Sweet smell

 


El bosque cantaba para él. La brisa nocturna mecía las ramas de los pinos, emitiendo sonidos suaves de roces, dándole al río la voz cantante principal, fuerte pero parsimoniosa. No era extraño escuchar el repiqueteo de las patas de los roedores sobre las piedras o algún chillido ocasional, provocado sin duda alguna por los búhos durante una caza exitosa, y cuyo vuelo sigiloso ni siquiera él podía oír.

El olor a musgo y a pino era el predominante, pero las ráfagas ligeras de viento le traían el aroma de piceas, abedules y el más dulzón de los álamos. A veces, le llegaba incluso el aroma de los abetos de las zonas más altas. También olía el río y podía sentir su fría presencia desde su posición. El de los roedores era abundante, y se mezclaba con los rastros de zorros, lobos y algún puma ocasional. La brisa trajo consigo algún leve aroma a oso, pero venía de lejos y tenía entendido que esos animales rara vez se acercaban al territorio de la manada.

Era una noche tranquila y silenciosa, lo que más le gustaba en días como ese.

—No me puedo creer que lo hayas hecho.

Gruñó al mismo tiempo que agachaba las orejas al escuchar la molesta voz de su primo.

Abrió un ojo para verlo parado junto a un árbol, cogiendo ropa de una bolsa que había atada al tronco junto a unas botas colgadas de la cuerda. Se puso un jersey, pantalones abrigados y las botas para ir hacia donde estaba. Había cogido una muda para él.

Le gruñó otra vez, mostrando los dientes.

Sai puso los ojos en blanco.

—Oh, ¡vamos! Así no podemos hablar —dicho esto, le tendió la ropa—. ¿Por favor? Prometo dejarte en paz después.

Resopló por el hocico, pero accedió. Se transformó en humano con un gruñido molesto, aunque aceptó la ropa. Aún no caía la nieve, pero hacía bastante frío y solo le faltaba pasar el celo estando enfermo.

Una vez vestido, se sentó sobre la piedra en la que había estado tumbado cuando era un lobo. Sai fue a su lado y le golpeó el costado en un gesto amistoso.

—No te enfades, hombre.

—Deberías estar vinculándote con tu compañero.

Sai esbozó una amplia sonrisa.

—Eso he estado haciendo toda la mañana y toda la tarde. Necesitaba un descanso y bañarse, así que lo he dejado un momento para saber si los nuestros estaban bien. —Hizo una pausa para poner los ojos en blanco—. Entonces, me he encontrado con Kurogane y me ha dicho que te estabas escondiendo en el bosque.

—Yo no me escondo —gruñó.

—Claro que no. Por eso has estado evitando a todos los Omegas como si fueran la peste.

—Ninguno es mi destinado —dijo, pasando la mano por el musgo de la roca como si fuera mucho más interesante que la conversación.

Sai dejó escapar un suspiro.

—Sasuke, puedes pasar el celo con un Omega que no sea tu destinado. —Su primo le lanzó una mirada asesina—. Quiero decir, es solo para pasar esta época del año. Es una mierda sin tener pareja.

—No me interesa —dijo Sasuke, tajante.

Sai puso una mano sobre su hombro. Su expresión se había vuelto triste.

—Han pasado doce años desde lo de Kaguya. Y no es como si fuera a volver a pasar algo parecido. Sé que has descartado la idea de establecerte con ningún Omega.

Sasuke siguió con la mirada clavada en el musgo. Aun así, suspiró.

—Lo sé.

Su primo le palmeó el hombro.

—Entonces no te preocupes tanto, no creo que muerdas a un Omega por accidente.

Al fin, Sasuke alzó los ojos para mirarlo. A primera vista, su rostro parecía inmutable, pero Sai detectó cierta frustración en el modo que apretaba ligeramente los labios.

—Se me acercan por ser el ejecutor principal y hermano del futuro Primer Alfa de la manada.

Sai se encogió de hombros.

—A ti y a todos nuestros ejecutores. Sabes que es un cargo atractivo para los de fuera.

Sasuke hizo una mueca.

—No quiero pasar mi celo encerrado con alguien que solo está interesado en mi posición y parentesco. Para follar está bien, pero, el resto… Sabes que tengo un carácter difícil.

—Pasarás la mayor parte del tiempo follando, primo.

Este apartó la vista.

—Pero se vuelve incómodo después. —Sacudió la cabeza y sus dedos se cerraron sobre el musgo—. Me evitan cuando necesitamos descansar por el celo y yo no estoy a gusto compartiendo mi espacio con ellos.

Sai le dedicó una mirada triste.

—No lo sabía. ¿Ha sido así últimamente?

—La mayoría de los últimos años, sí —admitió, soltando el musgo y apoyando el mentón sobre sus rodillas, que abrazó con ambos brazos.

El otro Alfa pasó un brazo por sus hombros.

—Siento escuchar eso. ¿No había nadie agradable que te llamara la atención?

—Los únicos Omegas que han sido amables conmigo en esta manada ya tienen compañero.

Sai hizo una mueca.

—Joder, lo siento.

Sasuke se encogió de hombros.

—Ahora entiendo más a Kurogane. Creía que no se acercaba a los Omegas porque estaba amargado, pero ahora veo el problema —dicho esto, miró a su primo—. ¿Sabes si ha tenido alguna mala experiencia?

—¿Acaso crees que la compartiría conmigo? —resopló Sai—. Si alguien sabe eso, tiene que ser tu padre.

Sasuke arrugó la nariz.

—Ahora me siento mal por haberme metido con él por eso.

