Capítulo 28. Inevitable
—¿Qué significa esto? —masculló Tsunade cuando leyó la carta, lanzándola
sobre la mesa para que el resto de miembros del Consejo pudieran verla.
Mientras Hiruzen le echaba un vistazo con el semblante sombrío, Sasuke
apretó los puños.
—Yo no hice nada con ella cuando estuvo aquí —alegó.
—Ya lo sé —gruñó la reina, masajeándose la frente con los dedos—, Naruto me
contó el truquito del afrodisíaco y todos sabemos que esa noche la pasaste con
él, fue el tema del día —añadió.
—Es evidente que se trata de otra estratagema para casar a esta muchacha
con su alteza —comentó Shikaku con seriedad antes de mover la cabeza a un lado
y a otro—. Es una jugada sucia.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Iruka.
—No hay forma de demostrar que el niño que está esperando no sea de nuestro
rey —dijo Shizune con el ceño fruncido—. La única posibilidad sería que el niño
no se pareciera en absoluto ni a él ni a ella. Eso podría dar pie a que el
pequeño fuera de otro, pero es una posibilidad remota.
—Además —continuó Hiruzen—, si queremos evitar que su alteza caiga en la
deshonra, tendría que casarse con ella cuanto antes. No podría esperar a ver
cómo es su hijo.
—No tengo intención de hacerlo —gruñó Sasuke—. Mi honor ya es cuestionable
desde que abandoné mi reino hace tres años, pero no voy a permitir que humillen
a Naruto de esa forma. —Su mandíbula se tensó—. Ni dejar que otro se case con
él.
La mano de Naruto se enlazó con la suya y la apretó con fuerza. El gesto
hizo que Sasuke relajara un poco su postura, aunque seguía estando tenso.
El creador, por otro lado, se dirigió a Hiruzen con el rostro teñido por la
inquietud.
—¿Qué opciones tenemos?
El anciano dejó la carta sobre la mesa y alzó la vista hacia sus dos
futuros reyes.
—Como dice la reina, ese día el tema de conversación fue que ambos
pasasteis la noche juntos. Tengo entendido que la anterior consejera dio
testimonio entonces de aquello y que aparecisteis juntos en el desayuno.
Podríamos buscar testigos de ello…
—Orochimaru podría decir que primero tuvo un encuentro pasional con su hija
y luego se marchó a los aposentos de su prometido —comentó Shikaku con los
brazos cruzados—. Lo cierto es que es un argumento que podría haber usado
entonces y no lo hizo. —Miró un momento a Sasuke—. Supongo que alguien lo
convenció de que no lo hiciera.
Sasuke entrecerró los ojos.
—Mi hermano puede ser muy persuasivo.
Shikaku asintió y después frunció el ceño.
—Es un poco extraño.
—¿El qué? —preguntó la reina.
—Si Orochimaru no actuó entonces por miedo a las represalias de los Uchiha,
¿por qué hacerlo ahora? La otra opción que queda para aclarar esto es la misma:
convencer a Orochimaru de que se retracte.
—Tal vez se siente más seguro al hacer tal acusación desde su tierra —dijo
Hiruzen, frotándose la barba del mentón—. En ese momento tenía que plantar cara
a los Uchiha en persona, e Itachi y Sasuke Uchiha juntos pueden resultar muy
imponentes. Llevar esta disputa a su terreno hace que se sienta más seguro y
protegido.
—Sigue sin cambiar nada —gruñó Sasuke, cada vez más enfadado—. Lo único que
conseguirá es provocar un conflicto armado con los Uchiha. Yo no tengo
intención de ceder diga lo que diga, me importa una mierda lo que piensen el
resto de reinos. Si Orochimaru intenta cualquier cosa contra mí o contra
Naruto, mi padre irá a por él.
El ceño de Shikaku se acentuó.
—Orochimaru no es estúpido, sabe que su ejército no tiene nada que hacer
contra el Reino del Hielo. No tengo muy claro cuáles son sus intenciones y eso
me inquieta.
La sala del Consejo se quedó en silencio. Que el propio Shikaku, uno de los
hombres más inteligentes del Reino del Fuego y perteneciente a la mayor familia
de estrategas de su historia, no estuviera seguro de lo que planeaba su enemigo
resultaba descorazonador.
Iruka y Shizune se miraron entre ellos con inquietud, mientras que Tsunade,
Hiruzen y Shikaku trataban de encontrar una explicación lógica a las acciones
de Orochimaru. Naruto también estaba preocupado; repasaba todas las
conversaciones y enfrentamientos que había tenido con él durante el anuncio
oficial de su compromiso tratando de buscar algo que hubiera pasado por alto y
que podría haber revelado algún tipo de punto débil en ellos y que pudiera
aprovechar en su contra.
Por otro lado, Sasuke no pensaba en el rey de la Hierba en absoluto. Su
mente estaba muy lejos de allí, en la Torre Blanca, frente al altar de Taka,
contemplando aquellos irises dorados. No podía dejar de pensar en su
advertencia.
Giró levemente la cabeza hacia Naruto para contemplarlo un momento,
pensando en todos los escenarios posibles, y en el peor con el que podría
encontrarse.
Cerró los puños al pensar en ello y alzó la vista hacia el Consejo.
—Iré al Reino de la Hierba.
—¡¿Qué?! —exclamó Naruto, con los ojos muy abiertos.
—¿Estáis seguro, alteza? —preguntó Hiruzen.
Sasuke asintió y bajó un momento los ojos.
