Capítulo 37. Liberación
Lo primero que notó cuando recuperó la conciencia, fue
el chisporroteo de conversaciones en la distancia.
Frunció el ceño, preguntándose qué estaba pasando.
¿Por qué había tanto ruido? ¿Habría ocurrido algo? ¿Las víboras de Orochimaru
habían vuelto para arrebatarles las cosechas otra vez? ¿O para llevarse a una
de sus mujeres?
Abrió los ojos de golpe y se incorporó con un jadeo.
La confusión lo dejó paralizado por un momento. No estaba en casa, sino en una
tienda de colores blancos y grises en cuya tela bailaban sombras de hombres y
mujeres sentados junto a una fogata.
¿Pero qué…?
—Ah, ya te has despertado.
Desvió la vista hacia su izquierda y retrocedió con
torpeza, pataleando sobre la manta y el colchón de paja, aunque, al hacerlo, se
mareó y cayó sobre su costado. Se llevó las manos a la cabeza y se dio cuenta
de que llevaba puesto un vendaje.
—Eh, eh, eh. Con calma —le dijo el hombre que había a
su lado.
No lo reconocía. Tenía piel pálida, pelo corto negro y
ojos oscuros. Él conocía a todos en su aldea. Solo podía ser una víbora de
Orochimaru.
Sin embargo, en vez de patearlo o golpearlo, se agachó
a su lado y lo ayudó a incorporarse con cuidado. Sus dedos eran amables sobre
sus hombros y su tono de voz era suave y tranquilizador.
—Tómatelo con calma. Ha sido un día muy duro —le dijo,
alejándose un momento para alcanzar algo que le tendió—. Toma, bebe un poco. Te
refrescará. Seguro que tienes hambre y sed.
¿Era un truco? ¿Qué estaba pasando? ¿Dónde estaba? ¿Y
los abuelos?
Tragó saliva y trató de mantener la calma. Tenía que
estar tranquilo, no podía perder el control de sus emociones. Tenía que pensar
antes de actuar.
Miró de reojo al hombre. Le sonreía con amabilidad y
no vio un atisbo de impaciencia o burla en sus rasgos. Simplemente, esperaba.
Bajó la vista hacia la bota que le ofrecía. Su
garganta ardió por la sed, pero se contuvo. Las víboras de Orochimaru podían
ser muy retorcidas.
Sin embargo, los ojos del hombre brillaron de repente
y, sin decir una palabra, abrió la bota y bebió de ella un par de tragos bien
sonoros, asegurándole que estaba bebiendo de verdad. Eso le hizo parpadear y,
entonces, bajó la guardia.
El hombre se limpió la boca con el dorso de la mano y
le ofreció de nuevo la bota. Él la cogió sin pensarlo y empezó a beber. Estaba
más fría de lo que pensaba y tosió un poco.
—Vamos, vamos, tranquilo. Es toda tuya, no te la voy a
quitar —rio el extraño—. Yo ya tengo la mía en mi tienda.
Bebió hasta que no pudo más, y, después, contempló de
nuevo al hombre. Era joven, aunque más mayor que él, sin duda tendría unos
veintipocos años, y comprobó, de nuevo, que no le era en absoluto familiar. Sin
embargo, tampoco parecía ser una de las víboras de Orochimaru, de hecho, se dio
cuenta enseguida de que era extranjero por la túnica azul con el blasón blanco
del Reino del Hielo en el pecho y la piel de lobo con la que se cubría.
¿Qué hacía el Reino del Hielo allí?
Gimió de dolor por una punzada que le atravesó la
cabeza, pero el hombre lo sujetó con cuidado mientras unos recuerdos
destellaban en su mente.
Era cierto, estaban en guerra. Orochimaru había
secuestrado a uno de los príncipes del Hielo. Tanto este como el Reino del
Fuego les habían declarado la guerra. Sí, era verdad, los rebeldes les
advirtieron que vendrían a ayudarlos, que habían alcanzado algún tipo de
acuerdo…
¿Qué pasó después? Sentía que de eso hacía ya mucho
tiempo.
Una batalla. Sí, los extranjeros tomaron el puerto con
éxito. Sus abuelos habían tenido esperanza entonces, creyeron que había
posibilidades de que se librarían de Orochimaru de una vez por todas…
Entonces, vio la sangre. El humo, el fuego.
Jadeó, recordándolo todo de golpe, y los ojos se le
llenaron de lágrimas.
De repente, la bota desapareció de sus manos, aunque
no le importó mucho. El hombre lo rodeó con los brazos.
—Tranquilo —susurró—. Sé que es duro ahora, pero estás
a salvo. Esto terminará pronto y podrás empezar de nuevo. Te lo prometo.
No, no podía. Los soldados le cortaron la cabeza a su
abuelo mientras intentaban huir. A su abuela le atravesaron la espalda con una
flecha, y, pese a todo, aún se levantó del suelo para protegerlo a él de tres
disparos. Le había pedido que huyera antes de que sus ojos se apagaran.
Era culpa suya. Su madre, su padre, también murieron
por su culpa. De algún modo, estaba maldito. Todos los que estaban a su
alrededor acababan perdiendo la vida por él.
No tenía nada. Nada.
Un sollozo desgarró su garganta y, antes de darse
cuenta, se estaba aferrando al hombre, más por necesitar algo en lo que
apoyarse que porque sintiera que merecía algún tipo de consuelo. Él no debería
estar respirando, no después de las muertes que había provocado.
Merecía que una víbora de Orochimaru lo matara.
—Sai, ¿qué pasa?
El hombre lo abrazó con más fuerza.
—Creo que acaba de recordarlo todo —dijo con un tono
triste. De no haber estado roto por el dolor, eso lo habría desconcertado.
No debía sentir lástima por él, estaba maldito,
después de todo.
Hubo algún tipo de intercambio de palabras entre el
hombre y la nueva voz, pero los ignoró por completo. El dolor lo ahogaba, lo
acuchillaba por dentro, lo estaba partiendo en dos. Era lo que merecía, su
castigo por haber nacido así, no debía luchar contra ello.
Se hundió en su propia desesperación, dejando que lo
devorara a mordiscos con cada destello de sus recuerdos de la horrible matanza,
de la tragedia de su padre, del cruel destino de su madre…
—¡Mírame!
Y, entonces, el dolor desapareció de repente.
La visión de unos ojos azules lo desconcertó por
completo. Eran claros como el cielo despejado de verano y brillantes como las
alas de las mariposas de las Llanuras de los Zafiros.
Nunca había visto unos ojos tan bonitos ni con una
mirada tan cálida, a pesar de estar empañados por la tristeza y la comprensión.
Se perdió en ellos, y, sin embargo, tuvo la sensación de que, de algún modo,
estaba en casa.
