Capítulo 22. Cuarta fase: Confianza

 


Pese a que el caos había estallado en la instalación como una colmena de abejas cuando es golpeada con un palo, Shawn no escuchaba nada. Ni las órdenes que restallaban entre las paredes de metal o el estallido de las botas militares contra el suelo. En realidad, era como estar fuera de una discoteca; oías la música, pero como si estuviera muy lejos, al otro lado de un muro de hormigón. De hecho, lo que mejor captaban sus oídos era el chasquido de las armas al ser cargadas.

Era algo instintivo. En la guerra, en un combate a campo abierto, te acostumbras a los gritos de los hombres e incluso a las explosiones. Aprendes a focalizarte en aquello que puede matarte de forma inmediata, como el sonido de una pistola cerca de ti. Sobre todo si eres un espía, si estás rodeado de enemigos.

Incluso después de tres años, su capacidad de percepción parecía no haber disminuido ni un milímetro. Puede que fuera por su trabajo actual, puede que fuera porque el error que cometió la última vez se cobró la vida de su hermano.

Fuera como fuera, se sentía exactamente igual que años atrás, cuando Vane le daba la señal para poner en marcha la extracción. Ese punto intermedio entre la tensión y una calma gélida: el pulso más fuerte de lo normal, pero sin llegar a acelerarse; sus manos firmes sobre el arma, seguras, decididas y, sobre todo, controladas, preparadas para disparar con precisión a la menor señal de peligro.

—John, ¿estás bien?

Alzó los ojos para encontrarse con la mirada de Richard, que lo observaba por encima del hombro.

Acababan de llegar a la puerta principal de la instalación, en la planta baja. Esta estaba abandonada, todas las salas importantes se encontraban bajo el suelo para no llamar la atención en caso de que alguien se asomara por las ventanas, pero Polanitis se había tomado la molestia de reforzarlas con lo que tenían en la instalación. La puerta, sin embargo, era de máxima seguridad y estaba blindada, por lo que se suponía que sus hermanos tardarían un buen rato en abrirla, lo que daría tiempo a los guardias para situarse en los pisos superiores y disparar a todo aquel que se acercara.

En teoría.

Miró a Richard con decisión. Era cierto que la última vez que estuvo infiltrado fue un puto infierno, y era cierto que todos, incluido él, tuvieron miedo cuando Vane le pidió que volviera a ser un espía en esa misión.

Y, aun así, a pesar de que había tenido miedo de joderlo todo como la otra vez, había aceptado. Lo había hecho porque, después de ver lo que le hicieron a Night, de saber cómo había sido su vida, no pudo ignorarlo.

No iba a permitir que esa gente viviera un maldito día más en una jaula.

—Mejor que nunca —dijo sonriendo.

Richard le devolvió el gesto.

—Yo también.

El jefe de su unidad se puso a gritar órdenes, pero Shawn las ignoró. Le dio un toque en la espalda a Richard y luego intercambió una mirada con sus hombres, que se hallaban a su derecha, izquierda y retaguardia. Ellos captaron el mensaje y se pusieron las máscaras de gas. Tal y como le dijo Vane, todo el mundo estaba tan asustado de acabar muerto o en una cárcel militar que nadie se había fijado en que las llevaban atadas a un lado del cinto.

Por supuesto, cuando se las pusieron, hubo algunos que los miraron extrañados.

—¿Qué estáis haciendo? —preguntó alguien.

No importaba. El plan de Vane estaba saliendo tal y como esperaban.

Él y Rick dejaron caer unos tubos. Nada más tocar el suelo, se activaron y un gas profuso envolvió a todos los guardias. Su campo de visibilidad se redujo, pero pudo oír a la perfección cómo un ataque de tos se apoderaba de los que lo rodeaban y, poco a poco, una serie de golpes sordos contra el suelo.

Cuando el gas se disipó, los guardias estaban inconscientes en el suelo y solo quedaron ellos cinco.

—Aquí ya hemos terminado —anunció a sus hombres—. Richard, abre la puerta.

Este fue de inmediato a obedecer mientras Shawn activaba la función de intercomunicación de la máscara. Por supuesto, esta y todas las que llevaban sus hombres habían sido fabricadas por la empresa de Vane.

—Jericó para Alfa, blancos neutralizados.

—Recibido, Jericó. Gran trabajo —lo felicitó Vane.

Shawn no pudo evitar sonreír. Estaba orgulloso por haber podido llevar a cabo su trabajo como espía después de tres años fuera del servicio militar.

—¿Cómo están los demás? —preguntó, refiriéndose al resto de unidades de guardias en las que sus hombres estaban infiltrados y que, como ellos, se habían agrupado junto a los accesos clave que conducían a las instalaciones subterráneas.

