Collar
Izuku
corría mientras jadeaba pesadamente. Sin embargo, sonreía. No los escuchaba
yendo tras él, lo que quería decir que todavía no habían encontrado su rastro.
Y
él estaba a punto de llegar a la meta. Sería la primera vez que lo conseguía
sin que lo atraparan.
Aceleró
un poco el ritmo, viendo enseguida el cedro que era su destino. Alzó la mano
cuando estaba a unos escasos cuatro metros, a punto de alcanzarlo.
Pero,
entonces, algo lo agarró por la cintura y lo alejó.
—¡No!
—se quejó.
La
persona que lo había atrapado rio con fuerza. Izuku reconoció de inmediato la
voz y sonrió.
—¡Kacchan!
El
joven lobo permitió que se apartara un poco para verlo mejor, pero no lo soltó.
El
alivio todavía lo inundaba al ver lo mucho que Kacchan había mejorado desde el
año pasado. Las pústulas habían desaparecido del todo en su piel y había ganado
peso y musculatura. Todavía estaba un poco delgado, pero, al menos, sus brazos
ya tenían más músculo y su vientre no estaba hundido ni se le notaba la columna
o las costillas. El cabello también le había crecido y lo llevaba corto hasta
la nuca, mientras que su cola, gracias a Dios, ya no parecía la de una rata y
ahora estaba cubierta de mechones rubios y algunos más oscuros en la punta de
la cola. El pelaje no era tan espeso como antes, de hecho, le recordaba a un
plumero (aunque jamás se lo diría), pero seguía siendo mucho mejor que el
invierno pasado.
Y
había algo más.
—¡Ya
puedes sostenerme en brazos! —exclamó feliz.
Katsuki
rio mientras lo dejaba en el suelo con cuidado.
—Pues
claro, un pequeño doncel como tú no pesa una mierda, Deku.
Incapaz
de contenerse, Izuku le dio un abrazo. No podía evitarlo, el año pasado fue
horrible y hubo un instante en el que temió que Kacchan no podría seguir
adelante, pero lo hizo. Estaba muy agradecido por ello.
Para
su inmensa alegría, Kacchan correspondió su gesto mientras meneaba la cola. Un
par de años atrás, lo habría alejado avergonzado, pese a que de niños se
abrazaban a menudo, pero, tras superar su enfermedad, se había vuelto más
tolerante a su contacto físico.
—Oye,
Deku, ¿no vas a decir nada de mi ropa?
Él
frunció el ceño y se separó. Al instante, vio lo que quería decir.
—¡Llevas
mi chaqueta! —dijo emocionado antes de dar vueltas a su alrededor, comprobando
que el abrigo verde con capucha de pelo blanco le venía bien. Le estiró las
mangas y tiró de sus hombros. Katsuki solo se dejó hacer mientras que Izuku
murmuraba—. Te viene un poco grande. Los hombros están más abajo de lo que
pensaba y las mangas son más grandes.
El
lobo respondió con un resoplido.
—Gilipolleces.
Es perfecta —dijo cogiendo las solapas—. En cuanto gane masa muscular, estará
bien —dicho esto, apartó un poco la vista y se rascó la nuca—. Acertaste.
Izuku
sonrió. Pese a que lo dijo en un tono de voz bajo y malhumorado, ya sabía que,
con un cambiante, era mejor interpretar su lenguaje corporal. Y, en esos
momentos, Kacchan movía la cola como loco.
Su
regalo le encantaba. Puede que tuviera ya casi un año, pues se lo regaló en las
Navidades pasadas, alegando que podría usarlo en cuanto se recuperara. No pudo
hacerlo ya que estuvo todos los meses fríos confinado en casa por la
enfermedad, pero le alegraba mucho que lo hubiera guardado para sacarlo en ese
momento. Significaba que no había olvidado lo que le dijo, su promesa.
Le
regaló una gran sonrisa.
—Me
alegro mucho de que te guste.
Katsuki
lo miró de reojo antes de dedicarle una de sus escasas sonrisas ladeadas.
Sin
embargo, desapareció rápido cuando sus orejas se alzaron un instante antes de
descender. Arrugó la nariz y soltó un gruñido.
—Sí
que han tardado.
Izuku
se giró en la dirección en la que su amigo miraba, viendo aparecer a unos
sudorosos y jadeantes Kirishima y Kaminari.
—Venga
ya, macho —resopló el segundo por el esfuerzo mientras se dejaba caer al suelo—.
Es imposible que pudieras rastrear a Midoriya más allá de esa trampa de perfume
—dicho esto, le lanzó a Izuku una mirada de pocos amigos—. Eso es un golpe
bajo.
Izuku
esbozó una media sonrisa.
—Soy
yo el que está en clara desventaja.
Kirishima
soltó una risilla. Se había apoyado en el tronco de un árbol cercano para
recuperarse de la persecución.
—Yo
creo que ha sido inteligente, Midoriya.
—Gracias.
Kaminari
señaló a Katsuki.
—Ahora,
en serio, ¿cómo has dado con él?
Este
puso los brazos en jarra.
—Por
las huellas del suelo, idiota. No puedes depender solo del olfato para cazar.
Kirishima
se dio un golpe en la frente.
—¡Mierda,
es verdad! Estaba tan ofuscado por el perfume que no pude pensar más allá de
usar el oído, por si lo escuchaba.
Katsuki
esbozó una sonrisa socarrona mientras cruzaba los brazos.
