Dulce

 


Izuku corría mientras jadeaba y sollozaba al mismo tiempo. Su llanto era tan fuerte que era seguro que los monstruos podían perseguirlo solo por el sonido, pero no podía evitarlo. Estaba muerto de miedo y convencido de que sus cortas y torpes piernas no serían suficientes para perderlos de vista. Tampoco sabía qué más hacer. Él era no era más que un niño, pequeño y débil, y ellos eran monstruos grandes y terribles que se lo comerían si lo cogían con esas zarpas tan feas.

Su disfraz no lo ayudaba. La tela blanca se le enredaba de vez en cuando en las piernas y tropezaba con sus propios pies, trastabillando, tambaleándose y cayéndose. Acabó con la cara en el suelo por lo menos tres veces, y todas ellas se levantó de un salto, como si tuviera un muelle en las manos y los pies, cualquiera habría dicho que era el cachorro de un felino si no fuera porque carecía de orejas y cola.

Sin embargo, la cuarta vez que cayó, empezó a toser con tanta fuerza que su cuerpo se sacudió.

El miedo lo inundó.

No debía moverse mucho o empeoraría. No quería ponerse enfermo otra vez.

Miró a un lado y a otro, desesperado por encontrar un escondite. Había entrado en la zona de los cambiantes con la esperanza de que perdería a los monstruos entre la vegetación, por lo que a su alrededor no había más que árboles y arbustos.

Esperaba que fueran suficiente para perder de vista a los monstruos.

Se tapó la boca para amortiguar la tos mientras se ponía en pie. Las piernas le temblaban, pero logró arrastrar los pies hasta la base de un árbol rodeado de arbustos. Se metió por un hueco y se hizo un ovillo mientras escondía la cabeza entre sus brazos y rodillas.

Sin embargo, la tos persistía. Sabía que se le pasaría si se quedaba quieto durante un tiempo, pero los monstruos aún seguían ahí fuera, persiguiéndolo. Lo escucharían e irían a por él otra vez. Ahora no podía huir, enfermaría y no quería preocupar a mamá otra vez.

Tampoco quería que los monstruos se lo comieran. Aun así, tenía miedo de correr otra vez.

La tos se desvaneció mientras los sollozos reaparecían. O enfermaba o se lo comían. Hiciera lo que hiciera, mamá lloraría otra vez.

Cerró los ojos con fuerza y escondió la cabeza, temblando.

Quería ir con mamá. Los monstruos lo habían separado de ella y ahora lo estaría buscando.

Mamá…

—¡Te pillé!

Izuku soltó un grito que estaba entre un sollozo y un chillido. Saltó por instinto y se arrastró hacia atrás, chocando con el tronco del árbol. Las lágrimas siguieron llenando sus ojos, pero, esta vez, eran de alivio.

No eran los monstruos. Solo era un cachorro de hombre lobo.

Este parpadeó mientras movía ligeramente sus orejitas hacia arriba, casi invisibles entre su espeso y desordenado pelo rubio. Se le habían enganchado un par de hojas, parecía que había estado corriendo.

El cachorro entrecerró sus ojos rojizos mientras hacía una mueca de disgusto.

—¡Oh, venga! Tampoco ha sido como para que te pongas así, ¡solo era un susto! —se quejó en un tono de voz muy alto mientras apartaba los arbustos y se agachaba delante de él. Lo observó con más atención y frunció el ceño—. Oye, tienes mal aspecto. ¿Te has caído? ¿Te has hecho daño? ¿Por eso estás llorando?

Izuku se llevó un dedo a los labios.

—No hables muy alto. Te oirán.

—¿Eh? ¿Quién?

—Los monstruos.

De repente, su rostro se iluminó y se puso en pie de un salto.

—¿Monstruos? ¿Dónde? —preguntó mirando a un lado y a otro mientras ponía las manos en forma de garras—. ¿Cómo eran? ¿Eran grandes? ¡No pienso cazar una birria de duendecillo!

