Capítulo 3. Un nombre
La
calma por fin reinaba en la casa. Habían sido veinticuatro horas agotadoras,
pero Vane tenía la sensación de que lo peor había pasado.
Max,
Ethan y él habían tenido mucho cuidado al tratar con 354, temiendo que en
cualquier momento dijeran algo que pudiera molestarlo y hacer que desconfiara
de ellos aún más, seguido por un ataque inmediato. Sedarlo y retenerlo no le
parecía una buena idea, teniendo en cuenta que ese parecía ser el resumen de su
vida. Por suerte, no había sido el caso. Vane era consciente de que, para que
creyera en ellos, para que pudieran ayudarlo, debían dejarle su espacio y la
mayor libertad posible.
Por
ahora, las cosas parecían ir bien. 354 no era un hombre agresivo, aunque no
dudaba de que podía ser muy peligroso si llegaba a considerarlos una amenaza.
No, era un hombre capaz de mantener el control sobre emociones como el miedo o
la ira, y también era muy receptivo, estaba dispuesto a escuchar y a razonar, a
aprender las cosas que podían enseñarle. Si seguía así, ganarían mucho tiempo.
Sus
pensamientos fueron interrumpidos por Max, que le tocó la rodilla en un gesto
suave y casual sin apartar la vista de la tele. Los tres estaban reunidos en el
salón: Ethan leyendo una novela de ciencia ficción que le había dejado, su
hermano mirando con aire aburrido un canal a la espera de que pusieran las
noticias, y él dibujando distraídamente un boceto de su último invento. Con ese
ligero toque, Max le había informado de forma imperceptible de que 354 se
dirigía hacia ellos, probablemente estuviera bajando las escaleras.
Ninguno
de los tres dejó su tarea. Habían acordado no estar pendientes en todo momento
de lo que hacía por miedo a que se sintiera vigilado.
Vane
apenas escuchó los silenciosos pasos de 354, sin embargo, sí sintió su
presencia a su espalda, al otro lado del sofá. El hecho de que se acercara
tanto a él era una buena señal, significaba que ya no les tenía tanto miedo.
—¿Qué
estáis haciendo?
Pese
a que preguntaba por todos, se dio cuenta de que se dirigía a él. Era
comprensible teniendo en cuenta que Vane había sido el primero en presentarse y
el que más contacto había tenido con él.
—Max
está esperando a que hagan las noticias —respondió al mismo tiempo que movía la
cabeza hacia arriba, encontrándose con su mirada.
354
frunció el ceño. Parecía concentrado.
—Es…
eso que has dicho que podía ayudarme a entender mejor el mundo.
—Correcto
—sonrió. Le sorprendía que pudiera recordarlo, ese día le habían enseñado
muchas palabras y conceptos nuevos. Tal vez tenía facilidad para aprender.
354
echó la cabeza un poco hacia atrás. Vio la duda en sus ojos.
—¿Puedo
verlas?
—Por
supuesto. Puedes ver la televisión cuanto quieras, aunque, por ahora, limítate
a programas informativos y documentales. No quiero confundirte con películas.
—¿Qué
son?
—Te
lo enseñaremos más adelante —contestó Max esta vez, sonriendo—. Será divertido,
ya lo verás.
354
asintió y se concentró en Ethan.
—¿Y
él qué hace?
—Leyendo
un libro —dicho esto, algo pasó por su mente. Pese a intuir la respuesta, lo
preguntó de todos modos—. ¿Tú sabes leer? ¿Te enseñaron?
—No
sé qué es eso.
Vane
miró a Ethan y le hizo un gesto para que le pasara el libro. Este se lo lanzó y
él lo abrió por una página cualquiera antes de enseñárselo a 354.
—Leer significa saber interpretar estos
símbolos. ¿Los entiendes?
—No.
Tal
y como esperaba. Esos médicos que lo habían encerrado lo habían mantenido en la
más completa ignorancia.
Vane
siempre había sido consciente de la importancia de la información y el
conocimiento. Cuanto más adquirieras, más difícil era que te engañaran. No le
sorprendía que esos cabrones hubieran aislado a 354 y sus compañeros los unos
de los otros, evitando así que pudieran intercambiar experiencias. Ya debía de
ser bastante complicado controlar a hombres tan fuertes como él, lo último que
necesitaban era que fueran inteligentes.
Reprimiendo
su rabia, se concentró en el libro y en su invitado. Aún no podía ayudar a los
que estaban encerrados, pero sí podía enseñarle a 354 todo lo que se había
perdido.
—Yo
te enseñaré, es una habilidad muy útil, aunque no te frustres si ves que es
complicado. A todos nos cuesta al principio.
Él
asintió, un poco más relajado.
—Hay
muchas cosas que quiero entender.
—Ethan,
Max y yo no lo sabemos todo, pero conocemos las cosas más básicas —dicho esto,
se le ocurrió una idea—. Ven conmigo, te mostraré algo.
354
lo siguió con la mirada rebosante de curiosidad. Subieron las escaleras hasta
el segundo piso y lo llevó a su despacho. Era una estancia amplia, con las
paredes de los lados recubiertas de estanterías llenas de libros, mientras que
la del fondo era una gran ventana que permitía que la sala estuviera bien
iluminada durante el día. Aparte de la pequeña biblioteca, solo había una
alfombra en el suelo de color castaño oscuro con dibujos geométricos rojizos y
un gran escritorio, donde tenía grandes papeles donde dibujaba los diferentes
modelos de sus productos con multitud de anotaciones.
