Capítulo 29. La llama del miedo
El chasquido de la puerta de las mazmorras advirtió a Sasuke de que alguien
había ido a hacerle una visita.
Abrió los ojos, solo un poco, lo justo para ver la sucia pared de piedra
que tenía enfrente, con varios grilletes enganchados a las rocas, idénticos a
los que él llevaba en las muñecas, que se alzaban por encima de su cabeza.
Mientras escuchaba los pasos que se acercaban hasta su celda, comprobó su
estado. Los soldados lo habían despojado de su ropa salvo los pantalones y la
camisa de manga larga, también le habían permitido conservar sus botas. Para
ser un prisionero, lo estaban tratando bastante bien, no querían que se
resfriara con el tacto frío del suelo de piedra y, aparte de la incomodidad de
tener que estar sentado con los brazos en alto, no le habían hecho más daño que
el de los golpes que había recibido cuando se había resistido.
Tal y como pensaba, lo querían vivo. Era un rehén demasiado valioso.
Los pasos se detuvieron frente a los barrotes de su celda. Pese a que su
visita no le sorprendía, sí le extrañaba que fuera a verlo el primero.
Mizuki apareció ante él con una amplia sonrisa llena de satisfacción en el
rostro. Iba bien vestido y perfumado, como un noble de la más alta alcurnia, y
se había cortado el cabello, que llevaba liso y peinado. Como si acudiera a
algún evento importante.
—Vaya, mira a quién tenemos en una sucia celda esta vez —dijo. Su tono
tenía el mismo aire de superioridad que destilaba el resto de su persona, desde
los mechones de pelo recién lavados y secados hasta las puntas de los zapatos
de piel.
Y, aun así, Sasuke sonrió con arrogancia.
—Desde luego, no a la persona que
querías.
De repente, algo cambió en el rostro de Mizuki. Su expresión seguía siendo
la misma, pero hubo un gesto, tan sutil como efímero, que le hizo pensar que su
enemigo acababa de cubrirse con una máscara.
Ahora podría verlo. Por subestimarlo en el pasado debido a su falta de
fuerza física, no lo consideró la amenaza que era para Naruto y para él, y, a
causa de ello, podría haber perdido a su rubio más de una vez. Así que ahora no
se perdería ni una palabra, ni un cambio en el tono de voz, ni una arruga en la
frente, una boca torcida, una vena latiendo. Su mente estaba centrada por
completo en analizar todo cuanto veía y escuchaba de Mizuki. Tenía que hacerlo
para prever su próximo movimiento, para mantener a salvo a Naruto, aun a costa
de su propia vida.
Aunque, por el momento, no parecía que iba a morir. Y se hacía una idea de
por qué.
—Admito que ha sido una sorpresa no ver a Naruto contigo —dijo Mizuki
despacio, como si calculara cada palabra. Pese a que su sonrisa arrogante no
desaparecía de su rostro, sus pequeños ojos se clavaron en él con rabia—.
¿Problemas matrimoniales?
Sasuke también mantuvo los labios curvados hacia arriba.
—En absoluto. Él es mucho más valioso que yo. Sospechaba que no era a mí a
quien queríais.
—Entonces, ¿Naruto no iba en tu barco?
—Aunque lo hubierais alcanzado, no lo habríais encontrado —declaró el
Uchiha con orgullo. Se alegraba de que, por una vez, y a pesar de estar él en
una celda, las cosas habían salido tal y como las había planeado.
Mizuki entrecerró los ojos.
—No importa. Ambos sabemos que vendrá a por ti.
Sasuke borró su sonrisa y sus ojos se volvieron fieros.
—Y ambos sabemos que tenéis todas las de perder.
—Con el Reino del Hielo fuera del tablero, no lo creo.
—El invierno acabará pasando en algún momento —le advirtió Sasuke—, y,
cuando eso ocurra, mi familia estará lo bastante cabreada como para arrasar
este país.
—No lo dudo —dijo Mizuki, sonriendo con satisfacción—, pero, ¿sabes una
cosa? El invierno es largo, Uchiha, y me da tiempo suficiente para que el
pequeño creador muerda mi anzuelo. Y eso si el Reino del Fuego no me lo sirve
en bandeja de plata.
Sasuke apretó los labios.
—Tsunade y el Consejo jamás te lo entregarán.
—No, pero los nobles del reino tienen sus intereses, y resulta que les
caigo mejor que tú.
Él soltó una carcajada.
—¿Tú? Querrás decir Orochimaru. Has montado todo esto desde las sombras,
como siempre haces, así que nadie tiene ni idea de que el bastardo de Jiraiya
está detrás de todo esto, porque, si se supiera, no lo aceptarían tan
fácilmente, ¿no es así? —Su sonrisa se ensanchó con malicia—. Después de todo,
no te aceptaron como pretendiente de Naruto porque estáis emparentados.
La máscara de Mizuki se hizo pedazos. Su rostro se contrajo por la rabia.
—Lo aceptarán en cuanto sepan lo que les ofrezco.
—¿Y qué es? ¿El libro de los Tiranos? —Se rio en cuanto vio la palidez de
Mizuki. Bien, esta vez, estaba viendo todos sus planes.
—No sé de qué me hablas. —Su tono intentó ser firme, pero cometió el error
de vacilar.
