Capítulo 25. Danza de espadas

 


—Estoy bien donde estoy —le respondió Sasuke con los brazos cruzados, el ceño arrugado y los labios apretados.

Naruto puso los ojos en blanco. Sí, claro, y él era pelirrojo.

Ya suponía que no sería fácil para él aceptar tener a Korin cerca gran parte del tiempo, pero esperaba que después de un par de días se diera cuenta de que no tramaba nada raro. Había pasado más de una semana desde entonces, pero Sasuke se negaba a separarse de su lado, prácticamente en ningún momento. Podía comprender que se sintiera un tanto sobreprotector después de todo lo que había pasado, él también sentía la necesidad de no alejarse mucho tiempo de su futuro marido tras haber creído que no sobreviviría a la ventisca, sin embargo, le gustaría que se relajara un poco aun teniendo a Korin guardando sus espaldas.

Dejó escapar un suspiro. Una parte de él, lo comprendía. Habían tenido problemas de sobra con sus examantes como para llevar a una con ellos… Pero tenía fe en su visión, en lo que Kurama le había mostrado. Podían ayudar a Korin a superar sus sentimientos y a empezar de nuevo, a recuperar el honor que ella sentía que había perdido, a que enderezara su camino como guerrera que, al final, parecía ser su verdadera meta, por encima del amor o de cualquier otra cosa.

Pero no podía hacerlo si Sasuke seguía rechazándola. No creía que Korin esperara ser perdonada, sin embargo, al mismo tiempo, Naruto era consciente que el disgusto que mostraba su prometido hacia ella no era bueno tampoco; no hacía más que agravar su vergüenza y su sentimiento de culpa. Así, ella no podría avanzar. Se centraría más en los errores que había cometido que en tratar de mejorar como persona. Y Korin tenía mucho potencial, solo necesitaba una oportunidad y un poco de ayuda.

Sin estar muy seguro de qué hacer para solucionar aquella situación, volvió a dirigir su atención al combate. En esos momentos, estaban en el patio del castillo, observando el entrenamiento habitual de los soldados, a los que Fugaku e Itachi se habían unido. Se lo habían ofrecido a Sasuke también ya que, por lo que le había contado este, había pasado gran parte del tiempo que habían estado separados mejorando sus habilidades con la espada y cuerpo a cuerpo, solo para tener algo en lo que concentrarse que no fuera en su probable muerte.

Sin embargo, lo había rechazado. Probablemente porque Korin, como siempre desde que le había jurado su lealtad, se encontraba de pie justo tras él, asegurándose de que estaba bien y que no había amenaza posible para su seguridad en los alrededores a pesar de que estaban en el castillo de la familia real y que no tenía más enemigos allí dentro que Sakura Haruno, la cual, ya no representaba ningún peligro.

Tenía gracia que los dos fueran igual de sobreprotectores.

—¿Os importa que me una a vosotros?

Todos los que se hallaban alrededor se giraron hacia la voz. A Naruto se le escapó una gran sonrisa al reconocer a la persona que se acercaba a ellos con los labios curvados hacia arriba.

—¡Izumi! —exclamó, corriendo hacia ella para abrazarla.

La mujer rio alegremente y le devolvió el gesto. Se dio cuenta enseguida de que había adelgazado, sin embargo, parecía que podía mantenerse en pie por sí misma, aunque notó que todavía no estaba recuperada del todo porque, cuando lo abrazó, sintió el temblor de sus brazos, como si tratara de hacerlo fuerte pero no pudiera.

Cuando se separaron, Naruto mantuvo sus antebrazos bajo los suyos, para que tuviera apoyo si lo necesitaba.

—¿Cómo te encuentras? —le preguntó.

—Mucho mejor, gracias a ti —le dijo. Sus rasgos se suavizaron cuando lo miró a los ojos y le acarició una mejilla con cariño—. Itachi me ha contado todo lo que ha sucedido, y que gracias a ti me estoy recuperando. No sabes lo agradecidos que te estamos —dicho esto, se tocó el vientre—. Los tres.

Naruto sonrió, un poco emocionado. Le alegraba que el tratamiento que encontró Ashura en su día hubiera servido para curar a Izumi y también para salvar al bebé… Un futuro creador, como él…

—Izumi —saludó Sasuke, que había llegado junto a él. Su sonrisa se ensanchó al ver que sus hombros estaban relajados y que sonreía ligeramente—. Me alegra mucho verte en pie, pero ¿no te sermoneará Onoki?

La mujer cruzó los brazos alzando la barbilla.

—Me ha dado permiso. Además, necesitaba que me diera el aire; llevo tanto tiempo metida en esa habitación que empezaba a subirme por las paredes.

—Es una gran noticia —dijo Sasuke, sonriendo.

No tardaron en llegar Itachi y Fugaku. El primero preguntó de inmediato por su estado y si podía estar allí, mientras que el rey mandó traer de inmediato una silla y pieles para la futura reina. Izumi tranquilizó de inmediato a su esposo, pero aceptó los cuidados que le ofreció Fugaku y tomó asiento en primera fila de cara al patio para ver los combates.

