Sweet parents

 


Cuando Sasuke bajó a la recepción del hotel, dejó escapar un suspiro cansado.

Había sido un mes muy ajetreado, sin embargo, todo había salido bien, al final. Su compañero quedó fuera de peligro, su familia estaba sana y salva, y, gracias a la Gran Madre, Minato y Kushina accedieron al final a permitirle formar parte de la vida de Naruto.

Aun así, a pesar de conseguir ese gran paso, apenas tuvo un día para hablar un rato con el cachorro, ya que la época de celo empezó y él decidió no verlo durante ese período de tiempo. No fue porque temiera hacerle nada, ni por falta de control, era lo bastante mayor como para hacer vida normal durante ese tiempo, aunque fuera incómodo. No, lo hizo por Minato, para que pudiera estar tranquilo y demostrarle, de paso, que no era ninguna especie de bastardo pervertido que tocaría de ese modo a un cachorro. Maldita sea, él estaría en la cola para cazar a un cabrón así.

De modo que aceptó la invitación de Sven de quedarse en una de las habitaciones de la Casa de la Manada, dejando que Naruto y su familia permanecieran en la enfermería.

Aun así, y para su sorpresa, hubo quejas.

Por parte del cachorro.

Al parecer, cuando sus padres le dijeron que no podía verlo, se echó a llorar. Pensó que no querían decirle que, en realidad, había estado herido de gravedad por ayudar a su familia y creyó que había muerto. Kurama le contó que la expresión de Minato fue muy divertida, como si no le hubieran advertido doscientas veces de que Naruto ya estaba vinculado a él, a pesar de ser solo un cachorro. Al final, solo lograron calmarlo cuando lo llamaron por teléfono y pudieron hablar durante un rato; aun así, a Sasuke le costó bastante convencerlo de que estaba bien y que simplemente no podían verse porque la época de celo era dura para los adultos, en vez de que en realidad estaba grave. Pese a todo, logró evitar que fuera a buscarlo bajo la promesa de que hablarían todos los días.

Para cuando el celo llegó a su fin y pudieron verse, un recuperado Naruto corrió a sus brazos para olfatearlo sin parar mientras se acurrucaba en su pecho y lo abrazaba por el cuello. Aún se le escapaba una sonrisa al recordar la ternura que le inspiró… hasta que la cara malhumorada de Minato pasaba por su cabeza.

Contuvo otro suspiro mientras dejaba su bolsa de viaje en el suelo y se dejaba caer en el sofá.

Tras el celo, aún tuvieron que esperar una semana más para poder trasladar a Fye. Sasuke ordenó a su gente que se adelantaran, dejando a Seishiro y a Fuuma a cargo, mientras que él se quedaba con los Uzumaki, Sai y Shin (este último había decidido trasladarse con su compañero a Japón) y Kurogane, por supuesto. Era consciente del recelo de su mano derecha hacia la manada de Sven y no quería dejarlo solo con su compañero herido para evitar problemas, de modo que aprovechó para que los Uzumaki terminaran de recuperarse de la horrible experiencia.

En ese tiempo, se enteró por Sven de que, durante el celo, la antigua manada de Kushina no lo había pasado bien.

Los Alfas de la manada empezaron a luchar entre sí por el liderazgo, la mayoría seguidores de Genzo o aquellos que estaban solteros (era extraño que los que tenían familia, sobre todo cachorros, se arriesgaran a los desafíos), pero el caso es que el cargo fue pasando de uno a otro cada pocos días, dejando al resto sumido en el caos y a la manada desprotegida en un momento de máxima vulnerabilidad.

Al final, el número de Alfas se redujo de forma drástica. Eso significaba que no había lobos fuertes para defender el territorio; era cierto que podía haber Betas y Omegas lo bastante poderosos para hacer frente a un Alfa, pero no era algo habitual. Por tanto, la manada no tenía la más mínima oportunidad frente a otra que sí contaría con un gran número de Alfas.

Así que hicieron lo único que podían hacer: someterse.

Sasuke se sorprendió cuando Sven le confesó que habían pedido formar parte de su manada, pero supuso que tenía algo que ver con el tratado de paz. Tal vez habían esperado que Sven fuera más clemente con ellos por eso.

Y, cuando le preguntó qué haría, Sven lo sorprendió de nuevo al decir que estaba planeando dividir de nuevo aquel territorio entre las manadas que lo tuvieron antes de la llegada de Kushina. Dijo que, así, podría forjar una alianza fuerte con ellas y, además, aseguraría que la antigua manada de Kushina tuviera más opciones aparte de la suya.

En otras palabras, estaba dispuesto a acogerlos, pero temía la reacción de su gente a algunos lobos y quería repartirlos. Ofreciendo el antiguo territorio de los Uzumaki a las otras manadas era una forma de asegurarse de que dichos lobos tuvieran otro lugar al que ir y empezar de cero. Así, la manada se disolvería y se mezclaría. No pasarían a ser parte de las otras manadas de forma inmediata, pero, al menos, les daba la oportunidad de esforzarse por hacerlo al mismo tiempo que la dividía para evitar golpes traicioneros y que, a través de uniones de compañeros y establecimientos, seguidos por nuevas camadas de cachorros, se convirtieran en nuevos miembros de las manadas originales de la zona.

Era inteligente al mismo tiempo que piadoso. Sasuke podía comprender la desconfianza hacia la manada de Kushina, no solo por los roces del pasado, sino por la traición actual. Una masacre podría estar justificada hacia los adultos, pero no para los cachorros. Estos no tenían la culpa de las acciones de sus padres y dejarlos huérfanos era también demasiado cruel.

De esta manera, tendrían la ocasión de jurar una nueva lealtad y, esta vez, ceñirse a ella.

Pese a toda la nueva información, no les dijo nada a Kushina o Kurama. Tampoco ellos le preguntaron a nadie si sabían algo de su manada. Debían de estar bastante ocupados en sus propios traumas, el celo y hacerse cargo de la familia.

Así, cuando Fye estuvo listo para viajar, aunque no totalmente recuperado, se pusieron en marcha para volver a Japón. Tuvo que dar las gracias a su madre por haber conseguido un jet privado, hizo que el viaje fuera mucho más cómodo tanto para Fye como para Naruto. Era el primer viaje en avión de su compañero y estuvo bastante intranquilo en algunos tramos, por lo que solía acabar hecho una bola en su regazo, aferrado a él.

Sasuke le preguntó una vez por qué acudía siempre a él cuando podía estar con sus padres o su hermano y Train. Su corazón dio un vuelco cuando le respondió que, desde aquella noche que lo rescató, su aroma lo tranquilizaba.

Fue lo más bonito que le podía haber dicho y, desde luego, no fue capaz de apartarlo. Se limitó a acariciar su cabello y a acunarlo un poco hasta que volvía a calmarse o a quedarse dormido. Y, como estaba siempre en presencia de Kushina, Kurama o Train, Minato no pudo negarse.

Así, tres días atrás, llegaron al hotel en el que se hospedaban. Se habían dado ese margen para recuperarse del vuelo largo y por si Fye necesitaba algún tipo de atención antes de empezar el largo trayecto hacia las Montañas Akaishi.

Sasuke, en parte, estaba deseando llegar a casa. Necesitaba descansar, habían sido demasiadas cosas de golpe, y, pese a que amaba la compañía de Naruto, la convivencia con su receloso padre empezaba a molestarlo. Podía comprender sus temores y que no confiara en él todavía, pero ser tratado como un violador de niños cada vez que se movía cerca de su compañero resultaba ofensivo y se sentía cada vez más incómodo.

