Sweet parents
Cuando
Sasuke bajó a la recepción del hotel, dejó escapar un suspiro cansado.
Había
sido un mes muy ajetreado, sin embargo, todo había salido bien, al final. Su
compañero quedó fuera de peligro, su familia estaba sana y salva, y, gracias a
la Gran Madre, Minato y Kushina accedieron al final a permitirle formar parte
de la vida de Naruto.
Aun
así, a pesar de conseguir ese gran paso, apenas tuvo un día para hablar un rato
con el cachorro, ya que la época de celo empezó y él decidió no verlo durante
ese período de tiempo. No fue porque temiera hacerle nada, ni por falta de
control, era lo bastante mayor como para hacer vida normal durante ese tiempo,
aunque fuera incómodo. No, lo hizo por Minato, para que pudiera estar tranquilo
y demostrarle, de paso, que no era ninguna especie de bastardo pervertido que
tocaría de ese modo a un cachorro. Maldita sea, él estaría en la cola para
cazar a un cabrón así.
De
modo que aceptó la invitación de Sven de quedarse en una de las habitaciones de
la Casa de la Manada, dejando que Naruto y su familia permanecieran en la
enfermería.
Aun
así, y para su sorpresa, hubo quejas.
Por
parte del cachorro.
Al
parecer, cuando sus padres le dijeron que no podía verlo, se echó a llorar.
Pensó que no querían decirle que, en realidad, había estado herido de gravedad
por ayudar a su familia y creyó que había muerto. Kurama le contó que la
expresión de Minato fue muy divertida, como si no le hubieran advertido
doscientas veces de que Naruto ya estaba vinculado a él, a pesar de ser solo un
cachorro. Al final, solo lograron calmarlo cuando lo llamaron por teléfono y
pudieron hablar durante un rato; aun así, a Sasuke le costó bastante
convencerlo de que estaba bien y que simplemente no podían verse porque la
época de celo era dura para los adultos, en vez de que en realidad estaba
grave. Pese a todo, logró evitar que fuera a buscarlo bajo la promesa de que
hablarían todos los días.
Para
cuando el celo llegó a su fin y pudieron verse, un recuperado Naruto corrió a
sus brazos para olfatearlo sin parar mientras se acurrucaba en su pecho y lo
abrazaba por el cuello. Aún se le escapaba una sonrisa al recordar la ternura
que le inspiró… hasta que la cara malhumorada de Minato pasaba por su cabeza.
Contuvo
otro suspiro mientras dejaba su bolsa de viaje en el suelo y se dejaba caer en el
sofá.
Tras
el celo, aún tuvieron que esperar una semana más para poder trasladar a Fye.
Sasuke ordenó a su gente que se adelantaran, dejando a Seishiro y a Fuuma a
cargo, mientras que él se quedaba con los Uzumaki, Sai y Shin (este último
había decidido trasladarse con su compañero a Japón) y Kurogane, por supuesto.
Era consciente del recelo de su mano derecha hacia la manada de Sven y no
quería dejarlo solo con su compañero herido para evitar problemas, de modo que
aprovechó para que los Uzumaki terminaran de recuperarse de la horrible
experiencia.
En
ese tiempo, se enteró por Sven de que, durante el celo, la antigua manada de
Kushina no lo había pasado bien.
Los
Alfas de la manada empezaron a luchar entre sí por el liderazgo, la mayoría
seguidores de Genzo o aquellos que estaban solteros (era extraño que los que
tenían familia, sobre todo cachorros, se arriesgaran a los desafíos), pero el
caso es que el cargo fue pasando de uno a otro cada pocos días, dejando al
resto sumido en el caos y a la manada desprotegida en un momento de máxima
vulnerabilidad.
Al
final, el número de Alfas se redujo de forma drástica. Eso significaba que no
había lobos fuertes para defender el territorio; era cierto que podía haber
Betas y Omegas lo bastante poderosos para hacer frente a un Alfa, pero no era
algo habitual. Por tanto, la manada no tenía la más mínima oportunidad frente a
otra que sí contaría con un gran número de Alfas.
Así
que hicieron lo único que podían hacer: someterse.
Sasuke
se sorprendió cuando Sven le confesó que habían pedido formar parte de su
manada, pero supuso que tenía algo que ver con el tratado de paz. Tal vez
habían esperado que Sven fuera más clemente con ellos por eso.
Y,
cuando le preguntó qué haría, Sven lo sorprendió de nuevo al decir que estaba
planeando dividir de nuevo aquel territorio entre las manadas que lo tuvieron
antes de la llegada de Kushina. Dijo que, así, podría forjar una alianza fuerte
con ellas y, además, aseguraría que la antigua manada de Kushina tuviera más
opciones aparte de la suya.
En
otras palabras, estaba dispuesto a acogerlos, pero temía la reacción de su
gente a algunos lobos y quería repartirlos. Ofreciendo el antiguo territorio de
los Uzumaki a las otras manadas era una forma de asegurarse de que dichos lobos
tuvieran otro lugar al que ir y empezar de cero. Así, la manada se disolvería y
se mezclaría. No pasarían a ser parte de las otras manadas de forma inmediata,
pero, al menos, les daba la oportunidad de esforzarse por hacerlo al mismo
tiempo que la dividía para evitar golpes traicioneros y que, a través de
uniones de compañeros y establecimientos, seguidos por nuevas camadas de
cachorros, se convirtieran en nuevos miembros de las manadas originales de la
zona.
Era
inteligente al mismo tiempo que piadoso. Sasuke podía comprender la
desconfianza hacia la manada de Kushina, no solo por los roces del pasado, sino
por la traición actual. Una masacre podría estar justificada hacia los adultos,
pero no para los cachorros. Estos no tenían la culpa de las acciones de sus
padres y dejarlos huérfanos era también demasiado cruel.
De
esta manera, tendrían la ocasión de jurar una nueva lealtad y, esta vez,
ceñirse a ella.
Pese
a toda la nueva información, no les dijo nada a Kushina o Kurama. Tampoco ellos
le preguntaron a nadie si sabían algo de su manada. Debían de estar bastante
ocupados en sus propios traumas, el celo y hacerse cargo de la familia.
Así,
cuando Fye estuvo listo para viajar, aunque no totalmente recuperado, se
pusieron en marcha para volver a Japón. Tuvo que dar las gracias a su madre por
haber conseguido un jet privado, hizo que el viaje fuera mucho más cómodo tanto
para Fye como para Naruto. Era el primer viaje en avión de su compañero y
estuvo bastante intranquilo en algunos tramos, por lo que solía acabar hecho
una bola en su regazo, aferrado a él.
Sasuke
le preguntó una vez por qué acudía siempre a él cuando podía estar con sus
padres o su hermano y Train. Su corazón dio un vuelco cuando le respondió que,
desde aquella noche que lo rescató, su aroma lo tranquilizaba.
Fue
lo más bonito que le podía haber dicho y, desde luego, no fue capaz de
apartarlo. Se limitó a acariciar su cabello y a acunarlo un poco hasta que
volvía a calmarse o a quedarse dormido. Y, como estaba siempre en presencia de
Kushina, Kurama o Train, Minato no pudo negarse.
Así,
tres días atrás, llegaron al hotel en el que se hospedaban. Se habían dado ese
margen para recuperarse del vuelo largo y por si Fye necesitaba algún tipo de
atención antes de empezar el largo trayecto hacia las Montañas Akaishi.
Sasuke,
en parte, estaba deseando llegar a casa. Necesitaba descansar, habían sido
demasiadas cosas de golpe, y, pese a que amaba la compañía de Naruto, la
convivencia con su receloso padre empezaba a molestarlo. Podía comprender sus
temores y que no confiara en él todavía, pero ser tratado como un violador de
niños cada vez que se movía cerca de su compañero resultaba ofensivo y se
sentía cada vez más incómodo.