Durante esos momentos, tan solo pudo ser consciente de
ese chico. Ahora ya no estaba en los brazos del extraño, sino de los suyos.
Sintió sus dedos sobre la piel de sus brazos, agarrándolo por debajo de los
hombros. Eran cálidos y lo sostenían con cuidado. Sus pulgares lo frotaban de
arriba abajo.
El gesto fue pequeño y, probablemente, insignificante
para muchos. Sin embargo, él lo sintió como una oleada de ternura que lo
invadió por completo, acumulándose en su pecho.
Sus ojos no abandonaron las profundidades azules de
aquel cielo de verano mientras una nueva emoción lo inundaba. No supo por qué,
pero, de algún modo, lo supo, o lo sintió, no lo sabía. Tal vez era por la
forma en la que lo miraba, esa amabilidad y comprensión.
Eran lo mismo. Nacieron iguales.
Había otro como él.
Parpadeó con fuerza, sintiendo cómo se formaban nuevas
lágrimas en sus ojos, pero ahora eran de alivio. No había olvidado su pérdida,
pero el dolor ya no lo ahogaba. Fluía por dentro hasta sus ojos, donde
encontraban una salida segura.
El chico le sonrió de repente. También tenía pequeñas
lágrimas en sus bonitos ojos.
—Yo también me alegro de haberte encontrado.
Se le escapó un sollozo y, en un arrebato, lo abrazó.
Siempre había pensado que estaba solo, solo y maldecido por los dioses por algo
horrible que debía de haber hecho sin darse cuenta, o porque algo dentro de él
debía de estar mal. Pero, ahora… Había alguien más, y, no sabía muy bien por
qué, ya no se sentía tan solo.
El chico le frotó la espalda con una mano y, con la
otra, le acarició la cabeza. El gesto le provocó nuevas lágrimas en los ojos y
se aferró con más fuerza a él.
—Sé que esto es duro —murmuró contra su pelo—, pero
ahora estoy aquí. Te ayudaré a pasar por esto. Lo prometo.
Él sorbió por la nariz.
—Ni siquiera lo entiendo bien.
—No te preocupes, yo te lo explico todo —dicho esto,
se separó un poco y le sonrió—. Me llamo Naruto.
Se limpió los ojos con el brazo y trató de mantener
las lágrimas a raya, aunque era difícil.
—Shin.
Naruto le frotó los brazos.
—Bien, Shin. Lo primero de todo, ¿sabes lo que ha
pasado?
Él asintió y tragó saliva.
—Las víboras de Orochimaru vinieron. Los mataron… —Su
voz fue interrumpida por un nuevo sollozo al recordar a sus abuelas, pero trató
de limpiarse de nuevo los ojos, aunque no le sirvió de mucho. No dejaban de
humedecerse una y otra vez.
El chico rubio le dio un apretón.
—¿Te separaste de tu familia durante el ataque? ¿Hay
algún ser querido al que quieras buscar?
La pregunta hizo que se mordiera los labios, tratando
de contenerse. Sacudió la cabeza.
—No. —La voz se le quebró al responder—. Ya no hay
nadie.
Naruto le acarició de nuevo la cabeza.
—Lo siento mucho. Ojalá hubiéramos llegado antes.
Shin movió la cabeza de un lado a otro. No era culpa
suya. Los responsables eran Orochimaru y sus víboras.
Y él.
Sus abuelos no tendrían que haber muerto por él.
—Es mi culpa.
—¿Por qué dices eso?
Por fin, Shin se atrevió a alzar la vista. No había
reproche en esos ojos azules, solo confusión.
—Siempre es mi culpa. Mis abuelos, mi padre, mi madre…
Todos murieron por mí.
Naruto frunció el ceño, pero le cogió ambas manos y se
las estrechó con fuerza.
—Sea lo que fuera que pasó, estoy seguro de que no
querías hacerles daño.
Shin tragó saliva y nuevas lágrimas se agolparon en
sus ojos.
—Eso no cambia que ya no estén.
—Pero dudo que te culparan en ningún momento. —Y lo
dijo con tanta convicción, tanta firmeza, que a Shin le costó rebatirlo.
Recordó la sonrisa de su padre antes de morir y en las últimas palabras de su
abuela. Le temblaron los labios y las manos, que el rubio acarició con los pulgares—.
Si tus poderes tuvieron algo que ver, te aseguro que no fue tu culpa.
Esas palabras hicieron que se sobresaltara.
—¿Tú también los tienes?
Naruto le sonrió y le soltó una mano para mostrarle la
palma. De ella, brotó una pequeña llamarada que se quedó danzando entre ellos.
Era anaranjada con reflejos azules en el centro. Era preciosas.
—No son como los tuyos —le dijo el rubio—, pero son
igual de peligrosos si no se tiene cuidado. —Antes de que Shin pudiera sentir
un nuevo asomo de culpa, Naruto continuó—. Sin embargo, yo tuve a alguien que
me enseñó a controlarlos, alguien que me explicó lo que me estaba pasando y por
qué. Y me temo que tú no —dicho esto, su llama se apagó y le sonrió—. Pero,
para eso, estoy yo aquí. Y, ¿sabes otra cosa? —Su sonrisa se ensanchó—. No
estamos solos, Shin.
Él abrió los ojos como platos. Una inesperada calidez
le inundó el pecho.
—¿Hay más?
—Más de los que creemos.
Un par de horas más tarde, Naruto salió de la tienda
exhausto y hambriento, pero se sentía feliz y triunfante.
No tenía ni idea de que hubiera tantos creadores.
Pensó que el hijo de Itachi e Izumi sería el primero de muchos que vendrían,
pero, al parecer, los dioses llevaban en ello desde que él nació.
Shin solo era tres años más joven que él. Eso
significaba que podía haber más en otros reinos, y, probablemente, no habrían
nacido en las familias reales, o ya se habría enterado todo el mundo.
Eso solo podía significar una cosa. Nuevos linajes.
La sangre real había sido contaminada y los dioses
estaban engendrando creadores fuera de ella.
Por tanto, esa situación en la que estaban… podía ir
más allá del Reino de la Hierba. Podía estar ocurriendo en más lugares.
Sin embargo, era algo en lo que pensaría más adelante,
en cuanto todo aquello hubiera terminado. Ahora, debía estar muy concentrado.
Mañana empezaba la batalla de verdad, la crítica, la que decidiría la guerra. Y
no la podían perder.
Se dirigió a la fogata más cercana, donde encontró a
Sai sentado contemplando las llamas. Cuando lo escuchó llegar, se giró y le
sonrió.
—Te he guardado algo de comer. Supuse que tendrías
hambre.
Él se dejó caer a su lado y aceptó el cuenco que le
ofrecía. Había una hogaza de pan, queso y carne de conejo. Hizo una mueca ante
esta última, pero no se quejó. Sabía de primera mano que era mejor eso que
nada, y, teniendo en cuenta que el pueblo había sido reducido a cenizas, tuvo
que dar gracias porque los soldados hubieran conseguido cazar algo.
