Capítulo 26. La Doma de la Luna
Korin seguía teniendo una desagradable sensación de inquietud mientras
terminaba de preparar su caballo. Seguía pensando que no era buena idea salir
del castillo sin el consentimiento del príncipe Sasuke, a pesar de que el rey les
había dado permiso sin pensárselo dos veces. Había tratado de disuadirlo,
recordándole el motivo por el cual había sido degradada a soldado raso, pero su
majestad había adivinado, con demasiada rapidez para su gusto, que le
preocupaba la reacción de su hijo si se enteraba de que había estado a solas
con su prometido en las llanuras. Ante este problema, le había dicho que el
creador era perfectamente capaz de manejar a Sasuke y que, si a este no le
gustaban las acciones de su futuro esposo, no tenía más remedio que o bien resignarse
o buscarse otra pareja más obediente y sumisa en las tierras de, según sus
propias palabras, “esos herejes de pollas engreídas”. Korin decidió entonces
dejar la conversación ahí, consciente de que el rey ardía de furia cada vez que
hablaba de los países con una mentalidad claramente machista y que parecían
haber despreciado por completo a los dioses.
—¿Preparada?
Se giró lentamente al escuchar la voz de su señor. Se había ataviado con
una pesada capa hecha de piel de carnero, gruesa y caliente, perfecta para el
viaje, bajo la cual pudo distinguir un chaleco hecho de lana, unos guantes de
cuero, unos pantalones ajustados del mismo material y unas botas altas para la
nieve. Se veía realmente adorable con sus ojos brillantes de emoción y su
amplia sonrisa. ¿Quién habría pensado que, unas horas antes, había quedado en
tablas con Fugaku Uchiha en un duelo de espadas?
—Sí, mi señor. —Hizo una pequeña pausa—. ¿Sigue queriendo hacer esto?
—Por supuesto —respondió sin un asomo de duda y señaló el caballo—. ¿Vamos?
—Espere, le prepararé un caballo…
—No te molestes, no sé montar. Tengo que ir contigo.
Korin se sobresaltó un poco al escuchar eso.
—¿No sabe montar?
—Sasuke me enseña, pero aún no me atrevo a ir solo.
—¿No le enseñaron de niño?
—No me dejaron aprender. Los creadores y las mujeres vamos en carruaje.
Ella seguía sin entenderlo.
—¿Por qué?
Naruto puso los ojos en blanco.
—No se considera decoroso para nosotros tener entre los muslos a un animal.
La guerrera hizo una mueca desagradable, recordando que el muchacho
provenía de un reino donde la igualdad de sexos parecía algo lejano. A decir
verdad, había olvidado por completo ese detalle sobre el creador, tal vez
porque su forma de comportarse en el Reino del Hielo había sido impoluta,
respetando en todo momento las leyes igualitarias de su país, a diferencia de
la gran mayoría de reyes extranjeros.
Eso le llamó la atención. Una persona que se había criado en un lugar con
unos ideales tan opuestos a los suyos debería actuar tal y como le habían
enseñado… Pero, no solo parecía sentirse muy a gusto con el ambiente de su
reino, sino que, además, pese a ser un creador, no cabía ninguna duda de que
era un excelente luchador…
Tras ese instante de reflexión, asintió y subió a lomos del corcel.
—Monte conmigo, entonces —dijo, ofreciéndole una mano para ayudarlo.
Una vez preparados, Korin espoleó su caballo y salieron a trote rápido del
castillo y de la ciudad. Mientras tanto, ella seguía dándole vueltas a la
situación de su señor en el Reino del Fuego, a cómo había vivido hasta que
conoció al príncipe Sasuke.
—¿Puedo preguntarle algo?
—Claro —respondió el joven con sencillez.
—En vuestro reino solo les permiten a los hombres aprender a luchar, ¿no es
así?
—Sí.
—Pero usted es diestro con la espada.
—Lo soy —dijo, en un tono que le hizo pensar que estaba sonriendo.
—¿Su alteza Sasuke también le enseñó?
—Fuiste comandante y no me cabe duda de que eres una guerrera muy capaz,
¿tú qué piensas?
A Korin no le resultó demasiado difícil encontrar la respuesta.
—Conoce al príncipe desde hace más de medio año. No sería tiempo
suficiente, no para vencer a su majestad.
—Entonces… —la animó a seguir el creador.
—¿Aprendió a escondidas?
—Exacto.
Ella lo miró por encima del hombro. Frunció el ceño al ver cómo sus labios
se curvaban con diversión.
—Si no desea responder mis preguntas, solo tiene que decirlo.
—Estoy respondiendo tus preguntas, simplemente, hay algunas cosas que
prefiero evadir.
—¿Como quién le enseñó a empuñar una espada?
—Por ejemplo.
—¿Qué otras preguntas no debería formularle?
—No es que no puedas preguntarme lo que te plazca, es que hay cosas que
solo puedo decirte hasta cierto punto.
Korin dejó escapar un suave suspiro.
—Solo intento… —se detuvo en seco, apretando los labios.
Sin embargo, Naruto estaba impaciente por continuar.
—¿Sí? —preguntó, alargando la vocal sin dejar de sonreír.
La guerrera entrecerró los ojos un momento antes de mirar el horizonte.
Acababan de salir de la ciudad y, ahora, se extendían ante ellos las costas
heladas del reino, iluminadas por una luna llena que refulgía en la oscuridad,
haciendo que las aguas negras del mar, ahora en calma, brillaran con el suave
vaivén de las olas, y que el hielo resplandeciera como si la arena estuviera
cubierta de platino.
La visión le resultó dolorosamente familiar. Agachó un poco los ojos, como
si así pudiera evitar el recuerdo.
—Intento comprender —respondió con rapidez, tratando de rehuir el pasado
que se iba cerniendo sobre sus pensamientos.
Naruto arrugó la frente.
—¿El qué?
Korin aminoró la marcha hasta que el caballo se limitó a caminar. Ella se
quedó un poco cabizbaja, aunque no por ello debilitó su agarre sobre las
riendas, dirigiendo al corcel con firmeza.
—Aquella noche en la que hablamos, la que le dije que no sabía qué había
visto el príncipe en usted, le subestimé. Me dejé cegar por mis sentimientos y
no me molesté en conocer su auténtica valía. Quiero hacerlo ahora. Quiero
comprender qué vio en usted para amarlo tan profundamente como lo hace.
El creador se limitó a asentir. No parecía sorprendido por su respuesta.
—Entiendo. Yo dudé muchas veces de mí mismo, también.
Korin giró la cabeza para mirarlo, un tanto sorprendida.
—¿De verdad?
—Sí. Como has observado antes, crecer en mi reino siendo un creador no ha
sido lo más fácil del mundo, ni tampoco lo más agradable. ¿Sabes mucho sobre
él?
—Solo la situación actual, mi señor.