—No
serviría de nada. Deku conoce la zona tan bien como nosotros y sabe por dónde
puede correr sin hacer ruido.
—¡Porque
tú le enseñaste! —se quejaron los otros dos lobos al unísono.
Katsuki
les enseñó los colmillos.
—¿Algún
puto problema con eso?
—Si
le enseñas todos nuestros trucos, llegará un día en el que no podamos cazarlo
—dijo Kaminari hinchando los mofletes como si fuera un cachorro enfurruñado.
Katsuki
soltó un bufido.
—No
es divertido si es una presa fácil.
—Ya,
ya… —Izuku iba a intervenir cuando, de repente, se puso a toser con fuerza.
—Oh,
mierda —soltó Kaminari, poniéndose en pie de un salto.
Katsuki
ya estaba a su lado, cogiéndolo por los brazos para instarlo a agacharse. Tenía
el ceño fruncido.
—Kirishima,
quítale la mochila —dijo mientras se dedicaba a rebuscar en el bolsillo derecho
del doncel. Encontró lo que buscaba y lo sacó—. Izuku, ¿lo necesitas?
Este
le hizo un gesto con la mano para que esperara. Katsuki obedeció y lo ayudó a
sentarse, colocando su espalda recta y su cabeza en alto, mientras que
Kirishima se hacía cargo de la mochila que cargaba a la espalda. Izuku hizo un
par de respiraciones profundas, tosiendo un poco más, pero, al final, pudo
parar por su cuenta. Los tres lobos se relajaron.
—Mierda
—maldijo Kaminari, llevándose una mano al corazón—, siempre que pasa esto, me
das unos sustos de muerte, Midoriya.
Katsuki
le lanzó una mirada asesina, haciendo que Kaminari retrocediera y agachara las
orejas.
—Lo
siento. Sé que no lo haces a propósito.
—No
pasa nada —dijo Izuku, quitándole importancia con un gesto de la mano. Su voz
sonaba pesada.
Katsuki
guardó de nuevo el objeto en su bolsillo y lo ayudó a ponerse en pie.
—Bueno,
suficiente ejercicio por hoy —dicho esto, sonrió—. Hora de celebrar Halloween.
—¡Sí!
—dijeron Kaminari y Kirishima al unísono. Izuku los coreó, pero más bajito, sin
querer forzarse.
Los
cuatro se adentraron en el territorio de la manada, hablando de lo que tenían
pensado hacer. Katsuki e Izuku siempre pasaban la festividad juntos desde que se
conocieron, aunque, desde un par de años atrás, habían cambiado lo de asustar
gente a cenar juntos y ver las nuevas películas de terror que habían salido ese
mismo año. Y Kirishima y Kaminari a veces se les unían.
—¿Vendréis
con nosotros este año? —les preguntó Izuku—. Os he hecho costillas sangrientas
y he traído huesos cocidos.
—¡Oh!
¿En serio? —preguntó Kaminari, acercándose a la mochila del humano para
olfatear—. Mmm… Qué bien huele. Oye, pues no me importaría…
—No
podemos —respondió Kirishima enseguida, cogiendo a su amigo por una oreja—. Ya
hemos hecho planes. Disfrutad sin nosotros —dijo, guiñándole un ojo a Katsuki,
que relajó su postura, antes tensa al escuchar a Kaminari.
Este
se sobresaltó, pero no dijo nada. Izuku los miró a los tres con el ceño
fruncido.
—¿Pasa
algo?
—Cosas
de lobos —respondieron Kaminari y Kirishima al unísono antes de soltar una
risilla.
El
ceño de Izuku se acentuó mientras que Katsuki ponía los ojos en blanco.
—Ni
caso. Son idiotas. Dales su comida y que nos dejen en paz.
Izuku
les entregó las costillas y los huesos y, después, siguió a Katsuki hasta su
madriguera.
Pese
a que ya no les hacía falta, la mayoría de hombres lobo seguían manteniendo la
tradición ancestral de tener sus propias madrigueras, espacios privados bajo
tierra cuya ubicación solo conocían la familia o los amigos más íntimos.
Antaño, fueron usadas como refugios seguros para criar a los cachorros o
esconderse de otros depredadores, pero, en la actualidad, eran una especie de
segunda residencia para pasar tiempo a solas.
Masaru
le había dado la suya a Katsuki para que lo convirtiera en su espacio personal
cuando cumplió los doce años, puesto que él compartía la de Mitsuki al ser
pareja y ya no usaba la suya propia. Durante esos tres años, Katsuki y sus
padres la habían estado reformando poco a poco a gusto del lobato.
Como
de costumbre, Izuku esperó junto a la madriguera mientras Katsuki revisaba los
alrededores para asegurarse de que nadie descubría su ubicación. Podía ya no
ser un refugio y no tener la importancia de tiempo atrás, cuando los cambiantes
peleaban entre ellos y se escondían de los humanos, pero su amigo era muy
territorial y detestaba la idea de que fueran a molestarlo cuando quería estar
solo.
En
cuanto regresó y le hizo un asentimiento, Izuku apartó la tela con hojas y
tierra pegadas que habían hecho como camuflaje de su trampilla. Era lo bastante
amplia para que cupiera un cambiante adulto, por lo que a los dos les era fácil
bajar las escaleras de mano.
Izuku
se ocupó de encender las luces y Katsuki volvió a dejar el camuflaje en su
sitio antes de bajar.
