Capítulo 21. Tercera fase: Luz verde
Rick
mantuvo una perfecta máscara impasible mientras los nuevos recibían la formación
en la sala de reuniones. Sin embargo, lo único que sentía en el fondo era una
profunda inquietud.
¿Qué
demonios había hecho Hagel? El cabrón de Polanitis estaba lo bastante asustado
y desesperado
como para meter a extraños en las instalaciones, ¡instalaciones donde
experimentaban con humanos! Era cierto que había ordenado detener por completo
todas las pruebas, por lo que aquellos a los que llamaban “sujetos” no salían
en absoluto de sus celdas, y, por tanto, nadie salvo los técnicos que los
atendían podían verlos, pero, incluso así, era un riesgo demasiado grande.
Hasta
para ellos. Adam no quería que se hiciera pública su existencia, sabía que la
población entraría en pánico. Mercile saldría muy perjudicada, era cierto, pero
para la empresa sería muy fácil justificar la ejecución de esa gente aludiendo
que eran más animales que humanos, y, teniendo en cuenta la dura vida que
habían tenido, era muy sencillo tacharlos de criaturas agresivas, demasiado
peligrosas para vivir en sociedad.
Un
descuido y todo se iría a la mierda, a pesar de los planes de Hagel.
Además,
la presencia de esos mercenarios implicaba más enemigos de los que ocuparse. Polanitis
había contratado a unos cincuenta hombres. No parecía una gran cantidad a
primera vista, pero si los juntaba con todos los guardias que ya trabajaban
allí y que permanecían en las instalaciones veinticuatro horas al día durante
toda la semana… En fin, era mucho personal para proteger el edificio.
Y
los Hagel ya no contaban con el factor sorpresa. Mercile estaba preparada para
el ataque, los estaban esperando y se había preparado a tiempo.
Sus
oscuros pensamientos se interrumpieron cuando los nuevos se levantaron de las
sillas y se dirigieron a sus respectivos superiores. Ese era otro problema. Él
apenas tendría margen de acción para echar una mano a Tyler y los demás o a los
Hagel si pasaba todo el tiempo con un maldito grupo de mercenarios.
—¿Richard
Miller? —lo llamó alguien.
Al
alzar la vista, se encontró con un grupo de cuatro hombres. El que parecía
liderarlos era un tipo alto de complexión atlética pero estilizada, con el pelo
corto negro algo desaliñado, rapado por los lados, y una barba de un par de
días, dándole un aspecto fiero y un poco salvaje. Tenía una sonrisa burlona y
arrogante que hizo que le cayera mal al instante. Sin embargo, había algo en su
mirada que le hizo desconfiar todavía más; sus ojos azules tenían un brillo
agudo y cauto, denotaban inteligencia.
Era
peligroso, sin duda.
Aun
así, procuró que su desagrado no fuera evidente, algo en lo que ya llevaba
cierta práctica tras varios años trabajando en ese infierno.
—El
mismo.
El
mercenario le hizo el saludo militar.
—John
Winston —se presentó antes de señalar a sus compañeros—. Y estos son mis chicos:
Joel, Jimmy y Jonas.
Rick
frunció el ceño. ¿Todos eran nombres que empezaban con jota? O era mucha
coincidencia, que lo dudaba, o, muy probablemente, utilizaban apodos entre
ellos para ocultar su verdadera identidad. Teniendo en cuenta cuál era su
trabajo, no le sorprendería.
—Os
enseñaré dónde están las taquillas para que dejéis vuestras cosas y luego
iremos directamente a patrullar por uno de los sectores —dijo, dando media
vuelta para marcharse.
—Por
supuesto. El tiempo corre. Tic, tac.
Al
escuchar esa última expresión, se detuvo en seco. No, no podía ser. Era simple
casualidad que usara esa expresión, no tenía nada que ver con el mensaje que
dejaron los Hagel en esos cadáveres… ¿Verdad? Porque no tenían forma de saber
que él fue uno de los que fue a su casa en busca del equipo que los mantenía
retenidos, ¿no?
Inquieto,
miró a Winston de soslayo, que lo estaba observando también. Esta vez, su
sonrisa ya no tenía nada de desagradable y, para su más absoluta sorpresa, le
guiñó un ojo. Por si eso no fuera una pista suficiente, el resto de sus hombres
también tenían los labios curvados hacia arriba y otro hasta levantó las cejas
varias veces, como diciéndole: “Sí, amigo, es exactamente lo que estás pensando.”
Pero
era imposible, no había manera de que Hagel pudiera hacer que Polanitis
seleccionara a los hombres que él deseaba así por las buenas, era dejar las
cosas demasiado al azar. A menos que…
Claro.
Los ordenadores. Hacía ya poco más de una semana que estaban en su poder y,
pese a que no había hecho nada notable en la instalación, estaba seguro de que
estaría usando la información que contenían.
Sin
decir nada, los guio a paso rápido hasta los vestuarios, sabiendo que tenía
poco tiempo para encontrar respuestas sin que nadie los interrumpiera. Era de
los pocos lugares que no tenía cámaras de seguridad, pero estaba tan
transitado que ni siquiera hacían falta, por eso no podía perder mucho tiempo. Una vez estuvieron
dentro, miró a ambos lados, asegurándose de que no venía nadie, y, después, se
apoyó en la puerta por si alguien intentaba abrir, encarándose a los
mercenarios, que no estaban en absoluto extrañados por su actitud.
—A
ver, ¿a qué ha venido esa expresión? —preguntó, todavía algo desconfiado. No
podía irse de la lengua sin más.
Winston
se adelantó un paso. Esta vez, su rostro era serio.
—Tranquilo,
Miller. El doctor Adam Therian nos pidió ayuda y hemos venido a prestársela.
Rick
abrió los ojos como platos. Joder, iba en serio. ¡Los Hagel habían infiltrado a
los suyos!
—La
hostia puta. Sois… ¿Sois…?
—¡El
equipo de rescate! —exclamó Jimmy, levantando un puño.
John
asintió.