Sasuke seguía sonriendo.
—Deja de intentar jugar conmigo, Mizuki. Es el único modo de que sepas
acerca del ciclo fértil de Naruto. Por eso alejaste a las sacerdotisas de él,
para dejarlo vulnerable y aprovecharte de su situación, porque era el único
modo de convertirte en rey, a pesar de la opinión de Tsunade y de vuestro
parentesco. —Ladeó la cabeza, observándolo con atención—. No compartiste en su
día la información que tenías del libro de los Tiranos porque es demasiado
valiosa y alguien más podía aprovecharse de esa ventaja. Pero, ahora que has
sido expulsado, no tienes más remedio, ¿no es así? Por eso Orochimaru te trata
bien —dijo, echándole un vistazo de arriba abajo—. Has compartido información
con él.
Mizuki apretó los puños.
—Y yo que creía que ya no te subestimaba. Eres más inteligente de lo que
pensaba.
Sasuke clavó sus negros ojos en él. Esbozó una sonrisa siniestra.
—Yo estaría más preocupado por Naruto. Lo subestimas si crees que los
nobles podrán entregártelo.
—Son pocos los que quieren que las cosas cambien en el reino. Su situación
actual les beneficia y saben que Orochimaru comparte sus ideales. Habrá una
guerra civil si Naruto se opone a un nuevo matrimonio y él lo sabe —dicho esto,
sonrió con descaro—. Y nuestro pequeño creador jamás haría nada que pudiera
perjudicar al pueblo.
—Y eso incluye impedir un matrimonio con Orochimaru —le recordó Sasuke,
devolviéndole el gesto con condescendencia—. Te lo repetiré una vez más,
subestimas a Naruto.
Mizuki se encogió de hombros.
—No importa. Aunque los nobles no me hagan el trabajo sucio, Naruto vendrá
a por ti.
—Por eso estoy vivo —dijo Sasuke.
El otro hombre apretó los labios.
—Contabas con ello.
—Por supuesto.
—No creas que por eso vas a tener una estancia agradable aquí —lo amenazó
Mizuki.
El Uchiha curvó los labios hacia arriba con lentitud en una sonrisa cruel.
Sus irises, negros como las profundidades abisales, lo miraron con una
peligrosa expectación.
—¿Quieres entrar y hacerme una demostración, rata? —le preguntó con una
inquietante suavidad.
Mizuki se estremeció. Sí, su idea había sido hacerle pagar por haber
seducido a Naruto, darle unos cuantos golpes, tal vez cortarle esas sucias
manos con las que lo tocó… Pero, de repente, sintió que esa celda no era
segura. No para él.
Soltó un resoplido y sonrió de nuevo, altanero.
—Ahora estoy muy ocupado. Tengo que enviarle mi anzuelo al pequeño Naruto
—dijo mientras daba media vuelta para marcharse.
—Ese libro no está completo, ¿verdad?
Las palabras del Uchiha hicieron que se detuviera en seco.
—Lo está —contestó. Por desgracia, hasta él se dio cuenta de que su tono
era tenso.
El del príncipe del Hielo, por otro lado, era divertido.
—Ya veo. Faltan muchas páginas, ¿no es así?
Mizuki se giró para mirarlo. Esa maldita sonrisa arrogante no desaparecía
del rostro de ese cabrón.
—Por eso subestimas a Naruto —le dijo. Y, aunque parecía imposible, su
sonrisa se ensanchó—. Y por eso vas a perder.
Él apretó los puños.
—Te equivocas. Gracias al libro de los Tiranos lo sé todo sobre los
creadores. Y en cuanto Naruto ponga un pie en este reino, será mío.
Sasuke torció los labios, socarrón.
—No podrás doblegarlo. Ni tú ni nadie.
—Eso ya lo veremos —dijo Mizuki con furia antes de salir de las mazmorras a
paso rápido. El príncipe se sonrió, satisfecho, aunque no tardó en curvar los
labios hacia abajo y agachar la cabeza, ahora que volvía a estar solo.
Pese a que tenía confianza en las habilidades de Naruto, no pudo evitar
preocuparse por él. Él era, desde luego, un buen rehén para hacer que su rubio
fuera al Reino de la Hierba, no dudaba lo más mínimo de que acabaría viniendo
incluso aunque el Consejo y Tsunade se lo prohibieran, se las ingeniaría para
escaquearse de algún modo.
Conociendo a su rubio, que bajo ningún concepto pondría a su pueblo en
peligro, trataría de infiltrarse en el castillo de algún modo. Lo había visto
dando saltos imposibles con una precisión exacta y podía ser sigiloso cuando
quería, además de que ya había visto lo que era capaz de hacer con una espada.
Sí, Kurogane lo había entrenado para ser capaz de hacer frente a cualquier
cosa.
Pero, aun así, Mizuki no le había dicho qué era exactamente el anzuelo. Sí,
le usaría a él para que llegara hasta allí, sin embargo, ¿cómo lo haría para
que Naruto se entregara de forma voluntaria? Siempre podría hacer correr entre
el reino el rumor de que iba a ser ejecutado o trasladado a alguna parte, tal
vez eso sería suficiente para hacerlo caer en una emboscada.
