Capítulo 24. Dos disparos

 


Vane por fin pudo respirar tranquilo. Night estaba sano y salvo. Le habían rapado el pelo, pero, por lo demás, no parecía estar herido, o, al menos, no había visto señales de que hubiera sido golpeado o torturado de nuevo.

Por un momento, se preguntó si el miedo que le había insuflado a Polanitis habría sido suficiente para impedir que les hicieran más experimentos o si habría habido alguna otra razón, pero no tardó en desechar esos pensamientos. Tenía que capturar a ese hombre y marcharse con Night, su gente y todos los documentos de investigación que pudieran recoger.

Lo primero era acabar con esa maldita instalación de una vez por todas.

—Night —lo llamó, apartándose un poco. Tomó su rostro entre sus manos y lo miró con seriedad. Su compañero, como si fuera un fiel reflejo de sí mismo, adoptó la misma expresión y clavó sus bellos ojos azules en él—. Sé que estás un poco protector conmigo ahora mismo, pero necesitamos acabar aquí —dicho esto, le sonrió—. Te prometo que, en cuanto todo esto termine, hay una casa esperándonos en vuestro nuevo hogar. Los dos podremos descansar y estar juntos. ¿De acuerdo?

Night tragó saliva y asintió.

—Sí. Gracias, Vane.

Tiró de su compañero para darle un beso en los labios y un último abrazo rápido antes de apartarse. Cerró un instante los ojos, concentrándose, y, al abrirlos, sus irises volvían a tener un brillo gélido y calculador.

—Bien.

345, que los había estado observando con interés y curiosidad, parpadeó al ver el cambio drástico en sus facciones. Solo entonces, Vane se fijó en él.

—¿Qué hace aún aquí? —le preguntó a Night.

—No quería irse sin Tyler. Tiene sentimientos por él.

Vane lo miró fijamente. 345 se adelantó un paso, clavando sus ojos dorados en los suyos con decisión.

—No puedo quedarme fuera de este lugar sabiendo que Tyler corre peligro aquí dentro. Por favor, deja que os acompañe. Te doy mi palabra de que haré lo que digas.

Él estrechó los ojos.

—¿Zane?

Este hizo una mueca y se rascó la nuca.

—Lo siento, Vane. Son muy decididos cuando se trata de su media naranja… Ya deberías saberlo —dijo en un tono un poco más travieso.

Vane gruñó, pero no apartó la vista de 345.

—Todo lo que te digamos —le advirtió.

345 asintió con firmeza.

—Te he dado mi palabra.

—De acuerdo —dijo con cierta reticencia. Lo cierto era que ni siquiera deseaba que Night estuviera allí, pero sabía que no lo dejaría solo. No en la instalación donde había sufrido tanto, como si pudiera engullirlo y dejarlo tan atrapado como lo había estado él. Lo miró con un deje de advertencia—. Tú también, Night.

Este asintió al instante.

—Sí, compañero —dijo con una gran sonrisa.

Vane no pudo evitar devolvérsela. Sabía que le haría feliz saber que se comprometía a compartir su vida y su libertad con él, pero no imaginaba que se vería como un niño pequeño que había recibido el regalo que quería por Navidad. Le resultaba adorable.

Volvió a centrarse en la misión, pensando en los escenarios posibles a los que podían enfrentarse. Hizo una mueca ante un par de posibilidades que se le pasaron por la cabeza y activó el intercomunicador para hablar con sus hermanos restantes.

—Alfa para D y K —los llamó.

—Aquí estoy, Alfa —dijo Dylan.

—Aquí K —respondió su otro hermano con un jadeo. Se notaba que aún estaba ocupado trasladando a la gente de Night en los camiones.

—K, ¿aún estás con el traslado?

—Acabo de terminar, ¿qué ocurre?

—Coge dos de nuestros uniformes más grandes —ordenó, mirando a Night y a 345.

—Recibido.

—D, ¿dónde estás?

—Estoy de camino a la posición de S.

—Bien, nos encontraremos allí —dicho esto, cortó la comunicación y se dirigió a su equipo, compuesto por Zane, Max, Caleb, Daniel, Night y 345—. Zane, a la vanguardia. Daniel y Caleb a los laterales. Max y yo iremos en la retaguardia y Night y 345 en el centro. Vosotros dos avisadnos de cualquier olor que detectéis, especialmente de explosivos. No creo que Polanitis recurra a eso, pero si es así saldremos de esta instalación de inmediato. ¿Entendido? —Todos asintieron—. En marcha.

Subieron por las escaleras. Los hombres de Aaron y los guardias de la instalación habían desaparecido. Todo el mundo estaba ya en el exterior, subiendo a los camiones, preparándose para salir del polígono y dirigirse a Jackson Lake.

Cuando llegaron al sector cero, el lugar donde tenían los laboratorios y oficinas, se reunieron con Dylan y Kasey. Vane cogió los trajes que le había traído su hermano y les hizo ponérselos a Night y 345; este último tuvo cierta dificultad y mostró su desagrado e incomodidad hacia el ajustado chaleco antibalas y las placas de protección de los brazos y piernas, pero cuando le explicó que servía para evitar que las balas los mataran, aceptó hacer el esfuerzo. Aun así, Vane les recordó que, pasara lo que pasara, no se acercaran a un enemigo con un arma de fuego, pues un disparo a una corta distancia podía hacerles mucho daño.

Después, contactó con Shawn para averiguar su ubicación exacta. Polanitis se había escondido en una sala de almacenamiento, donde tenían guardadas todas las muestras de Night y sus amigos junto a sus respectivos informes e investigaciones. A Vane le costó muy poco averiguar por qué se había refugiado allí y no en su despacho, pues la habitación estaba protegida por una puerta acorazada de metal a la que solo se podía acceder desde fuera mediante un código de seguridad.

Sin embargo, eso no era un problema para él.

Shawn y sus tres hombres estaban frente a la puerta junto a Rick y Tyler. Los dos también llevaban puestos sus uniformes y seguían armados.

—Tyler —murmuró 345, que fue corriendo a su lado.

Al verlo, Tyler se sobresaltó y se reunió con él.

—345, ¿qué haces aquí? Tendrías que estar en los camiones.

—No quería irme sin ti.

Los hombros del técnico cayeron.