—¿Y Korin y Lee? —preguntó.
—Reunidos con mi tío, Shisui y Gai —dijo Sai
rascándose la nuca—. Han empezado la reunión sin nosotros, pero nos harán un
resumen cuando acabes. —Él asintió sin dejar de comer—. ¿Cómo está el chico?
Naruto se detuvo un momento para suspirar.
—No muy bien.
—¿Se lo has contado todo?
—Solo la esencia de lo que somos. Creo que es
suficiente con eso, ya tiene mucho con lo que lidiar.
—¿Su familia?
—Sus abuelos murieron durante el ataque, su madre,
durante el parto. —Bajó el cuenco de comida y lo miró sin verlo realmente,
pensativo—. Su padre murió intentando que Orochimaru no se enterara de lo que
era capaz de hacer su hijo.
Sai arrugó la frente.
—Pues ahora Orochimaru lo sabe.
Naruto volvió a comer.
—No me preocupa.
—¿No debería?
—No. Voy a enviar a Shin con el Clan. Allí podrán
explicarle con más detalle todo lo que necesita saber.
—¿No sería mejor tenerlo cerca?
—Shin no controla sus poderes —explicó Naruto con el
ceño ligeramente arrugado—. Tenerlo en una zona de conflicto que puede
estresarlo no es buena idea. Podría usar sus habilidades en un ataque de miedo
o rabia, como ocurrió en el pueblo, y eso nos perjudicaría más a nosotros que a
Orochimaru.
—Pero podría enviar a alguien tras él.
—Por eso lo envío con el Clan —dijo Naruto antes de
darle un bocado a la hogaza—. Si Orochimaru no ha sido capaz de encontrar su
refugio durante estos años, confío en que ahora, ocupado como está con
nosotros, no tenga ni tiempo ni ganas de hacerlo. Además, tendría que pasar por
encima de nosotros primero.
Sai entrecerró los ojos.
—¿Lo enviarás mañana a primera hora?
—Sí.
—Orochimaru se enterará de su existencia de madrugada,
como muy pronto. Nosotros iremos hacia él, y, el chico, en dirección contraria.
—Sus facciones se relajaron—. Incluso si envía a alguien a por él, no logrará
llegar a tiempo antes de que la batalla termine.
—Y tendría que rodear nuestras tropas si no quiere ser
capturado por los nuestros —añadió Naruto, lamiéndose los dedos—. Así que no
tiene sentido enviar a nadie. Tendrá que enfrentarse a nosotros con lo que
tenga.
Sai dejó escapar el aire despacio.
—Entonces, el chico no es una preocupación.
—No —dijo Naruto mientras dejaba el cuenco junto a la
fogata—. Pero, de todos modos, habrá guerreros del Clan con él. Incluso si Orochimaru
intenta hacer algo estúpido, tendrá gente que lo protegerá.
Sai asintió y se puso de pie.
—Hablando del Clan —dijo sonriendo—, te alegrará saber
que los rebeldes están compartiendo su cena con ellos.
Naruto lo miró con ojos brillantes.
—¿En serio?
Sai asintió y cruzó los brazos sobre el pecho.
—Parece que están conmovidos por cómo se lanzaron
sobre los hombres de Orochimaru para proteger el pueblo. Puede que ese pacto
tuyo te salga a pedir de boca, después de todo.
El creador sonrió lentamente.
—Eso nos vendría muy bien a todos, a la larga.
Sai lo miró con los ojos entrecerrados.
—Ya vuelves a tener esa miradita de “sé más que los
demás porque los dioses me susurran al oído”. Es un poco irritante.
Naruto sacudió la cabeza y se puso en pie.
—No sabía si eso saldría bien o no, pero deseaba que
se acercaran un poco —dicho esto, miró la gran tienda que había al otro lado de
la fogata. Su sonrisa desapareció—. Pero eso no nos concierne a nosotros.
Tenemos otras cosas de las que preocuparnos ahora.
Sai miró la tienda y su rostro se endureció.
—Cierto —dijo, encaminándose hacia allí seguido de un
silencioso Naruto.
Tal y como el Uchiha había dicho, en la tienda estaba
Fugaku, Shisui, Gai, Lee y Korin. Se encontraban alrededor de una mesa de
madera, inclinados sobre un mapa y algunos dibujos hechos a mano. Nada más
entrar, todos se irguieron e hicieron un rápido saludo con la cabeza.
—¿Todo bien, majestad? —le preguntó Gai.
Naruto asintió.
—En orden.
Fugaku lo observó un momento.
—Pareces estar mejor que en la batalla.
—Ahora que el humo se ha ido, estoy listo para lo que
sea —suspiró, un tanto aliviado. Ya sabía que el humo de los incendios no
duraría siempre, pero, aun así, agradecía la idea de poder tener un descanso en
condiciones antes de la gran batalla—. ¿Cómo vamos con la estrategia?
Fugaku y Shisui bajaron la mirada hacia los mapas.
—En un asedio, el que ataca siempre tiene la
desventaja —dijo haciendo una mueca—, pero, aun así, esperaba que tuviéramos
una mejor situación.
—¿Por qué? ¿Qué pasa? —preguntó Sai.
Shisui lo miró con mala cara.
—La fortaleza de Orochimaru tiene un foso seco.
Sai parpadeó.
—¿Qué? ¿Desde cuándo? No lo tenía cuando Sasuke y yo
estuvimos aquí la última vez.
—Los espías de Kaiza dicen que poco después de que
regresara del Reino del Fuego —dijo Fugaku con los brazos cruzados sobre el
pecho y la mirada grave.
Naruto frunció el ceño.
—Debió hacerlo cuando empezó a preparar todo este plan
para atraparme.
—Yo apuesto a que fue idea de Danzo o Mizuki
—intervino Gai de repente—. Orochimaru estaba muy seguro de su victoria en el
puerto contra nosotros. Uno de los dos tuvo que insistirle en hacer el foso por
precaución, en caso de que nuestras tropas lograran ir más allá.
—Tampoco contaba con que nosotros pudiéramos atacar
antes de que acabara el invierno —añadió Shisui, señalando un dibujo de la
fortaleza con el foso—. Si tenemos suerte, el foso no será muy ancho y podremos
usar las torres, pero, aun así, nuestro ataque depende de que podamos atravesar
las puertas. No ganaremos esta batalla en una contienda de catapultas,
acabaremos perdiendo en algún momento. Necesitamos atravesar ese muro como sea.
