La venganza de la Vieja Sangre
El bosque estaba
inusitadamente silencioso. Todos los días podía escucharse el suave trino de
las aves cantoras, que solía acompañar la melodía de los árboles cuando se
balanceaban con la brisa, que soplaba con tiernos arrullos entre las hojas. De
vez en cuando se podía percibir el furioso aleteo del águila al abalanzarse
sobre su presa, o el graznido del halcón atravesando el aire. En otras
ocasiones se podía incluso sentir el traqueteo en el suelo de una manada de
ciervos galopando sobre los helechos, y el mugido del alce clamando por una
compañera. Se oía el rugido de la cascada y la risilla infantil del riachuelo,
el crujido de las ramas de los árboles milenarios al ser mecidas por el viento,
el zumbido de las abejas, el chapoteo de los peces.
Pero esa mañana
apenas había ruido.
Desde que hacía un
buen rato, Fugaku no había visto ni sentido la presencia de ningún animal. Es
más, no había percibido el movimiento de uno entre los arbustos. Ni siquiera
estos se movían. Ese día no soplaba el viento, que le traía el sonido del
riachuelo y la cascada, sin embargo, en esta ocasión, tan solo podía oír los
prudentes y cavilosos pasos de los hombres que lo seguían hacia un mundo que
les estaba prohibido, que les era extraño, misterioso e inquietante.
Miró hacia atrás,
hacia su mujer. No le gustaba lo que estaba haciendo, pero temía por Sasuke,
más que por la amenaza de que los Shichinintai iniciaran una guerra. Podía
hacer frente a cualquier hombre que pudiera sangrar, cualquiera al que pudiera
atravesar con su espada con la seguridad de que no se levantaría del suelo
después.
¿Pero jugar con
los espíritus?
Eso nunca era
bueno. Nunca terminaba bien.
Solo esperaba que
Itachi tuviera razón y Sasuke hubiera marchado voluntariamente con el espíritu
por una buena razón… Y que este no tuviera malas intenciones para con su hijo.
Rezaba a los dioses de Mikoto por ello.
Ella vio sus
temores con facilidad y colocó una mano sobre su brazo, ofreciéndole apoyo y
consuelo. Sin embargo, la mirada de sus ojos era firme, no había el más mínimo
asomo de duda. Su mujer confiaba ciegamente en los espíritus que habían
protegido su clan desde el mismo origen de su estirpe, creía en que velaban por
Sasuke.
Él le dedicó una
caricia breve a sus dedos y luego se volvió, siguiendo las huellas que había
dejado el Lobo. No había visto las de su hijo desde el claro, pero sabía que el
ser se lo había llevado consigo de algún modo.
—Parece que se lo
llevó de verdad al Mundo de los Espíritus.
Fugaku frunció
profundamente el ceño mientras miraba a Bankotsu. Estaba a su lado, agazapado,
tocando una de las huellas del Lobo con gesto sombrío.
—¿Sigues dispuesto
a venir? —le preguntó con un gruñido. El joven había llevado a todos sus
guerreros Shichinintai con él para no tener que dejar la aldea desprotegida,
por lo que Fugaku había podido dejar a la mayor parte de sus hombres y mujeres
allí, llevándose únicamente con él a sus mejores guerreros. Si Bankotsu decidía
retirarse, tendría que volver y llevarse a todos los hombres para encontrar a
Sasuke, dejando que las mujeres se ocuparan de mantener la aldea a salvo, pero
incluso así se arriesgaba a que su pueblo fuera atacado brutalmente y perdería
un tiempo valioso para encontrar a su hijo.
Por suerte, el
otro hombre le lanzó una mirada decidida, aunque percibió algo oscuro en sus
ojos que no le dio buena espina.
—No consentiré que
se lleven a mi prometido.
Pese a todo,
asintió. Su prioridad era Sasuke, y necesitaba a Bankotsu y sus hombres para
ello.
Entonces, escuchó
un ruido. Era el primero que se oía desde hacía horas, y no auguraba nada
bueno.
Un aullido,
profundo e inquietante, rasgó el aire.
Todos se quedaron
quietos. El corazón de Fugaku se aceleró. Había sonado muy cerca.
Como si hubiera
adivinado sus pensamientos, el Lobo salió de detrás de un roble.
Era inmenso, una
bestia blanca musculosa, con patas robustas, pecho amplio y cabeza maciza. El
espeso pelaje blanco erizado acentuó la sensación de que era enorme, tal vez
más que un corcel, y sus orejas agachadas y los colmillos largos como dagas
auguraban una muerte veloz y dolorosa. Aun así, se movía despacio, pero con una
lentitud predadora y calculada que le puso los pelos de punta. Tenía ante él a
un cazador experimentado y concienzudo. Si daba un paso en falso, el Lobo no
vacilaría.
Sus ojos rojos
examinaron a todo su grupo con abierta desconfianza, pero de un modo analítico
que le produjo un escalofrío. Pese a que su aspecto era totalmente animal,
podía entrever una inteligencia equivalente a la de un ser humano, quién sabe
si incluso superior.
—Mi señor.
Fugaku se
sobresaltó un poco cuando Mikoto avanzó. Trató de agarrarla del brazo, pero
ella ya se había alejado demasiado.
—Mikoto, ¡no!
—susurró, temiendo que el más ínfimo movimiento o acto brusco pudiera provocar
al espíritu.
Eso no la detuvo.
La mujer se acercó hasta que estuvo a media distancia de la bestia, que seguía
con la cabeza agachada. El resto, sin embargo, retrocedió entre exclamaciones
de sorpresa y maldiciones cuando el Lobo echó a gruñir, un sonido profundo y escalofriante
que parecía retumbar de un modo inquietante en sus oídos.
Aun así, Mikoto,
al comprender que el espíritu no la quería más cerca, se detuvo. Sin un ápice
de temor, dejó su arco a un lado en el suelo y desenfundó la espada.
—¿Qué hace?
—balbuceó alguien con la voz estrangulada.
Ella ignoró
cualquier comentario que cuestionara su cordura y continuó. Ante la sorpresa de
todos, se arrodilló sobre la hierba, sostuvo la espada con ambas manos y se
arrodilló mientras se la ofrecía al Lobo.
Este alzó las
orejas y su gruñido se detuvo. Lentamente, se acercó a Mikoto con lo que Fugaku
creyó que era simple curiosidad.
Cuando vio que su
cabeza estaba sobre la de su mujer, ardió en deseos de abalanzarse sobre la
criatura o gritar que se apartara, pero no lo hizo. Un único movimiento por su
parte podría provocar la muerte de Mikoto.
Por desgracia,
algo llamó su atención por el rabillo del ojo. Palideció al ver que Bankotsu
preparaba una flecha con suma lentitud. De inmediato, lo agarró del brazo. Este
lo fulminó con la mirada y Fugaku negó violentamente con la cabeza. No quería
declarar la guerra a los espíritus o a los dioses asesinando al Lobo, y,
además, algo le decía que necesitarían más de una flecha para abatirlo.
—Grrr…
Su corazón por
poco atravesó su pecho. Muy despacio, Bankotsu y él se giraron hacia la bestia.
Curiosamente, sus sangrientos ojos estaban clavados en el joven, como si fuera
plenamente consciente de quién intentaba matarlo. Sin dejar de gruñir, le
mostró los colmillos. Sus orejas volvían a estar agachadas y su pelaje pareció
erizarse todavía más.
Fugaku tragó
saliva.
—Suelta el arco
—murmuró.
Bankotsu se negó.
—Ni hablar.
—¡Hazlo, maldita
sea! —exigió en voz baja.
—¡No pienso
quedarme desprotegido ante ese…! —replicó con el mismo tono.
El Lobo, de
repente, se agazapó, sin tocar a Mikoto en ningún momento, y lanzó varios
ladridos seguidos que sonaron a que estaba a punto de iniciar un furioso y
violento envite contra Bankotsu, el cual, asaltado por el miedo, soltó el arco.
Solo entonces, la
bestia se calmó un poco, hasta que se limitó únicamente a gruñir, observando al
joven con desconfianza y sin dejar de enseñarle los afilados dientes. Fugaku,
pese a que no estaba muy seguro de si era buena idea, se acercó hasta el arma tirada
en el suelo junto a ellos, siendo perseguido por los irises rojos del animal,
que no se perdía ni un solo detalle de sus movimientos, aunque no hizo amago de
volver a ladrar o de abalanzarse sobre ellos.
Supuso que era una
buena señal.
Entonces, enganchó
el arco con la punta del pie y, después, lo lanzó tan lejos como pudo de una
patada, alzando las manos en señal de buena fe. Al Lobo debió de bastarle,
porque alzó las orejas y dejó de gruñir.
Inmediatamente
después, su atención regresó a Mikoto, que ni se había inmutado pese al ataque
de ira de la bestia. Tal era su fe en su espíritu protector.
Además de
merecida.
El místico ser la
olfateó un segundo antes de inclinar la cabeza y lamerle la frente, como si la
reconociera. Mikoto solo levantó la vista en ese momento, sonriendo con los
ojos llenos de lágrimas, para después alzar una mano y acariciar el hocico del
animal.
