Capítulo 1. Respirar
Izuku
necesitaba un momento para respirar. Debería estar acostumbrado a las salas
oscuras con potentes focos de luces coloridas, pero, al parecer, esa época
había sido borrada de su cabeza, porque se sentía mareado y le palpitaba la
cabeza. Probablemente, el latido del bombo que hacía retumbar hasta los
cristales que daban a aquel balcón tenía algo que ver.
Por
eso, estaba tan agradecido de vivir en Sapporo. Nada más salir, el aire frío lo
golpeó en la cara como una bofetada, despejándolo al instante. Ah… Eso estaba
mejor. En unos minutos estaría recuperado y podría plantearse si volvía a esa
discoteca para conseguir aquello por lo que había venido o si solo lo haría
para salir de allí con el rabo entre las piernas.
Suspiró
mientras avanzaba hacia la barandilla, soplando aire caliente sobre sus manos.
El balcón no era muy ancho, pero el encargado de la decoración se había
molestado en colgar plantas artificiales de la parte exterior de la barandilla con
pequeñas luces escondidas que cambiaban de colores fríos y violáceos a rojos y
anaranjados. Daba un poco de ambiente e Izuku agradecía que las luces fueran
más discretas que los potentes focos de dentro.
Se
alejó de las puertas de cristal y se apoyó en la barandilla que hacía esquina,
contemplando el barrio de Chuo desde el imponente ático donde tenía lugar la
fiesta privada de Dynamight. Sin duda alguna, no era tan llamativo como
cualquier distrito de Tokio, pero, aun así, tenía edificios altos y zonas de
ocio que, a esas horas de la noche, hervían de actividad. Un poco más lejos,
podía ver la larga y amplia zona verde que era el parque Odori.
Dejó
caer el mentón entre sus manos mientras se preguntaba qué hacer.
A
ver, había pagado una cantidad indecente (aunque justa) para tener acceso a esa
fiesta con el objetivo de poder entablar una conversación con los integrantes
de la banda. Por desgracia, no se le pasó por la cabeza que las otras cincuenta
personas, obviamente, también querrían hablar con ellos y, a diferencia de él,
eran lo bastante agresivos como para lanzárseles encima y pisotear a cualquiera
que se interpusiera en su camino.
Pese
a su nerviosismo y timidez, había hecho un valiente intento… del que casi no
sale con vida.
Madre
del amor hermoso, no había visto a Omegas con tan mala leche desde Saphira,
aunque eso ya rozaba la sed de sangre. No es que no hubiera Alfas y Betas, pero
los Omegas, en concreto, le habían lanzado miradas que prometían una muerte
horrible en cuanto se diera la vuelta.
Soltó
un gemido de frustración, dejando caer las manos y la cabeza.
No
le importaría no hablar con la banda si al menos hubiera conseguido su disco
firmado. En el concierto, había pagado para poder estar en las primeras filas y
disfrutar como un crío del espectáculo, había sido su sueño poder ver su banda
favorita de cerca y no se arrepentía, pero eso había querido decir que, debido
a la cantidad de gente, no había conseguido un buen sitio en la hora de los
autógrafos y se había quedado sin poder cumplir sus otros sueños: su disco
firmado y una pequeña conversación.
Pensó
que la fiesta podía ser su segunda oportunidad… Pero empezaba a tener dudas.
Los otros fans de Dynamight daban miedo. Había intentado entablar conversación
con algunos, pero todos estaban pendientes de la banda, al acecho mientras
bailaban o tomaban algo esperando una oportunidad para abalanzarse sobre ellos.
Era
como ver a un montón de seres humanos recreando un documental de caza. Y él que
creía que ya lo había visto todo en la vida.
El
sonido corredero de la puerta de cristal seguido de una diatriba de coloridas
maldiciones interrumpió sus pensamientos. Al girarse, se quedó tan impactado
que no pudo soltar ni un solo sonido, a pesar de que una voz en su interior
chillaba como el fanboy que era.
¡KATSUKI
BAKUGO ESTABA EN EL MISMO BALCÓN QUE ÉÉÉÉÉÉL!
La
sorpresa y el nerviosismo lo dejaron paralizado en el sitio, mirándolo
fijamente.
