Capítulo 31. La tierra marchita
Sasuke despertó en su celda sintiendo todo el cuerpo entumecido y acalorado.
Intentó moverse, pero gimió cuando algo tiró de él.
Parpadeó varias veces, terminando de espabilarse, y levantó la cabeza.
Tenía los brazos levantados por encima de la cabeza, encadenados por las
muñecas. No habían hecho eso la primera vez que lo metieron en esa celda.
Se dio un repaso rápido para asegurarse de que estaba bien. Ya no llevaba
las ropas que había traído consigo del Reino del Fuego, sino una túnica corta
de color marrón sucio y pantalones de campesino, hasta iba descalzo. Sin
embargo, no notaba ninguna herida preocupante, solo el extraño entumecimiento;
le provocaba una curiosa sensación de calor que no había tenido nunca antes,
cuando tenía los músculos adoloridos.
¿Qué habría pasado? Recordaba lo sucedido con Karin, pero solo hasta que se
había enterado del afrodisíaco que le había echado Mizuki en el vino. Frunció
el ceño. ¿Tendría que acordarse de algo más? ¿O este afrodisíaco había sido más
potente que el de la otra vez? Su cuerpo estaba raro… ¿Habría funcionado? ¿No
habría sido capaz de resistirse esta vez? No notaba nada fuera de lo común en
sus genitales y tendría que percibir algo si hubiera estado tanto tiempo
teniendo relaciones. ¿O es que había estado inconsciente el tiempo suficiente
como para que se recuperaran? Mierda… Le costaba demasiado pensar, todavía
sentía como si tuviera fuego en las venas.
De repente, escuchó unas voces fuertes. Sonaban lejos, pero las oía.
Estaban discutiendo.
Entonces, escuchó el chasquido de una puerta metálica y las voces se
intensificaron. Las reconoció al instante.
—¡Mi señor, no es una buena idea!
—¡Guárdate tu opinión para cuando te la pida!
Sasuke sonrió. Ah… Por fin. Empezaba a pensar que ya no podría poner en
práctica su plan.
Unos pasos rápidos y furiosos repiquetearon en el suelo de piedra antes de
que Orochimaru apareciera ante los barrotes de su celda. Las mangas de su
túnica esmeralda volaban tras sus movimientos airados. Mizuki fue justo detrás
de él. Su rostro estaba pálido.
—Tú… —gruñó el rey.
Sasuke no sabía qué había hecho para cabrearlo, pero, fuera lo que fuera,
estaba convencido de que era bueno para él.
—Por fin te dignas a recibirme —dijo con la voz seca.
Orochimaru lo asesinó con la mirada.
—¿Qué le has hecho a mi hija?
Él apartó la vista y ladeó la cabeza. ¿Había hecho algo?
—¿No debería preguntárselo a Mizuki? —preguntó, girándose para mirarlo con
una sonrisa torcida.
El rey apretó los labios y se giró hacia él. De inmediato, este levantó las
manos.
—¡La dosis fue la adecuada! Ya le he dicho que es imposible que mi
afrodisíaco hiciera algo así —dicho esto, Mizuki miró a Sasuke de reojo. Su
mirada vacilaba entre el recelo y el miedo.
El Uchiha ladeó la cabeza de nuevo. Eso era interesante, ¿qué habría
ocurrido al final en esa habitación? Ninguno de los dos parecía contento… ¿Tal
vez el afrodisíaco lo habría vuelto violento y habría impedido los planes de
Karin? La idea le hizo sonreír ampliamente.
Orochimaru se giró hacia él y se acercó más a los barrotes. Hizo amago de…
algo. Sasuke no supo bien qué era hasta que se miró las mangas sin vida con el
rostro compungido. Todavía le costaba asimilar la pérdida de sus brazos.
—¿Qué has hecho? —le preguntó con rabia—. ¿Es por el creador? ¿Te ha
transferido alguno de sus poderes?
Él levantó una ceja. Bien, podía jugar con eso.
—¿Mizuki te lo ha dicho?
El rostro del rey enrojeció y volvió a clavar sus ojos amarillos en el
bastardo. Este palideció.
—¡Miente! ¡No dice nada en el libro!
—¿Ese al que le faltan tantas páginas? —tanteó. Pese a que lo dijo con
seguridad, quería probar si podía sacar algo de información.
Y, en efecto, Orochimaru hizo una mueca.
—Tiene razón. Hay cosas que no sabemos todavía.
Mizuki puso cara de horror mientras miraba a Sasuke, quien le sonreía. Vio
en sus ojos que se dio cuenta de lo que estaba haciendo y se giró rápidamente
hacia el rey.
—¡No diga nada! Él no tiene toda la información.