—¿Y qué hacemos con el muro interior? —preguntó Korin
de repente, que se encontraba junto a un pensativo Naruto que observaba los
planos—. La muralla exterior es importante, pero no nos sirve de nada si no
podemos llegar al palacio de Orochimaru. Los jinetes del Clan no nos sirven en
espacios cerrados y los rebeldes no tienen a nadie dentro del castillo que
pueda ayudarnos desde dentro.
—Esas tropas están descartadas —dijo Fugaku con
seriedad—. Pueden quedarse en la retaguardia y ayudarnos en caso de retirada,
pero no pueden hacer mucho más. Esta batalla depende de la habilidad de
nuestras fuerzas.
—La muralla interior también —dijo Korin con la nariz
arrugada y señalando el mapa—. La fortaleza de Orochimaru está sobre una
colina, eso significa que el espacio entre las dos murallas se irá estrechando
y empinando, por lo que nuestras armas de asedio no llegarán hasta allí y mucho
menos serán estables incluso si lo intentamos. Eso quiere decir que lo único
que podemos usar son escaleras, y balistas, como mucho, si hacemos el esfuerzo
de llevarlas con nosotros. Aunque pienso que es una pérdida de energía por
nuestra parte.
En ese momento, Sai chasqueó la lengua y golpeó la
mesa con la palma de la mano, sobresaltando a todos menos a Naruto, que seguía
mirando el mapa.
—Todo esto está muy bien, pero se nos olvida que
Sasuke sigue ahí dentro y que es su moneda de cambio.
—No se nos ha olvidado.
Sai y los demás se giraron para observar a Naruto.
Apoyaba un codo sobre una mano mientras que la otra cubría su boca con aire
pensativo. Sus ojos brillaban.
—¿Qué estás pensando? —preguntó Fugaku.
Naruto se dio unos golpecitos con el dedo índice antes
de apoyarse sobre la mesa. Seguía mirando los mapas y los dibujos.
—Lo primero es sacar a Sasuke. En eso estamos todos de
acuerdo, ¿no?
Fugaku arrugó la frente.
—Sería lo ideal.
El rubio asintió y se irguió.
—Yo puedo ocuparme de Sasuke.
El rostro de Korin se crispó, Lee abrió los ojos como
platos y Sai se sobresaltó.
—¿Qué? ¿Cómo?
—Tengo un modo de infiltrarme en el castillo —dicho
esto, miró a Fugaku—. Y los guerreros del Clan aún pueden sernos útiles para la
conquista de la fortaleza interior. No necesito muchos, pero sí a los mejores
de los que Zabuza pueda disponer.
Fugaku estrechó los ojos.
—¿Quieres dirigir la ocupación interior?
Él asintió con firmeza.
—Mañana llegaremos a las inmediaciones de la capital,
Orochimaru sabe que no atacaremos de inmediato, pero yo me infiltraré por la
noche para liberar a Sasuke, poco antes del alba. Os haré una señal cuando lo consiga,
ahí tendréis que estar preparados para atacar. —Señaló la muralla exterior—.
Necesito que atraveséis esto para que los guerreros del Clan vayan al castillo.
Yo dejaré una abertura para que puedan entrar y también para que Sasuke pueda
salir. Así, nosotros atacaremos desde dentro con sigilo y vosotros desde fuera
armando todo el ruido que podáis —dicho esto, golpeó su puño contra la palma de
la mano—. Será una encerrona. Orochimaru no sabrá ni por dónde le vienen los
golpes.
Antes de que Fugaku pudiera decir nada, Korin cogió a
Naruto por la manga. Su expresión era muy seria.
—Por cómo habla, parece que deba ir solo. —Pese a que
su tono era tranquilo, vio cierto reproche en su mirada. Naruto la tomó por los
brazos con fuerza.
—Fuiste comandante. Ya he visto de lo que eres capaz
como guerrera y estratega. Te necesitarán más que yo. —Korin parecía que iba a
replicar, pero, entonces, el creador la tomó de las manos y su expresión se
endureció. La miraba con determinación—. Cumpliré mi promesa. Como hasta ahora.
La mujer se tomó un momento para observarlo. Al final,
puso su mano sobre su mejilla y la acarició con el pulgar.
—No la olvide nunca, mi señor. Hasta que vuelva a su
lado.
Naruto le sonrió y puso su mano sobre la suya,
apretándola en un gesto afectuoso.
—Todo ese plan suena muy bien —intervino Sai con mala
cara—. Pero Orochimaru da por hecho que irás a por Sasuke. Incluso si le
estamos haciendo dudar, no creo que desista de intentar usarlo hasta el final,
y eso significa que habrá tomado medidas.
Naruto alzó la barbilla.
—Sí, Orochimaru cree que saldré en algún momento de
entre los soldados en los que me escondo para atacar con mis poderes a diestro
y siniestro. Puede que también haya pensado que intentaré infiltrarme en
silencio, pero dudo que haya pensado en que lo haría desde arriba.
Sai frunció el ceño.
—¿Desde arriba?
Naruto sonrió.
—No he estado prescindiendo de un Rey del Cielo por
puro capricho.
El chasquido de la puerta le anunció que tenía visita.
Gruñó mientras se incorporaba para quedarse sentado. La cabeza le dio vueltas
en el proceso, pero quería moverse un poco, aunque no le fuera a servir de
mucho. Kabuto le había dicho que no dejara de hacer los ejercicios que pudiera
en su estado, pero, incluso con sus infusiones y la comida que le daban, era
difícil. Tenía la cabeza embotada constantemente, así que intentar hacer un
poco de ejercicio sin querer vomitar era un suplicio.
Sin embargo, no podía rendirse. No ahora. Ya faltaba
poco para que Naruto y su padre llegaran. Y, fuera cual fuera su plan, él no
podía ser como esos muñecos de paja que usaba para entrenar cuando era niño.
Aunque, siendo sincero, se sentía como tal.
Las pisadas suaves y aceleradas le revelaron que no
era otro que Orochimaru el que venía. Ya era capaz de distinguirlas de las de
Kabuto, por lo que se preparó para ser lo más irritable posible.
Pero, al ver la cara desfigurada de Orochimaru por la
rabia, supo que no sería necesario. Eso significaban buenas noticias para él.
Aun así, no pudo evitarlo, le dedicó una gran sonrisa.
—Déjame adivinar, mi amado prometido no ha venido por
mí. Creo que voy a llorar.
Orochimaru lo asesinó con la mirada.
—Tú y tu creador os creéis muy listos, pero yo sigo
sin tragármelo —dicho esto, entrecerró los ojos—. De todos modos, ya que te veo
tan contento, déjame aguarte la fiesta. Ha aparecido un creador, aquí en mi
reino.
En contra de su voluntad, Sasuke palideció.
¿Qué?
El rostro de Orochimaru se relajó un poco y esbozó una
media sonrisa.
—Ahora no puedo ocuparme de él. Tengo una fortaleza
que defender, pero, una vez tu creador caiga en mis garras, y lo hará, porque
sé que vendrá, me ocuparé de añadirlo a mi harén.