Así, mientras proseguían su camino hacia las llanuras, Naruto le contó
acerca de cómo el casamiento del rey Jiraiya con su abuela, que provenía de un
reino con ideales muy similares a los del Reino del Hielo, provocó que su país
empezara a evolucionar para mejor entre su gente, legado que sus padres
continuaron diligentemente hasta el día de su muerte cuando era niño. Le contó
cómo, entonces, el Consejo había reclamado el poder con la ayuda de gran parte
de los nobles, cuyas ideas seguían ancladas a un pasado retrógrado, y cómo su
reino regresó a esa misma época, deshaciendo lo que su familia había tardado
dos generaciones en construir.
Korin comprendió en ese momento el comportamiento de su señor. Cómo, pese a
proceder de un país que había retrocedido en sus ideales, este seguía siendo
fiel a los planes que su familia había tenido para el avance de su tierra, al
igual que sospechó que la reina lo comprometió a propósito con el príncipe
Sasuke precisamente por ese motivo. Y tuvo que admitir el inteligente
movimiento por su parte, ya que sospechaba que el Consejo no habría podido
hacer gran cosa para imponerse a Sasuke Uchiha. De hecho, hasta hacía una
semana habría podido asegurar que, salvo el rey, no había nadie que se
atreviera a hacerle frente… pero ya se había dado cuenta de que el creador no
le tenía el más mínimo temor y que no se callaba cuando creía que estaba
equivocado. Como había hecho al dar la cara por ella.
Eso la hizo sentirse ligeramente afortunada. Solo un poco, y de un modo muy
extraño. Nadie había hecho algo así por ella. Nadie, desde su padre, había
defendido que fuera alguien a quien valiera la pena darle una segunda
oportunidad.
Era algo que se le antojaba
incomprensible.
Cuando llegaron a las llanuras, el heredero del Fuego le estaba hablando de
lo confuso que fue para él comprender que pertenecía a un sexo aparte de los
hombres y las mujeres, y de qué tipos de aprendizajes le fueron impuestos,
todos ellos dirigidos a las labores del hogar, a las atenciones dedicadas a su
futuro marido y lo que él denominaba clases de etiqueta, que ella entendió como
lecciones de comportamiento en diversas situaciones sociales tanto de cara al
público como dentro de la Corte, e incluso en su propia familia. Le pareció
sencillamente ridículo.
—Entonces, ¿no tenía clases de historia o de lengua antigua? —preguntó
mientras cocinaban trozos de pata de jabalí, que habían cogido de las cocinas
ya que iban a cenar fuera. Korin insistió en comer antes de ir en busca de la
caballada, ya que podrían tardar horas en encontrar una y no quería que su
señor pasara hambre. Quería demostrar que se tomaba en serio su juramento y, en
esta ocasión, estaba decidida a no fallar.
El muchacho asintió.
—Mi antiguo tutor me instruyó, a escondidas —respondió, soltando un
suspiro—. La verdad es que casi todo lo que sé, tuve que aprenderlo de forma
clandestina.
Korin frunció el ceño con desaprobación.
—Un niño no debería vivir de ese modo, con miedo a que lo descubran
aprendiendo cosas que son de vital importancia, más aún para el futuro rey.
—Hay muchas cosas que no deberían ocurrir —le sonrió él, aunque fue un
gesto amargo—, pero pasan de todos modos.
Ella asintió, pensando en la muerte de su padre… y en el error que cometió
al dejarse cegar por sus sentimientos.
—Así es.
—Pero, por suerte —continuó Naruto, más animado—, Sasuke me ha ayudado a ir
cambiando las cosas. Ahora que tenemos un nuevo Consejo de ideas más
progresistas, mi abuela y yo volvemos a tener poder. Las cosas irán a mejor en
mi país a partir de ahora.
Korin bajó los hombros, más relajada al conocer esa información.
—Eso es bueno. Pensé que tendría problemas para cumplir mi deber con usted.
—Si hubiera sido así, lo habríamos arreglado de algún modo. Sin embargo,
gracias a los dioses, no será necesario.
La mujer asintió y cogió uno de los palos donde había clavado los trozos de
carne para empezar a comerlos mientras reflexionaba sobre todo lo que estaba
aprendiendo sobre el muchacho.
—Entonces, ¿siempre ha sido tratado como una mujer? —La idea le seguía
resultando extraña, ya que era evidente, por su aspecto, que el heredero del
Fuego no tenía nada de femenino; en todo caso, podrían haberlo confundido
fácilmente con un hombre.
—Sí, muchos esperaban que me comportara como tal, hasta Sasuke.
Ella alzó los ojos con interés.
—¿En serio?
—Desde luego, no era lo que él esperaba. Creía que correría a sus brazos
encantado porque fuera a ser mi marido —dijo, soltando una carcajada—. No se
imaginaba que yo no le tenía en alta estima.
Korin parpadeó. Admitía que eso la sorprendía bastante.
—¿Por qué?
El joven esbozó una media sonrisa que no le llegó a los ojos.
—El hecho de que abandonara su reino para vivir sus aventuras me pareció
una gran irresponsabilidad. Ahora entiendo sus motivos para hacerlo, pero no
quita que no fuera muy peligroso para su pueblo. Si hubiera llegado a pasarle
algo, habría condenado vuestro reino a la guerra. Yo no quería a alguien tan
egoísta para dirigir a mi gente, sentía que nos menospreciaba y que no le
importaba mucho lo que pudiera sucedernos —dicho esto, sus rasgos se
suavizaron—. Afortunadamente, una vez que empezamos a hablar se implicó más y
empecé a confiar en él. Desde entonces, no ha dejado de ayudarme.
—Ya veo —comentó ella, mirándolo con atención—. Su pueblo es muy importante
para usted, lo bastante como para casarse con alguien que no deseaba.
Naruto se encogió de hombros.
—Todos debemos hacer sacrificios.
Korin asintió.
—Lo entiendo. Por suerte, ustedes se enamoraron.
Él le dedicó una sonrisa.
—Es curioso, pero no hace mucho, pensé que eso sería un problema.
—¿Por qué razón? —preguntó ella, confundida.
—Para empezar, no pensé que Sasuke llegara a sentir tanto por mí. Los
matrimonios basados en un amor no correspondido acaban muy mal.
Ella frunció el ceño.
—¿Lo pensó porque es usted un creador?
—En parte, sí. Cruzarme con sus despampanantes amantes y sentir cómo me
miraban por encima del hombro tampoco me ayudó demasiado. Dudé varias veces de
que alguien con mi físico fuera capaz de atraerlo siquiera.
Al escuchar aquello, Korin bajó la vista.
—Lamento lo que le dije aquella noche. Fui injusta con usted.
Su señor le dedicó una pequeña sonrisa.
—No pasa nada, Korin. Ya está todo arreglado.
Sin embargo, ella sentía que no era así.
—Necesito que me crea, nunca fue mi intención… interponerme entre ustedes
—dijo, haciendo una mueca de incomodidad—. Yo era consciente de que alguien
como yo no atraería su atención durante mucho tiempo. No le abandoné en la
Montaña Sagrada porque quisiera hacerle daño.
