Capítulo 21. Tercera fase: Luz verde

 


Rick mantuvo una perfecta máscara impasible mientras los nuevos recibían la formación en la sala de reuniones. Sin embargo, lo único que sentía en el fondo era una profunda inquietud.

¿Qué demonios había hecho Hagel? El cabrón de Polanitis estaba lo bastante asustado y desesperado como para meter a extraños en las instalaciones, ¡instalaciones donde experimentaban con humanos! Era cierto que había ordenado detener por completo todas las pruebas, por lo que aquellos a los que llamaban “sujetos” no salían en absoluto de sus celdas, y, por tanto, nadie salvo los técnicos que los atendían podían verlos, pero, incluso así, era un riesgo demasiado grande.

Hasta para ellos. Adam no quería que se hiciera pública su existencia, sabía que la población entraría en pánico. Mercile saldría muy perjudicada, era cierto, pero para la empresa sería muy fácil justificar la ejecución de esa gente aludiendo que eran más animales que humanos, y, teniendo en cuenta la dura vida que habían tenido, era muy sencillo tacharlos de criaturas agresivas, demasiado peligrosas para vivir en sociedad.

Un descuido y todo se iría a la mierda, a pesar de los planes de Hagel.

Además, la presencia de esos mercenarios implicaba más enemigos de los que ocuparse. Polanitis había contratado a unos cincuenta hombres. No parecía una gran cantidad a primera vista, pero si los juntaba con todos los guardias que ya trabajaban allí y que permanecían en las instalaciones veinticuatro horas al día durante toda la semana… En fin, era mucho personal para proteger el edificio.

Y los Hagel ya no contaban con el factor sorpresa. Mercile estaba preparada para el ataque, los estaban esperando y se había preparado a tiempo.

Sus oscuros pensamientos se interrumpieron cuando los nuevos se levantaron de las sillas y se dirigieron a sus respectivos superiores. Ese era otro problema. Él apenas tendría margen de acción para echar una mano a Tyler y los demás o a los Hagel si pasaba todo el tiempo con un maldito grupo de mercenarios.

—¿Richard Miller? —lo llamó alguien.

Al alzar la vista, se encontró con un grupo de cuatro hombres. El que parecía liderarlos era un tipo alto de complexión atlética pero estilizada, con el pelo corto negro algo desaliñado, rapado por los lados, y una barba de un par de días, dándole un aspecto fiero y un poco salvaje. Tenía una sonrisa burlona y arrogante que hizo que le cayera mal al instante. Sin embargo, había algo en su mirada que le hizo desconfiar todavía más; sus ojos azules tenían un brillo agudo y cauto, denotaban inteligencia.

Era peligroso, sin duda.

Aun así, procuró que su desagrado no fuera evidente, algo en lo que ya llevaba cierta práctica tras varios años trabajando en ese infierno.

—El mismo.

El mercenario le hizo el saludo militar.

—John Winston —se presentó antes de señalar a sus compañeros—. Y estos son mis chicos: Joel, Jimmy y Jonas.

Rick frunció el ceño. ¿Todos eran nombres que empezaban con jota? O era mucha coincidencia, que lo dudaba, o, muy probablemente, utilizaban apodos entre ellos para ocultar su verdadera identidad. Teniendo en cuenta cuál era su trabajo, no le sorprendería.

—Os enseñaré dónde están las taquillas para que dejéis vuestras cosas y luego iremos directamente a patrullar por uno de los sectores —dijo, dando media vuelta para marcharse.

—Por supuesto. El tiempo corre. Tic, tac.

Al escuchar esa última expresión, se detuvo en seco. No, no podía ser. Era simple casualidad que usara esa expresión, no tenía nada que ver con el mensaje que dejaron los Hagel en esos cadáveres… ¿Verdad? Porque no tenían forma de saber que él fue uno de los que fue a su casa en busca del equipo que los mantenía retenidos, ¿no?

Inquieto, miró a Winston de soslayo, que lo estaba observando también. Esta vez, su sonrisa ya no tenía nada de desagradable y, para su más absoluta sorpresa, le guiñó un ojo. Por si eso no fuera una pista suficiente, el resto de sus hombres también tenían los labios curvados hacia arriba y otro hasta levantó las cejas varias veces, como diciéndole: “Sí, amigo, es exactamente lo que estás pensando.”

Pero era imposible, no había manera de que Hagel pudiera hacer que Polanitis seleccionara a los hombres que él deseaba así por las buenas, era dejar las cosas demasiado al azar. A menos que…

Claro. Los ordenadores. Hacía ya poco más de una semana que estaban en su poder y, pese a que no había hecho nada notable en la instalación, estaba seguro de que estaría usando la información que contenían.

Sin decir nada, los guio a paso rápido hasta los vestuarios, sabiendo que tenía poco tiempo para encontrar respuestas sin que nadie los interrumpiera. Era de los pocos lugares que no tenía cámaras de seguridad, pero estaba tan transitado que ni siquiera hacían falta, por eso no podía perder mucho tiempo. Una vez estuvieron dentro, miró a ambos lados, asegurándose de que no venía nadie, y, después, se apoyó en la puerta por si alguien intentaba abrir, encarándose a los mercenarios, que no estaban en absoluto extrañados por su actitud.

—A ver, ¿a qué ha venido esa expresión? —preguntó, todavía algo desconfiado. No podía irse de la lengua sin más.

Winston se adelantó un paso. Esta vez, su rostro era serio.

—Tranquilo, Miller. El doctor Adam Therian nos pidió ayuda y hemos venido a prestársela.

Rick abrió los ojos como platos. Joder, iba en serio. ¡Los Hagel habían infiltrado a los suyos!

—La hostia puta. Sois… ¿Sois…?

—¡El equipo de rescate! —exclamó Jimmy, levantando un puño.

John asintió.

