Capítulo 16. Juegos de información
La
oscuridad fue cediendo. Muy poco a poco, pero cedía.
A
medida que su consciencia se abría paso entre las tinieblas, se dio cuenta del
fuerte martilleo que golpeaba su cabeza y del entumecimiento que se había
apoderado de todo su cuerpo. Se sentía pesado y débil, una sensación que se le
antojaba desagradable y familiar a la vez.
—Eh,
se mueve —dijo una voz.
La
conocía. Su cerebro era incapaz de procesar por qué, pero lo hacía.
—Menos
mal —suspiró otra—. Le lanzaron un montón de sedantes, creía que eso le
enfermaría.
—354
es fuerte —declaró una más con firmeza—. Los médicos no acabarán con él
fácilmente.
Al
oír esta última, por fin pudo entenderlo.
Era
345.
Y
373 y 322 estaban también allí.
Eso
solo podía significar una cosa: su peor pesadilla se había hecho realidad.
Abrió
los ojos, con la esperanza de que solo fuera eso, un horrible sueño. Sin
embargo, su vista estaba borrosa, aunque eso no quería decir que no pudiera
adivinar dónde estaba. Lo primero de lo que fue consciente fue que estaba
desnudo, puesto que sentía su piel contra una superficie fría y dura, nada que
ver con el mullido colchón sobre el que había estado durmiendo últimamente, al
igual que tampoco sintió el cálido cuerpo de Vane a su lado. Su olfato también
encendió alarmas dentro de él, ya que no reconocía los aromas del bosque que se
filtraban en la casa de los humanos que le habían acogido, ni el olor de la
comida procedente del desayuno de Max, tan solo la esencia de tres machos con
los que había convivido tanto tiempo que podría olerlos incluso bajo la
pestilencia de los fármacos y el hedor de la muerte que dominaban ese lugar.
Estaba
en Mercile.
Los
recuerdos taladraron su cabeza. Las ventanas del salón estallando, Nocturn
saltando sobre los asaltantes, Max herido en un hombro, Ethan disparando una
pistola, Vane… A Vane le dispararon en el pecho y Bear trataba de protegerlo.
Él intentó llegar hasta él y Sam trató de ayudarlo…
Sam.
Sam
había muerto por ayudarlo.
Y
Vane… Max… ¿También estaban muertos? ¿Solo heridos? ¿Los guardias de Mercile
los habrían cogido? ¿Estarían allí encerrados como él? ¿Para torturarlos como
hacían con su gente? ¿Y Bear y Nocturn? ¿Los habrían matado?
El
miedo y la rabia le dieron la fuerza suficiente para apoyar las manos en el
suelo con fuerza e incorporarse a cuatro patas mientras gruñía, curvando los
dedos en forma de garras, jurando que todos y cada uno de los guardias,
técnicos y médicos que les pusieran las manos encima tendrían una muerte
horrible y bestial.
—¡Joder!
—exclamó 373.
Giró
la cabeza hacia la derecha, encontrándose con la mirada sobresaltada de este y
322. Como él, ambos eran caninos, altos, musculosos y tenían el pelo rapado.
Sus captores no serían capaces de diferenciarlos los unos de los otros de no
ser por los números tatuados en sus pectorales, o, como mucho, por sus ojos y
sus cicatrices.
El
322 era el más reconocible por las marcas de golpes en su espalda, cuya piel
estaba deformada por la cantidad de palizas que había soportado para medir su
resistencia y probar sus drogas curativas. En los brazos y piernas tenía
cicatrices de restricciones, una herida de bala en el costado izquierdo y tres
terribles marcas de puñaladas en el estómago. Night aún recordaba que tardó
tanto tiempo en recuperarse que pensó que habría muerto.
Su
rostro tenía facciones duras, con los pómulos prominentes distintivos de su
especie, y una expresión entre malhumorada y rabiosa, aunque le alegró no verlo
demacrado por el cansancio y la crueldad de las pruebas a las que lo sometían.
Sus ojos eran de un marrón muy oscuro, en ese momento, le recordó al color del
chocolate.
En
cambio, la piel de 373 no estaba tan estropeada, y, aun así, no faltaban las
marcas que hablaban de los castigos que había recibido por proteger a las
hembras con las que lo obligaban a reproducirse. Su hombro derecho tenía
cicatrices de quemaduras y en su baja espalda resaltaba un corte largo de
cuchillo. Una herida de bala, menos visible que el resto, adornaba también su
muslo derecho.