Naruto asintió con seriedad.
—Te creo. Sé que solo querías salvar a Sasuke, y te doy las gracias por
ello. Él no habría sobrevivido allí, así que hiciste lo correcto, aunque
pienses que fuera por los motivos equivocados.
Lo contempló durante un largo minuto y, después, relajó su postura, viendo
que decía la verdad. Para ella era importante que la creyera.
—Está bien.
—Hablando de eso —intervino el joven, el cual era ahora quien la observaba
con mucha atención—, ¿cómo llevas el vernos juntos? Sé que no debe de ser fácil
para ti.
No había esperado esa pregunta y la pilló con la guardia baja. Se
sobresaltó un poco, pero no tardó mucho en fruncir el ceño, pensativa.
—Intento superar mis sentimientos, tal y como me dijo. Huir de ellos ha
sido mi mayor error, así que agradezco que me conceda la oportunidad de
redimirlo.
—Me alegro de que estés en ello, pero no es lo que te he preguntado
—comentó con suavidad y una amable sonrisa.
Korin le lanzó una mirada de pocos amigos.
—No dejará que evada la pregunta, ¿verdad?
Naruto, en cambio, se la devolvió con calidez.
—Solo intento ayudarte. Veo que la actitud de Sasuke te está haciendo daño
y me gustaría facilitarte las cosas de algún modo. Habla conmigo para que pueda
entenderte, del mismo modo que has estado haciendo tú conmigo.
Ante ese argumento, la joven abrió ligeramente los ojos por la sorpresa,
solo durante un instante; inmediatamente después, inclinó un poco la cabeza,
contemplando el fuego al mismo tiempo que mordisqueaba de nuevo la carne. Su
señor no la presionó más, se limitó a comer en silencio, sin molestarla. Eso le
dio cierta seguridad y, cuando terminó el último trozo de jabalí, se acomodó
sobre la nieve, apoyando los brazos sobre las rodillas, que estaban encogidas
contra su pecho.
—Es curioso —admitió, un tanto sorprendida al reflexionar profundamente
sobre lo que sentía—. Pensaba que me dolería verlos juntos.
Naruto alzó las cejas.
—¿No es así?
Ella lo miró con el ceño fruncido.
—No exactamente. He sido testigo de los sentimientos del príncipe hacia
usted, soy muy consciente de lo mucho que lo ama. Cuando le veo con él… siento…
—Hizo una pequeña pausa, tratando de buscar las palabras correctas para hacerse
entender. Al final, alzó la vista hacia él, observándolo con cierto interés—.
Siento que le corresponde con la misma intensidad. Siento que, así como él
haría cualquier cosa por su bienestar, usted haría lo mismo. Eso… —Otra pausa
en la que arrugó la frente. Le resultaba muy difícil expresar lo que llevaba
dentro, no recordaba cuándo fue la última vez que trató de hacer algo así… si
es que había llegado a hacerlo—. Creo que eso me alivia.
El joven relajó los hombros y le sonrió.
—Cuando quieres a alguien, deseas su felicidad por encima de todo.
Korin frunció el ceño.
—¿Usted cree?
—¿Acaso tú no? ¿No quieres que las personas que te importan sean felices?
¿O, si tú te sientes miserable mientras ellos disfrutan de sus vidas, te
gustaría que sintieran las mismas penurias que tú?
Permaneció un momento callada, reflexionando.
—No estoy segura de lo que querría yo. Hace tiempo que nadie me importa
hasta ese punto.
—Excepto Sasuke —puntualizó su señor.
Ella agachó la cabeza, apesadumbrada.
—Sí, y mire lo que ha hecho conmigo. El amor es tan deslumbrante que
termina por cegarte, no deja que veas lo que tienes a tu alrededor, las cosas
que realmente deberían importar —dicho esto, sacudió la cabeza y se levantó,
mirando la luna en el cielo—. No tarde demasiado en acabar de comer, mi señor,
o no llegaremos al castillo antes del alba.
Naruto asintió, consciente de que Korin no hablaría más del tema. Se daba
cuenta de que algo la había presionado demasiado, pero no estaba seguro de qué,
no es como si él hubiera dicho nada que la guerrera no supiera ya. Ella
afirmaba que no estaba del todo molesta por ver al hombre al que amaba con él,
pero, al mismo tiempo, parecía que el concepto del amor en sí mismo le
desagradaba por algún motivo que no había llegado a entrever.
Y era justo ahí adonde quería llegar. Tenía la sensación de que si podía
alcanzar ese punto, entendería cómo podría ayudarla a seguir adelante.
Sin embargo, comprendía que era pronto. Esa era la primera vez que hablaban
a solas y que lograban tener una conversación de verdad, una con cierta
profundidad y que le había dado bastante información interesante. Lo más
importante había sido que Korin manifestaba un interés real en conocerlo, esta
vez, de verdad, en verlo con claridad, al margen de sus sentimientos o de los
prejuicios que tenía sobre los creadores o la gente de su reino; le había
parecido realmente contrariada cuando le había explicado cómo había sido su
situación, y se había disculpado sinceramente, o así lo había percibido, por haberlo
menospreciado la noche en que hablaron.
Al menos, sentía que habían podido avanzar, aunque solo fuera para
mostrarle en qué punto estaba. Esperaba que, con un poco más de tiempo, y tal
vez cuando entrara en juego su visión, todo fuera a mejor para ella…
No se demoró mucho con la cena y, al poco rato, ya estaban adentrándose en
las llanuras, una vasta extensión de colinas suaves cubiertas de nieve y con
algunas zonas boscosas que, cuanto más cerca estaban de la sierra, más
frecuentes se volvían en el paisaje.
Fue en una de estas donde acabaron encontrando a una manada dormitando. El
macho que lideraba al resto del grupo y que montaba guardia en busca de
depredadores los detectó con facilidad y no tardó en dar la voz de alarma,
haciendo que relinchos asustados despertaran a las aves que ya estaban en sus
nidos y que la noche, antes en calma, se convirtiera en un estallido de cascos
y resoplidos, de tierra temblorosa y nieve revuelta.
Korin espoleó su corcel para ir tras la estampida. Como era tradición en la
Doma de la Luna, persiguió la caballada con ferocidad, buscando entre los
cuadrúpedos al más bello; su intención era regalárselo a su señor para que
tuviera una montura propia, esperaba que eso lo animara a superar sus miedos y
pudiera cabalgar solo.
No tardó mucho en encontrar lo que quería. El corcel no era el más alto que
había, pero, para la altura del creador, lo mejor era que poseyera un caballo
un poco más bajo para que le fuera más fácil subir de un salto si lo necesitaba
en caso de que hubiera una batalla. Aun así, tenía claro que era un hermoso
ejemplar: el pelaje era negro azabache, con una gran mancha blanca en el flanco
y otra en el lomo, situada cerca de la cola, además de otra en la frente que
bajaba hasta el morro. Las crines tenían la misma palidez que la luna, a juego
con la larguísima cola, que parecía emular los elegantes trajes largos de la
realeza, y con el pelo que le crecía por encima de los cascos y que le daban
una apariencia delicada y etérea, como si fuera tan ligero que daba la
sensación de flotar sobre la nieve en vez de cabalgar por encima de ella.