—Vane
está terminando los preparativos. Nosotros nos hemos adelantado un poco para
prepararos, a ti y a los otros tres que estuvisteis ayudando a Therian.
El
pobre Rick todavía no salía de su asombro.
—¿Me
estáis diciendo… que Vane Hagel ha metido aquí a cincuenta de sus hombres?
—Pues
claro —respondió Joel como si fuera lo más natural del mundo—. El capitán es un
genio.
…
Joder. Estaba pasando de verdad. Iban a sacarlos a todos de allí.
—¿Cuándo
empezamos? —preguntó, impaciente—. ¿Y cómo?
—En
tres días —respondió John, serio—, a medianoche. Necesitamos a la ciudad
dormida y que esté oscuro para trasladar a los rehenes.
Al
escuchar el plan, Rick logró salir de su asombro para centrarse al máximo.
—¿Tú
darás la orden?
—No.
Vane nos hará una señal —dicho esto, John se acercó un paso más a él—.
Necesitamos contactar con Night, si es posible.
—Tyler
puede hacerlo, es su técnico asignado.
Los
ojos del hombre brillaron.
—¿Tyler
Cooper?
Él
frunció el ceño.
—¿Lo
conoces?
—El
doctor Therian nos pasó toda la información sobre este lugar y también sobre
sus aliados. El doctor Cooper es el único que tiene estudios en bioquímica.
—Hizo una pausa, frotándose el mentón con aire pensativo—. Un tipo listo.
Cuando esto acabe, nos interesaría mucho hablar con él.
Por
algún motivo, ese comentario no acabó de sonarle muy bien.
—¿Ocurre
algo?
John
lo miró extrañado.
—¿No
sabes por qué está trabajando en Mercile?
—Echaría
currículum en varias empresas y acabaría aquí, igual que Ellie y yo… ¿No?
El
rostro del otro hombre adoptó una expresión sombría.
—No.
Tiene sus propios motivos para estar aquí. Pero eso es cosa suya —dijo,
poniendo los brazos en jarra—. Nosotros debemos centrarnos en el rescate.
¿Preparado?
Rick
se irguió.
—Llevo
esperando este momento durante un año. ¿Qué hay que hacer?
Night
se pasó las manos por el cabello, echando de menos los mechones largos que
había tenido hace… No estaba seguro de cuánto tiempo atrás. Podrían haber
pasado unos pocos días o más de una semana; le resultaba difícil calcular el
paso del tiempo estando siempre en el mismo lugar y con lapsus de memoria cada
vez que era sedado.
Notaba
que empezaba a desgastarse. La fortaleza física que había conseguido gracias a
los cuidados de Vane y los demás se estaba desvaneciendo. Se sentía más débil y
cansado. Pese a que había regresado a la rutina habitual de esa puta celda,
consistente en devorar todos los filetes crudos que le ponían en la bandeja y
hacer ejercicio con los barrotes, no era lo mismo que cuando había estado con
ellos, no se sentía tan fuerte.
¿Era
eso a lo que se refería Ethan cuando decía que no estaba sano? Él había creído,
al principio de estar con ellos, que lo habían insultado al considerarlo débil
por algún motivo que no comprendía, pero ahora entendía la diferencia.
Enterró
el rostro entre las rodillas. Deseaba regresar a esos días. A volver a sentir
el sol bajo su piel y la brisa acariciando su rostro. Quería que el olor a
bosque y tierra mojada inundara de nuevo su nariz, tirarse sobre la nieve
persiguiendo una pelota y los desayunos de Max. Quería escuchar a Ethan regañando al macho
por alguna imprudencia y que volviera a hacerle sus irritantes pero
bienintencionadas
preguntas acerca de su salud.
Echaba
de menos a Vane. Su infinita paciencia a la hora de explicarle las cosas sobre
el mundo en el que vivía, su agudo ingenio al descifrar los planes de Mercile,
la inteligencia que demostraba al elaborar sus estrategias. Echaba de menos
acurrucarse en su espalda y abrazarlo por las noches, y apoyarse en su pecho y
dejar que le tocara el pelo. Añoraba la forma en que lo tocaba para demostrarle
su afecto, y para consolarlo cuando sentía que era menos que los humanos.
Estaba
seguro de que seguía vivo. Cuando Tyler le dijo que los hermanos de Vane o uno
de sus hombres le había pedido que lo ayudara a meterse en los ordenadores,
supo que tenía que ser él.
Eso
le había dado fuerzas para seguir enfrentándose a Dean. Este lo había estado
amenazando a gritos con matar a sus amigos y violar hembras delante de sus
ojos, pero el hecho de que apestara a puro terror lo animaba a seguir
presionándolo, a mantener el control de la situación. Si no lo hacía, perdería
con ese hijo de puta y volvería a estar a su merced. No podía rendirse. No
después de todo lo que Vane, Max y Ethan habían hecho por él, lo que habían
sacrificado para ayudarle. Ahora era su turno de ser fuerte.
Eso
fue antes de tener el convencimiento de que su macho seguía vivo. No saber nada
de él durante tanto tiempo y el miedo a que hubiera muerto hicieron mella en
él, que estuviera a punto de dejar de comer para reunirse con él… Sin embargo,
supo que Vane no se lo perdonaría si hacía algo así.
Ahora
que sospechaba que su compañero seguía con vida y que estaba empezando su plan,
tenía esperanzas de que aquello terminara pronto, pero, de nuevo, llevaba un
tiempo sin saber nada de él.
No
dudaba de que los sacaría de allí, pero el tiempo pasaba tan despacio en aquel
lugar que se ahogaba.
—Night,
¿estás bien? —le preguntó 345.
Él
gruñó.
—Odio
no tener noción del tiempo aquí. No saber cuándo esperar más noticias.
—Dijiste
que tu macho había hecho algo con… Con esas máquinas, las que sirven para sacar
información o algo así.
—Ordenadores
—dijo 373.
—Sí,
eso. Sigues seguro de que fue él, ¿no?
Night
alzó la cabeza. Sus ojos eran fieros.
