Capítulo 35. Todos debemos hacer sacrificios

 


Sasuke sentía que se ahogaba. Las paredes de su celda parecían cernirse sobre él cada vez más y las cadenas de sus pies empezaban a pesar. Había tratado de hacer ejercicio, pero no era suficiente; necesitaba movimiento y, encadenado, apenas podía hacer nada.

Empezaba a debilitarse. Orochimaru no lo estaba matando de hambre, al contrario, procuraba que nunca le faltara agua o comida, pero no importaba. Sentía las piernas endebles y estaba adelgazando. Las manos a veces le temblaban y su vista se emborronaba.

Era consciente de cuál era el problema y, por ello, procuraba descansar o mantenerse ocupado en todo momento. Pero era imposible. Hacía días que no sabía nada de cuál era el estado de la guerra. Ni siquiera Kabuto, que bajaba de vez en cuando a comprobar su estado, sabía nada aparte de que la batalla por el puerto se libraría en breve. La única información que tenía era que Orochimaru había sellado la ciudad para que nadie entrara ni saliera, evitando así que el enemigo se infiltrara de cualquier modo. Por eso, Kabuto no había viajado de nuevo hasta allí, habría levantado sospechas y temía enviar cualquier mensaje escrito a Naruto o su padre por miedo a que alguien lo interceptara.

Necesitaba información y, probablemente, una buena inyección de moral. Necesitaba saber que no iban perdiendo y que la presencia de Naruto estaba pasando inadvertida por ahora. Perder la guerra sería horrible, por supuesto, pero que su esposo acabara en las garras de Orochimaru sería aún peor.

Para ser sincero, le aterraba la idea de que empezara una nueva era de Tiranos. Estaba seguro de que aún no había visto todo el poder de Naruto, pero, si era capaz de fertilizar todas las islas de su reino, no quería ni pensar en lo que podría hacer con esa energía en caso de que la usara para la destrucción. El verano pasado, cuando se puso enfermo, afirmó que podría arrasarlas por accidente.

Si lo hacía a propósito… El mundo podría postrarse ante Orochimaru. No quería eso. No quería que Naruto se viera obligado a algo así por su culpa.

Por no hablar de lo que Orochimaru le haría a él.

Se llevó las manos a la cara al imaginar a esa serpiente abusando de él. Haciéndole daño hasta que le diera hijos que pudiera seguir utilizando para su conquista.

No, no lo permitiría. No dejaría que Naruto pasara por eso, antes, se suicidaría. No sería una muerte agradable, pero lo prefería a dejar que su rubio tuviera que hacer algo que lo había aterrorizado toda su vida. Se enfadaría con él si se veía obligado a hacerlo, pero, al menos, lo salvaría de eso. Taka le dijo que debía protegerlo y ese era el único modo que se le ocurría de evitar que…

El chasquido de la puerta hizo que se sobresaltara. Escuchó con atención, tratando de reconocer los pasos de Kabuto. Sin embargo, el sonido era pausado, parsimonioso, como si se regodeara en cada escalón.

No era él.

Sospechando quién podía ser, se levantó y retrocedió hasta la pared del fondo.

—Ah, Sasuke, tengo grandes noticias.

Arrugó la nariz al reconocer la voz de Orochimaru. Sin embargo, su corazón empezó a acelerarse.

—¿Para ti o para mí? —gruñó.

La serpiente apareció ante él con su pálido rostro sonriente y ojos brillantes de anticipación. Apretó los puños, preparándose para lo peor. Pasó la lengua entre sus dientes con disimulo. Si su peor temor se cumplía, lo haría en ese mismo instante. Estaba seguro de que Naruto podría con cualquiera si él ya no vivía para usarlo en su contra.

Orochimaru amplió su sonrisa.

—Hoy, el Reino del Fuego y el Hielo ha atacado el puerto. Pronto sabré quién ha ganado la batalla.

Sasuke dejó escapar el aire despacio y relajó un poco los hombros. Todavía había esperanza.

—Aún no se sabe nada.

La serpiente resopló.

—Es imposible que lo hayan logrado. Toda mi flota estaba allí y, aunque llegaran a puerto, tenía balistas por todas partes. No hay forma de que lo consigan.

Sasuke entrecerró los ojos. Conocía la fuerza de Orochimaru y sabía que no era para tomársela a broma, incluso siendo inferior al ejército del Hielo. Pero también había entrenado con Lee y había tenido reuniones de carácter defensivo con Gai y Hiruzen para mejorar la seguridad del Reino del Fuego. Sus gentes eran marineros natos, Gai solía bromear con que su pueblo lleva sal en las venas.

—Subestimas a tu enemigo —declaró, sintiéndose un poco más confiado—. Eso te llevará a la derrota.

Orochimaru puso los ojos en blanco.

—No pretendo negar la fuerza de tu reino, Sasuke, pero, seamos sinceros, las batallas marítimas no son vuestro fuerte. En tierra firme, sois letales, sobre hielo y nieve, auténticos demonios, pero el agua es vuestra debilidad.

—Pero no la del Reino del Fuego.

—Danzo solía decir que su flota era su mayor fuerza de combate, pero no estoy tan seguro. Creo que ese viejo sentía demasiado orgullo por sus barcos. Diría que los ama más que a sus hijos.

—No siento especial respeto hacia ese hombre, pero tampoco lo infravaloraría por ello —replicó.

Orochimaru se encogió de hombros.

—Bueno, lo sabremos pronto —dicho esto, Sasuke se sobresaltó otra vez al escuchar el portazo de la puerta de las mazmorras. Unos pasos presurosos repicaron entre las paredes de piedra. El rey esbozó una amplia sonrisa—. Vaya, parece que los dioses me han escuchado.