Sí, sería un buen corcel para su futuro rey.
—¿Le gusta? —le preguntó a gritos, señalando su presa.
Notó cómo su señor se alzaba un poco, probablemente para ver mejor.
—¿El negro manchado de blanco?
—¡Sí! —respondió.
—¡Es hermoso!
Tras escuchar su aprobación, desenganchó la cuerda que llevaba enrollada en
la silla de montar y la mantuvo en la mano derecha mientras que, con la
izquierda, se preparó para maniobrar con su caballo. Había que ser un jinete
experimentado para internarse en el centro de una caballada aterrorizada e ir
en busca del objetivo hasta colocarse a su lado y, una vez ahí, mantenerse a su
misma altura para poder ponerle el lazo, atento a si cambiaba de dirección o se
detenía para huir de él.
Las mujeres del Hielo, debido a esta misma tradición, solían ser grandes
jinetes, y no era extraño que, a menudo, destacaran más que los hombres. Y ella
no era la excepción.
Estaba buscando un hueco para internarse entre los caballos cuando, de
repente, una sombra se cernió sobre su cabeza y a todo su alrededor. Temerosa
de que se trataran de nubes de ventisca, y poco dispuesta a volver a arriesgar
la vida de su señor, alzó la vista con el ceño fruncido.
No eran nubes de ventisca, pero el color huyó igualmente de su rostro.
Sin pensárselo dos veces, dejó caer la cuerda y agarró a Naruto por el
costado, tirándolo junto a ella del caballo.
—¡ABAJO! —gritó.
Pese a que reaccionó con rapidez, no fue suficiente para evitar el ataque.
Siseó de dolor y gimió con fuerza cuando aterrizó sobre la nieve.
—¡Korin! —la llamó Naruto, que se arrodilló a su lado—. ¿Dónde te ha
herido?
Ella apretó los dientes y se colocó como pudo boca arriba, mostrándole la
herida del pecho izquierdo, por encima del busto, y que se extendía hasta el
hombro, el cual agarró con fuerza, evitando perder tanta sangre como fuera
posible. La herida era muy dolorosa y escocía, dudaba mucho que pudiera
maniobrar bien con la espada en ese estado.
El creador, para nada impactado por la cantidad de sangre ni por las
horribles marcas filosas, se quitó la capa y se dispuso a arrancarse una manga
de la camisa.
—Vamos a vendarte esto…
Pero Korin lo agarró del brazo y movió la cabeza de un lado a otro. Su
rostro estaba desfigurado por el terror.
—Huya. Es un Rey del Cielo.
Naruto palideció y se giró, en busca de la bestia que acababa de aterrizar
y ahora los contemplaba con sus grandes e inquietantes irises amarillos. La
mítica criatura, una que jamás pensó que llegaría a ver con sus propios ojos,
poseía el doble de tamaño que un semental y tenía cabeza de águila, recubierta
de blancas e impecables plumas que cubrían su amplio y poderoso pecho, así como
el largo de su lomo, de donde nacían dos gigantescas alas que solo conseguían
darle una apariencia aún más imponente y majestuosa. El resto de su cuerpo, de
león albino, se mantenía agazapado sobre sus cuatro zarpas, una de ellas
manchada de sangre, mientras que una larga cola, de espeso pelaje, se movía
sinuosa y con lentitud, como si calibrara el equilibrio adecuado para poder
abalanzarse sobre ellos.
Por supuesto, el creador había oído hablar de los Reyes del Cielo. Así como
se los describía habitualmente como bestias territoriales, agresivas e
imprevisibles, también habían aparecido, en alguna ocasión, en las leyendas
como las monturas de grandes héroes. Un ejemplo de ello era Ichizoku,
antepasado de su madre y rey de las tierras del Remolino, del que se dice que,
montado sobre una de estas criaturas, destrozó varios barcos enemigos.
Por supuesto, nadie dudaba de la veracidad de la existencia de los Reyes
del Cielo… pero que pudieran ser domesticados se había convertido en un mero
cantar épico propio de las epopeyas de los héroes antiguos. No eran pocos los
que lo habían intentado, algunos porque se creyeron lo suficientemente dignos
de montar sobre el mayor depredador que conocía el cielo, otros con el objetivo
de venderlos, ya fuera como atracción, por sus garras, o por la piel y las
plumas para hacer y decorar trajes. Fuera como fuera, no había nadie que
hubiera sobrevivido al encuentro.
Naruto esperaba no ser uno de ellos. Sin embargo, la bestia había dejado
escapar a los caballos y su montura y mantenía los ojos muy fijos en ellos.
Algo le decía que no iba a dejarlos marchar por las buenas.
—Huya, mi señor —repitió Korin, haciendo amago de incorporarse—. Lo
distraeré durante unos minutos… Usted corra, no mire atrás oiga lo que oiga.
—No —declaró Naruto con firmeza.
La guerrera fue a replicar pero, cuando contempló su rostro, un escalofrío
bajó por su espalda al ver que sus ojos brillaban con una tenebrosa luz rojiza.
No parecían humanos.
—… ¿Señor? —murmuró.
—Grrr… —este gruñó, revelando unos grandes caninos que la hicieron
estremecer. Él no la miró en ningún momento, estaba totalmente centrado en el
Rey del Cielo.
La criatura le lanzó un poderoso graznido que retumbó en las llanuras antes
de arañar la nieve y agazaparse. Naruto, temiendo lo que estaba a punto de
ocurrir, cubrió a Korin con la capa y se interpuso entre ella y la bestia,
colocándose a cuatro patas. Hinchó el pecho y…
—¡¡¡GRRROAAAAAAAAAARRR!!!
El rugido fue tan potente que hizo eco en el páramo helado. Korin fue
incapaz de abrir la boca, observaba al creador con los ojos muy abiertos,
encogida bajo la capa por la fuerza que desprendía en esos momentos.
El Rey del Cielo, por otro lado, no se amedrentó. Graznó con rabia y se
abalanzó sobre ellos. Naruto, viéndolo venir, rugió de nuevo y saltó contra él,
transformándose en el aire. Su ropa terminó hecha jirones, si no por el brusco
cambio de su cuerpo, por la feroz pelea que se desató a continuación.