Tenía
facciones más afiladas que 322, aunque igualmente endurecidas por años de
maltrato y cautiverio, y unos bonitos ojos azul oscuro. Su expresión era más
amable y compasiva en presencia de su especie, tal vez por el tiempo que pasaba
consolando a sus hembras.
—¿Te
encuentras bien? —le preguntó. La preocupación era evidente en su tono.
Night
apartó la vista hacia los barrotes de su celda. La visión de verse de nuevo en
esa situación, tan vulnerable e indefenso, incapaz de regresar con Vane y los
demás, hizo que su sangre hirviera de pura rabia y frustración y lanzara una
especie de mezcla entre gruñido y rugido, repleto de angustia, miedo e
impotencia.
Sin
pensar muy bien en lo que hacía, se agazapó, flexionando las rodillas sobre sus
pies y tensando los músculos del torso y los brazos. Esos putos barrotes no
impedirían que llegara hasta Vane. No iba a permitir que le hicieran lo mismo
que a él, no consentiría que lo encerraran en una celda para después torturarlo
ante sus ojos por haberlo ayudado, por haberle dado la libertad. Por haberle
entregado lo más hermoso que podía darle.
Sus
gruñidos se hicieron más bajos mientras calibraba cuál sería el punto más débil
de la puerta de su prisión cuando 345 lo interrumpió:
—Tranquilízate,
354. Sabes que así no lograrás nada.
Se
volvió para gruñirle a su compañero de celda, pero, al verlo, ocultó los
colmillos. 345 era el macho con el que más tiempo había convivido y en quien
más confiaba. En realidad, era lo más parecido que tenía a un hermano, y, en
ese instante, le alivió saber que seguía vivo, que aún no lo habían matado.
Como a los otros.
—Me
alegro de verte.
345
esbozó una media sonrisa. De los machos con los que convivía, era el más
delgado y con una cintura más estrecha, lo que le daba, más que una apariencia
débil, una figura más ágil. Su piel bronceada estaba estropeada por viejas
marcas de porra en la espalda y una horrible puñalada cerca del corazón que
todavía lo partía en dos cada vez que recordaba cómo se la hizo al tratar de
protegerlo de un castigo cuando los dos eran más jóvenes.
Sus
rasgos tampoco eran tan duros, sino que tenía facciones más suaves que a veces
le hacían parecer muy joven, aunque eso solo ocurría cuando estaban a solas; su
rostro era la viva imagen de la ferocidad en presencia de los médicos, técnicos
y guardias de Mercile. El hecho de que sus ojos fueran de un brillante tono
dorado no hacía más que acentuar la sensación de peligro que era capaz de
emitir.
—Yo
también, aunque creo que estabas mejor donde quiera que estuvieras. No sé qué
hiciste, pero tenías a todos los humanos cagados de miedo.
—Estaban
tan acojonados que apenas nos han hecho pruebas —comentó 322, apoyando los
brazos en los barrotes con una sonrisa divertida—. Sea lo que sea lo que has
hecho, ¿puedes repetirlo?
Night
tragó saliva mientras los contemplaba a todos.
—Estuve
fuera de aquí. Era libre.
Los
tres abrieron los ojos como platos y se irguieron, agarrándose a los barrotes
con tal fuerza que era como si trataran de salir de sus celdas, aun sabiendo
que no era posible.
—¿Lo
dices en serio? —preguntó 322.
—¿Cómo
es el exterior?
Sus
ojos brillaron de emoción al recordar la primera vez que vio el mundo, cómo la
noche acariciaba las gigantes montañas bañadas por un manto de árboles que, a
plena luz del día, tenían los cálidos tonos rojizos del otoño, o cómo los rayos
del sol se filtraban entre las copas de los árboles, mostrando la belleza y la
quietud del bosque, o el modo suave y ligero en que caían los copos de nieve
desde el cielo para cubrir la tierra de blanco.
—Mucho
más hermoso de lo podíamos imaginar.
Todos
se miraron entre sí, esperanzados. Siempre habían temido que, lo que quiera que
hubiera lejos de ese horrible lugar, fuera incluso peor. Más túneles de blancas
paredes asfixiantes, negros e inquebrantables barrotes, espacios pequeños y
cerrados en forma de prisiones, aromas ardientes de fármacos y drogas, humanos
crueles y asesinos que no dejarían de perseguirlos hasta que todos y cada uno
de ellos acabaran muertos.
—¿Y
cómo lo hiciste? —preguntó 322 con impaciencia—. ¿Cómo lograste escapar?
Night
se acordó entonces del doctor Therian, frunciendo un poco el ceño.
—No
fue cosa mía.
—¿Qué
quieres decir? —preguntó 373.