La
madriguera no era muy grande, en realidad, solo tenía tres habitaciones, dos
amplias y una más pequeña que era el cuarto de baño. Aun así, tenían agua y
electricidad, las comodidades suficientes para pasar el tiempo juntos allí. La
primera habitación era una sala de juegos que había ido evolucionando con el
paso de los años, pero que ahora tenía una televisión para sus consolas y una
mesa para jugar al rol con sus amigos, además de estanterías que cubrían tres
de las paredes llenas de libros, películas y discos que Katsuki e Izuku habían
llenado con el paso de los años, seguidos por algunas aportaciones de Kirishima
y Kaminari. Frente a la televisión, había también un sofá.
Pero
la segunda habitación era la favorita de Izuku, pues era donde más tiempo había
pasado con Kacchan, ya que fue la primera en reformarse y, curiosamente, el
lobo les había prohibido la entrada a Kirishima y Kaminari. No le había
preguntado nunca el motivo, pero, en silencio, sentía como que ese lugar era su
rincón y el de Kacchan, solo de ellos dos.
La
estancia había sido cubierta con gruesas y esponjosas alfombras para que
pudieran ir siempre descalzos, mientras que las paredes estaban llenas de
posters de cosas que les gustaban, desde su serie de superhéroes favorita de la
infancia, pasando por imágenes de videojuegos hasta paisajes de montaña que le
encantaban a Katsuki o imágenes del cielo nocturno lleno de estrellas,
nebulosas y galaxias que fascinaban a Izuku. En el techo, colgaba un alambre
lleno de bombillas que le daba un aire acogedor y cálido a la habitación a
pesar de las paredes hechas de hormigón. En cuanto a muebles, solo había dos
mesitas junto a un colchón enorme lleno de cojines y algunos peluches de su
infancia que ambos habían conservado.
Pese
a que podían comer en la mesa o ver películas en la televisión, era el lugar
donde se habían acostumbrado a pasar el tiempo juntos, por lo que Izuku fue
directo allí a sacar los recipientes de comida.
—¿Lo
has traído todo, Kacchan?
Él
era el encargado del ordenador y las películas.
—Como
siempre, Deku —dicho esto, se sentó a su lado y sacó una bolsa cerrada de su
mochila—, y no me he olvidado de esto.
—¡Mis
dulces! —exclamó entusiasmado.
Katsuki
puso los ojos en blanco, aunque sonrió un poco y su cola se balanceó de un lado
a otro.
—Igual
que todos los años, nerd.
Izuku
lo sabía, pero le gustaba que conservaran sus tradiciones de cuando eran niños.
Durante el Halloween en el que se conocieron, Katsuki le regaló a Izuku todos
los dulces que le dieron, ya que no le gustaban. Así que Izuku, en compensación
y tras investigar un poco, le pidió a su madre que hicieran huesos cocidos en
un caldo de carne. Los cambiantes podían comer huesos crudos, pero los preferían
cocinados con diferentes caldos que les dieran sabor y porque así estaban más
blandos y eran más fáciles de masticar. Masaru les explicó que eran como
golosinas para ellos.
Desde
entonces, todos los años Katsuki le daba dulces a cambio de que Izuku le
hiciera huesos cocidos.
—Mis
huesos —exigió el lobo, extendiendo una mano hacia él. Su cola se movió con más
rapidez.
Izuku
le tendió el recipiente, todavía caliente. Katsuki lo destapó y aspiró el olor,
alzando la cola y las orejas.
—Lo
has cambiado —dijo. Izuku sabía que se daría cuenta enseguida—. ¿De ternera y
con picante? —preguntó sonriendo.
El
doncel se encogió de hombros.
—Pensé
en probar. Además, tienes que seguir comiendo mucha carne roja.
Katsuki
se llevó un hueso a la boca y lo masticó, haciendo que crujiera. En dos
minutos, ya se lo había tragado. Pasó la lengua por los labios, sonriendo y
sacudiendo la cola.
—El
año que viene te daré faisanes. Y échale más picante.
Izuku
frunció el ceño.
—No
quería que te sentara mal.
Katsuki
lo miró un instante y olfateó en su dirección. Al percibir su aroma ligeramente
amargo, agachó las orejas y dejó los huesos a un lado para acercarse a él. Le
acarició el pelo con una mano.
—Eh,
estoy bien. Me he recuperado y me estoy poniendo fuerte, tal y como te prometí.
Deja de pensar cosas raras.
Izuku
soltó un suspiro.
—Lo
sé. Es solo que me asustaste mucho y no quiero hacer nada que te haga empeorar
otra vez.
Katsuki
soltó un gruñido suave y se acercó más para abrazarlo.
Lo
sabía. Sabía que ese invierno había asustado como la mierda a todo el mundo.
Nadie esperaba que alguien tan fuerte y con tanta energía como él padeciera de
repente una deficiencia de zinc tan severa. Fue un golpe muy duro, no solo a su
salud, sino a nivel psicológico también. Pasó de parecer un lobo a una especie
de rata con una enfermedad jodida que hizo que muchos lobatos de su manada se
alejaran, temiendo contagiarse. También perdió fuerzas y su sentido del olfato.
Eso
lo jodió del todo.
Los
lobatos de su alrededor dejaron de respetarlo por su debilidad, y, sin su
olfato, ya no podría cumplir su sueño.
Los
pocos que se quedaron a su lado no supieron cómo tratar con él. Kaminari y
Kirishima intentaron apoyarlo a pesar de que los trató como la mierda de lo
irritado y deprimido que estaba, mientras que sus padres se desmoronaron cuando
se negó a comer.