Todos se quedaron
anonadados cuando este gruñó. No como amenaza, fue un sonido suave y cálido,
como una especie de ronroneo.
Ni Fugaku ni nadie
se atrevió a mover un maldito músculo mientras la mujer interactuaba con su
protector. A ella no podían verle el rostro, pero sí pudieron observar las
reacciones del Lobo, que ladeaba de vez en cuando la cabeza, bajaba las orejas
y, en un par de ocasiones en las que no hubo uno solo que no se tensara como
las cuerdas de un arpa, gruñía de un modo peligroso, aunque en ningún momento
hizo gesto alguno de atacar a la mujer.
Finalmente, Mikoto
hizo una reverencia y el espíritu se la devolvió con elegancia. Solo entonces,
ella se levantó y regresó junto a Fugaku con el semblante sombrío.
—¿Qué ocurre? —le
preguntó este con inquietud.
—Mortales.
La grave y
poderosa voz del Lobo los sobresaltó a todos. Cuando apartaron la vista de la
mujer Uchiha, la bestia tenía la cabeza erguida, mostrando su amplio pecho en
una postura que parecía reivindicar su supremacía ante la humanidad.
Fugaku, que
reaccionó con rapidez, se apresuró a arrodillarse.
—Mi señor.
El espíritu
inclinó la cabeza en un gesto de respeto.
—Mi protegida
me ha dicho que habéis venido en busca del joven heredero Uchiha sin intención
de alzaros en armas, ¿es eso cierto?
—Así es, mi señor
—respondió Fugaku—. No deseamos ofender a vuestros dioses ni a sus espíritus.
Solo… Solo queremos saber si mi hijo se encuentra sano y salvo.
Los ojos del Lobo
se estrecharon, contemplándolo con tal intensidad que sintió el impulso de
apartar la mirada… Pero no lo hizo. Deseaba que supiera que cada palabra que
había dicho era la pura verdad.
Y debió de verla,
porque pareció relajar ligeramente la postura. Solo ligeramente, pues su pelaje
seguía un poco erizado, como si aún esperara algún tipo de ataque.
—Os permitiré
verlo. —Esas palabras aliviaron el corazón de Fugaku. Su hijo estaba vivo y,
aparentemente, fuera de peligro. Sin embargo, la mirada severa del espíritu lo
inquietó—. Os recuerdo, sin embargo, que ahora estáis en los dominios de los
espíritus.
Fugaku se
sobresaltó y miró a su alrededor. Ahora que se fijaba bien, no reconocía esa
parte del bosque, los árboles tenían dibujos extraños en la corteza que antes
había achacado a cicatrices de algún temporal y que la luz del sol parecía más
dorada y brillante.
Habían estado tan
absortos buscando en el suelo las huellas de Sasuke y el Lobo que ni siquiera
se habían dado cuenta de que habían entrado en el Mundo de los Espíritus.
Un escalofrío lo
recorrió entero.
Alzó la vista para
pedir disculpas al espíritu, pero este continuó:
—Si lanzáis
vuestras armas contra nosotros, correrá la sangre. Y no dejaremos ningún
superviviente. Recordadlo. —Curiosamente, dijo esto último mirando a
Mikoto, la cual apretó la mandíbula y aferró su arco con fuerza.
Quería
preguntarle, pero, de nuevo, el gruñido grave que soltó el Lobo lo distrajo con
rapidez. Este ya no los miraba, sino que su atención parecía estar en el mismo
roble del que parecía haber salido… y tras el cual apareció Sasuke.
—¡Sasuke! —exclamó
Itachi, que se había mantenido detrás de él todo el tiempo y que hizo amago de
ir corriendo a por él, pero Fugaku lo detuvo del pecho al ver que el espíritu
se apresuraba a cubrirlo con un gruñido bajo. A pesar de eso, sorprendentemente,
Sasuke le acarició el lomo con total confianza.
—Tranquilo, es mi
hermano, no va a hacerme daño, ya lo sabes.
La bestia gruñó de
nuevo, pero se apartó, solo lo suficiente para quedarse a espaldas del doncel,
que sonrió a su familia.
—No se lo tengáis
en cuenta, es un poco protector.
—Sasuke, ¿te
encuentras bien? —preguntó Itachi de nuevo, observando al Lobo con
preocupación.
Este ensanchó su
sonrisa y deslizó su mano por el flanco del espíritu hasta la cabeza, donde se
detuvo para rascarle detrás de las orejas. El Lobo no se lo impidió, pero no
por ello dejó de vigilar al grupo de mortales.
—Perfectamente. He
encontrado a mi Guerrero Lobo.
Tanto Fugaku como
Itachi se quedaron con la boca abierta, al igual que el resto de guerreros.
Mikoto fue la única que esbozó una media sonrisa.
—Pero… ¿Cómo…?
—balbuceó Fugaku, sin acabar de comprenderlo.
Sasuke miró al
Lobo con ternura y pasó el brazo alrededor de su cuello. Este lanzó esa especie
de ronroneo y pegó su cabeza a su cuerpo, frotándose contra él.
—Él vino a
buscarme y me llevó aquí —dicho esto, su rostro se ensombreció, algo que no
pasó desapercibido a su hermano y su padre—. Me contó lo que significaba la
profecía. —Frunció el ceño y los miró con decisión—. Tengo que hacer algo
importante. No voy a poder quedarme aquí, pero estaré bien, os lo prometo.
—Volvió a sonreír, sin dejar de pasar los dedos por el suave pelaje de su
compañero—. Naruto estará conmigo.
Fugaku no sabía
qué decir. Su hijo parecía feliz y completamente seguro… pero aún le resultaba
difícil de asimilar. ¿Un espíritu podía comprometerse con un ser humano? Nunca
lo había oído; no es que dudara de la voluntad de los dioses, pero le seguía
siendo tan extraño…
Entonces, Itachi
avanzó un par de pasos y desafió abiertamente con la mirada al Lobo, que, ahora
más tranquilo por las caricias de Sasuke, lo contempló con calma.
—¿De verdad amas a
mi hermano? —le preguntó sin tapujos.
La bestia alzó la
cabeza con orgullo, pero fue Mikoto quien respondió por él:
—Más de lo que
cualquier hombre podría amar a nada ni nadie —suspiró. Su voz y sus ojos
brillantes delataban su emoción.
El espíritu
intercambió una intensa mirada con ella, como si compartieran un secreto que
solo ellos conocían.
Sin embargo, antes
de que Sasuke, Itachi, Fugaku o cualquier otro pudiera imaginar qué pasaba por
sus mentes, el crujido de unas pisadas los distrajo a todos.
—Nadie va a ir a
ningún sitio.
El clan Uchiha al
completo frunció el ceño al ver cómo Bankotsu desenfundaba la espada, apuntando
a Sasuke con ella. Naruto, a su lado, gruñó profundamente, bajando la cabeza y
las orejas, mostrando los dientes y agazapándose ligeramente.
—¿Qué estás
haciendo? —preguntó Fugaku, tenso y pálido a la vez.
Bankotsu no le
devolvió la mirada cuando respondió:
—Se me prometió un
esposo si vencía a todos mis oponentes en el torneo del verano pasado. No me
marcharé sin el doncel.
Mikoto siseó cual
culebra airada y enredó los dedos en la empuñadura de su espada.
—No eres nadie
para contradecir la voluntad de los dioses.
El joven gruñó y
se giró en su dirección, asesinándola con la mirada.
—Que un chucho se
haya encaprichado de tu hijo no significa nada.
La mujer aulló con
rabia e hizo amago de abalanzarse sobre él, pero Fugaku fue más rápido y la
inmovilizó rodeando sus brazos por la espalda. Ella se resistió un poco, sin
querer dañar a su marido, pero eso no evitó que soltara un improperio bastante
vulgar que hizo que Bankotsu la mirara con una furibunda mueca de repugnancia.
—No tengo tiempo
para fanáticas espirituales como tú —escupió—. Fugaku, haz el favor de
controlarla mientras yo me encargo de…
—¿De qué? —gruñó
una voz.
Cuando todos
desviaron la atención del líder Shichinintai, abrieron los ojos como si se les
acabara de aparecer la propia Kaguya en persona. Casi, más bien, ya que el Lobo
había adoptado la forma de un hombre rubio musculoso y robusto, de piel
bronceada y ojos desafiantes… que seguían siendo de un turbio rojo sangre.
Bankotsu apretó la
mandíbula.
—Quiero lo que se
me prometió.
Naruto le lanzó un
profundo gruñido, pero se giró hacia Sasuke.
—¿Sasuke?
Este alzó la
barbilla con altivez y se enfrentó a su exprometido.
—Tú nunca fuiste
el Guerrero Lobo. Lo siento, mi padre te prometió algo que nunca estuvo en su
poder. No iré contigo, ahora Naruto es mi compañero.
Para entonces,
Mikoto parecía haberse tranquilizado entre los brazos de Fugaku, a pesar de que
no dejaba de asesinar a Bankotsu con los ojos y que sus músculos seguían
ligeramente tensos, alerta a si su hijo necesitaba su ayuda o si ese canalla
volvía a insultar a los guardianes de su clan. Fugaku, por otro lado, que ya
había asimilado un poco la situación de su hijo (aunque no por ello dejaba de
ser sorprendente para él), le lanzó al joven Shichinintai una mirada recelosa.