Sasuke resopló ante su ironía, pero no dijo nada. Sin embargo, le sorprendió un poco reconocer la voz de Kabuto desde la entrada. No esperaba que fuera él quien diera la noticia.

—Mi rey —dijo jadeando—, la batalla ha concluido.

Su corazón galopó como un potro salvaje, sin pausa y a trompicones.

Orochimaru soltó un sonido de suficiencia.

—Bien, ¿tenemos al creador?

Hubo una pequeña pausa. Un silencio que desgarró a Sasuke. Se le hizo eterno, a pesar de que no duró más que unos segundos.

—Mi rey, hemos perdido el puerto.

Sasuke necesitó unos momentos para asimilar la información. Cuando lo hizo, no pudo evitar que las rodillas le fallaran y que su cuerpo se deslizara hasta el suelo. Dio gracias mentalmente a Taka, Kurama y al dios de esa tierra, cuyo nombre desconocía. Estaba tan ocupado rezando en silencio que no pudo disfrutar de cómo el rostro de Orochimaru se descompuso.

—¿Qué?

—Nos han derrotado, mi rey.

Este boqueó un instante y, después, sus pálidas facciones se arrugaron por la ira.

—¿Cómo?

—Los barcos del Fuego acorralaron a nuestra flota. Destrozaron algunos con sus espolones, parece ser que han hecho mejoras en sus naves de guerra.

—¿Y las balistas?

—Fueron tomadas por soldados del Hielo infiltrados.

El rostro de Orochimaru se volvió aún más blanco.

—No es posible.

—Había salvajes con ellos, mi rey.

Sasuke levantó la cabeza al escuchar aquello. ¿Salvajes? ¿Seguían vivos? Habría jurado que los persiguió a todos hasta su práctica extinción, los acorraló en las montañas y les dio muerte. ¿Hubo supervivientes? ¿Dónde se habían escondido todo ese tiempo? ¿Y por qué estaban en su bando?

—Eso es imposible —dijo mirando a Sasuke—. Tenemos aquí al artífice de su exterminio.

Este le devolvió la mirada con el ceño fruncido.

—Estoy tan sorprendido como tú.

Orochimaru gruñó y se volvió hacia Kabuto.

—¿Nuestra flota?

—Destrozada, arrasada por el fuego de las balistas o en posesión del enemigo.

—¿Nuestras tropas?

—Ahogadas, muertas y apresadas por el enemigo. Unas pocas facciones lograron huir por las puertas laterales de la ciudad, pero son insignificantes. El grueso del ejército que teníamos allí ha caído.

—¿Y el creador? ¿Alguien lo ha visto? —preguntó Orochimaru con cierta desesperación.

Sasuke prestó mucha atención.

—No, mi rey. Según nuestros hombres, solo vieron salvajes y soldados del Hielo y el Fuego.

—¿No hubo nada sobrenatural?

—Nada. Los barcos del Fuego acorralaron nuestra flota y la obligaron a huir hacia el puerto, que ya había sido tomado por los salvajes y los infiltrados. Usaron nuestras propias balistas contra la flota y la incendiaron.

Sasuke por fin pudo relajarse. Todo iba bien, su padre y Naruto habían conseguido una primera victoria y, probablemente, la más importante. Con el puerto, podrían desembarcar todas sus tropas y las armas de asedio, significaba que el ataque a la capital sería inminente. Orochimaru no podría tenderles una emboscada en el camino, sería un suicidio teniendo en cuenta el terreno de ese reino, repleto de llanuras despejadas, sin bosques que pudieran esconder tras los árboles.

No tenía más remedio que esperar el ataque. Ya había sacrificado un gran ejército en ese batalla, no se arriesgaría a enviar a nadie más a una emboscada que no saldría bien, sobre todo con soldados del Hielo entre las filas. Tal y como había dicho, en tierra firme, eran letales.

Miró a Orochimaru y, por primera vez en un tiempo, sonrió.

—Parece que las grandes noticias eran para mí. —Entendió en ese momento por qué era Kabuto quien había ido a informar a Orochimaru. Quería asegurarse de que él también se enterara de la noticia, tal vez antes incluso de que este utilizara algún tipo de artimaña para engañarlo. Lo agradecía. Podría haberse quitado la vida antes de que fuera realmente necesario.

El rey lo fulminó con la mirada.

—Tienes suerte de que te necesito de una pieza. Por ahora.

Sasuke borró su sonrisa.

—Aún estás a tiempo. Devuélveme a mi padre y él se retirará. —No estaba del todo seguro de que eso fuera a pasar, no si los dioses querían que Naruto estuviera allí. Dudaba mucho de que su vida fuera tan importante para ellos, tenía que estar pasando algo horrible en ese reino y su esposo debía detenerlo. Su captura solo había sido un pretexto para llevarlo hasta allí.

Orochimaru le respondió con un gruñido.

—Ni hablar. Mientras el creador esté aquí, ganaré esta guerra.

—Como has oído, no es así.

—Sé que vendrá a por ti, estoy convencido —dijo el rey con un brillo fiero en los ojos—. Si cree que escondiéndose entre sus hombres va a engañarme, se equivoca. —Lo miró con una expresión que vacilaba entre la crueldad y la desesperación—. Veremos cuánto tiempo puede ocultarse cuando te corte en pedazos en la muralla, frente a todo su ejército.