Los
miró a los tres con decisión. Era muy importante que le creyeran.
—Los
humanos. Hay humanos aquí que están de nuestra parte.
—Eso
es imposible —masculló 322—. Tuvo que ser algún truco.
—No
lo fue —replicó Night, poniéndose en pie—. Me sacaron de aquí, eran los únicos
que podían hacerlo.
—¿Por
qué iban a hacerlo? —replicó su compañero con un gruñido—. Joder, justo cuando
creía que teníamos una oportunidad resulta ser otro de sus retorcidos juegos
humanos. Te han engañado, 354. Han jugado contigo como ya han hecho con otros
antes.
Esas
palabras se clavaron en su cabeza con una fuerza demoledora. No pudo evitar
pensar en los primeros días que pasó en la casa de Vane, desconfiado,
cauteloso, inquieto y asustado. Era la primera vez que lo dejaban suelto en una
habitación que no estaba cerrada, la primera vez que le daban ropa y buena
comida, la primera vez que no tenía por qué llevar cadenas. Estaba convencido
de que era una trampa, un nuevo truco humano para hacer quién sabe qué…
Pero
no había sido así. Recordó la sensación de absoluta libertad que sintió cuando
Vane y Max lo dejaron a solas en el bosque, dejándole marchar si así lo
deseaba, la curiosidad por el mundo en el que vivía cada vez que el primero le
explicaba cómo funcionaban los humanos y su absoluta desolación cuando supo la
verdad de boca de su propio creador.
Sin
embargo, una férrea determinación se instaló en su ser al recordar sus
palabras. Therian lo había escogido para ayudar a su gente a ser liberados,
tenía que convencerlos de que Vane y sus hermanos eran buenos humanos, no el
enemigo.
—No
lo han hecho —declaró con fuerza, casi gruñendo. Todos percibieron la ira
contenida en su tono y lo observaron con atención—. Vane es el mejor hombre que
he conocido en mi vida, no vuelvas a insultarlo —le advirtió.
322
resopló, poniendo los ojos en blanco.
—Genial,
otro al que le gustan los humanos. Ahora empezarás a hablar como 345.
Este
le lanzó un gruñido.
—No
me gustan los humanos. Pero Cooper es diferente, tiene que serlo.
—Y
tiene razón —afirmó Night, pensando en el olor que detectó en el lugar donde
fue encontrado y mirando a su amigo—. Él fue uno de los que me sacaron.
Los
ojos de 345 relucieron esperanzados.
—¿En
serio?
Él
asintió antes de mirar a 322, que estaba a punto de argumentar en su contra.
—Brower
también estaba con él.
Ante
esas palabras, la expresión del macho cambió y se volvió dubitativa.
—¿Brower?
¿Estás seguro?
—Conozco
su olor. Ella es compasiva con nuestra especie, no puedes negarlo. Sé que se
ocupa a menudo de ti y nunca he oído a nadie quejarse de ella. ¿Vas a decirme
que ella juega con nosotros? ¿Después de todo lo que ha hecho por ti?
322
apartó la mirada, como deseando confiar, pero aún incapaz de hacerlo. No podía
culparlo, él mejor que nadie sabía lo difícil que era depositar su fe en los
humanos, sobre todo teniendo en cuenta para qué lo utilizaban.
Pero
era necesario. Si Vane… Si Vane aún estaba vivo… Seguro que se le ocurriría
algún modo de salir de la situación en la que estuviera. Él era inteligente,
valiente y tenaz. Estaba convencido de que podía superar cualquier cosa siempre
que…
345
olfateó en su dirección y se aferró a los barrotes, como si quisiera acercarse
a él.
—Eh,
¿qué ocurre? Huelo tu dolor.
Night
se dejó caer sobre sus rodillas. No quería vivir sin Vane, libre o no. La sola
idea de que hubiera muerto por su causa, por protegerlo, lo desgarraba por
dentro.
—Mi
Vane. Le dispararon. Los guardias les dispararon a todos.
Ante
esas palabras, sus compañeros abrieron los ojos como platos.
—¿Humanos
matándose entre ellos? —murmuró 322.
—¿Qué
pasó exactamente? —preguntó 373.
Night
apretó los puños.
—Me
descubrieron. No sé cómo lo hicieron, pero Mercile supo que yo estaba con Vane.
—¿Mercile?
—preguntó 345, confundido.
Alzó
la vista hacia él.
—Así
es como se llaman. Los médicos, los técnicos, los guardias. Todos ellos son
Mercile.
Los
tres se miraron entre sí, sin comprender qué implicaba eso exactamente.