—¿Satisfecho?
Bankotsu no se
giró hacia él, pero respondió con una mueca.
—No voy a
renunciar a lo que se me prometió solo porque tu hijo no tenga interés en
unirse en matrimonio. Vencí en el torneo a todos los pretendientes de forma
justa y ahora quiero lo que es mío.
—Nunca fui tuyo
—rezongó Sasuke con los puños apretados—. Tu victoria sobre el resto de
pretendientes no me impresiona.
—No me importa,
eres mío y vas a venir conmigo —dijo, haciendo amago de acercarse a él, todavía
sin bajar la espada.
Sasuke llevó su
mano a la empuñadura de la suya, preparado para hundir la hoja en su garganta y
así acallarlo para siempre, pero Naruto se interpuso, cubriéndolo con su enorme
cuerpo. La malévola sonrisa que tenía en el rostro le dio mala espina, igual que
a Bankotsu, que aminoró el paso con desconfianza.
—En realidad, no
has vencido a todos los pretendientes —comentó Naruto, ensanchando su sonrisa
de tal forma que mostró sus grandes colmillos—. Falto yo.
Este le lanzó una
mirada de pocos amigos.
—No estuviste en
el torneo, no tienes ningún derecho.
—Y Sasuke me ha
escogido a mí y no a ti. La profecía decía que era su elección, por tanto, eres
tú el que no tiene derecho. Pero veo que vas a ignorar la voluntad de los
dioses, así que vamos a ignorar que yo no participara en el torneo —dicho esto,
flexionó todos los músculos de su cuerpo, haciendo alarde de su fuerza sin
dejar de sonreír—. Sabes que no vas a llevártelo por las buenas, que tanto yo
como los Uchiha lucharemos contra ti. Podemos dejar que haya una masacre o
podemos pelear solo tú y yo.
Bankotsu se
detuvo, pensativo. Miró a Sasuke, que lo contemplaba como si estuviera deseoso
de que se largara, y, después, a los Uchiha. Para su sorpresa, se había creado
una clara línea divisoria entre estos y sus hombres, y no había uno solo que no
estuviera preparado para la batalla.
Apretó la
mandíbula y desvió la vista de nuevo hacia el Lobo.
—Está bien.
Prepárate.
Naruto se cruzó de
brazos.
—Ya estoy listo.
Sasuke giró
bruscamente la cabeza hacia él. Su compañero, al haber cambiado a forma humana,
estaba totalmente desnudo (algo que no avergonzó a nadie, las tribus no tenían
pudor en ese aspecto, consideraban la desnudez como algo natural) y no llevaba
ningún arma consigo. Bankotsu, a diferencia de él, llevaba espada y una
armadura.
—Naruto, espera…
—le rogó Sasuke.
Este, sin embargo,
le sonrió y le guiñó un ojo.
—Yo no soy humano.
Confía en mí.
Sasuke tragó
saliva, pero le acarició la espalda y, después, dejó que fuera al encuentro de
Bankotsu con un nudo en el estómago. Sabía que era un espíritu, conocía todas
las leyendas sobre los Lobos, era consciente de que era un cazador y depredador
temible, una pesadilla para los hombres… Pero seguía siendo su compañero, y no
podía evitar preocuparse al verlo tan desprotegido.
Aunque era una
sensación que se disipó a los pocos segundos.
Mientras que
Naruto fue caminando con calma hacia su contrincante, este corrió hacia él.
Cuando quedaban pocos metros para encontrarse, Bankotsu saltó y alzó su espada
por encima de su cabeza con las dos manos, soltando un grito de guerra. El
Lobo, por el contrario, soltó un gruñido bajo y, cuando su presa estaba bajando
en su dirección, se desvió con un sencillo paso a un lado y, después, a una
velocidad inhumana, lanzó su pie contra su costado.
El golpe hizo
aullar a Bankotsu, que acabó rodando un par de metros por el suelo. Cuando se
detuvo, se agarró el costado apretando los dientes y le lanzó a Naruto una
mirada asesina, el cual solo respondió con una sonrisa arrogante, para después
agazaparse en el suelo y dedicarle un gruñido que pretendía provocarlo.
Bankotsu respondió
de inmediato. Se puso en pie y cogió la espada que había perdido durante la
caída antes de abalanzarse sobre el Lobo. Esta vez, lanzó estocadas a diestro y
siniestro, pero el espíritu se movía sorprendentemente rápido y las evitaba con
simples juegos de pie, echando la cabeza hacia atrás, inclinando la espalda o
girando el hombro. Cuanto más esquivaba, más se enfurecía y más rabiosos e
irregulares eran sus ataques.
En el instante en
el que Naruto percibió eso, sus ojos centellearon y, con un cálculo perfecto,
agarró a Bankotsu por la muñeca con firmeza, inmovilizando su brazo. Este,
aturdido por la sorpresa, fue incapaz de reaccionar cuando el Lobo usó el codo
de su brazo libre para golpear su antebrazo con tal fuerza que soltó un alarido
de dolor, acompañado por su espada, que terminó en el suelo. Sin darle tiempo a
contratacar, Naruto lanzó su rodilla derecha contra su estómago a la vez que
dejaba libre su muñeca, permitiendo que su presa retrocediera, encogida, con
los brazos alrededor de su vientre, tan solo lo suficiente para golpear
certeramente su nariz con su puño.
La sangre no tardó
en hacer acto de presencia, pero Naruto no se detuvo ahí, sino que sus nudillos
atacaron el mismo lugar una segunda vez, haciendo gemir a Bankotsu, que se
cubrió instintivamente la zona herida. Eso fue otro error, porque dejó el resto
de su cuerpo desprotegido, y el Lobo aprovechó para darle una fuerte patada en
el pecho que lo tiró al suelo.
Bankotsu tosió,
dolorido, pero apoyó ambos brazos en el suelo, preparado para volver al
combate… Sin embargo, antes de poder hacer nada, Naruto ya estaba cayendo sobre
él. Su rodilla impactó contra su estómago una segunda vez y una de sus manos
fue directa a su cuello, apresándolo con sus fuertes dedos. El joven abrió los
ojos como platos, agarrando por instinto su antebrazo en un intento de
alejarlo… pero este no se movía ni un mísero centímetro.
El Lobo le enseñó
los colmillos.
—¿Es eso todo lo
que tienes?
Bankotsu apretó
los dientes y lanzó su brazo derecho contra la cara del espíritu, pero este,
que ya preveía tal reacción a su provocación, lo interceptó fácilmente y detuvo
su puño con la palma de la mano antes de cerrar los dedos sobre este y retorcer
su mano hacia atrás, creando tal presión sobre su muñeca que el hombre gimió
por el dolor.
—¿Has acabado?
Pese al dolor,
Bankotsu soltó una pequeña risa, y, justo después, su puño izquierdo salió
directo a por el rostro del espíritu. Este ya no podía defenderse; sus dos
brazos estaban ocupados, uno en su cuello y el otro en su brazo derecho,
mientras que sus piernas estaban encogidas tras su torso, con una rodilla en su
estómago y la otra entre sus piernas, una medida de prevención por si las usaba
para quitárselo de encima, cosa que no podía hacer sin recibir una dolorosa
lección en los huevos.
Solo le quedaba el
brazo izquierdo, y el Lobo no podría esquivarlo sin apartarse de él.
Eso era lo que
creía.
Naruto, en cambio,
tenía otros planes.
Le devolvió la
sonrisa y, de un movimiento veloz, giró la cabeza, lanzándola contra su
antebrazo de tal modo que sus colmillos alcanzaron su objetivo con facilidad.
Bankotsu aulló de
dolor. Los caninos de la bestia habían atrapado su brazo antes de que pudiera
dar un golpe, clavándose profundamente en su carne, buscando ávidamente los
tendones. Se retorció cual vulgar pez fuera del agua cuando el Lobo sacudió la
cabeza de un lado a otro, desgarrando la piel, mordiendo más profundamente. La
sangre chorreaba de entre sus labios y hasta había salpicado su nariz y sus
mejillas, resbalando por el mentón y la garganta, goteando sobre el propio
Bankotsu.
Cuando este hizo
amago de usar sus piernas para apartarlo, Naruto gruñó, feroz, y lanzó su
rodilla contra sus pelotas. El movimiento fue brusco, pero no le hizo daño; se
trataba de una advertencia. El joven obedeció, aspirando aire una y otra vez,
intentando mantener la cabeza fría a pesar de la horrible escena que tenía
frente a sus ojos.
—¿Ya está? —preguntó
en su mente.
Bankotsu asintió
rápidamente, deseoso por quitárselo de encima.
—Muévete y,
esta vez, presenciarás cómo te arranco las piernas y los brazos antes de ir a
por tu cabeza. ¿Lo entiendes? —Otro veloz asentimiento—. Bien.