—Sin
ninguna duda.
—Entonces,
espera un poco más. Dijiste que lo que quiera que esté haciendo lleva tiempo.
—Además
—intervino 322—, han dejado de hacernos pruebas. Nuestra gente estará a salvo
por ahora, tu macho está bien y está jodiendo a los médicos. Siéntete feliz por
eso.
Él
esbozó una pequeña sonrisa.
—Eso
es verdad.
De
repente, el rugido de las compuertas lo sobresaltó y se levantó de un salto,
tensando cada músculo y enseñando los colmillos. Dean no había ido a verlo
desde el último apagón de luces que indicaba la hora de dormir. Tal vez venía a
amenazarlo de nuevo.
Sin
embargo, fue Tyler quien entró, llevando un carrito de metal que olía a carne.
A diferencia de otras veces en las que ni siquiera les dedicaba una mirada para
mantener su tapadera de trabajador de Mercile, esta vez, lo miró de reojo. Eso
era que tenía algo que decirle.
Por
fin. Estaba ansioso por saber algo más de Vane, alguna instrucción concreta.
—Poneos
las cadenas —ordenó Tyler.
Los
cuatro obedecieron y se pusieron el grillete que retenía uno de sus brazos.
Puesto que solo iba a pasarles la comida por una larga y delgada apertura que
había en la parte inferior de la puerta de la celda, no hacía falta que bajara
la barra que solía usar cuando quería extraerles muestras de sangre.
—¿Sabes
algo? —le preguntó.
Tyler
acercó el carrito a su jaula y habló en voz muy baja y sin mirarlo.
—Vane
está sano y salvo —dijo.
Night
se estremeció de alivio, cerrando los ojos. Estaba seguro de que había sido su
macho el que había hecho lo de los ordenadores, pero tener una confirmación le
hizo sentirse mejor. Y más fuerte. Preparado para lo que fuera.
—Menos
mal.
—Eso
no es todo —dijo, sacando una bandeja con un par de filetes que metió en su
celda—. Ya hay hombres de Vane metidos aquí.
La
noticia lo sobresaltó, como al resto de sus compañeros. 322 gruñó.
—¿Y
a qué esperan para sacarnos? —preguntó, desconfiado. Night había trabajado muy
duro desde que le había hablado a 322 de Vane y los demás para que empezara a
confiar en ellos y no había sido nada fácil. El cariño que sentía por Ellie y
la actitud de Tyler había hecho mucho y no quería echarlo a perder.
—Están
preparando el material —susurró Tyler, levantándose y llevándose el carrito
hacia la jaula de 345—. En tres días empezará el ataque.
La
noticia lo pilló con la guardia baja. Tres días.
—¿Tan
poco tiempo? —preguntó, sorprendido.
—No
sé cómo lo ha hecho —admitió y, por primera vez, vio una pequeña sonrisa en su
rostro—, pero me alegro mucho. Por fin saldréis de aquí.
—¿Qué
pasará contigo? —le preguntó 345 con cierta angustia en la voz.
El
técnico no esperaba la pregunta y alzó abruptamente la cabeza hacia él para,
después, volver a bajarla, recordando las cámaras. Aun así, Night vio que
estaba algo sonrojado.
—No
te preocupes, estaré bien.
—Tiene
razón, 345 —aseguró él—. Vane querrá su ayuda.
Los
ojos de su amigo relucieron.
—¿Podré
verte? —le preguntó a Tyler, que ya estaba llevando el carrito hacia la jaula
de 373.
—Eh…
Supongo… Aún no sé qué ocurrirá después del ataque, solo que os llevarán a un
lugar seguro para que los heridos puedan recuperarse —dicho esto, susurró con
rapidez—. Pero le pediré a Vane que me deje ir con vosotros. Yo fabrico los
medicamentos que os ayudan a recuperaros. Seguro que les servirán a vuestros
amigos.
345
lo miró fijamente durante un rato, el suficiente como para que Tyler terminara
de dejarle la comida a 373 y dirigirse hacia la jaula de 322. Night no pudo
evitar sonreír un poco.
—Cuando
sea libre, iré a buscarte —prometió su amigo, haciendo que el pobre humano casi
diera un salto y tirara los filetes de 322, que gruñó un poco.
—No
lo asustes así cuando tiene mi comida en las manos.
345
le frunció el ceño.
—Lo
siento, tiene que saberlo.
—¿Saber
qué? —murmuró Tyler con la voz estrangulada. Tanto Night como 373 rieron por lo
bajo.
—Que
si no vas a buscarlo una vez sea libre, te perseguirá —respondió este último.
Night
necesitó de toda su fuerza de voluntad para no echarse a reír al ver cómo la
cara del macho ardía. Sin embargo, 345 estaba muy serio cuando le dijo:
—Tú
y yo tenemos algo pendiente. ¿Lo recuerdas?
Su
sonrisa se ensanchó, como la de 373, cuando un aroma intenso y un poco picante
empezó a flotar en el aire. Emanaba tanto de su amigo como de Tyler. Ya sabía
que 345 sentía cierto afecto por el técnico, pero no se había dado cuenta hasta
ahora de que el sentimiento era mutuo.
El
hombre se alejó de la jaula de 322 y cogió el carrito.
—Lo
recuerdo —le dijo, mirándolo brevemente con una pequeña sonrisa—. Te estaré
esperando —y, dicho esto, se fue con el carrito hacia el panel de botones, que
presionó antes de dirigirse a las compuertas—. Aguantad un poco más, pronto
seréis libres —añadió con cierta emoción en la voz. Después, desapareció tras
las puertas.
Night
se frotó la muñeca mientras observaba a 345, que sonreía ampliamente.
—Me
alegro por ti —dijo, sincero.
Su
amigo le devolvió el gesto.
—Gracias,
Night. Yo sentía que podía confiar en Tyler después de lo que hizo por mí, pero
no me atreví a hacerlo del todo hasta que volviste y nos contaste lo que habías
visto ahí fuera.
