Prólogo. Primer contacto
Tyler apretó la mandíbula mientras se dirigía
al pasillo que conducía al área de ginecología. Le había costado unas semanas
tomar la decisión, pero, al final, sabía que hacía lo correcto.
Su venganza tenía que esperar. Por ahora.
Matar a Dean Polanitis implicaba más riesgos de
los que había calculado cuando decidió ir a por ese cabrón. Sinceramente, no
había esperado toda esa mierda. Los experimentos. Las víctimas.
Le había costado mucho mantenerse inexpresivo
cuando los vio por primera vez. El shock le ayudó a paralizar sus músculos,
pese a que no pudo ocultar el horror en sus ojos. El bastardo de Polanitis le
mostró entonces una cifra y eso fue lo único que necesitó para recomponerse y
enmascarar sus emociones, aceptando el trabajo.
Sin embargo, no había sido fácil. Nada fácil.
Actuar como si no pasara nada. Como si pudiera vivir viendo cómo morían,
sabiendo que los torturaban día tras día hasta que se apagaban, hasta que
renunciaban.
Su sed de sangre había estado a punto de hacer
que lo mandara todo a la mierda. Córtale la cabeza a la serpiente y el cuerpo
moriría.
Sí, sonaba tan bien para una película de
ficción. Pero la realidad era siempre mucho peor. Más compleja.
Matar a Polanitis lo expondría. Sí, tenía habilidades
de sobra para escapar, pero tenía que hacerlo solo. Eso quería decir que
tendría que dejar a esa pobre gente a merced de Mercile. Apenas llevaba dos
meses en esa maldita instalación, pero había leído los protocolos de emergencia
y había unos cuantos para trasladar a los “sujetos de prueba” a otro lugar. Los
papeles no decían dónde, por supuesto, pero, en pocas palabras, si se vengaba y
huía, a la vuelta, no encontraría nada en esa instalación que le diera una
pista de a dónde habían huido.
Joder.
Tendría que haber sido más sencillo. Darse el
gusto de matar con sus propias manos a Polanitis y después hacer saltar por los
aires ese maldito lugar. Pero ya no podía. No sin sacrificar a todas las
víctimas.
Por un momento, hasta se planteó que sería una
muerte mucho más misericordiosa que la que les esperaba en ese infierno. Pero
no podía hacerlo, no. Podía cargar con la muerte de unos asesinos, pero no con
la de gente inocente que había estado sufriendo desde el día en que nació.
Así que no tenía más opciones. Primero tenía
que liberar a los rehenes, luego, ya habría tiempo para matar a Polanitis.
Pero, ¿cómo hacerlo?
Se había dado cuenta de que el doctor Spencer,
de ginecología, era muy protector con las mujeres a pesar de su cuerpo
escuálido y su escasa capacidad física. Sin embargo, era lo bastante valiente
como para plantarles cara a los guardias que violaban a sus pacientes, aun
sabiendo que después recibiría una paliza.
Él podía ser un primer paso. Porque no se le
ocurría ninguna manera segura de hacerlo solo. Necesitaba un equipo y ya no
podía recurrir a su antiguo trabajo para denunciarlo; algunos de los
trabajadores que había allí estaban muertos de miedo por lo que estaba pasando
y había escuchado en el comedor a un par de mujeres hablando de llamar a las
autoridades, pero un hombre las había disuadido cuando había dicho que los
pocos que lo hicieron no habían vuelto a aparecer por allí. Se rumoreaba que
Polanitis tenía agentes corruptos en la policía y, además, se había enterado de
que aquel proyecto estaba financiado por el Ejército, así que a saber en qué
otros organismos habría metido mano Mercile.
No sabía qué coño hacer. No tenía suficiente
información y necesitaba a alguien que llevara trabajando allí más tiempo. Y
había oído que el propio Polanitis había llamado al doctor Spencer para
ofrecerle aquel trabajo en persona. Al parecer, era un ginecólogo excelente y
había realizado investigaciones brillantes en el campo de la esterilidad
femenina.
Estaba convencido de que ese hombre llevaba en
ese lugar desde que las mujeres alcanzaron la edad de quedarse embarazadas.
Tendría que llevar como mínimo unos cinco años y eso era mucha información
acerca de cómo funcionaba esa empresa, aunque fuera solo una parte. Por algún
sitio había que empezar.
Cuando llegó a la sección, se dio cuenta de que
había varios despachos. Fue al que llevaba el nombre de Spencer y llamó. No
hubo respuesta. Llamó un par de veces más y luego intentó abrir la puerta, pero
estaba cerrada.