Finalmente, Naruto
lo soltó y se apartó rápido. En cuanto lo hizo, Bankotsu se giró de costado y tosió
mientras se agarraba el brazo herido. El Lobo lo contempló un instante con sus
ojos rojizos antes de echar un vistazo al resto del grupo. Los Uchiha estaban
un poco conmocionados, pero pudo ver el reconocimiento a su fuerza y su
victoria, así como esa mezcla de respeto, admiración y temor que los mortales
solían sentir hacia su especie. Mikoto era la única que lo observaba con
orgullo y una cierta superioridad en su sonrisa, como si hubiera estado segura
desde el principio de que ganaría.
Después, se giró
hacia Sasuke. No parecía horrorizado en absoluto por el aspecto sangriento que
debía tener en esos momentos, sino más bien aliviado, y se lo demostró
dedicándole una sonrisa y llevándose una mano al pecho, como si le dijera que
se alegraba de que estuviera sano y salvo.
Satisfecho con el
resultado, asintió para sí mismo y se dirigió a Bankotsu.
—He ganado
limpiamente, y sin armadura ni armas… Ni siquiera he usado mis poderes ni me he
transformado. Así que Sasuke es mío, tal y como anuncia la profecía, como debía
ser. Márchate ahora sin derramar más sangre.
Bankotsu, que
había estado respirando agitadamente, se tensó de repente al oír esas palabras.
Había apretado los labios con fuerza y estrechado los ojos.
—No es justo
—murmuró.
Naruto ya esperaba
esa reacción. Flexionó los músculos y se agachó ligeramente, listo para saltar
sobre el mortal como tratara de atacarle de nuevo.
—Te he vencido
—repitió, gruñendo, esperando que el instinto de supervivencia hiciera mella en
él.
Bankotsu rodó
hasta sentarse y lo miró con una mueca desagradable.
—Necesito ese
doncel.
Él le enseñó los
colmillos.
—Tu clan
languidece.
—¿Qué? —murmuró
Sasuke, observando con el ceño fruncido a Bankotsu.
Naruto ignoró a su
compañero y continuó:
—Crees que Sasuke
puede arreglar todos los errores que ha cometido tu linaje.
El hombre apretó
la mandíbula mientras se incorporaba lentamente.
—La profecía dice
que su clan jamás conocerá la derrota, que no tendrá que arrodillarse ante otra
tribu, que su descendencia dará lugar a los guerreros más poderosos del mundo.
Yo gané aquel torneo, ¡hice lo que fue necesario para convertirme en el Guerrero
Lobo! —gritó. Su rostro enrojecido por la rabia estaba contraído por la
desesperación—. ¡Tú eres un espíritu! ¡Ya eres invencible! ¡No es justo que te
lo quedes!
Naruto lo miró
impasible.
—Pero yo lo amo, y
él a mí.
Bankotsu levantó
las cejas y, justo después, se echó a reír, con tal fuerza que se tambaleó
hacia atrás.
—¡Ja, ja, ja, ja!
¡¿Amor?! —exclamó, mirándolo con los ojos muy abiertos—. ¿Lo dices en serio?
—Se rio otra vez estruendosamente, llevándose la mano que no estaba herida al
estómago.
Naruto no dijo
absolutamente nada, solo se quedó mirándolo fijamente, a la espera de que
hiciera algo. Sasuke también hizo lo mismo, pero su rostro delataba su
inquietud. Tenía un mal presentimiento.
Bankotsu, por fin,
dejó de reír y de tambalearse sobre sí mismo, parecía que había recuperado la
estabilidad en los pies. Se limpió los ojos con el brazo derecho y volvió a
mirar al espíritu.
—No sé cómo
funcionan las cosas en tu mundo y, sinceramente, me importa una mierda. Pero en
el mío eso del amor es una gilipollez. Solo importa a quién debes abrirle las
piernas para conseguir tierras, alianzas y, como mucho, caballos. —Naruto gruñó
con fuerza, agachándose hasta apoyarse sobre sus manos y pies en una clara
señal de amenaza. Bankotsu alzó las cejas—. Oh, ¿no te gusta? —dicho esto, los
rasgos de su rostro se endurecieron—. Pues esto te va a gustar menos. —Y, de
repente, se giró y agarró una lanza que portaba uno de sus hombres.
Naruto inclinó
todo su cuerpo sobre el suelo, preparado para evitar el ataque. Ya había
previsto que Bankotsu no se rendiría, y menos después de burlarse de sus
sentimientos.
Pero lo que no
había visto venir era que el ataque no era contra él.
La lanza voló
directa hacia Sasuke.
El miedo atravesó
su pecho, pero reaccionó.
—¡SASUKE! —gritó,
saltando hacia él.
Sasuke se quedó
paralizado por un instante, incapaz de comprender la estrategia de Bankotsu al
ir a por él. Por ello, y pese a sus largos años de entrenamiento, no sería
capaz de evitar la lanza a tiempo, no cuando solo los separaban unos escasos
cinco metros (una distancia nimia para ese tipo de ataques) y el arma estaba ya
en el aire, silbando hacia su pecho.
Eso creía cuando
una enorme mole impactó, brusca, contra él, tirándolo al suelo. Apenas dos
segundos después, reconoció el rostro compungido de Naruto a escasos
centímetros del suyo.
Sintió su dolor.
Le quemaba.
—Protégete —gimió
su Lobo antes de rodar a la izquierda con una mueca de dolor.
Sasuke abrió los
ojos, horrorizado al ver la lanza que le atravesaba el costado derecho. Su
columna vertebral se había salvado por unos pocos centímetros, pero esta
descendía por el lado derecho de su estómago, a un palmo del ombligo.
—¡Naruto! —gritó,
arrodillándose a su lado. Sus intestinos ardían como si él mismo hubiera
sufrido la herida pero, curiosamente, eso no le impedía moverse. Pese a que
podía sentir las emociones de su compañero, no le afectaban del mismo modo que
a él.
Pese a que deseaba
tocarlo, no lo hizo. Examinó la herida con ojo crítico, maldiciendo en voz baja
al ver cómo la sangre corría por su espalda y su vientre. Él no podía ayudarlo,
necesitaba un druida cuanto antes; como mucho, podía arrancarse las mangas y
tapar los orificios de entrada y salida de la lanza para intentar contener la
hemorragia, pero sabía que no sería suficiente.
Sin embargo, antes
de que pudiera hacer nada, sus oídos captaron el caos que había a su alrededor.
Contempló, pálido,
cómo los hombres de Bankotsu se abalanzaban sobre su clan. Uno, probablemente
muerto a traición, ya yacía en el suelo con la garganta abierta y la sangre
borboteando. El resto, se enfrentaba entre sí sin ninguna línea de combate
definida; amontonados los unos sobre los otros, espadas y lanzas mezclados, con
los arcos inutilizados ya que era una batalla frente a frente. La sangre no
tardó en salpicar el aire, los gritos restallaban entre los árboles, la ira se
palpaba en la carne y el odio podía paladearse.
El rostro de
Sasuke se quedó blanco al recordar una parte de la profecía. “Se derramará
sangre por este doncel. La muerte se extenderá en las tierras del Más Allá”.
No había sido su
intención que ocurriera todo aquello. Había intentado evadirlo, había creído
que la amenaza provenía de la preocupación de su familia por él, ni se le había
pasado por la cabeza que Bankotsu estaría tan desesperado que se atrevería
incluso a desafiar a los espíritus…
De repente, vio un
par de hombres corriendo hacia él con las espadas en alto, aullando de un modo
horrible, como jabalíes desbocados.
Iban a por su
Naruto.
Apretando la
mandíbula, se puso en pie de un salto al mismo tiempo que sacaba su espada.
Esos bastardos traicioneros no tenían ni idea de a quién se estaban
enfrentando.
Se alejó apenas un
par de metros de Naruto, no queriendo perderlo de vista por si algún enemigo se
le acercaba por detrás pero evitando también la cercanía; necesitaba cierto
espacio para pelear y lo último que necesitaba su compañero era que cayera sobre
él y agravar sus heridas.
Cuando los dos
hombres estuvieron encima, Sasuke se movió, veloz, tal y como le habían
enseñado. En vez de responder al ataque del primer hombre que se abalanzó sobre
él, se agachó al mismo tiempo que giraba y extendía la espada, cortando por
detrás el gemelo del segundo hombre, el cual cayó al suelo al instante,
lanzando un grito de rabia y desesperación. Ese ya no se levantaría, así que se
incorporó rápidamente y corrió hacia el segundo, que se dirigía sin dilación
hacia Naruto.
Le bastó correr un
metro a toda velocidad antes de dar dos grandes zancadas y saltar. Sus rodillas
impactaron con firmeza contra la espalda de su contrincante, que se desplomó
torpemente en el suelo. Sin perder el tiempo, Sasuke lo agarró del cabello con
una mano y tiró sin miramiento de su cabeza hacia atrás para estacar su espada
entre el cuello y la clavícula. Un chorro de sangre salió despedido al instante,
manchando su cara de sangre, indicio de que el cabrón estaba muerto.
Se incorporó con
rapidez y dio media vuelta, buscando al segundo hombre. Este se estaba
arrastrando hacia el bosque, intentando esconderse entre los matorrales hasta
que pasara la batalla.