Ambos cayeron sobre la nieve. Naruto había acabado debajo del inmenso
animal, pero eso no le impidió atrapar su cabeza con los colmillos y extender
sus garras sobre su cuello. La bestia la sacudió y retrocedió, alejándose del
creador, que aprovechó para huir de debajo de su cuerpo antes de hacer un giro
rápido y lanzarse a por una de sus alas, que mordió con ferocidad. El Rey del
Cielo chilló de un modo horrible, fue un sonido tan agudo y desagradable que
Korin se tapó los oídos con una mueca. Aun así, la criatura giró la cabeza y
enganchó a Naruto del lomo con el pico, haciéndole gruñir. Soltó el ala, pero
logró doblar su cuerpo y arañar el ojo de la bestia, que lo dejó ir de
inmediato, sin esperar el ataque. El creador no perdió el tiempo, sabía que
quedarse quieto implicaba la muerte, por lo que regresó al ataque abalanzándose
sobre el lomo del Rey y mordiéndolo en el cuello.
La criatura graznó y abrió sus inmensas alas. Naruto se tensó. Si echaba a
volar, estaba muerto.
Enganchó las zarpas a las escápulas, clavando las uñas tan profundamente
como pudo y empujando hacia abajo, procurando que no pudiera alzar el vuelo. El
animal vio sus intenciones y, sin dudarlo dos veces, se encabritó, alzando con
violencia las patas traseras y, justo después, las delanteras, desestabilizando
al creador, que se mantenía aún sobre el lomo gracias a que lo mantenía sujeto
del cuello por los colmillos. Por desgracia, el Rey del Cielo ya tenía las alas
libres y las sacudió con fuerza a la vez que saltaba, elevándose con rapidez.
Naruto, viendo que no sobreviviría si le permitía ir más lejos, usó su
último recurso; apoyó las patas como pudo en el lomo y el flanco izquierdo y
saltó, abalanzándose sobre el ala y enganchándola con los dientes. La criatura
perdió el equilibrio y cayó con fuerza en el suelo, mientras que el creador,
acostumbrado a realizar grandes saltos, logró girar en el aire y aterrizar
mejor, aunque se hizo daño en las patas. Aun así, no perdió el tiempo. El Rey
del Cielo estaba aturdido, era su oportunidad.
Saltó sobre él, colocándose sobre su enorme cuerpo, y hundió las garras en
su cuello en una clara amenaza. La bestia lo miró con los ojos muy abiertos,
paralizada. Naruto abrió la mandíbula, mostrando sus enormes y afilados
dientes, y se preparó para darle el golpe de gracia.
—Grrr… ¡Grroaaaarrr!
Sasuke se sintió mucho más tranquilo cuando él y su grupo estuvieron dentro
de la ciudad.
Todo había ido bien al principio: él y sus compañeros llegaron a las
llanuras como demonios saliendo del inframundo, a trote tendido, disfrutando de
la inmensidad de las colinas nevadas hasta alcanzar los pies de una de las
montañas donde sabían que pasaban las manadas de bueyes. Una vez allí, se
habían detenido a cenar durante un par de horas, contando anécdotas sobre sus
viajes, compartiendo viejos recuerdos de batallas y, más de uno, hablando con
abierta admiración sobre su prometido, el hijo de los dioses que había hecho
frente a Fugaku Uchiha. Hasta Sai, cuya opinión sobre Naruto parecía haber
cambiado en los últimos meses, había bromeado sobre la cara que pondrían los
nobles del Fuego cuando se enteraran de que su futuro rey era un maldito
semidiós guerrero. Sasuke no podía estar más orgulloso.
Después de eso, habían ido en busca de un buey albino. Les costó un rato
encontrar una manada con dicho ejemplar pero, una vez la encontraron, se desató
un auténtico caos, como era de esperar. La estampida de las bestias fue feroz y
potente; pese a la nieve, casi pudo sentir cómo la tierra temblaba bajo las
patas de los animales. Sus hombres rodearon la manada con maestría y empezaron
a cercarla, sacándola de los bosques de la montaña para llevarla campo abierto,
donde tendrían más facilidad para acorralar a su presa.
Sin embargo, cuando empezaban a lograrlo, algo los asustó tanto que se
detuvieron en seco, mugiendo y chocando entre ellos sin control. Los bueyes
empezaron a dispersarse en varias direcciones, algunos de ellos hasta golpearon
los caballos de sus hombres, por lo que el resto se apresuró en apartarse de
los animales y prestarles ayuda. Una vez reagrupados, echaron un vistazo a su
alrededor, buscando el peligro, pero no hallaron nada; lo más habitual era que
huyeran de las manadas de lobos o que hubiera otro grupo de cazadores, incluso
que hubieran presentido que se acercaba otra ventisca, pero, tras cabalgar unos
minutos junto a los animales, no ocurrió nada fuera de lo habitual.
Así que continuaron con la cacería. Ahora separados, les resultó mucho más
fácil acorralar a su objetivo y Sasuke le dio muerte con una lanza, como era
tradición. Pese a que se sintió satisfecho por su premio, pues quería usar la
piel para hacerle un regalo a Naruto, todavía estaba algo intranquilo por el
comportamiento de los bueyes, de modo que ordenó a varios hombres que fueran a
por el carro que habían dejado en el lugar donde habían cenado para cargar
rápidamente al animal y regresar a casa.
Apenas hacía unos minutos que se habían marchado cuando escucharon algo. No
pudieron identificar qué era, ya que venía de lejos, de las llanuras más
cercanas a la costa, pero estaban seguros de que no eran lobos, ni el mugido de
un alce o un oso.
El caso era que, las pocas veces que escucharon esos ruidos, sonó como si
se tratara de una pelea.
Poco dispuesto a averiguar de qué se trataba, Sasuke organizó rápidamente a
sus hombres para una posible contienda. Todos esperaron con flechas en los
arcos hasta que llegaron sus compañeros con el carro, cargaron con rapidez al
buey y se fueron de allí, cogiendo un camino largo para evitar la zona de la
que parecía provenir la pelea. Por esa noche, se conformaban con ser los
cazadores y no los cazados.
Además, a Sasuke le había venido a la mente un recuerdo al escuchar uno de
los ruidos. No podía estar seguro de que se tratara de lo que creía, pero,
teniendo en cuenta que la única vez que se había encontrado con una de esas
criaturas él y sus hombres se salvaron de milagro, le pareció de lo más
prudente y sensato evitar cualquier tipo de enfrentamiento. Solo por si acaso.
Así, habían llegado a la ciudad sanos y salvos. Hacía ya rato que habían
dejado de escuchar los rugidos ocasionales de la contienda, pero solo al
regresar a la población se sintieron más seguros. Sasuke se mantuvo en la
retaguardia por si acaso, escudriñando el cielo en busca de una sombra grande y
sospechosa, pero no vio nada.
Al menos, hasta que llegaron a las puertas del castillo. Ver a Itachi en la
puerta con una antorcha, buscándolo entre sus hombres, hizo que palideciera.
Espoleó su caballo y pasó de largo a sus hombres hasta plantarse frente a
él.
—¡Itachi! ¿Qué ha pasado?
Este le hizo un gesto con la mano para que se calmara.
—Tranquilo, todos están bien, no te pongas nervioso.
Él frunció el ceño, pero bajó del caballo de un salto.