—Pareces
agotado, hermano.
Se
sobresaltó al reconocer la voz y levantó la cabeza. Se le escapó una sonrisa al
ver a un sonriente Itachi y una alegre Izumi, que lo saludó levantando la mano.
—Itachi,
Izumi —los saludó, poniéndose en pie para darles un abrazo.
Su
cuñada, como era de esperar, se lo devolvió con fuerza.
—Vaya,
vaya, se nota que nos has echado de menos —comentó con cierto tono burlón.
Él
resopló. En ese momento, no le importaba.
—No
sabes cuánto.
Izumi,
en sus brazos, se tensó.
—Gran
Madre, Itachi, tu hermano necesita ayuda urgente.
Itachi
esbozó una pequeña sonrisa divertida, pero se desvaneció rápido mientras se
separaba de Sasuke y le apretaba un hombro. Sus ojos negros parecían
preocupados.
—En
serio, ¿cómo estás?
Él
suspiró y dejó caer los hombros.
—Cansado.
Nada más.
Itachi
dio un paso más cerca de él y se inclinó para susurrarle:
—¿Las
cosas con tu compañero van bien? ¿Necesitas ayuda?
Sasuke
movió la cabeza a un lado y a otro.
—Él
es un encanto de cachorro, Itachi —dijo con una pequeña sonrisa, lo que
tranquilizó a su hermano—. Es su padre quien no me aguanta.
Izumi
se acercó un poco más a él. Todo rastro de diversión había desaparecido de su
rostro.
—¿Te
impedirá verlo?
—No,
pero siento cómo intenta asesinarme con la mirada —suspiró antes de rascarse la
cabeza—. No es que no lo entienda, pero es…
—Ofensivo
y frustrante —adivinó Itachi.
—Sí
—soltó Sasuke.
Su
hermano le apretó el hombro.
—Está
bien, Sasuke. Tomaré el mando a partir de aquí.
—Gracias
—dijo este, dejando que Itachi le acariciara el pelo.
Tras
ver la escena, Izumi soltó el aire y sonrió, cruzando los brazos detrás de la
cabeza.
—Parece
que todos habéis vuelto con compañero en este viaje. Tú, Sai y Kurogane —nada
más decir eso, su rostro resplandeció—. Oh, Gran Madre, necesito a ese Omega en
mi coche, Itachi. Necesito ver a Kurogane interactuar con él. Tengo que
asegurarme de que no sea un desastre o su compañero no querrá aparearse.
Itachi
soltó una risilla.
—Tú
lo que quieres es cotillear.
Izumi
le quitó importancia con un gesto de la mano.
—Cotillear,
ayudarlo, es lo mismo.
Sasuke
no pudo contener una sonrisa más relajada al ver cómo su cuñada aligeraba el
ambiente. A pesar de que le gustaba molestarlo, debía admitir que la amaba en
situaciones como aquella. Siempre sabía cómo hacer que una habitación llena de
Alfas rabiosos acabaran riendo por alguna tontería o comentario poco decoroso
suyo.
Mientras
Itachi intentaba convencer a su compañera de que no molestara a Kurogane, el
resto fue bajando de las habitaciones. Kurama y Train fueron los primeros, que
saludaron a Sasuke con calidez, como de costumbre, y se presentaron a su nueva
familia. Después…
—¡Sasuke!
Su
corazón brincó de alegría al escuchar esa voz. Se giró a tiempo de cazar al
vuelo a su pequeño compañero y cogerlo en brazos. Su cachorro le dedicó una
brillante sonrisa mientras lo miraba con sus bonitos ojos azules.
—¡Buenos
días! —lo saludó antes de abrazarlo por el cuello.
Sasuke
lo estrechó contra sí.
—Buenos
días, cachorro. ¿Has dormido bien? —preguntó al mismo tiempo que veía aparecer
a Kushina y Minato por el recibidor. El Omega parecía que había estado
corriendo, seguro que tras su cachorro, y se le veía algo ofuscado. Aun así, su
rostro se endureció al reparar en Sasuke, que lo ignoró. Kushina, por otro
lado, estaba relajada e iba detrás de su compañero llevando una maleta.
—Sasuke,
¿quiénes son?
La
pregunta de Naruto hizo que dejara de prestar atención al recelo constante de
Minato para girarse hacia su hermano e Izumi, que miraba a su compañero con
ilusión e impaciencia.
—Naruto,
son mi hermano Itachi y su compañera Izumi.
Los
ojos del pequeño se iluminaron.
—Pensaba
que erais parecidos.
Itachi
rio a la vez que se acercaba para saludar al cachorro.
—Yo
soy el más guapo —bromeó.
Sin
embargo, Naruto frunció el ceño y apretó su abrazo sobre Sasuke.
—No,
Sasuke lo es mucho más.
Hubo
un instante de silencio que fue solo interrumpido por el jadeo de Minato.
Ninguno esperaba que Naruto soltara algo así, solo tenía seis años, después de
todo. En otras circunstancias, el momento habría sido tierno, ya que todos eran
conscientes de que el cachorro veía a Sasuke como si fuera el mejor Alfa del
universo, tal vez con la única excepción de su madre y su hermano, pero no era
extraño que expresara sin pelos en la lengua que Sasuke era increíble en todos
los aspectos.
Por
desgracia, todos sabían que Minato no opinaba lo mismo y, por eso, ese momento
que podría haber sido adorable y donde podrían haber acabado haciendo bromas y
burlándose de Sasuke, se convirtió en algo tenso. De repente, el ambiente se
volvió denso e incómodo.
—Naruto,
ven aquí —ordenó Minato, avanzando hacia Sasuke.
El
cachorro frunció el ceño y se apretó contra el Alfa.
—Pero,
papá, acabo de bajar…
—Ya
—exigió el Omega con los hombros tensos y las manos convertidas en puños.
Kushina se adelantó hasta quedar a su espalda, lista para agarrarlo de ser
necesario.
Naruto
miró a Sasuke con ojos de cachorro, nunca mejor dicho, expresando sin palabras
su deseo de quedarse con él. Este, muy a su pesar, lo estrechó un instante
contra sí antes de decirle:
—Haz
caso a tu padre.
El
pequeño bajó la mirada, triste, pero soltó a Sasuke y permitió que lo dejara en
el suelo. Dos segundos después, Minato lo cogió en brazos y caminó hacia la
salida del hotel, seguido de una inquieta Kushina.
Kurama
intentó detenerlo.
—Minato…
—No
—gruñó este.
Todos
vieron impotentes cómo la familia se alejaba. También llegaron a escuchar las
quejas del cachorro y cómo su padre lo regañaba por lo que había dicho. El
pobre Naruto se defendió diciendo que solo había dicho lo que pensaba y que
Itachi no parecía enfadado por su comentario, pero eso pareció enfadar más a su
padre mientras que Kushina intentaba que rebajara su tono.
Sasuke
apretó los puños con fuerza, conteniendo el fuerte impulso de salir y proteger
a su compañero. Él nunca había estado en contra de las uniones mixtas entre
lobos y humanos, pero, en aquel instante, odió más que nunca que el padre de su
pareja fuera humano.
Una
mano fuerte sobre su hombro hizo que alzara la vista. Itachi intentaba decirle
que estaba allí para él. Izumi, además, le tomó de la mano. Sin embargo, por
una vez, no hubo nada que pudiera decir para consolarlo.
Fugaku
y Mikoto no recordaban haber estado tan emocionados desde la ceremonia de
apareamiento de Itachi con Izumi.
