Capítulo 5. Persecución
En
cuanto Max consideró que ya habían entrenado lo suficiente, Night bajó con
rapidez las escaleras para ver si Vane había vuelto. Sin embargo, no detectó su
aroma por ninguna parte.
Había
querido ir tras él después de oler su rabia y su dolor, pero Max se lo había
impedido. Le había dicho que, por ahora, lo que necesitaba era correr y
distraerse, que regresaría más tarde y que, entonces, podría hablar con él.
Mientras tanto, lo había conducido al gimnasio y le había enseñado algunos
movimientos básicos, como a dar un puñetazo, pero no a darlo en cualquier parte
ni de cualquier manera, sino a lugares clave que podían ser muy dolorosos y a
hacerlo de la forma correcta. También le enseñó a dar patadas y a lanzar golpes
con los codos y las rodillas.
Jamás
había pensado que fuera tan difícil pegar a alguien, sin embargo, eso explicaba
por qué sus ataques y los de su gente eran menos efectivos contra los guardias,
porque no golpeaban en los lugares correctos. Max le enseñó que un buen
puñetazo en la barbilla o en el ojo podía aturdir o incluso dejar inconsciente
a un adversario, que los ataques al estómago eran muy dolorosos y que un golpe
certero a ciertos lugares de las piernas dejaba a su oponente en el suelo,
incapaz de ponerse en pie.
Había
sido revelador aprender que la fuerza o el tamaño no eran suficientes para
pelear y le estaba muy agradecido a Max por estar enseñándole, pero, ahora, lo
que quería era saber si Vane estaba bien.
Observó
con tristeza a Bear, que se había tumbado en el suelo delante de la puerta con
las orejas agachadas, esperando también a Vane. Gimoteaba de vez en cuando,
como si estuviera llorando. Eso le partía el corazón.
—Night,
deberías ducharte y vestirte —le dijo Max, que bajaba las escaleras en ese
momento. Al llegar hasta Bear, le acarició la cabeza, intentando consolarlo—.
Enseguida estará la comida.
—¿Y
Vane?
—Ha
cogido algo para comer. Volverá cuando esté preparado para hacerlo. No te
preocupes, antes del anochecer estará aquí.
Night
esperó hasta que el macho se hubo ido para abrir la puerta principal y salir
corriendo en busca de Vane. También dejó que Bear fuera con él, sabía que
estaba deseando ir a buscarlo.
El
perro salió disparado en una dirección concreta, siguiendo el rastro del
humano. Night no se lo pensó dos veces y fue tras él. Tardó un poco, pero al
fin escuchó la suave voz de Vane. Dejó de ir al trote para caminar a paso
normal, aunque sigiloso, entre los árboles. Así, se asomó un poco para ver con
quién hablaba, descubriendo que tan solo le dedicaba unas palabras cariñosas a
Bear. Olfateó el aire, pero no recogió aromas que indicaran que seguía dolido o
enfadado, la verdad es que se le veía más tranquilo.
De
repente, Vane alzó la vista hacia donde se encontraba él y le sonrió. Night
salió de su escondite y se acercó hasta sentarse a su lado. No le preguntó cómo
se encontraba porque sabía, gracias a su olfato, que estaba relajado, y tampoco
quería arriesgarse a causarle dolor con sus preguntas.
—Siento
haberme ido así —le dijo Vane de repente. Que un humano le pidiera disculpas le
seguía pareciendo algo sorprendente y extraño a la vez, pero empezaba a
acostumbrarse a la actitud de ese macho.
—Estabas
demasiado enfadado —comentó, asintiendo para sí mismo—. Cuando los míos estamos
muy furiosos por algo, nos apartamos del resto por miedo a herirles.
—¿Estáis
en la misma habitación?
Night
frunció el ceño.
—Los
machos con los que convivía y yo estábamos en la misma habitación, pero en
jaulas separadas. Solo tenemos contacto físico con otros cuando los médicos
quieren que tengamos sexo con nuestras hembras o cuando nos obligan a luchar
los unos contra los otros. He oído que a algunos de los machos los llevan al
exterior, supongo que a ellos los mantienen juntos. —Hizo una pequeña pausa
mientras bajaba la mirada, perdido en sus recuerdos—. Intentamos recluirnos en
nosotros mismos cuando algo nos enfurece y tememos decir palabras hirientes a
nuestros compañeros, o cuando nos sentimos muy avergonzados o humillados.
Aunque la mayoría nos entendemos entre nosotros, a todos nos han hecho pasar
por una cosa u otra, a menudo por todas.
Vane
le dedicó una mirada triste.
—Sé
que no sirve de mucho, pero lo siento.
Night
lo miró fijamente. En realidad, sus palabras hicieron más de lo que el macho
podía imaginar. Ahora que empezaba a confiar en Vane, todo cuanto le había
dicho, todo cuanto le había prometido y hecho por él significaba mucho. Siempre
había soñado con salir de su jaula y alejarse del lugar en el que lo habían
mantenido encerrado, vivir en un mundo donde los humanos no le hicieran daño y
su gente estuviera segura. También era cierto que siempre le había parecido un
sueño tan estúpido como imposible, pero, ahora, gracias a Vane, empezaba a
creer que era posible.
—Recuperaremos
a tu gente, Night. Ya lo verás —dicho esto, colocó su mano sobre su brazo en un
gesto de consuelo. Su intención hizo que sintiera una inesperada calidez en el
pecho, aunque el contacto logró que se estremeciera. Las hembras de su especie
tenían las manos callosas como las suyas, y, aunque la de Vane no tenía el
tacto suave de una mujer humana, sí era más agradable. Además, era un poco
rugosa, como si también tuviera callos, pero ni de lejos tan endurecidos como
los de su gente. Sin embargo, su textura le resultaba excitante y sus músculos
se pusieron rígidos de tan solo imaginar cómo se sentiría tener sus manos sobre
su piel.
Al
darse cuenta de la rigidez de su cuerpo, Vane apartó la mano, recordándose que
era demasiado pronto para Night tener contacto físico con otra persona. Pero,
nada más retirar los dedos, este lo sorprendió cogiéndole la muñeca y
reteniéndolo. La sorpresa le impidió moverse, de modo que Night, tras un
segundo de duda, colocó su palma contra su mejilla y cerró los ojos.
