Capítulo 24. Dos disparos
Vane
por fin pudo respirar tranquilo. Night estaba sano y salvo. Le habían rapado el
pelo, pero, por lo demás, no parecía estar herido, o, al menos, no había visto
señales de que hubiera sido golpeado o torturado de nuevo.
Por
un momento, se preguntó si el miedo que le había insuflado a Polanitis habría
sido suficiente para impedir que les hicieran más experimentos o si habría
habido alguna otra razón, pero no tardó en desechar esos pensamientos. Tenía
que capturar a ese hombre y marcharse con Night, su gente y todos los
documentos de investigación que pudieran recoger.
Lo
primero era acabar con esa maldita instalación de una vez por todas.
—Night
—lo llamó, apartándose un poco. Tomó su rostro entre sus manos y lo miró con
seriedad. Su compañero, como si fuera un fiel reflejo de sí mismo, adoptó la
misma expresión y clavó sus bellos ojos azules en él—. Sé que estás un
poco protector conmigo ahora mismo, pero necesitamos acabar aquí —dicho esto,
le sonrió—.
Te prometo que, en cuanto todo esto termine, hay una casa esperándonos en
vuestro nuevo hogar. Los dos podremos descansar y estar juntos. ¿De acuerdo?
Night
tragó saliva y asintió.
—Sí.
Gracias, Vane.
Tiró
de su compañero para darle un beso en los labios y un último abrazo rápido
antes de apartarse. Cerró un instante los ojos, concentrándose, y, al abrirlos,
sus irises volvían a tener un brillo gélido y calculador.
—Bien.
345,
que los había estado observando con interés y curiosidad, parpadeó al ver el
cambio drástico en sus facciones. Solo entonces, Vane se fijó en él.
—¿Qué
hace aún aquí? —le preguntó a Night.
—No
quería irse sin Tyler. Tiene sentimientos por él.
Vane
lo miró fijamente. 345 se adelantó un paso, clavando sus ojos dorados en los
suyos con decisión.
—No
puedo quedarme fuera de este lugar sabiendo que Tyler corre peligro aquí
dentro. Por favor, deja que os acompañe. Te doy mi palabra de que haré lo que
digas.
Él
estrechó los ojos.
—¿Zane?
Este
hizo una mueca y se rascó la nuca.
—Lo
siento, Vane. Son muy decididos cuando se trata de su media naranja… Ya
deberías saberlo —dijo en un tono un poco más travieso.
Vane
gruñó, pero no apartó la vista de 345.
—Todo
lo que te digamos —le advirtió.
345
asintió con firmeza.
—Te
he dado mi palabra.
—De
acuerdo —dijo con cierta reticencia. Lo cierto era que ni siquiera deseaba que
Night estuviera allí, pero sabía que no lo dejaría solo. No en la instalación
donde había sufrido tanto, como si pudiera engullirlo y dejarlo tan atrapado
como lo había estado él. Lo miró con un deje de advertencia—. Tú también,
Night.
Este
asintió al instante.
—Sí,
compañero —dijo con una gran sonrisa.
Vane
no pudo evitar devolvérsela. Sabía que le haría feliz saber que se comprometía
a compartir su vida y su libertad con él, pero no imaginaba que se vería como
un niño pequeño que había recibido el regalo que quería por Navidad. Le
resultaba adorable.
Volvió
a centrarse en la misión, pensando en los escenarios posibles a los que podían
enfrentarse. Hizo una mueca ante un par de posibilidades que se le pasaron por
la cabeza y activó el intercomunicador para hablar con sus hermanos restantes.
—Alfa
para D y K —los llamó.
—Aquí
estoy, Alfa —dijo Dylan.
—Aquí
K —respondió su otro hermano con un jadeo. Se notaba que aún estaba ocupado
trasladando a la gente de Night en los camiones.
—K,
¿aún estás con el traslado?
—Acabo
de terminar, ¿qué ocurre?
—Coge
dos de nuestros uniformes más grandes —ordenó, mirando a Night y a 345.
—Recibido.
—D,
¿dónde estás?
—Estoy
de camino a la posición de S.
—Bien,
nos encontraremos allí —dicho esto, cortó la comunicación y se dirigió a su
equipo, compuesto por Zane, Max, Caleb, Daniel, Night y 345—. Zane, a la
vanguardia. Daniel y Caleb a los laterales. Max y yo iremos en la retaguardia y
Night y 345 en el centro. Vosotros dos avisadnos de cualquier olor que
detectéis, especialmente de explosivos. No creo que Polanitis recurra a eso,
pero si es así saldremos de esta instalación de inmediato. ¿Entendido? —Todos
asintieron—. En marcha.
Subieron
por las escaleras. Los hombres de Aaron y los guardias de la instalación habían
desaparecido. Todo el mundo estaba ya en el exterior, subiendo a los camiones,
preparándose para salir del polígono y dirigirse a Jackson Lake.
Cuando
llegaron al sector cero, el lugar donde tenían los laboratorios y oficinas, se
reunieron con Dylan y Kasey. Vane cogió los trajes que le había traído su
hermano y les hizo ponérselos a Night y 345; este último tuvo cierta dificultad
y mostró su desagrado e incomodidad hacia el ajustado chaleco antibalas y las
placas de protección de los brazos y piernas, pero cuando le explicó que servía
para evitar que las balas los mataran, aceptó hacer el esfuerzo. Aun así, Vane
les recordó que, pasara lo que pasara, no se acercaran a un enemigo con un arma
de fuego, pues un disparo a una corta distancia podía hacerles mucho daño.
Después,
contactó con Shawn para averiguar su ubicación exacta. Polanitis se había
escondido en una sala de almacenamiento, donde tenían guardadas todas las
muestras de Night y sus amigos junto a sus respectivos informes e
investigaciones. A Vane le costó muy poco averiguar por qué se había refugiado
allí y no en su despacho, pues la habitación estaba protegida por una puerta
acorazada de metal a la que solo se podía acceder desde fuera mediante un
código de seguridad.
Sin
embargo, eso no era un problema para él.
Shawn
y sus tres hombres estaban frente a la puerta junto a Rick y Tyler. Los dos
también llevaban puestos sus uniformes y seguían armados.
—Tyler
—murmuró 345, que fue corriendo a su lado.
Al
verlo, Tyler se sobresaltó y se reunió con él.
—345,
¿qué haces aquí? Tendrías que estar en los camiones.
—No
quería irme sin ti.
Los
hombros del técnico cayeron.