Sacudió la cabeza. Naruto era consciente de que él era el objetivo de
Orochimaru y, si Sai era rápido, le llegaría su mensaje de que estaba bastante
seguro de que Mizuki estaba compinchado con él, por lo que su rubio también
podría deducir lo de la emboscada. Además, ni siquiera él sabía hasta dónde
llegaban los poderes de su esposo. Si era capaz de fertilizar toda una isla, y
de destruirla si era incapaz de contener su poder…
Se estremeció. Naruto era el creador de un dios guerrero del fuego. Un
elemento cambiante e impredecible, que bien podía darte luz y calor o quemarte
junto a todo lo que hay a tu alrededor.
Sospechaba que era mucho más poderoso de lo que quería admitir. Eso lo
aliviaba.
Sin embargo, el bienestar de su reino dependía de que Naruto no cediera al
chantaje, de ninguna de las maneras. Y temía que no estuviera dispuesto a
sacrificarlo, que el miedo lo cegara como la última vez que lo vio.
Cerró los ojos y apretó los puños.
—Ya he hecho todo lo que podía hacer por él, Kurama. Así que, por favor,
protégelo a él y al reino. No permitas que Mizuki y Orochimaru se salgan con la
suya —rezó en voz baja, deseando que su plegaria llegara hasta el dios a pesar
del mar que los separaba.
Los gritos de una acalorada discusión invadían la sala de reuniones del
palacio del Reino del Fuego. Tsunade aullaba enfurecida junto a Iruka, Neji,
Kiba y Choji, Shikaku y su hijo trataban de razonar con los otros nobles en un
tono alto y lleno de reproche mientras que Shizune y Hiruzen trataban de poner
orden en la estancia. Gai y Lee, pese a tener las caras rojas, ansiosos por
unirse a la discusión en favor de su reina, se mantenían callados y más firmes
de lo habitual.
Pero Korin solo observaba a Naruto, que yacía sentado con las manos
enlazadas, apoyando el mentón sobre ellas. Cualquiera habría dicho que su
mutismo se debía al horror ocasionado por la carta que había llegado aquella
mañana, del puño y letra de Orochimaru, en la que anunciaba que Sasuke había
aceptado su responsabilidad y que se casaría con su hija Karin para hacerse
cargo del niño que estaba en su vientre. Además, añadía que estaba dispuesto a
limpiar el honor mancillado de Naruto casándose con él, comentando que era lo
que Sasuke desearía.
El tono de la carta era formal y respetuoso. Pero eso último era una
amenaza velada. Y el hecho de que no fuera Sasuke quien hubiera escrito la
carta, lo que le habría dado más realismo a la historia, dejaba bastante claro
que se trataba de una provocación.
Quedó confirmado que Orochimaru quería un conflicto, y a Naruto.
Pero, para la sorpresa de Tsunade y el Consejo, el heredero al trono actuó
con una gélida tranquilidad. Sin armar el más mínimo escándalo, declaró que
escribiría de inmediato una carta a Fugaku Uchiha contándole lo ocurrido para
que se preparara. Todos sabían de antemano que el rey del Hielo estallaría en
cólera y que, durante ese invierno, prepararía la flota más temible del mundo.
Después, preguntó a los consejeros si estaban todos de acuerdo en que el
Reino del Fuego debía acudir en ayuda de Sasuke, dado que era su futuro rey.
Por supuesto, todos estuvieron de acuerdo, aunque Shikaku advirtió que el
grueso del ejército debía permanecer en el reino, pues, a pesar de que no había
indicios, temía que Orochimaru tuviera algún plan para atacar su tierra.
Eso significaba que debían recurrir a los nobles para enviar fuerzas en
ayuda de Sasuke. Porque nadie del Consejo ni la familia real confiaba en dejar
a estos la defensa del país ante Orochimaru por temor a que, como se
demostraría más tarde en la reunión, tuvieran intención de aunar fuerzas con él
para preservar unos ideales que les beneficiaban. Bien podían hacerse con el
control del reino mientras el ejército real, comandado por Gai y leal a Tsunade
y Naruto, se encontraba fuera.
Sin embargo, también quería decir que el enfrentamiento directo con la
nobleza había llegado. Pese a que unas pocas casas como los Hyuga, Nara,
Yamanaka, Akimichi y el clan de Kiba los apoyara, no eran suficientes para el
rescate de Sasuke. Porque eso suponía una guerra con el Reino de la Hierba e ir
con pocas tropas era un suicidio. Puede que los soldados del Fuego, gente que
había nacido y se había criado en el mar, tuviera ventaja en batallas navales,
pero el problema era que lucharían en el terreno de su adversario y, Shikaku
estaba seguro, Orochimaru procuraría que lucharan en tierra, pues su país era
llano y perfecto para su caballería.
Si bien había encontrado unas cuantas estrategias para contratacar, era
imposible hacerlo con pocas tropas. Ya tenían que renunciar a gran parte del
ejército real para prevenir una invasión sorpresa, no podían permitirse perder
a la nobleza.
El Consejo dudaba de que se pusieran de su lado, sospechaban que muchos
aprovecharían la situación para sus propios intereses. Aun así, Naruto, con
total frialdad, ordenó llamar a todos los líderes de las casas nobles para una
reunión donde tendría lugar el enfrentamiento que podría llevarlos a la guerra
civil.