Sasuke apretó los dientes mientras lo veía marcharse a paso rápido y furioso. Kabuto apareció un momento para intercambiar una mirada de inquietud. Él se sentía igual. Toda esta guerra dependía de que Naruto no fuera controlado, y, aunque lo estaba haciendo bien ocultándose, tal vez eso no sería suficiente para que Orochimaru renunciara a su plan.

Así que cortarse la lengua todavía era una alternativa. Tendría que mentalizarse por si el momento llegaba. Aun así, rezó a los dioses para que ayudaran a su rubio, para que le dieran fuerzas para protegerlo hasta las últimas consecuencias y para poder verlo aunque solo fuera una última vez.

 

 

—Si todo va según lo previsto, en dos días deberíamos iniciar la marcha —le dijo Fugaku a Naruto mientras estudiaban un mapa del Reino de la Hierba junto a Sai, Korin, Shisui, Gai y Lee.

Naruto frunció el ceño.

—¿No les estaremos dando bastante tiempo para que refuercen el castillo?

Shisui intervino:

—Desde luego, estarán listos para defender el castillo y es posible que logren reforzarlo. Pero no podemos conquistar el castillo sin las armas de asedio. Los que asedian siempre están en desventaja, majestad, incluso aunque partamos ahora, tardaremos unos días en llegar a la capital. Ellos estarán preparados y nosotros sin nada para asaltarlos.

Fugaku le apretó el hombro.

—Sé que estás preocupado por su ventaja, pero confía en nosotros en esto. No esperar a las armas de asedio significará nuestra derrota.

Naruto dejó escapar un suspiro.

—Confío en vuestro juicio. Pero me pone nervioso.

—En una guerra es necesario mantener la calma, majestad —dijo Gai—. Escuchemos el consejo del rey y su estratega, saben lo que hacen.

—No debéis preocuparos por su alteza, mi señor —le dijo Korin, que estaba a su lado—. No le harán daño hasta que estén seguros de su presencia en la batalla.

—Eso es lo que más me preocupa —comentó Fugaku, frotándose el mentón—. Lo ideal sería sacar a Sasuke antes de la batalla, pero no sé si podemos infiltrarnos.

—Tenemos un espía en el castillo —recordó Naruto con el ceño fruncido.

Shisui se rascó la nuca.

—No sé si sería suficiente, majestad. Orochimaru sellará la capital en cuanto llegue a sus oídos la noticia de que estamos a punto de llegar. Nadie abrirá nada hasta después de la batalla. ¿Su espía tiene tanto rango o acceso a alguna entrada?

—Es un médico de su confianza, pero supongo que no tiene esa autoridad —maldijo el rubio.

Sai, que había estado callado, miró a Naruto.

—Oye, ¿ese Rey del Cielo aún está contigo?

—Nos sigue a distancia, ¿por qué?

—¿No sería un buen momento para usarlo? En la batalla de la capital, digo.

Naruto lo meditó un momento. Esa batalla sería la definitiva, la que decidiría quién ganaba la guerra. Había estado ocultando a Fuin precisamente para usarlo como último recurso. Puede que, en esa batalla, fuera su mejor baza, al fin y al cabo, podía volar y las murallas no eran un obstáculo para él.

Espera. Podía volar. Eso significaba…

—Creo que tengo una idea —les dijo con ojos brillantes.

Todos se inclinaron para escucharlo.

—¡Majestad! ¡Majestad! —gritó una voz.

Naruto se giró para ver a un soldado de su reino corriendo hacia él.

—Majestad, hay una pelea entre los rebeldes y el Clan.

Al oír eso, se puso en pie de un salto.

—Muéstrame el camino ya.

Los dos fueron corriendo seguidos por Korin, Sai, Lee y Gai.

A Naruto le costó poco encontrar el foco de la pelea. Vio a Kaiza y algunos rebeldes tratando de detener el conflicto, pero el hecho de que el Clan se estuviera defendiendo a base de golpes parecía provocar aún más al bando contrario.

—¿Cómo los detenemos? —preguntó Sai.

Naruto los detuvo, cogió aire y lanzó tal rugido que sus acompañantes se taparon las orejas. El resto, dio un salto y miró en todas direcciones, esperando encontrarse con una enorme bestia salvaje, sin embargo, solo vieron al creador.

Todos se detuvieron y se separaron al instante. El Clan hincó la rodilla en el suelo y los rebeldes agacharon la cabeza. Naruto caminó hacia ellos con cara de pocos amigos.

—¿Qué está pasando aquí?

Kaiza hizo amago de abrir la boca, pero Zabuza fue más rápido. Su tono fue brusco y cargado de rabia.

—Solo veníamos en busca de comida. Ellos nos atacaron —respondió en su lengua.

—¿Qué dice? —gritó uno de los rebeldes.

—¡Diga lo que diga, miente!

—¡Son salvajes!

—¡SILENCIO! —rugió de nuevo Naruto. Se giró hacia los rebeldes—. Dicen que venían por comida.

Uno de los hombres, que tenía un ojo morado y sangre en la boca, escupió en el suelo.

—No voy a compartir mi comida con uno de ellos.

Naruto alzó una ceja.

—Esa comida no es vuestra, se ha recogido para todas las tropas y el Clan es una de ellas.

—Mataron a nuestra gente —dijo otro al que le sangraba la nariz—. No les daremos nada.

Sintió deseos de poner los ojos en blanco. Tendría que haber supuesto que no sería tan fácil que estuvieran juntos, a pesar de que había procurado que el Clan se instalara al otro lado de la ciudad, con las tropas de su reino y del Hielo en medio para evitar que hubiera conflictos.