—Bueno, tal vez podáis compartir vuestro espacio durante el celo. —Sasuke lo miró como si se hubiera vuelto loco y Sai soltó una carcajada—. ¡Venga! Sería divertido. Tú y Kurogane, dos Alfas dominantes, batiéndoos en un duelo territorial ofuscados por la frustración sexual del celo.

Sasuke le enseñó los dientes.

—Prefiero morir. Yo seré el ejecutor principal, pero Kurogane es una jodida bestia. Ni de coña.

—Yo creo que la propuesta le parecería interesante —dijo sacudiendo los hombros del otro lobo. Entonces, profundizó su tono de voz—. Oye, mocoso, esa hamburguesa de alce era mía. La iba a usar para fines sexuales.

En contra de su voluntad, Sasuke sonrió, aunque arrugó la nariz.

—Eso es asqueroso, Sai.

Este rio con ganas.

—Lleva tropecientos años sin perseguir un Omega. La desesperación es terrible —dicho esto, alzó los brazos mientras se encogía de hombros—. Por eso estoy aquí, intentando evitar que cometas el mismo error y acabes mendigando hamburguesas.

Sasuke sofocó una carcajada, pero Sai lo vio y le dio un golpe amistoso en el costado.

—Genial, por tu culpa ahora creo que pasar el celo luchando con Kurogane no es tan malo —maldijo Sasuke, haciendo reír a Sai.

—Lo sé, soy un maldito genio —dicho esto, se levantó y puso los brazos en jarra—. Oye, sea lo que sea lo que quieras hacer durante el celo, está bien. Pero al menos ve a cenar con los nuestros. —De repente, se puso serio—. Me sentiré realmente mal si me entero de que te pasas todo el tiempo aquí.

Sasuke se puso en pie despacio.

—Sabes que me gusta el bosque.

—Ya. Si no fueras un lobo, creo que te habrías convertido en un ermitaño.

Sasuke le lanzó una media sonrisa divertida.

—No me tientes —dicho esto, suspiró—. Iré a cenar con los demás, no te preocupes por mí. No quiero causarte problemas con tu compañero ahora que lo has encontrado.

Sai iba a abrir la boca cuando unos sonoros chapoteos llamaron su atención. Sasuke se giró en dirección al río.

—¿Has oído eso? —preguntó Sai.

Sasuke frunció el ceño.

—Sonaba muy grande para ser un pez.

—¿Una pareja jugando en el río, tal vez? —Pese a su pregunta, no parecía muy convencido.

Sasuke se quitó el jersey con rapidez.

—Vamos a averiguarlo.

Ambos se transformaron y corrieron hacia el río. Este estaba a las afueras del territorio de la manada de Sven, donde se encontraban, por lo que los guardias que patrullaban las fronteras no se hallaban cerca. Sasuke y Sai temían que se tratara de algún tipo de ataque por parte de otros cambiantes o incluso de otra manada de hombres lobo. Habían escuchado que había una más arriba con la que no tenían una buena relación debido a problemas territoriales en el pasado, aunque ahora estaban en paz.

Al llegar, tal como temían, no encontraron a una juguetona pareja adolescente que se había alejado del territorio para darse un baño nocturno, ni vieron signos de presencia alguna.

Los dos se miraron un momento antes de que Sasuke olfateara ruidosamente. Sin embargo, y como sospechaba, no detectó nada con el olfato. Si algo había venido por el río, el agua había eliminado su rastro de forma temporal, y, si era un enemigo, sería lo bastante inteligente para camuflar su olor restregándose contra la tierra y la vegetación.

Por eso, Sasuke y Sai se separaron para buscar huellas y rastros en la hierba y el musgo de que alguien había pasado por allí.

Hubo dos sorpresas.

La primera, que no tardaron mucho en encontrar unas huellas.

La segunda, que eran muy pequeñas. Demasiado para pertenecer a un adulto.

Sasuke y su primo se miraron con los ojos muy abiertos, asustados. ¿Qué hacía un cachorro solo a esas horas de la noche y fuera del territorio?

Sai ladró y se separó corriendo de Sasuke, en busca de otros signos que le confirmaran que el cachorro estaba realmente solo y que sus padres o hermanos no habrían llegado a otro tramo del río.

Sasuke, por otro lado, siguió las huellas con desesperación. El pequeño se había arrastrado por el suelo desde el río hasta internarse en el bosque, vio las marcas de sus dedos y de sus zapatos hundidas en el suelo y un claro rastro de hierbas aplastadas por un cuerpo. Su preocupación incrementó al ver su tamaño; el cachorro era muy pequeño, no debía de tener ni diez años. Si había salido del río a esas horas y con esas temperaturas, estaría muy débil. Debía encontrarlo cuanto antes y llevarlo corriendo a la manada para darle atención médica.

Se sintió afortunado de que su rastro fuera tan fácil de seguir y de que no hubiera llegado muy lejos. Encontró las últimas señales de él debajo de una frondosa picea cuyas ramas más bajas cubrían el suelo, incluyendo un hueco que se había formado bajo las raíces.

Sasuke arrancó tres ramas que le obstaculizaban el camino y ladró en el agujero, olfateándolo. El rastro conducía hasta allí, pero no podía localizar al cachorro con su hocico, eso lo ponía nervioso.

Un jadeo muy débil hizo que alzara las orejas. Eso era todo lo que necesitaba.

Sin pensarlo dos veces, empezó a escarbar como un loco. Ni de broma cabía ahí dentro, incluso como humano era demasiado grande, así que no tenía otra que usar sus garras tan rápido como fuera posible.

