Capítulo 34. La Batalla de las Obsidianas
El sol estaba en su punto álgido cuando la flota de
Nami vio asomarse las naves del Reino del Fuego. Nadie había visto en siglos
las galeras de guerra del país, tan solo sus barcos mercantes, y, pese a las
historias que circulaban sobre ellas, verlas resultó muy desconcertante.
Eran barcos más largos que altos, hechos de madera de
ciprés y no muy anchos. Aun así, eran lo bastante grandes como para albergar en
su interior tres pisos en cuyo interior se situaban los remeros, que le daban
velocidad a sus naves. Tenían también un calado profundo, lo que les
proporcionaba cierta robustez, y, más importante todavía, más peso al barco y,
por tanto, un mejor equilibrio en el mar. Este aspecto había sido una evolución
de sus barcos de guerra originales, ya que, cuando el Reino del Fuego empezó a
comerciar con otros países, descubrieron que el peso ayudaba a equilibrar las
naves y le daba una mayor seguridad a su mercancía. Sin embargo, en esta
ocasión, el peso era importante por otro motivo junto a sus más de cincuenta
remeros.
Un único mástil con una gran vela cuadra, roja con la
cabeza de un zorro anaranjado en ella y rodeada por nueve colas, coronaba los
barcos, y, en la proa, había un foque triangular, grande e hinchado por el
viento. La popa tenía forma ovalada y finalizaba con un elegante arco de madera
que apuntaba hacia el interior del barco y que delineaba el contorno de una
cola de zorro. La proa, por otro lado, tenía una decoración similar, solo que
la hambrienta cabeza de Kurama con las fauces abiertas apuntaba en dirección a
sus enemigos. Pese a que el Reino del Fuego llevaba siglos sin combatir, no
habían olvidado los presagios de guerra y sus tradiciones. Su dios no era solo
el señor de la luz y la prosperidad, también era una deidad de guerra que los
acompañaría a la batalla si lo tallaban en sus naves.
Sin embargo, la proa tenía un elemento que nadie había
visto y que los mineros del Reino del Fuego habían descubierto mucho después de
las guerras que habían asolado su tierra. Acoplado al casco de la proa, había
un enorme espolón hecho de obsidiana, tan negra y reluciente como las profundas
aguas del océano brillando bajo la luz de la luna. Tenía un total de tres
puntas, afiladas cual punta de lanza, y que asomaban por la superficie del
agua, siendo la más larga la inferior y la más corta la superior.
En el interior de las naves, los soldados del Reino
del Fuego, curiosamente, portaban simples armaduras de cuero que cubrían su
torso, los hombros, los antebrazos y los muslos. Por debajo del peto y las
hombreras, llevaban una túnica roja corta, y, bajo las musleras, unos
pantalones negros ajustados. Sus sandalias también eran de cuero y cubrían sus
espinillas, pero dejaban los dedos al descubierto. Sobre la cabeza, lucían
cascos de bronce con apéndices que protegían la nariz y los lados del cuello.
El capitán de cada nave era fácilmente reconocible en la popa por la cresta de
su yelmo, hecha también con bronce.
Si bien sus armaduras eran motivo de risa para la
flota enemiga, el hecho de ver a los soldados del Reino del Hielo en sus naves
les quitó la sonrisa de la cara.
Los guerreros del Reino del Hielo portaban una
armadura de cuerpo completo, pero estilizada y ceñida, lejos de las aparatosas
placas de hierro del Reino de la Hierba. La fuerza militar del país norteño no
se debía solo a la habilidad incomparable de sus guerreros, sino a las
avanzadas técnicas de sus herreros y a las alienaciones que habían creado
gracias a la sustracción de metales y minerales de sus montañas. Así, habían
creado materiales duros como el hierro, pero también más ligeros. Además, cada
una de las armaduras había sido forjada a medida para cada soldado y reajustada
cuando ha sido necesario, Fugaku había insistido en ello después de la traición
del Reino del Amanecer. Había jurado que, si los pillaban desprevenidos, al
menos estarían preparados de antemano para cualquier ataque.
De ese modo, sus armaduras tenían un color azul oscuro
elegante con motivos plateados, en cuyo pecho se podía ver la figura de Taka
con las alas desplegadas. La zona superior de las hombreras también estaba
revestida de plata y las musleras estaban delineadas por el mismo metal,
creando en la cintura un dibujo que simulaba un cinturón. Su yelmo tenía las
mismas líneas decorativas y añadía las alas de un halcón a ambos lados de la
cabeza que empezaban en los largos y anchos apéndices que protegían el cuello y
ascendían hasta la parte superior, donde las puntas casi se tocaban.
Era interesante que sus tropas fueran las más
numerosas dentro de los barcos, portando unos grandes y robustos escudos
cuadrados para cubrirse por entero, mientras que sus imponentes espadas
reposaban en sus cintos, a la espera de ser desenvainadas.
A Kidomaru, el comandante de la flota de Nami, no le
costó demasiado averiguar la estrategia. Los soldados del Reino del Fuego eran
los marineros que dirigían los barcos, sin duda alguna más rápidos y manejables
que los imponentes navíos del Hielo, mientras que sus guerreros se ocuparían
del abordaje, pues eran más diestros en el combate.
Casi sonrió. La estrategia era patética. Puede que el
Reino del Fuego hubiera mejorado sus barcos, pero no eran lo bastante altos
para que los soldados pudieran abordarlos. Necesitarían usar ganchos y cuerdas
y a sus tropas les costaría poco repelerlos cortándolas. Además, en las guerras
de antaño usaban sus pequeñas y ligeras embarcaciones para estrellarse contra
otras naves y hundirlas, aunque eso implicaba el sacrificio de la tripulación
que iba a bordo. Y, teniendo en cuenta que, en esta ocasión, los barcos eran
diferentes, que los soldados del Hielo iban en su interior listos para el
abordaje y que había alrededor de trescientas naves, dudaba que fueran a
intentar esa práctica suicida.
Sin embargo, había algo que sí lo preocupaba. Tras las
líneas del Fuego, pudo ver las velas grises de los barcos norteños. Habían
traído unos cien barcos, pero se mantenían a una distancia prudencial de sus
aliados, lo cual era poco común.
Puede que sus barcos no fueran gran cosa para moverse
en alta mar, pero al menos eran altos, robustos y sus espolones estaban hechos
para romper el hielo. Su presencia lo disgustaba y no tenía claro qué era lo
que pretendían.
Echó un vistazo hacia el puerto, una gran estructura
rectangular cuya entrada estaba resguardada por dos murallas no muy altas y las
gruesas cadenas que impedían que los barcos pasaran. Sobre las paredes de
piedra, había una larga hilera de balistas con hogueras ardiendo a cada lado,
preparadas para lanzar sus enormes flechas llameantes contra los barcos
enemigos si se acercaban.
Bajo ningún concepto podía permitir que se acercaran
al puerto. Si tan solo hubiera participado el Reino del Fuego, no habría tenido
reparos en defender desde las murallas. Con las cadenas protegiendo la entrada,
habría bastado con prenderles fuego a las naves enemigas y eso habría sido
todo.
El problema era que el ejército del Hielo había
entrado en el tablero. Y, en tierra, eran invencibles. La sola posibilidad de
permitirles acercarse a ella lo inquietaba. Pese a que no tenían mucha
experiencia luchando en alta mar, no quitaba que tuvieran estrategas expertos y
conscientes de sus habilidades y temía dejarles un solo hueco. Los del Fuego
eran marineros natos, sí, pero no tenían madera de guerreros y, viendo sus
primitivas armaduras y sus ineficientes barcos para un abordaje, dudó que representaran
una gran amenaza a pesar de las advertencias que recibieron por parte de Danzo,
que les advirtió de que les permitieran llegar a tierra firme y emboscarlos
allí, que en el mar eran muy peligrosos.
