Capítulo 32. Los rebeldes
Sasuke frunció el ceño mientras pensaba en lo ocurrido la noche anterior.
Una vez más, le habían permitido lavarse y le habían dado una buena cena, eso
sí, a la fuerza. Había sospechado de nuevo del truco del afrodisíaco, pero poco
había podido hacer para resistirse a cinco soldados que lo habían inmovilizado
y obligado a tragarse la comida y el vino.
Sin embargo, cuando lo habían encadenado a la cama de Karin, ella no se
acercó. Ni siquiera le dirigió la palabra. Se mantuvo alejada de él,
observándolo con cautela hasta que, una vez más, había sentido el fuego
fluyendo por sus venas. Su visión se había nublado entonces y la cabeza le
había dado vueltas. No recordaba nada después de eso.
Fuera como fuera, había despertado de nuevo en su celda, esta vez solo con
un pie encadenado.
Y, de nuevo, no se sentía como si Karin lo hubiera tocado. Solo notaba un
leve ardor, un recuerdo de lo que quiera que le ocurría cuando trataban de
drogarlo con afrodisíacos.
¿Qué sería? Aunque, fuera lo que fuera, estaba agradecido de que impidiera
que Karin lo violara.
El chirrido de la puerta le advirtió de que volvía a tener visita. Con los
ojos entrecerrados, se puso en pie y esperó que fuera Orochimaru o, aunque
fuera poco probable, Mizuki.
Por eso le sorprendió la persona que apareció al otro lado de los barrotes.
—Buenos días, alteza —lo saludó antes de inclinarse.
El ceño de Sasuke se acentuó. Era un hombre joven, de mediana estatura
vestido con una larga túnica morada y gris, de mangas anchas y cuello alto.
Llevaba el cabello largo recogido en una coleta y llamaba la atención su color
plateado, que hacía resaltar sus ojos oscuros.
Sabía quién era, lo había visto mucho cuando estuvo en aquel reino luchando,
pero no recordaba su nombre.
—¿A qué has venido? —preguntó, desconfiado.
El hombre esbozó una pequeña sonrisa avergonzada.
—Comprendo su recelo, pero no estoy aquí para hacerle daño —dicho esto, se
hizo a un lado para que un soldado abriera la celda. Cuando su visitante entró,
le hizo un gesto con la mano para que se retirara—. Puede cerrar. Tardaré un
rato en examinarlo.
Cuando el soldado se marchó, él le hizo otra reverencia.
—Es un honor estar en su presencia de nuevo, alteza.
Pese al halago, Sasuke siguió observándolo con cara de pocos amigos.
—No sé si puedo decir lo mismo, doctor.
El hombre se llevó una mano a la cabeza y esbozó una sonrisa avergonzada.
—Por favor, llámeme Kabuto. Aún soy un estudiante.
Sasuke frunció aún más el ceño.
—Recuerdo que nos trataste a mí y a mis hombres tras luchar en las llanuras
con los salvajes. Parecías médico entonces.
—Ya, bueno, recolocar huesos y poner unos vendajes puede hacerlo
cualquiera.
Él no lo creía. Lo recordaba precisamente porque le había llamado la
atención que alguien tan joven estuviera tratando a hombres heridos en pleno
campo de batalla. Demostraba que tenía habilidad de sobra, por mucho que aún
estuviera estudiando.
—Claro —masculló, poco dispuesto a bajar la guardia.
Kabuto le dedicó una sonrisa de disculpa que desapareció al mirar por
encima de su hombro. Echó un vistazo tras los barrotes, como si se asegurara de
que no hubiera nadie. Una vez hecho, el médico lo observó con seriedad y fue
hasta él. Sasuke retrocedió todo cuanto pudo y levantó los puños, listo para
pelear, pero sus palabras lo desorientaron lo suficiente como para impedir que
diera el primer golpe.
—Alteza, no tengo mucho tiempo. Necesito su ayuda.
El Uchiha se apartó de él. Sus ojos todavía reflejaban cautela.
—¿De qué estás hablando?
Kabuto apretó un momento los labios.
—Hace más de cien años que este país ha sufrido múltiples revueltas de
campesinos. Seguro que ha oído hablar de alguna de ellas.
Sasuke frunció el ceño.
—He oído algunos rumores.
—Le aseguro que lo que haya oído se queda corto —dijo apretando los puños—.
Yo vengo de una aldea del norte. Orochimaru da carta blanca a los nobles para
que cojan lo que quieran, no solo gran parte de nuestros cultivos, dejándonos
apenas lo necesario para subsistir, sino también a nuestras chicas jóvenes.
El Uchiha entrecerró los ojos. Conocía esa ley y la aborrecía con toda su
alma. Toda mujer que vaya a casarse debe yacer con un noble antes de consumar
su matrimonio. En pocas palabras, prácticamente la arrancaban de su boda para violarla
y luego entregarla al marido.
Era uno de los motivos por los que no había querido permanecer mucho tiempo
en aquel reino. Tan salvaje como era antes, había sabido que, si contemplaba
algo así, acabaría rebanándole la cabeza al noble y eso lo habría metido en
problemas con Orochimaru. Y, estando lejos de casa, podría haber sido
secuestrado y utilizado para chantajear a su padre y hermano. A diferencia del
Reino del Fuego, él no había tenido ninguna autoridad allí para cambiar las
leyes a menos que se hubiera casado con Karin, pero eso no estaba en sus
planes.