Vane
le señaló un gran mapa del mundo que había colgado sobre la puerta.
—¿Ves
eso? Es una representación del mundo en el que vivimos.
354
contempló el mural con la boca abierta.
—¿Es
tan grande?
—Más
de lo que puedes imaginar. Todo lo que ves de color azul es agua y lo marrón es
tierra. ¿Ves cómo la tierra está separada por muchas líneas? Cada uno de esos
trozos representa un país, dentro del cual vive un determinado número de
personas. Depende del lugar adonde vayas, hay diferentes formas de vivir y de
pensar.
—¿Qué
quieres decir con eso?
—Mmm…
Lo único que se me ocurre ahora mismo que puedas entender es que aquí, por
ejemplo, las mujeres tienen los mismos derechos que los hombres. Pero si fueras
a otros lugares, ellas son como esclavas.
354
lo miró con cara de pocos amigos.
—Eso
es algo malo, ¿verdad?
—Se
podría decir que las mujeres no tienen voluntad propia. Deben obedecer las
órdenes de los hombres y, si no lo hacen, las golpean. Tampoco pueden ir a
ninguna parte sin que las acompañen.
Su
invitado se estremeció.
—Se
parece a lo que hacen con nosotros. No son buenos humanos.
—No,
no lo son.
—¿Por
qué no hacéis nada por evitarlo, si pensáis así? —le preguntó.
—Para
evitar las guerras. —Antes de que 354 abriera la boca, le explicó lo que quería
decir—. En cada país, hay algo llamado ejército. Un ejército está compuesto por
personas que saben luchar y usar armas. Se les llama soldados y su deber es
defender la tierra en la que viven. Max y yo lo fuimos hace tiempo.
354
se sobresaltó.
—¿Vosotros
luchabais?
—Sí,
pero lo dejamos hace tres años. —El corazón se le encogió al recordar el
motivo, pero se recompuso con rapidez y continuó—. Las guerras ocurren cuando
dos o más ejércitos se encuentran para luchar.
—Creo
que lo entiendo —comentó el otro hombre con el ceño fruncido—. Hay humanos de
un país que hacen daño a otros, entonces, ellos se defienden.
—Antiguamente
se luchaba por la tierra, sí. Ahora se hace por dinero.
—¿Qué
es eso?
Vane
se sacó una moneda del bolsillo y se la tendió a 354. Este la olfateó y luego
la observó desde todos los ángulos posibles.
—¿Para
qué sirve?
—Es
muy importante para las personas. Gracias al dinero, conseguimos comida, ropa,
casa y cualquier cosa que necesitemos para vivir. La gente más poderosa, 354,
es aquella que tiene mucho dinero. Si lo tienes, puedes conseguir casi
cualquier cosa que desees, y los demás o se apartarán de tu camino o se unirán
a ti. ¿Entiendes?
354
asintió.
—Creo
que sí. Los que tienen dinero pueden conseguir más comida.
Vane
sonrió un poco.
—Más
o menos. Los que tienen dinero, tienen poder. Pueden hacer que otras personas
hagan cosas por ellas o dejen de hacerlas. Yo, por ejemplo, soy una persona con
mucho dinero.
Los
ojos de su invitado centellaron de comprensión.
—Quieres
decir que eres una persona poderosa. Tus enemigos no se atreverán a tocarte,
¿verdad?
—Hay
otros más poderosos que yo, pero, en general, me dejan tranquilo. —Hizo una
pausa a la vez que daba un paso hacia él, observándolo con seriedad—.
¿Entiendes por qué te estoy explicando esto?
354
lo meditó un segundo.
—Así
es como funciona el mundo, con dinero. Es algo básico, tengo que aprender estas
cosas si quiero adaptarme a este lugar.
—En
parte sí, pero hay algo más importante. 354, creo que esta es la razón por la
que Cooper y Brower, así como los otros dos hombres, te dejaron conmigo.
Este
se sobresaltó y lo observó fijamente unos segundos. Pasado ese tiempo, sacudió
la cabeza y frunció el ceño.
—No
lo entiendo.
—Yo
puedo protegerte y ayudarte a adaptarte a la libertad. Tengo recursos de sobra
para ofrecerte comida, ropa y un lugar para vivir. Además, he sido soldado. Si
esos médicos que tienen retenida a tu gente vienen a por ti, Max y yo tenemos
armas suficientes para echarlos de aquí y vehículos rápidos para escapar si
fuera necesario.
354
se quedó callado, asimilándolo. Al entenderlo, abrió los ojos como platos.
—Ellos
querían ponerme a salvo, ¿verdad?
—Creo
que sí. Y, por si fuera poco, yo pertenecía a un equipo de rescate. Mi
especialidad y la de mis hermanos es salvar a personas que están encerradas.
Tengo la sensación de que te dejaron conmigo para que me dieras información
sobre tu gente.
—Yo
no sé nada —dijo su invitado, dejando caer los hombros—. No sé por qué los
médicos nos tienen allí, no sé por qué nos hacen lo que nos hacen.
Vane
se acercó un paso, intentando que lo mirara a los ojos sin tocarlo. No creía
que su contacto fuera a ser bienvenido.
