Capítulo 20. Segunda fase: Infiltrados
Tyler
acabó de imprimir las hojas en las que especificaban los últimos resultados de
los análisis de sangre de Night. Tal y como indicaba su aspecto, estaba mucho
más sano y fuerte desde que salió de la instalación, y eso, junto a su
testimonio de que Hagel era la persona indicada para ayudarlos a sacar a esa
pobre gente de allí, le daba esperanzas.
Sin
embargo, no estaba seguro de cuánto tiempo tenían. Dean estaba nervioso, lo
sabía por las pocas pruebas que estaban realizando, es más, se estaban
cancelando prácticamente todas y se había dado cuenta de que había guardias
patrullando en todo momento y personal atento a las cámaras de seguridad las
veinticuatro horas. Preveían un ataque, era evidente.
Eso
lo inquietaba. No estaba seguro de si Hagel sería capaz de organizar un rescate
sin que se derramara la sangre de las víctimas, que eran su máxima
preocupación. Eso y que los demás técnicos de ginecología no descubrieran a
Norm y lo que había encontrado. El sacrificio de Adam sería en vano si
descubrían que las mujeres podían quedarse embarazadas.
Estaba
tan preocupado por todo lo que estaba a punto de ocurrir que, cuando abrió un
cajón para buscar la grapadora, le costó identificar un objeto extraño que
había dentro. Le recordó a un mosquito por las largas y delgadas patas
metálicas, pero el cuerpo parecía un objeto rectangular alargado y delgado, con
cuatro hélices encima.
Cuando
este se movió, dio un pequeño salto, pero su cerebro empezó a funcionar otra
vez al darse cuenta de que, en lo que vendría a ser la cabeza, tenía una
pequeña cámara.
Con
cuidado, miró a su alrededor, asegurándose de que ninguno de sus compañeros se
había dado cuenta de su sobresalto, pero todos parecían tener bastante con sus
propias cosas. Aunque Dean no les había dicho nada acerca de lo que estaba
pasando, sabían que algo había ido mal con Night y que probablemente habían
sido descubiertos, razón por la que los experimentos habían disminuido y la
seguridad aumentado.
Se
pegó al cajón para que nadie que pasara por detrás o el lado pudiera ver el
pequeño dron e hizo como que buscaba algo. El dron, o quien quiera que lo
estuviera manejando, pareció satisfecho por su acción y dio media vuelta. Por
poco vuelve a sobresaltarse cuando la parte de atrás se abrió y soltó un
pendrive en el que había enrollada una notita. Después, el dron se deslizó por
el cajón sin hacer el más mínimo ruido y se escondió justo debajo de su mesa,
pegándose a la superficie antes de continuar su camino. Tyler no sabía a dónde
iba ni tampoco le importaba; con cuidado, abrió la notita que iba en el
pendrive y la leyó.
CONÉCTALO A TU ORDENADOR
Tyler
no lo dudó; cogió la grapadora, unió los papeles y los dejó a un lado antes de poner
el pendrive y fingir que estaba revisando la composición de uno de los fármacos
que había creado. Casi al instante, su ordenador empezó a funcionar por su
cuenta y apareció una pequeña pantalla negra con números que desapareció casi
al instante. Aun así, vio en una miniatura que apareció en la barra de abajo
que había algo que estaba en proceso. Fuera como fuera, él siguió haciendo como
que miraba los fármacos, fingiendo hacer cálculos de vez en cuando para
modificar la composición.
Supo
cuándo había terminado el progreso porque sus compañeros empezaron a quejarse
de que su conexión estaba fallando. A todos.
Escondió
una sonrisa. Hagel estaba usando su ordenador para conectarse a la red wifi
(una cerrada que solo tenían los empleados Mercile de esa instalación) para
hackear todos los ordenadores que sí estuvieran conectados. En otras palabras,
ahora tenía acceso a todos.
Mientras
la conexión parecía regresar a los ordenadores, a él le apareció un nuevo
mensaje.
CONÉCTAME A LAS CÁMARAS
¿A
las cámaras? ¿Cómo demonios haría eso? Había gente vigilándolas en todo
momento, no es como si pudiera colarse sin más…
Se
irguió de repente cuando idea rondó su mente. Cogió el pendrive, los papeles
que tenía que entregar y salió a paso rápido de la oficina de técnicos de
fármacos.
Esperaba
que Rick no hubiera terminado de comer.
—¿Estamos
dentro? —le preguntó Zane, observando la pantalla del portátil de Vane.
—El
doctor Cooper ha tenido la amabilidad de abrirnos una puerta a todos los
ordenadores de la instalación —asintió Vane, abriendo y cerrando pantallas a
gran velocidad. Menos mal que había dejado que la enfermera le pusiera otro
calmante en el brazo, al menos así podía teclear como el experto hacker que
era, aunque la posición era algo incómoda—. Incluido el que más nos interesa,
nuestro querido amigo Polanitis —dijo sonriendo con malicia.
Zane
dejó escapar una risilla.
—No
sabe la que le espera.
—Y
depende de nosotros que siga así, si se entera de lo que hemos hecho el plan
podría irse a la mierda —anunció Vane, dejando el ordenador a un lado y
recostando la espalda en la cama.
Su
hermano lo observó un momento con seriedad.
—¿Lo
hacemos ahora?
—Ahora
—dijo con decisión, metiendo la mano derecha bajo la almohada, comprobando que
lo que había escondido siguiera en su sitio—. Quédate esta vez, Zane, por si
estamos en lo peor.
—Espero
que no —repuso con tristeza—, me dolería que estuviera metido en esto.
—A
mí también —admitió en voz baja.
Zane
asintió y se asomó un momento por la puerta, llamando a alguien. Después, la
abrió del todo, se puso firme e hizo el saludo militar.
Aaron
se lo devolvió con la misma diligencia. Era un hombre de color que se acercaba
a los cincuenta, de metro noventa, y, aunque había perdido musculatura desde la
última vez que pisó un campo de batalla, seguía siendo imponente y un poco
intimidante, tal vez debido a su uniforme militar que lo identificaba como uno
de los más altos cargos del ejército de Estados Unidos. El rictus severo de sus
labios y la cicatriz que surcaba su cuello por el lado derecho, justo por
debajo de la mandíbula, no ayudaba a darle una apariencia más tranquilizadora,
y la fiera mirada de sus ojos negros denotaba que, aunque ya no servía en
misiones de campo, no era alguien al que se pudiera amedrentar fácilmente. El
ejército marca a todo el mundo y la actitud que se debe desarrollar para hacer
frente a lo que aguarda en la guerra no es algo que se pueda olvidar.