Ese anciano estaba demasiado orgulloso de su viejo
ejército o no había querido admitir su debilidad al haber estado él a cargo. No
veía más que a un puñado de comerciantes que no habían aprendido nada de sus
guerras pasadas.
El sonido largo y bajo de una trompeta alertó a
Kidomaru de que la batalla estaba a punto de comenzar. Atento, observó los
movimientos de su adversario. Frunció el ceño al ver que las naves del Reino
del Fuego se separaban; la mitad se dirigieron hacia el sur y la otra mitad
hacia el norte. Puesto que el viento soplaba del norte, las que bajaban al sur
cogieron velocidad con rapidez.
Kidomaru no entendía la estrategia, no tenía sentido
que se separaran. Dejaban un hueco claro en su defensa por el que su flota
podía colarse y dispersarlos, convirtiéndolos en presa fácil.
Eso pensó hasta que el hueco reveló a los bracos del
Reino del Hielo. Entonces, palideció.
No estaban dejando un hueco, sino que pretendían
acorralarlos. Las naves del Fuego se habían dividido para rodearlos mientras
que las del Hielo podrían embestirlos de frente.
Era una buena táctica, pero solo si eras lo bastante
rápido para ejecutarla y los barcos del Fuego habían cometido un grave error:
puede que los barcos que navegaban a favor del viento fueran lo bastante rápidos,
pero la otra parte iba en contra y, por tanto, no tendría ningún efecto sobre
ellos porque no podrían rodearlos a tiempo como para que los grandes y
contundentes barcos del Hielo los arrollaran.
—Pon rumbo a babor y que me siga toda la flota —le
ordenó al capitán, que gritó e hizo sonar sus trompetas para dar las órdenes al
resto de barcos.
Todos le siguieron. Si movía él primero a todas sus
naves, no habría forma de que los acorralaran los barcos del Fuego que
pretendían rodearlos por el norte. Bastaría con librarse primero de los que
atacaban por un flanco y luego reagruparse para maniobrar contra el resto. Le
gustaría eliminar primero a las pocas naves que había traído el Reino del Hielo
para evitarse sorpresas desagradables y, por último, acabar con lo que quedara
de la flota del Reino del Fuego.
De ese modo, todos viraron hacia el sur y fueron al
encuentro de las naves. Doscientas del Fuego frente a la flota de mil barcos
del Reino de la Hierba. No deberían tener ningún problema. De hecho, aunque no
eran tan rápidos como las naves del Fuego, ellos serían los primeros en
embestir, lo que les daba ventaja.
Les faltaban unos metros para alcanzarlos cuando, de
repente, el sonido acelerado y entrecortado de las trompetas del Fuego sonaron.
Pese a la distancia, Kidomaru escuchó el griterío de los capitanes y vio
perfectamente cómo toda la tripulación y los soldados se trasladaban a la popa
de los barcos y se agarraban los unos a los otros, creando una formación
extraña que cubría toda la parte trasera.
Cuando comprendió sus intenciones, ya era tarde. Las
naves del Fuego, coronadas con las fauces del dios Kurama, giraron de repente
con brusquedad y se abalanzaron sobre su primera línea de navíos.
El impacto fue mucho peor de lo que podía imaginar. Su
propio barco se sacudió con tal violencia que pudo sentir hasta cómo
retrocedía. El rugido de la parte babor de sus naves sonó como terribles
truenos que cortaban la noche. La madera cedió con tal facilidad que la cabeza
de Kurama de la flota del Fuego se adentró en las bodegas de los barcos
enemigos, anunciando el inicio de una sangrienta batalla.
Para cuando Kidomaru logró recuperarse de la
impresión, ya oía los gritos de batalla provenientes del piso inferior.
Corrió a cubierta y se asomó por la borda, abriendo
los ojos como platos al ver que la proa del barco del Fuego se había hundido
por completo en la suya.
Por eso los soldados del Hielo y la tripulación se
habían resguardado en la popa. Su intención había sido chocar contra ellos
desde el principio. Habían aprovechado el peso del barco, la fuerza de sus
remeros y que tenían el viento a su favor para embestirlos de golpe y en el
último momento.
Y para eso tenían ese espolón tan extraño, para causar
aún más daño y que su nave pudiera penetrar en la suya. Así era como abordaban,
abrían un agujero para que el barco se hundiera y, mientras tanto, abordaban.
Kidomaru se dio la vuelta y gritó a pleno pulmón que
usaran los arcos.
Fue una mala decisión, porque sus hombres no estaban
preparados para atacar a distancia, sino que habían estado listos para un
combate cuerpo a cuerpo en cuanto ellos iniciaran los abordajes. Eso les dio un
tiempo precioso a los soldados del Hielo, que fueron los que iniciaron el
ataque.
Subieron todos a cubierta y formaron una primera línea
en la que usaron sus enormes escudos para protegerse de las flechas. Los que
iban detrás y a los lados usaron los suyos para cubrir sus cabezas y los
flancos, sin dejar ni un solo hueco libre.
Kidomaru ordenó que dispararan con la esperanza de que
sus flechas al menos detendrían su avance, pero no fue así. Se requería un
tiempo precioso para sacar la flecha, colocarla de forma correcta en el arco y
disparar, un tiempo que los soldados del Hielo aprovechaban para avanzar, sin
prisa, pero sin pausa. Tan solo se detenían para frenar el impacto de las
flechas, procurando que no hubiera ninguna apertura entre sus escudos. Además,
tampoco tenían tantas flechas en el carcaj, por lo que fue cuestión de tiempo
que estas se acabaran y que los guerreros del norte iniciaran su ataque.
Estos hicieron honor a su terrible reputación.
Inutilizados los arcos de sus contrincantes, la primera hilera de soldados
soltó sus enormes escudos y, de repente, se abalanzaron sobre sus enemigos con
las espadas ya en mano.
Pese a que parecía un ataque a la desesperada, los
vasallos de Fugaku Uchiha estaban lejos de sentirse acorralados. Habían
escogido los grandes escudos para protegerse del ataque de las flechas cuando
abordaran o para cubrir a la tripulación del Fuego si las usaban para
golpearlos a distancia, pero, en efecto, no eran muy útiles para el combate
cuerpo a cuerpo, pues eran más pesados que su armadura o el resto de sus armas,
ya que también fueron diseñados para protegerse de la carga de la caballería.
Entre su peso y su tamaño, no hacían más que entorpecerlos en el combate cuerpo
a cuerpo, motivo por el que los habían abandonado al empezar el combate.
Sin embargo, tampoco les hacía mucha falta. Los
soldados de Kidomaru eran más torpes por culpa de sus pesadas armaduras de
acero, que cubrían todo su cuerpo. Eso significaba peor movilidad y menos
velocidad, mientras que los guerreros del Hielo parecían flotar sobre la
cubierta, corriendo a ras de suelo con ambas manos sobre sus espadas, mientras
esquivaban con una envidiable gracilidad los ataques de sus oponentes antes de
buscar los puntos débiles de sus armaduras y atravesarlos. Muchos atacaban a
las axilas, un punto sin cubrir y que quedaba al descubierto cuando los
soldados alzaban sus espadas para atacar, y los más fuertes golpeaban sus
cascos hasta que salían volando y, entonces, cortaban cabezas o atravesaban
gargantas. Los que poseían una mayor precisión eran capaces incluso de cortar
la yugular de un único y fluido movimiento sin necesidad de arrebatarles el
yelmo.