—Esto
es peligroso y no quiero que salgas herido. Por favor, sal fuera. Sé que no
quieres seguir aquí.
—Ven
conmigo.
La
expresión del hombre se endureció de repente. Apretó los labios y llevó su mano
hacia la pistola que tenía en el cinto.
—No
puedo. Aún no. Tengo un asunto pendiente con Dean.
Rick
lo miró con el ceño fruncido al escuchar eso, pero no dijo nada. Vane solo
agachó la mirada.
345,
en cambio, cruzó los brazos a la altura del pecho.
—Entonces,
me quedo contigo.
Tyler
hizo una mueca y miró a Vane.
—¿No
puedes hacer algo? No es seguro que estén aquí.
Él
se encogió de hombros.
—El
único modo de hacer eso es sedarlos y no voy a hacerlo. Si sus amigos ven que
dos de los que los han convencido para venir con nosotros están inconscientes
cuando salgan de aquí, pensarán que al final sí era una trampa y se volverán
contra nosotros. No podemos permitirnos eso y menos cuando ya ha habido uno al
que hemos tenido que sedar porque estaba seguro de que era un truco de Mercile.
Es demasiado peligroso.
Tyler
gimió y miró a 345.
—Por
favor.
—No
—dijo con firmeza el canino—. Tú no me abandonaste cuando habría sido más
seguro para ti hacerlo. Yo tampoco lo haré.
Al
ver la desesperación en su rostro, Night le tocó un hombro para llamar su
atención.
—Los
dos hemos prometido hacer lo que nos digáis. Así que no te preocupes, estaremos
bien.
Tyler
dudó, pero, al final, soltó un suspiro resignado. Volvió a levantar la vista
hacia 345.
—Por
favor, no hagas nada por tu cuenta, ¿vale?
—He
dado mi palabra —dijo 345, solemne.
El
otro hombre asintió y miró a Vane.
—¿Cuál
es el plan? No podremos convencerlo para que salga por su cuenta y ha cambiado
el código de seguridad.
Los
hermanos Hagel, los hombres de Shawn y Daniel y Caleb rieron por lo bajo, como
si acabara de decir una tontería. Rick y Tyler fruncieron el ceño.
—¿Qué
pasa?
Vane
esbozó una sonrisa torcida.
—Que
yo diseñé estas puertas. No necesito ningún código —dicho esto, señaló ambos
lados de la puerta—. Todo el mundo a los lados. Hagel y Night detrás de mí. El
resto al otro lado. Zane, tú cubres este lado. Caleb y Daniel, el otro.
Salvo
Night y 345, todos se movieron rápidamente a sus posiciones. Los hombres de
Vane eran casi un mismo organismo, se desplazaban de forma fluida y en
silencio, sin dudar, sin poner en duda el plan de su líder.
Vane
se quedó junto al teclado en el que debía introducirse el código. No pulsó
ningún botón, sino que sacó un destornillador de la riñonera que llevaba al
cinto y quitó la caja que protegía los cables con sumo cuidado para que estos
no se desconectaran.
Rick
y Tyler palidecieron al ver que todos eran negros. Vane no había querido
utilizar colores para que abrir las puertas desde fuera sin el código fuera aún
más complicado.
—Sujeta,
Dylan —le pidió a su hermano.
Cuando
él obedeció, Vane inspiró hondo y se concentró. Todo el mundo entraba en pánico
cuando veía la maraña de cableado negro; lo hizo así a propósito para que se
desistiera de intentar abrir esas puertas y que el propietario pudiera activar
una alarma desde el interior. Así, las personas que se refugiaban tras esas
puertas o la mercancía que se protegía estaban a salvo. El único modo de
abrirlas desde fuera era mediante un explosivo potente, un método mucho más
ruidoso. Solo los aficionados serían tan estúpidos como para alertar a las
fuerzas de seguridad de ese modo, o, en el peor de los casos, un grupo
terrorista muy bien organizado y que había logrado infiltrarse de antemano en
el entorno del objetivo.
Fuera
como fuera, una cosa era clara: nadie pensaba que había usado números. Números
blancos, pero pequeños, colocados en los conectores que enviaban los pulsos
eléctricos de los cables al mecanismo que abría y cerraba las puertas. Así que
ignoró el enredado cableado y alisó con los dedos solo las partes que estaban
unidas a los conectores. Una vez tuvo cierto orden, buscó con atención los que
necesitaba. Aparte de emplear números, se había asegurado de utilizar los de
seis cifras para causar aún más confusión y, por si acaso, al final había
añadido tres letras diferentes: A, B y C.
Lo
había hecho porque, en caso de que alguien descubriera los números, quería que
se centraran en esas letras del final, intentando buscar algún sentido en
ellas, pero eso no era lo importante. Los números tampoco.
Lo
que realmente importaba, era la primera cifra de cada número.
Se
permitió sonreír. Pasaba tantas horas con cada uno de los proyectos de
seguridad de su empresa, haciendo pruebas, buscando fallos, perfeccionándolos
hasta la saciedad, que rara vez olvidaba algún detalle. Y, por eso, sabía cómo
hacer que el código de seguridad volviera a ser el mismo que tenía cuando salía
de la fábrica. Así que cogió los conectores que empezaban por cinco y seis y
los cambió de lugar. Una vez hecho, le pidió a Dylan la caja de teclado y pulsó
seis números al azar. En la pantalla salió la palabra ERROR seguida de una
larga de serie de números. Después, Vane cogió de nuevo los conectores y volvió
a dejarlos en su lugar. Entonces, tecleó tres seises y tres cincos.
La
luz junto a la pantalla se volvió verde. Las puertas empezaron a abrirse.
—La
hostia —se le escapó a Rick.
Vane
y sus hermanos se habrían reído de no ser porque ahora venía la parte que él no
podía hackear.
Puso
un dedo sobre sus labios, mirando primero al grupo de enfrente y luego a los
que estaban tras él. Entonces, le dio la orden a Kasey de disparar a sus
espaldas.
La
trampa funcionó. En cuanto sonó el estallido de su arma, cuatro balas salieron
disparadas desde las puertas abiertas. Vane entrecerró los ojos.
—¡Polanitis!
¡Tira el arma! ¡Hazlo o no tendremos reparos en disparar! —dicho esto, miró a
Zane y le mostró su puño con el dedo pulgar mirando hacia abajo. Su hermano
asintió y, sin hacer ni un solo sonido, guardó la pistola y la cambió por su
fusil. Después, sigiloso como un gato, se tumbó en el suelo y permaneció a la
espera.
—¡Te…!