—Kaiza, creía que teníamos un trato —le dijo al líder.

Este hizo una mueca.

—Lo tenemos, pero no están contentos con tener que convivir con ellos mientras dure la guerra.

—¿Ese es el problema? —preguntó con un grito a los rebeldes.

Todos gritaron alzando los puños con violencia, mirando con desprecio al Clan. Estos se tensaron, Naruto no estaba seguro de si era porque entendían su lengua o porque percibían el odio en sus aullidos.

Sin pensarlo demasiado, se puso frente a ellos con actitud protectora. Sabía que no era la mejor imagen que podía darles, pero era necesario que tuvieran claro cómo funcionaban las cosas.

—¡Basta! —ordenó. El griterío se apagó en pocos segundos. Naruto suspiró—. Vamos a dejar las cosas claras. ¿Estamos luchando contra el Clan o contra Orochimaru?

Nadie respondió. Bien, tenía su atención.

—Decís que el Clan ha matado a vuestras familias y a vuestros amigos. ¿Y Orochimaru? ¿Acaso sus leyes no os han hecho daño a todos? ¿A cuántas de vuestras mujeres han violado? ¿A cuántas se ha llevado en contra de su voluntad? —Silencio. Nadie se atrevió a cuestionarlo—. ¿Cuántos de vuestros amigos o familiares han muerto por cazar algo para comer? ¿O para proteger sus cosechas? ¿Cuánto tiempo habéis estado sufriendo bajo su reinado? —Nadie hablaba. Todos mantuvieron la cabeza gacha—. Yo os lo diré, décadas. Todos habéis visto a vuestras madres, hermanas e hijas siendo violadas e incluso asesinadas. Todos conocéis a alguien que ha sido ejecutado por quebrantar una ley porque no hay suficiente comida. Habéis visto a vuestros mayores suicidarse para que los más jóvenes puedan vivir un poco más, aldeas y pueblos arrasados por tratar de proteger sus cosechas, niños enfermando y muriendo, mujeres que pierden a sus recién nacidos. —Al ver que nadie decía nada, señaló al Clan—. ¿Y qué os hicieron ellos? Sí, es verdad, también atacaron vuestros pueblos y mataron a vuestros seres queridos, pero, ¿hicieron daño a los niños? ¿A los mayores? ¿Incendiaron vuestras casas?

—Mataron a nuestras mujeres —murmuró alguien.

Naruto se cruzó de brazos.

—¿Los habéis visto bien? ¿Os habéis dado cuenta de que sus mujeres llevan armas y luchan junto a sus hombres? Ellos no pensaron siquiera que las vuestras no supieran luchar, para ellos es algo normal que se defiendan. Ni siquiera saben que vosotros no tenéis ni idea de cómo empuñar siquiera una espada. Mataron a aquellos que creían que serían una amenaza, nada más, y lo hicieron porque sus tierras se mueren, porque, como vosotros, no tienen para comer. Así que, decidme, ¿qué estáis dispuestos a sacrificar? Os di mi palabra de que os ayudaríamos, pero solo a cambio de que aceptarais la convivencia con el Clan y, si empezáis trifulcas con ellos que acaben en derramamiento de sangre, podéis olvidaros de mi ayuda y la del Reino del Hielo. También hice un trato con ellos y, por el momento, no lo han roto, así que supongo que, por ahora, están bajo mi protección.

—¿Estáis diciendo que estáis de su lado? —preguntó otro rebelde, claramente enfadado.

Naruto resopló.

—No estoy de parte de nadie. Hice unos tratos que espero que se cumplan. Vosotros no estáis cumpliendo, ellos, sí. Es así de sencillo. ¿No os gusta la convivencia con ellos? Entonces, en cuanto consiga lo que he venido a buscar, dejaré vuestro país a merced de los nobles que, sin duda alguna, lucharán entre ellos para alzarse como un nuevo Orochimaru. Podéis vengaros del Clan, si queréis, pero vuestra situación será la misma que antes de que yo viniera. —Hizo una pausa, mirando a todos los que lo observaban a su vez—. Tenéis que elegir. O el Clan o Orochimaru. Pensad muy bien qué es lo que más os conviene. Vuestro reino y vuestros descendientes dependen de esa decisión —y, dicho esto, dio media vuelta y se marchó a paso rápido del foco de la pelea.

Gai, Lee y Korin lo siguieron, mientras que Sai lo alcanzó para hablar con él en voz baja.

—¿No crees que eso ha sido un poco duro?

Naruto lo miró de reojo.

—Pero es la verdad.

—No lo creo —dijo Sai con el ceño fruncido—. Su dios te llamó, seguro que esto no es lo que quiere para su gente.

El creador suspiró y se detuvo para mirarlo.

—Ese es el problema. El Clan de la Niebla ha estado aquí desde el principio de los tiempos. Son su gente original. Los antepasados de los rebeldes eran extranjeros que se instalaron aquí y obligaron a su pueblo a huir al otro lado de las montañas. Aun así, sus descendientes acabaron adoptando su religión hasta la guerra de hace cien años. En otras palabras, tanto ellos como el Clan forman parte del pueblo que protege. ¿Crees que su dios quiere que se peleen entre ellos?

Sai hizo una mueca.

—Supongo que no.

Naruto asintió y siguió su camino.

—Yo he hecho lo que he podido para darles una oportunidad de llevarse bien. Si ellos quieren desperdiciarla, es su decisión.

—Pero eres un creador —replicó Sai—, ¿no se supone que deberías cumplir con la voluntad de los dioses?

