Prólogo. Primer contacto

 


Tyler apretó la mandíbula mientras se dirigía al pasillo que conducía al área de ginecología. Le había costado unas semanas tomar la decisión, pero, al final, sabía que hacía lo correcto.

Su venganza tenía que esperar. Por ahora.

Matar a Dean Polanitis implicaba más riesgos de los que había calculado cuando decidió ir a por ese cabrón. Sinceramente, no había esperado toda esa mierda. Los experimentos. Las víctimas.

Le había costado mucho mantenerse inexpresivo cuando los vio por primera vez. El shock le ayudó a paralizar sus músculos, pese a que no pudo ocultar el horror en sus ojos. El bastardo de Polanitis le mostró entonces una cifra y eso fue lo único que necesitó para recomponerse y enmascarar sus emociones, aceptando el trabajo.

Sin embargo, no había sido fácil. Nada fácil. Actuar como si no pasara nada. Como si pudiera vivir viendo cómo morían, sabiendo que los torturaban día tras día hasta que se apagaban, hasta que renunciaban.

Su sed de sangre había estado a punto de hacer que lo mandara todo a la mierda. Córtale la cabeza a la serpiente y el cuerpo moriría.

Sí, sonaba tan bien para una película de ficción. Pero la realidad era siempre mucho peor. Más compleja.

Matar a Polanitis lo expondría. Sí, tenía habilidades de sobra para escapar, pero tenía que hacerlo solo. Eso quería decir que tendría que dejar a esa pobre gente a merced de Mercile. Apenas llevaba dos meses en esa maldita instalación, pero había leído los protocolos de emergencia y había unos cuantos para trasladar a los “sujetos de prueba” a otro lugar. Los papeles no decían dónde, por supuesto, pero, en pocas palabras, si se vengaba y huía, a la vuelta, no encontraría nada en esa instalación que le diera una pista de a dónde habían huido.

Joder.

Tendría que haber sido más sencillo. Darse el gusto de matar con sus propias manos a Polanitis y después hacer saltar por los aires ese maldito lugar. Pero ya no podía. No sin sacrificar a todas las víctimas.

Por un momento, hasta se planteó que sería una muerte mucho más misericordiosa que la que les esperaba en ese infierno. Pero no podía hacerlo, no. Podía cargar con la muerte de unos asesinos, pero no con la de gente inocente que había estado sufriendo desde el día en que nació.

Así que no tenía más opciones. Primero tenía que liberar a los rehenes, luego, ya habría tiempo para matar a Polanitis.

Pero, ¿cómo hacerlo?

Se había dado cuenta de que el doctor Spencer, de ginecología, era muy protector con las mujeres a pesar de su cuerpo escuálido y su escasa capacidad física. Sin embargo, era lo bastante valiente como para plantarles cara a los guardias que violaban a sus pacientes, aun sabiendo que después recibiría una paliza.

Él podía ser un primer paso. Porque no se le ocurría ninguna manera segura de hacerlo solo. Necesitaba un equipo y ya no podía recurrir a su antiguo trabajo para denunciarlo; algunos de los trabajadores que había allí estaban muertos de miedo por lo que estaba pasando y había escuchado en el comedor a un par de mujeres hablando de llamar a las autoridades, pero un hombre las había disuadido cuando había dicho que los pocos que lo hicieron no habían vuelto a aparecer por allí. Se rumoreaba que Polanitis tenía agentes corruptos en la policía y, además, se había enterado de que aquel proyecto estaba financiado por el Ejército, así que a saber en qué otros organismos habría metido mano Mercile.

No sabía qué coño hacer. No tenía suficiente información y necesitaba a alguien que llevara trabajando allí más tiempo. Y había oído que el propio Polanitis había llamado al doctor Spencer para ofrecerle aquel trabajo en persona. Al parecer, era un ginecólogo excelente y había realizado investigaciones brillantes en el campo de la esterilidad femenina.

Estaba convencido de que ese hombre llevaba en ese lugar desde que las mujeres alcanzaron la edad de quedarse embarazadas. Tendría que llevar como mínimo unos cinco años y eso era mucha información acerca de cómo funcionaba esa empresa, aunque fuera solo una parte. Por algún sitio había que empezar.

Cuando llegó a la sección, se dio cuenta de que había varios despachos. Fue al que llevaba el nombre de Spencer y llamó. No hubo respuesta. Llamó un par de veces más y luego intentó abrir la puerta, pero estaba cerrada.