—Todo va según lo previsto —le respondió su hermano con un tono de satisfacción que ensanchó su sonrisa—. El gas ha neutralizado a los objetivos y hemos reducido el número de enemigos en un setenta por ciento.

—Tal y como habías previsto.

—Sabía que Polanitis se pondría muy nervioso cuando viera que sus cámaras exteriores quedaban ciegas y a nosotros en su puerta principal. Era evidente que el miedo le haría enviar al grueso de su “ejército” a las puertas para protegerse.

—Ha sido inteligente poner a unos pocos de los nuestros en cada unidad con gas.

—La idea me la dio Adam Therian —admitió Vane—. Así es como sacaron a Night a pesar de ser solo cinco personas. Yo solo lo he hecho a gran escala. —Hizo una pequeña pausa—. De todos modos, proceded con precaución. Aún quedan enemigos en pie y preferiría no perder a nadie hoy.

—Con tu plan, eso no pasará —dijo Shawn con seguridad antes de cortar la comunicación y dirigirse a las puertas abiertas, por donde empezaron a desplazarse los cuatro equipos de combate que se encargarían de peinar y limpiar los cuatro sectores de la instalación. Además, también entró un quinto grupo, perteneciente a Aaron, que se encargaban exclusivamente de ir atando y amordazando a los guardias antes de llevarlos fuera del edificio, bajo la custodia del propio general para ser trasladados a una cárcel militar de máxima seguridad.

Por otro lado, Zane, que también llevaba máscara, se dirigió directamente a él.

—No has perdido facultades, hermanito —le dijo, con su potente voz amortiguada por el objeto.

Shawn sonrió.

—Es como montar en bici —se burló.

Zane soltó una carcajada y después se giró hacia Richard.

—¿Richard Miller?

El susodicho se puso firme.

—¡Señor! —saludó.

Pese a que no podía verlo por la máscara, Shawn supo por su tono que estaba sonriendo.

—Te agradezco tu colaboración y la de tus socios para esta operación.

Richard asintió.

—Lo que sea para sacar a esa gente de aquí, señor.

—Bien, ¿ellos están preparados?

—Sí, señor.

—Entonces, vamos —dicho esto, se irguió en toda su estatura y rugió con tal fuerza que hasta Richard se sobresaltó—. ¡Charlie, Delta, Eagle y Falcon! ¡La operación continua como estaba previsto! ¡Avanzad hacia vuestros sectores asignados y limpiadlos! ¡Si no se rinden, fuego a discreción! —dicho esto, se dirigió a un hombre concreto—. ¡Falcon! Tu sector es el de los heridos, hay un infiltrado allí. Limpiadlo y que tus enfermeros sigan a rajatabla sus órdenes para mantener a los rehenes a salvo hasta que Índigo pueda actuar.

—¡Entendido! —replicó la amortiguada voz de Dylan.

—¡Bien! ¡Adelante, equipos!

Los cuatro grupos avanzaron como si fueran uno solo por las escaleras, con Zane y el equipo Charlie a la cabeza, pues ellos bajarían al primer sector junto a Rick, Shawn y los tres hombres que lo habían acompañado desde que estaban allí. Por otro lado, Delta, Eagle y Falcon descendieron por el resto de escaleras para encargarse de los otros sectores.

En cuanto llegaron al suyo, se encontraron, cómo no, con una puerta blindada. Sin embargo, en cuanto Zane dio dos golpes con la palma de la mano, estas se abrieron, dejando a la vista otros cuatro hombres con máscaras y un montón de guardias inconscientes en el suelo. Mientras los hombres de Aaron que los habían acompañado se ocupaban de ellos, Zane y Shawn fueron a la cabeza y avanzaron con cuidado. Por supuesto, vieron las celdas de Night y sus amigos, complejos de acero que ocupaban todo el centro de la planta, dejando un pasadizo entre la enorme jaula metálica y las paredes.

Eso significaba que el mayor peligro estaba detrás de cada esquina. Pero ese peligro consistía en unos pocos hombres que, lo más seguro, estarían aterrorizados al ver que sus defensas habían fallado.

Aun así, ni Zane ni Shawn bajaron la guardia. En el campo de batalla, aparte de las armas, las dos primeras cosas que podían matarte era el miedo y el ego. Miedo a no acertar el tiro, a no correr lo bastante rápido, a que el enemigo fuera más habilidoso que tú. Era lo que había arrebatado la vida de miles de soldados que pisaban por primera vez una zona de combate.

Por otra parte, el exceso de confianza podía ser igual de letal y más peligroso aún que el miedo. Olvidas las bases del combate y la estrategia y acabas corriendo riesgos innecesarios, riesgos que acaban con la vida de hombres veteranos experimentados en el combate.

