Capítulo 30. El destino de Naruto
—¡¿CÓMO SE ATREVE?!
Itachi ni siquiera se inmutó al escuchar el bestial rugido de su padre que retumbó
entre las paredes de la sala del trono. Estaba demasiado ocupado leyendo la
carta que le había enviado Naruto, repasando una y otra vez con suma atención
todo cuanto decía para estar seguro de que no pasaba por alto ninguna
información.
Pero no se había dejado nada. Su cuñado le contaba con mucho detalle cómo
habían llegado a esa situación en la que su hermano pequeño había caído en las
garras de Orochimaru. Y con la ayuda del traidor de Mizuki. Naruto le había
dicho que lo había visto en una visión y que su verdadero objetivo era conducirlo
a él a una trampa.
Su padre le contó todo lo que sabían acerca de los creadores. Así que,
cuando leyó ese párrafo, no pudo evitar temerse lo peor.
—No podemos permitir que Naruto se acerque allí —dijo Izumi, que también
estaba presente y con una expresión de inquietud en el rostro—. Si tienen a
Sasuke, podrán manipularlo.
—Tenemos que prepararnos —aclaró Itachi, apretando los labios—.
Convocaremos a nuestros mejores hombres, los que estén familiarizados con
nuestras naves y a nuestros estrategas veteranos, tenemos que sacar a Sasuke de
allí cuanto antes.
—¿Cómo? —preguntó Izumi—. Nuestro mar está helado. No podremos llegar hasta
ellos antes que el Reino del Fuego.
—Tenemos que organizarnos con ellos —dijo Fugaku con firmeza, paseándose de
un lado a otro como un lobo enjaulado—. Izumi, manda llamar a los estrategas a
la sala de reunión y que traigan un mapa del Reino de la Hierba. Les
escribiremos una carta indicándoles las flaquezas que encontremos y les daremos
opciones de asedio, tanto en las que ellos actúen solos como con nuestro apoyo,
por si fallan y nos necesitan.
—Sí, Fugaku. —Izumi dio media vuelta y salió a paso rápido de la sala de
armas. Itachi había estado practicando esgrima con su padre hasta que la carta
les había interrumpido.
Este frunció el ceño. Su mente trabajaba a toda velocidad.
—Hay que escribirle también a Naruto. Tenemos que disuadirle de que vaya
tras Sasuke.
—Dudo de que se deje disuadir —comentó Fugaku, cuyo rostro se había vuelto sombrío
de repente—. Su tono en la carta es firme y decidido. Irá en su busca.
Itachi apretó los labios.
—Si Naruto cede, perderemos. El Reino del Fuego se inclinará ante él y
Sasuke podría acabar atrapado en el Reino de la Hierba para siempre si Naruto
se deja caer en las garras de Orochimaru. Acabará pidiéndonos que nos retiremos
de la guerra para protegerlo.
—Yo no me preocuparía por Naruto —dijo el rey con los ojos entrecerrados.
Su hijo frunció el ceño.
—¿Por qué no?
De repente, Fugaku alzó la vista hacia una vitrina. Estaba hecha de roble blanco
y contenía en su interior las Armas Divinas que los antiguos reyes habían
custodiado en nombre de Taka, a la espera de que fueran reclamadas por nuevos
héroes dignos de empuñarlas. La zona superior estaba tallada de tal forma que
pareciera la figura de un halcón, coronada por la redondeada cabeza y con las
alas abiertas, que se fundían con los laterales del mueble.
Sin embargo, lo que llamó de inmediato la atención de Itachi fue lo que se
había posado sobre la cabeza del halcón de madera. De inmediato, se arrodilló,
seguido de su padre.
—Mi señor —saludó.
Taka los contempló con sus irises dorados. Hinchó el pecho y graznó al
mismo tiempo que aleteaba ligeramente sus alas.
Entonces, algo sonó desde el interior de la vitrina.
Cuando Fugaku e Itachi alzaron la vista, vieron que tres de las espadas temblaban,
sacudiéndose, como si una fuerza invisible las moviera. Ambos las reconocieron,
pues habían pertenecido a grandes héroes de su tierra: Susano, Tsukiyomi y
Amaterasu.
Susano tenía la hoja más ancha de todas y su empuñadura era de bronce, con
forma de relámpago y una nube en el extremo del mango. Había pertenecido al
Domador de Tormentas, aquel que defendió ese mismo castillo del asedio de tres
reinos que habían conspirado contra ellos para arrebatarles sus minas de
piedras preciosas. La batalla era recordada gracias al ingenio del general que
dirigió la defensa de la fortaleza y que había osado atraer a una pareja de
Reyes del Cielo para que desataran toda su furia en el campo de batalla, por lo
que sus enemigos no tuvieron más remedio que retirarse, dándoles así tiempo
hasta el amanecer para reorganizarse y atacar al día siguiente al enemigo, que
fue derrotado.
Tsukiyomi tenía la hoja más fina y delgada de todas, su empuñadura era de
plata y su base estaba adornada con una media luna. Fue entregada por uno de
los mismos Guardianes de Taka a la Jinete de las Mareas de Fuego, heroína que
defendió los Puertos Blancos del ejército del Reino del Mar cuando enviaron de
improviso a sus tropas en plena noche a finales de otoño, poco antes de que su
país se viera obligado a aislarse con la llegada del invierno. Nadie esperaba
que fueran a ser atacados estando la estación más fría a la vuelta de la
esquina y el ataque sorpresa provocó múltiples bajas, tanto de guerreros como de
civiles, pues los aldeanos intentaron acudir en ayuda de las pocas tropas que
había disponibles en aquel momento.
Por suerte para ellos, una capitana de la ciudad reunió a los
supervivientes y empleó emboscadas por la ciudad para retrasarlos hasta la
llegada de refuerzos. Sus trampas tuvieron tanto efecto que sus reducidas
tropas lograron retomar la ciudad a lo largo de la noche y, cuando alcanzaron el
puerto, ella, a lomos de su yegua Lunaoscura, se adentraron en los barcos
enemigos y los quemó uno a uno.