—Esto es peligroso y no quiero que salgas herido. Por favor, sal fuera. Sé que no quieres seguir aquí.

—Ven conmigo.

La expresión del hombre se endureció de repente. Apretó los labios y llevó su mano hacia la pistola que tenía en el cinto.

—No puedo. Aún no. Tengo un asunto pendiente con Dean.

Rick lo miró con el ceño fruncido al escuchar eso, pero no dijo nada. Vane solo agachó la mirada.

345, en cambio, cruzó los brazos a la altura del pecho.

—Entonces, me quedo contigo.

Tyler hizo una mueca y miró a Vane.

—¿No puedes hacer algo? No es seguro que estén aquí.

Él se encogió de hombros.

—El único modo de hacer eso es sedarlos y no voy a hacerlo. Si sus amigos ven que dos de los que los han convencido para venir con nosotros están inconscientes cuando salgan de aquí, pensarán que al final sí era una trampa y se volverán contra nosotros. No podemos permitirnos eso y menos cuando ya ha habido uno al que hemos tenido que sedar porque estaba seguro de que era un truco de Mercile. Es demasiado peligroso.

Tyler gimió y miró a 345.

—Por favor.

—No —dijo con firmeza el canino—. Tú no me abandonaste cuando habría sido más seguro para ti hacerlo. Yo tampoco lo haré.

Al ver la desesperación en su rostro, Night le tocó un hombro para llamar su atención.

—Los dos hemos prometido hacer lo que nos digáis. Así que no te preocupes, estaremos bien.

Tyler dudó, pero, al final, soltó un suspiro resignado. Volvió a levantar la vista hacia 345.

—Por favor, no hagas nada por tu cuenta, ¿vale?

—He dado mi palabra —dijo 345, solemne.

El otro hombre asintió y miró a Vane.

—¿Cuál es el plan? No podremos convencerlo para que salga por su cuenta y ha cambiado el código de seguridad.

Los hermanos Hagel, los hombres de Shawn y Daniel y Caleb rieron por lo bajo, como si acabara de decir una tontería. Rick y Tyler fruncieron el ceño.

—¿Qué pasa?

Vane esbozó una sonrisa torcida.

—Que yo diseñé estas puertas. No necesito ningún código —dicho esto, señaló ambos lados de la puerta—. Todo el mundo a los lados. Hagel y Night detrás de mí. El resto al otro lado. Zane, tú cubres este lado. Caleb y Daniel, el otro.

Salvo Night y 345, todos se movieron rápidamente a sus posiciones. Los hombres de Vane eran casi un mismo organismo, se desplazaban de forma fluida y en silencio, sin dudar, sin poner en duda el plan de su líder.

Vane se quedó junto al teclado en el que debía introducirse el código. No pulsó ningún botón, sino que sacó un destornillador de la riñonera que llevaba al cinto y quitó la caja que protegía los cables con sumo cuidado para que estos no se desconectaran.

Rick y Tyler palidecieron al ver que todos eran negros. Vane no había querido utilizar colores para que abrir las puertas desde fuera sin el código fuera aún más complicado.

—Sujeta, Dylan —le pidió a su hermano.

Cuando él obedeció, Vane inspiró hondo y se concentró. Todo el mundo entraba en pánico cuando veía la maraña de cableado negro; lo hizo así a propósito para que se desistiera de intentar abrir esas puertas y que el propietario pudiera activar una alarma desde el interior. Así, las personas que se refugiaban tras esas puertas o la mercancía que se protegía estaban a salvo. El único modo de abrirlas desde fuera era mediante un explosivo potente, un método mucho más ruidoso. Solo los aficionados serían tan estúpidos como para alertar a las fuerzas de seguridad de ese modo, o, en el peor de los casos, un grupo terrorista muy bien organizado y que había logrado infiltrarse de antemano en el entorno del objetivo.

Fuera como fuera, una cosa era clara: nadie pensaba que había usado números. Números blancos, pero pequeños, colocados en los conectores que enviaban los pulsos eléctricos de los cables al mecanismo que abría y cerraba las puertas. Así que ignoró el enredado cableado y alisó con los dedos solo las partes que estaban unidas a los conectores. Una vez tuvo cierto orden, buscó con atención los que necesitaba. Aparte de emplear números, se había asegurado de utilizar los de seis cifras para causar aún más confusión y, por si acaso, al final había añadido tres letras diferentes: A, B y C.

Lo había hecho porque, en caso de que alguien descubriera los números, quería que se centraran en esas letras del final, intentando buscar algún sentido en ellas, pero eso no era lo importante. Los números tampoco.

Lo que realmente importaba, era la primera cifra de cada número.

Se permitió sonreír. Pasaba tantas horas con cada uno de los proyectos de seguridad de su empresa, haciendo pruebas, buscando fallos, perfeccionándolos hasta la saciedad, que rara vez olvidaba algún detalle. Y, por eso, sabía cómo hacer que el código de seguridad volviera a ser el mismo que tenía cuando salía de la fábrica. Así que cogió los conectores que empezaban por cinco y seis y los cambió de lugar. Una vez hecho, le pidió a Dylan la caja de teclado y pulsó seis números al azar. En la pantalla salió la palabra ERROR seguida de una larga de serie de números. Después, Vane cogió de nuevo los conectores y volvió a dejarlos en su lugar. Entonces, tecleó tres seises y tres cincos.

La luz junto a la pantalla se volvió verde. Las puertas empezaron a abrirse.

—La hostia —se le escapó a Rick.

Vane y sus hermanos se habrían reído de no ser porque ahora venía la parte que él no podía hackear.

Puso un dedo sobre sus labios, mirando primero al grupo de enfrente y luego a los que estaban tras él. Entonces, le dio la orden a Kasey de disparar a sus espaldas.

La trampa funcionó. En cuanto sonó el estallido de su arma, cuatro balas salieron disparadas desde las puertas abiertas. Vane entrecerró los ojos.

—¡Polanitis! ¡Tira el arma! ¡Hazlo o no tendremos reparos en disparar! —dicho esto, miró a Zane y le mostró su puño con el dedo pulgar mirando hacia abajo. Su hermano asintió y, sin hacer ni un solo sonido, guardó la pistola y la cambió por su fusil. Después, sigiloso como un gato, se tumbó en el suelo y permaneció a la espera.

—¡Te…! ¡Tengo granadas! ¡No os atreváis a entrar!