Primero,
recibieron la noticia de que Sai, su sobrino, había encontrado a su compañero
en la manada de Sven. Más tarde, y para su absoluta sorpresa, recibieron la
llamada de su hijo menor informándoles que tanto él como el propio Kurogane
habían encontrado también a sus destinados. Por supuesto, les contó todas las
dificultades de la familia Uzumaki y las horribles experiencias por las que
habían pasado, pero, aun así, estaban dispuestos a recibirlos con alegría y a
darles un nuevo hogar en el que recuperarse de sus heridas internas.
Además,
estaban deseando conocer a Fye. Sasuke juraba que nunca había visto a Kurogane
tan suave y no había nadie en la manada que no pagaría por ver algo así. Y,
sobre todo, querían conocer al pequeño Naruto.
A
diferencia de la mayoría de los lobos, Fugaku y Mikoto ya habían sido testigos
de relaciones como la de su hijo y el cachorro y, por ello, no estaban
preocupados. Sasuke llevaba poco más de una década buscando compañero, no había
enloquecido y tenía control sobre sí mismo, de lo contrario, no lo habrían
nombrado como ejecutor principal.
Por
eso, habían estado felices por él. La pareja que conocían afirmaba que fue una
experiencia muy bonita, sobre todo el Omega, que vio crecer a su Alfa desde que
era un recién nacido y formó parte de su vida desde el principio. Yoichi les
contó que el vínculo se desarrolló de forma muy natural entre ellos, por lo que
nunca llegó a sentirse incómodo, mientras que Rensuke les dijo que, desde que
tenía uso de razón, había adorado a Yoichi y que para él fue un gran apoyo
tenerlo a su lado en los momentos importantes y también en los difíciles, sobre
todo durante su adolescencia, pues resultó ser un Alfa muy dominante, pero su
Omega le ayudó a relajarse y a aprender a mantener el control.
Ambos
se habían ofrecido amablemente a ayudar a Sasuke si tenía dudas, necesitaba
consejo o los padres del cachorro querían alguna referencia. Ellos tuvieron la
suerte de haberse criado en la misma manada, por lo que los padres de Rensuke
conocían a Yoichi y no tuvieron reparos en hacerle sentir parte de la familia.
Esas
eran las razones por las que Fugaku y Mikoto eran tan optimistas, y, por ello,
la llegada de sus invitados los impactó tanto.
En
el coche de Itachi, iban su hijo, Sai y Kurogane con sus respectivos
compañeros. Sasuke parecía especialmente abatido, Kurogane tenía el rostro
sombrío y el resto parecía preocupado. Por otra parte, del de Izumi salieron
los Uzumaki.
No
les costó reconocer quién era quién. El Omega humano rubio, Minato, sostenía a
su cachorro en brazos con fuerza y con una expresión fiera y enfadada. La cara
del cachorro, por otro lado, les partió el corazón. Parecía que había estado
llorando no hace mucho. La Alfa pelirroja, Kushina, parecía agotada, igual que
su hijo, sin duda alguna el otro pelirrojo, mientras que el Omega de pelo
castaño, el compañero de este, e Izumi parecían tan enfadados como Minato, solo
que él parecía ser el centro de su furia.
Fugaku
y Mikoto se miraron con cierta inquietud. Sabían por la llamada de su hijo que
Minato no entendía el vínculo que lo unía a Sasuke, pero sí que había accedido
a que pasara tiempo con él bajo supervisión.
Podían
entenderlo teniendo en cuenta de que Minato venía de un mundo distinto al suyo.
Los humanos no podían oler a sus destinados ni tampoco vivían tanto tiempo como
ellos. Sus reglas eran distintas a las suyas y, como Sasuke, podían ser
comprensivos cuando el Omega estaba haciendo un gran esfuerzo por adaptarse a
sus normas.
Les
había parecido aceptable.
Pero
la situación que se desarrollaba frente a ellos no lo era.
Mientras
el grupo se acercaba a ellos, pudieron ver y analizar el ambiente. Lo primero
de lo que se dieron cuenta era de cómo el pequeño Naruto miraba anhelante a su
hijo con ojos tristes, mientras que este estaba haciendo un gran esfuerzo por
mantener la distancia con Minato, resistiendo el impulso de consolar a su
compañero. El Omega, mientras tanto, trataba de ocultar a su cachorro con su
cuerpo en un ademán receloso.
El
resto del grupo parecía no saber cómo actuar o estar conteniéndose. Itachi,
Sai, Shin, Fye, Kushina y Kurama parecían preocupados y perdidos, mientras que
Izumi, Train y Kurogane estaban evitando por todos los medios que hubiera
violencia de por medio.
Cuando
faltaba poco para llegar a la entrada, Sasuke los vio y se adelantó, caminando
a paso rápido, casi trotando. A los dos les sorprendió que fuera directo a
Mikoto para abrazarla con fuerza, casi aferrándose a ella. Si bien su hijo
menor tenía un lado cariñoso, no era uno que mostrara de forma efusiva y rara
vez lo hacía en público, por lo que las cosas iban peor de lo que pensaban. El
hecho de que su aroma estuviera envuelto en rabia y dolor se lo confirmó.
—Oh,
cariño… —musitó Mikoto, devolviéndole el abrazo.
—Lo
siento —dijo su hijo en voz baja. Sonaba más profunda y ronca—. No puedo…
Fugaku
le acarició el cabello.
—Tranquilo.
Hablaremos después. Haz lo que tengas que hacer para calmarte.
Sasuke
asintió con brusquedad antes de dejar su bolsa junto a ellos y alejarse rápido.
Los dos con un nudo en la garganta cómo Naruto lo seguía con la mirada. El
cachorro parecía a punto de llorar.
Fugaku
se inclinó hacia su compañera para susurrarle:
—Tal
vez debamos dejar la cena para otro día…
—No
—replicó Mikoto con firmeza.
El
Alfa frunció el ceño.
—¿Estás
segura? Mira cómo están.
—Precisamente
por eso —dijo Mikoto con seriedad—. Acabaremos con esto hoy, esta misma noche.
—Miró a su pareja con seriedad—. No te preocupes, yo me ocupo de todo.
Esa
noche, los primeros en acudir a la cena fueron los Uzumaki.
Por
supuesto, Fugaku y Mikoto lo habían organizado así para crear un ambiente más
tranquilo, teniendo en cuenta los temas que debían tratar. Y, aun así, la
fractura dentro del núcleo familiar era evidente. Minato estaba claramente a la
defensiva con todos los lobos, incluida su propia compañera. Parecía haberse
cerrado por completo a la idea de que su cachorro estuviera cerca de Sasuke,
mientras que el resto de la familia no estaba de acuerdo.
Cuando
entraron, pudieron notar los signos de la pelea que todavía se llevaba a cabo.
Minato se aferraba a su cachorro como si esperara algún tipo de ataque y
Kushina aún tenía cara de estar agotada, sin duda alguna la discusión con su
compañero empezaba a afectarla psíquica y emocionalmente. Kurama estaba
frustrado y Train emanaba rabia a través de su aroma y por cada poro de su
piel.
El
cachorro, en cambio, destilaba tristeza. Los hombres lobo tenían un gran
sentido del olfato, hasta el punto de que podían oler algunas emociones, como
la lujuria, la ira o el miedo, pero no todas eran tan fáciles de detectar. El
dolor, en especial, era difícil a menos que fuera fuerte.
Pero,
en Naruto, fue lastimosamente fácil.
Nada
más entrar en la casa de estilo tradicional de los Uchiha, Train fue el primero
en ir hacia ellos e inclinarse.
—Pido
disculpas de antemano por mi aroma —dijo con la cabeza y la mirada gachas.
Fugaku
y Mikoto sintieron simpatía. Normalmente, entrar en casa de tus anfitriones
oliendo a ira era de mala educación, podía malinterpretarse como una amenaza
incluso si eran desconocidos.