La cubierta de la nave de Kidomaru tardó poco en
llenarse de sangre. Este, protegido por sus hombres, se retiró a popa para dar
órdenes a su flota de que reunieran la mayor cantidad de soldados posibles en
ese flanco, pero, al girarse, palideció.
Los otros cien barcos del Reino del Fuego que habían
ido al norte ya estaban avanzando hacia ellos, ahora a gran velocidad. Puesto
que el viento soplaba hacia el sur, les había costado un poco llegar a la
posición idónea para acorralarlos, sin embargo, la clave de la estrategia
estaba en que sus aliados, los otros doscientos barcos, habían atraído a sus
enemigos en esa dirección. Lo que quería decir que, una vez viraran y con el
viento a su favor, avanzarían aún más rápido.
Y tendrían impulso. Mucho impulso.
Lee y su padre lo habían planeado así desde el
principio, contaban con que sus enemigos los subestimarían y que no querrían
luchar en tierra por la presencia del ejército del Hielo. Bien sabían de su
reputación como meros comerciantes pacíficos, amantes del vino y los bailes,
banquetes y coloridas fiestas.
El propio Lee podía afirmar que no les faltaba razón.
Todo ello era cierto y, una parte de él, por el bien de su reino, habría
deseado mantener esos rumores. Eso habría significado que su pueblo seguiría
viviendo en paz y prosperidad.
Pero, por otra, también había querido demostrar que
eran algo más. Que habían avanzado desde los tiempos en los que otros llegaban
a sus tierras a arrebatarles todo aquello en lo que tanto habían trabajado.
Desde que saqueaban sus ciudades y quemaban sus cultivos, desde que los
plagaban de enfermedades extrañas y masacraban a su gente.
Quería que vieran que también eran peligrosos y que
buscar una guerra con ellos no era una opción. Ese era el día en que lo verían,
en que presenciarían cómo de letales eran las fauces de Kurama y la fuerza de
sus hijos.
Así, miró hacia arriba, encontrándose con la mirada de
su padre, que asintió y se llevó la mano al pecho, deseándole suerte. Él le
devolvió el gesto y gritó:
—¡Zorros Pardos, soltad amarras y desplegad velas!
Ocultas entre las naves del Reino del Fuego, había
otras más pequeñas que recordaban a los viejos barcos que su país utilizó
antaño para los ataques suicidas. Eran tripulados por diez personas, largos y,
estos sí, de poco calado y con una gran vela triangular. Estos dos aspectos
hacían que la embarcación volara sobre el mar a una velocidad de vértigo y que los
remeros fueran innecesarios, pero cuatro de sus marineros se veían obligados a
colocarse sobre la borda, agarrándose a unos cabos sujetos al mástil, para
poder mantener el control de la dirección de la nave y darle más peso en un
lado u otro. Su increíble movilidad los convertía en barcos perfectos para
navegar entre las islas del Reino del Fuego, pero también requería de un manejo
preciso y delicado, lo que había convertido a su gente en marineros expertos.
Lee y su facción, los Zorros Pardos, llamados así por
sus armaduras ligeras de cuero, salieron a la luz y se abalanzaron sobre el
flanco norte de la flota del Reino de la Hierba. Con sus enemigos distraídos
gracias a la trampa de sus aliados comandados por Neji, no corrían el peligro
de sufrir una lluvia masiva de flechas que pudiera detenerlos y, estando a mar
abierto, sin nada que se interpusiera en la corriente de viento, su nave
surcaba el mar como un halcón al acecho, cortando las olas con su negro espolón
de obsidiana.
Las pequeñas naves cubrieron la distancia que los
separaba en lo que los soldados enemigos tardaban en transmitir las nuevas
órdenes de Kidomaru, consistentes en repartir sus tropas entre ambos flancos,
unas para abatir a los soldados del Hielo y las otras para prevenir el ataque
de los barcos del Fuego que llegaban del norte. Aun así, aquellos que estaban
más cerca de ese flanco se arremolinaron en la borda y se prepararon para
atacar, corriendo con torpeza en busca de los arcos para tratar de repelerlos.
Eso hizo sonreír a Lee.
—¿Acaso habéis olvidado cómo atacaban nuestros
antepasados? —se preguntó en voz alta, haciendo que sus compañeros sonrieran—.
Estos barcos no son para abordaros —dicho esto, inspiró hondo y gritó las
nuevas órdenes—. ¡Atad el timón y la vela! ¡Contrapesos, quitaos los cabos y
preparaos!
Todos obedecieron a la velocidad del rayo y ágiles
como gatos. Esos eran los barcos que su gente usaba habitualmente en sus islas,
estaban más que acostumbrados a manejarlos y a moverse por ellos sin descuidar
el rumbo ni lo más mínimo. Los capitanes de los barcos silbaron cuando
estuvieron preparados, avisando a Lee, que empezó a avistar los primeros arcos
que apuntaban hacia ellos.
—¡Preparados! —gritó con un brazo alzado sin apartar
los ojos de las flechas. En cuanto hubo una hilera de arqueros preparados y sus
naves estuvieron a unos escasos siete metros de distancia, dio la orden al
mismo tiempo que alguien gritaba que les dispararan—. ¡Ahora!
Los Zorros Pardos se lanzaron al agua sin pensárselo
dos veces. Aun así, eso no alteró el rumbo de sus barcos, que se estrellaron
con sus afilados espolones contra las naves de Kidomaru. Estas se sacudieron y
hubo más de un arquero en la borda que cayó al agua. Los barcos que comandaba
Lee quedaron destrozados e inútiles, pero abrieron unos terribles agujeros en
los cascos enemigos por el que se filtró el agua del mar rápidamente,
provocando un lento hundimiento.
Por otro lado, Lee ordenó a sus hombres la retirada
hacia sus otros barcos. Puesto que eran grandes marineros, no era de sorprender
que todos supieran nadar, es más, formaba parte de su entrenamiento diario.
Además, ahí estaba el por qué usaban armaduras de cuero. El metal era pesado y
se hundía con facilidad, el cuero era ligero y les permitía moverse sin
dificultades en el agua. Les permitía, en otras palabras, evitar los ataques
suicidas de antaño y regresar a sus naves sanos y salvos para seguir luchando.
Las naves comandadas por Gai tiraron unas escaleras de
cuerda a las que Lee y los suyos se agarraron y por las que subieron. Este no
perdió tiempo, aceptó una manta que le ofreció uno de los soldados para secarse
con rapidez y se reunió con su padre.
—¿Cómo lo ves?
¿Saltamos demasiado pronto?
Gai le sonrió con evidente orgullo.
—De haberlo hecho, los arqueros que habían reunido os
habrían disparado y no habríais podido preparar el rumbo de los barcos. Lo has
hecho en el momento preciso —dicho esto, su rostro se volvió serio—. Ahora nos
toca acabar de preparar la trampa.
Lee asintió y dio media vuelta.
—Prepararé a mis hombres.
Gai asintió sin apartar la vista del rumbo, calculando
el momento en el que tendría que dar las órdenes.
En ese momento, escuchó el lejano sonido de una
corneta enemiga. Estaba dando alguna instrucción que, por supuesto, él no
podría entender. Sin embargo, y por mucho que buscó algún tipo de movimiento en
los barcos que pudiera desbaratar sus planes, no vio nada que le impidiera
terminar de tender la trampa.
Siendo así, podía actuar sin problemas. Había que
hacerlo rápido, antes de que la descubrieran.
—¡Soldados, preparaos para abordar al enemigo! —ordenó
con un grito.
Jirobo se estremeció al escuchar el sonido de la
corneta.
Kidomaru había caído. Ahora él era el comandante de la
flota. Malditos fueran los soldados del Hielo y los barcos suicidas del Fuego.
