Capítulo 27. Letras ponzoñosas

 


Naruto revisó por cuarta vez que había recogido todo lo que quería llevarse a casa. Parecía que estaba todo en orden, pero tenía la sensación de que se había olvidado de algo importante y no estaba seguro de qué era. Varios gremios de la ciudad le habían hecho regalos durante las semanas siguientes a su regreso de la ventisca: el de carpinteros le había tallado una bella figurita de madera que mostraba a un zorro tumbado en cuyas patas se posaba un halcón, como si estuvieran jugando juntos; el de los orfebres y los joyeros se habían aunado para regalarle un pequeño cofre exquisitamente decorado con motivos vegetales hecho de plata y oro, en cuyo interior, sobre un cojín de terciopelo, había una gargantilla de oro, delgada y con forma de llamas estilizadas y alargadas, entre las cuales se podían percibir pequeños rubíes, y, por último, las hilanderas le habían tejido un maravilloso tapiz paisajístico que mostraba las montañas y parte de la costa del Reino del Hielo, con Taka sobrevolando el cielo y un pequeño zorro dorado sobre la nieve, con la cabeza alzada mirando al halcón. Aparte, los soldados también habían querido darle una muestra de su admiración regalándole dos dagas de filo curvo y empuñadura de bronce cubierta de cuero. Hasta Sai se había tomado la molestia de regalarle un arco hecho de olmo azul, un árbol autóctono del reino, conocido por su madera negra en contraste con el color grisáceo de sus hojas salpicadas de motas que recordaban al color del mar. Le dijo que solo los guerreros tenían arcos hechos con su tronco.

Sabía que todo eso lo había metido en un arcón que los hombres de Sasuke se habían llevado al barco, junto a la piel del buey albino que su prometido le había regalado. El colgante que le regaló estaba en su cuello, no se lo había quitado desde que se lo había dado, y Rasengan iba siempre con él…

Con un gruñido, se sentó en la cama y empezó a enumerar en voz alta las cosas más importantes y la última vez que las había visto. Y, aun así, tenía la sensación de que no se le había olvidado llevarse nada, sino más bien hacer una cosa… Y no le venía nada a la cabeza.

—¿Alteza?

Naruto alzó los ojos para encontrarse con Onoki, que estaba en el marco de la puerta, que antes había dejado abierta para acabar de dejar las cosas que se quería llevar fuera.

—Hola, Onoki —lo saludó con una sonrisa—, ¿viene a despedirse?

El anciano cerró la puerta tras él y se acercó al creador, observándolo con el rostro sombrío. El rubio se levantó de la cama despacio, borrando toda sonrisa.

—¿Qué ocurre?

Onoki todavía miró a sus espaldas antes de dirigirse de nuevo a él y, pese a que no había nadie que pudiera escucharlos, susurró:

—Su majestad me ha ordenado que os diera esto en secreto —dijo, sacando de debajo de su túnica un libro maltrecho, que antaño debió ser más grueso y que ahora había quedado reducido a un pequeño cuaderno.

Naruto frunció el ceño, pero lo cogió y lo examinó brevemente.

Su rostro perdió el color nada más ver el título. Con manos nerviosas, abrió la tapa y pasó las escasas páginas, arrugadas, algunas a medio arrancar y otras con partes quemadas.

—¿De dónde has sacado esto? —preguntó con la mandíbula apretada.

—Lo encontré después de que la princesa se recuperara. Añadí cómo hacer la cura a varios de nuestros libros de medicina y reordenándolos se cayó del interior de una enciclopedia botánica antigua —dicho esto, volvió a echar un vistazo a la puerta, como si temiera que alguien pudiera escucharlos a pesar de estar hablando en voz baja—. Se lo dije a su majestad y me ordenó expresamente que se lo diera únicamente a usted antes de irse. Dijo que sabría qué hacer.

Naruto contempló un momento más el libro antes de cerrarlo de golpe y esconderlo dentro del saco en el que había guardado la ropa. Procuró envolverlo bien entre las prendas, por si se abría en algún momento durante el viaje y alguien lo veía. Una vez lo hubo hecho, se lo echó al hombro y miró fijamente a Onoki.

—No le hable a nadie de este libro. Jamás —le advirtió.

El anciano inclinó la cabeza.

—Hice un juramento de sangre, alteza. No volveré a pronunciar palabras asociadas a él hasta que expire mi último aliento.

El creador tragó saliva y le dio un apretón en el hombro.

—Gracias. De corazón —dicho esto, abrió la puerta de la habitación y se encaminó presuroso hacia las escaleras.

Onoki salió de la estancia, observando el lugar por el que había salido el joven con una expresión de incertidumbre en el rostro.

—Tenga mucho cuidado, alteza.

 

 

—Así que no tienes que preocuparte por mí —dijo Sasuke con una sonrisa, rozando con sus dedos la piedra blanca—. Se acabaron las aventuras por el mar y ofrecer mi espada a quien pueda pagarla. Voy a sentar la cabeza, dirigir un reino junto a mi esposo y tener un par de críos —añadió. De repente, las comisuras de sus labios bajaron un poco hacia abajo y sus ojos se volvieron melancólicos—. Ojalá estuvieras aquí para verlo. Naruto te habría gustado enseguida. Y habrías sido una gran abuela —dicho esto, echó un vistazo hacia el puerto y se arrodilló—. Tengo que irme ya, pero no tardaré en volver. No sé si Itachi te lo habrá contado, pero va a ser padre. Volveré para ver a mi sobrino y vendré a visitarte. Lo prometo. —Se levantó y acarició el rostro de la escultura con cariño—. La próxima vez traeré a Naruto, para que lo conozcas. Aunque tal vez Taka ya te haya hablado de él. —Hizo una pausa y, esta vez, sonrió de verdad—. Adiós, mamá.

Una vez se hubo despedido, salió del cementerio, situado a las afueras de la ciudad sobre una colina, desde la cual podía verse gran parte de las casas de su gente, el castillo y, en especial, el puerto. En las puertas, encontró a su caballo, que lo esperaba dócilmente, y montó sobre él antes de bajar con cuidado el elevado terreno en dirección a los muelles para regresar a casa.

No era capaz de marcharse sin despedirse antes de su madre, por eso había salido más temprano del castillo; había muchas cosas que quería contarle. Sobre todo, quería que supiera que no debía preocuparse más por él, su fase alocada en el mar había terminado, y que al fin había encontrado un nuevo hogar y una persona con la que compartir su vida.

