Compañero

 


Izuku estaba en la madriguera de Katsuki, en la habitación reservada para los dos. Acababa de poner la estufa para que la estancia se calentara mientras Katsuki iba a por el botiquín de primeros auxilios.

Se permitió sonreír. La noche no había empezado como le gustaría, pero estaba orgulloso de sí mismo. Le había plantado cara a tres hombres lobo, y, aunque no había ganado por su cuenta, al menos no les había puesto las cosas fáciles ni había permitido que lo amedrentaran.

Sus heridas escocían, tendría algunos moratones y la cabeza le dolía horrores por los tirones de pelo, pero podía decir con la cabeza alta que los había mandado al infierno. Y se sentía tan bien. Ahora podía entender la satisfacción de Kacchan después de una pelea.

Alzó la cabeza al escuchar la puerta abrirse. Katsuki apareció con el botiquín en la mano.

—Vamos a ver esas heridas —dijo mientras se sentaba frente a Izuku con las piernas cruzadas. Le inspeccionó el mentón con ojo crítico—. Azulita te dio un buen cabezazo.

—¿La loba? —Izuku hizo una mueca al pensar en su error. Fue de principiante, no tendría que haber caído tan fácil—. Tuve cuidado al principio, pero me distraje al verte.

Katsuki gruñó y le giró la cara para ver su cuello.

—¿En qué mierda estaban pensando?

Entonces, la sensación de orgullo y bienestar que había sentido antes se esfumó. Una punzada de dolor la sustituyó. Apartó la vista.

—Creo que querían que fueras a la cacería con Tsubaki.

—Lo sé, pero sigue siendo estúpido —comentó el lobo antes de tirar de su pierna y subirle el bajo del pantalón. Frunció el ceño—. Tendrás moratones mañana. Puede que sean un poco peores que los que te dejamos yo o Peloraro y Pikachu cuando entrenamos, pero deberían ser soportables. Mañana los veré de nuevo —dicho esto, estiró el bajo hasta la rodilla—. Aquí está. ¿Por qué mierda siempre acabas con la misma rodilla ensangrentada?

Izuku sonrió un poco mientras Katsuki buscaba algo para limpiarla en el botiquín.

—¿Para no perder las buenas costumbres?

Katsuki resopló, pero lo limpió con cuidado.

—Excusa de mierda, Deku, pero lo dejaré pasar esta vez porque te lo has ganado. —Después de apartar los restos de tierra y suciedad con un algodón a conciencia, se inclinó y lamió la herida.

Izuku no se inmutó. Se había acostumbrado a que Kacchan le lamiera las heridas, era algo que no había cambiado con el paso del tiempo, como si fuera un instinto arraigado en él. Siempre le había parecido algo muy dulce.

—Entonces, ¿no te interesa? —preguntó.

—¿Ed qué? —preguntó Katsuki con la lengua fuera, sin dejar lo que estaba haciendo.

—Ir a una cacería.

Al oír eso, los lametazos se detuvieron y el lobo alzó la cabeza despacio. Lo miró estrechando los ojos y con la nariz arrugada.

—¿Con Pelorayas?

—O con otra loba o lobel.

—Para nada. ¿Por qué siquiera lo preguntas? —replicó como si acabara de ofenderlo de la peor de las maneras.

Izuku se encogió de hombros, aunque no lo miró.

—Curiosidad.

Katsuki gruñó y le dio dos lametones más a su herida antes de colocar el bajo en su sitio.

—No pienso acercarme a una cacería. ¿Para qué? No tengo el más mínimo interés en un montón de extras que pasaron de mi cara cuando estuve enfermo.

—¿Tsubaki también?

El lobo tiró de su otra pierna para dejar al descubierto su piel.

—Nunca me dijo nada, pero me trató como si fuera contagioso. —Se encogió de hombros—. No es que guarde un enorme rencor, pero su tipo me molesta. ¿Ahora que estoy bien se me acerca para el celo? —resopló, inclinándose para mirar de cerca su pierna, moviendo de un modo gracioso su nariz al olisquear—. No es la clase de gente que quiero cerca. Demostré que era mejor que ellos, hice lo que quería, punto. Pero no por ello vamos a ser amiguitos, por eso los tolero. Por eso y porque tengo que aguantarlos hasta que me vaya a la UA —dicho esto, echó a Izuku hacia atrás y puso una mano en su cintura para girarlo—. De medio lado, Deku, tienes otro en el gemelo —dijo con el ceño fruncido—. Parece que te han arañado, aunque es superficial.

El doncel hizo una mueca al mismo tiempo que se tumbada de lado en el colchón, apoyando su cabeza en el brazo.

—Fue el lobel de pelo oscuro.

—¿Afeminado? ¿Al que estabas pateando? —preguntó Katsuki con una sonrisa y sacudió la cabeza—. ¿Cómo demonios acabaste en esa posición?

Izuku iba a responder, pero se estremeció un poco cuando Katsuki le limpió la herida. Ese arañazo dolía un poco, aunque no era gran cosa.