El
batería de Dynamight era una bestia de metro ochenta y ocho y un torso amplio y
fuerte que descendía hacia una cintura estrecha que le daba una figura más
atlética y proporcionada que no robusta o musculosa, a pesar de sus grandes
hombros y espaldas anchas. Llevaba una chaqueta de cuero negro con el dragón
rojo de Dynamight en la espalda, envuelto en explosiones de fuego y mordiendo
la primera letra anaranjada del nombre del grupo. Sus largas y estilizadas
piernas estaban enfundadas en unos pantalones oscuros que finalizaban en unas
llamativas botas negras con cruces naranjas adornando la parte delantera de la
pierna y las suelas. La piel clara hacía resaltar sus ojos como brasas, de
mirada fiera y enmarcados por un continuo ceño malhumorado, contrastando con su
pelo rubio ceniza, corto pero espeso y abundante, con un corte desenfadado que
no tenía nada que ver con su expresión iracunda.
Porque,
si la vida de Izuku hubiera dependido de adivinar su estado de ánimo, habría
jurado que su rostro era la viva imagen de la ira homicida. El batería tenía
los dientes apretados y ojos de perro rabioso, como si lo único que le
impidiera matar a alguien fuera que no tenía un cuchillo a mano.
Algo
de lo que Izuku estaba profundamente agradecido. Daba un miedo terrible.
Lo
vio cerrar las puertas con tanta fuerza que le sorprendió que no hubiera roto
los cristales. Después, fue hacia la barandilla y se aferró a ella con tanta
fuerza que los nudillos se le volvieron blancos. Gruñó otra retahíla de
insultos de lo más creativos entre dientes, inclinando su enorme cuerpo hasta
casi tocar la barandilla con la frente.
Izuku
permaneció en completo y absoluto silencio. Solo por si acaso.
Sin
embargo, no estaba a salvo. De repente, la diatriba se detuvo en seco y el Alfa
giró la cabeza hacia él. Izuku dio un pequeño salto, sintiendo cómo su pelo se
erizaba.
Oh,
oh.
El
batería se irguió con rapidez, encarándose hacia él, y le gritó:
—¡¿Y
tú qué mierda quieres?! ¡¿Ah?!
A
Izuku se le escapó un pequeño grito antes de llevarse las manos a la boca para
callarse. Un instante después, las movió delante de él mientras retrocedía todo
lo que le permitía el pequeño balcón.
—¡Ah!
No. N-n-n-nada —logró tartamudear, aunque no estaba muy seguro de cómo.
El
Alfa le gruñó y se giró hacia la ciudad, apoyando los codos sobre la
barandilla, mirándola sin verla realmente, todavía con esa expresión furiosa.
Izuku
se pegó a la esquina más alejada, un poco tembloroso.
Tenía
un gran problema. Ya sabía que Bakugo no era el miembro más amable o accesible
de la banda, por no decir que era un cascarrabias que no aguantaba tonterías de
nadie. No era un secreto que tenía mal carácter y que no era el primero al que
un fan se acercaría.
Sin
embargo, una cosa era saberlo y, otra, ser víctima de su mala hostia. Sabía que
no le haría daño, pero… Mierda, estaba asustado de moverse siquiera. No tenía
ni idea de qué había pasado para que estuviera tan enfadado, pero sí estaba
seguro de que no quería estar en el fuego cruzado.
Era
una lástima, porque, a pesar de eso, lo admiraba mucho. La fuerza que
transmitía a través de la batería le golpeaba el pecho y sacudía su cuerpo, y
su fuerte presencia en el escenario no pasaba inadvertida, aunque fueran
Kaminari y Kirishima los que se ocupaban de la parte del espectáculo. También
sabía por las entrevistas que era quien tenía más conocimientos y técnica
musicales, que tocaba varios instrumentos, que sabía componer y cantar. De
hecho, él había compuesto e interpretado su canción favorita.
Desde
que tenía veinte años, había querido decirle lo que significó esa canción para
él, a pesar de que siempre había dudado de ser capaz de hablarle.
Ahora
sabía que eso no pasaría, ni de broma.
Echó
un vistazo a su alrededor, pensando en salir por patas de esa fiesta tan rápido
como pudiera. Se conformaría con haber visto el concierto de cerca.
Sus
ojos encontraron la salida… justo al otro lado del Alfa.
