Capítulo 33. La emboscada del Amanecer

 


Esa mañana, Sasuke estaba muy inquieto. Algo había cambiado. Tal vez el Reino del Fuego y del Hielo estaban haciendo sus primeros movimientos para entrar en batalla. Lo sospechaba porque anoche fue la primera vez que no lo llevaron a la cama de Karin. Por un lado, se sentía aliviado, pero saber que la guerra estaba a punto de empezar y no poder hacer nada lo tenía preocupado y nervioso. Era parecido a cuando Naruto se quedó atrapado en aquella ventisca y lo único que pudo hacer fue esperar.

Se estremeció. ¿Se las habría ingeniado para convencer a la reina y el Consejo de que debía ir? ¿O lo había hecho por su cuenta? Esperaba que no intentara nada solo. Tenía miedo de que tratara de infiltrarse en el castillo para sacarlo y lo acabaran apresando. No es que no tuviera fe en sus habilidades, pero sabía que Naruto no permitiría que él saliera herido y eso era lo que Orochimaru y Mizuki estaban buscando, controlarlo a través de él, como hicieron con los creadores de antaño.

Se mordió el labio y casi tropezó por culpa de las cadenas que lo retenían por los pies. Las maldijo con fervor. Deseaba tener al menos la libertad de pasearse por su celda, pero no tenía ni eso.

El chasquido de la puerta hizo que diera un salto, pero se recuperó con rapidez y miró con aprehensión los barrotes de su celda. Quería algo de información sobre lo que estaba pasando ahí fuera.

Unos pasos apresurados repiquetearon en el suelo de piedra, junto con el tintineo de las llaves. La sorpresa surcó sus rasgos al encontrarse con un jadeante Kabuto. Hacía días que no lo veía.

El hombre echó un vistazo a su espalda, vigilante, y luego se agarró a los barrotes y lo miró.

—Majestad, su prometido está aquí.

Sasuke sintió que le flaqueaban las piernas. Apoyó una mano en la pared para no caerse.

—¿Lo han cogido? —preguntó casi en un susurro.

Kabuto sacudió la cabeza. Gracias a los dioses.

—Apareció sano y salvo en una aldea cercana al puerto. Se puso en contacto con nosotros.

Al oír eso, Sasuke frunció el ceño.

—¿Él? ¿No vosotros?

—Parece ser que nuestro dios le pidió ayuda.

Al escuchar eso, frunció el ceño. No sonaba a una elaborada mentira de Mizuki, de hecho, era tan imprecisa que no podía ser cosa suya. Además, incluso aunque tuviera el libro de los Tiranos, no creía posible que hablara de una interacción entre un creador de un reino con un dios de otra tierra, ¿verdad? Después de todo, en aquella época cada país tenía su propio creador y no había necesidad de que los dioses se comunicaran con otros que no fueran sus creadores.

En cambio, él había visto interactuar a Naruto con Taka. Pero Mizuki y Orochimaru, no.

Clavó los ojos en Kabuto. Puede que estuviera de su parte, después de todo.

—Dime qué está pasando. ¿Te ha contado su plan?

Para su alivio, Kabuto asintió.

—Va a ayudarnos a tomar el puerto primero junto a los ejércitos del Fuego y del Hielo y luego vendrán aquí. Intentará ocultar su presencia hasta que usted esté a salvo.

—¿Cómo piensa hacerlo? —preguntó Sasuke—. Orochimaru tiene la llave, ¿no?

—No me lo ha dicho aún. Está centrado en el ataque al puerto —dicho esto, su mirada se volvió inquieta—. Anoche partió a toda prisa a buscar los barcos del Hielo.

Pese a la incertidumbre de Kabuto, Sasuke se sintió más tranquilo al escuchar eso. Naruto no iría solo a buscarlo ni a enfrentarse a nadie. Y trataría de ocultarse hasta el momento justo.

Gracias a Kurama que estaba siendo sensato.

—¿Vas a ir allí? —le preguntó.

Kabuto hizo una mueca.

—Por desgracia, no. Despertaría demasiadas sospechas si abandono el palacio tanto tiempo. Además, alguien podría verme y, por ahora, soy más valioso aquí dentro. Pero espero poder unirme a la batalla final —dijo hinchando el pecho y con un brillo expectante en los ojos.

A Sasuke se le escapó una media sonrisa, pero desapareció rápidamente.

—¿Naruto te ha dicho algo más?

Al escuchar su pregunta, Kabuto frunció el ceño.

—Preguntó por ti y le conté lo que te estaba haciendo Orochimaru. Parecía confundido, pero me pidió que te dijera que no te preocuparas, que Kurama te está protegiendo.

Sasuke se sintió un tanto aliviado. Si Naruto le decía que todo estaba bien, le creía.

—Anoche no me llevaron con Karin.

Kabuto asintió con gravedad.

—El plan de concebir un hijo tuyo con ella para hacer retroceder a Fugaku ha fracasado. Ahora solo pueden contratacar y…

—Usarme para controlar a Naruto —terminó él apretando los labios.

El otro hombre alzó un puño.

—Por eso quiero seguir aquí de momento. Si ocurre algo, puedo actuar. Tal vez me vea obligado a atacar a Orochimaru para arrebatarle la llave —murmuró pensativo—, pero quiero asegurarme de que, si lo hago, pueda sacarte de aquí. No tiene sentido que me descubra si acabo encerrado contigo. Así no ayudaremos al creador.

—No, es verdad —suspiró Sasuke.

De repente, escucharon un chasquido y los dos saltaron. No entró nadie, pero Kabuto desapareció de la vista del Uchiha un instante. Deseaba ir a ver qué ocurría, pero las cadenas se lo impedían. Oyeron voces apresuradas y ladridos en forma de órdenes, pero, al final, desaparecieron tras otro chasquido.

El médico regresó junto a sus barrotes. Tenía mala cara.

—Creo que han llegado noticias.