Hizo una mueca. No quería estar mucho tiempo buscándolo.

De repente, un aullido hizo que saltara y se giró hacia la puerta contigua. Apretó los dientes. Malditos experimentos.

Aun sabiendo que no debería entrar y ver lo que estaban haciendo, su rabia fue más fuerte. Procurando que no hubiera nadie alrededor, se adentró con cuidado en la sala. Era un despacho con un escritorio y una habitación contigua, separada por una pared de cristal por la que se podía ver la sala de ginecología. Había una gran silla acolchada con retenciones para las extremidades y el torso y un banco donde yacían múltiples instrumentos para la exploración y operación de los órganos femeninos.

Tyler ya lo sabía. Y, aun así, se quedó blanco al ver lo que estaba pasando.

Porque el “sujeto de prueba” no era una mujer. Era un hombre.

Estaba atado a la silla, con la cabeza echada hacia atrás mientras gruñía. Apretaba los dientes con tal fuerza que sus largos caninos eran perfectamente visibles y su rostro estaba crispado en una mueca de dolor.

Sobre él, había una mujer. Por su ropa, parecía una técnica.

Tyler la conocía. No hablaba mucho, pero no le hacía falta para saber que era una persona cruel. Lo había sabido por el modo en que miraba a las víctimas. Había un brillo perverso en sus ojos, como si disfrutara de su sufrimiento.

Ahora tenía una prueba de ello. Estaba apretando con fuerza el miembro de ese pobre hombre.

Echó un vistazo a su alrededor y encontró la puerta que daba a la habitación. Dio gracias a Dios porque esta estuviera justo a la espalda de la mujer, así que se deslizó hacia ella y la abrió muy poco a poco, con cuidado de no hacer ni un ruido.

Entonces, la escuchó hablando con su víctima.

—Maldito bastardo… Eres un animal después de todo —lo maldijo con una extraña voz. Sonaba entre furiosa y adolorida—. Te dije que no tocaras a ninguna hembra. ¡A ninguna! ¡Con todo lo que he hecho por ti!

El hombre, un canino, gruñó con más fuerza y levantó la cabeza. Sus ojos dorados la fulminaron.

—No… has… hecho nada… por mí… —dijo con esfuerzo.

Tyler la escuchó rugir de rabia, pero no podía ver qué hacía. Fuera lo que fuera, hizo aullar de nuevo al hombre. Apretó los dientes y abrió un poco más la puerta, aprovechando el ruido.

—¡Te di placer! ¡Más que ninguna otra de las perras con las que follas! ¡Eres mío!

El canino bufó y le enseñó los dientes.

—No te pertenezco, humana. Tus drogas hacen cosas extrañas en mi cuerpo, eso es todo. Jamás seré tuyo.

La mujer lo miró furioso y pasó las uñas por su miembro. Este se tensó y le gruñó.

—No tocarás ni una sola de esas perras —juró, apretándolo un poco más fuerte—. Me aseguraré de eso. Haré que te trasladen con los animales que luchan, ¿eso es lo que quieres? ¿O prefieres las pruebas de resistencia? Los guardias se cebarán contigo. Puedo ahorrarte todo ese martirio. Ya sabes lo que tienes que hacer. Dilo.

El canino levantó de nuevo la cabeza para responderle, pero, de repente, sus fosas nasales se abrieron y miró algún punto tras la mujer con los ojos muy abiertos. Sin embargo, ella no se dio cuenta.

—¡Dilo! ¡Eres mí…!

De repente, apartó las manos del sujeto y se las llevó a la cabeza mientras chillaba. A su espalda, Tyler la había agarrado del pelo con más fuerza de la necesaria, pero estaba tan furioso que no le importaba. Teniendo en cuenta que su primera opción había sido estrangularla hasta la muerte, tenía suerte de que se limitara solo a tirarle del pelo y lanzarla al suelo con un duro golpe. Aun así, procuró disfrazar sus emociones tras una máscara pétrea, dejando solo un ligero ceño fruncido.

—¿Qué demonios estás haciendo?

La mujer se apartó el pelo de la cara y lo fulminó con la mirada.

—No es asunto tuyo, novato —dijo con desprecio.

Tyler cruzó los brazos a la altura de los hombros.