Vane
no estuvo muy seguro de qué hacer. Tal vez Night empezaba a confiar en él y
necesitaba algún tipo de contacto físico que no implicara el dolor. Siendo así,
se atrevió a acariciarlo con el pulgar. Su piel era muy suave en esa zona, le
llamó la atención que no tuviera nada de vello en la barba, como si acabara de
afeitarse, a pesar de que ya llevaba unos días allí.
Night
abrió los ojos entonces y lo observó con intensidad. Vane no se atrevió a
moverse cuando su mano se posó sobre la suya para apretarla contra su rostro.
La
forma en la que lo miraba le provocó un nudo en el estómago. Tenía unos ojos
azules increíbles, casi irreales, ya que eran muy claros y brillantes, parecía
que estuviera delante de un mar de aguas cristalinas. Sin embargo, era la
fuerza que desprendían lo que le había dejado paralizado. Intensos, se clavaban
en él como si intentaran decirle algo. Vane habría jurado que lo que había en
ellos era deseo, pero su lado racional le decía que no era probable, al menos,
no en su situación actual, cuando todavía no confiaba del todo en él. Y, aun
así, no pudo evitar que un estremecimiento recorriera su espalda.
La
primera vez que lo vio, tuvo que admitir que era el hombre más caliente que
había visto en su vida, y a eso había que añadir la admiración que sentía por
él tras conocer su historia. Era un hombre fuerte, un superviviente, pero nunca
les había atacado a pesar de desconfiar de ellos, sino que había analizado
antes la situación. No estaba dominado por un odio irracional y era evidente
que lo único a lo que aspiraba era al bienestar de su gente.
Era
un poco difícil no sentirse atraído por él.
De
repente, los ojos de Night brillaron, como si supiera exactamente lo que estaba
pensando. Inclinó un poco la cabeza hacia él, lo que le hizo creer que iba a
besarlo, pero, entonces, Bear se puso a gruñir, haciendo que Vane se pusiera en
guardia y se girara hacia su perro. Tenía el pelo erizado y enseñaba los
colmillos.
No
era una buena señal.
—¿Qué
ocurre, chico?
Bear
gruñó más fuerte y señaló con la cabeza una dirección.
—Viene
alguien —dijo Night, levantándose de un salto y olfateando el aire. Su rostro
se crispó de repente—. Guardias. Son los que tienen a mi gente.
Vane
se quedó blanco y se volvió para mirarlo.
—¿Estás
seguro de que son ellos?
—Sí,
reconozco su olor.
Su
mente trazó un plan a toda velocidad. Se echó la mochila a los hombros y agarró
a Night por un brazo antes de correr hacia un desnivel.
—Escóndete
ahí —le ordenó.
—No
—se negó este, aspirando por la nariz—, quiero su sangre.
Vane
puso ambas manos en su rostro para que lo mirara a los ojos.
—Sus
muertes no servirán de nada si tu gente permanece encerrada, ¿es eso lo que
quieres?
Night
palideció y movió la cabeza a un lado y a otro. Vane inspiró hondo.
—Permanece
escondido. Hagan lo que hagan y digan lo que digan, no salgas. Si esto acaba en
un combate, corre a casa sin que te vean y explícale a Max lo que ha pasado,
¿entendido?
El
otro hombre asintió muy despacio, aunque no consentiría que Vane peleara solo.
Su olfato le decía que había cinco guardias y sabía que no eran los cinco más
amables. Los conocía a todos, ya que lo habían noqueado o golpeado en un
momento u otro. Uno amenazó con joderlo por detrás hasta desgarrarle el culo,
pero Cooper apareció antes de que lo hiciera y lo echó de la habitación.
Tendría que darle las gracias por eso, después de agradecerle que le hubiera
liberado y llevado hasta Vane.
Saltó
el desnivel y se acuclilló para evitar ser visto, aunque, en esa posición, más
alta que desde donde estaba Vane, podía vigilarlo y asegurarse de que no le
pasara nada. Lo vio deslizar la mano hacia su espalda, por debajo de la
camiseta, donde tenía un arma escondida. Su corazón tartamudeó al verlo
maniobrar con ella; a pesar de no estar muy seguro de cómo se usaban las
pistolas, había visto muchas veces a los guardias prepararlas para disparar, de
modo que sabía que Vane se estaba preparando para una pelea.
Y
no era el único, Bear se colocó a su lado, todavía gruñendo. El macho humano le
hizo un gesto con la mano y el animal se ocultó rápidamente tras un árbol. Vane
hizo lo mismo y esperó.
Ninguno
de los dos se movió un ápice. Night esperó a ver qué pretendía hacer, un poco
preocupado porque Vane se enfrentara a cinco hombres con la única ayuda de
Bear. Estaba a punto de salir de su escondrijo para pedirle que fuera con él
cuando los hombres que habían hecho daño a su gente aparecieron.
Se
tragó un gruñido y contuvo el impulso de abalanzarse sobre ellos. Su instinto
lo animaba a acabar con la amenaza que suponían esos humanos, tanto para él
como para su gente, pero esperó. Confiaba en Vane y en su deseo de ayudar a los
suyos.
Los
guardias avanzaron mirando a todas partes y con las manos sobre sus pistolas.
Night observó con curiosidad cómo el macho que le había acogido no movía ni un
músculo, al menos, no hasta que sus enemigos pasaron de largo los árboles donde
él y Bear se ocultaban. Entonces, vio que Vane se desplazaba muy despacio fuera
de su escondite, permaneciendo de espaldas a los machos. Levantó su pistola con
una mano y, con la otra, hizo una señal a Bear que, con el mismo sigilo, caminó
hacia su amo y se adelantó unos cuantos metros para situarse cerca de los
guardias.
Night
contuvo el aire cuando Vane habló con voz gélida y firme.
—Las
manos arriba.
Los
cinco machos se detuvieron. Hicieron ademán de girarse, pero Vane lo vio venir.
—Ni
se os ocurra. El primero que no siga mis instrucciones recibirá un disparo,
¿entendido?