—Pareces agotado, hermano.

Se sobresaltó al reconocer la voz y levantó la cabeza. Se le escapó una sonrisa al ver a un sonriente Itachi y una alegre Izumi, que lo saludó levantando la mano.

—Itachi, Izumi —los saludó, poniéndose en pie para darles un abrazo.

Su cuñada, como era de esperar, se lo devolvió con fuerza.

—Vaya, vaya, se nota que nos has echado de menos —comentó con cierto tono burlón.

Él resopló. En ese momento, no le importaba.

—No sabes cuánto.

Izumi, en sus brazos, se tensó.

—Gran Madre, Itachi, tu hermano necesita ayuda urgente.

Itachi esbozó una pequeña sonrisa divertida, pero se desvaneció rápido mientras se separaba de Sasuke y le apretaba un hombro. Sus ojos negros parecían preocupados.

—En serio, ¿cómo estás?

Él suspiró y dejó caer los hombros.

—Cansado. Nada más.

Itachi dio un paso más cerca de él y se inclinó para susurrarle:

—¿Las cosas con tu compañero van bien? ¿Necesitas ayuda?

Sasuke movió la cabeza a un lado y a otro.

—Él es un encanto de cachorro, Itachi —dijo con una pequeña sonrisa, lo que tranquilizó a su hermano—. Es su padre quien no me aguanta.

Izumi se acercó un poco más a él. Todo rastro de diversión había desaparecido de su rostro.

—¿Te impedirá verlo?

—No, pero siento cómo intenta asesinarme con la mirada —suspiró antes de rascarse la cabeza—. No es que no lo entienda, pero es…

—Ofensivo y frustrante —adivinó Itachi.

—Sí —soltó Sasuke.

Su hermano le apretó el hombro.

—Está bien, Sasuke. Tomaré el mando a partir de aquí.

—Gracias —dijo este, dejando que Itachi le acariciara el pelo.

Tras ver la escena, Izumi soltó el aire y sonrió, cruzando los brazos detrás de la cabeza.

—Parece que todos habéis vuelto con compañero en este viaje. Tú, Sai y Kurogane —nada más decir eso, su rostro resplandeció—. Oh, Gran Madre, necesito a ese Omega en mi coche, Itachi. Necesito ver a Kurogane interactuar con él. Tengo que asegurarme de que no sea un desastre o su compañero no querrá aparearse.

Itachi soltó una risilla.

—Tú lo que quieres es cotillear.

Izumi le quitó importancia con un gesto de la mano.

—Cotillear, ayudarlo, es lo mismo.

Sasuke no pudo contener una sonrisa más relajada al ver cómo su cuñada aligeraba el ambiente. A pesar de que le gustaba molestarlo, debía admitir que la amaba en situaciones como aquella. Siempre sabía cómo hacer que una habitación llena de Alfas rabiosos acabaran riendo por alguna tontería o comentario poco decoroso suyo.

Mientras Itachi intentaba convencer a su compañera de que no molestara a Kurogane, el resto fue bajando de las habitaciones. Kurama y Train fueron los primeros, que saludaron a Sasuke con calidez, como de costumbre, y se presentaron a su nueva familia. Después…

—¡Sasuke!

Su corazón brincó de alegría al escuchar esa voz. Se giró a tiempo de cazar al vuelo a su pequeño compañero y cogerlo en brazos. Su cachorro le dedicó una brillante sonrisa mientras lo miraba con sus bonitos ojos azules.

—¡Buenos días! —lo saludó antes de abrazarlo por el cuello.

Sasuke lo estrechó contra sí.

—Buenos días, cachorro. ¿Has dormido bien? —preguntó al mismo tiempo que veía aparecer a Kushina y Minato por el recibidor. El Omega parecía que había estado corriendo, seguro que tras su cachorro, y se le veía algo ofuscado. Aun así, su rostro se endureció al reparar en Sasuke, que lo ignoró. Kushina, por otro lado, estaba relajada e iba detrás de su compañero llevando una maleta.

—Sasuke, ¿quiénes son?

La pregunta de Naruto hizo que dejara de prestar atención al recelo constante de Minato para girarse hacia su hermano e Izumi, que miraba a su compañero con ilusión e impaciencia.

—Naruto, son mi hermano Itachi y su compañera Izumi.

Los ojos del pequeño se iluminaron.

—Pensaba que erais parecidos.

Itachi rio a la vez que se acercaba para saludar al cachorro.

—Yo soy el más guapo —bromeó.

Sin embargo, Naruto frunció el ceño y apretó su abrazo sobre Sasuke.

—No, Sasuke lo es mucho más.

Hubo un instante de silencio que fue solo interrumpido por el jadeo de Minato. Ninguno esperaba que Naruto soltara algo así, solo tenía seis años, después de todo. En otras circunstancias, el momento habría sido tierno, ya que todos eran conscientes de que el cachorro veía a Sasuke como si fuera el mejor Alfa del universo, tal vez con la única excepción de su madre y su hermano, pero no era extraño que expresara sin pelos en la lengua que Sasuke era increíble en todos los aspectos.

Por desgracia, todos sabían que Minato no opinaba lo mismo y, por eso, ese momento que podría haber sido adorable y donde podrían haber acabado haciendo bromas y burlándose de Sasuke, se convirtió en algo tenso. De repente, el ambiente se volvió denso e incómodo.

—Naruto, ven aquí —ordenó Minato, avanzando hacia Sasuke.

El cachorro frunció el ceño y se apretó contra el Alfa.

—Pero, papá, acabo de bajar…

—Ya —exigió el Omega con los hombros tensos y las manos convertidas en puños. Kushina se adelantó hasta quedar a su espalda, lista para agarrarlo de ser necesario.

Naruto miró a Sasuke con ojos de cachorro, nunca mejor dicho, expresando sin palabras su deseo de quedarse con él. Este, muy a su pesar, lo estrechó un instante contra sí antes de decirle:

—Haz caso a tu padre.

El pequeño bajó la mirada, triste, pero soltó a Sasuke y permitió que lo dejara en el suelo. Dos segundos después, Minato lo cogió en brazos y caminó hacia la salida del hotel, seguido de una inquieta Kushina.

Kurama intentó detenerlo.

—Minato…

—No —gruñó este.

Todos vieron impotentes cómo la familia se alejaba. También llegaron a escuchar las quejas del cachorro y cómo su padre lo regañaba por lo que había dicho. El pobre Naruto se defendió diciendo que solo había dicho lo que pensaba y que Itachi no parecía enfadado por su comentario, pero eso pareció enfadar más a su padre mientras que Kushina intentaba que rebajara su tono.

Sasuke apretó los puños con fuerza, conteniendo el fuerte impulso de salir y proteger a su compañero. Él nunca había estado en contra de las uniones mixtas entre lobos y humanos, pero, en aquel instante, odió más que nunca que el padre de su pareja fuera humano.

Una mano fuerte sobre su hombro hizo que alzara la vista. Itachi intentaba decirle que estaba allí para él. Izumi, además, le tomó de la mano. Sin embargo, por una vez, no hubo nada que pudiera decir para consolarlo.

 

 

Fugaku y Mikoto no recordaban haber estado tan emocionados desde la ceremonia de apareamiento de Itachi con Izumi.

