Sweet howl
Malditos sean
Kurama y sus presentimientos.
Joder.
No es posible. No
puede estar pasando. Justo ahora, no.
Pero su olfato no
mentía, ni su cuerpo. Nada más aspirar la fragancia del Alfa, un fuerte y
fresco aroma a pino y tierra, a pura naturaleza, a bosque salvaje, todas sus
terminaciones nerviosas parecían haberse desvelado, cuando no hace mucho estaba
listo para irse a dormir. Sentía su cuerpo caliente y su piel se había erizado,
su respiración se había acelerado, notaba la garganta seca de repente, su pulso
parecía haber saltado por los aires y su corazón galopaba en su pecho.
Sin embargo, sus
zonas íntimas eran lo peor. Su pene estaba duro y su entrada estaba húmeda y
palpitante, anhelante de ser llenada por algo muy diferente a sus dedos. Sabía,
instintivamente, que esta vez no le servirían para aliviarse.
Dolía. No había
visto al Alfa en su forma humana, pero no importaba. No tenía ninguna maldita
duda de que, si soltaba el poste, se abalanzaría sobre él y lo montaría allí
mismo, sobre la nieve. Y esa no era la situación más vergonzosa que se le
pasaba por la cabeza. No, lo que realmente quería era desnudarse, ponerse a
cuatro patas y exigirle que se apareara con él. Era la postura más natural que
utilizaba su gente y la más tradicional para la unión entre compañeros.
Su lobo estaba
realmente ansioso por entregarse a la pasión, por reclamar a su destinado. Él
sabía que le pertenecía, que era suyo por derecho de la Gran Madre… Pero, su
lado humano, como siempre, albergaba muchas dudas.
¿Sabía su Alfa que
era un mestizo? Ya debería saberlo, su olor lo delataba como medio humano… ¿Le
aceptaría? ¿No debería de haber cambiado ya y haber ido a por él? Es decir, eso
era lo que hacían los compañeros, la necesidad de unirse era tan grande que
apenas podían resistirse… ¿Y si, por ser mestizo, su destinado no estaba
reaccionando como la mayoría de lobos? Por su parte humana. Puede que por eso
su instinto no lo incitara como lo haría con un lobo puro… Mierda… ¿Ni siquiera
su propia pareja podía tratarlo como si fuera normal? Si era así… Si iba a ser
así… No quería…
Un gemido suave
hizo que pegara un salto y se apretara aún más contra el poste. Había estado
tan preocupado tanto por sus reacciones físicas como por la situación en la que
se encontraba que no se había dado cuenta de que su Alfa había avanzado unos
pasos, hasta quedarse a los pies de la escalera.
Tenía que admitir
que, en forma animal, era una bestia magnífica. Era un lobo enorme hasta para
ser un Alfa, parecía tan grande como su hermano, puede que un poco menos, pero,
desde luego, no era alguien a quien desafiar sin pensárselo dos veces. Su
cuerpo, robusto y musculoso, acentuaba su tamaño, al igual que su espeso
pelaje, negro y brillante como una noche iluminada por estrellas, y, además, le
pareció ver algunos reflejos azules en los largos mechones de su lomo que lo
fascinaron.
Era bello y
majestuoso. Su lado animal estaba más que complacido con su compañero, gruñía
ante la expectativa de verlo cazando o batiéndose con otro lobo, por no hablar
de contemplarlo en forma humana y averiguar de lo que era capaz si lo provocaba
con sus hormonas de Omega.
Se sonrojó tanto
que notó la cara ardiendo. Tal era su vergüenza que hasta la escondió detrás
del poste, con el cuerpo tembloroso, en parte por la lujuria que lo atenazaba
entero, en parte por ser incapaz de controlarla en absoluto y, la última parte,
porque lo más seguro era que su Alfa podía olerlo.
Por la Gran Madre,
esto era tan bochornoso… ¿Por qué le hacía pasar por esto?
Sin embargo, el
lobo volvió a llamarlo, con otro gemido suave. No percibió un ápice de enfado o
burla, fue lo único que lo animó a plantarle cara y enfrentarse a la vergüenza
de que supiera lo excitado que estaba por él… cuando era evidente que su compañero
no sentía lo mismo.
Se atrevió a
asomarse y a echarle un vistazo. El enorme animal levantó las orejas al verlo
y, para su sorpresa, movió alegremente la cola de un lado a otro. Pese a que
era el último gesto que esperaba de su parte, lo alivió y tranquilizó. Con
timidez, se apartó del poste, lo suficiente como para dejarse ver del todo,
aunque siguió aferrándose a este con ambas manos, por si acaso. Su Alfa siguió
moviendo la cola y estiró el cuello en su dirección al mismo tiempo que movía
graciosamente el hocico, olfateándolo.