Sasuke arrugó la nariz y estrechó los ojos.
—Mi padre acabará contigo cuando llegue aquí. Y, si tu
teoría es cierta y mi prometido está aquí, deja que te diga una cosa sobre él.
Necesitarías mucho más que tenerme como rehén para doblegarlo.
Orochimaru tuvo el descaro de sonreírle abiertamente.
—Con los creadores de antaño funcionó, ¿no? —dicho
esto, su rostro volvió a convertirse en pura rabia—. Se acabaron las comidas
para ti, Uchiha. Hasta que no cumplas tu función, no tendrás nada.
Sasuke le sonrió, pese a que tenía la nariz arrugada.
—Me honra que me consideres una amenaza incluso
estando encadenado.
—Los Uchiha sois duros —replicó Orochimaru—, y no me
fío de ti. No me gustaría que hicieras nada raro mientras me ocupo de Fugaku
—dicho esto, dio media vuelta y se dirigió a la salida con pasos largos y
rápidos—. Disfruta tu última noche. Lo próximo que te traeré será la cabeza de
tu padre, y a tu creador encadenado.
Sasuke gruñó, maldiciéndolo en su fuero interno, sin
querer decir nada que pudiera delatar a Naruto. Orochimaru hablaba como si
tuviera fe ciega en que su esposo aparecería, pero sabía que le molestaba no
tener ninguna pista sobre él. En el fondo, se estaba tambaleando, pero, incluso
así, la verdad es que poseía un rehén muy valioso y, aunque su padre pudiera
aguantar verlo siendo torturado, sabía que no arriesgaría su vida. No después
de lo de su madre.
Así que, fuera lo que fuera lo que había pensado,
esperaba que funcionara. Sobre todo, que Naruto no hiciera nada muy arriesgado.
Suspiró y cerró los ojos con fuerza, rezando una vez
más a Kurama para que lo protegiera, a Taka para que guiara a su padre y sus
tropas y al dios de esa tierra para que fuera benevolente con ellos.
Korin contempló el cielo nocturno cubierto por nubes
tormentosas que, de vez en cuando, se iluminaban seguidas de un potente trueno.
Era la hora. Su señor se había puesto en marcha.
—¿Estará bien él solo?
Se giró para mirar a Sai, parado a su lado, observando
también el cielo.
Korin alzó la vista de nuevo, pero, como esperaba, era
imposible detectar incluso a un imponente Rey del Cielo con esas nubes. Eso la
tranquilizaba.
—Lo estará. Me lo prometió.
Sai la miró y se le escapó una pequeña sonrisa.
—¿Sabes? Es un poco tierno.
—No sé de qué me habla.
—Vosotros dos. No esperaba que surgiera entre vosotros
esa especie de camaradería, después de todo lo que pasó.
Ella se encogió de hombros.
—Le consagré mi vida a mi señor. Es como tenía que
ser.
—¿A pesar de lo mucho que te jode no haber ido con él?
Korin lo miró por el rabillo del ojo. Pese a que su
rostro era inexpresivo, Sai juró que le estaba lanzando una mala mirada, así
que levantó las manos como si se rindiera.
—No he dicho nada.
Ella suspiró y miró la capital donde se hospedaba
Orochimaru junto a las familias nobiliarias más importantes. Los campesinos,
que moraban en la vasta extensión alrededor de la muralla exterior, junto a los
campos, se habían marchado a los pueblos colindantes tiempo atrás, poco después
de saber que el rey había empezado a quemar aldeas. Le dejaron gran parte de lo
que tenían para que se quedara contento y no los persiguiera y huyeron con lo
que pudieron cargar a otros pueblos.
Eso era bueno para ellos, pensaba Korin. No tendrían
que perder el tiempo intentando evacuar a esa gente. Tenían vía libre para
llevar las armas de asedio hasta la muralla.
—Juré proteger a mi señor —admitió Korin despacio,
bajando por fin la barbilla. Sai se sobresaltó, no esperaba que volviera a
hablar de nuevo— como pago por lo que hice en la Montaña Sagrada. —Entrecerró
los ojos, queriendo usar las palabras adecuadas—. Pero, ahora, es más que eso.
Sai levantó las cejas.
—¿En serio?
Korin asintió con firmeza.
—Lo respeto como rey. Y como guerrero. He visto lo que
es capaz de hacer y sé que puede valerse por sí mismo. —Hizo una pausa—. Me
disgusta no estar a su lado porque juré estarlo para protegerlo de cualquier
cosa. Pero mi señor tampoco es de los que piden nada a menos que lo necesite.
—Entonces, alzó la mirada de nuevo y sacó pecho—. Si necesita que yo esté aquí
para que podamos superar esa muralla, haré que ocurra. De un modo u otro.
El Uchiha parpadeó y se rascó la nuca.
—Ah, mierda. ¿Nadie te ha dicho que eres jodidamente
admirable?
Ella frunció el ceño.
—¿Y eso por qué?
—Por lo que sientes por Sasuke. A pesar de eso, aquí
estás, dándolo todo por Naruto.
Korin ladeó la cabeza, acentuando un poco más su ceño.
—Mis sentimientos por su alteza ya no importan.
Sai se sobresaltó un poco y la miró.
—¿Ah, no?
—No —dijo ella, volviendo a mirar el cielo—. Nada es
ahora más importante para mí que mi señor.
Sai ladeó la cabeza y estuvo a punto de preguntarle
qué quería decir con eso, pero, entonces, un trueno retumbó con tanta fuerza en
el cielo que hizo que se estremeciera. Incluso Korin se tensó un poco, parecía
que el más mínimo cambio en la fortaleza iba a hacerla saltar.
—No olvide lo que me prometió —murmuró, aun sabiendo
que él lo tenía presente.
Naruto agradeció el viento frío que Fuin había creado
junto a las nubes de tormenta. Si antes había dado algún indicio de
somnolencia, ahora se le había pasado del todo, y, como podía regular su propia
temperatura corporal, sus músculos se estaban calentando desde dentro.
Ah, genial. Se sentía tan bien físicamente que parecía
mentira que dos días atrás hubiera estado tan afectado por el maldito humo de
los incendios. Esa noche, se veía capaz de tomar el castillo de Orochimaru él
solo.
Aun así, no correría ningún riesgo. No cometería
ningún error. Sería tan sigiloso como le había enseñado Fye y tan diestro como
Kurogane. Entraría en silencio, sin hacer ruido, y se deslizaría hasta las
mazmorras tan rápido como le fuera posible sin hacer notar su presencia.
Llegaría hasta Sasuke, lo sacaría de allí, y, entonces, y solo entonces, haría
todo el ruido que quisiera.