—Vane está terminando los preparativos. Nosotros nos hemos adelantado un poco para prepararos, a ti y a los otros tres que estuvisteis ayudando a Therian.

El pobre Rick todavía no salía de su asombro.

—¿Me estáis diciendo… que Vane Hagel ha metido aquí a cincuenta de sus hombres?

—Pues claro —respondió Joel como si fuera lo más natural del mundo—. El capitán es un genio.

… Joder. Estaba pasando de verdad. Iban a sacarlos a todos de allí.

—¿Cuándo empezamos? —preguntó, impaciente—. ¿Y cómo?

—En tres días —respondió John, serio—, a medianoche. Necesitamos a la ciudad dormida y que esté oscuro para trasladar a los rehenes.

Al escuchar el plan, Rick logró salir de su asombro para centrarse al máximo.

—¿Tú darás la orden?

—No. Vane nos hará una señal —dicho esto, John se acercó un paso más a él—. Necesitamos contactar con Night, si es posible.

—Tyler puede hacerlo, es su técnico asignado.

Los ojos del hombre brillaron.

—¿Tyler Cooper?

Él frunció el ceño.

—¿Lo conoces?

—El doctor Therian nos pasó toda la información sobre este lugar y también sobre sus aliados. El doctor Cooper es el único que tiene estudios en bioquímica. —Hizo una pausa, frotándose el mentón con aire pensativo—. Un tipo listo. Cuando esto acabe, nos interesaría mucho hablar con él.

Por algún motivo, ese comentario no acabó de sonarle muy bien.

—¿Ocurre algo?

John lo miró extrañado.

—¿No sabes por qué está trabajando en Mercile?

—Echaría currículum en varias empresas y acabaría aquí, igual que Ellie y yo… ¿No?

El rostro del otro hombre adoptó una expresión sombría.

—No. Tiene sus propios motivos para estar aquí. Pero eso es cosa suya —dijo, poniendo los brazos en jarra—. Nosotros debemos centrarnos en el rescate. ¿Preparado?

Rick se irguió.

—Llevo esperando este momento durante un año. ¿Qué hay que hacer?

 

 

Night se pasó las manos por el cabello, echando de menos los mechones largos que había tenido hace… No estaba seguro de cuánto tiempo atrás. Podrían haber pasado unos pocos días o más de una semana; le resultaba difícil calcular el paso del tiempo estando siempre en el mismo lugar y con lapsus de memoria cada vez que era sedado.

Notaba que empezaba a desgastarse. La fortaleza física que había conseguido gracias a los cuidados de Vane y los demás se estaba desvaneciendo. Se sentía más débil y cansado. Pese a que había regresado a la rutina habitual de esa puta celda, consistente en devorar todos los filetes crudos que le ponían en la bandeja y hacer ejercicio con los barrotes, no era lo mismo que cuando había estado con ellos, no se sentía tan fuerte.

¿Era eso a lo que se refería Ethan cuando decía que no estaba sano? Él había creído, al principio de estar con ellos, que lo habían insultado al considerarlo débil por algún motivo que no comprendía, pero ahora entendía la diferencia.

Enterró el rostro entre las rodillas. Deseaba regresar a esos días. A volver a sentir el sol bajo su piel y la brisa acariciando su rostro. Quería que el olor a bosque y tierra mojada inundara de nuevo su nariz, tirarse sobre la nieve persiguiendo una pelota y los desayunos de Max. Quería escuchar a Ethan regañando al macho por alguna imprudencia y que volviera a hacerle sus irritantes pero bienintencionadas preguntas acerca de su salud.

Echaba de menos a Vane. Su infinita paciencia a la hora de explicarle las cosas sobre el mundo en el que vivía, su agudo ingenio al descifrar los planes de Mercile, la inteligencia que demostraba al elaborar sus estrategias. Echaba de menos acurrucarse en su espalda y abrazarlo por las noches, y apoyarse en su pecho y dejar que le tocara el pelo. Añoraba la forma en que lo tocaba para demostrarle su afecto, y para consolarlo cuando sentía que era menos que los humanos.

Estaba seguro de que seguía vivo. Cuando Tyler le dijo que los hermanos de Vane o uno de sus hombres le había pedido que lo ayudara a meterse en los ordenadores, supo que tenía que ser él.

Eso le había dado fuerzas para seguir enfrentándose a Dean. Este lo había estado amenazando a gritos con matar a sus amigos y violar hembras delante de sus ojos, pero el hecho de que apestara a puro terror lo animaba a seguir presionándolo, a mantener el control de la situación. Si no lo hacía, perdería con ese hijo de puta y volvería a estar a su merced. No podía rendirse. No después de todo lo que Vane, Max y Ethan habían hecho por él, lo que habían sacrificado para ayudarle. Ahora era su turno de ser fuerte.

Eso fue antes de tener el convencimiento de que su macho seguía vivo. No saber nada de él durante tanto tiempo y el miedo a que hubiera muerto hicieron mella en él, que estuviera a punto de dejar de comer para reunirse con él… Sin embargo, supo que Vane no se lo perdonaría si hacía algo así.

Ahora que sospechaba que su compañero seguía con vida y que estaba empezando su plan, tenía esperanzas de que aquello terminara pronto, pero, de nuevo, llevaba un tiempo sin saber nada de él.

No dudaba de que los sacaría de allí, pero el tiempo pasaba tan despacio en aquel lugar que se ahogaba.

—Night, ¿estás bien? —le preguntó 345.

Él gruñó.

—Odio no tener noción del tiempo aquí. No saber cuándo esperar más noticias.

—Dijiste que tu macho había hecho algo con… Con esas máquinas, las que sirven para sacar información o algo así.

—Ordenadores —dijo 373.

—Sí, eso. Sigues seguro de que fue él, ¿no?