—Eso sí lo sabía —dijo con suavidad.
Kabuto tragó saliva antes de confesar:
—Se llevaron a mi hermana mayor el día de su boda. Pero, al volver, apenas
seguía con vida. La habían desgarrado tanto que estaba muriendo desangrada. No
sobrevivió —al decir esto, tembló de rabia—. Mi pueblo sabía que el rey no
impartiría justicia, así que fueron a la casa del noble y la quemaron hasta los
cimientos estando él dentro. Por supuesto, su majestad —dijo con ironía— lanzó
a sus soldados contra nosotros. Arrasaron mi aldea y asesinaron al resto de mi
familia.
Sasuke lo analizó de arriba abajo. No parecía estar mintiendo, veía rabia
en sus ojos y en todo su lenguaje corporal, pero…
—Comprendo que quieras venganza, si lo que dices es cierto.
Kabuto se llevó una mano al pecho.
—Me temo que, ahora mismo, no tengo modo de demostrar que mis palabras son
la pura verdad, pero, aun así, escúcheme, por favor. No tengo mucho tiempo para
hablar libremente.
Sasuke cruzó los brazos a la altura del pecho y asintió. Si lo que decía
era cierto, tenía un aliado dentro de aquel reino que podía ayudarlo llegado el
momento, así que merecía la pena escuchar lo que tenía que decir.
Kabuto empezó a pasearse por la pequeña celda con nerviosismo.
—La situación de mi aldea no es diferente a la de las ciudades u otros
pueblos. Nuestra comida escasea para que el rey y sus hombres puedan saciar sus
apetitos y enviar cargamentos más grandes de alimentos a otros reinos. Y luego
están las chicas. Mi hermana no ha sido la única que ha muerto, hay otras. Por
no hablar de las que Orochimaru se lleva.
—Las de su harén —murmuró Sasuke.
—Sí —respondió Kabuto con brusquedad—. Una por cada pueblo y cada ciudad.
Desde que murió su esposa, no las deja en paz. Está desesperado por tener un
heredero.
—¿Sabes si fue él quien mató a su esposa?
El médico se detuvo de repente y lo miró con el ceño fruncido.
—Apareció muerta bajo el balcón de sus aposentos. La caída la mató, así que
no tengo forma de saber si ella se suicidó o si alguien la empujó. No me
sorprendería ninguna de las dos. Pero si fue él, hizo un buen papel fingiendo
estar destrozado, o puede que estuviera muy arrepentido. Es difícil saberlo,
algunas de sus chicas han muerto durante uno de sus ataques de ira.
Sasuke asintió.
—Comprendo que el pueblo esté furioso.
—Aquí en la capital están preparados para atacar —dijo Kabuto, un poco más
relajado, aunque muy serio—. Solo esperamos la oportunidad.
Él alzó una ceja.
—Veis esta guerra como una oportunidad.
—Somos conscientes de que nuestro hogar puede ser destruido por el fuego
cruzado —admitió, apretando los puños—, pero, tal y como está viviendo la gente
ahora, es un riesgo que estamos dispuestos a asumir. La gente está enfermando y
muriendo en sus casas por la falta de comida. Los ancianos se suicidan para que
sus hijos y nietos se queden con sus raciones, los niños no se están
desarrollando bien, las mujeres tienen problemas con los embarazos y a menudo
acaban sufriendo abortos —dijo con desesperación, llevándose las manos al
cabello—. Hago todo lo que puedo, me he arriesgado incluso a robar comida del
castillo, pero está muriendo demasiada gente. No podemos soportarlo más.
Sasuke entrecerró los ojos.
—Vuestra resistencia será inútil entonces. No estáis físicamente preparados
para una batalla.
—Por eso quiero pediros ayuda —dijo Kabuto, mirándolo con determinación—.
Los Reinos del Hielo y el Fuego pueden acabar con esto. No nos importa formar
parte de vuestro reinado, no creo que nos vaya peor que con Orochimaru.
Colaboraremos con vosotros, haremos lo que pidáis.
El Uchiha ladeó la cabeza con interés.
—¿Puedes sacarme de aquí?
Kabuto sacudió la cabeza con mala cara.
—Imposible. Orochimaru tiene la llave atada a su muñeca. Le he estado
vigilando con la esperanza de que bajara la guardia, pero nunca se la quita y
no puedo acceder a sus aposentos de noche. Tiene guardias vigilando.
—Eres médico, seguro que tienes alguna sustancia que pueda matarlo.
El hombre resopló.
—Claro que la tengo, y lo habría hecho hace tiempo de no ser porque una
chica de su harén prueba su comida y su bebida antes que él. A ellas no quiero
hacerles daño. Ya sufren bastante.
Sasuke maldijo.
—Así que no tengo posibilidad de salir de aquí.
—Por ahora no, pero seguiré vigilando a Orochimaru por si encuentro una
oportunidad. Me temo que es lo único que puedo hacer por ahora. Eso y, tal vez,
tomar el puerto.
El príncipe se sobresaltó.
—¿Tomar el puerto?
—Los barcos del Hielo y el Fuego tendrán que atracar en el puerto, así que
la ciudad portuaria será la primera a la que irán. Nosotros aprovecharemos que
los soldados estarán pendientes de los barcos para tomar la ciudad desde
dentro.
—Eso es muy arriesgado. Perderéis a mucha gente.