Por último, estaba Amaterasu. Su hoja era la más proporcionada, pero
también la más larga. Se decía que estaba perfectamente equilibrada y que era
ligera como una pluma. Su empuñadura era dorada y en su base yacía el ornamento
de un sol. Había derramado sangre en manos de la legendaria Taiyo Uchiha, la
primera reina del Hielo en hacer frente a los Tiranos y abuela del príncipe Ninshu,
que se convertiría en el marido de Indra, junto al cual liberaría a todos los
creadores.
Taka le graznó a Fugaku, que se levantó y abrió las puertas. Curiosamente,
sus manos no sintieron frío cuando tocó las empuñaduras de las tres espadas, no
se congelaron como ocurrió con los necios que creyeron que podrían apropiarse
de semejantes tesoros. Las sostuvo con un brazo y alzó los ojos hacia el halcón
blanco, que no dejaba de observarlo.
—Supongo que ha llegado el momento de encontrar a aquellos dignos de
empuñarlas. ¿Cómo puedo dar con ellos?
Taka giró la cabeza hacia los grandes ventanales. Fugaku se aproximó,
esperando ver un grupo de tres hombres y mujeres, sin embargo, el destino de
las espadas se encontraba más allá de su fortaleza, tal y como le mostró el
halcón.
Desde allí, podía verse el mar, cubierto de una gruesa capa blanca e
infinita, impenetrable incluso para sus buques rompehielos. Y, aun así, ante la
atónita mirada del rey, esta empezó a quebrarse, la brecha se ramificó como las
raíces de un árbol en el hielo, partiéndolo en trozos sin piedad, dejando que
se dispersaran en las oscuras aguas norteñas.
Fugaku empezó a sonreír.
—Itachi, partiremos antes de lo previsto.
Al escuchar eso, el príncipe se levantó de un salto y corrió a mirar por la
ventana. Jadeó al ver el increíble fenómeno que jamás había tenido lugar en su
reino en esa época del año.
—Mi señor Taka —lo llamó, dándose la vuelta para hacerle otra reverencia—,
yo…
Sin embargo, el halcón había desaparecido. A pesar de que todas las
ventanas estaban cerradas.
Fugaku, lejos de estar sorprendido, palmeó el hombro de Itachi y se
encaminó a la salida de la estancia.
—Céntrate, hijo. El mar helado ya no es un problema, así que tenemos que
actuar rápido. Busca a mis comandantes y diles que nos reuniremos con los
estrategas en la sala de reuniones. Voy a mandar a un mensajero a buscar a
nuestros constructores para que aseguren el estado de nuestros barcos.
Itachi asintió y su rostro adoptó de inmediato una absoluta seriedad.
—Tendremos que acudir al rescate de Sasuke con nuestro ejército y dejar que
los nobles de la ciudad se ocupen de la defensa. Taka nos ha ayudado aquí, pero
no sabemos cómo se encuentran las otras ciudades.
Fugaku asintió con rapidez.
—Concuerdo. Dudo que nadie intente atacarnos en esta época del año —dijo
antes de echarle un vistazo a Tsukiyomi—, pero no sería la primera vez que
intentan atacarnos con la guardia baja. Escríbeles a todos y ponles al tanto de
la situación.
Itachi frunció el ceño.
—Son muchas cartas, necesitaré a un par de escribas para que me ayuden si
queremos partir cuanto antes.
El rey se detuvo y lo miró fijamente. Su hijo arrugó la frente.
—¿Qué ocurre?
—Tú te quedarás aquí.
Itachi abrió los ojos como platos un segundo antes de apretar los labios.
—¿Qué?
Fugaku fue hasta él y lo cogió por los hombros. Sus negros ojos ardían.
—El Reino del Hielo no puede quedarse sin rey.
—Pero tú estarás aquí para defenderlo, padre.
—No —dijo Fugaku con firmeza—. Ya estoy mayor, Itachi. Mi reinado terminará
en breve y no pienso arriesgar el tuyo.
—¡No voy a quedarme de brazos cruzados mientras mi hermano está cautivo!
—¡No se trata de eso! —rugió Fugaku, agarrándolo con fuerza—. Piensa en
Izumi, piensa en tu hijo. Tienes una familia y un reino del que ocuparte. Son
tu responsabilidad.
Itachi apretó los puños, pero bajó la cabeza.
—Pero Sasuke…
—Yo me ocuparé de que regrese sano y salvo —afirmó Fugaku, soltándolo y
cruzando los brazos.
El príncipe alzó los ojos hacia él y parpadeó.
—Pero, padre…
El rey soltó un gruñido.
—¿Qué? ¿Pensabas que iba a quedarme aquí?
—Tú eres el rey…
—Un rey viejo y cercano a la muerte, y prefiero encontrarla luchando por mi
hijo que dormido frente al fuego. Sabiendo que estarás aquí ocupándote de
nuestra tierra, puedo ir tranquilo a la batalla —dicho esto, retomó la marcha
hacia la sala de reuniones.
Itachi fue tras él.
—Sigo pensando que no es buena idea que el rey…
—El rey ahora eres tú, aunque no hayamos celebrado una coronación, todo el
mundo lo sabe. —Antes de que Itachi pudiera decir algo más, su padre, con una
mirada gélida y afilada en los ojos, declaró con ferocidad—. No permitiré que
ningún hijo mío se reúna con su madre antes que yo.
Al mencionarla, el joven supo que no podría convencerlo de no ir a la guerra
y, pese a que también deseaba luchar por Sasuke, era consciente de que tenía
una gran responsabilidad. De hecho, si estuviera en su lugar, actuaría de la
misma manera.
—¿Y qué hacemos con Naruto? —preguntó, en cambio—. Nuestra participación no
servirá de nada si él acaba buscando a Orochimaru.
Fugaku ni se inmutó ante esa observación.
—Ya lo he mencionado antes. No debemos preocuparnos por Naruto. —Itachi iba
a recordarle unos cuantos argumentos por lo que todo aquello podía salir muy
mal, pero, entonces, las palabras de su padre lo detuvieron—. Puede que haya
llegado su momento. Sea como sea, sé que los dioses velarán por él.
Sasuke no podía evitar sospechar que lo que estaba a punto de ocurrir no le
iba a gustar nada.