Naruto, más
calmado al darse cuenta de que ni había huido ni le había ladrado enfadado pese
a su aroma a mestizo, hizo lo mismo para identificarlo mejor. Su nariz le
confirmó que se trataba de un macho Alfa, y admitió, de nuevo, que tenía un
olor de lo más embriagador para él, lo incitaba a enterrar la nariz en su
pelaje para aspirarlo y a frotarse contra su cuerpo para llevarlo encima, tal y
como hacían los compañeros apareados. Sin embargo, lo que más le sorprendió fue
el golpe de excitación que invadió sus fosas nasales, provocando que se
sonrojara de nuevo, pero, en esta ocasión, por… porque se sintió halagado.
Su Alfa seguía
moviendo la cola cuando se sentó en el suelo y levantó la cabeza al cielo,
soltando dos aullidos breves y uno más largo, cada uno con notas diferentes.
Naruto parpadeó al reconocerlas.
—¿Es lo que estaba
cantando?
El lobo lo miró
con ojos brillantes y asintió, efusivo. Luego, agachó las orejas y gimió. El
tono suplicante lo sorprendió, porque intuyó lo que le estaba pidiendo.
—¿Quieres… que
cante?
Este asintió otra
vez.
Naruto se quedó
unos momentos parado, un poco perplejo. Desde luego, no era así como había
imaginado su encuentro con su destinado… En sus fantasías se apareaban de un
modo salvaje y sin descanso, pero, claro, solo era una fantasía; su lado
racional creía que su compañero lo rechazaría en cuanto se diera cuenta de que
era mitad humano. Y, teniendo en cuenta este punto… las cosas estaban
resultando mejor de lo que siempre había creía. Un poco raro, pero mejor,
después de todo.
Tras unos segundos
de duda, inspiró hondo y se soltó del poste, procurando mantener el control de
sí mismo. Su lado animal lo incitó a ir con su Alfa, pero él había previsto esa
reacción y procuró respirar por la boca en vez de por la nariz. Una vez seguro
de que no haría el ridículo lanzándose sobre él, le dijo:
—Espera —dicho
esto, casi corrió al interior de su casa. Estar lejos del olor de su compañero
lo ayudó a calmarse, pese a que su lobo interior estaba disgustado con su modo
de actuar. Naruto intentó convencerlo razonando que las cosas iban demasiado
bien como para forzar nada, que era mejor que su compañero marcara el ritmo… y
ver qué ocurría. Por supuesto, no lo logró. Su animal solo entendía sus
instintos y de aquello que era natural, poco le importaba su complejo de
mestizo. Fuera como fuera, fue directo al sofá y cogió la guitarra, que abrazó
un momento contra su pecho—. Ayúdame a hacer esto bien. —Después, inspiró hondo
y regresó al porche, cerrando la puerta para que el calor del fuego se
mantuviera en la casa.
Se quedó un
momento quieto, mirando al lobo negro, que irguió las orejas al ver la guitarra
y, de nuevo, movió la cola con alegría. Pese a que su aroma volvió a golpearlo
con fuerza, provocando que su entrada siguiera húmeda y su corazón desbocado,
esta vez lo esperaba y pudo actuar con mayor confianza. De hecho, la reacción
de su Alfa al verlo otra vez le ayudó a mantener la calma y hasta le hizo
sonreír con cierta timidez.
Esta vez, fue
hasta el primer escalón del porche, en el que se sentó, colocando la guitarra
sobre sus piernas.
Tenía a su Alfa a
un metro. Tres escalones los separaban. Volvió a aspirar aire por la boca, para
ayudarse a controlarse. Por el momento, eso parecía funcionar. Eso, y la
paciencia infinita del lobo, que se limitaba a observarlo con esos orbes negros
y profundos, como el más oscuro de los abismos… y, sin embargo, lo contemplaba
con una mirada cálida y tierna. Como si fuera valioso para él.
Su corazón
tartamudeó, pero el tacto de la guitarra de su padre lo ayudó a mantener los
pies en la tierra. Bajó la vista y acarició las cuerdas con los dedos, pensando
en la canción que había escogido. Después, alzó los ojos hacia su compañero y
le dedicó una pequeña sonrisa.
—Esta se suele
tocar con piano, pero no tengo uno aquí. Espero que no te importe.
Su Alfa movió la
cabeza de un lado a otro con rapidez y, luego, la inclinó en su dirección, con
las orejas en alto. Parecía ansioso por escucharlo, podía ver la emoción en sus
ojos. Eso lo puso un poco nervioso, pero pudo manejarlo con facilidad. Hacía tiempo
que había aprendido a superar el pánico escénico: miraba la guitarra y pensaba
en cómo su madre miraba a su padre cuando la tocaba.
En realidad, la
forma en que lo contemplaba su destinado le recordaba a esa mirada.
Eso le hizo
sonreír, y, cerrando los ojos, empezó a cantar. La primera frase fue acompañada
por una única nota, al final de la última sílaba, dándole fuerza. Repitió la
misma técnica en la línea siguiente, pero, a la otra, le añadió una nota más,
y, después, continuó la melodía a través de la guitarra. Era una canción cuya
emoción residía en la parte vocal, en los golpes de voz, en alargar la nota,
subirla y bajarla, en dejar los silencios en los momentos justos, formulando
una pregunta, una ligera tensión, que se resolvía en el estribillo, donde más
podía jugar con su voz, cantando más alto y más bajo, agudo y grave, provocando
una gran variedad de sentimientos, pese al único acompañamiento de las cuerdas.