Night
se quedó helado al ver que uno de ellos desenfundaba su pistola y daba la
vuelta. Estuvo a punto de gritar para advertir a Vane, pero él fue más rápido y
disparó primero. El humano soltó un aullido y cayó al suelo, aferrándose un
hombro.
—Os
lo advertí —dijo Vane con una fría tranquilidad—. ¿Alguien más quiere ver si es
más rápido que yo? —Los guardias respondieron levantando las manos—. Bien,
armas fuera, todas.
Night
comprendió entonces lo que había hecho Vane; colocándose a su espalda, sus
contrincantes eran incapaces de verlo ni tampoco de maniobrar sin que el otro
macho les atacara con una clara ventaja. Su astuta estrategia hizo que lo
respetara y admirara aún más.
Los
cuatro hombres obedecieron mientras que el quinto aún estaba en el suelo,
gimoteando.
—¡Estoy
sangrando, hijo de puta! ¡Vas a pagar por esto! —le gritó a Vane, haciendo que
Night sintiera el impulso de arrancarle la garganta.
—Los
que van a pagar vais a ser tú y tus amigos por invadir mi propiedad —replicó el
aludido sin mostrar un ápice de temor. Eso hizo que se sintiera orgulloso, Vane
era muy valiente—. ¿Quiénes sois y qué hacéis en mis tierras?
—Pedimos
disculpas —respondió uno de ellos. Night reconoció a ese cabrón, le gustaba
pegar a las hembras delante de los machos, a los que encadenaba para que lo
vieran sin que pudieran hacer nada. Si se acercaba mucho a Vane, le rompería el
cuello—. No sabíamos que este lugar perteneciera a alguien.
—Estáis
en mi casa. ¿Qué queréis?
—Pertenecemos
a una empresa privada de seguridad. Buscamos a un fugitivo muy peligroso que ha
escapado y que podría estar por la zona.
—¿Puedo
ver vuestras credenciales?
—Por
supuesto.
Vane
ya suponía que tendrían todo el papeleo en orden, pero lo preguntó por mantener
el papel de propietario protector.
—Date
la vuelta y acércate, solo un poco.
El
hombre obedeció con lentitud y clavó sus ojos en él. Un segundo después, se dio
cuenta de la presencia de Bear. A juzgar por sus ojos agrandados, no esperaba
que hubiera un perro, aunque, claro, su compañero no hacía ni el más mínimo
sonido, solo se mantenía agazapado y preparado para atacar en cuanto diera la
orden.
—Saca
los papeles.
El
guardia obedeció y se metió la mano en el interior de su chaqueta. Vane se
preparó por si acaso sacaba una pistola que llevaba escondida, pero se relajó
un poco al ver que solo era su identificación. En otra situación, la habría
examinado de más de cerca, pero no valía la pena. Lo que quería era que se
marcharan cuanto antes a cierto lugar.
Tras
unos segundos, bajó el arma, aunque la mantuvo en las manos por si acaso.
—Lamento
haberles asustado, pero esta es mi casa y no me gusta que haya extraños en ella
sin avisar —dicho esto, miró al hombre herido—. Aunque ustedes no tendrían que
haberme atacado. ¿Seguro que no es ese el hombre al que buscan?
—Disculpe
a Buck —dijo el líder, forzando una sonrisa y bajando las manos—. Entró por
enchufe en la empresa y cree que por tener un arma puede hacer lo que le dé la
gana.
Vane
hizo una pausa, dejando que asuman que creía en sus palabras.
—No
he visto a nadie por esta zona —comentó finalmente—, la verdad es que por aquí
no pasa mucha gente, ya que esto está bastante aislado, por eso hice mi casa
aquí —dicho esto, señaló con la cabeza la dirección por donde estaba la
carretera—. Dudo que su hombre esté cerca, sobrevivir aquí en invierno es duro.
Lo más cerca que hay aquí es la tienda del viejo Joe. Tiene de casi todo. Es el
único lugar al que se me ocurre que pueda haber ido que esté cerca.
—¿Dónde
exactamente?
—A
unos diez quilómetros siguiendo la carretera, es fácil de ver. ¿Necesitan algo
más?
—No,
señor, gracias por todo y disculpe el malentendido.
Vane
miró al hombre herido.
—Metan
a ese idiota en cintura y no vuelvan por aquí sin avisar.
Los
hombres estuvieron conforme, recogieron sus armas y ayudaron al tal Buck a
incorporarse antes de marcharse de allí. En cuanto desaparecieron de su vista,
miró el lugar donde estaba escondido Night, que salió del desnivel y se acercó
a él, vigilando el lugar por donde se habían ido sus captores.
—Los
has dominado mejor de lo que pensaba —reconoció el hombre, mirándolo con un
brillo de admiración.
Vane
hizo una mueca.
—No
me ha gustado tener que usar el arma, ya que recelarían de mí, pero creo que se
han creído lo que les he dicho. —Se le escapó una sonrisa—. Pero he conseguido
lo que quería.
Night
ladeó la cabeza.
—¿Alejarlos
de aquí?
—No
solo eso. Si tenemos suerte, probablemente no volverán por esta zona, lo que
significa que los mantendremos alejados de ti. Y, además, estoy casi seguro de
que irán a informar a los hombres que tienen a tu gente.
El
otro hombre se sobresaltó.
—Quieres
decir…
—Que
probablemente irán al lugar donde tienen a tus amigos —le sonrió mientras
sacaba el móvil y marcaba el número de Max—. Mi hermano y yo vamos a seguirlos,
nos conducirán al lugar donde están y entonces podremos prepararnos para
sacarlos de allí.
—Voy
con vosotros.
Vane
se quedó parado al oír esas palabras. Miró a Night, que lo observaba a su vez
con decisión.
—No.
—Es
mi gente, tengo que ayudarlos.
—Night,
no estás preparado para esto, no sabes lo que tienes que hacer.
—Haré
todo lo que me digáis. Por favor, tengo que ir.
Sus
palabras hicieron que se ablandara un poco. Comprendía que no pudiera quedarse
de brazos cruzados mientras sus compañeros seguían encerrados, pero temía que
cometiera una estupidez e intentara liberarlos por su cuenta, eso podría
provocar que los masacraran a todos.
Sin
embargo, podía ver en sus ojos que no pensaba ceder. Suspiró y después le lanzó
una mirada de advertencia.