—Tienes
más información de la que crees, 354, es solo que careces de los conocimientos
necesarios para saber utilizarla. —Hizo una pausa y empezó a enumerar todo lo
que sabía hasta el momento—. Apenas sabes nada de este mundo, lo que me dice
que a los médicos no les conviene que entendáis cómo funciona por si os
escaparais, así les resultaría más sencillo encontraros y daros caza. También
sirve para que no comprendáis lo que hacen con vosotros ni por qué, así no
podréis manipularlos. Te han estado dando carne cruda, de modo que te dan la
suficiente energía para aguantar las pruebas, pero no para resistirte a los
guardias. Os mantienen aislados en pequeños grupos, lo que quiere decir que no
pueden controlaros en grandes números, aun así, se aseguran de que mantengáis
contacto con los demás para formar un vínculo, de forma que les obedezcáis en
cuanto tengan a uno de los vuestros. —Se acercó otro paso a 354, que lo miraba
impresionado—. La información es poder, 354. Si sabes utilizarla, podrás
utilizar a los demás. —Hizo una pausa, bajando la vista—. Por ahora, Ethan, Max
y yo te enseñaremos todo cuanto podamos.
El
otro hombre asintió, sus ojos brillaban esperanzados.
—¿Puedes
salvar a mi gente?
Vane
hizo una mueca.
—Un
rescate requiere tiempo. Podría tener un equipo listo en unos días, pero no
estamos preparados, mucho menos si tu gente es tan numerosa como sospecho. Aún
no sé mucho sobre los que te mantuvieron encerrado, ni siquiera sé dónde están.
354
entrecerró los ojos.
—Entiendo.
Si no sabes dónde están, no puedes salvarlos.
—No
te preocupes, es cuestión de tiempo.
—¿Qué
quieres decir?
Él
le dedicó una sonrisa maliciosa.
—Creo
que los médicos enviarán a alguien a por ti, dudo que te dejen escapar así como
así. En cuanto aparezcan por aquí, obtendremos más información sobre dónde se
encuentran tus compañeros.
Su
invitado también sonrió.
—Eres
un hombre inteligente, Vane.
—Por
eso estaba en la unidad de rescate. Tiendo a pensar en todo. —Hizo una pausa y
se dirigió a la puerta—. De momento, centrémonos en ti. Por ahora, te enseñaré
a leer y, cuando aprendas, te dejaré algunos libros que te pueden ser muy
útiles. También te dejaré un diccionario.
—¿Qué
es eso? —le preguntó al mismo tiempo que lo seguía.
—Es
un libro muy gordo que te explica qué significa cada palabra. Cada vez que no
entiendas algo, la buscas ahí. Ya te mostraré cómo hacerlo.
354
volvió a sonreír, animado. Salieron del despacho y se dirigieron al salón de
nuevo, donde Vane ya planificaba mentalmente cómo enseñarle al otro hombre a
leer. Estaba pensando que podría enseñarle también a escribir cuando su
inquilino lo detuvo.
—Vane.
Se
giró y lo miró. Había duda en sus ojos.
—¿Sí?
—¿Yo
podría acompañaros cuando rescatéis a mi gente?
Su
pregunta hizo que frunciera el ceño. Lo meditó un largo minuto, pensando en
todos los escenarios posibles si 354 iba con él, en todas las cosas que podrían
ocurrir. Finalmente, levantó la vista.
—Depende.
¿Estarías dispuesto a aprender a defenderte y empuñar un arma?
Los
ojos del otro hombre brillaron, feroces.
—Me
encantaría.
—No
te voy a mentir, el entrenamiento es muy duro, a veces incluso doloroso.
—Puedo
soportarlo —dijo, convencido.
—¿Y
estarás dispuesto a obedecer las órdenes? —Al ver que 354 se quedaba callado,
mirándolo con desconfianza, comprendió que no lo entendía—. Un rescate no es un
juego, ten en cuenta que las vidas de tus amigos corren peligro. Por eso, en
cada equipo de rescate hay un líder que coordina a los demás, si no colaboran
todos y algo sale mal, ya puedes dar por muertos a aquellos a los que has ido a
salvar. Si quieres venir con nosotros, tendrás que soportar que te digan lo que
hay que hacer. ¿Entiendes lo que quiero decir?
—Sí
—respondió, más tranquilo, antes de mirarlo con decisión—. Haré lo que sea
necesario para ayudar a mi gente.
Vane
sonrió.
—Entonces,
de acuerdo. En cuanto estés en condiciones, empezaremos.
—Estoy
bien.
—No,
no tienes el peso adecuado aún. —Antes de que 354 replicara, se le adelantó—.
Como he dicho, el entrenamiento es muy duro, podrías sufrir desmayos si no
estás en plena forma física. No te preocupes, mientras coges peso, usaremos el
gimnasio y te enseñaremos cómo golpear.
El
otro hombre asintió y lo siguió hasta el comedor. Allí, Ethan seguía leyendo su
libro, mirando de reojo de vez en cuando la televisión, donde habían empezado
las noticias, que Max escuchaba con sumo interés. En la mesita que había en el
centro, habían dejado un plato con queso para picar. Vane invitó a 354 a
sentarse con ellos, a lo que accedió, aunque se mantuvo un tanto apartado, algo
que pudo entender. Todavía eran unos desconocidos para él, pero al menos ya era
capaz de estar a una corta distancia.