—¿No
eran humanos? —preguntó 322.
—Es
complicado —respondió Night.
—Entonces
explícanoslo —pidió 373—. Cuéntanoslo todo, 354. Quiero saber si esos humanos
de los que hablas son buenos de verdad y qué has visto ahí fuera.
Night
inspiró profundamente.
No,
ahora no podía derrumbarse. Debía mantener la cabeza fría y no permitir que sus
emociones nublaran su juicio, tal y como le había repetido Vane una y otra vez
cuando entrenaba con él. Debía ver la situación con perspectiva.
No
había nada que pudiera hacer por él ahora, ni tampoco sabía qué le había
ocurrido, por lo que aún podía estar vivo. Eso lo averiguaría cuando los
médicos fueran a hablar con él. Era evidente que lo harían, querrían saber qué
había aprendido ahí fuera y el nivel de amenaza que eso suponía.
Tenía
que encontrar una buena estrategia para entonces, mantener el control de la
situación aun estando encerrado. Era un reto, pero podía hacerlo. Vane le había
enseñado trucos para manipularlos en caso de que fuera atrapado de nuevo. Como
siempre, había previsto todos los escenarios posibles y le había preparado
tanto como había podido en el poco tiempo que habían estado juntos.
Y
él tenía ventaja. Los médicos querrían información que él poseía y no lo
matarían a la primera teniendo en cuenta que su sola creación y mantenimiento
para los experimentos costaba millones de dólares. Por no hablar de la cantidad
de gente que moría día a día en esas instalaciones.
Sí,
ahora podía jugar a sus retorcidos juegos humanos y, esta vez, no podrían
engañarlo fácilmente.
Volvió
a levantarse, sintiendo que la determinación regresaba a él conforme el plan se
iba formando en su cabeza. Primero, debía ocuparse de su gente, transmitirles
todo lo que había aprendido sobre los humanos. Después, se encargaría de
averiguar qué había sido de Vane y los demás. Incluso aunque ellos… no
estuvieran… Sus hermanos ayudarían a su gente. Debía preparar a todo el mundo
para el rescate. Sabía que llegaría, los Hagel no consentirían que esos hijos
de puta se salieran con la suya después de lo que les habían hecho a sus
hermanos.
Miró
a sus amigos con decisión.
—Night.
Ahora me llamo Night.
—¿Así
está bien? —susurró Ethan.
Vane
esbozó una media sonrisa que no le llegó a los ojos.
—No
creo que sirva por mucho tiempo. —La mirada del doctor se volvió aún más
apagada de lo que ya era. Los dos sabían que sus cuidados no servirían de nada
en cuanto los guardias de Mercile entraran en aquella estancia, pero ninguno lo
dijo en voz alta. En vez de eso, Vane le dio una palmadita en el hombro con el
brazo bueno, el otro estaba roto e inservible—. Ve a ayudar a mi hermano.
Ethan
asintió y cogió su botiquín para después ir con Max, que estaba sentado en el
suelo, contra uno de los armaritos de la cocina, sujetándose todavía el hombro
lleno de sangre.
Qué
puto desastre.
Mercile,
de algún modo, se había enterado de que Night estaba allí, al igual que se
habían percatado de todas las trampas que había puesto alrededor de su terreno
para ser advertido de su llegada en caso de ataque.
No
habían tenido la más mínima posibilidad. Sin ese precioso aviso que les
permitía prepararse para una estrategia táctica en su propia casa, no habían
podido hacer gran cosa contra la veintena de soldados que los habían invadido.
Max
estaba herido en un hombro. No era grave, pero no podría mover demasiado el
brazo. Ethan estaba bien, aparte del par de golpes que había recibido nada más
terminó la munición de su pistola. Bear y Nocturn habían sido encerrados en una
de las habitaciones y…
Sam
había muerto.
A
ella no la habían llevado a otra habitación, sino que la habían hecho a un
lado, lo que quería decir que no era una amenaza.
La
habían matado.
Cerró
por un momento los ojos con fuerza. La pobre había tenido depresión tras la
muerte de Vic, sus ganas de vivir se habían ido con su dueño. Hasta que llegó
Night. No sabía muy bien cómo, él la había sanado. Y, ahora, justo cuando creía
que podría tener una vida feliz, acababan con esa esperanza.
Bastardos
hijos de la gran puta.
Morirían
todos. Sin importar cómo acabaran él, Max y Ethan, su muerte era segura.
—Vane.
Se
giró hacia su hermano, que le lanzó una mirada significativa.
—Sí,
ya lo sé.