Primero, recibieron la noticia de que Sai, su sobrino, había encontrado a su compañero en la manada de Sven. Más tarde, y para su absoluta sorpresa, recibieron la llamada de su hijo menor informándoles que tanto él como el propio Kurogane habían encontrado también a sus destinados. Por supuesto, les contó todas las dificultades de la familia Uzumaki y las horribles experiencias por las que habían pasado, pero, aun así, estaban dispuestos a recibirlos con alegría y a darles un nuevo hogar en el que recuperarse de sus heridas internas.

Además, estaban deseando conocer a Fye. Sasuke juraba que nunca había visto a Kurogane tan suave y no había nadie en la manada que no pagaría por ver algo así. Y, sobre todo, querían conocer al pequeño Naruto.

A diferencia de la mayoría de los lobos, Fugaku y Mikoto ya habían sido testigos de relaciones como la de su hijo y el cachorro y, por ello, no estaban preocupados. Sasuke llevaba poco más de una década buscando compañero, no había enloquecido y tenía control sobre sí mismo, de lo contrario, no lo habrían nombrado como ejecutor principal.

Por eso, habían estado felices por él. La pareja que conocían afirmaba que fue una experiencia muy bonita, sobre todo el Omega, que vio crecer a su Alfa desde que era un recién nacido y formó parte de su vida desde el principio. Yoichi les contó que el vínculo se desarrolló de forma muy natural entre ellos, por lo que nunca llegó a sentirse incómodo, mientras que Rensuke les dijo que, desde que tenía uso de razón, había adorado a Yoichi y que para él fue un gran apoyo tenerlo a su lado en los momentos importantes y también en los difíciles, sobre todo durante su adolescencia, pues resultó ser un Alfa muy dominante, pero su Omega le ayudó a relajarse y a aprender a mantener el control.

Ambos se habían ofrecido amablemente a ayudar a Sasuke si tenía dudas, necesitaba consejo o los padres del cachorro querían alguna referencia. Ellos tuvieron la suerte de haberse criado en la misma manada, por lo que los padres de Rensuke conocían a Yoichi y no tuvieron reparos en hacerle sentir parte de la familia.

Esas eran las razones por las que Fugaku y Mikoto eran tan optimistas, y, por ello, la llegada de sus invitados los impactó tanto.

En el coche de Itachi, iban su hijo, Sai y Kurogane con sus respectivos compañeros. Sasuke parecía especialmente abatido, Kurogane tenía el rostro sombrío y el resto parecía preocupado. Por otra parte, del de Izumi salieron los Uzumaki.

No les costó reconocer quién era quién. El Omega humano rubio, Minato, sostenía a su cachorro en brazos con fuerza y con una expresión fiera y enfadada. La cara del cachorro, por otro lado, les partió el corazón. Parecía que había estado llorando no hace mucho. La Alfa pelirroja, Kushina, parecía agotada, igual que su hijo, sin duda alguna el otro pelirrojo, mientras que el Omega de pelo castaño, el compañero de este, e Izumi parecían tan enfadados como Minato, solo que él parecía ser el centro de su furia.

Fugaku y Mikoto se miraron con cierta inquietud. Sabían por la llamada de su hijo que Minato no entendía el vínculo que lo unía a Sasuke, pero sí que había accedido a que pasara tiempo con él bajo supervisión.

Podían entenderlo teniendo en cuenta de que Minato venía de un mundo distinto al suyo. Los humanos no podían oler a sus destinados ni tampoco vivían tanto tiempo como ellos. Sus reglas eran distintas a las suyas y, como Sasuke, podían ser comprensivos cuando el Omega estaba haciendo un gran esfuerzo por adaptarse a sus normas.

Les había parecido aceptable.

Pero la situación que se desarrollaba frente a ellos no lo era.

Mientras el grupo se acercaba a ellos, pudieron ver y analizar el ambiente. Lo primero de lo que se dieron cuenta era de cómo el pequeño Naruto miraba anhelante a su hijo con ojos tristes, mientras que este estaba haciendo un gran esfuerzo por mantener la distancia con Minato, resistiendo el impulso de consolar a su compañero. El Omega, mientras tanto, trataba de ocultar a su cachorro con su cuerpo en un ademán receloso.

El resto del grupo parecía no saber cómo actuar o estar conteniéndose. Itachi, Sai, Shin, Fye, Kushina y Kurama parecían preocupados y perdidos, mientras que Izumi, Train y Kurogane estaban evitando por todos los medios que hubiera violencia de por medio.

Cuando faltaba poco para llegar a la entrada, Sasuke los vio y se adelantó, caminando a paso rápido, casi trotando. A los dos les sorprendió que fuera directo a Mikoto para abrazarla con fuerza, casi aferrándose a ella. Si bien su hijo menor tenía un lado cariñoso, no era uno que mostrara de forma efusiva y rara vez lo hacía en público, por lo que las cosas iban peor de lo que pensaban. El hecho de que su aroma estuviera envuelto en rabia y dolor se lo confirmó.

—Oh, cariño… —musitó Mikoto, devolviéndole el abrazo.

—Lo siento —dijo su hijo en voz baja. Sonaba más profunda y ronca—. No puedo…

Fugaku le acarició el cabello.

—Tranquilo. Hablaremos después. Haz lo que tengas que hacer para calmarte.

Sasuke asintió con brusquedad antes de dejar su bolsa junto a ellos y alejarse rápido. Los dos con un nudo en la garganta cómo Naruto lo seguía con la mirada. El cachorro parecía a punto de llorar.

Fugaku se inclinó hacia su compañera para susurrarle:

—Tal vez debamos dejar la cena para otro día…

—No —replicó Mikoto con firmeza.

El Alfa frunció el ceño.

—¿Estás segura? Mira cómo están.

—Precisamente por eso —dijo Mikoto con seriedad—. Acabaremos con esto hoy, esta misma noche. —Miró a su pareja con seriedad—. No te preocupes, yo me ocupo de todo.

 

 

Esa noche, los primeros en acudir a la cena fueron los Uzumaki.

Por supuesto, Fugaku y Mikoto lo habían organizado así para crear un ambiente más tranquilo, teniendo en cuenta los temas que debían tratar. Y, aun así, la fractura dentro del núcleo familiar era evidente. Minato estaba claramente a la defensiva con todos los lobos, incluida su propia compañera. Parecía haberse cerrado por completo a la idea de que su cachorro estuviera cerca de Sasuke, mientras que el resto de la familia no estaba de acuerdo.

Cuando entraron, pudieron notar los signos de la pelea que todavía se llevaba a cabo. Minato se aferraba a su cachorro como si esperara algún tipo de ataque y Kushina aún tenía cara de estar agotada, sin duda alguna la discusión con su compañero empezaba a afectarla psíquica y emocionalmente. Kurama estaba frustrado y Train emanaba rabia a través de su aroma y por cada poro de su piel.

El cachorro, en cambio, destilaba tristeza. Los hombres lobo tenían un gran sentido del olfato, hasta el punto de que podían oler algunas emociones, como la lujuria, la ira o el miedo, pero no todas eran tan fáciles de detectar. El dolor, en especial, era difícil a menos que fuera fuerte.

Pero, en Naruto, fue lastimosamente fácil.

Nada más entrar en la casa de estilo tradicional de los Uchiha, Train fue el primero en ir hacia ellos e inclinarse.

—Pido disculpas de antemano por mi aroma —dijo con la cabeza y la mirada gachas.

Fugaku y Mikoto sintieron simpatía. Normalmente, entrar en casa de tus anfitriones oliendo a ira era de mala educación, podía malinterpretarse como una amenaza incluso si eran desconocidos.