—Si ignoramos la carta, Orochimaru expandirá el rumor. Humillará
públicamente a Naruto y siempre se pondrá en duda si mi unión con él es tan
firme o si solo estamos fingiendo. Nuestro pueblo y el resto del mundo necesita
ser consciente de que estamos juntos y que somos fuertes. Hay que plantarles
cara y una visita al Reino de la Hierba demostrará que no estoy escondiendo
nada.
—Sasuke, no —le pidió Naruto, cogiéndolo de la muñeca y mirándolo con
temor—. Esto me huele a trampa. Allí estarás desprotegido.
Él le dedicó una media sonrisa a su prometido.
—¿Y qué van a hacer? ¿Raptarme? ¿Matarme? No pueden hacerlo sin provocar un
conflicto armado con el Reino del Hielo —dicho esto, miró a Shikaku—. ¿Crees
que tienen alguna posibilidad contra el ejército de mi padre?
Shikaku se recostó en el respaldo de su silla con el ceño fruncido.
—Dudoso. Necesitarían una gran alianza con otros reinos.
—Hay gobernantes que se quedaron descontentos con nosotros tras la caza de
los zorros —le recordó Naruto con seriedad.
—Gobernantes que se quedaron sin poder —intervino Hiruzen—. La gran mayoría
han sido sustituidos por sus herederos, son ellos quienes tienen el poder ahora
y muchos están más que interesados en volver a tener tratados comerciales con
nosotros.
Naruto bajó la cabeza, sin estar convencido del todo. Sasuke, al notarlo,
lo cogió por los hombros y le dedicó una pequeña sonrisa.
—No va a pasar nada, Naruto. Cualquier paso en falso que dé Orochimaru
provocaría una guerra. Y sus posibilidades de ganar son prácticamente nulas.
El creador alzó la vista hacia él y su rostro se endureció.
—Voy contigo.
Nada más decir esas palabras, los labios de Sasuke se curvaron hacia abajo.
—No.
El rubio estrechó los ojos.
—Si todo va a ir bien, ¿por qué no debería ir yo también?
—Porque Orochimaru no es estúpido. Si vamos los dos juntos y nos rapta
puede utilizarnos en nuestra propia contra. ¿Acaso no te casarías con él si
amenazara con matarme?
Naruto palideció y apartó la vista. Sasuke suspiró.
—Yo haría lo mismo por ti —dijo, acariciándole la mejilla—. ¿Sabes cuál es
el problema? Si yo me casara con Karin, Orochimaru no ganaría gran cosa. A
diferencia de ti, yo no soy el heredero de un país, no podría controlar las
tropas del Reino del Hielo y mi hermano y mi padre podrían contratacar de algún
modo. Pero si te cogen a ti, al único que puede ostentar el título de rey del
Fuego… La cosa es diferente. Si te casas con Orochimaru, nuestro pueblo caerá.
¿Lo entiendes?
El rubio apretó los labios.
—No es justo.
Sasuke tiró de él para abrazarlo al mismo tiempo que intercambiaba una
mirada con Shikaku. El rostro del consejero, como el del resto de los allí
presentes, se había ensombrecido. Ahora todos contemplaban la misma posibilidad
que él, que tal vez lo que quería Orochimaru en realidad fuera a Naruto, no a
él.
Porque, como él decía, en caso de casamiento con Karin, Sasuke sería el
único “beneficiado”, al menos en un sentido político, al convertirse en el
futuro rey del Reino de la Hierba. Si bien era cierto que existiría un vínculo
político y familiar entre este y el Reino del Hielo, tanto Fugaku como Itachi
sabrían que Sasuke habría sido forzado de algún modo al casamiento, que había
sido raptado, lo que los llevaría a entrar en guerra.
Con Naruto era diferente, porque, a pesar de que él y su abuela habían
ganado poder gracias al nuevo Consejo y que contaban con el apoyo del pueblo,
seguían teniendo el problema de que algunos nobles de su propio país no
apoyaban su ideología.
Si Naruto se casaba con Orochimaru, habría un desacuerdo entre aquellos que
defenderían que había sido raptado y forzado al matrimonio y otros que
preferirían tener a un hombre con los ideales de Orochimaru como su rey.
Eso quería decir que podría desatarse una guerra civil en el Reino del
Fuego. Una en la que intervendría Orochimaru al declararse rey del país y en la
que el Reino del Hielo no podría actuar sin poner en riesgo el bienestar de
Sasuke o de Naruto.
En otras palabras, podría ser una auténtica catástrofe.
—El rey tiene razón, alteza —le dijo Shikaku al joven rubio—. Para la
seguridad del reino, lo mejor es que os quedéis y esperemos a ver cómo se
desarrollan las cosas.
Al escuchar aquello, Naruto se separó de Sasuke con un empujón y se marchó
de la estancia dando un portazo. El Uchiha bajó la vista, comprendiendo el
enfado de su esposo, pero creyendo que hacía lo correcto de verdad.
Taka ya le había advertido que se avecinaba algo grande, y puede que se
tratara de ese momento. Era consciente de que iba a asumir un riesgo muy
grande, pero ignorar la demanda de Orochimaru generaría muchos más problemas a
la larga, empezando por poner en duda su compromiso con Naruto, lo que acabaría
generando un conflicto con la nobleza del país; sabía que muchos habían pedido
la mano de su prometido y que estaban ansiosos por cualquier excusa que pudiera
darles el poder. Y, si bien en una guerra civil su bando tenía todas las de
ganar en un combate armado, tal y como le dijo Naruto y su abuela en su
momento, el pueblo llano sería el más castigado por la contienda, y era algo
que querían evitar a toda costa. Además, esa clase de enfrentamientos siempre
tenían daños colaterales sobre el terreno y su reino subsistía gracias a las
cosechas. Si en la guerra uno de los bandos empezaba a quemar campos y a matar
a todos los animales o envenenar el agua para provocar hambre y deshidratación,
su país tardaría años en recuperarse económicamente, por no hablar de que la
guerra, en el peor de los casos, también podía durar unos cuantos años.