Hizo una mueca. No quería estar mucho tiempo
buscándolo.
De repente, un aullido hizo que saltara y se
giró hacia la puerta contigua. Apretó los dientes. Malditos experimentos.
Aun sabiendo que no debería entrar y ver lo que
estaban haciendo, su rabia fue más fuerte. Procurando que no hubiera nadie
alrededor, se adentró con cuidado en la sala. Era un despacho con un escritorio
y una habitación contigua, separada por una pared de cristal por la que se
podía ver la sala de ginecología. Había una gran silla acolchada con
retenciones para las extremidades y el torso y un banco donde yacían múltiples
instrumentos para la exploración y operación de los órganos femeninos.
Tyler ya lo sabía. Y, aun así, se quedó blanco
al ver lo que estaba pasando.
Porque el “sujeto de prueba” no era una mujer.
Era un hombre.
Estaba atado a la silla, con la cabeza echada
hacia atrás mientras gruñía. Apretaba los dientes con tal fuerza que sus largos
caninos eran perfectamente visibles y su rostro estaba crispado en una mueca de
dolor.
Sobre él, había una mujer. Por su ropa, parecía
una técnica.
Tyler la conocía. No hablaba mucho, pero no le
hacía falta para saber que era una persona cruel. Lo había sabido por el modo
en que miraba a las víctimas. Había un brillo perverso en sus ojos, como si
disfrutara de su sufrimiento.
Ahora tenía una prueba de ello. Estaba
apretando con fuerza el miembro de ese pobre hombre.
Echó un vistazo a su alrededor y encontró la
puerta que daba a la habitación. Dio gracias a Dios porque esta estuviera justo
a la espalda de la mujer, así que se deslizó hacia ella y la abrió muy poco a
poco, con cuidado de no hacer ni un ruido.
Entonces, la escuchó hablando con su víctima.
—Maldito bastardo… Eres un animal después de
todo —lo maldijo con una extraña voz. Sonaba entre furiosa y adolorida—. Te
dije que no tocaras a ninguna hembra. ¡A ninguna! ¡Con todo lo que he hecho por
ti!
El hombre, un canino, gruñó con más fuerza y
levantó la cabeza. Sus ojos dorados la fulminaron.
—No… has… hecho nada… por mí… —dijo con
esfuerzo.
Tyler la escuchó rugir de rabia, pero no podía
ver qué hacía. Fuera lo que fuera, hizo aullar de nuevo al hombre. Apretó los
dientes y abrió un poco más la puerta, aprovechando el ruido.
—¡Te di placer! ¡Más que ninguna otra de las
perras con las que follas! ¡Eres mío!
El canino bufó y le enseñó los dientes.
—No te pertenezco, humana. Tus drogas hacen
cosas extrañas en mi cuerpo, eso es todo. Jamás seré tuyo.
La mujer lo miró furioso y pasó las uñas por su
miembro. Este se tensó y le gruñó.
—No tocarás ni una sola de esas perras —juró,
apretándolo un poco más fuerte—. Me aseguraré de eso. Haré que te trasladen con
los animales que luchan, ¿eso es lo que quieres? ¿O prefieres las pruebas de
resistencia? Los guardias se cebarán contigo. Puedo ahorrarte todo ese
martirio. Ya sabes lo que tienes que hacer. Dilo.
El canino levantó de nuevo la cabeza para
responderle, pero, de repente, sus fosas nasales se abrieron y miró algún punto
tras la mujer con los ojos muy abiertos. Sin embargo, ella no se dio cuenta.
—¡Dilo! ¡Eres mí…!
De repente, apartó las manos del sujeto y se
las llevó a la cabeza mientras chillaba. A su espalda, Tyler la había agarrado
del pelo con más fuerza de la necesaria, pero estaba tan furioso que no le
importaba. Teniendo en cuenta que su primera opción había sido estrangularla
hasta la muerte, tenía suerte de que se limitara solo a tirarle del pelo y
lanzarla al suelo con un duro golpe. Aun así, procuró disfrazar sus emociones
tras una máscara pétrea, dejando solo un ligero ceño fruncido.
—¿Qué demonios estás haciendo?
La mujer se apartó el pelo de la cara y lo
fulminó con la mirada.
—No es asunto tuyo, novato —dijo con desprecio.
Tyler cruzó los brazos a la altura de los
hombros.