Sin
embargo, ambos estaban al tanto de su situación. Por eso, la Omega lo tomó del
brazo con suavidad.
—¿Por
qué no me acompañas al jardín? Te gustará —dicho esto, miró a un cabizbajo
Naruto—. ¿Quieres venir tú también?
Los
ojos del cachorro relucieron un instante de curiosidad, pero se apagaron con
rapidez cuando alzó la cabeza hacia su padre, que no parecía dispuesto a
soltarlo.
Pero,
Mikoto, por supuesto, ya lo esperaba.
—Se
lo pasará mejor jugando en el jardín que escuchando los aburridos temas que
tenemos que tratar los adultos —le dijo con una amable sonrisa.
Minato
se tensó un instante, dudando. Sabía que en esos temas podía entrar a colación
la traición de la manada de Kushina y no quería que Naruto tuviera que escuchar
detalles que podían traerle malos recuerdos, en especial después de las
discusiones de ese día.
Así
que, con un suspiro, dejó al pequeño en el suelo, que saltó de sus brazos para
coger la mano de Train y seguir a Mikoto. Por otro lado, Fugaku los guio a él,
Kushina y Kurama a otra parte de la casa, a una pequeña sala con una mesita
baja y unos cojines que servían de asiento. Parecía que era el lugar donde se
solía tomar el té.
Fugaku
los invitó a tomar asiento con un gesto de la mano y se acomodó en el suelo.
—Antes
de nada, permitidme que os dé la bienvenida a la manada. —Su rostro era serio,
pero su tono era cálido y suave—. Sé que es un gran cambio, de país y de
cultura, pero haremos todo lo posible para que os sintáis cómodos y os adaptéis
a nuestro hogar.
Los
tres Uzumaki se inclinaron.
—Apreciamos
mucho vuestra hospitalidad, Alfa —dijo Kushina.
Fugaku
esbozó una imperceptible sonrisa.
—Usad
esta semana para descansar y acomodaros en vuestro nuevo hogar. Aún os estamos
buscando una casa apropiada —dicho esto, miró a Kurama—. Espero que no te
importe compartirla con tus padres hasta que encontremos otra para ti y tu
compañero.
—Para
nada, Alfa —respondió Kurama con firmeza—. Estamos muy agradecidos. Nos
esforzaremos para ser de utilidad a la manada.
—Estoy
seguro de que no habrá problemas —dijo Fugaku—. Tengo entendido que vosotros
dos y Train sois grandes luchadores. Estoy seguro de que encontraremos algo
para vosotros.
Minato
apretó los labios al escuchar eso, aunque no dijo nada.
Fue
como volver a ser presentado ante la manada de Kushina. Un humano sin
habilidades útiles. Un músico como él no tiene nada que hacer en una manada de
lobos. No sabe pelear, ni siquiera usar armas de fuego, tampoco puede hacer
tareas de gestión o administrativas, no es médico, ni abogado, ni tiene un negocio
con el que aportar algo.
Por
si fuera poco, no valía ni siquiera como criador, como habían dicho algunos.
Naruto solo demostraba ahora tener rasgos de lobo, pero era demasiado pequeño
para saber si sería capaz de cambiar. Ni siquiera podía dar a luz cachorros con
fuertes características de cambiante.
Pese
a tener el apoyo de Kushina y Kurama, no fue suficiente. No para la manada.
Y
ahora era lo mismo. Tendría que volver a pasar por eso.
—¡Ya
he vuelto! —dijo la voz alegre de Mikoto, que se situó junto a su marido—. ¿Qué
me he perdido?
—Hablábamos
de sus funciones en la manada —dijo Fugaku.
Para
Minato, la conversación sonaba lejana. Él no pintaba nada allí. Debería haber
ido él con Naruto al jardín en vez de que con Train. Seguro que el Omega les
resultaba mucho más interesante, era más fuerte que muchos Alfas para su género
y sería una gran aportación a la manada.
—Espléndido
—dijo Mikoto—. Lo que me recuerda… Minato, eres músico, ¿verdad?
Al
oír su nombre, se sobresaltó un poco. Alzó la vista hacia Mikoto, que lo
observaba con sus brillantes ojos negros. Parecía ilusionada.
—Umm…
—dudó. No esperaba que le dirigieran la palabra, la verdad—. Esto… Sí.
La
sonrisa de la Omega fue radiante.
—Maravilloso
—dijo caminando hacia él. Las mangas largas de su kimono bailaron de forma
grácil con su movimiento, llamando su atención. Nunca había visto a una loba
moverse de un modo tan elegante—. En nuestra manada tenemos aficionados, pero
ningún profesional. Serás una excelente aportación para nosotros.
Minato
parpadeó. ¿Había oído bien?
—¿Qué?
—soltó sin pensar.
Mikoto
revoloteó a su alrededor mientras hablaba.
—Nuestro
pueblo es un lugar turístico, de ahí es de donde vienen una parte de nuestros
ingresos. Todos los fines de semana estamos a tope, y, por supuesto, tenemos
espectáculos que ofrecer. ¿Y cuál es uno de los aspectos más importantes del
espectáculo? —preguntó, mirando a un estupefacto Minato—. ¡La música! Contigo
echándonos una mano, la calidad de nuestras actividades festivas dará un gran
salto. Solo de imaginarlo me dan ganas de organizar algo ahora mismo, seguro
que nuestros músicos aficionados estarán deseosos de aprender de un experto…
—dijo emocionada.
Fugaku
esbozó una media sonrisa.
—Compañera,
te estás yendo por las ramas.
Mikoto
soltó un bufido y cogió a Minato del brazo para animarlo a levantarse.
—Sí,
sí, ya veo hacia dónde va esto. Los guerreros queréis contaros batallitas, bla,
bla, bla. —Se giró hacia Minato con una expresión digna de una niña a la que
habían llamado princesa por primera vez—. Vamos, Minato. Dejemos que los Alfas
se den puñetazos en el pecho para ver quién ha arrancado más cuellos mientras
los Omegas hacemos planes de verdad que beneficiarán a la manada.
Fugaku
frunció el ceño, pese a que sus labios estaban curvados hacia arriba.
—Eso
ha dolido, mi Omega.
Ella
sacudió una mano quitándole importancia mientras que con la otra arrastraba a
Minato fuera de la habitación.
—Eres
un Alfa duro, lo superarás.
Después
de eso, Minato siguió a Mikoto sintiéndose algo desorientado. No estaba seguro
de lo que acababa de pasar, o, más bien, le costaba asimilar la situación. La
Primera Omega de los Uchiha había declarado que él era útil para los suyos, que
podía aportar algo.
—Alfas
—refunfuñó ella mientras lo conducía a alguna parte—, si no nos tuvieran a
nosotros se pasarían el día dándose cabezazos entre ellos como cavernícolas.
Sí, son altos, fuertes y todo lo que quieras, pero en cuanto uno diga que puede
mear muy alto, los otros irán corriendo a demostrar que ellos pueden hacerlo
aún más arriba…
—Omega…
—la interrumpió Minato, pero, al darse cuenta de lo que había hecho, cerró la
boca.
Mikoto,
sin embargo, no estaba ofendida. Incluso se detuvo para prestarle toda su
atención.
—Oh,
discúlpame, querido. Soy un poco quejica para estas cosas. ¿Qué necesitas?
Minato
cambió el peso de un pie a otro, dudando. Aun así, la Primera Omega esperaba
paciente, con las manos entrelazadas por delante y mirándolo con dulzura. Eso
le dio un poco de confianza.
—¿De
verdad… puedo ser músico aquí?
Mikoto
le sonrió y le hizo un gesto con la cabeza para que la siguiera.