Sin embargo, ambos estaban al tanto de su situación. Por eso, la Omega lo tomó del brazo con suavidad.

—¿Por qué no me acompañas al jardín? Te gustará —dicho esto, miró a un cabizbajo Naruto—. ¿Quieres venir tú también?

Los ojos del cachorro relucieron un instante de curiosidad, pero se apagaron con rapidez cuando alzó la cabeza hacia su padre, que no parecía dispuesto a soltarlo.

Pero, Mikoto, por supuesto, ya lo esperaba.

—Se lo pasará mejor jugando en el jardín que escuchando los aburridos temas que tenemos que tratar los adultos —le dijo con una amable sonrisa.

Minato se tensó un instante, dudando. Sabía que en esos temas podía entrar a colación la traición de la manada de Kushina y no quería que Naruto tuviera que escuchar detalles que podían traerle malos recuerdos, en especial después de las discusiones de ese día.

Así que, con un suspiro, dejó al pequeño en el suelo, que saltó de sus brazos para coger la mano de Train y seguir a Mikoto. Por otro lado, Fugaku los guio a él, Kushina y Kurama a otra parte de la casa, a una pequeña sala con una mesita baja y unos cojines que servían de asiento. Parecía que era el lugar donde se solía tomar el té.

Fugaku los invitó a tomar asiento con un gesto de la mano y se acomodó en el suelo.

—Antes de nada, permitidme que os dé la bienvenida a la manada. —Su rostro era serio, pero su tono era cálido y suave—. Sé que es un gran cambio, de país y de cultura, pero haremos todo lo posible para que os sintáis cómodos y os adaptéis a nuestro hogar.

Los tres Uzumaki se inclinaron.

—Apreciamos mucho vuestra hospitalidad, Alfa —dijo Kushina.

Fugaku esbozó una imperceptible sonrisa.

—Usad esta semana para descansar y acomodaros en vuestro nuevo hogar. Aún os estamos buscando una casa apropiada —dicho esto, miró a Kurama—. Espero que no te importe compartirla con tus padres hasta que encontremos otra para ti y tu compañero.

—Para nada, Alfa —respondió Kurama con firmeza—. Estamos muy agradecidos. Nos esforzaremos para ser de utilidad a la manada.

—Estoy seguro de que no habrá problemas —dijo Fugaku—. Tengo entendido que vosotros dos y Train sois grandes luchadores. Estoy seguro de que encontraremos algo para vosotros.

Minato apretó los labios al escuchar eso, aunque no dijo nada.

Fue como volver a ser presentado ante la manada de Kushina. Un humano sin habilidades útiles. Un músico como él no tiene nada que hacer en una manada de lobos. No sabe pelear, ni siquiera usar armas de fuego, tampoco puede hacer tareas de gestión o administrativas, no es médico, ni abogado, ni tiene un negocio con el que aportar algo.

Por si fuera poco, no valía ni siquiera como criador, como habían dicho algunos. Naruto solo demostraba ahora tener rasgos de lobo, pero era demasiado pequeño para saber si sería capaz de cambiar. Ni siquiera podía dar a luz cachorros con fuertes características de cambiante.

Pese a tener el apoyo de Kushina y Kurama, no fue suficiente. No para la manada.

Y ahora era lo mismo. Tendría que volver a pasar por eso.

—¡Ya he vuelto! —dijo la voz alegre de Mikoto, que se situó junto a su marido—. ¿Qué me he perdido?

—Hablábamos de sus funciones en la manada —dijo Fugaku.

Para Minato, la conversación sonaba lejana. Él no pintaba nada allí. Debería haber ido él con Naruto al jardín en vez de que con Train. Seguro que el Omega les resultaba mucho más interesante, era más fuerte que muchos Alfas para su género y sería una gran aportación a la manada.

—Espléndido —dijo Mikoto—. Lo que me recuerda… Minato, eres músico, ¿verdad?

Al oír su nombre, se sobresaltó un poco. Alzó la vista hacia Mikoto, que lo observaba con sus brillantes ojos negros. Parecía ilusionada.

—Umm… —dudó. No esperaba que le dirigieran la palabra, la verdad—. Esto… Sí.

La sonrisa de la Omega fue radiante.

—Maravilloso —dijo caminando hacia él. Las mangas largas de su kimono bailaron de forma grácil con su movimiento, llamando su atención. Nunca había visto a una loba moverse de un modo tan elegante—. En nuestra manada tenemos aficionados, pero ningún profesional. Serás una excelente aportación para nosotros.

Minato parpadeó. ¿Había oído bien?

—¿Qué? —soltó sin pensar.

Mikoto revoloteó a su alrededor mientras hablaba.

—Nuestro pueblo es un lugar turístico, de ahí es de donde vienen una parte de nuestros ingresos. Todos los fines de semana estamos a tope, y, por supuesto, tenemos espectáculos que ofrecer. ¿Y cuál es uno de los aspectos más importantes del espectáculo? —preguntó, mirando a un estupefacto Minato—. ¡La música! Contigo echándonos una mano, la calidad de nuestras actividades festivas dará un gran salto. Solo de imaginarlo me dan ganas de organizar algo ahora mismo, seguro que nuestros músicos aficionados estarán deseosos de aprender de un experto… —dijo emocionada.

Fugaku esbozó una media sonrisa.

—Compañera, te estás yendo por las ramas.

Mikoto soltó un bufido y cogió a Minato del brazo para animarlo a levantarse.

—Sí, sí, ya veo hacia dónde va esto. Los guerreros queréis contaros batallitas, bla, bla, bla. —Se giró hacia Minato con una expresión digna de una niña a la que habían llamado princesa por primera vez—. Vamos, Minato. Dejemos que los Alfas se den puñetazos en el pecho para ver quién ha arrancado más cuellos mientras los Omegas hacemos planes de verdad que beneficiarán a la manada.

Fugaku frunció el ceño, pese a que sus labios estaban curvados hacia arriba.

—Eso ha dolido, mi Omega.

Ella sacudió una mano quitándole importancia mientras que con la otra arrastraba a Minato fuera de la habitación.

—Eres un Alfa duro, lo superarás.

Después de eso, Minato siguió a Mikoto sintiéndose algo desorientado. No estaba seguro de lo que acababa de pasar, o, más bien, le costaba asimilar la situación. La Primera Omega de los Uchiha había declarado que él era útil para los suyos, que podía aportar algo.

—Alfas —refunfuñó ella mientras lo conducía a alguna parte—, si no nos tuvieran a nosotros se pasarían el día dándose cabezazos entre ellos como cavernícolas. Sí, son altos, fuertes y todo lo que quieras, pero en cuanto uno diga que puede mear muy alto, los otros irán corriendo a demostrar que ellos pueden hacerlo aún más arriba…

—Omega… —la interrumpió Minato, pero, al darse cuenta de lo que había hecho, cerró la boca.

Mikoto, sin embargo, no estaba ofendida. Incluso se detuvo para prestarle toda su atención.

—Oh, discúlpame, querido. Soy un poco quejica para estas cosas. ¿Qué necesitas?

Minato cambió el peso de un pie a otro, dudando. Aun así, la Primera Omega esperaba paciente, con las manos entrelazadas por delante y mirándolo con dulzura. Eso le dio un poco de confianza.

—¿De verdad… puedo ser músico aquí?

Mikoto le sonrió y le hizo un gesto con la cabeza para que la siguiera.