¡Tengo granadas! ¡No os atreváis a entrar!
Vane
arrugó la nariz. No lo creía probable, pero tampoco subestimaría a su oponente.
Un
hombre que se sentía acorralado era como un jabalí rodeado por perros de caza. Sabía que no
tendría posibilidades de huir a menos que embistiera, a pesar de ser un ataque
suicida.
—No
quieres hacerlo, Polanitis —dijo alto y con firmeza—. Te recuerdo que estamos
bajo tierra. Si fuera al aire libre aún tendrías una oportunidad, pero, si
haces estallar una granada, el techo también se hundirá sobre ti.
—¡Si
no lo hago, estoy muerto! —aulló con una desagradable voz aguda.
—Si
quisiéramos matarte, ya habríamos entrado —razonó Vane, suavizando un poco el
tono. Solo un poco. No quería que tuviera la más mínima duda de que lo mataría
si lo metía en problemas—. Aún estás a tiempo de entregarte.
—No
te creo. ¡Me mataréis! ¡Me colgaréis de un árbol como hicisteis con mis
hombres! ¡No quiero morir!
Shawn
le lanzó una mirada recriminadora a Zane. Este no lo vio, sus ojos solo estaban
pendientes de la mano de Vane, aferrando el fusil. Él tampoco se dio cuenta,
centrado como estaba en Polanitis, pero tampoco se lo habría echado en cara a
su hermano. Lo hecho, hecho estaba.
Entrecerró
los ojos un momento, pensando a toda velocidad. No le habría importado matar a
ese cabrón de no haber más remedio, pero había dos razones por las que quería
evitarlo. La primera, y más importante en ese instante, eran las granadas. No
quería arriesgarse a entrar a tiros y que fuera verdad que tuviera ese tipo de
armas en la sala; una bala fallida y todos acabarían muertos.
La
otra era igual de relevante, pero a largo plazo. No había tenido la ocasión de
leer los documentos en profundidad, pero una ojeada rápida a un archivo que le
envió el doctor Therian había bastado para mantenerlo inquieto.
Desde
que vio esa información, matar a Polanitis ya no era una opción. Lo necesitaba
vivo y cantarín. Dentro de una jaula, pero vivo. Y cantarín. Muy cantarín.
Necesitaba
cambiar de táctica.
—¿No
querías negociar? —le preguntó—. Negociemos entonces.
—Dijiste
que eras militar, no un hombre de negocios —gruñó el otro hombre, desconfiado.
Vane
arrugó la nariz.
—¿Prefiere
negociar con el militar? —presionó.
Polanitis
no dijo nada. Casi podía paladear el miedo y la duda en el aire, sentir el
debate interno que estaba nublando su mente. Si decidía usar la violencia,
moriría. Si realmente tenía granadas, podría llevarse a algunos de ellos por
delante, tal vez incluso sobreviviera al derrumbamiento, pero, de todas formas,
los supervivientes de la explosión y sus hombres apostados fuera de la
instalación acabarían con él.
Y
Vane sabía que él no quería morir. Le aterrorizaba. Lo había oído en su tono de
voz cuando hablaron por teléfono.
Solo
le quedaba negociar. La cuestión era ¿cómo pensaba hacerlo?
—Negociaré
—dijo por fin Polanitis—. Entra para que podamos hablar. Tú solo. Y… ¡Sin
armas!
Vane
entrecerró los ojos. Con que una jugada sucia, ¿eh?
—Vane
—lo llamó Night en voz baja. Se giró para mirarlo. Sus irises azules reflejaban
sus temores—. No.
Él
le apretó un hombro.
—No
te muevas de aquí. Confía en mí.
Night
se estremeció mientras veía cómo su compañero bajaba la visera del casco y se
lo ajustaba bien. Entonces, les hizo un gesto a sus hermanos, señalando sus
ojos primero y luego la entrada. Le hizo lo mismo al grupo que estaba enfrente
y, por último, le hizo una seña a Zane, mostrándole el pulgar hacia arriba.
Este asintió en silencio.
La
ansiedad se apoderó de él cuando vio que se deshacía de una de las pistolas. La
otra la dejó enfundada, pero movió el cinto para que quedara a su espalda,
oculta. Eso lo tranquilizó un poco. Su compañero era muy inteligente y tenía
plena confianza en él, después de todo, había liberado a los suyos. Sin
embargo, todos sus instintos aullaban por agarrarlo y sacarlo de allí tan
rápido como le permitieran sus piernas.
Luchó
con todo su ser por quedarse quieto. Le había dado su palabra de que haría lo
que dijera y estaba seguro de que usaría la pistola a su espalda para
defenderse.
Lo
vio inspirar hondo. Su pecho se hinchó acorde con su respiración. Luego
intercambió una mirada decidida con todos y, por último, sus ojos se clavaron
en los suyos. Pudo ver cómo le pedía en silencio, una vez más, que confiara en él.
—Recuerda,
no te muevas de aquí —le dijo en voz baja—. Todo irá bien. Te lo prometo.
Pese
a que le costó toda su fuerza de voluntad, tragó saliva y asintió, cerrando los
puños. Así, con el corazón encogido, vio cómo Vane se alejaba de la pared,
quedando al descubierto en la entrada, y mantenía las manos estiradas, como si
quisiera mostrar que estaba desarmado, pero dejándolas muy cerca de la cintura
y, por tanto, del arma que llevaba a la espalda.
Night
podía sentir su propio pulso en las sienes. Por cada paso que daba Vane, más
fuerte le golpeaba. Los músculos de todo su cuerpo se tensaron, a punto para
saltar sobre él. Todo su ser le gritaba que no le dejara hacerlo, que lo
agarrara y lo…
De
repente, hubo un estallido. Un golpe sordo le siguió.
Por
un instante, dejó de respirar. Sintió como si algo dentro de él se rompiera.
—¡VAAAANE!
—aulló. Y, sin pensar, se abalanzó sobre el cuerpo de su compañero.
—¡Mierda!
—maldijo Zane a sus espaldas. No le importó. Sus ojos estaban fijos en el
agujero del traje de Vane, sobre su estómago.
Se
arrancó el casco para poder oler mejor. No olía a sangre, pero su macho no se
movía. ¿Por qué?
Inquieto
por su estado, le quitó el casco también. Al ver sus ojos cerrados, el pánico
lo consumió.
—¡Vane!
—lo llamó, tomando su rostro entre sus manos—. ¡Vane, despierta! ¡Por favor!