—Por
supuesto que sí. Yo no digo las cosas para engañar a nadie ni hacer que se
creen falsas expectativas. Soy la Primera Omega de esta manada —dijo con la
cabeza alta— y eso significa que mi trabajo es procurar que los Omegas bajo mi
cargo estén sanos y felices —dicho esto, lo miró por encima del hombro con una
sonrisa—. Por supuesto, esperamos que todos contribuyan a la prosperidad de
nuestra manada, pero, Minato, si no hubieses podido aportar nada, te habríamos
encargado otro trabajo. No eres el primer humano compañero que tenemos, hay
algunos que vinieron sin saber qué hacer y les dimos otras tareas o les
enseñamos a ejercer algún oficio. Aquí cultivamos y criamos animales y
conservamos algunos trabajos de artesanía, así que no te habrías aburrido.
Minato
relajó un poco su postura al saber aquello.
—Ya
veo.
—Supongo
que en tu otra manada las cosas eran distintas, ¿no?
Él
asintió, sin decir una palabra.
Para
entonces, habían llegado al jardín. Minato no entendía mucho de botánica, pero
supo de inmediato que su estructura estaba muy bien delineada y cuidada. La
nieve tapaba todas las plantas que podría haber identificado, del mismo modo
que tampoco estuvo seguro de qué tipo de árboles eran los dos que había a cada
lado.
En
el centro, Train ayudaba a Naruto a hacer una bola de nieve que debía de ser la
base de un muñeco. Sin embargo, su hijo no parecía muy entusiasmado, aunque
hacía el esfuerzo.
Train
los escuchó y los miró un momento, pero, al ver que la Primera Omega no decía
nada, siguió ayudando al cachorro.
Minato
bajó la vista, arrugando la nariz. Odiaba ver a su cachorro tan deprimido, pero
no sabía qué otra cosa hacer.
Su
atracción por Sasuke no era natural. No podía ser bueno que Naruto estuviera
tan apegado a él. Podía aceptar que algún día serían compañeros, pero, ahora,
Naruto no tenía que ser un compañero, tenía que ser un niño normal. No podía
pasar toda su infancia detrás de Sasuke y mucho menos sentirse tan atraído
cuando solo tenía seis años, era…
—Entonces
—Mikoto interrumpió de repente sus pensamientos, sobresaltándolo—, no estabas
cómodo en tu manada.
Minato
suspiró y se concentró en la conversación. Más tarde, pensaría en cómo lidiar
con Naruto. Y con su familia.
—No
—admitió.
—Pero,
aun así, te quedaste.
Minato
frunció el ceño.
—Por
supuesto.
—¿Por
qué? Me han contado lo que ha pasado con vuestra antigua manada y me da la
sensación de que vuestra relación era un problema para ellos desde el
principio.
El
ceño del rubio se acentuó.
—Es
mi compañera. Estoy seguro de que lo entiendes.
Mikoto
ya no sonreía. Ahora estaba seria y lo contemplaba con intensidad.
—Lo
hago. Por eso no entiendo lo que estás haciendo ahora.
Minato
sacudió la cabeza, confundido.
—¿Qué
quieres decir?
La
Primera Omega, en vez de responder, se sentó en el suelo de madera y esperó a
que hiciera lo mismo. Minato no estaba seguro de querer tener esa conversación,
pero hubo algo en la Uchiha que le hizo obedecer. Se sintió como si no tuviera
otra opción, a pesar de que ella no hizo nada que le hiciera pensar que le
haría daño o le impediría la huida.
Cuando
obedeció, ella hizo un gesto con la mano, como si quisiera remarcar algo obvio.
—Eres
humano. Descubriste nuestro mundo cuando conociste a Kushina y te apareaste con
ella, aun sabiendo que eso significaba que tendrías que abandonar la vida que
tenías antes para unirte a la nuestra. —Mikoto hizo una pausa, ladeando la
cabeza—. Estoy segura de que tuvo que contarte algo. Decirte que la violencia,
para bien y para mal, forma parte de nuestro mundo. No importa cuánto
avancemos, siempre seremos en parte animales y tendremos instintos. Siempre
habrá luchas de poder, aunque pasen cien años. Para un humano eso es mucho
tiempo, pero para nosotros, no tanto. —Hizo una pausa breve, mirando con
atención al rubio—. Nuestras leyes también son más duras. Tenemos castigos
violentos que incluyen la muerte y nuestros Alfas tienden a ser agresivos por naturaleza.
¿Ella te contó algo de esto?
Minato
asintió.
—Lo
hizo.
—Y,
aun así, lo abandonaste todo por ella.
—Sí,
¿y qué?
—¿Te
arrepentiste cuando viste lo que te esperaba en su manada?
El
Omega arrugó la frente.
—No
voy a negar que nunca me sentí como si estuviera en casa, salvo cuando estaba a
solas con Kushina o Kurama. Tuve que aprender vuestras leyes y costumbres, y,
aun así, nunca me sentí preparado para ser el Primer Omega. De hecho, no quería
ejercer como tal. Me habría parecido bien que Genzo ocupara el cargo.
—¿Y
por qué lo hiciste entonces?
—Kushina
creía que tendría una mejor aceptación en la manada si lo hacía —dicho esto,
bajó la cabeza y apretó los puños—. Lo intenté. Me esforcé por tratar de
entender a los otros Omegas. Pero yo no soy un lobo. No sé cómo se sienten
realmente.
—Pero,
aun así, aguantaste.
Minato
levantó la cabeza y clavó sus ojos en los de Mikoto para que viera que hablaba
en serio.
—La
quiero. Más de lo que nunca había querido a nadie.
Los
rasgos de la Omega se suavizaron cuando sonrió.
—Te
creo —dicho esto, un rastro de tristeza surcó sus ojos cálidos—, pero, por eso,
me sorprende el daño que le estás haciendo ahora.
Minato
tensó los hombros.
—Solo
intento proteger a mi hijo.
Mikoto
miró a Naruto, que seguía amontonando distraído más nieve en una segunda bola
para colocarla sobre la base.
—Él
también está sufriendo, pero no como tu compañera —dicho esto, lo miró de
nuevo—. Eres humano, así que supongo que debe de ser diferente para ti… Aunque,
en teoría, no debería. Si la quieres tanto como ella te ama a ti, deberías
comprender el dolor que le produce tu rechazo.
—Yo
no la he rechazado —replicó Minato con más brusquedad de la que pretendía.
Aun
así, Mikoto no se inmutó.
—Es
la sensación que da desde fuera —dijo mientras una arruga resquebrajaba su
perfecta frente—. Parecéis una familia a punto de romperse.
Minato
arrugó la nariz y se puso en pie de un salto.
—Mi
familia no es asunto tuyo.
Esta
vez, la Omega entrecerró los ojos.
—Teniendo
en cuenta que ahora sois parte de mi manada, lo es.
—Tú
solo quieres asegurarte de que tu hijo se quede con mi cachorro.
Por
primera vez, Mikoto le lanzó una mirada abrasadora y su tono se endureció.
—Te
lo he dicho antes, Minato, y no me gusta repetirme, pero, teniendo en cuenta tu
situación, lo pasaré por alto esta vez. Yo no necesito engañarte o mentirte.
Soy la Primera Omega de esta manada y tu familia forma parte de ella. Eso
significa que tú me importas y que Naruto me importa. Así que, si veo que tu
familia está a punto de desmoronarse, mi trabajo es resolver ese problema.
Ahora, ¿vas a dejar que te ayude o prefieres que tu cachorro y tu compañera
sigan sufriendo como ahora? —le preguntó señalando a Naruto.
Minato
se quedó callado, incapaz de decir nada. Una parte de él seguía pensando que
Mikoto hacía todo aquello por su hijo, pero, mirándola a los ojos, también
sentía que cada palabra que había dicho no era más que la verdad.