Vane arrugó la nariz. No lo creía probable, pero tampoco subestimaría a su oponente. Un hombre que se sentía acorralado era como un jabalí rodeado por perros de caza. Sabía que no tendría posibilidades de huir a menos que embistiera, a pesar de ser un ataque suicida.

—No quieres hacerlo, Polanitis —dijo alto y con firmeza—. Te recuerdo que estamos bajo tierra. Si fuera al aire libre aún tendrías una oportunidad, pero, si haces estallar una granada, el techo también se hundirá sobre ti.

—¡Si no lo hago, estoy muerto! —aulló con una desagradable voz aguda.

—Si quisiéramos matarte, ya habríamos entrado —razonó Vane, suavizando un poco el tono. Solo un poco. No quería que tuviera la más mínima duda de que lo mataría si lo metía en problemas—. Aún estás a tiempo de entregarte.

—No te creo. ¡Me mataréis! ¡Me colgaréis de un árbol como hicisteis con mis hombres! ¡No quiero morir!

Shawn le lanzó una mirada recriminadora a Zane. Este no lo vio, sus ojos solo estaban pendientes de la mano de Vane, aferrando el fusil. Él tampoco se dio cuenta, centrado como estaba en Polanitis, pero tampoco se lo habría echado en cara a su hermano. Lo hecho, hecho estaba.

Entrecerró los ojos un momento, pensando a toda velocidad. No le habría importado matar a ese cabrón de no haber más remedio, pero había dos razones por las que quería evitarlo. La primera, y más importante en ese instante, eran las granadas. No quería arriesgarse a entrar a tiros y que fuera verdad que tuviera ese tipo de armas en la sala; una bala fallida y todos acabarían muertos.

La otra era igual de relevante, pero a largo plazo. No había tenido la ocasión de leer los documentos en profundidad, pero una ojeada rápida a un archivo que le envió el doctor Therian había bastado para mantenerlo inquieto.

Desde que vio esa información, matar a Polanitis ya no era una opción. Lo necesitaba vivo y cantarín. Dentro de una jaula, pero vivo. Y cantarín. Muy cantarín.

Necesitaba cambiar de táctica.

—¿No querías negociar? —le preguntó—. Negociemos entonces.

—Dijiste que eras militar, no un hombre de negocios —gruñó el otro hombre, desconfiado.

Vane arrugó la nariz.

—¿Prefiere negociar con el militar? —presionó.

Polanitis no dijo nada. Casi podía paladear el miedo y la duda en el aire, sentir el debate interno que estaba nublando su mente. Si decidía usar la violencia, moriría. Si realmente tenía granadas, podría llevarse a algunos de ellos por delante, tal vez incluso sobreviviera al derrumbamiento, pero, de todas formas, los supervivientes de la explosión y sus hombres apostados fuera de la instalación acabarían con él.

Y Vane sabía que él no quería morir. Le aterrorizaba. Lo había oído en su tono de voz cuando hablaron por teléfono.

Solo le quedaba negociar. La cuestión era ¿cómo pensaba hacerlo?

—Negociaré —dijo por fin Polanitis—. Entra para que podamos hablar. Tú solo. Y… ¡Sin armas!

Vane entrecerró los ojos. Con que una jugada sucia, ¿eh?

—Vane —lo llamó Night en voz baja. Se giró para mirarlo. Sus irises azules reflejaban sus temores—. No.

Él le apretó un hombro.

—No te muevas de aquí. Confía en mí.

Night se estremeció mientras veía cómo su compañero bajaba la visera del casco y se lo ajustaba bien. Entonces, les hizo un gesto a sus hermanos, señalando sus ojos primero y luego la entrada. Le hizo lo mismo al grupo que estaba enfrente y, por último, le hizo una seña a Zane, mostrándole el pulgar hacia arriba. Este asintió en silencio.

La ansiedad se apoderó de él cuando vio que se deshacía de una de las pistolas. La otra la dejó enfundada, pero movió el cinto para que quedara a su espalda, oculta. Eso lo tranquilizó un poco. Su compañero era muy inteligente y tenía plena confianza en él, después de todo, había liberado a los suyos. Sin embargo, todos sus instintos aullaban por agarrarlo y sacarlo de allí tan rápido como le permitieran sus piernas.

Luchó con todo su ser por quedarse quieto. Le había dado su palabra de que haría lo que dijera y estaba seguro de que usaría la pistola a su espalda para defenderse.

Lo vio inspirar hondo. Su pecho se hinchó acorde con su respiración. Luego intercambió una mirada decidida con todos y, por último, sus ojos se clavaron en los suyos. Pudo ver cómo le pedía en silencio, una vez más, que confiara en él.

—Recuerda, no te muevas de aquí —le dijo en voz baja—. Todo irá bien. Te lo prometo.

Pese a que le costó toda su fuerza de voluntad, tragó saliva y asintió, cerrando los puños. Así, con el corazón encogido, vio cómo Vane se alejaba de la pared, quedando al descubierto en la entrada, y mantenía las manos estiradas, como si quisiera mostrar que estaba desarmado, pero dejándolas muy cerca de la cintura y, por tanto, del arma que llevaba a la espalda.

Night podía sentir su propio pulso en las sienes. Por cada paso que daba Vane, más fuerte le golpeaba. Los músculos de todo su cuerpo se tensaron, a punto para saltar sobre él. Todo su ser le gritaba que no le dejara hacerlo, que lo agarrara y lo…

De repente, hubo un estallido. Un golpe sordo le siguió.

Por un instante, dejó de respirar. Sintió como si algo dentro de él se rompiera.

—¡VAAAANE! —aulló. Y, sin pensar, se abalanzó sobre el cuerpo de su compañero.

—¡Mierda! —maldijo Zane a sus espaldas. No le importó. Sus ojos estaban fijos en el agujero del traje de Vane, sobre su estómago.

Se arrancó el casco para poder oler mejor. No olía a sangre, pero su macho no se movía. ¿Por qué?

Inquieto por su estado, le quitó el casco también. Al ver sus ojos cerrados, el pánico lo consumió.

—¡Vane! —lo llamó, tomando su rostro entre sus manos—. ¡Vane, despierta! ¡Por favor! Por favor —suplicó con los ojos llenos de lágrimas. No podía ser. No podían hacerle esto. Después de todo lo que había sufrido, no podían quitarle a su compañero. El precio por su libertad no podía ser ese, ¡no lo aceptaría!