—Pero es lo único que podemos hacer para convenceros de que estamos de
vuestro lado, ¿no es así?
Sasuke suspiró.
—Sí.
Kabuto asintió con un gesto brusco. Después, hizo amago de acercarse a él,
pero el Uchiha retrocedió con cautela. El doctor dejó escapar un suspiro.
—Solo quiero examinaros. Sé que os han estado dando afrodisíacos y que, por
alguna razón, no están funcionando bien. Quiero asegurarme de que estáis bien.
Sasuke entrecerró los ojos, fijándose en que sus manos y piernas estaban lo
bastante libres como para poder defenderse en caso de que intentara algo.
Siendo así, permitió que se acercara, aunque se mantuvo alerta, con el cuerpo
tenso, mientras Kabuto tocaba su garganta.
—¿Qué es lo que siente cuando le dan esas drogas?
Sasuke dudó un momento antes de responder. Pensó que esa información no
podía hacerle daño.
—Me arde todo el cuerpo.
Kabuto frunció el ceño y tocó su frente.
—Está un poco caliente, pero no parece fiebre. ¿Se siente violento?
—Ante la expectativa de ser violado, bastante —gruñó.
El médico hizo una mueca.
—Le pido perdón, no quería insinuar que lo disfrutara —dijo mientras se
apartaba un poco—. Me refería a si se siente violento por una causa interna más
que por el hecho de lo que le están haciendo. Es decir, una violencia que
escapa a su control.
Sasuke lo meditó un momento y sacudió la cabeza.
—Creo que no. Solo me quema tanto el cuerpo que es insoportable. Me
desmayo.
Al escuchar eso, Kabuto se sobresaltó.
—¿Ha dicho que se desmaya?
—Sí.
El doctor lo miró fijamente con severidad. Sasuke se removió, incómodo.
—¿Qué?
—Alteza, no se desmaya.
El príncipe frunció el ceño.
—¿Cómo que no?
—La princesa Karin afirma que está poseído por algo. Orochimaru y ese
Mizuki dicen que es un truco suyo para evitar dejarla embarazada, pero ella se
niega a tocarlo.
Sasuke se llevó los dedos índice y pulgar al mentón, pensativo. Podía
ocurrir que el afrodisíaco fuera demasiado fuerte para él, comprendería que una
sustancia lo afectara de un modo inesperado una vez, pero, ¿dos veces? ¿Con
otra sustancia diferente?
—¿Han usado diferentes afrodisíacos? —le preguntó a Kabuto, que asintió.
—Están dispuestos a usar todos los que tienen hasta que uno haga efecto.
Dudaba de que todos los afrodisíacos le sentaran de la misma manera.
Entonces, el problema no estaba en la sustancia, sino en él.
Poseído por algo. Poseído por algo… ¿Sería cierto que estaba relacionado
con Naruto? ¿Le habría pasado sin saberlo alguna de sus habilidades? No, no
creía que su rubio hiciera algo así sin haberle advertido primero, por lo
tanto… ¿Tal vez lo había hecho sin saberlo?
—Entonces, supongo que veremos hasta dónde puedo llegar —dijo, sin llegar a
ninguna conclusión clara.
Kabuto asintió.
—Sea lo que sea lo que esté haciendo, siga así, alteza —dicho esto, echó un
vistazo hacia los barrotes y le hizo una reverencia—. Yo me retiro. No tardarán
en venir a buscarme.
Sasuke lo observó con atención.
—Espero que sea cierto lo que me has contado.
El doctor le lanzó una mirada afilada. Había odio e ira, pero no estaban
dirigidos contra él. Era una sed de venganza latente, una que llevaba demasiado
tiempo esperando y que esperaba a dar rienda suelta a su propia violencia. Le
recordó a una serpiente, que se quedaba totalmente quieta, esperando el momento
oportuno para atacar y, entonces, se movía a tal velocidad que era imposible
defenderse.
Al menos, esa fue la sensación que tuvo.
—Le aseguro que se dará cuenta —dicho esto, se alejó hasta los barrotes de
la celda— y le doy mi palabra de que, si es cierto que el creador del Fuego
vendrá a buscarlo a palacio, haré todo lo que esté en mi mano por protegerlo.
Sasuke se sobresaltó, pero no pudo decir nada ya que escuchó el chirrido de
la puerta al abrirse y los pasos pesados y metálicos de un guardia. Así que
cerró la boca mientras Kabuto informaba de que ya había terminado su examen con
una sonrisa amable y una inclinación y vio cómo se marchaba, deseando de todo
corazón que sus palabras fueran ciertas y que, al menos, tuviera un aliado en
aquel maldito lugar.
A las afueras de la ciudad portuaria, Inari jugueteaba distraído
envolviendo los dedos alrededor de los tallos largos de hierba que crecían
junto a su casa, cerca de los campos de arroz en los que trabajaba su padre.
Pese a ello, podía escuchar los gritos de su madre mientras discutía con su
abuelo. Se estaba negando a comer, otra vez.
Sus puños se aferraron a los tallos de hierba, arrancándolos sin querer.
Sobresaltado, los cogió con rapidez y los apretó contra el suelo mientras
inspiraba hondo. Con suavidad, las raíces volvieron a adherirse al suelo. El
pequeño suspiró aliviado y volvió a colocar tierra a su alrededor para que las
plantas pudieran volver a erguirse con normalidad.