Sasuke corrió
hacia él y, sin escuchar su súplica de piedad, le lanzó una estocada circular
que, al golpear el cuello, se convirtió en un movimiento seco hacia la
izquierda, abriéndole así la garganta de lado a lado, dejando un horrible corte
negro que borbotó hacia su pecho. Tenía aún los ojos abiertos de par en par,
llenos de terror, y le temblaban los labios mientras su cuerpo se convulsionaba
en el suelo. El doncel maldijo, sacó un cuchillo que llevaba en el cinto y lo
apuñaló en la yugular. Por fin, sus ojos miraron el vacío y apenas volvió a
sacudirse.
Una vez seguro de
que ya no suponía una amenaza, se giró; sus ojos barrieron el terreno que había
dejado atrás, demasiado alejado de Naruto para su gusto, pero necesitaba matar
a todos los que fueran tras él para evitar sorpresas después. Por ahora, la
batalla seguía desarrollándose a unos metros de distancia… y su clan tenía las
de perder. Se había dado cuenta de que su padre solo había traído consigo a los
mejores guerreros de su clan, dejando el resto para proteger la aldea, mientras
que Bankotsu había traído consigo todos sus hombres. Estando en inferioridad
numérica y tras ese ataque sorpresa, la batalla les iba a salir muy cara si
sobrevivían…
—¡Aaaauuuuuu!
Durante un
instante, el combate se detuvo. Todos se quedaron estáticos ante aquel sonido,
Sasuke incluido.
Entonces, vio a un
Lobo con armadura que se lanzaba a por uno de los Shichinintai. Lo aplastó en
el suelo con sus patas y cubrió su cabeza con sus grandes mandíbulas, de entre
las cuales se pudo escuchar, por un instante, un grito de puro terror que fue
ahogado rápidamente por los colmillos de la bestia, que sacudió brutalmente la
cabeza del hombre mientras el cuerpo de este se retorcía sin control, presa del
miedo. El animal hizo más fuerza con sus patas, hasta que un horrible crujido
estremeció el aire, seguido por la escalofriante visión de cómo el Lobo se
echaba hacia atrás, soltando el cuerpo inerte del guerrero. Sus ojos se
clavaron, por un instante, en los Shichinintai, y, después, les lanzó la cabeza
cercenada de su compañero, deformada por las marcas de los dientes y cuya
expresión había quedado petrificada en una mueca de terror.
El Lobo no les dio
tiempo a reaccionar, sino que se abalanzó sobre su siguiente víctima. Los hombres
de Bankotsu hicieron amago de arremolinarse para ir juntos a por él, pero más
espíritus acorazados salieron de entre los árboles y sus mandíbulas chocaron
contra los enemigos de los Uchiha, quienes no tardaron en brindarles apoyo.
Sasuke sonrió,
aliviado, y, viendo que la situación estaba controlada, giró y regresó
corriendo junto a Naruto… aunque, se paró a un metro de distancia al ver que no
estaba solo.
Alzó la espada,
pese a que el aspecto de la mujer que estaba arrodillada al lado de su
compañero le hizo pensar que estaba en su bando. En su piel clara se podían
apreciar unos curiosos tatuajes morados que se extendían desde su rostro hasta
el pecho y los brazos, y que parecían armonizar con su largo cabello rosado.
Llevaba un vaporoso vestido verde, acorde con el color de sus ojos, y que
hacían resaltar las delicadas alas que nacían de su espalda.
Al percibir su
presencia, ella levantó la mirada y sonrió.
—Tranquilo, soy
amiga de Naruto. Me llamo Sakura.
Sasuke bajó su
arma y parpadeó.
—¿Eres un hada?
—Sí —asintió antes
de bajar la mirada hacia el Lobo—. He venido a ayudarle.
Al escuchar esas
palabras, su corazón se desbocó y se acercó rápidamente.
—¿Puedes salvarlo?
Sakura asintió sin
dudar, colocando sus manos sobre la herida de Naruto.
—Naruto es un
espíritu, una herida como esta y hecha por un arma humana no puede matarlo,
aunque sienta mucho dolor por ello —explicó mientras sus dedos aferraban el
mango de la lanza y la apretaba con fuerza. Sin explicación aparente, este
empezó a deshacerse, convirtiéndose en polvo y despejando la herida de Naruto,
que sangró profusamente, derramando líquido negro por doquier, hasta que el
hada la cerró con sus manos y estas brillaron, liberando una luz verdosa que se
extendió por la piel magullada del espíritu, el cual hundió los dedos en la
hierba y apretó la mandíbula hasta que las venas de su cuello fueron visibles.
Sakura levantó la mirada hacia Sasuke—. Él estará bien, tú ve a ayudar a tu
familia.
Sasuke miró un
instante a Naruto, inquieto por su expresión de dolor, pero este asintió.
—Soy duro,
compañero… Concéntrate en pelear.
—Nos ocultaré con
mi magia —añadió Sakura—. No te preocupes por nosotros.
Él hizo un gesto
afirmativo y miró una última vez a Naruto. Pese a que no lo dijo en voz alta,
pudo sentir su miedo por él, la palpitante inquietud a que le ocurriera algo y
no regresara. Incapaz de dejarlo así, se arrodilló junto a él y le apretó la
mano.
—Volveré. Te lo
prometo.
Su pareja tragó
saliva, observándolo con ojos suplicantes.
—Mantente a salvo.
—Descuida, esto ya
está ganado —dicho esto, le estrechó los dedos una vez más y se dio la vuelta
para dirigirse al centro de la batalla, la cual, en vez de estar arremolinada
en un solo punto, ahora empezaba a dispersarse.
Había solo una
docena de Espíritus Lobo, un número despreciable en un combate si no fuera
porque las bestias estaban creando una auténtica masacre. Protegidos con sus
armaduras, creadas por manos mágicas, resultaba bastante difícil herirlos en un
intento de ganar ventaja, aparte de que estos, cuando arremetían contra sus
presas, lo hacían con pocos movimientos, los cuales siempre eran letales. Así,
el campo de batalla se había convertido en un terreno de hierba aplastada
cubierta de charcos de sangre procedentes de cabezas arrancadas, miembros
tirados, intestinos caídos, cuerpos desgarrados por zarpas y colmillos,
mutilados por espadas y alguna lanza ocasional o acuchillados repetidas veces.
Los Lobos no se detenían en su matanza, su agresividad parecía ir en aumento
conforme los cadáveres profanaban su hogar sagrado, y los Uchiha, como si
cabalgaran sobre caballos de cólera por la traición de los Shichinintai, y tal
vez contagiados del sangriento frenesí de los espíritus, cargaban contra sus
enemigos con la misma fuerza con la que el fuego arrasa un bosque.
Ante semejante
escenario, muchos Shichinintai intentaron una maniobra de retirada, de ahí que
el terreno de combate se hubiera hecho más grande. Los hombres de Bankotsu
trataban de formar, desesperadamente, algún tipo de línea defensiva, pero los
Lobos la rompían con facilidad embistiendo contra sus endebles escudos e
incluso saltando al otro lado de la línea para atacar por ambos bandos,
permitiendo a los Uchiha atacar desde el frente.
En esta posición
de combate, estaban acabados. Lo sabían. Solo quedaba la huida.
A medida que el
pánico corría entre los guerreros, la poca defensa que les quedaba a los
Shichinintai se fue tambaleando. Los hombres empezaron a huir por los
laterales, encontrando una muerte rápida entre las fauces de un Lobo o una más
lenta y dolorosa por la lanza de un Uchiha.
Para cuando Sasuke
se unió a la batalla, la línea de guerreros prácticamente se había
desmoralizado y ahora los pocos supervivientes que quedaban intentaban huir del
campo de batalla, el cual, ahora se había convertido en un amplio círculo
formado por su clan y los espíritus, que no pensaron ni un momento en permitir
que hubiera supervivientes. No, tras la traición que acababan de cometer.
Para cuando el
doncel entró en el círculo, unos pocos tuvieron la mala suerte de hallar su fin
en el habilidoso filo de su espada, que buscaba los cortes en las extremidades,
evitando así dar golpes fallidos en las armaduras, seguidos de estocadas más
letales dirigidas a la cabeza o el cuello, buscando rematar a sus víctimas,
impedir, pasara lo que pasara, que volvieran a levantarse para después atacarle
por detrás.
Tras sacar su
espada de la yugular de otro hombre con un movimiento brusco del brazo y la
ayuda de su pie, apoyado en la cabeza del cadáver, giró rápidamente la cabeza,
buscando un nuevo contrincante y, a la vez, manteniendo la guardia alta. Y
suerte que lo hizo, ya que una espada estuvo a punto de atravesar su hombro,
pero él, rápido de reflejos, contrarrestó el ataque lanzando rápidamente su
hoja contra la empuñadura, desviando el arma, para después retroceder
prudentemente unos pasos.
Su contrincante
era Bankotsu. Y lo miraba con rabia.
—Tú… Tú… —bufó,
hinchando las mejillas con cada palabra.