Aquella tarde, lo habían sacado de su celda y lo habían llevado esposado a
uno de los baños donde lo habían obligado a lavarse a conciencia. Después,
ataviado con una bata, le habían servido un banquete digno de un rey: ternera
asada acompañada del famoso arroz del Reino de la Hierba, bien sazonada con
especias propias de la zona, filetes de trucha fresca, pan, vino y queso con
miel. Luego, le habían ordenado que se vistiera con una camisa de lino,
pantalones de seda y unas botas de piel.
¿A qué venía agasajar tanto a un prisionero? No parecía cosa de Mizuki,
aunque ya no se fiaba nada de su maquiavélica y escurridiza mente y permanecía
alerta a cualquier señal de peligro. Bañarlo y asearlo no tenía ningún sentido,
lo habían vestido como si estuviera a punto de tener una audiencia con el rey,
pero dudaba que Orochimaru se tomara esas molestias, se limitaría a disfrutar
viéndolo encerrado y harapiento en las mazmorras y ni siquiera había bajado a
verlo o hablar con él; parecía evidente que su único interés era Naruto y que,
por ahora, no estaba lo bastante cerca como para usarlo como anzuelo. Y se
alegraba por ello.
En cuanto a Mizuki, le había asegurado que haría de su estancia allí lo más
horrible que pudiera sin matarlo, y, hasta ahora, estaba cumpliendo: sus
comidas habían consistido en pan y agua, y no siempre limpios, ni tampoco le
habían permitido más higiene que la de un cubo donde hacer sus necesidades.
Así que, ¿a qué venían tantos cuidados de repente? Su primera opción es que
intentaban despistarlo para envenenarlo con la comida, pero tampoco tenía
sentido. Lo necesitaban vivo o, de lo contrario, no tendrían ninguna moneda de
cambio.
Mientras caminaba por los lujosos pasadizos del palacio, encadenado y
custodiado por cinco guardias, apretó los puños. Pese a que había predicho que
el objetivo era su rubio y que Mizuki estaba metido en todo aquello, su plan de
persuadir a Orochimaru no daría resultado a menos que fuera a verlo. Había
estado bastante convencido de que lo haría, de que estaría deseoso de verlo
como una rata mugrienta en su calabozo, al fin y al cabo, había herido su ego
en más de una ocasión y sabía muy bien que esa víbora lo haría. Después de
todo, cuando lo humilló ante todos durante el anuncio oficial, él se había
vengado con la cacería de zorros que le había propuesto Mizuki.
Un momento. ¿Y si eso también era obra de Mizuki…?
—Ya hemos llegado —anunció uno de los guardias—. Será mejor que no te
resistas.
Sasuke frunció el ceño y se puso alerta, preparado para lo que fuera que lo
esperaba al otro lado de las puertas dobles de unos aposentos. Cuando estas se
abrieron y entraron, apretó la mandíbula.
—Bienvenido, querido.
—Karin —escupió, mirándola de arriba abajo. Llevaba una túnica de lino rojo
muy fino, que no dejaba nada a la imaginación. Ni siquiera su vientre—. No te
veo muy embarazada.
La mujer rio mientras sacudía la mano, quitándole importancia.
—Claro que no. Perdí mi oportunidad en el Reino del Fuego —cuando dijo
esto, su sonrisa se volvió maligna y un atisbo de ira apareció en sus ojos—, y
eso que lo intenté con ganas. Pero tú preferías a ese afeminado.
Sasuke hizo amago de ir hacia ella, pero los guardias lo cogieron por los
brazos. Él se revolvió.
—Más vale que cuides tu lengua.
—¿O qué? —sonrió con malicia—, ¿qué piensas hacer? Ahora jugamos en mi
terreno. Mi padre le pondrá una correa a ese conejito y yo te la pondré a ti
—dicho esto, miró a los guardias—. Ya sabéis qué hacer.
Los hombres lo arrastraron en dirección a la cama. Todo su cuerpo se tensó
al ver las cadenas fijadas en los cuatro postes que sostenían el dosel y las
sábanas arremolinadas a un lado. Soltó un grito rabioso y luchó con todas sus
fuerzas contra los guardias, pero cinco contra uno era demasiado hasta para él
y tan solo pudo asestar alguna patada cuando lo tumbaron sobre la cama y un par
de puñetazos cuando lo liberaron de los grilletes que había llevado después de
la cena. Sin embargo, al final, acabó atado de pies y manos, totalmente
extendido y a merced de Karin, que despachó a los hombres antes de lanzarle una
sonrisa coqueta.
—No me guardes rencor, Sasuke. Te aseguro que, cuando esto acabe, me lo
agradecerás.
Sasuke tiró de las cadenas con rabia, haciéndose daño. No le importó, su
cuerpo ardía con tal intensidad que apenas sintió el dolor de las muñecas.
Tampoco le impidió lanzarle una mirada envenenada.
—Ve a joder a otro, zorra.
Ella apretó los labios y los puños.
—Veo que el celo del conejito te ha afectado más de lo que pensaba.
Sasuke sacudió la cabeza.
—¿Qué?
—Mizuki me lo contó —dijo mientras se quitaba la túnica y la dejaba caer al
suelo. Se tocó el cabello, dejándolo caer cómodamente sobre sus hombros—. Me
dijo cómo los creadores usan su celo para embaucar a los hombres. Quedan tan
encandilados con ellos que poco a poco pierden su voluntad.
El Uchiha abrió los ojos como platos, impactado, y frunció los labios.
—¿De verdad te crees que lo escogí por encima de ti por el sexo?
Ella se encogió de hombros.
—Pues claro. ¿Qué otra cosa podría tener un deforme como él?
Sasuke sentía cómo el fuego corría por sus venas. Todo le quemaba. Hasta
las puntas de los pies. No recordaba jamás haber sentido tal rabia, era como si
hubiera un volcán dentro de él y estuviera a punto de explotar.
—Te aseguro que muchas más cosas que una perra en celo que lo único que
sabe hacer en la vida es abrirse de piernas para contentar a su padre.
Karin torció los labios.
