Choque (capítulo especial)
Estaba ayudando a mi madre y a mi hermano a recoger los platos de la cena
cuando sonó mi móvil. Al ver el número, sonreí y lo cogí sin pensármelo dos
veces.
—Hola, Naruto, ¿ya me echas de menos?
Oí un leve bufido.
—Siempre —dijo en un tono apagado que me extrañó.
—¿Va todo bien?
—Ah… —Hubo una larga pausa que hizo que me preocupara—. Sasuke, tengo que
hablar contigo.
Noté una sensación desagradable en el estómago al oír sus palabras. ¿Por
qué eso me sonaba al famoso “tenemos que hablar” que precede a una ruptura?
—¿Pasa algo malo? —inquirí, llamando la atención de mi madre y mi hermano.
Ellos ya sabían de mi relación con Naruto, de hecho, toda mi familia
conocía a Naruto… incluido mi padre. No fue una cena agradable. Ahora me
evitaba y se pasaba prácticamente todo el día en su despacho de la empresa.
—No —respondió rápidamente Naruto, probablemente percibiendo mi malestar—.
Todo va bien, es que… ha pasado algo importante y… necesito hablar contigo.
—Voy para allá —dije y colgué el teléfono.
Itachi fue el primero en preguntarme:
—¿Qué pasa?
—Algo no va bien —respondí, un tanto preocupado. No podía quitarme de la
cabeza las palabras de Naruto, que sonaban a que había algo en nuestra relación
que no funcionara, lo cual me extrañaba un poco, porque en todo el año que
llevamos juntos hemos estado muy bien… sin contar la desagradable presentación
de Naruto a mi padre y a esa loca que lo atacó.
Me estremecí al recordarlo. Por un momento pensé que no lo contaría, pero
por suerte Blue venía con nosotros y evitó que esa mujer le hiciera más daño.
—¿Quieres que vaya contigo? —se ofreció mi hermano de inmediato.
Yo negué con la cabeza.
—No, dijo que quería hablar conmigo. ¿Puedes prestarme el coche? Sonaba
urgente.
—Claro, es todo tuyo —respondió, rebuscando en sus bolsillos las llaves
antes de tendérmelas.
No perdí el tiempo; fui al garaje y saqué el coche, introduciéndome en la
carretera. Fui un poco más rápido de lo que solía ir, deseando llegar lo más
rápido posible hasta mi rubio para asegurarle que fuera lo que fuera lo que
ocurría, podíamos solucionarlo. Creo que entre nosotros no hay ningún problema
salvo, tal vez, mi padre. Naruto se sentía responsable del distanciamiento
entre él y yo, era consciente de que Fugaku Uchiha no le aceptaba como mi
pareja y le dolía que, por su supuesta culpa, mi vínculo con mi progenitor se
hubiera roto. Pero le aseguraría que no era así: mi padre estaba enfadado
conmigo por mis decisiones, no solo por haberle escogido a él como novio, sino
porque le dije que iba a cambiar de carrera. Al fin había dado el gran paso y
le había dicho lo que quería hacer, estudiar historia y tener una larga
relación con mi rubio, y ahora ya no me importaba lo que él pensara. Era mi
vida, no la suya.
Tenía que hacérselo entender a Naruto. Comprendía que, debido a que él
perdió a su familia, no quisiera ser la causa de que yo me distanciara de la
mía. Bueno, en realidad solo me apartaría de mi padre si no aceptaba mi
decisión, mi madre e Itachi adoraban a Naruto y estaban encantados de que
estuviéramos juntos. También quería que comprendiera que yo debía plantarle
cara a Fugaku, que no volvería a ser una marioneta y que quería vivir a mi
manera, dedicarme a algo que me apasionara y salir con quien quisiera. Mi novio
era listo, acabaría por entender mi punto de vista.
Eché un vistazo al próximo semáforo y vi que se ponía en verde, por lo que
no aminoré la marcha y continué recto, pero, antes de que pudiera reaccionar o
asimilar el borrón rojo que había visto por el rabillo del ojo, impacté con
fuerza contra otro vehículo salido de la nada y sentí cómo era lanzado hacia
abajo, mientras mi coche daba una vuelta vertical sobre el otro.