—No lo sería si no fuera porque parecías a
punto de arrancarle la polla. Es uno de los machos que intervienen en las
pruebas de fertilidad, ¿no? Necesitamos sus genitales intactos.
Ella se puso en pie y arrugó la nariz.
—¿Qué pasa? Los hombres se lo pasan bien
jodiendo con las perras, ¿por qué no puedo hacer lo mismo?
Él enarcó una ceja.
—No parecía que estuvieras follando, sino a
punto de mutilar una parte importante para las pruebas. Llevas más tiempo aquí
que yo, sabes cuántos millones cuesta crear a estas bestias, ¿y tú vas e
intentas romper uno de los modelos? Los jefes no lo verán con buenos ojos —dijo
con el mismo desprecio con el que le había respondido ella. Y, aun así, se
quedaba corto en comparación con lo que sentía.
La mujer apretó los labios y convirtió sus
manos en puños.
—Si no es útil en las pruebas de fertilización,
podemos trasladarlo a otras secciones.
—Cierto, pero el problema aquí eres tú, no él.
Ella trató de abofetearlo, pero Tyler detuvo su
mano sin dificultad y la empujó hacia atrás. Pese a que lo deseaba con todo su
ser, procuró no hacerlo muy fuerte. No quería arriesgarse a ser descubierto
antes de tiempo. Ya tendría una oportunidad de hacerla sufrir, a ella y a
Mercile al completo.
La mujer trastabilló hacia atrás y lo miró con
furia. Lo señaló con un dedo.
—No hemos acabado —le dijo antes de dar media
vuelta y salir de la habitación.
Tyler la siguió, asomándose para asegurarse de
que se marchaba del despacho. En cuanto desapareció por la puerta, se apresuró
a cerrarla y luego volvió corriendo con el canino, que lo observaba con recelo
y los rasgos tensos. No podía culparlo por ello, pero eso no evitó que le
echara un vistazo para asegurarse de que estaba bien.
Sus ojos revolotearon sobre su pecho, fijándose
en el número que llevaba tatuado en el pecho, 345. No parecía herido en esa
zona, pero sí llegó a ver marcas rojizas en sus mejillas, como si le hubieran
abofeteado. Ocultó su rabia y siguió examinándolo. Había arañazos en sus bíceps
y unos más dolorosos en su miembro. Sin embargo, la confusión surcó sus rasgos
cuando vio que estaba erecto. Y mucho.
No tenía ningún sentido.
—¿Estás bien? —le preguntó inseguro.
El hombre resopló.
—¿Qué te importa, humano?
Tyler observó su rostro con atención. Tenía las
facciones duras y curtidas de la mayoría de los hombres caninos que estaban
allí presos, pero las líneas de su mandíbula eran más estrechas y afiladas,
dándole a su rostro un aspecto más delgado y fino, similar al de los felinos.
Su mentón era firme y su labio inferior ligeramente más lleno que el superior.
Era difícil saber el color de su cabello ya que estaba rapado, igual que el
resto de las víctimas, así que sus increíbles ojos eran su característica más llamativa.
Eran dorados y muy brillantes, como si alguien le hubiera echado oro líquido y
se hubiera solidificado en sus irises.
Por un momento, se perdió en ellos. Lo
fascinaban, nunca había visto a nadie con ese color de ojos. Que su mirada
fuera dura y desafiante no hacía más que acentuar la sensación de fuerza que
transmitían.
Pero, entonces, se percató de sus pupilas.
Estaban dilatadas.
Ahora lo entendía.
Maldijo y fue al banco donde había varios
instrumentos. Cogió una toallita húmeda y le puso alcohol.
—Esto te dolerá un poco.
345 gruñó.
—Todo lo que hacéis los humanos duele.
Al escuchar eso, la máscara que había estado
usando Tyler con tanto cuidado estuvo a punto de hacerse añicos.
A punto.
El recuerdo de su padre y su madre cruzó su
mente. No podía fallar ahora, no cuando había logrado llegar hasta allí,
después de lo mucho que le había costado entrar en Mercile.
—Lo sé —murmuró, casi sin mover los labios.
El canino parpadeó, extrañado, antes de
lanzarle una mirada recelosa y olfatear en su dirección. Fuera lo que fuera lo
que olía, le hizo fruncir el ceño y mirarlo con cierta confusión.
Tyler no dijo nada mientras envolvía el pañuelo
alrededor de su miembro. Para su sorpresa, 345 no se quejó.
—¿No te duele? —le preguntó.