—Yo soy el que vive con el creador, sé más que vosotros dos —dijo, borrando
su sonrisa al instante y adoptando una convincente expresión aburrida. Hizo
rodar los ojos—. Si habéis empezado esta guerra que no podéis ganar basándoos
en un libro incompleto, habéis cometido un grave error —dicho esto, volvió a
mirar a Mizuki—. ¿No crees, bastardo?
Este apretó los puños.
—Tenemos muchas posibilidades de ganar.
Orochimaru gruñó.
—¿Ahora que Fugaku viene a la guerra?
Sasuke se sobresaltó, pero, al ver que Mizuki miraba al rey como si
quisiera que cerrara la boca, sonrió.
—Parece que los dioses están de mi parte —comentó antes de mirar al rey—.
Yo si fuera tú, acabaría con esto antes de que sea tarde. Si mi padre es quien
comanda las tropas, no será piadoso.
—Aún te tenemos a ti —replicó la serpiente.
Él se habría encogido de hombros de haber podido.
—Y él un apabullante ejército que arrasará tu tierra. Te quedarás sin nada.
—No si controlamos al creador primero.
—¿Y cómo? —preguntó Sasuke, buscando hallar algo más de información—.
¿Tenéis algo que hacer contra su poder?
Mizuki lo miró con mala cara.
—Sé muy bien cómo manejarlo.
—¿Igual que lo manejaste cuando te hizo esa cicatriz?
El hombre se llevó una mano al rostro. Orochimaru la observó con el ceño
fruncido.
—Ya me parecía extraña esa marca.
Los ojos de Sasuke brillaron. Acababa de ver una oportunidad.
—¿No te lo ha dicho? —preguntó, eufórico.
Mizuki se tensó y lo miró con el miedo refulgiendo en sus ojos.
—No le escuchéis —le pidió a Orochimaru.
Sin embargo, Sasuke ya había empezado a hablar.
—Intentó violar a Naruto durante su primer ciclo fértil.
—¿Qué? —masculló el rey, asesinando a Mizuki con la mirada.
—¡Cállate! —le gritó este.
Sasuke no lo hizo.
—Es uno de los bastardos de Jiraiya y el único que no ha renunciado a su
derecho al trono.
—¡Silencio! —aulló Mizuki, golpeando los barrotes.
—Y lo intentó de nuevo el verano pasado —continuó Sasuke, sintiéndose
triunfal al ver la expresión de Orochimaru—. Por eso fue desterrado —dicho
esto, esbozó una perversa sonrisa—. Tuvo suerte de que no lo matara esa vez.
Pero, la próxima, nada ni nadie me impedirá acabar contigo, rata.
—¡MIENTE! —rugió Mizuki, girándose hacia Orochimaru—. ¡Le juro que yo no…!
Sin embargo, el rey le dio una patada en la rodilla. El bastardo gritó y se
postró en el suelo, encogiéndose por el dolor. Orochimaru lo observaba con
desprecio.
—Ya veo lo que habéis estado haciendo Danzo y tú.
Sasuke alzó la cabeza. ¿Danzo también estaba allí?
—Mi señor…
—¡Cierra el hocico antes de que te mate! —sentenció la serpiente con la
nariz arrugada—. Quiero que dejes mi reino de inmediato.
Mizuki alzó la cabeza con brusquedad.
—Pero me necesita…
—Lárgate antes de que olvide esa parte —lo amenazó—. Y el libro se queda
aquí. Vuelve a tu agujero con Danzo y espera allí en silencio y sin acercarte a
mis tierras hasta que deje preñado al creador.
Sasuke entrecerró los ojos. ¿Su plan era el mismo que el de Mizuki?
¿Esperar a su ciclo fértil para dejarlo embarazado? ¿Intentarían controlarlo
bajo la amenaza de hacer daño a sus hijos y a él como hicieron los Tiranos
antaño?
Se estremeció ante la idea. Mientras él fuera un rehén, no era una
posibilidad tan remota.
Vio cómo Mizuki se apresuraba a retirarse. Aun así, se dio cuenta de que le
lanzó una mirada de puro odio por el rabillo del ojo, una silenciosa promesa de
que se las pagaría. Él se la devolvió. Tal y como había dicho antes, nada ni
nadie impediría esta vez que le cortara la cabeza.
En cuanto se marchó, intercambió una mirada con Orochimaru. Ambos se
observaron.
—No estás en una buena situación —empezó Sasuke—, no con el Reino del Fuego
y el Hielo aliándose para la guerra. Y menos si mi padre está al frente.
El otro hombre resopló.
—Mientras tu gatito en celo venga, nada podrá pararme.
Sasuke torció los labios.
—¿Crees que Naruto me antepondría a su pueblo? —probó, intentando
persuadirlo—. Ni siquiera quería casarse conmigo.
—No fue eso lo que me dijo cuando nos quedamos a solas —replicó Orochimaru,
mirándolo con una ceja alzada—. Y las bonitas marcas de tu espalda que
enseñaste en aquel desayuno dejó claro a quién prefería.