—¿Crees que esto lo hago por mi padre? —Por una vez, Sasuke vio dolor y
frustración en sus ojos—. Soy la heredera al trono de este reino y nadie me
toma en serio. ¿Tienes la menor idea de cómo sienta eso? Que hasta tu propio
padre no tenga reparos en usar tu sexo para su propio beneficio, que no te
considere más que una yegua para mantener su sangre en el trono.
Ante esas palabras, Sasuke se quedó pálido. No pudo evitar pensar en Naruto
cuando lo conoció, tratado de un modo muy similar al que Karin describía… Solo
que, por lo que decía, su caso era aún peor. Ni siquiera su propia familia la
defendía.
—No lo sabía —dijo, bajando los ojos—. Lamento que pasaras por eso.
Karin cruzó los brazos y agachó la cabeza.
—Solo quería que te casaras conmigo porque tu tierra tiene otros valores.
El trono de este reino me pertenece por derecho, soy la primogénita de mi padre
y quiero lo que me corresponde. Pensé que, si te ponía de mi parte, podría
conseguirlo.
Sasuke frunció el ceño.
—Abrirte de piernas durante tu período más fértil no es la forma de
hacerlo, Karin.
—¿Y qué hago, Sasuke? —replicó, mirándolo con una mezcla de desesperación y
rabia—. ¿Te habrías casado conmigo por las buenas? ¿Tú? No hacías más que ir de
cama en cama, despreciando a toda aquella que te confesaba sus sentimientos. Lo
único que querías de las mujeres era un buen revolcón, ¿por qué ibas a
ayudarme? ¡Diablos! Solo necesitaba un hijo tuyo para mantenerte atado a mí el
tiempo suficiente para que todos me vieran como su reina. Después te habría
dejado volver a tu querido mar.
Él apretó los labios. La rabia le subió a la cabeza, le quemaba.
—¿Crees que habría abandonado a mi propio hijo?
Karin movió un brazo con aire despreocupado.
—Te habría dejado llevarlo contigo si es lo que hubieras querido. No me
importa —dijo, arrugando la nariz.
Sasuke tiró de las cadenas de nuevo. Y, de nuevo, no sintió dolor en las
muñecas. Solo calor, ardor.
—¿Lo dices en serio?
La mujer gritó y lo asesinó con la mirada.
—¡¿Qué te hace pensar que quiero hijos?! ¡¿Porque soy mujer?! ¡¿Es eso?!
¡Pues no los quiero! ¡Los odio! ¡Los odio, los odio, los odio! ¡Los niños son
la razón por la que no me convierto en reina, mi padre lleva años esperando un
varón, primero de mi madre y luego de su harén! ¡No es justo! ¡Hasta un
bastardo puede ser rey antes que yo! —Cuando terminó de gritar, jadeó un par de
veces y, luego, adoptó una expresión más seria al mismo tiempo que se echaba el
pelo hacia atrás—. Puedes llevarte a todos nuestros hijos si quieres, pero,
antes, vas a ayudarme a conseguir el trono que me pertenece por derecho. Luego,
haz lo que quieras.
Sasuke le devolvió la mirada con la misma furia con la que el fuego ardía
dentro de él.
—Lo siento por ti, Karin. Siento que hayas tenido que pasar por todo esto
sola. Y lamento no poder ayudarte de la forma en que deseas. Amo a Naruto. No
sé qué te habrá dicho Mizuki sobre algún celo, pero es mentira. Le quiero de
verdad, y no tiene nada que ver con el sexo —dicho esto, jugó su última baza—.
Pero puedo ayudarte de otra forma. Únete a nuestro bando, Karin. Devuélveme al
Reino del Fuego, o a mi familia, si lo prefieres. Haz un trato con ellos, diles
que me entregarás si ellos aseguran la corona de este reino para ti.
La mujer entrecerró los ojos. Lo meditó durante largo rato, el suficiente
como para que Sasuke empezara a sentir dolores en el cuerpo. Estaba un poco
mareado. Finalmente, Karin suspiró y lo miró con severidad.
—Aprecio tu oferta, pero la rechazo. No voy a ser la reina que llevó una
guerra a mi propio país para hacerme con la corona. Un hijo tuyo me garantizará
que permanecerás a mi lado hasta que consiga lo que quiero. Sé que no te hace
gracia, a mí tampoco me hace ilusión ser madre, pero no será por mucho tiempo.
En cuanto mi padre se marche a reinar el Reino del Fuego con el afeminado y
nazca tu hijo, serás libre de irte con él.
Sasuke apretó la mandíbula y arrugó la nariz.
—Estas cadenas no son suficientes para que puedas conmigo.
Karin esbozó una media sonrisa perversa.
—No. Pero lo que Mizuki ha puesto en el vino seguro que sí.
Esas palabras hicieron que se quedara blanco. El fuego aumentó la
intensidad, lo quemó. Le dolía, su cabeza iba a estallar. Con un gemido, la
echó hacia atrás mientras temblaba con violencia. Karin soltó una risilla y se
sentó en la cama junto a él, acariciándole el pecho.
—Vamos, Sasuke, no fue tan desagradable estar conmigo aquella vez.
Su mano ascendió hasta su cuello. Su piel estaba tan caliente que, por un
instante, se preguntó si Mizuki le habría dado la dosis adecuada. Pero,
entonces, de repente, dejó de temblar.
Una profunda carcajada salió de sus labios.
—Ah, pequeña mortal. No sabes lo gracioso que es que pienses que esto es
suficiente para doblegarme.
Sasuke levantó la cabeza con lentitud. Karin retrocedió de un salto,
llevándose la sábana al pecho para cubrirse. No fue por la perturbadora sonrisa
cruel de sus labios, ni por los caninos que se asomaban entre ellos, ni
siquiera por el extraño símbolo en forma de media luna negra que apareció en su
frente.
Fue por sus ojos. Ya no eran oscuros. Sino rojos como la sangre.
Karin boqueó con los ojos como platos.
—¿Qui-quién e-eres?
El que pretendía ser Sasuke echó la cabeza hacia atrás y rio con ganas.
Luego, volvió a mirarla con esos horribles ojos de pupilas rasgadas.
—¿No lo sabes? A juzgar por tus palabras, pensaba que ibas a deleitarme con
una placentera velada nocturna —respondió, sonriendo ampliamente.