Gritó
horrorizado en su fuero interno. Ponerse a la espalda de un animal furioso era,
según todos los documentales de naturaleza, una mala idea. No estaba diciendo
que Bakugo lo fuera, pero se sentía como tal.
Y,
ahora, ¿qué hacía? Acercarse para intentar salir de allí le seguía pareciendo
el equivalente a poner su vida en riesgo. ¿Y si se quedaba quieto donde estaba,
fingiendo que no existía? Podría huir en cuanto el Alfa regresara a la fiesta…
Pero, ¿cuándo lo haría? Sapporo, finales de octubre, por la noche. Sería un
Omega afortunado si estaban a diez grados.
Demasiado
asustado para tratar de acercarse a la puerta, se metió las manos en los
bolsillos y acurrucó la cabeza en el cuello de su abrigo. Apostaría por su
segunda opción hasta que el frío pudiera con él, solo entonces, el instinto de
supervivencia debería urgirlo lo suficiente como para salir corriendo de allí.
Katsuki
necesitaba un respiro antes de mandarlo todo a la mierda.
Puto
Pikachu. Privada, Pikachu, privada, ¿sabía cuál es el significado de eso? Una
fiesta privada era para la banda, el equipo y los artistas invitados, no para
los jodidos fanáticos. ¡Y encima había puesto esa mierda asquerosa de tecno!
¡Son un grupo de rock, joder! ¡Podría poner al menos algo que se acercara un
mínimo a su género!
¡Pero
no! Dejemos que vengan algunos fans, dijo Pikachu. Será divertido, dijo
Peloraro. Caraburro no dijo nada, pero seguro que habría pensado algo como que
tenía que relacionarse con la gente que escuchaba su música, socializar, crear
lazos y mierdas de esas.
Antes,
lo habría hecho. Joder, antes era genial. La gente se acercaba para preguntarle
por música, por cómo tocaba la batería, de dónde salían las canciones, qué
grupos, canciones y temas los habían inspirado.
Eso
era la hostia. Encontrarte de repente con gente que tenía la misma pasión que
tú. Podían tener los mismos gustos o no coincidir en nada, pero era interesante
hablar con ellos entonces.
Ahora
que estaban en lo más alto, pura mierda.
Los
fanáticos solo querían fotos para sus redes sociales o grabarlo diciendo alguna
mierda de felicitación para otra persona. Eh, miradme, perdedores, he estado
con un famoso. Odiaba eso, aunque tal vez no tanto como los extras amateurs que
se empeñaban en darle maquetas de discos con la esperanza de que los escuchara
y les diera un empujón.
Ni
de coña. Él no tenía tiempo ni ganas de hacerle favores a nadie. ¿Quieres
llegar a la cima? A comer mierda como habían hecho todos. En el mundo de la
música, los enchufados no tenían ni puta idea de cantar, tocar o hacer una
mierda aparte de un espectáculo bochornoso que llamara la atención en las redes
sociales para catapultarlos a la fama.
Eso
era una puta vergüenza para la música y se negaba a formar parte de eso.
Y
luego estaba su grupo favorito, los Omegas sin collar.
Puto
Pikachu. Sabía que todos los que estaban en esa fiesta habían pagado por ello,
pero, a veces, se preguntaba si Pikachu tendría algo que ver en algún proceso
de selección del que no estaba enterado para atraer a todos los putos Omegas
que estaban deseando ser compañeros floreros.
Es
decir, estaban en la jodida Sapporo a ocho grados de mierda y los Omegas de ahí
dentro iban en top y pantalones que ni siquiera les cubrían los muslos. Sí,
algunos llevaban mallas en las piernas, pero hasta con la iluminación
caleidoscópica podía ver que era una triste protección contra el frío que
hacía, y sí, también era consciente de que en la sala hacía más calor, pero,
¡coño!, tanto la banda como el resto de fans iban en camiseta y pantalones
largos, ¡largos, joder! ¿Es que son idiotas? Lo único que van a conseguir es
ponerse enfermos.
Ah,
y no hablemos de los collares. ¿Cómo mierda era posible que no hubiera ni uno
solo con collar? ¡Ni uno!, lo que quería decir que estaban solteros y deseosos
de engancharlo a él o a uno de sus amigos ricos para solucionarles la vida.
En
el transcurso de la noche, se le habían acercado siete, ¡siete! ¡Siete, mierda!