Le habría gustado llevar a Naruto, pero su pobre rubio estaba convencido de que se le había olvidado algo y se había vuelto loco rebuscando por toda la habitación. Este le había pedido que se adelantara; no había querido que lo ayudara a buscar porque ni siquiera recordaba qué se le había olvidado, y tampoco había querido ser impedimento para que no fuera a ver a su madre. Había intuido que, para él, era importante tener esa despedida con ella.

Una vez en el puerto, avistó rápidamente su barco y también a su familia, que estaba hablando con Sai.

—¡Sasuke!

Se giró al escuchar su nombre y sonrió un poco. Su prometido iba montado a caballo detrás de Korin, que lo espoleó hasta llegar a su lado. Ella le hizo una reverencia con la cabeza y él se la devolvió en un gesto rápido. En la última semana, había permitido que estuviera a solas con su pareja de vez en cuando, pero no durante mucho tiempo y siempre que él estuviera cerca. Pese a que había salvado a Naruto de un Rey del Cielo, y estaba agradecido por ello, el recelo seguía ahí, palpitante bajo la piel. No podía evitarlo después de sus últimas experiencias con sus examantes y, de todas formas, no quería hacerlo.

Bajó la guardia con ella porque creía que era diferente a las otras… Pero no fue así.

Y su error costó muy caro.

Puede que Naruto tuviera razón con sus visiones y ella acabaría cambiando de verdad, pero él no quería confiarse de nuevo y cometer el mismo error, sería un completo imbécil si lo hacía. Por eso necesitaba mantener las distancias y estar vigilante durante un tiempo.

Mucho tiempo, en realidad.

Frenó su montura hasta que Korin acercó su caballo, adelantándose un poco para que pudiera hablar con Naruto.

—¿Has encontrado lo que buscabas? —le preguntó a su rubio.

Este palideció y soltó una maldición.

—¡Mierda!

Sasuke no pudo contener una sonrisa.

—No me digas que se te ha olvidado hasta buscarlo.

—No exactamente —dijo el creador con mala cara antes de soltar un suspiro—. Ni siquiera sé qué era…

—Sea lo que sea, cuando lo recuerdes, puedes pedir a mi padre que te lo envíe al Reino del Fuego —lo animó.

Naruto frunció el ceño, meditabundo, y, al final, asintió.

—Supongo que sí. Pero me da rabia no saber qué se me ha olvidado.

—No puede ser tan importante —dijo Sasuke mientras bajaba del caballo y se lo entregaba a uno de los guardias que había acompañado a su familia hasta el puerto—. Lo hemos repasado todo antes de irnos y no nos faltaba nada.

—Mmm… —refunfuñó el creador, permitiendo que Sasuke lo ayudara a bajar del caballo—. Puede que sean imaginaciones mías. Han pasado tantas cosas que es posible que mi cabeza esté agitada todavía.

Ante ese comentario, el Uchiha agachó la mirada.

—Lo siento. Se suponía que debía ser un buen viaje.

Naruto lo miró con los ojos como platos.

—Y ha sido un gran viaje, Sasuke. No todo ha sido sonrisas, es verdad, pero no quita que haya sido lo más bonito que me ha regalado nadie. Tener mi propia aventura en otra tierra —dicho esto, le dio un beso en la mejilla y le sonrió—. No te preocupes. La próxima vez será diferente.

Sasuke le devolvió la sonrisa y lo estrechó un momento contra su cuerpo antes de reunirse con su familia. Korin los seguía en silencio.

—Espero que diferente para bien —murmuró.

—Alegra esa cara, Sasuke —le dijo Izumi, que se acercó a ellos para abrazarlos—. Nos volveremos a ver en unos meses, si no para vuestra boda, para ver a vuestro sobrino —dicho esto, se separó y le dedicó una mirada cálida a Naruto—. Gracias otra vez por lo que has hecho por nosotros, Naruto. Jamás podremos agradecértelo lo suficiente.

El rubio le sonrió con emoción.

—Soy yo quien no puede agradeceros el que vayáis a traer al mundo a otro creador.

Itachi apareció entonces y pasó un brazo por la cintura de su esposa.

—De todas formas, Izumi y yo lo hemos estado pensando y…

—Nos gustaría que tú le pusieras nombre a nuestro hijo.

Naruto parpadeó.

—¿Yo?

—Sí, sería un honor —dijo Itachi.

El rubio boqueó un momento.

—Pe-pero si vosotros sois los padres. Yo no soy quién para elegir…

—¡Por favor! —le suplicó Izumi, cogiéndolo de las manos y colocándolas en su vientre—. Vosotros dos sois únicos en el mundo. Sé que a él le haría mucha ilusión.

El creador contempló el vientre, ligeramente más hinchado que la primera vez que vio a la futura reina del Hielo, y soltó el aire despacio al mismo tiempo que lo acariciaba.

—Menma.

Los ojos de la joven centellearon.

—Menma. Es bonito.

—Es un nombre habitual en los reyes del Fuego, ¿no? —preguntó Itachi.

Naruto asintió, sin mirarlos. Había emoción y tristeza en sus ojos.

—Así es. Es el nombre que habría tenido mi hermano si hubiera llegado a nacer.

Tanto la pareja como Fugaku se tensaron al escuchar la noticia, intuyendo la verdad tras ese comentario. Izumi tiró del joven para abrazarlo con dulzura, como una madre haría con su hijo, e Itachi le acarició la cabeza con ternura.

—Gracias por ponerle ese nombre —susurró la princesa.

—Cuidaremos muy bien de él —le prometió Itachi.

Naruto se separó y les sonrió.

—Lo sé. Por ahora, cuidaos mucho, sobre todo tú, Izumi.

—Descuida —dijo ella, devolviéndole la sonrisa con cariño—. Disfruta del viaje.

Mientras llegaba el turno de Sasuke para despedirse de su familia, Naruto fue con Fugaku, que inclinó la cabeza en un gesto de profundo respeto.

—Gracias por todo lo que has hecho por mi familia. No solo por Izumi —dijo, mirando a Sasuke de reojo.

El rubio sacudió la cabeza a un lado y a otro.

—Él ha hecho más por mí que yo por él.