Karin dio un paso hacia atrás.
—Tú no eres Sasuke.
—Claro que no, humana. Me temo que mi rey no está disponible para ti. Ni
ahora, ni las próximas noches —dijo con un tono alegre, aterciopelado y burlón
a la vez—. Por eso estoy yo aquí. Para ofrecer mis servicios en su lugar.
La mujer frunció el ceño.
—¿Tus servicios?
El Sasuke maligno curvó los labios hacia arriba, enseñando los grandes
colmillos.
—Puedes tomarme a mí en su lugar.
—No es a ti a quien quiero, seas lo que seas —replicó Karin, ocultándose
tras uno de los postes.
El ser, en absoluto ofendido, se encogió de hombros.
—Ni mi rey te desea a ti. Hizo un juramento, le entregó su corazón a mi
hijo. Lo que quieras de él, ya no puede ofrecértelo.
Karin apretó las uñas contra la madera, arañándola.
—Lo único que quiero es mi trono. Solo eso.
La criatura ladeó la cabeza, sin dejar de sonreír.
—¿Aún te crees con derecho a gobernar? ¿Después de todo lo que has hecho?
—¡Soy la primogénita! —gritó, envalentonándose—. Es mi derecho…
—Nosotros os concedemos el derecho, pequeña mortal —la interrumpió el ser—.
Y del mismo modo que os lo otorgamos, también os lo quitamos. Tu familia hace
tiempo que perdió ese privilegio y es el momento de que tu linaje pague por
vuestros crímenes.
Karin se encogió como si le hubieran dado un golpe.
—Yo no…
—¿No, qué? ¿No has hecho nada malo? ¿Osas mentirme? ¿A mí? ¿A nosotros? Lo
vemos todo. Lo sabemos todo. Y, aunque no fuera así, tus manos apestan a
sangre.
La mujer se llevó las manos al pecho de forma instintiva. Se lo quedó
mirando con una expresión de horror.
—No… No sé de qué me hablas.
El ser que poseía a Sasuke ensanchó su siniestra sonrisa.
—Lo sabes. También sabes quién soy, aunque no quieras creerlo. —Sus ojos
brillaron de un modo peligroso—. Puedes intentar tener un hijo de mi rey, si
quieres, pero no lo conseguirás. Si tomas este cuerpo, lo que engendrarás no
será suyo, ni tampoco tuyo. Será mío. —Hubo algo en esa última palabra que le
puso los pelos de punta. Le hizo temblar. La criatura se carcajeó—. Y puedo
asegurarte que no tendrás que darle a luz. Él mismo la buscará abriéndose paso
por tus entrañas. —Karin balbuceó algo asustada que hizo reír al falso Sasuke
con ganas—. Eso es, tiembla, humana. El fin se acerca. En cuanto mi hijo ponga
un pie en esta tierra, vosotros caeréis.
—¡Me niego! ¡Voy a ir!
Tanto Tsunade como los miembros del Consejo miraron a Naruto con un atisbo
de pena en los ojos.
—Naruto, eres su objetivo —le recordó Shikaku con un tono calmado.
El rubio apretó los labios y las llamas brotaron de sus puños.
—Y yo os aseguro que tengo poder de sobra para defenderme.
—No se trata de eso —dijo Hiruzen.
—Utilizarán a Sasuke para que vayas con ellos de forma voluntaria, Naruto
—le advirtió Shikaku con el rostro sombrío—. Es tan sencillo como hacer un
anuncio en todo el reino de su ejecución para atraer no solo tu atención, sino
tu presencia a su castillo.
—Que estará lleno de soldados preparados para atraparte —añadió Hiruzen.
El rubio apretó los puños.
—Entonces encontraré un modo de infiltrarme.
—Es demasiado arriesgado, si te cogen, perdemos la guerra.
—¿Y qué pasa si utilizan a Sasuke para detener nuestro avance? —replicó el
creador—. Fugaku y su flota vendrán con nosotros, él es su padre, también se
detendrá si la vida de Sasuke está en peligro.
—Orochimaru no se atreverá a matarlo ante los ojos de Fugaku. Nada lo
detendría entonces de arrasar su reino.
—¿Y por qué si voy yo no podría ocurrir lo mismo?
—¡Porque le estaríamos dando algo más con lo que negociar! —masculló
Shikaku, levantándose de la silla—. ¡Naruto, entiéndelo! Si vas, el trato será
entregarte o matar a Sasuke, si no vas, el único modo de negociar será
entregando a Sasuke sano y salvo o destruir el Reino de la Hierba.
Naruto apretó los labios.
—Nadie tiene por qué saber que estoy allí. Me ocultaré entre los soldados.
—Orochimaru da por hecho que irás —dijo Hiruzen con firmeza—. Ya resultará
difícil convencerlo de que no te encuentras con nosotros incluso sin tu
presencia allí. Es probable que torturen a Sasuke delante de…
—No permitiré que le hagan más daño —gruñó el rubio. Sus ojos empezaban a
volverse rojos—. Lo sacaré de allí antes de que lo saquen al patio o lo que
quiera que vayan a hacerle.
Shikaku y Hiruzen suspiraron, mientras que Iruka y Shizune agacharon la
cabeza. Tsunade, con suavidad, posó una mano en su hombro.
—Naruto, ese es el problema. Cuando se trata de Sasuke, actúas sin pensar,
como estás haciendo ahora. ¿Qué ocurrirá si no consigues sacarlo del castillo
antes de usarlo contra nosotros? Acabarás descubriéndote para evitar que le
hagan daño, no podrás soportar ver cómo lo torturan. Para Fugaku sería difícil
sin ninguna duda, pero lo soportaría si con eso consigue traer de vuelta a su
hijo. ¿Entiendes ahora lo que queremos decir?
El joven bajó la cabeza, aunque tenía los puños cerrados.
—No quiero quedarme de brazos cruzados. Es lo que siempre he hecho.
—De eso ni hablar, Naruto —intervino Iruka, también levantándose—. Te
contuviste por el bien de tu pueblo cuando gobernaba el antiguo Consejo, lo
protegiste —dijo mientras se acercaba a él. Le acarició la cabeza—. Solo tienes
que hacerlo una vez más. Confía en nosotros y en Fugaku. Todos queremos que
Sasuke vuelva.