Incluyendo al idiota ese que no había captado la indirecta para que lo dejara
solo en el puto balcón.
Lo
miró por el rabillo del ojo. Estaba claramente asustado, se había asegurado de
que su tono no dejara lugar a dudas de que no era bien recibido y que quería
estar solo, pero, por algún motivo, seguía ahí parado, mirándolo de reojo de
vez en cuando. ¿El muy cabrón creía que podría conseguir algo? ¡Si estaba
temblando!
Entonces,
cuando estaba a punto de gritarle que se largara, se fijó en algo.
No
iba vestido como los otros Omegas. Llevaba puesto un abrigo de plumas negro con
capucha de pelo castaño. No era sorprendente ya que había salido al balcón y ni
siquiera los idiotas de dentro lo harían (o eso quería pensar, ya dudaba de que
tuvieran sentido común), pero, al menos, tenía puestos unos pantalones largos
de pana azul marino y, en vez de botines o zapatos de fiesta, llevaba unas
deportivas rojas.
Podría
haberse cambiado, pensó, aunque no se parecía a los otros Omegas de la fiesta.
No vio que llevara complementos llamativos o que fuera maquillado o
especialmente arreglado, hasta su pelo rizado era un desastre.
Entonces,
mientras seguía observando su rostro, se dio cuenta de algo.
Este
Omega sí llevaba collar.
Con
disimulo, olfateó el aire. No notó el aroma de un Alfa en él, por lo que debía
de estar soltero. Pero, aun así, llevaba el collar.
Un
Omega con collar, vestido como una persona normal y que había salido al balcón.
Frunció el ceño. No le sonaba haberlo visto en la fiesta y estaba bastante
seguro de que le sonaría solo por su curioso cabello, ya que todos los Omegas
se le habían acercado a él o a sus amigos.
Pensándolo
bien, él ya estaba en el balcón antes de que llegara. No lo había seguido, de
hecho, ni siquiera le había hablado hasta que le había gritado.
Siguió
observándolo de reojo, preguntándose si sería el único fan Omega normal de
aquella jodida fiesta o si se trataba de algún tipo de trampa. Teniendo en
cuenta su experiencia, ya desconfiaba de todo.
Fue
por eso que se dio cuenta de que el Omega no lo estaba mirando a él, sino a
algo en su espalda. Giró la cabeza despacio, procurando que pareciera un
movimiento desganado natural, como si estuviera comprobando cómo iba la fiesta.
Y,
en ese instante, se dio cuenta. El Omega solo estaba mirando la puerta.
Quiso
darse de golpes contra la pared. El pobre chico estaba tan asustado de él que
solo estaba esperando la oportunidad de huir. Joder, la había cagado bien. Ni
se le había acercado y él había descargado toda su rabia contra alguien que no
le había hecho nada.
Mierda.
Mierda, mierda, mierda. Podía no gustarle el tipo de fanáticos que lo
perseguían ahora, pero ser un borde con alguien de su público porque sí tampoco
estaba bien.
Suspiró
y se giró hacia él.
—Oye.
Casi
sonrió al ver cómo saltó, igualito que un gato al que acababan de darle un
susto. Un poco más y saltaba por el balcón.
Sin
embargo, no fue tan divertido ver cómo temblaba ante él o lo abiertos que
estaban sus ojos, a pesar de que no olía su miedo.
—¿S-sí?
Joder,
hasta balbuceaba. ¿Tanto lo había acojonado?
Se
llevó una mano a la nuca e hizo una mueca. Esta mierda se le daba como el culo.
—Mira,
no he tenido una buena noche y lo he pagado contigo. Eso ha sido una mierda, no
tendría que haberte gritado —dijo, torciendo los labios.
No
le parecía lo bastante bueno, pero detestaba las disculpas. Abrió la boca para
intentarlo de nuevo…
—N-no
te preocupes —dijo el Omega antes de que pudiera decir nada. Había alzado las
manos en señal de paz y, pese a su sonrisa dubitativa, vio simpatía en sus ojos
verdes—. Todos tenemos un mal día. No pasa nada.
Katsuki
ladeó la cabeza. Apreció no tener que intentar disculparse de nuevo, pero
seguía sin parecerle suficiente.
—Aun
así, he sido un mierda. ¿Quieres una foto a cambio? —Odiaba eso, pero estaba
dispuesto a darle algún tipo de compensación por el mal rato que le había hecho
pasar.