Vane
le hizo el mismo saludo.
—Señor.
Aaron
asintió y bajó la mano.
—Descansen.
Sabéis que no estoy aquí como superior, sino como un amigo —dicho esto, se
acercó a Vane y le ofreció la mano, que él estrechó con fuerza—. Me apena mucho
lo que te ha ocurrido, Vane. No pienso pasarlo por alto.
—¿Por
eso vienes de uniforme? —preguntó él, alzando una ceja.
Aaron
soltó su mano y movió un dedo, sentándose a su lado en la cama.
—Agudo,
como de costumbre. Trabajas para muchos sectores importantes de seguridad del
país, Vane, y, por supuesto, mi trabajo es preocuparme. ¿Quieres contarme qué
ha pasado?
Vane
asintió.
—Sé
quiénes han sido.
Su
viejo mentor abrió los ojos como platos.
—¿Tan
incompetentes son?
—Sí,
afortunadamente para nosotros.
Aaron
frunció los labios.
—Los
incompetentes siempre son los más peligrosos —comentó, haciendo un gesto brusco
con la mano—. Actúan sin pensar, sin importarles cuánta gente puede salir
herida. Pero, al menos, nos ocuparemos de esto rápido. ¿Un nuevo grupo
terrorista sin organización?
—No
son terroristas, sino americanos.
—Mercenarios,
entonces —gruñó Aaron, moviendo la cabeza de un lado a otro—. Esto es lo que
ocurre cuando desprecian a nuestros soldados, pasan toda la vida sirviendo a su
país para que después este los abandone y los trate como a… ¡vulgares asesinos!
—masculló, enfadado—. Luego la gente se siente traicionada cuando pasan al otro
bando…
—Aaron
—lo llamó Vane—, te estás desviando.
El
general gruñó y sacudió la cabeza.
—Discúlpame,
sabes que me hierve la sangre con estos asuntos.
—Soy
consciente, pero este es un asunto mucho más complicado de lo que parece.
Aaron
frunció el ceño e irguió la espalda, dándole toda su atención.
—Explícamelo
—casi ordenó.
Vane
fue directo al grano.
—¿Conoces
a un tal Adam Therian?
Su
superior parpadeó.
—¿Conoces
a Adam?
—Parece
que él me conoce a mí. Se puso en contacto conmigo hace un tiempo.
La
sorpresa iba en aumento para Aaron.
—¿Por
qué? Vuestros campos son totalmente distintos.
—Me
pidió ayuda sobre algo que está ocurriendo en su empresa… Mercile, ¿verdad?
—tanteó.
El
ceño del general se arrugó.
—¿Vuelve
a tener problemas con Polanitis?
—También
lo conoces.
—Sí
—masculló Aaron. Era evidente que no le agradaba—. Habla suave y con halagos,
pero suda como un cerdo cada vez que tiene que hablar conmigo —dicho esto,
soltó un gruñido—. Es una serpiente, lo huelo incluso por videoconferencia.
Solo apruebo su proyecto porque Adam está implicado. Es un hombre decente y un
investigador brillante.
Vane
estrechó los ojos.
—¿Y
de qué proyecto se trata exactamente?
Aaron
lo miró haciendo una mueca.
—Vane,
sabes que es confidencial.
—Solo
quiero asegurarme de que la información que me dio el doctor Therian se
corresponde con lo que sabes.
El
hombre lo meditó un momento, fijándose en su brazo vendado. Al final, suspiró y
dijo:
—Adam
había encontrado un modo de mejorar nuestro ADN. Mejores sentidos, reflejos,
agilidad, resistencia… Un trabajo prometedor. Se asoció con ese imbécil de
Polanitis porque es el único que vio posibles sus fórmulas y de ahí que
acudieran a mi departamento.
—Para
obtener subvenciones —adivinó Vane.
Aaron
asintió.
—Soy
consciente de que la alteración del ADN es un riesgo, Adam ya me lo explicó,
pero creo que es una buena alternativa a invertir más dinero en armas nucleares
y biológicas, que no estamos usando ahora mismo para nada ya que no estamos en
guerra. Mejorar a nuestros hombres me parece una opción razonable.
—¿Estarías
dispuesto a aprobar la experimentación con seres humanos? —preguntó Zane,
incapaz de refrenarse, mirándolo con horror.
El
otro hombre lo fulminó con la mirada.
—¡Por
el amor de Dios! —maldijo, levantándose de un salto—. ¡Aún faltan años para que
sea seguro, animal!
—Yo
no estaría tan seguro —comentó Vane.
Aaron
se giró hacia él, estrechando los ojos.
—¿De
qué estás hablando?
Vane
tecleó en su portátil y le mostró el vídeo de Therian. Nada más ver la primera
imagen, que mostraba al anciano doctor abatido y con ojos cansados, el general
se tensó.
—¿Qué
es esto?
—La
razón por la que el doctor contactó conmigo —dicho esto, inició el vídeo.
Aaron,
de pie, contempló con los puños apretados todo el discurso de Therian. No dijo
nada, aunque de vez en cuando miraba de reojo a Vane, como si tuviera algunas
preguntas. Cuando terminó, su rostro era la personificación de la rabia.
—Ese
Polanitis… ¡Maldito hijo de la gran puta!
Vane
alzó una ceja.
—¿No
vas a preguntar si el vídeo es real?
El
hombre lo miró como si lo hubiera insultado.
—Y
Adam y tú os habéis confabulado para gastarme una broma de mal gusto, por
supuesto. ¡No soy estúpido, muchacho! ¡Voy a ir a por esa serpiente y a
acusarla de asesinato, tortura y todos los crímenes contra la humanidad que se
me ocurran! —bramó, dando media vuelta para salir de la habitación. Sin
embargo, Zane se interpuso, con el rostro sombrío—. Aparta, hijo, tengo que
hacer muchas llamadas.
—No
vas a llamar a nadie, Aaron —dijo Vane con firmeza.
El
general se dio la vuelta, frunciendo el ceño.
—¿Cómo
has dicho?
Vane
le devolvió la mirada con ferocidad.