—¿Algo
nuevo? —le preguntó a su hermano, que sacudió la cabeza.
—Lo
de siempre —respondió, encogiéndose de hombros, antes de mirar a 354 con una
leve sonrisa—. ¿Te vas aclarando?
Este
inclinó un poco la cabeza.
—Por
ahora sí. Aún hay muchas cosas que no entiendo.
—No
te agobies, el mundo es complicado e incluso para nosotros ya es bastante
difícil vivir en él. —Hizo una pausa, ladeando la cabeza para mirar a Vane—.
Por cierto, he estado pensando.
—¿En
qué?
Max
señaló a su inquilino.
—No
podemos seguir llamándole 354. Es frío. No me parece bien.
El
susodicho frunció el ceño.
—¿Por
qué?
Su
hermano abrió la boca, pero al final no supo cómo explicarse y le pidió ayuda a
Vane con la mirada. Él asintió y se concentró en 354.
—Las
personas tienen nombres, no números.
—Yo
no soy humano —gruñó el hombre, mostrando los colmillos. Supuso que lo había
ofendido, algo que consideró normal tras un momento, teniendo en cuenta sus
experiencias con otras personas que no fueran sus compañeros.
Intentó
explicarse de nuevo, señalando a los perros, que se habían quedado dormidos en
un rincón.
—Ellos
tampoco lo son y tienen nombre. —Ante sus palabras, 354 sacudió la cabeza,
confuso—. Mira, las personas y los animales que viven con ellas tienen nombres,
los números son para las cosas. —Hizo una pausa, reflexionando el mejor modo de
hacerle ver lo frío que era eso—. Llamarte 354 es… ofensivo. No eres un objeto,
tienes sentimientos como nosotros. ¿Entiendes lo que quiero decir?
—Creo
que sí —dijo, apretando los puños—. Los médicos me pusieron ese número cuando
era niño. Para ellos solo soy una cosa —dicho esto, se quedó callado unos
momentos, pensativo. Al final, buscó de nuevo los ojos de Vane—. Me gustaría
tener un nombre, pero no quiero uno humano —nada más decir eso, dudó—. ¿Eso
está bien? ¿Puedo escoger?
Ethan
fue el primero en intervenir.
—No
hay otra clase de nombres que no sean los humanos, no veo cómo es eso posible.
—Podría
ponerse el nombre de algo que le guste o que le defina —propuso Vane,
dedicándole una sonrisa a 354—. Así es como mis hermanos y yo escogimos los
nombres de nuestros perros.
El
hombre mostró un repentino interés.
—¿Qué
quieres decir?
—Yo
le puse Bear a mi perro porque de pequeño se parecía a un osito. —De repente,
se dio cuenta de que probablemente 354 no sabría lo que era eso, así que se
puso en pie y empezó a describirlo—. Hay muchos tipos de animales, aparte de
los perros. Los osos son muy grandes, más incluso que tú, fuertes y con enormes
garras. Un osito es una cría. Bear se parecía a uno de pequeño, por eso le puse
ese nombre.
354
asintió y bajó los ojos.
—No
sé qué es lo que me define.
—Puede
ser algo que te guste, también —comentó Max—. Por ejemplo, a mí me encanta
correr, así que supongo que me llamaría Runner o algo parecido.
—No
sé si es buena idea —dijo Ethan con el ceño fruncido—. La gente no tiene muy
buena impresión sobre los que tienen nombres raros.
Max
se encogió de hombros.
—¿Qué
más da? Hay nombres que ni siquiera deberían existir.
—Eustaquio
—propuso Vane.
—Fulgencio
—añadió su hermano.
—Leopoldo.
—Hermenegildo.
Vane
frunció el ceño.
—¿Ese
existe?
Max
le guiñó un ojo.
—¿Cuál
crees que es el segundo nombre de ese teniente hijo de puta que hacía que nos
asáramos en el desierto?
—Ah…
¿Por eso nos dejó volver a ponernos las zapatillas?
—Estábamos
llenos de ampollas, alguien tenía que hacer algo.
Vane
puso los ojos en blanco y se dirigió a 354 de nuevo, que parecía un poco
divertido por la conversación.
—No
hagas caso a Ethan y ponte un nombre que te guste, que te haga sentir bien
contigo mismo. Eso es lo importante.
354
asintió.
—Tengo
que pensarlo.
—Tómate
tu tiempo —le aconsejó a la vez que le sonreía—. Los nombres son para toda la
vida, y acaban formando parte de nuestra identidad.
Aquella
noche, 354 volvió a tumbarse junto a la ventana de su habitación, con Sam
dormitando a su lado. Una vez más, los humanos de aquel lugar habían sido
buenos con él. No le habían encerrado, golpeado o hecho ningún tipo de pruebas,
incluso le habían dejado comer más de tres veces antes de ir a dormir. Mierda,
hasta había compartido la mesa con ellos, algo impensable cuando estaba con los
médicos.
Vane
le había estado enseñando a leer. Al principio, parecía sencillo, pero después
tuvo que combinar las letras y empezó a sentirse frustrado. Sin embargo, el
macho humano no dejó que se rindiera, le explicó que era normal reaccionar de
ese modo ante una dificultad, especialmente si nunca lo había experimentado, y
le pidió que continuara intentándolo. Al final, logró aprender gran parte del
abecedario e incluso leyó un poco en voz alta con ayuda de Vane, que no perdió
la paciencia en ningún momento.