Todos los que había a su alrededor lo miraron
esperando sus órdenes. Él arrugó la nariz.
—¡Que todas nuestras tropas se agrupen en los barcos
del centro! ¡Dejad una nave de distancia entre ellos y nosotros y coged los
arcos! ¡Los repeleremos a distancia!
Las naves del Fuego habían mostrado su despiadada
forma de abordaje y ellos no tenían forma de enfrentarse a sus fuertes y
afilados espolones. En un choque, saldrían perdiendo por muy grandes que fueran
sus naves y no podían ganar en una persecución. Los barcos con la imagen de
Kurama tenían una mayor capacidad de movimiento y más velocidad, no podrían
pillarlos así.
Tampoco ganarían en el abordaje, no con los soldados
del Hielo de su lado. Luchar cuerpo a cuerpo contra ellos no serviría de nada,
tal y como habían demostrado al abatir a Kidomaru.
Solo les quedaba el combate a distancia.
La idea era horrible, pero no tenía más opciones para
ganar esa batalla. Los arqueros en alta mar perdían la mitad de su eficacia
debido a que los barcos se movían junto a las olas, pero, al menos, si creaban
una lluvia de flechas, podrían detener el avance del abordaje de los soldados
del Hielo mientras se retiraban hacia el puerto.
Se dirigió a su timonel y le ordenó:
—Pon rumbo al puerto. Los atraeremos hacia las balistas.
Los marineros gritaron las órdenes mientras que los
soldados se organizaban en el resto de naves centrales para mantener a raya a
los guerreros del reino del norte, que aún estaban luchando contra la poca
resistencia que quedaba en las naves del flanco sur.
Jirobo se aseguró de que los barcos situados al este
estuvieran ocupados por sus hombres, ya que era el lado por el que huirían
hacia el puerto. Por culpa de las pequeñas naves del Fuego que se habían
estrellado contra el flanco norte, los barcos que tenía allí estaban
inutilizados y no podrían retirarlos para escapar por ese lado, aparte de que
era evidente que las grandes naves del Fuego que se acercaban desde esa
dirección querían abordarlos también.
En otras palabras, intentaban acorralarlos. Y, si lo
conseguían, sería una masacre.
Debían aguantar lo suficiente para llegar a puerto. No
había otra manera.
Como si los dioses hubieran escuchado sus
pensamientos, unos gritos se alzaron a su espalda. Tal y como había predicho,
los barcos del Fuego que venían del norte se estrellaron con fuerza contra sus
naves y provocaron que el resto se golpearan entre sí, tuvo que agarrarse a la
borda para evitar caer cuando la suya se sacudió por el impacto. No había
víctimas de su bando porque sus tropas se habían replegado a la parte central,
pero le jodía no poder evitar el abordaje. Tenían que moverse cuanto antes.
Como pudo, se dirigió a la popa de su barco, a la zona
alta donde estaba el timón y desde donde tenía una mejor visión de lo que
sucedía en el flanco sur. A medida que subía las escaleras, vio que sus hombres
ya tenían las flechas preparadas y que apuntaban a los guerreros del Hielo, que
parecían haber terminado su trabajo.
Sin embargo, no esperaba su formación.
No se movieron de las naves en las que estaban, tan
solo formaron filas en la borda con sus grandes escudos en ristre, preparados
para detener su lluvia de flechas.
Confundido, se giró hacia el otro flanco y observó
cómo los soldados del norte creaban las mismas filas, sin molestarse en ir a
por ellos.
¿Qué estaba pasando?
De repente, el sonido bajo y potente de un instrumento
de viento llegó a sus oídos. De forma instintiva, buscó la dirección de la que
provenía y, al hallarla, palideció.
Los barcos del Hielo estaban avanzando. Al fin
mostraban cuál era su cometido.
Tanto en el norte como en el sur, las naves del Fuego
tenían el control absoluto al haber destrozado y abordado sus barcos,
dejándoles dos huecos libres tanto por el oeste como el este, por donde tenían
que huir hacia el puerto.
El lado oeste lo habían dejado libre a propósito para
dejar espacio a los enormes barcos del Hielo.
Era una encerrona. Pretendían encerrarlos por los
flancos para que esas gigantescas naves los arrasaran por encima.
—¡Moveos hacia el puerto ya! —aulló tan fuerte como
pudo. El puerto era su única opción, las balistas era todo cuanto les quedaba.
Sus hombres o bien debieron ver el peligro o percibir
su desesperación, pues se movieron más rápido que nunca. Mantuvo a los arqueros
en sus puestos por miedo a que los soldados del Hielo trataran de impedirles la
huida, pero no se movieron ni un centímetro. Debían de tener miedo de la lluvia
de flechas; incluso con sus escudos, no podrían abordar el siguiente barco sin
deshacer su formación y, por tanto, su perfecta defensa, dejarían huecos por
los que las flechas podrían pasar.
Tan solo cuando estuvieron a una distancia prudente,
los guerreros del norte corrieron de regreso a los barcos del Fuego. Eso
permitió que Jirobo respirara aliviado. Las naves del Hielo eran lentas y no
los cogerían fácilmente ahora que llevaban ventaja, mientras que las del Hielo
estaban bien incrustadas en los barcos que habían destrozado.
Eso era lo que creía. Por eso se asustó al ver un
cúmulo de velas rojas salir de detrás de las naves de Fugaku Uchiha.
Malditos fueran. Habían aprovechado su inmenso tamaño
para esconder más barcos del Fuego tras ellos.
—¡Cazad más las velas o nos cogerán! —gritó.
Pese a todos los retoques que hizo para aprovechar la
fuerza del viento al máximo, fue inútil. El Reino del Fuego era un pueblo de
navegantes, los únicos comparables a ellos en alta mar eran el Reino del
Remolino y el del Mar. Y, esta vez, usaron a todos sus remeros, las tres
hileras que poseían en sus barcos, para alcanzarlos.
Jirobo sintió que su corazón iba a estallar cuando vio
que empezaban a cubrir ambos flancos. De nuevo, intentaban recrear la
encerrona, con los barcos del Hielo en su formación central, al oeste, creando
un arco para acorralarlos contra el puerto.
Sintió un miedo atroz a que los del Fuego volvieran a
hacer impacto contra lo que quedaba de su flota, pero, por algún motivo, se
mantuvieron a una distancia prudente. ¿Aún tendrían miedo de las lluvias de
flechas?
Era una posibilidad. Sus marineros tenían armaduras de
cuero, no los protegían del todo de las flechas. Y sí, tenían con ellos a los
soldados del Hielo para protegerlos con sus grandes escudos, pero no podían
crear una buena defensa mientras los marineros estaban manejando el barco, ya
que debían moverse rápidamente de un lado a otro para mantener el rumbo.
Entonces, habían ganado. Los barcos del Hielo
avanzaban imponentes, pero no llegarían a tiempo. Ellos entrarían antes al
puerto.
El sonido de las inmensas cadenas al caer al agua para
darles refugio hizo que suspirara aliviado. Ya estaban a salvo. En cuanto la
última de sus naves atravesara la entrada, habrían ganado. Las balistas estaban
preparadas, hundirían la flota del Hielo y el Fuego.
Nada más entrar al puerto, sus hombres estallaron en
vítores y él se giró para contemplar la caída inminente de sus enemigos. Su
flota siguió penetrando sin problemas, los barcos del Fuego no se atrevieron a
atacarles al final y los del Hielo se quedaron demasiado lejos.
Ahora los del puerto solo tenían que subir de nuevo
las cadenas y aprovechar que se habían quedado amontonados en la entrada para…
Un momento. ¿Amontonados? No, los del Fuego habían
detenido su avance en la entrada. ¿Qué hacían?