Cuando lo hizo más grande, se detuvo una vez, se inclinó y metió la cabeza. Estaba tan oscuro que no podía ver nada, pero ladró dos veces, esperando obtener respuesta. Escuchó un pequeño gemido.

La buena noticia era que el agujero no era muy profundo. Si escarbaba un poco más, podría meterse y sacarlo.

La mala era que, pese a que el olor del cachorro estaba camuflado por el río, detectó un aroma agridulce.

Estaba tan muerto de miedo que no podía ocultarlo.

Sus músculos se tensaron por un instante, dejándolo paralizado, pero se recuperó rápido y se alejó para poder seguir escarbando.

El ruido de las ramas siendo sacudidas con violencia y dos ladridos hicieron que alzara las orejas, sin embargo, no detuvo su tarea. Sai llegó solo, sin llevar a nadie sobre su lomo o con la boca, por lo que supuso que el cachorro no estaba acompañado o, en el peor de los casos, sus parientes estarían muertos en el río o habrían ido demasiado abajo o más arriba. Fuera como fuera, tenía que priorizarlo a él, ya en la manada pediría una búsqueda más concienzuda.

Sai se unió a él con rapidez, comprendiendo la situación tras echar un vistazo rápido a su alrededor. Entre los dos, hicieron un hoyo más profundo en un par de minutos y Sasuke se transformó rápidamente otra vez para meterse dentro.

—Vamos, cachorro, ven —pidió mientras se arrastraba.

Escuchó otro gemido y el olor agridulce penetró en su nariz con tanta fuerza que la arrugó. Aun así, no desistió.

—Por favor, no tengas miedo. No voy a hacerte daño, estás a salvo conmigo.

Sus dedos rozaron tela mojada. El cachorro ni siquiera hizo amago de apartarse, a pesar del miedo. Temblaba tanto que probablemente no podía coordinar sus movimientos.

Sasuke maldijo en su fuero interno, su lobo lo arañó desde dentro, apremiándolo. El pequeño estaba muy mal.

—Te juro por la Gran Madre —lo intentó de nuevo, arrastrándose con fuerza, cogiéndolo por un muslo. El pobre hizo un sonido que era una mezcla de gemido y sollozo. Le partió el corazón— que jamás te haría daño. No sé lo que te ha pasado, pero te prometo por la vida de mi manada que estás seguro conmigo, estás bajo mi protección y la de los míos. Te juro que no te pasará nada malo y que haré que vuelvas con tus padres, tienes mi palabra de ejecutor.

Entonces, una manita gélida y temblorosa tocó la suya. Sus dedos presionaron contra él y el olor agridulce remitió.

Sasuke habría suspirado de alivio si no fuera porque el tiempo corría en su contra. Con todo el cuidado del que era capaz, tiró del muslo del pequeño hacia él y lo llevó al exterior tan rápido como pudo permitirse sin hacerle daño. Una vez lo sacó del árbol, pudo verlo a la tenue luz de la luna.

Como ejecutor, había visto cosas horribles, pero los cachorros siempre serían una debilidad para cualquier lobo que tuviera un corazón. El pobre cachorro debía de tener entre cinco y ocho años, su ropa mojada estaba adherida a su piel como una dolorosa segunda piel que lo mantenía atrapado en la frialdad del río y tenía la piel erizada. Estaba tan pálido que podría haberse hecho pasar por un cadáver y sus dedos y labios estaban adquiriendo un ligero tono azulado muy alarmante. Todo él temblaba y sus ojos claros estaban entrecerrados, mirándolo.

Sasuke lo tomó en sus brazos y lo apretó contra sí. Siseó por el frío, pero, aun así, lo estrechó con fuerza, esperando poder darle algo de calor. Sai había desaparecido un instante, sabía por qué, pero le puso nervioso no poder moverse; no creía poder transportar al cachorro sobre su lomo o con sus dientes, era tan frágil y estaba tan débil que una mala caída si no era cuidadoso podía ser fatal.

Escuchó cómo el pequeño lo olfateaba durante unos momentos. Entonces, no supo cómo, se las ingenió para apretar las manitas contra su pecho y enterrar la cara en el hueco de su cuello.

Pese a lo helado que estaba, apretó la mejilla contra su cabello empapado, esperando que eso lo ayudara, ya fuera con calor o como consuelo.

Pero, en ese instante, notó algo. Era algo que no debería notar, ya que el agua había enmascarado su olor, sin embargo, solo él podría haberlo notado.

Y, aunque el olor fue tan ligero como el roce de una pluma, fue suficiente. Su lobo lo reconoció.

Su destinado. El cachorro era su compañero.

El impacto hizo que cada músculo de su cuerpo se tensara. En ese momento, no pudo pensar en que su Omega solo era un niño, o todas las dificultades que podrían tener en un futuro.

Su destinado se estaba muriendo. Estaba muriendo en sus brazos.

Estaba a punto de levantarse para salir corriendo cuando oyó a Sai. Al girarse, este ya había saltado unos arbustos para quedarse a su lado y le lanzó parte de la ropa que llevaba en el morro antes de convertirse en humano.

—Tú vístete y yo lo cubro —le dijo con los brazos tendidos hacia él para que le diera al cachorro.

En otra situación, Sasuke no se lo habría entregado, pero sabía lo que tenía que hacer para salvarlo, solo había una manera.

Mientras le tendía al pequeño, le dijo en voz baja y todavía incrédula:

—Es mi destinado.

El cuerpo de Sai se sacudió por la sorpresa y alzó los ojos hacia él.

—¿Qué?

—Es mi Omega —susurró con los ojos húmedos.