—No lo sería si no fuera porque parecías a punto de arrancarle la polla. Es uno de los machos que intervienen en las pruebas de fertilidad, ¿no? Necesitamos sus genitales intactos.

Ella se puso en pie y arrugó la nariz.

—¿Qué pasa? Los hombres se lo pasan bien jodiendo con las perras, ¿por qué no puedo hacer lo mismo?

Él enarcó una ceja.

—No parecía que estuvieras follando, sino a punto de mutilar una parte importante para las pruebas. Llevas más tiempo aquí que yo, sabes cuántos millones cuesta crear a estas bestias, ¿y tú vas e intentas romper uno de los modelos? Los jefes no lo verán con buenos ojos —dijo con el mismo desprecio con el que le había respondido ella. Y, aun así, se quedaba corto en comparación con lo que sentía.

La mujer apretó los labios y convirtió sus manos en puños.

—Si no es útil en las pruebas de fertilización, podemos trasladarlo a otras secciones.

—Cierto, pero el problema aquí eres tú, no él.

Ella trató de abofetearlo, pero Tyler detuvo su mano sin dificultad y la empujó hacia atrás. Pese a que lo deseaba con todo su ser, procuró no hacerlo muy fuerte. No quería arriesgarse a ser descubierto antes de tiempo. Ya tendría una oportunidad de hacerla sufrir, a ella y a Mercile al completo.

La mujer trastabilló hacia atrás y lo miró con furia. Lo señaló con un dedo.

—No hemos acabado —le dijo antes de dar media vuelta y salir de la habitación.

Tyler la siguió, asomándose para asegurarse de que se marchaba del despacho. En cuanto desapareció por la puerta, se apresuró a cerrarla y luego volvió corriendo con el canino, que lo observaba con recelo y los rasgos tensos. No podía culparlo por ello, pero eso no evitó que le echara un vistazo para asegurarse de que estaba bien.

Sus ojos revolotearon sobre su pecho, fijándose en el número que llevaba tatuado en el pecho, 345. No parecía herido en esa zona, pero sí llegó a ver marcas rojizas en sus mejillas, como si le hubieran abofeteado. Ocultó su rabia y siguió examinándolo. Había arañazos en sus bíceps y unos más dolorosos en su miembro. Sin embargo, la confusión surcó sus rasgos cuando vio que estaba erecto. Y mucho.

No tenía ningún sentido.

—¿Estás bien? —le preguntó inseguro.

El hombre resopló.

—¿Qué te importa, humano?

Tyler observó su rostro con atención. Tenía las facciones duras y curtidas de la mayoría de los hombres caninos que estaban allí presos, pero las líneas de su mandíbula eran más estrechas y afiladas, dándole a su rostro un aspecto más delgado y fino, similar al de los felinos. Su mentón era firme y su labio inferior ligeramente más lleno que el superior. Era difícil saber el color de su cabello ya que estaba rapado, igual que el resto de las víctimas, así que sus increíbles ojos eran su característica más llamativa. Eran dorados y muy brillantes, como si alguien le hubiera echado oro líquido y se hubiera solidificado en sus irises.

Por un momento, se perdió en ellos. Lo fascinaban, nunca había visto a nadie con ese color de ojos. Que su mirada fuera dura y desafiante no hacía más que acentuar la sensación de fuerza que transmitían.

Pero, entonces, se percató de sus pupilas. Estaban dilatadas.

Ahora lo entendía.

Maldijo y fue al banco donde había varios instrumentos. Cogió una toallita húmeda y le puso alcohol.

—Esto te dolerá un poco.

345 gruñó.

—Todo lo que hacéis los humanos duele.

Al escuchar eso, la máscara que había estado usando Tyler con tanto cuidado estuvo a punto de hacerse añicos.

A punto.

El recuerdo de su padre y su madre cruzó su mente. No podía fallar ahora, no cuando había logrado llegar hasta allí, después de lo mucho que le había costado entrar en Mercile.

—Lo sé —murmuró, casi sin mover los labios.

El canino parpadeó, extrañado, antes de lanzarle una mirada recelosa y olfatear en su dirección. Fuera lo que fuera lo que olía, le hizo fruncir el ceño y mirarlo con cierta confusión.

Tyler no dijo nada mientras envolvía el pañuelo alrededor de su miembro. Para su sorpresa, 345 no se quejó.

—¿No te duele? —le preguntó.