Este no dejó de mirarlo mientras respondía con
cautela.
—No es nada comparado a las pruebas.
Él asintió, tratando de mantenerse firme.
—Ya veo.
—Tú eres nuevo —afirmó el hombre—. Nunca te
había olido antes.
—Sí, llevo poco aquí.
El canino ladeó la cabeza antes de bajar los
ojos hacia su miembro.
—Eres más suave que los otros. —Parecía
desconcertado.
Tyler le echó un vistazo por el rabillo del ojo
sin dejar de frotar con cuidado las marcas de uñas que veía en su piel.
—No sé qué quieres decir.
—La mayoría quieren hacernos el mayor daño
posible. No se preocupan por el dolor que nos causan ni cuando curan nuestras
heridas. Los demás apestan a miedo. Tú tienes cuidado, pero no huelo el miedo
en ti.
—Tal vez porque no me asustas.
—Todos me temen —gruñó 345 con rabia—. Soy un
animal.
Tyler dejó de moverse por un instante. La duda
hizo que su perfecta máscara de frialdad se tambaleara.
Por el rabillo del ojo, vio que el canino lo
observaba. Con más atención de la que deseaba, como si pudiera ver a través de
él. De inmediato, recolocó con precisión la postura de su boca y relajó la
frente, mantuvo los ojos inexpresivos. Incluso con las víctimas, su farsa debía
continuar.
No dijo nada y siguió tratando sus heridas con
cuidado. En cuanto terminara, llamaría a alguien para que se ocupara de él y
desaparecería de su vista. Como trabajaba en el laboratorio, 345 se olvidaría
de él en cuestión de días y su fachada estaría a salvo.
Sin embargo, la confusión no abandonó sus
rasgos.
—¿Por qué huelo el dolor en ti?
Fue solo un instante, pero Tyler se congeló.
Mierda.
—Estás drogado —dijo sin alterar su tono de voz
lo más mínimo—. Tus sentidos no funcionan bien.
345 arrugó el ceño.
—Estoy acostumbrado a esta droga. Mi olfato
está bien y tú estás sufriendo por algo. ¿Por qué? No te he hecho daño.
Joder. Aún no se acostumbraba a los sentidos
agudos de las víctimas ni estaba muy seguro de su alcance. Tampoco estaba al
tanto de todo lo que eran capaces de hacer, pese a que sus compañeros le habían
asegurado que, si fueran entrenados, serían el ejército más mortífero a nivel
físico de la historia de la humanidad.
Tyler lo miró a los ojos. No podía flaquear, no
podía flaquear. No ahora que había tomado la decisión de salvarlos a todos. Y,
aun así, cuando vio el rostro de 345, abofeteado, demacrado por las torturas y
la falta de comida, con los ojos enturbiados por las drogas, supo que su
máscara se estaba descomponiendo.
Quiso decirle que quería salvarlo. Que no era
un animal, que el único monstruo en ese lugar era Mercile. Que lo que le había
hecho esa mujer era horrible y que con gusto lo dejaría libre para que la
matara con sus propias manos. Que él mismo cogería el arma más potente que
encontrara para cazar a todos y cada uno de ellos para vengarse por lo que les
hicieron. A 345, a su gente, a todas las personas que murieron para encubrir lo
que estaban haciendo. A su propia familia.
Apretó los labios y tragó el nudo que tenía en
la garganta. Le escocían los ojos por culpa de las lágrimas reprimidas. El
rostro aún más confuso de 345 le dijo que él también se había dado cuenta.
—Te puedo asegurar —susurró muy bajo, sin
apenas mover los labios—, que soy la última persona por la que debe preocuparse
tu olfato.
El canino frunció el ceño y abrió la boca para
decir algo, pero, de repente, la cerró y sus facciones se tensaron al mismo
tiempo que gruñía y giraba la cabeza hacia la puerta.
—Hay alguien ahí.
Tyler se apartó de un salto y escondió la
toallita que había usado para atenderlo en el bolsillo del pantalón. Procuró
enmascarar cualquier emoción que delatara sus intenciones y esperó.
Un hombre mayor apareció por la puerta. Tenía
el cabello blanco y lo llevaba largo hasta el mentón y ligeramente rizado. Sus
ojos claros lo miraban inquisitivos a través de unas estilizadas gafas.
—Señor Cooper, parece que ha habido un
incidente en el que está implicado. El doctor Polanitis lo espera en su
despacho.