—Si te soy sincero, no lo sé —confesó al final, arrugando la frente. Katsuki, mientras tanto, le lamió la herida. Eso se sintió mejor—. Lo tengo un poco borroso, la verdad. Sé que le di un puñetazo a la loba y me lancé sobre ella. El resto fue… Ah… Los lobeles intentaron apartarme y una cosa llevó a la otra. —Ladeó la cabeza, intentando recordar—. No quería soltar a la loba porque parecía la líder y la más fuerte. Creo que el lobel se inclinó sobre mí y yo solo lo cogí por la ropa y lo tiré encima. De algún modo conseguí agarrarlo con la pierna.

Katsuki soltó una risilla.

—Viste un punto débil y lo aprovechaste. Siempre se te ha dado bien eso.

Izuku se rascó la cabeza haciendo una mueca de dolor. Todavía le dolía. El lobel de pelo blanco le había estado tirando del pelo un buen rato.

—No creo que estuviera pensando en ese momento. Estaba muy enfadado.

Katsuki terminó con la herida y le cogió la mano para tirar de él y ayudarlo a sentarse de nuevo.

—Lo estabas, ¿eh? ¿Qué hicieron exactamente? No es propio de ti empezar una pelea.

Izuku apretó la mandíbula y, después, bajó los ojos.

—Me dijeron que me mantuviera alejado de ti. Que no era apto para estar contigo. —El pensamiento todavía era doloroso, por mucho que deseara ignorarlo.

La mano de Katsuki se congeló un instante. Tintes dorados aparecieron en sus ojos y gruñó:

—Pura mierda. Ni puto caso. Esa panda de extras no merece nuestro tiempo —dicho esto, hizo un gesto con ambas manos hacia arriba—. Sudadera, fuera. He olido sangre en tu hombro.

Izuku obedeció y, aunque su humor había decaído, no pudo evitar sonrojarse un poco cuando se quitó la camiseta de manga larga para dejar el hombro al descubierto. Pese a que llevaba una camiseta interior de tirantes, sentía que era muy poca protección contra la atracción que Kacchan ejercía sobre él. Aunque no era como si la ropa lo hubiera ayudado antes contra eso, pero, de algún modo, se sentía más expuesto.

El lobo se acercó más a él, le limpió la herida y se inclinó para lamerla.

—Pensaron que Tsubaki y tú haríais una buena pareja —no pudo evitar decir Izuku.

La punzada en su pecho se intensificó. Pese a que sabía que Kacchan no se acercaría a Tsubaki con esas intenciones, él también lo había pensado. Una loba o lobel que estuviera en igualdad de condiciones con Kacchan sería una pareja mucho mejor para él, más apropiada y afín a sus necesidades e instintos lobunos.

Por otro lado, Katsuki se detuvo un instante.

—Si pudieran pensar, no estaríamos en esta situación —gruñó y le dio un largo lametón, cubriendo la extensión de la herida—. Tenemos collares, así que saben cómo me siento por ti.

Al oír eso, Izuku se tensó. Habría jurado que hasta su pelo se erizó. ¿Había oído bien? O, mejor dicho, ¿lo había entendido bien? ¿Qué acababa de decir Kacchan? ¿En qué sentido quería decir que sentía algo por él?

Pero, mientras que él estaba a punto de tener un ataque cardíaco, Katsuki actuó como si no hubiera dicho nada relevante y examinó una vez más la herida de su hombro.

—Mierda, ¿esto es un mordisco? Mataré a esos tres como te deje marca. El único que puede dejarte esas cicatrices soy yo.

Otra vez lo había vuelto a hacer. Así, sin más.

Sabía que los hombres lobo marcaban a sus parejas con los dientes, era su forma de decirle al resto, junto con dejarles su aroma en el cuerpo, que estaban apareados y que no debían acercarse.

Izuku se apartó un poco para poder mirarlo a los ojos. Katsuki frunció el ceño.

—¿Qué pasa? Estás rojísimo. —Puso una mano sobre su frente—. No te irás a poner enfermo justo ahora, ¿eh, nerd?

Por una vez, no le importó que Katsuki viera que estaba sonrojado hasta las cejas. Ahora que le había dicho eso, no podía quedarse con la duda. Necesitaba saber qué sentía exactamente, así, despejaría de una vez por todas la niebla que tenía en la cabeza.

—¿Yo…? ¿Yo…? ¿Te…? Tú…

El lobo parpadeó y, como si nada, lo puso sobre su regazo, envolviéndolo con los brazos.

—Cálmate, nerd. No te entiendo si balbuceas como un cachorro.

Izuku se aferró a sus hombros, necesitando algo a lo que agarrarse. Ya había dado el primer paso, ahora no podía dejar que el miedo lo echara atrás.

—¿Yo… te gusto?

Katsuki ladeó la cabeza y levantó las orejas. Al cabo de un momento, estrechó los ojos.