—Interesante habilidad, la tuya.
Inari pegó un salto y levantó la cabeza. Supuso que era un chico joven por
su voz, ya que iba encapuchado, vestido con ropas de campesino. Sus ojos se
desviaron sin querer hacia su mano, donde llevaba cogidos por el cuello un par
de aves. Tragó saliva. No recordaba la última vez que había comido carne.
—¿Las quieres? —le preguntó el joven, tendiéndoselas.
Inari se sobresaltó de nuevo.
—¿Cómo…? ¿Cómo las has conseguido? —dicho esto, miró a un lado y a otro,
asegurándose de que no hubiera soldados cerca, y susurró—. Nos está prohibido
cazar.
—Unos amigos las han cazado por mí —dijo, tendiéndoselas de nuevo—, pero
creo que tu abuelo las necesita más que yo, ¿verdad?
El niño dudó un momento, pero, al final, extendió sus manitas. El joven
hincó una rodilla en el suelo para dárselas y, cuando las cogió, su piel rozó
la suya.
Un rayo de calor lo atravesó de la cabeza a los pies. Fue rápido, violento,
pero no doloroso. Solo una calidez furiosa que duró un único instante.
Sin embargo, lo supo instintivamente. Supo lo que era.
Al alzar la vista, los vio. Ojos rojos como la sangre y de pupilas
rasgadas. Y, en el reflejo de sus irises, vio los suyos.
Asustado porque se diera cuenta, dejó caer las aves e hizo amago de
tapárselos, pero el joven lo cogió por las muñecas y lo impidió.
—No te asustes. No tienen nada de malo, ¿sabes?
Inari mantuvo los ojos cerrados con fuerza.
—Los niños se asustan cuando los ven.
—Porque aún no entienden lo que significan. Tú tampoco lo sabes, ¿verdad?
Tras un momento de duda, abrió los párpados poco a poco y se atrevió a
mirar al muchacho.
—No, pero… Sé que… somos parecidos.
El chico de ojos rojos sonrió.
—Así es —dicho esto, lo soltó con suavidad y sus irises se volvieron
azules—, pero no te preocupes. No voy a decírselo a nadie —le dijo, poniendo un
dedo en sus labios. Después, cogió las aves y se levantó—. Hagamos un trato.
Inari frunció el ceño.
—¿Un… trato?
—Sí. ¿Te gustaría que tu abuelo comiera?
Al oír eso, el niño asintió efusivamente.
—¡Sí!
La sonrisa del joven se ensanchó.
—¿Qué te parece si yo convenzo a tu abuelo de que se coma estas perdices y,
a cambio, dejas que me quede en tu casa un rato?
Inari asintió sin pensárselo dos veces.
—¡Sí! ¡Sí! —dicho esto, lo cogió de la mano libre y lo guio a su casa.
Al sentir su piel, volvió a tener un estremecimiento, sin embargo, esta vez
la calidez fue suave. Se filtró en su cuerpo como el agua que acaricia el lecho
de un río y le hizo sentirse seguro y acogido.
Sin saber muy bien por qué lo hizo, se abrazó al brazo del joven y frotó su
mejilla contra su mano. Este le respondió acariciando su cabeza. Se sintió como
cuando su madre lo arropaba a la hora de dormir.
Kabuto agitó las riendas de su montura con urgencia.
No había sido un buen día. El príncipe Uchiha no acababa de confiar en él,
algo que esperaba, después de todo, llevaba muchos años bajo las órdenes de
Orochimaru, aunque eso no quitaba que fuera frustrante no poder llegar a un
acuerdo con él. Luego, estaba el rey. Tras la partida de ese Mizuki, estaba más
irritado de lo habitual y le había gritado por no hallar el modo en que el
príncipe había burlado sus afrodisíacos.
Aprovechando que había tenido acceso al Libro de los Tiranos, los temores
de Orochimaru acerca de que el creador le hubiera transferido alguna habilidad
y los comentarios de Mizuki acerca de que su celo doblegaba la voluntad de los
hombres, había sugerido que tal vez ese celo era lo bastante fuerte como para
disuadirlos de tener relaciones con las mujeres. Sin embargo, Orochimaru estaba
tan frustrado y furioso que no había querido creer esa posibilidad y le había
exigido que le hiciera otro examen al día siguiente. Era evidente que esperaba
que Karin engendrara un niño Uchiha que obligara a Fugaku a retirarse de la
guerra; probablemente él podría soportar que su hijo perdiera un brazo o una
pierna, pero si el príncipe le suplicaba que se retirara para proteger a su
nieto, las cosas cambiarían.
Solo tendrían que enfrentarse al Reino del Fuego, y, para ello, estaban
Danzo y Mizuki.
Y el creador. Si lograban utilizar al joven Uchiha contra él, la guerra
estaría ganada. Incluso si el Reino del Hielo participaba en la batalla a pesar
de las amenazas de dañarlo, Orochimaru utilizaría al creador para atacar su
ejército. Si lo que decía Mizuki sobre ellos era cierto, su poder tendría que
ser más que suficiente para frenarlos.
Si eso era cierto, debía impedir por todos los medios que Orochimaru lo
manipulara. Debía encontrar el modo de liberar al Uchiha antes de que pusiera
en marcha el plan de Mizuki.