Tsunade se lo recordó a Naruto. Le dijo que ella lucharía hasta el final
para ayudar a Sasuke, pero que no olvidara el peligro que corrían en ese
encuentro. El creador le dijo, sin levantar la voz, que era consciente y que
estaba preparado.
Korin lo sabía desde hacía tiempo. Poco después de que Sasuke zarpara,
había notado un extraño comportamiento en su señor. Al principio, sus ojos
irradiaban ira, una furia visceral que amenazaba con quemar todo cuanto le
tocara. Luego, sin embargo, esa rabia se contuvo bajo una capa de hielo. El
príncipe se volvió más callado y una mirada calculadora apareció en sus irises.
A veces, se quedaba observando la nada durante sus quehaceres, pensativo.
Ella estaba presente cuando les llegó la noticia de la carta. Naruto ni
siquiera se inmutó, como si ya lo esperara. Tampoco lo vio sobresaltarse un
ápice al escuchar la velada amenaza de Orochimaru. Solo apareció un brillo
rojizo en sus irises.
Él ya sabía que aquello sucedería. Después de todo, desde el principio
habían sabido que era una posibilidad. Aun así, Korin había esperado una
reacción más violenta por su parte.
Por eso ahora lo observaba con atención, a la espera de que llevara a cabo
ese plan que había estado maquinando en su cabeza desde la partida del príncipe
Uchiha.
—¡No hay ningún motivo para iniciar una guerra! —gritaba un anciano noble.
—¡Ahora nuestro príncipe ha perdido su honor! ¿Qué vamos a hacer? —rugió
otro hombre.
—¡Todo esto es culpa de ese canalla! ¡Sabía que acabaría husmeando detrás
de una mujer!
—¡Hay que buscar otro pretendiente de inmediato!
—¡Orochimaru se ha ofrecido!
—¿Y por qué él? ¡Es un extranjero!
—¡Tendría que estar con alguien de su reino!
—¡Sí! ¡Eso es!
—¡Si lo entregamos a Orochimaru repararemos la deshonra!
Por fin, Naruto se recostó en el respaldo de su silla y llamó a Gai con la
mano. Con todo el escándalo, Korin no pudo escuchar qué decía, pero fue
evidente cuando el hombre tomó aire y rugió con una voz atronadora:
—¡SILEEEENCIOOOOO!
El golpe que dio en la mesa con el puño ayudó bastante a restaurar el
orden. Naruto inclinó la cabeza a modo de agradecimiento.
—Gracias, Gai —dicho esto, sus ojos se pasearon por los nobles que,
claramente, estaban en su contra—. Caballeros, ya hemos expuesto las razones
por las que estamos seguros de que Sasuke Uchiha haya sido secuestrado —dijo
despacio y con frialdad. Aun así, su tono era contenido.
—¡Razones absurdas! —masculló el anciano haciendo revolotear sus manos
sobre la mesa—. Nada nos asegura que las cosas no sean tal y como dice la carta
del rey Hebi.
Shikamaru se levantó de su asiento y apoyó las manos sobre la mesa.
—Sasuke Uchiha no es ningún cobarde. Si hubiera hecho algo de lo que afirma
el rey, habría escrito él mismo una carta.
—¿Y qué sabremos nosotros? —farfulló un hombre cincuentón grande y
robusto—. Ese mocoso abandonó su país para vender su espada al mejor postor y
copular con quien se pusiera de por medio. Hizo lo que quiso hasta que Fugaku
Uchiha le impuso su voluntad. ¿Cómo podemos saber que no está haciendo lo mismo
ahora?
—Su comportamiento en este reino ha sido ejemplar —intervino Tsunade con
firmeza—. Participó durante la pandemia que afectaba a los niños, se opuso a
que se rompieran las leyes divinas y protegió al príncipe del traidor de
Mizuki.
—Sí, pero esa mujer del Reino del Hielo también se acostó con él —dijo un
hombre más joven, mirando a Naruto con malicia—. Todo el mundo sabe que ella
intentó seducirlo, pero ¿cómo sabemos que no sucumbió a sus encantos? Solo
tenemos el testimonio de nuestro creador.
Korin apretó los puños con rabia. Naruto, en cambio, contempló al noble con
los ojos entrecerrados.
—¿Quieres acusarme de algo?
El hombre alzó las manos en señal de rendición, aunque sonreía burlón.
—En absoluto, mi príncipe.
Korin odió el tono meloso con el que pronunció el título de su señor. De
forma instintiva, llevó su mano a la empuñadura de su espada. La mano de Lee
hizo que lo mirara y que este moviera la cabeza a un lado y a otro, pese a que
vio en sus ojos que estaba tan molesto como ella. Tuvo que reprimir un gruñido.
—Solo digo —continuó el noble joven— que es comprensible que sintiera
desconfianza.
Naruto levantó una ceja.
—Si crees que me inventé algo como que Sakura Haruno profanó nuestro lugar
sagrado por celos, tal vez deberías tener más cuidado con lo que dices.
Todos se quedaron callados. Ni Tsunade ni ningún miembro del Consejo
esperaba esa respuesta, Neji, Choji y Shikamaru tampoco. Hasta Kiba y Lee se
habían quedado con la boca abierta.