—A
mí también me costó confiar en Vane —admitió él, sonriendo—. Pero ha merecido
la pena. En tres días seremos libres y podremos tener nuestra propia vida.
—¿Podremos
escoger un nombre como tú? —preguntó 373 con la cabeza ladeada—. Es algo que me
intriga.
—Podríais
escogerlos ahora.
Su
compañero frunció el ceño.
—Creo
que prefiero esperar a ver el exterior. Tú elegiste el nombre de algo del
exterior que te gustaba, ¿no?
—Sí.
—Entonces,
esperaré.
—Yo
ya conozco mi nombre —dijo 345 con orgullo—. Lo tomaré una vez estemos fuera
—dicho esto, miró a 322—. ¿Y tú qué harás?
Este
parecía estar más atento a devorar los filetes que a su conversación. Aun así,
respondió:
—Hablar
con ese tal Max para que nos dé comida de verdad. Night dice que es mucho mejor
que estos filetes.
373
puso los ojos en blanco y les sonrió a sus otros dos compañeros.
—Todos
sabemos que perseguirá a Ellie. Ellos también tienen un asunto pendiente.
322
les gruñó.
—No
es cierto.
—Nunca
le gruñes.
—Y
la miras como si quisieras comértela —añadió 345 con una divertida sonrisa.
El
otro macho apartó la mirada.
—No
es verdad.
—Está
bien que te sientas atraído por ella —dijo Night, más animado tras las buenas noticias.
Tanto, que hasta se atrevía a hacer una broma—. Únete a los amantes de los
humanos.
322
alzó con brusquedad la cabeza y lo miró. En sus ojos había un asomo de duda que
perduró incluso cuando bajó la mirada hacia los filetes, esta vez, sin
tocarlos.
—Cuando
nos liberen —dijo, asintiendo para sí mismo—. Cuando esté fuera de esta celda…
Cuando me demuestren que soy libre de verdad… Solo entonces.
Night
inclinó la cabeza, aferrando con fuerza los barrotes.
—Pronto,
amigo mío —prometió, teniendo fe absoluta en su Vane.
—Esto
mantendrá el dolor a raya durante toda la noche —dijo Dylan, entregándole unas
pastillas a Vane—. No notarás nada, pero evita todos los movimientos bruscos
que puedas.
Este
asintió y se la tomó de un trago antes de beber un poco de agua. Su hermano
cruzó los brazos sobre el pecho y ladeó la cabeza.
—Me
alegro de que no vayas a entrar con nosotros. Pensé que…
—Night
necesita que mantenga la mente fría —declaró Vane, agachando los ojos—. No hay
nada que desee más que entrar ahí y acabar con todo, pero soy consciente de que
un mal golpe en mi pecho y podría enviarlo todo a la mierda. Esta operación
solo podremos realizarla una única vez; si fallamos, el siguiente rescate sería
todavía más arriesgado. No puedo permitirme perder. Muchas personas dependen de
nosotros —dicho esto, giró la cabeza hacia su derecha—. Confío en ti para
liderar a nuestros chicos, Zane.
Su
hermano asintió con solemnidad.
—No
te fallaré, hermano. Los sacaremos a todos de allí.
—Bien
—dijo, mirando el reloj. Marcaba las siete de la noche. Se levantó de la cama
de hotel al que se había trasladado una semana atrás y miró a sus hermanos—.
Hora de prepararse. ¿Los chicos han comido y descansado bien?
Zane
asintió.
—Sí.
Están impacientes por hacer pedazos a esos hijos de puta.
—Como
Aaron —añadió Dylan.
—Entonces,
vayamos a por ellos —dijo Vane—. Avisad al resto. Que se cambien de ropa y
comprueben sus armas —dicho esto, se dirigió a Zane con severidad—. Que se
aseguren de llevar las máscaras encima.
—Claro.
—Yo
voy a avisar a Max. ¿Él y Ethan se han tomado las pastillas también? —le
preguntó a Dylan.
—No
—respondió.
—Yo
se las llevo —se ofreció, extendiendo la mano. Dylan le dio el bote y, después,
cada uno se fue a sus respectivas habitaciones para cambiarse mientras que Vane
se dirigía a la de Max.
Cuando
llegó, llamó a la puerta y gritó:
—¡Max,
es la hora!
—¡Un
momento!
Su
hermano tardó unos segundos en abrir la puerta, dejando una rendija abierta por
la que asomó la cabeza.
—Ya
me preparo. Nos vemos en la furgoneta, ¿no?
—Sí,
pero tienes que tomarte una de estas —respondió, mostrándole el bote de
pastillas—. Ethan también tiene que tomársela.
Max
abrió un poco más la puerta, mostrando el hombro y brazo heridos, que llevaba
vendados de tal modo que no podía moverlos. Su hermano no podría actuar tampoco
esa noche, ni siquiera le permitiría conducir con su hombro así a pesar de las
pastillas, pero le ayudaría a controlar toda la operación y se ocuparía de las
comunicaciones.
Este
cogió el bote y esbozó una media sonrisa que no le llegó a los ojos.
—Yo
se la doy, no te preocupes.
Vane
frunció el ceño.
—¿Va
todo bien?
Max
se sobresaltó un poco y asintió.
—Sí,
claro.
—Creía
que estarías más hiperactivo esta noche.
—Y
lo estoy. Estoy listo para sacar a Night y sus amigos y quemar ese puto
edificio…
—Max,
no pasa nada —dijo una voz desde el interior de la habitación. Sonaba rota.
Vane
empujó la puerta al reconocerla.
—¿Ethan?
No
esperaba lo que encontró al entrar. Aparte de las marcas de moratones del
rostro a causa de la paliza que le dieron en su casa semanas atrás, tenía los
ojos rojos e hinchados, se notaba que había estado llorando. Sin embargo, lo
que captó la atención de Vane fue su camisa abierta, que dejaba al descubierto
su torso.
Palideció
al verlo.
—Joder
—se le escapó. Debía admitir que jamás habría esperado ver algo así. Al menos,
no en una persona como Ethan.