La música lo
relajó con facilidad. Le encantaba esa canción y tardó poco en perderse en
ella, en dejar que las emociones que le producían lo embargaran, en jugar con
sus notas y en reproducirlas con su instrumento.
Pero lo más
hermoso que pasó durante esos escasos minutos, lo más bonito que podría haber
hecho su pareja, fue que, en el segundo estribillo, cantó con él. En la parte
en la que alargaba las notas, y, sobre todo, durante los acompañamientos que
sonaban como un aullido cantado, él alzaba la cabeza al cielo y lo seguía.
Nadie había
cantado así con él. No desde que sus padres murieron. Kurama se limitaba a
escucharlo, pero ya no cantaba. Probablemente porque también le resultaba duro…
Puede que hasta le recordara cómo podría haber sido su futuro, si las cosas
hubieran ido de otra manera.
La canción llegó a
su fin con suavidad, perdiéndose la última nota en el aire. Naruto miró a su
compañero, que lo observaba a su vez con un brillo de felicidad en los ojos.
Y, entonces,
empezó a cambiar. No le sorprendió ver cómo su pelaje se retraía, como si se
estuviera adentrando en su piel, que pasó de ser negra a una nítida palidez,
resaltada por la luna. Tampoco se estremeció ante el crujido de los huesos, que
chocaban entre sí mientras se hacían más pequeños, o al observar cómo su hocico
se aplastaba contra su rostro.
Pese a que ahora
estaba tranquilo y el anhelo que sentía por unirse a su compañero estaba bajo
control, no pudo evitar sonrojarse al contemplar su forma humana. Aunque se
había quedado agachado sobre la nieve, se dio cuenta enseguida de que debía de
ser bastante alto, a juzgar por su sexy y ancha espalda, que, gracias a su
posición, dejaba expuestos sus músculos tensos en una demostración de fuerza
que hizo que su lobo gruñera de deseo, ansioso por pasar las uñas por ella. Los
brazos, que rodeaban sus rodillas, eran grandes y se le antojaron cálidos y
cómodos, hasta ronroneó ante la idea de estar rodeado por ellos. Llevaba el
cabello corto hasta la nuca y algo desarreglado, probablemente por la
transformación, aunque a él le gustaba cómo le quedaba, especialmente los
mechones más largos que enmarcaban su rostro de afiladas y perfectas facciones,
con la nariz recta y los labios finos.
Cuando sus ojos
encontraron los suyos, se encogió un poco, notando cómo le ardían las mejillas
y la creciente incomodidad de su entrada húmeda. Era el Alfa más guapo que
había visto, o eso creía hasta que este le dedicó una tierna sonrisa que lo
derritió.
No te lances,
Naruto, mantén tu culo pegado a la madera.
—Gracias por
cantar para mí —le dijo, con una voz grave y algo ronca, delatando que su
estado no era mucho mejor que el suyo… Joder, le costaba creer que pudiera
sentirse tan atraído por él, pero su olfato no hacía más que recordarle que su
compañero quería arrancarle los pantalones y perderse en su interior a la vez
que lo mordía en el hombro. Fuerte. Lo bastante para marcarlo de por vida.
Y él estaba ahí
sentado como un idiota, sin aprovechar la oportunidad.
No, no podía hacer
eso. Necesitaba estar seguro de que no se arrepentiría si se apareaban, no
quería acabar atado a un Alfa que podría odiarlo por su sangre débil.
—No hay de qué
—respondió, por fin, aunque en voz baja y bajando los ojos hacia la guitarra.
No solía ser muy tímido, pero no sabía muy bien cómo actuar en ese momento,
menos cómo plantear todos los problemas que le preocupaban.
—Mi nombre es
Sasuke. —Se sobresaltó un poco al volver a escuchar su voz y alzó la vista
hacia él de nuevo. Por poco se le sale el corazón del pecho al ver cómo apoyaba
las manos en el primer escalón del porche, acercándose casi imperceptiblemente
hacia él—. ¿Puedo preguntarte el tuyo?
Naruto se lamió
los labios por los nervios, un gesto que pareció fascinar a su Alfa, que miró
su boca como si tuviera intención de devorarla. Él reaccionó apretando los
muslos, deseando que el aroma de su lujuria no fuera tan malditamente evidente.
—Naruto —susurró.
Sasuke volvió a
alzar los ojos hacia los suyos, observándolo con atención. Fuera lo que fuera
lo que vio, frunció un poco el ceño.
—No he podido
evitar… oler tu miedo antes. Y te noto bastante nervioso ahora. Por eso no he…
—carraspeó, agachando un poco la cabeza—. No me he acercado. No estaba seguro
de que quisieras. Pensé que cantar te ayudaría a sentirte mejor conmigo,
parecías feliz cuando te he visto antes.
Naruto le dedicó
una sonrisa de disculpa.
—Y lo ha hecho. No
estaría… así de cerca si no fuera así.