Night alzó la cabeza. Sus ojos eran fieros.

—Sin ninguna duda.

—Entonces, espera un poco más. Dijiste que lo que quiera que esté haciendo lleva tiempo.

—Además —intervino 322—, han dejado de hacernos pruebas. Nuestra gente estará a salvo por ahora, tu macho está bien y está jodiendo a los médicos. Siéntete feliz por eso.

Él esbozó una pequeña sonrisa.

—Eso es verdad.

De repente, el rugido de las compuertas lo sobresaltó y se levantó de un salto, tensando cada músculo y enseñando los colmillos. Dean no había ido a verlo desde el último apagón de luces que indicaba la hora de dormir. Tal vez venía a amenazarlo de nuevo.

Sin embargo, fue Tyler quien entró, llevando un carrito de metal que olía a carne. A diferencia de otras veces en las que ni siquiera les dedicaba una mirada para mantener su tapadera de trabajador de Mercile, esta vez, lo miró de reojo. Eso era que tenía algo que decirle.

Por fin. Estaba ansioso por saber algo más de Vane, alguna instrucción concreta.

—Poneos las cadenas —ordenó Tyler.

Los cuatro obedecieron y se pusieron el grillete que retenía uno de sus brazos. Puesto que solo iba a pasarles la comida por una larga y delgada apertura que había en la parte inferior de la puerta de la celda, no hacía falta que bajara la barra que solía usar cuando quería extraerles muestras de sangre.

—¿Sabes algo? —le preguntó.

Tyler acercó el carrito a su jaula y habló en voz muy baja y sin mirarlo.

—Vane está sano y salvo —dijo.

Night se estremeció de alivio, cerrando los ojos. Estaba seguro de que había sido su macho el que había hecho lo de los ordenadores, pero tener una confirmación le hizo sentirse mejor. Y más fuerte. Preparado para lo que fuera.

—Menos mal.

—Eso no es todo —dijo, sacando una bandeja con un par de filetes que metió en su celda—. Ya hay hombres de Vane metidos aquí.

La noticia lo sobresaltó, como al resto de sus compañeros. 322 gruñó.

—¿Y a qué esperan para sacarnos? —preguntó, desconfiado. Night había trabajado muy duro desde que le había hablado a 322 de Vane y los demás para que empezara a confiar en ellos y no había sido nada fácil. El cariño que sentía por Ellie y la actitud de Tyler había hecho mucho y no quería echarlo a perder.

—Están preparando el material —susurró Tyler, levantándose y llevándose el carrito hacia la jaula de 345—. En tres días empezará el ataque.

La noticia lo pilló con la guardia baja. Tres días.

—¿Tan poco tiempo? —preguntó, sorprendido.

—No sé cómo lo ha hecho —admitió y, por primera vez, vio una pequeña sonrisa en su rostro—, pero me alegro mucho. Por fin saldréis de aquí.

—¿Qué pasará contigo? —le preguntó 345 con cierta angustia en la voz.

El técnico no esperaba la pregunta y alzó abruptamente la cabeza hacia él para, después, volver a bajarla, recordando las cámaras. Aun así, Night vio que estaba algo sonrojado.

—No te preocupes, estaré bien.

—Tiene razón, 345 —aseguró él—. Vane querrá su ayuda.

Los ojos de su amigo relucieron.

—¿Podré verte? —le preguntó a Tyler, que ya estaba llevando el carrito hacia la jaula de 373.

—Eh… Supongo… Aún no sé qué ocurrirá después del ataque, solo que os llevarán a un lugar seguro para que los heridos puedan recuperarse —dicho esto, susurró con rapidez—. Pero le pediré a Vane que me deje ir con vosotros. Yo fabrico los medicamentos que os ayudan a recuperaros. Seguro que les servirán a vuestros amigos.

345 lo miró fijamente durante un rato, el suficiente como para que Tyler terminara de dejarle la comida a 373 y dirigirse hacia la jaula de 322. Night no pudo evitar sonreír un poco.

—Cuando sea libre, iré a buscarte —prometió su amigo, haciendo que el pobre humano casi diera un salto y tirara los filetes de 322, que gruñó un poco.

—No lo asustes así cuando tiene mi comida en las manos.

345 le frunció el ceño.

—Lo siento, tiene que saberlo.

—¿Saber qué? —murmuró Tyler con la voz estrangulada. Tanto Night como 373 rieron por lo bajo.

—Que si no vas a buscarlo una vez sea libre, te perseguirá —respondió este último.

Night necesitó de toda su fuerza de voluntad para no echarse a reír al ver cómo la cara del macho ardía. Sin embargo, 345 estaba muy serio cuando le dijo:

—Tú y yo tenemos algo pendiente. ¿Lo recuerdas?

Su sonrisa se ensanchó, como la de 373, cuando un aroma intenso y un poco picante empezó a flotar en el aire. Emanaba tanto de su amigo como de Tyler. Ya sabía que 345 sentía cierto afecto por el técnico, pero no se había dado cuenta hasta ahora de que el sentimiento era mutuo.

El hombre se alejó de la jaula de 322 y cogió el carrito.

—Lo recuerdo —le dijo, mirándolo brevemente con una pequeña sonrisa—. Te estaré esperando —y, dicho esto, se fue con el carrito hacia el panel de botones, que presionó antes de dirigirse a las compuertas—. Aguantad un poco más, pronto seréis libres —añadió con cierta emoción en la voz. Después, desapareció tras las puertas.

Night se frotó la muñeca mientras observaba a 345, que sonreía ampliamente.

—Me alegro por ti —dijo, sincero.

Su amigo le devolvió el gesto.

—Gracias, Night. Yo sentía que podía confiar en Tyler después de lo que hizo por mí, pero no me atreví a hacerlo del todo hasta que volviste y nos contaste lo que habías visto ahí fuera.