Los soldados empezaron a debatir entre ellos quién haría el próximo duelo. Unos cuantos se acercaron a Sasuke para tratar de animarlo, pero él se resistía, mirando de reojo a Korin, la cual aparentaba una completa impasibilidad, sin embargo, Naruto presintió, por el modo en el que agachaba la cabeza, que se sentía herida.

Antes de que pudiera intervenir de cualquier modo, un pálpito lo sobresaltó.

Algo lo llamaba.

Al girarse, buscando el origen de esa extraña sensación, se encontró con Sharingan, que estaba apoyada en una de las vigas del patio, cuidadosamente enfundada en su vaina.

En ese momento, Fugaku se acercó con el ceño fruncido a su arma y la tomó entre sus manos. Su frente se arrugó un segundo antes de abrir ligeramente los ojos y buscar los de Naruto. Sorprendido, volvió a contemplar su espada y, luego, de nuevo al creador. Entonces, su rostro se puso serio y, lanzándole una intensa mirada al rubio, se encaminó hacia el centro del patio.

Naruto inspiró hondo y dejó que su mano se deslizara a su espalda, donde, oculta por la capa, pudo convocar a Rasengan murmurando su nombre en voz en baja. Una vez sintió su ardiente empuñadura contra su palma, se deshizo de la capa con la otra mano y se la entregó a Korin, que era a quien tenía más cerca, sin dejar de seguir al rey con la mirada. Ella la recogió de inmediato, aunque se quedó mirando a su señor con curiosidad, dándose cuenta con rapidez de que su majestad lo esperaba llevando a Sharingan, a la cual tan solo había sacado de su vaina para combatir contra sus enemigos.

Eso la interesó de inmediato y se adelantó unos pasos para poder ver mejor lo que estaba a punto de acontecer.

Sasuke, al ver su movimiento por el rabillo del ojo, se puso alerta de inmediato. Sin embargo, no vio en un primer momento a su prometido, lo que lo habría conducido al pánico si no fuera porque la mirada de Korin le dijo dónde estaba. Su corazón saltó al verlo empuñando a Rasengan y caminando sobre la fría nieve, reuniéndose con su padre.

No tardaron en ser el centro de atención de todos los allí presentes, provocando que un silencio sobrecogedor se extendiera por el patio, deteniendo cualquier práctica de tiro, lucha de espadas o combate cuerpo a cuerpo que se estuviera realizando. No hubo ni un solo soldado que no dejara el recinto libre y buscara una posición tan ventajosa como fuera posible para contemplar el combate que estaba a punto de empezar. Izumi se inclinó sobre su asiento con un profundo interés, aunque no pudo evitar mirar a su marido de reojo, como si buscara respuestas al comportamiento del rey y Naruto, sin embargo, Itachi se hallaba absorto en la escena que tenía delante, atento a cualquier señal, intrigado sobre por qué su padre había escogido a Sharingan para luchar. Ni siquiera Sai hizo el menor amago de abrir la boca.

Todos esperaron, observando a ambos contrincantes andando en círculos sobre la nieve mientras se observaban, calibrándose en silencio. Naruto casi podía palpar en el aire la fría y calculadora ferocidad del rey del Hielo, como si fuera un depredador que mantenía su fuerza oculta bajo una apariencia de absoluta calma para, después, soltarla con toda su ira en el momento clave. Sin duda alguna, estaba ante un contrincante que llevaba a sus espaldas una vida de experiencia en combate, que aprovechaba cada gramo de destreza que poseía, y que lanzaba sus ataques con toda la furia que llevaba dentro, pero siempre controlada, siempre fluida en cada golpe y cada movimiento que ejecutaba.

Le recordó a Kurogane. No sería fácil de abatir.

Por otro lado, Fugaku estaba impresionado. El joven creador irradiaba calma por cada centímetro de su cuerpo; no era algo a lo que estaba acostumbrado, cualquier rey extranjero se habría echado a temblar ante la idea de enfrentarse a él, e incluso sus soldados le tenían un profundo respeto que rallaba en el temor, ya que habían entrenado a su lado y eran conscientes de hasta dónde llegaban sus habilidades con la espada. Con la única excepción de sus hijos, nadie le había hecho frente con tanta tranquilidad, nadie se había parado a analizarlo para meditar mejor su estrategia. Eso denotaba que no era un combatiente que se dejara llevar por sus emociones, al menos, no al principio de un enfrentamiento.

Supuso, por su peso y altura, que sería un luchador ligero y rápido, y que, al ser del Reino del Fuego, utilizaría técnicas y estrategias más centradas en el ataque que en la defensa. Por tanto, él debería optar por una defensa más sólida, esperando a encontrar una buena fisura en su patrón de ataque para poder derrotarlo de un solo golpe.