—Tú…

Night se giró hacia Dean Polanitis. Estaba detrás de una mesa metálica con una pistola en la mano.

Le lanzó un profundo gruñido cargado de amenazas. Iba a destrozarlo. Le arrancaría cada miembro del cuerpo y cada pedazo de carne hasta que rogara por su muerte. Entonces, le desgarraría el cuello. Lo dejaría ahogarse en su propia sangre.

Dean parecía tener un plan similar, a juzgar por cómo lo miraba. Y, a pesar de eso, sus fosas nasales se inundaron de su picante miedo.

—Todo esto es tu culpa —maldijo el hombre. Le temblaba la mano—. Adam y tú…

No quería escucharlo.

Quería matarlo.

A gran velocidad, se agazapó sobre el cuerpo de su compañero y flexionó brazos y piernas, listo para saltar sobre él. Una bala no sería suficiente para matarlo, y, a esa distancia, lo alcanzaría de un solo salto. No importaba si su disparo era mortal para él, se negaba a vivir sin su Vane, pero ese humano moriría en sus garras.

Entonces, un fuerte rodillazo en el costado lo lanzó a un lado.

—¡ZANE! —rugió una voz a su lado.

Dos disparos rasgaron el aire.

Night registró el olor de la sangre de Dean. También vio cómo caía al suelo. Se dio cuenta de que todo su grupo se adentró en la estancia corriendo, siendo 345 el primero en abalanzarse sobre la mesa para lanzarle un gruñido bestial al humano que le hizo gritar de terror.

No vio qué pasó después porque toda su atención se centró en Vane. Estaba muy despierto y su mano sujetaba la pistola que había mantenido antes a la espalda.

—¡Vane! —exclamó, lleno de alivio, lanzándose sobre él para abrazarlo.

—¡Ay! Cuidado, Night.

Él se apartó de inmediato y miró el agujero en su traje.

—¡Lo siento! ¿Estás bien? —dicho esto, buscó a Dylan con la mirada, pero él ya estaba arrodillado junto a ellos, mirando a su hermano con atención.

—¿Cómo es de grave?

Vane gruñó mientras se bajaba la cremallera de la chaqueta. Apartó el chaleco, donde Night vio la bala incrustada, y se levantó la camiseta negra. Un feo hematoma se estaba formando en la zona herida, pero no había sangre. Por eso no la había olido.

—Menos mal que solo tenía una pistola —dijo Dylan mientras inspeccionada el golpe. Asintió para sí mismo—. Dolerá, pero no necesitas asistencia médica —sonrió.

Él asintió y luego se giró hacia Night.

—Te dije que te quedaras quieto y que confiaras en mí.

El canino soltó un gruñido.

—Tendrías que haberme avisado.

—No estaba seguro de lo que planeaba hacer —le gruñó de vuelta Vane, mirándolo con cara de pocos amigos—. Se suponía que Zane me cubriría, pero tú saltaste en medio y no se atrevió a disparar hasta que te quité de encima.

Night dejó caer los hombros.

—Lo siento. Yo solo… Solo pensé que… te había perdido —susurró con la voz rota.

Vane suspiró y se apoyó en su pecho. Él envolvió sus hombros con los brazos y lo estrechó contra sí. Agradeció que le permitiera abrazarlo a pesar de su enfado.

—No te preocupes. Trabajaremos en esto. Aprenderás a confiar en mí.

Él frotó su mejilla contra su pelo.

—Confío en ti. Es solo que… No pude pensar cuando te vi caer. Mi instinto me lanzó.

—Trabajaremos en eso también —dicho esto, le dio una palmadita—. Ayúdame a levantarme y salgamos aquí. Ya tenemos lo que queríamos.

—Vane —lo llamó Zane de repente con cierta tensión en su tono.

Él miró de inmediato en su dirección. La mesa de metal y el cuerpo de 345 sobre ella no le permitía ver bien lo que estaba pasando, pero sabía que Polanitis no tenía ninguna oportunidad de escapar. Su bala había impactado en su hombro derecho y Zane había destrozado la mano que sostenía su pistola con su disparo. Solo cuando Night lo ayudó a ponerse en pie comprendió el problema. Notó que su piel se erizaba.

Tyler apuntaba con su pistola directo a la cabeza de ese hijo de puta.

—Agente Cooper —lo llamó con firmeza.

Este se levantó la visera y lo miró a los ojos. Ambos se contemplaron el uno al otro durante un largo rato. Apenas se percató de que Rick también los miraba inquieto, sin saber muy bien qué hacer. El resto, aunque no apartaban sus ojos ni sus armas de Polanitis, también estaban pendientes de Vane, atentos a sus órdenes. Shawn había dejado su fusil a la espalda y se había acercado a Tyler, listo para detenerlo de ser necesario. Por otra parte, 345 solo se mantenía alerta a los movimientos de un quejumbroso Polanitis. A él no le importaba si su Tyler lo mataba, se lo merecía por todo el daño que les había hecho.

Al final, Vane asintió. Shawn retrocedió y cogió la pistola del cinto para apuntar de nuevo al director de la instalación.

Tyler le devolvió el gesto a Vane, agradecido. Después, se quitó el casco y lo dejó caer al suelo. Dean interrumpió sus gemidos y abrió los ojos como platos.

—Cooper…

—Sorpresa, cabrón —escupió.

El hombre balbuceó algo ininteligible. Tyler lo miró con desprecio.

—¿En serio creías que todo el mundo estaría de acuerdo con esta mierda? Eres un maldito hijo de puta. ¿Eres capaz de dormir con toda esa sangre que mancha tus manos?

Dean apretó los labios.

—Tú imploraste para poder trabajar con nosotros. Te di una oportunidad, ¡¿y así me lo pagas?!

El agente esbozó una sonrisa torcida carente de humor.

—Dime, Dean, ¿el nombre de Yulia Korshunov significa algo para ti? —El rostro confundido del hombre le dio la respuesta. Su sonrisa desapareció y el odio deformó sus rasgos—. ¡¿Y el de Jonathan Sheppard?!

Al oír ese nombre, Polanitis palideció y miró fijamente a Tyler. Empezó a temblar.