—Por supuesto que sí. Yo no digo las cosas para engañar a nadie ni hacer que se creen falsas expectativas. Soy la Primera Omega de esta manada —dijo con la cabeza alta— y eso significa que mi trabajo es procurar que los Omegas bajo mi cargo estén sanos y felices —dicho esto, lo miró por encima del hombro con una sonrisa—. Por supuesto, esperamos que todos contribuyan a la prosperidad de nuestra manada, pero, Minato, si no hubieses podido aportar nada, te habríamos encargado otro trabajo. No eres el primer humano compañero que tenemos, hay algunos que vinieron sin saber qué hacer y les dimos otras tareas o les enseñamos a ejercer algún oficio. Aquí cultivamos y criamos animales y conservamos algunos trabajos de artesanía, así que no te habrías aburrido.

Minato relajó un poco su postura al saber aquello.

—Ya veo.

—Supongo que en tu otra manada las cosas eran distintas, ¿no?

Él asintió, sin decir una palabra.

Para entonces, habían llegado al jardín. Minato no entendía mucho de botánica, pero supo de inmediato que su estructura estaba muy bien delineada y cuidada. La nieve tapaba todas las plantas que podría haber identificado, del mismo modo que tampoco estuvo seguro de qué tipo de árboles eran los dos que había a cada lado.

En el centro, Train ayudaba a Naruto a hacer una bola de nieve que debía de ser la base de un muñeco. Sin embargo, su hijo no parecía muy entusiasmado, aunque hacía el esfuerzo.

Train los escuchó y los miró un momento, pero, al ver que la Primera Omega no decía nada, siguió ayudando al cachorro.

Minato bajó la vista, arrugando la nariz. Odiaba ver a su cachorro tan deprimido, pero no sabía qué otra cosa hacer.

Su atracción por Sasuke no era natural. No podía ser bueno que Naruto estuviera tan apegado a él. Podía aceptar que algún día serían compañeros, pero, ahora, Naruto no tenía que ser un compañero, tenía que ser un niño normal. No podía pasar toda su infancia detrás de Sasuke y mucho menos sentirse tan atraído cuando solo tenía seis años, era…

—Entonces —Mikoto interrumpió de repente sus pensamientos, sobresaltándolo—, no estabas cómodo en tu manada.

Minato suspiró y se concentró en la conversación. Más tarde, pensaría en cómo lidiar con Naruto. Y con su familia.

—No —admitió.

—Pero, aun así, te quedaste.

Minato frunció el ceño.

—Por supuesto.

—¿Por qué? Me han contado lo que ha pasado con vuestra antigua manada y me da la sensación de que vuestra relación era un problema para ellos desde el principio.

El ceño del rubio se acentuó.

—Es mi compañera. Estoy seguro de que lo entiendes.

Mikoto ya no sonreía. Ahora estaba seria y lo contemplaba con intensidad.

—Lo hago. Por eso no entiendo lo que estás haciendo ahora.

Minato sacudió la cabeza, confundido.

—¿Qué quieres decir?

La Primera Omega, en vez de responder, se sentó en el suelo de madera y esperó a que hiciera lo mismo. Minato no estaba seguro de querer tener esa conversación, pero hubo algo en la Uchiha que le hizo obedecer. Se sintió como si no tuviera otra opción, a pesar de que ella no hizo nada que le hiciera pensar que le haría daño o le impediría la huida.

Cuando obedeció, ella hizo un gesto con la mano, como si quisiera remarcar algo obvio.

—Eres humano. Descubriste nuestro mundo cuando conociste a Kushina y te apareaste con ella, aun sabiendo que eso significaba que tendrías que abandonar la vida que tenías antes para unirte a la nuestra. —Mikoto hizo una pausa, ladeando la cabeza—. Estoy segura de que tuvo que contarte algo. Decirte que la violencia, para bien y para mal, forma parte de nuestro mundo. No importa cuánto avancemos, siempre seremos en parte animales y tendremos instintos. Siempre habrá luchas de poder, aunque pasen cien años. Para un humano eso es mucho tiempo, pero para nosotros, no tanto. —Hizo una pausa breve, mirando con atención al rubio—. Nuestras leyes también son más duras. Tenemos castigos violentos que incluyen la muerte y nuestros Alfas tienden a ser agresivos por naturaleza. ¿Ella te contó algo de esto?

Minato asintió.

—Lo hizo.

—Y, aun así, lo abandonaste todo por ella.

—Sí, ¿y qué?

—¿Te arrepentiste cuando viste lo que te esperaba en su manada?

El Omega arrugó la frente.

—No voy a negar que nunca me sentí como si estuviera en casa, salvo cuando estaba a solas con Kushina o Kurama. Tuve que aprender vuestras leyes y costumbres, y, aun así, nunca me sentí preparado para ser el Primer Omega. De hecho, no quería ejercer como tal. Me habría parecido bien que Genzo ocupara el cargo.

—¿Y por qué lo hiciste entonces?

—Kushina creía que tendría una mejor aceptación en la manada si lo hacía —dicho esto, bajó la cabeza y apretó los puños—. Lo intenté. Me esforcé por tratar de entender a los otros Omegas. Pero yo no soy un lobo. No sé cómo se sienten realmente.

—Pero, aun así, aguantaste.

Minato levantó la cabeza y clavó sus ojos en los de Mikoto para que viera que hablaba en serio.

—La quiero. Más de lo que nunca había querido a nadie.

Los rasgos de la Omega se suavizaron cuando sonrió.

—Te creo —dicho esto, un rastro de tristeza surcó sus ojos cálidos—, pero, por eso, me sorprende el daño que le estás haciendo ahora.

Minato tensó los hombros.

—Solo intento proteger a mi hijo.

Mikoto miró a Naruto, que seguía amontonando distraído más nieve en una segunda bola para colocarla sobre la base.

—Él también está sufriendo, pero no como tu compañera —dicho esto, lo miró de nuevo—. Eres humano, así que supongo que debe de ser diferente para ti… Aunque, en teoría, no debería. Si la quieres tanto como ella te ama a ti, deberías comprender el dolor que le produce tu rechazo.

—Yo no la he rechazado —replicó Minato con más brusquedad de la que pretendía.

Aun así, Mikoto no se inmutó.

—Es la sensación que da desde fuera —dijo mientras una arruga resquebrajaba su perfecta frente—. Parecéis una familia a punto de romperse.

Minato arrugó la nariz y se puso en pie de un salto.

—Mi familia no es asunto tuyo.

Esta vez, la Omega entrecerró los ojos.

—Teniendo en cuenta que ahora sois parte de mi manada, lo es.

—Tú solo quieres asegurarte de que tu hijo se quede con mi cachorro.

Por primera vez, Mikoto le lanzó una mirada abrasadora y su tono se endureció.

—Te lo he dicho antes, Minato, y no me gusta repetirme, pero, teniendo en cuenta tu situación, lo pasaré por alto esta vez. Yo no necesito engañarte o mentirte. Soy la Primera Omega de esta manada y tu familia forma parte de ella. Eso significa que tú me importas y que Naruto me importa. Así que, si veo que tu familia está a punto de desmoronarse, mi trabajo es resolver ese problema. Ahora, ¿vas a dejar que te ayude o prefieres que tu cachorro y tu compañera sigan sufriendo como ahora? —le preguntó señalando a Naruto.