Sharingan palpitaba con fuerza en su vaina. Podía sentir su emoción, su regocijo ante la idea de enfrentarse al creador. ¿Acaso llevaba demasiado tiempo enfundada y deseaba poner a prueba a Naruto? ¿O, tal vez, había percibido en él algo que a Fugaku se le escapaba? Era consciente de que el Reino del Fuego no habría permitido que un creador aprendiera a luchar por su cuenta; ya había estado en aquella tierra varias veces y podía decir que conocía bastante bien su situación política, especialmente los cambios que se habían realizado tras la muerte del rey Minato y su esposa, con quienes había trabado una buena amistad después de que le permitieran conocer a su hijo, dada su fascinación por los creadores.

Es más, cuando la reina Tsunade le ofreció su mano para casarse con su hijo menor, sospechó de inmediato los motivos.

Y aceptó.

No fue en ningún momento para castigar a Sasuke. Era cierto que había deseado que abandonara la vida de piratería que había llevado durante tres largos años y que aceptara sus responsabilidades como príncipe, más por la esperanza de poder recuperar al niño que había soñado con hacer el bien y proteger a los demás, así como para que estuviera a salvo de un ataque de un reino extranjero, que porque quisiera que cumpliera sus expectativas como miembro de la realeza. Además, la idea de permitir que el único creador del mundo acabara en manos de algún pervertido cruel le había revuelto el estómago. De algún modo, sintió que se lo debía a Taka por haber restaurado su fe en los dioses en su momento.

Así que, debía admitir, sentía una gran curiosidad por las habilidades de combate de Naruto. ¿Quién le habría enseñado a luchar? ¿Algún soldado de su reino? ¿O puede que tuviera escondido algún otro secreto, como le dijo Sasuke una vez?

Apretó la empuñadura de Sharingan, sintiéndola temblar en su mano, y juraría que la escuchó rugir en su cabeza cuando la desenvainó de un movimiento rápido y fluido. Su estallido fue similar al sonido del hielo al resquebrajarse, como si la gruesa y gélida capa que recubría el océano en invierno hubiera sido partida por la mitad por una fuerza equivalente a la de la naturaleza misma.

Naruto también debió de sentirlo, porque sonrió, expectante. Inclinó un poco su cuerpo, agarrando la empuñadura de su espada con las dos manos, manteniendo la hoja baja.

Entonces, la quietud se rompió.

El creador era nervio en estado puro cuando se abalanzó sobre Fugaku desde arriba. Fue mucho más rápido de lo que el rey esperaba y tardó un segundo de más en reaccionar, pero lo hizo a tiempo.

Cuando ambos aceros chocaron, Sharingan aulló de júbilo. Rasengan rugió, henchida de poder, y ardió en la mano de Naruto. Ambas espadas encontraban al fin un rival digno de ellas, alguien con quien medir realmente su fuerza, desatar por completo su potencial.

Sus portadores lo sintieron. Y no se contuvieron.

Naruto, aún en el aire, sonrió mientras se encogía sobre sí mismo y se echaba hacia atrás, en lo que pretendía ser una voltereta hacia atrás, pero que se interrumpió cuando apoyó el pie contra la hoja de Sharingan y empujó con toda su fuerza, pillando a Fugaku por sorpresa, el cual trastabilló hacia atrás, dándole a Naruto tiempo para aterrizar sobre sus pies y, en cuclillas, girar sobre sí mismo para asestar una estocada a sus pies. El rey lo vio venir y, reafirmando bien el pie izquierdo en el suelo, contratacó lanzando su espada contra Rasengan con un movimiento de péndulo, desviándola así de sus piernas y rompiendo la guardia de Naruto, que quedó desprotegido.

No tuvo que pensarlo dos veces. Recuperó el equilibrio deslizando el pie derecho hacia delante a la vez que cambiaba la posición de su mano sobre la empuñadura de Sharingan para realizar un corte seco y recto hacia la derecha. Era un movimiento que podía partir todo el costado de un hombre. Un golpe definitivo.

Pero Naruto ya estaba en movimiento. Con un grácil paso hacia atrás, giró sobre sí mismo evitando la hoja de la espada y deslizándose en dirección contraria, hacia el lado que Fugaku acababa de dejar desprotegido mientras Rasengan silbaba en el aire.

El rey maldijo, pero reaccionó de nuevo. Colocó una de sus palmas en la hoja de Sharingan y la levantó frente a su cabeza y su torso. El arma de su rival siseó contra su acero. Ahora estaban cara a cara.

Consciente de su posición poco ventajosa, y de que el creador era más rápido, aprovechó la postura de sus manos sobre su espada para empujar a Naruto hacia atrás y ganar algo de distancia. El rubio, sin esperárselo, retrocedió, evitando perder el equilibrio y aterrizando de rodillas en la nieve, manteniendo una altura baja en relación a su contrincante.

Ambos se miraron un instante. Analizaron de nuevo a su oponente, reorganizaron su estrategia.

Los ojos de Naruto resplandecieron, y atacó. Fugaku endureció el gesto y alzó la espada, tratando de mantenerlo a distancia. El creador lanzó una estocada, buscando acortarla. El rey contratacó con destreza. El rugido encarnizado del acero al chocar entre sí restallaba en el patio con cada estocada, desatando una tormenta metálica entre los muros de piedra. Los pies de los contrincantes bailaban sobre la nieve, avanzando y retrocediendo, girando, bloqueando, y vuelta a empezar.