—¿Buenas o malas?

—No lo sé, pero lo averiguaré pronto —dicho esto, lo miró con determinación—. No sé cuándo podré volver. Hasta entonces, aguante. —Una diminuta sonrisa apareció en sus labios—. Su prometido le pide lo mismo. Dijo estar muy enfadado porque no ha cumplido su promesa y piensa hacérselo pagar.

Sasuke no pudo evitar sonreír un poco.

—Sí, mi futuro esposo no es muy romántico.

Kabuto curvó un poco más los labios y, después, se separó de los barrotes.

—Vendré a verle cuando pueda con más noticias. Aguante, majestad. Estamos cerca —y, dicho esto, salió corriendo de allí.

Él se apoyó contra la pared y resbaló hasta acabar sentado en el frío suelo. Se llevó las manos a la cara y apretó los dientes con fuerza.

Al final, Naruto había ido a buscarlo. Por supuesto que lo había hecho. Pero, al menos, había ido en busca de ayuda en vez de actuar por su cuenta. Estaba siendo prudente. Solo esperaba que no le pasara nada durante la guerra. Era habilidoso, pero le preocupaba que no tuviera permitido matar. A veces una vida dependía precisamente de eso.

Además, le preocupaba que el dios del reino le hubiera pedido ayuda. ¿Por qué? ¿Taka se refería a este momento cuando estaba preparando a Naruto? ¿Qué estaría ocurriendo y qué querían de él? Fuera lo que fuera, esperaba que no le sucediera nada malo, ya había sufrido bastante.

Apartó las manos de su rostro y las apretó con fuerza.

—Dioses de este mundo, proteged a Naruto —rezó en un susurro—. Sea cual sea la misión que le habéis encomendado, que no acabe por cobrarse su vida. Os lo ruego.

 

 

Fugaku contempló el Abismo del Sol con cara de pocos amigos. Su flota había llegado al Reino del Amanecer, antaño una península que había conectado por tierra con el Reino de la Luna. Sin embargo, el istmo que antes las unía fue destruido tiempo atrás, en una batalla que nadie recordaba, pero que debió ser lo bastante terrible como para que se hubiera convertido en dos tenebrosas y filosas paredes de piedra negra entre las que se filtraba el mar. Algunos decían que fue obra de un terremoto, otros, que hubo un enfrentamiento entre dragones, y hay quien cuenta que a los dioses les enfureció tanto la guerra que separaron ambos bandos partiendo la tierra en dos.

Pero el rey del Hielo no pudo evitar preguntarse si aquella batalla olvidada no habría tenido algo que ver con la guerra entre los creadores y los Tiranos. Aunque tampoco tenía pruebas de ello.

 Fuera como fuera, la idea de internarse en el abismo le disgustaba. Sin embargo, era el camino más rápido para llegar a los Islotes del Dragón, unas pequeñas islas desiertas donde había planeado reunirse con el ejército del Fuego antes de dirigirse al Reino de la Hierba. La otra opción era rodear todo el Reino del Amanecer, pero tardarían una semana más en hacerlo y no quería perder más tiempo en esa zona teniendo en cuenta la crudeza del invierno. Puede que Taka les hubiera abierto el camino, pero era consciente de que no les haría todo el trabajo y no deseaba detenerse hasta haberse reunido con sus aliados.

—Mi rey.

Fugaku se volvió hacia Shisui, el general de su ejército. Su padre y él habían sido grandes amigos y había luchado a su lado cuando su padre fue asesinado y aquel mismo reino trató de invadirlos. Le habría gustado llevarlo consigo una última vez, pero una herida durante aquella guerra en la pierna impidió que volviera a caminar sin la ayuda de un bastón. Aun así, formaba parte de su Consejo y era uno de sus estrategas.

Su hijo se le parecía muchísimo, en físico y en espíritu. Era inteligente, sensato y prudente, siempre buscaba la mejor forma de ganar una batalla sin un derramamiento de sangre innecesario. Pero también era valiente y feroz, un gran guerrero que no recularía por muy difíciles que se pusieran las cosas.

—Dime, Shisui.

—No me gusta este lugar —admitió, mirando con desconfianza el canal.

Fugaku asintió.

—A mí tampoco.

—Demasiado estrecho para nuestras naves. Tendremos que pasar en fila.

—Lo sé —dijo el rey con un suspiro. Una nube de vaho salió de sus labios y miró al cielo cubierto de nubes. Suaves copos de nieve descendían desde ellas—. Pero no podemos retrasarnos. Cuanto más tiempo nos quedemos en esta zona, más peligro corren los barcos. A estas temperaturas, nuestro timón podría congelarse y entonces no podremos navegar, nos quedaríamos atrapados aquí. —Frunció el ceño con gravedad—. No tenemos más remedio. En los Islotes del Dragón las aguas serán más cálidas. Además, no quiero retrasarme mucho.

Shisui asintió y dio la orden al resto de la flota. Ellos fueron los primeros en adentrarse en el abismo.

Fugaku odió el modo en que su nave crujió al rozar las paredes filosas, como si se quejara de tener que entrar en aquel lugar. Su velocidad también disminuyó de repente, el viento no corría en su interior del mismo modo, solo el balanceo de las turbulentas olas los empujaba hacia delante. Maldijo por lo bajo, pero dio la orden de replegar las velas cuadras de los dos mástiles y que desplegaran las de los foques, que eran triangulares. Le habría gustado pedir a los remeros que ayudaran al barco a moverse, sin embargo, el canal era tan estrecho que ni siquiera podrían sacar los remos.

Avanzaron con una insufrible lentitud seguidos por el resto de la flota. Una ligera brisa hinchaba las velas, pero no era suficiente como para impulsar sus grandes barcos cargados de armas de asedio. El movimiento suave y constante de las olas parecía ser lo único que les hacía avanzar, aunque fuera pulgada a pulgada.