El silbido de Fuin lo distrajo de su planificación y
se asomó a un lado de su cuello. Estaban ocultos entre las nubes de tormenta, volando
por encima del castillo en círculos. Había dos torres que se alzaban vanidosas
y con orgullo, terminadas en forma cónica y recubiertas de tejas esmeralda. Las
otras cuatro eran cuadradas y de vigilancia.
Se inclinó sobre su cuello, aferrándose a él.
—Llévame a la torre cónica más baja, acércame a una
ventana.
Fuin descendió sin hacer el más mínimo sonido. A
Naruto no dejaba de impresionarle lo silencioso que era su vuelo para una
bestia de su tamaño, pero lo agradecía con creces, y más en esa situación.
Si le era posible, no quería que los guardias se
percataran de la existencia de Fuin todavía. Incluso aunque pensaran que era un
Rey del Cielo que pasaba por allí, crearía una alerta y, por ahora, prefería
que Orochimaru estuviera tranquilo, con la guardia baja, pensando que hasta el
amanecer no ocurriría nada.
Los soldados estaban repartidos por la muralla
interior y las cuatro torres de vigilancia, asegurándose de que no eran
atacados por ningún flanco antes de tiempo por las tropas de Gai y Fugaku. Por
eso, y gracias al sigilo de Fuin, a nadie se le pasaría por la cabeza ver si
estaba ocurriendo algo más arriba, en las dos torres cónicas.
Fuin rodeó la más baja, buscando una abertura lo
bastante grande como para que Naruto pudiera pasar. La encontraron más abajo de
lo que les habría gustado, casi al nivel de las torres de vigilancia, en un
punto donde podrían ser vistos si los guardias miraban hacia el interior del
castillo, aunque no tenían motivos para hacerlo.
Fuin se agarró a la repisa usando sus patas delanteras
y apoyándose con las traseras en el muro, aleteando para no caerse. Naruto, con
rapidez, se deslizó por su espalda hasta la repisa y puso su mano sobre la
ventana, en el punto donde debía estar el mango. Por supuesto, se abría desde
dentro, pero eso no era un problema para él. Calentó la madera hasta que se
astilló y le permitió ver el pestillo. Lo pulsó a un lado con el dedo y, de un
tirón hacia afuera, la abrió fácilmente.
El creador miró a Fuin.
—Gracias. Disipa las nubes y no te dejes ver hasta que
dé la señal.
El Rey del Cielo asintió y se impulsó hacia arriba
para remontar el vuelo y ocultarse de nuevo entre las nubes de tormenta. Naruto
esperó un momento para asegurarse de que los guardias no lo habían visto.
Silencio. Eso era bueno.
Por fin, se internó en el interior del castillo. Como
esperaba, en esa zona de la torre, las escaleras eran de caracol y solo se
podía ir hacia arriba o hacia abajo. Descendió sin pensarlo tras crear una bola
de fuego para iluminarse, sabiendo que las mazmorras estarían bajo tierra. El
trayecto sería un poco largo, pero confiaba en que solo se interpondrían en su
camino unos pocos guardias antes de tener que armar escándalo.
Al ir descalzo, sus pasos no hicieron ruido a pesar de
su trote rápido. Tenía los oídos alerta por si detectaba cualquier sonido,
estaba seguro de que oiría el repicar de las botas de los guardias contra la
piedra, más aún en una torre donde haría eco.
Al llegar a la base, había una puerta cerrada. Apagó
su llama y se fijó en la rendija de abajo. Una luz anaranjada se asomaba. No
vio sombras que pudieran indicar que hubiera guardias a los lados, así que se
pegó a la puerta y escuchó para asegurarse.
… Silencio. Ni un bostezo, una respiración fuerte o
algún sonido metálico proveniente de una armadura al moverse el que la llevaba.
Siendo así, cogió la manija y la bajó muy despacio.
Chirrió al instante. Él se detuvo. Esperó y escuchó.
No había pasos apresurados ni voces.
Inspiró hondo. Si esa maldita puerta crujía, tenía que
jugársela y abrir rápido. No lo pensó más y lo hizo, haciendo que la manija
profiriera un horrible chirrido seguido del crujido de la madera al mover la
puerta. Mierda, ¿había escogido la más vieja de todas para entrar?
Sin permitirse darse tiempo a lamentarse, asomó la
cabeza, miró a un lado y a otro. Nadie, por ahora. Pero escuchó voces y pasos
acercándose.
Maldijo en su fuero interno, pero se deslizó desde la
puerta hasta las escaleras que conducían al primer piso y, con su poder, apagó
las llamas de la estancia, que humearon antes de dejar ese pequeño rellano en
la oscuridad.
Los pasos de dos guardias se aproximaron y subieron
las escaleras. Naruto se preparó para bajar tan rápido como fuera posible. Si
tenía suerte, los soldados pensarían que la puerta se había abierto sola y no
examinarían el interior de la torre, donde encontrarían la ventana abierta y
sospechosamente quemada.
Incluso si lo hacían, tendría un poco de tiempo, pero
no podía quedarse a comprobarlo. No quería hacer ruido empezando una pelea
innecesaria con ellos que solo alertaría a los demás antes de llegar a las
mazmorras. Así que debía ser rápido.
Se agazapó para estar lo menos posible en el campo de
visión de los guardias, que subieron con una antorcha al darse cuenta de que no
había luz, y se quedó muy quieto, pero con el cuerpo tenso para correr.
Por suerte para él, ni se molestaron en comprobar qué
había apagado las luces, solo enfocaron su luz hacia la puerta. En cuanto
pasaron de largo, Naruto bajó rápido por las escaleras, atento a cualquier
ruido que le hiciera sospechar que daban media vuelta o que se acercaba alguien
más.
En cuanto estuvo abajo, se asomó al rellano. Escuchaba
pasos en los pasadizos, pero no había nadie. Salió y fue corriendo al primer
piso, escuchando en todo momento.
Pisadas metálicas y fuertes. Se detuvo a media
escalera y retrocedió lo justo para no ser visto. Desde su perspectiva, vio
unas botas de metal que pasaban por delante de la escalera y seguían su camino.
Bien.
Llegó al primer piso sin más percances y, en la planta
baja, oyó unas voces. Muy despacio, se asomó por las escaleras y vio a dos
soldados hablando en susurros sobre la campaña del día siguiente, su inquietud
ante las tropas del Reino del Hielo y una cierta desconfianza hacia Orochimaru.
Ah… Interesante. Sus soldados no parecían tan
motivados para esa guerra como el propio Orochimaru. Eso era bueno para ellos.
Si su líder caía, lo más seguro era que ellos no ofrecieran mucha más
resistencia… Aunque estaba presuponiendo demasiado. Por ahora, seguiría con el
plan tal y como estaba establecido. No se arriesgaría a hacer un movimiento en
falso sin tener toda la información.