La danza del creador era cada vez más rápida. Fugaz y cambiante, acechaba desde arriba y golpeaba por abajo, giraba sobre sí mismo, lanzando estocadas por un lado y otro, una y otra vez, veloz, impredecible.

Entonces, atacó por la derecha, alzando la espada. El rey lo vio y preparó su defensa.

Pero Naruto dejó caer la espada para atraparla con la otra mano y golpear el costado de Fugaku con el dorso de la hoja.

Primer golpe.

La multitud ahogó una exclamación.

El rubio no se distrajo. Hizo otro giro, aprovechando la confusión, y atacó con fuerza la espalda baja del rey.

Segundo golpe.

Murmullos de sorpresa estallaron en el patio. El tercero sería el último.

Terminó la vuelta y dio otra más, veloz e imparable. Pero el rey ya lo esperaba.

Sharingan se abalanzaba a por su cuello con un aullido voraz de victoria.

Sin embargo, Rasengan atacó desde abajo. Bloqueó el ataque y empujó el filo lejos de su dueño. Naruto se incorporó y lanzó su último ataque a la vez que Fugaku cambiaba la posición de su mano para hacer el suyo.

Y, de nuevo, la calma reinó.

El filo de Sharingan acariciaba a lo largo y ancho la garganta de Naruto, como si fuera a degollarlo. Rasengan, por otro lado, yacía junto al cuello de Fugaku, erguida y firme, como si lo hubiera atravesado.

Ambos sonrieron y, finalmente, se separaron.

Entre la multitud, Izumi frunció el ceño.

—¿Empate? —murmuró. Los ataques habían sido tan rápidos que era difícil saber quién habría dado el último golpe de haber sido un combate real.

—Eso parece —comentó Itachi, masajeando los hombros de su esposa con cariño. Después, le sonrió a Sasuke—. Puedes estar orgulloso de tu prometido, hermano. Pocos pueden hacerle frente a nuestro padre de esa manera.

Sasuke solo asintió, sin decir nada. Desde que cruzaron las espadas la primera vez, había sabido que su rubio era un rival a tener en cuenta, habilidoso e ingenioso, con una técnica difícil de dominar y, también, de encontrar en el mundo. Se notaba que no había sido adiestrado por los humanos. Pero, incluso así, le había sorprendido y henchido de orgullo ver que podía plantarle cara a su padre incluso empuñando a Sharingan.

Al menos, había sido así hasta que el combate había finalizado. Entonces, se había dado cuenta de lo que acababa de pasar.

Echó un vistazo alrededor, observando cómo todos los soldados hablaban exaltados entre ellos, impresionados sin duda alguna por el combate. Si bien ya admiraban a Naruto por considerarlo un ser prácticamente divino, ahora se le respetaría como un gran guerrero entre su gente. Y en el Reino del Hielo se valoraba mucho a aquellos que eran buenos combatientes.

Sin embargo, tampoco pasaría desapercibido. Todo el mundo hablaría de la maestría del creador que quedó en tablas con Fugaku Uchiha, rey del país militar más poderoso del mundo.

Todos sabrían que Naruto era más de lo que quería aparentar. Pero, entonces, ¿por qué lo había hecho? Él más que nadie quería evitar que se repitiera la masacre que aconteció a su sexo tiempo atrás. Tal vez no había hecho alarde de sus poderes, pero, aun así, había demostrado que era más que habilidoso en el combate… ¿Puede que fuera por eso? Los Tiranos fueron a por los creadores por su carácter sobrenatural y divino, no porque fueran guerreros excelentes. A lo mejor Naruto había considerado que no era una gran amenaza para él mostrar su pericia en combate, pero le gustaría hablarlo para estar seguro y poder prepararse para las posibles consecuencias.

Por ello, permaneció muy callado mientras lo observaba hablar con su padre.

—¿Quién te ha enseñado a pelear así? —le preguntó al rubio, que sonrió.

—Lo sabrás cuando nazca tu nieto.

Fugaku alzó una ceja, pero le devolvió la sonrisa. Entonces, Sharingan vibró en su mano y la contempló, atento a lo que trataba de transmitirle.

—Diría que Sharingan está complacida —dicho esto, la tomó entre sus manos y se la ofreció al creador.

Naruto pasó sus dedos por el gélido filo, sintiéndolo temblar. Sus labios se curvaron hacia arriba, aunque fue la tristeza lo que surcó sus irises azules.

—Llevaba mucho tiempo sin medirse con otra arma creada por los dioses. Lástima que no fuera con la que ella deseaba encontrarse.

Fugaku arrugó el ceño.

—¿A qué te refieres?

El creador lo miró a los ojos con seriedad.

—En los terrenos sagrados, los Guardianes forjaron armas especiales que después fueron entregadas tanto a héroes como a creadores, especialmente a estos últimos. Se hacen de un modo especial y con materiales que solo están presentes en dichos lugares, y, como bien sabes, desarrollan su propia voluntad. Se las llama Armas Divinas.

Fugaku asintió.