Por favor —suplicó con los ojos llenos de lágrimas. No podía ser. No podían
hacerle esto. Después de todo lo que había sufrido, no podían quitarle a su
compañero. El precio por su libertad no podía ser ese, ¡no lo aceptaría!
—Tú…
Night
se giró hacia Dean Polanitis. Estaba detrás de una mesa metálica con una
pistola en la mano.
Le
lanzó un profundo gruñido cargado de amenazas. Iba a destrozarlo. Le arrancaría
cada miembro del cuerpo y cada pedazo de carne hasta que rogara por su muerte.
Entonces, le desgarraría el cuello. Lo dejaría ahogarse en su propia sangre.
Dean
parecía tener un plan similar, a juzgar por cómo lo miraba. Y, a pesar de eso,
sus fosas nasales se inundaron de su picante miedo.
—Todo
esto es tu culpa —maldijo el hombre. Le temblaba la mano—. Adam y tú…
No
quería escucharlo.
Quería
matarlo.
A
gran velocidad, se agazapó sobre el cuerpo de su compañero y flexionó brazos y
piernas, listo para saltar sobre él. Una bala no sería suficiente para matarlo,
y, a esa distancia, lo alcanzaría de un solo salto. No importaba si su disparo
era mortal para él, se negaba a vivir sin su Vane, pero ese humano moriría en
sus garras.
Entonces,
un fuerte rodillazo en el costado lo lanzó a un lado.
—¡ZANE!
—rugió una voz a su lado.
Dos
disparos rasgaron el aire.
Night
registró el olor de la sangre de Dean. También vio cómo caía al suelo. Se dio
cuenta de que todo su grupo se adentró en la estancia corriendo, siendo 345 el
primero en abalanzarse sobre la mesa para lanzarle un gruñido bestial al humano
que le hizo gritar de terror.
No
vio qué pasó después porque toda su atención se centró en Vane. Estaba muy
despierto y su mano sujetaba la pistola que había mantenido antes a la espalda.
—¡Vane!
—exclamó, lleno de alivio, lanzándose sobre él para abrazarlo.
—¡Ay!
Cuidado, Night.
Él
se apartó de inmediato y miró el agujero en su traje.
—¡Lo
siento! ¿Estás bien? —dicho esto, buscó a Dylan con la mirada, pero él ya
estaba arrodillado junto a ellos, mirando a su hermano con atención.
—¿Cómo
es de grave?
Vane
gruñó mientras se bajaba la cremallera de la chaqueta. Apartó el chaleco, donde
Night vio la bala incrustada, y se levantó la camiseta negra. Un feo hematoma
se estaba formando en la zona herida, pero no había sangre. Por eso no la había
olido.
—Menos
mal que solo tenía una pistola —dijo Dylan mientras inspeccionada el golpe.
Asintió para sí mismo—. Dolerá, pero no necesitas asistencia médica —sonrió.
Él
asintió y luego se giró hacia Night.
—Te
dije que te quedaras quieto y que confiaras en mí.
El
canino soltó un gruñido.
—Tendrías
que haberme avisado.
—No
estaba seguro de lo que planeaba hacer —le gruñó de vuelta Vane, mirándolo con
cara de pocos amigos—. Se suponía que Zane me cubriría, pero tú saltaste en
medio y no se atrevió a disparar hasta que te quité de encima.
Night
dejó caer los hombros.
—Lo
siento. Yo solo… Solo pensé que… te había perdido —susurró con la voz rota.
Vane
suspiró y se apoyó en su pecho. Él envolvió sus hombros con los brazos y lo
estrechó contra sí. Agradeció que le permitiera abrazarlo a pesar de su enfado.
—No
te preocupes. Trabajaremos en esto. Aprenderás a confiar en mí.
Él
frotó su mejilla contra su pelo.
—Confío
en ti. Es solo que… No pude pensar cuando te vi caer. Mi instinto me lanzó.
—Trabajaremos
en eso también —dicho esto, le dio una palmadita—. Ayúdame a levantarme y
salgamos aquí. Ya tenemos lo que queríamos.
—Vane
—lo llamó Zane de repente con cierta tensión en su tono.
Él
miró de inmediato en su dirección. La mesa de metal y el cuerpo de 345 sobre
ella no le permitía ver bien lo que estaba pasando, pero sabía que Polanitis no
tenía ninguna oportunidad de escapar. Su bala había impactado en su hombro
derecho y Zane había destrozado la mano que sostenía su pistola con su disparo.
Solo cuando Night lo ayudó a ponerse en pie comprendió el problema. Notó que su
piel se erizaba.
Tyler
apuntaba con su pistola directo a la cabeza de ese hijo de puta.
—Agente
Cooper —lo llamó con firmeza.
Este
se levantó la visera y lo miró a los ojos. Ambos se contemplaron el uno al otro
durante un largo rato. Apenas se percató de que Rick también los miraba
inquieto, sin saber muy bien qué hacer. El resto, aunque no apartaban sus ojos
ni sus armas de Polanitis, también estaban pendientes de Vane, atentos a sus
órdenes. Shawn había dejado su fusil a la espalda y se había acercado a Tyler,
listo para detenerlo de ser necesario. Por otra parte, 345 solo se mantenía
alerta a los movimientos de un quejumbroso Polanitis. A él no le importaba si
su Tyler lo mataba, se lo merecía por todo el daño que les había hecho.
Al
final, Vane asintió. Shawn retrocedió y cogió la pistola del cinto para apuntar
de nuevo al director de la instalación.
Tyler
le devolvió el gesto a Vane, agradecido. Después, se quitó el casco y lo dejó
caer al suelo. Dean interrumpió sus gemidos y abrió los ojos como platos.
—Cooper…
—Sorpresa,
cabrón —escupió.
El
hombre balbuceó algo ininteligible. Tyler lo miró con desprecio.
—¿En
serio creías que todo el mundo estaría de acuerdo con esta mierda? Eres un
maldito hijo de puta. ¿Eres capaz de dormir con toda esa sangre que mancha tus
manos?
Dean
apretó los labios.
—Tú
imploraste para poder trabajar con nosotros. Te di una oportunidad, ¡¿y así me
lo pagas?!
El
agente esbozó una sonrisa torcida carente de humor.
—Dime,
Dean, ¿el nombre de Yulia Korshunov significa algo para ti? —El rostro
confundido del hombre le dio la respuesta. Su sonrisa desapareció y el odio
deformó sus rasgos—. ¡¿Y el de Jonathan Sheppard?!
Al
oír ese nombre, Polanitis palideció y miró fijamente a Tyler. Empezó a temblar.