—Pura farsa para que nos dejarais en paz.
—Te volviste loco cuando supiste lo que había intentado hacer —sonrió la
serpiente—. Vaya, vaya, esto sí que no me lo esperaba. No se trataba de
posesividad, sino que lo amas —dicho esto, soltó una carcajada—. Hasta el punto
de protegerlo al venir solo aquí e incluso ahora.
Sasuke apretó la mandíbula.
—No podrás con él, Orochimaru.
—Si te quiere tanto como tú a él, esta guerra ya está ganada —rio con
ganas.
Él gruñó.
—Mi padre no lo permitirá. Ni el Reino del Fuego tampoco.
—Tú mismo has dicho que es poderoso. Veremos hasta dónde es capaz de llegar
para salvarte —sonrió e hizo amago de dar media vuelta, sin embargo, se detuvo
en el último momento—. Ah, una cosa. No sé qué truco has usado para librarte
del afrodisíaco, pero no te preocupes. Si ese no te afecta, lo hará otro. De un
modo u otro, me darás un heredero Uchiha y asegurarás una alianza con el Reino
del Hielo.
Sasuke bufó.
—No esperes que la misma estrategia te funcione dos veces —le advirtió, a
pesar de que no tenía ni idea de qué había hecho para librarse de Karin.
Orochimaru entrecerró los ojos.
—Ya lo veremos.
Montado a lomos de Fuin, Naruto esperaba expectante el momento en que el
Reino de la Hierba apareciera ante él.
Llevaban ya una semana y media de viaje. Había creído que el Rey del Cielo
lo llevaría hasta uno de los barcos de su reino para unirse a ellos en la
guerra, pero los pasó de largo de forma intencionada. No dudaba de que Fuin,
como él, había visto sus naves recortadas contra el azul profundo del mar, y,
aun así, las había ignorado y había seguido adelante. Pese a que su primera
reacción había sido preguntar por qué, no le había costado adivinar el motivo.
Él debía llegar primero. Debía averiguar qué estaba ocurriendo en esa
tierra y trazar un plan para salvarla antes de que la guerra estallara. Puede
que Fuin lo estuviera guiando al lugar en el que comprendería lo que los dioses
querían de él.
El graznido de la criatura lo sacó de sus pensamientos y alzó la cabeza.
Ahí estaba.
El Reino de la Hierba era una maravillosa extensión de llanuras verdes y
fértiles, con ríos apacibles que provenían de las escarpadas e intransitables
montañas del este, que pocos hombres habían tenido deseos de explorar tras un
par de intentos fallidos, pues era imposible crear campamentos de mineros en
las cercanías debido a que los carros y ni siquiera los caballos podían moverse
con facilidad por esa zona. Sin embargo, la falta de metales no afectaba a la
abundante riqueza del reino, pues su clima templado era perfecto para cultivar
durante todo el año. Si bien el Reino del Fuego era conocido por sus productos
de lujo (como el vino, la miel, las especias y el marisco), el de la Hierba lo
era por su producción de alimentos básicos: cereales y verduras en su gran
mayoría. Y puesto que el país no tenía por qué aislarse y su agricultura
funcionaba durante todo el año, el comercio jamás se detenía y generaba
ganancias.
Incluso desde las alturas, Naruto pudo ver los cientos de campos de cultivo
que ocupaban esas tierras y sus verdes colinas, que se aprovechaban como zonas
de pastoreo para cerdos, ovejas, vacas y caballos. El reino aprovechaba al
máximo esa ventaja para vender carne de gran calidad, buena lana e incluso
caballos, aunque había otras zonas más famosas para el comercio de animales.
Aun así, fuera como fuera, el Reino de la Hierba no sufría hambre… En
apariencia.
Fuin sobrevoló la ciudad del puerto con cautela, desde la que Naruto pudo
ver una fuerte presencia militar, tanto en los numerosos barcos de guerra como
en la ciudad en sí. Pese a la altura, detectó a los soldados por su oscura y
pesada armadura. Estaban por toda la ciudad y no dejaban de moverse de un lado
a otro.
Parecía evidente que esperaban un ataque. ¿Habrían evacuado a los
ciudadanos? A ellos no podía verlos.
El Rey del Cielo se elevó aún más de repente y lo condujo al este, hacia
las montañas. No le costó adivinar por qué el Reino de la Hierba no se había
esforzado en tratar de hallar metales preciosos u otros objetos valiosos ya que
eran altas y delgadas, de tallo afilado y desnudas de bosques salvo por los que
cubrían sus faldas, frondosos, oscuros e inhóspitos en su mayoría, pues Fuin lo
llevó hasta una zona donde los árboles yacían grises y sin hojas, muertos.