Vane procuraba recordárselo antes de una batalla. Siempre. Quería que sus hombres tuvieran fe y confianza en sus capacidades, la necesaria para no temer que estas les fallen cuando les hagan falta, y, al mismo tiempo, que fueran cautos, que no subestimaran al enemigo por muy ventajosa que fuera la situación para ellos. Así, se evitaba cometer errores. Al menos, los máximos posibles.

Por ese motivo, en cuanto doblaron una esquina y se encontraron con tres hombres armados, nadie dudó. Apuntaron y apretaron el gatillo a tal velocidad que estos ni siquiera pudieron reaccionar. Después, siguieron su camino, o lo habrían hecho de no ser porque, desde la otra esquina, salió otro hombre.

Zane y Shawn apretaron sus armas de forma instintiva, preparados para disparar de nuevo, pero el rápido vistazo que le echaron al hombre hizo que se relajaran. La sencilla ropa blanca sin ningún tipo de protección les hizo saber que no era un guardia y sus manos levantadas daban la señal de que no iba armado y de que no buscaba pelea. Además, tardaron poco en reconocer su rostro.

—¡Tyler! —lo llamó Rick.

Al ver que bajaban las armas, Tyler trotó hacia ellos.

—¿Estáis todos bien?

—Ningún herido por ahora —respondió Shawn—. ¿Sabes cuál es la situación del sector?

El hombre asintió.

—La mayoría han huido por las salidas de emergencia —dicho esto, señaló a los tres hombres que yacían en el suelo—. Esos tres no querían irse sin el dinero que se les prometió. Creo que ahora estamos solos.

Zane dividió con rapidez el grupo en dos para que exploraran el sector por ambos lados, de forma que el enemigo, si aún estaba allí, no pudiera atrapar al otro grupo por la espalda.

—Registrad la planta, chicos —ordenó antes de dirigirse a Tyler—. Los que han escapado no irán muy lejos. Tenemos el edificio rodeado.

Tyler asintió.

—Bien.

—¿Puedes llevarnos con Night? —preguntó Shawn—. Le necesitamos para sacar a todo el mundo.

—Seguidme —dijo el hombre con decisión.

 

 

Night apoyó la frente contra los barrotes, aguzando sus oídos al máximo a pesar de que sabía que ni siquiera sus sentidos podían atravesar el acero.

No estaba seguro de cuánto hacía que había sonado una ensordecedora alarma. Era la señal que habían estado esperando expectantes desde hacía días, y, cuando llegó el momento, hasta a él le costó asimilar que había llegado la hora, su oportunidad de ser libres de una vez por todas.

Solo esperaba que no le ocurriera nada a Vane. Aunque había sobrevivido a aquella bala, seguiría herido.

—¿Alguien escucha algo? —preguntó 373.

345 gruñó:

—Estas paredes son demasiado gruesas.

322 gimió, encogido en su celda. Para él había sido muy impactante darse cuenta de que, tal y como había dicho Night, los humanos no habían mentido, sino que estaban allí, luchando por ellos. Después de años sin ningún tipo de esperanza ni aspiración a nada más que no fuera matar a cuantos técnicos y médicos fuera posible, de repente, ahora tenía la posibilidad real de ser libre.

Y no saber si aquello acabaría bien o no lo aterraba. Porque esa nueva esperanza podía morir en cualquier momento.

Night se inclinó para poder verlo mejor.

—Tranquilo, 322. Vamos a salir de aquí. Mi Vane es muy inteligente, mucho más que los médicos y los guardias.

Su amigo lo miró con los ojos muy abiertos. Aún estaba asustado y lo comprendía a la perfección.

Pero, antes de que pudiera decir nada que pudiera calmarlo, la puerta de acero se abrió y, ante el asombro de todos, Tyler apareció corriendo hacia ellos con una enorme sonrisa y seguido de un grupo de hombres vestidos con trajes negros llenos de protecciones. A Night le sorprendió reconocerlos, era un modelo que Vane le había enseñado cuando le hablaba de sus planes para entrenarlo.

—¡Ya está! —exclamó Tyler, sacando unas llaves y corriendo hacia su jaula—. ¡Vais a ser libres!

322 se levantó de un salto, aún con los ojos muy abiertos. 373 y 345 también tenían una expresión de absoluta incredulidad en la cara y se habían quedado rígidos en su sitio.

—Night, ¿estás bien?

Él se sobresaltó al escuchar esa voz. Al alzar la vista, se encontró con el rostro amigable de Zane, que acababa de quitarse el casco con máscara.

—¡Zane! —exclamó, feliz de verlo.

Este se acercó mientras Tyler le abría la puerta. Night sintió un inmenso alivio al perder de vista por fin los barrotes que había tenido delante durante casi toda su vida, por lo que saltó fuera de su celda sin dudar ni un momento y se acercó al hermano de Vane.

—¿Estáis todos bien? —preguntó—. ¿Dónde está Vane?