—Sí, tenemos algunas en este reino que pertenecieron a grandes guerreros. No han vuelto a ser empuñadas, no lo permiten. Algunos ladrones que trataron de llevárselas acabaron con las manos amputadas. Las armas les congelaron los dedos hasta el punto de que se volvieron negros. Su carne estaba muerta.

—No consideraron dignos a aquellos que las empuñaron. Ellas están muy unidas a la voluntad de los dioses, saben a quién deben permitir que las domine. Pero Sharingan es diferente.

—¿Por qué razón?

—Porque ella fue la primera —respondió Naruto, mirándolo con intensidad—. Ella fue la primera que se forjó en este reino, probablemente por la mano del propio Taka, como un regalo al primer creador. Por eso es tan diferente a las otras espadas que hayas visto. Hubo una por cada clan de humanos que nació. Pese a que siguen siendo Armas Divinas, se las conoce por otro nombre, Filos Ancestrales —dicho esto, bajó la mirada hacia Sharingan, y siguió acariciándola—. Tu espada quería rencontrarse con el Filo Ancestral de mi tierra. Pero se perdió.

Fugaku alzó abruptamente la vista hacia él.

—¿Cómo?

—Durante la masacre de los creadores. Muchas Armas Divinas desaparecieron en aquel entonces, ya que sus dueños se movían de un lugar a otro constantemente. La de mi tierra se perdió durante la batalla en la que capturaron a mi antepasado creador. Poco después, mi reino fue sometido.

—¿No se pudo encontrar más tarde?

—Indra logró encontrar algunas y devolverlas a sus legítimos dueños, pero no todas regresaron al lugar donde fueron forjadas.

Los hombros del rey cayeron.

—Es una verdadera lástima.

Naruto asintió, entristecido. Pero, entonces, su frente se llenó de arrugas. Fugaku supo por qué, Sharingan volvía a temblar en su mano, sin embargo, en esta ocasión, presintió que era de rabia.

—¿Qué le ocurre?

El rubio se demoró un momento, ladeando la cabeza, como si estuviera escuchando algo. El rey no tenía ninguna duda de que, por algún motivo, tal vez porque el vínculo que unía al creador a los dioses era el mismo que tenía Sharingan con ellos, podía entender lo que la espada decía.

Finalmente, Naruto lo miró a los ojos.

—Hay una leyenda acerca de los Filos Ancestrales. Es cierto que los creadores fueron los elegidos de los dioses para gobernar a los pueblos, y que su linaje tiene, por tanto, el derecho a sucederlo, independientemente de si nacen creadores en la siguiente generación o no. Un Filo Ancestral seguirá a aquellos que poseen sangre real, como Sharingan ha hecho con tu familia —añadió.

Fugaku frunció el ceño.

—¿Pero?

—Pero si el linaje real se extingue, es el deber del Filo Ancestral encontrar a un nuevo dirigente para su pueblo —dijo el rubio con gravedad—. Hace saber quién es el elegido por los dioses para crear una nueva línea de sangre que permita que nazca otra generación de creadores. —Hizo una pausa, observando a Sharingan—. O eso dice la leyenda, yo no he leído acerca de ningún caso o no se registró en mi libro. Pero Sharingan dice que esa es la razón por la que los Tiranos ocultaron los Filos Ancestrales y toda Arma Divina que lograron encontrar. Puesto que no podían utilizarlas ellos mismos, las sepultaron.

—¿Sharingan sabe dónde?

—No, ella estaba con Indra cuando las buscaron. No consiguieron nada.

Fugaku deseaba hacerle más preguntas, pero dudó cuando notó que los soldados se acercaban con lentitud a ellos, dándoles espacio para que terminaran la conversación pero, al mismo tiempo, ansiosos por hacerles saber su opinión sobre el duelo.

Naruto también debió de percibirlo, porque se alejó un paso e hizo una reverencia.

—Gracias por concederme el honor de batirme contigo y con Sharingan —dicho esto, dio media vuelta y se dirigió adonde lo esperaba Sasuke, que no le quitaba los ojos de encima.

Fugaku tampoco lo hacía. Su mirada oscura estaba llena de expectación e inquietud. No podía dejar de pensar en que Naruto era el primer creador que nacía después de un milenio, en que Taka, estaba seguro, había velado por él durante la tormenta, y que ahora resultaba que el joven era un luchador experto a pesar de haber sido criado en un país donde jamás le habrían permitido empuñar siquiera un cuchillo.

¿Pura coincidencia?

No. Eso era el destino. Algo realmente grande le aguardaba a Naruto, una hazaña de la que se hablaría por los siglos de los siglos, como su antepasado Indra.

Estaba ansioso por ver de qué se trataba, pero, también, temía por él.

Solo esperaba que, fuera lo que fuera lo que le deparaba al creador, no acabara por cobrarse su vida.

 

 

Naruto pudo respirar por fin tranquilo al cabo de una hora más tarde. Todo el mundo se había acercado a él para felicitarlo por el combate con Fugaku, deshaciéndose en entusiastas halagos y acribillándolo a preguntas acerca de qué tipo de entrenamiento seguía o quién le había enseñado a moverse así.