Izuku sorbió por la nariz y murmuró:

—Eran más grandes que tú.

Se sobresaltó cuando el cachorro se echó a reír.

—¡Así me gusta! ¡No tiene sentido si no son fuertes!

Para entonces, Izuku había dejado de llorar y miraba impresionado al lobezno.

—¿No te dan miedo?

El cachorro alzó una oreja y le sonrió, levantando una mano en forma de garra.

—Si se puede tocar, se puede cazar.

Los ojos de Izuku brillaron.

Así que los hombres lobo ya eran valientes de pequeños.

—¿Y cómo eran los monstruos? —le preguntó el lobezno, agachándose de nuevo frente a él—. Descríbelos —ordenó.

Izuku abrió la boca para responder, pero, entonces, recordó que los monstruos le estaban pisando los talones y se asomó un poco entre los arbustos para echar un vistazo.

—No están cerca —le dijo el cachorro, señalando su nariz—. Los olería si fuera así. Y, si no, podría escucharlos. —Acompañó su comentario sacudiendo ligeramente sus orejas hacia arriba y hacia abajo.

A Izuku le pareció un gesto muy gracioso y se le escapó una diminuta sonrisa.

El lobezno le sonrió de repente.

—Ah, por fin te calmas. Bien, ahora, tu nombre.

—Izuku —dijo con timidez.

El cachorro se señaló el pecho.

—Katsuki. Este es el territorio de mi manada —dicho esto, frunció el ceño—. ¿Por qué estás aquí? ¿Buscabas a alguien cuando te atacaron los monstruos?

Izuku sacudió la cabeza.

—Me separaron de mi madre cuando íbamos por la calle. Me esperaban en una esquina. —Al recordar cómo lo agarraron y lanzaron contra la pared como si nada, se le llenaron los ojos de lágrimas otra vez—. Cuando escapé vine hacia aquí. Pensé que no se atreverían a entrar en la zona de los cambiantes.

—¿Por qué no?

Al escuchar su pregunta, las lágrimas se detuvieron y los ojos de Izuku brillaron otra vez.

—Los cambiantes son más fuertes que los humanos —dijo, alzando los puños con emoción—. Y más rápidos, y tienen sentidos más agudos. Son geniales —dicho esto, miró a Katsuki con atención, que parpadeó—. Tú eres un lobo, ¿verdad? Puedes rastrear lo que sea, y tienes colmillos y garras, y… ¿Es verdad que te cambian los ojos de color? ¿Y que puedes comer carne cruda?

Katsuki, a medida que lo escuchaba, sonreía ampliamente.

—Guau, realmente te gustan los cambiantes, ¿eh?

Izuku enrojeció hasta las orejas.

—Perdón. Hablo mucho.

El cachorro se echó a reír mientras se ponía en pie.

—Me cae bien la gente que piensa que soy genial —dicho esto, le tendió la mano—. Ven, Izuku. No te preocupes por los monstruos, si andan cerca, lo sabré.

Izuku le dio la manita y dejó que lo ayudara a salir de entre los arbustos. Al apoyar la pierna derecha, soltó un gemido.

—¿Qué te pasa? ¿Te has hecho daño? —Olfateó en su dirección un instante y, después, arrugó la nariz—. Apestas a tierra, así no huelo si tienes sangre.

—Me caí —susurró, un poco avergonzado.

Katsuki lo sentó sobre la hierba y, después, le limpió la cara con la manga de su chaqueta.

—Más que un fantasma, pareces una especie de trapo viejo flotante.

Izuku agachó la cabeza.

—Estaba asustado.