Después
de la comida, había visto un rato la televisión, buscando algo llamado
documentales, que describían diferentes temas. Aunque aún había palabras que no
comprendía, fue capaz de apreciar la gran cantidad de información que le
proporcionaba y que le ayudó a comprender un poco más sobre los humanos. Había
entendido que, a lo largo de la historia, había habido buenos y malos, y que
podían ser tan crueles como amables, dependiendo de con quién te encontrabas.
Siendo así, no todos los humanos eran malvados como los médicos, había personas
buenas.
Como
creía que lo era Vane. Le resultaba muy difícil mantener la guardia alta cuando
él no había hecho más que ayudarle en todo cuanto había podido. Había
respondido a sus innumerables preguntas con calma y paciencia y en ningún
momento había percibido rabia o desprecio hacia él o su gente. Además, no le
había encerrado, atado, herido o hecho ninguna prueba. Tal y como le había
prometido.
La
esperanza creció un poco más mientras contemplaba la noche, con la luna
iluminando las brillantes hojas de los árboles, que formaban aquel manto oscuro
que cubría las montañas. Se preguntó si llegaría el día en que su gente también
podría contemplarla y admirar su belleza.
En
ese instante, parpadeó y se levantó de un salto. Sam, a su lado, levantó
perezosamente la cabeza a tiempo de ver cómo salía de su habitación. La casa
estaba a oscuras, confirmándole que todos se habían ido a dormir. Una vez más,
le dejaban suelto y sin vigilancia, a pesar de que eran conscientes de que
podría matarlos si quisiera. No se molestó en encender las luces para saber a
dónde iba, ya que su visión se adaptaba fácilmente a la escasa iluminación,
provocada por la luz de la luna que se filtraba por las ventanas. Detectó el
leve olor de Ethan proveniente de una habitación más apartada y escuchó los
suaves ronquidos de Max en otra.
El
dormitorio de Vane era el que estaba más cerca del suyo. Llamó con cuidadosos y
suaves golpes a su puerta. El macho le había advertido de que debía hacerlo si
quería entrar en el cuarto de alguien, ya que esa persona podría estar
cambiándose o simplemente quería estar a solas o descansar. También le dijo
que, los que habían sido soldados como Max y él, no se tomaban muy bien que los
despertaran de repente, podrían pensar que aún estaban cerca de un enemigo. 354
podía entenderlo, él siempre se despertaba con los médicos al acecho.
Al
ver que se encendía una pequeña luz por la ranura de la puerta, la abrió
lentamente y asomó la cabeza. Vane estaba sentado en la cama, frotándose los
ojos. Al reconocerlo, no pareció asustado o enfadado. A decir verdad, aún
parecía estar dormido.
—¿354?
—preguntó, frunciendo un poco el ceño—. ¿Ocurre algo?
Cerró
la puerta tras él y se acercó hasta la cama. El humano no dio muestras de que
le molestara su cercanía. Otra vez. No parecía importarle tenerlo a poca
distancia, a pesar de su tamaño y sus colmillos.
—Ya
he escogido un nombre —dijo simplemente.
Vane
parpadeó un segundo antes de abrir los ojos. Sacudió la cabeza, intentando
despejarse, y después le sonrió.
—¿En
serio? Eso está bien. ¿Puedo preguntarte cuál es?
Él
asintió e inspiró hondo. Esperaba que le permitieran usarlo.
—He
decidido llamarme Night.
Contuvo
el aire, a la espera de que el otro hombre le diera su aprobación. No necesitó
esperar mucho, Vane le dedicó una sonrisa afable.
—Es
un buen nombre. Me alegro de que hayas escogido el nombre de algo hermoso
—dicho esto, miró un instante por su ventana, que tenía una visión similar a la
de su habitación—. A mí también me gusta la noche.
Night
se relajó, aliviado porque los humanos le permitirían tener ese nombre. De
repente, se le ocurrieron miles de preguntas que hacerle y se sentó en el borde
de la cama, frente a Vane.
—¿Qué
significa tu nombre? ¿Por qué lo escogiste?
—Yo
no elegí mi nombre. Los padres son los que ponen nombre a sus hijos.
Eso
le dejó intrigado.
—Ya
veo —dicho esto, bajó un momento la mirada—. Sé que yo debí tener padres, pero
no los recuerdo. ¿Crees que ellos me pusieron un nombre?
Vane
lo observó con cierta tristeza.
—Tal
vez, no siempre es tan sencillo. Hay padres que no pueden cuidar de sus hijos
porque no tienen dinero suficiente y se los dan a otro que pueda encargarse de ellos.
Otros simplemente no quieren tenerlos. Puede que los tuyos murieran cuando eras
muy pequeño. Es difícil saberlo.
Él
asintió, encogiéndose de hombros mentalmente. Los médicos le habían utilizado
para pruebas de cría que no habían tenido éxito, pero siempre tuvo claro que,
si algún día tenía un hijo, lo protegería con su vida. Si sus padres habían
estado vivos y no hicieron nada por evitar que los médicos le hicieran las
pruebas, no quería saber nada de ellos.
—¿Cómo
es tener unos padres que te aman? —preguntó de todos modos. Sentía curiosidad.