El
Omega sacudió las manos.
—No
hace falta, de verdad.
Eso
lo pilló desprevenido. Se cruzó de brazos mientras lo miraba fijamente. ¿Tanto
lo había aterrorizado que no se atrevía a pedir nada?
—Vamos,
algo querrás. Solo pídelo —dicho esto, se le ocurrió una idea—. Ahora estamos
tú y yo. Es tu oportunidad.
Sus
palabras surtieron efecto, porque los ojos del chico brillaron, como si se le
hubiera ocurrido algo. Por supuesto, tenía que haber algo que quisiera de su
banda, si no, no habría pagado por estar en esa fiesta.
—En
ese caso, si no es mucha molestia… —empezó a decir el Omega mientras se abría
el abrigo.
Katsuki
se fijó en que, debajo, llevaba una sudadera con la portada de su último disco,
una azul con nubes violáceas y anaranjadas que representaban el atardecer tras
el dragón rojo de su banda, que lanzaba fuego contra un gigantesco lobo contra
el que estaba luchando.
No
pudo contener una media sonrisa. Era un detalle tonto y bastante común, pero le
gustaba la gente que iba a los conciertos con la camiseta de la banda a la que
iban a ver.
Entonces,
el Omega sacó de un bolsillo interior del abrigo una funda con cremallera que
guardaba algo cuadrado.
Oh,
no, mierda. Por favor, que no fuera una estúpida maqueta…
—¿Me
firmarías esto? —le preguntó, un poco sonrojado, ofreciéndole un disco.
Katsuki
relajó los hombros. Gracias a Dios, era algo normal, aunque frunció el ceño.
—¿No
has podido llegar a la firma de autógrafos?
El
Omega sacudió la cabeza.
—Había
muchísima gente y yo estaba en las primeras filas, así que me costó mucho salir
—dijo antes de echar un vistazo a la fiesta con el ceño fruncido—. Esto no es
mi ambiente, pero pensé que tal vez aquí podría conseguir una.
Así
que por eso estaba en el balcón. Tal vez se había agobiado con la mierda de
música que ponía Pikachu, no le extrañaría. El Omega tenía buen gusto, en ese
caso.
Katsuki
cogió el disco y se lo acercó para ver cuál había escogido, preguntándose cuál
sería su favorito.
Al
ver la portada, se quedó paralizado. Era una cueva en la que el dragón de su
banda estaba enroscado alrededor de un nido donde crepitaban unas llamas, entre
las cuales se adivinaba la figura de un fénix. En la parte de arriba, se podía
leer Birth of Howitzer y, en la de abajo, el nombre del grupo.
Los
trazos del dibujo eran un poco toscos y los colores con los que lo habían impreso
no eran muy buenos y se veían un poco blanquecinos por el paso del tiempo, pese
a que estaba en bastante buen estado, y la tapa era tan cutre que supo de
inmediato que era la original.
—¿De
dónde has sacado esto? —le preguntó sin apartar los ojos de la carátula. No
pensó que volvería a ver uno de esos discos, no en manos de un extraño, al
menos.
El
Omega frunció el ceño.
—Eh…
¿De una tienda?
Katsuki
alzó los ojos hacia él.
—¿Cuándo
lo compraste? —preguntó con el corazón acelerado.
El
chico ladeó la cabeza, confundido.
—Hace
nueve años, cuando salió —respondió con cierta duda en la voz, aunque supo que
era porque no entendía a qué venía la pregunta.
Katsuki
sintió que le iba a estallar el corazón.
Santa
mierda. No se lo podía creer.
Su
grupo grabó su primer disco durante los dos primeros años de universidad. Lo
hicieron a base de alquilar un pequeño y humilde estudio en Tokio, con los
instrumentos con los que habían aprendido a tocar y el equipo técnico que
pudieron permitirse con el dinero ahorrado de sus trabajos a tiempo parcial.
Con
su reducido presupuesto, solo pudieron sacar sesenta discos y los distribuyeron
en tiendas de música pequeñas especializadas en rock y heavy de la metrópolis
que siempre estaban dispuestas a recibir cosas nuevas.