Todo el mundo estaba tenso. Iban demasiado despacio y en más de una ocasión Fugaku y Shisui temieron que el barco quedara atascado entre las paredes o saltaban cuando algo, probablemente alguna piedra del fondo, arañaba su casco. Ese era el motivo por el que el rey había pedido al Reino del Fuego reunirse en los islotes antes de la guerra, sabía que primero debían tomar el puerto para poder atracar los barcos y que ellos no tenían las naves apropiadas para una batalla naval. Sus aliados, en cambio, eran marineros natos y habían ido adaptándose a moverse en alta mar con el paso de los siglos. Era consciente de que su primera batalla dependía de ellos.

Para rebajar la tensión, Fugaku ordenó a sus hombres que revisaran una vez más que sus armas de asedio estuvieran bien aseguradas para que el movimiento del barco no hiciera que se deslizaran de un lado a otro y que comprobaran que los escudos de los parapetos no recibieran mucho daño. Puede que no tuviera intención de usar sus naves para la primera batalla, pero no descartaría un ataque a traición por parte de Orochimaru. Cualquiera que tuviera un mínimo sentido de la estrategia era consciente de que sus barcos no eran los más rápidos o ágiles, pero destacaban por ser grandes y robustos, fuertes. No tendrían mucho movimiento en un combate en mitad del mar, pero no podrían hundirlos tan fácilmente.

Entre una cosa y otra, revisando esto y aquello, por fin la nave real quedó a escasas zancadas de distancia de la abertura que los conduciría a los Islotes del Dragón. Se giró hacia Shisui, dispuesto a darle la orden de que prepararan las velas cuadras, pero, entonces, un movimiento lo distrajo.

Palideció al ver que una enorme roca caía sobre la popa del barco que los seguía. Se sacudió con violencia, la proa se alzó tanto que muchos soldados cayeron hacia la zona afectada. La piedra no había llegado a hundirlos, pero la parte trasera había quedado en un estado deplorable y estaba seguro de que el timón había quedado inutilizado.

Alzó la vista y maldijo:

—¡Mierda! ¡A cubierto! —bramó con tal fuerza que su voz resonó en todo el abismo.

Desde los bordes del acantilado, cayeron más rocas sobre ellos.

Alguien los estaba atacando.

Fugaku intentó ver de quién se trataba. Aquella era la frontera entre el Reino del Amanecer y el de la Luna, Orochimaru no podría estar atacándoles si no fuera porque había trazado algún tipo de alianza con ellos.

No sabía nada de eso. No había recibido ningún mensaje de su parte para negociar. Eso quería decir que habían aceptado el trato del Reino de la Hierba sin pensárselo dos veces.

Soltó una maldición. Su reino había tenido roces con ambos reinos, pero eso no había impedido los pactos comerciales con ellos, así que no había pensado en una traición por su parte, creyendo que sus piedras preciosas eran lo bastante valiosas como para mantener la paz.

Sin embargo, ahora sospechaba que el Reino del Amanecer quería acabar lo que empezó cuando traicionó a su padre e invadieron su país. Y puede que el rey de la Luna siguiera ofendido por negarse a recibirlo después de aquella discusión en la que ese bastardo insultó su modo de gobernar.

Apretó los dientes con fuerza y maldijo en su fuero interno. Esto no estaba previsto.

Pero lo peor estaba por llegar. De repente, por la abertura del abismo, aparecieron unos barcos de velas rojas adornadas con soles naranjas que flanqueaban su salida del abismo, y, en la retaguardia, se escucharon gritos de guerra. Al girarse, vio más barcos, pero sus velas eran de color azul marino con una orgullosa luna pálida en el centro. Estos se abalanzaron sobre la parte de su flota que aún no había entrado al canal.

Una emboscada. La huida no era una opción, no podían usar sus arqueros porque sus enemigos no se exponían, tan solo avanzaban para lanzar las rocas que los estaban aplastando y, ahora sí, hundiendo, y sus métodos de defensa no servían de nada contra enormes piedras lanzadas desde aquella altura. Además, no estaban atacando el barco en el que iba el rey. Eso quería decir que lo querían vivo.

Y, mientras tanto, sus hombres morían. Aplastados, ahogados, a manos de espadas traicioneras.

Fugaku arrugó la nariz y apretó los puños. De un fluido movimiento, sacó a Sharingan, que silbó con fuerza al salir de su vaina, como si aullara su sed de sangre.

—¡Preparaos! —les gritó a sus hombres—. ¡Abordaremos sus barcos y lucharemos! ¡Lamentarán no haber dejado que las rocas nos aplastaran!

Shisui y los soldados sacaron sus armas y empuñaron sus escudos. Pelearían en inferioridad numérica, pero eran los mejores guerreros del mundo y, aunque hundieran su propia nave, ellos se apoderarían de las suyas.

—¡RETAGUARDIA! —rugió con todas sus fuerzas con la esperanza de hacerse oír en aquel abismo por encima de los golpes de las rocas y el caos de la batalla—. ¡LUCHAD CON TODAS VUESTRAS FUERZAS!

Un trueno acompañó su grito de batalla, seguido por una luz cegadora. Por un instante, el cielo se iluminó. Y, entonces, la luz cayó. El crujido de una nave partiéndose atravesó el abismo, los gritos de auxilio hicieron eco en las paredes.

Otro haz de luz se abalanzó sobre el barco del enemigo. Y luego otro, y otro.

Fugaku y sus hombres se quedaron paralizados al ver cómo las naves del Reino de la Luna iban cayendo, hundiéndose en sus frías aguas. Los rayos seguían abalanzándose sobre ellas, veloces y rabiosos, haciendo que las astillas saltaran por los aires, los mástiles se derrumbaran y proas y popas se sumergieran. Ninguno de los barcos del Hielo resultó herido, era como si los mismísimos dioses estuvieran atacando a sus enemigos imbuidos por su furia.