Naruto entrecerró los ojos, no muy convencido. Quería ir de inmediato a por
Sasuke, pero también le daba miedo que lo usaran contra él. Era el motivo por
el que no lo había acompañado cuando fue solo al Reino de la Hierba… Y mira lo
que había pasado.
Sabía que lo había hecho para protegerlo, pero ahora era su turno. Sabía
que era peligroso y que corría un gran riesgo, que, si Mizuki y Orochimaru lo
capturaban, iniciarían una nueva era de Tiranos.
Sin embargo, no quería seguir viviendo con ese miedo. No quería seguir
cruzado de brazos. Ya no había nada que lo limitara, ni sus miedos ni el
antiguo Consejo ni los nobles. Por una vez, quería luchar hasta dejarse la piel
para salvar al hombre que le había ayudado a sacar esa fuerza.
De repente, las puertas de la sala de reuniones se abrieron de golpe. Todos
se pusieron de pie al ver a un demacrado Sai con la ropa y las botas todavía
húmedas del barco, el pelo revuelto y unas grandes ojeras. En la mano, llevaba
un pergamino arrugado.
—¡Sai! —lo llamó Naruto, corriendo hacia él.
Este relajó los hombros al verlo.
—Naruto, lo siento mucho. Sasuke…
—Ya estamos enterados. Orochimaru se ha encargado de eso.
Al escuchar eso, su rostro palideció y, con brusquedad, cogió al creador
por los hombros con fuerza, mirándolo con ferocidad.
—Escúchame bien, no debes ir a ese reino, ¿me oyes? Mizuki está allí —dijo,
dándole el pergamino que tenía en la mano—. Sasuke lo dice todo aquí. Te están
tendiendo una trampa, todo este circo lo han montado para cogerte a ti. Es… No
tengo ni idea de qué es, pero habla de alguna mierda sobre utilizarte para
conquistar el mundo o algo así —Sacudió la cabeza y volvió a arrebatarle el
pergamino para mostrarle la última parte—. Esto del final lo ha escrito para
ti.
Naruto se inclinó para leer la estilizada y elegante letra de Sasuke con el
corazón encogido. Era la primera vez que tenía alguna noticia suya en semanas.
Naruto, lo siento. Lo siento mucho,
pero no podía permitir que te hicieran daño. Estoy convencido de que todo esto
es obra de Mizuki, de lo contrario, ¿por qué Orochimaru se arriesga a actuar
justo ahora? Ha tenido mucho tiempo para decir que Karin estaba embarazada de
mí, pero aun así ha esperado, y nada menos a que llegara el invierno para dejar
a mi familia impotente, sin poder actuar.
Es demasiado elaborado para ser obra
suya. Sospecho que Mizuki está con él y que por eso no hemos podido
encontrarlo. Además, es muy probable que tenga en su poder uno de los libros de
los Tiranos.
Por eso no debes venir, Naruto. Sé
que te pido mucho y sé que ahora mismo estás pensando en mandarme al diablo y
venir a por mí, pero, por favor, no lo hagas. Aunque esté preso, aún puedo
negociar con Orochimaru si no te tienen en su poder, estoy seguro de que Mizuki
no se lo ha contado todo. Entre eso y la presión de tu reino y el de mi
familia, podemos ganar.
Tú solo mantente a salvo, te lo
ruego. Mantente a salvo y recuerda la promesa que me hiciste.
No permitas que el Reino del Fuego
se quede sin su rey.
Volveremos a vernos, tal y como te
prometí.
Te quiero.
Sasuke.
Naruto lo maldijo. Lo maldijo a él y a su maldita lógica, a que apelara a su preocupación por su reino para hacerle dudar.
Porque, en el fondo, sabía qué era lo mejor. Sabía que no debía darles a
Orochimaru y a Mizuki lo que querían. Y, a pesar de que él no estaba dispuesto
a ceder… Los riesgos seguían ahí. Un paso en falso y perderían. Lo perderían
todo. Todo lo que Indra consiguió, por lo que los antiguos creadores lucharon
y, muchos, murieron.
Se llevó el pergamino al pecho, apretándolo con fuerza entre sus manos. De
repente, sus rodillas flaquearon y acabó en el suelo, sentado sobre sus
talones, encogido.
—¡Naruto! —Sai se arrodilló para ver cómo estaba—. ¿Qué te pasa?
—¿Estáis bien? —preguntó Korin, que había acudido rauda y veloz junto a su
señor cuando lo había visto desplomarse. Pasó un brazo por sus hombros y se dio
cuenta de que temblaba.
—… No iré —susurró, en una voz tan baja que apenas era audible.
—¿Cómo? —preguntó Tsunade, que se había acercado junto a los consejeros
para comprobar que estaba bien.
—… No iré —repitió el creador. Su voz sonó rota—. Por favor… Traed a
Sasuke.
Shikaku fue el primero en reaccionar. Su vista se dirigió a Gai y Lee, ya
ataviados con sus armaduras de combate, que observaban con una tristeza
infinita a su rey.
—Ya habéis oído a su majestad. ¡Preparad los barcos! ¡Zarpáis de inmediato!
—¡Sí, señor! —dijeron ambos al unísono. Pese a que Lee se quedó un segundo
rezagado para echarle una última mirada a Naruto, acabó siguiendo a su padre
con rapidez.
Sai, en cambio, cogió el rostro de Naruto entre sus manos y lo levantó para
que lo mirara. Ver aquellos ojos azules llenos de lágrimas cuando siempre le
había mirado desafiante, le partió el corazón en dos. Porque vio el mismo dolor
y desesperación que había contemplado en Sasuke no hacía mucho tiempo.
Aun así, no se desmoronó.
—Escucha, te traeré a Sasuke sano y salvo, ¿me oyes? Lo juro por mi sangre
real y todos sus antepasados —dicho esto, le dio un breve pero fuerte abrazo y
luego se fue corriendo tras Lee.