—No…
No puede…
Tyler
pisó con rabia su pecho y amartilló su arma. Su víctima sollozó.
—Desde
que supe de ti, no he podido pensar en otra cosa que no fuera en matarte. —Su
voz temblaba por la rabia contenida—. No era difícil. Bastaba con esconder un
cuchillo bajo la manga y apuñalarte en el cuello cuando pasaras por mi lado al
cruzar una esquina. Me daba tiempo a ocultarme y salir de aquí. —Su pie se
deslizó hacia su cuello y presionó. Polanitis boqueó. Tyler afianzó su agarre
sobre la pistola—. Pero entonces me enseñaste lo que hacías aquí. Vi cómo los
torturabas, cómo los sometías a esas jodidas pruebas. —Las venas de su cuello
se remarcaron. Habló entre dientes—. Los enjaulaste como si fueran animales.
No, fue incluso peor que eso. Lo que les has hecho es inhumano. A ellos y a
todos a los que mataste para silenciarlos.
Dean
se aferró con la mano sana al pie de Tyler mientras trataba de respirar. Este
no cedió ni un milímetro, siguió observando cómo su víctima luchaba por emitir
alguna palabra, probablemente una súplica.
Tras
unos momentos en los que Polanitis empezó a sacudirse, presa del pánico, Tyler
lo soltó y apartó su arma de su cabeza.
—Tienes
suerte de que crea en la justicia divina. Dejar que te pudras en una jaula me
parece un buen final para una rata como tú —dicho esto, le escupió y se alejó a
paso rápido de él, pasando por delante de Vane, a quien le dedicó un brusco
asentimiento antes de salir de la habitación. 345 fue detrás de él.
El
líder de los Hagel lo vio marcharse con cierta tristeza. Conocía muy bien esa
sed de sangre y se alegraba de que Tyler hubiera podido sobreponerse a ella.
Una vez se entraba en esa espiral, era difícil salir de ella. Casi tan difícil
como saciar esa misma sed.
Aunque
hubiera matado a Polanitis, no habría sido suficiente. No habría cambiado nada.
El dolor no se supera derramando más sangre.
Se
giró hacia sus hombres y un confundido Rick.
—Cogedlo
y vámonos de aquí. Se lo entregaremos a Aaron y nos iremos al punto seguro.
—¡Sí,
señor! —respondieron todos al unísono.
Dylan
se precipitó sobre Polanitis para detener la hemorragia de su hombro y darle
los primeros auxilios. El resto no dejó de apuntarle con sus potentes armas,
incluso Zane se permitió hacerle una descripción muy gráfica acerca de lo que
le esperaba en caso de que tratara de huir.
Vane
salió de la estancia y Night, por supuesto, le siguió. Encontró a Tyler con las
manos apoyadas contra la pared. 345 tenía una mano en su espalda y la otra le
acariciaba el cabello, intentando consolarlo.
Al
detectar su presencia, los miró con ansiedad.
—Huelo
su dolor, pero no sé qué hacer para ayudarlo.
—Esto
es más que suficiente, 345 —le dijo Tyler, que se irguió y se dio la vuelta
para mirar a Vane—. Gracias por dejarme ese momento con él.
Él
asintió.
—Necesitabas
que lo supiera, ¿verdad?
Tyler
apretó los puños, pero sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Ni
siquiera sabía quién era ella. Es incapaz de recordar a todas las que ha
matado.
Vane
se acercó y le apretó un hombro con fuerza.
—¿Sabes
por qué lo mantengo con vida?
El
otro hombre cerró los ojos.
—Sí.
Adam nos lo contó.
—Solo
necesitamos que hable. Y ya sabrás que los que son como él no tardan en cantar.
Después de eso, pediré su muerte si lo deseas.
Tyler
mantuvo la vista gacha.
—No
tengo derecho a matarlo —dijo, sacudiendo la cabeza—. No más que Night o 345 o
cualquiera de sus víctimas. Si debe morir, es justo que sean ellos quienes lo
ejecuten.
Vane
asintió, comprendiendo su punto de vista.
—Por
ahora, salgamos de aquí. Todos necesitamos descansar —dicho esto, esbozó una
diminuta sonrisa—. Ve con 345. Estaría bien que le hablaras a él y a los demás
de lo que va a encontrar en su nuevo hogar.
Esta
vez, el exagente sonrió, agradecido.
—Gracias
por aceptar el encargo de Adam, Vane Hagel. Gracias por salvarlos.
Vane
se encogió de hombros y suspiró.
—Solo
un auténtico hijo de puta lo habría ignorado y seguido con su vida.
Entonces,
Night lo abrazó por detrás y lo estrechó contra sí.
—Yo
también te doy las gracias. Por todo, Vane. Por lo que has hecho por mi gente y
por mí.
345
se adelantó un paso y lo miró a los ojos. Había respeto y admiración en ellos.
—Tienes
mi agradecimiento también, compañero de Night.
Él
resopló.
—Chicos,
haréis que me sonroje —dicho esto, vio por el rabillo del ojo que los demás se
acercaban y se apartó de Night con suavidad—. Ahora, larguémonos de aquí —dijo
sonriéndoles—. Para siempre.
345
miró a Night con emoción. Él le sonrió y, después, se dirigieron a la salida.
Todos
los camiones de Aaron se habían marchado ya excepto uno, que sería el que
transportaría a Polanitis a una prisión de máxima seguridad. El propio Aaron
los esperaba para recoger al hombre, que empezó a sudar al encontrarse con su
furibunda y sombría mirada. Empezó a balbucear algo sobre que tenía derecho a
una llamada, pero el general le recordó que ellos eran militares, no policías,
y le aseguró que la celda que habían preparado para él hacía honor a las que él
había utilizado para sus múltiples víctimas. Luego, en voz baja, le juró que
iba a pagar muy caro lo que le había hecho a Adam, haciendo que el exdirector
gimoteara.
A
345 le costó un poco salir al exterior. Ver el movimiento entre los camiones y
a la gente gritando órdenes por todas partes le asustó un poco. Solo la mano de
Tyler sobre la suya y Night señalándole el cielo oscuro iluminado por
titilantes estrellas, diciéndole que por ello escogió su nombre, lo animaron a
dar su primer paso fuera de la instalación. Tyler fue con él en uno de los
vehículos mientras que Night se fue con Vane y sus hermanos.
En
su interior, Ethan los esperaba. El alivio lo inundó al verlos.
—Gracias
a Dios, estáis bien —dijo mientras se lanzaba a los brazos de Max.
Night
parpadeó al ver que cómo este le daba un beso apasionado y sonrió.