—¿Y por qué estás aquí fuera esperándome?
—Para que no te llevaras una sorpresa y malinterpretes las cosas.
—¿Malinterpretar el qué? —gruñó, exasperado.
Itachi suspiró.
—Naruto ha ido con Yukino a una Doma de la Luna.
Sasuke abrió los ojos, horrorizado.
—¡¿Qué?! —Naruto le había dicho que se quedaría con Itachi e Izumi, ¿le
había mentido? Apretó los puños con fuerza.
—Tranquilo, no tienes que estar preocupado, Naruto se pondrá bien…
Al escuchar esas palabras, su enfado se convirtió en miedo a toda
velocidad.
—¿Está herido?
—Nada grave, no tiene heridas profundas, pero tiene contusiones y algunos
arañazos. En un par de días estará bien del todo.
El alivio hizo que relajara ligeramente la postura. Solo un poco. La furia
no había remitido aún, a juzgar por sus puños apretados.
—¿Qué le ha hecho?
Itachi frunció el ceño.
—¿Qué?
—Korin —escupió, como si el mismo nombre fuera veneno—, ¿qué le ha hecho?
Su hermano lo miró con comprensión y le respondió con un tono amable:
—Lo cargó en su caballo y lo trajo corriendo hasta aquí. Ha despertado a
todo el castillo dando voces de que necesitaba un médico inmediatamente. Se
negó a separarse de Naruto hasta que Onoki le aseguró que estaba bien, y eso
que su herida es peor.
Esa no era la explicación que había esperado Sasuke.
—¿Cómo? —murmuró, confundido.
Itachi clavó sus ojos en él con seriedad.
—Han sido atacados por un Rey del Cielo, Sasuke.
Un escalofrío recorrió su espalda. No habían sido imaginaciones suyas,
entonces. No le sorprendía que los bueyes hubieran estado tan aterrorizados que
no sabían ni a dónde huir.
—Joder —maldijo, pasándose una mano por el pelo. Luego recordó lo que había
dicho su hermano sobre Naruto y volvió a dirigirse a él con inquietud—. ¿Naruto
está bien de verdad?
Itachi alzó las cejas, como si estuviera sorprendido.
—Para haber derrotado a un maldito Rey del Cielo, sí.
Sasuke por poco pega un salto.
—¡¿Que Naruto qué?!
—Yo aún no lo he asimilado, tampoco —admitió el otro hombre—. Según Yukino,
Naruto se enfrentó a la criatura y la venció… en combate singular, por cierto.
Ella tenía inutilizado un brazo y no pudo prestarle ayuda.
Él también estaba teniendo problemas para asimilar que su esposo hubiera
acabado con una de esas bestias. Sí, él era un creador, tenía poderes, era hijo
de los dioses y no debería estar tan sorprendido, pero… Un puto Rey del Cielo.
Él había visto muchas cosas, entre ellas, criaturas que parecían existir solo
en las canciones heroicas, y podía decir que, desde la desaparición de los
dragones, no había nada más poderoso, más violento, ni más agresivo que uno de
esos bichos.
—Necesito ver a Naruto —dijo—, ¿dónde está?
—En tus aposentos, Onoki ya debe de estar terminando.
—Bien, ¿puedes ocuparte de…? —le pidió, señalando a sus hombres y al buey.
—Yo me encargo, ve con él.
Sasuke se fue corriendo, maldiciéndose durante todo el camino. Es que no
podía ser más idiota, ¡imbécil! Después de todo lo que habían pasado, había
dejado solo a Naruto… Todo porque él le había dicho que se quedaría en el
castillo, donde estaba a salvo, con su familia… ¡Pero no! ¡Le había mentido
para irse con una de sus amantes! ¡Una que lo dejó tirado en una puta ventisca
en la que podría…!
Tal era su furia que, al llegar a los aposentos, abrió la puerta de un
golpe. Onoki, que estaba junto a la gran cama, pegó un buen salto, pero su
prometido apenas se inmutó.
Al ver su aspecto, toda intención de echarle el sermón de su vida se
esfumó. Tenía los ojos hundidos y parecía a punto de desmayarse.
—Naruto —murmuró, apresurándose en ir a su lado. Se arrodilló en la cama y
lo abrazó con cuidado, procurando no hacerle daño. Llevaba la camisa de dormir
puesta, así que no podía ver dónde estaba herido y lo último que quería era
hacer algo que pudiera empeorar su estado.
Su esposo pasó los brazos alrededor de su cintura. Estos temblaban.
Inquieto, se dirigió a Onoki, temiendo que Itachi se hubiera equivocado y
estuviera más grave de lo que aparentaba.
—¿Está bien?
El anciano asintió.
—Exhausto, pero sorprendentemente bien para haber enfrentado un Rey del
Cielo. Los arañazos no eran profundos y he tratado las contusiones con un
empaste hecho de hojas de Palma Nevada —dicho esto, empezó a recoger el
material que tenía desperdigado en la mesita y en el suelo—. No se preocupe al
ver la cantidad de vendajes, alteza, es solo para sujetar las tiras de cuero
con el empaste. Mañana podrá hacer vida normal… pero nada de entrenamientos ni
más combates —añadió con severidad.
—Me ocuparé de ello —prometió Sasuke.
Después de eso, Onoki les deseó las buenas noches y se fue. Sasuke se
separó un poco de su esposo y le apartó los mechones de cabello del rostro para
poder verlo mejor.
—Itachi me ha contado lo que ha pasado, ¿de verdad estás bien?
—Agotado —respondió él, sonriéndole muy levemente—. Era muy fuerte, aunque
la pelea solo duró unos minutos, fue muy intensa… Fue como pelear contra
Kurogane.
Un escalofrío recorrió la espalda de Sasuke, que apretó los labios.
—¿Cómo se te ocurre salir sin mí? Después de lo que pasó en la ventisca, lo
último que debías hacer era salir solo fuera de la ciudad. Si querías probar
algunas de nuestras tradiciones o ver algo del reino tendrías que haberme
avisado, yo…
Naruto lo detuvo poniendo una mano en su pecho. Sus ojos parecían tristes.
—No te enfades. No tenía pensado salir esta noche, iba a ir de verdad a
hablar con Itachi e Izumi, pero… Mientras me bañaba, me puse a pensar en todo
eso del regreso de los creadores y cómo podía ayudar, una cosa llevó a la otra
y pensé que podía aprovechar para ir a ver Korin. Ella me habló de la Doma de
la Luna y sentí curiosidad, fue algo espontáneo.
Sasuke se tensó.
—¿Fue ella quien te habló de esa tradición?
—Ella no me engañó, Sasuke —suspiró el rubio—, de hecho, le habría gustado
tener tu permiso. Yo insistí. Por favor, no fue ningún plan retorcido para
librarse de mí, ella me salvó.
Al escuchar eso, el Uchiha se sobresaltó un poco, aunque sus ojos seguían
siendo desconfiados.
—¿Cómo que te salvó?