Más gritos los sobresaltaron y miraron hacia arriba. Y, en ese momento, lo comprendieron.

No era obra de dioses, sino de un ser tan poderoso que podía hacer frente a los mismísimos dragones.

Un Rey del Cielo acechaba los bordes del abismo. Se lanzaba en picado contra el suelo, se oían gritos de puro terror y, después, algunos soldados caían hacia el abismo. Había otros que se detenían en el borde, intentando mantenerse lejos de la criatura que parecía estar luchando en la orilla derecha. En la izquierda, por suerte, parecía que el enemigo estaba demasiado impactado o asustado como para continuar lanzándoles piedras.

Los ojos de Fugaku brillaron al ver su oportunidad.

—¡A los arcos! —gritó—. ¡Matad a cualquier hombre que se asome!

Sus hombres obedecieron y enfundaron las espadas para ir en busca de sus arcos. Lanzaron sus flechas contra todo enemigo que cometió el error de esquivar a la criatura por el lado incorrecto.

Al cabo de un rato, volvieron a ver a la bestia en el borde del acantilado y Fugaku detuvo el ataque. Esta graznó y saltó para alzar el vuelo de nuevo. Se dirigía a la otra orilla.

El rey dio orden de apuntar con los arcos al otro bando, pero apenas se escuchó nada, tan solo algún grito en la lejanía, seguido de un trueno y coreado por un rayo que atravesó el aire. Ningún hombre se asomó. Los de ese lado debían de haber huido al ver el ataque del Rey del Cielo.

Entonces, lo vieron sobrevolando de nuevo el cielo. Ahora se dirigía hacia las naves del Reino del Amanecer.

—¿Puede ser…? —se preguntó Fugaku antes de correr hacia la proa, intentando ver mejor. Le había parecido ver un destello dorado.

No pudo confirmar lo que sospechaba, pero el Rey del Cielo voló en círculos sobre los barcos de velas rojas, graznando con fuerza.

El trueno le respondió. Y los rayos acudieron a su llamada, uno tras otro. Fugaku pudo ver con claridad cómo los barcos acababan partidos en dos, las astillas saltaban por los aires y los soldados caían en las gélidas aguas marinas. Los barcos compartieron su mismo destino, aunque se hundieron con más lentitud.

Fugaku contempló cómo la bestia alada descendía y giraba en el aire, volando hacia ellos. Él retrocedió y ordenó a sus hombres bajar las armas y retirarse por si acaso. Esas criaturas eran impredecibles y no quería darle motivos para hacerles daño a ellos también.

El Rey del Cielo pasó por encima de su cabeza y planeó hasta el mástil, donde recogió brevemente sus alas para apoyar las patas en este y saltar hacia arriba, cogiendo impulso para volar más alto y desaparecer con rapidez por la abertura del abismo.

Sin embargo, un desconocido había aparecido en cubierta. Vestía una túnica corta anaranjada que dejaba los hombros al descubierto y cuya falda, de tallo irregular y que caía en pliegues, llegaba hasta las rodillas. Por encima, llevaba una coraza de escamas para el tronco de color dorado. Habría pensado que estaba hecha de oro si no fuera porque no relucía con la escasa luz de los relámpagos que aún zigzagueaban en el cielo, pero el material se parecía más al cuero, pese a que jamás había visto ninguno con esa coloración. El resto de su armadura consistía en unos brazales que protegían sus antebrazos, unas musleras y las grebas. Calzaba botas altas de jinete y su casco tenía apéndices afilados que protegían su nariz y el cuello, dejando libre los ojos, que tenían una forma estrecha y orientada hacia arriba, como si lo que ocultaba fuera una bestia. A los lados, destacan unas largas y grandes orejas que, estaba seguro, simulaban las de un zorro.

Cuando sus ojos se encontraron con los del desconocido, sonrió.

—Te veo bien, Naruto.

El creador se quitó el casco.

—Fugaku —saludó con una breve inclinación de cabeza—. Hay que salvar a los hombres que han caído al agua, ¿tenéis botes?

La expresión del rey se volvió sombría.

—Sí, pero el agua está tan fría que no sé si…

—Dará tiempo. Déjame a mí.

Fugaku no hizo más preguntas. Bramó a sus hombres que sacaran todos los botes y formaran grupos para rescatar a los supervivientes. Naruto bajó con el primero y, mientras los soldados del Hielo remaban en busca de sus compañeros, él hundió las manos en el agua y se concentró. Al cabo de poco tiempo, las aguas del canal empezaron a burbujear y suaves nubes de vapor se elevaron hacia el cielo, donde el Rey del Cielo parecía estar terminando de atacar a sus enemigos.

Gracias al poder de Naruto, los hombres de Fugaku que habían caído al mar y conseguido salvarse agarrándose a los restos de los barcos hundidos o refugiándose sobre lo que quedaba de los cascos no murieron a causa del frío y pudieron llegar a los botes.

En cuanto Fugaku hubo reorganizado a todo el mundo, se acercó a Naruto.

—Así que al final has venido —dijo con cuidado—. Supongo que eres consciente de los riesgos, ¿verdad?

Naruto asintió con gravedad.

—Sí, pero los dioses me querían aquí.

Él parpadeó.

—¿Los dioses?

—Sasuke no es el único al que tenemos que salvar —susurró el creador, mirando el cielo. Fuin volaba hacia ellos con algo entre las garras.

El rostro de Fugaku se ensombreció.

—Entiendo. Solo dime qué necesitas.

Naruto hizo un asentimiento breve y luego miró a su compañero alado, que estaba aterrizando. Los gemidos aterrorizados de su presa llamaron la atención de Fugaku, Shisui y varios soldados de la cubierta.

—Por ahora, saber qué ha pasado con los reinos del Amanecer y la Luna —dijo antes de avanzar hacia el soldado que no dejaba de temblar bajo las garras del Rey del Cielo, que le graznaba de vez en cuando a modo de advertencia.