—Vamos, Deku. Sé que tenías tus dudas esta primavera, pero en verano eras consciente de que te quería.

Lo había dicho. No estaba equivocado. Todo este tiempo, había tenido razón.

Izuku sintió que su corazón podría colapsar en cualquier momento de lo rápido que iba, al igual que su cara, que bien podría estallar de lo caliente que la sentía.

Por otro lado, Katsuki abrió los ojos como platos antes de arrugar el puente de la nariz.

—¿Dudaste, nerd? ¿Te atreviste a dudar?

Izuku abrió la boca para responder, pero, entonces, recordó el momento exacto en el que sus dudas empezaron y se sintió avergonzado de sí mismo.

Escondió el rostro entre sus manos. ¿Cómo había podido ser tan estúpido?

—Ni se te ocurra, maldito nerd —le advirtió Katsuki, intentando apartar sus manos—. No te atrevas a esconderte de mí. Dime a la cara cuál de tus inseguridades de mierda te hizo dudar de lo que sentía por ti para aplastarla.

—Lo siento —murmuró Izuku, tratando de resistirse, pero Katsuki era más fuerte y consiguió dejar su rostro al descubierto—. Lo siento mucho.

El lobo le gruñó:

—No quiero una jodida disculpa, quiero una explicación.

Izuku cerró los ojos con fuerza, avergonzado.

—He sido un idiota.

Katsuki gruñó más fuerte.

—No me gusta que me remarquen lo evidente, Deku, así que dime algo que no sepa. Y procura mirarme cuando lo hagas.

Izuku abrió los ojos, sintiéndose un poco derrotado, y estúpido. Muy estúpido. Fue como si volviera a ser un niño de cinco años que no se había dado cuenta de una obviedad.

—Es que… Tsubaki habló conmigo.

Al oír eso, la cola de Katsuki se erizó.

—¿Cómo? ¿Cuándo?

—Después de las vacaciones de verano. —Katsuki no dijo nada, solo se quedó mirándolo en silencio. Izuku supo que quería que continuara. Tragó saliva—. Poco después de que empezaran las clases, yo iba hacia tu casa y ella salía de allí. Se detuvo un momento para hablar conmigo.

—¿Qué mierda te dijo? —gruñó con fuerza. Su voz era casi inhumana—. Más vale que no creyeras que hice algo con ella, porque te juro que no despegarás el culo de una cama hasta que…

—No, no —lo tranquilizó Izuku, un poco horrorizado—. Sabía que no harías nada. Puedo ser un idiota, pero sé que al menos me lo habrías dicho si te gustara alguien.

Katsuki levantó una ceja.

—Como tú, ¿por ejemplo? —dijo con brusquedad.

Izuku se mordió el labio inferior y bajó los ojos. Estaba al borde del llanto.

—Ya he dicho que lo siento.

Notó cómo Katsuki hinchaba el pecho antes de soltar un suspiro. Entonces, le soltó las manos y lo rodeó con los brazos. Izuku le devolvió el gesto con fuerza, necesitando ese contacto. Sabía que era la forma en la que Kacchan se disculpaba cuando era un borde con él. Se había dado cuenta de que él ya se sentía lo bastante idiota como para que él lo remarcara. Así que agradeció ese pequeño gesto.

—Mírame, Izuku —le dijo en un tono de voz más suave. Obedeció, aunque le costó un poco levantar la cabeza de nuevo. Katsuki todavía parecía molesto, pero ya no había dureza en sus intensos ojos rojos—. Cuéntame lo que te dijo. Te demostraré que cualquiera de sus argumentos no es más que mierda —su tono dio a entender que era una promesa.

Izuku relajó un poco los hombros y le sostuvo la mirada.

—Me dijo que era tradición que el alfa de la manada tomara un compañero lobo.

—Ajá —asintió Katsuki—. Tú lo has dicho, es una tradición, no una regla.

Izuku parpadeó, confundido.

—¿Quieres decir…?

—Nadie va a obligarme a aparearme con una mujer o doncel lobo si no quiero —confirmó Katsuki—. ¿Recuerdas mi ceremonia de mayoría de edad? —Izuku asintió—. Te pedí que te pusieras el collar ese día para ver cómo reaccionaba la manada.

El doncel tensó un instante los hombros, abriendo los ojos. Recordaba bien ese día, había sido uno de los más felices y era algo a lo que se había aferrado durante los últimos dos meses para animarse.

—Pero… Todos parecían contentos.

Katsuki asintió y se encogió de hombros.

—Hemos sido amigos desde cachorros, te han visto pasar tiempo conmigo a lo largo de todos estos años. Se dieron cuenta de lo que sentía, o eso dijo mi madre. No fue una sorpresa cuando los dos aparecimos con los collares.

Izuku se tocó el suyo con las puntas de los dedos.

—Así que, ¿les parece bien?

—Sí. Si eso era lo que te preocupaba, ya puedes olvidarlo —dijo haciendo un gesto con la barbilla—. Siguiente mierda.