Sai soltó una maldición ininteligible y le ladró:

—¡No va a morir! ¿Me oyes? —Dejó al cachorro en el suelo y le arrancó la ropa húmeda antes de coger una camiseta y secarlo tanto como pudo con ella—. ¡Vístete, ya! ¡Tu compañero te necesita!

Para cuando Sai terminó de decir esas palabras, a Sasuke solo le faltaba ponerse una sudadera. No es que se hubiera rendido con su destinado, no estaba al borde de las lágrimas por eso, solo era la tensión, el sentir que tenía la cabeza nublada por el miedo, la sensación de que esa situación podía superarlo y, por culpa de ello, perderlo.

Jamás se había sentido tan agradecido por tener a Sai a su lado. Sabía que él podía manejarlo, solo tenía que seguirlo.

En cuanto terminó de vestirse, se apresuró en ayudar a Sai a cubrir al cachorro. Toda la ropa era grande, pero era mejor que nada. Dio gracias a quien hubiera metido una camiseta de manga larga térmica, y luego le pusieron un jersey encima y una sudadera. Todo cubría sus brazos y piernas, por lo que el cachorro no podría moverse, aunque, de todos modos, los temblores tampoco se lo permitían.

Sai le entregó de nuevo al cachorro y Sasuke lo apretó contra sí con desesperación.

—Pediré ayuda, pero no me detendré hasta llegar a la enfermería, ¿entendido? —Antes de recibir ninguna respuesta, ya se había transformado y le ofrecía a Sasuke su lomo.

Saltó sobre él sin pensarlo y se aferró a su pelaje con una mano mientras que con el otro brazo sujetaba a su destinado y lo apretaba contra su cuerpo para darle calor y protegerlo de cualquier impacto fuerte durante la carrera.

Sai voló por el bosque, saltando obstáculos con la gracilidad de una liebre y pateando el suelo con la fuerza de un oso. Hacía mucho que no lo veía correr así, pero agradeció que siguiera en buena forma.

—A…

Sasuke se sobresaltó al escuchar la voz del cachorro. Inclinó la cabeza para poder oírlo mejor.

—Te tengo, pequeño. Vas a estar bien, aguanta —intentó que su voz sonara confiada, pese a que por dentro estaba tan muerto de miedo que su propio olor se habría vuelto agridulce.

—Al… fa… —susurró con apenas un hilo de voz.

Sasuke juró que su corazón se detuvo en ese instante. El cachorro era muy pequeño para entender lo que eran el uno para el otro, pero, de algún modo, se sintió como si lo hubiera reconocido.

Aparte del miedo, no estaba seguro de qué emoción se trataba, pero, fuera cual fuera, se le atoró en la garganta. Sin embargo, luchó por no dejarse llevar y se concentró en la respiración del cachorro. Se había vuelto rápida y superficial, pero aún respiraba. Su cuerpo temblaba de forma violenta, pero aún se movía.

Seguía vivo y eso era lo único que importaba ahora.

De repente, Sai aulló. Sasuke sintió un atisbo de esperanza al ver las luces cálidas de las cabañas de la manada de Sven entre los árboles.

—Cachorro, ¿me oyes? —susurró en su oído—. Estamos en casa, vas a estar bien.

Antes incluso de llegar al pueblo, Sasuke vio a Kurogane corriendo hacia ellos en forma de lobo. Sus ojos rojos detectaron el bulto que tenía en el brazo y giró rápidamente, abriéndole el camino a Sai y ahuyentando a todo el mundo entre gruñidos bestiales que habrían hecho que hasta el mismísimo Diablo se cagara encima del susto.

Cuando llegaron a la enfermería, Sasuke se bajó de un salto y fue directo a las puertas. Fuera, ya esperaban dos Omegas vestidos de enfermeros. Notó que Sai y Kurogane iban tras él en forma humana, pero no les prestó atención.

—Necesita ayuda —suplicó.

Ambos Omegas se fijaron entonces en el cachorro y palidecieron. Uno de ellos corrió hacia él mientras que el otro gritaba dentro del edificio que tenían una urgencia.

Pero, de repente, Kurogane rugió.

Sasuke envolvió sus brazos alrededor del cachorro para protegerlo de la amenaza y saltó hacia atrás. Sai ya estaba delante de él, cubriéndolo y asegurándose de que nada llegara hasta ellos. Aun así, abrió los ojos como platos al ver que un Alfa le plantaba cara a Kurogane. Los dos todavía estaban en forma humana, pero el pelo les brotaba por toda la espalda y los brazos.

—¿Qué mierda haces? —La voz de su ejecutor era tan profunda que no era humana.

El Alfa señaló de repente al cachorro. Todos los instintos protectores de Sasuke se activaron. No se transformó porque sostenía al pequeño, pero le brotó pelaje hasta en las mejillas por la intensidad de la rabia.

—Ese cachorro es de los Uzumaki.

—¿Y qué? —soltó Sai, tan enfadado que también empezaba a salirle pelo por los hombros—. No tenemos tiempo para tonterías, ¡necesita ayuda ya!

—¿Qué está pasando?

Sasuke se giró al reconocer la voz de Shin. Venía corriendo junto a otros miembros de su manada y algunos de la Uchiha, ya que habían escuchado el aullido de Sai y los gruñidos de Kurogane. Entre ellos, estaban Seishiro y Fuuma, otros dos de sus ejecutores, que, al verlos amenazados, corrieron a tomar posiciones en los flancos de Sasuke.

Sai miró a su compañero de reojo, pero no se apartó de Sasuke ni dejó de vigilar su alrededor.

—Hemos encontrado a un cachorro que necesita ayuda médica —explicó con rapidez.

—¿Qué? —Shin miró un instante el bulto de Sasuke y, luego, corrió hacia él—. ¡Yo me ocupo!