—Nunca debes parecer asustado —le dijo Katsuki mientras frotaba su nariz con tanta fuerza que Izuku gimió—. ¡No seas quejica! No sé si tienes heridas con toda esta tierra. —Una vez se quedó satisfecho con su cara, le apartó la sábana y le arremangó la camiseta en busca de heridas—. Una presa asustada es una presa fácil. Sabes si son débiles porque te tienen miedo cuando te ven. Por eso es mejor no parecer asustado. Si algo te da miedo, grítale, insúltale y mándalo al infierno.

—¿Y si me pega?

—Le pegas también —respondió Katsuki como si fuera algo obvio. Había terminado de examinar sus brazos y se apartó un poco para ver sus piernas.

Izuku agachó los ojos.

—Yo no soy cambiante. No soy tan fuerte como vosotros.

—No se trata de eso —dijo el lobezno. Tiró de su pierna para subirle los bajos del pantalón—. Los depredadores se lo piensan dos veces si su presa tiene agalla… ¡Aaaah! ¡Mira lo que te has hecho! —gritó de repente.

El niño bajó la vista y vio que tenía la rodilla ensangrentada.

—¡Aaaah! ¡Me he hecho daño! —dijo llevándose las manos a la pierna.

—¡Eso ya lo veo, idiota! ¿Cómo has podido hacerte eso solo con caerte? ¿Seguro que no han sido los monstruos? ¿Te golpearon?

Izuku aún se miraba inquieto la rodilla cuando respondió:

—Me empujaron unas cuantas veces…

Katsuki soltó una maldición.

—¿Tienes pañuelos o algo para limpiarlo?

Izuku sacó un pañuelo de su bolsillo y cubrió la herida con él, pero el lobezno se lo arrebató al instante y quitó toda la sangre, dejando a la vista unos rasguños.

—Bueno, no es para tanto —soltó y, sin dar más explicaciones, se inclinó y los lamió.

El pobre Izuku se quedó mirándolo con el ceño fruncido.

—Katsuki.

—¿Qué quieres? ¿No ves que estoy ocupado?

—¿Por qué me estás lamiendo?

—Para curar la herida.

—¡¿Puedes hacer eso?! —prácticamente gritó Izuku con los ojos como platos.

—Si dejas de hacerme preguntas, ¡sí!

Izuku cerró la boca y miró cómo Katsuki pasaba la lengua por los arañazos. Él tenía razón, solo eran unos cuantos cortes superficiales.

—¡Ya está! —dijo el lobezno, irguiéndose con los brazos cruzados y una sonrisa prepotente.

El otro niño se miró los rasguños con el ceño fruncido.

—Siguen ahí.

—¡Pues claro que sí! No van a desaparecer por arte de magia.

—Pero habías dicho que se curaban.

Katsuki puso los brazos en jarra e hizo un mohín.

—No he dicho con qué rapidez.

—¡Pero lo habías hecho sonar como si fueran a desaparecer!

—¡Idiota! ¡Nadie puede hacer eso!

—¡¿A quién diablos estás ladrando, mocoso?!

El cachorro agachó un instante las orejas al escuchar la poderosa voz femenina que venía de sus espaldas.

Izuku miró con interés a la mujer que se acercaba a paso rápido y sacudiendo la cola con fuerza. La reconoció fácilmente como la madre de Katsuki, eran tan parecidos que resultaba imposible confundirlos.

Se quedó un poco embobado mirándola. Era muy alta, sabía que los cambiantes solían estar más desarrollados que los humanos, pero, aun así, impresionaba. Solo por su forma de moverse, con esa seguridad y pisando fuerte, ya daba la sensación de ser alguien a quien no quería hacer enfadar. Aparte de las orejas y la cola, claras como su cabello, le llamó la atención el collar violeta que llevaba ceñido al cuello con una pequeña joya cristalina en forma de huella de perro. Le recordaba al de un perro, pero más bonito.

Katsuki gruñó. Izuku se sobresaltó un poco, ya que no fue un sonido humano. No debería sorprenderlo, pero era la primera vez que estaba tan cerca de un cambiante.