—¡Uuuuuh!
¡Así se hace Max! ¡Dale con la lengua!
Shawn
le dio un codazo a Zane mientras que Dylan y Kasey rieron con ganas. Vane se
limitó a sonreír.
—Max,
Ethan —los llamó.
El
médico, de inmediato, se apartó, rojo hasta las orejas. Las carcajadas de Zane
sonaron con tanta fuerza que más de uno se giró para mirarlo, ni siquiera Shawn
pudo contener una media sonrisa.
—Lo
siento, Vane. Eso ha sido muy poco profesional por mi parte, ¿alguno está
herido? Todos andáis sin problemas y he supuesto que…
—Ethan
—lo interrumpió Vane, poniendo los ojos en blanco—, está bien. Solo quería
señalar que debemos irnos ya —dicho esto, se permitió una sonrisa traviesa—. No
te preocupes, a ninguno nos importa si Max y tú hacéis un poco de manitas
durante el trayecto.
Los
ojos de su hermano se iluminaron.
—¿De
verdad?
—¡¿Qué?!
—gritó Ethan con voz estrangulada.
Zane
volvió a reír con fuerza.
—Somos
hermanos, ya hemos pasado por todas las situaciones vergonzosas habidas y por
haber. Unos besos subidos de tono no nos intimidan.
—¡N-No
va a haber nada de eso! —exclamó Ethan.
Max
lo miró como si fuera un cachorro abandonado bajo la lluvia.
—¿No?
¿Después de todo el tiempo que he estado conteniéndome?
Vane
tosió, escondiendo una carcajada, y dijo:
—Caballeros,
al camión. Ya.
Todos
obedecieron, aunque riéndose por lo bajo.
—Menuda
decepción —se lamentó Kasey en broma.
—Tranquilos,
puede que Vane y Night nos den más espectáculo —rio Zane.
El
mayor de los hermanos rodó los ojos.
—Suficiente.
La misión aún no ha concluido —declaró, haciendo que todos callaran al instante
y le prestaran atención—. Hemos completado con éxito la parte más peligrosa,
ahora toca la difícil.
—¿Cuál?
—preguntó Night, inquieto.
Vane
le sonrió.
—Que
tus amigos se adapten.
Night
se despertó poco a poco, perezoso. Estaba caliente bajo las mantas, abrazado a
la almohada y recostado sobre un colchón mullido. El aroma de Vane inundó sus
fosas nasales y, apenas consciente, apartó la almohada y lo buscó a tientas con
la mano.
Al
no encontrarlo, abrió los ojos de golpe y aguzó todos sus sentidos. No tardó en
escuchar su voz. Se calmó al darse cuenta de que estaba hablando con Dylan en
el piso de abajo y sonrió, feliz y consciente de todo lo que había ocurrido.
Por
fin eran libres. Todos estaban sanos y salvos y, con algo de tiempo, su gente aprendería
a confiar en los humanos que los habían rescatado.
Tras
el trayecto en los camiones, que asustó y mareó a más de uno, había sido un
poco difícil animar a los demás a que entraran en el hotel. De hecho, muchos se
habían quedado anonadados contemplando la nieve y el paisaje boscoso que
rodeaba el complejo de Jackson Lake. Otros habían tenido miedo de atravesar sus
muros, temiendo quedar encerrados de nuevo y no hubo uno solo que no se quedara
algo confundido por todos los olores que recogían, sin saber muy bien cómo
reaccionar a ellos. Por suerte, el frío y la confianza de sus amigos, las
hembras y machos como 305 o 300, los acabaron convenciendo de dar sus primeros
pasos en el interior de su refugio. Que hubiera humanas desarmadas que les
ofrecieran ropa y mantas para calentarse ayudó; algunos rechazaron las prendas,
asociándolas todavía a Mercile, pero no despreciaron las mantas.
Entonces,
Vane se había subido al mostrador y se había dirigido a todos ellos. Les había
dicho que comprendía que desconfiaran de él y de todos los humanos que había
allí, pero les aseguró que su única intención era ayudarlos, y, por ello,
estaban en aquel edificio, donde tendrían unas habitaciones en las que les
esperaban una comida caliente y una cama. Night no pensó que muchos de los
suyos no estarían familiarizados con objetos como colchones y lámparas, por lo
que le sorprendió de nuevo la paciencia que tuvo Vane al explicarles paso por
paso todo lo que tenían en sus habitaciones y para qué servía cada cosa,
incluso sacó un grifo de la ducha para mostrarles cómo podían bañarse con agua
caliente.
Por
supuesto, había sido interrumpido varias veces con preguntas que él, por su
tono, parecía esperar, como dónde estaban los heridos. Dylan había intervenido
entonces y les había explicado que estaban terminando de ser atendidos y que
podrían ir a verlos, que solo tenían que decírselo y alguien los llevaría con
ellos. Vane añadió que en las habitaciones podían dormir dos, tres y hasta
cuatro personas si lo deseaban y que podían dejar sus puertas abiertas si
querían, pues solo podían cerrarse desde dentro, pero, si no querían hacerlo,
los humanos no entrarían sin dar un par de golpes en la puerta. También les
dijo que cualquier duda, pregunta o petición que tuvieran podían comunicársela
a cualquier humano que vieran o ir a la sala donde se encontraban en ese
momento, donde habría siempre alguien para atenderlos.
Luego
les pidió que usaran la ropa. Les dijo que comprendía que pudieran asociarla
con aquellos que los habían mantenido cautivos, pero les aseguró que solo
servía para mantenerlos calientes y que, como habían comprobado, hacía mucho
frío. Les explicó que podían enfermar si no lo hacían y que nadie quería que
eso ocurriera, que ya estarían bastante preocupados con los compañeros que ya
estaban heridos. Muchos acabaron aceptando las prendas que las humanas les
ofrecían, aunque hubo algunos que aún se mantuvieron reticentes.
Entonces,
les contó lo que iba a suceder. Les dijo que dedicaran ese día a comer y
descansar; un humano pasaría por delante de sus habitaciones cinco veces al día
para dejarles una bandeja de comida con distintos platos que probarían para
hacerse una idea de lo que les gustaba y lo que no. Hubo más de uno que
preguntó si existía algo más aparte de los filetes y el agua, y, cuando Max les
respondió sonriendo que tantos como luces había en el cielo, hubo murmullos
entre los suyos e incluso una de las hembras gruñó de alivio y comentó que ya
era hora, que por fin averiguarían de dónde venían los olores a comida de los
humanos.