—No… No puede…

Tyler pisó con rabia su pecho y amartilló su arma. Su víctima sollozó.

—Desde que supe de ti, no he podido pensar en otra cosa que no fuera en matarte. —Su voz temblaba por la rabia contenida—. No era difícil. Bastaba con esconder un cuchillo bajo la manga y apuñalarte en el cuello cuando pasaras por mi lado al cruzar una esquina. Me daba tiempo a ocultarme y salir de aquí. —Su pie se deslizó hacia su cuello y presionó. Polanitis boqueó. Tyler afianzó su agarre sobre la pistola—. Pero entonces me enseñaste lo que hacías aquí. Vi cómo los torturabas, cómo los sometías a esas jodidas pruebas. —Las venas de su cuello se remarcaron. Habló entre dientes—. Los enjaulaste como si fueran animales. No, fue incluso peor que eso. Lo que les has hecho es inhumano. A ellos y a todos a los que mataste para silenciarlos.

Dean se aferró con la mano sana al pie de Tyler mientras trataba de respirar. Este no cedió ni un milímetro, siguió observando cómo su víctima luchaba por emitir alguna palabra, probablemente una súplica.

Tras unos momentos en los que Polanitis empezó a sacudirse, presa del pánico, Tyler lo soltó y apartó su arma de su cabeza.

—Tienes suerte de que crea en la justicia divina. Dejar que te pudras en una jaula me parece un buen final para una rata como tú —dicho esto, le escupió y se alejó a paso rápido de él, pasando por delante de Vane, a quien le dedicó un brusco asentimiento antes de salir de la habitación. 345 fue detrás de él.

El líder de los Hagel lo vio marcharse con cierta tristeza. Conocía muy bien esa sed de sangre y se alegraba de que Tyler hubiera podido sobreponerse a ella. Una vez se entraba en esa espiral, era difícil salir de ella. Casi tan difícil como saciar esa misma sed.

Aunque hubiera matado a Polanitis, no habría sido suficiente. No habría cambiado nada. El dolor no se supera derramando más sangre.

Se giró hacia sus hombres y un confundido Rick.

—Cogedlo y vámonos de aquí. Se lo entregaremos a Aaron y nos iremos al punto seguro.

—¡Sí, señor! —respondieron todos al unísono.

Dylan se precipitó sobre Polanitis para detener la hemorragia de su hombro y darle los primeros auxilios. El resto no dejó de apuntarle con sus potentes armas, incluso Zane se permitió hacerle una descripción muy gráfica acerca de lo que le esperaba en caso de que tratara de huir.

Vane salió de la estancia y Night, por supuesto, le siguió. Encontró a Tyler con las manos apoyadas contra la pared. 345 tenía una mano en su espalda y la otra le acariciaba el cabello, intentando consolarlo.

Al detectar su presencia, los miró con ansiedad.

—Huelo su dolor, pero no sé qué hacer para ayudarlo.

—Esto es más que suficiente, 345 —le dijo Tyler, que se irguió y se dio la vuelta para mirar a Vane—. Gracias por dejarme ese momento con él.

Él asintió.

—Necesitabas que lo supiera, ¿verdad?

Tyler apretó los puños, pero sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Ni siquiera sabía quién era ella. Es incapaz de recordar a todas las que ha matado.

Vane se acercó y le apretó un hombro con fuerza.

—¿Sabes por qué lo mantengo con vida?

El otro hombre cerró los ojos.

—Sí. Adam nos lo contó.

—Solo necesitamos que hable. Y ya sabrás que los que son como él no tardan en cantar. Después de eso, pediré su muerte si lo deseas.

Tyler mantuvo la vista gacha.

—No tengo derecho a matarlo —dijo, sacudiendo la cabeza—. No más que Night o 345 o cualquiera de sus víctimas. Si debe morir, es justo que sean ellos quienes lo ejecuten.

Vane asintió, comprendiendo su punto de vista.

—Por ahora, salgamos de aquí. Todos necesitamos descansar —dicho esto, esbozó una diminuta sonrisa—. Ve con 345. Estaría bien que le hablaras a él y a los demás de lo que va a encontrar en su nuevo hogar.

Esta vez, el exagente sonrió, agradecido.

—Gracias por aceptar el encargo de Adam, Vane Hagel. Gracias por salvarlos.

Vane se encogió de hombros y suspiró.

—Solo un auténtico hijo de puta lo habría ignorado y seguido con su vida.

Entonces, Night lo abrazó por detrás y lo estrechó contra sí.

—Yo también te doy las gracias. Por todo, Vane. Por lo que has hecho por mi gente y por mí.

345 se adelantó un paso y lo miró a los ojos. Había respeto y admiración en ellos.

—Tienes mi agradecimiento también, compañero de Night.

Él resopló.

—Chicos, haréis que me sonroje —dicho esto, vio por el rabillo del ojo que los demás se acercaban y se apartó de Night con suavidad—. Ahora, larguémonos de aquí —dijo sonriéndoles—. Para siempre.

345 miró a Night con emoción. Él le sonrió y, después, se dirigieron a la salida.

Todos los camiones de Aaron se habían marchado ya excepto uno, que sería el que transportaría a Polanitis a una prisión de máxima seguridad. El propio Aaron los esperaba para recoger al hombre, que empezó a sudar al encontrarse con su furibunda y sombría mirada. Empezó a balbucear algo sobre que tenía derecho a una llamada, pero el general le recordó que ellos eran militares, no policías, y le aseguró que la celda que habían preparado para él hacía honor a las que él había utilizado para sus múltiples víctimas. Luego, en voz baja, le juró que iba a pagar muy caro lo que le había hecho a Adam, haciendo que el exdirector gimoteara.

A 345 le costó un poco salir al exterior. Ver el movimiento entre los camiones y a la gente gritando órdenes por todas partes le asustó un poco. Solo la mano de Tyler sobre la suya y Night señalándole el cielo oscuro iluminado por titilantes estrellas, diciéndole que por ello escogió su nombre, lo animaron a dar su primer paso fuera de la instalación. Tyler fue con él en uno de los vehículos mientras que Night se fue con Vane y sus hermanos.

En su interior, Ethan los esperaba. El alivio lo inundó al verlos.

—Gracias a Dios, estáis bien —dijo mientras se lanzaba a los brazos de Max.