Por otro lado, Tsunade ordenó salir a todos los consejeros, incluido a
Iruka, que se resistió un poco al querer consolar a Naruto, pero le dijo que
era mejor que lo dejaran a solas. Al fin y al cabo, entre todos lo habían
forzado un poco a tomar esa dolorosa decisión, por correcta que fuera. La única
a la que no pudo convencer fue, por supuesto, a Korin. Se negó con firmeza a
dejarlo solo y, al final, la reina tuvo que dejarlos en la sala, dando órdenes
a Kakashi y Obito para que nadie los molestara.
—Mi señor —lo llamó Korin en cuanto estuvieron a solas—. Mi señor, debe
levantarse.
Naruto no dijo nada, pero permitió que ella lo ayudara a sentarse en una
silla. Ella se arrodilló frente a él y le lanzó una mirada seria.
—Mi señor, ¿de verdad quiere hacer esto?
—… No.
Ella le cogió las manos y las apretó con fuerza.
—Dígame qué puedo hacer.
Entonces, el creador la miró. Sus ojos aún tenían esa expresión de
desesperación.
—Ve con ellos.
Korin se sobresaltó.
—Mi señor, mi sitio está a su lado, protegiéndolo.
Ahora fue Naruto quien le apretó los dedos.
—Por favor. Si yo no puedo hacer nada, hazlo tú en mi lugar. Por favor. Por
favor. Por favor, salva a Sasuke por mí.
La joven suavizó su rostro. Solo durante un instante. Después, sus rasgos
se endurecieron y sus ojos grises relucieron como el filo de una espada.
—Lo haré. Lo traeré de regreso a su lado, junto con la cabeza de Orochimaru
y de ese tal Mizuki. A cambio, quiero que me prometa algo.
El rubio la miró con los hombros hundidos.
—¿El qué?
Entonces, ella se irguió y, ante la atónita mirada de Naruto, lo sujetó por
la parte posterior de la cabeza para juntar su frente a la suya.
—Pase lo que pase y haga lo que haga, mientras yo no esté a su lado,
manténgase a salvo. Júremelo.
Naruto la miró impresionado unos segundos, y, después, por primera vez, sus
ojos brillaron y esbozó una imperceptible sonrisa.
—Gracias, Korin.
Ella asintió y, casi con una caricia, le revolvió el pelo antes de salir de
la habitación; debía apresurarse en coger su armadura y sus armas, Lee y las
tropas no tardarían más de unas pocas horas en embarcar.
Fuera, vio por el rabillo del ojo a Tsunade hablando con Kakashi y Obito. Les
estaba ordenando vigilar a su señor muy de cerca y ellos aseguraron que serían
como su sombra.
Ilusos.
Era noche cerrada cuando Naruto se adentró en los terrenos del Bosque
Sagrado.
Los barcos ya habían zarpado hacia el Reino de la Hierba. Parte del
ejército de su reino, los nobles y sus hombres, sus amigos, Korin, todos iban a
la guerra para salvar a Sasuke.
Y él se había quedado. Había decidido obedecer y permanecer allí.
Pero solo porque había algo que tenía que hacer. Era el único modo de saber
que hacía lo correcto.
Ascendió en silencio la montaña que antaño había sido un volcán que rugía
en tiempos de guerra, dirigiéndose al templete. De vez en cuando, echaba un
vistazo por el rabillo del ojo hacia atrás; pese a que no podía verlos, podía
escuchar las sigilosas pisadas de Kakashi y Obito tras él, los había detectado
prácticamente desde que había salido de sus aposentos saltando por la ventana,
como solía hacer antes de que Sasuke lo acompañara a sus rondas nocturnas por
la ciudad.
Lo cierto era que no quería enfrentarse a ellos. Eran familia y los
apreciaba, no quería hacerles daño. Pero… Pero si al final Kurama…
Entonces, el templete se alzó ante sus ojos. Naruto dejó de escuchar las
pisadas de sus tíos. Supuso que, al menos, le permitían tener esa privacidad
con su dios.
Sin pérdida de tiempo, entró en la humilde estructura y se arrodilló frente
al bordado. Hizo una profunda reverencia.
—Mi señor Kurama —lo llamó en voz baja, cerrando los ojos—, he venido a
pedirte consejo. Hoy más que nunca me siento perdido. —Hizo una pausa. Sus
manos temblaban por la necesidad de cerrarlas en puños—. Siempre he creído que
era mi deber y responsabilidad proteger nuestro reino de todo aquello que
pretendiera hacerle daño. Los antiguos consejeros, los nobles, los reyes
extranjeros, Mizuki… Siempre he tenido claro cuál es mi papel y que, si tenía
que sacrificarlo todo, lo haría por mi tierra —dicho esto, alzó la cabeza y
miró con angustia la imagen de Kurama que se enredaba en las nubes, por encima
de las islas del Reino del Fuego—. Pero ahora Sasuke está en las garras de toda
esa gente. Y por mi culpa, por querer protegerme. —Esta vez, convirtió sus
manos en puños—. Desde que vino aquí, ha luchado por nuestro país, a pesar de
ser un extranjero. Me ha cuidado y protegido, a pesar de que no quería casarse
conmigo —dijo, ahora en un tono más alto y firme—. Le ruego que me permita
salvarle a él esta vez. Sé que así pongo en riesgo a mi reino y que es mi
responsabilidad evitarlo, pero, por una vez, permítame luchar. Permita que mi
forma de proteger a Sasuke y a nuestra tierra sea luchando y no escondiéndome
como he hecho hasta ahora. —Tragó saliva—. No quiero ocultarme más, ya no me da
miedo mostrar lo que soy. Si Mizuki quiere convertirse en un Tirano, quiero que
antes pruebe la verdadera fuerza de los creadores. Quiero que todo el mundo lo
sepa, quiero que sepan que, si piensan venir a por nosotros, ¡no lo lograrán
sin sangre! ¡Aunque tenga que luchar yo solo!
Su último grito se quedó vibrando en el aire, su determinación resonando en
el bosque.
Y no tardó en hallar una respuesta clara.
—Se te permite, mi rey.
Naruto se puso en pie de un salto y se dio la vuelta. A sus espaldas, Fye y
Kurogane estaban de pie frente a él. El zorro blanco sostenía una armadura
hecha de un material que no logró reconocer mientras que el negro traía lo que
reconoció como el arco que le había regalado Sai en el Reino del Hielo y las
dos dagas que le ofrecieron los soldados de allí.