El noble joven se levantó de su asiento con la boca torcida.
—¿Me está amenazando?
Naruto también se puso en pie con lentitud. La mirada de sus ojos cambió.
Sus gélidos irises azules tenían un brillo peligroso.
—¿Y tú?
Al escuchar ese tono, Korin, Lee, Gai, Kakashi y Obito avanzaron un paso
con decisión. Todos tenían las manos sobre sus espadas.
Naruto ladeó la cabeza, sin apartar sus inquietantes ojos del noble.
—¿Y bien?
El joven apretó los labios, pero se sentó despacio. Los guardianes de
Naruto volvieron a retroceder, y, esta vez, todos sonreían.
Por otro lado, el noble anciano miró al creador frunciendo el ceño.
—Alteza, este trato es intolerable. Nuestras casas han servido fielmente a su
familia durante siglos.
—¿En serio? —preguntó Naruto, que, lejos de sentarse, empezó a pasearse
alrededor de la larga mesa—. Qué curioso, no recuerdo haber visto esa lealtad
en esta reunión. Tanto la reina como el Consejo os dicen que vuestro futuro rey
ha sido secuestrado y solo escucho chorradas acerca de con quién vais a
casarme. Como si pudierais elegir por mí.
El anciano se levantó airado.
—¿Acaso cree que vamos a ir a la guerra por un calentón?
—¡¿Calentón?! —gritó Kiba indignado, asesinando con la mirada al anciano.
Sin embargo, antes de que pudiera exigir algún respeto por su amigo, Naruto,
inmutable, respondió:
—No. Lo haréis porque os lo ordena vuestro rey. Porque, por si lo habéis
olvidado, yo soy el heredero al trono y me debéis esa lealtad de la que
hablabais.
—¡Sigue sin ser motivo para…!
—Os recuerdo que esto es una monarquía —lo interrumpió el creador sin
detener su paso lento alrededor de la mesa, a pesar de que sus ojos no se
apartaban del noble—. Vosotros no decidís nada, ni siquiera mi matrimonio. Aquí
los que reinamos somos mi abuela y yo, vosotros solo tenéis que obedecer. Para
discutir nuestra forma de gobernar ya está el Consejo, lo que nos lleva de
nuevo a la misma cuestión que antes —dicho esto, se detuvo. Sus irises ahora
tenían un brillo rojizo—. Os hemos dado una orden directa con el consentimiento
del Consejo y os negáis a acatarla, así que, ¿para quién es vuestra lealtad?
¿Para mi familia o para Orochimaru?
El hombre cincuentón frunció el ceño.
—¿Qué intenta decirnos?
—Que Orochimaru violó nuestras leyes sagradas, calumnia a vuestro rey
haciendo correr rumores falsos y secuestra a mi prometido, que, además, forma
parte de una familia real que ha sido nuestra aliada desde hace más de dos
generaciones. Y aun así estáis más interesados en aceptar la palabra del
enemigo que la mía. Dudo de vuestra lealtad —afirmó con dureza, fulminándolos
con la mirada— y ya hemos tenido suficientes traidores en este reino como para
ser compasivos.
—¿A qué…? —balbuceó el joven—. ¿A qué se refiere?
—A que declaro a Orochimaru como enemigo del Reino del Fuego y que
cualquiera que obre en su beneficio es un traidor. —Los nobles empezaron a
murmurar protestas, pero Naruto las acalló de golpe—. Korin —la llamó.
La joven se adelantó un paso al instante.
—Mi señor.
—Si señalo a alguien, es porque lo considero un traidor. Me traerás su
cabeza, ¿entendido?
Los nobles tartamudearon más fuerte, esta vez de terror. Sin embargo, todos
y cada uno de ellos observaban a la guerrera, que, pese a estar impasible, por
dentro no hacía más que sonreír.
—Por supuesto, mi señor. ¿Quiere que se las ofrezca en bandeja de oro o de
plata?
—¡Esto es intolerable! —bramó el anciano noble.
Naruto le lanzó una mirada asesina que hizo que el hombre temblara. Sus
ojos ya no eran azules, eran rojos como la sangre. Y todos percibieron ese
siniestro e inexplicable cambio.
—Lo que es intolerable es que vosotros, mentirosos traidores, hayáis
mancillado el legado de mis padres —dijo, rezumando veneno en cada palabra.
De repente, las antorchas de la estancia se encendieron con una vibrante
llamarada. Todo el mundo se asustó por el sonido, removiéndose inquieto en el
asiento al ver cómo el fuego bailaba vivaz. El único que no se inmutó fue el
creador, que se detuvo en el extremo opuesto de la mesa. Sus pupilas rasgadas
se detuvieron feroces en cada uno de los nobles que pretendían arrebatarle lo
que había pertenecido a su familia durante milenios. Quería que lo supieran,
que vieran que algo en él no era del todo humano.
—Utilizasteis vuestra influencia y al Consejo para amenazar con la guerra a
mi abuela si no imponía las leyes que tanto os benefician —continuó despacio,
pero destilando el mismo desprecio y odio, el que había contenido toda su vida—.