No estaba acostumbrado a que las personas lo admiraran, al menos, no en público. En su reino era querido por los aldeanos por la ayuda que les prestaba, pero su respeto era silencioso y de puertas adentro. Si revelaban hasta qué punto lo apreciaban, alguien sospecharía que era más de lo que quería aparentar, lo cual podría haber desencadenado que sus secretos se descubrieran. Y, así, él podría haber acabado como los creadores de antaño, retenido en una celda, violado para dar a luz niños a los que adiestrarían para ser máquinas de matar y creadores que compartieran su mismo destino, por no hablar de las hijas que habrían muerto delante de sus ojos…

—Naruto.

La voz de Sasuke lo distrajo de sus funestos pensamientos. Acababa de sentarse a su lado en la cama, en sus aposentos, donde se disponían a tomar un largo baño y descansar un rato antes de que anunciaran la hora de la cena.

—Perdón, ¿qué?

Su prometido permaneció callado un momento, como si se replanteara lo que quería decirle. Finalmente, lo observó con cierta inquietud.

—¿Eres consciente de lo que implica este duelo?

Naruto hizo una mueca.

—Sí, lo soy —respondió con aire decaído.

Sasuke frunció el ceño.

—No es propio de ti exponer tus secretos. ¿Ha pasado algo?

El rubio suspiró, pero su frente también estaba arrugada.

—Sharingan me llamó. Quería pelear conmigo. Sentí… —su voz se apagó. No estaba muy seguro de cómo definir esa sensación.

El Uchiha entrecerró los ojos, pensando en Taka y en la conversación que tuvieron hacía poco más de una semana. Estaba convencido de que jamás podría olvidarla.

—No pudiste elegir, ¿es eso?

Naruto se sobresaltó y alzó la vista hacia él, sorprendido.

—Sí.

Sasuke asintió, meditabundo.

—Tal vez… Tal vez esto tenía que ocurrir. Puede que sea lo que los dioses quieren.

El creador se estremeció un poco.

—¿Qué…? ¿Qué quieres decir?

Él lo contempló con intensidad.

—¿No has pensado nunca en por qué eres el primer creador que ha nacido desde la época posterior a la masacre? Desde lo de la ventisca, yo no he hecho más que darle vueltas. No creo que sea pura casualidad o cuestión de suerte o azar, creo de verdad que estás aquí porque los dioses quieren que hagas algo, algo importante.

Naruto se quedó blanco.

—¿No estarás sugiriendo… que quieren que me exponga? —murmuró, aterrado.

Sasuke le dedicó una mirada entristecida y le tomó las manos, acariciándole el dorso.

—No sé qué es lo quieren, Naruto, pero ya te has expuesto. No creo que nadie vaya a ir a por ti solo porque hayas demostrado ser diestro con la espada, sin embargo, tengo la sensación de que es el comienzo de algo. Además, el hijo de mi hermano será un creador; si Izumi está esperando uno, es posible que haya más mujeres embarazadas con la posibilidad de tenerlos en un futuro próximo. Estoy convencido de que estáis regresando, y, tarde o temprano, esos niños harán algo sospechoso que llamará la atención. —Hizo una pausa en la que le acarició la mejilla—. En algún momento, se acabará descubriendo.

El rubio agachó la cabeza.

—No quiero provocar otra masacre.

Sasuke se acercó más a él y lo abrazó con fuerza. El joven le devolvió el gesto y enterró el rostro en su amplio pecho, dejando que sus dedos mecieran su cabello.

—Dudo que eso dependa de ti, Naruto, en ningún caso. De todos modos, nadie está diciendo que tengas que mostrarle al mundo quiénes sois los creadores, yo solo… Solo estaba pensando en ello. Podemos manejar lo del duelo; el Consejo está ahora de nuestra parte y vamos a ser reyes, los nobles de tu reino saben lo que ocurrirá después de la Coronación, los cambios que tenemos pensados. Descubrir que has estado ocultando que aprendiste por tu cuenta o con la ayuda de alguien a pelear no es razón suficiente para plantarle cara a la reina ni a los consejeros. Puede que ni siquiera les sorprenda. A mí, ahora que te conozco bien, no me habría extrañado lo más mínimo —añadió con una sonrisa.

Naruto soltó una risilla y se apretó contra él.

—Gracias. Por esto y por todo, Sasuke.

Él le besó el pelo y lo estrechó entre sus brazos.

—De nada, Naruto. Pase lo que pase, estaremos juntos para afrontar lo que sea. No lo olvides.

—Sí —asintió él, plantando un beso en su cuello.

Entonces, unos golpes suaves en la puerta llamaron su atención. Sasuke fue quien se levantó para abrir, encontrándose con su primo Sai, que sonreía ampliamente.

—Hola, primo.

Sasuke lo miró con abierta sospecha.

—No sé de qué se trata, pero no cuentes conmigo.

—¡Oh, vamos! Dentro de una semana partiremos de vuelta al Reino del Fuego y ni los chicos ni yo vamos a dejarte marchar sin hacer una Cacería Albina.