El Alfa que estaba frente a Kurogane aulló de rabia.

—¡Ni se te ocurra, Shin! ¡Es un jodido Uzumaki!

Sai le rugió de vuelta.

—¡No amenaces a mi compañero!

—¡Me da igual! —le gritó Shin al Alfa, llegando hasta Sasuke, que permitió que lo examinara. Estaba tenso, pero sus facciones no revelaron alarma—. Está bien, aún tenemos tiempo. ¡Vamos!

Sin embargo, algunos miembros de la manada de Sven, en su gran mayoría Alfas, empezaron a rodearlos.

—¿Qué coño pasa aquí? —masculló Sai.

Sasuke soltó un gruñido inhumano y cargado de rabia. Su compañero seguía temblando, su respiración sonaba artificial y era más rápida que antes.

Pero había tiempo. Confiaba en el compañero de Sai, ahora eran familia.

Pese a que todo su cuerpo se revelaba, le entregó el cachorro a Shin con cuidado.

—Sai —lo llamó con firmeza—, te confío su vida. —Su primo se sobresaltó y lo miró. Sasuke arrugó la nariz y mostró los colmillos—. Ningún chucho de mierda llegará hasta vosotros. Llevadlo a la enfermería y salvadlo por mí.

Los ojos de Sai brillaron y se hizo a un lado para cederle su posición a Sasuke. Este saltó hacia delante mientras que su primo tomaba a Shin y lo llevaba corriendo a la enfermería. Un Alfa y un Beta que estaban cerca intentaron cerrarles el paso, pero Sasuke derribó al Alfa colocándose encima y golpeando su cabeza contra el suelo con tanta fuerza que lo dejó aturdido.

El Beta, en cambio, se quedó paralizado cuando Fuuma apareció ante él con una sonrisa que dejaba expuestos sus largos colmillos.

—¿Seguro que quieres intentarlo? —le preguntó.

El Beta retrocedió trastabillando.

Seishiro y Kurogane se reposicionaron cerca de Sasuke. No fueron los únicos. Todos los miembros de la manada Uchiha que habían llegado, Alfas que no eran ejecutores, Betas e incluso los Omegas, se interpusieron entre la enfermería y la manada anfitriona.

—¿Qué mierda les pasa a estos lobos? —se preguntó Fuuma tras ahuyentar al Beta mientras vigilaba su lado.

Sasuke no tenía ni puta idea ni podía importarle menos.

Levantó la voz lo suficiente como para que sus ejecutores lo oyeran:

—Escuchad, ese cachorro es mi destinado.

Seishiro y Fuuma lo miraron sorprendidos. Kurogane no se giró, pero vio cómo su cuerpo temblaba ligeramente.

—Nada vivo llegará hasta este edificio —declaró con voz potente.

—Joder, cuenta conmigo —Sasuke reconoció la voz de Kiba. El Alfa no era ejecutor, pero era un guardia de su manada y peleaba bastante bien—. Si es tuyo, es de los nuestros.

—Y aunque no lo fuera —declaró Shikamaru, un Beta. No era el mejor luchador, pero apreció que, con lo perezoso que era, se hubiera unido a la pelea—, sigue siendo un cachorro. Mierda, ni siquiera yo puedo mirar a otra parte.

Hubo otras declaraciones y gruñidos de apoyo por parte de los miembros de su manada. Sasuke lo agradeció. Sabía lo que significaba entrar en combate con otra manada, más aún siendo los invitados. Inferioridad numérica, pocos ejecutores de su lado. Defender la enfermería sería un maldito infierno si toda la manada se ponía en su contra.

La observó con atención. Los Omegas no parecían tener intención de participar, la mayoría de ellos parecían asustados o arrugaban la nariz, como si no aprobaran los actos de su propia manada. Casi todos los Betas se hicieron a un lado del conflicto y parecían preocupados, pero hubo algunos que estaban muy enfadados y, o bien animaban a los Alfas, o se habían unido a ellos en la refriega.

Los Alfas eran harina de otro costal. Muchos estaban listos para pelear, aunque unos pocos permanecieron al margen, visiblemente incómodos y murmurando entre ellos.

—¿Dónde está Sven? —preguntó Seishiro.

Sasuke no lo sabía, pero, hasta que llegara, tenía que lidiar con la situación.

—Kurogane, a mi lado —ordenó.

Sasuke avanzó hasta su posición, confiando en que Kiba protegiera su flanco en su lugar. Este lo hizo en completo silencio, atento y vigilante.

Kurogane lo siguió hasta que estuvo al frente de sus anfitriones y futuros enemigos si tenían los huevos necesarios para hacerle enfadar un poco más. Se sentía al límite de su paciencia y estaba seguro de que todos podían paladear su ira en el aire, pero se contuvo por el bien de su compañero.

Aunque deseaba arrancarles la garganta uno a uno, lo primero era su Omega. Necesitaba que estuviera a salvo y no lo estaría si aquello se convertía en una jodida guerra.

Así que inspiró hondo y dijo en voz alta y fuerte, aunque pausada para que todos lo entendieran con claridad:

—El cachorro es mi destinado —declaró, provocando exclamaciones de sorpresa entre la multitud. Muchos de los Alfas que se habían adelantado para luchar palidecieron—. Me importa una mierda de dónde sea o los problemas que tengáis con su familia o su manada. Es mío y juro por la Gran Madre que, si muere aquí, yo os destruiré, a todos y cada uno de vosotros, a vuestras familias, vuestra manada y este puto pueblo —gruñó enseñando los dientes y dejando que su pelaje se extendiera por su cuerpo, al borde de la transformación—. Podéis intentar matarme si queréis, pero no viviríais mucho. Los Uchiha irán a por vosotros después y borrarán cualquier rastro de vuestra existencia. Será como si nunca hubierais nacido.