—¡No me llames mocoso!

—¡Pues no vayas por ahí ladrando a la gente! ¡Y menos a un cachorro humano! —Cuando llegó hasta ellos, le lanzó una mirada rápida a Izuku y alzó las orejas—. ¿El imbécil de mi hijo te ha hecho daño?

Katsuki levantó las orejas y erizó la cola, pero, antes de poder decir nada, Izuku se apresuró a dar una explicación.

—No, señora. En realidad, me estaba ayudando.

La mujer se relajó mientras que Katsuki sacaba pecho.

—¿Ves? Se ha caído. Le he lamido las heridas para que se curen más rápido.

Al oír eso, la loba arrugó la nariz y le dio una colleja a su hijo.

—¡Au! ¿Qué haces, vieja?

—¡No puedes ir por ahí lamiendo la sangre de un desconocido! —dicho esto, se inclinó, acercándose a Izuku e ignorando las protestas de Katsuki—. Cachorro, ¿puedes decirme si tienes alguna enfermedad?

Al oír esa pregunta, Katsuki calló de repente y miró fijamente a Izuku, que se sacó un papelito del bolsillo y se lo tendió a la mujer.

—No es contagiosa —se apresuró a decir, tal como le había enseñado su madre.

La loba leyó el contenido del papel y relajó los hombros antes de devolvérselo. Katsuki, en cambio, le tiró de la camiseta.

—¿Está bien?

—Sí, mocoso, no es grave.

Katsuki resopló y fulminó a Izuku con la vista.

—¡Idiota!

—¿Por qué? ¿Qué he hecho?

La mujer le dio otra colleja a su hijo.

—¡No le ladres, mocoso!

Entonces, Izuku escuchó que alguien más venía corriendo. Al echar un vistazo, vio otro hombre lobo de pelo castaño, gafas y una expresión preocupada en el rostro. También llevaba un collar, pero le sorprendió más que usara gafas, pensaba que los cambiantes no las necesitaban.

—¿Qué ha pasado? ¿Ha sido Katsuki?

Este levantó las orejas.

—¿Por qué he tenido que ser yo? ¡Le estaba ayudando!

Cuando el hombre estuvo cerca, se fijó en Izuku y sus facciones se suavizaron.

—Oh, ¿te has hecho daño, cachorro?

El pequeño puso los bajos del pantalón en su sitio y se levantó.

—Ya estoy bien, Katsuki me ha ayudado —dijo por si acaso. No quería que pensaran mal del lobezno.

El hombre sonrió y revolvió el cabello de su hijo antes de agacharse frente a él.

—Me llamo Masaru, y esta es mi compañera, Mitsuki. Ya conoces a Katsuki, por lo que veo.

—Es un placer, señor —susurró Izuku, sintiéndose un poco tímido—. Me llamo Izuku.

—Dime, Izuku, ¿te has perdido? ¿Están tus padres cerca de aquí?

Antes de que pudiera responder, Katsuki tiró del jersey de su padre.

—Dijo que unos monstruos lo separaron de su madre.

Al oír eso, Mitsuki se puso en pie de un salto con un gruñido y las manos en forma de garras. Sus ojos rojizos como los de su hijo se volvieron de repente en un brillante dorado.

—¿En serio? —Su tono pausado y la forma en que arrastró las palabras hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Izuku—. ¿Y dónde se esconden? Será un placer jugar con ellos a “te cazo o te mato”.

El pobre niño se quedó blanco, pero Masaru lo cogió por los hombros para que se fijara en él. Hubo algo en ese lobo que hizo que se calmara al instante, no estaba seguro de si era por su tacto suave o la sonrisa cálida que le dedicó.

—No te preocupes, Izuku. Ahora que estamos aquí, no pueden hacerte daño. Dinos qué ha pasado.