Zane posó las manos sobre sus hombros. Night se estremeció ante ese contacto afectuoso. Todavía no estaba acostumbrado a ello con otros que no fueran Vane, Max y Ethan, pero, en ese instante, apreció mucho su gesto.

—No te preocupes, todos estamos bien. Vane está a salvo fuera dirigiendo toda la operación, Max está con él.

Night soltó un suspiro de alivio.

—¿Y Ethan?

—Preparado para ocuparse de tus amigos —le sonrió.

Él tragó saliva.

—¿Y los perros? ¿Bear y Nocturn…?

La sonrisa de Zane se desvaneció.

—Se pondrán bien —dicho esto, agachó los ojos—. Pero Sam… —La voz le tembló, pero inspiró hondo y endureció sus rasgos—. Ahora está con Vic.

Night apretó los puños y cerró los ojos un momento.

—Night —lo llamó Shawn, poniendo una mano en su hombro—. Está bien, no fue culpa tuya. Ella te protegió como habría protegido a cualquiera de nosotros. —Le dio un apretón como muestra de consuelo—. Está bien que quieras llorarla, nosotros también lo haremos. Pero cuando acabe todo esto. Ahora tenemos que concentrarnos, tu gente te necesita.

Night abrió los ojos de nuevo. La decisión brillaba en ellos.

—¿Qué puedo hacer?

Zane se acercó y le tendió un intercomunicador con una sonrisa.

—¿Por qué no le preguntas al capitán?

Al comprender lo que quería decir, agarró el objeto con rapidez. Los dedos le temblaban mientras se lo ponía en la oreja y se le formó un nudo en la garganta.

—¿Vane? —preguntó con el corazón en un puño.

—Hola, Night. —Su voz era tan cálida y suave como cuando le había hablado en susurros por la noche, mientras se abrazaban y acariciaban. Las rodillas le flaquearon—. ¿Estás bien?

Los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Sí, ¿y tú? Vi que te dispararon. —Se le quebró la voz al recordar la sangre en su pecho.

—Me pondré bien, no te preocupes por mí.

—¿Dónde estás? —Quería verlo. Necesitaba olerlo y saber que estaba perfectamente.

—Fuera de las instalaciones. —Su tono se volvió más rápido y firme. Night se tensó un poco, atento a cada palabra—. Escucha, Night, sé que quieres asegurarte de que estoy bien, pero eso tiene que esperar. En mi estado actual, pondría en peligro toda la operación si entrara ahí y necesito que nos ayudes, ¿lo entiendes? No tenemos mucho tiempo.

Night se irguió y flexionó los músculos. Su Vane tenía razón, como siempre. Todos sus instintos le pedían ir en su busca y comprobar que estaba sano y salvo, pero si él le decía que no corría peligro, confiaba en él. Además, su gente aún estaba allí atrapada y él haría lo que fuera necesario para darles la libertad.

—¿Qué tengo que hacer?

—Sé que tus amigos estarán asustados y que desconfiarán de nosotros cuando vean que somos humanos. Tienes que convencerlos de que vengan con nosotros, Night, sin luchar. Si les hacemos daño, jamás confiarán en nosotros. Este es el primer paso para que puedan tener una vida en libertad, sin más dolor ni sangre, y tenemos que hacerlo bien. Si no, las cosas se complicarán.

Night asintió. Se sentía capaz de hacerlo.

—Lo haré, Vane. Yo me ocupo —dicho esto, se volvió hacia las jaulas de sus compañeros.

Pese a que Tyler ya les había abierto, ninguno había salido aún. Estaban de pie, rígidos, observando la puerta abierta con los ojos muy abiertos y una expresión que mezclaba el miedo con la incredulidad.

Night fue junto a 373.

—Somos libres.

Su amigo frunció el ceño.

—¿No es un sueño?

Él sonrió.

—Si fuera un sueño, sería uno de los nuestros quien estaría abriendo estas puertas. Pero son los humanos quienes nos están dando la libertad.

373 se rio. No había mucha alegría en esa carcajada, sino más bien cierta ironía y, todavía, poca convicción.

—Tienes razón. Los humanos siempre han sido el enemigo. Si fuera un sueño, ellos no estarían ayudándonos —dicho esto, lo miró a los ojos. Había lágrimas en ellos—. Es de verdad, ¿no? No es ningún truco ni ninguna mentira.

Night le sonrió.

—No. Confío ciegamente en mi Vane. —Se dio la vuelta y les sonrió a Zane y a Shawn—. Y en ellos. —Ambos hombres le sonrieron y Zane levantó el dedo pulgar. Se volvió hacia 373—. Ahora vamos a salir de aquí y vamos a ayudar a nuestra gente. Seremos libres todos juntos. Solo tienes que dar tres pasos.