El Reino del Fuego caería en la decadencia. Aunque Naruto y él ganaran,
tendrían que enfrentarse a la peor situación político-económica posible. Y,
como futuro rey, su deber era evitar el sufrimiento de su pueblo en la medida
de lo posible.
Así que, si Orochimaru quería una guerra, tendría que ser en su reino,
donde no pudiera perjudicar ni a Naruto ni al Reino del Fuego. Además, Sasuke
creía que había una posibilidad de convencer al rey de la Hierba de evitarla.
Sospechaba que Orochimaru aún estaría herido en su orgullo por lo sucedido en
la caza de zorros y que solo quería cobrarse su venganza, pero dudaba que
estuviera tan dispuesto a enzarzarse en una batalla con el Reino del Hielo, en
la que se arriesgaba a perderlo absolutamente todo.
Si Sasuke iba al Reino de la Hierba solo, al menos estaría en riesgo únicamente
su vida. Sin Naruto, no podrían chantajearlo para que se casara con Karin, y
eso dejaba dos opciones: o era encerrado y trataban de forzarlo a cambiar de
opinión, o acababan con su vida. En cualquiera de esos casos, su padre y su
hermano actuarían. Y no dudaba ni por un instante de que existiera la más
remota posibilidad de que pudieran vencerles. El país de Orochimaru quedaría
reducido a cenizas.
—Sasuke —lo llamó Tsunade. Su expresión era amable—, no te preocupes por
Naruto. Ahora está enfadado, pero acabará entendiéndolo.
Él esbozó una sonrisa que no le llegó a los ojos.
—Lo sé —dijo, soltando un suspiro—. Voy a hablar con Sai y mis hombres para
que se preparen para el viaje.
—Alteza —lo detuvo Hiruzen con expresión sombría—. Si realmente se trata de
algún tipo de trampa…
Sasuke se irguió y lo miró con decisión.
—No se preocupe, lo sabrán —dicho esto, salió de la estancia y fue en busca
de su primo para que se ocupara de preparar todo lo necesario para el viaje. Él
tenía que lidiar con su furibundo prometido.
—¡He dicho que dejes de seguirme! —masculló Naruto por encima del hombro,
lanzándole una mirada asesina al que sería su futuro marido si no fuera tan
imbécil.
Este le frunció el ceño.
—Y yo que tenemos que hablar.
—Y yo que no estoy de humor —replicó el rubio mientras cruzaba el Bosque
Sagrado con zancadas tan iracundas que estaba seguro de que todos los hombres
zorro podían oírlo. Kurogane le echaría la bronca en cuanto lo viera por ello.
Sasuke lo seguía de cerca, como había hecho durante todo el día, sin darle
ni un maldito minuto de tregua para que pudiera pensar con claridad lo que
estaba a punto de ocurrir. Aunque, en realidad, tampoco quería hacerlo
demasiado. Sabía lo que le pasaría en cuanto asimilara la terrible verdad y la
rabia se enfriara.
No debería estar tratando de alejar a Sasuke, teniendo en cuenta que podría
ser la última vez que estuvieran juntos… ¡Pero es que la culpa era de su
estúpido y cabezón prometido y de su maldita y jodida lógica!
En el fondo, sabía que tenía razón. Pero no quería aceptarlo.
Él siempre se había sacrificado por su pueblo. Había aguantado al antiguo
Consejo durante años y sobrevivido en un gobierno marcado por una ideología
retrógrada y anticuada por él. Y, después de todo eso, incluso después de
aceptar que se casaría con un hombre al que no conocía y al que se suponía que
jamás querría por el bienestar de su gente, al final, ¿debía sacrificar al
hombre al que amaba? Y, encima, ¿tenía que quedarse de brazos cruzados?
¿También por el bien de su reino?
No era justo.
¡No era justo, joder!
—Al menos ahora me estás dirigiendo la palabra —intervino Sasuke—, en vez
de gruñirme y mirarme como si esperaras que un rayo me fulminara.
Naruto se detuvo en seco un momento y se dio la vuelta para gritarle:
—¡Eso es porque eres un maldito idiota!
Sasuke le dedicó una pequeña sonrisa.
—Es verdad que suelo serlo… Pero creo que esta vez hago lo correcto, lo que
es mejor para nuestro reino.
El creador apretó los labios y dio media vuelta para seguir su camino, pero
Sasuke fue más rápido y lo envolvió en sus brazos con fuerza.
—No me ignores, Naruto. Por favor. Cuando ocurrió lo de la ventisca creía
que te había perdido y que lo último que hice fue hacerte daño. No quiero irme
sabiendo que estás herido.
Naruto tragó saliva con fuerza, luchando ferozmente contra las lágrimas que
amenazaban con asomarse a sus ojos.
—¿Y cómo quieres que esté? —le preguntó con la voz rota—. Es una maldita
trampa, ¡puedo olerlo desde aquí! ¡Y tú lo sabes! ¡Lo sabes y aun así…!
Sasuke lo estrechó con más fuerza contra sí.
—Tú también sabes que si no lo hacemos de este modo, nuestro pueblo
sufrirá.
—¡No me importa!
El Uchiha resopló.