El doncel frunció el ceño y se encogió. Sintió el impulso de bajar la mirada otra vez, pero se contuvo. Un pequeño destello en los ojos de Katsuki le recordó que no quería que hiciera eso mientras hablaban.

—Tsubaki me dijo que nunca podría seguirte el ritmo. Que no podría correr con la manada contigo, cazar o pelear.

Katsuki puso los ojos en blanco.

—Pelorayas y sus perritos falderos tienen una mentalidad estúpida.

—¿Qué quieres decir?

El lobo suspiró y una de sus manos ascendió por la espalda de Izuku para frotarle la nuca. El gesto fue afectuoso y lo tranquilizó un poco.

—Hace tiempo te dije que mi especie sigue respetando la fuerza. Eso es cierto, en nuestra cultura ser fuerte es algo genial, o ser muy bueno rastreando, cazando o simplemente teniendo grandes reflejos. Pero solo es eso, una mierda cultural, no un requisito para ser un compañero.

Izuku se quedó muy callado, dándole vueltas, intentando encontrarle sentido. Katsuki, al ver que estaba a punto de murmurar, intervino de nuevo:

—Conoces a mi padre. ¿Te parece un lobo agresivo?

El doncel se sobresaltó un poco. Su ceño se acentuó un poco.

—Mmm… Supongo que podría serlo, si la situación lo requiriera.

Katsuki casi sonrió.

—Tal vez, pero no lo verás metiéndose en una pelea entre dos lobos por una hembra o doncel en celo, a diferencia de mi madre. Tampoco lo verás cazando; le encanta la carne, pero lloraría ante la idea de matar a un conejo —dicho esto, sonrió esta vez—, igual que harías tú.

Izuku se cruzó de brazos e hizo un puchero.

—No veo nada malo en eso.

—Pues eso mismo, nerd —dijo con una mirada triunfal en los ojos—. Mi padre es blando en comparación a la mayoría de los lobos, odia la idea de matar cualquier ser vivo, aunque fuera para comérselo, y no lo verás entrenando con mi madre o corriendo con la manada. —Hizo una pausa en la que arrugó la nariz, molesto—. Tuvo un momento difícil por eso, cuando era más joven, pero no fue impedimento para aparearse con la alfa. —Los dedos en la nuca de Izuku se detuvieron para tironearle algunos mechones, jugando con su pelo—. Si tú quisieras cazar, podría enseñarte, pero no es una molestia ni una necesidad para mí. Si quiero ir acompañado, Peloraro o Pikachu vendrían conmigo. Además, tú y yo entrenamos juntos a menudo.

Izuku dejó caer los hombros.

—Sabes que no es lo mismo.

—¿Por tu enfermedad? —Se encogió de hombros—. Eso es estúpido, Deku. Es como si yo me sintiera abatido porque Peloraro es más robusto o Pikachu más veloz. Todos tenemos límites, y, si no fuera por tu enfermedad, tú seguirías siendo más pequeño que yo, tendría siempre sobre ti una ventaja de tamaño, peso y fuerza. —Su mano descendió a la nuca de nuevo para acariciarla con suavidad, haciendo que Izuku se estremeciera—. Las parejas no tienen por qué compartir todos y cada uno de los intereses… —tras decir eso, frunció el ceño y ladeó la cabeza—. Mierda, no me puedo creer que acabe de decir eso. Sueno como una especie de terapeuta experto en el tema.

Izuku soltó una risilla y Katsuki le respondió pellizcándole la mejilla.

—Menos cachondeo, nerd, es tu culpa que esté soltando esta mierda.

Izuku se quejó cuando le tironeó un poco más fuerte y el lobo lo soltó, rodeándolo de nuevo con el brazo. La otra mano nunca se alejó de su nuca, masajeándola moviendo los dedos en círculos. Era muy agradable, tanto que Izuku tenía ganas de apoyarse en el pecho de Katsuki, pero no quería hacer nada hasta que terminaran de hablar.

—¿Qué pasa con mi enfermedad?

—¿Qué pasa con ella?

Izuku suspiró:

—Siempre estaré enfermo. Mi bronquitis es crónica y la EPOC es irreversible.

—Y los hombres lobo nos apareamos de por vida —dijo Katsuki como si nada.

El doncel le dio un pequeño empujón en el pecho.

—Vamos, Kacchan, no digas que eso no te afecta.

—Tienes un límite para hacer ejercicio, tendrás algún que otro ataque respiratorio, ¿y qué? Lo tienes controlado, has estado cuidándote toda la vida. Solo me diste un susto porque el invierno pasado desarrollaste la EPOC y empezaste a toser sangre, pero nada más. Tienes que seguir cuidándote y yo estaré ahí para ayudarte.

Izuku desvió la vista. Katsuki se dio cuenta de eso y soltó un suspiro.

—¿Acaso tú me rechazarías si me pusiera enfermo otra vez?

Al oír eso, el doncel saltó en su regazo y lo miró con los ojos ardiendo.

—Claro que no.