Su compañero
asintió y relajó un poco los hombros. No se había dado cuenta de que estaba
tenso, aunque supuso que, como él, debía de estar conteniendo las ganas de
aparearlo.
—Siento ponerte
nervioso, ¿hay algo que pueda hacer para que estés más cómodo conmigo?
Él parpadeó un
momento, sin entender a qué se refería exactamente. Es decir, sí, era evidente
que estaba nervioso, pero no entendía por qué suponía que era por su culpa…
Oh. Claro.
—No tiene nada que
ver contigo —se apresuró a decir, sacudiendo una mano—. Es que… no esperaba
estar en esta situación —admitió, echando un vistazo a su alrededor. Aún le
resultaba bastante surrealista haber encontrado a su compañero sin proponérselo
y, encima, de un modo tan extraño.
Sasuke ladeó la
cabeza, mirándolo con curiosidad.
—¿Llevas mucho
tiempo buscándome?
—No. No, no es eso
—dicho esto, esbozó una pequeña sonrisa—. Tengo veinticuatro años. Te he
encontrado bastante rápido, la verdad.
El ceño de Sasuke
se arrugó. No le gustó el dolor que vio en sus ojos.
—¿No quieres tener
un compañero tan joven?
—¡No! —exclamó,
abriendo los ojos como platos y dejando la guitarra a un lado—. De ninguna
manera. Siempre he querido tener un compañero, pero… Es que… —balbuceó,
abrazándose de forma instintiva, como si tratara de protegerse. Tenía miedo de
decírselo—. Es por mí.
Su Alfa lo miró
durante un largo rato, atento, como si tratara de descifrar su mente. Naruto
apartó la vista, temiendo que viera sus temores… a pesar de que sabía que tenía
que contárselos.
—¿Has asesinado a
sangre fría?
La repentina
pregunta hizo que saltara y volviera a mirarlo, totalmente descolocado. Sasuke
lo contemplaba con seriedad.
—¡No!
—¿Has maltratado a
alguien?
—Por supuesto que
no.
—¿Has hecho daño a
alguien de modo intencionado?
—Solo entrenando
—respondió con el ceño fruncido—, y nada que mi rival no pueda soportar. —De
repente, su compañero sonrió—. ¿A qué viene esto?
—Te he preguntado
todo lo que podría hacer que pudiera rechazarte, pero has sido muy sincero
—dicho esto, subió las manos al segundo escalón y se inclinó un poco en su
dirección, provocando que Naruto volviera a sonrojarse—. Dime qué es lo que te
preocupa. Estoy bastante seguro de que no es nada que pueda asustarme.
La convicción que
había en sus ojos le dio esperanzas. Esperanzas de que quisiera quedarse con él
a pesar de lo que era, de su debilidad. Pero lo asustaba. El año pasado se juró
que no volvería a pasar por eso, que debía aprender a renunciar a su compañero
y a tener cualquier tipo de pareja.
Nadie quería un
mestizo. Ya fuera por odio a los humanos o porque lo consideraban demasiado
débil, o por sus carencias para transformarse en lobo o entrar en celo, nadie
quería arriesgarse a estar con él para descubrir que eran incompatibles al
final. Y no solo eso; pese a ser el hermano del líder de la manada, no era
ejecutor, ni tenía una posición elevada. Solo era un vigilante, se dedicaba a
instalar cámaras en el territorio y asegurar que ningún extraño traspasara sus
fronteras.
Ese era el valor
que tenía para los demás.
Sin embargo,
contemplando los orbes oscuros de Sasuke, que denotaban una calidez y ternura
que nadie se había atrevido a entregarle… Podría intentarlo. Solo una última
vez, por su compañero. Si alguien podía aceptarle tal como era, solo podía ser
él.
Abrió la boca para
revelar su mayor temor… pero la cerró al instante. No se había dado cuenta de
una cosa.
—Estás desnudo.
Sasuke sonrió
ampliamente.
—Me alegra que te
hayas fijado. Empezaba a pensar que mis encantos no funcionaban contigo.
Naruto habría
resoplado, pero estaba más preocupado por otra cosa.
—No, quiero decir
que no llevas nada de ropa con este frío —dicho esto, y sin pensar siquiera en
lo que hacía, cogió una de sus manos y lo ayudó a levantarlo, instándolo a
seguirle, mientras que con la otra agarró su guitarra.
Lo condujo al
interior de su cabaña, iluminada únicamente por el fuego de la chimenea (le
gustaba su luz anaranjada por las noches), dejó la guitarra en un extremo del
sofá y luego soltó a Sasuke para ir a buscar una manta…
Pero unos dedos se
cerraron alrededor de su muñeca. Se dio la vuelta, encontrando a su compañero
contemplando su mano con mucha atención. La mantuvo entre las suyas, grandes,
con las palmas algo ásperas, un tacto habitual entre los lobos por mantener las
patas en contacto constante con la tierra y las rocas. Entonces, Sasuke se la
llevó a su mejilla y se frotó contra ella, ronroneando.