Incluso
escuchó llorar a su madre. Su madre, la maldita loba alfa de la manada, la loba
más fuerte, dura y segura de sí misma que había conocido, la que siempre sabía
qué hacer en cada situación por muy de mierda que estuviera hasta el cuello, se
derrumbó ante la expectativa de que su cachorro muriera.
Pero
él no se dio cuenta de todo eso hasta más tarde. Estaba tan enfadado con todo
el mundo por estar en aquella situación y tan deprimido por pensar que jamás
recuperaría el olfato.
Sin
embargo, Deku le plantó cara. A pesar de que estaba muerto de miedo por lo que
podía pasarle, se plantó delante de él y le dijo que era un bastardo por
haberle mentido. Por haberle hecho creer que era genial cuando se había rendido
y resignado a morir por una estúpida deficiencia que podía arreglarse
fácilmente comiendo.
Los
dos sabían que no era tan sencillo, pero fue suficiente para encenderlo. Deku
consiguió que comiera la maldita dieta alta en zinc para que se recuperara poco
a poco. Fue todos los días a su casa para asegurarse de que hacía lo que
ordenaba el médico y que se mantuviera al día en la escuela con las tareas que
Kirishima y Kaminari le entregaban.
Hasta
le regaló ese abrigo por Navidad. En aquel momento, todavía no podía salir de
casa y lo sabía, pero le dijo que se lo daba para cuando pudiera hacerlo. El
muy pillo estaba convencido de que podía conseguirlo, si se lo proponía de
verdad.
Ese
pequeño cabrón listillo fue su impulso. A pesar de que una parte de él estaba
rota por dentro, la idea de decepcionar a Deku era mucho más dolorosa, sobre
todo cuando la enfermedad que tenía él era incurable, y que tal vez le
impediría alcanzar su sueño también.
¿Cómo
podía rendirse cuando él no lo había hecho? Solo tenía que comer una estúpida
dieta y tomar suplementos de zinc. Sí, su deficiencia había sido severa y el
tratamiento sería lento, recuperarse del todo le tomaría tiempo, pero ¡joder! Deku
sabía cómo atacar su orgullo para empujarlo hacia delante.
Sin
embargo, era consciente de que no fue fácil para él. Sabía que estuvo asustado
y preocupado por él durante el tiempo en que se negó a comer, y también cuando
su estómago no retenía bien la comida a pesar de sus esfuerzos. Además, tuvo
que renunciar a muchas cosas para pasar tiempo con él, para cuidarlo.
Lo
estrechó un momento contra sí, sintiéndose un poco culpable, aun sabiendo que
el tonto de Deku le diría alguna cursilería como que fue su decisión y esas mierdas.
—Oye
—le dijo—, no tienes que preocuparte más por mí. No voy a hacer ninguna
tontería y, para el año que viene, estaré recuperado del todo. ¿Me oyes? —dicho
esto, se separó y le revolvió el pelo con fuerza, haciendo reír a Deku—. Así
que quita esa asquerosa negatividad de tu cabeza, me molesta.
Deku
intentó apartarle la mano, pero él no se dejó, jugando un poco.
—Vale,
vale, Kacchan, lo entiendo. ¡Au! ¡No tan fuerte, animal!
Él
sonrió.
—Eres
un doncelito delicado.
Deku
le respondió dándole un manotazo en el brazo que le hizo soltar una carcajada,
aunque se apartó y se concentró en las costillas sangrientas que había traído.
Se tumbó junto al doncel y apoyó la cabeza en una mano mientras que con la otra
sujetaba una costilla.
—¿Qué
tal en la escuela? —le preguntó Izuku, que prefería quedarse sentado para
comer.
Él
arrugó la nariz.
—La
misma mierda aburrida de siempre.
Pese
a que tenían la misma edad y vivían en la misma ciudad, ambos iban a institutos
diferentes por ser especies distintas. Los cambiantes necesitaban clases
específicas que les ayudaran a desarrollar su físico, sentidos e instintos,
sobre todo durante la pubertad. A esa edad, muchos mostraban comportamientos
más agresivos, ya fuera por territorialidad, carácter dominante e incluso la
aparición del celo en mujeres y donceles.
El
Ministerio de Educación estaba de acuerdo de forma unánime en que cambiantes y
humanos estuvieran separados en ese aspecto, aunque era habitual que hubiera
encuentros mixtos para promocionar las relaciones amistosas entre ambas razas,
siempre supervisadas para evitar los problemas. De hecho, Katsuki e Izuku
llevaban coincidiendo desde la primaria en dichos encuentros y sus profesores,
en especial los de Katsuki, se alegraban mucho de ver que congeniaban tan bien
teniendo en cuenta su carácter claramente más dominante.
Izuku
ladeó la cabeza.
—¿Cómo
te va con tus compañeros?
Katsuki
gruñó. Sabía que Deku preguntaría, y que lo hacía con buena intención, pero,
aun así, le molestaba.
—Odio
a esos extras. La sola idea de tener que aguantarlos tres años más me molesta.
Izuku
se removió en su sitio.
—Kacchan,
¿te desafiarán?
Alzó
las orejas al escuchar su pregunta. Comprendió de inmediato su preocupación.
—No
te preocupes —dijo antes de darle un buen mordisco a su costilla, arrancando
casi toda la carne—. No está permitido hasta la mayoría de edad. —Tragó y
esbozó una gran sonrisa—. Para entonces, yo me habré vuelto más fuerte incluso
que antes. Joder, espero que lo hagan. Les demostraré que fue un error
menospreciarme.