Luego intentasteis casarme con alguien que os convenía, como estáis intentando
hacer ahora. Si aceptasteis a Sasuke a pesar de los ideales de su reino fue o
bien porque me despreciaría y huiría, dándoos una nueva oportunidad para
emparejarme con alguien de vuestras familias, o porque creísteis que sería
fácil de manipular si cumplíais con sus caprichos. Supongo que el antiguo
Consejo os convenció de ello, ¿no es así?
Las llamas de las antorchas se retorcieron y alzaron, creando sombras
titilantes en las paredes de piedra. Por las ventanas se filtraba la luz
anaranjada del atardecer, sumiendo la estancia en una extraña ambientación de
inquietantes colores rojizos, como si auguraran un baño de sangre que se
reflejaba en los aterradores ojos del creador.
Nadie se atrevió a hablar. Hasta Tsunade, el Consejo y los amigos de Naruto
sentían esa tensión. La sensación de que en cualquier momento algo estallaría
en el rubio. Algo tan imparable como letal, violento y devastador. En el fondo,
todos lo habían sospechado, y no eran pocos los que habían tenido la seguridad
de que, en algún momento, acabaría imponiéndose. Acabaría por revelar su fuerza
y capacidad de liderazgo. Sin embargo, jamás habían esperado que también daría
a conocer su auténtica naturaleza. Los secretos que había guardado tan
celosamente incluso de su propia familia.
Pero sus ojos no mentían. Ni tampoco el fuego que seguía creciendo.
Finalmente, el creador volvió a pasear la vista por los nobles, muchos de
los cuales agacharon la cabeza. Unos pocos se mantuvieron en actitud
desafiante, entre ellos, el anciano y el cincuentón. Un suave y amenazador
gruñido animal escapó de sus labios. Un estremecimiento recorrió incluso a
Korin y los guardias allí presentes.
—Voy a daros una nueva oportunidad de jurar vuestra lealtad —anunció,
iniciando de nuevo su paseo alrededor de la mesa. Iba en dirección al noble
anciano—. Si creéis que no valgo para reinar porque soy un creador, os dejaré
con vida. Pero os despojarán de vuestros títulos y posesiones, de todos
vuestros privilegios. Podéis marcharos de este reino si queréis, pero solo con
lo imprescindible. No necesito vasallos incapaces de cumplir mis órdenes,
entregaré vuestras tierras a una familia que, a diferencia de vosotros, esté
dispuesta a darme su lealtad.
—No puede hacer eso —farfulló el cincuentón. Aun así, su tono era inseguro.
Naruto esbozó una temible sonrisa.
—Lo hice con Danzo y puedo hacerlo con vosotros. Después de todo, es la
familia real quien imparte los títulos nobiliarios, ¿no es así, Kiba?
—Lo es —respondió su amigo con una sonrisa torcida. Pese a que no era
inmune a esa terrible calma que precedía una masacre, no podía evitar disfrutar
de lo que estaba ocurriendo.
El creador arrastró las uñas por los respaldos de los asientos de las
sillas de los nobles. Los pocos que lo habían desafiado ahora agachaban la
cabeza también. El único que aún no cedía era el anciano, pero se podía
presentir que el miedo estaba haciendo mella en él.
—Siempre podéis desafiarme —añadió Naruto. Su voz era cada vez más ronca y
profunda—. Podéis hacerlo ahora, si lo deseáis. Si uno de vosotros me vence en
combate singular, doy mi palabra de que haré lo que pidáis. Casarme con
Orochimaru o con uno de vosotros e impedir la guerra. Lo que queráis —dicho
esto, se detuvo. Estaba justo detrás del anciano, que empezó a temblar—. Por
supuesto, si tú quieres desafiarme, puedes nombrar a un caballero que te
represente. Los demás también podéis hacerlo, si no os consideráis buenos
guerreros. Pero os recuerdo que me enfrenté al mismo Fugaku Uchiha y que no
salí perdiendo de ese combate, así que escoged con cuidado. Y, si yo gano, os
arrebataré vuestros títulos, tierras, posesiones, todo, y os mandaré al exilio.
—Inclinó la cabeza junto a la del anciano—. ¿Y bien? ¿Algún desafío?
Silencio.
Por primera vez desde que entraron en aquella sala, no hubo nadie que se
atreviera a desafiar la voluntad del creador. Este se irguió de nuevo.
—Lo que pensaba —dijo, regresando a paso lento al extremo de la mesa—. ¿Hay
alguien que quiera retirar sus servicios a la familia real del Reino del Fuego?
—Silencio de nuevo—. Muy bien. Mañana a primera hora iniciaréis los
preparativos para zarpar al Reino de la Hierba. Enviaréis el grueso de vuestras
tropas, solo se quedarán los soldados imprescindibles para mantener el orden y
custodiar vuestras tierras en caso de que Orochimaru nos ataque, ¿he sido
claro?
—Sí, majestad —murmuraron los nobles.
Naruto se detuvo en el extremo de la mesa y apoyó las manos sobre su
superficie.