373 miró el suelo. Inspiró hondo. Tras un momento más de duda, dio un paso con lentitud, seguido de otro. El último lo condujo fuera de la celda en la que había estado casi toda su vida. Miró a los hombres armados, esperando que lo apuntaran con sus armas y acabaran con él.

No ocurrió nada. Seguían ahí, sonriéndole y asintiendo, como si le estuvieran dando ánimos.

—Joder —murmuró, tragando el nudo que tenía en la garganta—. Esto es de verdad —dijo, mirando a Night con un asomo de sonrisa que se fue extendiendo por su rostro—. ¡Somos libres! —dicho esto, se lanzó sobre él para darle un abrazo.

Night rio y le devolvió el gesto, dedicándole a Richard, por encima del hombro de su amigo, una mirada llena de agradecimiento. Había reconocido su olor como uno de los que lo llevaron con Vane y, si no fuera por él, por Tyler, por Brower, por Adam y ese otro hombre al que aún no conocía, jamás habría salido de aquellos barrotes. Richard, que parecía tan emocionado como ellos, asintió con una sonrisa y se limpió los ojos con el brazo.

—345.

Night y 373 se giraron entonces hacia Tyler, que estaba tras ellos, frente a la celda de su amigo. El hombre esbozó una pequeña sonrisa indecisa y entró en la jaula con él. 345 abrió mucho los ojos.

—No entres —le pidió.

Tyler se acercó más a él, hasta que sus cuerpos quedaron a pocos centímetros de tocarse.

—¿Por qué no?

—No podrás salir —respondió, pálido—. Te quedarás atrapado, conmigo.

Esta vez, la sonrisa del técnico se volvió cálida y, muy despacio, le tomó la mano. 345 parpadeó y contempló cómo sus dedos se entrelazaban.

—O puede que salgas de aquí, conmigo —le dijo Tyler, tirando suavemente de él.

345 lo siguió hasta que, por fin, salió por su propio de pie de la jaula. Él miró a su alrededor, moviendo la cabeza con rapidez de un lado a otro, como si ver lo que le rodeaba sin barrotes de por medio hubiera cambiado la estancia por completo. Poco a poco, el miedo fue desapareciendo de sus ojos, siendo sustituidos por la emoción y una nueva determinación. Con una sonrisa, se dirigió a Night.

—Sabía que tenías razón. Que se puede confiar en algunos humanos.

Este asintió, separándose un poco de 373.

—No ha sido fácil.

—No —coincidió 345, ensanchando su sonrisa—, pero ha merecido la pena.

Tyler, al ver que estaba más tranquilo, soltó la mano de 345. Sin embargo, este, nada más notar su falta de contacto, se volvió hacia él y tiró de su brazo para arrastrar su cuerpo hacia su pecho, estrechándolo con fuerza contra sí y hundiendo la nariz en su pelo.

—Gracias, Tyler. Gracias por todo. Por lo que hiciste por mí y lo que has hecho por mi gente. Gracias de corazón.

Tyler, sonrojado hasta las orejas, le devolvió el abrazo con una sonrisa.

—No hay de qué.

345 se separó lo justo para mirarlo a los ojos, sin deshacer su abrazo. Gruñó con suavidad y, después, frotó su mejilla contra la de Tyler, quien, lejos de estar incómodo, rodeó su cuello con los brazos y le acarició la nuca, haciendo que 345 gruñera más fuerte, pese a que el sonido no era en absoluto amenazador.

—Uuuuh —soltó Zane de repente, haciendo que el equipo y Night se giraran para mirarlo. Sus ojos brillaban—. Aquí huele a romance.

Rick soltó una risilla.

—Luego te lo cuento.

Zane sonrió con malicia.

—¿Cotilleos sobre amores prohibidos a través de los barrotes? Cuando todo esto acabe, te invito a una cerveza.

Night puso los ojos en blanco y volvió a centrarse en su amigo. Tanto a 345 como a Tyler parecía darles igual todo, y no los culpaba. Hacía mucho tiempo que había existido un vínculo muy especial entre ellos y esta era la primera vez que podían tocarse sin miedo y sin tener que fingir nada. Una feliz sonrisa se escapó de sus labios, pensando en que ahora tenían la oportunidad de estar juntos, como Vane y él.

Lamentó no haber creído a 345 cuando le dijo que Tyler no era como los otros humanos, que él le había salvado porque se había preocupado por su bienestar y que no se trataba de ningún truco. Si le hubiera escuchado entonces, tal vez a él le habría costado un poco menos confiar en Vane, Max y Ethan. Puede que las cosas hubieran ido más rápidas y que Mercile no les hubiera atacado por sorpresa. Tal vez Sam no habría muerto.