—A mí también me costó confiar en Vane —admitió él, sonriendo—. Pero ha merecido la pena. En tres días seremos libres y podremos tener nuestra propia vida.

—¿Podremos escoger un nombre como tú? —preguntó 373 con la cabeza ladeada—. Es algo que me intriga.

—Podríais escogerlos ahora.

Su compañero frunció el ceño.

—Creo que prefiero esperar a ver el exterior. Tú elegiste el nombre de algo del exterior que te gustaba, ¿no?

—Sí.

—Entonces, esperaré.

—Yo ya conozco mi nombre —dijo 345 con orgullo—. Lo tomaré una vez estemos fuera —dicho esto, miró a 322—. ¿Y tú qué harás?

Este parecía estar más atento a devorar los filetes que a su conversación. Aun así, respondió:

—Hablar con ese tal Max para que nos dé comida de verdad. Night dice que es mucho mejor que estos filetes.

373 puso los ojos en blanco y les sonrió a sus otros dos compañeros.

—Todos sabemos que perseguirá a Ellie. Ellos también tienen un asunto pendiente.

322 les gruñó.

—No es cierto.

—Nunca le gruñes.

—Y la miras como si quisieras comértela —añadió 345 con una divertida sonrisa.

El otro macho apartó la mirada.

—No es verdad.

—Está bien que te sientas atraído por ella —dijo Night, más animado tras las buenas noticias. Tanto, que hasta se atrevía a hacer una broma—. Únete a los amantes de los humanos.

322 alzó con brusquedad la cabeza y lo miró. En sus ojos había un asomo de duda que perduró incluso cuando bajó la mirada hacia los filetes, esta vez, sin tocarlos.

—Cuando nos liberen —dijo, asintiendo para sí mismo—. Cuando esté fuera de esta celda… Cuando me demuestren que soy libre de verdad… Solo entonces.

Night inclinó la cabeza, aferrando con fuerza los barrotes.

—Pronto, amigo mío —prometió, teniendo fe absoluta en su Vane.

 

 

—Esto mantendrá el dolor a raya durante toda la noche —dijo Dylan, entregándole unas pastillas a Vane—. No notarás nada, pero evita todos los movimientos bruscos que puedas.

Este asintió y se la tomó de un trago antes de beber un poco de agua. Su hermano cruzó los brazos sobre el pecho y ladeó la cabeza.

—Me alegro de que no vayas a entrar con nosotros. Pensé que…

—Night necesita que mantenga la mente fría —declaró Vane, agachando los ojos—. No hay nada que desee más que entrar ahí y acabar con todo, pero soy consciente de que un mal golpe en mi pecho y podría enviarlo todo a la mierda. Esta operación solo podremos realizarla una única vez; si fallamos, el siguiente rescate sería todavía más arriesgado. No puedo permitirme perder. Muchas personas dependen de nosotros —dicho esto, giró la cabeza hacia su derecha—. Confío en ti para liderar a nuestros chicos, Zane.

Su hermano asintió con solemnidad.

—No te fallaré, hermano. Los sacaremos a todos de allí.

—Bien —dijo, mirando el reloj. Marcaba las siete de la noche. Se levantó de la cama de hotel al que se había trasladado una semana atrás y miró a sus hermanos—. Hora de prepararse. ¿Los chicos han comido y descansado bien?

Zane asintió.

—Sí. Están impacientes por hacer pedazos a esos hijos de puta.

—Como Aaron —añadió Dylan.

—Entonces, vayamos a por ellos —dijo Vane—. Avisad al resto. Que se cambien de ropa y comprueben sus armas —dicho esto, se dirigió a Zane con severidad—. Que se aseguren de llevar las máscaras encima.

—Claro.

—Yo voy a avisar a Max. ¿Él y Ethan se han tomado las pastillas también? —le preguntó a Dylan.

—No —respondió.

—Yo se las llevo —se ofreció, extendiendo la mano. Dylan le dio el bote y, después, cada uno se fue a sus respectivas habitaciones para cambiarse mientras que Vane se dirigía a la de Max.

Cuando llegó, llamó a la puerta y gritó:

—¡Max, es la hora!

—¡Un momento!

Su hermano tardó unos segundos en abrir la puerta, dejando una rendija abierta por la que asomó la cabeza.

—Ya me preparo. Nos vemos en la furgoneta, ¿no?

—Sí, pero tienes que tomarte una de estas —respondió, mostrándole el bote de pastillas—. Ethan también tiene que tomársela.

Max abrió un poco más la puerta, mostrando el hombro y brazo heridos, que llevaba vendados de tal modo que no podía moverlos. Su hermano no podría actuar tampoco esa noche, ni siquiera le permitiría conducir con su hombro así a pesar de las pastillas, pero le ayudaría a controlar toda la operación y se ocuparía de las comunicaciones.

Este cogió el bote y esbozó una media sonrisa que no le llegó a los ojos.

—Yo se la doy, no te preocupes.

Vane frunció el ceño.

—¿Va todo bien?

Max se sobresaltó un poco y asintió.

—Sí, claro.

—Creía que estarías más hiperactivo esta noche.

—Y lo estoy. Estoy listo para sacar a Night y sus amigos y quemar ese puto edificio…

—Max, no pasa nada —dijo una voz desde el interior de la habitación. Sonaba rota.

Vane empujó la puerta al reconocerla.

—¿Ethan?

No esperaba lo que encontró al entrar. Aparte de las marcas de moratones del rostro a causa de la paliza que le dieron en su casa semanas atrás, tenía los ojos rojos e hinchados, se notaba que había estado llorando. Sin embargo, lo que captó la atención de Vane fue su camisa abierta, que dejaba al descubierto su torso.

Palideció al verlo.

—Joder —se le escapó. Debía admitir que jamás habría esperado ver algo así. Al menos, no en una persona como Ethan.