Ethan
los observó de reojo un segundo antes de seguir desinfectando la herida de Max.
—¿Qué
ocurre?
—Que
debemos prepararnos para lo que va a pasar.
El
doctor tragó saliva.
—Vamos
a morir, ¿verdad?
—No
—respondió él, mirándose el brazo roto—. Van a torturarnos.
Ethan
palideció.
—Pero…
Tienen a Night. Tienen lo que buscaban.
—Pero
necesitan saber quién más sabe de su existencia —dijo Max—. No pueden
permitirse cabos sueltos.
—Ahora
mismo estarán buscando en todos los dispositivos electrónicos cualquier
información que tengamos acerca de Night y todo lo que esté relacionado con él
—explicó Vane—. Por eso aún estamos vivos y por eso han dejado que nos cures
las heridas.
—Debemos
estar bien sanos para que puedan jodernos después —se burló Max, aunque la
sonrisa cínica le duró solo un segundo, ya que vio el pálido rostro de Ethan.
Eso le hizo recordar que él era médico, no un soldado como Vane y él. No estaba
mentalizado para ello, eso le hizo sentirse mal por él—. Lo siento, Ethan
—murmuró, tocando su hombro—. No es justo para ti.
—No
podemos decir nada. La información que tenemos es nuestra única baza para
seguir con vida —dijo Vane, también sintiéndose culpable por el destino al que
debía enfrentarse Ethan—. Sé que no podemos pedirte que…
—Aguantaré.
Los
hermanos Hagel se miraron entre sí, sorprendidos por la resolución que había en
su voz. Nunca lo habían oído hablar de un modo tan decidido y firme.
—Fue
mi decisión quedarme en esto —explicó Ethan mientras terminaba de vendarle la
herida a Max—. Así que aguantaré.
Ambos
miraron al doctor orgullosos e impresionados a la vez. ¿Qué había sido del buen
doctor que se echaba a temblar ante la idea de que hubiera un enfrentamiento
armado? ¿Aquel que odiaba la violencia lo suficiente como para no querer
empuñar un arma? Ethan parecía ahora una persona diferente, como si hubiera
sacado todo el valor que tenía dentro para arrojarlo en el asador, aunque
viniera en forma de tortura. Vane no sabía cuánto podría aguantar, pero…
—De
todos modos, solo tenemos que aguantar hasta poner en marcha el Plan H.
El
doctor frunció el ceño.
—¿Qué
es eso?
Abrió
la boca para contestar, pero un portazo los sobresaltó a todos. Tres guardias
de Mercile entraron en la cocina armados hasta los dientes, aunque se habían
quitado los chalecos antibalas y los cascos, probablemente para estar más
cómodos mientras trabajaban en sus dispositivos informáticos.
El
que supuso que era el líder clavó sus ojos en él y le tendió su móvil, que
estaba vibrando.
—No
deja de sonar. Sea quien sea, líbrate de él —ordenó, estrechando los ojos—. Y
ponlo en altavoz, no quiero trucos. Haz algo raro y le pego un tiro a tu
hermano.
Vane
apretó la mandíbula, deseoso de amenazarlo con sacarle las tripas por la boca
como tocara a Max, pero, como siempre, prefirió ser prudente.
Porque
esa llamada era su salvavidas.
Cogió
su móvil, sintiéndose aliviado al comprobar que se trataba de Zane, y respondió
la llamada.
—Hola,
tigre —lo saludó.
Hubo
un segundo de silencio al otro lado de la línea. Solo uno. Zane había captado
su palabra de seguridad, por supuesto, mientras que los guardias, a los que
vigilaba de reojo, no parecieron darle mucha importancia. Aunque tampoco era de
extrañar, ya que su hermano era todo un maestro del espectáculo.
—¡Vane!
¿Por qué no contestabas? —preguntó con un tono de voz alegre, a pesar de que en
realidad le estaba preguntando qué había pasado para que estuviera en peligro—.
A estas horas sueles salir a correr, ¿verdad?
—Sí,
pero no he pasado una buena noche, el brazo está volviendo a darme problemas.
—Con eso establecía que el ataque fue anoche. Poner la excusa de su brazo
indicaba que el ataque era militar, ya que dicha herida la obtuvo en la guerra
y Zane lo sabía.
—Vaya,
hombre, ¿te duele mucho? —Ahora quería saber si estaba herido.
—Estoy
mejor, Ethan y Max me han echado una mano, como siempre. —Así le decía que sí,
que estaba herido pero que no era mortal y que su hermano y Ethan estaban
vivos.