Vio
que el rostro de Vane se crispaba un poco. Apartó un momento la vista y la
dirigió hacia la mesita, donde vio unas fotos enmarcadas. Cogió una y se la
tendió para que la viera. En ella, se encontró con un hombre y una mujer,
sonriendo felices junto a siete niños igualmente alegres.
La
imagen lo dejó boquiabierto. Sabía que él había sido niño, pero lo habían
mantenido aislado y no había tenido espejo, por lo que no recordaba bien cómo
era su aspecto. Las crías humanas, tan pequeñas y frágiles, lo enternecieron.
—Somos
mis hermanos y yo cuando éramos pequeños —le dijo Vane con una sonrisa triste—.
Mis padres nos querían más de lo que puedo expresar. No tenían tanto dinero
como yo, pero nunca nos faltó de nada y siempre estaban ahí cuando los
necesitábamos. Habría hecho cualquier cosa por ellos.
Night
se dio cuenta de que hablaba en pasado.
—¿Qué
les pasó?
Vane
lo miró a los ojos. La tristeza no había desaparecido de su rostro.
—¿Sabes
lo que son los explosivos?
Palideció
al comprender cómo murieron. A veces, los médicos les colocaban collares
explosivos a algunos de ellos, amenazaban con hacerlos estallar si no obedecían
sus órdenes.
Tragó
saliva y bajó la vista.
—Un
macho intentó escapar una vez con sus compañeros. Mataron a muchos humanos por
el camino, pero, al final, los cogieron. A todos nos hicieron ver lo que nos
pasaría si intentábamos huir.
Pudo
ver claramente el horror en el rostro de Vane. No le gustaba lo que les habían
hecho a los suyos, a pesar de no ser de su misma especie. Apreció que sintiera
compasión por ellos, aun si no los conocía.
—Lo
siento mucho, Night.
—Yo
siento lo de tus padres. Sé que es una muerte dolorosa.
El
humano permaneció unos segundos en silencio, con los ojos entrecerrados. Pudo
oler su rabia en el aire.
—Has
visto lo que es un edificio en la tele, ¿verdad? —Él asintió—. Mis padres
estaban en uno cuando unos hombres pusieron explosivos en él. Pudieron morir
por el impacto, por la caída o aplastados. No quise saber los detalles —explicó con cierta
tensión en la voz, como si la contuviera—. Pero mis hermanos y yo nos convertimos en
soldados para cazar a los malnacidos que lo hicieron.
—Eso
puedo entenderlo —confesó Night, pensando en los compañeros que había perdido a
lo largo de su vida—, yo también quiero dar caza a los humanos que matan a mi
gente —dijo, apretando los puños y con un gruñido retumbando en su pecho.
Vane
colocó una mano en su brazo. Él se sobresaltó, temiendo que fuera a hacerle
daño, pero su toque era suave, de consuelo. Al ver su reacción, el macho retiró
los dedos de su piel. Muy a su pesar, Night echó de menos su contacto. Ningún
humano había intentado hacerle sentir bien antes.
—Lo
siento —se disculpó Vane, manteniendo la distancia de nuevo. Estaban sentados
el uno frente al otro, por lo que no había mucho espacio entre ambos, sin
embargo, no era algo que a Night le molestara. Frunció el ceño, extrañado por
aceptar al humano cerca de él—. Encontraremos a tu gente y esos hombres pagarán
por lo que os han hecho, ya lo verás. Solo necesitamos tiempo.
Sus
palabras le distrajeron e hicieron que se centrara en lo que más deseaba
aprender.
—Entonces,
¿puedo aprender a pelear?
Vane
asintió.
—Max
te enseñará la formación básica: lucha cuerpo a cuerpo, con cuchillo, y también
a disparar. Con eso puedes formar parte del equipo de rescate. Más tarde, si
quieres, podrás especializarte en algo…
—¿Por
qué no me enseñas tú? —preguntó, un tanto decepcionado. Pese a que Max parecía
ser también un buen humano, prefería a Vane. Era más suave y calmado, parecía
ser consciente de lo extraño y nuevo que era todo para él. También era con
quien más había hablado, se sentía cómodo a su lado.
El
macho le dedicó una mirada de disculpa. Aún se le hacía extraño.
—Ahora
mismo no estoy en condiciones.
Night
frunció el ceño. Ya le había dicho eso antes, cuando le mostró el gimnasio.
—Has
dicho lo mismo esta mañana. ¿Qué quieres decir con eso?
Vane
dudó unos momentos, con la vista apartada, como si estuviera un poco incómodo.
Al final, dejó escapar un suspiro y se quitó la camiseta. Por un instante, le
sorprendió que se quitara la ropa delante de él, teniendo en cuenta que a los
humanos no les gustaba quitársela delante de un extraño. Sin embargo, lo olvidó
rápidamente al ver el torso desnudo del macho. Palideció.
—¡Estás
herido! —exclamó y se abalanzó sobre él para analizar el daño. Su costado, la
mitad del pecho y gran parte de su brazo izquierdo estaba cubierto de sangre.
Esta ya se había secado y había adoptado un intenso color negro.
¿Por
qué estaba herido? ¿Y por qué Ethan no le había curado? ¿No se suponía que él
era médico? ¿Acaso no le importaba Vane? ¿Por qué no había dicho nada?