Se
sintió mejor al ver que Deku relajaba los hombros y mordisqueaba su costilla.
—Pensaba
que eso de tener un alfa no hacía falta en esta época.
—Y
no lo hace —comentó, cogiendo otra costilla—. Es una mierda instintiva nuestra
más que un liderazgo real. Mi madre no hace papeleo ni está metida en política
cambiante, pero si alguien se pone tonto en la manada, ella interviene. Se
trata más de asegurarse de que los nuestros se mantienen tranquilos más que de dirigirlos.
Izuku
ladeó la cabeza, sin dejar de dar pequeños mordiscos a su comida.
—Aun
así, me da la sensación de que todos respetan a tu madre.
—Los
cambiantes seguimos respetando la fuerza, aunque ahora podamos desempeñar
cualquier trabajo humano. Forma parte de nuestra naturaleza, no podemos negar
nuestros instintos, sin importar que nos hayamos vuelto más civilizados.
Seguiremos siendo territoriales, seguirá habiendo cambiantes dominantes y otros
sumisos y seguirá habiendo peleas durante las épocas de celo —dijo Katsuki
antes de lamer el hueso, limpio de carne—. Así que está bien tener una figura
que mantenga a los demás tranquilos.
—¿Y
tú quieres ser el alfa después de tu madre?
—Lo
seré —afirmó, sonriendo con malicia—, aunque solo sea por joder a esos extras.
Izuku
soltó una risilla y Katsuki movió ligeramente la cola en respuesta.
—¿Qué
hay de ti? ¿Has hecho nuevos amigos?
El
doncel por fin terminó una costilla y cogió otra.
—Los
grupos ya están hechos en mi clase —se limitó a decir.
Katsuki
sintió deseos de resoplar, pero se contuvo. Sabía quién era el culpable de esa
situación.
—Podemos
ir a sus casas y asustarlos —propuso, curvando los labios de forma que sus
caninos resaltaran—. Puede que estemos un poco oxidados, pero seguro que ahora
somos más retorcidos que antes.
Izuku
soltó una risilla, pero sacudió la cabeza.
—No
hace falta. Me gustan los amigos que tengo.
—¿Pero
no te gustaría tener amigos humanos? —le preguntó. Realmente tenía curiosidad
por eso—. No es que sean tan geniales como yo, pero serían extras con tus
mismas cualidades —dijo mirándose las uñas—. Ya sabes, sin garras, colmillos ni
sentidos ultrasensibles con los que debas tener cuidado.
Izuku
le respondió encogiéndose de hombros.
—Ya
lo intenté antes y no funcionó. —Miró su costilla con aire pensativo y, Katsuki
lo notó, un poco triste—. Sigo siendo un tipo enfermizo, por si no lo
recuerdas.
Katsuki
gruñó con fuerza, sobresaltándolo.
—No
lo digas así.
—Pero
es la verdad. Incluso siendo humano, tengo mis limitaciones.
Katsuki
se incorporó hasta sentarse, dejando la costilla en el recipiente. Miró a Izuku
con cara de pocos amigos.
—Tus
limitaciones no me afectan. Ni a mí ni a esos dos idiotas a los que llamamos
amigos. ¿Por qué coño tendría que afectar a unos patéticos humanos?
No
le gustó el modo en que Deku suspiró.
—Cuando
éramos pequeños, no podía jugar en el parque tanto tiempo sin acabar teniendo
un ataque de tos, ¿te acuerdas?
—Eso
es una excusa de mierda —replicó él con los ojos entrecerrados y las orejas
agachadas—. Hay miles de cosas que se pueden hacer que no requieran actividad
física.
Izuku
se encogió de hombros.
—En
clase, soy el pobre enfermo. En el resto del instituto no es distinto, y sigue
siendo mejor que el tipo contagioso —resopló molesto y movió la cabeza de un
lado a otro—. Como si tuviera lepra o algo así. La mayoría son amables conmigo,
pero me tratan con condescendencia. No me gusta eso. —Le dio un mordisco a su
costilla—. Prefiero vuestra compañía.
Katsuki
puso los ojos en blanco.
—Eso
era obvio —dicho esto, estrechó los ojos—. Son idiotas. Sigo pensando que un
susto de muerte no les vendría mal.
Izuku
le sonrió.
—No
importa, Kacchan. El curso que viene iré al instituto superior y habrá caras
nuevas. Me irá mejor allí.
Katsuki
se relajó un poco al oír eso y se tumbó de nuevo. Cogió otra costilla.
—Bueno,
si es lo que quieres. —Arrancó la carne con facilidad y se la tragó después de
tres mordiscos—. Pero mi oferta de sacarles el corazón a base de terror sigue
en pie.
Izuku
soltó una risilla.
—Gracias,
Kacchan. Lo tendré en cuenta.
El
lobo le lanzó una sonrisa traviesa.
—No
me vengas con monerías ahora, Deku. Los dos sabemos que sigues teniendo un lado
oscuro.
—No
sé de qué me hablas —se atrevió a decir el doncel con total indiferencia antes
de mordisquear su comida.
Katsuki
curvó aún más los labios hacia arriba.
—¿De
veras?
Izuku
asintió sin dudar.
—Soy
un doncelito delicado, ¿recuerdas?
Él
rio. Pequeño listillo.