—Claro que sí. Ahora estás enfadado y te sientes impotente, pero a la hora
de la verdad, estarás dispuesto a sacrificar tu vida por tu gente. En el fondo,
sabes que es así.
Naruto se echó a temblar violentamente al mismo tiempo que las lágrimas
caían, ya sin ningún control, por sus mejillas. Un sollozo escapó de su
garganta y se encogió sobre sí mismo tanto como el abrazo de Sasuke se lo
permitía.
—No quiero… —lloró—. No quiero sacrificarte a ti también… No me pidas que
haga eso… No me pidas que me quede aquí sin hacer nada…
Sasuke lo giró de repente e hizo que se refugiara en su pecho. Naruto lo
abrazó con fuerza, aferrándose a él como si el no hacerlo fuera a condenarlo a
caer en un precipicio aún más oscuro que el de la Montaña Sagrada. Logró
sobrevivir a eso, pero si perdía a Sasuke…
—No vas a sacrificarme —afirmó su prometido, rodeándolo por los hombros y
enterrando una mano en su cabello para acariciarlo—. No me va a pasar nada, te
lo prometo. Valgo más vivo que muerto para Orochimaru, lo sabes.
—Pero… —hipó Naruto, alzando la cabeza hacia él—. ¿Y si…? ¿Y si te mata por
venganza?
—Entonces, estará condenado. Mi padre y mi hermano arrasarán su reino hasta
las cenizas y no se detendrán hasta darle caza. Orochimaru es lo
suficientemente listo como para saber eso y dudo que esté tan dispuesto a
arriesgarlo todo por una rabieta. Además —añadió, tomando su rostro entre sus
manos—, creo que puedo convencerlo de ahorrarse una guerra en la que tiene
todas las de perder. Aunque sea un cabrón, es uno inteligente. No tiene poder
suficiente para enfrentarse a los Uchiha.
El rubio pareció tranquilizarse un poco, a pesar de que no dejaba de
llorar, pero, al menos, ya no sollozaba ni hipaba.
—No puedo perderte, Sasuke. Yo… No sabré qué hacer sin ti.
Sasuke lo miró fijamente a los ojos con decisión.
—Reinar.
Naruto, en cambio, no estaba nada convencido.
—¿Y cómo voy a hacerlo? No pude plantar cara al Consejo ni tampoco luchar
contra los nobles porque podría provocar una guerra civil. Nunca he logrado
hacer nada aquí. Ni salvar a los niños cuando estaban enfermos, ni enfrentarme
a Orochimaru sin armar un escándalo, ni defenderme de Mizuki. Siempre has
tenido que ayudarme.
Sasuke apretó los labios.
—Entonces, planta cara.
El rubio parpadeó.
—¿Qué?
—Deja de interpretar el papel que todo el mundo te ha dado. No eres mi
consorte ni una yegua de cría que dará a luz a mi heredero, las cosas no serán
así en nuestro reino. Así que deja de actuar como si lo fueras. Tú eres el rey,
su rey. Imponte y hazles saber que eres tú quien va a mandar allí, y si no les
gusta, demuéstrales que no son imprescindibles y mándalos a tomar a por culo.
—Pero…
—Todo el mundo sabe que en cuanto seamos coronados, las cosas cambiarán.
Ahora el Consejo está de tu lado, todo el mundo sabe que te batiste en duelo
con mi padre y que sobreviviste a una ventisca. Demuéstrales que no son simples
rumores, muéstrales que eres más fuerte que ellos. Haz que no quieran tenerte
como enemigo.
Naruto palideció un poco.
—¿Por qué me estás diciendo esto?
—Porque si tú me prometes que empezarás a actuar como el rey que sé que
eres, yo te prometo que no moriré —juró, cogiéndole de las manos—. ¿De acuerdo?
Pase lo que pase, volveré a tu lado. Y, cuando llegue la primavera, me casaré
contigo. No porque mi padre me obligara ni por una alianza política, sino
porque te quiero. —Hizo una pequeña pausa en la que lo contempló con seriedad—.
¿Vale? Prométemelo.
El creador tragó saliva con nuevas lágrimas en los ojos y asintió.
—Lo prometo.
Sasuke sonrió, lo besó con ternura en los labios y luego lo abrazó.
—Y yo te prometo que no me pasará nada. Volveremos a estar juntos. Confía
en mí.
Korin contempló con el corazón en un puño cómo su señor se despedía del
príncipe Sasuke. Ambos se abrazaban con tal fuerza que, por momentos, tuvo la
sensación de que acabarían fundiéndose en uno, y, una parte de ella, deseaba
que así fuera.
Sin embargo, el príncipe de su tierra terminó separándose el primero,
tomando el rostro de su señor entre sus manos para darle un beso profundo e
íntimo. El creador se lo devolvió con la misma intensidad, a pesar de que vio
cómo una lágrima resbalaba por su mejilla.
Ella esperó que su señor le rogara que no se fuera.
Vio cómo Sasuke le acariciaba el rostro y le decía unas palabras con una pequeña
sonrisa, a lo que el rubio respondió algo que ella no llegó a oír. Sin embargo,
cuando el Uchiha dio media vuelta para embarcar, el joven solo cerró los ojos
con fuerza y agachó la cabeza, como si no deseara verlo.
Korin ya conocía la situación actual y lo delicada que era. Era consciente
de que Sasuke podía estar dirigiéndose a la boca del lobo… y que, de no
hacerlo, podría provocar un conflicto aún más grave en el reino.
No era una decisión fácil de tomar, para nadie. Especialmente para la
pareja.