Alejó esos pensamientos con una sacudida de cabeza. Como decía su macho, compadecerse por cosas que se habían hecho en el pasado no servían para mejorar el futuro. Era ahí donde tenía que concentrarse, así que buscó con la mirada a 322.

Pero él ya no estaba tenso ni parecía asustado. Observaba a 345 y a Tyler con anhelo.

Night se acercó a su jaula.

—¿322?

Pese a que respondió, no lo miró.

—Quiero eso, Night. Quiero lo que tienen esos dos. —Sus ojos se desviaron hacia los suyos. El temor apareció de nuevo en ellos—. Lo que tienes tú con ese humano. Lo quiero con Brower. ¿Podré tenerlo?

—¿Ella te corresponde?

—Eso creo. Huelo su atracción cuando está conmigo.

Night sonrió.

—Entonces, sí, 322. Podrás tenerlo.

Él le devolvió la sonrisa, la primera llena de alegría que le veía desde que convivían juntos, y, con plena seguridad, salió de su celda. Los aplausos de Zane llamaron la atención de todos.

—Jo, qué bonito. Estoy emocionado —admitió.

Shawn puso una mano en su hombro.

—Contente un poco. Todavía tenemos trabajo que hacer.

Night y sus amigos se giraron hacia él con el rostro serio.

—¿Qué quiere decir? —preguntó 322 con un gruñido.

Night le tocó un hombro.

—Tranquilo. Se refiere a que aún tenemos que liberar a todos los demás.

322 se tranquilizó con rapidez.

—¿Cómo lo hacemos?

—Tenéis que ayudarnos a convencerlos de que no vamos a hacerles daño —respondió Shawn, mirándolo a los ojos para que viera que no mentía—. Muchos de los vuestros están heridos, algunos de gravedad, tengo entendido. Queremos llevarlos a un lugar seguro que hemos preparado para que puedan recuperarse.

—Tenemos que evitar que ataquen a los humanos —añadió Night—. Ellos no quieren hacernos daño, pero se defenderán si se sienten en peligro.

—Tendríamos que dejar inconscientes a vuestros amigos —explicó Zane, que se había puesto serio otra vez—. Solo los sedaremos si nos atacan, pero es importante que vean por sí mismos que no queremos hacerles ningún daño.

345 fue el primero en asentir.

—Os ayudaremos.

—Todos queremos ver lo que ha vivido Night ahí fuera —dijo 373.

322 también hizo un gesto afirmativo.

—No perderemos esta oportunidad de ser libres.

Zane asintió.

—Entendido, entonces seguidnos —dijo Zane, colocándose de nuevo el casco—. ¡Nos vamos al sector de los heridos! Shawn —señaló a su hermano—, te haces cargo de Night y sus amigos.

Este asintió.

—Sí. Night, los demás, haced lo que yo haga —dicho esto, se volvió hacia Tyler—. Necesitas un arma —dijo, tendiéndole su pistola—. Entiendo que sabes cómo usarla, agente.

Tyler maniobró con ella asegurando que estaba cargada y con el seguro quitado con una destreza que no pasó inadvertida para Rick, que parpadeó.

—¿Agente?

El hombre le dedicó una sonrisa de disculpa.

—Exagente, en realidad. Luego te lo cuento.

—Vane también quiere que se lo cuentes —le dijo Shawn—. Está muy impresionado contigo.

Tyler esbozó una media sonrisa.

—Y yo con él, por haberme descubierto. Aunque, si Adam lo escogió, no debería estarlo.

Shawn asintió y le hizo un gesto a un confundido Night, que no acababa de entender lo que estaba pasando pese a que había identificado la palabra agente. Aun así, prestó atención al hermano de Vane, que le indicó a él y a sus compañeros que le siguieran y que hicieran lo mismo que él.

De ese modo, salieron por primera vez por su propio pie del sector en el que habían estado cautivos gran parte de sus vidas y avanzaron por los metálicos pasadizos hasta las escaleras. 345, 373 y 322 se sintieron un tanto inseguros ante tantas cosas nuevas, pero Night, Tyler y algunos de los hombres de Vane les ayudaron a seguir moviéndose, recordándoles que debían sacar a los demás de ese lugar cuanto antes. El gesto de los humanos pareció infundirles un poco más de confianza y les animó a seguir avanzando.

Cuando llegaron a uno de los pisos más inferiores, se abrió una puerta blindada que dejó al descubierto a los guardias de Mercile inconscientes, atados y amordazados. Night sonrió al ver los ojos incrédulos de sus compañeros, aunque no los culpaba. A él también le pareció sorprendente la idea de que los humanos se enfrentaran entre ellos al principio, hasta que Vane le habló de las guerras y le mostró cómo de destructivos podían ser los unos con los otros. En ese momento, se alegró de que su gente fuera diferente y que todos estuvieran unidos.

Atravesaron las filas de hombres armados hasta que se encontraron con Dylan. Night esbozó una gran sonrisa al verlo.