Izuku inspiró hondo y empezó a explicarles que los tres le habían estado siguiendo durante una parte de la tarde cuando había salido con su madre a recoger dulces. Los había visto brevemente en un par de callejones oscuros y entre las ramas de un árbol, observándolo con sus ojos brillantes, pero, cuando se lo había dicho a su madre, habían desaparecido.

Después, no había vuelto a verlos hasta que, pasando cerca de un callejón, lo habían cogido mientras su madre iba delante a saludar a una amiga y se lo habían llevado. Estaba oscuro y no pudo ver mucho aparte de sus ojos brillantes, su peludo cuerpo con cuernos en la cabeza y sus garras. Lo habían empujado un poco contra las paredes y, cuando vio un hueco, escapó de ellos.

—¿Y luego llegaste hasta aquí? —le preguntó Masaru.

Izuku asintió.

—Sabía que no se atreverían a venir a nuestro territorio —dijo Katsuki sacando pecho.

—Así que no pudiste verlos bien —dijo Mitsuki con los ojos entrecerrados.

Él sacudió la cabeza y la agachó.

—Lo siento.

La mujer le quitó importancia con la mano.

—Dime, ¿sabes cómo eran de altos?

Izuku frunció el ceño, pero señaló a Katsuki.

—Eran más altos que Katsuki. Mucho más.

Mitsuki dio un paso hacia él.

—¿A qué altura me llegan?

Izuku lo pensó durante unos segundos.

—Un poco más arriba de la cintura.

Ella gruñó y Masaru suspiró mientras movía la cabeza de un lado a otro. Izuku los miraba sin entender.

—¿Qué pasa?

Katsuki puso los ojos en blanco.

—No eran monstruos. Solo unos críos disfrazados.

Izuku abrió los ojos como platos.

—Pero… Los oí gruñir.

—Eran cambiantes —gruñó Mitsuki—. Probablemente felinos, si estaban en un árbol.

Los ojos de Izuku se llenaron de lágrimas. Se sintió muy estúpido de repente.

—Eh, no llores —dijo Katsuki—. Eso es bueno. Solo son unos cobardes —dicho esto, hizo una mueca—. Aunque yo habría preferido monstruos de verdad.

Él no dijo nada, solo se quedó mirando el suelo, sintiéndose idiota todavía. Katsuki lo observó con las orejas agachadas un instante antes de alzarlas y girarse hacia su madre.

—Vieja, encuentra a su madre.

Mitsuki levantó una ceja.

—A mí no me des órdenes, mocoso.

Masaru se rascó la cabeza.

—Cariño, deberíamos encontrar a su madre.

—¡Agh, ya lo sé! ¡Vamos! —dijo dando media vuelta y echando a andar.

Katsuki se acercó a Izuku.

—Oye, vamos a encontrar a tu madre, ¿vale? Y no te preocupes por esos cobardes, les morderé si se acercan otra vez —dijo, esbozando una maliciosa sonrisa—. Todavía tengo ganas de cazar.

Izuku lo miró y curvó los labios hacia arriba, solo un poco, como conteniéndose.

Katsuki dio un paso más cerca y lo cogió de la mano.

—¿Alguna vez has visto a un lobo cazando? ¿Te gustaría verlo? —dijo, tirando de él para que lo siguiera—. No pienso morder sus culos, eso es asqueroso, pero voy a patearlos.

—¡Katsuki! No puedes hacer eso. —A pesar de sus palabras, ahora Izuku sonreía de verdad.

Katsuki soltó una carcajada.

—Vamos, pareces una monada de cachorro, pero en el fondo quieres verlos sufrir, ¿verdad?

—¡No! —rio Izuku, caminando tras él.

—¡Claro que sí! ¡Venga, Izuku! ¡Es Halloween, únete al lado oscuro! —le dijo sin soltar su mano.

 

 

No fue muy difícil encontrar a la madre de Izuku una vez se acercaron lo suficiente a su posición. Los hombres lobo fueron los primeros en escuchar sus sollozos desesperados mientras llamaba a su hijo, además de a otras parejas buscándolo por los alrededores.