Katsuki ya lo sabía. Su sonrisa triunfal regresó.

—¿Lo ves? Es lo mismo.

Izuku frunció el ceño ante ese argumento.

—No estoy de acuerdo.

—¿Por qué? ¿Porque tú has estado enfermo toda tu vida y yo no? —Se encogió de hombros—. Yo podría tener un accidente cualquier día y perder un brazo o una pierna. Eso también sería irreversible y tú seguirías estando ahí para mí, ¿no?

El doncel se removió entre sus brazos y agachó la mirada de nuevo. Katsuki gruñó y le levantó el mentón.

—Mis ojos están aquí, Deku. Lo que sea, dímelo a la cara.

Había mortificación y cierto asomo de culpa en sus ojos verdes. Katsuki odió esa mirada.

—Te limitaré, Kacchan.

Él levantó una ceja.

—¿Igual que me limitas ahora? Dime exactamente cómo me estás limitando ahora mismo. —Soltó su mentón y volvió a rodearlo con el brazo mientras apoyaba su frente sobre la suya—. He ido a las montañas contigo. No he necesitado que sigas ningún ritmo estúpido cuando voy a escalar, o a explorar, o a cazar o a lo que sea que haga allí. Diablos, ni Peloraro ni Pikachu pueden seguir mi ritmo —dijo con una sonrisa, haciendo que a Izuku se le escapara otra más pequeña. Eso le hizo sentirse mejor—. Me gusta hacer senderismo contigo, no necesito ir siempre a toda leche. Entrenar contigo es divertido, aunque no seas más fuerte, eres listo y aprendo cosas nuevas. Por no hablar de todas las demás cosas que hacemos juntos sin necesidad de que haya ejercicio de por medio. ¿Lo pillas? —le preguntó, esta vez más serio—. Ni me limitas ni me impides hacer lo que me dé la jodida gana. Tu enfermedad no es un maldito problema. Te cuidaré cuando lo necesites y estaré aquí para ti siempre como tú harías por mí. ¿Lo entiendes?

Los ojos de Izuku eran brillantes por la emoción. Una sensación liviana se apoderó del pecho de Katsuki cuando lo vio asentir. Eso estaba mejor. Odiaba la idea de que pensara que su enfermedad era algún tipo de problema para su relación. No lo había sido desde que se conocieron, así que, ¿por qué mierda iba a serlo ahora?

Pese a que el doncel parecía más relajado, Katsuki aún vio en su rostro que estaba indeciso. ¿Había más? Por él, estaba bien. No había una maldita mierda en el mundo capaz de persuadirlo de no reclamar a Deku, estaba decidido desde hacía más de tres años.

—¿Qué es, Deku? Solo suéltalo.

El doncel puso distancia entre ambos y se mordió el labio, pero respondió:

—Yo… Pensaba que podía gustarte por… Ya sabes. Lo de ir cogidos de la mano, los abrazos y todo lo demás. —Katsuki asintió, mientras que Izuku se encogió un poco de nuevo—. Cuando se lo dije a Tsubaki, ella me dijo que solo eras cariñoso conmigo porque había empeorado y estabas siendo amable —soltó, cerrando los ojos con fuerza.

Al instante, escuchó el gruñido disgustado de Katsuki.

—No hagas eso, Deku. Mírame. —Su mano se deslizó hacia su rostro, obligándolo a levantarlo una vez más. Izuku se forzó a abrir los ojos. Katsuki tenía el puente de la nariz un poco arrugado, pero no parecía muy enfadado—. ¿Tú te crees que si Peloraro o Pikachu se pusieran enfermos empezaría a cogerles de la manita y a darles abracitos? —preguntó con una mueca de asco.

Izuku se sintió mortificado hasta lo más profundo. Dicho así, los sentimientos de Kacchan eran más que evidentes. Avergonzado, se llevó las manos al rostro.

—He sido muy idiota.

—Sí, lo has sido. ¿Por qué siquiera te lo creíste?

—Es que… —se interrumpió. No sabía si la razón era muy estúpida.

—¿Síiii? —Katsuki arrastró la pregunta, mirándolo muy serio—. Estoy escuchando.

—… Tú… Ni en primavera ni en verano… —Tragó saliva. Le costaba decirlo en voz alta—. No me dijiste que querías… Bueno, que saliéramos juntos.

Entonces, la mano en la nuca de Izuku se detuvo y los ojos de Katsuki brillaron, como si por fin lo hubiera entendido.

—Así que, ¿tantas dudas por no haber formalizado nuestra relación?

Izuku asintió, un poco sonrojado.

—¿Es muy estúpido?

El lobo no respondió de inmediato. Lo observó en silencio durante unos segundos y, después, tiró de él para abrazarlo, apoyando el mentón en su cabeza.

—No —dijo con un tono muy suave—. Es lo único que encuentro un poco lógico. Pero tenía mis razones para esperar.