—Harás
lo que te digamos, ¿entendido? Nada de actuar por tu cuenta, aún no estás
preparado.
Night
se relajó e incluso sonrió un poco.
—Sí,
tienes mi palabra.
Vane
asintió y, entonces, Max contestó al teléfono.
—¿Todo
bien, hermanito? —le preguntó con un deje de inquietud. Aún estaba preocupado
por su estado emocional y, aunque lo apreciaba, ahora no era el momento.
—Max,
coge el Jeep, armamento básico y sal cagando leches hasta la carretera.
Búscanos a Night y a mí.
Su
hermano reaccionó de inmediato sin hacer preguntas.
—Salgo
ahora —y colgó.
Vane
se dirigió entonces a Bear. Se agachó a su lado y le acarició la cabeza.
—Ve
a casa, chico. A esto no puedes acompañarme.
El
perro gimió un poco, pero obedeció y se fue trotando hacia casa. Por otro lado,
Vane le hizo un gesto a Night para que le siguiera. Ambos caminaron hacia la
carretera para esperar a que llegara Max. Mientras tanto, Vane empezó a
explicarle lo que debían hacer.
—Escúchame
bien, no estamos preparados para liberar a tu gente, así que no hagas nada.
Solo somos nosotros tres, tendríamos que enfrentarnos a muchos guardias y tanto
nosotros como tus amigos podríamos acabar muertos, ¿lo entiendes?
Night
asintió.
—No
quiero que les pase nada.
Vane
suspiró.
—Por
ahora, averiguaremos dónde están, y, entonces, nos prepararemos. Tenemos que
hacer muchas cosas antes de sacarlos de allí —dicho esto, frunció el ceño—.
Dijiste que había muchos guardias, ¿verdad?
—Sí.
—Pero
no sabes cuántos de vosotros hay, ¿verdad?
—Solo
he conocido a los machos que han convivido conmigo, algunos contra los que me
han obligado a pelear y a las hembras que me han traído para que criáramos.
Ellas me contaron que les llevaban a muchos de los nuestros para que las
tomaran, a ver si podían tener hijos.
Vane
se paró en seco. ¿Qué demonios acababa de decir?
—Espera,
¿os obligan a tener sexo para que tengáis hijos?
—Sí.
Su
mente empezó a trabajar, pero no tenía sentido. ¿Con qué objetivo intentaban
que tuvieran hijos? Hasta ahora, parecía que lo único que querían eran
prototipos militares más fuertes que los soldados actuales, ¿de qué les servían
unos niños?
—Vane,
¿qué ocurre?
Él
sacudió la cabeza y miró a Night, parecía inquieto al ver que no avanzaba.
—¿Qué
les hacen a los niños? ¿Lo sabes?
Este
negó con la cabeza.
—Ninguna
de nuestras hembras se ha quedado embarazada. Ellas me contaron que les daban
muchas drogas para que fueran fértiles, pero nunca han podido concebir. —Hizo
una pausa con el ceño fruncido—. ¿Eso significa algo para ti?
—No…
y por eso me preocupa. No tengo ni idea de lo que querrían hacer con vuestros
hijos. —Se quedó callado un segundo y luego suspiró—. Está bien, luego
hablaremos de esto. Hay un par de cosas que me gustaría preguntarte, pero lo
primero es lo primero, vamos a encontrar a tus amigos y a buscar el modo de
sacarlos de dondequiera que estén.
Para
entonces, habían llegado a la carretera y Vane obligó a Night a detenerse antes
de que entrara en el asfalto. Le dio un par de nociones básicas sobre lo que
era y para qué servía, así como sobre los coches. Al minuto de estar allí,
oyeron un chirrido que hizo que Night pegara un salto y se agazapara, preparado
para el combate, sin embargo, Vane le hizo un gesto para que se calmara y le
señaló el Jeep negro con cristales tintados que conducía su hermano.
Este
se detuvo justo delante de ellos, sin apagar el motor. Vane condujo a Night a
la parte de atrás. A este no le hizo gracia el pequeño receptáculo, pero el
hecho de que Max estuviera dentro le dio un poco de confianza. Si le estuvieran
mintiendo, no se encerrarían con él en un lugar tan pequeño. Así que se metió
dentro y se sentó antes de que Vane también se subiera y se inclinara sobre él.
—Voy
a ponerte un cinturón de seguridad, ¿de acuerdo? —mientras le hablaba, le
mostró una especie de cinta. No parecía muy fuerte, pero le recordaron a las
cuerdas que los médicos utilizaban para mantenerlo atado sobre las mesas para
hacerle pruebas. Vane debió de ver el terror en su rostro, a juzgar por lo que
le dijo a continuación—. No son para retenerte, solo sirven para protegerte en
el caso de que el coche se dé un golpe. Mira —nada más acabar de hablar, dio un
fuerte tirón en el que la cinta apenas se movió un poco. Después, Vane aflojó
su agarre y volvió a tirar de ella con más suavidad, de modo que el cinturón
cedió fácilmente. El macho se lo abrochó a la altura del pecho con otra cinta,
dejando sus brazos libres, lo que le reportó cierta seguridad. También le
mostró cómo quitárselo si quería y le entregó una bolsa antes de dedicarle una
sonrisa triste—. Es tu primer viaje en coche y va a ser un poco brusco, así que
es posible que te marees. Si tienes ganas de vomitar, échalo aquí dentro, ¿de
acuerdo?
Night
asintió y observó cómo Vane se colocaba en el asiento de delante con el
semblante serio. Que él y Max también llevaran puestos los cinturones le
aseguró que no se trataba de algún tipo de trampa.
De
repente, escuchó una especie de rugido y una fuerza invisible lo echó hacia
atrás. Por las ventanas, pudo ver que estaban en movimiento y, aunque Vane ya
le había explicado que los vehículos servían para desplazarse de un lugar a
otro más rápido, no esperaba algo así. Vane se giró entonces y le tocó una
rodilla. El gesto le resultó reconfortante.
—Tranquilo,
no te hará daño. Te acostumbrarás a la sensación.
Night
inspiró profundamente, intentando calmarse. Por suerte, Max empezó a preguntar
a dónde iban y qué había pasado. La conversación lo ayudó a distraerse de la
extraña sensación que inundaba su estómago.