Tyler se tensó un poco, a pesar de que su
rostro no mostró nada. 345 lo miró de reojo antes de clavar sus ojos en el
anciano. Gruñó como si augurara peligro.
—Voy de inmediato —dijo mientras caminaba hacia
él. Deseaba echarle un último vistazo a 345, pero sabía que resultaría muy
sospechoso. Así que siguió al hombre mayor fuera del despacho.
—No te preocupes por él, los médicos se lo
llevarán para asegurarse de que está bien. Probablemente lo seden hasta que el
efecto del afrodisíaco se desvanezca.
Él se encogió de hombros.
—Bien.
El hombre se detuvo y se asomó a un lado y a
otro, como si se asegurara de que no hubiera nada. Luego, se giró hacia él y le
sonrió.
—Me alegra ver que hay alguien dispuesto a
ayudarlos —le dijo en voz baja.
Pese a que todos sus músculos se estiraron como
las cuerdas de un violín, su rostro tan solo mostró un ceño fruncido y una
expresión de confusión.
—No entiendo.
El anciano puso los ojos en blanco.
—Dime, ¿qué guardas en el bolsillo de tu
pantalón? No será por casualidad la toallita con alcohol que has usado para
aliviar a 345, ¿verdad?
Tyler no lo pensó. Lanzó al hombre contra la
pared y aplastó su brazo contra su garganta. Su víctima se aferró a su
antebrazo en un intento por respirar.
—Por favor… Yo… Quiero… ayudar…
Él entrecerró los ojos y aflojó la presión,
solo lo suficiente para que pudiera hablar. En el momento en el que gritara, lo
mataría.
—Habla rápido. Si gritas, mueres.
El anciano tragó saliva y susurró:
—Soy el doctor Adam Therian. —Su primera frase
hizo que la piel de Tyler se erizara y que considerara estrangularlo. Sin
embargo, lo siguiente que dijo lo detuvo—. Yo no quería que pasara todo esto,
pero Dean empezó a experimentar con niños y me tendió una trampa para que yo
pareciera culpable si decía algo…
—Es que eres culpable —replicó con los dientes
apretados.
—Es cierto —admitió el doctor, bajando los
ojos—, pero, si me detenían, no habría nadie que pudiera ayudar a los niños.
Dean habría seguido experimentando con ellos.
Tyler entrecerró los ojos y bajó un poco el
brazo.
—¿Quieres enmendar tu error o intentas
engañarme para que no te mate?
Therian suspiró.
—La muerte sería la salida fácil. Quiero
arreglar esto —dicho esto, sus ojos brillaron—. Venías aquí a buscar a Norman
Spencer, ¿verdad? Él está conmigo, igual que Ellie Brower. Ellos te dirán que
estoy de su parte.
Tyler por fin se apartó. Si sabían que Norman
Spencer tramaba algo para joder a Mercile, no lo habrían dejado con vida, por
muy brillante que fueran sus investigaciones. Después de todo, no habían
pestañeado a la hora de quitar de en medio a los que habían intentado
interferir.
—No conozco a Ellie Brower —admitió.
Therian le sonrió.
—Es enfermera en la sección de heridos. Parece
que tiene un vínculo con un canino —dicho esto, lanzó una mirada furtiva hacia
el despacho—, igual que tú.
Tyler sacudió la cabeza.
—No hay ningún vínculo, nos hemos conocido hoy.
El doctor le palmeó un brazo.
—Él conoce mejor que tú y que yo a los
técnicos. Aún no entiende por qué, pero sabe que eres diferente. Has captado su
atención.
Él frunció el ceño. Pese a que no le gustaba
que las víctimas creyeran que era tan cabrón como Mercile, no era bueno que uno
de ellos pensara que era diferente.
—Tendría que haber sido más duro con él.
El doctor sacudió la cabeza.
—Te aseguro que Mercile no se enterará. No por
él.
—Podría delatarme sin quererlo.
Therian esbozó una media sonrisa.
—Como he dicho, sabe que eres diferente, pero
eso no quiere decir que piense que eres de los buenos.
Tyler asintió, un poco más tranquilo, aunque
tomó nota de ser más cuidadoso.
—¿Qué hacemos? —le preguntó al doctor, ansioso
por tener al fin un punto de partida para sacar a toda esa gente de la
instalación—. ¿Hay algún plan?
El anciano sacudió la cabeza.
—Tenemos una posibilidad, pero me falta
encontrar a la persona correcta. Por ahora, vamos a arreglar este incidente.
Tyler echó un vistazo hacia 345.