—¡Dylan!

El Hagel le devolvió el gesto y fue hasta él.

—¡Night! —dicho esto, sus ojos lo recorrieron de arriba abajo. A esas alturas, Night estaba tan familiarizado con los gestos de Ethan que adivinó lo que hacía al instante.

—Me encuentro bien.

Dylan asintió y echó un vistazo a sus compañeros.

—Intuyo que ellos no necesitan asistencia médica, tampoco.

—No.

—Bien. —Se puso serio de repente y se volvió hacia Zane—. La señorita Brower está dentro con algunos de los rehenes. Intenta convencerlos de que hemos venido a ayudarles, pero algunos están reacios. No hemos intentado entrar con ella.

—¿Está en peligro? —preguntó 322 con un gruñido.

Dylan parpadeó y retrocedió un poco cuando este avanzó hacia él. Le sacaba más de una cabeza de altura.

—No. Parecen confiar un poco en ella. Es de nosotros de quienes no se fían.

Night abrió la boca para ofrecerse a entrar, pero 322 se le adelantó.

—Yo me ocupo, dejadme ir con ella.

Dylan le lanzó una mirada interrogante a Zane, que asintió.

—Le escucharán más a él que a nosotros.

—Nosotros entraremos también —se ofreció 373—. Algunos podrían pensar que a 322 le ciegan sus sentimientos por Brower. Pero si ven a más de nosotros en libertad, nos creerán.

—Está bien —asintió Zane.

Dylan tocó el brazo de Night, que le prestó atención al instante.

—Por favor, que sea tan rápido como sea posible. Seguro que muchos de ellos necesitan asistencia médica. Brower no es médico, puede ayudarlos a aguantar, pero necesita que Ethan y su equipo los vean.

—Haré lo que pueda —prometió Night.

Los cuatro entraron en la estancia, 345 con un poco de reticencia a separarse de Tyler, pero lo hizo para poder echar una mano. Pese a que ya habían estado en aquella sala multitud de veces, resultaba extraño verla estando de pie y no postrado en una de las camillas, inmovilizados por las restricciones.

Les costó muy poco encontrar a Brower, pues estaba en el centro de la gran estancia, implorando a sus pacientes que confiaran en ella y que estaban a punto de ser libres. Todos los que estaban conscientes abrieron los ojos como platos al verlos entrar solos, sin cadenas, por su propio pie. Brower, al darse cuenta de eso, se dio la vuelta. Sus ojos se llenaron de lágrimas al ver a 322.

—¡322! —exclamó, corriendo hacia él.

Él también fue hacia ella y la cogió en brazos con facilidad, acunándola en su pecho.

—¿Estás bien? ¿Te encuentras herido? —le preguntó ella, inspeccionándolo. A Night le hizo gracia reconocer en ella el mismo gesto que en Dylan y Ethan cuando se aseguraban de que su paciente estaba bien—. Estaba muy preocupada, no sabía si acabarías herido…

—Estoy bien —respondió él, abrazándola con una sonrisa—. Y libre —dicho esto, se separó para mirarla a los ojos—. Y creo que gracias a ti. Night nos dijo lo que hiciste por él. Tú y esos otros humanos.

Brower iba a decir algo, pero uno de los heridos alzó la voz. Night lo reconoció como un felino.

—¿Es cierto lo que dice? —preguntó, dudando—. ¿Unos humanos han venido a sacarnos de aquí?

322, sin soltar a Brower, dio un paso al frente.

—Todos habéis oído que Night… —dudó—, que 354 escapó de aquí. Estuvo fuera, en el exterior, salió de esta jaula. Y es cierto. —Los heridos se miraron entre ellos—. Todos pensamos que lo logró por su cuenta, pero, en realidad, le ayudaron unos humanos —dijo, señalando a su pequeña humana—. Brower fue una de ellos. Había unos pocos humanos más…

—Un técnico llamado Cooper —lo ayudó Night, dando un paso—, un guardia que está al otro lado de la puerta y un médico que se ocupa de las pruebas de las hembras.

—¿… Norm? —preguntó una hembra canina. Su voz sonó muy débil.

—Tiene que ser él —dijo una imponente úrsida—. Es el único que se ha preocupado por nosotras. Nos protege de los otros médicos y técnicos, a pesar de que después lo golpean —añadió con un gruñido.

Brower asintió.

—Así es. Lo habréis visto muchas veces conmigo.

—Es el humano enclenque —dijo un canino, asintiendo con el ceño fruncido—. Nuestras hembras nos prohibieron hacerle daño. Dicen que es bueno con ellas.

—Cooper también es un buen humano. —345 avanzó, colocándose junto a sus compañeros—. Él me salvó de una técnica que me drogaba. No tenía por qué hacerlo, todos sabemos que un humano nos habría dejado agonizando en la celda, pero él me ayudó.