—Lo siento mucho, mamá —se disculpó Izuku cuando ella lo abrazó—. Me asusté.

Su madre balbuceó una arrepentida disculpa y algo acerca de estar más atenta que solo el pequeño pudo entender. Los hombres lobo tenían las orejas agachadas por el tono de voz alto y agudo de la mujer. Katsuki directamente se cubría las orejas con las manos y hacía rechinar los dientes.

En cuanto Izuku logró tranquilizar a su madre, ella corrió a darles las gracias a Masaru y Mitsuki. Cuando le llegó el turno a Katsuki, este hizo un gran esfuerzo por no apartarle la mano cuando le revolvió el pelo con un gesto cariñoso.

—Siento las molestias —se disculpó Izuku.

Katsuki se encogió de hombros.

—Ha sido fácil —dicho esto, miró el cielo anaranjado que empezaba a cubrirse de tonos violáceos y sonrió— y todavía tengo tiempo de asustar a unos cuantos. —Miró a Izuku y ladeó su sonrisa—. ¿Te apuntas?

Izuku se sobresaltó, pero sus ojos brillaron.

—¿Quieres que vaya contigo? ¿Aunque mi disfraz no dé miedo?

—Quién sabe. A lo mejor a alguien le aterrorizan los trapos sucios —rio antes de poner los brazos en jarra—. Decidido. Esta noche te vienes conmigo. Te enseñaré a no actuar como una presa, así no volverán a asustarte.

El pequeño parecía estar a punto de responder muy emocionado cuando algo hizo que se volviera blanco como lo había sido su disfraz en algún momento. De repente, se encogió y se escondió tras el cuerpo de Katsuki.

Este se giró, buscando la amenaza. La encontró en tres chicos vestidos de lo que él interpretó como algún tipo de mezcla entre un Pies Grandes y un demonio, ya que sus trajes eran corpulentos y tan peludos que los mechones de pelo volaban con cada movimiento, pero tenían cuernos en la cabeza y sus colas, de leones si no lo engañaban sus ojos, tenían un complemento en las puntas que recordaba a un tridente.

Katsuki arrugó la nariz y retiró los labios, enseñando los colmillos. Esos chicos debían de tener once o doce años, ¿e iban por ahí metiéndose con cachorros de cinco?

—Mira por dónde. Parece que los tres cobardes se lo están pasando bien.

—Vámonos, por favor —susurró Izuku.

Katsuki odió notar el olor de su miedo en el aire. Se giró hacia él y lo cogió por los hombros.

—No. Esto es perfecto —dijo, sonriendo y provocando que Izuku abriera los ojos como platos—. Yo quería cazar monstruos y ahí los tengo.

 

 

Esa noche de Halloween, la luna llena brillaba en un cielo despejado como si hubiera preparado el escenario de antemano para la celebración.

Para la mayoría de los cambiantes, eso significa buena visibilidad, y eso incluía a los tres jóvenes león que habían dedicado gran parte de la tarde a aterrorizar a cachorros humanos.

Con sus habilidades, era fácil. Los seguían como a presas en varios puntos, en especial por las esquinas y, si podían, en sitios altos; luego, se dejaban ver un poco para crear un ambiente tenso y, después, iban a por el cachorrito.

Los humanos se asustaban enseguida. No tenían sentidos agudos que pudieran percibir sus pisadas sigilosas ni podían captar su aroma. Además, gritaban con mucha facilidad y eran débiles, apenas se resistían a sus sacudidas. Un cambiante al menos intentaría morderlos donde fuera y les gruñiría.

Ahora que se habían divertido toda la tarde, iban a volver a su territorio para ver películas de miedo en casa de un amigo. Para llegar a la zona de los felinos, tenían que cruzar antes un parque que, para un humano, estaría bastante oscuro, pero no para un cambiante y menos aún con esa luna.