El
joven doctor sorbió por la nariz al mismo tiempo que se abotonaba la prenda,
ocultando las marcas.
—Lo
siento. No era necesario que las vieras.
Max
cerró la puerta para tener intimidad mientras Vane se acercaba a su amigo.
Cogió su rostro entre sus manos y le limpió las lágrimas.
—Ethan,
¿seguro que estás bien para hacer esto?
Este
inspiró profundamente. Su respiración tembló un poco, pero lo hizo, y, después,
soltó el aire.
—Sí.
Sí, quiero hacer esto. Es solo que… No quería que algo saliera mal y vosotros
no supierais que… —Miró a Max, que le sonrió y asintió—. Que os quiero. Sois
muy importantes para mí y, a pesar de eso, no puedo entrar ahí con un arma para
ayudaros y hacer daño a alguien. Me… Me quedo paralizado y no… No puedo…
Al
ver que empezaba a jadear, como si estuviera a punto de hiperventilar, Vane lo
obligó a mirarlo a los ojos.
—Eh,
mírame. Mírame, Ethan. —Cuando lo hizo, le mostró cómo respirar, tal y como
hizo su amigo la primera noche que pasó en su hospital, al despertar gritando
de una de sus pesadillas—. Dentro, fuera, conmigo. —Inspiró aire mientras que
Ethan lo hizo más atropelladamente—. Despacio, con calma. Vamos. —Repitieron el
proceso, pero el doctor parecía incapaz de controlar su respiración y vio miedo
en sus ojos—. Tranquilo, no pasa nada. Sigue intentándolo, hazlo conmigo.
—No
pasa nada, Ethan —intervino Max, que pasó su brazo bueno por su espalda en una
especie de medio abrazo—. Estamos aquí.
Eso
pareció tranquilizarlo lo suficiente como para recuperar el control de sí mismo
y, poco a poco, normalizar su respiración. Cuando por fin lo hubo conseguido,
les dedicó una mirada de dolor a ambos.
—Lo
siento. Lo siento mucho.
Vane
sacudió la cabeza, sin soltar su rostro.
—No
lo hagas. Tú tienes tu propia forma de ayudarnos. Preocúpate solo de eso, ¿de
acuerdo?
—Además,
todo irá bien —le dijo Max, frotándole la espalda—. Vane es un genio.
Entraremos, nos cargaremos a Mercile y salvaremos a Night y sus amigos. Saldrá
bien, ya lo verás.
Ethan
asintió despacio y recostó la cabeza en su hombro.
—Vale.
Al
ver que Max lo estrechaba contra sí, Vane alzó una ceja, pero se limitó a
tenderle el bote de pastillas a Ethan.
—Toma.
Los dos tenéis que tomar una. —Cuando el doctor lo cogió, se separó de ellos y
le sonrió—. No te preocupes, de verdad. A Max y a mí nos gustaría entrar ahí
con los demás, pero somos conscientes de que, en nuestro estado, no podemos
hacerlo. Todos debemos contribuir en la medida de nuestras capacidades, solo
así podremos sacar este rescate adelante.
Ethan
le devolvió la sonrisa y sorbió por la nariz.
—Gracias,
Vane. Por todo.
Él
asintió y los dejó solos. Fue directo a su habitación y se cambió de ropa, poniéndose
una camiseta sin mangas, el chaleco antibalas y una chaqueta del ejército negra
por encima a juego con los pantalones largos y las botas del mismo estilo,
uniforme que le había proporcionado Aaron a él y a sus hombres.
Una
vez estuvo listo, bajó a la entrada del hotel, donde los recepcionistas andaban
algo nerviosos por la presencia de tantos militares. Habían usado la excusa de
que iban a practicar unas maniobras en los bosques cercanos a la ciudad, pero,
aun así, ver a tantos hombres armados podía ser estresante, aunque el dinero
proporcionado por Aaron (y cortesía del presidente, que quería que aquella
pesadilla terminara lo antes posible) ayudó mucho a convencer al dueño del
hotel para alojar a todo el equipo durante aquellas dos semanas.
Muchos
de los hombres ya estaban saliendo y montando los camiones, pero también vio
personas vestidas de blanco, entre las cuales reconoció a Trisha, la hermana de
Ethan y una de los muchos médicos que había contratado para estabilizar a los
posibles heridos. Puesto que ellos salían los últimos, estaban reunidos en las
mesas, recordando las nociones que Ethan les había estado explicando durante
aquellas semanas para tratar a la gente de Night.
Una
vez estuvo fuera, vio que varios camiones ya estaban llenos de soldados y que
estaban preparándose para desplazarse. Él, por otro lado, se dirigió a una
furgoneta negra de aspecto nuevo y de la cual bajaron dos hombres a los que
saludó con un gesto de la cabeza.
—Caleb,
Daniel.
Ambos
se pusieron firmes y le hicieron el saludo militar.
—Capitán
—saludó Caleb—, es un honor volver a servir bajo su mando.
—Gracias
por llamarnos para esta misión, señor —dijo Daniel.
Vane
hizo un gesto para que bajaran las manos.
—Yo
me alegro de poder contar con vosotros, chicos. —Ambos habían sido los más
jóvenes de su unidad, uniéndose al ejército con solo dieciséis años, buscando
huir de hogares conflictivos. Cuando salieron de la academia parecían un poco
perdidos y muchos aprovecharon su corta edad para convertirlos en los blancos
de las novatadas, pero Max los acogió bajo su ala y, desde entonces, habían
sido totalmente leales a su familia. Sin ninguna duda, pondría su vida en sus
manos—. Aunque, por esta vez, os tendréis que perder la acción.
—No
es problema, capitán —dijo Caleb—. Si las cosas serán como usted dice, vamos a
tener un poco de lío en el hotel los próximos días.