—Menos
mal, me alegro de que estén contigo. Oye, los chicos y yo estábamos pensando en
dar una fiesta esta noche, ¿hay alguna posibilidad de que podáis venir?
Iban
a planear el rescate y quería saber si tenían alguna posibilidad de escapar. Se
quedó pensativo unos instantes, sabiendo que no tenía mucho tiempo para
responder antes de que los guardias sospecharan algo, por lo que sopesó sus
posibilidades. Sin embargo, no veía ninguna, imposible cuando él tenía una bala
en el pecho y estaban rodeados por guardias que no les quitaban el ojo de
encima.
—Creo
que hoy me quedaré en casa, por si acaso me vuelve a doler. Max no querrá irse
conmigo así y Ethan también se quedará para asegurarse de que estoy bien. —De
esa forma, Zane sabía que tendría que sacarlos teniendo en cuenta que estarían
como rehenes, lo que complicaba un poco las cosas, pero al menos tendrían el
factor sorpresa de su lado—. Pero, oye, arrasa en la pista por nosotros, ¿vale?
“Arrasar
en la pista” era su palabra clave para decirle que cogiera artillería pesada
porque había muchos enemigos, los suficientes como para dejar destrozada su
casa en una noche. Eso quería decir que traería consigo a todos los Hagel y tal
vez a unos cuantos amigos más.
—Dalo
por hecho, hermano —respondió con el mismo tono despreocupado, aunque con un
pequeño matiz que le sonó a una promesa—. ¡Nos vemos pronto! —Y con esas
palabras que le decían que iría a por ellos hoy mismo, colgó.
Vane
le devolvió el móvil al guardia que estaba al mando, procurando que su mirada
fuera fulminante para evitar sospechas.
—¿Satisfecho?
—No
del todo —respondió este, arrebatándole el teléfono—. Quiero las contraseñas de
todos los ordenadores y aparatos electrónicos que hay en esta casa y también la
de la cerradura electrónica de esa trampilla que hay en el suelo.
Él
se mantuvo firme.
—No
te daré nada.
El
guardia endureció el gesto.
—¿Sabes
lo que te espera si no me das lo que necesito?
—De
sobra.
—Entonces
acabarás muerto.
—Acabaré
muerto si te doy lo que quieres —replicó Vane—. Fui militar y lo sabéis, la
vida privada de un multimillonario es bastante pública hoy en día. Así que no
trates de venderme mierda que ya he tragado antes.
El
hombre lo asesinó con la mirada, pero dio media vuelta, dándole la razón.
—Acabaremos
accediendo a esos ordenadores.
Vane
sabía que no lo harían. Deberían tener un hacker muy bueno y él no era moco de
pavo, al fin y al cabo, tenía una empresa de seguridad que prestaba servicios
al ejército y a la puñetera Seguridad Nacional.
Sin
embargo, sí que había algo que le interesaba saber.
—¿Cómo
supisteis que estaba aquí?
El
guardia se detuvo y lo miró por encima del hombro.
—Te
investigamos después de que tendieras una emboscada a nuestro equipo. No nos
habría parecido raro que tuvieras tanta seguridad en tu propiedad dado tu
trabajo, pero nos dimos cuenta de que unos compañeros habían inspeccionado esa zona
antes. Nos dimos cuenta de que, por los tiempos, a ellos los pillaste por pura
casualidad, ya que estabas solo y armado con una pistola, mientras que al
equipo que enviamos los recibiste preparado con un plan estratégico, o de lo
contrario no habríais podido tu hermano y tú con tantos hombres. Eso quiere
decir que instalaste sensores de movimiento después de tu primer encuentro con
los nuestros. Nos llamó la atención.
—Y
utilizasteis drones aéreos para espiarnos —concluyó Vane.
El
hombre alzó una ceja.
—¿Cómo
lo has sabido?
—Es
lo único que no habría hecho saltar los sensores mientras los buscabais para
desactivarlos —dijo él, maldiciéndose por haberlos subestimado—. También
apagasteis los de la azotea para poder entrar desde arriba, ¿no es así?
El
jefe se giró un poco para mostrar su pecho henchido, evidentemente orgulloso de
su logro.
—Los
desactivamos todos. Sabíamos que 354 escucharía los motores de los jeeps si
íbamos con ellos, así que usamos un helicóptero. Volamos alto para que no nos
oyera, pero parece que lo detectó cuando se detuvo para que nosotros pudiéramos
bajar.
Vane
asintió.
—Ya
veo.
—Después
de todo, no eres tan inteligente como dicen —se mofó el gilipollas antes de
marcharse junto a sus dos hombres, que Vane supuso que dejaría apostados en la
puerta para asegurarse de que no intentaran nada raro.