—Ve
a la tienda de Joe, pero no te acerques demasiado. Rodéala y aparca en el
extremo más alejado.
Max
frunció el ceño.
—¿Una
operación de vigilancia?
—Han
venido los hombres que tienen a la gente de Night.
Night
vio por el espejo que el macho apretaba los labios, así como escuchó cómo
aferraba el objeto negro circular con más fuerza.
—¿Han
estado en tu casa? —preguntó lentamente, como si le costara hablar.
—Sí,
pero he logrado echarlos. Somos propietarios celosos, no nos gustan las visitas
que no invitamos.
—Así
que les has mostrado que vas armado.
—Eran
cinco y no pensaba presentarme ante ellos sin una pistola. Afortunadamente,
nuestro país es muy protector con las residencias privadas y no sospecharon
nada.
—¿Qué
excusa te dieron?
—Empresa
privada de seguridad.
—¡Mierda!,
son buenos. ¿Tenían papeles?
—Sí.
No los examiné de cerca porque habrían sospechado que soy un experto en la
materia, aparte de que no quería que me consideraran una amenaza para ellos,
pero estoy seguro de que las documentaciones están en regla.
—O
muy bien falsificadas.
—Creo
que la mayoría de los guardias serán veteranos de guerra o personas que vienen
de empresas de seguridad.
—¡Joder!
¿Tan bien preparados crees que están?
—Si
nadie ha sospechado de ellos hasta ahora, creo que sí.
Max
masculló algo que Night no pudo entender, pero intuyó que era algo parecido a
una maldición. No podía seguir bien la conversación, sin embargo, el tono le
hizo entender que Vane y él estaban preocupados por la aparición de esos
hombres. Decidió preguntarles más tarde qué querían decir exactamente ya que,
por ahora, estaban enfrascados en lo que debían hacer.
—El
caso es que les he enviado a la tienda de Joe —continuó explicando Vane—, creo
que irán allí a preguntar por Night, pero, después, tendrán que informar a sus
jefes.
Los
ojos de su hermano brillaron.
—Eso
significa que nos llevarán adonde tienen a los amigos de Night.
—Exacto.
—Vale,
ya veo lo que quieres hacer.
—Encontrar
su ubicación y, si podemos, analizaremos el edificio. Eso nos ayudará a
hacernos una idea del número de personas que pueden estar allí retenidas y nos
dirá qué envergadura tiene esto.
—Vamos
a necesitar hombres para rescatarlos.
—Eso
no me preocupa, confío en nuestra unidad. Son los únicos a los que confiaría mi
vida.
—Además
de nuestros hermanos.
—Era
evidente que contaría con ellos —asintió Vane—. También necesitaremos más
cosas, pero lo importante ahora es obtener toda la información del enemigo que
podamos.
Max
asintió y siguieron su recorrido en silencio. Night deseaba preguntar de qué
hablaban, pero ambos parecían tan concentrados en la carretera que no se
atrevió a abrir la boca. Además, estaba tan ansioso por saber dónde estaba su
gente que casi no podía ni pensar con claridad.
Agradeció
en silencio que el coche fuera perdiendo velocidad hasta detenerse en un lugar.
Los machos se quitaron los cinturones, por lo que él también lo hizo después de
un par de intentos y se aproximó a ellos.
—¿Ahora
qué hacemos?
—Esperar
a ver a los hombres de antes —respondió Vane—. Te están buscando, creen que te
has escapado y que no tienes a nadie que te ayude, por lo que dan por hecho que
estarás tan confundido por el mundo que te rodea que no tendrás el cuidado
suficiente como para esconderte de otras personas. Tienen la esperanza de que
alguien te haya visto y yo les he enviado aquí. Imagino que preguntarán por ti
aquí y que luego o irán a un par de sitios más o regresarán al lugar donde
están sus jefes.
—¿Qué
es eso?
—Un
jefe es el que manda —explicó Max—, el que da las órdenes.
Night
asintió.
—Los
médicos eran los jefes.
—¿Los
que os hacían las pruebas?
—Sí
—gruñó—. ¿Crees que el lugar donde están los médicos es el mismo en el que
tienen a mi gente?
Vane
hizo un gesto afirmativo.
—Y,
si no es así, en el lugar donde están ellos tiene que haber algo que nos
indique dónde están. Sea como sea, no nos iremos con las manos vacías.
—¿Qué
significa eso?
—Es
una expresión, significa que conseguiremos algo pase lo que pase.
Night
se sintió inmensamente agradecido por lo que esos humanos estaban haciendo por
él y sus compañeros. Cada vez le parecía más evidente que había encontrado por
fin a buenos humanos que se preocupaban por su especie y que querían liberarla.
Estaba a punto de expresar su agradecimiento cuando vio que el cuerpo de Vane
se tensaba. Sus músculos se contrajeron en respuesta, preparado para protegerlo
si era necesario.
—Son
esos de ahí —dijo, señalando con disimulo en una dirección.
Night
miró a través del cristal y vio a tres de los cinco hombres. No encontró ni al
que estaba herido ni al macho humano al que le gustaba sedar a su gente con
pistolas de dardos o propinándoles descargas con un taser.
—¿Dónde
está al que le has disparado y el otro macho?
—¿Has
disparado a uno de ellos? —preguntó Max, sobresaltándose.
Vane
frunció el ceño.
—Él
intentó atacarme —respondió antes de señalar el único vehículo grande que había
en el aparcamiento—. Tienen que estar en esa furgoneta. Si vienen con la
intención de capturar a Night, necesitarán un sitio grande donde encerrarlo.
—Además
de muchos sedantes —adivinó Max—. Claro, irán preparados por si uno de ellos
está herido.
—En
su equipo debe de haber alguien que tenga conocimientos médicos básicos.
—¿Un
enfermero militar, como Dylan?
—Sí.
—¿Qué
es eso? —preguntó Night.
—Un
soldado que ha estudiado medicina. Entiende tanto de combate como un poco de
medicina, lo suficiente para curar heridas en mitad de una batalla —dicho esto,
vieron cómo los tres hombres se subían en la camioneta que había señalado Vane
y arrancaron—. Bien, esta es la nuestra. Sígueles, Max, pero con cuidado. No
deben saber que conocemos su verdadera identidad.