—No te subestimes, Naruto —le dijo Fugaku con seriedad—. Es muy difícil hacer cambiar a la gente, y cambiarla a mejor, más todavía. Sasuke ha recuperado muchas cosas que había perdido gracias a ti. Y eso no tiene precio.

Naruto sonrió un poco.

—Él también me ha cambiado. Me ha dado más confianza y seguridad. Me ha hecho más fuerte.

El rey del Hielo posó sus manos sobre sus hombros y lo miró con intensidad.

—Eso es bueno. Cuando llegue el momento, no olvides esa fuerza. —Antes de que Naruto pudiera preguntarle a qué se refería, Fugaku le dio un apretón y dio un paso atrás, llevándose un puño al corazón e inclinando la cabeza—. Que los dioses te protejan, hijo de Kurama.

El rubio le devolvió la reverencia. Aún le habría preguntado qué quería decir con esos comentarios, sospechando que el rey intuía algo acerca de su destino como creador, pero Sasuke se reunió con ellos y abrazó a su padre, por lo que Naruto decidió dejarlo estar, consciente, en el fondo, de que Fugaku no tendría respuestas más certeras que las suyas propias. Así que dejó que ambos se despidieran tranquilos y subió a bordo de la nave que los llevaría de vuelta a casa, colocándose junto a Korin, que contemplaba las costas del este con cierta melancolía en los ojos.

Naruto apoyó los codos en la borda y observó el paisaje.

—Echarás de menos tu hogar.

Korin frunció el ceño.

—No lo sé. Es la primera vez que salgo de aquí.

—¿Nunca sentiste curiosidad por lo que había allá fuera?

—No —respondió ella con sinceridad—. Siempre pensé que mi sitio estaría aquí, sirviendo a la familia real. Como mi padre.

—La vida son cambios constantes. Rara vez toma el rumbo que nosotros deseamos —comentó, pensando en Sasuke y en lo poco que se parecía al tipo de marido que creyó que tendría y gracias al cual su familia volvía a tener poder en su reino. Ese cambio fue muy bueno para él, y para toda su gente. Esperaba de corazón que lo que había visto en su visión fuera cierto y que visitar el Reino del Fuego tuviera el mismo efecto en Korin.

Ella frunció un poco el ceño.

—Eso es cierto.

—¿Y qué ha dicho tu padre de venir conmigo? —preguntó el rubio—. ¿Se lo ha tomado bien?

La joven movió la cabeza a un lado y a otro.

—No. Murió hace tiempo.

—Oh. Lo siento.

Ella se encogió de hombros.

—Fue hace mucho tiempo. El rey Fugaku no hacía mucho que había sido coronado tras la traición del Reino del Amanecer, que asesinó a su padre. Su ejército vino a asediarnos e inundaron nuestras costas. Murió durante el segundo mes de asedio, cubriendo la retirada de nuestras tropas —dijo, hinchando el pecho—. Fue un gran guerrero que dio su vida por su pueblo.

Naruto se atrevió a sonreír un poco.

—Estás orgullosa de él.

—No hay muerte más honorable que la de caer en combate, protegiendo tu tierra. Yo quería ser como él.

—Tu madre estará orgullosa, entonces. Llegaste a ser comandante.

De repente, Korin se tensó y apretó los labios.

—No lo creo.

El rubio frunció el ceño.

—¿Por qué no? Vuestro ejército es motivo de orgullo. Seguís siendo imbatibles en la batalla, jamás habéis sido conquistados.

Korin entrecerró los ojos.

—No es por el ejército. Es por mí.

Naruto hizo una mueca.

—¿Es porque te han degradado? Lo lamento, sé que fue por mi culpa.

—No tiene nada que ver, mi señor —respondió ella, sin mirarlo—. Siempre me odió.

Eso no era lo que el creador había esperado.

—¿Cómo?

La joven se sobresaltó un poco y su postura se tensó tanto que se podía apreciar sus angulosos músculos bajo las mangas de la camisa.

—He hablado de más. Discúlpeme.

Naruto le cogió una mano con delicadeza y la estrechó entre las suyas. Korin no la retiró, pero lo observó con los ojos muy abiertos.

—A juzgar por lo que me has contado hasta ahora, creo que no tienes muchos amigos. Y, en este momento, parece que necesitas uno.

Ella apretó los labios, aunque su mirada reflejaba otra cosa muy distinta, una especie de miedo mezclado con anhelo.

—No. Juré que me haría más fuerte para superar mis sentimientos. Así no voy a conseguirlo.

El creador la contempló con esos bonitos irises azules, que no reflejaban otra cosa que no fuera comprensión y amabilidad.

—Para ser realmente fuerte, hay que aceptar, antes que nada, que somos humanos, y no seres hechos de hielo y roca. Aceptar que no siempre somos valientes, poderosos y sabios, y que también sentimos miedo, tristeza y dolor. No podemos huir de las emociones aunque a veces lo deseemos. Una vez se acepta que sentimos todas esas cosas, y que es inevitable que estén en nuestro interior, es cuando podemos hacerles frente de verdad y luchar para convertirlas en algo mejor. Reprimirlas no hará que desaparezcan. Seguirán ahí dentro, haciéndote daño.

Korin tragó saliva y apartó la vista, contemplando las costas que había recorrido miles de veces con su padre.

—Mis padres se amaban con locura. O eso fue lo que mi madre solía decirme. Lo cierto es que yo no recuerdo gran cosa de eso. La mayor parte de mi infancia la pasé con mi padre; él me enseñó a cabalgar en esta misma costa, me contaba historias sobre los grandes héroes de nuestro pueblo y me decía que yo algún día sería como uno de ellos —relató, tragando saliva y con los ojos brillantes—. Mi madre, en cambio, solo se dedicó a darme de comer y a hacerme ropa. Nunca se sentó en mi cama a arroparme y darme las buenas noches, y si lo hizo, sería cuando yo era tan pequeña que mi memoria no alcanza esos recuerdos. —Hizo una pausa, bajando la vista—. Sí que me acuerdo de las noches en las que la escuchaba discutir con mi padre. Solía sollozar, decía que ya no la amaba y que ya no pasaba tiempo con ella porque se dedicaba a estar conmigo. Él le decía que no era cierto, la besaba y ella lo perdonaba… Hasta un tiempo después. Cuando cumplí seis años, ella propuso enviarme a vivir con su familia paterna, que se dedicaba a la cría de caballos, usando como excusa que a mí me encantaban y que tal vez sería una mejor jinete si desde niña trabajaba con ellos. Mi padre no lo aceptó. Vivían en las aldeas de las remotas llanuras del norte, donde hay más abundancia de caballadas. Hay tres semanas de camino a pie, dos si se cabalga todos los días. Él no quería que me fuera tan lejos siendo tan pequeña. —Frunció el ceño, moviendo la cabeza a un lado y a otro—. Recuerdo lo asustada que estaba por los gritos, y que mi madre me señaló con el dedo y me dijo que era mi culpa, que yo había matado el amor de mi padre por ella. Él me sacó de casa esa misma noche y nos fuimos con mis tíos. Unos meses después, empezó la guerra y mi padre falleció.