El joven doctor sorbió por la nariz al mismo tiempo que se abotonaba la prenda, ocultando las marcas.

—Lo siento. No era necesario que las vieras.

Max cerró la puerta para tener intimidad mientras Vane se acercaba a su amigo. Cogió su rostro entre sus manos y le limpió las lágrimas.

—Ethan, ¿seguro que estás bien para hacer esto?

Este inspiró profundamente. Su respiración tembló un poco, pero lo hizo, y, después, soltó el aire.

—Sí. Sí, quiero hacer esto. Es solo que… No quería que algo saliera mal y vosotros no supierais que… —Miró a Max, que le sonrió y asintió—. Que os quiero. Sois muy importantes para mí y, a pesar de eso, no puedo entrar ahí con un arma para ayudaros y hacer daño a alguien. Me… Me quedo paralizado y no… No puedo…

Al ver que empezaba a jadear, como si estuviera a punto de hiperventilar, Vane lo obligó a mirarlo a los ojos.

—Eh, mírame. Mírame, Ethan. —Cuando lo hizo, le mostró cómo respirar, tal y como hizo su amigo la primera noche que pasó en su hospital, al despertar gritando de una de sus pesadillas—. Dentro, fuera, conmigo. —Inspiró aire mientras que Ethan lo hizo más atropelladamente—. Despacio, con calma. Vamos. —Repitieron el proceso, pero el doctor parecía incapaz de controlar su respiración y vio miedo en sus ojos—. Tranquilo, no pasa nada. Sigue intentándolo, hazlo conmigo.

—No pasa nada, Ethan —intervino Max, que pasó su brazo bueno por su espalda en una especie de medio abrazo—. Estamos aquí.

Eso pareció tranquilizarlo lo suficiente como para recuperar el control de sí mismo y, poco a poco, normalizar su respiración. Cuando por fin lo hubo conseguido, les dedicó una mirada de dolor a ambos.

—Lo siento. Lo siento mucho.

Vane sacudió la cabeza, sin soltar su rostro.

—No lo hagas. Tú tienes tu propia forma de ayudarnos. Preocúpate solo de eso, ¿de acuerdo?

—Además, todo irá bien —le dijo Max, frotándole la espalda—. Vane es un genio. Entraremos, nos cargaremos a Mercile y salvaremos a Night y sus amigos. Saldrá bien, ya lo verás.

Ethan asintió despacio y recostó la cabeza en su hombro.

—Vale.

Al ver que Max lo estrechaba contra sí, Vane alzó una ceja, pero se limitó a tenderle el bote de pastillas a Ethan.

—Toma. Los dos tenéis que tomar una. —Cuando el doctor lo cogió, se separó de ellos y le sonrió—. No te preocupes, de verdad. A Max y a mí nos gustaría entrar ahí con los demás, pero somos conscientes de que, en nuestro estado, no podemos hacerlo. Todos debemos contribuir en la medida de nuestras capacidades, solo así podremos sacar este rescate adelante.

Ethan le devolvió la sonrisa y sorbió por la nariz.

—Gracias, Vane. Por todo.

Él asintió y los dejó solos. Fue directo a su habitación y se cambió de ropa, poniéndose una camiseta sin mangas, el chaleco antibalas y una chaqueta del ejército negra por encima a juego con los pantalones largos y las botas del mismo estilo, uniforme que le había proporcionado Aaron a él y a sus hombres.

Una vez estuvo listo, bajó a la entrada del hotel, donde los recepcionistas andaban algo nerviosos por la presencia de tantos militares. Habían usado la excusa de que iban a practicar unas maniobras en los bosques cercanos a la ciudad, pero, aun así, ver a tantos hombres armados podía ser estresante, aunque el dinero proporcionado por Aaron (y cortesía del presidente, que quería que aquella pesadilla terminara lo antes posible) ayudó mucho a convencer al dueño del hotel para alojar a todo el equipo durante aquellas dos semanas.

Muchos de los hombres ya estaban saliendo y montando los camiones, pero también vio personas vestidas de blanco, entre las cuales reconoció a Trisha, la hermana de Ethan y una de los muchos médicos que había contratado para estabilizar a los posibles heridos. Puesto que ellos salían los últimos, estaban reunidos en las mesas, recordando las nociones que Ethan les había estado explicando durante aquellas semanas para tratar a la gente de Night.

Una vez estuvo fuera, vio que varios camiones ya estaban llenos de soldados y que estaban preparándose para desplazarse. Él, por otro lado, se dirigió a una furgoneta negra de aspecto nuevo y de la cual bajaron dos hombres a los que saludó con un gesto de la cabeza.

—Caleb, Daniel.

Ambos se pusieron firmes y le hicieron el saludo militar.

—Capitán —saludó Caleb—, es un honor volver a servir bajo su mando.

—Gracias por llamarnos para esta misión, señor —dijo Daniel.

Vane hizo un gesto para que bajaran las manos.

—Yo me alegro de poder contar con vosotros, chicos. —Ambos habían sido los más jóvenes de su unidad, uniéndose al ejército con solo dieciséis años, buscando huir de hogares conflictivos. Cuando salieron de la academia parecían un poco perdidos y muchos aprovecharon su corta edad para convertirlos en los blancos de las novatadas, pero Max los acogió bajo su ala y, desde entonces, habían sido totalmente leales a su familia. Sin ninguna duda, pondría su vida en sus manos—. Aunque, por esta vez, os tendréis que perder la acción.

—No es problema, capitán —dijo Caleb—. Si las cosas serán como usted dice, vamos a tener un poco de lío en el hotel los próximos días.