Su discurso tuvo el efecto deseado. Los Alfas o bien retrocedieron o se detuvieron para mirarse entre ellos, claramente inquietos. Aun así, Sasuke no bajó la guardia. No se arriesgaría estando la vida de su destinado en juego.

Antes de que los Alfas pudieran tomar una decisión, una voz fuerte se alzó entre todos:

—Nadie le pondrá una mano encima al cachorro.

Sasuke se estremeció, refrenando su rabia al escuchar a Sven. Lo buscó con la mirada, sintiéndose esperanzado al ver el modo rabioso en que clavaba los ojos en su propia manada. Los Alfas y los pocos Betas que se habían unido relajaron su postura, agachando la cabeza, aunque hubo algunos que fruncieron el ceño. Su lenguaje corporal no mostraba agresividad ni indicios de desafío, pero tampoco parecían contentos.

—Pero, Alfa, el cachorro es… —dijo el que había confrontado a Kurogane.

—Un Uzumaki, eso he oído —gruñó Sven caminando directamente hacia ellos—. En esta manada no dejamos morir a los cachorros, vengan de donde vengan. ¿He sido claro? —preguntó en un tono más alto, deteniéndose en seco y girándose hacia sus lobos.

Todos agacharon la cabeza. Incluso los Alfas que no parecían contentos acabaron obedeciendo.

Sasuke buscó a Kurogane con el rabillo del ojo. Había retraído su pelaje y se había erguido, por lo que no presentía una amenaza inmediata.

Él imitó su gesto, pero no fue capaz de relajarse del todo. Casi todo su pelaje desapareció, aunque pudo notar que el de su espalda se resistía a esconderse de nuevo.

Cuando Sven llegó hasta él, sus facciones ya no mostraban la rabia de antes, al contrario, parecía apenado.

—Lamento mucho esta situación. Disculpa a mi gente.

Sasuke gruñó:

—Mi destinado está siendo atendido por algunos de los tuyos. Lo dejaré pasar si no vuelven a interponerse.

Sven asintió y les hizo un gesto a su manada para que se dispersara, no queriendo que los Uchiha se sintieran amenazados en modo alguno. Su gente se fue, pero el resto permanecieron. Shikamaru ya estaba organizando a los suyos para hacer turnos y cocinar la cena mientras que el resto se quedaría en el edificio por si el compañero de Sasuke necesitaba cualquier cosa y podían ayudar de algún modo.

De repente, Kurogane se situó tras este y posó una mano sobre su hombro.

—Ve con tu cachorro —le dijo en un tono bajo y más suave del habitual—. Yo me ocupo de los nuestros en tu ausencia. Preocúpate solo por él.

Sasuke lo miró con el corazón en un puño. En sus ojos escarlata, aparte de su dureza habitual, vio un atisbo de comprensión y de alguna emoción más cálida que no supo cómo definir.

Se giró hacia él y le dio un apretón en el brazo antes de dar media vuelta, dirigiéndose a la enfermería seguido de Sven. Nada más entrar, vio a Sai, ya totalmente vestido, que tensó un instante todo su cuerpo antes de relajarse.

—¿Todo bien?

Sasuke hizo un brusco asentimiento.

—¿Y mi Omega? —preguntó con un nudo en la garganta.

Sai lo cogió por los hombros con fuerza.

—Está en segunda fase de hipotermia, pero no pinta mal, primo —le dijo antes de que a Sasuke le fallaran las piernas. Sai lo apretó más fuerte—. Tienen una sala preparada para casos como el suyo. Le han puesto una manta y la calefacción está a tope. Debería mejorar en un rato.

Sasuke dejó escapar el aire de sus pulmones, aliviado hasta tal punto que se tambaleó un poco sobre sus propios pies. Sai y Sven lo ayudaron a sostenerse.

—Gracias. De verdad.

Sai esbozó una diminuta sonrisa.

—Ni se te ocurra. Somos familia. Ese pequeñajo también.

El golpe de una puerta los sobresaltó. Sasuke se irguió nada más ver a Shin. Tenía clavados sus ojos en él.

—¿Todo bajo control ahí fuera? —preguntó.

Sven respondió por él:

—No te preocupes por eso. ¿Va todo bien?

Sin responder, les hizo un gesto para que lo siguieran y dio media vuelta, caminando rápido. Los tres lo siguieron sin vacilar.

—¿Qué le pasa? —preguntó Sasuke mientras pasaban las habitaciones.

Shin sacudió la cabeza.

—Sin cambios. Solo queremos usar todo lo que tengamos a mano para ayudarlo a mejorar.

—¿Qué necesitas? —preguntó Sai.

El Omega abrió una puerta y les hizo un gesto para que entraran.

—Rápido, no quiero que se vaya nada del calor.

Sasuke casi se abalanzó sobre la puerta. Sus ojos se clavaron de inmediato en la pequeña figura envuelta en una manta en mitad de una camilla. Todavía temblaba y tenía la respiración agitada, pero se sintió mejor al darse cuenta de que ya no era superficial.

—Cachorro —lo llamó sin ser apenas consciente, sentándose a su lado para tocar su frente. Seguía frío, pero estaba seguro de que su temperatura había ascendido un par de grados. Se estremeció de alivio y miró a Shin y a los dos Omegas que estaban en la sala, vigilando al cachorro—. Muchas gracias.

Shin se colocó al otro lado de la cama.