—No escuché venir al Rey del Cielo. Para ser un animal tan grande, su vuelo
es muy sigiloso —comentó, rodando los ojos—. Korin sí lo vio y me protegió
tirándome del caballo a la vez que cubría mi cuerpo. Recibió un feo arañazo por
mí y me pidió que huyera mientras lo entretenía.
Sasuke, tras unos momentos de duda, se relajó. Ese comportamiento se
parecía más al de la Korin que conocía… Quería creer en que no había estado tan
equivocado con ella como creía, pero era difícil. Después de todo lo que había
pasado, de que casi perdía a Naruto, no podía perdonarla sin más, como si no
hubiera hecho nada malo.
Apreciaba que hubiera salvado a su esposo, pero no era suficiente para
borrar todo el daño que había hecho.
—Está bien, Naruto —dijo, besándolo en la cabeza y abrazándolo de nuevo—.
Tú estás a salvo y eso es todo lo que importa.
Su pequeño rubio se apretó contra él.
—Estoy cansado, ¿duermes conmigo?
Él sonrió.
—Como siempre.
Después de eso, Sasuke fue un momento a lavarse el sudor y cambiarse de
ropa. En unos pocos minutos, volvía a estar en la cama, bajo las mantas,
acomodando a Naruto sobre su pecho. Este suspiró cuando se apoyó sobre él,
haciéndole sonreír.
—¿Mejor?
—Sí.
Sasuke lo abrazó de nuevo y lo besó en el pelo.
—Un Rey del Cielo, ¿eh? —murmuró, curvando los labios hacia arriba—. Estoy
orgulloso. Solo los he visto una vez en mi vida y por nada del mundo querría
repetir la experiencia.
Naruto alzó un poco la cabeza para mirarlo con curiosidad.
—¿Fue durante uno de tus viajes?
—Sí, quería saber qué había más allá de los mapas, más al noroeste.
Encontré el lugar donde van a poner sus huevos.
Esas palabras hicieron que el rubio casi saltara entre sus brazos.
—¿En serio?
—Bautizamos la tierra como El Nido —respondió Sasuke, pensando en aquellas
inhóspitas tierras—. Jamás he visto un lugar como aquel, de bosques negros y
montañas escarpadas, difíciles de explorar. Mis hombres y yo lo intentamos, y
dimos sin quererlo con un nido. No sabíamos que pertenecía a los Reyes del
Cielo. Huimos durante horas, internándonos en los bosques para que les fuera
más difícil cazarnos desde el cielo, pero aun así perdimos a varios compañeros
—dijo con tristeza. Después, se estremeció—. Luego, convocaron la tormenta.
—¿Es cierto que pueden provocar tempestades?
—Eléctricas, muy peligrosas —respondió Sasuke—. Por eso estaba tan
preocupado por ti. No sabía hasta qué punto podías defenderte de los rayos.
Onoki no me ha dicho que tuvieras ninguna quemadura, supongo que fuiste más
rápido —dijo, sonriendo.
—No usó su poder contra mí.
Eso le llamó la atención.
—¿No?
—No. Por eso yo no usé el fuego, no habría sido una lucha justa.
Sasuke frunció el ceño, observándolo.
—¿Cuerpo a cuerpo?
—Sí.
—¿Y cómo terminó exactamente esa pelea? Porque no tienes permitido matarlo,
¿verdad?
—Podría haberlo hecho, para salvar la vida de Korin. No iba a dejarla allí
y él no tenía intención de dejarnos marchar, así que no tuve otro remedio que
luchar con él.
—Entonces… ¿no lo mataste? ¿Por qué?
Naruto suspiró y se acomodó más en su pecho, cerrando los ojos.
—No quise hacerlo. No me gustó lo que sentí cuando iba a hacerlo, sentí que
no era correcto. Cuando permití que se fuera, fue honorable y se marchó, sin
buscar más pelea. Admitió su derrota —dijo esto último con un bostezo,
acurrucándose.
Sasuke no comentó nada, se limitó a acariciarle el pelo hasta que se quedó
dormido, algo que no le costó mucho. Parecía que necesitaba un buen descanso.
Él tardó un poco más en rendirse al sueño. Le dio vueltas al extraño
encuentro de su esposo con el Rey del Cielo, a por qué había ido expresamente a
por él, por qué no había usado sus poderes y, sobre todo, por qué no había
contratacado en cuanto pudo hacerlo.
Tuvo un presentimiento acerca de todo aquello, pero, antes de poder definir
de qué se trataba exactamente, se le empezaron a cerrar los párpados. Así que
estrechó a Naruto contra él, quien soltó un suspiro suave, y permitió que su
cálido cuerpo y su respiración lenta calmaran los últimos retazos de inquietud,
sumiéndolo en un sueño profundo.
A la mañana siguiente, Naruto se despertó a la hora del desayuno con una
inusitada energía para alguien que había tenido un feroz combate con el
depredador más temido del cielo. Curiosamente, se sentía tan bien que le había
pedido a Sasuke que fueran a dar una vuelta por la ciudad después de comer, y,
este, al ver que estaba de tan buen humor, y queriendo que tuviera una buena
experiencia en su reino antes de regresar a casa, no pudo negarse. Así, Sasuke
fue el primero en salir de la habitación para ir en busca de más vendas para
cambiar las que llevaba puestas desde anoche.
Estaba cerrando la puerta cuando el ruido de unos pasos le indicó que
alguien se acercaba. Al girarse, se encontró con Korin. Un paño envolvía todo
su brazo izquierdo, y, en el derecho, llevaba un caldero lleno de agua
caliente.
Ella inclinó la cabeza a modo de saludo, sin mirarle.
—Alteza. Traigo agua caliente para su majestad, para que se bañe y se lave
las heridas —dijo, dejando el caldero junto a la puerta—. Por favor,
transmítale mi agradecimiento por salvarme la vida anoche —y dicho esto, hizo
otra reverencia y dio media vuelta para marcharse.
Sasuke contempló su brazo herido. Recordaba vagamente que Itachi le había
dicho que tenía un brazo inutilizado y que había llevado a Naruto hasta el
castillo. También le vino a la cabeza la conversación de anoche con su esposo,
le dijo que ella recibió un profundo arañazo. Por él.
—Korin —la llamó con un gruñido.
Ella se detuvo y se giró, quedándose de cara a él, pero con la cabeza
gacha.
—¿Sí, alteza?
Él señaló la puerta de su habitación sin mirarla.
—¿Por qué no ayudas a Naruto mientras yo voy a buscar unas vendas?
Korin alzó repentinamente los ojos hacia él, sorprendida.
—… Sí, alteza —respondió al cabo de unos pocos segundos.
Sasuke asintió y le abrió la puerta, dejándole vía libre.
Pero, entonces, el atronador rugido de unas campanas estalló entre los
muros de piedra.
Tanto él como Korin se sobresaltaron. Ambos se miraron un instante y, al
momento, echaron a correr escaleras abajo. Sasuke sacó a Chidori de su vaina,
mientras que Korin, con un brazo malherido, sacó una daga como única defensa.