Night parpadeó al ver que cómo este le daba un beso apasionado y sonrió.

—¡Uuuuuh! ¡Así se hace Max! ¡Dale con la lengua!

Shawn le dio un codazo a Zane mientras que Dylan y Kasey rieron con ganas. Vane se limitó a sonreír.

—Max, Ethan —los llamó.

El médico, de inmediato, se apartó, rojo hasta las orejas. Las carcajadas de Zane sonaron con tanta fuerza que más de uno se giró para mirarlo, ni siquiera Shawn pudo contener una media sonrisa.

—Lo siento, Vane. Eso ha sido muy poco profesional por mi parte, ¿alguno está herido? Todos andáis sin problemas y he supuesto que…

—Ethan —lo interrumpió Vane, poniendo los ojos en blanco—, está bien. Solo quería señalar que debemos irnos ya —dicho esto, se permitió una sonrisa traviesa—. No te preocupes, a ninguno nos importa si Max y tú hacéis un poco de manitas durante el trayecto.

Los ojos de su hermano se iluminaron.

—¿De verdad?

—¡¿Qué?! —gritó Ethan con voz estrangulada.

Zane volvió a reír con fuerza.

—Somos hermanos, ya hemos pasado por todas las situaciones vergonzosas habidas y por haber. Unos besos subidos de tono no nos intimidan.

—¡N-No va a haber nada de eso! —exclamó Ethan.

Max lo miró como si fuera un cachorro abandonado bajo la lluvia.

—¿No? ¿Después de todo el tiempo que he estado conteniéndome?

Vane tosió, escondiendo una carcajada, y dijo:

—Caballeros, al camión. Ya.

Todos obedecieron, aunque riéndose por lo bajo.

—Menuda decepción —se lamentó Kasey en broma.

—Tranquilos, puede que Vane y Night nos den más espectáculo —rio Zane.

El mayor de los hermanos rodó los ojos.

—Suficiente. La misión aún no ha concluido —declaró, haciendo que todos callaran al instante y le prestaran atención—. Hemos completado con éxito la parte más peligrosa, ahora toca la difícil.

—¿Cuál? —preguntó Night, inquieto.

Vane le sonrió.

—Que tus amigos se adapten.

 

 

Night se despertó poco a poco, perezoso. Estaba caliente bajo las mantas, abrazado a la almohada y recostado sobre un colchón mullido. El aroma de Vane inundó sus fosas nasales y, apenas consciente, apartó la almohada y lo buscó a tientas con la mano.

Al no encontrarlo, abrió los ojos de golpe y aguzó todos sus sentidos. No tardó en escuchar su voz. Se calmó al darse cuenta de que estaba hablando con Dylan en el piso de abajo y sonrió, feliz y consciente de todo lo que había ocurrido.

Por fin eran libres. Todos estaban sanos y salvos y, con algo de tiempo, su gente aprendería a confiar en los humanos que los habían rescatado.

Tras el trayecto en los camiones, que asustó y mareó a más de uno, había sido un poco difícil animar a los demás a que entraran en el hotel. De hecho, muchos se habían quedado anonadados contemplando la nieve y el paisaje boscoso que rodeaba el complejo de Jackson Lake. Otros habían tenido miedo de atravesar sus muros, temiendo quedar encerrados de nuevo y no hubo uno solo que no se quedara algo confundido por todos los olores que recogían, sin saber muy bien cómo reaccionar a ellos. Por suerte, el frío y la confianza de sus amigos, las hembras y machos como 305 o 300, los acabaron convenciendo de dar sus primeros pasos en el interior de su refugio. Que hubiera humanas desarmadas que les ofrecieran ropa y mantas para calentarse ayudó; algunos rechazaron las prendas, asociándolas todavía a Mercile, pero no despreciaron las mantas.

Entonces, Vane se había subido al mostrador y se había dirigido a todos ellos. Les había dicho que comprendía que desconfiaran de él y de todos los humanos que había allí, pero les aseguró que su única intención era ayudarlos, y, por ello, estaban en aquel edificio, donde tendrían unas habitaciones en las que les esperaban una comida caliente y una cama. Night no pensó que muchos de los suyos no estarían familiarizados con objetos como colchones y lámparas, por lo que le sorprendió de nuevo la paciencia que tuvo Vane al explicarles paso por paso todo lo que tenían en sus habitaciones y para qué servía cada cosa, incluso sacó un grifo de la ducha para mostrarles cómo podían bañarse con agua caliente.

Por supuesto, había sido interrumpido varias veces con preguntas que él, por su tono, parecía esperar, como dónde estaban los heridos. Dylan había intervenido entonces y les había explicado que estaban terminando de ser atendidos y que podrían ir a verlos, que solo tenían que decírselo y alguien los llevaría con ellos. Vane añadió que en las habitaciones podían dormir dos, tres y hasta cuatro personas si lo deseaban y que podían dejar sus puertas abiertas si querían, pues solo podían cerrarse desde dentro, pero, si no querían hacerlo, los humanos no entrarían sin dar un par de golpes en la puerta. También les dijo que cualquier duda, pregunta o petición que tuvieran podían comunicársela a cualquier humano que vieran o ir a la sala donde se encontraban en ese momento, donde habría siempre alguien para atenderlos.

Luego les pidió que usaran la ropa. Les dijo que comprendía que pudieran asociarla con aquellos que los habían mantenido cautivos, pero les aseguró que solo servía para mantenerlos calientes y que, como habían comprobado, hacía mucho frío. Les explicó que podían enfermar si no lo hacían y que nadie quería que eso ocurriera, que ya estarían bastante preocupados con los compañeros que ya estaban heridos. Muchos acabaron aceptando las prendas que las humanas les ofrecían, aunque hubo algunos que aún se mantuvieron reticentes.

Entonces, les contó lo que iba a suceder. Les dijo que dedicaran ese día a comer y descansar; un humano pasaría por delante de sus habitaciones cinco veces al día para dejarles una bandeja de comida con distintos platos que probarían para hacerse una idea de lo que les gustaba y lo que no. Hubo más de uno que preguntó si existía algo más aparte de los filetes y el agua, y, cuando Max les respondió sonriendo que tantos como luces había en el cielo, hubo murmullos entre los suyos e incluso una de las hembras gruñó de alivio y comentó que ya era hora, que por fin averiguarían de dónde venían los olores a comida de los humanos.