Apoyó una rodilla en el suelo para inclinarse y lo miró directo a los ojos.

—¿Desde cuándo tenéis una alianza con el Reino de la Hierba? —preguntó con una voz fuerte y profunda.

El hombre debió reconocerlo, porque abrió los ojos como platos.

—El… El creador —balbuceó.

Naruto estrechó los ojos.

—Fuin.

El Rey del Cielo chilló y sacó las uñas, cerniéndolas sobre el rostro del soldado, que gritó de puro de terror.

—Por favor, por favor…

—Limítate a responder.

—¡No hay ninguna alianza! —dijo atropelladamente.

Naruto intercambió una mirada confusa con Fugaku, que se adelantó para ir junto a él.

—¿Vuestro ataque no era una trampa de Orochimaru?

—¡No!

—¿Y qué pretendéis? ¿Aprovechar esta guerra para atacarnos?

El soldado tragó saliva antes de responder:

—U-un hombre nos dijo que podríamos arrinconar los barcos del Reino del Hielo aquí. Sabía que pasaríais por este canal.

Naruto frunció el ceño.

—¿Su nombre es Mizuki?

—No, Danzo.

El creador se levantó y se dirigió a Fugaku.

—Tengo a alguien de confianza que me dijo que él y Mizuki estaban con Orochimaru, pero que hubo una discusión entre ellos.

—Así que ahora actúan por su propia cuenta —comentó el rey.

Naruto frunció el ceño.

—Comprendo los motivos de Danzo para querer ir a por vosotros, pero, ¿Mizuki? No tengo claro que esto lo beneficie salvo para dar más ventaja a Orochimaru en la guerra. Y él no querría eso si al final no puede hacerse conmigo. Me quiere por la corona del Reino del Fuego y sospecho que…

—¿Qué?

El creador lo miró con seriedad.

—Hacer lo mismo que los Tiranos.

Fugaku apretó los labios y aferró la empuñadura de Sharingan con fuerza.

—Eso no va a ocurrir.

—Claro que no —afirmó Naruto con fiereza. Luego, se dio la vuelta y se dirigió al soldado una vez más—. ¿Mizuki estuvo con vosotros también?

El hombre dudó un momento antes de decir:

—Sí, pero llegó no hace mucho al reino.

—Os dijo algo sobre los creadores, ¿no es así?

El soldado tragó saliva. Naruto maldijo y Fugaku estuvo a punto de soltar una palabrota muy desagradable.

—Los creadores volvéis a estar en peligro —maldijo.

—Mizuki está tanteando nuevos aliados, supongo —pensó el creador en voz alta—. Ahora que Orochimaru no cuenta con su confianza, busca a otros.

—Pero, como has dicho, no le beneficia atacar nuestra flota.

Naruto acentuó su ceño.

—Lo único que se me ocurre es que está apoyando a Danzo para no perderlo como aliado y, al mismo tiempo, se aprovecha de él para conseguir favores. Mizuki es listo pero no tiene madera de guerrero ni tampoco experiencia militar, le viene bien tenerlo de su lado hasta que consiga controlarme, y, con él, puede conseguir ganar batallas para futuros aliados que después le devuelvan el favor.

Fugaku gruñó:

—El Reino del Amanecer fue el que asesinó a mi padre y trató de invadir mi tierra. El de la Luna puede que nos guarde rencor porque no le permití a su rey regresar tras insultarme.

El creador puso mala cara.

—Sus dos reyes fueron junto a Orochimaru a la caza de los zorros. Se les prohibió regresar a mi reino y rompimos los pactos comerciales con ellos a menos que designaran a un sucesor. No lo hicieron.

—Así que estarían predispuestos a buscar venganza contra ti y colocar a Mizuki como rey.

—No, colocarían a Danzo —dijo Naruto, frotándose la cabeza—, pero Mizuki se aseguraría de arrebatarle el trono de algún modo rastrero.

Fugaku entrecerró los ojos.

—De modo que tenemos dos frentes abiertos.

—No necesariamente —comentó Naruto—. El plan de Danzo y Mizuki ha fracasado. Han hecho daño a tu flota, pero no está destruida. Puede que eso sea suficiente para romper su alianza con ambos reinos —murmuró, pensativo—. Aun así, envía un mensaje a tu reino. No creo que se atrevan a invadiros en invierno y en vuestro propio terreno, pero no estaría de más ser precavido, sobre todo con esos dos. Yo también lo haré una vez nos encontremos con mi flota en los islotes.

—Me parece bien.

Dicho esto, Naruto asintió y se giró hacia Fuin, con quien intercambió una mirada. El Rey del Cielo clavó sus uñas en el soldado, que suplicó a voz en grito por piedad, pero la bestia se lo llevó volando lejos del barco y, de repente, su voz se acalló. Fugaku vio cómo su cuerpo inerte caía al mar.

Se volvió hacia el creador.

—Nadie debe saber que estás con nosotros, ¿verdad?

—No hasta que recuperemos a Sasuke —asintió el rubio con seriedad.

Fugaku lo miró de arriba abajo.

—Entonces te daré algo de ropa y otra armadura. Así llamas mucho la atención.

 

 

—Muy lento —se quejó Korin con cara de pocos amigos. Envainó su espada con fluidez y después apoyó una mano en su cadera—. Céntrate, Lee, la guerra está a punto de empezar.

—¿Cómo quieres que lo haga? —se quejó el joven mientras se sentaba en la arena de la playa. Sus ojos estaban llorosos—. Naruto se ha ido del reino a buscar a Sasuke cuando nos dijo que no lo haría.

—Tiene razón, ¿cómo ha podido ser tan estúpido? —maldijo Sai, que le dio una patada al suelo, lanzando un montón de arena al aire—. Mi primo le dijo lo que pasaría, y aun sin decírselo, ¡todo apesta a una puta trampa!

Korin le frunció el ceño.

—Mi señor no es estúpido. Sabe lo que hace.