Naruto la miró con tristeza.

—¿Volviste con tu madre?

—Cuando empezó la guerra, mis tíos se refugiaron en el este y se quedaron a vivir allí. A mí tuvieron que llevarme con mi madre, la ley dicta que los hijos deben quedarse con sus progenitores a menos que haya casos de abuso, y mi madre no me pegaba. Tras la muerte de mi padre su mente se rompió por el dolor. Yo debía cuidar de ella. Hacía que comiera y la obligaba a salir de casa para que no estuviera postrada todo el día en la cama. Con el paso de los años, se fue recuperando, pero rara vez me hablaba, y si lo hacía, era para soltarme algún gruñido o una mueca de desprecio seguida de algún comentario acerca de cómo tendría que haberse clavado un cuchillo mientras estaba embarazada. —De repente, sus manos se convirtieron en puños. Naruto le estrechó la que sostenía entre sus dedos, pero ella no pareció ni sentirlo siquiera. Sus ojos llameaban—. Cuando yo tenía once años, se volvió más habladora. Me contó cómo había arruinado su vida con mi padre, que yo lo había apartado de ella y le había robado su amor. Me culpó de su muerte, de cómo él sintió la necesidad de actuar como uno de los héroes de las historias que me contaba. Entonces, empezó a pegarme.

Naruto le acarició el dorso de la mano y ella relajó su postura corporal, como si de repente hubiera recordado que seguía ahí. Inspiró profundamente y soltó el aire despacio, cerrando los ojos.

—Yo no me defendía —admitió—. Pensé que, si aguantaba, algún día llegaría a quererme como lo había hecho mi padre. Además, solo eran bofetadas. Alguna vez me tiró al suelo y me pateó un poco, pero no pasó de ahí. Los vecinos notaban que pasaba algo raro, pero yo siempre me inventaba algo. Hasta que un día me atacó con un cuchillo. Hui de ella por toda la casa y me encerré en mi habitación. Nunca he sentido tanto miedo como ese día. Recuerdo que le supliqué que me perdonara por quitarle a mi padre, pero ella siguió apuñalando y arañando la puerta, soltando esos horribles alaridos. —Hizo una pausa y le temblaron las manos. Naruto no supo si era por el dolor o la rabia—. Dijo que me odiaba, que si hubiera sabido lo que iba a hacerle a mi padre, me habría matado en la cuna, y que solo me tuvo porque él quería tener hijos. Me gritó que yo no era hija suya, que jamás lo había sido. Supe… En ese momento, supe que… nunca me querría —admitió, tragando saliva—. Que todo lo que había hecho por ella, que todo lo que había aguantado, no significaba nada. No valía nada. Como yo.

—Korin, eso no es… —empezó Naruto, pero ella lo detuvo apretándole la mano. Él guardó silencio.

—Así que le abrí la puerta y me enfrenté a mi muerte —dijo entre dientes, con las facciones tensas y los irises ardiendo—. Puede que yo no fuera digna de su amor, pero ella tampoco lo era del mío. Su responsabilidad como madre era cuidarme y, en vez de eso, me trató toda la vida como si fuera un vulgar conejo que intenta comerse su huerta. Si yo debía morir por haberle arrebatado su amor, ella lo haría por negarme el suyo. Así que abrí la puerta y me abalancé sobre ella. Le quité el cuchillo y lo lancé lejos para que no lo cogiera. Si quería matarme, tendría que hacerlo con sus propias manos, igual que yo. —Su pecho subía y bajaba con rapidez, haciendo que soltara las palabras entre resoplidos de furia contenida—. Los vecinos nos oyeron y nos separaron a duras penas. Ella salió más malherida que yo. Tenía quince años y me estaba preparando para entrar en el ejército al año siguiente, cuando cumpliera la mayoría de edad. Esa fue la última vez que nos vimos, pero recuerdo la mirada de odio que me echó, probablemente la misma que yo tenía cuando le grité que papá no la amaba porque era una perra amargada cegada por su propio egoísmo. —Cuando soltó esas palabras, volvió a relajar su postura y a inspirar hondo, como si tratara de recuperar el control sobre sí misma. Naruto esperó hasta que se calmó lo suficiente para continuar hablando, aunque, cuando lo hizo, parecía un poco confundida, sobresaltada tal vez por su arrebato—. Después de eso, el rey cedió a mi favor en el juicio. Declaró que mi madre no estaba en condiciones de cuidarme y, a pesar de que todavía no tenía dieciséis años, dejó que entrara en el ejército y me acogió bajo su techo. Desde entonces, me he dedicado en cuerpo y alma a ser como mi padre… Y destruir cualquier cosa de mí que me recuerde a mi madre. No quiero acabar como ella —admitió, agachando la cabeza—. Otra vez, no.

—Korin, no has acabado como ella —trató de consolarla Naruto, frotándole la mano con cierta ansiedad. Tras escuchar esa historia, una sensación de desasosiego se había instalado en su interior—. Esa mujer no estaba bien. Piense lo que piense Sasuke sobre ti, tú solo querías salvarle la vida. No podías hacer nada por mí salvo morir.

—Tal vez esa era la opción correcta —dijo ella, mirándolo con desazón—. Yo habría muerto, pero habría sido lo correcto. Tendría que haber muerto hace mucho.

—No, Korin. Escúchame…

—En vez de eso, mis sentimientos me hicieron olvidar mis responsabilidades, mi juramento. Era lo único que tenía y lo traicioné, igual que hizo ella —dicho esto, se zafó de sus manos y se alejó de él, en dirección a su camarote.