—No
vas a llamar a nadie. No hasta que sepa hasta qué punto estás metido en esto.
Aaron
apretó los labios.
—Muchacho,
espero que no estés insinuando lo que creo.
—Lo
hago —respondió, sin dejarse intimidar por su tono.
—Más
vale que estés seguro de lo que haces.
De
repente, Vane sacó lo que tenía bajo la almohada y estiró el brazo.
—Estoy
seguro. Tan seguro como que te dispararé aquí y ahora como crea que estabas al
tanto de todo esto —prometió, quitando el seguro y acariciando el gatillo con
el dedo índice—. Así que más te vale convencerme de que no fue así.
Rick
contuvo una sonrisa mientras se dirigía a paso decidido hacia la sala de
seguridad. Esto iba a ser muy divertido.
Entró
en la habitación con rapidez, donde cuatro guardias de seguridad, dedicados
exclusivamente a vigilar las cámaras, pegaron un salto y echaron mano a sus
armas por el brusco sonido de la puerta al abrirse.
—¡Joder,
Richard!
—Nos
has dado un susto de muerte.
Él
levantó las manos y les sonrió con los ojos muy abiertos.
—No
os vais a creer lo que he oído, y si lo sabíais y no habéis dicho nada, cabrones
de mierda, juro que en el próximo entrenamiento os reventaré a golpes.
—Ahora
no podemos, Rick.
—¿No
ves que estamos esperando un ataque?
Dejó
caer los brazos y estrechó los ojos.
—Hijos
de puta, vosotros lo sabíais, ¿verdad?
—¡Mierda,
no! ¡Y tampoco nos importa! ¡Lárgate!
Al
ver que todos dirigían de nuevo su atención a las pantallas, se encogió de
hombros.
—Está
bien. Ya averiguaré lo de Stone por mi cuenta —dijo, dándose la vuelta con
lentitud.
—Espera,
¿Stone? —preguntó Chambers.
—¿El
mismo desgraciado al que llamamos jefe?
—El
mismo —respondió Rick alegremente, colocándose entre ellos de rodillas para
hablar en voz baja—. Se rumorea que a Stone le va ese rollo de amo y sumiso, el
fuerte.
Los
guardias se miraron entre sí.
—Eso
le pega.
—No
me sorprende, al cabrón le encanta dar órdenes.
—Oh,
no, no, no, no. Lo habéis interpretado mal —dijo, alzando las cejas con una
enorme sonrisa.
Todos
se miraron entre sí, asimilando lo que quería decir.
—No
puede ser —dijo Chambers.
—Imposible.
—¡Ja!
Ni de coña.
—Eso
lo habrá dicho alguien que le guarde mucho rencor —razonó Rollins, moviendo la
cabeza a un lado y a otro con los brazos cruzados—. Tuvo que putearlo mucho en
su momento y quiere un poco de venganza. Más vale que Stone no se entere o
acabaremos haciendo sentadillas en pelotas.
Rick
no dejó de sonreír.
—¿Y
si os dijera que el pajarito me ha dicho que está en estos momentos recibiendo
un castigo en la sala de examen de ginecología?
Los
cuatro volvieron a echarse un vistazo entre sí y, a los pocos segundos, se
abalanzaron sobre uno de los monitores. Rick dejó que lucharan entre ellos para
ver mejor mientras él conectaba el pendrive que le había dado Tyler a la torre
central desde la que se conectaban los ordenadores que controlaban las cámaras
de seguridad.
El
grito eufórico de sorpresa de sus compañeros le dijo que estaban demasiado
distraídos burlándose de Stone como para ver la descarga de datos que apareció
en la barra inferior de todos los monitores, incluido en el que se encontraban.
Rick sonrió ampliamente y agradeció en su fuero interno que Norm los escuchara
un día que fue a falsear unos resultados de las mujeres para que pareciera que
no estaban ovulando bien. Cuando se lo contó, supo que ese pequeño trapo sucio
podía ser una maravillosa distracción para una situación como esta y le pidió a
su amigo que estuviera atento a en qué momentos iban a hacerlo a esa sala.
Y
menos mal que lo había hecho. Cuando Tyler le había contado que Hagel estaba en
marcha y lo que necesitaba, bastó con un mensaje rápido a Norm para confirmar
si su jefa se lo estaba montando con Stone. Tras la rápida afirmación, no
perdió el tiempo y fue a aprovechar la situación.
Y
de qué manera, la descarga había finalizado con éxito. Quitó el pendrive
después de un pequeño parpadeo en las pantallas que los guardias ignoraron,
demasiado ocupados en pensar qué tipo de broma podían gastarle a Stone. Rick
estaba tan animado por el éxito en su misión que se quedó un rato más con
ellos, celebrando que pronto estarían o en una prisión de máxima seguridad o,
con un poco de suerte, con una bala en la cabeza disparada por él.
Aaron
frunció los labios mientras contemplaba a Vane con atención. Se irguió, al
parecer no muy asustado por la pistola que lo apuntaba.
—Muchacho,
ambos sabemos que no vas a hacerlo.
Vane
alzó una ceja.
—¿No
me cree capaz?
—En
absoluto, yo te entrené y sé muy bien que no te costará nada matarme si piensas
de verdad que estoy involucrado en un crimen de tal calibre. Pero también sé
que eres inteligente, más incluso que yo. No me matarás aquí, sabiendo que
llamarías demasiado la atención —dicho esto, alzó la cabeza con altivez—. Pero
te diré lo que quieres saber, de todos modos. Sí, es verdad que financié el
proyecto de Mercile y sus investigaciones actuales, pero no tenía ni idea de
que estaban experimentando con seres humanos, y, de haberlo sabido, no habría
llamado a la policía, sino a mis hombres de mayor confianza para ¡mandarlos al
maldito infierno! —bramó esto último, enfurecido—. ¡Mis antepasados arriesgaron
sus vidas para huir del sur y no toleraré, bajo ningún concepto, que mi nombre
ni mi apellido ni nadie con mi sangre mancille todo ese sacrificio! ¡En mi
familia, jamás, mientras yo viva, se cometerá semejante atrocidad contra otro
ser humano! —dicho esto, le lanzó una mirada desafiante a Vane—. Así que, si
realmente es tu intención matarme, muchacho, hazlo. Mi conciencia está limpia.
Este
lo observó unos momentos y, finalmente, bajó el arma y la dejó a un lado de la
cama.