—Una última advertencia. Si alguno de vosotros conspira contra mi familia,
intenta provocar una guerra o perjudica este reino de algún modo…
Su voz se perdió en el aire. Pero no hizo falta que dijera nada. Las llamas
de las antorchas, sin hacer ruido alguno, se elevaron y retorcieron, girando en
columnas de fuego por la estancia hasta crear un círculo que acorraló a todos
los que estaban sentados a la mesa. Hubo muchos que gimotearon asustados y que
se removieron en sus asientos, pero no se atrevieron a abandonarlos. El fuego
seguía girando, creciendo, cada vez más rápido, virulento. Las llamas se
cernieron por encima de sus cabezas, cubriéndolos, adoptando la forma de
cabezas de zorros de ojos rojos con las fauces abiertas.
Se cernieron sobre los nobles, sus colmillos ígneos rozaron las puntas de
sus cabellos, el olor a quemado impregnó el aire. Y, de repente, el fuego se
desvaneció en una nube de humo negro. Los envolvió, el calor del fuego aún era
perceptible entre la niebla negra, y, cuando esta se desvaneció, todos vieron
que gran parte del extremo de la mesa en el que el creador apoyaba las manos
estaba ennegrecido, con destellos rojizos de brasas entre la madera quemada.
Sin embargo, sus manos estaban intactas.
Los ojos rojos de Naruto desfilaron una vez más entre los nobles.
—¿Aún pensáis en los creadores como gatas en celo? ¿O ya os suenan las
leyendas de los salvajes? Decidme, ¿pensáis que soy un monstruo creado por los
dioses?
Nadie habló. Esta vez, ni siquiera los aliados de Naruto se atrevieron ni a
respirar. Este se irguió.
—Mejor. Así sabréis que, si os amenazo con algo, es porque puedo cumplirlo.
Ahora, retiraos.
Los primeros que se apresuraron en levantarse para salir huyendo fueron los
nobles que, por fin, se habían doblegado ante él. No pronunciaron ni una
palabra, pero a más de uno le temblaban las piernas, hasta el punto de que hubo
unos cuantos que tropezaron al andar.
Los siguientes fueron sus aliados, que, pese a estar más tranquilos, no se
atrevieron a mirar al príncipe. Los amigos de Naruto, en cambio, le dedicaron
miradas significativas seguidas de un asentimiento. No podían negar que el
poder que había demostrado en esa habitación les había aterrado e impresionado,
pero no por ello lo odiaban o pensaban que hubiera algo malo en él.
Simplemente, ahora comprendían algunas cosas, pequeños detalles que les habían
hecho sospechar que ocultaba algo, o por qué no había querido revelarlo hasta
el momento. Incluso Neji le hizo una profunda reverencia en señal de respeto y
lealtad hacia él, Choji le dio una palmadita en la espalda, Shikamaru le sonrió
y Kiba, sin tapujos, lo abrazó y le susurró al oído que ya era hora de que
dejara salir su verdadera naturaleza, y que estaba orgulloso de él.
Solo se quedó el Consejo en la sala de reuniones junto a sus guardianes.
Naruto, por fin, pudo cerrar los ojos y dejar escapar un fuerte suspiro. Al
abrir los párpados, sus irises volvían a ser azul cielo. Y el aura feroz y
violenta que lo había envuelto se había desvanecido.
—Lamento el escándalo —se disculpó con su abuela—. Ni siquiera te he pedido
permiso para hacer todo lo que he dicho.
Tsunade, por otro lado, estaba de lo más sonriente.
—No lo necesitas. Como has dicho, aquí mandamos tú y yo.
Naruto le devolvió una sonrisa un tanto avergonzada. Entonces, su mirada se
topó con la de Gai y Lee. Los ojos de su amigo brillaban de admiración mientras
daba unas silenciosas palmaditas y su padre le dedicó su típica sonrisa de
padre orgulloso y se llevó un puño al pecho antes de hacerle una reverencia.
El rubio relajó su postura. Le había preocupado un poco la reacción de sus
seres queridos al revelar lo que era en realidad.
—¿Era necesario usar el miedo? —preguntó Iruka. Tanto él como Shizune aún
no se habían recuperado de la impresión.
El creador lo miró con tristeza.
—He dejado que Shikaku intentara convencerlos, pero al ver que no servía
para nada y que la discusión no llevaba a ningún lado, decidí intervenir.
Además —su tono se ensombreció—, siempre tendría la duda de que intentaran algo
mientras intentamos rescatar a Sasuke. Era hora de recordarles quién es su rey.
—Por fin te comportas como tal —dijo Tsunade con un asentimiento y orgullo
en la voz.
Naruto se acercó a Iruka y le tocó un hombro.
—Lo siento, no quería asustaros.
El hombre lo miró un momento y después sacudió la cabeza, como queriendo
borrar una sensación. Después, le sonrió a su protegido y le dio un apretón en
la mano.
—Tranquilo, Naruto. Sé que no serás un rey cruel y que esto era necesario
—dicho esto, dudó un momento y se giró hacia Shikaku—. ¿Verdad? ¿O crees que se
resentirán después de esto?
Shikaku ladeó la cabeza, observando a Naruto con atención.
—Lo cierto es que en la reunión me temía lo peor. Incluso amenazándolos con
arrebatarles sus títulos nos arriesgábamos a provocar una guerra civil, ellos
saben que la lucha habría estado igualada. Pero demostrar el terrible poder de
los creadores… Primitivo, pero muy efectivo.