—Mierda… —maldijo Naruto, pasándose una mano por el pelo. Había encontrado el origen de los demonios de Korin, pero eran mucho más complicados de lo que pensaba. Y, al final, no estaba seguro de si hablar de ello había sido una buena idea. Creía que contarle sus penas la aliviaría, y confiaba que sería así, que solo necesitaba un poco de tiempo para terminar de desahogarse… pero no deseaba que la poca distancia que había acortado entre ellos volviera a extenderse.

—¿Va todo bien?

Se giró para mirar un momento a Sasuke, que lo observaba a su vez con el ceño fruncido. Había visto a Korin alejarse con largas y furiosas zancadas de Naruto, algo tan inusual en ella como la visión de un unicornio.

—Sí, no te preocupes —le dijo su prometido—. La he presionado demasiado.

—¿Cómo? Korin es prácticamente imperturbable.

Naruto negó con la cabeza.

—No es mi historia para contarla.

Sasuke frunció el ceño y echó un vistazo en la dirección por la que Korin había desaparecido. Recordaba haber escuchado algún que otro rumor acerca de ella, tan vago que apenas había tenido alguna relevancia, ya que todos estaban más impresionados con sus habilidades en cualquier tipo de combate, ya fuera cuerpo a cuerpo, con espada, tiro con arco, sobre el caballo… Sus capacidades de liderazgo también habían sido muy notables, motivo por el que había llegado a comandante aun siendo bastante joven. Por eso apenas recordaba nada sobre los rumores. Le sonaba que tenía que ver con su madre, pero no podía estar seguro.

—Está bien —dijo, encogiéndose de hombros. No tenía intención de conocer más a Korin salvo que Naruto creyera que era necesario, así que lo dejó estar. Sin embargo, la inquietud de su esposo sí era asunto suyo, de modo que se acercó a él y le revolvió el pelo—. Anímate un poco. El barco va a zarpar y debemos prepararnos.

Naruto asintió y se puso en marcha para ayudar a Sasuke y a sus hombres a abandonar el puerto. Durante los primeros minutos, la cubierta fue un caos de gritos y gente corriendo de un lado a otro, cazando cabos y soltando velas, levando el ancla y virando con el timón. En cuanto todo estuvo más tranquilo, Sasuke y Naruto fueron a la popa junto a Sai para despedirse de manera oficial de la familia real, que los saludaba en la distancia alzando los brazos.

—Bueno, ha sido una estancia de lo más interesante —comentó Sai.

Sasuke gruñó.

—Ha sido horrible.

Su primo hizo una mueca.

—Vale, admito que todos nos hemos puesto nerviosos. Pero mira el lado bueno —dijo, señalando a Naruto con una sonrisa—, hemos presenciado cosas increíbles, entre ellas el descubrimiento de un semidiós que es capaz de derrotar a un Rey del Cielo y que tiene el favor de Taka, ¡al que hemos visto en persona impartiendo justicia! Se suponía que esas cosas solo pasaban en las leyendas.

—¿Qué pasa, Sai? —le preguntó Naruto con un tono burlón—. ¿Se ha visto renovada tu fe?

—Ya lo creo —asintió este sin dudar—. Hace tiempo que pensaba que los dioses eran poco más que espectadores que se divertían viendo las tonterías que hacíamos los humanos, que pensaban que ya no valía la pena ayudarnos. Y, mira por dónde, siguen estando ahí, con nosotros.

Sasuke frunció el ceño.

—Creo que es la primera vez que te oigo expresar algo profundo.

—Eh, no eres el único que puede madurar.

Naruto entrecerró los ojos.

—¿Piensas seguir persiguiendo a Ino?

—¡Pues claro! —respondió Sai alegremente—. Esa rubia sucumbirá a mis encantos.

—Y Taka ha restablecido el orden —se burló Sasuke.

El rubio se estaba riendo por lo bajo cuando un graznido los sobresaltó a todos. Una sombra blanca surcó el cielo por encima de ellos, creando un círculo alrededor del barco mientras soltaba fuertes graznidos que parecieron retumbar incluso en las olas del océano. Después, aleteó un momento en el aire, contemplando a Naruto.

Adiós, hijo de Kurama. No olvides lo que has aprendido aquí —dicho esto, plegó un poco las alas, dejándose caer unos instantes antes de remontar el vuelo, rozando la superficie del mar, y regresar a la Montaña Sagrada.

El creador inclinó la cabeza a modo de reverencia.

—Gracias por todo, mi señor.

 

 

Sasuke se despertó instintivamente al sentir que Naruto no estaba a su lado.

Su mente lo devolvió a los negros días de la ventisca, a esos días interminables y las largas noches que había pasado pensando en que tal vez no volvería a abrazar a su rubio.

Se estremeció ante el recuerdo, pero se recompuso y aguzó el oído. No escuchó el silbido de las espadas al chocar entre sí, ni gritos, ni las pisadas apresuradas sobre la madera, solo el crujido del barco mecido por las olas.

Más tranquilo al no percibir una amenaza inmediata, se levantó y salió del camarote, dirigiéndose a cubierta.

El alivio fue inmediato cuando vio la rubia cabellera de su prometido mientras subía las escaleras… hasta que llegó al final de estas, avistando lo que había en la parte de proa.

El Rey del Cielo.

—No te muevas —le susurró su prometido.

Sasuke estaba seguro de que su corazón saldría de su pecho al ver que su esposo estaba agachado y de puntillas a medio camino de la criatura.

—¡¿Qué haces?! —murmuró, asustado.

Naruto le frunció el ceño y se llevó un dedo a los labios, indicándole que guardara silencio antes de seguir andando, haciendo que él se llevara las manos a la cabeza y maldijera al tonto imprudente con el que iba a casarse.

Cada paso que daba más cerca del ser, más sentía la necesidad de correr hacia Naruto, cogerlo por la cintura y encerrarlo en el camarote. Sin embargo, sabía que el más mínimo ruido despertaría a la bestia, y lo último que quería era que su rubio saliera malherido por su culpa.

Afortunadamente, el creador debía de estar protegido por todos los dioses habidos y por haber, ya que llegó hasta la criatura y le acarició las plumas de la cabeza.

O no.

El Rey del Cielo abrió uno de sus grandes ojos. Miró directamente a Naruto y abrió su enorme pico.