Este no dejó de mirarlo mientras respondía con cautela.

—No es nada comparado a las pruebas.

Él asintió, tratando de mantenerse firme.

—Ya veo.

—Tú eres nuevo —afirmó el hombre—. Nunca te había olido antes.

—Sí, llevo poco aquí.

El canino ladeó la cabeza antes de bajar los ojos hacia su miembro.

—Eres más suave que los otros. —Parecía desconcertado.

Tyler le echó un vistazo por el rabillo del ojo sin dejar de frotar con cuidado las marcas de uñas que veía en su piel.

—No sé qué quieres decir.

—La mayoría quieren hacernos el mayor daño posible. No se preocupan por el dolor que nos causan ni cuando curan nuestras heridas. Los demás apestan a miedo. Tú tienes cuidado, pero no huelo el miedo en ti.

—Tal vez porque no me asustas.

—Todos me temen —gruñó 345 con rabia—. Soy un animal.

Tyler dejó de moverse por un instante. La duda hizo que su perfecta máscara de frialdad se tambaleara.

Por el rabillo del ojo, vio que el canino lo observaba. Con más atención de la que deseaba, como si pudiera ver a través de él. De inmediato, recolocó con precisión la postura de su boca y relajó la frente, mantuvo los ojos inexpresivos. Incluso con las víctimas, su farsa debía continuar.

No dijo nada y siguió tratando sus heridas con cuidado. En cuanto terminara, llamaría a alguien para que se ocupara de él y desaparecería de su vista. Como trabajaba en el laboratorio, 345 se olvidaría de él en cuestión de días y su fachada estaría a salvo.

Sin embargo, la confusión no abandonó sus rasgos.

—¿Por qué huelo el dolor en ti?

Fue solo un instante, pero Tyler se congeló.

Mierda.

—Estás drogado —dijo sin alterar su tono de voz lo más mínimo—. Tus sentidos no funcionan bien.

345 arrugó el ceño.

—Estoy acostumbrado a esta droga. Mi olfato está bien y tú estás sufriendo por algo. ¿Por qué? No te he hecho daño.

Joder. Aún no se acostumbraba a los sentidos agudos de las víctimas ni estaba muy seguro de su alcance. Tampoco estaba al tanto de todo lo que eran capaces de hacer, pese a que sus compañeros le habían asegurado que, si fueran entrenados, serían el ejército más mortífero a nivel físico de la historia de la humanidad.

Tyler lo miró a los ojos. No podía flaquear, no podía flaquear. No ahora que había tomado la decisión de salvarlos a todos. Y, aun así, cuando vio el rostro de 345, abofeteado, demacrado por las torturas y la falta de comida, con los ojos enturbiados por las drogas, supo que su máscara se estaba descomponiendo.

Quiso decirle que quería salvarlo. Que no era un animal, que el único monstruo en ese lugar era Mercile. Que lo que le había hecho esa mujer era horrible y que con gusto lo dejaría libre para que la matara con sus propias manos. Que él mismo cogería el arma más potente que encontrara para cazar a todos y cada uno de ellos para vengarse por lo que les hicieron. A 345, a su gente, a todas las personas que murieron para encubrir lo que estaban haciendo. A su propia familia.

Apretó los labios y tragó el nudo que tenía en la garganta. Le escocían los ojos por culpa de las lágrimas reprimidas. El rostro aún más confuso de 345 le dijo que él también se había dado cuenta.

—Te puedo asegurar —susurró muy bajo, sin apenas mover los labios—, que soy la última persona por la que debe preocuparse tu olfato.

El canino frunció el ceño y abrió la boca para decir algo, pero, de repente, la cerró y sus facciones se tensaron al mismo tiempo que gruñía y giraba la cabeza hacia la puerta.

—Hay alguien ahí.

Tyler se apartó de un salto y escondió la toallita que había usado para atenderlo en el bolsillo del pantalón. Procuró enmascarar cualquier emoción que delatara sus intenciones y esperó.

Un hombre mayor apareció por la puerta. Tenía el cabello blanco y lo llevaba largo hasta el mentón y ligeramente rizado. Sus ojos claros lo miraban inquisitivos a través de unas estilizadas gafas.

—Señor Cooper, parece que ha habido un incidente en el que está implicado. El doctor Polanitis lo espera en su despacho.