Terminó
tumbando al humano sobre el colchón, con él encima y la cara pegada a su piel
malherida. Le alarmó no oler a sangre, a pesar de que la tenía delante. Sabía
que su olfato estaba bien, lo había usado constantemente durante esos dos días
y había comprobado que actuaba como siempre. Entonces, ¿qué le ocurría a Vane?
Este
le frotó los brazos en un intento de calmarlo. Lo miró a los ojos. No había
dolor o angustia en ellos, sino más bien un poco de sorpresa.
—Tranquilo,
Night. No es una herida. Se llama tatuaje.
Él
arrugó el ceño, sin comprender. Vane le sonrió.
—Un
dibujo es una forma que creas sobre una superficie. Puede ser con la mano o con
otras cosas. Un tatuaje es un dibujo que te haces sobre la piel y que no
desaparece.
Eso
lo tranquilizó un poco y retrocedió, dejando que Vane se sentara de nuevo. Este
le dedicó una sonrisa que pretendía calmarlo, aunque Night seguía un poco
confuso, tanto por su exagerada preocupación al ver que el macho humano estaba
herido como por el extraño dibujo.
—¿Por
qué lo tienes? —decidió preguntar, intrigado y poco dispuesto a pensar en por
qué Vane empezaba a importarle.
El
hombre hizo una mueca incómoda y bajó la vista. Su expresión le hizo saber que
no era un buen recuerdo.
—¿Recuerdas
lo que te conté sobre mi hermano Shawn?
Night
frunció un momento el ceño y asintió.
—Fue
el macho al que encerraron y torturaron, como hicieron con mi gente.
Vane
hizo un gesto afirmativo.
—Mis
hombres y yo fuimos a salvarlo. Estaba tan preocupado por él que no me percaté
de que había una mina escondida en el suelo. —Hizo una pausa y pudo oler su
dolor en el aire, sorprendiéndolo—. Estalló y recibí parte del impacto —dijo
mientras se tocaba la zona donde tenía el tatuaje—. Parte de mi brazo, mi
pectoral y costado izquierdos quedaron destrozados por quemaduras muy graves,
no era algo digno de ver. Así que, en cuanto estuve recuperado, me hice un
tatuaje para taparlo.
Night
asintió, impresionado por el dibujo, y se acercó un poco más para poder verlo
mejor. Sin embargo, recordó en el último momento que estaría muy cerca del
humano y lo observó con recelo. Vane solo sonrió y estiró el brazo en su
dirección, permitiéndole contemplar el tatuaje sin que tuviera que acercarse
demasiado. Eso le hizo sentirse un poco más seguro a la hora de levantar una
mano y tocarle el bíceps. Pese a su buena musculatura, pudo notar la rugosidad
de la piel. Se dio cuenta con tristeza de que se trataba de las cicatrices de
las quemaduras. Algunos de los suyos también tenían esas marcas.
—¿Te
duele? —le preguntó, retirando la mano de repente al recordar que tal vez aún
era doloroso para él. Afortunadamente, Vane negó con la cabeza.
—Ya
no, pero no puedo mover bien el brazo —dicho esto, hizo una serie de
movimientos, permitiéndole ver que no podía levantarlo del todo ni estirarlo
hacia atrás tanto como él podría hacerlo—. Por eso yo no puedo enseñarte a
pelear.
Eso
hizo que Night se sintiera un poco mal. Había pensado en matar a un macho que
no podía defenderse. No es que los humanos que él había conocido pudieran
hacerle frente, los médicos y los técnicos eran débiles, pero ellos le habían
hecho daño mientras estaba retenido. Él había estado indefenso mientras había
estado encadenado en una jaula, sin oportunidad de defenderse. Vulnerable.
Impotente. La idea de poder hacerle daño a Vane cuando él no tendría ninguna
oportunidad de luchar le resultó repugnante.
De
repente, todos sus instintos se concentraron en proteger a ese macho. Ahora
entendía que, al estar herido, era el miembro más débil de su grupo. Era su
deber cuidar de él hasta que estuviera recuperado por completo.
Eso
hizo que una idea aterradora cruzara su mente.
—¿Te
pondrás bien?
Vane
hizo una mueca que lo puso en alerta.
—Ethan
hace lo que puede, pero lo más probable es que no pueda recuperar toda la
movilidad del brazo.
Night
perdió todo el color de la cara.
—¿Van
a matarte?
El
humano abrió los ojos como platos.
—¿Qué?
¡No! ¿Por qué piensas eso?
Bajó
la vista un momento, confundido por su respuesta. Creía que…
—Los
médicos los mataban —dijo en un susurro, levantando la vista. Vane lo miraba
sin comprender—. A algunos de los míos les dan palizas brutales que los dejan
inútiles de un brazo o una pierna. Desaparecen poco después. Yo sé que los
matan.
El
macho abrió la boca sin pronunciar un sonido. Vio en sus ojos que estaba
horrorizado y pudo oler su rabia en el aire. Tras unos segundos, sacudió la
cabeza, cerró un momento los ojos e inspiró hondo. Night supo que estaba
intentando contener la ira, él mismo había hecho ese gesto muchas veces cuando
los médicos amenazaban con hacer daño a una de las hembras que le traían si no
hacía lo que le ordenaban.
Vane
por fin abrió los ojos y lo miró fijamente.