Por si no tuviera ya bastantes preocupaciones, uno de sus informadores le
había transmitido un mensaje urgente de Nami, la ciudad portuaria. Kaiza lo
instaba a reunirse con él de inmediato, decía que había encontrado algo crucial
para la revuelta pero no sabía qué hacer con ello y le pedía su ayuda. Así,
después de hablar con Orochimaru, había partido de inmediato, aun sabiendo que
después tendría problemas con el rey. Sin embargo, había sido gracias a su gran
intelecto y habilidades que había logrado su confianza y esperaba que tan solo
lo sermoneara como hoy.
Cruzó los campos de arroz que rodeaban Nami, antaño uno de los puertos más
vivos y hermosos del mundo. Ahora, pese al flujo comercial constante, la ciudad
había caído en decadencia; la gente no podía permitirse reparar sus propias
casas, antiguamente pintorescas, llenas de color, y que ahora lucían como si
estuvieran a punto de derrumbarse, con la madera podrida a causa de la humedad.
Sus calles estaban vacías, ya no venía gente de otros reinos a sus famosos
mercados y festivales culinarios, los comerciantes se rehusaban a poner un pie
en sus posadas por miedo a la crueldad de los soldados y a las restrictivas
leyes de Orochimaru, que prácticamente prohibía a los campesinos cualquier
actividad que no generara beneficios para el reino.
Sin embargo, Kabuto no traspasó la muralla que daba paso a la ciudad, sino
que fue a una aldea muy cercana situada a las afueras, plagada de campos de
arroz. Era el lugar donde llevaban a cabo las reuniones para organizar las
revueltas, ya que apenas había presencia militar.
Se detuvo frente a la casa de Kaiza y bajó rápidamente del caballo,
cogiéndolo de las riendas para llevarlo hasta la puerta. Entonces, Tsunami
salió por la puerta y corrió hacia él.
—Yo me ocupo del caballo. Entra, rápido.
Kabuto no se detuvo a hacer preguntas y pasó al interior de la casa. Un
rápido vistazo le aseguró que había un extraño al que no había visto nunca y
que no pertenecía al grupo de líderes rebeldes con los que solía hablar y que
conversaba con unos animados Tazuna e Inari. Este, un joven rubio, se giró al
escuchar sus pasos y su mirada se cruzó con unos ojos azules de mirada
profunda.
No pudo evitar tensarse un poco. Pese a que era más pequeño que él, tenía
mucha presencia.
—Kabuto —lo llamó Kaiza, que lo distrajo un instante del desconocido—.
Menos mal que has sido rápido.
—¿Qué ocurre? —preguntó, mirándolo de reojo—. ¿Quién es él?
Kaiza también le echó un vistazo rápido y susurró:
—Afirma ser el creador del Reino del Fuego.
Kabuto se sobresaltó y lo observó con mucha atención mientras el joven se
ponía en pie. No tenía un aspecto tan femenino como había creído, pero su
cabello era rubio, tenía los ojos azules y las marcas en las mejillas.
—Coincide con la descripción —dijo con cuidado.
Kaiza frunció el ceño.
—Ha aliviado los dolores de Tazuna y lo ha convencido de que coma. Ha
traído perdices.
Kabuto se giró hacia él con brusquedad.
—¿Cómo lo ha hecho?
—Le ha dado una infusión, según me ha dicho Tsunami. Dice que nos enseñará
a prepararla.
El médico asintió y le tocó un hombro.
—De acuerdo. Déjame a mí —dijo mientras se acercaba al joven y le hacía una
reverencia—. Es un honor estar en su presencia, alteza.
El creador le quitó importancia con un gesto de la mano.
—No tenemos tiempo para formalidades. Hay mucho que hacer —dicho esto, miró
a un lado y a otro—. Hablemos en un lugar más privado.
Kabuto asintió y miró a Kaiza, que los condujo al establo, donde se
cruzaron un momento con Tsunami, que le lanzó una mirada inquieta a su marido y
al doctor. Este le dedicó un asentimiento, como si quisiera asegurarle que todo
estaba bien.
Una vez estuvieron solos, Kaiza hizo amago de retirarse, pero el joven lo
impidió.
—Quédate también. Te interesa lo que vamos a hablar.
El hombre miró a Kabuto, que hizo un gesto con la cabeza para decirle que
estaba bien. Este se quedó junto a él y cruzó los brazos.
—Supongo que querrás una prueba de que soy quien digo ser —comenzó el
desconocido. Y, antes de que Kabuto pudiera responder, alzó una mano y de ella
brotó una bola de fuego. Tanto él como Kaiza contemplaron, estupefactos, cómo
dejaba que flotara por encima de sus cabezas—. Supongo que esto será
suficiente.
El doctor se recompuso y esbozó una media sonrisa.
—Va directo al grano.
Naruto resopló y puso los brazos en jarra.
—Como he dicho, no tenemos mucho tiempo. He venido aquí porque, si no estoy
mal informado, planeáis una rebelión.
—¿Cómo se ha enterado? —preguntó Kaiza, preocupado.
—Eso no tiene importancia, mi fuente no va a revelar nada porque su
ubicación es inaccesible salvo para unos pocos. Es lo único que tenéis que
saber, eso y que estoy dispuesto a ayudaros.
Kaiza quiso hacer más preguntas, pero Kabuto lo detuvo.
—¿Significa eso que los reinos del Fuego y el Hielo colaborarían con
nosotros?
—Así es —asintió Naruto antes de levantar un dedo—, pero con unas
condiciones.