Sai la miró exasperado.

—¿Por qué no estás nada preocupada?

Ella se acercó a Lee mientras respondía:

—Mi señor no haría nada que pudiera poner en riesgo a su reino y su gente. Además, me prometió que se mantendría a salvo mientras yo no estuviera con él.

—¿Y esperas que lo cumpla? —preguntó Sai con brusquedad—. Esos dos se quieren con locura, eso significa que no piensan en lo que hacen cuando se trata del otro.

Lee se llevó las manos al rostro.

—¿Por qué, Naruto? ¿Por qué no contaste conmigo para sacar a nuestro rey?

Sai se sobresaltó y lo fulminó con la mirada.

—¡Lo que faltaba! ¡No te sientas herido por eso!

—Se preocupa demasiado —dijo Korin antes de ofrecerle una mano a Lee. Lo ayudó a levantarse y recogió su espada—. Ya no podemos hacer nada por detenerlo, de modo que concéntrese. Los dos estáis muy distraídos por las razones equivocadas.

El Uchiha estuvo a punto de decirle algo, pero, entonces, un grito alertó de la presencia de barcos de velas grises con un halcón blanco.

Los tres recogieron sus armas y corrieron por la playa en dirección al puesto de vigilancia, desierto salvo por un par de soldados del Fuego camuflados entre las palmeras. A Korin y Sai les resultó sencillo reconocer las grandes naves de su tierra y el joven Uchiha no pudo evitar sentirse aliviado al tener ante él la visión del ejército del Hielo. Eso quería decir que era definitivo que los mejores guerreros del mundo lucharían a su lado en la guerra. Era reconfortante.

—Mmm…

Sai miró a Lee, que observaba con ojo crítico los barcos.

—¿Qué ocurre?

—Vuestros barcos no son aptos para una batalla naval, tal como temíamos.

Él frunció el ceño.

—Son grandes y resistentes.

—Poco móviles. Lentos. Útiles para transportar armas de asedio pero no para el combate en el agua. Tendréis que dejarlos aquí.

Sai dio un salto.

—¡¿Qué!?

—Tiene razón —dijo Korin sin inmutarse—. Nuestra prioridad es tomar el puerto. Sin él, no podremos descargar las armas de asedio que necesitamos para atacar la capital y recuperar a su alteza. Y el Reino de la Hierba procurará que la batalla no sea en tierra.

—Sacarán a toda su flota —dijo Lee con un asentimiento—. Será un combate difícil.

En ese momento, apareció Gai entre los arbustos del bosque que había tras ellos. Los miró con seriedad.

—Vamos a subir a bordo de las naves del Hielo. Venid.

Sai y Korin fruncieron el ceño.

—¿No desembarcarán en botes? —preguntó el primero.

El general sacudió la cabeza.

—No solo escogimos esta ubicación porque estaba a medio camino para ambos ejércitos, sino para poder ocultar los barcos. Nuestros capitanes ayudarán a los Uchiha a esconderlos entre los islotes —dicho esto, les hizo un gesto para que lo siguieran—. Vamos, recibiremos a su majestad.

Los tres lo siguieron de regreso al campamento que habían montado al norte de la isla, donde las pequeñas pero numerosas naves del Fuego estaban escondidas, en la costa, donde los soldados trabajan reforzando las proas con corazas hierro y puntas afiladas de obsidiana. Allí, subieron al bote de Gai y los capitanes y varios hombres más los acompañaron hasta las imponentes naves de los Uchiha. Puede que en combate no fueran muy efectivas, pues sus barcos fueron diseñados para romper el hielo en otoño y primavera, pero no cabía duda de que, al menos, eran intimidantes. La popa se alzaba por encima de la proa creando un piso adicional para los camarotes de los altos cargos militares y dejando espacio en el piso más inferior para los más de veinte remeros que ayudaban a impulsar el barco. Los mástiles acuchillaban el cielo con sus grandes velas cuadras, donde volaba orgulloso el halcón blanco sobre el fondo gris, y en la proa reinaban cuatro foques de velas triangulares que, puestos en línea, recordaban a plumas que bailaban sobre el agua.

Sai sintió una oleada de nostalgia. El barco en el que su primo y él habían recorrido el mundo no había sido tan grande, pero había tenido características similares.

Se le encogió el corazón al pensar en él. Todavía le dolía que lo hubiera dejado inconsciente, pero comprendía la razón. Sin embargo, sentía que tendría que haberse quedado con él, aunque fuera en una celda. Habían sobrevivido tres años juntos a sus aventuras en el mar, siempre habían luchado codo con codo y, esta vez, no había podido estar a su lado para defenderlo o, al menos, hacerle cambiar de opinión en lo que se refería a acercarse a Orochimaru.

Cuando su bote alcanzó la nave real, subió la escalera de cuerda prometiéndose que haría todo lo que estuviera en su mano por sacar a Sasuke de allí, aunque eso significara sacrificar su vida. Él no era hijo de Fugaku, no era heredero de nada y solo podía servir a su familia mediante la alianza que traería un matrimonio que no le interesaba. Su primo, en cambio, tenía un reino que gobernar junto a un esposo que lo amaba lo suficiente como para hacer una tontería. Merecía vivir esa vida.

Al llegar a cubierta, se encontró con su tío. Estaba tan imponente como siempre con su gruesa túnica azul, sujeta por un cinturón negro, y con los brazaletes y las botas oscuras. El viento mecía su cabello gris y ocultaba de vez en cuanto sus severos ojos.

Sai lo saludó con una inclinación, aunque no lo miró a la cara. Estaba avergonzado por no haber podido detener a Sasuke cuando pudo…

—Hola, Sai.

Al escuchar esa voz, dio un salto y alzó la vista.

Ahí, al lado del rey del Hielo, estaba el creador. Vestía muy similar a Fugaku, solo que su túnica era corta y de un azul más claro y llevaba unos pantalones holgados negros.