—¿Y
quién puso compresas con supuesta sangre menstrual en las taquillas de mis
compañeros de clase después de que alguien dijera que nadie querría pasar el
celo con una rata enferma como yo?
—Eso
fue cosa de Kaminari y Kirishima —se defendió.
—Ya,
¿y de quién fue la idea?
Izuku
terminó su costilla y miró hacia otro lado.
—Fueron
crueles contigo. Yo fui amable en comparación.
Katsuki
soltó una risilla y se arrastró hasta Izuku para agarrarlo por la cintura y
tirarlo a la cama, a su lado.
—¡Kacchan!
¡Aún estamos comiendo!
—Comes
muy lento, Deku. Y más importante, has demostrado mi punto.
—Para
nada —insistió el doncel, cruzándose de brazos.
—Tienes
un negro corazón lleno de rencor.
—Eso
no fue por rencor, fue por justicia.
Katsuki
rio con fuerza.
—Ah,
mi héroe —se burló antes de lamerle la cara.
—¡Agh,
Kacchan!
—Es
una muestra de cariño propia de los lobos, no la rechaces o herirás mis
sentimientos —dijo con sorna, intentando lamerlo otra vez.
Izuku
rio mientras empujaba su mano contra su cara.
—¡Te
lo estás inventando! ¡Quita! ¡Ay! ¡No me lamas la mano tampoco, Kacchan! ¡Te lo
advierto!
Él
respondió cerrando su boca sobre parte de su mano, pero con cuidado de no
hacerle daño con los caninos.
Izuku
reía mientras le daba manotazos suaves en el hombro para que lo soltara. No es
como si ese fuera su juego favorito, acabar lleno de babas de lobo no era
gracioso; sin embargo, debía admitir que, una parte de él había echado de menos
aquellos momentos.
De
pequeños, Kacchan siempre jugaba de esa manera, lo lamía para molestarlo y le
mordisqueaba las manos y los brazos. A veces, cuando se aburría mirando algo en
la tele, había llegado a morderlo en el hombro para llamar su atención, dándole
un buen susto.
A
medida que se hicieron más mayores, esos juegos terminaron. Seguían llevándose
bien, Kacchan siempre había sido su mejor amigo, pero limitó mucho el contacto
físico alegando que ya no eran cachorros. Y no es como si no siguiera
divirtiéndose con él, pero hacía mucho tiempo que no veía ese Kacchan juguetón
e infantil. De algún modo, era bonito saber que esa faceta suya seguía ahí,
igual que el lobezno cariñoso al que le gustaba acurrucarse contra su costado o
que le rascara detrás de las orejas y le acariciara el pelo.
Había
entendido que a Kacchan le daba vergüenza mostrar esas partes de sí mismo a los
demás, incluso a él. Después de todo, no serían críos toda la vida, tenían que
madurar y eso… Pero fue como si, después de la enfermedad, hubiera decidido no
ocultarle más su forma de ser, ni siquiera su lado más vulnerable, o lo que él
consideraba como más débil.
Eso
le gustaba.
Por
fin, Kacchan lo soltó y simplemente se quedó tumbado a su lado, apoyándose
sobre un codo y la cabeza sobre su mano.
—Así
que no hay extras nuevos de los que preocuparme —concluyó.
Izuku
entrelazó las manos sobre su vientre, mirándolo.
—No.
Kacchan
alzó las cejas de repente, sonriendo de un modo que le dio mala espina.
—¿Eso
significa que nada de chicos?
Al
oír eso, se sonrojó.
—¡Kacchan!
—¿Qué?
Tienes quince años.
Izuku
jugueteó con sus dedos, bajando la vista hacia ellos.
—Soy
muy joven para eso.
El
lobo puso los ojos en blanco.
—Vamos,
Deku, vosotros no tenéis celo, pero sé que los de tu edad ya piensan en esas
cosas.
—Yo
no —dijo con fuerza, arrugando la nariz—. Me da… vergüenza, ¡vale?
Kacchan
sonrió como si estuviera satisfecho por algo que se le escapaba.
—¿Y
chicas? ¿O donceles?
Izuku
lo golpeó en el pecho, haciendo que su amigo riera.
—No
tiene gracia.
—Es
algo natural. No entiendo por qué te da vergüenza.
Él
lo pensó un momento antes de decir:
—No
estoy cómodo. Quiero decir, todo eso de empezar a salir con alguien, cogerse de
las manos y los besos… —Se llevó las manos a las mejillas, sintiendo que
estaban calientes—. No sé cómo explicarlo. No odio la idea de tener pareja.
Parece una experiencia bonita y no es como si no quisiera salir nunca con
nadie, pero… —Miró a un lado y a otro, como si pudiera encontrar una forma de
explicarse en las paredes cubiertas de posters—. No es el momento para mí,
¿sabes? No hay nadie que me guste ahora mismo y tampoco tengo prisa por vivir
todo eso. La sola idea me pone nervioso —dicho esto, soltó un suspiro—. Además,
tengo que centrarme en mí mismo. Solo me quedan tres años.
Al
oír eso, Katsuki frunció el ceño.
—Las
pruebas, ¿no?
Izuku
asintió y cerró los ojos.
—Sé
que no tengo muchas probabilidades. Pero, aun así, si no me presento, me
arrepentiré toda la vida.
Escuchó
que Kacchan inspiraba hondo y resoplaba suavemente. Entonces, sintió su brazo
alrededor de la cintura. Al mirarlo, había recostado la cabeza a su lado, muy
cerca, con el mentón sobre su hombro. Tenía las orejas agachadas y sus ojos lo
rehuían.