—Por supuesto —dijo Kabuto. Ya era consciente de que no lo harían si no obtenían
algo a cambio.
—Primero —empezó el creador con seriedad—, una parte de vuestras llanuras
serán para aquellos a los que llamáis salvajes.
—¿Cómo? —se le escapó a Kabuto, confundido.
—Esas bestias con forma humana murieron hace un par de años —dijo Kaiza.
Naruto sacudió la cabeza.
—Unos pocos sobrevivieron. Han estado escondidos desde entonces.
Al escuchar eso, Kaiza apretó los puños con fuerza.
—En ese caso, más les vale quedarse en su agujero. No les perdonaré lo que
nos hicieron.
—Créeme, ellos tampoco han perdonado lo que les hicisteis —replicó el
creador con cara de pocos amigos.
El hombre se puso a la defensiva.
—¿De qué hablas?
—Estas tierras les pertenecían mucho antes de que vosotros llegarais. Los
masacrasteis y los obligasteis a cruzar las montañas para vivir en paz. Cuando
os atacaron, solo reclamaban lo que antaño fue suyo.
—¡Eso es mentira!
—No lo es —dijo Kabuto con pesar, sorprendiendo a Kaiza—. Nuestra gente es originaria
del Reino de las Olas, pero un terremoto sepultó bajo el mar muchas de sus
islas. Los supervivientes trataron de seguir adelante, pero el espacio era tan
reducido que no tardó en haber una guerra por ver quién se quedaba con el
territorio. Nuestros antepasados encontraron esta tierra, habitada por
salvajes, y la tomaron por la fuerza. —Miró a Naruto con tristeza—. Supongo que
la batalla de hace dos años fue su venganza contra nosotros.
—En absoluto —dijo Naruto con un suspiro—. Ellos no habrían corrido el
riesgo de volver a cruzar las montañas y atacaros de no haber sido del todo
necesario.
—¿Qué quieres decir? —preguntó el médico.
—Su tierra se estaba muriendo. Ya no podían cultivar ni cazar allí.
Vinieron a reclamar esta zona porque no tenían otra opción.
Kaiza, que se había quedado
impactado por la historia de sus antepasados, se recuperó al escuchar la
declaración del creador y apretó los puños, avanzando hacia él.
Kabuto, al verlo, lo cogió por el brazo de inmediato.
—Kaiza, no lo hagas.
—¿Que no tenían otra opción? ¿No había otra opción aparte de venir aquí a
matarnos a todos? Por los dioses, ¡hasta mataron a nuestras mujeres! ¡Mujeres
indefensas!
Naruto le lanzó una mirada peligrosa.
—Eso fue culpa vuestra.
Por un instante, Kaiza se quedó completamente quieto.
—¿Cómo dices? —preguntó despacio.
El creador no se amedrentó.
—Si enseñarais a vuestras mujeres a luchar, no estarían indefensas. Si lo
hubierais hecho, no las habrían matado tan fácilmente. Si lo hubierais hecho,
no se llevarían a vuestras jóvenes al harén del rey ni tampoco las
secuestrarían así como así el día de su boda. Si al menos les enseñarais a
empuñar el cuchillo, habrían tenido al menos una oportunidad de luchar.
—¡Maldito…! —Kaiza hizo amago de abalanzarse sobre él, pero Kabuto, a duras
penas, logró retenerlo. Kaiza era un hombre grande y corpulento mientras que el
médico era más delgado, así que le costó horrores mantenerlo en su sitio.
—¡Kaiza, no!
—¡¿Estás diciendo que es culpa nuestra?! ¡¿Que nosotros se lo permitimos?!
Naruto entrecerró los ojos.
—No. Digo que les quitasteis el derecho a defenderse. Estaría bien que
pensarais en ello de cara al futuro, para que al menos puedan herir a un hombre
que pretenda hacerles daño y salir corriendo. —Kaiza hizo amago de intentar ir
tras él de nuevo, pero las palabras del rubio lo detuvieron—. Aquellos a los
que llamas salvajes tienen mujeres guerreras. Para ellos es normal que luchen,
les enseñan desde que son niñas. No se les pasa por la cabeza que vosotros
dejéis indefensas a las vuestras. Las mataron porque creyeron que serían una
amenaza si no lo hacían, que les atacarían por la espalda. Por eso solo dejaron
con vida a los niños o a aquellos que no podían defenderse. No fue por crueldad
o porque sean animales que solo saben matar. Su forma de pensar es distinta a
la vuestra. Solo eso.
Para entonces, Kaiza se había quedado quieto. Pese a que su sangre seguía
hirviendo de rabia por lo sucedido dos años atrás, tal y como decía Kabuto, no
había motivos para golpear al creador. Aunque no le gustaba que defendiera a
los salvajes, debía admitir que a él tampoco se le había ocurrido enseñarle a
Tsunami a defenderse. Puede que, si le hubiera enseñado a usar un cuchillo,
hubiera podido matar al noble que la había violado cuando se casó con él. Tal
vez podría haberle ahorrado esa horrible noche.
Kabuto lo soltó al ver que estaba más tranquilo y se giró hacia Naruto. Su
rostro denotaba inquietud.
—No sé si la convivencia será posible, alteza. Ya ha visto que las heridas
por aquella batalla aún están abiertas.