Un silbido fuerte atravesó el aire. El barco justo
detrás de él crujió con violencia y las llamas devoraron la cubierta. Miró al
cielo. Flechas gigantes y enardecidas por el fuego se precipitaron sobre ellos.
De repente, toda su flota ardía.
—¿Qué está pasando? —preguntó alguien.
—¡Nos atacan nuestras propias balistas! —gritó el
timonel, que trataba de poner orden para dar media vuelta.
Sin embargo, bastó un único disparo para matar la
última oportunidad que tenían de reorganizarse. Una flecha llameante atravesó
la borda cerca del mástil y lenguas de fuego lamieron la madera sin piedad.
Hombres cayeron en el piso inferior, varios se chamuscaron por las llamas,
otros acabaron tirados por el suelo a causa del impacto y la sacudida del
barco, el resto corría hacia los botes desesperados por huir a tierra firme.
Como si las llamas tuvieran vida propia, serpentearon
por la cubierta hasta la borda y la devoraron con fervor, impidiéndoles
escapar. Cerca del mástil, donde había caído la flecha, el fuego ardía con tal
fuerza que parecía que los mismos dioses lo estaban avivando con su aliento.
Jirobo no tardó en descubrir que, tal vez, era así.
Las llamas se elevaron y retorcieron, perfilando la sutil y titilante figura
ardiente de una cabeza de zorro de fauces abiertas que parecía tratar de salir
del fuego, aun formando parte de él. Sus hombros salieron y aparecieron las
patas delanteras, saltando por fin fuera de la hoguera que se había formado en
el mástil y de la que salieron tres zorros más que corrieron por el barco,
abalanzándose sobre las velas, sobre el timón, saltando sobre la bodega y atravesando
la madera.
—¿C-c-cómo…? ¿Co-cómo ha…? ¿Cómo ha…?
Cuando más zorros salieron de la hoguera y saltaron
sobre la popa, él se apresuró en apartarse. No iban a por él, sobrevolaron el
agua y se estrellaron contra los otros barcos, pero eso no impidió que corriera
en la dirección opuesta, hacia la proa, el lugar más despejado de llamas y
desde donde sus hombres se lanzaban al agua, aun sabiendo que corrían el riesgo
de ahogarse con sus armaduras.
Él también estuvo a punto de hacerlo, pero algo lo
detuvo. Una visión en la que no había reparado antes.
Sobre la cabeza de serpiente que decoraba la proa del
barco, había una figura. Estaba agazapada, apoyada sobre las puntas de sus pies
y sus manos enguantadas. Su armadura lo identificaba como un soldado del Reino
del Hielo.
Sin embargo, supo que no era uno de ellos. Supo que
era algo mucho peor disfrazado de hombre.
Lo supo por sus ojos.
Eran rojos como la sangre.
Cuando la flota del Reino de la Hierba salió del
puerto para enfrentarse a los ejércitos del Fuego y del Hielo, Naruto, Korin y
Sai salieron de la casa de Nami en la que habían estado viviendo como
campesinos durante tres días.
Tener al pueblo en contra del rey tenía una ventaja
muy provechosa: había espías por doquier y era más fácil obtener información
que podían usar a su favor. Por eso, a Kaiza le costó poco enterarse de que
iban a sellar la ciudad para prepararse para el combate y eso le dio a Naruto
una oportunidad única de infiltrarse en Nami sin hacer ruido. Lo único que
tuvieron que hacer fue reunir a aquellos del pueblo de Kaiza que tenían familia
en la ciudad y llevar con ellos al creador y a un grupo de soldados del Hielo
que se harían pasar por parientes para cruzar. Los guardias, por supuesto, no
hicieron muchas preguntas; el único modo de entrar en el país aparte del puerto
eran las playas y estaban vigiladas, así que no había manera de que el enemigo
pudiera desembarcar en su reino sin ser capturado. Por supuesto, no sabían de
las calas en las que se escondía el Clan y cómo sus guerreros, bajo el
liderazgo de Naruto, se habían estado moviendo con cuidado por las zonas menos
transitadas del reino, procurando no ser vistos hasta llegar al pueblo de Kaiza
e instalarse allí.
A los guardias tampoco se les pasó por la cabeza que
el pueblo haría nada en su contra, creían que lo tenía lo suficiente
aterrorizado para mantenerlo bajo control, y, aunque tramara algo, no era rival
para ellos. Además, aliarse con el enemigo era imposible cuando pensaban que
este no podía penetrar en su reino sin que ellos lo supieran.
De modo que no fue muy difícil para Naruto, Korin, Sai
y algunos guerreros más, la mayoría mujeres para llamar menos la atención,
atravesar los muros de Nami e instalarse en varias casas. Por supuesto, no
habían podido llevar sus armas o armaduras, ya que los soldados sí registraban sus
pertenencias, y, aunque era un pequeño contratiempo, ni el creador ni los del
Hielo se preocuparon mucho, conscientes de que, con sus habilidades,
conseguirían ambas cosas en poco tiempo.
Así, Naruto les hizo un gesto a Korin y a Sai con la
cabeza para que se separaran y avisaran al resto de que era hora de atacar las
murallas desde dentro. Mientras tanto, él se deslizó entre las callejuelas
hacia la puerta principal de la ciudad, la más grande de todas y por donde
planeaba que entraran los guerreros del Clan y los rebeldes.
Observó con atención a los hombres apostados en los
muros. Tal y como esperaba, no eran muchos. La gran mayoría de soldados estaban
en los barcos, pero le preocupaban un poco aquellos que estaban en la parte de
arriba, armados con arcos para el ataque a distancia. Tendría que ser muy
rápido y también necesitaría una distracción.
—Mi señor.
Naruto se giró y se encontró con que Korin y Sai ya
habían reunido a los soldados dispersos.
—¿Ya estamos todos? —preguntó.
—Sí —respondió Korin.
—¿Cuál es el plan? —preguntó Sai. Nunca lo había visto
tan serio como ese día, le recordó un poco a Sasuke.
Se estremeció al imaginarlo en una celda, pero se
sacudió la sensación de encima y se centró en el presente. No podría hacer nada
por él si no tomaba el puerto primero. Necesitaba concentrarse en eso.
Señaló el muro con la cabeza.
—Los de abajo son vuestros. Los de arriba, míos. Korin,
¿qué tal tu tiro al arco?
—Letal, mi señor —respondió ella con total
naturalidad, aunque Sai la miró con cara de pocos amigos.
—Ahora no es momento de que presumas.
Naruto casi sonrió, pero enseguida desvió su atención
hacia los guardias.
—Te conseguiré uno de los guardias de arriba. Cúbreme
una vez te lo lance y deja que el resto se ocupe de los de abajo. Sai, quedas
al mando. Cubrid a Korin.
—Entendido.
—Procurad ser lo más silenciosos posible, al menos
hasta que capte la atención de los arqueros. Si empiezan a dispararos,
podríamos tener problemas.
Sai lo miró con el ceño fruncido.
—¿Cómo demonios sabes de estrategia si no tenías
permitido ni montar a caballo?
—Del mismo modo que aprendí a pelear —respondió,
evasivo. No era el momento de hablar de eso—. Y, ahora, vamos allá. Apartaos y
preparaos para atacar —dicho esto, se alejó un poco del grupo para hacer que
una bola de fuego apareciera en su mano.
Buscó un punto en el que poder lanzarla y lamentó que
no hubiera alguna estructura de madera cerca, ya que ardía mejor y duraría más
tiempo. Tendría que conformarse con lanzarla contra una de las almenas, pero
las llamas morirían rápido y no le interesaba mantenerlas mientras luchaba,
podría distraerse con facilidad y necesitaba ocuparse de los arqueros lo más
rápido posible.