Sin embargo, toda su sorpresa fue sustituida por la esperanza.
—¿De verdad? —preguntó en su lengua con el corazón acelerado.
Fye dejó la armadura a un lado y se inclinó para poder mirarlo a los ojos.
Había seriedad y cierta inquietud en sus bellos ojos azules.
—Es el momento. No irás al Reino de la Hierba solo para salvar a tu
compañero. Tienes algo muy importante que hacer allí. Tú naciste para esto.
Naruto tragó saliva.
No había esperado eso.
—¿Qué tengo que hacer?
Fye acarició su rostro con cariño.
—Salvar esa tierra, Naruto. Tienes que hacerlo, por el bien de todos.
El creador frunció el ceño.
—No… No lo entiendo. ¿De qué? ¿Qué tengo que hacer?
—Cuando estés allí, lo comprenderás. Lo verás por ti mismo —dicho
esto, cogió la armadura que había dejado a un lado y se la ofreció—. Tómala.
Perteneció al último creador que luchó contra los Tiranos y abuelo de Ashura,
Yasha. Está hecha con la piel de su montura, Sombra de Fuego, el último dragón
escupefuego del mundo.
Naruto cogió algunas de las partes de la vestimenta y empezó a colocárselas
con rapidez.
—¿Un dragón?
La tristeza en los ojos de Fye era infinita.
—Los dragones estaban íntimamente ligados a los creadores. Sus vidas
estaban conectadas a las suyas. Por cada uno de ellos, había un dragón. Pero
cuando tus antepasados empezaron a debilitarse por culpa de las torturas de los
Tiranos… Dejaron de aparecer huevos de dragón.
El rubio frunció el ceño.
—Pero… Si los creadores reaparecemos… Entonces, ¿los dragones también lo
harán?
El zorro miró hacia la cima del volcán.
—Pronto lo sabrás.
Naruto se quedó callado, pero lo dejó estar y se centró en acabar de
ponerse la armadura que, curiosamente, se ajustaba a su cuerpo a la perfección.
Cada pieza de cuero, cada fragmento de escamas de dragón, lo envolvían como si
fuera una capa protectora.
—La armadura es parecida a las Armas Divinas —le explicó Fye—, no
tienen voluntad propia, pero sí otras propiedades. La piel de Sombra de Fuego
no puede arder con tus llamas y no necesitas quitártela cuando te transformes.
Solo deja que se mueva a tu alrededor, está diseñada para eso.
—Ahora, las armas —le dijo Kurogane—, ya las conoces todas. Sé
que sabrás usarlas.
—Sí —dijo, colocando las dagas en el cinto, el carcaj de flechas a su
espalda y el arco cruzado sobre su armadura. Una vez hecho, miró al zorro negro
con los ojos brillantes—. Gracias por todo.
La bestia inclinó la cabeza para juntar su frente a la del muchacho. Ambos
cerraron los ojos.
—Te he enseñado todo lo que sé, cachorro. Sé que te alzarás sobre tus
enemigos. Solo sé prudente, no olvides que tienes un deber que cumplir. Pase lo
que pase, no dejes que esa pequeña rata traidora te intimide o asuste. Estás
muy por encima de él. Recuérdalo.
Naruto asintió con firmeza. La decisión brillaba en sus ojos.
—Lo haré. No permitiré que juegue conmigo —dicho esto, frunció el ceño y
miró tras ellos, extrañado—. ¿Y Kakashi y Obito? Deberían…
Kurogane resopló.
—Shaoran y Tsubasa los están entreteniendo hasta que partas.
Al escuchar eso, el rubio palideció.
—¡Mierda! ¿Cómo se supone que voy a llegar? No puedo hacer un recorrido tan
largo con una embarcación pequeña.
—Tranquilo —dijo Fye con una sonrisa—, todo está preparado.
Entonces, escuchó un graznido tras el templo. Sus ojos se abrieron como
platos cuando Fuin se dejó ver, caminando con su elegancia felina y las alas
ligeramente abiertas, como si se prepara para un vuelo. El Rey del Cielo le
hizo una reverencia y el creador le devolvió el saludo con el mismo respeto. Después,
se acercó hasta que quedó frente a él.
—Así que, ¿vendrás conmigo? ¿A la guerra?
Fuin pateó el suelo con una de sus enormes garras, extendió las alas en
toda su longitud y lanzó un aullido de guerra que sonó como el rugido de un
trueno. Naruto sonrió y alzó una mano, dejando que la bestia tocara su palma
con la frente.
—Gracias —murmuró—. Gracias a todos por esto.
—Actúa con prudencia y determinación, cachorro —le recordó Kurogane
mientras Fuin se colocaba de lado y le ofrecía su lomo—. No puedes fallar.
—No lo haré —prometió Naruto con un asentimiento, ya sobre Fuin, aferrándose
a las suaves plumas de su cuello—. Confiad en mí.
Y, entonces, se inclinó sobre el Rey del Cielo. La bestia se abalanzó sobre
la maleza del bosque, corriendo entre los arbustos y esquivando sin dificultad
los obstáculos que se interponían en su camino. Pasaron de largo a Obito y
Kakashi, que tenían serios problemas en esquivar a Shaoran y Tsubasa, quienes
le dedicaron rugidos de ánimo al creador que, en cambio, les gritó un lo siento
a sus tíos y les prometió que regresaría.
De repente, apareció ante ellos un tronco caído inclinado sobre una roca,
dándole una rampa perfecta a Fuin para elevarse. La criatura lo recorrió y
saltó con fuerza, abriendo las alas y alzándolas con ímpetu, arriba y abajo,
una y otra vez, alejándolos rápidamente de tierra. Y del Reino del Fuego.
Naruto contempló sus islas un momento. Lo sentía por su abuela, por sus
tíos, por el Consejo. Pero ahora sabía que estaba tomando la decisión correcta.
Y, desde la cima del volcán, aunque no lo sabía, un zorro anaranjado de
ojos rojizos le devolvía la mirada con el corazón en un puño.
“Sé fuerte, hijo”, pensó. “Ahora todos dependemos de ti”.

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