Sasuke le dedicó
una sonrisa socarrona e hizo girar la espada sobre su mano antes de agarrar la
empuñadura con ambas.
—Estás acabado, tú
y tu clan —dicho esto, su rostro se endureció—. Tendrías que haber aceptado la
derrota cuando Naruto te tumbó en el suelo.
Bankotsu movió la
cabeza a un lado y a otro.
—No podía. Mi clan
se muere, desaparece. Necesitamos mujeres, pero las otras tribus desconfían de
nosotros y se niegan a permitir las uniones matrimoniales. Tú ibas a abrir esa
puerta, todo el mundo querría a mi clan una vez te casaras conmigo. —Hizo una
pausa, mirando a su alrededor con una mueca rabiosa que deformaba sus facciones
de un modo desagradable—. Pero ahora… Ahora están todos muertos… —Su mirada se
clavó en la suya. Sasuke casi pudo ver cómo un pensamiento se instalaba en su
mente solo por el modo en que sus ojos cambiaban al observarlo. Apretó su
espada con fuerza y reafirmó los pies sobre el suelo—. Como vas a estarlo tú
—gruñó.
Sasuke estaba
preparado cuando Bankotsu fue decidido hacia él, pero lo que no había previsto
era que una sombra se abalanzara sobre su contrincante con un desgarrador
aullido de guerra. Ambos guerreros rodaron por el suelo, con la diferencia de
que quien se había interpuesto se incorporó sobre sus piernas y su mano libre,
sosteniendo en la otra la espada. Parpadeó al reconocer quién era.
—¿Mamá?
Mikoto gruñó,
clavando sus negros ojos en Bankotsu.
—No tocarás a mi
hijo, bastardo desalmado.
El hombre se
levantó con rapidez y la asesinó con la mirada.
—La puta
espiritual.
Sasuke apretó los
dedos sobre su arma, más que dispuesto a decapitarlo a base de golpes, pero
Mikoto lo detuvo al instante, aunque no apartó sus oscuros y amenazadores
irises de su rival.
—Hazte a un lado,
hijo, él es mío.
El doncel
obedeció, consciente de que su madre era cualquier cosa menos una dama delicada
que necesitaba que su marido fuera a protegerla. Aun así, permaneció alerta a
sus alrededores por si alguien se acercaba a atacar, pero no tardó en darse
cuenta de que no hacía falta. Los últimos Shichinintai estaban muriendo a manos
de su clan, así que echó un vistazo a su alrededor, buscando a su padre y su
hermano, asegurándose de que estaban bien. Itachi, para variar, parecía ileso
aparte de las marcas de unos golpes, y su padre cojeaba un poco de una pierna
mientras maldecía, probablemente a causa de un corte superficial.
Así, poco a poco,
los Uchiha se fueron congregando alrededor de Mikoto y Bankotsu, igual que
hicieron los Lobos, que observaban con un brillo inquietante al hombre, como si
vaticinaran su muerte. De hecho, así era. Bankotsu no saldría con vida del
Mundo de los Espíritus, no ahora que estaba solo.
Este pareció
percatarse de que las cosas no estaban a su favor, ya que sus ojos vagaron de
un lugar a otro, buscando, probablemente, a sus hombres. Al darse cuenta de que
solo estaba rodeado de enemigos, apretó la mandíbula y cerró los puños con
fuerza, uno de ellos sobre la empuñadura, mientras que las venas se hicieron
visibles en su cuello. Sin ver una salida clara, se dirigió a Fugaku.
—Concédeme un
combate singular. Si voy a morir, que sea al menos de forma honorable.
Antes de que el
líder pudiera responder, sin embargo, Mikoto anunció en voz alta:
—Ya has tenido tu
combate singular y has roto las reglas. No se conceden segundas oportunidades a
los tramposos y los traidores.
Bankotsu la
fulminó con la mirada.
—¡He luchado
contra un Lobo! ¡Un espíritu guerrero! ¡No ha sido una pelea limpia!
—Claro que no
—escupió ella—, lo has atacado a traición usando a mi hijo como cebo —dijo,
apretando los puños— y declarando la guerra a los dioses. Has mancillado el
Mundo de los Espíritus derramando sangre.
El hombre se
negaba a rendirse.
—Lo hice por mi
clan. Todo lo que he hecho ha sido por él, ¡solo pedía que se entregara lo que
se me prometió!
Mikoto soltó una
carcajada sarcástica antes de mirarlo con odio.
—Como si fuera a
entregar a mi hijo a alguien como tú. Un tramposo traidor de sangre maldita,
tan maldita como el resto de su tribu.
Bankotsu se tensó,
apretando la espada entre sus manos.
—No sé de qué
estás hablando.
Mikoto se paseó
haciendo un amplio círculo, recorriendo el que habían formado los Lobos y los
Uchiha. Su gente la miraba confundida, Fugaku e Itachi con gravedad, y Sasuke,
que ya había oído antes a Naruto y a su manada hablando de los Shichinintai,
con los ojos entrecerrados por un oscuro presentimiento.
La mujer le sonrió
con desprecio.
—Hiciste trampas
en el torneo, como siempre ha hecho tu clan, como hiciste en las Guerras del
Sur tras la muerte de tu padre. —Lo señaló con la espada—. Enviaste a tus
mujeres y donceles como ofrenda a tus enemigos.
—¡¿QUÉ?! —rugió
Itachi, horrorizado y enfurecido.
La rabia estalló
entre los Uchiha a la vez que los Lobos gruñían, como si lo hubieran sabido
todo el tiempo.
—No puede ser —murmuró
Fugaku, tan impactado por una táctica tan rastrera y desalmada a la vez que le
resultaba difícil de creer. Sin embargo, eso explicaba por qué los Shichinintai
tenían tan pocos donceles y mujeres… Y que estuvieran tan desesperados por
conseguir las uniones matrimoniales con otros clanes.
Sasuke, por otro
lado, tragó saliva, pero no dijo nada. Algo le decía que su madre aún no había
terminado.
—¡Mientes! —gritó
Bankotsu—. Solo porque no quisieras que tu hijo…
—Encontré a una de
tus mujeres en una de mis cuadras, encogida, con sangre entre las piernas —lo
interrumpió Mikoto, observándolo con un odio que parecía palpitar en el aire—.
Ella me contó el trato que habías hecho con los participantes. No me costó
demasiado corroborarlo ya que esas bestias hicieron auténticas salvajadas con
tu gente. Te habría cortado la cabeza en ese mismo instante y habría expulsado
a los pretendientes que aceptaron tu oferta, pero tus donceles y mujeres tenían
miedo de que los culparan al volver a la tribu.
—Yo no haría tal
cosa —replicó el hombre, temblando de rabia, aunque se le veía un poco pálido.
Mikoto sonrió.
—¿No? ¿Y qué
ocurrió cuando tu padre murió en las Guerras del Sur? No teníais ninguna
posibilidad de sobrevivir, no con la cantidad de hombres que perdisteis y en
terreno llano, sin árboles para tender emboscadas. He escuchado muchas veces
cómo se obró un milagro y los dioses acompañaron vuestra embestida, pero los
dioses os odian. Lo que hiciste fue lo mismo que en el torneo, fingir tu
retirada obsequiando al enemigo vuestras preciosas mujeres y vuestros hermosos
donceles. —Hizo una pausa, lanzándole tal mirada venenosa que hasta a Fugaku le
sorprendió que el bastardo no estuviera agonizando en el suelo—. La mujer que
atendía a los que entregaste en el torneo me contó cómo entregaste a tu propia
madre al líder de las tribus del sur. Y cómo, después, vuestros hombres
entraron durante la noche y los degollaron a todos. Es lo mismo que hicieron
tus antepasados con mi clan.
—¡Puta mentirosa!
—aulló Bankotsu, alzando la espada hacia ella—. ¡No son más que invenciones de
una mente enferma por los espíritus! ¡Y puedo demostrarlo! ¿Cuándo mi clan ha
intentado nada contra los Uchiha? ¡Jamás! ¡Siempre los hemos tratado con el honor
que merecen!
—Hasta ahora —dijo
Mikoto, acercándose en posición defensiva—. Y yo no nací Uchiha. Por mis venas
fluye la pura y vieja sangre de los Okami.
Ahora sí, Bankotsu
se quedó blanco. La miró un instante, incrédulo, antes de echar un vistazo a
los Lobos… Entonces, abrió los ojos como platos, y volvió a contemplarla.
—Hija de puta…
Todo esto ha sido una farsa, ¡solo para poder consumar tu venganza!
Mikoto le dedicó
una sonrisa perversa.
—Ya lo he hecho —y
dicho esto, se abalanzó sobre Bankotsu.
Este logró repeler
la primera estocada, pero la mujer ya contaba con eso y aprovechó que había
bajado la guardia para asestarle una patada baja a la espinilla, postrándolo
sobre una rodilla. Justo después, lanzó su espada en la otra dirección, tan
rápido que le cortó el cuello con ese simple movimiento.
Bankotsu se llevó
las manos a la garganta con una expresión de puro terror en el rostro, de cuya
boca borboteó la sangre sin control. Mikoto contempló con frialdad cómo su
cuerpo caía al suelo entre convulsiones, ahogándose en el flujo rojo por el que
transmitía su linaje, el que había tratado de preservar a toda costa… y a
cualquier coste.