—Lo tendremos —aseguró. Esa parte lo tenía más preocupado, pero esperaba que, con la ayuda de Night, pudiera apaciguar lo suficiente a sus amigos como para evitar el mayor número de ataques posible. Lo último que necesitaban era matar a uno de ellos para que el resto les saltara encima. Sin embargo, ahora no era el momento de pensar en ello, sino de estar centrado en sacarlos—. Por ahora, concentrémonos en esta noche.

—Claro, señor —asintió Daniel.

—Bien, entonces empecemos a prepararlo todo —dijo, abriendo la puerta trasera de la furgoneta, revelando dos paredes con pantallas incrustadas y unos escritorios estrechos, pero lo bastante anchos como para albergar teclados delgados y finos que iban conectados por dentro de la pared a todas las pantallas. En el centro, había cuatro asientos perfectamente integrados en el suelo y con cinturones que se cruzaban por el pecho en vez de ir conectados al techo, y, en la parte inferior del lado de cada uno, había fundas para pistolas.

Era un modelo que Vane había creado un par de años atrás para el FBI con ayuda de Max, uno para interceptar comunicaciones y que, en vez de tener los cables enredados por el suelo, ya estaban pasados por detrás de la pared del vehículo. Era verdad que eso quitaba un poco de espacio a la parte trasera de la furgoneta, pero se evitaba crear un desastre con los cables y, de todos modos, seguía siendo lo bastante espacioso como para que pudieran trabajar cuatro personas en vez de solo dos. Además, la puerta que interconectaba con la parte de los conductores era corredera y les permitía estar al tanto de lo que ocurría y, al mismo tiempo, ocultar la zona de los ordenadores cerrando la puerta en caso de que alguien pasara por allí.

Vane se sentó en uno de los asientos y se puso unos cascos que había guardados en la parte inferior del vehículo. Encendió un ordenador y empezó a crear una línea privada que se activaba mediante un código de seguridad al que solo tenían acceso sus hombres y Aaron para que estuvieran todos comunicados. Después, comprobó que todo el mundo podía oírlo y viceversa, al fin y al cabo, él controlaría toda la operación y les indicaría el camino gracias a la visión de las cámaras que los aliados del doctor Therian, tan generosamente, le habían proporcionado. También sacó los planos de la instalación que el mismo doctor le había pasado por correo electrónico y que habían podido comprobar que eran correctos al milímetro con el dron que seguía introducido en el edificio.

Ya había acabado de comprobarlo todo cuando Max entró en la furgoneta. Tenía una enorme sonrisa en la cara a la que Vane reaccionó levantando una ceja.

—¿Hay algo que quieras contarme?

Max se encogió de hombros.

—Sí y no. Antes tenemos que ver en qué termina esto.

Vane asintió.

—Saldrá bien.

—Claro que sí. Eres un puto genio. Los de Mercile no tienen ni idea del infierno que les espera ahí dentro con Shawn.

—Ni fuera con Aaron.

—Si son lo bastante listos como para no apretar el gatillo.

—Cierto —dijo Vane antes de ajustarse el casco—. Zane, aquí estamos listos, ¿cómo vais?

—Armados y preparados, hermano —le respondió a través del intercomunicador.

—¿Aaron?

—Los camiones están listos, solo falta subir a los médicos.

—Bien, nosotros vamos primero, el resto nos seguís hasta nueva orden. Ya sabéis lo que tenéis que hacer —dicho esto, silenció su canal y se dirigió a Caleb y Daniel—. Vamos allá, chicos.

—Sí, señor —dijo el último, poniendo la marcha y pisando el acelerador.

Salieron seguidos por un montón de camiones de estilo militar repletos de sus hombres de mayor confianza, liderados por Zane y entre los cuales también estaban Dylan y Kasey.

Ahora que estaba todo preparado, Vane se quitó los cascos y miró a Max.

—¿Ethan está bien? ¿Podrá hacer su trabajo?

Él asintió.

—Sí, estaba más tranquilo cuando lo he llevado con Trisha —dicho esto, hizo una mueca—. Pero se siente culpable por no poder luchar con los demás. Creo que, si tú y yo hubiéramos ido ahí dentro, lo habría intentado, a pesar de que, al final, no habría podido apretar el gatillo.

Vane frunció el ceño.

—¿Te ha contado algo?

Max bajó la mirada.

—No puedo entrar en detalles, pero su ex era… Bueno, decir que era un bastardo hijo de la gran puta es quedarse corto. Era… especialmente controlador y se aprovechó del amor de Ethan para lavarle el cerebro poco a poco, por decirlo de algún modo. —Hizo una pausa en la que apretó los puños—. Ya has visto sus marcas.

Su hermano asintió.

—Las de Shawn no son agradables. Pero las de Ethan…

—A su ex le iba lo más duro que te puedas imaginar. No solo eso, sino que le gustaba exhibirlo ante sus amigos, a los que les iba su mismo rollo sexual. Ethan estaba tan destrozado que era incapaz de escapar aunque quisiera. Tenía demasiado miedo. Trisha fue quien lo sacó de allí un día en que él no estaba, sabía que su hermano no estaba bien. —Sacudió la cabeza y apretó la mandíbula—. Lo encontró atado con una correa al cuello en la cama. Tardó alrededor de una hora para convencerlo de salir de allí con ella y llevarlo al hospital para atenderlo.

—¿Denunció a ese hombre?

—Sí y acabó en la cárcel. Ethan pudo rehacer su vida con mucha ayuda psicológica y de Trisha, pero siempre vivió con miedo a que él volviera. Se compró un arma y aprendió a disparar.

Vane alzó la cabeza, entendiéndolo.

—Eso explica unas cuantas cosas.

—Los golpes que le dio ese cabrón de Mercile tuvieron que ser un juego para él en comparación a lo que su ex le hacía —dijo Max entre dientes.

—También sería su forma de enfrentarse a lo que le ocurrió —supuso Vane—. Plantarle cara a algo a lo que antes no se había atrevido.