Más
de la mitad de esos discos acabaron en manos de sus familiares y amigos, pero
la otra mitad la compraron sus primeros oyentes, que se encargaron de hacer el
boca a boca. Katsuki no supo qué demonios pasó durante esa cadena, pero, al
cabo de un año o poco más, les escribieron de repente varias personas pidiendo
más ediciones físicas o preguntando si podían escuchar sus canciones en alguna
plataforma de internet.
Dos
años después, su grupo empezó a despegar y consiguieron un contrato con una
discográfica. No es que se hicieran ultrafamosos de golpe, pero fue un primer
paso, el más difícil de conseguir.
Miró
al Omega delante de él con los ojos muy abiertos. ¿Él fue de los primeros?
—¿Lo
compraste en Tokio? —preguntó, solo por estar seguro.
Este
asintió, todavía con cara de saber que se estaba perdiendo algo en aquella
conversación que, en principio, no podría ser más trivial.
—Sí
—dijo antes de mirar a la nada, como si intentara recordar algo—. En una tienda
de rock, Rock’s Rising. —Esbozó una pequeña sonrisa—. La dueña era una
Beta anciana que llevaba un gato al hombro. Colgaba las novedades del techo con
hilos rojos diciendo que si alguien las cogía era porque…
—Estaban
destinadas a esa persona —terminó Katsuki. Se acordaba de eso, como para no
hacerlo; le pareció una chorrada, pero no dijo nada porque bastante suerte
tuvieron con que otra tienda accediera a poner su primer trabajo en la sección
de novedades.
Joder,
este chico era uno de sus primeros fans.
Al
mirarlo, su percepción de él fue diferente. Aunque no lo diría en voz alta,
sintió agradecimiento. De no ser por personas como ese Omega, no habría llegado
a donde estaba, y, a pesar de que había cosas de la fama que odiaba y que lo
ponía de los nervios, amaba poder dedicarse a la música, crear canciones e
incluso hacer conciertos donde podía dar todo lo que tenía.
Apretó
un poco el disco. Mierda, él no era una persona a la que le fueran los
sentimentalismos, pero debía admitir que ese chico le había tocado una fibra
sensible que no sabía que tenía.
—Espera
aquí —le dijo antes de dar la vuelta y regresar a la fiesta.
Izuku
se quedó parado, tan confundido que no pudo decir nada.
Vaaaale,
eso había sido surrealista. Primero, le gritaba y luego se disculpaba, hasta
ahí, todo normal, pero ¿por qué se había puesto tan raro al ver el disco? ¿Era
porque se trataba de una primera edición? Sabía que había una versión
remasterizada con una portada más trabajada y mejor sonido, pero no era lo
mismo, no para él.
¿Debería
preguntarle a Bakugo o se molestaría? No quería agobiarlo, tampoco. Ya le había
gritado una vez y estaría bien llevarse un buen recuerdo de él en vez de la
versión furiosa que casi lo devora.
Estuvo
unos diez minutos esperando, paseándose por el balcón con las manos bajo las
axilas para mantenerlas calientes. Pasado ese tiempo, oyó la puerta abrirse
junto con la colorida diatriba del batería.
—Extras
de mierda, no hay forma de quitármelos de encima, joder…
Izuku
esbozó una pequeña sonrisa apenada. Pobre hombre, tal vez su malhumor estuviera
justificado, después de todo. No debía de ser fácil ser uno de los grupos de
rock más populares del momento.
Bakugo
fue hacia él y le devolvió el disco.
—Ábrelo.
Izuku
obedeció y vio de inmediato lo que había hecho. La emoción fue tal que tuvo que
agarrarse a la barandilla. Ahí, tras el papel de la carátula, le habían
escrito:
Para nuestro fan número uno. Mil gracias por todo tu apoyo durante tantos años.
Con fuerza y fuego, Dynamight.
Y bajo esas palabras…
—¡ESTÁN
TODAS LAS FIRMAS DE LA BANDA! —gritó dando saltitos y aferrándose al disco con
las dos manos.
Katsuki
cruzó los brazos a la altura del pecho y sonrió con arrogancia.
—No
iba a darle a nuestro mayor fan una mierda de firma y ya —dijo antes de
enseñarle un rotulador grande. Sus ojos brillaban—. Llevas la sudadera de la
banda, ¿no? Déjame tu espalda.
Los
ojos de Izuku se hicieron más grandes, si eso era posible.
—¿De
verdad?
—Date
la vuelta, fanboy.