Eso pilló a Izuku con la guardia baja. Estuvo a punto de separarse para mirarlo, pero desechó la idea y, en vez de eso, se acurrucó un poco más en su pecho. Estar así con Kacchan era casi como un sueño. Se habían abrazado muchas veces, pero no de ese modo, no con él en su regazo y seguro que no con esa sensación de intimidad. Supuso que era porque ahora estaban hablando abiertamente de lo que sentían, porque ahora él estaba más seguro de los sentimientos de Kacchan.

Así que se quedó ahí, con los ojos casi cerrados, disfrutando de su cálido abrazo.

—¿Cuáles? —preguntó al final.

—Tus pruebas, Deku —respondió, sorprendiéndolo otra vez—. Se suponía que ibas a hacerlas este año y yo no quería ser una distracción —dicho esto, suspiró y lo estrechó contra sí—. Pero, entonces, te detectaron EPOC hace dos meses y ya no podías presentarte a las pruebas. Has estado hecho mierda desde entonces, Deku. No quería presionarte añadiendo una relación a la mezcla, pero creía que al menos los dos sabíamos lo que pasaba entre nosotros.

Al oír eso, Izuku frunció el ceño y se separó de Katsuki. Este imitó su gesto, aunque mantuvo sus manos sobre sus brazos.

—¿Qué pasa?

—Kacchan, no estaba deprimido por eso —le dijo, haciendo que el lobo parpadeara. Izuku inspiró hondo—. Siempre supe que había probabilidades de que no pudiera superar las pruebas, era algo que tenía asumido, aunque quería intentarlo de todos modos. Aun así, tenía un plan de respaldo, por si acaso.

A Katsuki le costó asimilarlo, pero, cuando lo hizo, frunció las cejas.

—Nunca me dijiste eso —dijo, un poco molesto.

—No quería que pensaras que me estaba rindiendo —admitió el doncel, pasando una mano por su nuca—. De verdad me esforcé mucho en los entrenamientos y te agradezco que me hayas ayudado con eso todo este tiempo.

Katsuki lo atrajo de nuevo hacia él, aunque mantuvo una distancia para que pudieran mirarse.

—Lo sé, Deku. Me acuerdo de todos los ataques respiratorios que tuviste al principio por esforzarte de más —suspiró. Los dos pasaron un mal rato con eso hasta que por fin descubrieron cuáles eran los límites del doncel—. Pero me habría gustado saberlo. ¿Cuál es tu plan? —preguntó al fin, ahora con más curiosidad.

Izuku esbozó una tímida sonrisa.

—Estudiaré medicina. Quiero especializarme en investigación genética.

Al oír eso, Katsuki esbozó una media sonrisa.

—Te pega.

El doncel se sonrojó un poco.

—Gracias.

Katsuki volvió a poner una mano sobre su nuca y la acarició. Izuku se dejó hacer felizmente, demasiado a gusto y relajado como para pensar en poner un poco más de distancia.

Sin embargo, el repentino ceño del lobo lo distrajo.

—Entonces, si no era por eso, ¿qué te deprimió?

La frente de Izuku se arrugó un poco, pero respondió de todos modos:

—El día que fui a contarte lo de la EPOC y que no podría ser bombero, fue también el día en que Tsubaki me detuvo para hablar.

Katsuki abrió mucho los ojos, que adoptaron un brillo anaranjado por la mezcla de tonos rojos y dorados.

—Mierda.

—No voy a mentir, fue duro saber lo de la EPOC, y también que ni siquiera podría hacer las pruebas para las que había estado entrenando tanto tiempo. —Izuku inspiró hondo y soltó el aire despacio—. Pero hablar con Tsubaki me dejó hecho polvo. Antes de encontrarme con ella, estaba seguro de que te gustaba.

El lobo gruñó, claramente enfadado:

—Te atacó cuando estabas más vulnerable.

Izuku asintió y se llevó una mano a la cabeza.

—Supongo que todo se acumuló y que no he estado pensando con claridad —dijo, pasando la mano por su pelo, deteniéndose en la zona que le dolía—. Ella dijo que solo quería educarme, hacerme comprender por qué no éramos compatibles, que nunca podría entender tus instintos.

—Oh, no —se quejó Katsuki, poniendo los ojos en blanco—. La charla de los instintos, no.

Izuku ladeó la cabeza.

—¿Hay una charla?

—Antes de ir a buscarte, me detuvo para intentar convencerme de que pasara el celo con ella —resopló—. Como si eso fuera a pasar.

—Entonces, ¿también te lo dijo?

—No la dejé, pero me hago una idea de lo que te contó —dicho esto, dejó caer la cabeza a un lado y entrecerró los ojos sin mirarlo, parecía perdido en algún pensamiento.

Fuera cual fuera, debió de llegar a alguna conclusión, porque alzó las orejas y su cola se sacudió un segundo. Después, clavó la mirada en Izuku, que lo observaba a su vez, esperando.