—Te
creo —dijo con sencillez.
Aaron
ladeó la cabeza.
—¿Así
de fácil?
—Yo
también lo conozco bastante bien, señor. No creía que fuera capaz de aceptar un
proyecto como este conociendo todas sus implicaciones, y, cuando investigué sus
cuentas y contactos, no vi nada fuera de lo normal. Eso me dejaba con dos
opciones, o bien habían amenazado a alguien de su entorno más cercano o había
sido engañado. Siendo usted como es, pensé que habría revisado el proyecto de
Mercile para asegurarse de que todo estaba en orden, sé que es minucioso.
—¡Y
lo hice! —maldijo dando un golpe en el aire—. ¡Cada trimestre tengo un informe
en mi mesa sobre los resultados de las investigaciones y una reunión con Adam…!
—al decir esto, palideció un poco—. Oh, por Dios. Adam.
Vane
le dedicó una mirada triste.
—Lo
lamento, señor. ¿Cuándo fue la última vez que hablaron?
—Tres
meses —respondió, reponiéndose con un asomo de tristeza en los ojos—. Tenía que
reunirme con él por videoconferencia esta semana.
Él
asintió.
—Lamento
decirle que la persona a la que haya enviado a supervisarlo todo…
—Sí,
ya lo sé, sobornos —gruñó el hombre, inspirando hondo—. Ya me encargaré de
Percy en otro momento. Ahora tenemos algo más importante entre manos —dicho
esto, le lanzó a Vane una mirada inquisitiva—. Ya veo. Adam se puso en contacto
contigo por ese motivo, Polanitis estaría vigilando que no me dijera nada que
pudiera delatarlo. Y siempre fuiste mi mejor hombre para esta clase de
operaciones.
Vane
esbozó una media sonrisa.
—Se
subestima a sí mismo cuando dice que soy el más inteligente, señor.
—¡Bah!
—Aaron le quitó importancia con un gesto de la mano para, después, mirarlo con
ojos brillantes—. Solo por curiosidad, ¿cómo pensabas matarme?
—No
pensaba hacerlo —confesó.
El
general lo escudriñó un momento y, luego, sonrió, alzando la cabeza al cielo,
como si acabara de reparar en algo evidente.
—Sabías
que yo supondría que no me matarías en un hospital. Si fuera culpable, yo
habría salido de la habitación y habría hecho unas llamadas a las personas
implicadas con Mercile —dicho esto, le sonrió con complicidad—. Llamadas que tú
habrías visto y escuchado porque has hackeado mi móvil, ¿no es verdad?
—A
través de mi hermano Max, cuando fue a darte las gracias a la sala de espera
por venir —asintió él.
Aaron
soltó una carcajada.
—Oh,
muchacho, habrías llegado tan lejos en el ejército…
—Pienso
hacerlo, pero en un sector más importante —le dijo, esta vez, con seriedad—.
Voy a sacarlos, Aaron, en pocas semanas. Y necesito tu ayuda.
El
hombre asintió sin pensar.
—Si
no lo hacías tú, lo iba a hacer yo, pero te dejaré a cargo de la operación a
pesar de que ahora seas un civil… Y solo porque no conozco a nadie mejor que
tú. Pero tengo una condición.
—¿Cuál?
—El
presidente debe estar informado de esto.
—Claro
—respondió Vane con rapidez. Contaba con ello—. Y, de paso, recuérdale de mi
parte cómo serán las próximas elecciones como los norteamericanos se enteren de
que el Gobierno ha estado financiando proyectos a través de la tortura y la
esclavización de seres humanos.
El
general movió la cabeza a un lado.
—Eso
es duro.
—Y
la verdad. Dile que me dé la autoridad necesaria para hacerme cargo de este
asunto y que no tendrá ningún problema. De hecho, quedará como un héroe.
—Estás
jugando muy fuerte, Vane —le advirtió Aaron.
Vane
no se amedrentó y repuso con firmeza:
—Soy
consciente. Pero sabes tan bien como yo que esto no va a acabar bien como salga
a la luz. Ni para las víctimas, ni para nuestro Gobierno. Todos queremos
mantener el orden, así que trabajemos juntos. Sabes que, a diferencia de la
policía y los militares, yo no hago ruido. Soy el indicado para hacer esto.
Su
superior asintió levemente.
—Creo
que podré convencer al presidente. Es un hombre razonable. —Cruzó los brazos
por delante del pecho—. ¿Y bien? ¿Qué necesitas de mí, exactamente?
—Primero,
que las subvenciones para Mercile pasen a otro proyecto de construcción. Será
para las víctimas de esa empresa, para que tengan un santuario donde vivir en
paz y sanar sus heridas. Si ves que con las subvenciones no basta, habla con el
presidente. Estoy seguro de que puede sacar dinero de otro sitio.
Aaron
sonrió un poco.
—Por
fin dinero bien invertido. Lo tendrás, considéralo una disculpa por mi parte
por haber sido cómplice aun sin saberlo. ¿Qué más?
—Camiones,
para el rescate. Muchos camiones. Y ambulancias, sobre todo para las víctimas
más graves.
—¿Cuántas
bajas calculas?
—Ninguna
entre mis hombres, si todo va como la seda. No sé cómo estarán los rehenes,
espero no perder a ninguno durante el rescate, tampoco, pero no estoy seguro de
en qué estado se encuentran a causa de los experimentos.
El
hombre asintió.
—¿Algo
más?
Entonces,
su ordenador hizo un sonido. Vane echó un vistazo rápido y luego sus ojos
regresaron a Aaron.
—Que
hagas dos llamadas. La primera al presidente para informarle de todo esto y que
nos dé luz verde para actuar. La otra, la harás en cuanto tengas esa
autorización.
—Entendido
—dijo Aaron sacando el móvil y dirigiéndose a la puerta. Esta vez, Zane se la
abrió y, cuando salió, se puso firme. Después, su hermano cerró y fue hacia él
con una sonrisa.
—Aaron
no estaba en el ajo. Es una gran noticia.
—Lo
es —admitió Vane, que se colocó el ordenador en el regazo y empezó a teclear a
toda velocidad—, las cosas se habrían complicado si hubiéramos tenido que
organizar dos rescates, uno para la gente de Night y otro para la de Aaron.
Demasiadas cosas que pueden salir mal justo cuando el plan marcha a la
perfección.