Fue muy rápido y sentí tantas cosas que no pude procesar que estaba
teniendo un accidente: el cinturón quedó comprimido contra mi pecho, expulsando
el aire de mis pulmones por unos momentos; la luna quedó prácticamente
destrozada contra el costado del otro vehículo, igual que el salpicadero, que
prácticamente estalló y salió disparado; el techo se abolló, haciendo que me
golpeara la cabeza contra el mismo al acabar bocabajo y dejándome aturdido; los
cristales de las ventanillas se pulverizaron al acabar de dar la vuelta y caer
en el suelo, y un horrible chirrido hirió mis oídos mientras sentía algo
ardiente que consumía mi piel en el costado izquierdo.
Creo que me desmayé por unos segundos, ya que no sentí nada durante unos
segundos y mi visión se emborronó, pero luego regresó todo: un molesto pitido
en los oídos, la sensación de tener la cabeza embotada, como si estuviera muy
mareado, aturdimiento, dolor muscular en prácticamente todo mi cuerpo, sobre
todo en las piernas y el costado izquierdo, que me quemaba como el infierno,
pero lo peor de todo era que notaba algo frío y afilado clavado en mi pecho.
Parpadeé un par de veces, intentando aclarar mis pensamientos. El volante y
los alrededores estaban manchados de sangre, de hecho, yo también lo estaba,
sentía la humedad caliente en la cara y en la mayor parte de mi torso. Fui
consciente entonces de que mi coche había terminado volcado de lado sobre el
asfalto, concretamente sobre mi lado, y que había derrapado un par de metros a
juzgar por las marcas negras de la carretera. Eso explicaba las quemaduras de
mi costado izquierdo; las chispas que habían saltado a causa del contacto entre
el metal y asfalto me habían caído encima. Sin embargo, solo me recorrió una
oleada de pánico cuando que tenía un trozo de metal clavado en el pecho. No era
muy grande, pero sentirlo removiéndose dentro de mí cada vez que tomaba una
agitada respiración me tenía bastante asustado. Mi primer instinto fue intentar
moverme, alejarme del coche y buscar un lugar seguro, pero mi brazo izquierdo
no respondía y apenas podía mover las piernas; el capó estaba destrozado y me
había dejado atrapado. El pánico empezó a dominarme, sabía que estaba grave y
que no podía salir de donde estaba, ni siquiera sabía donde estaba mi móvil,
habría caído en cualquier parte durante el choque.
De repente, oí unas voces. Hice un esfuerzo por mover la cabeza y vi cómo
unas piernas corrían en mi dirección. Intenté gritar para pedir ayuda pero solo
me salió un débil gemido. En ese momento, la persona que estaba allí se agachó
y me encontré con la mirada preocupada de un hombre.
—Joder… —masculló antes de contemplarme con temor—. Eh, tranquilo, ¿vale?
Mi mujer ha llamado a una ambulancia y está de camino, ¿de acuerdo? Tú solo
aguanta un poco.
Incliné un poco la cabeza, haciéndole saber que aguantaría. Pese a que
había sido un ligero movimiento, me mareé y estuve a punto de perder el
conocimiento, pero traté de resistir un poco. Me centré en el hombre, al que vi
correr en dirección contraria, y le seguí con la mirada. Fue hasta el otro
coche, que estaba destrozado, y se dirigió al asiento del conductor. Se inclinó
sobre este para, al instante siguiente, retroceder con las manos sobre el
rostro antes de deslizarlas por su pelo. Comprendí que estaba muerto.
Me sentí mal por él, porque había chocado contra su coche, pero no me sentí
culpable del todo. Había salido de la nada sin respetar su señal para detenerse
y a una velocidad de locos.
Al menos eso fue lo que pensé hasta que el hombre se apartó lo suficiente
como para que pudiera ver su rostro. Sentí ganas de vomitar y noté un líquido
saliendo de mi boca, no sé si era bilis o sangre.
No era más que un chaval. Sus facciones juveniles lo delataban como un
adolescente de unos quince o dieciséis años, tenía el pelo oscuro y sus ojos
oscuros estaban apagados de un modo escalofriante. En las películas ves a los
actores cuando mueren y, aunque son convincentes, no pueden compararse con eso,
esos ojos observando algún punto inconcreto, opacos, muertos, no se pueden
imitar.
Joder, ¿qué he hecho?
Eso fue lo último que me vino a la cabeza. Después, me sumergí en la
oscuridad.

Comentarios
Publicar un comentario