—¡Mierda! —maldijo Sasuke, corriendo hacia él… Sin embargo, a los pocos pasos, tuvo que detenerse.

La bestia solo bostezó. Estiró sus grandes patas de león, sacando durante un instante esas filosas y terribles garras, antes de acurrucarse formando una especie de círculo sobre sí mismo y cubriéndose con las alas.

… Sí, definitivamente, esto tenía que ser cosa de los dioses.

Naruto se alejó de la criatura con una sonrisa satisfecha en los labios que solo logró que Sasuke se enrabiara. Al ver su reacción, sus labios se curvaron aún más hacia arriba.

—Oh, vamos. No ha pasado nada —susurró, cogiéndolo de la mano y llevándolo de vuelta al camarote.

Sasuke gruñó.

—Tú quieres matarme a base de sustos.

—No, es que no podía dormir y me pareció escuchar algo fuera —dijo mientras entraban en la pequeña habitación. Consistía en un pequeño pasillo, con un hueco a la izquierda para dejar las bolsas de viaje y un camastro a la derecha, no había nada más.

El Uchiha dejó escapar un largo suspiro.

—¿Y no se te ocurrió hacer algo más seguro que acariciar a un Rey del Cielo mientras duerme? Y, por cierto, ¿qué hace aquí?

—Creo que está migrando a otro lugar y no encontró ninguna isla en la que poder descansar.

—Genial —masculló Sasuke.

Naruto le dedicó una pequeña sonrisa mientras se sentaba con las piernas cruzadas sobre la cama.

—Sé que Fuin da miedo, pero no es una amenaza. Siempre y cuando no lo provoquemos.

—Por supuesto —dijo, poniendo los ojos en blanco y sentándose junto a Naruto. Pasó un brazo por sus hombros y lo pegó a él—. Entonces, ¿no puedes dormir? ¿Has tenido pesadillas?

El rubio, sabiendo a qué se refería, sacudió la cabeza y su rostro se ensombreció.

—No, no tiene nada que ver. Es otra cosa.

Al ver su expresión, Sasuke frunció el ceño.

—¿Algo que deba saber?

—La verdad es que sí —admitió Naruto, colocándose de cara a él en la cama. Sasuke lo imitó e inclinó un poco la cabeza, prestando mucha atención—. Esta mañana, Onoki me ha dado algo en secreto. Lo encontró abandonado dentro de un libro antiguo y se lo dijo a tu padre. Él ordenó que nadie más que yo podía verlo.

—¿Qué era?

El rubio apretó la mandíbula.

—Un libro de los Tiranos.

Sasuke estrechó los ojos.

—¿Los Tiranos? ¿Los mismos que dieron caza a los creadores?

—Sí —respondió Naruto, cruzando los brazos. Una sombra de inquietud cruzó sus ojos—. Es un ejemplar sobre nosotros.

Esta vez, el príncipe abrió los ojos como platos.

—Espera, espera. ¿Te refieres a uno de esos manuales que escribieron especificando cómo controlaros?

—Así es.

—¡Creía que los destruyeron!

Naruto suspiró.

—También se suponía que ellos destruyeron los libros de los creadores, pero algunos, como el de tu reino, lograron perdurar. Supongo que ocurriría lo mismo con los libros de los Tiranos. Algún superviviente debió esconder lo que quedó de ellos, ya que el que me ha dado Onoki está medio quemado y le faltan muchas páginas.

Sasuke se levantó de la cama de un salto, pasándose las manos por el pelo. Si aún había uno de esos libros, todavía podían quedar otros. Y si había más…

Un desagradable pensamiento cruzó su mente. Apretó los puños.

—Mizuki —escupió su nombre como si fuera veneno—. Por eso sabía lo de tu ciclo fértil. Era la única manera.

Naruto asintió.

—Yo también lo había pensado.

—¿Y cómo llegaría ese libro hasta él? —se preguntó Sasuke, llevándose una mano al mentón en ademán pensativo—. Son libros muy antiguos, no se encontrarían en cualquier parte.

El rubio hizo una mueca.

—Él era el consejero encargado de la cultura y la educación en mi reino, pasaba mucho tiempo en la biblioteca. Pudo encontrar algo.

Sasuke frunció el ceño al percibir algo raro en su tono de voz.

—No suenas muy convencido. ¿Tienes otra idea en mente?

Naruto desvió los ojos hacia un lado.

—Acabo de caer en algo que nunca había pensado antes. Es bastante improbable, pero, al mismo tiempo, tendría mucho sentido —dicho esto, miró a Sasuke—. Tendría que comprobarlo cuando lleguemos al Reino del Fuego. Solo para estar seguro.

Su prometido volvió a sentarse a su lado y le tomó ambas manos.

—Te ayudaré.

—No —pidió el rubio, bajando la vista. Su expresión era de inquietud y dureza a la vez—. Necesito comprobar esto por mi cuenta, solo. Hay cosas que tengo que aclarar.

Sasuke lo observó detenidamente un momento, y, después, asintió.

—De acuerdo. Si puedo ayudar en algo, dímelo.

Esta vez, el joven le dedicó una pequeña sonrisa cansada.

—Gracias.

Él le devolvió el gesto, lo besó en la cabeza y luego lo estrechó entre sus brazos con fuerza.

—No te preocupes por esos libros, Naruto —le dijo—. No parece que haya muchos que sepan de ellos, o ya lo sabríamos. Más de uno habría venido a por ti, o incluso habría divulgado la información. Solo debemos estar atentos a los movimientos de nuestros enemigos.

—Mizuki, Danzo, Orochimaru —enumeró el rubio con el ceño fruncido—. Y algunos reyes indignados por la caza de los zorros.

—Sí.

—Son muchos enemigos.

—Pero nosotros tenemos muchos aliados —le recordó Sasuke con convicción—. No hay muchos que querrán enfrentarse al Reino del Hielo. Saben que nuestro ejército es el más poderoso del mundo. Y también están los reinos del Remolino y el de los Bosques, hasta el del Desierto se pondría de nuestra parte.

Naruto se relajó un poco.

—Es verdad.

—Y los dioses están contigo, Naruto —dijo con suavidad—. No lo olvides. Recuerda que tú eres más fuerte que todos ellos juntos.

El rubio lo estrechó con fuerza, enterrando el rostro en su pecho.