Max
obedeció y fue tras ellos a cierta distancia. Night se puso el cinturón, pero
procuró mantenerse cerca de Vane para poder ver mejor el vehículo en el que
iban los guardias que hacían daño a su gente.
—Vane
—lo llamó.
—¿Sí?
—Tienes
una idea para liberar a los míos, ¿verdad?
—Sí.
—¿Puedo
preguntarte cuál es?
Este
se giró para mirarlo.
—Te
lo explicaré cuando volvamos a casa, ¿de acuerdo? Antes es importante saber
todo cuanto podamos sobre las personas que tienen a tu gente.
Night
recordó algo que Vane le dijo.
—La
información es poder.
Este
asintió con aprobación.
—Bien,
vas aprendiendo. Así
es como los médicos os controlan, procuran que sepáis lo menos posible. —Hizo
una pequeña pausa en la cual le sonrió—. Vamos a enseñarte todo cuanto podamos, y,
cuando liberemos a tus amigos, ellos también tendrán el mismo derecho a
aprender. Solo necesitamos saber a qué nos enfrentamos y cómo combatirlo.
—No
estoy seguro de lo que eso quiere decir.
Vane
iba a responder cuando Max les avisó de que entraban en algo llamado polígono. Night contempló un poco impresionado
los grandes edificios, muchos parecían más descuidados y bajos que los que
había visto en la televisión y, no supo por qué, le dieron mala espina.
—Teníamos
razón, Vane —dijo Max.
Él
asintió.
—¿Qué
es este sitio? —preguntó Night.
—Es
un lugar lleno de almacenes y fábricas. Los almacenes sirven para guardar cosas
y las fábricas son edificios donde se crean todo tipo de productos. Son sitios
que dan trabajo para conseguir dinero.
—El
dinero es importante —recordó Night—. ¿El trabajo da dinero?
—Sí,
dependiendo del trabajo, ganas más o menos dinero.
—Es
mejor ganar más dinero —aventuró, asegurándose de que había comprendido lo que
Vane le explicó.
Este
asintió.
—Exacto
—dicho esto, cogió el brazo de su hermano—. Reduce la marcha, están parando.
Max
obedeció y detuvo el coche al otro lado de la calle, entre dos coches para que
llamara menos la atención. Los tres miraron a través de los cristales cómo la
furgoneta entraba en un gran edificio de tres pisos aparentemente abandonado
desde hacía años. Max le dio un puñetazo amistoso a Vane en el hombro.
—¡Sí!,
tiene que ser aquí.
—Apunta la
dirección y vayamos a casa. Encontraré todos los mapas de ese lugar y los
estudiaremos hasta conocerlos como la palma de nuestra mano. Entonces,
trazaremos un plan y sacaremos a la gente de Night.
Nada
más llegar a casa, Vane se puso a buscar planos del edificio abandonado, el
cual estaban prácticamente seguros de que era la instalación en la que tenían
encerrada a las personas como Night. Pronto averiguó que antes había sido, de
hecho, una fábrica de fármacos perteneciente a una empresa fantasma que Vane,
estaba convencido, pertenecía en realidad a Mercile.
Por
otro lado, había enviado a Max a reconocer la zona alrededor de dicho edificio
para saber si alguno de los almacenes o fábricas de alrededor estaban activos,
aunque ambos sospechaban que no. Por eso nadie habría sospechado de una
supuesta fábrica abandonada de la cual entraban y salían furgonetas.
En
cuanto a Night, había aguantado bien su primer viaje en coche, aunque al salir
se le notó que iba algo mareado. Ethan le echó un vistazo, pero tan solo le
recomendó que se tumbara unos minutos y que después se le pasaría. Aprovecharon
ese momento para que también comiera algo. Sin embargo, no tardó mucho en
volver a ponerse en pie e ir a su lado en la mesa del comedor.
—Vane
—lo llamó.
Levantó
la vista para mirarlo. Su expresión era dubitativa.
—¿Sí?
Tras
unos segundos más de duda, sacó una silla y se sentó junto a él, bastante
cerca. Eso estuvo a punto de arrancarle una sonrisa, Night empezaba a confiar
en ellos.
—Me
gustaría saber qué se te había ocurrido para liberar a mi gente.
Iba
a responder cuando escuchó los pasos de Max y Ethan a sus espaldas. Se giró
para mirar a su hermano, que hizo un asentimiento.
—Hasta
ahora hemos acertado, ese polígono está prácticamente abandonado. Nadie podía
adivinar que Night y los demás estaban allí dentro.
Ya
lo imaginaba, pero tenían que estar totalmente seguros para poder obrar con el
debido cuidado. No podía permitirse cometer errores, no cuando había gente en
peligro y que necesitaba su ayuda.
—¿Cuál
es el próximo paso? —preguntó Ethan.
Notó
que Night se inclinaba un poco para escuchar con atención. Vane sacó el objeto
que llevaba guardado en el bolsillo y lo dejó sobre la mesa para que todos lo
vieran. No era más grande que la palma de su mano y parecía una especie de
mosquito metálico, solo que llevaba una cámara en vez de cabeza.
—¡Guau!
¿Es un modelo nuevo? —preguntó Max, mirándolo desde todos los ángulos.
—Aún
no está en el mercado, le estaba haciendo los últimos retoques antes de que Ash
y yo lo anunciáramos.
—¿Qué
es? —preguntó Night, también observando el objeto de cerca.
—Una
cámara.
—No
lo parece.
—Esa
es la idea. Sirve para espiar y recoger información sin que el enemigo se dé
cuenta.
Los
ojos de Night brillaron de comprensión.
—¿Quieres
espiar a los médicos?
Vane
asintió y señaló los planos.
—Tenemos
mapas del edificio, eso significa que ya sabemos cómo es por dentro. Conocemos
sus entradas, salidas y habitaciones, pero todavía necesitamos averiguar
cuántos guardias custodian a tu gente, por no hablar de cuántos sois, porque me
has dicho que no lo sabes.
—No,
lo siento. ¿Eso es importante?
—Sí,
porque dependiendo de cuántos seáis necesitaré más o menos hombres.