Naruto se inclinó hacia un lado, tratando de ver a Sai por el costado de Sasuke.

—¿Qué es eso?

Sai se adentró en la estancia e inclinó la cabeza a modo de saludo antes de sonreír.

—Vamos a buscar de bueyes blancos. Suelen nacer uno o dos por rebaño y son difíciles de cazar. Es una persecución intensa y emocionante, ¿quieres venir?

El rubio estrechó los ojos.

—Suena como una cacería a caballo.

—Lo es.

—Entonces, diviértete, Sasuke —dijo sin pensárselo dos veces, haciendo un gesto de despedida con la mano.

Este soltó una carcajada.

—¿En serio?

—No me gusta montar a caballo y lo sabes. Además, dudo que puedas cazar bien conmigo haciendo de lastre.

Sasuke movió la cabeza a un lado y a otro, divertido.

—Algún día tendrás que explicarme qué es lo que te disgusta de montar.

—Me resulta muy incómodo.

Tanto él como Sai rieron con ganas.

—Es cuestión de acostumbrarse —aseguró este último.

—Me parece genial, pero no lo haré hoy —replicó Naruto sin inmutarse.

Sasuke volvió a reír, esta vez por lo bajo, pero le duró poco. Ahora, sus ojos lo miraban preocupados.

—La cacería podría durar toda la noche, ¿estarás bien solo?

Naruto supo enseguida de dónde venía esa inquietud. Tras la ventisca, su pareja no había querido pasar mucho tiempo lejos de él. Podía entender que tuviera miedo a que ocurriera algo mientras estaban separados, pero no podían estar así siempre. Sasuke debería poder salir a divertirse con sus hombres sin necesidad de temer por su seguridad, y le pareció que este era un buen momento para demostrárselo.

Así que sonrió y le respondió con calidez:

—Probablemente vaya después de cenar a los aposentos de Itachi e Izumi. Me han dicho que querían hablar conmigo y yo quiero contarles algunas cosas sobre los creadores. Creo que les vendría bien. No te preocupes por mí, ve y diviértete, de verdad.

—Perfecto —exclamó Sai con alegría y cogiendo a Sasuke del brazo—. Ya has oído lo que ha dicho el semidiós. —Hizo una pausa, frunciendo el ceño—. Hijo de los dioses. El Elegido. —Al final, movió la mano de un lado a otro—. ¡Lo que quiera que sea! Pero hágase su voluntad y ¡vámonos!

Sasuke sonrió, un tanto divertido, pero se deshizo de él con facilidad y fue un segundo con Naruto.

—Volveré entrada la noche, no me esperes despierto —dicho esto, lo besó—. Te quiero.

—Y yo a ti —respondió él antes de que Sasuke se apartara y se pusiera un chaleco de lana de cordero y una piel de oso por encima para estar bien abrigado—. Tened cuidado.

Ambos Uchiha se despidieron y cerraron la puerta tras ellos. Naruto aún pudo escuchar a Sai gritando que Sasuke se unía a la cacería y a un montón de voces masculinas aullando de alegría. Parecía que habían estado esperando fuera la decisión de su prometido.

En cuanto se fueron, Naruto se estiró sobre la cama, flexionando los músculos, algo cargados tras el intenso combate con Fugaku, y decidió aprovechar para darse el baño caliente que iba a compartir con Sasuke. Una vez tuvo el agua preparada, se metió en la bañera y se recostó hasta que la superficie del agua le llegó al mentón.

Su mente comenzó a divagar, pensando en lo que habían hablado. La verdad era que no creía que se armara tanto escándalo porque hubiera luchado contra Fugaku… Bueno, sí, el rumor llegaría a todos los reinos una vez se difundiera la noticia entre los marineros y comerciantes del Reino del Hielo que atracaban en los puertos de todo el mundo y, sin duda alguna, la gente quedaría conmocionada al descubrir que el creador del Reino del Fuego había estado ocultando semejante secreto. Sin embargo, no le preocupaba en el sentido de que fueran a secuestrarlo por ese motivo o intentar nada contra él; como había dicho Sasuke, ser habilidoso con la espada no era razón suficiente.

Pero sí le inquietaba ligeramente lo que había sentido cuando Sharingan lo había llamado. El hecho de ser incapaz de resistirse a su petición. Eso lo preocupaba.

Sasuke le había preguntado si alguna vez se había preguntado por qué había nacido como creador después de tanto tiempo, cuando parecía que no iban a regresar. Claro que lo había hecho. Casi todos los días. Le daba vueltas a la historia de su género y se preguntaba por qué ahora y por qué solo él, por qué no había más creadores.

Si su teoría fuera cierta y los creadores dejaron de existir porque rechazaron sus deberes, podría sospechar que él era el único que había nacido como una especie de prueba, para que los dioses pudieran juzgar si, esta vez, harían frente a sus obligaciones y eran capaces de cuidar a su gente.