—No será para siempre —prometió Naruto—. Solo hasta que las tierras al otro
lado de la montaña florezcan de nuevo. No es necesario ni que tengan contacto
entre ellos, basta con que se toleren hasta entonces —dicho esto, observó a
Kaiza con la cabeza ladeada—. Aunque es una lástima. Una alianza con ellos
haría que las viejas rencillas terminaran por fin y os brindaría una fuerza
militar más potente que la que tenéis ahora. Pero eso es cosa vuestra, no me
incumbe.
—Eso jamás —masculló Kaiza entre dientes, haciendo que Kabuto le diera un
codazo. Sin embargo, Naruto se encogió de hombros.
—Ese es vuestro problema, no el mío. Mi única condición es que los dejéis
vivir en una parte de las llanuras y, sobre todo, que les permitáis vivir en
paz. No atacarán si vosotros no lo hacéis.
Kaiza apretó los dientes, pero el carraspeo de Kabuto fue el que atrajo su
atención.
—Alteza, ¿puedo preguntar por qué pacta con nosotros en nombre de los…?
—dejó la pregunta en el aire, pues había notado que el creador no los llamaba
salvajes, así que supuso que tenían otro nombre.
—El Clan —terminó Naruto por él mientras se cruzaba de brazos—. Porque
ellos van a ayudarnos a ganar esta guerra y, por supuesto, les he prometido
algunas cosas a cambio de su colaboración.
—No necesitamos su ayuda —rezongó Kaiza.
El creador puso los ojos en blanco.
—A diferencia de vosotros, los Clanes no tienen problema en enseñar a todo
el mundo a luchar. No tienen una clase social concreta dedicada a la vida
militar. Todo el mundo sabe empuñar espadas, lanzas, escudos… Teniendo en
cuenta que vosotros no sabéis hacerlo, considero que su ayuda es más necesaria
que la vuestra.
Kaiza apretó los puños y bajó la vista. Kabuto, sin embargo, asintió.
—En ese caso, nos serían de gran ayuda para tomar el puerto.
Naruto asintió.
—Actuarán bajo mis órdenes. Procurad no cabrearlos y todo irá bien. —Antes
de que Kaiza pudiera replicar, el creador continuó—. Queréis que las cosas
cambien, ¿no? No busquéis pelea con el Clan y dadles una parte de las llanuras,
después de todo, tenéis muchas. Dadles una zona lejana de las ciudades y la
convivencia funcionará. Si todo va bien, en una década sus tierras volverán a
ser fértiles y podrán volver a su hogar. Creo que es aceptable.
A Kabuto se le escapó una pequeña sonrisa al ver que Kaiza se quedaba
callado.
Como muchos en aquella aldea, había quedado marcado por el ataque del Clan
de dos años atrás. Sus hombres y mujeres asesinaron a sus padres, su hermana
mayor apareció acuchillada y una de las pequeñas parecía haber sido víctima del
golpe de un caballo durante la batalla. No era de extrañar que sintiera tanto
rencor y que estuviera muy reticente a una alianza con ellos… Pero, en
comparación, la casa real les había hecho mucho más daño con sus leyes. Su
madre, su mujer y sus hermanas habían sido raptadas por un noble durante sus
bodas para que abusaran de ellas a placer, y la más joven había sido la
escogida por Orochimaru para formar parte de su harén. Hacía años que no la
veía, ni sabría nada de ella de no ser porque Kabuto, cuando fue en su busca
para ayudar a la rebelión, le había revelado que seguía viva y que pensaba
mucho en él.
El creador y la guerra que se avecinaba eran su mejor oportunidad para
acabar con todo eso. Y, pese a que seguía odiando al Clan por todas las
personas que le habían arrebatado, no podía rechazar del todo la oferta del
príncipe del Fuego. Tal y como había dicho, tenían mucho que ganar si aceptaban
su ayuda.
Y la necesitaban. A toda costa.
—¿Cuáles son las otras condiciones? —preguntó, dándole tiempo a Kaiza para
que meditara su propuesta.
Naruto no se hizo esperar.
—Tendréis un nuevo rey. O líder. Como queráis llamarlo.
Kabuto inclinó la cabeza.
—Será un honor servir al Reino del Fuego o al del Hielo. —Y lo dijo en
serio. Bajo el mando de un Uchiha, ya fuera del prometido del creador o del
hijo mayor de Fugaku, sabía que tenían una ideología radicalmente opuesta a la
de Orochimaru y sus vasallos. Fuera cual fuera su rey, estaba convencido de que
su pueblo estaría a salvo.
Sin embargo, Naruto movió la cabeza a un lado y a otro.
—Ninguno de los dos se ocupará de esta tierra —dijo, sobresaltando a
Kabuto—. Está demasiado lejos como para establecer un reinado adecuado y que
funcione. Escogeré a uno de vosotros. Aprovechad esta oportunidad para crear
nuevas leyes que sean justas para vuestro pueblo.
—¿No quiere nuestra tierra? —preguntó Kaiza, un tanto sorprendido.
—No aspiro a ser un conquistador —respondió Naruto con seriedad—. Ya tengo
un reino del que preocuparme.
Kabuto contuvo una sonrisa, sabiendo que eso había impresionado a su amigo.
—¿Alguna otra condición? —preguntó, intrigado por el joven creador. Hasta
ahora, no había pedido nada para su propio beneficio, salvo su colaboración
para la guerra, por supuesto, pero eso los ayudaba más a ellos que al Reino del
Fuego. Que no hubiera pedido nada para sí mismo o para su país decía mucho de
él.