Night
se echó atrás en la silla, poniendo cara de pocos amigos.
—¿Otros
humanos?
—No
podemos hacer esto con solo dos personas, Night. En esa instalación habrá
muchos guardias, y Max y yo, aunque sabemos pelear, no seremos lo bastante
fuertes como para enfrentarnos a un centenar de hombres armados. Te prometo que
son gente de confianza, amigos nuestros, personas a las que hemos confiado
nuestras vidas y que jamás nos han traicionado.
Sus
palabras parecieron calmarlo un poco, aunque seguía indeciso. Vane le sonrió.
—Es
normal que no confíes en ellos porque son desconocidos, pero te doy mi palabra
de que no acudiría a ellos si pensara que son un peligro para tus compañeros.
Night
inspiró hondo y asintió.
—Entiendo
que son muchos humanos. Os matarán si vais solos. Confío en ti.
Sus
palabras significaron mucho para él. Habían pasado solo unos días desde que los
conocía, pero, al parecer, lo habían hecho bastante bien como para que Night
confesara que tenía fe en ellos.
Solo
esperaba que todo fuera bien y pudiera ser digno de ello.
—¿Deberíamos
llamar a Zane y los demás? —preguntó Max, interrumpiendo sus pensamientos.
Vane
hizo un gesto negativo.
—Todavía
no, primero quiero tener toda la información posible sobre esos médicos.
Además, creo que para Night será demasiado tener aquí a tantas personas.
Este
esbozó una media sonrisa, dando a entender que así era. Por otro lado, Max
abrió y cerró la boca.
—Es
verdad. Perdón.
—En
cuanto sepamos cómo vamos a entrar y salir de ese edificio, hablaremos con
ellos y después reuniremos al resto. Además, eso nos dará más tiempo.
—¿Más
tiempo?
—Para
entrenar a Night. Vendrá con nosotros.
La
expresión del susodicho fue de sorpresa, pero, después, la alegría apareció en
su rostro. Era la primera vez que lo veía sonreír de esa manera y la verdad es
que se quedó un poco anonadado. Aunque su hermano Max se encargó de hacerle
reaccionar.
—¿Qué?
—masculló, sorprendido—. Vane, esa gente está encerrada con monstruos
desalmados que los torturan todos los días, nos necesitan ahora. Y a Night le
haría falta por lo menos tres años de preparación.
—No
quiero que venga con nosotros por eso —replicó, mirando a su hermano—. Piénsalo
un segundo, los amigos de Night… —Hizo una pausa y se giró hacia él—. Dijiste
que has estado encerrado toda tu vida. ¿Con los demás ocurre lo mismo?
—Sí,
al menos con los machos y hembras que he conocido. He oído que a algunos los
envían a sitios nuevos, pero creo que también son como yo.
Vane
asintió y volvió a dirigirse a su hermano.
—Esas
personas solo han tenido contacto con gente que los ha maltratado, ¿cómo crees
que reaccionarán cuando entremos armados? Pensarán que hemos ido a matarlos, no
confiarán en nosotros —dicho esto, señaló a Night con la cabeza—. Pero a él lo
conocen. Max, lo último que necesitamos es que sus amigos nos ataquen, harán
más difícil que les ayudemos.
Night
volvió a acercarse a él.
—A
mí me escucharán. Puede que algunos se muestren recelosos al principio, pero me
creerán al verme libre y sin cadenas.
Max
parpadeó y lo meditó un momento.
—La
verdad es que no lo había pensado. Es una buena idea. Pero me sigue preocupando
que Night no sepa defenderse.
—Tú
le enseñarás mientras lo preparamos todo.
—Oye,
Vane —intervino Ethan—, ¿qué pasará si hay muchas personas?
Él
frunció el ceño.
—¿Te
refieres a víctimas?
—Sí.
Sabes que yo puedo atenderlas, pero, ¿y si necesitan operación urgente?
—¿Operación?
—interrogó Night, confuso.
Ethan
le respondió con una mirada inquieta.
—Las
operaciones son un conjunto de procedimientos médicos que se utilizan en
personas heridas de gravedad, algunas con riesgo de muerte. Gracias a ti me
hago una idea de cómo estarán físicamente, pero me preocupa lo que le dijiste a
Vane de que usan a tus amigos para que peleen entre ellos. ¿Es muy duro? ¿Ha
llegado a morir alguno de ellos por esas pruebas?
Night
palideció.
—Las
drogas nublan nuestra mente y no reconocemos a nuestros compañeros. A los que
no les drogan intentan no hacer daño, pero no siempre es posible. A otros les dan
palizas hasta que no se tienen en pie y muchas de nuestras hembras enferman por
las pruebas que les hacen.
¿Te refieres a eso?
El
color de la cara de Ethan se volvió tan blanco como el suyo. Se giró hacia
Vane.
—Vane,
necesitamos médicos y personal de enfermería. Sabes que haré todo lo que pueda
por ellos, pero no puedo atender a diez personas a la vez.
—¿Hay
alguien en quien confíes lo suficiente como para trabajar contigo?
—Mi
hermana y algunos compañeros del trabajo. Pero si hay mucha gente, vamos a
necesitar más.
Vane
asintió.
—Si
nos vemos obligados a contratar gente, hablaré con Shawn. Él puede…
—Si
son muchas personas, necesitaremos encontrar un lugar para ellos —dijo Max de
repente.
Night
frunció el ceño.
—¿Por
qué no pueden quedarse aquí, como yo?
—Si
son muchos no cabremos —respondió Vane—. Tus amigos estarán heridos y cansados,
no voy a permitir que duerman en el suelo. Por lo que has dicho, muchos
necesitarán camas de verdad. Merecen un poco de comodidad después de todo lo
que han pasado. —Hizo una pausa y suspiró—. De todos modos, no hagamos
suposiciones todavía. Mañana veremos de cuánta gente estamos hablando y
empezaremos a planear un modo de entrar y salir con todas esas personas.