—¿Estás
dentro? —le preguntó, inclinándose para ver la pantalla, donde se podía
apreciar cuatro imágenes diferentes procedentes de cámaras de seguridad. Zane
sonrió ampliamente—. Qué vistas tan maravillosas.
—Nuestros
amigos infiltrados nos han hecho un gran servicio —dijo, abriendo otra pantalla
donde se podían apreciar los informes que Therian le pasó de las personas que
le habían estado ayudando en Mercile. Todos tenían en la esquina superior
derecha una pequeña fotografía que los había ayudado a identificarlos dentro de
la instalación—. Han hecho un buen trabajo metiéndonos en su sistema de
seguridad.
—¿Eran
cuatro? —preguntó, estrechando los ojos mientras memorizaba las caras—. Tendré
que pasar las fotografías a nuestros hombres. No sea que los matemos durante el
rescate.
—Si
la siguiente fase del plan sale bien, eso no será un problema. Estarán al tanto
de nuestros movimientos y nos echarán una mano con las celdas —dicho esto,
cerró esa pantalla, apartó la de las cámaras y tecleó a gran velocidad,
abriendo una carpeta llena de nombres de usuario.
Zane
ladeó la cabeza.
—¿Buscando
al malo malote?
—Sí,
quiero acabar con esto cuanto antes. Necesito descansar.
Las
facciones de su hermano se tensaron.
—¿Te
encuentras mal?
Vane
movió la cabeza a un lado y a otro.
—No,
solo cansado.
El
otro hombre bajó la cabeza.
—Has
tenido que pensar rápido un nuevo plan y ponerlo en marcha casi al instante
—tras decir esto, lo miró con un asomo de culpa—. Siempre te hemos seguido, estamos
acostumbrados a que nos guíes. Pero no estás en esto solo, Vane, puedes delegar
responsabilidades en nosotros. Sabes que no te fallaremos.
—Lo
sé —suspiró, cerrando los ojos un momento—, y lo haré, no te preocupes.
Necesito reponer fuerzas antes del rescate. Pero esta es mi parte.
—Sí,
lo sé —dijo su hermano, mirando el ordenador—. Tú eres el hacker del grupo. Y
el que tiene que meterle miedo en el cuerpo a ese bastardo hijo de la gran
puta.
—Hablando
de él —comentó Vane, sonriendo—. Lo tengo.
Zane
volvió a prestar atención a la pantalla e hizo una mueca.
—Agh,
cómo odio ver tantas carpetas.
—No
te preocupes, tendremos tiempo para estudiarlas después del rescate. Ahora solo
nos importa ver lo que hace en cuanto Aaron…
De
repente, la puerta se abrió y el susodicho entró con una amplia sonrisa de pura
satisfacción.
—Muchacho,
tienes luz verde.
Vane
asintió sin despegar los ojos de la pantalla.
—¿Cómo
se lo ha tomado el presidente?
—Se
ha escandalizado, pero parecía más tranquilo cuando le he dicho que ya teníamos
una solución al problema y que estamos trabajando en ello, que solo
necesitábamos su autorización. Quiere estar informado de todo lo que hagamos,
esta noche volveré a llamarle para explicarle todos los detalles, así que… ¿Hay
algo más que deba saber?
—Necesitaremos
una prisión de máxima seguridad donde enviar a los empleados de Mercile. Solo
para Mercile. No podemos arriesgarnos a que nadie más se entere de lo que está
ocurriendo.
—Lo
arreglaré esta noche también, consultaré si hemos construido alguna
recientemente para ahorrarnos el transporte de los presos. ¿Alguna otra
petición?
—Desplegarás
una tropa de hombres hacia el hotel Jackson Lake, cuyo perímetro será envuelto
por una verja electrificada. —Antes de que Aaron pudiera preguntar, Vane
continuó—. Es el lugar donde llevaremos a las víctimas y donde permanecerán
durante dos años mientras se construye un nuevo hogar para ellos en una isla
que Ace y yo estamos a punto de comprar.
El
general abrió los ojos como platos.
—¿En
serio?
—Sí.
—¿Y
los del hotel están al tanto?
—Solo
quien debe estarlo, el resto creerá que está colaborando con el ejército en el
alojamiento de víctimas de tráfico humano.
Aaron
estrechó los ojos.
—Ajá…
Y supongo que no colaborarán gratis, ¿no es así?
—No,
recibirán una sustanciosa suma.
—Que,
deduzco, tendré que pagar yo también.
—Eso
pensaba yo también —admitió Vane con una sonrisa perversa—, pero resulta que
Mercile todavía tiene bastante dinero. Dinero —añadió, mirando a su superior
con malicia— que aún no han usado.
Este
abrió los ojos como platos.
—¿Pretendes
robarlo?
—Mejor.
Van a dárnoslo.
Al
escuchar eso, el general se quedó unos instantes muy callado, como si terminara
de asimilar la información. Después, empezó a reír, suave, soltando risillas,
que acabaron convirtiéndose en estruendosas carcajadas que lo obligaron a
agarrarse el estómago. Zane también se rio, conociendo el maquiavélico plan de
su hermano, mientras que este se limitó a seguir sonriendo, sabiendo que iba a
funcionar.
Cuando
Aaron se tranquilizó, se limpió los ojos y le preguntó:
—¿De
verdad?
—Puede
que hasta nos llegue para pagar la gasolina de los camiones —afirmó Vane.
Sonaba a broma, pero era cierto.
El
hombre parecía estar a punto de sufrir otro ataque de risa, pero se contuvo,
aunque no pudo reprimir la sonrisa.
—¿Y
cómo vamos a hacer eso?
Vane
le enseñó su teléfono móvil.
—Con
dos llamadas telefónicas.
Dean
se quitó las gafas y pasó las manos por sus ojos cansados.
Todo
se estaba derrumbando. El gran imperio que había estado a punto de crear se
estaba viniendo abajo después de casi cuarenta años de investigación y
experimentos. ¿Y por qué? Por los estúpidos e intrascendentes sentimientos de
un anciano que fue incapaz de ver el potencial de su propia fórmula.
Desde
que ese viejo cabrón se quitó la vida, había estado intentando recrearla. En su
momento, intentó hacerlo por su cuenta, pero los cálculos no eran perfectos y
los niños morían rápidamente bajo los efectos de los fármacos y las drogas. No
tuvo más remedio que acudir a él, pensó que podría convencerlo, si bien no solo
con el dinero que podrían ganar, con la sed de venganza. Creyó que odiaba lo
suficiente a los sucios terroristas que amenazaban su país como para crear
soldados capaces de destrozarlos.