Katsuki
intentó no reír por cómo se quitó atropelladamente el abrigo y casi saltó
delante de él, dándose la vuelta. Con cierta diversión, le apartó la capucha
poniéndosela sobre ese caótico pelo rizado.
—Tu
nombre.
—Izuku
Midoriya.
Le
quitó la tapa al rotulador y escribió en letras bien grandes:
Para Izuku Midoriya, el mayor fan de Katsuki Bakugo.
Y, después, se aseguró de hacer una firma que ocupara toda la zona baja de su espalda. No sabía si ese Omega era de los que presumiría o no de haber conocido a un famoso, pero, si no era así, ahora tenía un buen motivo para hacerlo. Hacía mucho que Katsuki no firmaba más que con su nombre y punto, había dejado de añadir comentarios, aunque fueran cortos, cuando su salto a la fama empezó a causarle problemas con sus fans. Pero, con ese en concreto, estaba dispuesto a hacer una excepción.
—Listo.
Fue
jodidamente gracioso cómo el Omega se metió los brazos bajo la sudadera para
girarla y ver lo que había escrito. Cuando dio un saltito, Katsuki no pudo
reprimirse más y soltó una carcajada.
—¿Qué
creías? ¿Que había puesto algo así como “patéame el culo”?
—Claro
que no —protestó Izuku antes de mirarlo con ojos brillantes—. Gracias. La
atesoraré toda la vida.
Katsuki
soltó una risilla y apoyó la espalda en la barandilla mientras Izuku se
colocaba bien la sudadera y se ponía el abrigo de nuevo.
—Oye,
¿puedo preguntarte algo? —dijo, curioso por una cosa.
Izuku
se acercó para oírlo mejor por encima de los golpes del bombo. Pensaba que
Bakugo se marcharía después de las firmas, pero parecía que aún tenía ganas de
hablar.
Por
él, genial. Parece que, después de todo, esa noche sí iba a cumplir todos sus
sueños.
—Dime.
Señaló
su disco, que Izuku estaba guardando cuidadosamente en la funda antes de
dejarlo en el bolsillo interior de su abrigo.
—¿Por
qué lo compraste? No éramos nadie, entonces. ¿Te lo recomendó alguien?
Izuku
se llevó una mano a la nuca.
—Ah,
no, lo compré por mi cuenta.
—¿Por
qué?
—Eh…
Es una tontería.
El
batería sonrió de un modo perverso.
—Ahora
tengo que saberlo.
Izuku
se sonrojó. Realmente era una tontería, nada especial.
—Te
reirías.
Katsuki
se encogió de hombros.
—Aun
así, quiero saberlo —dicho esto, se cernió sobre el Omega, todavía sonriendo—.
Vamos, cuéntaselo a tu ídolo.
Izuku
apartó la vista, pero murmuró:
—La
portada me llamó la atención. Me gustan los dragones.
Katsuki
enseñó los dientes cuando ensanchó su sonrisa.
—Así
que Howitzer te conquistó, ¿eh? Buen chico.
El
Omega dejó escapar un suave suspiro. Al menos, no se había reído de él.
—¿Es
tu favorito? —le preguntó el batería, sobresaltándolo un poco. No pensaba que
quisiera hablar tanto con él—. El primer disco.
Izuku
frunció el ceño.
—Mmm…
No es eso. Fue el más importante para mí —dijo, curvando los labios hacia
arriba, aunque fue un gesto un poco triste. Le traía demasiados recuerdos,
buenos y malos—. Me salvó la vida.
Katsuki
suavizó su expresión, comprendiéndolo. Así que su música lo ayudó en un mal
momento. Eso era bueno. Cuando su música se convertía en algo más que puro
entretenimiento, sentía que había hecho algo que iba más allá de pasar un buen
rato o que simplemente sonaba bien. Trascendental tal vez no era la
palabra correcta, pero le gustaba escuchar que había creado algo más que un
poco de diversión efímera, algo que no sería olvidado con facilidad.
—Me
alegra saberlo —dicho esto, echó un vistazo a la fiesta.
Hizo
una mueca. No tenía nada de ganas de volver y tener que lidiar con un montón de
idiotas, prefería quedarse en el balcón a pesar del frío.
Además,
estaba socializando con un fan que era, de lejos, el más agradable que había
conocido en varios años. Eso coincidía con el objetivo de la fiesta, ¿no?