—¡Naruto! —gritó Lee, abalanzándose sobre el rubio para abrazarlo—. ¡Me alegro tanto de que estés bien! —sollozó—. ¡Estábamos muy preocupados por ti!

El joven esbozó una arrepentida sonrisa y le devolvió el abrazo.

—Lo siento mucho, Lee.

—Ya puedes sentirlo —rezongó Sai, mirándolo con los brazos cruzados—. Creía que habías entendido por qué no podías venir.

El rostro de Naruto se endureció.

—Y lo entiendo. Pero tengo cosas que hacer aquí.

Sai frunció el ceño.

—¿Cosas? ¿No ha sido por Sasuke?

Naruto entrecerró los ojos.

—He venido por él. Pero no es lo único que tengo que hacer.

El Uchiha hizo amago de preguntar, pero Fugaku lo detuvo moviendo la cabeza a un lado y a otro. Sai sintió un escalofrío. Está bien, asuntos de dioses y creadores, no tenía por qué saber más.

—De acuerdo…

El rubio se separó de Lee y se acercó a Korin. Ella parecía la menos sorprendida de encontrarlo allí.

—Korin —la saludó.

La mujer hizo una reverencia.

—Mi señor.

Naruto esbozó una pequeña sonrisa.

—¿Sabías que estaría aquí?

—No, mi señor, pero tampoco me sorprende —dicho esto, se levantó. Su rostro parecía tan inmutable como siempre, y, aun así, a los presentes les pareció, tal vez por el brillo en sus ojos o por una imperceptible sonrisa, que estaba orgullosa—. Tiene buen aspecto.

Él se encogió de hombros.

—Te prometí que me mantendría a salvo.

Korin asintió y después se colocó a su lado con firmeza, reposando la mano sobre la empuñadura de su espada. Tenía la cabeza bien alta.

Tras el breve rencuentro, Fugaku los llevó a la popa y le mostró al capitán que había ido con ellos el timón. El hombre, de unos cincuenta años, tan solo asintió y lo tomó, maniobrando con gran habilidad para internarse entre los islotes, que estaban muy juntos unos de otros, lo que les permitiría anclarlos en una intersección de canales en su interior y esconderlos.

Mientras tanto, Fugaku le contó a Gai la emboscada orquestada por el Reino del Amanecer en colaboración con el de la Luna y que Mizuki y Danzo estaban con ellos. También les relató cómo Naruto y el Rey del Cielo acudieron a salvarlos.

—¿Cómo supiste que necesitaban ayuda? —preguntó Sai.

—Lo vi en el fuego —respondió el rubio con aire sombrío—. Hundían barcos con velas grises y un halcón blanco, pero no llegué a ver a Fugaku. Me fui de inmediato con Fuin —dicho esto, se relajó un poco—. Me alegro de haber llegado a tiempo.

Gai y Lee asintieron. Fugaku suspiró.

—Sin embargo, este ataque ha demostrado que somos vulnerables en el mar. Rara vez hemos tenido que combatir en el agua, somos más peligrosos en tierra firme.

—La buena noticia es que ese no es nuestro caso —dijo Gai con una sonrisa—. Puede que nuestras naves no sean tan imponentes, pero son veloces y ágiles.

—Nos seguimos enfrentando de todos modos a una gran flota —gruñó Fugaku—. Enviarán a todos sus hombres a los barcos.

—Y eso dejará la ciudad desprotegida —dijo Naruto de repente. El resto se giró hacia él.

—¿Tienes algún plan? —preguntó Lee con ojos brillantes.

El creador asintió.

—Digamos que he hecho amigos en el Reino de la Hierba que nos ayudarán. Dejadme la ciudad a mí. —Hizo una pausa y le dedicó una pequeña sonrisa a Gai y a Lee—. Confío en vosotros para la batalla naval. Podemos pedirle a Fuin que nos ayude, pero lo cierto es que me gustaría ocultarle su existencia a Orochimaru hasta que ataquemos la capital.

—Podemos hacerlo —dijo Lee levantando el puño—. Llevamos entrenando toda la vida para este momento.

—Por fin se tragarán sus palabras de que somos solo comerciantes de vino —sonrió Gai—. Aún no han probado el filo de nuestras naves.

Sai frunció el ceño.

—¿Filo?

Al escucharlo, Gai se echó a reír.

—¿Qué crees que están haciendo mis hombres en la costa? ¿Tomar el sol?

El Uchiha miró incómodo a Korin, pero ella no estaba en absoluto confundida. Enrojeció por la vergüenza. ¿Tan preocupado y enfadado había estado por el secuestro de su primo y la deserción del creador que ni siquiera se había fijado?

Fugaku empezó a decirle a Gai que deseaba reunir a sus generales y comandantes para que les hablaran de su estrategia y le pidió que fuera él quien los dirigiera en la batalla del puerto dado que sería el ejército del Fuego el que llevaría la voz cantante. Sin embargo, antes de que Gai pudiera acceder, una soldado del Hielo apareció corriendo por las escaleras y les hizo una reverencia antes de mirar con los ojos muy abiertos a su rey.

—Mi señor, están despiertas.

Al oír eso, Fugaku salió tras ella sin pensarlo dos veces. Naruto, Sai, Korin, Lee y su padre lo siguieron. Bajaron al piso de los camarotes de los altos cargos y entraron en el del rey. En un rincón, vieron que algo alargado y grueso, envuelto en una tela oscura, temblaba con violencia. Al verlo, Fugaku apartó con rapidez el mapa náutico y los libros de navegación que tenía en su mesa y los dejó sobre la cama. Después, cogió el objeto, lo dejó encima de la mesa y reveló su contenido.

Sai y Korin retrocedieron al reconocer las tres espadas legendarias. Gai y Lee, en cambio, en cambio, las observaron maravillados.

—Son preciosas —dijo Lee, alargando la mano para tocar a Tsukiyomi.