Pero ver cómo su señor aceptaba su partida, aun sabiendo que había una
posibilidad de que el hombre al que quería podría…
Sacudió la cabeza y apretó los puños con fuerza. El barco ya estaba
alejándose del muelle y, aun así, el joven creador aún no alzaba la vista para
ver a su prometido, aunque solo fuera una última vez. Al ver que este se echaba
a temblar y que Sasuke también pareció darse cuenta de ello a juzgar por el
gesto de preocupación en su rostro, ella se separó de la fila en la que estaba
junto a los protectores del príncipe del Fuego, Kakashi y Obito, y se situó
junto a él. Sabía que no era parte del protocolo de despedida, pero no iba a
permitir que su señor desfalleciera, que cayera en la desesperación después de
la noble acción que estaba haciendo.
No iba a consentir que acabara como su madre. Que su amor lo destruyera por
dentro.
Se situó justo detrás de él y susurró:
—Mi señor, alce la cabeza.
El joven no paraba de temblar.
—No puedo —dijo con la voz rota—. No puedo ver cómo se marcha sabiendo lo
que le puede pasar… Y sabiendo que no estaré con él para evitarlo.
—No va a sucederle nada —prometió ella con solemnidad—. El rey de la Hierba
no podrá matarlo así como así. Es demasiado valioso.
—¿Y si lo hace de todos modos?
Korin apretó los labios.
—Lo vengaremos —juró—. Yo misma lo llevaré en persona hasta su asesino.
Aunque tenga que abrirme paso entre todo su ejército yo sola, lo llevaré ante
él y dejaré que le corte la cabeza. —Hizo una pequeña pausa—. Pero no deje que
lo vea así. Sé que ambos están haciendo un gran sacrificio personal por el
bienestar del reino, que no ha sido fácil aceptarlo… Pero no permita que se
arrepienta. Sé que su pueblo es importante para usted. No le haga pensar en dar
media vuelta, no deje que la última vez que lo vea, si realmente es la última,
sea desmoronado. Usted es fuerte, yo lo he visto. Hágaselo saber.
El joven pareció tranquilizarse un poco, porque los temblores cesaron,
aunque todavía permanecía con la cabeza gacha.
—¿Tú crees que no le harán daño?
—No —respondió Korin, convencida, mirando el barco que zarpaba—. Sea lo que
sea lo que quieran de vosotros, lo necesitarán vivo. Además, nunca hemos sido
derrotados en combate. No es algo que la gente pueda olvidar fácilmente. Puede
que su alteza pueda convencer al rey de la Hierba de que no es buena idea
enfrentarse a los Uchiha.
Tras esas palabras, Naruto por fin se limpió la cara y levantó la cabeza,
buscando a Sasuke con una mirada más serena y decidida. Cuando su prometido lo
vio, relajó los hombros, aunque había cierta duda en sus irises negros que se
apagó en cuanto el rubio asintió con la cabeza, como diciéndole que no se
preocupara por él, y se llevó la mano al corazón. Sasuke, por fin, se
tranquilizó del todo e imitó su gesto, haciéndole saber que recordaba su
promesa y que la cumpliría pasara lo que pasara.
Cuando el barco por fin salió del puerto, los primeros en regresar al
castillo fueron Tsunade y el Consejo, acompañados por Gai, Lee y los altos
cargos del ejército, mientras que Naruto se quedó allí un poco más junto a
Korin, que seguía situada tras ella, y Kakashi y Obito, que permanecían más
atrás, dejando que tuviera un momento a solas para asimilar la partida de su
prometido.
Korin también respetó esos momentos, atenta a cómo reaccionaría su señor.
Sin embargo, este, para variar, la sorprendió.
—Gracias, Korin —le dijo.
Ella frunció el ceño.
—¿Por qué, mi señor?
—Porque voy a ser el rey y tengo una responsabilidad para con mi pueblo
—respondió, con cierto deje de tristeza—. Y porque me he sentido tentado a ser
egoísta y no dejarlo partir. Al menos, no sin mí.
La joven tragó el nudo que tenía en la garganta y, tras un instante de
duda, puso una mano sobre su hombro. Sintió la sorpresa de su señor en el modo
en que su cuerpo se sobresaltó, pero, aun así, no apartó la vista de las velas
que se perdían en el horizonte.
—Sin embargo, al final, ha hecho lo correcto, mi señor. Una parte de mí
sabe que no es justo, no después de lo que ambos pasaron en el Reino del Hielo…
pero todos tenemos responsabilidades que cumplir. Y usted lo ha hecho —dijo con
cierto orgullo en la voz, aunque se desvaneció junto con la mano que había
dejado en su hombro—. Mi madre nunca fue capaz de hacerlo.
Naruto se giró y la miró con tristeza.
—Lamento hacerte hablar de ella aquella vez. Te presioné. No estuvo bien.
Korin frunció el ceño.
—Tal vez no. Pero… creo… que era necesario —dicho esto, miró al rubio con
atención—. Intenté enterrar todos los recuerdos que tenía de mi madre porque
eran demasiado dolorosos: las discusiones con mi padre, su depresión cuando
murió, los insultos, los golpes. Esperaba que, con el tiempo, desaparecieran
del todo. —Hizo una pausa en la que ladeó la cabeza, observando el mar—. Pero,
cuando hablamos, todo volvió y, aunque me hizo daño, también me hizo ver otra
cosa.
—¿El qué?
Ella volvió a observarlo, como si fuera él quien tuviera la respuesta.
—Que lo que hay entre Sasuke y tú no es enfermizo o cegador. Sino algo…
hermoso y cálido. Eso me consuela.