—¿Crees que será suficiente para mantenerlos a raya? —le preguntó Naruto.
Shikaku se apoyó en el respaldo de la silla y cruzó los brazos.
—De repente, resulta que los creadores son tan poderosos como cuentan las
leyendas de los salvajes. Es un factor con el que no contaban y que los ha
impresionado mucho. No olvidarán tus amenazas tan fácilmente, menos habiéndolas
experimentado tan de cerca. Por ahora, servirá, y teniendo que enviar a sus
hombres a la guerra, no podrán hacer ningún movimiento efectivo contra el
reino.
—¿Y durante la guerra? —preguntó Tsunade con los ojos entrecerrados.
—Me ocuparé de que no puedan aliarse contra nosotros en plena batalla
—intervino Hiruzen—. Daré órdenes para que sean minoría en los barcos, nuestros
aliados podrán someterlos con facilidad.
—Controlad también las comunicaciones —aconsejó Shikaku—, toda ave que
entre y salga de este reino debe ser supervisada hasta el día de la partida.
Así evitaremos que conspiren con Orochimaru —dicho esto, se frotó la pequeña
barba del mentón—. Como he dicho, no creo que intenten nada por ahora, al
menos, no antes de sopesar el peligro que representa Naruto, pero debemos ser
precavidos. —Miró al creador con curiosidad—. De encontrar un traidor, ¿serías
capaz de darle un castigo delante de todos?
Naruto levantó la palma de la mano.
—Me está prohibido arrebatar una vida, salvo unas pocas excepciones.
—Y supongo que esta no es una de ellas.
—No —dicho esto, una bola de fuego apareció en la mano del creador—, pero
puedo quemar su fortaleza hasta los cimientos. ¿Bastaría con eso?
Shikaku alzó una ceja, impresionado.
—Bastaría.
—Aun así —añadió Hiruzen—, propongo que los Inuzuka permanezcan en el
reino. No son buenos navegantes, pero temibles en tierra firme. Pueden servir
de apoyo al ejército en caso de que Orochimaru ataque y su experiencia en
tender emboscadas y en terrenos difíciles puede ser decisiva si los nobles
intentan algo.
—Ordénele a Kiba que su gente esté pendiente de ellos por si acaso
—recomendó Shikaku a la reina, que asintió, aprobando la decisión—. Yo me
ocuparé de que ningún barco salga en dirección al Reino de la Hierba o a países
cercanos para evitar que cojan más rehenes o cargamentos importantes —dicho
esto, se frotó la barba—. Ese reino tiene muchos campos, no se morirán de
hambre si dejamos de enviarles suministros. No podremos negociar con eso.
—Mañana nos reuniremos de nuevo para discutir qué estrategia seguir ahora
que tenemos a los nobles —ordenó Tsunade antes de soltar un suspiro—. Está
anocheciendo, todos necesitamos un descanso. Nos lo hemos ganado. —Miró a
Naruto y sonrió—. Sobre todo tú, Naruto.
Él asintió con decisión. Poco después, todos abandonaron la sala y se
retiraron al salón de banquetes a cenar, salvo Naruto, que pidió que le
llevaran la comida a su habitación. Gai y Lee se despidieron de él tras decirle
que habían estado esperando ese día durante mucho tiempo y que estaban muy
orgullosos de su rey. Luego, fue el turno de Obito y Kakashi; como era de
esperar, el primero le dio un fuerte abrazo mientras gimoteaba algo acerca de
que su sobrino ya se había hecho todo un rey, mientras que Kakashi le felicitó
por su éxito con una mirada cálida.
Solo Korin permaneció con él, anunciando sin más que cenaría con él en su
habitación. Naruto no rechistó. Desde que Sasuke zarpó, su guardiana apenas se
apartaba de su lado.
—¿Se encuentra bien? —le preguntó mientras caminaban por el pasadizo sumido
en la penumbra.
El rubio esbozó una media sonrisa.
—Agotado.
—¿Necesita que lo ayude? —se ofreció de inmediato.
Esta vez, la sonrisa de Naruto fue sincera.
—Gracias, pero no —dicho esto, sus labios se curvaron hacia abajo—. Solo
necesito que Sasuke esté sano y salvo.
—En la carta sonaba como si lo estuviera.
—A mí también me lo pareció.
Korin apretó los puños.
—Lo mantendrán vivo. Le quieren a usted.
Naruto arrugó la nariz con rabia.
—Bien, que sigan así. No conseguirán nada de mí.
La mujer se detuvo un momento. El creador la imitó. Ambos se miraron a los
ojos.
—¿Piensa matar a Orochimaru? ¿A pesar de sus reglas? —le preguntó Korin.
El rubio apretó la mandíbula. Luego, bajó los hombros y suspiró.
—Solo puedo matar si hay una guerra en mi reino o para salvarle la vida a
otra persona. No parece probable que eso vaya a ocurrir, al menos, lo primero.
—Entonces, ¿no las quebrantará? ¿Ni siquiera por el príncipe?
Naruto apretó los puños con rabia.
—No, no puedo.
Korin bajó los ojos, pensativa. Al alzarlos de nuevo, tenía un brillo fiero
en los ojos.
—Entiendo. En ese caso, lo mataré por usted.

Comentarios
Publicar un comentario