Pero
no. Tuvo que ablandarse al ver a los niños moribundos.
Eso
le ayudó a obligarlo a que colaborara, de hecho, él exigió encargarse en
persona de administrar los fármacos y las drogas, nunca permitió que los
técnicos y los médicos lo hicieran. En su momento, no le preocupó demasiado ya
que guardaban la fórmula y los informes que Therian hacía de cada sujeto y su
evolución.
Pero
no contó con que, el muy cabrón, lograra borrarlo todo. Y que fuera capaz de
quitarse la vida.
El
muy cobarde.
Había
buscado por todas partes la investigación y los informes, pero habían
desaparecido de la base de datos. Los había borrado. Y, el día en el que lo
encontraron muerto, el horno estaba encendido.
Toda
prueba escrita había sido destruida.
Todas,
excepto el 354.
Recuperarlo
era lo único bueno que había ocurrido, o eso creía, cuando tenían a Vane Hagel
bajo su poder. Los inútiles de sus hombres no habían conseguido retenerlo a
pesar de estar gravemente herido. Había intentado engañar al 354 desde entonces
para que le dijera algo más sobre Therian, pero todos los días se negaba a
soltar ni una sola palabra.
Llegó
incluso a dudar de que supiera nada sobre la investigación de Therian, pero,
entonces, este le describió su físico, le contó cómo lo engañó para que
colaborara con él y le dijo que sabía que se llevaban los bebés de las
prostitutas y las adolescentes, niños no deseados cuya desaparición nadie
denunciaría.
Eso
le había hecho sudar. Pensaba matarlo delante del resto de sujetos para dar
ejemplo, pero ya no podía hacerlo. Además, había un problema mucho mayor y que
requería toda su atención.
Los
Hagel.
Iban
a ir a por ellos, iban a matarlos a todos.
Sabía
lo suficiente sobre el escuadrón de los Lobos Azules como para saber que eran
expertos en rescates de gran escala. Habían enfrentado a los putos talibanes.
¿Qué
podía hacer él con su pequeño ejército de guardias? Nada. Algunos habían sido
militares y otros mercenarios, pero no podían compararse a un equipo preparado
y entrenado precisamente para asaltar no una instalación, sino una maldita
ciudad dominada por otro ejército.
Solo
esperaba que Vane Hagel estuviera muerto. Sabía que era el líder del escuadrón,
y, cuando se cortaba la cabeza de la serpiente, el cuerpo moría.
O
de eso quería convencerse. El inquietante mensaje que habían dejado sus
hermanos prometía sangre y no estaba dispuesto a quedarse a esperarlos. Por
eso, había iniciado el protocolo de traslado. Mientras tenía a todos sus
guardias en la instalación, el resto se estaba preparando para marcharse a
Montana, donde empezarían de nuevo.
Pero
requería tiempo guardar todo el material médico, las investigaciones, y, lo más
importante, los sujetos de prueba. Jamás habían tenido que trasladarlos tan
lejos y menos a tantos juntos, pero no podían perderlos. Eran su única fuente
de ingresos ahora que no podían crear más, tendrían que centrarse en la
fertilización de las hembras una vez estuviera instalados, pero, ahora, su
máxima preocupación era encontrar una ruta viable, poco transitada y sin
demasiada seguridad, pero, al mismo tiempo, rápida, y encontrar vehículos y
sedantes suficientes para moverlos a todos…
Y
eso si eran afortunados y los Hagel no los perseguían. Por Dios…
Se
sobresaltó cuando su móvil sonó. Bufó cansado al ver quién era.
—Por
favor, no… —gimió, sabiendo que debía responder de todos modos. Tragó saliva,
le dio al botón y se colocó el móvil en la oreja—. General Highway… —saludó con
lo que pretendía que sonara a cualquier cosa excepto pavor.
Como
de costumbre, el hombre gruñó, mostrando su claro desagrado hacia él.
—Doctor
Polanitis —respondió de mala gana—, estoy intentando contactar con el doctor
Therian, pero no logro localizarlo. ¿Se encuentra en la oficina?
Nada
más escuchar la pregunta, Dean empezó a sudar.
Oh,
no.
—Ah…
Pues… Lo cierto es que hace tiempo que no se encuentra muy bien —inventó con
rapidez. Una
enfermedad a su avanzada edad podría justificar que le dijera más adelante que
había fallecido—.
Pero yo puedo aclararle cualquier duda que tenga acerca del proyecto —se
ofreció, abriendo una de las carpetas que tenía en el ordenador.
El
tono de Highway se suavizó un poco. Muy poco.
—¿Qué
le ocurre? ¿Es grave?
—Oh,
no creo, el médico le mandó reposo, buena alimentación y paseos diarios. A su
edad, una enfermedad común puede pasar factura, señor.
—Mmm…
—La larga pausa que hizo después de esa explicación lo obligó a desabrocharse
un par de botones de la camisa—. De acuerdo. —Dean se habría desplomado en la
silla si no fuera por las palabras que dijo después—. Quería que concretáramos
los detalles para nuestra próxima reunión y decirle que la próxima supervisión
la haré en persona.
Dean
no pudo contenerse. Abrió tanto los ojos que parecían a punto de reventar y se
inclinó tan rápido hacia delante que por poco se cae de la silla.
—¡¿Us-us-us-usted?!
—casi gritó.
—¿Algún
problema con eso, Polanitis? —preguntó con una voz grave y potente que solo
podía calificarse como amenazadora—. Espero que no tenga nada que ver con las
irregularidades que uno de mis contables ha encontrado en el último informe de
Percy.
¿Irregularidades?
¡¿Cómo que irregularidades?! Revisó el informe él mismo y no encontró nada que
pudiera hacer sospechar al general de que algo iba mal, lo había estado
haciendo durante más de treinta años, ¿cómo era posible que ahora…?
—Polanitis
—lo llamó el general con ese tono que advertía peligro.
Se
quedó tieso como un palo. Casi podía visualizar su ruina ante él.
—¿Sí,
señor?