Unas pisadas a sus espaldas lo sobresaltaron. Alguien
estaba bajando las escaleras.
Maldijo y se giró para mirar de nuevo a los dos
soldados. Mierda, no se iban. Estaban ahí charlando y él en medio sin poder
salir sin ser visto o iniciar una pelea.
En ese caso…
Las antorchas del rellano de la planta baja se
apagaron salvo una. Una que llamaría de inmediato la atención de los dos
soldados y que, al mismo tiempo, le daría suficiente luz a Naruto para ver
hacia dónde ir. Nada más hacerlo, salió corriendo sin pensar, ya que las
pisadas de las escaleras habían acelerado el ritmo.
Todas sus intenciones de infiltrarse sin hacer notar
su presencia desaparecerían en breve, sabía que los guardias sospecharían algo,
pero no tenía tiempo para hacer algo más elaborado. Así que ahora debía correr
hacia las mazmorras y llegar tan rápido como pudiera.
Se deslizó veloz por el pasillo más cercano,
sintiéndose un tanto aliviado al no escuchar la voz de alarma todavía. Con un
poco de suerte, se estarían preguntando si había sido una ráfaga de aire y tal
vez lo dejaran en paz, aunque no quería pecar de confiado, sobre todo porque ya
había usado el mismo truco antes. Fuera como fuera, tenía que correr.
El lugar no era muy laberíntico, teniendo en cuenta
que la planta baja tenía cuatro grandes salas: la del trono, la de los
banquetes, la del baile y las cocinas. Así que, por lógica, las mazmorras
deberían estar cerca del salón del trono.
Fue allí adonde se dirigió, sin dejar de prestar
atención a cualquier sonido extraño, y, gracias a los dioses, acertó de lleno.
Sin embargo, se detuvo antes de asomarse a la puerta
que conducía a ellas, ya que escuchó voces. Para su sorpresa, reconoció a
Kabuto discutiendo con los guardias de las puertas.
—Solo vengo a comprobar su estado.
—Ya no necesita hacerlo, doctor —dijo uno de ellos con
voz desdeñosa. Parecía de malhumor.
Kabuto arrugó la nariz.
—No estoy de acuerdo. ¿Y si al amanecer aparece
muerto? ¿Tiene la menor idea de las infecciones que podría coger ahí abajo? No
le será de utilidad a su majestad a menos que esté vivo.
—Le aseguramos que está vivo —dijo el otro guardia con
tono cansado—. Cuando no le hemos dado agua, nos ha gruñido algo acerca de ser
unas ratas miserables y que haría algo bastante desagradable con nuestras
tripas.
Kabuto apretó los puños.
—¿Ni siquiera agua? ¿En qué estáis pensando? Exijo
verlo de inmediato.
El soldado que parecía enfadado gruñó y se adelantó un
paso en ademán amenazador.
—Mira…
Lo siguiente que supo Kabuto fue que hubo un gran
estruendo y que algo lanzó al guardia contra el otro. El reflejo de algo dorado
se movió como el rayo junto a los dos cuerpos y, entonces, se detuvo.
El médico abrió los ojos como platos al distinguir la
figura de un hombre joven cubierto por una armadura de escamas doradas y una falda
de tallo irregular que le cubría la zona inferior hasta las rodillas. Le llamó
la atención que llevara los pies descalzos.
El desconocido, cubierto con un yelmo decorado con dos
crestas que simulaban las orejas de un zorro, se levantó de golpe y se giró
hacia él.
—Están aturdidos. Ayúdame a llevarlos abajo.
Kabuto parpadeó al reconocer la voz y los ojos azules
que se asomaban bajo el yelmo.
—¿A-Alteza?
—Vamos, ¡rápido!
El doctor se sobresaltó y abrió la puerta de las
mazmorras antes de ayudar a arrastrar los cuerpos al interior. Después, se tomó
un momento para cerrar la puerta con llave desde dentro, sabiendo que, con el
estrepitoso sonido metálico de antes, habrían llamado la atención.
No los detendría mucho tiempo, pero, al menos,
esperaba que sirviera de algo.
Sasuke se sobresaltó al escuchar un terrible ruido
metálico cayendo por las escaleras. Había estado medio dormido, o medio
desmayado, hasta que eso lo había espabilado. ¿Qué demonios estaba pasando? ¿Ya
era de día? ¿Había empezado la batalla?
—Ahí, en esa celda. Yo me ocupo de estos dos.
—¿Kabuto? —logró articular a duras penas. Tenía la
garganta seca.
Se hizo una diminuta pausa antes de que algo pasara
corriendo por delante de sus barrotes y se detuviera en seco.
La imagen que tenía delante lo confundió por un
instante. Había ante él un soldado con una extraña armadura de escamas doradas
consistente en un peto, brazaletes, musleras y grebas. Atado a la cintura,
llevaba una falda que lo cubría hasta las rodillas, pero no tenía ningún
calzado. A la espalda, llevaba un arco y un carcaj de flechas cruzado y, al
cinto, una gran espada y un par de dagas. El yelmo tenía dos decoraciones en
forma de orejas de zorro con unos extraños agujeros y apéndices afilados que
protegían la nariz y ambos lados de la cara, por tanto, solo podía llegar a
entrever los labios y los ojos.
Sin embargo, no lo reconoció por eso, no con la pobre
luz de las antorchas y en su débil estado.
—¡Sasuke!
Ahí estaba. Esa voz. Esa voz en la que no había dejado
de pensar desde que subió a un barco para protegerlo. Esa voz que tantas cosas
le había enseñado, sobre otros y sobre sí mismo, que había sanado sus heridas
más profundas y se había convertido en un lugar al que llamar hogar.
Hizo un esfuerzo titánico por sonreírle.
—Naruto… —lo llamó como pudo, arrastrando su nombre—.
Lo siento.
Lo escuchó resoplar. Mierda, a pesar de la situación,
el sonido le pareció lindo.
—Tú y yo hablaremos después. —A pesar de sus palabras,
tenía la voz temblorosa—. Sigo cabreadísimo por lo que hiciste.
Quiso disculparse de nuevo, pero Kabuto apareció de
repente al lado de Naruto. Estaba pálido y parecía muy preocupado.
—¿Cómo vamos a sacarlo? No tenemos la llave.
—No nos hace falta. Ya estoy en ello.
Sasuke se fijó entonces en que los ojos de su esposo
tenían un brillante fulgor rojo que parecían reflejar el color que estaban
adoptando los barrotes que había tomado con ambas manos. Estos se estaban
doblando hacia los lados y empezaban a crujir.
Mierda, sabía que Naruto podía controlar su
temperatura, pero, ¿cuánta podía alcanzar?