Al
final, miró a Naruto. Su cachorro siempre había sido tan vivaz, una pequeña
bola de hiperactividad que no paraba quieto ni un instante… pero, ahora, en vez
de estar tirándose sobre la nieve o persiguiendo a Train, solo amontonaba nieve
con una mirada triste en los ojos, que parecían al borde del llanto.
No
quería eso. Y tampoco quería que Kushina sintiera que no la tenía en
consideración o que ya no la amaba. O que Kurama sintiera que lo ignoraba.
Podía haber sido un adulto cuando lo conoció, pero, de algún modo, en el fondo,
seguía siendo un cachorro hambriento del amor de su padre Omega.
Y
él lo había adoptado como suyo.
Tras
un minuto entero, se sentó, sintiéndose derrotado por completo.
Mikoto
relajó su expresión.
—Puedo
entender que, viniendo de un mundo tan distinto al nuestro, te sea difícil
entender cómo funciona la relación entre nuestros hijos —dijo despacio, como si
quisiera tener cuidado con sus palabras—, pero ya has visto cosas peores de
nosotros. Lo que ocurrió hace un mes debería de ser tu peor pesadilla. No
entiendo por qué ahora te cierras tanto a su vínculo cuando sabes lo hermoso
que es tener un compañero. Creí que habías accedido a las visitas supervisadas
porque pensabas que los dos tenían una oportunidad de tener eso.
Minato
dejó escapar un suspiro cansado.
—Eso
es verdad.
Mikoto
frunció ligeramente el ceño.
—¿Hay
algo que te haya hecho dudar? ¿Tal vez Sasuke ha hecho algo que te ha
molestado? No confundas el cariño que siente por Naruto con algo sexual. Para
él, solo es un cachorro que ha pasado por muchas cosas.
El
Omega sacudió la cabeza.
—No
es eso. Es que… —se detuvo, sin estar seguro de cómo expresarlo.
Mikoto
se inclinó hacia él. Su expresión y tono eran más dulces.
—No
tengas miedo de ser claro y contundente conmigo. Los japoneses solemos ser más
comedidos, pero, para solucionar problemas, yo prefiero que seamos directos.
Minato
inspiró hondo y lo soltó:
—Me
preocupa que Naruto esté demasiado obsesionado con Sasuke. Kushina me dijo que
ahora lo vería como un hermano mayor o algo parecido, pero… —Apretó los puños y
le tembló el labio—. En todo este mes, apenas no ha dejado de estar pendiente
de él. Se llevó un disgusto horrible cuando le dijimos que no podía verlo por
el celo y solo se calmó cuando lo llamó por teléfono. Incluso después de eso,
lo primero que quería hacer nada más despertarse era ir a verlo. —Levantó la
vista hacia Mikoto, dejando que se reflejara su preocupación en los ojos—. Se
ha recuperado de la hipotermia, pero sé que apenas duerme y ya no tiene el
apetito de antes. Kushina cree que solo necesita tiempo para acabar de
recuperarse, pero lo único que pide es estar con Sasuke. Yo quería creer que de
verdad podía tener una vida normal, pero esto… No sé, no se parece a la idea
que me había hecho. —Hizo una pausa en la que frunció el ceño—. No creo que tu
hijo vaya a hacerle daño. No es que me haya acostumbrado todavía a su relación,
me sigue pareciendo… raro. Pero podía tolerarlo cuando creía que él solo
formaría parte de su vida, no que la eclipsaría por completo.
Mikoto
lo escuchó todo sin interrumpir una sola vez, prestándole toda su atención.
—Entiendo.
—Minato se sintió un poco mejor al escuchar eso. Ella no lo juzgaba duramente—.
¿Qué opina Kushina?
Él
soltó un suspiro cansado.
—Piensa
que es normal que Naruto quiera estar con Sasuke. Igual que Kurama. Y que
Train.
Ella
asintió con una mirada pensativa.
—¿Y
qué dice Naruto?
Minato
se sobresaltó.
—¿Eh?
—¿Le
has preguntado a él por qué se siente de esa manera?
Le
costó un poco sacudir la cabeza, algo avergonzado. Mikoto le sonrió con
comprensión.
—Tal
vez hablando con él te sea más fácil entender cómo se siente, ¿no crees? —Antes
de darle tiempo para responder, ella se giró hacia el cachorro y Train—.
¡Train, Naruto! ¿Os importa acompañarnos un momento?
Los
dos se acercaron cogidos de la mano. Esta vez, Train parecía mucho más
tranquilo y, cuando cruzó sus ojos con los de Minato, le dedicó una mirada
arrepentida. Era evidente que había escuchado toda la conversación.
Mikoto
le hizo un gesto a Naruto para que se sentara a su lado.
—¿Te
importa sentarte conmigo, Naruto?
Este
miró de reojo a su padre, que se sintió un tanto mortificado por dentro al
darse cuenta de que su hijo lo hacía para evitar que volviera a haber una
discusión. Asintió enseguida.
Mikoto
le sonrió entonces a Train.
—Train,
nuestros Alfas llevan mucho rato a solas. ¿Puedes asegurarte de que todavía no
se han arrancado alguna extremidad, por favor?
—Claro,
Omega —dijo con una reverencia.
Sin
embargo, antes de marcharse, pasó junto a Minato y le dio un apretón en el
hombro. Él tragó saliva, un tanto aliviado de que Train comprendiera su punto
de vista. Había sido más brusco que Kushina y Kurama al intentar explicarle el
daño que le estaba haciendo a Naruto y Sasuke al mantenerlos separado y ambos
habían acabado gritándose.
Era
cierto que no se conocían desde hacía mucho, pero, después de todo, era el
compañero de Kurama. Además, como su hijo mayor, lo había aceptado enseguida y
sin reservas, a pesar de ser completamente humano, de modo que, pese a no
llevar mucho tiempo juntos, lo había apreciado. Había sido agradable tener
nueva compañía para pasar el rato, aparte de Kushina, Kurama y sus ejecutores.
Cuando
se marchó, Naruto ya se había sentado en medio de los dos Omegas y Mikoto le
estaba apartando algunos mechones de la cara con gestos amorosos, casi
maternales. Era evidente que le gustaba su hijo, lo había demostrado cuando los
habían recibido esa mañana.
—Oh,
Naruto, ¿a qué viene esa cara tan larga? —le dijo la Omega con una voz muy
dulce—. ¿No te gusta mi casa?
El
cachorro se sobresaltó y agachó la cabeza.
—Es
un poco rara, pero es muy bonita, Omega —dijo en voz baja.
Mikoto
le sonrió y le acarició la cabeza.
—Puedes
llamarme Mikoto —dicho esto, echó un vistazo a su alrededor—. Claro, nunca
habías visto una casa tradicional japonesa, ¿verdad? Te has criado a lo
occidental, puede que tardes un poco en acostumbrarte.
Naruto
alzó los ojos. Ahora brillaban un poco, curiosos.
—Está
bien, me gusta el suelo. Puedo ir descalzo.
—Eso
siempre es divertido, ¿verdad? —rio Mikoto antes de dedicarle una breve mirada
a Minato, que esperaba paciente el momento apropiado para hablar con su hijo—.
Entonces, dime, ¿qué es lo que te ha puesto triste?
El
cachorro se tensó y bajó la mirada otra vez. Sus ojos perdieron todo rastro de
calidez.
—Estoy
bien.
—Oh,
cariño —dijo Mikoto, señalándose la nariz—, sabes que nosotros podemos olerlo
todo.
Naruto
se mordió el labio inferior y sus manitas se aferraron al bajo de su chaqueta.