—Lo
siento.
Eso
lo sobresaltó. Kacchan no era de los que se disculpaban, al menos, no de esa
forma. Más bien intentaba compensar sus errores sin admitir que se había
equivocado. Solo lo hacía de ese modo cuando se daba cuenta de que realmente
había herido a alguien. Izuku podía contar con una mano las veces que se había
disculpado de ese modo con él y, aun así, le quedarían dedos libres.
—¿Qué?
¿Por qué?
Él
arrugó la nariz, pero siguió sin mirarlo.
—Pasaste
todas las tardes de invierno conmigo. Sé que te quité tiempo para fortalecerte.
O para unirte a un club o divertirte con otros. En primavera todavía seguías
viniendo para ayudarme cuando pude salir de casa.
Izuku
se giró hacia él y lo contempló con toda la seriedad que pudo reunir.
—Kacchan,
fue mi decisión. Ni tú ni nadie me obligaron a nada.
Él
gruñó, lo que hizo que se enfadara. Le agarró una oreja sin miramientos y le
dio un pequeño tirón. Katsuki se sobresaltó y le enseñó los dientes como
advertencia. Izuku lo fulminó con la mirada.
—Nadie
me obligó —repitió.
—Eres
demasiado santurrón, Deku. Claro que no podías dejarme solo.
—Llámalo
como quieras, pero lo hice porque quise. —Katsuki abrió la boca para decir
algo, pero Izuku no lo dejó—. Por si no te habías dado cuenta, eres la persona
a la que más quiero en el mundo, aparte de mi madre. Y no, no podía soportar la
idea de perderte o que estuvieras sufriendo. ¿Y qué si perdí algunos
entrenamientos? Tú eras más importante.
Algo
en las facciones de Katsuki vaciló. Izuku no pudo interpretar su expresión, y
su lenguaje corporal tampoco daba muchas pistas; su cola permanecía quieta a su
espalda y sus orejas se habían levantado un poco, pero eso solo significaba que
le estaba prestando atención.
—¿Qué
pasa con tu sueño? —le preguntó en voz baja—. Necesitabas esos entrenamientos.
Izuku
le sonrió con cariño.
—Puedo
tener otros sueños. Pero no puedo tener otro Kacchan.
Entonces,
vio cómo sus ojos, rojos como brasas, se convertían en unos surrealistas orbes
azul eléctrico.
Lo
curioso fue que Katsuki no apartó la mirada mientras cambiaban. Aquello solo pasaba
cuando las emociones de un cambiante eran muy fuertes, no era extraño que
ocurrieran durante momentos de mucha tensión o agresividad, pero también podía
pasar con sentimientos positivos, como emoción o alegría.
Kacchan
solía ocultar esos últimos, incluso de niño lo había hecho. Sin embargo, esta
vez, le permitió verlo de cerca, sin apartar la vista. Solo bajó los ojos
cuando se acercó para darle un cálido abrazo mientras soltaba suaves gruñidos
graves desde su garganta y balanceaba la cola.
Izuku
correspondió su gesto sin pensarlo, acariciándole el cabello. Sonrió cuando Kacchan
correspondió su afecto frotando su mejilla contra su cuello.
—¿Has
estado preocupado por eso todo este tiempo? —le preguntó.
El
lobo dudó un instante antes de asentir despacio, sin decir una palabra. Izuku
apretó su abrazo.
—Kacchan…
—Yo…
—dijo de repente, aunque en voz baja—. No quería que renunciaras a tu sueño. No
por mi culpa.
Izuku
esbozó una sonrisa que no le llegó a los ojos.
—Los
dos sabemos de qué sería la culpa, si no paso las pruebas.
Tras
un largo minuto, Katsuki asintió y se separó. Sus ojos eran más rojizos ahora,
pero unas pinceladas azul brillante seguían girando en sus irises, creando un
efecto increíble, como si un cielo crepuscular de colores saturados se
reflejara en ellos.
—Te
ayudaré en lo que necesites —dijo como si estuviera haciendo una promesa—. Solo
pídelo, Deku.
Izuku
sonrió, un tanto aliviado al ver al Kacchan firme, decidido y seguro de
siempre.
—Lo
haré —dicho esto, y deseando aliviar el ambiente, le tiró de la punta de la
oreja—. Ahora, ¿puedo terminar de cenar?
Tal
y como esperaba, Kacchan estrechó los ojos, aunque su cola se sacudió,
delatando su diversión.
—Eres
un lento de mierda, Deku.
—Tú
tienes colmillos, yo no.
A
Katsuki se le escapó una media sonrisa, sin embargo, se giró hacia su mochila
en vez de pasarle las costillas.
—Solo
una cosa más antes de eso. —Izuku iba a protestar, pero cerró la boca al
escuchar lo que dijo después—. Necesito que me hagas un favor. Y que no me
preguntes al respecto.
Él
frunció el ceño, debatiéndose internamente. Kacchan nunca pedía favores, por lo
que, si lo hacía, significaba que era algo importante. Pero, justo por eso, la
curiosidad hervía dentro de él como una marabunta de hormigas hambrientas.
Inspiró
hondo, decidiendo contenerse pese a que por dentro estaba gritando de
frustración.
—Vale.
Katsuki
lo miró de reojo, deteniéndose un instante en su búsqueda.
—¿En
serio?
Izuku
asintió, mordiéndose los labios. Katsuki sonrió, divertido.