Pero, precisamente por la luna, lo vieron con claridad.

Al principio, percibieron el olor a humano y hombre lobo, nada fuera de lo normal. Sin embargo, los ruidos eran raros. Chasquidos de dientes, fuertes y sonoros sorbos, algo desgarrándose.

Aun así, no sospecharon hasta que giraron por el camino y los árboles dejaron de interponerse en su campo de visión. A los pies del tobogán, había un niño tirado en el suelo. Llevaba una sábana blanca sobre su cabeza, pero no escondía sus ojos muertos ni la cara manchada de gotitas de sangre. Encima de su cuerpo y apoyado sobre sus manos y pies, vieron un cachorro de hombre lobo que tenía su boca pegada a su cuello.

Cuello brillante por roja y espesa sangre.

Por un instante, fueron incapaces de moverse, tiempo suficiente para que el lobezno detuviera su cena para mirarlos fijamente. Sus ojos azules tenían un brillo surrealista y los labios llenos de sangre y espuma. Un escalofrío los recorrió de la cabeza a los pies cuando se relamió los chorros que se le escurrían por una de las comisuras.

De repente, el lobezno gruñó enseñando sus colmillos y se lanzó a por ellos a cuatro patas, aullando como un animal agonizante y desesperado más que como un lobo.

Eso les hizo reaccionar.

—¡Tiene la rabia! ¡Tiene la rabia!

—¡Corred! ¡Que no os toque!

Todos salieron por patas entre gritos.

Katsuki se detuvo en cuanto los vio saltar a los árboles para huir usando las alturas. Se relamió la sangre, que había hecho su padre con miel, agua y sirope de fresa. Muy dulce para su gusto, pero había valido totalmente la pena.

—¿Has visto eso, Katsuki?

Se giró para encontrarse a un emocionado Izuku sentado sobre el tobogán. Su garganta y gran parte de su sábana estaban arruinadas por la sangre falsa.

—¡Cómo han salido huyendo! ¡Has estado genial!

Él sonrió de medio lado.

—Tú tampoco has estado mal. Lo de ser fantasma te pega, eres un muerto estupendo.

Izuku saltó del tobogán y corrió hacia él.

—¡Hagámoslo otra vez!

Katsuki rio con ganas.

—Sabía que tenías un lado oscuro debajo de tanta monería.

Los dos repitieron la misma broma, pero solo a adolescentes y adultos. Aquellos a los que no les dieron un buen susto de muerte, siguieron el juego de los pequeños fingiendo estar aterrorizados y dejando que Katsuki los persiguiera un rato o suplicándole clemencia. Hubo un grupo de colegialas adolescentes que hasta se detuvieron junto al supuesto cadáver de Izuku para hacer un ritual de magia negra para invocar su espíritu. Katsuki hasta aulló de la risa.

A pesar de eso, llegó un momento en el que la broma se esparció por el barrio y algunos se quejaron a los padres, por lo que Mitsuki les ordenó que fueran a recoger dulces, para desgracia de Katsuki, que habría preferido seguir causando el terror (y el cachondeo) entre los vecinos.

Sin embargo, esta vez fue el turno de Izuku de arrastrarlo por las casas y, para sorpresa de sus padres, el lobezno se dejó llevar por el cachorro humano, correteando de un lado a otro y dando algún que otro susto por el camino.

Viendo a Katsuki tan a gusto con otro cachorro, algo poco habitual, Masaru y Mitsuki le pidieron su contacto a Inko y los invitaron al día siguiente a cenar a su territorio.

 

 

Katsuki no iba a admitir abiertamente que estuvo quince minutos asomado a la ventana de su habitación en un intento de ver si Izuku llegaba ya. Sin embargo, sus padres sospecharon, ya que, nada más sonar el timbre, el lobezno estaba bajando las escaleras a toda velocidad mientras gritaba que abría él.