Tras ajustarse la capucha, hizo crecer aún más la bola
de fuego y la lanzó contra la muralla. El estallido y el repentino haz de luz
que emitió sobresaltó a los soldados, que no tardaron en dar la alarma de que
había fuego. Algunos guardias de abajo corrieron en busca de agua y, en ese
momento, Sai y las guerreras del Hielo se deslizaron por las calles para
tomarlos por sorpresa.
Naruto le hizo una seña a Korin y ella asintió,
colocándose en posición para correr.
El creador se agazapó e inspiró hondo. Sus ojos
resplandecieron con un fulgor rojizo mientras los clavaba en la escalera de
piedra por la que se podía subir a lo alto de la muralla. Tensó los músculos de
las piernas, valorando su estado, e hizo lo mismo con los de los brazos.
Pese a que lo había hecho mil veces con Kurogane,
aquella iba a ser su primera batalla real. Estaba seguro de que sus
contrincantes no podían ser más fuertes que sus Guardianes, pero, aun así,
debía ser muy cuidadoso. Si cometía un error, o bien moriría o perdería su
condición de creador.
No podía fallar. Sasuke y los dioses dependían de él
ahora.
Su corazón se aceleró incluso antes de que empezara a
correr, bombeando la sangre a una velocidad vertiginosa a cada recoveco de su
cuerpo, dándole lo que necesitaba para alcanzar la escalera en apenas unos
segundos y, después, saltar con total precisión.
Se elevó unos tres metros antes de aterrizar en los
escalones que quería y, aprovechando la inercia, saltó de nuevo. No se detuvo,
siguió repitiendo el mismo truco, sin perder el ritmo, pero atento al mismo
tiempo. En su tercer salto, se topó de repente con un soldado que estaba
bajando apresurado en busca de agua. Aun así, no lo pensó dos veces: se
abalanzó sobre él, agarrándolo del cuello, y estrelló su cabeza contra los
escalones. Pese a la sangre que salpicó por todas partes, supo que lo había
dejado lo bastante aturdido, al borde de la inconsciencia, por lo que lo dejó ahí
tirado después de arrebatarle el arco y el carcaj de flechas y lanzárselo a
Korin.
—¡Eh! ¿Qué pasa ahí? —gritó alguien desde arriba.
—Joder —maldijo Naruto antes de usar toda su fuerza y
velocidad en dar un último salto para alcanzar la cima de la muralla. No sabía
si las llamas seguían ardiendo y tampoco le importaba. Tenía que ocuparse de
todos los arqueros que hubiera arriba.
Sin miedo, se lanzó sobre ellos. No lo esperaban y los
pilló desprevenidos. Como el paseo de ronda no era muy amplio, los guardias
solo podían enfrentarse a él en un dos contra uno como mucho, y, aunque fuera
un uno contra uno, tenía la ventaja de que los arqueros más alejados no podían
dispararle sin abatir primero a su compañero. Además, Korin le cubría las
espaldas. Cualquiera que intentara atacarlo a traición, caería bajo sus
flechas.
El primero que se interpuso en su camino fue víctima
de una patada baja, seguida por un rápido puñetazo en el bajo vientre que le
hizo doblarse por el dolor. Naruto le arrebató el arco y las flechas y los dejó
en el suelo mientras seguía golpeándolo, esta vez con una patada alta que le
acertó en la cara y lo lanzó hacia atrás. Nada más hacer eso, en su rango de
visión, amplificado por sus sentidos de zorro, vio que más adelante ya había un
arquero listo y se echó al suelo a tiempo de evitar la primera flecha. Mientras
su contrincante cogía otra y la colocaba en el arco, él corrió hacia las armas
que le había quitado al otro soldado, que estaba aturdido, y se puso el carcaj
a toda velocidad.
Aun así, no pudo coger el arco porque el enemigo le
disparó otra flecha, obligándolo a saltar sobre una de las almenas para
esquivarlo. Una vez más, se lanzó a por el arco y, una vez lo tuvo en sus
manos, se giró para vigilar al arquero, que ya tenía la flecha colocada y solo
le faltaba tensar la cuerda y disparar. Sin embargo, antes de que Naruto
pudiera moverse para esquivarlo otra vez, un silbido zumbó en sus oídos
sensibles.
El soldado ya estaba muerto antes de caer al suelo con
una flecha que atravesaba su cuello. Al mirar hacia abajo, vio a Korin en
posición de disparar, pero sin flecha. Ella lo miró un instante antes de hacer
frente a los guardias de la parte de abajo que ya corrían en su dirección con
las espadas desenvainadas.
Naruto estuvo a punto de saltar para ayudarla, pero, entonces,
Sai apareció de repente junto a las guerreras del Hielo y se abalanzaron sobre
ellos ya armados con espadas o lanzas. Eso lo alivió por un momento, ya que
seguían estando a merced de los arqueros y, ahora, ellos eran conscientes de la
emboscada.
Cogió el arco y empezó a disparar a los que tenía
delante, sabiendo que Korin lo protegería de los de atrás. Mientras colocaba la
flecha y lanzaba, avanzaba con paso firme por el paseo de ronda, tratando de
aproximarse todo lo posible a sus blancos para aumentar su precisión. Procuró
apuntar a sus hombros o brazos para inutilizarlos y, al mismo tiempo, no matarlos.
En cuanto disparó las diez flechas que tenía, tiró sus
armas al suelo, se puso a cuatro patas y corrió hacia los que quedaban tan
rápido como pudo. El que tenía más próximo, al verlo ir hacia ellos, le
disparó, pero esperaba el ataque y se desvió veloz hacia las almenas, sabiendo
que no lo vería venir. Aun así, corrió y saltó de un lado a otro, de las
almenas al paseo, de izquierda a derecha, zigzagueando para que fuera aún más
difícil apuntarle. Tuvo que usar toda su velocidad para ello, pero mereció la
pena.
Aprovechó el impulso de su carrera para hacerle un
placaje a su oponente que lo lanzó contra el suelo con tal fuerza que su cabeza
rebotó contra la superficie empedrada. Naruto agarró un cuchillo que tenía en
el cinto y lo apuñaló a lo largo de todo el brazo izquierdo, el que usaba para
el arco. Después, sin detenerse, lo cogió por el pelo y volvió a golpear su
cabeza contra el suelo antes de arrebatarle también la espada corta que llevaba
al cinto.
Por el rabillo del ojo, vio que una nueva flecha
volaba en dirección a su próximo enemigo y que le atravesó un costado.
—¡Mi señor! —lo llamó Korin.
Desvió su atención hacia ella y se dio cuenta de que
su carcaj estaba vacío. Con un gruñido, le quitó al soldado al que acababa de
dejar inconsciente el suyo y se lo lanzó también. Después, enganchó el cuchillo
y la espada corta en su cinto.
—¡CUIDADO!
El aullido de Korin fue suficiente. Sin pensarlo dos
veces, echó su cuerpo hacia un lado, pegándose a las almenas. Aun así, un rayo
de dolor le atravesó el brazo y sintió la sangre resbalando hasta su codo.
Gruñó y se giró, fulminando con la mirada al soldado
que le había disparado. Se planteó si debía cambiar de dirección, pero Sai y su
grupo necesitaba que los protegiera de los arqueros del lado opuesto.
Su respuesta llegó con una nueva flecha que atravesó
su cabeza. Korin ya había conseguido llegar al carcaj y volvía a estar armada.
Bien.