Tyler se tensó un poco, a pesar de que su rostro no mostró nada. 345 lo miró de reojo antes de clavar sus ojos en el anciano. Gruñó como si augurara peligro.

—Voy de inmediato —dijo mientras caminaba hacia él. Deseaba echarle un último vistazo a 345, pero sabía que resultaría muy sospechoso. Así que siguió al hombre mayor fuera del despacho.

—No te preocupes por él, los médicos se lo llevarán para asegurarse de que está bien. Probablemente lo seden hasta que el efecto del afrodisíaco se desvanezca.

Él se encogió de hombros.

—Bien.

El hombre se detuvo y se asomó a un lado y a otro, como si se asegurara de que no hubiera nada. Luego, se giró hacia él y le sonrió.

—Me alegra ver que hay alguien dispuesto a ayudarlos —le dijo en voz baja.

Pese a que todos sus músculos se estiraron como las cuerdas de un violín, su rostro tan solo mostró un ceño fruncido y una expresión de confusión.

—No entiendo.

El anciano puso los ojos en blanco.

—Dime, ¿qué guardas en el bolsillo de tu pantalón? No será por casualidad la toallita con alcohol que has usado para aliviar a 345, ¿verdad?

Tyler no lo pensó. Lanzó al hombre contra la pared y aplastó su brazo contra su garganta. Su víctima se aferró a su antebrazo en un intento por respirar.

—Por favor… Yo… Quiero… ayudar…

Él entrecerró los ojos y aflojó la presión, solo lo suficiente para que pudiera hablar. En el momento en el que gritara, lo mataría.

—Habla rápido. Si gritas, mueres.

El anciano tragó saliva y susurró:

—Soy el doctor Adam Therian. —Su primera frase hizo que la piel de Tyler se erizara y que considerara estrangularlo. Sin embargo, lo siguiente que dijo lo detuvo—. Yo no quería que pasara todo esto, pero Dean empezó a experimentar con niños y me tendió una trampa para que yo pareciera culpable si decía algo…

—Es que eres culpable —replicó con los dientes apretados.

—Es cierto —admitió el doctor, bajando los ojos—, pero, si me detenían, no habría nadie que pudiera ayudar a los niños. Dean habría seguido experimentando con ellos.

Tyler entrecerró los ojos y bajó un poco el brazo.

—¿Quieres enmendar tu error o intentas engañarme para que no te mate?

Therian suspiró.

—La muerte sería la salida fácil. Quiero arreglar esto —dicho esto, sus ojos brillaron—. Venías aquí a buscar a Norman Spencer, ¿verdad? Él está conmigo, igual que Ellie Brower. Ellos te dirán que estoy de su parte.

Tyler por fin se apartó. Si sabían que Norman Spencer tramaba algo para joder a Mercile, no lo habrían dejado con vida, por muy brillante que fueran sus investigaciones. Después de todo, no habían pestañeado a la hora de quitar de en medio a los que habían intentado interferir.

—No conozco a Ellie Brower —admitió.

Therian le sonrió.

—Es enfermera en la sección de heridos. Parece que tiene un vínculo con un canino —dicho esto, lanzó una mirada furtiva hacia el despacho—, igual que tú.

Tyler sacudió la cabeza.

—No hay ningún vínculo, nos hemos conocido hoy.

El doctor le palmeó un brazo.

—Él conoce mejor que tú y que yo a los técnicos. Aún no entiende por qué, pero sabe que eres diferente. Has captado su atención.

Él frunció el ceño. Pese a que no le gustaba que las víctimas creyeran que era tan cabrón como Mercile, no era bueno que uno de ellos pensara que era diferente.

—Tendría que haber sido más duro con él.

El doctor sacudió la cabeza.

—Te aseguro que Mercile no se enterará. No por él.

—Podría delatarme sin quererlo.

Therian esbozó una media sonrisa.

—Como he dicho, sabe que eres diferente, pero eso no quiere decir que piense que eres de los buenos.

Tyler asintió, un poco más tranquilo, aunque tomó nota de ser más cuidadoso.

—¿Qué hacemos? —le preguntó al doctor, ansioso por tener al fin un punto de partida para sacar a toda esa gente de la instalación—. ¿Hay algún plan?

El anciano sacudió la cabeza.

—Tenemos una posibilidad, pero me falta encontrar a la persona correcta. Por ahora, vamos a arreglar este incidente.

Tyler echó un vistazo hacia 345.