Un extraño escalofrío lo recorrió de arriba abajo. Ese lugar no le gustaba.
El cuello de Fuin vibró, como si él también hubiera percibido algo.
—¿Es esto lo que tenía que ver? —le preguntó.
De repente, la bestia hizo un giro brusco en el aire y descendió. A los
pies de las montañas, y protegidas por sus afiladas rocas blancas y sus bosques
concurridos, aparecieron unas hermosas calas de aguas cristalinas y arena
pálida, donde pudo ver algunas cuevas y…
Gente.
Naruto alzó un poco la cabeza para estar seguro de que no lo había
imaginado. Fuin descendió aún más hasta aterrizar sobre la blanca arena y
lanzar un graznido potente, llamando la atención de los hombres y mujeres que
estaban en la orilla que, por supuesto, reconocieron al Rey del Cielo.
Gritaron y huyeron al interior de las cuevas.
—¡No, esperad! —pidió Naruto mientras bajaba de un salto de la bestia.
Un par de personas se detuvieron y lo miraron con los ojos muy abiertos,
demudados por el terror.
—¡Son los bárbaros!
—¡Nos han encontrado!
—¡A las armas!
De repente, varios hombres y mujeres sacaron unos cuchillos que llevaban
encima y se lanzaron a por él. Naruto maldijo para sus adentros y se giró hacia
Fuin, pero este ya había saltado hacia unas rocas más altas y le graznó con las
alas entreabiertas y moviendo las patas con nerviosismo. Era como si no
quisiera dejarlo solo, pero, al mismo tiempo, tuviera que hacerlo.
El creador entrecerró los ojos y se enfrentó a las dos personas que lo
atacaron al principio. No quería hacerles daño, así que cogió solo una de sus
dagas y detuvo el ataque de la primera. Empujó su filo contra el de su atacante
el tiempo justo para que su otro contrincante llegara y, justo entonces, hizo
uso de toda su fuerza para lanzar su daga hacia arriba, dejando a su rival
desprotegido de una patada que le lanzó al pecho y lo tiró contra su compañero,
que perdió el equilibrio por el golpe y cayó al suelo.
Naruto contempló con rapidez la playa. Más gente armada se dirigía hacia
él, pero también vio personas que salían de las cuevas con hachas, martillos,
lanzas, espadas y escudos.
Hizo una mueca. No quería hacerles daño; si Fuin no los estaba atacando era
porque el objetivo de llevarlo hasta esas personas era otro. Así que guardó su
daga, inspiró hondo y abrió y cerró los puños, estirando los dedos. Ya
preparado, hincó una rodilla en el suelo al mismo tiempo que lo golpeaba con su
puño. De repente, las llamas brotaron de la arena y crearon un círculo de fuego
a su alrededor. Sus atacantes se detuvieron con gritos y exclamaciones de
sorpresa.
El creador se incorporó y extendió las palmas de las manos hacia abajo. Con
un movimiento suave, hizo que las llamas bajaran, aunque las mantuvo vivas por
si acaso.
—¡No he venido a hacer daño a nadie! —les dijo.
Sin embargo, su declaración no hizo demasiado efecto, ya que todos se estaban
organizando para rodearlo. Naruto gruñó y extendió los brazos hacia los lados,
haciendo el círculo más grande y amplio en un intento por aumentar su
protección. No podría evitar las armas arrojadizas, pero siempre podría
quemarlas cuando las viera venir del cielo.
Sin embargo, al hacer crecer las llamas, no pudo ver lo que lo atacaba de
frente. Aunque pudo oírlo. Escuchó unos pasos rápidos y pesados sobre la arena
que chasquearon cuando el mar acarició la orilla.
Después, lo vio, atravesando el fuego. Un hombre alto y musculoso,
corpulento, de piel tostada, corto cabello negro y ojos pequeños, oscuros y
rabiosos. Iba descalzo y llevaba ropa oscura, una túnica corta sin mangas y
unos pantalones holgados. Su cuello y la mitad de su rostro estaban cubiertos
de vendas. Empuñaba una enorme espada, la más grande que había visto nunca, de
hoja ancha y rectangular, cuya punta terminaba con una ondulación en la parte
inferior que ascendía hasta el pico afilado.
Naruto contempló cómo atravesaba las llamas sin miedo. Se abalanzó sobre él
como una loba furiosa dispuesta a dar su vida por sus cachorros.
Fue tan rápido que no tuvo otro remedio.
—¡Rasengan! —gritó.
Su espada apareció en su mano con una llamarada, a tiempo de contrarrestar
la potente estocada que lanzó directo a su cabeza. Tenía tanta fuerza que
Naruto tuvo que retroceder para absorber todo el impacto.
Sonrió. Era casi tan fuerte como Kurogane.