Conforme llegaban a los pasadizos de abajo, se encontraron con más soldados
que corrían en distintas direcciones. Les costó poco darse cuenta de que
estaban tomando posiciones como si se tratara de un asedio.
—¡Eh! —le gritó Sasuke a un soldado al que alcanzaron—. ¿Qué ocurre? ¿Quién
nos ataca?
—¡Un Rey del Cielo! —le respondió a voz en grito.
Sasuke sintió que perdía todo el color de la cara. Cuando miró a Korin,
ella también estaba pálida, pero endureció el gesto con rapidez y sus ojos se
volvieron fieros. No se le escapó que apretaba la daga con fuerza, preparada
para darle un uso rápido y letal.
Una vez en el patio de armas, vio que los arqueros estaban preparando sus
flechas. Cuando alzó la vista, encontró al enorme animal sobre las almenas de
la gran muralla, amenazando a los guardias que la estaban custodiando a base de
graznidos y zarpeando el aire, una clara promesa de muerte en el caso de que se
acercaran con sus lanzas, que lo apuntaban.
Al ver que los arqueros se preparaban para disparar, gritó:
—¡No ataquéis! —Se movió entre ellos, colocándose al frente—. Que nadie
mueva un maldito músculo o acabaremos muertos. —El Rey del Cielo no había
convocado ninguna tormenta todavía. Pese a que le costaba creerlo, juraría que
no estaba allí para hacer daño a nadie.
—¡Obedeced a mi hijo! ¡Mantened la posición! —rugió Fugaku con su
atronadora voz. Se quitó la gruesa piel de oso que llevaba encima, ya que le
resultaría molesta para luchar en el caso de que fuera necesario… y esperaba
que no lo fuera—. ¡Guardias, retroceded! ¡Dejadle espacio!
Los soldados obedecieron de inmediato, dando pequeños pasos hacia atrás,
aunque sin bajar las lanzas y muy atentos. En cuanto la bestia consideró que
tenía suficiente sitio, al menos unos seis metros, saltó a las almenaras de
enfrente, separadas por el pasillo de la muralla, y empezó a pasearse sobre
estas entre graznidos cortos e impacientes, mientras que sus nerviosos ojos se
movían por todos los pisos y el muro interior, una y otra vez.
—¿Qué estará haciendo aquí? —murmuró Fugaku con el ceño fruncido.
—Busca al creador —respondió Korin, cuyos ojos no perdían de vista a la
criatura.
El rey frunció el ceño. Estaba enterado de lo sucedido anoche, por
supuesto, pero no veía motivos para que semejante ser mítico anduviera por su
castillo.
—¿Para qué?
—¿Una revancha? —aventuró Sasuke con un estremecimiento. Por nada del mundo
permitiría que Naruto volviera a enfrentarse a esa bestia, y menos con las
heridas de ayer.
—No lo creo.
Los tres se giraron al escuchar la voz del rubio. Iba vestido con camisa,
chaleco, pantalones y botas, parecía que fuera lo primero que había visto y lo
único que le había dado tiempo a ponerse. Sus irises azules estaban clavados en
el ser con intensidad.
—Fugaku, retira a los arqueros, por favor.
—Naruto, ¿estás seguro? —le preguntó Sasuke, todavía inseguro.
Su prometido asintió.
—No quiere pelear. Él también está herido.
Al escuchar eso, fueron conscientes de los escasos rastros de sangre seca
que tenía en el flanco izquierdo, el lomo, un ala y alrededor del cuello.
También se podían apreciar las marcas de un arañazo en uno de sus ojos, pero no
podía ser una herida muy grave, ya que lo movía sin ninguna dificultad y
parecía ver perfectamente cada uno de sus movimientos.
De hecho, no tardó en detectar a Naruto. Al verlo, dejó de pasearse e
incluso relajó un poco su postura, plegando las alas con calma.
Fugaku, confiando en el hijo de Kurama, ordenó a los arqueros que se
apartaran.
—Quedaos aquí —les pidió este antes de avanzar hacia la muralla.
Sasuke sintió un nudo de aprehensión en el estómago, pero confiaba en su
prometido y, además, el extraño presentimiento que tuvo anoche volvió a fluir
en su interior, aunque todavía no alcanzaba a comprender de qué se trataba.
Naruto se detuvo a diez metros de la muralla, mirando hacia arriba. El Rey
del Cielo no le quitaba los ojos de encima. Le lanzó un graznido bajo, suave,
para nada amenazador.
El creador esbozó una media sonrisa, pero no dijo nada. La bestia ladeó la
cabeza, observándolo de arriba abajo y, una vez satisfecha, graznó con más
fuerza extendiendo las alas en todo su esplendor, a lo que el rubio respondió
haciendo una reverencia con la cabeza.
Para la sorpresa de todos, el Rey del Cielo le devolvió el gesto con el
mismo respeto y, después, dio media vuelta, saltó a las almenaras de enfrente y
se elevó en el aire, en dirección a las montañas.
Una vez se marchó, todos los soldados se relajaron y Naruto regresó junto a
Sasuke con una sonrisa.
—Tranquilo, Fuin solo quería saber si estaba bien.
El Uchiha frunció el ceño.
—¿Fuin?
—Es su nombre.
—¿Le has puesto nombre a un Rey del Cielo? —exclamó Sasuke.
Naruto arrugó la frente, confundido.
—No. Es su nombre.
Fugaku avanzó un paso, mirándolo con un profundo interés.
—¿Él te ha dicho su nombre y por qué había venido?
El creador sacudió la cabeza.
—No del todo. Solo lo he sabido.
Viendo que parecía entender la situación tan poco como ellos, el rey
decidió que era un buen momento para comer algo.
—Vayamos a desayunar, y ponte algo más de ropa encima, Naruto.
—Yo lo traigo —se ofreció Sasuke con rapidez.
Mientras Fugaku, Korin y Naruto se dirigían al comedor, el joven Uchiha fue
en dirección contraria, de vuelta a las escaleras. Sin embargo, un suave aleteo
hizo que se detuviera y echara un vistazo hacia la derecha.
Allí, posado sobre el mango de hierro que sostenía un estandarte con el
símbolo del Reino del Hielo, estaba Taka, observándolo con el pecho henchido y
una mirada brillante en sus increíbles irises dorados.
—Mi señor… —murmuró Sasuke, un tanto sorprendido.
El halcón, tras mirarlo con sus ojos relucientes un instante, apartó la
vista, sacudió las plumas y alzó el vuelo. Él contempló cómo desaparecía en el
cielo, percibiendo cómo ese presentimiento, por fin, empezaba a tomar forma.
Una abstracta, pero al fin empezaba a entenderlo.
—Taka… ¿Para qué estás preparando a Naruto? —se preguntó, sabiendo que no
obtendría respuestas hasta que fuera el momento de hacerles frente.

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