Aparte de eso, Vane les invitó a salir de sus habitaciones y explorar el hotel, e incluso podían salir del edificio si lo deseaban, pero insistió de nuevo en que llevaran ropa abrigada, ya que fuera nevaba. Por último, les dijo que, si lo deseaban, en unos días empezarían a enseñarles cosas sobre su mundo; les explicarían lo que era la nieve y los árboles que habían visto a su alrededor, a leer para obtener más conocimientos y a usar la televisión para que pudieran ver el mundo que había más allá del hotel.

Un macho preguntó si les enseñarían a matar a los humanos. A todos les sorprendió la naturalidad con la que Vane respondió que sí, que había más hombres como los que los habían mantenido cautivos y que debían aprender a defenderse, a engañarlos y cómo escapar de ser necesario. Les explicó que, por culpa de esas personas, el lugar en el que estaban tenía muros, no para retenerlos, sino para impedir la entrada de esa clase de humanos. Algunos le preguntaron si estaban a salvo allí y Vane les dijo de nuevo que sí, que nadie sabía que ellos estaban en ese lugar, pero que prefería estar preparado y que no iba a consentir que regresaran a una jaula.

Después, Night les había pedido que les dieran una oportunidad para demostrarles que lo que decía era cierto y les recordó que, si decía la verdad, significaba que por fin eran libres y que no volverían a estar en una jaula. 345 y sus compañeros de celda lo habían respaldado, al igual que hicieron las hembras y hasta 305 y 300.

En cuanto todos se marcharon, Vane lo llevó a su nueva casa. Night lamentó que no pudieran regresar a la de su compañero; para él siempre sería el lugar donde supo lo que significaba ser libre por primera vez, donde pudo llamar amigos a los humanos y donde encontró a su compañero. Sin embargo, comprendía que ese lugar ya no era seguro para ellos y se entristeció cuando Vane le contó que tuvieron que quemarlo para no dejar pistas para Mercile.

Aun así, estaba feliz por su nuevo hogar. La cabaña le recordaba a los árboles entre los que había corrido la primera vez que estuvo en el bosque y su alegría aumentó al encontrar a Bear en el salón, sano y salvo, aunque todavía no podía moverse mucho. Sus pensamientos regresaron en aquel momento a Sam y lamentó no haber hecho nada para salvarla cuando ella había dado su vida por protegerlo.

Vane, como si leyera su mente, le había dicho que ahora descansaba en paz junto a su hermano. Después, le había pedido que comiera algo antes de acostarse, pero se había negado. En aquel instante, se había dado cuenta del agotamiento de su compañero y lo había llevado al dormitorio, donde había insistido en ayudarle a cambiarse, y, luego, se había tumbado a su lado, encerrándolo en sus brazos. Vane había insistido en que comiera algo, pero Night le dijo que también estaba cansado y que solo quería tenerlo en sus brazos. Su compañero no rechistó y pasó un brazo por su cintura, acurrucando la cabeza en su pecho. Él había sonreído cuando se había quedado dormido, apenas un minuto más tarde, justo después de que su Vane le dijera que se alegraba de que estuviera bien y que lo amaba.

Night le había susurrado que él era su vida ahora y que jamás le haría daño, como ese estúpido compañero que tuvo antes. Y que le estaba muy agradecido. Por todo. Por su gente y por él, por amarlo y aceptar ser su compañero. Luego, también se había quedado profundamente dormido.

Se levantó y bajó las escaleras, llegando hasta el salón. Bear movió la cola al verlo, pero no se levantó de su mullida cama. Night fue un momento a acariciarlo mientras escuchaba la conversación de su compañero con Dylan.

—Nada de peleas, Vane. No estás en condiciones y anoche ya hiciste bastante con Polanitis.

Night frunció el ceño. ¿Peleas? ¿Qué estaba pasando?

Su macho gruñó.

—Teníamos que asegurarnos de que Polanitis venía con nosotros. No me dejó muchas opciones.

—¿Matarlo habría sido tan terrible?

—Tiene acceso a información que Adam Therian no tenía y, por tanto, no pudo facilitarnos. El doctor se aseguró de dejarlo muy claro en sus informes.

Para entonces, Night ya se había levantado e ido a la cocina, donde desayunaban los dos hombres.

—¿Qué peleas? —preguntó, un tanto tenso. No iba a permitir que su macho saliera herido de nuevo. Había visto el feo moretón que le había dejado la bala de anoche y el vendaje de su pecho. Su bienestar era lo primero para él ahora que eran compañeros.

Los dos hombres giraron la cabeza hacia él. Ambos le sonrieron.

—Buenos días, Night —lo saludó Dylan.

—¿Cómo te encuentras? —le preguntó Vane mientras se levantaba—. Debes de tener hambre, anoche no comiste nada.

Night frunció el ceño y lo atrapó con un brazo por la cintura antes de que llegara a la encimera. Lo miró con seriedad.

—No evites la pregunta. ¿Qué peleas? —dicho esto, gruñó con fuerza—. ¿Has ido a ver a mi gente mientras dormía? ¿Te ha atacado alguien? Tendrías que haber esperado a que fuera contigo.

Vane se dejó abrazar y le acarició el pecho. Su gesto lo calmó un poco, pero, aun así, lo olfateó. No detectó sangre y, tras un repaso rápido, no le pareció que estuviera herido.

—No me he ido, Night, pero iba a hacerlo después de que desayunáramos. Por supuesto, vienes conmigo —le dijo sonriendo—. Aún necesitamos que nos ayudes para que tus amigos confíen en nosotros.

Night ladeó la cabeza.

—Entonces… ¿Pensáis que te atacarán?

—Si tú vienes conmigo, es más probable que no lo hagan.

Él asintió.

—Bien. ¿Cuándo nos vamos?

Vane señaló el plato de huevos, beicon y salchichas que había en la encimera.

—En cuanto terminemos de desayunar. No tengas prisa —dijo sonriendo—, nos merecemos un pequeño descanso después de lo de anoche.

Night le devolvió el gesto.

—Gracias, Vane.

Su compañero lo besó en la mejilla y le acarició un brazo antes de volver a sentarse. Él cogió su plato y se quedó junto a él, muy cerca.

—¿Seguro que no deberías estar descansado? —le preguntó, inquieto de repente. No se había olvidado de que estaba herido—. ¿No te duelen las heridas?