Naruto esbozó una pequeña sonrisa que no le llegó a los ojos.
—¿A pesar de lo que sientes por él?
Ella se la devolvió.
—A pesar de eso. Lamento no haber podido darle lo que necesitaba, pero me
alegro de que lo haya encontrado en alguien como usted. —Esta vez, cuando lo
dijo, sonrió de verdad. Era la primera vez que el creador la veía expresar una
emoción sincera y no pudo evitar darle un abrazo, a lo que ella respondió con
un sonrojo—. ¡Mi señor! ¡Esos gestos no son apropiados para una soldado raso…!
—No me importa —dijo Naruto antes de separarse un poco de ella, sin
deshacer el abrazo—. Estoy orgulloso de ti y feliz de que vinieras conmigo.
Gracias por animarme —dicho esto, la abrazó otra vez con fuerza durante un
momento y, después, se separó y dio media vuelta para volver a palacio—. Vamos,
Korin. Ahora que no está Sasuke, tenemos el doble de trabajo. Hay mucho que
hacer.
Pese a que ella seguía sonrojada por el gesto de absoluta confianza de su
señor, esbozó una media sonrisa. Era realmente extraño. Ella amaba al príncipe
de su tierra, pero ya no sentía rencor o envidia del creador.
Entendía por qué Sasuke lo quería. Ella misma estaba empezando a hacerlo.
—Que sepas que sigo pensando igual que Naruto. Esto es una puta trampa.
Sasuke apretó la mandíbula al escuchar el comentario de Sai en cuanto
avistaron el puerto del Reino de la Hierba.
—No había otra opción —le dijo, por vigésima vez. A lo largo de semana y
media de viaje, no habían dejado de tener la misma discusión—. Creía que ya te
había explicado por qué no podemos simplemente ignorar a Orochimaru.
—¡Ya lo sé! —maldijo Sai—, pero eso no quita que crea que esta no es la
forma de hacer las cosas. ¿Y si te pasa algo?
—No van a hacerme nada —aseguró Sasuke—. Si me tocan, habrá una guerra
contra nuestro país. Y, en caso de que sea eso lo que quieren, y lo dudo, les
conviene dejarme vivo como rehén. Mi padre no atacará si me entregan a cambio.
—Pero para que eso ocurra tendrán que pasar más de dos meses, primo —le
dijo Sai, mirándolo preocupado—. Ahora nuestro reino está aislado a causa del
hielo que cubre el mar. ¿Y si Orochimaru utiliza ese tiempo para hacer algo?
Sasuke ni se inmutó ante ese argumento.
—¿Algo como qué? ¿Obligarme a casarme con Karin? Sé que eso no es lo que
quiere, no ganaría nada con ello. Puede que en su día quisiera una alianza
política con el Reino del Hielo, pero, sin Naruto, no podrá obligarme a casarme
con ella. No, estoy seguro de que lo que quiere en realidad es a Naruto.
Sai lo miró con mala cara.
—Entonces, tal vez aproveche esos dos meses para invadir el Reino del
Fuego, ¿no crees? Podría utilizarte para obligar a Naruto a retirar sus tropas
y capturarlo.
El otro Uchiha entrecerró los ojos.
—No creo que Orochimaru tenga intención de venir al Reino del Fuego sin
estar seguro de que tiene la partida ganada.
—¿Y por qué no?
—Por los hombres zorro —respondió Sasuke con una pequeña sonrisa—. Dudo que
la falta de brazos le haga olvidar lo que ocurrió la última vez que estuvo
allí.
Sai parpadeó.
—¿No crees que Naruto pueda hacerlos retroceder si se lo ordena?
—Él me dijo que ellos no le obedecen directamente. Solo sirven a Kurama, no
a los mortales —dicho esto, su rostro se endureció—. De todos modos, si tiene
que haber una guerra, hay que asegurarse de que sea en el Reino de la Hierba.
Si podemos evitarlo, el enfrentamiento debe ser aquí, no allí, ¿me has
entendido? Hay que procurar que mi reino sea el menos perjudicado.
Su primo asintió.
—Sí, claro. Entonces, ¿cuál es el plan exactamente?
—Intentaré convencer a Orochimaru de que se retracte y nos deje tranquilos.
En caso de que no lo haga, probablemente me apresará y me encerrará. No sé lo
que ocurrirá después, pero una vez yo esté en el puerto, debéis marchar de
inmediato al Reino del Fuego, lo más rápido que podáis.
Sai frunció el ceño, contemplando el puerto.
—Sasuke, no podremos ser tan rápidos y lo sabes. Si el barco está en el
muelle, necesitaremos un rato para prepararlo para salir.
—Claro que sí, porque no llegaréis al puerto.
Antes de que su primo pudiera volverse para mirarlo, confundido por su
respuesta, Sasuke lo golpeó con la empuñadura de Chidori en la cabeza,
dejándolo inconsciente en el acto. Se sintió un tanto culpable, sabiendo que el
golpe le dolería bastante durante unos días, pero era mucho mejor que el
destino que tendría si Sai ponía un pie en aquel reino.
—¡Capitán! —exclamó uno de sus hombres.
Sasuke guardó de nuevo su espada en el cinto.
—Llevadlo a su camarote y preparad un bote.
—¿Capitán? —lo llamó confundido otro marinero mientras un compañero se
llevaba a Sai al interior del barco.
Sasuke suspiró.