Naruto no pudo
moverse. No había esperado que hiciera eso, pero… Le pareció muy tierno que
anhelara su contacto de esa forma, y más aún que lo disfrutara. Además, hacía
mucho tiempo que nadie lo tocaba de esa manera y le gustó sentir de nuevo esa
calidez.
Por otro lado,
Sasuke pareció despertar de su ensoñación. Miró un segundo a Naruto, que le
dedicó una sonrisa, un tanto divertido por cómo su cara se iluminó como un neón
rojo por la vergüenza, y después, muy despacio, soltó su mano.
—Lo siento. Ha
sido instintivo.
Naruto se rio por
lo bajo y luego alzó los brazos.
—Eres muy alto.
Inclínate, por favor. Quiero hacer una cosa.
Su compañero
obedeció sin pensarlo, soltando un ronroneo suave cuando él paso los dedos por
su rostro, delineando la línea firme de su mandíbula y acariciando sus mejillas
con las yemas. Pese a que su piel estaba un poco fría, supo enseguida que no
corría el riesgo de acabar resfriado; los cambiantes en general solían tener
una temperatura más alta de lo habitual y los lobos tenían un pelaje diseñado
para resistir el frío. Además, Sasuke no había pasado tanto tiempo fuera.
—No parece que
vayas a resfriarte —dijo, aliviado.
Los ojos de Sasuke
brillaron.
—¿Intentas
cuidarme?
Naruto se
sobresaltó y apartó rápidamente las manos, agachando la cabeza.
—Lo siento, no
quería ofenderte.
Su Alfa negó con
la cabeza.
—Lo sé, pero no te
preocupes —dijo, sonriendo—. Me gusta que quieran cuidarme.
Él le devolvió la
sonrisa… Aunque, al mirarlo otra vez, fijándose en su amplio pecho y los
abdominales más sexys que había visto, recordó que tenían una conversación
pendiente… Y que ambos eran muy vulnerables en ese momento. Por ahora se había
acostumbrado a la sensación de calor en la que su cuerpo parecía haberse
atascado, así como al estado de excitación sexual, incluso a su delicioso olor…
Pero, si empezaban a tocarse, no estaba seguro de si podría resistirse mucho.
Ahora había podido hacerlo sin problemas porque estaba preocupado de que
acabara enfermo, sin embargo, ya sabía que estaba bien… y muy preparado para
aparearlo. Debía tener cuidado, no podía fastidiarlo todo por culpa de un
calentón, tenía que hacer esto bien.
—Ah… Voy a traerte
una manta —dijo, pasando por su lado sin tocarlo. Junto a la puerta, bajo un
perchero, tenía un baúl donde las guardaba.
—No me hace falta
—respondió su compañero con… ¿picardía? ¿Acaso le estaba coqueteando?
Sus mejillas
ardieron con solo pensarlo.
—Solo por si acaso
—insistió.
Él se rio por lo
bajo.
—Si así estás más
cómodo conmigo, no tengo ningún problema.
Naruto sacó una
manta hecha de un tejido que recordaba al pelo, pero suave como el terciopelo.
El color castaño rojizo siempre le había recordado al pelaje de su madre, lo
reconfortaba. Después, volvió a dirigirse a Sasuke y se la ofreció antes de
volver a abrazarse a sí mismo.
—Ya te he dicho
que no tú no eres problema —dijo en voz baja y cabizbajo.
—Y yo que dudo que
tengas nada que pueda hacerme huir —comentó su Alfa, envolviéndose con la
manta. Después, lo observó con curiosidad, ladeando la cabeza—. ¿Y bien? Estoy
intrigado.
Él se mordió el
labio, pero no retrasó más el momento. Era mejor hacerlo rápido, antes de que
se hiciera más ilusiones.
—Bueno… Sabes que…
soy mestizo, ¿no?
Sasuke asintió sin
vacilar.
—Claro. Lo olí en
cuanto saliste de la cabaña —dicho esto, curvó los labios hacia arriba con los
ojos brillantes—. Me extrañó que fueras tan pequeño, pero supongo que será por
tu lado humano. —Al darse cuenta de lo que acababa de decir, se tensó—. No
quería insultarte. Me gustas así.
Pese a que Naruto
le dedicó una sonrisa, esta no le llegó a los ojos.
—No te preocupes,
soy consciente de que soy pequeño. No me molesta. —Hizo una pequeña pausa, como
si dudara, pero luego continuó—. Tampoco puedo cambiar.
—¿No puedes
transformarte en lobo?
—No. Puedo hacer
crecer mis garras y colmillos, pero ni siquiera me sale pelaje.
Sasuke asintió
despacio.
—De acuerdo.
—Naruto tragó saliva, preparándose para el rechazo…—. Procuraré tener cuidado
cuando sea un lobo.
… ¿Qué?
—¿Qué? —soltó.
Su Alfa respondió
sin dudar:
—Seré cuidadoso
cuando sea un lobo y esté cerca de ti, para no golpearte con una pata o con mi
cuerpo sin querer.
El rubio frunció
un poco el ceño.