—Está bien, presta atención, porque no me apetece repetir esta mierda de nuevo. —El doncel asintió, atento—. Puede que, desde fuera, eso de ser cambiante sea genial, puedo entenderlo —dijo haciendo una mueca—. Cuando conocí a tu amigo Gato Mitad-Mitad también sentí envidia por cómo saltaba por los árboles como un maldito simio —nada más decir eso, sus ojos se abrieron con horror—. Mierda. Ni se te ocurra decirle que he dicho eso, Deku. Nunca. Jamás. Hablo en serio.

Izuku levantó una mano.

—No se lo diré, lo prometo.

Katsuki relajó su postura y continuó:

—Pues eso, que desde fuera parece genial tener garras, colmillos, los sentidos y todo lo demás. Pero eso no significa que mi especie no tenga cosas malas —dijo con el ceño fruncido antes de señalarse a sí mismo—. Sentirse territorial y a la defensiva todo el tiempo es una mierda. Mi madre y yo lo hemos hablado mucho, es muy difícil gestionar eso cuando eres joven. Ella me prometió que al crecer era más fácil, pero no desaparece. Mi primer instinto será siempre amenazar o golpear.

—Pero tu padre no es así —comentó Izuku con el ceño arrugado.

Los rasgos de Katsuki se suavizaron.

—Mi madre y yo somos muy dominantes. Mi padre no tiene nada de ese carácter. Pero, debido a nuestra cultura, sufrió por ello. Los otros lobatos se metían con él e incluso cuando se supo que estaba enamorado de mi madre algunos se burlaron diciendo que era mucha hembra para alguien como él. —Su expresión dio a entender lo mucho que le molestaba eso—. Parece que, entre los míos, si no eres duro todo el tiempo, eres un perdedor. Odio eso también —dijo apartando la mano de la nuca de Izuku para convertirla en un puño—. Tú mismo lo viste conmigo. Yo era genial, tenía un potencial enorme como futuro alfa de la manada, pero, de repente, me puse enfermo y todo el mundo me dio la espalda —dicho esto, relajó las manos, pasándolas por la cintura de Izuku, mientras lo contemplaba con sus irises dorados, más brillantes de lo que Izuku los había visto alguna vez—. Todos menos unos pocos. Menos tú.

Izuku le sonrió y se atrevió a poner una mano sobre su pecho. Lo acarició de arriba abajo, haciendo que Katsuki gruñera con suavidad. Lo reconoció enseguida como un sonido de satisfacción.

—¿Cómo habría podido dejarte? Te quiero mucho, Kacchan. —Cuando se dio cuenta de lo que acababa de decir, se puso rojo hasta las orejas—. Quiero decir, antes no te quería como ahora, pero… Tú me entiendes.

Katsuki sonrió abiertamente y se inclinó para apoyar su frente sobre la de Izuku.

—Lo entiendo. —Alzó una mano y la dejó sobre su mejilla. Su pulgar trazó el delicado rastro de pecas—. Fue ese día, ¿sabes? Cuando me plantaste cara. En ese momento, supe que estaba jodidamente loco por ti.

Izuku ensanchó su sonrisa mientras su corazón galopaba en su pecho. Viniendo de Kacchan, probablemente era lo más romántico que podía decir.

—¿De verdad?

Katsuki le acarició la nariz con la suya.

—Mientras estabas ahí plantado, delante de mí, gritándome al borde del llanto para que no me rindiera, me di cuenta de que siempre estarías conmigo. En las buenas y en las malas. Yo podría intentar asustarte con mis gritos y mi mala leche, y aun así tú me perseguirías para decirme la verdad a la cara. No dejarías que me escondiera, me empujarías para que me enfrentara a lo que fuera. No dejarías que me rindiera. Eso significa mucho para mí, Izuku, más que cualquier loba de mierda con mis mismas jodidas e insignificantes habilidades.

A esas alturas, Izuku tenía los ojos húmedos. Sorbió por la nariz y se los limpió con una mano.

—Maldición. Admito que no esperaba que dijeras todo eso. Bueno, excepto la parte final. Eso sí te pega.

Katsuki soltó una risilla y tomó su rostro entre sus manos, limpiándole las lágrimas que se le escaparon.

—¿Lo ves? Contigo no tengo que estar a la defensiva todo el tiempo. Puedo relajarme, jugar como un cachorro y soltar bromas estúpidas y sin sentido sin que nadie haga un comentario sobre cómo el futuro alfa se ha ablandado o que me miren con esa asquerosa sonrisa arrogante de mierda como diciendo que son mejores que yo. —A medida que había ido hablando, su rostro había pasado de suave a molesto y a mala uva. Fue muy impresionante, hasta para Izuku.

Este le acarició el pecho, esta vez con ambas manos, para calmarlo. El efecto fue casi inmediato. Tal como decía Katsuki, a él no le ocultaba su humor. Gruñó con satisfacción mientras relajaba sus músculos y movía alegremente la cola.

—Así que, básicamente, conmigo puedes ser tú mismo, ¿no? —dijo Izuku, acariciando el cuello del lobo con la nariz—. Eso me alegra. Hace unos años, sentí que te habías cerrado un poco a mí.