—Night,
nosotros no matamos a personas que quedan heridas de por vida. Al contrario,
las ayudamos para que su vida sea un poco más fácil.
De
repente, la presión que había notado en el pecho empezó a aflojarse.
—Entonces,
¿no van a matarte?
—No.
—¿Mi
gente estará a salvo? ¿Incluso los que no puedan volver a moverse?
—Les
ayudaremos, Night, a todos. Tienes mi palabra.
Muy
a su pesar, le creyó. Era la primera vez en su vida que pensaba de verdad que
un humano cumpliría su palabra. En realidad, era la primera vez que confiaba en
uno. Agachó la cabeza, sintiéndose un tanto estúpido e incómodo ante eso, pero,
aun así… se sentía agradecido.
—Gracias,
Vane. De verdad.
Él
le sonrió.
—Los
encontraremos, ya lo verás. Solo es cuestión de tiempo.
Night
se atrevió a curvar los labios hacia arriba. Después, sin embargo, su atención
volvió al tatuaje de Vane, observándolo con curiosidad. Ahora que lo veía bien,
era interesante, y lo cierto era que le parecía hermoso en el brazo del macho.
—Me
gusta tu tatuaje.
Vane
se tocó el pecho donde tenía parte del dibujo.
—Dolió
un poco cuando me lo pusieron, pero al menos es mejor que tener las quemaduras
—dicho esto, se le iluminó la cara—. Eh, ¿quieres ver el que tengo en la
espalda? Es un poco diferente.
Night
asintió, animado. Vane se dio la vuelta para que viera bien el dibujo de su
espalda, cuyas líneas azules surcaban su piel dorada. Se quedó con la boca
abierta al identificar lo que era.
—¡Es
un perro!
—En
realidad, es un lobo —le dijo Vane por encima del hombro con una sonrisa—. Los
lobos son como los perros, pero más grandes. —De repente, apareció un brillo en
sus ojos—. Cuando llegue el invierno, habrá manadas por aquí. Las manadas son
grupos de lobos.
—¿Podré
verlos? —Debía reconocer que los animales lo fascinaban, estaba ansioso por
saber qué tipos había y si serían muy diferentes a los humanos o a su gente.
—Te
llevaré a verlos, pero tendremos que ir con cuidado. Pueden ser peligrosos en
grupo, debemos ser sigilosos. —Hizo una pausa, pensativo—. Podría ser un buen
entrenamiento, aprenderías a pasar no hacer ruido y pasar desapercibido.
Night
sonrió. Se sentía tranquilo ahora que creía sinceramente que Vane tenía buenas
intenciones con él y su gente, y estaba deseoso por aprender todo lo que
pudiera enseñarle. Contempló el tatuaje del lobo, pensando en lo bien que se
veía en la espalda perfecta del macho humano. Era ancha en los hombros, pero se
estrechaba conforme sus ojos se deslizaban hacia su cintura. Sintió el
irrefrenable impulso de acariciarle, quería saber si era tan suave como
parecía, y cómo se sentiría tenerla bajo sus dedos. Ese pensamiento le resultó
extraño, así que lo apartó de su mente y se centró en el tatuaje.
—Creo
que me gustaría tener un tatuaje —comentó, frunciendo el ceño.
—Ten
en cuenta que es para toda la vida.
—Me
gustaría tapar esto —dijo a la vez que se quitaba la camiseta. La dejó a un
lado y se señaló el pecho, donde llevaba su número—. No quiero volver a ser una
cosa.
Vane
le dedicó una mirada comprensiva.
—Lo
entiendo —dicho esto, se quedó pensativo, mirando su número—. Oye, Night, ¿la
palabra Mercile tiene algún significado para ti?
Él
arrugó la frente, sin entender.
—No,
¿debería?
—Es
lo que pone junto a tu número… —Entonces, Vane abrió los ojos como platos y se
levantó de un salto de la cama, asustándolo. Lo vio moverse por su habitación
hasta un pequeño sofá que tenía a su derecha, donde reposaba un portátil
blanco. Aún no había tenido la oportunidad de utilizarlo, ya que no sabía leer
ni escribir todavía, pero Vane le había explicado que, cuando aprendiera,
podría usarlo para saber más sobre su mundo.
Cuando
el macho volvió a la cama, Night le preguntó con inquietud:
—¿Pasa
algo malo?
—No,
Night, es algo bueno, muy bueno —le respondió con una gran sonrisa—. Creo que
ya sé cómo encontrar a tu gente.
En
ese instante, su corazón se detuvo por un instante. Se puso al lado de Vane,
sin importarle esta vez que sus cuerpos se tocaran, para ver lo que hacía con
el ordenador.
—¿Cómo?
—jadeó.
—¿Recuerdas que las
personas ponen números a sus cosas? —Él asintió—. Vale, pues normalmente
también les ponen sus nombres, para indicar que les pertenecen, ¿entiendes lo
que quiero decir?
—Sí
—gruñó—, es como si mi gente fuera propiedad de los médicos.
—Bien,
pues creo que a ti te han puesto el nombre de las personas que os tienen
retenidos. Y si conozco su nombre, puedo encontrar información sobre ellos,
incluso podría saber dónde están, y si conozco su ubicación…
—… sabrás dónde está mi gente —terminó de deducir Night, sintiendo cómo la esperanza invadía cada recoveco de su cuerpo.

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