Aparte
de eso, Vane les invitó a salir de sus habitaciones y explorar el hotel, e
incluso podían salir del edificio si lo deseaban, pero insistió de nuevo en que
llevaran ropa abrigada, ya que fuera nevaba. Por último, les dijo que, si lo
deseaban, en unos días empezarían a enseñarles cosas sobre su mundo; les
explicarían lo que era la nieve y los árboles que habían visto a su alrededor,
a leer para obtener más conocimientos y a usar la televisión para que pudieran
ver el mundo que había más allá del hotel.
Un
macho preguntó si les enseñarían a matar a los humanos. A todos les sorprendió
la naturalidad con la que Vane respondió que sí, que había más hombres como los
que los habían mantenido cautivos y que debían aprender a defenderse, a
engañarlos y cómo escapar de ser necesario. Les explicó que, por culpa de esas
personas, el lugar en el que estaban tenía muros, no para retenerlos, sino para
impedir la entrada de esa clase de humanos. Algunos le preguntaron si estaban a
salvo allí y Vane les dijo de nuevo que sí, que nadie sabía que ellos estaban en
ese lugar, pero que prefería estar preparado y que no iba a consentir que
regresaran a una jaula.
Después,
Night les había pedido que les dieran una oportunidad para demostrarles que lo
que decía era cierto y les recordó que, si decía la verdad, significaba que por
fin eran libres y que no volverían a estar en una jaula. 345 y sus compañeros
de celda lo habían respaldado, al igual que hicieron las hembras y hasta 305 y
300.
En
cuanto todos se marcharon, Vane lo llevó a su nueva casa. Night lamentó que no
pudieran regresar a la de su compañero; para él siempre sería el lugar donde
supo lo que significaba ser libre por primera vez, donde pudo llamar amigos a
los humanos y donde encontró a su compañero. Sin embargo, comprendía que ese
lugar ya no era seguro para ellos y se entristeció cuando Vane le contó que
tuvieron que quemarlo para no dejar pistas para Mercile.
Aun
así, estaba feliz por su nuevo hogar. La cabaña le recordaba a los árboles
entre los que había corrido la primera vez que estuvo en el bosque y su alegría
aumentó al encontrar a Bear en el salón, sano y salvo, aunque todavía no podía
moverse mucho. Sus pensamientos regresaron en aquel momento a Sam y lamentó no
haber hecho nada para salvarla cuando ella había dado su vida por protegerlo.
Vane,
como si leyera su mente, le había dicho que ahora descansaba en paz junto a su
hermano. Después, le había pedido que comiera algo antes de acostarse, pero se
había negado. En aquel instante, se había dado cuenta del agotamiento de su
compañero y lo había llevado al dormitorio, donde había insistido en ayudarle a
cambiarse, y, luego, se había tumbado a su lado, encerrándolo en sus brazos.
Vane había insistido en que comiera algo, pero Night le dijo que también estaba
cansado y que solo quería tenerlo en sus brazos. Su compañero no rechistó y
pasó un brazo por su cintura, acurrucando la cabeza en su pecho. Él había
sonreído cuando se había quedado dormido, apenas un minuto más tarde, justo
después de que su Vane le dijera que se alegraba de que estuviera bien y que lo
amaba.
Night
le había susurrado que él era su vida ahora y que jamás le haría daño, como ese
estúpido compañero que tuvo antes. Y que le estaba muy agradecido. Por todo.
Por su gente y por él, por amarlo y aceptar ser su compañero. Luego, también se
había quedado profundamente dormido.
Se
levantó y bajó las escaleras, llegando hasta el salón. Bear movió la cola al
verlo, pero no se levantó de su mullida cama. Night fue un momento a
acariciarlo mientras escuchaba la conversación de su compañero con Dylan.
—Nada
de peleas, Vane. No estás en condiciones y anoche ya hiciste bastante con
Polanitis.
Night
frunció el ceño. ¿Peleas? ¿Qué estaba pasando?
Su
macho gruñó.
—Teníamos
que asegurarnos de que Polanitis venía con nosotros. No me dejó muchas
opciones.
—¿Matarlo
habría sido tan terrible?
—Tiene
acceso a información que Adam Therian no tenía y, por tanto, no pudo
facilitarnos. El doctor se aseguró de dejarlo muy claro en sus informes.
Para
entonces, Night ya se había levantado e ido a la cocina, donde desayunaban los
dos hombres.
—¿Qué
peleas? —preguntó, un tanto tenso. No iba a permitir que su macho saliera
herido de nuevo. Había visto el feo moretón que le había dejado la bala de
anoche y el vendaje de su pecho. Su bienestar era lo primero para él ahora que
eran compañeros.
Los
dos hombres giraron la cabeza hacia él. Ambos le sonrieron.
—Buenos
días, Night —lo saludó Dylan.
—¿Cómo
te encuentras? —le preguntó Vane mientras se levantaba—. Debes de tener hambre,
anoche no comiste nada.
Night
frunció el ceño y lo atrapó con un brazo por la cintura antes de que llegara a la
encimera. Lo miró con seriedad.
—No
evites la pregunta. ¿Qué peleas? —dicho esto, gruñó con fuerza—. ¿Has ido a ver
a mi gente mientras dormía? ¿Te ha atacado alguien? Tendrías que haber esperado
a que fuera contigo.
Vane
se dejó abrazar y le acarició el pecho. Su gesto lo calmó un poco, pero, aun
así, lo olfateó. No detectó sangre y, tras un repaso rápido, no le pareció que
estuviera herido.
—No
me he ido, Night, pero iba a hacerlo después de que desayunáramos. Por
supuesto, vienes conmigo —le dijo sonriendo—. Aún necesitamos que nos ayudes
para que tus amigos confíen en nosotros.
Night
ladeó la cabeza.
—Entonces…
¿Pensáis que te atacarán?
—Si
tú vienes conmigo, es más probable que no lo hagan.
Él
asintió.
—Bien.
¿Cuándo nos vamos?
Vane
señaló el plato de huevos, beicon y salchichas que había en la encimera.
—En
cuanto terminemos de desayunar. No tengas prisa —dijo sonriendo—, nos merecemos
un pequeño descanso después de lo de anoche.
Night
le devolvió el gesto.
—Gracias,
Vane.
Su
compañero lo besó en la mejilla y le acarició un brazo antes de volver a
sentarse. Él cogió su plato y se quedó junto a él, muy cerca.
—¿Seguro
que no deberías estar descansado? —le preguntó, inquieto de repente. No se
había olvidado de que estaba herido—. ¿No te duelen las heridas?