—Gracias, Sasuke.

Este le devolvió el abrazo.

—Todo irá bien —le prometió. Sin embargo, la sombría advertencia de Taka y los últimos acontecimientos hicieron que aquel oscuro presentimiento que se había instalado en él desde que conversó con el dios aflorara de nuevo. Hundió los dedos en el pelo de su esposo y lo besó en la cabeza con una mirada fiera en los ojos—. No dejaré que te pase nada.


El viaje transcurrió de forma relativamente tranquila. Los momentos de mayor tensión transcurrieron durante las virulentas noches de tormenta del mar del norte, que anunciaban el final de la estación y la llegada inminente del invierno. Era uno de los motivos por los que Sasuke y Naruto habían decidido regresar al Reino del Fuego, ya que, como ocurría en verano en su reino, el del Hielo quedaría aislado durante esa época, cuyas aguas quedarían congeladas, y, por tanto, los barcos no podrían ni llegar ni salir.

A pesar de las lluvias torrenciales los primeros días de su viaje, lograron salir airosos hasta las cálidas aguas del sur, más apacibles y con mejores temperaturas. Fue curioso cómo los hombres de Sasuke habían cambiado desde la primera vez que llegaron al Reino del Fuego. Como él, parecían haberse vuelto más animados y alegres, en parte por el buen tiempo y, sobre todo, por la influencia que habían recibido de la gente del país de Naruto; muchos se estaban planteando instalarse definitivamente allí tras la coronación de Sasuke, ya que este no volvería a navegar con ellos, otros pensaban en pasar unas últimas vacaciones antes de regresar a su reino natal, y unos pocos, los más jóvenes del grupo, pensaban en seguir viendo mundo.

Korin pareció sorprendida por el repentino cambio de actitud de los hombres; estaba acostumbrada a que su gente fuera más dura y fría, por lo que se sintió un poco fuera de lugar durante las noches más tranquilas, en las que estos se quedaban en cubierta a cantar poemas épicos de antaño o sátiras propias de las tabernas que arrancaban carcajadas, incluso hubo ocasiones en las que se retiraba a cenar a su camarote.

Naruto y ella hablaron poco durante el viaje. La guerrera había marcado la distancia que tanto temía el creador, sin embargo, la respetó, consciente de que se había propasado al indagar en su pasado. Su intención había sido buena, pero, como estrategia para ayudarla, no era la mejor. Así que le había dejado su espacio para que se recuperara de su conversación, aunque no por ello descuidaba su deber de estar pendiente de su seguridad, incluso en el barco, no tanto porque pensara que alguien fuera a hacerle daño sino por evitar que cayera al mar por cualquier motivo o se quedara enganchado en un cabo. A veces hasta probó el pescado que comía para asegurarse de que el pez no había estado enfermo.

También se ocupó de tener un ojo puesto en él las veces que se habían detenido en un puerto, pues la noticia de que el creador no solo había quedado en tablas con Fugaku en combate singular, sino que había sobrevivido a una ventisca en el Reino del Hielo durante dos semanas, había corrido como la pólvora gracias a los comerciantes de dicho reino.

Ahora todo el mundo estaba desconcertado e impresionado a la vez. Todos querían hablar con él para saber si los rumores eran ciertos o exigir una demostración. A veces hasta se formaron multitudes alrededor de los marineros del Hielo que trataban de llegar a Naruto, o, al menos, verlo con sus propios ojos.

Las últimas veces que atracaron en puertos, él no bajó para evitar el agobio. Además, empezó a preocuparse de verdad por si había sido buena idea luchar con Fugaku delante de todo el mundo. Lo de la ventisca era inevitable, y, en cierto modo, el combate también lo había sido… Pero ahora empezaba a plantearse de verdad que los dioses querían que le mostrara al mundo lo que era.

Y eso lo aterraba.

Ahora solo estaban Menma y él. Solo dos creadores en el mundo. Si sacaba a la luz su verdadero poder, ambos acabarían muertos tarde o temprano. O peor, podría provocar una nueva era de esclavitud para su género si los capturaban y empezaban a obligarlos a tener niños para entregárselos a unos nuevos Tiranos.

No quería eso. La muerte parecía una opción más piadosa.

Llegar a su reino natal lo tranquilizó un poco. Solo un poco.

Los campesinos lo recibieron con alegría y orgullo, delante de todo el mundo, incluso de los nobles. Eso le produjo una cierta sensación de seguridad, aunque se resquebrajó un poco al examinar la expresión de la nobleza de su reino; muchos lo miraban con cautela y desconfianza, y, aunque había otras casas de gran importancia que le hicieron una reverencia respetuosa, y también estaban sus amigos, no pudo evitar sentirse un tanto amenazado.

Cuando lo comentó con Sasuke, este admitió que también se había dado cuenta, pero no estaba preocupado. Una parte de esa nobleza ya había sido castigada por los hombres zorro durante la cacería y dudaba que quisieran volver a enfrentarse a ellos, sobre todo sabiendo que estos debían su lealtad a la familia real. La otra parte de la nobleza, por otro lado, no quiso participar en dicha cacería, lo que indicaba que aún respetaban las leyes divinas y que tampoco quisieron oponerse a él y a su abuela cuando mostraron su desacuerdo con permitir esa caza.

La verdad es que esos argumentos calmaron gran parte de sus miedos y le permitieron centrarse en otras cosas. Una de ellas, ver si su teoría acerca de Mizuki era cierta; seguía creyendo que era muy improbable, pero, al mismo tiempo, le molestaba el modo tan perfecto en el que encajaba todo de ser cierto. Por eso, no dejó de buscar, a pesar de que su investigación requería semanas de revisar registros familiares y documentos históricos que databan de mil años.

Afortunadamente, había dos cosas que le aligeraban el ánimo, sin contar la inestimable presencia de su pareja, que siempre estaba ahí cada vez que las dudas y la inquietud lo carcomían. Una era la ya habitual persecución de Sai a Ino, la cual seguía propinándole alguna que otra bofetada o le lanzaba el objeto más cercano que tuviera a mano cada vez que este soltaba algún comentario inapropiado sobre cómo le gustaría tenerla encima gritando, aunque no de rabia.

Tenía que admitir que era bastante divertido.

La otra era una que había estado esperando con creciente curiosidad.

El inevitable encuentro entre Korin y Lee.