El hombre lo asesinó con la mirada y se abalanzó sobre él de nuevo. Naruto
esquivó con facilidad sus ataques. Una espada tan pesada limitaba su velocidad,
aunque tampoco es que fuera lento. Simplemente, el creador era mucho más ligero
y eso le daba la ventaja suficiente como para hablarle.
—¡Digo la verdad! ¡No he venido a haceros daño!
El hombre gruñó y atacó de nuevo con frenesí. Naruto apretó los dientes,
sospechando que no tenía la menor intención de confiar en él. Así que empuñó a
Rasengan con fuerza y se enfrentó a él.
Repelió cada estocada con fuerza, tal y como luchaba cuando entrenaba con
Kurogane. A su rival le sorprendieron sus golpes, lo supo por el breve instante
en el que abrió los ojos, justo antes de estrecharlos y mirarlo con odio antes
de intensificar el ritmo. Naruto siguió cada juego de pies, respondió a cada
movimiento de hoja, rugió con la misma ferocidad. Rasengan aullaba con él con
un chirrido metálico cada vez que su hoja chocaba con la de su contrincante,
que tampoco cedía ni un centímetro.
El hombre lanzó una estocada circular que Naruto esquivó saltando sobre la
propia hoja antes de retroceder. Pese a estar sorprendido, su atacante no se
detuvo y atacó con su espada desde arriba. El creador apoyó una mano en la hoja
de Rasengan y detuvo el golpe, aguantando el empuje.
—¡Basta! —gritó—. ¡No soy tu enemigo!
Su rival lo miró con furia e hizo más presión sobre su espada. Naruto
afianzó sus pies en el suelo y contrarrestó su fuerza.
Entonces, el hombre le gritó enfurecido en una lengua que el creador
reconoció. Ató cabos. Y, entonces, comprendió quiénes eran esos misteriosos
habitantes de las montañas intransitables del Reino de la Hierba.
—He dicho… ¡BASTA! —aulló en el mismo idioma a la vez que dejaba que el
fuego saliera expedido de sus manos hasta inundar a Rasengan, que rugió como
una bestia a la que acababan de soltar de su jaula.
La sorpresa agitó los rasgos de su rival y aflojó por unos segundos su
agarre, permitiendo que Naruto hiciera la fuerza suficiente para lanzarlo hacia
atrás.
El desconocido cayó de espaldas, pero, cuando hizo amago de levantarse para
seguir luchando, vio cómo un fuego salido de la nada abrazaba la armadura del
joven, danzando sobre sus placas de aspecto escamoso, envolviendo todavía sus
manos, llameando sobre la hoja de su espada.
Asustado por primera vez ante semejante poder, echó un vistazo a su pueblo.
Sus valientes hombres y mujeres ahora aferraban sus armas contra su pecho y
retrocedían ante el extraño ser ígneo, temerosos de hallarse ante el fin.
Él cogió la espada, dispuesto a protegerlos hasta el final, aunque
requiriera dar su vida a cambio. Buscó la mirada del demonio, para que supiera
hasta dónde estaba dispuesto a llegar…
Un escalofrío lo recorrió de arriba abajo. Sus ojos eran del color de la
sangre y tenían las pupilas rasgadas.
Sin embargo, detectó algo más, algo en su frente que antes no estaba. El
intrincado dibujo de un sol llameante de color rojo.
La espada resbaló de entre sus dedos. Se lo quedó mirando como si fuera una
aparición, preguntándose si acaso no estaría soñando… Porque no podía creer que
los dioses hubiesen respondido a las plegarias de su pueblo de esa forma.
Entonces, la mística criatura dejó de expulsar fuego y apaciguó las llamas.
Sus ojos se aclararon hasta convertirse en un azul tan claro como el hermoso
cielo sobre su cabeza. Sin embargo, el símbolo en su frente aún permanecía.
El enviado de los dioses hincó una rodilla en el suelo al mismo tiempo que
su espada se desvanecía. Sus bellos irises tenían una mirada amable.
—No he venido a causar ningún mal a tu clan —le dijo en la lengua de los
Clanes.
El hombre tragó saliva, se arrodilló sobre la arena e inclinó la cabeza
hasta el suelo.
—Es un honor tenerle aquí, hijo del sol.
Al ver que su jefe se inclinaba, todos los demás se sobresaltaron y lo
imitaron. Naruto los observó con atención y contó mentalmente. En la playa
habría poco más de una veintena de hombres y muy pocas mujeres. No vio rastro
de ancianos o niños, aunque supuso que estarían en las cuevas.
—El honor es mío —dicho esto, se llevó una mano al corazón—. Me temo que no
he traído conmigo ninguna ofrenda digna de vuestro dios.
El hombre alzó la cabeza con rapidez y se apresuró a llegar hasta él.
—Vuestra presencia es el mayor regalo que podíais concederle —dijo antes de
llevarse el puño al pecho—. Mi nombre es Zabuza, jefe del Clan de la Niebla.