—Solo una más —respondió Naruto con un suspiro. Kabuto esperó expectante
mientras el joven los observaba con intensidad—. Quiero que se restauren las
leyes divinas de esta tierra.
Kaiza frunció el ceño y miró a Kabuto, interrogante.
—¿Tenemos de eso?
—Las tuvimos, hará unos cien años —respondió mientras se frotaba el mentón—.
El rey de aquella época aspiraba a ser adorado como un dios. Hubo una guerra
terrible entre los que renegaron de la deidad original y aquellos que la
defendían. Duró muchos años y se derramó tanta sangre que al final el reino
pactó dividirse en dos partes, pero no duró mucho. El rey de las Serpientes,
los que protegían sus creencias, falleció y el otro bando aprovechó para tomar
esa zona. Hubo alguna resistencia, pero no fue suficiente para que la religión
perdurara, se colgó a todos aquellos que la practicaban. Ahora solo nos quedan
textos antiguos de entonces.
Kaiza parpadeó, sorprendido, y miró a Naruto.
—Entonces, ¿tenemos un dios?
—Así es.
El hombre pareció confundido un momento.
—Entonces… Todo lo que nos ha pasado… ¿ha sido porque no le hemos hecho
ofrendas?
El creador, por primera vez, le dedicó una mirada triste.
—No. Él no quería que ocurriera nada de esto. Por eso estoy aquí.
Los dos hombres se sobresaltaron.
—¿Él te ha enviado? —preguntó Kabuto. Sus emociones giraban entre la
incredulidad, la esperanza y la emoción.
Naruto esbozó una media sonrisa.
—Sí. Él es mi fuente.
A Kabuto le faltó muy poco para que se le doblaran las rodillas. Por eso,
no pudo detener a Kaiza cuando se acercó al creador, aunque este no estaba
intimidado en lo más mínimo. Sin embargo, no tenía por qué preocuparse, ya que
el hombre solo se frotó las manos mientras miraba a Naruto con un aire de duda.
—¿Nos…? ¿Nos enseñarías a rezar? ¿Y a hacerle ofrendas?
El rubio, esta vez, sonrió de verdad y asintió.
—Todo lo que necesitéis.
Kaiza asintió y frunció el ceño.
—Nuestro dios… ¿está de acuerdo con que ese Clan esté aquí?
—También están bajo su protección.
El hombre se quedó pensativo durante un rato y, al final, asintió.
—Por mi parte, acepto las condiciones. Haré lo que esté en mi mano para que
el resto también las acepte.
—Lo harán —dijo Naruto con confianza—. He oído que te respetan y confían en
ti.
Kaiza parpadeó, pero esbozó una diminuta sonrisa. Después, le dedicó una
reverencia y se marchó del establo, dejándolo a solas con Kabuto, que también
se inclinó.
—Gracias por hablarnos de nuestro dios. Para nosotros es algo importante.
Naruto echó un vistazo a su bola de fuego flotante.
—No sé hasta qué punto conoces las creencias de tus antepasados, pero debe de
ser aterrador pensar que estáis solos. Que nadie velará por vosotros cuando
muráis.
Kabuto se estremeció.
—He leído historias de los textos antiguos. Pero este reino lleva tanto
tiempo sin creer en dioses que, por mucho que leas sobre ellos, no sabes si
confiar en su existencia o no —dicho esto, echó un vistazo al lugar por el que
Kaiza se había marchado—. La gente como Kaiza, que apenas tienen derechos o
ningún poder, es la que más necesita creer que algo superior los protege. Y
que, si mueren en esta rebelión, habrá algo mejor esperándoles en el otro lado.
Aquí siempre nos han dicho que lo único que hay tras la muerte es la Oscuridad.
Que nuestras almas vagarán perdidas en ellas hasta que nuestros recuerdos se
desvanezcan, que caminaremos entre las sombras tratando de hallar respuestas
sin encontrarlas, sin ser siquiera conscientes de que no estamos vivos.
Naruto frunció el ceño.
—¿Eso es lo que pensáis?
—Para los que no tienen linaje, sí.
El rubio puso los ojos en blanco.
—Cómo no. Supongo que los nobles y la realeza tienen otro destino.
—Encuentran la Luz. —Naruto resopló, pero Kabuto aún no estaba tranquilo—.
Dime, ¿qué ocurre cuando morimos?
El creador lo observó un momento y sonrió.
—Para vosotros, la Cueva de Luz. Una cueva hecha de piedras tan brillantes
como la luz del sol y tan repleta de vegetación que parecerá un bosque. Dicen
que cada persona puede ver sus recuerdos reflejados en sus paredes.
Kabuto tragó saliva, aliviado y emocionado a la vez. Se pasó una mano por
los ojos húmedos.
—Gracias. Gracias por contármelo.
Naruto lo observó mientras su bola de fuego bajaba hasta posarse sobre su
palma.
—No te preocupes. Todos aquellos que murieron enfrentando al rey, están en
un lugar mejor —dicho esto, lo miró con fiereza. Kabuto habría jurado que sus
irises habían cambiado de color, pero con la luz anaranjada del fuego bailando
en sus ojos era difícil estar seguro—. Esas muertes no serán en vano. Es el
momento de renovar la sangre real. —Y, mientras lo decía, cerró la mano en un
puño, convirtiendo la llama en humo.

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