—¿Quieres
que hagamos apuestas para ver cuánto aguantas, Deku?
—Al
menos me dirás de qué se trata, ¿no? —soltó al final casi con un gemido.
Katsuki
soltó una risilla, pero todo ademán de burla desapareció cuando sacó lo que
estaba buscando y se lo tendió.
Izuku
parpadeó al reconocer lo que era, lo había visto en muchos lobos. Un collar de
los que llevaban ceñidos, solo que este tenía grabado en el suave material
similar al cuero su nombre y el de Katsuki, así como el de la fecha de
Halloween de diez años atrás, cuando se conocieron. Era de un bonito tono verde
oscuro y la figura de un lobo plateado colgaba de una anilla.
—Qué
bonito —susurró.
—¿Te
gusta?
Alzó
la vista al escuchar el tono de Katsuki. Parecía nervioso, de hecho, se veía
como tal, mirando hacia otro lado y rascándose la nuca. Pese a que su cola se
movía de un lado a otro casi a golpes furiosos, sus orejas se mantenían bajas.
¡¿Qué
demonios significaba esa expresión corporal?!
Una
parte de él exigió soltar las veinte preguntas diferentes que se le ocurrieron,
por lo que tuvo que inspirar hondo, contar hasta tres y soltar el aire despacio
antes de centrarse en lo que realmente necesitaba Kacchan de él en ese momento.
—Lo
es —respondió.
El
lobo hizo un brusco asentimiento.
—Bien.
Es tuyo.
Izuku
frunció el ceño.
—¿Eh?
Katsuki
hizo una respiración profunda, como si también estuviera pensando en cómo
lidiar con esa extraña situación, fuera cual fuera, ya que Izuku estaba
totalmente perdido.
—Necesito
que lo guardes —dijo despacio, como si estuviera midiendo cada una de sus
palabras. Al final, clavó sus ojos como brasas ardiendo en él. No recordaba
haberlo visto tan serio nunca—. Necesito que lo lleves siempre encima, guardado
—dicho esto, se señaló el cuello—. Cuando cumpla la mayoría de edad, habrá una
ceremonia. Necesito que ese día te lo pongas, ¿de acuerdo?
Izuku
no respondió de inmediato. Absorbió la información como una esponja y la
analizó con pelos y señales.
—Básicamente,
debo llevarlo en mi mochila o guardarlo en mi ropa vaya adonde vaya hasta que
llegue tu ceremonia. Ese día, me lo pongo en el cuello. ¿Correcto?
Katsuki
asintió.
—Sí.
Izuku
observó el collar otra vez, pero no le dio ninguna pista que le dijera de qué
iba aquello. Alzó la vista hacia el lobo otra vez.
—¿Y
ya está? ¿Es todo lo que vas a decirme?
El
lobo lo meditó un momento antes de decir:
—Cuando
los dos cumplamos la mayoría de edad, te lo explicaré todo.
—¡¿QUÉ?!
—gritó Izuku, llevándose las manos a la cabeza—. ¡¿Esperas que refrene mi
curiosidad durante tres años?!
Katsuki
le dedicó una enorme sonrisa.
—Sí.
Izuku
lo asesinó con la vista.
—Dame
un buen motivo.
Al
instante, todo rastro de diversión desapareció de su rostro. Ahora, era serio,
pero había algo más… No era miedo. Le recordaba a eso, pero no lo era, o no
exactamente. Más bien… Kacchan parecía de repente… vulnerable.
Lo
pilló totalmente por sorpresa. Igual que su tono de voz, suave y tan sincero
que ni golpeándolo con un martillo lo habría sentido con tanta fuerza.
—Ese
momento será uno de los más importantes para mí como hombre lobo —le dijo sin
apartar sus ojos de los suyos—. Necesito prepararme para ello. —Despacio, tomó
el collar y lo apretó contra la mano de Izuku, obligándolo a cerrarla sobre el
objeto antes de dejar la suya encima—. Haz esto por mí, y te prometo que, en
tres años a partir de hoy, te lo contaré todo.
Izuku
miró sus manos un segundo, luego, observó su rostro de nuevo y, una vez más,
sus manos. Frunció el ceño.
—Solo
necesito saber una cosa. —Katsuki no dijo nada, así que supuso que podía hacer
la pregunta—. Lo que quiera que vaya a pasar en tres años, ¿será doloroso para
ti?
Para
su alivio, Kacchan fue contundente en su respuesta:
—No.
Izuku
soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo y relajó su postura.
—Entonces,
lo haré.
El
rostro del lobo se transformó cuando sonrió, moviendo la cola como loco.
—Te
aseguro que valdrá la pena, Deku.
Él
alzó las manos sin soltar el collar.
—Si
es tan importante para ti, puedo hacerlo.
—Bien
—asintió Katsuki, satisfecho y sin dejar de sacudir la cola.
Mientras
Izuku se guardaba el collar en un bolsillo interior de su chaleco para asegurarse
de que no se le caería por la madriguera, Katsuki le pasó finalmente las
costillas.
—Por
cierto —le dijo como quien no quiere la cosa mientras le echaba mano a los
huesos cocidos—, no vale buscar nada relacionado con este tema.
Al
oír eso, Izuku le lanzó una mirada sucia.
—Te
odio.
Katsuki
soltó una carcajada.
—No
me preocupa, ya me amarás —dijo haciendo crujir un hueso, mirando al doncel
como si no se hubiera dado cuenta todavía de que él era una oveja sin
oportunidad de huir del lobo feroz.

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