—Por
eso estoy aquí —comentó Dylan mientras removía sus huevos—. Le he dado unas
pastillas para el dolor. Estará bien —dicho esto, le lanzó una mirada de
advertencia a su hermano—, siempre y cuando no se meta en peleas. Por favor,
defiéndelo si uno de tus amigos lo ataca. Lo último que necesito es que la
herida de su pecho se abra otra vez. Tienes suerte de que Polanitis sea un
tirador penoso.
Vane
resopló.
—Los
hombres como él no han empuñado un arma en su vida.
Night
gruñó.
—Nadie
lo tocará —dicho esto, frunció el ceño y le preguntó a Dylan—. ¿Cómo están los
heridos? ¿Se pondrán todos bien?
Dylan
detuvo el movimiento del tenedor. Vane bajó los ojos hacia su café.
—Solo
había un par que estaban graves, pero sobrevivirán. El único que nos preocupa
es 396.
Se
tensó al recordar al úrsido pálido. 305 había accedido a ayudarlos con la
esperanza de que pudieran salvarlo y no quería defraudarlo, pese a ser
consciente de que Ethan y Dylan habrían hecho todo lo que estaba en su mano.
—¿No
hay nada que hacer?
El
otro hombre sacudió la cabeza.
—No
es eso. Por ahora, está estable.
—¿Qué
significa eso?
—Que
está vivo, pero no sabemos si podrá recuperarse —respondió Dylan antes de
apretar los dientes—. Esos cabrones por poco lo destripan. Y os llaman animales
a vosotros.
—Ahora
tienen sus propias jaulas —dijo Vane tomando un sorbo de café.
Night
se giró hacia él. Sus manos se convirtieron en puños.
—¿Están
aquí?
—Claro
que no. Jamás los pondría cerca de vosotros de nuevo.
Se
relajó de inmediato.
—Bien.
Mi gente desconfiaría si siguieran por aquí.
—No
te preocupes, están bastante lejos y dudo que salgan alguna vez de allí. Solo
Tyler, Richard, Ellie y Norman están por aquí.
Night
asintió.
—Confío
en ellos —dicho esto, empezó a comerse el beicon. Gruñó de puro gusto. Había
olvidado lo bien que sabía la carne cocinada. Al alzar la vista, se encontró
con la sonrisa de su compañero. Su corazón palpitó con fuerza al pensar que, a
partir de ahora, siempre sería así. Siempre compartirían las comidas y estarían
juntos todo el tiempo. Volvió a gruñir, esta vez con más suavidad, y dejó los
cubiertos para acercarse a su Vane y abrazarlo mientras frotaba su mejilla
contra su pelo. Lo había echado tanto de menos y había tenido tanto miedo de
perderlo…
Dylan
soltó una risita y se levantó.
—Creo
que esa es mi señal para dejaros solos. —Miró a Vane—. Te mantendré informado
de todo.
—Gracias,
Dylan. Procura que los médicos y enfermeros cambien de turnos. Son los que más
han estado trabajando.
Este
asintió y se marchó tras recoger su plato vacío. Entonces, Vane se giró hacia
Night y rodeó su cuerpo con sus brazos, besándolo en el cuello con cariño.
—¿Estás
bien? —le preguntó con su voz suave.
Night
lo estrechó con más fuerza.
—Creo
que tendrías que quedarte aquí y descansar. Anoche estabas tan agotado… Y
sigues estando herido.
Su
compañero se separó lo justo para mirarlo a los ojos y tomar su rostro entre
sus manos.
—Estoy
bien, sano y salvo. Igual que tú. Es todo lo que importa —dicho esto, lo besó
en los labios. Un beso dulce lleno de amor y afecto.
Él
gimió y se lo devolvió. Sin pensarlo dos veces, agarró a Vane por la cintura y
lo sentó en su regazo. No protestó. Sus labios no se separaron de los suyos,
acariciándolo, llenándolo de una calidez que se extendió por su pecho y
recorrió cada centímetro de su cuerpo. Hundió los dedos en su pelo, apreciando
su suavidad y echando de menos su propio cabello. Había odiado a Mercile el día
en que se despertó y descubrió que lo habían rapado de nuevo, era como si le
arrebataran todo aquello que demostraba que había sido libre, como si trataran
de convertir aquella hermosa experiencia en un sueño inalcanzable.
Pero
era real. Había logrado salir de allí y estaba con Vane, su compañero. Su
cabello volvería a crecer y ahora tenía todo el tiempo del mundo para disfrutar
de su libertad junto al hombre al que amaba.
Cuando
se separaron, Vane unió su frente a la suya mientras seguía acariciando su
rostro.
—No
te preocupes por mí, ¿de acuerdo? Tengo intención de descansar estos días, mis
hermanos se han ofrecido a ocuparse de todo. Pero me gustaría que tu gente me
conociera, después de todo, soy el que está dirigiendo este sitio y a menudo
sus peticiones pasarán por mí.
Night
lo miró un momento y después frotó su nariz contra la suya.
—¿Luego
volveremos aquí?
—Sí.
Tengo que preparar algunas cosas, pero puedo hacerlas con el ordenador. No
saldremos mucho.
Él
lo pensó un momento y asintió, aunque tenía el ceño fruncido.
—Siento
que tengas que trabajar tanto por nosotros. Ojalá pudiera ayudarte más.
Vane
le acarició la mejilla otra vez y le dio un beso tierno.
—Lo
harás, Night —dijo, soltando una risilla—. No creerás que voy a hacer todo esto
solo. Tú conoces a tu gente, yo no. Te necesito para ayudarlos, sobre todo al
principio. —Entonces, sonrió—. Esta será la parte más dura, pero ya verás que,
en cuanto aprendáis más sobre este mundo, todo será más fácil y no tendremos
tanto trabajo.
Night
sonrió y volvió a abrazarlo.
—No
sé cómo agradecerte todo esto, Vane.
Él
apoyó la cabeza en su hombro. Le dio un beso.
—Solo
quédate conmigo, Night.
Su
corazón tartamudeó al escuchar esas palabras. Eran las mismas que él le había
dicho cuando su Vane había dudado de convertirse en su compañero; le había
pedido que le dejara quedarse con él para demostrarle que sus sentimientos eran
fuertes y verdaderos.
Ahora
había conseguido más que eso.
—Te
quiero, mi Vane —suspiró, feliz.
Vane
lo miró con sus claros y sinceros ojos azules. Sonrió.
—Y yo a ti, compañero.

Comentarios
Publicar un comentario