—Lo
tendremos —aseguró. Esa parte lo tenía más preocupado, pero esperaba que, con
la ayuda de Night, pudiera apaciguar lo suficiente a sus amigos como para
evitar el mayor número de ataques posible. Lo último que necesitaban era matar
a uno de ellos para que el resto les saltara encima. Sin embargo, ahora no era
el momento de pensar en ello, sino de estar centrado en sacarlos—. Por ahora,
concentrémonos en esta noche.
—Claro,
señor —asintió Daniel.
—Bien,
entonces empecemos a prepararlo todo —dijo, abriendo la puerta trasera de la
furgoneta, revelando dos paredes con pantallas incrustadas y unos escritorios
estrechos, pero lo bastante anchos como para albergar teclados delgados y finos
que iban conectados por dentro de la pared a todas las pantallas. En el centro,
había cuatro asientos perfectamente integrados en el suelo y con cinturones que
se cruzaban por el pecho en vez de ir conectados al techo, y, en la parte
inferior del lado de cada uno, había fundas para pistolas.
Era
un modelo que Vane había creado un par de años atrás para el FBI con ayuda de
Max, uno para interceptar comunicaciones y que, en vez de tener los cables
enredados por el suelo, ya estaban pasados por detrás de la pared del vehículo.
Era verdad que eso quitaba un poco de espacio a la parte trasera de la
furgoneta, pero se evitaba crear un desastre con los cables y, de todos modos,
seguía siendo lo bastante espacioso como para que pudieran trabajar cuatro
personas en vez de solo dos. Además, la puerta que interconectaba con la parte
de los conductores era corredera y les permitía estar al tanto de lo que
ocurría y, al mismo tiempo, ocultar la zona de los ordenadores cerrando la
puerta en caso de que alguien pasara por allí.
Vane
se sentó en uno de los asientos y se puso unos cascos que había guardados en la
parte inferior del vehículo. Encendió un ordenador y empezó a crear una línea
privada que se activaba mediante un código de seguridad al que solo tenían
acceso sus hombres y Aaron para que estuvieran todos comunicados. Después,
comprobó que todo el mundo podía oírlo y viceversa, al fin y al cabo, él
controlaría toda la operación y les indicaría el camino gracias a la visión de
las cámaras que los aliados del doctor Therian, tan generosamente, le habían
proporcionado. También sacó los planos de la instalación que el mismo doctor le
había pasado por correo electrónico y que habían podido comprobar que eran
correctos al milímetro con el dron que seguía introducido en el edificio.
Ya
había acabado de comprobarlo todo cuando Max entró en la furgoneta. Tenía una
enorme sonrisa en la cara a la que Vane reaccionó levantando una ceja.
—¿Hay
algo que quieras contarme?
Max
se encogió de hombros.
—Sí
y no. Antes tenemos que ver en qué termina esto.
Vane
asintió.
—Saldrá
bien.
—Claro
que sí. Eres un puto genio. Los de Mercile no tienen ni idea del infierno que
les espera ahí dentro con Shawn.
—Ni
fuera con Aaron.
—Si
son lo bastante listos como para no apretar el gatillo.
—Cierto
—dijo Vane antes de ajustarse el casco—. Zane, aquí estamos listos, ¿cómo vais?
—Armados
y preparados, hermano —le respondió a través del intercomunicador.
—¿Aaron?
—Los
camiones están listos, solo falta subir a los médicos.
—Bien,
nosotros vamos primero, el resto nos seguís hasta nueva orden. Ya sabéis lo que
tenéis que hacer —dicho esto, silenció su canal y se dirigió a Caleb y Daniel—.
Vamos allá, chicos.
—Sí,
señor —dijo el último, poniendo la marcha y pisando el acelerador.
Salieron
seguidos por un montón de camiones de estilo militar repletos de sus hombres de
mayor confianza, liderados por Zane y entre los cuales también estaban Dylan y
Kasey.
Ahora
que estaba todo preparado, Vane se quitó los cascos y miró a Max.
—¿Ethan
está bien? ¿Podrá hacer su trabajo?
Él
asintió.
—Sí,
estaba más tranquilo cuando lo he llevado con Trisha —dicho esto, hizo una
mueca—. Pero se siente culpable por no poder luchar con los demás. Creo que, si
tú y yo hubiéramos ido ahí dentro, lo habría intentado, a pesar de que, al
final, no habría podido apretar el gatillo.
Vane
frunció el ceño.
—¿Te
ha contado algo?
Max
bajó la mirada.
—No
puedo entrar en detalles, pero su ex era… Bueno, decir que era un bastardo hijo
de la gran puta es quedarse corto. Era… especialmente controlador y se
aprovechó del amor de Ethan para lavarle el cerebro poco a poco, por decirlo de
algún modo. —Hizo una pausa en la que apretó los puños—. Ya has visto sus
marcas.
Su
hermano asintió.
—Las
de Shawn no son agradables. Pero las de Ethan…
—A
su ex le iba lo más duro que te puedas imaginar. No solo eso, sino que le
gustaba exhibirlo ante sus amigos, a los que les iba su mismo rollo sexual.
Ethan estaba tan destrozado que era incapaz de escapar aunque quisiera. Tenía
demasiado miedo. Trisha fue quien lo sacó de allí un día en que él no estaba,
sabía que su hermano no estaba bien. —Sacudió la cabeza y apretó la mandíbula—.
Lo encontró atado con una correa al cuello en la cama. Tardó alrededor de una
hora para convencerlo de salir de allí con ella y llevarlo al hospital para
atenderlo.
—¿Denunció
a ese hombre?
—Sí
y acabó en la cárcel. Ethan pudo rehacer su vida con mucha ayuda psicológica y
de Trisha, pero siempre vivió con miedo a que él volviera. Se compró un arma y
aprendió a disparar.
Vane
alzó la cabeza, entendiéndolo.
—Eso
explica unas cuantas cosas.
—Los
golpes que le dio ese cabrón de Mercile tuvieron que ser un juego para él en
comparación a lo que su ex le hacía —dijo Max entre dientes.
—También
sería su forma de enfrentarse a lo que le ocurrió —supuso Vane—. Plantarle cara
a algo a lo que antes no se había atrevido.