—Orochimaru está tendiendo una trampa, es evidente. No sé de qué se trata,
pero sí sé que, si venís conmigo, moriréis —dijo con seriedad, contemplando a
sus hombres uno a uno—. A mí me necesitarán vivo, a vosotros, no. Además, no
quiero que utilicen a ninguno de vosotros contra mí, probablemente a mi primo,
ya que lleva sangre real. Iré yo solo al puerto a partir de aquí y vosotros
regresaréis de inmediato al Reino del Fuego y le entregaréis un mensaje a la
reina, os lo he dejado en mi camarote. Ahí he dejado instrucciones sobre lo que
hay que hacer hasta que mi padre y mi hermano puedan intervenir, ¿entendido?
Los marineros, pese a que deseaban acompañar a su capitán hasta el final,
comprendieron el peligro que corría este y el Reino del Fuego si permitían que
capturaran a uno de ellos. Así que, muy a su pesar, se dispusieron a preparar
el bote mientras se despedían de él, aunque su príncipe les juró que no le
pasaría nada y que todo iría bien, que solo se preocuparan por seguir sus
instrucciones.
Así, Sasuke se embarcó solo en un bote con remos hacia el puerto del Reino
de la Hierba mientras su barco se alejaba. Durante las últimas horas de viaje,
había estado muy atento al viento, esperando a que soplara a favor de sus
hombres para la huida al Reino del Fuego y poder bajar él en bote, haciéndose
una idea de lo que sucedería en el puerto. De hecho, a pesar de la distancia,
pudo ver cómo los barcos de la Hierba se preparaban para zarpar gracias a las
velas que se desplegaron.
Definitivamente, era una trampa. ¿Por qué si no se molestarían en sacar sus
barcos? Si Orochimaru fuera realmente de buena fe, al ver huir su barco se
habría limitado a hacerlos caer a Naruto y a él en la deshonra expandiendo los
rumores sobre su supuesto hijo con Karin, en vez de malgastar tiempo en
intentar atrapar su barco. Como un desesperado intento por obtener lo que
quería.
La advertencia de Taka resonó en su cabeza: “Se avecinan tiempos de sangre
y oscuridad”.
La guerra iba a ser inevitable, lo presentía. Y Taka le había pedido que
protegiera a Naruto pasara lo que pasara. No llevarlo consigo había sido su
forma de mantenerlo a salvo. Estaba convencido de que él era el objetivo.
De no haber sido por la situación en la que estaba a punto de verse
envuelto, habría disfrutado viendo cómo su barco le sacaba una enorme ventaja a
las naves del Reino de la Hierba, una de las cuales ralentizó la marcha al
quedar cerca de su bote.
Sasuke supo que había llegado el momento de dejarlo todo en manos de los
dioses cuando soltaron la escalera para que subiera. Resignado, abandonó su
bote y subió al barco enemigo, encontrándose, al subir, con al menos dos
docenas de soldados armados que lo apuntaban con lanzas.
Los miró con desprecio, alzando las manos.
—Tranquilos, no voy a luchar.
—Hacéis bien —dijo un hombre de cabello gris y ojos pequeños. A su lado,
estaba el que supuso que era su hermano gemelo, dado su gran parecido—. Nuestro
rey desea veros.
—¿Por qué habéis venido en el bote, pudiendo venir cómodamente en vuestro
barco? —preguntó el hermano, oteando el horizonte en busca de la nave.
Sasuke arrugó la nariz.
—¿Tal vez porque me estáis amenazando?
Ambos hombres lo miraron con cara de pocos amigos, como si acabaran de
darse cuenta de que él sospechaba de sus verdaderas intenciones incluso antes
de ver las lanzas.
—¿Dónde está el creador?
Sasuke apretó los labios. Él tenía razón, a quien quería Orochimaru era a
Naruto.
—En el Reino del Fuego.
Los gemelos abrieron los ojos como platos y, el primero, que supuso que era
el líder, lo cogió por el cuello de la camisa con fuerza.
—¿No está en el barco?
—No —respondió Sasuke con firmeza—. Su último encuentro con vuestro rey no
fue de su agrado, así que decidió permanecer en su reino.
El hombre apretó los labios y lo golpeó en el estómago, haciendo que Sasuke
se doblara en dos a causa del dolor. El antiguo Sasuke, el pirata bárbaro, se
habría erguido y le habría devuelto el golpe, luchando hasta que los ataques
del enemigo lo dejaran inconsciente; sin embargo, el nuevo, el futuro rey del
Reino del Fuego, se mantuvo quieto y tranquilo, con la mente fría. Le había
prometido a Naruto que volvería a su lado pasara lo que pasara, así que debía
evitar hacer enfadar a nadie lo suficiente como para que quisiera matarlo.
—Mientes —dijo el otro gemelo—. Ha venido contigo. Está en algún lugar de
ese barco.
Sasuke se levantó poco a poco mientras decía:
—Podéis revisarlo de proa a popa si queréis. Y si lo alcanzáis.
Los hermanos se miraron un momento y luego observaron las otras naves que
iban tras el barco de Sai, el cual ya les sacaba una gran ventaja. El que había
hablado antes le preguntó a su gemelo:
—¿Qué hacemos?
El que era el líder sacudió lo cabeza.
—Estamos demasiado lejos. Dejémoslo a Kidomaru y Jirobo. Al menos nosotros
hemos capturado al Uchiha —dicho esto, lo miró con odio—. Desarmadlo y atadlo.
No queremos que haga ninguna tontería hasta estar en presencia del rey.