—No
me gusta lo que he visto en ese informe, no me gusta nada, por eso quería
hablar con Adam. Pero viendo que no se encuentra en condiciones de atender mis
dudas y que no me fio de usted…
—Señor,
le juro que yo…
—¡No
me interrumpas! —rugió Highway. Él se quedó paralizado al instante—. ¿Tienes la
menor idea de cuántos miles de millones de dólares ha invertido el Gobierno en
este proyecto a pesar de lo arriesgado que era? ¡Yo mismo lo habría tirado a la
puta basura si no fuera porque el doctor Therian aseguró que podía ser un gran
avance científico y militar! ¡Se suponía que esta investigación ayudaría a
nuestros hombres! ¡A evitar más muertes! Pero como vaya allí y me entere de que
solo ha sido una artimaña para enriqueceros… —se interrumpió y escuchó cómo
resoplaba, un pobre intento de controlar su ira—. ¿Sabe qué? Se acabó.
Dean
sintió la soga en su cuello.
—¿Qué?
—No
habrá más dinero hasta que Adam se ponga en contacto conmigo o vaya allí yo
mismo junto a mi equipo de expertos para ver qué han estado haciendo. Más le
vale que no haya nada sucio en todo este asunto o le prometo, doctor, que no le
va a gustar nada el antro de mierda en el que pienso meterlo por el resto de su
vida —y dicho esto, colgó.
Oh,
no.
No,
no, no, no, ¡no! ¡Esto no podía estar pasando!
No
podía perder el dinero del Gobierno. Tenía otras fuentes de ingresos, pero la
aprobación del Gobierno era lo que les permitía operar con libertad, hacer
encargos de material de laboratorio, médico, seguridad y personal sin levantar
sospechas. Si perdían eso… Si perdían a su mayor cliente, tendrían que recurrir
a otros que no harían más que causarles problemas si eran descubiertos por los
militares…
¿Qué
estaba diciendo? Ya habían sido descubiertos. No podía preparar las oficinas
oficiales para disipar las sospechas de Highway y, al mismo tiempo, enfrentarse
a los Hagel. Ni tampoco el traslado.
Dios
mío, el traslado.
Se
abalanzó sobre el ordenador y buscó cuánto dinero quedaban en las cuentas de la
empresa. Al ver los números, se llevó las manos a la cabeza. Había querido
hacer un pedido a una empresa de transportes de seguridad para que les trajeran
camiones grandes blindados, aparte de comprar más cámaras de seguridad para
cubrir más terreno en el polígono, quería también más guardias que patrullaran
las afueras de las instalaciones y aún tenía que pagar a todos sus empleados,
especialmente a los de seguridad, que seguro que más de uno se aprovecharía de
la situación para pedir un aumento y no ir a las autoridades…
Pero
el dinero era demasiado justo. Lo gastaría todo antes de empezar el traslado.
Joder…
Joder… ¿Qué podía hacer? Si se quedaba, tendría que enfrentar a Hagel y a
Highway a la vez, lo que implicaría perder la empresa y descubrir que estaban
metidos en asuntos ilegales, por lo que acabaría en la peor cárcel a la que
pudiera enviarle el general.
Debía
trasladarse cuanto antes. Olvidar aumentar la seguridad en las instalaciones e
irse con lo que tenían a mano. Haría una llamada a Montana, sí, ellos le
enviarían sus camiones y el material, y tal vez pudiera pedir un préstamo a los
otros contribuyentes a cambio de regalos…
El
sonido de su teléfono lo sobresaltó otra vez. Al mirar la pantalla, un
escalofrío recorrió su espalda.
Número
desconocido.
Se
levantó de la silla de un salto y retrocedió.
No
podía ser. Era imposible, tenía que ser la broma de algún imbécil o alguna
jodida publicidad.
No
lo cogió, trató de ignorar los estridentes timbres que perforaban sus oídos y
concentrarse en cómo organizar todo el traslado. Sin embargo, sus ojos buscaban
una y otra vez el teléfono que, tras no coger la llamada, volvió a sonar de
inmediato.
Acabó
dando vueltas por la habitación, cogiéndose con fuerza los mechones de cabello
mientras el móvil golpeteaba la mesa una y otra vez, llamada tras llamada. Al
final, la desesperación lo obligó a cogerlo.
—¡¿Quién
es?! —aulló, furioso y aterrorizado a la vez.
—Buenas
noches, doctor Polanitis —dijo una voz suave, tranquila e impasible.
Un
sudor frío lo cubrió entero.
—…
¿Quién es? —preguntó, intentando sonar calmado, pero su tono era estrangulado.
—Vane
Hagel.
…
No estaba muerto. El cabrón seguía vivo.
—Supongo
que le sorprenderá que sea yo quien contacte con usted y no uno de mis hermanos
—dijo, sin alterar ni un poco su tono, como si hablar sobre su posible muerte
fuera como charlar sobre el tiempo—. Permítame recordarle que soy militar,
doctor, no es la primera vez que sobrevivo a una bala.
—Señor
Hagel… Ah… Yo… Yo…
—Ha
habido un malentendido, no era su intención, sus hombres interpretaron mal sus
órdenes, no pretendía que las cosas salieran así… ¿Cuál de todas es la excusa
que va a darme por haber profanado mi hogar, atacarme a mí y a mi familia,
secuestrar a mi invitado, torturarnos y tratar de matarnos?
Dean
sintió que se ahogaba. No podía respirar. No soportaba esa gélida calma, no
cuando era más que evidente que ese hijo de puta tenía pensado meterle un tiro
en la cabeza en cuanto pudiera.
El
pavor lo inundó. Solo podía hacer una cosa.
—Señor
Hagel, podemos negociar. Tengo… Tengo un negocio muy lucrativo, habrá dinero de
sobra para los dos, podríamos ser socios…
—No
me interesa su dinero —le interrumpió Hagel—. No soy un negociador, doctor
Polanitis, ni un hombre de negocios. Soy militar.
—Pe-pero
ahora tiene una empresa —balbuceó Dean, agarrándose el cuello de la camisa—,
comprenderá que debo guardar los intereses…
—No
hable de mí como si me conociera y no vuelva a hablar hasta que yo haya
terminado, ¿lo ha entendido? —Dean boqueó, queriendo decir algo con lo que
poder asegurar su supervivencia, pero fue incapaz de pronunciar una palabra.
Pese a que continuaba inalterable, y que no podía hacerle daño en ese momento,
sintió como si contradecirle equivaliera a firmar su sentencia de muerte—.