Su
hermano menor hizo una mueca de dolor.
—Le
plantó cara, ¿sabes? Hace cuatro años, cuando él salió de la cárcel.
Vane
frunció el ceño.
—Supongo
que fue a buscarlo. Y que la cosa no acabó bien.
—No.
—¿Por
eso Ethan no quiere tocar un arma?
—A
pesar de lo que le había hecho, no le gustó lo que tuvo que hacer. En lo que el
miedo le convirtió ese día. No quiere volver a experimentarlo.
—Lo
entiendo —dijo Vane, frotándose el mentón con aire pensativo—. Pero, aun así,
cogió una pistola para protegerte sin pensárselo.
Max
frunció el ceño.
—Es
verdad.
—Ethan
se subestima a sí mismo —declaró, recostando la cabeza en el asiento—. Fue
fuerte cuando tuvo que serlo, por ti y por mí, y puede volver a serlo. —Su
hermano abrió la boca para decir algo, pero él lo interrumpió—. No tengo
intención de meterlo con una pistola en esta operación ni en ninguna otra.
Saber disparar no lo convierte en soldado. Pero me gustaría que supiera que es
más fuerte de lo que él mismo cree.
Max
esbozó una media sonrisa.
—Me
recuerda a alguien que conozco.
Vane
le devolvió la sonrisa.
—A
mí también. Con el tiempo, él también lo entenderá.
—Capitán
—lo llamó Caleb—, estamos llegando al primer punto.
Nada
más escuchar la noticia, los dos hermanos se pusieron los cascos y Vane empezó
a dar órdenes.
—Alfa
a todas las unidades, deteneos —dicho esto, en las pantallas de la furgoneta
aparecieron las cámaras exteriores de la instalación, que mostraban varias
calles que la rodeaban, de tal forma que Mercile podía detectar con antelación
cuándo llegaban. Vane asintió para sí mismo al comprobar que todavía no salían
en ninguna pantalla y se acercó más el micro—. Esperad a nueva orden.
—Esperando
a nueva orden, Alfa —confirmó Zane.
Vane
silenció su comunicación y se giró hacia Daniel.
—Caleb,
tu turno.
—Sí,
señor —asintió el joven, que abrió la puerta de la furgoneta y dejó un dron
militar en el suelo. Este no era de infiltración como el que tenían en la instalación,
sino uno con una mejor cámara que permitía una visión nocturna prácticamente
perfecta a un par de quilómetros del objetivo. Una vez cerró la puerta, se
trasladó a la parte trasera con él y Max, y Vane activó rápidamente una de las
pantallas a la cámara del dron, que Caleb empezó a dirigir—. Estoy en marcha,
señor.
—Veamos
qué tienen en el exterior —dijo Vane, cambiando en los ordenadores a las
cámaras del exterior del propio edificio de Mercile. Veía a los guardias
habituales, cinco por cada pared, pero quería asegurar el tejado de la
instalación y estar completamente seguro de que no había ningún guardia en
algún punto ciego de las cámaras—. Mira primero el techo y después rodea el
edificio.
Caleb
obedeció e hizo que el dron sobrevolara la instalación.
—Tres
en el techo, señor —le informó.
—Asustaste
lo suficiente a Polanitis como para que creyera que vendrías con helicóptero y
todo —comentó Max.
Vane
ni se inmutó.
—El
objetivo era que se le subieran los huevos a la garganta —declaró, haciendo que
Max soltara una risita.
—Cinco
en cada esquina, señor, tal y como dijo —anunció Caleb.
—Bien,
haz regresar al dron con discreción —ordenó Vane, haciéndole un gesto a Max
para que se pusiera los cascos—. Alfa a todas las unidades, tenemos luz verde
—anunció mientras empezaba a teclear un código a toda velocidad—. Alfa para Bravo,
adelante. Os cubrimos.
—Recibido,
Alfa —le respondió Trey, a quien había designado como líder de los
francotiradores. Normalmente esa sería la posición de Zane, quien, de todos los
Hagel, tenía la mejor puntería, pero esta vez lo necesitaba a él para dirigir a
los equipos a campo abierto, ya que él no podía estar presente.
Un
único camión avanzó por la calle, sin embargo, las cámaras de Mercile no lo
interceptaron gracias al pequeño truco de Vane, que había paralizado la imagen,
de tal forma que no se percibía ni un solo movimiento en la calle. Eso habría
llamado más la atención de los guardias de Mercile si hubiera habido algún
árbol, ya que las hojas no se moverían lo más mínimo, pero, ¿en un polígono
industrial donde todo era metal y cemento? A Vane le había tocado la lotería
para jugar con sus cámaras.
—Alfa
para Charlie —llamó Vane a Zane—, esperando confirmación de Bravo. Preparaos.
—Recibido,
Alfa. Charlie preparado, esperando luz verde.
Vane
silenció de nuevo su comunicación y se giró hacia Daniel.
—En
cuanto Zane y los suyos salgan, nosotros saldremos tras ellos. Nos quedaremos
detrás de todos los camiones para controlar la situación desde ahí. Tú y Caleb
vigilaréis el exterior.
—Sí,
capitán.
—Max,
¿qué tal Bravo?
—Invisible,
como cabía esperar de ti —respondió su hermano con una sonrisa—. No tengo ni
idea de dónde están.
Como
si estos le hubieran oído, el crujido de una comunicación abriéndose alertó a
Vane de que estaba a punto de recibir noticias, por lo que conectó de nuevo su
micro.
—Bravo
para Alfa, estamos tomando posiciones.
—Recibido,
Bravo. Avisad cuando tengáis los blancos.
—Recibido,
Alfa.
Vane
se metió de nuevo en las cámaras situadas en el exterior de Mercile y volvió a
introducir un nuevo código. Este servía para que las pantallas de los guardias
mostraran una especie de grabación en bucle en la que se veía a los guardias
del exterior moviéndose de un lado a otro, rascándose la cabeza o cambiando de
peso; lo importante era que, esta vez, hacía falta movimiento, al menos,
durante el tiempo suficiente para que Bravo pudiera hacer su labor.