—En realidad, del mío —respondió Naruto con una mueca—. Es cierto que me han pedido ayuda para ocuparme de un asunto aquí y tengo intención de cumplirlo, pero eso no implica asegurarme de resolver todos los problemas que hay en esta tierra. Eso les concierne a los creadores de aquí.

—Pero si aquí no hay… —De repente, se quedó callado y lo miró con los ojos muy abiertos—. Porque no hay, ¿verdad? Tú y Menma sois los únicos.

Naruto no apartó la vista del frente mientras respondía:

—No por mucho tiempo.

 

 

El sol ya estaba oculto cuando Naruto se dirigió a la parte de la ciudad en la que el Clan se había instalado. Había fogatas en las calles y las puertas de las casas estaban abiertas, algo típico en su gente, ya que no se robaban entre ellos, sino que tenían por costumbre compartir las comidas siempre que podían.

Todo aquel con el que se cruzaba, le hacía una reverencia con las manos extendidas, que él ya estrechaba como saludo y forma de afecto. Les daba las gracias por su hospitalidad y hacía honor a la alianza que habían forjado.

En cuanto hubo terminado las cortesías, se dirigió a la fogata en la que se encontraba Zabuza, rodeado por sus hombres de mayor confianza. Tras saludarlo, pidió que los dejaran un momento a solas y ellos obedecieron sin preguntar. Zabuza le ofreció un lugar a su lado.

—¿Cenará con nosotros esta noche, hijo del sol?

Él sonrió.

—Si no es molestia.

El otro hombre hizo un gesto despreocupado con la mano.

—Al contrario, nos honra.

La sonrisa de Naruto se volvió amarga.

—Me dais más mérito del que merezco.

Zabuza frunció el ceño.

—Nuestro señor nos bendijo con el nacimiento de Haku, pero es muy joven e inexperto para llevar a cabo su labor. Su llegada es un regalo para nosotros. Aunque no tenía ningún deber para con nuestra tierra, aceptó salvarla. —Hizo una pequeña pausa en la que observó el fuego—. Y hoy nos ha defendido ante los forasteros. Estamos agradecidos por ello.

—Lo sé, me lo ha dicho todo el mundo.

Zabuza frunció el ceño.

—¿De verdad no saben luchar?

Naruto supo que debió suponer que haría esa pregunta. La gente del Clan era honorable, no mataban a menos que consideraran que había una amenaza, por ello, dejaban con vida incluso a los niños y ancianos del enemigo. Para ellos, hacer daño a alguien incapaz de defenderse era una deshonra.

—Eso me temo.

—No lo entiendo. Los que he visto parecen hombres sanos y fuertes.

—El rey de este país les prohibió aprender a defenderse.

Zabuza lo miró, sin comprender.

—Sigo sin entenderlo. Eso les hace débiles ante el enemigo.

—Su rey es un hombre horrible. Les quita gran parte de la comida que cosechan y les está prohibido cazar para alimentarse. —La expresión de Zabuza era la viva imagen de la incredulidad—. Es cruel, Zabuza. Permite que sus hombres violen a sus mujeres y se lleva a una de cada ciudad, pueblo y aldea, para tenerlas como amantes. Por eso no quiere que su gente sepa luchar, sabe que no les gusta lo que hace y teme que le ataquen por ello.

El líder del Clan apretó la mandíbula. Sus manos, apoyados sobre las rodillas, se convirtieron en puños.

—¿Matamos a gente indefensa?

Naruto asintió.

—Lo siento.

—Ahora mi gente tiene una mancha que debe limpiar —dijo con tono sombrío.

—No lo sabíais.

—Eso no borrará la mancha, hijo del sol —dicho esto, su frente se arrugó—. Ese rey debe morir. Será nuestra ofrenda para esa gente.

El creador miró el fuego.

—Es mi objetivo. Se llevó a mi compañero.

Zabuza abrió los ojos como platos. Su rostro se suavizó.

—Entonces, la situación es peor de lo que creía. Mi pueblo hará lo que sea necesario para recuperarlo.

Naruto se giró hacia él. Había tristeza en sus ojos.

—Es el líder de los hombres del mar que atacó a tu clan.

No fue fácil para el rubio saber qué pasaba por la mente del hombre. Pudo discernir cierta rabia, pero se apagó con rapidez para dejar paso a una profunda reflexión.

Al final, Zabuza clavó su mirada afilada en él.

—¿Su gente nos atacaría de nuevo?

—Claro que no. Ahora está conmigo.

El ceño de Zabuza se acentuó.

—Ha dicho que es su compañero.

—Lo es ante los dioses.

—¿Usted lo escogió?

—No al principio —admitió Naruto, esbozando una pequeña sonrisa—, pero, al final, sí.

Zabuza estrechó los ojos.

—¿Daría su vida por usted?

—Está aquí atrapado por protegerme.

El líder del Clan inspiró hondo y, después, cerró los ojos. Asintió para sí mismo.

—La guerra fue hace años. Acabó y nosotros perdimos. —Abrió los párpados. Las llamas bailaban en sus orbes oscuros—. Cuando nos ofreció un nuevo hogar aquí, en tierras fértiles colindantes a las de nuestros viejos enemigos, supimos que tendríamos que guardarnos nuestro rencor. No hemos olvidado, pero aceptamos la derrota. Los hombres del mar nos vencieron de forma limpia —dicho esto, miró a Naruto—. No es que sienta simpatía por su compañero, pero ni yo ni mi pueblo tomaremos represalias contra él o sus hombres. Además, respetamos las leyes por encima de todo.