—Oye, que sea más
pequeño o que no pueda cambiar no me convierte en alguien frágil —señaló,
cruzándose de brazos—. A ver, no podría matar a un hombre lobo en forma animal
a menos que tenga un arma de fuego, pero sé pelear. Soy el mejor luchando en
piel, con cuchillos y con cualquier arma a distancia.
Sasuke sonrió
ampliamente.
—Viendo tu feroz
respuesta, no lo dudo. —Hizo una pequeña pausa mientras lo calibraba. Parecía
complacido cuando terminó de examinarlo—. Estoy deseando que me enseñes lo que
eres capaz de hacer. Siento mucha curiosidad, puede que hasta aprenda algo
nuevo.
Naruto no esperaba
esa respuesta, que se llevó por completo su ferocidad.
—¿Me… estás
proponiendo entrenar juntos? —Sasuke asintió con entusiasmo—. ¿No vas a decirme
que me harías daño? —inquirió, dudoso.
—Si tú me dices
que eres buen luchador, yo te creo. Si ves que me paso de la raya, confío en
que me lo dirás, del mismo modo que yo te pediré clemencia si me acabas dando
una paliza —añadió, sonriendo.
… Él seguía sin
creerlo. No podía ser. Toda su vida lo habían rechazado por lo que era, no
siempre con mala intención, pero lo habían hecho. Habían dado por sentado que
su lado humano lo hacía demasiado débil como para pasar tiempo con él, como
para pensar que no valía la pena conocerlo mucho, ya que, al final, su relación
solo podía ser muy limitada. No podía cambiar, así que no podía ir a correr o
cazar con los demás al bosque. Era humano, así que era demasiado blando para
entrenar con él. No podía entrar en celo, así que, como pareja, era
incompatible.
Tembló al pensar
en esa última posibilidad. Era la que más miedo le daba contar.
Sasuke frunció el
ceño y se tensó un poco, dando un paso hacia él.
—Naruto, ¿ocurre
algo? Huelo tu miedo.
Él tragó saliva.
Ahora que había empezado, no había vuelta atrás.
—No entro en celo
—admitió con voz temblorosa.
Su Alfa frunció el
ceño.
—¿Cómo? ¿Nunca?
—Jamás desde los
dieciséis. A los diecinueve perdí la esperanza de tenerlo. Nunca lo he tenido
—dijo, cabizbajo—. No sería capaz de complacerte en esta época.
El gruñido de
Sasuke hizo que se encogiera.
Lo sabía. Sabía
que ningún lobo puro querría por pareja a alguien como él para compartir esa
época, era demasiado duro tener esas necesidades y no estar con alguien que
pudiera aliviarlas.
Ya se lo habían
dicho una vez. Tendría que haber perdido la esperanza entonces. Pero no
aprendía.
De repente, vio
los pies de Sasuke delante de él y alzó la vista, encontrándose con sus ojos.
Estos llameaban de ira.
—Eso es una
gilipollez —declaró con firmeza.
Naruto levantó las
manos en un gesto tranquilizador.
—Es la verdad, no
paso por el celo como vosotros. Mi lado humano es más fuerte en ese sentido.
Sasuke gruñó con
fuerza otra vez.
—Me refiero a que
no puedas complacerme —dijo, pillándolo por sorpresa. Un momento, ¿qué estaba
diciendo exactamente?
Su piel se erizó
cuando sus grandes manos lo tomaron por los hombros. Su tacto hizo que su
corazón se acelerara y que sus zonas más íntimas rugieran anhelando alivio,
pero estaba tan concentrado en entender lo que quería decirle que ignoró por
completo todo lo demás.
Sasuke inclinó la
cabeza para que quedaran a la misma altura y le dijo, con un tono más suave:
—Eres mi
compañero. Por supuesto que eres capaz de complacerme, ¿o acaso no hueles lo
duro que estoy por ti? —dicho esto, gruñó un poco, esta vez, de excitación—.
Tendré que contenerme un poco, es cierto, pero no supone un problema en
absoluto. Soy lo bastante adulto y tengo el control suficiente sobre mí mismo
como para adaptarme a ti.
Naruto se
sobresaltó al escuchar esa palabra.
—¿Adaptarte?
Su destinado
asintió y sonrió.
—Si no entras en
celo, no puedo pedirte más de lo que puedas aguantar, tampoco es que pensara
hacerlo. Aunque es posible que esté bastante pegajoso en esa época —añadió con
un brillo divertido en los ojos—. Tendrás que marcarme los límites.
… No podía ser.
¿Acababa de aceptarlo? ¿A pesar de sus defectos?, ¿de sus carencias como lobo?
—Eso significa…
¿que me quieres? —Tenía que preguntarlo. Necesitaba tenerlo claro—. ¿A pesar de
ser medio humano, de no poder transformarme en lobo y no tener celo?