Una vez sus ojos
quedaron vacíos de vida, Mikoto limpió la sangre de su espada en el pantalón y
la enfundó de nuevo. Después, observó un momento a Sasuke de arriba abajo,
asegurándose de que estaba bien, y, luego, a Itachi y a Fugaku. Al ver que su
esposo se sostenía sobre los hombros de su hijo, fue hacia él.
—¿Te encuentras
bien?
El líder le dedicó
una pequeña sonrisa.
—Una herida
superficial —dicho esto, la duda ensombreció sus rasgos—. Mikoto…
—Ya lo sé,
querido, ya lo sé —respondió, esbozando una triste sonrisa seguida por un
suspiro—. Como he dicho antes, no dije nada en el torneo porque temía que los
Shichinintai asesinaran a esos pobres donceles y mujeres. Ya han sufrido
bastante en ese clan. Además, castigar a los pretendientes de Sasuke podría
haber desatado una guerra con nuestro clan. Por mucho que estuviera
justificada, nuestros rivales podrían haber aprovechado igualmente la excusa
con tal de ir a por nuestro hijo. Elegí la opción que me pareció más prudente
para nuestra tribu.
—¿Y qué habría
ocurrido con Sasuke? —preguntó Itachi, claramente enfadado—. ¿Lo habrías
entregado a Bankotsu a pesar de saber la clase de hombre que era?
Mikoto puso los
ojos en blanco y resopló:
—¡Por favor! A
diferencia de vosotros, yo tengo fe en los dioses y en su profecía. Sabía lo
que tenía que hacer.
—Por eso me
alentaste a buscar a los espíritus Lobo —dijo Sasuke, sonriendo con ironía.
Desde el principio, lo había tenido todo planeado.
—Ella lo sabía.
Todos se giraron,
encontrándose a Naruto en su forma espiritual. Pese a que seguía manchado de
sangre, la herida de su costado parecía haber desaparecido. Sasuke, al verlo,
corrió hacia él.
—¡Naruto! —lo
llamó, abrazándolo por el cuello. Su compañero inclinó la cabeza para
devolverle el gesto a la vez que gruñía suavemente, un sonido que pretendía
tranquilizarlo.
—Tranquilo,
estoy bien.
Sasuke se
concentró un momento en sus emociones. El dolor había remitido notablemente,
aunque aún persistía una cierta sensación de ardor bastante molesta. Sin
embargo, era soportable, aunque eso no bastaba para calmar del todo su
inquietud.
Naruto, que
percibió su preocupación, se apartó un poco para lamerle la cara.
—Es normal, no
te preocupes. Mis heridas se curan, pero mi cuerpo tarda en asimilarlo. No te
preocupes.
—Es verdad, mañana
debería estar bien del todo.
Sasuke miró a su
derecha, por donde apareció flotando Sakura. Le dedicó una inclinación de
cabeza.
—Gracias.
Ella le devolvió
el gesto y, después, se desvaneció.
El movimiento de
la cabeza de Naruto, alzándola, lo distrajo de su despedida y se giró. Mikoto
avanzaba hacia ellos con una tierna sonrisa. Sasuke se apartó un poco para
darle espacio y ella se quedó justo enfrente de su compañero, que agachó de
nuevo su enorme cráneo para permitir que lo acariciara en la frente.
—Mi precioso
Naruto… —murmuró ella, mirándolo con afecto—. El espíritu Lobo que me guio hasta
los Uchiha cuando era una niña sola y asustada… Y el mismo que estuvo presente
durante mi parto. —Hizo una pausa, mirando a su hijo—. Vi el modo en que
miraste a Sasuke cuando nació. Había tanta emoción, anhelo y amor en tus ojos…
Como si necesitaras fervientemente tenerlo cerca. Cuando escuché la profecía
del druida, lo supe. Supe que os pertenecíais el uno al otro —dicho esto,
observó de nuevo al Lobo con una sonrisa un tanto divertida—. Sentía tu
presencia cerca de él habitualmente. Así que la noche de Samhain supe que os
encontraríais fácilmente.
Naruto alzó los
ojos, contemplándola con intensidad.
—Gracias por
guiarlo hasta mí.
—Era mi deber
hacerlo, tal como decía la profecía—dicho esto, fue junto a su hijo y le tomó
las manos, estrechándolas—. Sé que cumplirás el destino que los dioses te han
encomendado, y te deseo toda la felicidad que puedas tener.
Sasuke tragó
saliva y la abrazó.
—Gracias, mamá.
En ese momento,
Fugaku e Itachi se acercaron, aunque con cierta reticencia debido a la
presencia de Naruto. Sin embargo, este retrocedió hasta colocarse a las
espaldas de Sasuke, consciente de que los intimidaba.
Aun así, Itachi
fue el primero en dedicarle una respetuosa reverencia.
—Gracias por
salvar a mi hermano de Bankotsu, y lamento haber dudado de tus sentimientos
hacia él.
Naruto inclinó la
cabeza.
—Eres humano.
Tus dudas son comprensibles.
Esta vez, fue el
turno de Fugaku, que sonrió amorosamente a su hijo.
—Haz de tu clan el
más fuerte, hijo mío. Estoy orgulloso de ti.
Sasuke le devolvió
la sonrisa, sabiendo que era lo más cercano a un “te quiero” que podía decir su
padre.
—Sí, padre. Os voy
a echar de menos.
—Tranquilo,
Sasuke —le dijo de repente Naruto—, mañana podremos verlos y pasar el
día con ellos antes de marcharnos.
Sasuke lo miró con
el ceño fruncido.
—Creía que mañana
debíamos reunirnos con el resto de Lobos y sus compañeros.
—Esperaréis un
día más —respondió una nueva voz.
Fugaku e Itachi
retrocedieron cuando un nuevo Lobo con armadura se acercó a ellos. Mikoto
permaneció tranquila, mientras que a Sasuke le costó poco reconocer a Kurama,
el cual fue junto a su hermano para dedicarle una cariñosa caricia en la cabeza
con el morro.
—Naruto
necesita descansar esta noche por la herida que ha recibido, para que pase el
dolor, y mañana debe renunciar a su inmortalidad. Démosle un día más de
descanso para que recupere todas sus fuerzas. El camino hasta vuestro nuevo
hogar será largo.
El rostro de
Mikoto se iluminó.
—¡Maravilloso!
—exclamó, abrazando con fuerza a Sasuke.
Después de aclarar
que Naruto y Sasuke irían mañana al clan para despedirse, el clan Uchiha empezó
a retirarse del Mundo de los Espíritus liderados por los Lobos para mostrarles
la salida de su hogar. A la cabeza, como cabía esperar, iba la familia del líder
del clan, presidida por Naruto, Sasuke y Mikoto, ya que Fugaku necesitaba la
ayuda de Itachi para caminar.
Durante el camino,
a Sasuke le surgió una duda.
—Hay algo que no
entiendo —le dijo a su madre—, dijiste que los espíritus Lobo asesinaron a los
que traicionaron a tu clan. Entonces, ¿cómo es que aún pervivía el clan de
Bankotsu?
Antes de que
Mikoto dijera nada, Naruto gruñó:
—La Manada mató
a todos los traidores… pero dejó con vida a aquellos que no podían defenderse.
Ancianos, mujeres embarazadas, niños. No habríamos mancillado el honor de los
dioses de ese modo.
Después de eso,
Mikoto continuó:
—Por eso los
Shichinintai, el nombre que adoptaron después de que la maldición de los dioses
cayera sobre ellos, fueron muy pocos a partir de entonces. El padre de Bankotsu
nunca tuvo ninguna oportunidad en la Guerra del Sur.
—Estaban
malditos —comentó Naruto, cabizbajo—, una vez un clan desafía a los
dioses, está condenado a desaparecer. Podrían haber sido asesinados entonces,
al menos habrían muerto de forma honorable y tener, así, un lugar de honor en
el Mundo Espiritual. Probablemente, el alma del padre de Bankotsu y sus hombres
puedan descansar… Pero él no lo hará. Mi señora Kaguya le hará daño por lo que
le ha hecho a tu clan, por desafiar su profecía.
Sasuke asintió,
pero no tardó en volver a preguntarle a su compañero:
—¿Qué ocurrirá con
los Shichinintai que quedan? Aún hay mujeres y donceles… Probablemente niños.
¿También ellos desaparecerán?
—No
necesariamente —respondió Naruto, alzando de nuevo la cabeza—. Muchos
hombres Shichinintai han muerto hoy. Los pocos que queden pueden unirse a otro
clan, eso les salvaría, especialmente si las mujeres y donceles se unen en
matrimonio con hombres de otra tribu.
—¿Yo podría
acogerlas en mi clan? —le preguntó Mikoto con el corazón en un puño—. Sentí
compasión por ellas cuando estuvieron en el torneo. Me aseguraría de que se
unieran con hombres que jamás les hicieran daño. Conocerían mi furia si algún
día me entero de que las maltratan.
Naruto la miró
fijamente.