Naruto admitió que no esperaba una respuesta tan calmada. Sí, sospechaba que no harían daño a Sasuke, al ser su marido, o compañero según el Clan, no podían hacerle daño. Era una de las cosas que podía provocar una guerra entre dos creadores y Zabuza era consciente de que su pueblo tenías las de perder contra él. Haku era muy joven e inexperto y no había tenido Guardianes que lo ayudaran. Además, el Clan de la Niebla estaba decadente, sus guerreros eran fuertes, sí, pero quedaban pocos y, hasta la batalla del puerto, no habían tenido caballos o armas de gran calidad.

—Sé que no servirá de consuelo, pero…

—No necesito que se excuse por él, hijo del sol —dijo, y, cuando Naruto lo miró, no vio ira o resentimiento en sus ojos—. En las guerras, se gana o se pierde. Eso es todo. No siempre hay villanos y héroes, solo dos bandos que luchan por su supervivencia.

Naruto entrecerró los ojos.

—En esta guerra sí hay un villano.

Zabuza le apretó el hombro. Al mirarlo, sus ojos ardían.

—Y acabaremos con él. Tiene mi palabra —dicho esto, vio algo a lo lejos y sus facciones se ablandaron—. Ah, nos traen la cena. En nuestro campamento no pudimos ofrecerle gran cosa, pero le juro que le encantará nuestra carne con hierbas.

Naruto esbozó una pequeña sonrisa.

—¿Sigues queriendo que cene con vosotros?

El hombre lo miró parpadeando.

—Por supuesto. Y sigue siendo un honor para nosotros.

Él se relajó un poco.

—Gracias.

Para su sorpresa, Zabuza le palmeó la espalda.

—A usted, hijo del sol. Por darnos una oportunidad real de perdurar.

 

 

Tras una agradable velada con la gente del Clan, Naruto regresó por el puerto a la zona en la que su ejército había acampado. Era extraño ver las plazas y las calles más grandes repletas de tiendas en las que los soldados descansaban, o las fogatas en las que algunos aún hablaban en voz baja, bebiendo vino y contando viejas historias de guerra.

Su corazón se apesadumbró. Muchas de esas personas morirían en la batalla final. Nadie parecía abatido por ello, al contrario, su primera victoria en el puerto les había dado confianza y grandes esperanzas de ganar aquella guerra. La presencia del ejército del Hielo también debía de ser una gran motivación, sobre todo, después de verlos en combate.

Pensó en la gente del Clan. Podía entender el respeto de Zabuza hacia él por haber mediado con los rebeldes para darles un hogar, pero, ¿a qué precio? ¿Su clan podría perdurar si la mayoría moría? Era cierto que todavía sobrevivirían aquellos que seguían escondidos en las calas junto a Haku, pero no serían suficientes para sobrevivir más allá de dos o tres generaciones.

Zabuza debía saberlo. No era tan estúpido como para creer que no lo habría pensado. Él conocía la guerra, sabía lo que podría perder y, aun así, lo había aceptado. Aunque, pensándolo bien, tampoco tenía muchas más opciones.

Naruto no podía permitirse ser altruista. Iba a ser rey, y, al final, tenía que mirar por el interés de su reino. Y, en esos momentos, necesitaba recuperar a Sasuke. Si dejaba a un lado que lo amaba y que habría ido a buscarlo de todas formas, si pensaba en su pueblo, Sasuke era la mejor opción como esposo, tal y como pensó su abuela en su momento.

No podía simplemente sacrificar su ejército, su propia gente, por el Clan. Si él les ofrecía algo, necesitaba algo a cambio y, en este caso, era una alianza que incluía su participación en la guerra. Tampoco es que pudiera pedirles cualquier otra cosa.

Y, aun así…

—¿Una mala noche?

Se sobresaltó al escuchar la voz de Fugaku a su espalda. No lo había oído acercarse. Era bastante sigiloso para su tamaño o él había estado demasiado sumido en sus pensamientos.

Dejó caer los hombros.

—Algo así.

—¿Te preocupa darle demasiada ventaja a Orochimaru?

Él movió la cabeza a un lado y a otro.

—No, no es eso —dicho esto, lo miró con el ceño fruncido—. ¿No deberías estar descansando?

Fugaku esbozó una sonrisa que no le llegó a los ojos.

—Por si lo has olvidado, hace años que no duermo mucho.

Naruto se estremeció al recordar el motivo.

—Lo siento.

El rey frunció un poco el ceño, pero lo suavizó y se colocó a su lado.

—¿Por qué no damos un paseo y me cuentas lo que te preocupa? —le ofreció, o tal vez no, porque empezó a caminar incluso antes de que el creador pudiera responder. Este suspiró y lo siguió. Tampoco es que tuviera intención de ocultárselo. Fugaku era el señor de sus tierras desde hacía mucho y tenía experiencia de sobra en guerras. No conocía un mejor consejero.

—Solo… Siento que estoy siendo egoísta de algún modo. Y estúpido, también.

—¿Por qué motivo? —preguntó Fugaku sin inmutarse.

Naruto agachó la vista.

—Pienso en toda la gente que va a perder la vida en la batalla de la capital. En la que ya ha muerto en el puerto, aunque no haya estado ahí para verlo. —Arrugó el ceño—. No es que haya pensado en abandonar a Sasuke, jamás lo haría. —Hizo una pequeña pausa—. Pero no puedo evitar sentirme culpable. Sé que mi enlace con él es lo mejor para mi reino, pero, al mismo tiempo, es como si estuviera enviando a la gente a morir por mis sentimientos.