—¿Tendré problemas?

El doctor frunció los labios.

—No deberías. Pero vamos a verlo.

 

 

—Ya le he explicado a la señorita Thorton mi punto de vista —dijo Tyler con convicción, pero con un tono pausado y calmado, con las manos metidas en los bolsillos como si no ocurriera nada.

—¡Y una mierda! —maldijo la técnica, señalándolo con un dedo—. ¡Solo estás jodido porque eres el nuevo y quieres follarte a una de esas perras!

Dean Polanitis miró a Tyler con una ceja alzada. Él se encogió de hombros.

—Prefiero las mujeres humanas. No tienen colmillos ni uñas afiladas.

—¡Mientes!

—¿Qué gano yo creando un conflicto entre nosotros? Llevas más tiempo aquí y está claro que eres más valiosa que yo, no voy a conseguir un polvo con una de esas hembras haciéndote esto. Solo estoy aquí por dinero y creo que es un desperdicio que mutiles de forma intencionada un sujeto que es perfectamente utilizable —dicho esto, miró a Polanitis con poco interés—. Lo siento si he metido las narices donde no me llaman. No fui informado de qué hacer en esta situación.

Polanitis, sentado sobre su escritorio, suspiró.

—Está bien, no has cometido ninguna infracción —dicho esto, le lanzó una mirada dura a la técnica—. No estoy en contra de los abusos porque hace que esas bestias aprendan a temernos, porque nos da algo con qué amenazarlos. Pero, como ha dicho el señor Cooper, es un desperdicio mutilar un sujeto sano.

—¡No iba a mutilarlo!

—Las marcas de uñas en su miembro viril son bastante visibles —dijo Therian con evidente enfado. Tyler envidió que pudiera mostrar su disgusto de un modo tan abierto, después de todo, Polanitis sabía que él estaba en contra de todo aquello. Sin embargo, lo toleraba porque aún lo necesitaba para controlar el crecimiento de los “sujetos de pruebas” y la creación de drogas y medicamentos para ellos.

Thorton frunció el ceño.

—Solo quería demostrarle quién manda.

Tyler cruzó los brazos a la altura del pecho y puso los ojos en blanco.

—Estabas celosa porque monta a las hembras caninas.

La técnica lo fulminó con la vista.

—¿Qué sabrás tú?

—Oí cómo se lo echabas en cara.

—¡Mentiroso!

—¡Ya está bien! —bramó Polanitis, poniéndose en pie—. Me da igual si lo que dice Cooper es cierto o no. Thorton, a partir de ahora, te ocuparás de un grupo de hembras. Cooper, tú cubrirás su puesto.

—¿Qué? —masculló Thorton.

Tyler no mostró ningún tipo de emoción, se mantuvo inexpresivo. Sin embargo, también estaba sorprendido. Él era un técnico de laboratorio, estaba metido en un proyecto que pretendía acelerar el proceso de cicatrización, por lo que no tenía el más mínimo contacto con los sujetos. Solo necesitaba sus informes y muestras, aún estaba lejos de usar medicamentos en ellos.

Polanitis miró a la mujer con cara de pocos amigos.

—No es fácil encontrar personal de confianza para estos experimentos, así que voy a creer que no tienes una fijación enfermiza por uno de esos animales. No es bueno para el negocio. Pero, para asegurarme de que esto no se repite, te pones con las hembras y Cooper se ocupará del grupo de machos que supervisabas. ¿Está claro?

La mujer apretó los puños, aunque no se atrevió a decir nada. Polanitis se giró hacia Tyler.

—¿Estás conforme?

Él se encogió de hombros.

—No he tenido contacto con esos animales, pero, si crees que puedo hacerlo, no tengo problema. Tú eres quien me paga.

—No es gran cosa. Tomar muestras y un par de tareas diarias. —Tyler se rascó la nuca en un gesto desinteresado y se encogió otra vez de hombros antes de asentir. Polanitis sonrió, satisfecho—. Perfecto. Si ya lo tenéis claro, seguid trabajando. Tenemos mucho que hacer.

Tyler asintió y dio media vuelta, no sin antes echar un vistazo por el rabillo del ojo al doctor Therian. Él también lo miraba disimuladamente.

Ah, sí, había mucho trabajo por delante. Pero se aseguraría de que terminara con una bala en la frente de Polanitis y aquel lugar reducido a cenizas.


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