—Por eso estoy aquí —comentó Dylan mientras removía sus huevos—. Le he dado unas pastillas para el dolor. Estará bien —dicho esto, le lanzó una mirada de advertencia a su hermano—, siempre y cuando no se meta en peleas. Por favor, defiéndelo si uno de tus amigos lo ataca. Lo último que necesito es que la herida de su pecho se abra otra vez. Tienes suerte de que Polanitis sea un tirador penoso.

Vane resopló.

—Los hombres como él no han empuñado un arma en su vida.

Night gruñó.

—Nadie lo tocará —dicho esto, frunció el ceño y le preguntó a Dylan—. ¿Cómo están los heridos? ¿Se pondrán todos bien?

Dylan detuvo el movimiento del tenedor. Vane bajó los ojos hacia su café.

—Solo había un par que estaban graves, pero sobrevivirán. El único que nos preocupa es 396.

Se tensó al recordar al úrsido pálido. 305 había accedido a ayudarlos con la esperanza de que pudieran salvarlo y no quería defraudarlo, pese a ser consciente de que Ethan y Dylan habrían hecho todo lo que estaba en su mano.

—¿No hay nada que hacer?

El otro hombre sacudió la cabeza.

—No es eso. Por ahora, está estable.

—¿Qué significa eso?

—Que está vivo, pero no sabemos si podrá recuperarse —respondió Dylan antes de apretar los dientes—. Esos cabrones por poco lo destripan. Y os llaman animales a vosotros.

—Ahora tienen sus propias jaulas —dijo Vane tomando un sorbo de café.

Night se giró hacia él. Sus manos se convirtieron en puños.

—¿Están aquí?

—Claro que no. Jamás los pondría cerca de vosotros de nuevo.

Se relajó de inmediato.

—Bien. Mi gente desconfiaría si siguieran por aquí.

—No te preocupes, están bastante lejos y dudo que salgan alguna vez de allí. Solo Tyler, Richard, Ellie y Norman están por aquí.

Night asintió.

—Confío en ellos —dicho esto, empezó a comerse el beicon. Gruñó de puro gusto. Había olvidado lo bien que sabía la carne cocinada. Al alzar la vista, se encontró con la sonrisa de su compañero. Su corazón palpitó con fuerza al pensar que, a partir de ahora, siempre sería así. Siempre compartirían las comidas y estarían juntos todo el tiempo. Volvió a gruñir, esta vez con más suavidad, y dejó los cubiertos para acercarse a su Vane y abrazarlo mientras frotaba su mejilla contra su pelo. Lo había echado tanto de menos y había tenido tanto miedo de perderlo…

Dylan soltó una risita y se levantó.

—Creo que esa es mi señal para dejaros solos. —Miró a Vane—. Te mantendré informado de todo.

—Gracias, Dylan. Procura que los médicos y enfermeros cambien de turnos. Son los que más han estado trabajando.

Este asintió y se marchó tras recoger su plato vacío. Entonces, Vane se giró hacia Night y rodeó su cuerpo con sus brazos, besándolo en el cuello con cariño.

—¿Estás bien? —le preguntó con su voz suave.

Night lo estrechó con más fuerza.

—Creo que tendrías que quedarte aquí y descansar. Anoche estabas tan agotado… Y sigues estando herido.

Su compañero se separó lo justo para mirarlo a los ojos y tomar su rostro entre sus manos.

—Estoy bien, sano y salvo. Igual que tú. Es todo lo que importa —dicho esto, lo besó en los labios. Un beso dulce lleno de amor y afecto.

Él gimió y se lo devolvió. Sin pensarlo dos veces, agarró a Vane por la cintura y lo sentó en su regazo. No protestó. Sus labios no se separaron de los suyos, acariciándolo, llenándolo de una calidez que se extendió por su pecho y recorrió cada centímetro de su cuerpo. Hundió los dedos en su pelo, apreciando su suavidad y echando de menos su propio cabello. Había odiado a Mercile el día en que se despertó y descubrió que lo habían rapado de nuevo, era como si le arrebataran todo aquello que demostraba que había sido libre, como si trataran de convertir aquella hermosa experiencia en un sueño inalcanzable.

Pero era real. Había logrado salir de allí y estaba con Vane, su compañero. Su cabello volvería a crecer y ahora tenía todo el tiempo del mundo para disfrutar de su libertad junto al hombre al que amaba.

Cuando se separaron, Vane unió su frente a la suya mientras seguía acariciando su rostro.

—No te preocupes por mí, ¿de acuerdo? Tengo intención de descansar estos días, mis hermanos se han ofrecido a ocuparse de todo. Pero me gustaría que tu gente me conociera, después de todo, soy el que está dirigiendo este sitio y a menudo sus peticiones pasarán por mí.

Night lo miró un momento y después frotó su nariz contra la suya.

—¿Luego volveremos aquí?

—Sí. Tengo que preparar algunas cosas, pero puedo hacerlas con el ordenador. No saldremos mucho.

Él lo pensó un momento y asintió, aunque tenía el ceño fruncido.

—Siento que tengas que trabajar tanto por nosotros. Ojalá pudiera ayudarte más.

Vane le acarició la mejilla otra vez y le dio un beso tierno.

—Lo harás, Night —dijo, soltando una risilla—. No creerás que voy a hacer todo esto solo. Tú conoces a tu gente, yo no. Te necesito para ayudarlos, sobre todo al principio. —Entonces, sonrió—. Esta será la parte más dura, pero ya verás que, en cuanto aprendáis más sobre este mundo, todo será más fácil y no tendremos tanto trabajo.

Night sonrió y volvió a abrazarlo.

—No sé cómo agradecerte todo esto, Vane.

Él apoyó la cabeza en su hombro. Le dio un beso.

—Solo quédate conmigo, Night.

Su corazón tartamudeó al escuchar esas palabras. Eran las mismas que él le había dicho cuando su Vane había dudado de convertirse en su compañero; le había pedido que le dejara quedarse con él para demostrarle que sus sentimientos eran fuertes y verdaderos.

Ahora había conseguido más que eso.

—Te quiero, mi Vane —suspiró, feliz.

Vane lo miró con sus claros y sinceros ojos azules. Sonrió.

—Y yo a ti, compañero.

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