Fugaku escuchó sin interrumpirlo ni una sola vez. No parecía sorprendido por sus inquietudes, como si fuera algo que hubiera visto otras veces, o puede que experimentado.

De repente, se detuvo y lo miró a los ojos.

—Naruto, tengo la sensación, desde que te conocí, de que eras muy consciente de lo que supone llevar la corona. Que conoces tus responsabilidades y estás dispuesto a hacer sacrificios por tu pueblo. Por eso accediste a prometerte con mi hijo, ¿no es así? Sasuke me contó que tenías tus dudas al principio.

Naruto frunció el ceño, sin estar seguro de a dónde quería ir, pero asintió.

—Sí.

—En otras palabras, de haber podido elegir con quién pasar tu vida, él no habría sido una opción.

—No lo conocía como ahora. Supongo que no.

Fugaku esbozó un atisbo de sonrisa, pero no tardó en suavizar su expresión y mirar las tiendas en las que descansaban los soldados.

—Es bueno que conozcas tus responsabilidades, Naruto, pero no debes olvidar que los demás también las tienen. Tu deber como rey es proteger al pueblo y hacer lo mejor para tu reino. Del mismo modo, los soldados también tienen el suyo. Luchar por su tierra, aunque eso conlleve sacrificar sus vidas. —Lo miró de nuevo con intensidad—. Entiendo que los ves como parte de tu pueblo, que sientas la necesidad de cuidar de ellos. Pero ahora es su turno de servirte, llevan toda la vida entrenando para ello. Es cierto que no todas las guerras son necesarias ni que se hacen por motivos honestos, pero, por suerte para ellos, tanto tú como yo lo hacemos, al margen de nuestro interés personal, por el bien de nuestros reinos. Ambos saldrían perjudicados si perdemos a Sasuke y son conscientes de ello. No les prives de cumplir con sus deberes, hónralos como soldados, hazles saber que sientes orgullo por su lealtad y, si mueren, entiérralos con todos los honores que merecen y brinda apoyo a sus familias. Esa es tu responsabilidad para con ellos.

Naruto se quedó en silencio, pensativo. La verdad era que no se lo había planteado de ese modo.

—No había pensado en eso —admitió.

Fugaku esbozó una pequeña sonrisa y le revolvió el pelo.

—Cargas con demasiadas cosas sobre tus hombros, hijo de los dioses. Ser rey también consiste en darse cuenta de que uno no puede hacerlo todo solo. Debemos delegar responsabilidades en los demás, aunque eso conlleve ciertos riesgos. Pero así es cómo funciona.

El creador lo miró con cierta duda en los ojos.

—¿Te acostumbras? ¿A perder gente?

Fugaku no apartó la mano de su cabeza mientras respondía. Sus ojos eran tristes y amables a la vez.

—No. Lo aceptas, más bien. La muerte es inevitable en la guerra. Por tanto, debemos asegurarnos de que esas vidas perdidas no sean en vano. Es todo lo que debe preocuparte.

Naruto lo meditó un momento más antes de asentir.

—Gracias por hablar de esto.

Fugaku sonrió y apartó la mano.

—No le des demasiadas vueltas. Debes tener la mente despejada. Aprovecha estos dos días hasta que lleguen las armas de asedio y, después, sigue adelante. Tenemos una guerra que ganar —dijo antes de dar media vuelta para marcharse en dirección al campamento de su ejército.

Naruto lo vio desaparecer entre las tiendas.

—Es verdad —murmuró—. No podemos perder.

Pese a las palabras del rey del Hielo, todas ellas ciertas, Naruto no se sintió mucho mejor. No tenía intención de cambiar sus planes, no podía retroceder con todo lo que había en juego y bajo ningún concepto llegaría a un acuerdo con alguien como Orochimaru. Pese a ser consciente de las vidas que tendría que sacrificar, esa serpiente debía morir. Tampoco renunciaría a la misión que le habían encomendado los dioses, ni le daría la espalda al Clan o a los rebeldes. Los primeros merecían un hogar y los otros un poco de paz.

Al pensar un poco más en ello, al recordarse lo que podía perder, sintió que su determinación se reafirmaba. Era verdad, no lo hacía solo por su interés personal, aquella guerra no era únicamente por el hombre al que amaba. Había más, mucho más. Mucha gente que seguiría sufriendo si permitía que las cosas siguieran como antes. El Clan desaparecería eventualmente incluso si no luchaban en esa guerra, el pueblo del reino seguiría muriendo de hambre y siendo víctima de abusos horribles.

No podía zanjar aquello de ninguna otra manera que mediante la guerra. Orochimaru no era tan estúpido ni honorable como para acabar con todo aquello mediante un combate singular. Se mantendría escondido en su madriguera como el cobarde que era a la espera de poder usar a Sasuke contra él.

Además, no podía ignorar lo que aprendió en la Cueva Sagrada. Sabía lo que pasaría en el mundo si no conseguía ganar la última batalla. Ni siquiera los creadores que había ni los que vendrían podrían reparar ese daño, tampoco los dioses.

Esta vez, no habría segundas oportunidades.

—Ah, majestad, habéis vuelto.

La voz de Gai lo distrajo de sus pensamientos. Como siempre, el alegre general le sonreía con ojos brillantes.

Él trató de devolverle la sonrisa, pero estuvo seguro de que salió una mueca.

—Buenas noches, Gai.

Este borró su sonrisa de repente y frunció el ceño.

—Parecéis cansado. Descansad bien estos días, majestad. Una vez estemos en marcha, no habrá muchas oportunidades para dormir debidamente.

Naruto asintió.

—Sí, claro.