Minato se quedó callado, incapaz de decir nada. Una parte de él seguía pensando que Mikoto hacía todo aquello por su hijo, pero, mirándola a los ojos, también sentía que cada palabra que había dicho no era más que la verdad.

Al final, miró a Naruto. Su cachorro siempre había sido tan vivaz, una pequeña bola de hiperactividad que no paraba quieto ni un instante… pero, ahora, en vez de estar tirándose sobre la nieve o persiguiendo a Train, solo amontonaba nieve con una mirada triste en los ojos, que parecían al borde del llanto.

No quería eso. Y tampoco quería que Kushina sintiera que no la tenía en consideración o que ya no la amaba. O que Kurama sintiera que lo ignoraba. Podía haber sido un adulto cuando lo conoció, pero, de algún modo, en el fondo, seguía siendo un cachorro hambriento del amor de su padre Omega.

Y él lo había adoptado como suyo.

Tras un minuto entero, se sentó, sintiéndose derrotado por completo.

Mikoto relajó su expresión.

—Puedo entender que, viniendo de un mundo tan distinto al nuestro, te sea difícil entender cómo funciona la relación entre nuestros hijos —dijo despacio, como si quisiera tener cuidado con sus palabras—, pero ya has visto cosas peores de nosotros. Lo que ocurrió hace un mes debería de ser tu peor pesadilla. No entiendo por qué ahora te cierras tanto a su vínculo cuando sabes lo hermoso que es tener un compañero. Creí que habías accedido a las visitas supervisadas porque pensabas que los dos tenían una oportunidad de tener eso.

Minato dejó escapar un suspiro cansado.

—Eso es verdad.

Mikoto frunció ligeramente el ceño.

—¿Hay algo que te haya hecho dudar? ¿Tal vez Sasuke ha hecho algo que te ha molestado? No confundas el cariño que siente por Naruto con algo sexual. Para él, solo es un cachorro que ha pasado por muchas cosas.

El Omega sacudió la cabeza.

—No es eso. Es que… —se detuvo, sin estar seguro de cómo expresarlo.

Mikoto se inclinó hacia él. Su expresión y tono eran más dulces.

—No tengas miedo de ser claro y contundente conmigo. Los japoneses solemos ser más comedidos, pero, para solucionar problemas, yo prefiero que seamos directos.

Minato inspiró hondo y lo soltó:

—Me preocupa que Naruto esté demasiado obsesionado con Sasuke. Kushina me dijo que ahora lo vería como un hermano mayor o algo parecido, pero… —Apretó los puños y le tembló el labio—. En todo este mes, apenas no ha dejado de estar pendiente de él. Se llevó un disgusto horrible cuando le dijimos que no podía verlo por el celo y solo se calmó cuando lo llamó por teléfono. Incluso después de eso, lo primero que quería hacer nada más despertarse era ir a verlo. —Levantó la vista hacia Mikoto, dejando que se reflejara su preocupación en los ojos—. Se ha recuperado de la hipotermia, pero sé que apenas duerme y ya no tiene el apetito de antes. Kushina cree que solo necesita tiempo para acabar de recuperarse, pero lo único que pide es estar con Sasuke. Yo quería creer que de verdad podía tener una vida normal, pero esto… No sé, no se parece a la idea que me había hecho. —Hizo una pausa en la que frunció el ceño—. No creo que tu hijo vaya a hacerle daño. No es que me haya acostumbrado todavía a su relación, me sigue pareciendo… raro. Pero podía tolerarlo cuando creía que él solo formaría parte de su vida, no que la eclipsaría por completo.

Mikoto lo escuchó todo sin interrumpir una sola vez, prestándole toda su atención.

—Entiendo. —Minato se sintió un poco mejor al escuchar eso. Ella no lo juzgaba duramente—. ¿Qué opina Kushina?

Él soltó un suspiro cansado.

—Piensa que es normal que Naruto quiera estar con Sasuke. Igual que Kurama. Y que Train.

Ella asintió con una mirada pensativa.

—¿Y qué dice Naruto?

Minato se sobresaltó.

—¿Eh?

—¿Le has preguntado a él por qué se siente de esa manera?

Le costó un poco sacudir la cabeza, algo avergonzado. Mikoto le sonrió con comprensión.

—Tal vez hablando con él te sea más fácil entender cómo se siente, ¿no crees? —Antes de darle tiempo para responder, ella se giró hacia el cachorro y Train—. ¡Train, Naruto! ¿Os importa acompañarnos un momento?

Los dos se acercaron cogidos de la mano. Esta vez, Train parecía mucho más tranquilo y, cuando cruzó sus ojos con los de Minato, le dedicó una mirada arrepentida. Era evidente que había escuchado toda la conversación.

Mikoto le hizo un gesto a Naruto para que se sentara a su lado.

—¿Te importa sentarte conmigo, Naruto?

Este miró de reojo a su padre, que se sintió un tanto mortificado por dentro al darse cuenta de que su hijo lo hacía para evitar que volviera a haber una discusión. Asintió enseguida.

Mikoto le sonrió entonces a Train.

—Train, nuestros Alfas llevan mucho rato a solas. ¿Puedes asegurarte de que todavía no se han arrancado alguna extremidad, por favor?

—Claro, Omega —dijo con una reverencia.

Sin embargo, antes de marcharse, pasó junto a Minato y le dio un apretón en el hombro. Él tragó saliva, un tanto aliviado de que Train comprendiera su punto de vista. Había sido más brusco que Kushina y Kurama al intentar explicarle el daño que le estaba haciendo a Naruto y Sasuke al mantenerlos separado y ambos habían acabado gritándose.

Era cierto que no se conocían desde hacía mucho, pero, después de todo, era el compañero de Kurama. Además, como su hijo mayor, lo había aceptado enseguida y sin reservas, a pesar de ser completamente humano, de modo que, pese a no llevar mucho tiempo juntos, lo había apreciado. Había sido agradable tener nueva compañía para pasar el rato, aparte de Kushina, Kurama y sus ejecutores.

Cuando se marchó, Naruto ya se había sentado en medio de los dos Omegas y Mikoto le estaba apartando algunos mechones de la cara con gestos amorosos, casi maternales. Era evidente que le gustaba su hijo, lo había demostrado cuando los habían recibido esa mañana.

—Oh, Naruto, ¿a qué viene esa cara tan larga? —le dijo la Omega con una voz muy dulce—. ¿No te gusta mi casa?

El cachorro se sobresaltó y agachó la cabeza.

—Es un poco rara, pero es muy bonita, Omega —dijo en voz baja.

Mikoto le sonrió y le acarició la cabeza.

—Puedes llamarme Mikoto —dicho esto, echó un vistazo a su alrededor—. Claro, nunca habías visto una casa tradicional japonesa, ¿verdad? Te has criado a lo occidental, puede que tardes un poco en acostumbrarte.

Naruto alzó los ojos. Ahora brillaban un poco, curiosos.

—Está bien, me gusta el suelo. Puedo ir descalzo.

—Eso siempre es divertido, ¿verdad? —rio Mikoto antes de dedicarle una breve mirada a Minato, que esperaba paciente el momento apropiado para hablar con su hijo—. Entonces, dime, ¿qué es lo que te ha puesto triste?

El cachorro se tensó y bajó la mirada otra vez. Sus ojos perdieron todo rastro de calidez.

—Estoy bien.

—Oh, cariño —dijo Mikoto, señalándose la nariz—, sabes que nosotros podemos olerlo todo.

Naruto se mordió el labio inferior y sus manitas se aferraron al bajo de su chaqueta. Parecía estar conteniendo el llanto.