Sasuke contempló a
su Omega con atención. La verdad era que, de todas las conversaciones que había
esperado tener con su destinado, esta no era una de ellas. Hacía tiempo que los
mestizos habían sido aceptados entre los hombres lobo, concretamente, desde que
los humanos empezaron con la desforestación de los bosques; se habían acercado
más a ellos con la esperanza de estrechar lazos y buscar conexiones con
personas que pudieran asegurar que nadie tocaría su hogar en mitad de la
naturaleza. Por ese motivo, era frecuente que su especie visitara las ciudades
y que los jóvenes tuvieran permiso para estudiar en las universidades (siempre
y cuando hubieran demostrado tener un perfecto control de sus instintos, para
no revelar su existencia al mundo), en consecuencia, muchos de ellos habían
encontrado a sus compañeros entre los humanos.
Tal vez no
tuvieran los mismos atributos físicos que ellos, pero resultaban útiles en
muchos otros aspectos. Para empezar, eran un contacto para conseguir trabajos
que hacían ganar dinero a la manada, de hecho, hasta no hacía mucho eran los
humanos quienes más dinero conseguían entre su gente, hasta la llegada de
internet y los estudios y trabajo a distancia.
En lo referente a
los mestizos, ocurría algo parecido. Durante un tiempo fueron menospreciados
por la enemistad que existió antiguamente entre cambiantes y humanos, pero a
partir de ese contacto más estrecho con los últimos, se habían aceptado. Cada
uno tenía habilidades distintas, era impredecible saber si serían más humanos o
animales, solo el tiempo acababa por determinarlo. Los casos más raros eran
aquellos en que el mestizo carecía por completo de rasgos cambiantes, o, por
otro lado, que los tuviera todos.
Eso quería decir
que el caso de Naruto no era tan raro. Y, sin embargo, había sufrido por ello.
No lo entendía. Al
principio, cuando había olido el miedo de su compañero, pensó en lo peor, que
un Alfa hubiera abusado de él hasta el punto de tenerle pavor a pesar de que
era consciente de que eran destinados, el olor de su lujuria había sido un
claro indicativo de que tenía ese conocimiento.
Era lo único que
había evitado que se abalanzara sobre él. La idea de que su propia pareja
pudiera verlo como un violador lo horrorizaba. Por eso había recurrido a todas
sus fuerzas para controlar sus instintos; que su lobo interno hubiera estado
más centrado en procurar su bienestar también había ayudado bastante.
Pero, gracias a la
Gran Madre, no había sido nada de eso. Parecía que su Omega tenía complejo con
ser un mestizo.
¿Pero por qué? ¿En
su manada lo habrían menospreciado por ello? Era posible, siempre había algún
imbécil suelto, pero una cosa era un imbécil y otra que todo el grupo lo fuera.
Deseaba saber qué le había ocurrido como para que pensara que sería capaz de rechazar
a su propio destinado por algo tan insignificante como su herencia de sangre.
A él no le
importaba. Es más, creía que tenía más naturaleza de lobo de la pensaba; se lo
decía el fuerte aroma a lujuria que desprendía, cómo había evitado tocarlo o
estar demasiado cerca de él para resistir el impulso primitivo de aparearse, y
él afirmaba que tenía colmillos y garras. Además, era evidente que sus sentidos
animales funcionaban muy bien. Por otro lado, había dos cosas que le habían
encantado de él: la primera, que quisiera cuidarlo a pesar de que era un Alfa
grande y fuerte, y la segunda, y más importante, era que no había permitido que
se unieran hasta decirle aquello que temía, motivos por los que, probablemente,
creía que lo odiaría si se convertían en compañeros y no se lo decía antes.
Era una buena
persona, con un gran corazón. Sería una pareja maravillosa, estaba seguro.
Ahora era su
turno. Debía demostrarle que él también podía ser un gran compañero. Era
consciente de sus defectos, pero, ahora que por fin lo había encontrado, no
podía renunciar a su Omega.
Puede que no se
hubieran apareado aún, sin embargo, ya era suyo. El lobo y el hombre, podía
sentirlo.
Sin dejar de
observar su rostro, compungido por un dolor que todavía no comprendía, deslizó
sus manos desde sus hombros hasta su cuello, provocando que él dejara escapar
un ronroneo suave, y luego hasta sus mejillas. Sus ojos eran brillantes y le
temblaban los labios, parecía estar a punto de llorar.
Su lobo interior
gimió por él. Odiaba verlo tan asustado.
—Eres mi destinado
—declaró, decidido—. Llevo treinta años buscándote. Treinta años pensando en
cómo serías, en qué era lo que podría esperar. —Sonrió, aliviado—. Y superas
todas y cada una de mis expectativas. Tienes un corazón noble y generoso, un
espíritu feroz y eres una peligrosa mezcla seductora y adorable a la vez.
—No puedes saber
todo eso de mí.
—Sí que puedo.
Supuestamente me has contado todos los motivos por los que debería rechazarte
antes de aparearnos cuando podrías haberte aprovechado de lo caliente que
estoy. Has cuidado de mí —le recordó, señalando la manta— y también me has
plantado cara cuando mencioné que podrías ser frágil. Y solo con eso superas a
la gran mayoría de Omegas que se me han acercado —le dijo, haciéndole sonreír
un poco. Eso aligeró su corazón—. Y eres hermoso, Naruto —ronroneó,
acariciándole la mejilla.