—Majestad —se despidió Gai con una reverencia antes de seguir su ronda entre las tiendas.

Tras unos segundos, el creador se dio la vuelta.

—Gai —lo llamó, haciendo que este se detuviera y se girara hacia él—, ¿puedo hacerte una pregunta?

El general regresó e hizo un firme gesto con el mentón.

—Por supuesto.

Aun así, Naruto dudó un momento.

—Tú… ¿Morirías aquí si fuera necesario? ¿En esta guerra? ¿Por mí?

Gai ni siquiera tuvo que pensarlo.

—Por supuesto, majestad.

—¿Por qué? ¿Porque te lo ordena tu rey? ¿Porque soy amigo de Lee?

Una mirada suspicaz cruzó los pequeños ojos oscuros del soldado. Sus labios se curvaron en una sonrisa y se llevó el puño al corazón.

—Porque sois la clase de persona por la que merece la pena morir. Nada enorgullece más a un soldado que servir hasta su último suspiro a un señor digno de su espada.

Naruto sonrió, aunque fue un gesto carente de alegría.

—¿No te da miedo morir?

—¿Y a usted?

Necesitó pensarlo durante unos momentos. La respuesta le sorprendió.

—Hay otras cosas que temo más que a la muerte.

Gai movió la cabeza a un lado.

—La muerte es un riesgo que corremos los soldados. Todos lo sabemos, incluso los más jóvenes e inexpertos, aunque no estén tan preparados para afrontarla como los veteranos. Sin embargo, es la vida que les ha tocado vivir —dicho esto, lo miró con cariño—. Nosotros hemos sido afortunados. No tenemos un rey tirano que es cruel con nuestro pueblo o lo bastante avaricioso para involucrarnos en guerras absurdas. —Hizo una pequeña pausa y sus rasgos se volvieron más serios, aunque seguía habiendo cierta calidez en ellos—. Vos y la reina habéis sacrificado mucho por proteger al reino. Deje que nosotros hagamos lo mismo ahora. —Le hizo una reverencia y dio media vuelta—. Buenas noches, majestad.

Naruto vio cómo se marchaba con el corazón en un puño.

Fugaku tenía razón, por supuesto. Los soldados también tenían sus obligaciones y las cumplían con orgullo. Gai sabía bien lo que podía aguardarle en esa guerra, pero lo aceptaba y estaba preparado.

Como su abuela cuando tuvo que ceder poder al Consejo para evitar una guerra civil. Como él todas las veces que se había reprimido ante ellos para mantener la paz, o cuando aceptó casarse con un desconocido e irresponsable príncipe con tal de tener una oportunidad de cambiar las leyes de su reino.

Todos tenían su función, su deber y responsabilidad. Todos, al final, tenían que hacer sacrificios tarde o temprano.

Lo mejor sería que lo aceptara cuanto antes. No podía olvidar por qué estaba allí.

Convencido de que estaba haciendo lo mejor, por poco que le gustara, fue a paso rápido entre las tiendas de su gente, buscando una en concreto. Destacaba por sus colores grises y blancos, en comparación con los anaranjados y rojos del ejército del Fuego, así que no fue difícil dar con ella.

Se colocó junto a la entrada y llamó suavemente:

—¿Korin? ¿Estás ahí?

—Sí, mi señor. Pase.

Naruto entró, encontrándose con un revoltijo de gruesas mantas en el suelo. Korin estaba sobre un codo, con una mano rozando la empuñadura de su espada.

—¿Va todo bien? —le preguntó con cautela.

Él sacudió la cabeza.

—¿Te importa que pase la noche contigo?

Korin ladeó la cabeza, pero apartó los dedos de su arma y abrió la manta con la que se cubría. Naruto suspiró y se metió debajo. Hizo amago de cubrirse, pero la mujer lo hizo por él.

—Sea lo que sea lo que le pase, no debe preocuparse —le dijo—. Yo no me apartaré de su lado.

El creador curvó los labios sin llegar a sonreír.

—Eso me reconforta. Y me preocupa al mismo tiempo.

Korin se tumbó a su lado, apoyando la cabeza sobre su brazo.

—¿Es por lo que hablamos ayer?

Él arrugó la frente.

—¿Por qué todo el mundo se da cuenta de eso?

—Tiene buen corazón —dicho esto, frunció un poco el ceño—. Pero debe endurecerse, mi señor. La guerra no da segundas oportunidades y castiga a aquellos que cometen errores.

Naruto agachó la mirada.

—No podré detenerme para preocuparme por los demás. O tratar de salvarlos.

—La muerte de parte de los nuestros es inevitable. Debemos tener en mente nuestro objetivo. Solo así, nada habrá sido en vano.

Él asintió, cerrando los ojos con fuerza.

—Hazme un favor.

—Lo que sea, mi señor.

—No te apartes de mí, y, si ves que voy a hacer algo estúpido o insensato, recuérdame por qué tengo que salir adelante.

Korin tardó un momento en responder, pero accedió. Sin embargo, no esperó lo que ella hizo después. Se acercó más a él y pasó el brazo libre por sus hombros, descansando la mano sobre su cabeza, atrayéndolo hacia ella.

Por unos instantes, se quedó paralizado.

—¿Korin?

—Piensa demasiado. Hace que me duela la cabeza. Duerma —dijo con firmeza, aunque casi pareció una orden.

Por primera vez en toda la noche, Naruto esbozó una pequeña sonrisa sincera y se acurrucó, aceptando su muestra de afecto.

Después de todo, si ella también estaba dispuesta a sacrificarse, tenía que aprovechar el poco tiempo que podría quedarles.

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