—Eso ayudaría
mucho. Dado que fueron malditos por la masacre de los Okami, ser acogidos por
una de ellos sería una forma de perdón. Mi señora lo tendría en cuenta, y la
Manada los acogería bajo su protección… siempre y cuando no vuelvan a
traicionar a tu tribu.
Mikoto asintió,
aliviada.
—Lo comprendo.
Gracias.
El Lobo sacudió la
cabeza.
—No he hecho
nada, solo te explico las normas.
Poco después de
eso, los Uchiha llegaron al mundo de los mortales y se separaron de los Lobos,
no sin que antes Sasuke prometiera a su familia que Naruto y él irían a verlos
mañana, antes de partir al norte, donde se reunirían con su nuevo clan.
Después, ambos regresaron a la casa del espíritu mientras que el resto de la
Manada partió en busca de los cadáveres que habían dejado en el terreno de
combate. Los Uchiha se habían llevado a sus compañeros caídos para darles un
entierro digno, pero a los Shichinintai se les iba a dar otro uso: los Lobos
despedazarían sus cuerpos para después entregar su carne a las raíces de los
árboles del Mundo de los Espíritus, de esa manera, sus espíritus no podrían ser
liberados del cuerpo y, en cambio, serían absorbidos por los árboles. En otras
palabras, sus almas también morirían.
No había peor
muerte que la espiritual, y ser devorados por los árboles era una forma de
morir muy lenta y dolorosa.
En cuanto llegaron
al territorio de Naruto, se detuvieron en un riachuelo para lavarse la sangre
que llevaban encima. Sasuke tuvo que abandonar su ropa en las ramas de un árbol
para que se secaran, pero se llevó consigo su espada.
Una vez llegaron a
casa, Naruto se derrumbó sobre las mantas de lana que había junto a la cama,
apoyando la cabeza sobre el colchón de paja, donde se sentó Sasuke, a su lado.
Naruto tardó poco en buscar una posición más cómoda, de forma que pudiera colocar
el morro sobre las piernas de Sasuke. Este descansó su espalda sobre el costado
izquierdo de su compañero y se dedicó a acariciarle detrás de las orejas,
sabiendo que le gustaba.
—Estás agotado —le
sonrió—, esperaba más del Guerrero Lobo.
Naruto gruñó
varias veces, como si riera.
—Pese a las
predicciones de la profecía, no esperaba que las cosas fueran a terminar de
esta manera —dicho esto, levantó sus ojos hacia él con tristeza—.
Intenté evitar la masacre, Sasuke. Lo siento mucho, ha muerto gente de tu clan.
Sasuke le sonrió
con tristeza y se inclinó para abrazarlo con cariño.
—Lo sé, Naruto, no
es culpa tuya. Hiciste las cosas bien, fue Bankotsu quien no respetó el
combate.
Naruto se apretó
contra él.
—Cuando vi que
esa lanza estaba dirigida a ti… —No pudo terminar, se estremeció.
El doncel lo
abrazó con más fuerza.
—Ya lo sé, sentí
tu miedo dentro de mí. Yo también me asusté cuando vi tu herida. Menos mal que
aún no habías renunciado a tu inmortalidad, podrías haber muerto.
El Lobo levantó un
poco la cabeza para lamerle la cara.
—A Kurama y a
mí nos preocupaba la parte de la profecía en la que se hablaba de derramar
sangre en nuestro mundo. Decidimos esperar al último día de Samhain para hacerlo
por ese motivo, queríamos estar preparados por si acaso.
Sasuke sonrió,
dando gracias por dicha precaución.
—Menos mal
—murmuró, besándolo en la cabeza—. Te quiero, Naruto.
—Y yo a ti,
Sasuke —Naruto le lamió otra vez la cara—. No te preocupes, ya ha pasado
todo. Mañana yo me convertiré en mortal, veremos a tu familia… y emprenderemos
el viaje a casa. —Lo miró con un brillo de admiración en los ojos—. Vas
a ser un gran líder, compañero.
Él sonrió.
—Daré lo mejor de
mí, lo prometo.
Un mes más tarde,
Sasuke contemplaba sobrecogido los robles milenarios en los que, décadas atrás,
su madre se había escondido huyendo del enemigo. El bosque de la vieja tierra
de los Okami era frondoso, tanto que aportaba una fresca oscuridad al entorno y
aportaba humedad suficiente para que el suelo y las rocas se hallaran cubiertos
de musgo.
El clima era
claramente más frío en el norte, lo suficiente como para que Sasuke hubiera
tenido que ordenar una parada para conseguir pieles de animales. Miró por
encima de su hombro, controlando al resto del grupo.
A su nuevo clan.
Todavía le parecía
increíble ser el responsable de una tribu compuesta por mortales que se habían
unido a espíritus Lobos. Bueno, ahora se hacían llamar hombres lobo, puesto que
habían renunciado a su inmortalidad.
Todos iban tras él
fielmente, en vez de ir montados a caballo, viajaban sobre los grandes lobos,
acorazados con sus armaduras y portando las armas que les habían sido regaladas
en el Mundo de los Espíritus, como una ofrenda de Kaguya para ayudarles en el
mundo de los mortales. Sasuke tenía toda la intención de estudiarlas para
mejorar su armería, quería que sus herreros fueran los mejores de la isla para
que, el día en el que fueran atacados por aquellos que vendrían de más allá del
mar, no pudieran atravesar sus aceros como si nada.
Una de sus mujeres
alzó la mirada al darse cuenta de que los estaba mirando, y le sonrió. Hinata
era la nueva druida de su clan; sus dotes adivinatorias provenían de un largo
linaje de hechiceros que provenían de la Vieja Sangre, los cuales se habían mezclado
con su tribu. De hecho, esta había sido famosa precisamente por el poder
ancestral del que gozaban sus druidas, y no eran pocas las ocasiones en las que
otro clan había intentado secuestrar a los niños en un intento de obtener
dichos poderes.
Hinata fue uno de
esos casos… Sin embargo, se decía que logró escapar gracias a que se transformó
en cuervo y que voló de regreso con su familia. Y eso con solo seis años.
Sasuke no sabía si
sería cierto o no, pero la verdad era que había algo intenso a su alrededor que
le inspiraba respeto. Lo mismo parecía producir en el resto de su nueva tribu,
hasta los Lobos parecían presentir algo sobre ella. Cuando le preguntó a Naruto,
le dijo, emocionado, que esa joven había sido tocada por Byakugan, el dios de
la sabiduría y las artes adivinatorias. Añadió que era algo extremadamente
raro, ya que la deidad solía dedicarse a observar el porvenir y que era usual
en él mantenerse al margen de los acontecimientos que concernían a los hombres,
creyendo que así les enseñaba a valerse por sí mismos y respetar de ese modo el
libre albedrío. Pero, en contadas ocasiones, le contó, sucedía algo de gran
importancia que lo movía a ayudar a los humanos.
Ambos supusieron
que su causa debía de ser lo bastante grande como para que Byakugan hubiera
llevado a Hinata hasta ellos.
De repente, los
ojos de ella se agrandaron y su sonrisa se ensanchó.
—Hemos llegado.
Sasuke volvió a
mirar al frente y aferró el pelaje de Naruto, animándolo a ir más rápido. Este
casi corrió hacia el este, atravesando los árboles, hasta encontrar un saliente
que se asomaba por el exterior del bosque. Desde ahí, ambos contemplaron el valle
que era conocido como la Tierra de los Nichos.
Su situación
estratégica no podía ser mejor; estaba rodeada de montañas en las que
fácilmente se podían dejar cientos de trampas y tender emboscadas a grandes
ejércitos, de tal forma que podían acabar arrojados por los precipicios. Desde
allí, Sasuke vio con pesar las antiguas casas cubiertas de enredaderas y
vegetación, los tejados habían desaparecido, probablemente a causa del fuego,
al igual que los campos que habría alrededor, engullidos por arbustos.
—Sí que ha estado
abandonado todo este tiempo.
Sasuke miró a Lee,
otro de los componentes de su nuevo clan, tal vez el guerrero que más le había
sorprendido. Jamás había visto a nadie que luchara tan bien cuerpo a cuerpo, y
eso que él provenía de una familia de campesinos.
Inspiró aire
profundamente. El invierno estaba al llegar y tenían mucho que hacer; su
prioridad era arreglar las casas lo más pronto posible, necesitaban un lugar
donde refugiarse del frío y la nieve que estaría al caer. No podrían sembrar
nada hasta el próximo otoño, en primavera y en verano tendrían que apañarse a
base de recolección pura y dura, y también empezarían a buscar animales de
ganado. En invierno dudaba que nadie les fuera a vender dichos animales, así
que tendrían que recurrir a la caza. Los hombres lobo le serían muy útiles,
eran mejores cazadores que los humanos y les sería más fácil encontrar comida.
Naruto gruñó
suavemente, girando la cabeza para mirarlo, un tanto inquieto por las emociones
que provenían de él. Le acarició la cabeza, haciéndole saber que estaba bien, y
después se ajustó la piel de oso sobre los hombros con decisión.
—Vamos. Tenemos
mucho trabajo por delante.
Fin

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