—¡Lee, no! —Sai trató de detenerlo y Korin lo agarró por el brazo, pero el joven ya tenía su mano sobre la hoja que, de repente, dejó de temblar.

Los dos abrieron los ojos como platos. Fugaku, en cambio, esbozó una media sonrisa.

—Parece que te pertenece.

Lee alzó la cabeza hacia él.

—¿En serio? —preguntó emocionado.

—Si te permite tocarla, es tuya.

—¡Gracias, majestad! ¡La atesoraré toda mi vida! —exclamó antes de tomarla entre sus manos con mucho cuidado. Pero, de repente, se sobresaltó y miró la espada con la boca abierta. Después, sin embargo, sonrió—. ¡Yo también me alegro de conocerte!

Korin frunció un poco el ceño y Sai sacudió la cabeza, confundido.

Por otro lado, Naruto se colocó junto a Susano y Amaterasu y levantó una mano. En cuanto sus dedos rozaron el filo de Susano, la espada se quedó quieta. El creador ladeó la cabeza un momento y después la cogió con delicadeza.

—Sai, acércate.

Este obedeció.

—¿Qué pasa?

El rubio le tendió la espada.

—Esta es para ti.

Él abrió aún más los ojos.

—¿Qué? ¡No! Estas cosas son para héroes y yo no…

—Cuídala bien —le dijo Naruto antes de empujarla hacia él y obligarlo a cogerla. Sai la agarró como pudo y, entonces, se sobresaltó. La miró sorprendido y luego hizo una mueca.

—Está bien, está bien, lo he entendido.

Al creador casi se le escapó una sonrisa. Se giró y acarició el filo de Amaterasu. No se escuchó nada, pero, aun así, todos se quedaron callados y la observaron, como si acabara de hablar.

Naruto la tomó muy despacio y con reverencia. Apretó los dedos contra su filo e inclinó la cabeza ante ella.

—Gracias. Gracias por lo que hicisteis, tú y tu anterior portadora —dicho esto, se dio la vuelta y se la entregó a Korin—. Es una magnífica espada. Llévala con orgullo.

Ella inspiró hondo y dejó escapar el aire despacio. La tomó con delicadeza y cerró los ojos.

—Es un honor que no merezco. Rezo a Taka porque me ayude a ser digna de empuñarte.

Fugaku contempló a los nuevos portadores de las Armas Divinas de su tierra. No estaba muy seguro de lo que pasaba en realidad con aquella guerra, pero sabía que los dioses no estaban tomándose todas aquellas molestias por su hijo. El peligro debía de ser mucho mayor de lo que había imaginado si Taka le había abierto el camino y aquellas espadas habían despertado. Y, fuera lo que fuera, presentía que las consecuencias de la derrota serían nefastas para todos.

Debían ganar las batallas que se avecinaban. A cualquier precio.

Entonces, un tintineo le hizo bajar la vista hacia el cinto. Sharingan temblaba con violencia.

Tocó su empuñadura para calmarla, pero ella le transmitió otra sensación. Frunció el ceño, inseguro ante lo que le pedía, sin embargo, el Filo Ancestral insistió con más fuerza. Tras unos instantes más de duda, Fugaku apartó la mano de su arma y se quitó el cinto. Todos fruncieron el ceño al ver que se lo tendía a Naruto.

—Tómala.

—¡Tío! —replicó Sai—. ¿Qué haces? ¡Es la espada de nuestra familia!

Fugaku la miró y luego alzó los ojos hacia el sorprendido creador.

—Creo que en esta guerra debe estar con Naruto.

Este frunció el ceño y se acercó para tocar la empuñadura. La misma sensación lo invadió, pero Sharingan le susurró algo más, una petición.

—Ya veo —murmuró pensativo—. Si ese es tu deseo —dicho esto, agarró el cinto que le tendía el rey y se lo colocó alrededor de la cintura. Después, miró a Fugaku—. Será solo durante la guerra —prometió.

Sai se acercó a Naruto con una expresión inquieta en el rostro.

—No tenía intención de meter las narices donde no me llaman, pero, Naruto, ¿qué está pasando? Todo esto me parece excesivo. ¿Tan grave es la situación?

—No podría ser peor —admitió en voz baja—. A decir verdad, creía que era imposible que pasara algo así.

Todos salvo Fugaku y Korin palidecieron. El rey solo apretó los labios y la guerrera se limitó a acariciar con los dedos la empuñadura de Amaterasu.

—¿Qué es? —preguntó Sai—. ¿Qué ocurre?

Naruto sacudió la cabeza.

—No es algo que deba preocuparnos ahora —suspiró antes de endurecer sus rasgos. Sus ojos llamearon, volviéndose rojos por un segundo—. Si no conseguimos el puerto, no podremos hacer nada. Por eso debemos concentrarnos en esa batalla y por eso tenemos que ganarla —dicho esto, se giró hacia Fugaku. Su mirada ardió—. Y el rey del Hielo no luchará con todas sus facultades sin una buena espada —dijo alzando una mano de la que surgió una breve y potente llamarada que asustó al resto. Cuando las lenguas anaranjadas desaparecieron, entre sus dedos había una empuñadura plateada con forma de alas de halcón en cuyo centro se podía apreciar un zafiro. La vaina era de brillante cuero negro y estaba ribeteada de oro blanco, dejando intuir el filo de una gran espada que, sin embargo, el creador parecía sostener sin ninguna dificultad.

Fugaku tragó saliva al verla, pero endureció su expresión y la cogió con decisión. Al desenvainarla, revelando una hoja con un misterioso destello azul cuando la luz la tocaba, su silbido sonó como una bestia sedienta de sangre.

—Está furiosa —dijo el rey con los ojos entrecerrados antes de asentir—. Bien. Yo también tengo pensado descargar mi furia. Creo que nos entenderemos. —La envainó de nuevo y miró al resto—. Basta de charla. Tenemos una batalla que ganar.


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