Entonces, se escuchó un crac y los dos barrotes
cedieron. Naruto se coló por la abertura de un salto, y, con otro, ya estaba
agachado frente a él. Antes de poder hacer nada, su esposo ya lo estaba
estrechando entre sus brazos con fuerza.
—Me has dado un susto de mierda, imbécil —le soltó,
pese a que su voz parecía contenida y más temblorosa que antes.
Sasuke le devolvió el gesto con los ojos llenos de
lágrimas. Joder, estaba tan débil que no tenía ahora mismo la fuerza necesaria
para contenerse.
—Y tú a mí, idiota. ¿Cómo se te ocurre venir aquí así?
Naruto lo apretó contra sí.
—Como si fuera a dejarte aquí.
—Lo mismo digo.
Su rubio le dio un último apretón y lo apartó lo justo
para tomar su rostro entre sus manos. Sasuke deshizo el abrazo, pero se agarró
a sus brazos para no perder el contacto.
Los ojos de Naruto, aunque azules, seguían teniendo
ese peligroso fulgor rojo. Y, pese a que lo miraba con amor y decisión, hubo
algo en ellos que le produjo un escalofrío.
—Vamos a sacarte de aquí y a ganar esta guerra,
¿entendido?
—¿Qué vas a hacer? —le preguntó, un tanto intranquilo,
al ver que cogía las cadenas de sus grilletes entre sus manos y las calentaba.
—Tomar el castillo desde dentro —respondió Naruto
antes de mirar a Kabuto—. Tú vives aquí, seguro que conoces alguna entrada que
esté más escondida o sea más pequeña, no me importa siempre y cuando a
Orochimaru ni se le ocurra pensar en ella.
Los ojos del médico brillaron.
—Tengo algo aún mejor. Yo os guiaré.
Entonces, Naruto le dio un tirón fuerte a las cadenas
y las rompió. Después, ayudó a Sasuke a ponerse en pie, aunque este se tambaleó
tanto que tuvo que sostenerlo.
—Mierda, ¿puedes quedarte en pie?
—Espere, alteza, permítame. Apóyelo contra la pared.
Naruto obedeció y Sasuke clavó los ojos en Kabuto.
Este se sacó una bota que le tendió al rubio.
—Dásela. Necesita beber un poco —dicho esto, rebuscó
entre un saquito que llevaba colgado de su túnica larga y sacó un frasco largo
y un recipiente pequeño y redondo—, y, después, que se tome esto, de un trago.
Es un revitalizante que he hecho yo mismo. Lo guardaba para esta ocasión. Es un
poco fuerte, pero lo espabilará lo suficiente durante un rato. —Después de
entregárselo a Naruto, se agachó y abrió el recipiente pequeño. Había una
especie de crema verdosa en su interior que restregó sobre sus piernas al mismo
tiempo que las presionaba con los pulgares con fuerza—. Esto activará tus
músculos. Arde un poco, pero al menos podrás moverte.
Sasuke obedeció y se tomó el revitalizante como le
había dicho. La garganta le ardió al hacerlo, pero se obligó a terminárselo de
una sola vez de todos modos. Después, echó a toser.
—Joder —maldijo con los ojos llorosos.
—Lo sé, lo sé —dijo Kabuto mientras le esparcía esta
vez la crema por los brazos—. Ya me dará las gracias después.
Naruto le ayudó a beber agua y luego le ató la bota y
sus dos dagas al cinto.
—¿Cómo estás?
Sasuke parpadeó, sintiéndose de repente más
espabilado. El mareo estaba desapareciendo y empezaba a ser más consciente de
su cuerpo. Era cierto que ardía un poco, pero, joder, sus dedos reaccionaron
como quería y sus piernas se apoyaron sobre el suelo sin que se le doblaran las
rodillas o temblaran.
—Mierda, Kabuto, esto es jodidamente brillante —dijo
mientras salía de la celda por su propio pie. Joder, fue genial hacerlo. Hasta
se habría echado a reír si la situación no hubiera sido tan crítica.
Este esbozó una pequeña sonrisa.
—Me siento halagado.
Mientras decía eso, Naruto se quitó el arco y el
carcaj de flechas y se lo ofreció a Kabuto.
—Toma, por si os hace falta.
Sasuke miró un instante las dagas que le había dado y,
de nuevo, a él.
—Naruto…
Este se giró hacia él y lo abrazó una vez más.
—Sé que estás preocupado, pero estaré bien. Mientras
tú salgas de aquí, Orochimaru no podrá conmigo. Así que quédate con tu padre y
ayúdalo con la estrategia. —Lo apretó contra sí—. Te prometo que volveré
contigo, sano y salvo. Aún no has visto todo lo que puedo hacer —susurró.
Sasuke frunció un instante el ceño, pero, antes de
poder entender lo que estaba diciendo, la puerta de las mazmorras se abrió con
un gran estruendo y entraron tres soldados. Al verlos fuera de la celda, uno de
ellos corrió de vuelta a la puerta…
Pero, de repente, Naruto ya estaba ahí,
interponiéndose en su camino.
Pese a que ninguno de los tres lo había visto llegar
hasta allí, no impidió que el soldado sacara su espada.
—¡Naruto!
Sasuke corrió hacia las escaleras desenfundando las
dagas. Kabuto tenía razón, su cuerpo respondía, pero no era tan rápido ni
fuerte como lo habría sido normalmente. Aun así, lucharía. Eran tres contra
tres, podían hacerlo incluso con su estado.
Pero, entonces…
—Tranquilo, Sasuke.
La voz de Naruto era suave y aterciopelada, como la
caricia de una pluma. Y, sin embargo, había algo en ella, en el tono, como si
fuera una canción de muerte que fingía ser totalmente inofensiva.
Pero Sasuke lo sintió. Había una firme amenaza.
Cuando se detuvo y lo miró, lo confirmó. Los ojos de
su esposo eran carmesíes y sus pupilas dos delgadas líneas rasgadas.
Naruto le devolvió la mirada y, para su sorpresa, le
sonrió. Le sonrió con algo parecido a la emoción y la impaciencia unidos.
—Ya me he cansado de contenerme.
Y, entonces, estalló en llamas. Fue tan repentino y el
fuego ardió con tanta potencia que los tres soldados se retiraron y él mismo,
por instinto, retrocedió de nuevo junto a Kabuto. Las lenguas anaranjadas
giraron de repente, rodeando al rubio, cubriéndolo por completo antes de crecer
y extenderse a su alrededor.
Tan rápido como empezó, el fuego desapareció,
revelando lo que había dejado tras su estallido.
Y ahí estaba. Lo que Sasuke llevaba sospechando un
tiempo.
Un enorme zorro dorado les enseñaba los dientes a los
soldados de Orochimaru, sacudiendo la cola y gruñendo.

Omg, este capitulo es perfecto, quiero leer más y más, muchas gracias por esta historia, es lo mejor que he leído en mi vida.
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