—¿Aunque sea
pequeño?
—Te ves tierno. Es
un rasgo que me gusta —admitió y, después, sonrió con malicia—, y si encima
peleas tan bien como dices, me pondré bastante cachondo. Apuesto a que todos te
subestiman por tu aspecto, ¿verdad?
La sonrisa de su
Omega murió al instante.
Mierda, Sasuke,
eres imbécil.
—Lo hacen.
—Pero supongo que
les darás una lección —dijo, esperando arreglarlo.
Sin embargo,
Naruto movió la cabeza a un lado y a otro.
—Nadie me ha
desafiado. Y, cuando he intentado hacerlo yo, se han negado a pelear conmigo.
Es humillante.
Sasuke frunció el
ceño, entendiendo un poco el recelo de algunos lobos a la hora de desafiarlo.
Era verdad que su rubio parecía demasiado pequeño para un combate, pero
rechazar su desafío rayaba en el insulto. Como decía Naruto, era una
humillación. Lo consideraban demasiado débil hasta para luchar por su propio
honor.
Eso tuvo que
hacerle mucho daño a su autoestima.
Queriendo reparar
el daño que había hecho, lo cogió del mentón y lo levantó para que lo mirara a
los ojos.
—Yo no lo hago.
Dije la verdad cuando hablé de entrenar contigo. Tengo curiosidad —dicho esto,
esbozó una pequeña sonrisa—. Además, soy muy torpe con las armas de fuego.
Seguro que tú puedes enseñarme algo.
Naruto tragó
saliva.
—Entonces, ¿vas en
serio? ¿Quieres aparearte conmigo?
—Sin ninguna duda
—respondió sin pensar.
Vio cómo él se
mordía el labio inferior, un gesto que lo distrajo demasiado de su expresión
dubitativa, pero no podía evitarlo.
—¿Tu manada me
aceptará? ¿Tendrás problemas por estar conmigo?
La pregunta lo
sacó de sus deliciosas fantasías con esos labios. De hecho, le hizo reír.
—¿Bromeas? En
cuanto te vea, mi madre querrá adoptarte como a otro de sus cachorros, y mi
padre se lo consentirá —dicho esto, esbozó una media sonrisa, un poco
divertido—. Él estará feliz por mí, sabe lo mucho que deseaba encontrar a mi
destinado. Y mi hermano… —Al pensar en él, gruñó un poco—. Mi hermano te
adorará. Dijo que tenía un presentimiento acerca de ti, y me temo que me lo va
a estar recordando el resto de mi vida. —Naruto soltó una risilla que le
devolvió la sonrisa—. Mis amigos también se alegrarán por mí. Todos querrán
conocerte y saber cómo doblegaste al frío y antisocial Sasuke Uchiha.
—¿Y el resto de la
manada?
Él se encogió de
hombros.
—La mayoría se
alegrarán y, aunque haya alguien a quien le moleste, cerrará la boca porque
sabe que le arrancaré la garganta si dicen algo malo contra ti. —Hizo una
pequeña pausa, frunciendo el ceño—. Bueno, habrá algunos Omegas que estarán
molestos, pero no porque seas mestizo. Querían establecerse conmigo por mi
posición y no les gustará que les hayas arrebatado el puesto.
—¿Qué posición
ocupas? —le preguntó su rubio.
—Soy el ejecutor
principal. Mi hermano es el Primer Alfa de la manada.
Naruto palideció.
—¿Seguro que no
pasará nada porque yo sea tu compañero?
Sasuke volvió a
bajar las manos hasta sus hombros y los frotó para reconfortarlo.
—Seguro. Tengo
mucho apoyo y, de todos modos, nadie querría desafiarme. Me tienen demasiado
miedo —añadió, sonriendo con malicia. Después, sin embargo, suavizó su
expresión y volvió a acariciar el rostro de su compañero—. No va a pasar nada
malo porque estemos juntos, Naruto. No sé qué te ha pasado en esta manada como
para que pienses que ser mestizo va a ser un problema, y tampoco es necesario
que me lo cuentes ahora. Pero quiero que sepas que no tengo intención de
renunciar a ti. —Hizo una pausa, apartando la vista un momento—. Sé que es
egoísta por mi parte, que debería decirte que soy gruñón, antisocial y un poco
distante, que llevo un tiempo atemorizado porque no sé si con mi carácter puedo
hacerte feliz… Pero, ahora que te tengo delante, y que sé que eres más de lo
que jamás me he atrevido a soñar, no puedo dejarte escapar. Así que… —Sin
pensarlo demasiado, se arrodilló en el suelo y le tomó de las manos—. A pesar
de todos de mis defectos, y a pesar de que te perseguiré día y noche hasta
convencerte de que te quedes conmigo —añadió con una sonrisa avergonzada, que a
su compañero, en cambio, le hizo reír pese a que sus ojos brillaban por las
lágrimas—, ¿aceptarías ser mi compañero?
Naruto le sonrió
y, sin previo aviso, se lanzó a sus brazos.
—Claro que sí, mi
Alfa.

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