Minato estaba a punto de intervenir cuando Mikoto le acarició la mejilla.

—No tengas miedo. Nadie está enfadado contigo. Solo estamos un poco preocupados.

Cuando Naruto miró a su padre, este asintió efusivo, inclinándose sobre el tatami hasta apoyar las manos en el suelo.

—Está bien, Naruto. No pasa nada.

El cachorro se tomó su tiempo para hablar, todavía indeciso. Cuando lo hizo, siguió sin mirar a los Omegas.

—Quiero… estar con Sasuke.

Minato se estremeció, pero Mikoto permaneció tranquila.

—¿Por qué?

De nuevo, Naruto tardó un minuto en responder, como si le costara encontrar las palabras adecuadas para hacerse entender.

—Es que… me siento seguro con él.

… De acuerdo, no era la respuesta que esperaba Minato, pero, sin duda, era mejor de lo que se temía, al menos, de momento.

Mikoto, por otro lado, no parecía contenta.

—¿Te sientes en peligro?

La pregunta hizo que Minato se pusiera alerta también. Por instinto, miró a su alrededor, pero, pensándolo bien, si hubiera cualquier tipo de amenaza, los lobos lo detectarían mucho antes que él.

Para su confusión, Naruto sacudió la cabeza.

—No, pero… Desde esa noche, tengo miedo.

—¿De qué? ¿Qué ocurre? —Minato no pudo evitar preguntarlo. Sabía a qué noche se refería, él y Kushina también tenían pesadillas sobre eso a pesar de que ya había pasado todo un mes. Los dos sabían que sería algo con lo que tendrían que aprender a vivir el resto de su vida.

Se acercó a su hijo y lo puso sobre su regazo, abrazándolo. El cachorro lo miró por fin. Estaba al borde de las lágrimas.

—Todo lo que pasó fue culpa mía. Fue porque no soy un lobo como mamá.

Minato se quedó helado.

Sabía que a Naruto le pasaba algo raro. Sabía que algo no iba bien. No tenía apetito y dormía mal por las noches. Pensó que su vínculo con Sasuke estaba mal, que lo estaba afectando de un modo que no debería e incluso llegó a plantearse si de verdad serían compañeros, ya que solo ellos dos podían sentirlo.

Kushina creyó que aún tenía que recuperarse de la hipotermia y de la horrible experiencia, pero no lo tuvo en cuenta. No lo hizo porque él parecía genuinamente feliz cerca de Sasuke. Pensó que, al no haber sido testigo de la parte más sangrienta, no lo afectaría tanto.

Dios, había sido un ingenuo.

—No. Naruto, no —le dijo, estrechándolo contra sí mientras a este se le escapaba un sollozo—. No fue culpa tuya. Ni siquiera lo pienses.

—Pero es la verdad —lloró el pequeño, aferrándose a su padre—. El papá de Kurama lo dijo. Si yo hubiera sido como él no habría pasado nada. No os habrían hecho daño a ti y a mamá, y Fye estaría bien. Elda y Freya estarían aquí. Y Yui no habría tenido que protegerme.

Minato cerró los ojos con fuerza al pensar en sus leales ejecutores. Él también se sentía responsable de sus muertes. Fye había encontrado a su compañero, pero sabía que todavía lloraba a su hermano gemelo. Era una lástima que no hubiera podido ver, al menos, que Fye podría llorar en el hombro de su compañero y que este cuidaría de él.

Y las gemelas… Freya no habría sobrevivido a Yui. Habría muerto con él apenas matara a todos los que los habían traicionado. Elda no tenía compañero, pero amaba tanto a su hermana que tampoco estaba seguro de que hubiera podido soportar su pérdida.

Aun así, habría deseado que las cosas fueran diferentes, que pudieran haberse salvado todos y tener un final feliz.

… Aunque, ¿realmente ese habría sido un final feliz? Naruto aún tendría un horrible trauma, él y Kushina se seguirían sintiendo responsables por lo ocurrido y Kurama habría tenido que enfrentarse a su padre de todos modos.

Supuso que el final feliz nunca fue posible. No en la manada de Kushina. Desde que ella apareció con él como compañero, no hubo posibilidades.

Sin embargo, todo aquello ya había quedado en el pasado. Tomaron sus decisiones y ya no podían cambiarlas. Aunque no fuera todos juntos, habían llegado hasta allí, a un nuevo comienzo.

Naruto no debería empezarlo sintiéndose culpable de algo que nunca estuvo en sus manos.

—Naruto, no podemos escoger cómo nacemos. No tenemos ningún control sobre eso.

Mikoto acarició la cabeza del cachorro.

—Eso es cierto. Los únicos culpables son los que os atacaron.

El cachorro sorbió por la nariz.

—Pero… Ahora tengo olfato. Y mi vista es mejor. Si lo hubiera tenido antes, nada habría pasado.

Minato lo estrechó con más fuerza contra él.

—Naruto, no importa lo que te dijera Genzo. No se trataba de eso. Él quería la posición del Primer Omega. Daba igual si tenías o no rasgos de lobo o si yo hubiera sido un cambiante completo. Él habría encontrado una excusa para atacarnos de todos modos.

El pequeño parpadeó.

—¿Qué?

Mikoto le acarició esta vez la mejilla, limpiándole las lágrimas.

—Te mintió, cachorro. Ese Omega solo quería formar parte del liderazgo de la manada. No tuvo nada que ver contigo. Si no hubiera sido porque no tenías rasgos de lobo, habría dicho que eras un mestizo, o, incluso si fueras un hombre lobo, que Kurama era mucho más fuerte que tú.

Naruto parpadeó de nuevo, ahora mirando a su padre.

—Entonces… ¿Nos habrían atacado de todos modos? Elda, Freya, Yui… ¿Habrían muerto igual? —preguntó con nuevas lágrimas y la voz rota.

Minato lo miró con tristeza.

—Tal vez. Ya no podemos saberlo, hijo. No podemos volver atrás.

Naruto sollozó otra vez y cerró los ojos con fuerza, enterrando la cara en el pecho de su padre.

—Tengo miedo. Me da miedo que nos pase lo mismo.

—No pasará, Naruto —le prometió el Omega acariciando su cabeza—. Genzo ya no está. No volverá a hacernos daño.

—Pero ¿y si a otros lobos les molesta que sea mestizo?

Mikoto levantó la barbilla y esbozó una sonrisa que envió un escalofrío por la columna de Minato.

—Tendrán que enfrentarse a los Uchiha.

Al oír eso, Naruto dejó de llorar y miró esperanzado a la Omega.

—¿A Sasuke también?

—No lo dudes ni un segundo, pequeño.

El cachorro se limpió los ojos y se acurrucó en el regazo de su padre con una pequeña sonrisa.

—Está bien. Mientras estemos con Sasuke, todo irá bien.

Minato lo observó desde arriba.

—¿Por qué dices eso?

Naruto le devolvió la mirada. Sus ojos relucían, repletos de emociones entretejidas. Miedo, esperanza, dolor, calidez. No comprendió esos sentimientos hasta que el cachorro habló:

—Yo pensaba que Sasuke era de los malos cuando me encontró. Pensaba que, una vez me cogiera, moriríamos todos. Pero me juró que no me haría daño y que me llevaría de vuelta con vosotros, y lo hizo. Nos salvó. Con él, no nos volverá a pasar nada.

Minato cerró los ojos, sintiéndose estúpido de repente.