Parecía estar conteniendo el llanto.
Minato
estaba a punto de intervenir cuando Mikoto le acarició la mejilla.
—No
tengas miedo. Nadie está enfadado contigo. Solo estamos un poco preocupados.
Cuando
Naruto miró a su padre, este asintió efusivo, inclinándose sobre el tatami
hasta apoyar las manos en el suelo.
—Está
bien, Naruto. No pasa nada.
El
cachorro se tomó su tiempo para hablar, todavía indeciso. Cuando lo hizo,
siguió sin mirar a los Omegas.
—Quiero…
estar con Sasuke.
Minato
se estremeció, pero Mikoto permaneció tranquila.
—¿Por
qué?
De
nuevo, Naruto tardó un minuto en responder, como si le costara encontrar las
palabras adecuadas para hacerse entender.
—Es
que… me siento seguro con él.
…
De acuerdo, no era la respuesta que esperaba Minato, pero, sin duda, era mejor
de lo que se temía, al menos, de momento.
Mikoto,
por otro lado, no parecía contenta.
—¿Te
sientes en peligro?
La
pregunta hizo que Minato se pusiera alerta también. Por instinto, miró a su
alrededor, pero, pensándolo bien, si hubiera cualquier tipo de amenaza, los
lobos lo detectarían mucho antes que él.
Para
su confusión, Naruto sacudió la cabeza.
—No,
pero… Desde esa noche, tengo miedo.
—¿De
qué? ¿Qué ocurre? —Minato no pudo evitar preguntarlo. Sabía a qué noche se
refería, él y Kushina también tenían pesadillas sobre eso a pesar de que ya
había pasado todo un mes. Los dos sabían que sería algo con lo que tendrían que
aprender a vivir el resto de su vida.
Se
acercó a su hijo y lo puso sobre su regazo, abrazándolo. El cachorro lo miró
por fin. Estaba al borde de las lágrimas.
—Todo
lo que pasó fue culpa mía. Fue porque no soy un lobo como mamá.
Minato
se quedó helado.
Sabía
que a Naruto le pasaba algo raro. Sabía que algo no iba bien. No tenía apetito
y dormía mal por las noches. Pensó que su vínculo con Sasuke estaba mal, que lo
estaba afectando de un modo que no debería e incluso llegó a plantearse si de
verdad serían compañeros, ya que solo ellos dos podían sentirlo.
Kushina
creyó que aún tenía que recuperarse de la hipotermia y de la horrible
experiencia, pero no lo tuvo en cuenta. No lo hizo porque él parecía
genuinamente feliz cerca de Sasuke. Pensó que, al no haber sido testigo de la
parte más sangrienta, no lo afectaría tanto.
Dios,
había sido un ingenuo.
—No.
Naruto, no —le dijo, estrechándolo contra sí mientras a este se le escapaba un
sollozo—. No fue culpa tuya. Ni siquiera lo pienses.
—Pero
es la verdad —lloró el pequeño, aferrándose a su padre—. El papá de Kurama lo
dijo. Si yo hubiera sido como él no habría pasado nada. No os habrían hecho
daño a ti y a mamá, y Fye estaría bien. Elda y Freya estarían aquí. Y Yui no
habría tenido que protegerme.
Minato
cerró los ojos con fuerza al pensar en sus leales ejecutores. Él también se
sentía responsable de sus muertes. Fye había encontrado a su compañero, pero
sabía que todavía lloraba a su hermano gemelo. Era una lástima que no hubiera
podido ver, al menos, que Fye podría llorar en el hombro de su compañero y que
este cuidaría de él.
Y
las gemelas… Freya no habría sobrevivido a Yui. Habría muerto con él apenas
matara a todos los que los habían traicionado. Elda no tenía compañero, pero
amaba tanto a su hermana que tampoco estaba seguro de que hubiera podido
soportar su pérdida.
Aun
así, habría deseado que las cosas fueran diferentes, que pudieran haberse
salvado todos y tener un final feliz.
…
Aunque, ¿realmente ese habría sido un final feliz? Naruto aún tendría un
horrible trauma, él y Kushina se seguirían sintiendo responsables por lo
ocurrido y Kurama habría tenido que enfrentarse a su padre de todos modos.
Supuso
que el final feliz nunca fue posible. No en la manada de Kushina. Desde que
ella apareció con él como compañero, no hubo posibilidades.
Sin
embargo, todo aquello ya había quedado en el pasado. Tomaron sus decisiones y
ya no podían cambiarlas. Aunque no fuera todos juntos, habían llegado hasta
allí, a un nuevo comienzo.
Naruto
no debería empezarlo sintiéndose culpable de algo que nunca estuvo en sus
manos.
—Naruto,
no podemos escoger cómo nacemos. No tenemos ningún control sobre eso.
Mikoto
acarició la cabeza del cachorro.
—Eso
es cierto. Los únicos culpables son los que os atacaron.
El
cachorro sorbió por la nariz.
—Pero…
Ahora tengo olfato. Y mi vista es mejor. Si lo hubiera tenido antes, nada
habría pasado.
Minato
lo estrechó con más fuerza contra él.
—Naruto,
no importa lo que te dijera Genzo. No se trataba de eso. Él quería la posición
del Primer Omega. Daba igual si tenías o no rasgos de lobo o si yo hubiera sido
un cambiante completo. Él habría encontrado una excusa para atacarnos de todos
modos.
El
pequeño parpadeó.
—¿Qué?
Mikoto
le acarició esta vez la mejilla, limpiándole las lágrimas.
—Te
mintió, cachorro. Ese Omega solo quería formar parte del liderazgo de la
manada. No tuvo nada que ver contigo. Si no hubiera sido porque no tenías
rasgos de lobo, habría dicho que eras un mestizo, o, incluso si fueras un
hombre lobo, que Kurama era mucho más fuerte que tú.
Naruto
parpadeó de nuevo, ahora mirando a su padre.
—Entonces…
¿Nos habrían atacado de todos modos? Elda, Freya, Yui… ¿Habrían muerto igual?
—preguntó con nuevas lágrimas y la voz rota.
Minato
lo miró con tristeza.
—Tal
vez. Ya no podemos saberlo, hijo. No podemos volver atrás.
Naruto
sollozó otra vez y cerró los ojos con fuerza, enterrando la cara en el pecho de
su padre.
—Tengo
miedo. Me da miedo que nos pase lo mismo.
—No
pasará, Naruto —le prometió el Omega acariciando su cabeza—. Genzo ya no está.
No volverá a hacernos daño.
—Pero
¿y si a otros lobos les molesta que sea mestizo?
Mikoto
levantó la barbilla y esbozó una sonrisa que envió un escalofrío por la columna
de Minato.
—Tendrán
que enfrentarse a los Uchiha.
Al
oír eso, Naruto dejó de llorar y miró esperanzado a la Omega.
—¿A
Sasuke también?
—No
lo dudes ni un segundo, pequeño.
El
cachorro se limpió los ojos y se acurrucó en el regazo de su padre con una
pequeña sonrisa.
—Está
bien. Mientras estemos con Sasuke, todo irá bien.
Minato
lo observó desde arriba.
—¿Por
qué dices eso?
Naruto
le devolvió la mirada. Sus ojos relucían, repletos de emociones entretejidas.
Miedo, esperanza, dolor, calidez. No comprendió esos sentimientos hasta que el
cachorro habló:
—Yo
pensaba que Sasuke era de los malos cuando me encontró. Pensaba que, una vez me
cogiera, moriríamos todos. Pero me juró que no me haría daño y que me llevaría
de vuelta con vosotros, y lo hizo. Nos salvó. Con él, no nos volverá a pasar
nada.
Minato
cerró los ojos, sintiéndose estúpido de repente.