—¡Katsuki! —lo saludó Izuku alegremente cuando lo vio abrir la puerta.

Él movió la cola de un lado a otro.

—Ey, Izuku —dijo antes de mirar brevemente a la mujer—. Hola, mamá de Izuku —dicho esto, olfateó en su dirección, notando el aroma que desprendía el recipiente tapado que había traído Inko—. Huelo a miel.

Izuku dio un saltito hacia él. Sus ojos brillaban y levantaba emocionado las manitas.

—¡Hemos hecho costillas sangrientas!

Katsuki alzó las orejas y sonrió.

—¿En serio? Eso quiero verlo —dijo al mismo tiempo que les daba espacio para que entraran. Su cola no dejaba de sacudirse de un lado a otro.

—Llamamos a tu papá para que nos ayudara.

Masaru apareció entonces y les dio la bienvenida antes de invitar a Inko a la cocina. Izuku hizo amago de seguirlos, pero Katsuki lo retuvo en el recibidor.

—¿Qué pasa?

—Tengo que olerte primero —dijo el lobezno, cogiéndolo por la manga de su sudadera—. Ayer olías tanto a tierra que no pude hacerlo.

Izuku frunció el ceño.

—¿Eso es importante?

Katsuki asintió con brusquedad.

—Pues claro. Es… —Hizo una pausa, pensando—. Nosotros os reconocemos por el olor. Es como darse la mano para los humanos.

—Oh, está bien —dijo Izuku.

El lobezno dio un paso más cerca de su nuevo amigo y se inclinó sobre su pecho para olerlo. Cerró los ojos para poder apreciarlo mejor.

Diferentes notas de aromas se mezclaron en su nariz, produciéndole un agradable cosquilleo. Se concentró en cada esencia, dejando que se quedara grabada en su memoria de forma que pudiera reconocer el olor de Izuku fuera donde fuera.

Estuvo un minuto entero olfateándolo y, cuando terminó, se apartó de él con el ceño fruncido.

—Miel, vainilla y canela. Jazmín y moras. Almendras y leche —recitó como si fuera algo que memorizar.

Izuku abrió los ojos como platos.

—¿Yo huelo a todo eso?

—Todo el mundo huele a muchas cosas, por eso la mezcla hace que el aroma de cada persona sea único —dicho esto, su ceño se acentuó—. Si tuviera que resumir, hueles dulce.

El pequeño humano ladeó la cabeza.

—¿Y eso es malo?

—… No. —Pese a su respuesta, ladeó la cabeza y miró a Izuku como si fuera algo extraño.

Este, sin embargo, se inclinó sobre él y también lo olfateó. Katsuki no pudo evitar sonreír de lado.

—¿Qué haces? Eres humano, no notarás nada.

—Te saludo a tu manera. ¿No puedo hacerlo?

—Inténtalo —lo desafió Katsuki.

Mientras Izuku cerraba los ojos intentando captar algo, Katsuki soltaba alguna que otra risilla a la vez que balanceaba la cola de un lado a otro.

Al final, Izuku soltó un suspiro cansado, ensanchando la sonrisa del lobezno.

—¿Y bien?

El pequeño hinchó los mofletes, provocando una carcajada.

—Hueles a árbol.

Su respuesta hizo que Katsuki riera más fuerte.

—¡Eso no dice nada!

—¡Al menos he dicho algo! ¿Acaso me he equivocado?

Antes de que Katsuki pudiera replicar, su padre los llamó a los dos para que ayudaran con la mesa. Izuku fue corriendo a echar una mano y Katsuki lo siguió, mirando su espalda con las orejas alzadas y la cola todavía moviéndose perezosamente de un lado a otro.

Izuku era un tipo interesante. Por lo general, él odiaba los aromas demasiado dulces, pero el suyo, por algún motivo, olía realmente bien.


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