Naruto no estaba obsesionado de un modo enfermizo por Sasuke. Sasuke solo era su héroe.

Era normal que su hijo siguiera asustado con todo lo que había pasado. No permitiría que se sintiera culpable, pero podía entender el miedo y el trauma que arrastraría consigo durante un tiempo. Podía comprender que, con el ataque tan reciente, estuviera alerta y temeroso de que volviera a ocurrir.

Pero Sasuke apareció para salvarlos a todos, como un superhéroe que hace su entrada heroica en el peor momento y vence a los malos.

Por eso había querido estar cerca de él. En su cabeza, creía que, mientras estuvieran juntos, no les pasaría nada, y, aunque así fuera, Sasuke estaría allí para salvarlos.

Le daba seguridad.

Fue un doloroso golpe saber que su hijo no se sentía a salvo con su familia, pero no lo culpaba. Cuando Genzo los traicionó, Kushina y él estaban juntos con sus ejecutores y no fue suficiente para detenerlos. Kurama ni siquiera estaba allí y, de no ser por Sasuke, probablemente no se hubiera enterado del ataque.

Intercambió una mirada con Mikoto, sintiéndose horrible por haber estado a la defensiva con todo el mundo cuando lo único que había querido su hijo era sentirse seguro y protegido. Ella, sin embargo, no lo miraba de otro modo que no fuera con comprensión. Entonces, le hizo un gesto con la barbilla, señalando a su hijo.

Inspiró hondo y se separó un poco para mirarlo. Le limpió la cara, borrando los rastros de lágrimas.

—Hijo, siento mucho haberte regañado esta mañana.

Naruto hizo amago de agachar la cabeza, pero, al final, se quedó mirando a su padre a los ojos.

—¿Es porque he hecho algo mal?

Minato sacudió la cabeza.

—No. No estaba enfadado contigo. Pero te reñí a ti y eso no está bien. ¿Me perdonas?

Su hijo asintió con efusividad. Ya no había rastro de timidez y vergüenza en sus gestos.

—¿Estabas enfadado con Sasuke? —le preguntó.

—… Sí —admitió—. Pero no era culpa suya tampoco. No estuvo bien.

Naruto frunció el ceño mientras sus ojos se perdían en algo lejano, como si revisara sus recuerdos. Entonces, dio un pequeño saltito y abrió los ojos como platos.

—¿Es porque le dije a Sasuke que era más guapo que su hermano?

Al escuchar eso, Mikoto se echó a reír.

—¿Le dijiste eso?

Naruto se volvió hacia ella con el ceño arrugado y haciendo un puchero.

—Es que es verdad. Itachi tiene esas ojeras grandes, parece que lleve días sin dormir.

La Omega rio con más fuerza mientras que Minato se había quedado con la boca abierta. De nuevo, se sintió como un idiota. Había interpretado ese tonto comentario como parte de la obsesión de Naruto, pero el pequeño hablaba como si estuviera constatando un hecho, no como algo romántico o… sexual.

El cachorro se giró entonces hacia él con los ojos como platos.

—Papá, ¿estabas celoso?

La elegante Mikoto, que no había perdido la compostura, ahora se agarraba la tripa mientras reía, golpeando el suelo como si no pudiera controlarse. Por otro lado, Minato seguía con la boca abierta, incapaz de reaccionar a la lógica de su hijo.

Naruto lo interpretó como que había acertado.

—No te preocupes, papá, Sasuke es guapo, pero tú eres hermoso —le dijo con esa bonita sonrisa que le iluminaba la cara—. Me alegro de parecerme a ti.

Esa declaración le atravesó el corazón y le calentó el pecho.

—¿Ah, sí?

Naruto asintió sin dudar.

—Mamá y Kurama son impresionantes, pero dan un poco de miedo. —Mikoto estalló de risa otra vez—. Tú, no. Eres brillante y cálido como el sol.

Minato tragó saliva y abrazó a su hijo con fuerza, sintiendo que se le humedecían los ojos.

Maldición. Lo había tomado por sorpresa.

Entonces, Mikoto se recuperó de su ataque de risa y ladeó la cabeza, escuchando algo. Sonrió.

—Acaban de llegar el resto de invitados —dijo mirando a Minato.

Él se limpió los ojos sin que Naruto lo viera y, después, se separó para sonreírle.

—¿Por qué no vas a saludar a Sasuke?

El pequeño se sobresaltó. Sus ojos volvían a brillar.

—¿Puedo?

Cuando Minato asintió, Naruto se fue corriendo por el pasillo, llamándolo a gritos, haciendo reír a Mikoto.

—Tienes una liebre por hijo.

Minato esbozó una tierna sonrisa.

—Sí —dicho esto, sus labios cayeron y levantó la vista hacia Mikoto—. Omega…

Ella alzó una mano para detenerlo.

—Tenemos una psicóloga en la manada que estará encantada de atenderlo. Le encantan los cachorros —dicho esto, lo contempló con calidez—. De hecho, creo que os vendría bien a todos visitarla. Parece que tenéis algunas cosas que solucionar.

El Omega se inclinó.

—Lamento los problemas.

Mikoto se encogió de hombros.

—En absoluto. Mi trabajo es hacer que mis Omegas estén felices. Creo que hoy me he ganado la cena. —Se levantó con gracia y le tendió la mano para ayudar a Minato a levantarse—. Además, no es conmigo con quien debes disculparte.

—Cierto —dijo con una mueca.

Mikoto le frotó el brazo antes de guiarlo al comedor.

—Tranquilo. Son tu compañera y tu hijo. Te perdonarán.

Por un momento, la imagen de Genzo cruzó por la cabeza de Minato, pero la sacudió rápido.

No era lo mismo. Ni de lejos. Pero, aun así, lamentaba haberles hecho daño, sobre todo después de todo lo que habían pasado.

Así que, cuando llegó al comedor, se dirigió hacia ellos sin dilación y abrazó a su compañera, susurrándole una disculpa. Kushina le devolvió el gesto sin dudarlo y lo besó en la cabeza mientras Kurama le frotaba la espalda. Después, lo abrazó a él también y le pidió perdón. Su hijo respondió frotando su mejilla contra la suya en un gesto de cariño y afecto.

Tras unos minutos intercambiando unas palabras mientras los Uchiha iban de un lado a otro al son de Mikoto, que los organizaba para que fueran trayendo los platos a la mesa, Minato se giró para buscar a su hijo pequeño.

Ya estaba sentado en el regazo de Sasuke, contándole emocionado algo. Minato habría jurado que le escuchó decir que no podía competir con su padre, que él era más hermoso, pero no tenía el oído agudo de los lobos así que no podía asegurarlo tampoco. Sin embargo, fuera lo que fuera, el Alfa sonreía mientras le revolvía el cabello a un alegre y feliz Naruto.

Cuando sus ojos se cruzaron, Sasuke le dedicó una mirada llena de agradecimiento que le hizo sentir un poco culpable.

A pesar de que él todavía no estaba cómodo con su relación, no podía negar que Sasuke, tal y como había dicho Naruto, les había salvado. Tenían una nueva oportunidad gracias a él y, aunque su prioridad era el bienestar de su hijo, era verdad que no había sido del todo justo con él. Después de todo, había tenido la oportunidad de quedarse con Naruto, pero, en vez de eso, se había arriesgado para salvarlos. Y lo hizo por el bien de su hijo.

Así que, por primera vez en un mes, le sonrió. Fue una sonrisa pequeña, pero sincera.


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