Su hermano menor hizo una mueca de dolor.

—Le plantó cara, ¿sabes? Hace cuatro años, cuando él salió de la cárcel.

Vane frunció el ceño.

—Supongo que fue a buscarlo. Y que la cosa no acabó bien.

—No.

—¿Por eso Ethan no quiere tocar un arma?

—A pesar de lo que le había hecho, no le gustó lo que tuvo que hacer. En lo que el miedo le convirtió ese día. No quiere volver a experimentarlo.

—Lo entiendo —dijo Vane, frotándose el mentón con aire pensativo—. Pero, aun así, cogió una pistola para protegerte sin pensárselo.

Max frunció el ceño.

—Es verdad.

—Ethan se subestima a sí mismo —declaró, recostando la cabeza en el asiento—. Fue fuerte cuando tuvo que serlo, por ti y por mí, y puede volver a serlo. —Su hermano abrió la boca para decir algo, pero él lo interrumpió—. No tengo intención de meterlo con una pistola en esta operación ni en ninguna otra. Saber disparar no lo convierte en soldado. Pero me gustaría que supiera que es más fuerte de lo que él mismo cree.

Max esbozó una media sonrisa.

—Me recuerda a alguien que conozco.

Vane le devolvió la sonrisa.

—A mí también. Con el tiempo, él también lo entenderá.

—Capitán —lo llamó Caleb—, estamos llegando al primer punto.

Nada más escuchar la noticia, los dos hermanos se pusieron los cascos y Vane empezó a dar órdenes.

—Alfa a todas las unidades, deteneos —dicho esto, en las pantallas de la furgoneta aparecieron las cámaras exteriores de la instalación, que mostraban varias calles que la rodeaban, de tal forma que Mercile podía detectar con antelación cuándo llegaban. Vane asintió para sí mismo al comprobar que todavía no salían en ninguna pantalla y se acercó más el micro—. Esperad a nueva orden.

—Esperando a nueva orden, Alfa —confirmó Zane.

Vane silenció su comunicación y se giró hacia Daniel.

—Caleb, tu turno.

—Sí, señor —asintió el joven, que abrió la puerta de la furgoneta y dejó un dron militar en el suelo. Este no era de infiltración como el que tenían en la instalación, sino uno con una mejor cámara que permitía una visión nocturna prácticamente perfecta a un par de quilómetros del objetivo. Una vez cerró la puerta, se trasladó a la parte trasera con él y Max, y Vane activó rápidamente una de las pantallas a la cámara del dron, que Caleb empezó a dirigir—. Estoy en marcha, señor.

—Veamos qué tienen en el exterior —dijo Vane, cambiando en los ordenadores a las cámaras del exterior del propio edificio de Mercile. Veía a los guardias habituales, cinco por cada pared, pero quería asegurar el tejado de la instalación y estar completamente seguro de que no había ningún guardia en algún punto ciego de las cámaras—. Mira primero el techo y después rodea el edificio.

Caleb obedeció e hizo que el dron sobrevolara la instalación.

—Tres en el techo, señor —le informó.

—Asustaste lo suficiente a Polanitis como para que creyera que vendrías con helicóptero y todo —comentó Max.

Vane ni se inmutó.

—El objetivo era que se le subieran los huevos a la garganta —declaró, haciendo que Max soltara una risita.

—Cinco en cada esquina, señor, tal y como dijo —anunció Caleb.

—Bien, haz regresar al dron con discreción —ordenó Vane, haciéndole un gesto a Max para que se pusiera los cascos—. Alfa a todas las unidades, tenemos luz verde —anunció mientras empezaba a teclear un código a toda velocidad—. Alfa para Bravo, adelante. Os cubrimos.

—Recibido, Alfa —le respondió Trey, a quien había designado como líder de los francotiradores. Normalmente esa sería la posición de Zane, quien, de todos los Hagel, tenía la mejor puntería, pero esta vez lo necesitaba a él para dirigir a los equipos a campo abierto, ya que él no podía estar presente.

Un único camión avanzó por la calle, sin embargo, las cámaras de Mercile no lo interceptaron gracias al pequeño truco de Vane, que había paralizado la imagen, de tal forma que no se percibía ni un solo movimiento en la calle. Eso habría llamado más la atención de los guardias de Mercile si hubiera habido algún árbol, ya que las hojas no se moverían lo más mínimo, pero, ¿en un polígono industrial donde todo era metal y cemento? A Vane le había tocado la lotería para jugar con sus cámaras.

—Alfa para Charlie —llamó Vane a Zane—, esperando confirmación de Bravo. Preparaos.

—Recibido, Alfa. Charlie preparado, esperando luz verde.

Vane silenció de nuevo su comunicación y se giró hacia Daniel.

—En cuanto Zane y los suyos salgan, nosotros saldremos tras ellos. Nos quedaremos detrás de todos los camiones para controlar la situación desde ahí. Tú y Caleb vigilaréis el exterior.

—Sí, capitán.

—Max, ¿qué tal Bravo?

—Invisible, como cabía esperar de ti —respondió su hermano con una sonrisa—. No tengo ni idea de dónde están.

Como si estos le hubieran oído, el crujido de una comunicación abriéndose alertó a Vane de que estaba a punto de recibir noticias, por lo que conectó de nuevo su micro.

—Bravo para Alfa, estamos tomando posiciones.

—Recibido, Bravo. Avisad cuando tengáis los blancos.

—Recibido, Alfa.

Vane se metió de nuevo en las cámaras situadas en el exterior de Mercile y volvió a introducir un nuevo código. Este servía para que las pantallas de los guardias mostraran una especie de grabación en bucle en la que se veía a los guardias del exterior moviéndose de un lado a otro, rascándose la cabeza o cambiando de peso; lo importante era que, esta vez, hacía falta movimiento, al menos, durante el tiempo suficiente para que Bravo pudiera hacer su labor.