La guerrera descubrió muy pronto que, en el Reino del Fuego, tenía una gran cantidad de tiempo libre, ya que, en palacio, Naruto solía estar con Sasuke, y, cuando iba al Bosque Sagrado, ella no tenía permitido seguirle. De modo que acabó siendo presentada a Gai para ponerse a sus órdenes las veces en las que no acompañaba al creador a la ciudad o a sus afueras, en cualquier otra parte de la isla.

Por supuesto, Gai no perdió la oportunidad de pedir una demostración en combate por parte de una guerrera del Hielo, que, además, había sido comandante, y a una edad tan joven. Estaba muy entusiasmado.

Naruto estuvo presente cuando Lee se ofreció voluntario para batirse con ella y, sí, lo admitía, estuvo sonriendo durante todo el combate. Ambos oponentes eran soldados con una capacidades físicas y unas habilidades con las armas que harían que los dioses de carácter guerrero se sintieran más que orgullosos, por lo que ofrecieron un buen espectáculo. Korin era fría y calculadora, con un estilo de lucha bastante similar al de Fugaku; no desperdiciaba movimientos y analizaba todos y cada uno de los de su rival en busca de un patrón de ataque y defensa que le permitía anticiparse a su enemigo. Sin embargo, no contaba con que Lee tenía un estilo más fluido; si lo bloqueabas por la izquierda, inmediatamente atacaba por la derecha, sin pensar, o se agachaba y golpeaba desde abajo, o incluso cambiaba su arma de mano e intentaba atacar por arriba. Era más espontáneo y tenía mucha capacidad de reacción, no se quedaba bloqueado si su estrategia no salía como pensaba, siempre podía improvisar.

La pelea terminó en tablas, y, para diversión de Naruto, con una Korin bastante picada. Era evidente que, entre la fama del Reino del Fuego como un país de comerciantes pacifista y que su reino natal era conocido por sus curtidos guerreros, no esperaba encontrar a alguien que estuviera a su nivel allí. Lee, por supuesto, estaba encantado con Korin y reiteraba una y otra vez su admiración por ella y la disciplina y destreza de su gente, mientras que esta se empeñaba en combatir contra él día tras día. El hecho de que Lee lo tomara como una especie de entrenamiento antes que una naciente rivalidad, y que se sintiera afortunado por haber captado la atención de, según él, “una poderosa y bella guerrera de los bosques blancos del norte”, no hacía más que picarla todavía más.

De hecho, esa mañana Naruto era incapaz de contener pequeñas risitas mientras desayunaban. Korin no había tenido reparos en coger una porción de cada alimento que habían puesto en la mesa: pan, queso, fruta y unas lonchas finas de cerdo.

Korin le lanzó una mirada de pocos amigos.

—¿Se burla de mí?

—No —respondió el rubio, moviendo la cabeza de un lado a otro, a pesar de que su voz sonó ahogada por la risa y le brillaban los ojos por contener las lágrimas—. Es que me hace gracia —admitió antes de echarse a reír, incapaz de contenerse.

Incluso a Sasuke le estaba costando no esbozar una sonrisa divertida, más por la reacción de su pareja que por la situación en general, mientras que Sai no se contuvo y soltó una carcajada abiertamente.

La mujer frunció el ceño.

—No comprendo qué es gracioso.

—Comer más no hará que derrotes a Lee —dijo Sasuke antes de darle un bocado a un trozo de queso.

—No, pero necesito más energía de lo habitual —dijo, pensativa—. Tiene demasiada energía y resistencia. Le vi comer una vez con su alteza. Engulle todo lo que le ponen por delante con la voracidad de un cerdo salvaje.

—Dudo que la comida sea su secreto —comentó Naruto, limpiándose las lágrimas de los ojos.

Ella volvió a mirarlo con confusión.

—Sigo sin entender dónde ve la gracia.

Naruto se desentendió de la pregunta haciendo un gesto con la mano.

—Nada, nada. Tonterías mías —esto último lo dijo echándose a reír de nuevo, con tal fuerza que se agarró la barriga.

—Yo tampoco lo entiendo —admitió Sai, señalándolo con la cabeza—, pero no puedo evitar reírme de él, ¡mira cómo disfruta! Seguro que los dioses le han susurrado un chiste al oído.

Al escuchar esa ocurrencia, Naruto rio con más fuerza, golpeando la mesa con un puño. Esta vez, hasta Sasuke no pudo evitar resoplar y reír un poco.

—¿No quieres compartir ese chiste con nosotros? —le preguntó.

El rubio no pudo responder, ya que ahora le había entrado la risa floja, pero, aunque hubiera podido, habría sido interrumpido de todos modos por el sirviente que iba todas las mañanas a entregar el correo para los habitantes del palacio. Este traía una carta para Sasuke, que le entregó en mano antes de hacer una reverencia y marcharse.

Todo rastro de sonrisa se borró en su rostro al reconocer el sello que llevaba la carta. Al darse cuenta de ello, Sai frunció el ceño y le preguntó:

—¿Qué ocurre?

—Es del Reino de la Hierba.

Cuando escuchó esas palabras, Naruto dejó de reírse en seco y se quedó muy erguido en la silla.

—¿Orochimaru?

Sasuke arrugó la frente.

—Lleva el sello de la familia real.

—Mierda —maldijo Sai.

Korin no dijo nada, pero ver la forma en la que todos reaccionaban ante esa carta hizo que dejara de comer y se quedara muy quieta, observándolos con atención y cierta tensión.

Sasuke rasgó el sobre y leyó la hoja con rapidez. No era un mensaje muy largo y la primera parte la dedicaba únicamente al típico saludo cordial en el que se enumeraban los títulos reales de cada uno y se expresaban los deseos habituales de que estuviera bien, mencionando su alegría porque Naruto hubiera salido indemne de la ventisca, etcétera, etcétera.

Lo realmente importante venía al final. Al leerlo, Sasuke se levantó de la silla a tal velocidad que la tiró al suelo al mismo tiempo que rugía:

—¡¿QUÉ?!

—¿Qué pasa? —preguntó Naruto, acongojado, levantándose también.

Cuando Sasuke lo miró, sus ojos refulgían de rabia y un músculo palpitaba en su cuello.

—Esa zorra de Karin afirma estar embarazada de mí. Orochimaru me insta a ir a su reino para casarme con ella.


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