Nada
más desaparecer por esta, sonrió. Max se dio cuenta de eso y ladeó la cabeza.
—¿Qué
has descubierto? —preguntó en un susurro.
—Buenas
noticias.
—¿Cuáles?
—murmuró Ethan, que se había sentado junto a su hermano nada más terminar de
vendarle el hombro.
—La
primera, que no saben que nuestros hermanos también están involucrados en esto
o no me habrían dejado hablar con Zane, sino que habrían hecho un trato con él
a cambio de información.
—El
factor sorpresa —sonrió Max.
—Probablemente
no disponían de drones aéreos y tuvieron que encargarlos, por eso no llegarían
a ver a los chicos aquí. Además, apuesto a que solo invirtieron el tiempo justo
en confirmar que Night estaba aquí y en encontrar los sensores antes de venir.
Sensores que, por cierto, están desactivados.
Los
ojos de su hermano brillaron, al igual que los de Ethan, que comprendió lo que
quería decir.
—Eso
significa que no sonará ninguna alarma.
—No
habrían sonado de todas formas —dijo Vane—, les puse al tanto de las medidas de
seguridad cuando estuvieron aquí, pero eso les ahorrará un tiempo precioso.
—Tiempo
que los cabrones invertirán en intentar coger información de nuestros
dispositivos —añadió Max—. Zane no tardará mucho en reunir un equipo eficaz
contra estos tipos. Al anochecer estará aquí, como muy tarde.
Vane
asintió.
—Tenemos
probabilidades de salir de esta si jugamos bien nuestras cartas. Por eso, debemos
aguantar.
El
sonido de la puerta acorazada deslizándose alertó a Night de que había llegado
el momento que estaba esperando. Se giró, comprobando que, tal y como
sospechaba, un gran grupo de humanos penetraba en la gran sala blanca donde los
retenían en jaulas.
Cuatro
guardias con fusiles cargados de sedantes abrían la marcha para proteger a los
que estaban detrás. Uno de ellos era el doctor Brennor, el médico encargado de
las pruebas de reproducción, un cabrón de pelo rojo engominado y maliciosos
ojos verdes que creía que sus hembras deberían sentirse halagadas por ser
folladas por hombres de verdad y no animales como ellos.
El
que iba a su lado y un paso por delante, andando con seguridad, llevaba bata de
médico, pero no lo había visto nunca. Era un tipo bastante rechoncho con gafas
y una barba prominente y bien cuidado. No le costó adivinar que era el que
mandaba porque Brennor, con lo que le gustaba dar órdenes a los demás, se
mantenía tras él sin rechistar. Puede que fuera alguien con un rango muy alto
en la instalación, Vane le dijo que alguien importante querría supervisar el
interrogatorio en caso de que fuera capturado.
Por
último, le sorprendió y alivió a la vez reconocer a Cooper. Ni sus pasos ni la
expresión de su rostro denotaron el más mínimo atisbo de emoción, y, sin
embargo, sus ojos vagaban entre él y el grupo de médicos una y otra vez. Habría
jurado que estaba inquieto, y, teniendo en cuenta que fue el que le ayudó a
escapar, supuso que era normal dado que no entraría en sus planes que lo
atraparan.
Despacio,
se levantó del suelo y se irguió en toda su altura, tensando los músculos para
parecer más intimidante. Los médicos se detuvieron un momento, haciéndole saber
que les había pillado por sorpresa verlo tan sano y fuerte, gracias a los
cuidados que le habían dado Vane y Ethan y a los entrenamientos de Max.
Bien.
Quería que estuvieran asustados.
345
y los demás lo imitaron. Los había puesto al corriente de todo lo que le había
ocurrido, de todo lo que había vivido y experimentado, de todo lo que había
aprendido en el exterior. Ahora comprendía lo difícil y frustrante que había
sido para Vane y Max explicarle qué era cada cosa y su función, sobre todo
porque sus amigos no podían ver lo que él había visto, pero creía que habían
comprendido los conceptos más importantes, y, sobre todo, los trucos que su
macho le había transmitido para usarlos contra los médicos.
El
humano que estaba al mando adelantó por fin a los guardias y se quedó a poco
más de dos metros de su jaula, así se aseguraba de que no pudiera agarrarlo.
Más de un técnico había muerto con un solo golpe contra los barrotes o con el
cuello roto por acercarse más de la cuenta.
—Hola,
354 —lo saludó con una sonrisa que pretendía ser amable.
Night
gruñó, mostrándole los colmillos.