Katsuki gruñó suave y le rodeó los hombros con los brazos.

—Mierda de cultura de fuerza. Cuando dejé de ser un cachorro, sentí que mostrarte mis emociones me hacía débil —dijo antes de acariciarle el cabello. Izuku no pudo evitar preguntarse si se había dado cuenta de que le dolía la cabeza, ya que procuró evitar la zona afectada—. Odié dejar de abrazarte. Me encantaba expresarte mi afecto así. Parecías tan feliz siempre que lo hacía.

Izuku se acurrucó en su pecho con un suspiro feliz.

—Así que volviste a hacerlo cuando te diste cuenta de que me…

—Sí. —Katsuki sonrió con satisfacción—. Tenía pensado conquistarte de un modo u otro. Tú parecías disfrutar de mis abrazos, así que te di abrazos. —Lo abrazó un poco más fuerte—. Pero tú siempre me has dado más. —Izuku notó que lo besaba en el pelo—. ¿Recuerdas esa mierda de correr y cazar? Eso es una gilipollez, no lo necesito contigo. Me divierto viendo películas contigo —dijo con una sonrisa en la voz—, me gusta que discutamos sobre ellas, lo horrendas que son las americanas de terror o qué superhéroe es mejor. —Hizo una pausa, frotando su mejilla contra su cabello—. Hacer cualquier tontería contigo es divertido, nuevo o emocionante, o simplemente una experiencia diferente. Me encanta escalar montañas, pero nunca me paré a ver el paisaje hasta que fui contigo. No me habría planteado jugar a otros videojuegos aparte de los que tenían un mínimo de violencia o fueran competitivos hasta que me pediste que jugara a esa jodida obra de arte indie.

Izuku se rio por lo bajo.

—Nunca antes te había visto llorar así con nada.

—Yo no lloré.

—Lo que tú digas, Kacchan.

Lo escuchó resoplar antes de obligarlo a apartarse, solo lo justo para poder mirarlo a la cara. Sus ojos seguían siendo dorados.

—El caso es que no necesito ni quiero que seas como yo. Me gustan nuestras diferencias y, mierda, no sabes lo mucho que me jode que Pelorayas te haya hecho sentir que eres menos por ser humano. —Le acarició la mejilla, contemplándolo con tanta intensidad que Izuku no se atrevía a respirar—. Eres lindo y dulce como el infierno, me gusta cómo eres amable con los demás y que seas cariñoso o que te vuelvas jodidamente tierno con los cachorros y los animales.

Izuku hizo su mejor esfuerzo para que no se le humedecieran los ojos. No le estaba saliendo muy bien, pero todavía no llegaba a llorar. Sin embargo, cuando Katsuki tomó su rostro otra vez, supo que perdería la batalla.

—Grábatelo en la cabeza, nerd —le dijo con un breve y suave gruñido—. Eres inteligente y el humano más valiente que conozco. Debes de ser el chaval con más amigos cambiantes que conozco. —Eso le hizo reír un poco, provocando que Katsuki sonriera también—. Admito que no me gusta que antepongas las necesidades de los demás a las tuyas y que a veces tus murmullos me sacan de quicio. Por no hablar de la cocina. —Fingió que se estremecía—. No sé qué mierda de engendro te posee cuando te metes en una, pero casi todo lo que haces ahí dentro apesta.

Izuku rio otra vez, ya sin esforzarse en contener las lágrimas que Katsuki volvió a limpiarle con cariño.

—Kacchan, no sé si puedo soportar tanto romanticismo de ti.

—No estaría haciendo esta mierda si no fuera por Pelorayas, y, por su propia seguridad, más le vale no joder con nosotros otra vez —dicho esto, le frotó las pecas de las mejillas con los pulgares—. Ahora, ¿tengo que seguir y decirte que no he visto a un idiota esforzarse tanto como tú en todo lo que hace o ya te ha quedado claro que estoy loco por ti y que vas a ser mi compañero por las buenas o por las malas? —le preguntó con una ceja levantada, pese a que su cola estaba erguida, expectante.

Izuku no se lo pensó dos veces. Se lanzó a su cuello y lo abrazó con fuerza.

—Yo también te quiero, Kacchan.

Este le respondió con gruñidos suaves y acariciándole la espalda. Izuku se mordió los labios al ver su cola, tratando de no reír por las exaltadas sacudidas que daba de un lado a otro a una velocidad digna de las hélices de un helicóptero. No le había visto moverla así desde su ceremonia de mayoría de edad.

—Bien —susurró Katsuki, besándolo en la cabeza—. Porque ya sabes que los hombres lobo no tenemos relaciones espontáneas, Izuku. Vamos con todo, nos apareamos de por vida. No lo olvides. La próxima vez que tengas alguna duda, solo escúpela. La haré pedazos.

E Izuku supo, estando entre sus brazos, que cumpliría esa promesa fuera como fuera.


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