Grabó
el bucle en cada una de las cámaras y lo dejó preparado para el instante en que
Trey le diera el aviso. Mientras tanto, Max estaba controlando en otra pantalla
la actividad del interior de Mercile.
—¿Algo
raro, Max? —le preguntó mientras terminaba de preparar su pequeña trampa.
—Todo
tranquilo ahí dentro —confirmó.
—Perfecto.
Vamos bien —murmuró para sí mismo.
Entonces,
Trey volvió a contactar con él.
—Bravo
para Alfa. Blancos fijados, esperando confirmación.
—Recibido,
Bravo. Esperen confirmación —dicho esto, Vane esperó para colocar todas las
grabaciones en bucle en el momento exacto, uno en el que no se notara mucho que
había un cambio brusco en la imagen que pudiera alertar a los guardias. Tardó
alrededor de cuatro minutos, pero fue bastante preciso y, en cuanto Max le
confirmó que no había movimiento en el interior del edificio, se puso en
contacto de nuevo con Trey—. Aquí, Alfa. Adelante, Bravo, proceded con
discreción.
—Recibido,
Alfa.
En
cuanto se cortó la comunicación, Vane puso en su pantalla la grabación real
para ver lo que estaba pasando. Sabía que primero atacarían a los del tejado
porque ahí no había cámaras ni tampoco otros guardias que pudieran enterarse de
sus muertes, por lo que no correría la alarma tan fácilmente. Supo que los
habían abatido cuando los cinco hombres que custodiaban la puerta principal
cayeron uno a uno. En esa parte no tenía audio, pero supo que los hombres que
vigilaban los otros tres flancos se habían enterado de lo que había ocurrido,
ya que fueron a ver qué había ocurrido, aunque en vano. Los que se asomaron a
la entrada principal cayeron rápidamente, pues Trey y sus chicos los esperaban,
y, aquellos que se quedaron escondidos en los flancos en un intento de no ser
alcanzados por las balas, murieron justo después. Vane había ordenado que se
rodeara todo el edificio para que no pudieran dar la voz de alarma en el
interior hasta que él quisiera que se hiciera. Y, ahora que esos guardias no
eran un obstáculo, era el momento.
—Bravo
para Alfa, blancos abatidos —le confirmó Trey.
—Recibido,
Bravo —respondió con el corazón acelerado. Por ahora, todo estaba yendo como
tenía planeado. Ahora venía la parte más arriesgada—. Mantened vuestra posición
hasta nueva orden. Disparad a discreción a cualquiera que trate de escapar.
—Recibido,
Alfa.
Vane
cambió rápidamente al canal de Zane.
—Alfa
para Charlie, luz verde. Ojos fuera.
—Recibido,
Alfa.
Se
giró hacia Daniel, que ya había puesto en marcha el motor de la furgoneta.
—¿Preparado,
Daniel?
—Sí,
capitán.
Vane
contempló la visión de las cámaras de las calles, esperando. Vio que varios de
sus hombres salían de los camiones y se ayudaban entre ellos a subir por la
pared para cortar los cables. No tardó mucho en tener las pantallas borrosas.
—Charlie
para Alfa, ojos fuera.
—Recibido,
Charlie —dijo Vane, abriendo todas las comunicaciones—. Alfa a todas las
unidades, dirigíos inmediatamente al punto dos. Charlie, Delta, Eagle y Falcon
delante, preparad las máscaras. Gotham y Howard rodead el punto dos —ordenó a
diestro y siniestro antes de pasar a otro canal—. Alfa para Índigo, ¿me
recibes?
—Aquí,
Índigo —respondió la voz acelerada de Ethan.
Vane
sonrió. Parecía haberse recuperado.
—¿Cuál
es vuestra posición?
—Estamos
llegando al primer punto.
—Id
directamente al punto dos. ¿Lo tenéis todo preparado?
—Afirmativo,
Va… ¡Alfa! —se corrigió de inmediato, haciendo que Max y Daniel soltaran una
estruendosa carcajada, mientras que Caleb se reía por lo bajo.
Vane
sonó firme cuando respondió, pese a que también estaba conteniendo una sonrisa.
—Recibido,
Índigo. Informad cuando estéis situados.
—Recibido,
Alfa. Cambio y corto.
Max
y Daniel volvieron a reír con fuerza y a Caleb, esta vez, se le escapó una
carcajada. Vane los miró un momento mientras Daniel ponía en marcha la
furgoneta, siguiendo a todos los camiones que salían velozmente de las calles
en dirección a la instalación de Mercile.
—Dejadlo
en paz —les dijo.
—No
puedo evitarlo —admitió Max—. Suena como un novato de los años ochenta.
—Solo
ha faltado que hiciera el ruido de cuando se corta la comunicación —añadió
Daniel, haciendo que el otro hombre estallara en carcajadas de nuevo.
Vane
puso los ojos en blanco.
—Bueno,
ya está bien. Centraos. Estamos a punto de llegar.
Tanto
Max como Daniel se callaron casi al instante y todos miraron por la ventana
frontal los camiones que se desplazaban delante de ellos hasta que, en
determinado momento, derraparon hacia un lado, creando una barrera que rodeaba
la instalación.
Max
cogió a Vane por un hombro y le dio un apretón.
—Ya
los tenemos, hermano.
Este
inspiró profundamente.
—Sí
—dicho esto, tecleó velozmente en el ordenador, quitando las grabaciones en
bucle y dejando que los guardias de Mercile vieran que las cámaras de las
calles habían sido inutilizadas y que, a través de las pantallas que mostraban
el exterior inmediato de la instalación, un montón de camiones llenos de
soldados se habían apostado en sus puertas y que ya había hombres saliendo de
ellos con armas muy potentes en sus manos. Una vez hecho, inspiró hondo y
cambió las pantallas al interior de Mercile—. Ahora le toca a Shawn.
—Contamos
contigo, hermano —murmuró Max, viendo cómo, de repente, el caos inundaba la
instalación.

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