—¿Quién
eres?
—Mi
nombre es Dean. Vengo a hacerte unas preguntas.
Él
levantó una ceja.
—Creía
que mi gente no era lo bastante inteligente como para saber responder una
pregunta.
Los
labios del hombre se tensaron, como si no esperara esa respuesta. Bien, lo
estaba descolocando y confundiendo, era un buen comienzo.
—Bueno,
solo quería saber qué te ha parecido nuestro experimento —dijo con más
confianza.
Night
frunció el ceño, pero permaneció atento, consciente de que era algún tipo de
estrategia para confundirlo.
—¿Qué
experimento?
—El
que ha llevado a cabo el doctor Hagel.
345
y los demás se tensaron, temiéndose lo peor, que, al final, tal y como había
dicho 322, todo hubiera sido uno de los juegos de los humanos para hacerles
daño. Night, por otro lado, apretó los puños con fuerza al mismo tiempo que su
rostro se crispaba.
Estaban
tratando de enfrentarlo con Vane.
Querían
jugar sucio, como siempre. Está bien, él podía seguirles el juego.
—¿Ah,
sí? —preguntó muy tranquilo.
Tal
y como esperaba, su falta de reacción volvió a desconcertar a los humanos,
Cooper incluido, que lo miró con interés.
Dean
intentó retomar el control del interrogatorio.
—Eh…
Sí. Ha sido muy interesante ver cómo te desenvolvías ahí fuera.
Night
sonrió por dentro. Sí, actuaba tal y como Vane dijo que haría, su inteligente
macho había predicho todas las tácticas que emplearían contra él para
manipularlo de nuevo.
Pero
ahora él conocía las reglas del juego.
—¿Cuál
fue la primera comida que me dieron?
Casi
se le escapó una carcajada al ver la cara que pusieron esos idiotas. Después de
todo, el animal que tenían delante no era tan estúpido como creían.
—Qu…
¿Qué? —balbuceó Dean.
—¿Cuál
fue la primera comida que me dieron? —repitió Night, empezando a sonreír,
sabiendo que lo había pillado—. ¿De quién era la ropa que me prestaron? ¿Qué
tipo de alimento no me gusta? ¿En qué habitación dormía? —Todas eran preguntas
que Vane le había enseñado que no podían saber a menos que hubieran estado allí
con ellos o en contacto, ya que podían obtener fácilmente información de él y
sus hermanos a través de internet, archivos, revistas y periódicos. Escogía
esas porque sabían que no podrían responder, le demostraban a él, y, sobre
todo, a sus compañeros, que Vane no estaba del lado de Mercile—. Vane no está
con vosotros o de lo contrario no habríais tenido que entrar en su casa a tiros
—dicho esto, su rostro se endureció—. ¿Dónde está? ¿Qué habéis hecho con él y
los demás?
Dean
se puso rojo de rabia, incapaz de concebir que un maldito animal lo estuviera
ridiculizando.
—Que
te jodan. Te pudrirás en esa jaula preguntándote qué les estamos haciendo.
—Así
que siguen vivos —replicó Night, sintiendo el puro alivio recorriendo su
cuerpo. Probablemente estaban heridos, pero había esperanza siempre que
siguieran respirando.
El
médico apretó los labios, furioso porque había revelado más información de la
que quería, de nuevo. Hizo amago de dar media vuelta para irse.
—No
por mucho tiempo —declaró.
Pero
Night ya estaba preparado para contratacar.
—Si
les haces daño, jamás sabrás lo que me dijo Therian.
Dean
se detuvo al instante y supo que había usado la baza perfecta. A partir de
ahora, él tenía el control.
El
hombre volvió a encararlo con los ojos muy abiertos.
—¿Qué
has dicho?
—Therian
y yo tuvimos una larga conversación. Me dijo muchas cosas interesantes.
—¿Cuáles?
—se apresuró en preguntar el humano, casi con desesperación.
Sí,
ya era suyo.
—¿Qué
me darás a cambio de esa información?
El
médico lo asesinó con la mirada.
—Nada.
No tienes derecho a nada, perro. Vas a darme lo que quiero o haré daño a tus
amigos.
Night
estrechó los ojos, en absoluto intimidado.
—Si
los tocas no tendrás una mierda. Si tus guardias se acercan a mis amigos, no te
diré nada. Si haces daño a Vane, Max y Ethan, ni siquiera abriré la boca. Si me
matas, el secreto de Therian morirá conmigo. Así que tenlo muy claro, o juegas
con mis reglas o el juego termina. Y quien tiene todas las de perder eres tú.

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