Concédame el honor de ser su anfitrión durante su estancia aquí.
Naruto se llevó el puño al corazón.
—Es un privilegio.
Entonces, Zabuza pareció recordar algo de repente y se sobresaltó.
—Por favor, venga. Venga con nosotros. Tiene que comer y descansar.
Naruto lo siguió sin pensar. Se giró solo un momento para buscar con la
mirada a Fuin, que ahora yacía tumbado sobre las rocas, al parecer bastante
tranquilo. Presintió que no lo acompañaría a menos que lo considerara
necesario.
A medida que pasaba, la gente del Clan le hacía una reverencia con las
manos extendidas. Naruto, familiarizado con sus costumbres gracias a la familia
de Kiba, las rozó con los dedos para aceptar su bienvenida y darles una muestra
de aprecio por su hospitalidad. Para los Clanes era todo un honor que se
presentara ante ellos el creador de una tierra ajena y anticipaba una posible
alianza y buenas relaciones con otras tribus.
Zabuza lo condujo al interior de las cuevas. No vio ancianos, pero sí más
mujeres armadas que seguramente protegían a sus niños. Sin embargo, le preocupó
de nuevo ver tan poca cantidad de gente, con suerte habría unas treinta
personas más.
Medio centenar era muy poco para un Clan. Estaban a punto de desaparecer.
Las condiciones de la cueva tampoco auguraban nada bueno. Sí, habían creado
un refugio en su interior, pero parecía construido a duras penas. Las casas
individuales se separaban por pieles de animales que colgaban del techo, las
hogueras tenían que hacerlas sobre soportes de hierro para que la madera no se
mojara con la humedad de la cueva y, aun así, el fuego ardía como podía, y el
suelo estaba cubierto de muchas hojas, secas cuando las recogieron, arrugadas
por el agua ahora. La gente vestía con ropa vieja y raída y no vio señales de
que hubiera animales de corral viviendo con ellos.
Zabuza lo llevó a lo que supuso que sería su casa. No había nada en ella
aparte una piel de animal que cubría el suelo para impedir el paso de la
humedad y un gran trozo de corteza de árbol.
—Lamento la falta de comodidades —se excusó el hombre. Un destello de rabia
apareció en sus ojos—. Tuvimos que abandonar nuestro hogar hace tiempo.
Naruto frunció el ceño.
—¿Fuisteis atacados por el reino?
Zabuza apretó los puños, pero sacudió la cabeza.
—No. Nuestras llanuras empezaron a morir. Ya nada crece en esa tierra. Por
eso tuvimos que venir aquí, intentar conseguir un trozo de tierra fértil —dicho
esto, miró a su alrededor—. Las cuevas nos dan refugio, pero todo es demasiado
húmedo para construir nada. Casas, alforjas, establos. La sal mata a los
animales, la beben de los charcos que hay por aquí. —Sus hombros cayeron—. Ya
perdimos a mucha gente cuando atravesamos las montañas. Muchos más perecieron
cuando luchamos contra los hombres del mar. Solo quedamos nosotros.
Naruto se inclinó.
—¿Hombres del mar?
—Ellos ayudaron a los hombres del reino a echarnos de sus llanuras. Casi
llegan hasta aquí —dicho esto, sacudió la cabeza y lo miró—. Voy a por la
comida y nuestro líder.
El creador no dijo nada. Se había quedado muy tenso y agradeció que Zabuza
se marchara para poder pensar.
Sasuke le dijo que había estado luchando contra los Clanes en el este, en
la tierra de Orochimaru.
¿Esto era lo único que había dejado a su paso?
Se le encogió el corazón. Pese a que ahora Sasuke era diferente y que
comprendía cuál había sido su visión sobre los Clanes, ver las consecuencias de
su lucha contra gente como la de Kiba, que había ido perdiendo sus tierras con
el paso del tiempo a manos de extranjeros, era muy doloroso.
Escuchó que alguien entraba y se dio la vuelta. Pero no era Zabuza, sino un
niño.
Tendría unos diez años y era alto para su edad. Estaba delgado e iba
vestido con una túnica de manga larga que le llegaba a la altura de las
rodillas mientras que los pies estaban descalzos. Su piel era pálida, algo que
le hizo preguntarse si no estaría enfermo, dado que la mayoría de gente del
clan que había visto la tenía tostada. El cabello largo y negro caía algo
desordenado hasta sus hombros y tenía unos grandes y bonitos ojos marrones.
El pequeño le dedicó una sonrisa avergonzada y se arrodilló.
—Es… Es un honor tenerlo aquí, hijo del sol.
Naruto le devolvió el gesto con amabilidad.
—Llámame Naruto.
El niño abandonó de repente su timidez y, esta vez, le sonrió de verdad.