Dirigió su vista hacia delante y volvió a lanzarse
sobre los arqueros. Estos habían empezado a disparar a las guerreras del Hielo
al creer que lo habían abatido y Naruto optó por su ataque más rápido. Tensó
sus músculos al máximo. Se puso a cuatro patas. El brazo herido le dolía, pero
no era mortal y podía soportarlo.
Corrió. Más que nunca y a ras de suelo. Se lanzó
contra las piernas de todos los arqueros, haciéndoles caer para que no pudieran
lanzar más flechas a sus compañeros, y, al dar la vuelta, cogió el puñal y la
espada con ambas manos y empezó a hacer cortes rápidos y precisos, casi todos
en las rodillas o los muslos, impidiendo que pudieran levantarse. Todos
desviaron su atención hacia él, intentando abatirlo con sus flechas aquellos
que aún pudieron empuñar el arco, pero Naruto había liberado toda su energía y,
en la tercera vuelta, se dedicó a usar sus estocadas curvas más poderosas,
haciendo horrendos cortes en sus brazos que los dejaron indefensos.
Una vez dejaron de ser una amenaza para las guerreras
del Hielo, le lanzó más flechas a Korin para que siguiera cubriéndolo mientras
él los dejaba inconscientes con sus golpes. En cuanto terminó, echó un vistazo
a su espalda, donde encontró un rastro de cadáveres tirados por el suelo,
víctimas de su protectora.
Viendo que estaba a salvo, dirigió su vista hacia
abajo y se dio cuenta de que Sai y su grupo también habían terminado con los
guardias. De hecho, todos se estaban arremolinando alrededor de algo.
Bajó a base de saltos y fue corriendo en busca del
foco de atención.
—¿Qué pasa? —le preguntó a Sai con un grito.
Todas las guerreras le dejaron pasar de inmediato. Uno
de los pocos hombres que había ido con ellos, un chico joven que no sería mucho
más mayor que él, sostenía a una mujer con la espalda atravesada por tres
flechas.
—No… No… —lloraba mientras la abrazaba.
Naruto se apresuró a agacharse a su lado.
—¿Está viva?
Sai asintió con una expresión triste.
—Sí, pero no durará mucho si no vienen los médicos…
—Quita —le ordenó mientras se arremangaba—. Ve a abrir
el portón y que entren las tropas de Zabuza y Kaiza. Llevaos a todos con
vosotros salvo este chico, Korin y dos guerreras más. Me reuniré con vosotros
en cuanto termine aquí.
—Entendido —dijo Sai antes de marcharse corriendo con
su guarnición.
Naruto, por otro lado, ordenó al chico que dejara a la
mujer en el suelo.
—Puedo salvarte, pero te va a doler mucho —dijo
mientras se frotaba las palmas de las manos, que empezaron a echar humo.
La guerrera tosió sangre.
—Su… brazo…
—Es un arañazo —replicó sin inmutarse antes de
intercambiar una mirada rápida con el joven y las otras dos mujeres—.
Sujetadla. Korin, vigila el entorno. Infórmame si hay peligro.
—Sí, mi señor.
Todos obedecieron y él inspiró hondo. Cogió una de las
flechas con firmeza y la extrajo poco a poco y con cuidado, procurando no dañar
su espalda más de lo que ya estaba. La guerrera gimió con fuerza y se tensó,
pero el resto la sujetaba con fuerza y pudo sacar el arma. Nada más hacerlo,
introdujo dos dedos en su herida y la abrasó por dentro. La mujer aulló y trató
de apartarse de él, pero ni los demás se lo permitieron ni Naruto se ablandó.
—Aguanta. Dos más y vivirás.
Repitió el proceso dos veces más y, cuando terminó, la
guerrera cayó inconsciente por el dolor, pero viva. Él suspiró aliviado
mientras que el chico lo miraba con lágrimas en los ojos.
—Gracias, majestad.
Él solo asintió y ordenó que esperaran junto a la
muralla a que llegaran las tropas. Mientras tanto, se reunió con Korin, que le
echó un vistazo rápido por el rabillo del ojo.
—¿Me ocupo de su brazo, mi señor?
Él le enseñó su palma ardiendo y gruñó:
—Puedo hacerlo yo —y, dicho esto, se abrasó la herida
sin inmutarse.
Korin levantó una ceja.
—¿No le duele?
—El fuego no puede hacerme daño —dicho esto, empezó a
vigilar sus alrededores, atento a si venían más guardias. Su mayor temor era
que aparecieran arqueros y que les atacaran desde lejos. Podría usar ráfagas de
fuego, era cierto, pero quería mantener en secreto esos poderes del enemigo
tanto tiempo como fuera posible. Lo último que deseaba era que Orochimaru se
enterara de que estaba ahí.
Tal y como le habían repetido mil veces, si usaba a
Sasuke para controlarlo, perderían la guerra. Así que tendría que apañarse con
sus habilidades físicas o usar el fuego a escondidas o camuflado de algún modo
para que dudaran de su presencia. Sabía que Orochimaru esperaba que apareciera
en cualquier momento, así que debía ser cuidadoso hasta que llegaran a su
palacio.
—¿Se encuentra bien? —le preguntó Korin de repente.
Él la miró, pero, al ver que sus ojos seguían atentos
al entorno, volvió a prestar atención a su alrededor.
—La herida duele, pero es soportable. Se me pasará en
un rato.
—No lo digo por eso.
Naruto frunció el ceño, pero siguió sin mirarla.
—¿Entonces?
—Es su primera batalla, ¿verdad?
Él se tensó un poco, pero asintió.
—Creo que estoy bien —dijo, pensándolo un poco sin
dejar de estar vigilante—. No tengo reparos en atacar al enemigo ni en causarle
dolor.
—Eso es bueno. ¿Siente miedo?
Lo meditó de nuevo, analizando sus emociones.
—No. Presión, tal vez, pero no miedo. Nunca había
tenido que estar más concentrado y, como aquí no puedo matar, tengo que
contener mi fuerza. Debo ser lo más cuidadoso posible.
Korin se quedó callada unos momentos y, al final,
asintió para sí misma.
—Le cubriré las espaldas, mi señor. No se preocupe por
los enemigos que deje a medias, yo los remataré por usted.
—Gracias. —La verdad era que eso resultaba un alivio.
No tendría que estar preocupado por asegurarse de dejarlos inconscientes.
—Pero, a cambio, necesito que me prometa algo.
Su tono de total seriedad hizo que la buscara con la
mirada. Ella también lo observaba.
—No arriesgue su vida para salvar a nadie —le dijo con
ojos penetrantes—. Es una guerra, mi señor, no puede salvarlos a todos. Los
sacrificios son necesarios. No lo olvide.
Naruto sintió que palidecía un poco y echó un vistazo
atrás, a la mujer a la que acababa de salvar.
—Podía ayudarla.
—A ella, sí, pero no a todos —dijo Korin con un tono
más suave—. No puede detenerse en mitad de un combate o retroceder para salvar
a nadie. Tendrá que seguir avanzando o el enemigo lo hará por usted. No olvide
su objetivo. Céntrese en él.
El creador bajó los ojos, pero, antes de que pudiera
pararse a pensar en ello, escuchó los gritos de guerra del Clan de la Niebla y
se giró a tiempo de verlos entrar corriendo en la ciudad. Pese a que parecían
mucho más rudimentarios con sus armaduras de cuero cubiertas de pieles de
animales, la cara pintada de blanco y armas como hachas y jabalinas, más
abundantes que las espadas, las lanzas y los arcos, Naruto supo de inmediato
que cualquiera se asustaría al verlos. Incluso sin tener en cuenta su bélica historia
con el reino, su aspecto salvaje era aterrador.