—Y el guardia que está ahí fuera está preparado para protegernos de los guardias, médicos y técnicos que queden hasta que salgamos de aquí —reafirmó Night antes de abrir los brazos—. Por favor, creednos. Estamos aquí sin cadenas ni barrotes, no nos han obligado a hacer nada de esto.

—Es cierto —dijo 373, uniéndose a sus compañeros—. Ni yo mismo era capaz de creerlo hasta que he estado fuera de la celda.

Hubo un momento de silencio en el que sus compañeros heridos se miraron entre ellos, dudando. Night podía ver el anhelo de esperanza, pero también miedo. Lo comprendía.

—Yo os creo —dijo la úrsida. Para su sorpresa, sus negros ojos eran firmes—. Los humanos siempre usan trucos, pero Norm nunca nos ha mentido —dicho esto, su mirada voló hacia Brower—. Y la pequeña Brower ha cuidado bien de nosotros, le preocupamos de verdad. Yo la vi llorar cuando uno de nuestros machos murió.

—Yo… —gimió la canina—. Yo… también…

Night se sintió un tanto aliviado al ver que, al menos, las hembras parecían creerle. Eso causó que los machos empezaran a ceder.

Alguien alzó una potente voz.

—354.

Clavó sus ojos en un úrsido de ojos negros. Pese a su enorme tamaño e imponente musculatura, su mirada era de preocupación.

—¿De verdad los humanos nos ayudarán? —preguntó con un tono tembloroso y señaló a su derecha—. ¿Pueden ayudar a 396? Hace mucho tiempo que está aquí, pero no se despierta.

Night se sobresaltó un poco al reparar en su compañero. Por su inmenso tamaño, no había duda de que era un úrsido, probablemente el más grande que jamás había visto. Sin embargo, sus pómulos eran más pronunciados que el resto de su especie y tenía la nariz más ancha y plana. Eran rasgos poco habituales entre los suyos, pero alguna vez lo había visto. Lo que no era habitual era su tono de piel; tan pálido que le recordó a la nieve. Jamás había visto una piel así y se preguntó si no sería a causa de una enfermedad.

—¿Brower? —le preguntó a la humana de 322 con cierta inquietud.

El rostro de la joven se descompuso por el dolor.

—Está muy mal, 354. Lo obligaron a enfrentarse a tres felinos drogados. Él no quiso hacerles daño.

El otro úrsido palideció. Night no perdió la calma.

—¿Puede salvarse?

—Necesita ayuda urgente. Los médicos dejaron de darle el Aclepsis.

—¿El qué? —preguntó confundido.

—Es el medicamento especial que os ayuda a curaros más rápido. Tyler lo creó. Me dio algunas dosis para mantenerlo con vida, pero necesita más.

Night asintió, pensando en que Tyler estaba al otro lado de la habitación y que podría ayudarlo. Después, miró al úrsido a los ojos.

—¿Cuál es tu número?

—305.

—305, fuera de esta habitación hay un grupo de hombres que quieren curaros de inmediato. Ellos pueden ayudar a tu amigo, pero no podrán hacerlo si los que estamos aquí les atacamos. Sé que no es fácil confiar en los humanos, pero yo lo hice y ahora estoy fuera de la jaula. Tenemos una oportunidad de ser libres. Tu amigo también.

Los negros ojos del úrsido brillaron. Una fuerza inquebrantable surgió en ellos. Sus músculos se apretaron.

—Entiendo. Brower, suéltame. Confiaré en los humanos.

El felino se sobresaltó.

—¡305, no…!

El úrsido soltó un bramido que lo calló al instante. Recorrió a los machos con su oscura mirada.

—Ya habéis oído a 354. Esta es nuestra oportunidad de ser libres y de salvar a los que están aquí —dijo, mirando con tristeza a su amigo. Un instante después, sus ojos se endurecieron como el granito y soltó un profundo gruñido—. Puede que sea la única oportunidad que tendremos. Así que, por esta vez, obedeced a los humanos o enfrentaos a mí. —Su voz se profundizó—. No permitiré que 396 muera por nuestros miedos. Ni ninguno de los que está agonizando aquí.

Los machos, al final, inclinaron la cabeza en un gesto de sumisión, poco dispuestos a enfrentarse a un úrsido. El mero hecho de que 396 hubiera sobrevivido al ataque de tres felinos enloquecidos por la droga decía mucho de su raza. Eran los más fuertes y resistentes de la instalación. Puede que no fueran muchos, pero su gente los respetaba.

Night inclinó la cabeza en su dirección.

—Gracias, 305.

Este le devolvió el saludo y se relajó cuando Brower lo liberó de sus restricciones.

—A ti, 354. Por darnos una oportunidad.


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