Naruto
no estaba obsesionado de un modo enfermizo por Sasuke. Sasuke solo era su
héroe.
Era
normal que su hijo siguiera asustado con todo lo que había pasado. No
permitiría que se sintiera culpable, pero podía entender el miedo y el trauma
que arrastraría consigo durante un tiempo. Podía comprender que, con el ataque
tan reciente, estuviera alerta y temeroso de que volviera a ocurrir.
Pero
Sasuke apareció para salvarlos a todos, como un superhéroe que hace su entrada
heroica en el peor momento y vence a los malos.
Por
eso había querido estar cerca de él. En su cabeza, creía que, mientras
estuvieran juntos, no les pasaría nada, y, aunque así fuera, Sasuke estaría
allí para salvarlos.
Le
daba seguridad.
Fue
un doloroso golpe saber que su hijo no se sentía a salvo con su familia, pero
no lo culpaba. Cuando Genzo los traicionó, Kushina y él estaban juntos con sus
ejecutores y no fue suficiente para detenerlos. Kurama ni siquiera estaba allí
y, de no ser por Sasuke, probablemente no se hubiera enterado del ataque.
Intercambió
una mirada con Mikoto, sintiéndose horrible por haber estado a la defensiva con
todo el mundo cuando lo único que había querido su hijo era sentirse seguro y
protegido. Ella, sin embargo, no lo miraba de otro modo que no fuera con
comprensión. Entonces, le hizo un gesto con la barbilla, señalando a su hijo.
Inspiró
hondo y se separó un poco para mirarlo. Le limpió la cara, borrando los rastros
de lágrimas.
—Hijo,
siento mucho haberte regañado esta mañana.
Naruto
hizo amago de agachar la cabeza, pero, al final, se quedó mirando a su padre a
los ojos.
—¿Es
porque he hecho algo mal?
Minato
sacudió la cabeza.
—No.
No estaba enfadado contigo. Pero te reñí a ti y eso no está bien. ¿Me perdonas?
Su
hijo asintió con efusividad. Ya no había rastro de timidez y vergüenza en sus
gestos.
—¿Estabas
enfadado con Sasuke? —le preguntó.
—…
Sí —admitió—. Pero no era culpa suya tampoco. No estuvo bien.
Naruto
frunció el ceño mientras sus ojos se perdían en algo lejano, como si revisara
sus recuerdos. Entonces, dio un pequeño saltito y abrió los ojos como platos.
—¿Es
porque le dije a Sasuke que era más guapo que su hermano?
Al
escuchar eso, Mikoto se echó a reír.
—¿Le
dijiste eso?
Naruto
se volvió hacia ella con el ceño arrugado y haciendo un puchero.
—Es
que es verdad. Itachi tiene esas ojeras grandes, parece que lleve días sin
dormir.
La
Omega rio con más fuerza mientras que Minato se había quedado con la boca
abierta. De nuevo, se sintió como un idiota. Había interpretado ese tonto
comentario como parte de la obsesión de Naruto, pero el pequeño hablaba como si
estuviera constatando un hecho, no como algo romántico o… sexual.
El
cachorro se giró entonces hacia él con los ojos como platos.
—Papá,
¿estabas celoso?
La
elegante Mikoto, que no había perdido la compostura, ahora se agarraba la tripa
mientras reía, golpeando el suelo como si no pudiera controlarse. Por otro
lado, Minato seguía con la boca abierta, incapaz de reaccionar a la lógica de
su hijo.
Naruto
lo interpretó como que había acertado.
—No
te preocupes, papá, Sasuke es guapo, pero tú eres hermoso —le dijo con esa
bonita sonrisa que le iluminaba la cara—. Me alegro de parecerme a ti.
Esa
declaración le atravesó el corazón y le calentó el pecho.
—¿Ah,
sí?
Naruto
asintió sin dudar.
—Mamá
y Kurama son impresionantes, pero dan un poco de miedo. —Mikoto estalló de risa
otra vez—. Tú, no. Eres brillante y cálido como el sol.
Minato
tragó saliva y abrazó a su hijo con fuerza, sintiendo que se le humedecían los
ojos.
Maldición.
Lo había tomado por sorpresa.
Entonces,
Mikoto se recuperó de su ataque de risa y ladeó la cabeza, escuchando algo.
Sonrió.
—Acaban
de llegar el resto de invitados —dijo mirando a Minato.
Él
se limpió los ojos sin que Naruto lo viera y, después, se separó para
sonreírle.
—¿Por
qué no vas a saludar a Sasuke?
El
pequeño se sobresaltó. Sus ojos volvían a brillar.
—¿Puedo?
Cuando
Minato asintió, Naruto se fue corriendo por el pasillo, llamándolo a gritos,
haciendo reír a Mikoto.
—Tienes
una liebre por hijo.
Minato
esbozó una tierna sonrisa.
—Sí
—dicho esto, sus labios cayeron y levantó la vista hacia Mikoto—. Omega…
Ella
alzó una mano para detenerlo.
—Tenemos
una psicóloga en la manada que estará encantada de atenderlo. Le encantan los
cachorros —dicho esto, lo contempló con calidez—. De hecho, creo que os vendría
bien a todos visitarla. Parece que tenéis algunas cosas que solucionar.
El
Omega se inclinó.
—Lamento
los problemas.
Mikoto
se encogió de hombros.
—En
absoluto. Mi trabajo es hacer que mis Omegas estén felices. Creo que hoy me he
ganado la cena. —Se levantó con gracia y le tendió la mano para ayudar a Minato
a levantarse—. Además, no es conmigo con quien debes disculparte.
—Cierto
—dijo con una mueca.
Mikoto
le frotó el brazo antes de guiarlo al comedor.
—Tranquilo.
Son tu compañera y tu hijo. Te perdonarán.
Por
un momento, la imagen de Genzo cruzó por la cabeza de Minato, pero la sacudió
rápido.
No
era lo mismo. Ni de lejos. Pero, aun así, lamentaba haberles hecho daño, sobre
todo después de todo lo que habían pasado.
Así
que, cuando llegó al comedor, se dirigió hacia ellos sin dilación y abrazó a su
compañera, susurrándole una disculpa. Kushina le devolvió el gesto sin dudarlo
y lo besó en la cabeza mientras Kurama le frotaba la espalda. Después, lo
abrazó a él también y le pidió perdón. Su hijo respondió frotando su mejilla
contra la suya en un gesto de cariño y afecto.
Tras
unos minutos intercambiando unas palabras mientras los Uchiha iban de un lado a
otro al son de Mikoto, que los organizaba para que fueran trayendo los platos a
la mesa, Minato se giró para buscar a su hijo pequeño.
Ya
estaba sentado en el regazo de Sasuke, contándole emocionado algo. Minato
habría jurado que le escuchó decir que no podía competir con su padre, que él
era más hermoso, pero no tenía el oído agudo de los lobos así que no podía
asegurarlo tampoco. Sin embargo, fuera lo que fuera, el Alfa sonreía mientras
le revolvía el cabello a un alegre y feliz Naruto.
Cuando
sus ojos se cruzaron, Sasuke le dedicó una mirada llena de agradecimiento que
le hizo sentir un poco culpable.
A
pesar de que él todavía no estaba cómodo con su relación, no podía negar que
Sasuke, tal y como había dicho Naruto, les había salvado. Tenían una nueva
oportunidad gracias a él y, aunque su prioridad era el bienestar de su hijo,
era verdad que no había sido del todo justo con él. Después de todo, había
tenido la oportunidad de quedarse con Naruto, pero, en vez de eso, se había
arriesgado para salvarlos. Y lo hizo por el bien de su hijo.
Así
que, por primera vez en un mes, le sonrió. Fue una sonrisa pequeña, pero
sincera.

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