Para Sasuke fue difícil no oponer resistencia, especialmente cuando le
quitaron a Chidori del cinto. Odió ver a su compañera en las sucias manos de un
soldado, el cual detectó que la espada no era la típica de un soldado raso y,
curioso, tocó la empuñadura para sacarla de la vaina. Sin embargo, nada más
hacerlo, un brillo rojizo se apoderó del metal e hizo gritar al soldado, que
tiró el arma al suelo entre alaridos de dolor y con la mano humeante.
Sasuke parpadeó al recordar que, en su duelo con Naruto, él tampoco pudo
tocar a Rasengan. No pudo contener una sonrisa, feliz porque no pudieran tocar
su espada.
—¡¿Qué está pasando?! —rugió el gemelo que lideraba a los soldados.
—¡La espada está embrujada!
El hombre contempló su mano quemada y después la espada, que estaba en el
suelo, y cuya empuñadura aún resplandecía con un brillo rojizo, como si
estuviera al rojo vivo. Se acercó con recelo y pasó la mano por encima del
metal, sin llegar a tocarlo; aun así, debió de notar algo, Sasuke no supo si
percibió el poder con el que dicha espada había sido creada o si simplemente
Chidori ardió con más intensidad, pero el hombre se irguió de nuevo y buscó al
soldado herido con la vista.
—¿Cómo le has quitado la espada?
—Cogiéndola por la vaina, señor —gimoteó el soldado mientras otro le
trataba la herida.
La sonrisa de Sasuke desapareció al ver cómo la agarraba por la vaina y se
acercaba a la borda.
—Si no se la puede empuñar, no sirve para nada —dijo antes de arrojarla al
mar.
—¡No! —rugió Sasuke, haciendo amago de correr hacia ella, pero cuatro
soldados se le echaron encima y lo tiraron al suelo. Pese a que se había
prometido no hacer nada que pudiera implicar una muerte rápida, ver cómo
lanzaban a Chidori, el regalo de bodas que le hizo Naruto y una parte de sí
mismo, a las profundidades del mar, allá donde no podría recuperarla, le nubló
el juicio.
—¡Sujetadlo! —ordenó el otro gemelo.
Sasuke forcejeó con todas sus fuerzas, pero fue inútil. Cuatro contra uno
era demasiado, incluso para él.
—Será mejor que te comportes —le advirtió el hermano—. Sobre todo en
presencia de su majestad. Aquí, Uchiha, no eres nada.
—Orochimaru no conseguirá lo que busca —masculló Sasuke, fulminándolo con
la mirada—. Sea lo que sea lo que le haya prometido esa rata.
Los gemelos se miraron entre ellos con los ojos bien abiertos.
—¿Cómo dices?
El príncipe del Hielo le lanzó una mirada fiera.
—Sé que la rata de Mizuki está con él. Sé que es él quien ha organizado
esta farsa. Y sé que Naruto hará arder este reino antes que darle lo que busca.
—¡NO! —gritó Naruto cuando el fuego de la chimenea lo liberó de la visión.
No… No, no, no, no, ¡no! ¡Maldita sea!
Al final, todo era una trampa, tal y como él había temido. Y Mizuki… Sasuke
había dicho que estaba con Orochimaru, ¿sería verdad o solo una sospecha? A
juzgar por la expresión de esos gemelos, no parecía que su prometido estuviera
errado…
Entonces, se tensó.
Si Mizuki estaba con Orochimaru y encima tenía uno de los libros de los
Tiranos…
Estaba en peligro. Él y Menma. Y todos los creadores que estaban por
llegar.
Otra masacre. Otra era de esclavitud y tortura para los suyos.
Por un instante, se quedó paralizado. La sola idea de que Mizuki empezara a
difundir los secretos de los creadores por todo el mundo lo dejó con tal nudo
en la garganta que le costaba respirar. Muchos estarían ansiosos por hacerse
con semejante poder, un poder que, tal y como estaban las cosas, podría acabar
con otra Gran Guerra entre países, buscando dominarse los unos a los otros a
base de ejércitos de mestizos de creadores.
No sería necesario que él mostrara al mundo lo que era, Mizuki ya se haría
cargo de ello. Y empezaría ahora, justo cuando los creadores estaban naciendo,
siendo demasiado pequeños como para defenderse.
De repente, una imagen horrible le vino a la mente. Vio a Menma abandonado
en una cuna, con los cuerpos sin vida de Itachi e Izumi en el suelo, llenos de
sangre y con armas clavadas en el pecho. Vio a Mizuki cogiendo a un asustado
Menma y entregándoselo a Orochimaru. Vio lo que este haría con él en cuanto
tuviera edad para darle hijos.
Y no sería culpa suya, como había temido siempre. Sino de Mizuki. De ese
bastardo traidor. El mismo que había obligado a Sasuke a meterse en una trampa.
Sasuke lo sabía. No estaba seguro de cómo lo había adivinado, pero él lo
sabía. Se había sacrificado para protegerlo.
Naruto apretó los puños con tal fuerza que se le volvieron blancos. Sus
ojos, por otro lado, se volvieron rojos como el fuego que se extendía por sus
venas con la misma fuerza descontrolada de un río desbocado.
No consentiría que les pasara nada. Ni a Sasuke, ni a Menma, ni a los
creadores que estaban por nacer.
Si tenía que hacer arder el Reino de la Hierba, tal y como había dicho
Sasuke, lo haría. Si proteger a la futura generación de creadores era el
destino que le habían encomendado los dioses, lo cumpliría, sin importar cuanta
sangre tuviera que derramar.
Y si tenía que descubrirle al mundo el alcance de su poder, que así fuera.
El tiempo en que los creadores eran vistos como damiselas había terminado.
Ahora era el momento de que aprendieran a temerlos.

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