—Yo soy Haku —dicho esto, su vergüenza pareció regresar de repente y se
encogió—. Yo… ¿Podría tocarte?
—Claro —respondió el rubio, extendiendo sus manos.
Haku volvió a curvar los labios hacia arriba con evidente alegría y puso
una de sus manos sobre la suya. Nada más rozar su piel, Naruto se sobresaltó y
miró al niño con los ojos muy abiertos. Este estaba uniendo su palma a la suya,
observando la diferencia de tamaño.
Él tragó saliva, sintiendo su corazón hirviendo de felicidad.
—Es un placer conocerte, hijo de la tierra —le dijo.
Haku se sonrojó y agachó la vista.
—Nunca había visto a otro como yo. Zabuza me dijo que hacía tiempo que ya
no nacíamos.
—Somos tú, yo y hay uno más por venir —le dijo.
Los ojos del pequeño brillaron.
—¿De verdad?
Naruto ladeó la cabeza y entrelazó sus dedos con los suyos.
—Algo me dice que ahora somos más de lo que parece.
Entonces, los ojos de Haku se volvieron verdes y de pupilas rasgadas.
—¿Me enseñarás a controlar mis poderes?
Naruto frunció el ceño.
—Mis habilidades son un poco diferentes a las tuyas. Hay cosas que puedo
enseñarte, claro, pero de la educación de un creador se suelen ocupar los
Guardianes. ¿Los tuyos no se ocupan de eso?
De repente, Haku se estremeció y sus irises volvieron a ser marrones.
Agachó la vista.
—Ya no están.
El creador se puso tenso de inmediato.
—¿Quieres decir que se encuentran en vuestra tierra? ¿La que tuvisteis que
abandonar?
Haku sacudió la cabeza.
—Yo nací en las cuevas. Nunca he visto ninguna llanura —dicho esto, lo miró
como si acabara de comprender algo y se puso en pie de un salto—. Ven.
Naruto fue tras él sin pensarlo. Salieron corriendo de la tienda de Zabuza
y el muchacho lo guio al interior de la cueva, alejándose de las hogueras e
internándose aún más en la gruta. Algunos miembros del clan los miraron con
curiosidad, pero no trataron de detenerlos.
No ralentizaron el ritmo hasta que una oscuridad incipiente los envolvió.
Naruto creó un par de bolas de fuego y las dejó flotando en el aire por delante
de ellos para que iluminaran el camino. Pese a que eso pareció deslumbrar a
Haku, su rostro no tardó en volverse asustadizo y en pegarse al creador
mientras avanzaban. El rubio pasó un brazo por sus hombros para infundirle
seguridad y aguzó los oídos, atento a cualquier amenaza.
Sin embargo, no era el peligro lo que inundaba aquella cueva.
Sino la tragedia.
A Naruto le costó comprenderlo, pese a que presintió que algo no iba bien.
Empezó con marcas y signos de que, hasta no hacía mucho tiempo, hubo vida en
aquellas cuevas. Dibujos en las paredes de hombres de los Clanes reunidos con
los Guardianes de aquellas tierras, restos de armas de gran calidad y buenas
armaduras de apariencia no humana, esqueletos de animales que habrían usado
para comer…
O no.
Empezó a reconocer muchos de esos huesos como los de los emisarios de
aquella tierra. Docenas de columnas y un centenar de cráneos.
A medida que avanzaban, a Naruto le invadió el mismo sentimiento que cuando
había visto la zona muerta del bosque a lomos de Fuin. Era como si algo en
aquella tierra no estuviera funcionando como debería, como si algo se hubiera
roto e impidiera que la vida fluyera como debía hacerlo. Era algo que rayaba
entre lo inquietante y lo siniestro, algo que hacía que sintiera el estómago
revuelto y que apretara a Haku aún más contra sí.
Y fue entonces cuando los vio. Los esqueletos grandes de algo que había
sido mitad humano y mitad bestia, tirados en el suelo con las mandíbulas
abiertas y los brazos y piernas estirados, como si hubieran intentado
arrastrarse por el suelo en una única dirección. A la que ellos se dirigían.
Otros estaban en una postura distinta. Abrazaban con desesperación unos
huevos rotos, de los que caían los mismos esqueletos, pero más pequeños.
Entonces, escuchó una respiración.
Era pesada. Y parecía que se ahogaba.
La piel se le erizó y un escalofrío lo recorrió desde la cabeza hasta las
puntas de los pies.
No estaba seguro de querer entrar en la oscura y enorme gruta que había
frente a ellos. Y, sin embargo, sabía que ahí se encontraba el motivo por el
que los dioses querían que estuviera allí en ese preciso instante. Un motivo
aún más oscuro que la propia masacre de los creadores, lo presentía.
—Debes entrar —susurró Haku.
Naruto bajó la vista hacia él. Tragó saliva.