Todos
estuvieron de acuerdo, aunque Night parecía todavía un poco desorientado. Vane
lo tranquilizó diciéndole que aún era pronto para trazar un plan y que
esperarían a ver a qué se enfrentaban exactamente. Eso pareció calmarlo, por lo
que todos regresaron a sus quehaceres. Ethan empezó a buscar a todos los
médicos y enfermeros de confianza con los que había trabajado y a tener sus
contactos preparados para cuando los necesitaran, Max dedicó la tarde a
aprender a manejar la cámara oculta que Vane les había mostrado, la cual era un
dron con la capacidad de volar, y este volvió a darle clases de lectura a
Night, que progresaba poco a poco.
Por
la noche, este fue a la habitación de Vane en cuanto se aseguró de que todos
estaban dormidos. Ese día había sido muy revelador para él: los guardias que
habían ido a buscarlo no parecían conocer de nada a Vane y este había disparado
a uno de ellos sin pensárselo dos veces. Eso le decía que el macho no estaba de
su lado y, por tanto, no tenía nada que ver con los médicos.
Le
había dicho la verdad.
Saber
que por fin era libre y que tenía una oportunidad de salvar a su gente hizo que
confiara plenamente en los humanos de aquella casa, pero, sobre todo, en Vane. Necesitaba
decirle lo agradecido que estaba por todo lo que había hecho por él, por lo que
estaba haciendo ahora por su gente.
Vio
una luz tenue por la ranura de la puerta que conducía a su habitación. Llamó con
suavidad y se asomó un poco. El macho estaba despierto todavía y le sonrió al
verlo entrar. Fue consciente también de la presencia de Bear, que dormía sobre
un mullido colchón para perros cerca de la cama de Vane. Al reconocerlo, volvió
a apoyar la cabeza sobre el colchón, cerró los ojos y soltó un suave resoplido.
—¿Puedo
ayudarte en algo, Night? —le preguntó Vane.
Se
acercó a él, momento en el que se fijó en que, sobre las mantas, había unos
cuantos papeles que reconoció como los planos del edificio donde sus amigos
estaban encerrados. Saber que Vane los seguía estudiando le provocó un cálido
sentimiento en el pecho, estaba gastando sus horas de sueño en ayudar a los
suyos.
—Deberías
descansar —le recomendó, un poco preocupado. Ethan le había dicho que dormir
era muy importante para su salud y no quería que Vane enfermara por su culpa.
Este
hizo una mueca, pero apartó los papeles y los dejó sobre la mesa.
—Es
que esto me pone nervioso.
Night
asintió, entendiendo lo que quería decir. Él también estaba nervioso, deseaba
liberar a su gente ahora que sabía dónde estaban, pero también entendía que
había muchos humanos allí, humanos malvados y muy peligrosos. Vane y Max no
podían hacerlo solos y no deseaba que murieran. De hecho, no estaba seguro de
que Vane debiera ir; había tocado sus cicatrices y sabía que sus heridas
tuvieron que ser muy graves. Ni siquiera podía mover bien su brazo, aunque
tampoco lo subestimaba. Podría haber matado a los guardias que habían ido a
buscarlo si hubiera querido.
—Night,
¿necesitas algo? —le preguntó el macho de nuevo al ver que se quedaba quieto.
Avanzó
hacia la cama y se sentó a su lado.
—Quería
darte las gracias —Vane
parpadeó, como si estuviera sorprendido. Él siguió hablando—. Por lo que has
hecho por mí, por lo que estás haciendo por los míos. Son… lo único que tengo,
la única cosa importante para mí. Hoy he visto que no me has mentido, que no
has estado jugando a alguno de los retorcidos juegos de los médicos para
engañarme, manipularme o hacerme daño. Nunca pensé que conocería a un buen
humano y… yo… —Un nudo en la garganta le impidió seguir hablando. La última vez
que había llorado había sido cuando era un niño. Cuando creció, se dio cuenta
de que eso no servía para nada, nadie iría a ayudarlo por escuchar sus
sollozos, no ocurriría ningún milagro. Sin embargo, las emociones que tenía en
su interior lo abrumaron y se agolparon en sus ojos en forma de lágrimas. Eso
lo avergonzó un poco, no quería que Vane pensara que era débil.
Pero,
una vez más, el macho lo sorprendió de nuevo cuando lo atrapó en un fuerte
abrazo. Su gesto de consuelo y apoyo lo conmovió profundamente.
—No
tienes que darme las gracias —susurró Vane—. Haré todo lo que pueda por
vosotros, Night. Lo prometo.
Le
devolvió el abrazo, aunque tuvo la sensación de que, más que abrazarlo, se
aferró a él como si su vida dependiera de ello. A Vane no pareció importarle,
ya que no intentó arrastrarse lejos de sus brazos. Eso le dio la suficiente
confianza como para permitir un contacto completo con su cuerpo y enterrar la
cara en su cuello; que Vane no lo rechazara lo tranquilizó y se limitó a dejar
que lo consolara.
También
aprovechó el momento para aspirar su olor. Contuvo un gemido al percibir su
aroma mezclado con el de Vane. La idea de que tuviera su olor encima le gustaba
más de lo que esperaba, de hecho, deseaba marcarlo de tal forma que otros no se
acercaran a él para montarlo.
Ahora
ya no le importaba sentirse atraído por el macho humano, es más, hasta sentía
un poco de curiosidad. Casi sonrió al recordar cómo había reaccionado Vane a su
cercanía, su olfato no le había mentido cuando había percibido su excitación en
el aire. Se sentía atraído por él y eso le dio un poco de confianza, a pesar de
que no estaba seguro de cómo hacérselo saber, nunca había tenido sexo porque le
gustara alguien, los médicos solo lo habían amenazado con dejar que los
guardias violaran a las hembras que él se negaba a montar. A veces, habían
abusado de ellas de todas formas: las golpeaban, las inmovilizaban y luego las
penetraban con el único objetivo de satisfacer sus propias necesidades, sin
importar si les hacían daño. Él jamás le haría algo así a Vane, la sola idea de
causarle dolor de algún modo le horrorizaba.
Decidió
preguntarle a Max sobre la forma correcta de acercarse a Vane. Quería que viera
que no era como esos estúpidos humanos que le habían traicionado y que le
trataría con el respeto y aprecio que merecía. Sin embargo, no estaba seguro de
cómo hacerlo, temía ofenderlo de algún modo sin querer. Aun así, si Max
le enseñaba cómo debía comportarse, estaba dispuesto a aprender por él.

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