Bien. Le voy a decir lo que va a ocurrir. Sabe que voy a por usted y eso no va
a cambiar. —Abrió la boca de nuevo, pero fue interrumpido con rapidez—. No, no
trate de negociar. Solo tiene una cosa que me interesa y no soy tan estúpido
como para creer que hará un trato conmigo. Ellos son su única fuente de
ingresos, no me los entregará por las buenas y odio las emboscadas. —Dean
apretó los labios, pensando en otras opciones, sin embargo, Hagel se adelantó—.
No se moleste en amenazarme con matarlos a todos, de nuevo, son su única moneda
de cambio. Perderá muchos millones por matar lo único que me impide arrasar su
instalación con lanzacohetes. —¿Lanzacohetes? ¡¿Cómo que lanzacohetes?!—. No
dude de que pienso asaltar el polígono, ya debe de saber que conozco su
ubicación, el doctor Therian fue muy amable al proporcionarme toda la
información.
Esta
vez, Dean no pudo reprimirse más.
—¿Fue
él? —preguntó, cada vez más blanco—. ¿Ese cabrón fue el que le entregó a 354?
—Y
nos contó cómo lo obligó a participar en sus experimentos, lo que estaban
haciendo con ellos y lo que pretenden hacer en un futuro. Me dio todo lo que
necesito para acabar con usted.
—Hijo
de puta…
—¿Acaba
de insultarme?
Al
darse cuenta del error que acababa de cometer, la furia huyó rápidamente de su
cuerpo.
—¡No!
¡No! Por favor, solo…
—No
suplique. No pida clemencia. No le servirá de nada. ¿Tiene un calendario a
mano, doctor? Le recomiendo que vaya tachando días, porque iremos a por usted
dentro de muy poco.
—¿Poco?
—balbuceó, tragando saliva—. ¿Cómo que poco?
—Pensaba
hacer un largo viaje, ¿no es así? —¿Cómo lo hacía? ¿Cómo coño lo hacía para
saber todo lo que pensaba? ¿Todos los planes que tenía en mente?—. Dudo que le
dé tiempo a hacerlo porque… ¿Cuánto tardará en trasladarlo todo? ¿El material
que necesita llegará siquiera antes de un mes? —Dean tragó saliva—. Yo creo que
no. Por suerte, la Navidad se ha adelantado para usted este año. Le aconsejo
que arregle sus asuntos en las próximas semanas, doctor. El tiempo corre. Tic,
tac —y colgó.
Dean
miró el teléfono con horror. Negociar con Hagel podría haber resuelto todos sus
problemas, pero ese cabrón parecía empeñado en… en…
Oh,
Dios. Oh, mierda, iba a morir. ¿Cuánto tiempo tenía? ¿Semanas, había dicho? Oh,
no. Los de Montana no podrían enviarle todo lo que necesitaba para huir de
allí. No podría salir, no sin los sujetos. No podía irse sin ellos. Hagel tenía
razón, eran lo único que lo mantenía con vida. Aunque huyera por su cuenta con
el dinero restante, los Hagel y Highway irían tras él. Peor todavía, Mercile lo
entregaría alegando que todo fue cosa suya y, tal vez, a cambio, lograran
firmar la paz con Highway y Hagel…
Oh,
mierda. No, no podía huir solo, tenía que ganar esta guerra, como fuera.
Miró
el dinero que le quedaba en la cuenta. Solo podía usarlo en una cosa, era lo
único que llegaría a tiempo y le serviría para enfrentarse a los Hagel. Él
había dicho que no iba a usar lanzacohetes para no herir a los sujetos,
¿verdad? Eso quería decir que tardarían más tiempo en entrar. Debía reforzar la
seguridad por dentro.
Hombres,
necesitaba hombres. Un ejército. Todos los que pudiera comprar con lo que le
quedaba. Sin más dilación, empezó a buscar en otra carpeta que contenía una
lista de contactos. Esta vez, contrataría a los mercenarios con peor fama que
pudiera encontrar, aquellos que estuvieran dispuestos a lo que fuera por
dinero. Mantendría a los sujetos encerrados para que no los vieran, solo por si
acaso alguno tuviera algún escrúpulo.
Sí…
Mientras Hagel no pudiera entrar, todo estaría bien. Acabaría con él, sus
hermanos y sus hombres y, después, se ocuparía del resto. No tenía más remedio.
Tenía que arreglar aquello como fuera, su vida dependía de ello.
—Uff,
qué cachondo me pone que los planes salgan bien —dijo un alegre Zane mientras
observaba la pantalla de Vane.
Aaron,
en cambio, contempló al hombre con ojo crítico.
—Tienes
una mente brillante y aterradora a la vez, muchacho.
—Por
eso es nuestro capitán —añadió Max, que había entrado en la habitación junto al
resto de los Hagel para ver cómo se desarrollaban las llamadas telefónicas más
importantes de toda la operación.
Vane
apenas sonrió por los halagos, estaba muy atento al ordenador de Polanitis por
si hacía algo que no quería. Afortunadamente para ellos, de momento estaba
reaccionando justo como quería, escogiendo nombres de una lista de contactos
llena de guardias, mercenarios y veteranos militares, aunque se había decantado
por los primeros.
Tal
y como planeaba. Los mercenarios tenían una fama popular de ser los menos
honorables, del tipo de gente que hace lo que sea por dinero.
Y
eso era justo lo que iba a darle a Polanitis. Gracias a la ayuda de los
infiltrados de Therian, tenía acceso a su ordenador y sus archivos, archivos
que ahora podía modificar a placer. De hecho, tras la luz verde del presidente,
se había dedicado a sustituir la lista de contactos real en la que estaba
mirando su contrincante por una elaborada por él, llena de informes que Shawn y
su equipo habían preparado.
—Por
ahora, todo va según lo previsto —anunció, fijándose en que Polanitis había
empezado a seleccionar algunos nombres. Miró a Shawn, que estaba apoyado contra
la puerta—. Esto está a punto de empezar. ¿Preparado, Shawn?
Antes
de que pudiera responder, su móvil empezó a sonar. Todos los miraron
expectantes mientras lo cogía con una media sonrisa.
—Vayamos
a por esos cabrones —dijo antes de pulsar el botón de respuesta. Al instante,
se puso serio y profundizó su tono de voz—. John Winston, ¿con quién hablo?

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