—¿Estarás bien aquí solo?
El pequeño creador asintió.
—No lo parece, pero es el lugar más seguro para mí —dicho esto, señaló con
la cabeza hacia delante—. Ve. Tienes mi permiso, el de los dos. Creo… que te
estaba esperando.
Ya lo sabía, pero le daba miedo hacerlo. Le aterrorizaba lo que iba a
encontrar.
Y, aun así, se separó de Haku y se adentró en la oscuridad. Envió sus bolas
de fuego al techo para que iluminaran toda la cueva. Era inmensa y parecía
hecha de piedras reflectantes de color azul oscuro. Sus estalactitas, de piedra
púrpura y que lanzaban destellos violáceos al entrar en contacto con la luz de
las llamas, eran igual de impresionantes. Sin embargo, sus puntas afiladas
parecían apuntar de un modo amenazador hacia el gran lago que había debajo y
que parecía ocupar gran parte de la caverna.
Naruto tragó saliva y avanzó por la pasarela de piedra que se alzaba sobre
el lago, precedida por dos antiguas estatuas con forma de serpientes que se
enroscaban sobre sus cuerpos y levantaban el cuello con orgullo. Sus cabezas
estaban inclinadas hacia abajo en una postura pacífica.
La respiración se convirtió en una especie de resoplido cansado. Se escuchó
un sonido extraño, como del metal arrastrándose sobre la piedra.
Entonces, el creador lo vio. Era imposible no hacerlo cuando el ser que se
alzaba ante él era tan gigantesco.
Y, sin embargo, a pesar de que debía ser algo tan majestuoso como la propia
cueva, su corazón se encogió de pena. Se llevó el dorso de la mano a la boca y
sus ojos se anegaron de lágrimas.
—Mi señor… —susurró con la voz rota y acercándose con las manos abiertas,
como si quisiera ayudarlo—. ¿Qué os ha pasado?
La criatura gimió y apoyó la cabeza sobre la pasarela de piedra con
cansancio. Su piel escamosa era gris, de aspecto marchito, y parecía estar a
punto de caerse a pedazos. Sus ojos verdes de pupilas rasgadas estaban
entrecerrados, como si le costara mantenerlos abiertos.
Naruto fue rápido hacia ella y pasó las manos por el hocico. Nada más
hacerlo, ladró de dolor y retrocedió. Su piel estaba tan helada que dolía al
tacto.
El ser gimió otra vez, agotado y adolorido. El creador apretó los labios y
se concentró en aumentar su temperatura corporal. Después, regresó junto a la
bestia y apretó las manos contra ella. Pese a que sus dedos estaban ardiendo,
aún podía sentir el frío.
—Déjalo… Hijo de Kurama… —susurró la criatura en su cabeza, a duras
penas.
Naruto apartó las manos con pesar, pero buscó su mirada esmeralda.
—¿Qué puedo hacer? ¿Cómo puedo ayudaros?
El ser empezó a hablar de forma pausada, pero constante. Se lo contó todo.
El porqué de su estado, por qué las tierras estaban muriendo, por qué los
creadores habían vuelto a nacer.
Y por qué estaba allí.
Habló durante largo rato y Naruto lo escuchó todo sin interrumpir ni una
sola vez, atento a cada palabra y vigilante a cada aliento que tomaba la
criatura, temeroso de que fuera el último. Escuchó con atención los secretos
que le reveló sobre el reino, porque en esos secretos estaba la clave para que
la tierra volviera a florecer, para que la sangre real que había estado latente
emergiera por fin y para que Sasuke regresara sano y salvo.
Para poder ganar la guerra sin destruirlo todo a su paso. Sin hacer tantos
sacrificios.
En realidad, solo se requería uno. Y Naruto estaba más que preparado para
hacerlo.
Para cuando salió de la Cueva Sagrada, el creador ya no era el mismo. No,
con todo lo que le había sido desvelado. Incluido el porqué de su nacimiento,
por qué había sido el primero.
Haku se levantó de la roca en la que había estado sentado y se acercó a él
retorciéndose las manos.
—¿Cómo se encuentra? ¿Crees…? ¿Crees que puedes ayudarlo? —le preguntó, al
borde del llanto.
Naruto lo contempló un momento. Su rostro era una mezcla sombría de rabia y
determinación, sus ojos brillaban rojos como la sangre, como un augurio de lo
que estaba por llegar.
Tras contemplar los desesperados irises de Haku, le acarició el pelo.
—Podemos. Y lo haremos —dicho esto, miró al frente y empezó a caminar en
dirección a la playa—. Vamos con Zabuza, Haku. Tenemos poco tiempo y mucho que
hacer.
—¿Qué vamos a hacer? —le preguntó el pequeño, apresurándose en ir tras él.
—Provocar una rebelión.

Comentarios
Publicar un comentario