—Abrázalo, que note tu aroma —ordenó.

Sasuke obedeció sin pensarlo dos veces mientras que el Omega arremolinaba bien la manta alrededor del cachorro para que no se destapara con el movimiento. Sasuke lo puso en su regazo y lo acunó contra su pecho.

—¿Esto lo ayudará? —preguntó.

—Queremos darle todo el calor pasivo posible —explicó antes de señalarlo con un dedo—. No frotes su piel, eso lo empeorará. Su cuerpo debe calentarse por sí mismo, un cambio de temperatura drástico sería fatal para él ahora. —Miró la sala como si comprobara que todo estaba en orden—. Le hemos secado a fondo y cambiado la ropa. La que le pusisteis ya estaba un poco húmeda. Entre esta sala y la manta debería mejorar, pero pensamos que el calor y el olor de su compañero lo ayudarían.

Sai frunció el ceño.

—¿El cachorro lo sabe? No estoy al día sobre cómo va el tema en estos casos, pero estoy bastante seguro de que hasta que no llegamos a la pubertad no nos damos cuenta.

Uno de los Omegas que estaba en la habitación, comprobando la temperatura de la calefacción, sacudió la cabeza.

—No entiende que es su destinado, pero el vínculo está ahí de todos modos —dicho esto, sonrió, mirando a Sasuke—. ¿Lo ves? Ya lo está buscando a pesar de que no lo conoce.

Sasuke se sorprendió cuando sintió cómo su naricita se movía en su dirección. Pese a que tenía los ojos cerrados, sabía que estaba despierto. Su cabeza, apoyada en su pecho, se frotó contra él, como si buscara de forma inconsciente el calor de su cuerpo.

El Alfa lo agarró un poco mejor con un solo brazo y acarició su cabello rubio con la mano libre.

—Hola, cachorro.

Lentamente, el pequeño alzó la cabeza, revelando unos cansados pero bonitos ojitos azules. No parecían capaces de enfocarse del todo en él.

—¿Alfa? —Su voz también sonaba un poco mejor. Gracias a la Gran Madre.

—Estoy aquí —susurró Sasuke, inclinándose para frotar su nariz con la suya—. Lo estás haciendo muy bien.

El pequeño emitió un ruido suave y tembloroso, como si fuera un intento de ronroneo. Luego, inclinó la cabeza y la enterró en su pecho. Sasuke escuchó cómo aspiraba su olor y soltaba un suspiro entrecortado.

Su animal interior se sintió feliz porque su aroma pudiera reconfortarlo. Lo apretó contra sí y frotó su mejilla en su pelo.

—Vas a estar bien.

Entonces, el pequeño se sobresaltó y volvió a mirarlo. Esta vez, tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Alfa… —jadeó, intentando hablar a pesar de los temblores—. Mi mamá… y papá… Por favor… Ayuda…

Sasuke sacudió la cabeza, sorprendido.

—¿Qué? ¿Están en peligro? ¿Dónde?

El cachorro intentó explicarse, pero entre los temblores y los sollozos, no pudo expresarse. Al final, solo pudieron entender lo siguiente:

—Busca… mi hermano…

El Alfa buscó con la mirada a Sven, que tenía los ojos como platos. Sasuke gruñó con fuerza.

—Espero que tu manada no esté metida en esto, Sven.

Él retrocedió un paso y levantó las manos.

—Mi manada y los Uzumaki tenemos un tratado de paz. No nos llevamos bien, pero de ninguna manera provocaría una guerra con ellos, y menos ahora.

—¿Por qué? —preguntó Sai, que se había quedado junto a su compañero.

Sven hizo una mueca.

—Este Omega es el segundo hijo de Kushina, la Primera Alfa. Es poderosa, nos puso en jaque a mí y a otras manadas cuando quiso instalarse aquí. —Miró al cachorro con cierta inquietud—. Pero tiene otro hijo, su primogénito. Es una verdadera bestia.

—¿Más que Kurogane? —preguntó Sai con las cejas alzadas.

Sven se balanceó sobre sus pies, dudando.

—Sinceramente, no sabría por quién de los dos apostar —dicho esto, suspiró—. Mi manada no es la más fuerte de Alaska, pero tampoco es débil y, aun así, de ninguna manera quiero una guerra contra esos dos Alfas.

—¿Dónde está su manada? —preguntó Sasuke sin andarse por las ramas.

—Río arriba, al otro lado de la orilla. Son los primeros que verás —dicho esto, frunció el ceño—. ¿Piensas ir?

Él arrugó la nariz.

—¿Debo preocuparme porque tu manada le haga daño a mi compañero mientras no estoy?

Sven lo miró con gravedad, a punto de enseñar los colmillos.

—Mi relación con Kushina es tensa, no lo niego —dijo antes de mirar al cachorro. Sus facciones se suavizaron y sus ojos se ablandaron—, pero el cachorro no es culpable. Jamás le haría daño. Y mataré a cualquiera de mi manada que se atreva a ponerle una zarpa encima.

—¿Tus ejecutores son leales? —le preguntó Sai. Tenía los hombros tensos.

Sven asintió con brusquedad.

—Leales y con honor. Morirán antes que permitir que el cachorro sufra daño alguno. —Miró tanto a Sasuke como a Sai—. Tenéis mi palabra.

Sasuke cogió aire despacio. Quería creer en Sven, pero, hasta hace media hora, había confiado en su manada para ayudar a su destinado y habían sido atacados.

—Confiad en Sven —dijo Shin de repente. Había cogido a Sai de la mano y miraba a Sasuke con decisión—. Ninguno de nuestros ejecutores es un desalmado.