Grabó el bucle en cada una de las cámaras y lo dejó preparado para el instante en que Trey le diera el aviso. Mientras tanto, Max estaba controlando en otra pantalla la actividad del interior de Mercile.

—¿Algo raro, Max? —le preguntó mientras terminaba de preparar su pequeña trampa.

—Todo tranquilo ahí dentro —confirmó.

—Perfecto. Vamos bien —murmuró para sí mismo.

Entonces, Trey volvió a contactar con él.

—Bravo para Alfa. Blancos fijados, esperando confirmación.

—Recibido, Bravo. Esperen confirmación —dicho esto, Vane esperó para colocar todas las grabaciones en bucle en el momento exacto, uno en el que no se notara mucho que había un cambio brusco en la imagen que pudiera alertar a los guardias. Tardó alrededor de cuatro minutos, pero fue bastante preciso y, en cuanto Max le confirmó que no había movimiento en el interior del edificio, se puso en contacto de nuevo con Trey—. Aquí, Alfa. Adelante, Bravo, proceded con discreción.

—Recibido, Alfa.

En cuanto se cortó la comunicación, Vane puso en su pantalla la grabación real para ver lo que estaba pasando. Sabía que primero atacarían a los del tejado porque ahí no había cámaras ni tampoco otros guardias que pudieran enterarse de sus muertes, por lo que no correría la alarma tan fácilmente. Supo que los habían abatido cuando los cinco hombres que custodiaban la puerta principal cayeron uno a uno. En esa parte no tenía audio, pero supo que los hombres que vigilaban los otros tres flancos se habían enterado de lo que había ocurrido, ya que fueron a ver qué había ocurrido, aunque en vano. Los que se asomaron a la entrada principal cayeron rápidamente, pues Trey y sus chicos los esperaban, y, aquellos que se quedaron escondidos en los flancos en un intento de no ser alcanzados por las balas, murieron justo después. Vane había ordenado que se rodeara todo el edificio para que no pudieran dar la voz de alarma en el interior hasta que él quisiera que se hiciera. Y, ahora que esos guardias no eran un obstáculo, era el momento.

—Bravo para Alfa, blancos abatidos —le confirmó Trey.

—Recibido, Bravo —respondió con el corazón acelerado. Por ahora, todo estaba yendo como tenía planeado. Ahora venía la parte más arriesgada—. Mantened vuestra posición hasta nueva orden. Disparad a discreción a cualquiera que trate de escapar.

—Recibido, Alfa.

Vane cambió rápidamente al canal de Zane.

—Alfa para Charlie, luz verde. Ojos fuera.

—Recibido, Alfa.

Se giró hacia Daniel, que ya había puesto en marcha el motor de la furgoneta.

—¿Preparado, Daniel?

—Sí, capitán.

Vane contempló la visión de las cámaras de las calles, esperando. Vio que varios de sus hombres salían de los camiones y se ayudaban entre ellos a subir por la pared para cortar los cables. No tardó mucho en tener las pantallas borrosas.

—Charlie para Alfa, ojos fuera.

—Recibido, Charlie —dijo Vane, abriendo todas las comunicaciones—. Alfa a todas las unidades, dirigíos inmediatamente al punto dos. Charlie, Delta, Eagle y Falcon delante, preparad las máscaras. Gotham y Howard rodead el punto dos —ordenó a diestro y siniestro antes de pasar a otro canal—. Alfa para Índigo, ¿me recibes?

—Aquí, Índigo —respondió la voz acelerada de Ethan.

Vane sonrió. Parecía haberse recuperado.

—¿Cuál es vuestra posición?

—Estamos llegando al primer punto.

—Id directamente al punto dos. ¿Lo tenéis todo preparado?

—Afirmativo, Va… ¡Alfa! —se corrigió de inmediato, haciendo que Max y Daniel soltaran una estruendosa carcajada, mientras que Caleb se reía por lo bajo.

Vane sonó firme cuando respondió, pese a que también estaba conteniendo una sonrisa.

—Recibido, Índigo. Informad cuando estéis situados.

—Recibido, Alfa. Cambio y corto.

Max y Daniel volvieron a reír con fuerza y a Caleb, esta vez, se le escapó una carcajada. Vane los miró un momento mientras Daniel ponía en marcha la furgoneta, siguiendo a todos los camiones que salían velozmente de las calles en dirección a la instalación de Mercile.

—Dejadlo en paz —les dijo.

—No puedo evitarlo —admitió Max—. Suena como un novato de los años ochenta.

—Solo ha faltado que hiciera el ruido de cuando se corta la comunicación —añadió Daniel, haciendo que el otro hombre estallara en carcajadas de nuevo.

Vane puso los ojos en blanco.

—Bueno, ya está bien. Centraos. Estamos a punto de llegar.

Tanto Max como Daniel se callaron casi al instante y todos miraron por la ventana frontal los camiones que se desplazaban delante de ellos hasta que, en determinado momento, derraparon hacia un lado, creando una barrera que rodeaba la instalación.

Max cogió a Vane por un hombro y le dio un apretón.

—Ya los tenemos, hermano.

Este inspiró profundamente.

—Sí —dicho esto, tecleó velozmente en el ordenador, quitando las grabaciones en bucle y dejando que los guardias de Mercile vieran que las cámaras de las calles habían sido inutilizadas y que, a través de las pantallas que mostraban el exterior inmediato de la instalación, un montón de camiones llenos de soldados se habían apostado en sus puertas y que ya había hombres saliendo de ellos con armas muy potentes en sus manos. Una vez hecho, inspiró hondo y cambió las pantallas al interior de Mercile—. Ahora le toca a Shawn.

—Contamos contigo, hermano —murmuró Max, viendo cómo, de repente, el caos inundaba la instalación.


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