todos que era muy independiente.

Que uno quisiera cuidar de él, por decirlo de algún modo, le gustaba.

Mientras iba hacia el porche, vio salir por la puerta al Omega. Tal y como había sospechado, era pequeño para ser un hombre lobo, mediría uno setenta más o menos.

Estaba a punto de adoptar forma humana para presentarse cuando una ráfaga de aire se levantó entre ellos.

Su nariz ardió, sus pupilas se dilataron. Su lado animal aulló, haciendo que cada centímetro de su cuerpo hormigueara y que clavara las garras en la nieve, una acción instintiva para no abalanzarse sobre el Omega como el lobo en celo en el que se había convertido en ese instante.

Alzó la cabeza despacio, mirando con intensidad al rubio. Sus ojos eran grandes y lo miraban con la misma estupefacción que él sentía. Aun así, gruñó suavemente, satisfecho al ver cómo sus dedos se aferraban a la madera de uno de los postes del porche, como si también estuviera conteniendo las ganas de lanzarse a por él.

No le importaría que lo hiciera. Él no.

Al final, Itachi y su instinto habían tenido razón.

Tenía a su compañero justo delante. Y toda intención de renunciar a él había desaparecido de su mente.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Capítulo 40. Tormenta de llamas

Capítulo 41. Una ofrenda para los dioses

Mi lobo