Por eso él se esforzaba tanto. Deseaba desesperadamente no ser el único de su condición y, fuera por la razón que fuera, ya no estaba solo. Itachi e Izumi esperaban otro creador y eso reavivaba sus esperanzas de que tal vez no estaba equivocado y que ahora tenían una segunda oportunidad para demostrar su valía… aprovechando que los hombres habían olvidado sus poderes. Él estaba decidido a evitar, por todos los medios, que los masacraran de nuevo, por lo que seguía empeñado en esconder dichos dones, al menos, hasta que no fueran tan vulnerables. Por ahora, solo estaban él y el hijo de Itachi, su futuro sobrino; solos, no tendrían ninguna posibilidad.

Por desgracia, tenía la sensación de que Sasuke estaba en lo cierto, y que era cuestión de tiempo que acabaran expuestos al mundo. Puede que él no viviera para verlo, pero todos los secretos acababan viendo la luz tarde o temprano, aunque pasaran siglos. El de los creadores no sería una excepción; si había sobrevivido hasta ahora, era solo porque no habían nacido más de su género en mil años, pero, si regresaban… Si regresaban, alguien se descuidaría, o se cansaría de esconderse. Él mismo ya estaba harto de hacerlo, pero… Tenía demasiado miedo. Había leído tantas historias horribles de la masacre que no estaba seguro de ser capaz de enfrentarse a todo lo que acontecería si revelaba su secreto.

Ni siquiera había podido imponerse al antiguo Consejo. ¿Cómo iba a hacer frente a ejércitos de naciones enteros?

Suspiró y se hundió bajo el agua. No tenía sentido darle vueltas a preguntas que superaban su entendimiento; si los dioses tenían algún plan, para él o para los futuros creadores, lo mostrarían a su debido tiempo. Puede que, incluso cuando ese “plan” se esté llevando a cabo, ni siquiera él fuera consciente de que era eso lo que pretendían que hiciera.

Debía centrarse en lo que realmente podía hacer por ahora: cuidar de su pueblo, gobernar junto a Sasuke y cambiar las cosas en su reino para mejor…

De repente, pegó un salto en la bañera, sacando la cabeza del agua. Hablando de cosas en las que sí podía ayudar, había algo que podía hacer ahora que su futuro marido no estaba allí.

Más animado, terminó lavarse, se vistió y salió de los aposentos de Sasuke, en los cuales ahora dormía. Tras lo ocurrido con la ventisca, Fugaku había pasado por alto las tradiciones y había permitido que compartiera la habitación con Sasuke, algo que ambos habían agradecido profundamente puesto que habían necesitado tener intimidad durante aquellos días.

La noche ya había caído sobre la fortaleza Uchiha, ahora iluminada por largas hileras de antorchas anaranjadas que convertían el castillo en una sombría y majestuosa morada, fría y dura, implacable como su gente y sus guerreros.

Naruto atravesó la muralla interior y se dirigió de nuevo al patio de armas, subiendo una escalera hasta el segundo piso, donde se encontraban las dependencias de los soldados que permanecían en el castillo para hacer las guardias. Cuando pasó cerca de dos de ellos que hacían su ronda, preguntó por una habitación concreta y ellos le respondieron tras hacer una reverencia y añadir que su combate contra el rey había sido magnífico.

Después de eso, siguió las indicaciones y fue directo a la puerta que quería. Dio la casualidad de que, justo cuando levantaba la mano para llamar, Korin salía arropada por una capa adornada con piel de lobo. Al verlo, frunció el ceño.

—Mi señor, ¿qué hace aquí? —nada más hacer la pregunta, su rostro se endureció y llevó su mano instintivamente hasta la empuñadura de la espada—. ¿Ha ocurrido algo?

Él levantó las manos con una sonrisa.

—Tranquila, todo está bien.

Ella se relajó, pero seguía confundida.

—Creía que lo vería a la hora de la cena —dicho esto, miró a su alrededor—. ¿Su alteza no va con usted?

—Sasuke ha ido a una Cacería Albina.

Korin parpadeó y luego asintió.

—Es una especie de ritual de despedida entre los hombres. Si cazan un buey blanco, cenan juntos como hermanos de armas y aquel que se marcha se lleva la piel como regalo.

Naruto ladeó la cabeza. Interesante.

—¿Y las mujeres no hacen lo mismo?

—No, tenemos la Doma de la Luna. Salimos en busca de una caballada y escogemos el animal más hermoso. Debe ser doblegado en una noche, y la persona que debe partir lo lleva consigo como un recuerdo.

Los ojos del creador brillaron.

—¡Genial! ¡Hagamos eso!

Ella se sobresaltó.

—¿Ahora?

—¿Debe hacerse en algún momento concreto?

Korin contempló un momento el cielo.

—Es tradición que se haga una noche de luna llena, como hoy, pero, mi señor, a su alteza no le gustará…

Naruto esbozó una sonrisa maliciosa.

—Él no está aquí ahora, ¡vamos! —dijo, cogiéndola del brazo y arrastrándola fuera de la habitación, corriendo hacia las escaleras para buscar a Fugaku y pedirle permiso.

Y, desde una de las almenaras, Taka los observaba en silencio, con un brillo especial en sus ojos.


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