—¿Tendré problemas?
El doctor frunció los labios.
—No deberías. Pero vamos a verlo.
—Ya le he explicado a la señorita Thorton mi
punto de vista —dijo Tyler con convicción, pero con un tono pausado y calmado,
con las manos metidas en los bolsillos como si no ocurriera nada.
—¡Y una mierda! —maldijo la técnica,
señalándolo con un dedo—. ¡Solo estás jodido porque eres el nuevo y quieres
follarte a una de esas perras!
Dean Polanitis miró a Tyler con una ceja
alzada. Él se encogió de hombros.
—Prefiero las mujeres humanas. No tienen
colmillos ni uñas afiladas.
—¡Mientes!
—¿Qué gano yo creando un conflicto entre
nosotros? Llevas más tiempo aquí y está claro que eres más valiosa que yo, no
voy a conseguir un polvo con una de esas hembras haciéndote esto. Solo estoy
aquí por dinero y creo que es un desperdicio que mutiles de forma intencionada
un sujeto que es perfectamente utilizable —dicho esto, miró a Polanitis con
poco interés—. Lo siento si he metido las narices donde no me llaman. No fui
informado de qué hacer en esta situación.
Polanitis, sentado sobre su escritorio,
suspiró.
—Está bien, no has cometido ninguna infracción
—dicho esto, le lanzó una mirada dura a la técnica—. No estoy en contra de los
abusos porque hace que esas bestias aprendan a temernos, porque nos da algo con
qué amenazarlos. Pero, como ha dicho el señor Cooper, es un desperdicio mutilar
un sujeto sano.
—¡No iba a mutilarlo!
—Las marcas de uñas en su miembro viril son
bastante visibles —dijo Therian con evidente enfado. Tyler envidió que pudiera
mostrar su disgusto de un modo tan abierto, después de todo, Polanitis sabía
que él estaba en contra de todo aquello. Sin embargo, lo toleraba porque aún lo
necesitaba para controlar el crecimiento de los “sujetos de pruebas” y la
creación de drogas y medicamentos para ellos.
Thorton frunció el ceño.
—Solo quería demostrarle quién manda.
Tyler cruzó los brazos a la altura del pecho y
puso los ojos en blanco.
—Estabas celosa porque monta a las hembras
caninas.
La técnica lo fulminó con la vista.
—¿Qué sabrás tú?
—Oí cómo se lo echabas en cara.
—¡Mentiroso!
—¡Ya está bien! —bramó Polanitis, poniéndose en
pie—. Me da igual si lo que dice Cooper es cierto o no. Thorton, a partir de
ahora, te ocuparás de un grupo de hembras. Cooper, tú cubrirás su puesto.
—¿Qué? —masculló Thorton.
Tyler no mostró ningún tipo de emoción, se
mantuvo inexpresivo. Sin embargo, también estaba sorprendido. Él era un técnico
de laboratorio, estaba metido en un proyecto que pretendía acelerar el proceso
de cicatrización, por lo que no tenía el más mínimo contacto con los sujetos. Solo
necesitaba sus informes y muestras, aún estaba lejos de usar medicamentos en
ellos.
Polanitis miró a la mujer con cara de pocos
amigos.
—No es fácil encontrar personal de confianza
para estos experimentos, así que voy a creer que no tienes una fijación
enfermiza por uno de esos animales. No es bueno para el negocio. Pero, para
asegurarme de que esto no se repite, te pones con las hembras y Cooper se
ocupará del grupo de machos que supervisabas. ¿Está claro?
La mujer apretó los puños, aunque no se atrevió
a decir nada. Polanitis se giró hacia Tyler.
—¿Estás conforme?
Él se encogió de hombros.
—No he tenido contacto con esos animales, pero,
si crees que puedo hacerlo, no tengo problema. Tú eres quien me paga.
—No es gran cosa. Tomar muestras y un par de
tareas diarias. —Tyler se rascó la nuca en un gesto desinteresado y se encogió
otra vez de hombros antes de asentir. Polanitis sonrió, satisfecho—. Perfecto.
Si ya lo tenéis claro, seguid trabajando. Tenemos mucho que hacer.
Tyler asintió y dio media vuelta, no sin antes
echar un vistazo por el rabillo del ojo al doctor Therian. Él también lo miraba
disimuladamente.
Ah, sí, había mucho trabajo por delante. Pero
se aseguraría de que terminara con una bala en la frente de Polanitis y aquel
lugar reducido a cenizas.

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