—¿Dónde estaban cuando nos atacaron? —preguntó Sasuke, mordaz.

—Cinco están apareados y pasando el tiempo con sus compañeros —dijo Sven—, a los otros tres que tenía libres los envié a diferentes zonas para liderar las guardias en las fronteras en una última comprobación antes de que empiece el celo, por si alguien se siente tentado a atacarnos. Los otros dos han ido al lago que hay abajo a varios kilómetros. —Hizo una mueca—. Nuestros jóvenes más rebeldes van allí a cortejar a sus parejas y a veces se pasan de la raya luchando entre ellos. Los he enviado a supervisar.

Sasuke cerró los ojos un instante antes de observar a su compañero. Tenía los párpados cerrados ahora, pero se apretaba contra él pese a que temblaba.

—Primo —le dijo Sai con suavidad—, sé lo que te pide tu instinto, pero son sus padres. —Al oír eso, Sasuke alzó la vista. Los ojos de su primo eran tristes—. Aunque sea tuyo, es un cachorro. Necesita a su familia.

Inspiró hondo otra vez y dejó escapar el aire despacio. Después, se giró hacia Shin.

—Por favor, cuídalo por mí.

Shin estiró los brazos para coger al cachorro.

—Con mi vida —dijo con firmeza—. Tienes mi palabra.

Sasuke apretó un momento a su pequeño compañero y le susurró:

—Voy a por tus padres y tu hermano. Aguanta por mí, ¿vale?

Cuando el Omega hizo un tembloroso asentimiento, lo besó en la cabeza y se lo entregó a Shin. Uno de los enfermeros lo ayudó de inmediato a acomodar la manta a su alrededor de forma correcta.

Sasuke, por otro lado, se irguió en toda su altura y le lanzó una dura mirada a Sven.

—Llama a tus ejecutores apareados. Confiaré en ti, Sven —dijo despacio, para que no se le escapara ni una sola palabra—, pero quiero que sepas que lo que he dicho antes es en serio. Uno de los tuyos le hace daño y arraso este lugar.

Sven asintió y giró sobre sí mismo.

—Estoy con las llamadas.

Conforme con eso, Sasuke intercambió una mirada con Sai. Este, sabiendo lo que iba a pasar, le dio un beso rápido a su pareja y fue tras él.

—Vamos con los nuestros, ¿no?

—No tenemos muchos ejecutores aquí —gruñó Sasuke—, así que los necesito a los tres. Por eso recelaba de dejar a mi cachorro solo. Los nuestros saben luchar, pero no tan bien como nosotros.

—Pero si vamos a por sus padres sin nuestros ejecutores, estaremos jodidos también —maldijo Sai antes de suspirar—. Entiendo tu dilema. Pero confío en Sven, y, sobre todo, en mi Shin.

Sasuke asintió. Él confiaba también en el Omega, y en los otros dos que estaban con él. Pese a que habían reconocido a su compañero, no habían dudado en ir a salvarlo.

Al salir del edificio, todos los miembros de su manada allí reunidos se levantaron. Kurogane, Seishiro y Fuuma se acercaron al instante.

—¿Cómo está? —preguntó este último. Parecía el más acongojado de los tres.

—Está resistiendo —dijo Sasuke en voz baja.

—¿Hay algo que podamos hacer? —preguntó Seishiro con una voz más suave que la habitual.

Él clavó los ojos en los tres.

—Necesito vuestra ayuda.

Kurogane cruzó los brazos a la altura del pecho.

—Solo dilo, mocoso.

—La familia de mi compañero está en peligro —explicó. Fuuma y Seishiro se tensaron, mientras que Kurogane solo arrugó la nariz y entrecerró los ojos—. No tengo ni idea de lo que pasa realmente, el pobre apenas puede hablar, pero me ha rogado que los salve. No puedo ignorarlo.

—¿Y qué pasa con su protección? —preguntó Fuuma.

Sasuke dios dos pasos a un lado y gritó:

—¡Kiba!

En tres segundos, el Alfa ya estaba parado a su lado. Por su cara, parecía más que listo para patearle el culo a quien fuera.

Bien, justo lo que necesitaba.

—¿Qué pasa? ¿El cachorro está bien? ¿Qué necesitas?

—Aguanta por ahora —dicho esto, se acercó a su oído y bajó la voz—. Algo les ha pasado a sus padres y debo ocuparme. Sven dice que se encargará de la protección de mi compañero. Creo que es de fiar, pero sigo intranquilo. Me sentiría mejor si los nuestros permanecen cerca, ¿me entiendes?

Kiba se separó con un brillo en los ojos.

—Perfectamente —respondió, poniendo una mano en su hombro—. Ve tranquilo. Lo cuidaré como si fuera de mi propia camada. —Echó un vistazo hacia el resto de los lobos Uchiha que aún estaban allí, mirándolo acongojados, a la espera de buenas noticias—. Todos lo haremos.

Sasuke le dio un apretón en el brazo, profundamente agradecido y conmovido. Kiba le dijo que no se preocupara por nada y que él le explicaría la situación a su manada, que fuera a hacer lo que tenía que hacer. Después de eso, Sasuke empezó a correr hacia el bosque mientras se quitaba la ropa, seguido de cerca por Sai, Fuuma, Seishiro y Kurogane.

No tenía ni idea de a lo que iban a enfrentarse, pero había jurado por la Gran Madre que llevaría a su cachorro con sus padres y, entre sus ejecutores, lobos experimentados y de su total confianza, su primo, sangre de su sangre, y la rabia que hervía dentro de él, estaba convencido de que no había nada que pudiera impedirle cumplir su promesa.


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