Sus guerreros, aunque entraron en tropel y parecían
moverse de un modo desorganizado, cubrieron sin problemas todas las callejuelas
y se aseguraron de que nadie se acercara sin recibir un golpe primero. Mientras
tanto, Zabuza se acercó a él en compañía de Sai y su tropa.
—¿Cuáles son las órdenes, hijo del sol? —le preguntó
en la lengua de los Clanes.
Naruto no tuvo que pensarlo dos veces.
—Empezad a invadir la ciudad. No hagáis daño a los
ciudadanos, solo a los soldados. Coged todas las armas que encontréis y también
los caballos. Haku me dijo que sois grandes jinetes.
Los ojos de Zabuza brillaron.
—Sin caballos, no somos nada.
Naruto asintió, entendiéndolo. Los perros también eran
parte de los Inuzuka.
—Te dejo a ti a cargo de la invasión, pero me gustaría
llevar a una parte de tus guerreros conmigo para acabar con la batalla del
puerto, si te parece bien. —Cuando Zabuza asintió e hizo una reverencia, se
giró hacia Sai—. Yo me ocupo de guiar al Clan. Me mantendré detrás de ti hasta
que me hagas la señal. ¿Estarás bien?
Sai lo miró con ojos duros.
—Sí, no te preocupes.
—Te meterás de lleno en la boca del lobo —le recordó
Naruto.
Sai desvió la vista hacia uno de los cadáveres de los
soldados enemigos. Esbozó una media sonrisa carente de alegría y llena de
maldad.
—Pero ellos no se darán cuenta hasta que sea demasiado
tarde.
Sakon estaba inquieto mientras observaba la batalla
del puerto.
Las cosas no estaban saliendo según lo planeado. Se
suponía que las tropas del Reino del Fuego no serían un problema, pero estaban
hundiendo su flota con esos espolones y sus pequeñas barcas suicidas. Además,
los guerreros del Hielo estaban metiendo muchísima presión en cubierta, por no
hablar de los enormes navíos del rey Uchiha que parecían estar esperando algo.
—¡Señor! ¡Señor!
Unos gritos a su espalda lo sobresaltaron y se giró de
inmediato. Una pequeña guarnición de arqueros corría en su dirección como si el
mismísimo Kurama acabara de aparecer y estuviera tratando de cazarlos con sus
garras de fuego. Todos se detuvieron junto a la base de la muralla y comenzaron
a extenderse a lo largo y ancho de esta con las flechas apuntando hacia la
ciudad.
—¿Qué está pasando? —murmuró.
Su respuesta llegó con el capitán, que subió los
escalones a trompicones, casi a cuatro patas de las veces que estuvo a punto de
caer por las prisas, y llegó hasta él jadeando.
—¡Señor! Señor… —Su voz tenía un tono rasgado y seco,
como si llevara corriendo días con tal de llegar hasta ellos. De hecho, casi se
derrumbó al apoyarse contra una almena—. Nos… Nos atacan —logró decir a pesar
de su falta de aire.
Él frunció el ceño.
—¿Qué?
El capitán alzó una mano temblorosa hacia la ciudad.
—Han… Han entrado.
Sakon palideció.
—¿Qué estás diciendo?
—Los… Los guardias de la muralla están… están…
muertos… y… y…
Antes de que pudiera terminar de hablar, se dirigió
hacia el soldado y lo agarró del casco para obligarlo a erguirse.
—¡Habla con claridad, maldita sea! ¿Qué ha pasado?
El capitán gimió:
—¡Nos están invadiendo! ¡Han cruzado la muralla y
están en la ciudad!
Sakon lo apartó de un empujón y dio dos pasos para ver
mejor lo que estaba ocurriendo al otro lado del puerto.
Tal y como había dicho el soldado, una horda de
hombres y mujeres gritaban con armas en las manos mientras se extendían por el
puerto como una plaga de ratas, aplastando cada guardia o soldado que
encontraran en su camino.
Salvajes. Reconocería esos aullidos en cualquier
parte.
Pero era imposible. Fueron exterminados años atrás.
—¿Qué demonios está pasan…? —De repente, un chorro de
sangre salió disparado de su boca y las piernas le fallaron. Su vista se
emborronó antes incluso de que su cuerpo llegara al suelo.
—¡AHORA! —gritó Sai con todas sus fuerzas antes de
desenvainar su espada y abalanzarse sobre el soldado más cercano. Tuvo que
abandonar su cuchillo en la nuca del comandante que lideraba las balistas, pero
no le importaba. Conseguiría otro de su próxima víctima.
Los guardianes de las balistas no esperaban el ataque
por la espalda y fueron presa fácil para sus arqueros, soldados del Hielo
disfrazados con las armaduras que habían conseguido de los guardias de la
entrada a la ciudad. Cayeron bajo sus precisos disparos con tanta facilidad que
Sai solo tuvo que matar a uno más antes de que sus guerreros acabaran con el
resto. Una vez hecho, lanzó dos silbidos cortos y uno largo que se extendió
entre sus hombres y que llegó al otro lado de la orilla. Lo supo porque, poco a
poco, el Clan de la Niebla se fue diluyendo conforme acababan con sus enemigos
y regresaron a las oscuras callejuelas.
Ellos se ocuparían de la ciudad mientras que Sai y los
suyos se encargarían de las balistas. Serían los que pondrían punto final a la
batalla.
Así, empezó a colocar a su gente en las balistas,
recordándoles que no se quitaran las armaduras del Reino de la Hierba, no fuera
que se dieran cuenta de la trampa antes de tiempo por la forma de sus cascos o
el color de sus ropas.
—Parece que estamos listos.
Se sobresaltó al escuchar la voz de Naruto tras él.
—¡No hagas eso, me asustas!
—Perdón.
Sai gruñó y lo miró de arriba abajo.
—¿Por qué te has puesto la armadura de mi reino?
—No quiero que me reconozcan cuando baje a sus barcos
para extender el incendio.
—¿No es más sensato usar las de este reino?
—Quiero asustarlos tanto como pueda, lo bastante como
para que quieran saltar de sus barcos, no pasar desapercibido entre ellos.
Él bufó:
—Somos imponentes, es cierto.
Le pareció escuchar que Naruto resoplaba, tal vez
divertido, bajo el casco.
—Has hecho un buen trabajo aquí. Más limpio que el que
hemos hecho en la entrada a la ciudad.
—Ya —dijo Sai, haciendo una mueca—, aquí teníamos armaduras
para engañarlos, en la otra parte no teníamos nada salvo lo que pudiéramos
conseguir a medida que luchábamos.
El rubio lo miró con una ceja alzada.
—Te he visto desde el otro lado. Parecías aterrorizado
de verdad mientras subías hasta aquí. Estoy impresionado.
Sai soltó una carcajada carente de humor.
—Bueno, Sasuke era el agresivo, así que yo tenía que
ser más… —nada más decir su nombre, le vino a la cabeza cuál era su situación y
por qué estaban allí y su voz se apagó. Miró de inmediato a Naruto, que
observaba la entrada al puerto—. Lo siento, yo…
—No está muerto, Sai. Lo recuperaremos.
Hubo algo en su tono de voz, o tal vez en el brillo
rojizo que se filtraba por las hendiduras de su casco, que le hizo pensar que
de verdad tenían esa posibilidad. La posibilidad de rescatar a Sasuke sin tener
que sacrificar a Naruto en el proceso.
Todo iba según lo planeado. La trampa del puerto
estaba lista y nadie sabía de la presencia de Naruto. Solo tenían que
continuar.
—Sí. Lo recuperaremos. —Su voz sonó como la de Naruto.
Como si hubiera una promesa bajo esas palabras.

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