Relacionarse, crear lazos y mierda así.
Se
dio la vuelta y apoyó los codos en la barandilla, mirando de nuevo al Omega.
—Entonces,
¿cuál es tu favorito?
El
chico se agarró el mentón con los dedos índice y pulgar.
—Save
and win me pareció un álbum muy bueno —dijo mientras sus ojos brillaban—.
Los solos eran espectaculares y tenía armonías complejas. Me recordó a las
composiciones musicales de All Might, pero con sonidos y arreglos más modernos.
Los
ojos de Katsuki brillaron.
—¿Te
gusta All Might?
Izuku
se sonrojó e hizo un puchero.
—Sé
que dicen que está anticuado, pero me sigue pareciendo el mejor de al menos
tres generaciones de rock.
Sin
decir nada, Katsuki se incorporó y se abrió la chaqueta, dejando al descubierto
su camiseta. Al reconocerla, Izuku se abalanzó sobre él para cogerla con las
dos manos y estirarla para verla mejor.
—¡ES
LA CAMISETA DEL CONCIERTO DEL 97! —gritó con una voz aguda.
Katsuki
rio.
—Exacto.
Tienes buen gusto.
—Fue
el mejor concierto de la historia —asintió Izuku—. Reunió a grandes artistas,
músicos y grupos del momento como Sir Nighteye, Edgeshot, Midnight o Mirko, e
incluso logró que vinieran algunos cantantes que ya se habían retirado como
Crimson Riot. Más de tres millones de personas acudieron, sin contar que todas
las cadenas importantes de radio y televisión cubrieron el evento…
—Guau,
eres un nerd para estas cosas, ¿eh?
Al
darse cuenta de que se había distraído demasiado, se sonrojó y saltó hacia
atrás, soltando muy a su pesar la camiseta. En algún momento lloraría por no
poder tener una. Fueron de edición limitada y era casi imposible encontrarlas,
por no hablar de lo que costaría conseguirlas. Si las entradas del concierto y
la fiesta le había costado ahorrar durante meses, para esa camiseta tendría que
vender un órgano en el mercado negro.
—Perdón.
Sin
embargo, Katsuki estaba divertido. Era la primera vez que un Omega se le tiraba
encima solo por su camiseta en vez de para restregarse contra él.
—Para
nada. Con razón eres fan mío —dijo un poco complacido—. En ese álbum quería
hacer algo parecido a su trabajo.
Los
ojos de Izuku brillaron otra vez y levantó los puños con emoción.
—Me
gustó mucho cómo introdujisteis armonías vocales, ya no se hace mucho en el
rock y es difícil de interpretar, sobre todo en directo.
Katsuki
ladeó la cabeza con interés.
—¿Entiendes
de música?
—Eh…
Un poco —admitió, rascándose la cabeza.
—¿Tocas?
—Izuku asintió con timidez, lo que hizo sonreír a Katsuki—. Vamos, nerd,
cuéntame.
El
Omega abrió la boca para responder, pero, antes de que pudiera decir nada, los
dos escucharon la puerta corredera y Katsuki, casi por instinto, corrió detrás
de Izuku hacia el extremo más alejado del balcón antes de pegarse a la pared.
Al
ver que la puerta se abría y que alguien se asomaba, Izuku comprendió la
situación y puso su cuerpo entre la puerta y el balcón, cubriendo a Katsuki,
que, al verlo, se inclinó un poco para que su altura no lo delatara.
Una
Omega de pelo corto oscuro y ojos ambarinos sacó la cabeza para echar un
vistazo, mirando confundida a Izuku, que le hizo un saludo casual con la
barbilla.
—Hola.
—Hola
—dijo, intentando echar un vistazo tras él, pero estaba demasiado oscuro y las
pequeñas luces de la barandilla no hacían mucho para darle una buena visión—.
¿Has visto a Kats?
“Kats”
era como los fans llamaban al batería, sin duda alguna por culpa del resto de
miembros de la banda, que lo habían apodado así. Sin embargo, Izuku se había
dado cuenta en las entrevistas de que no era un apodo que le gustara recibir
por parte de extraños.
Se
encogió de hombros.
—Si
estuviera aquí me habríais oído gritar su nombre por encima de toda esa música
de ahí dentro.
Entonces,
ella frunció el ceño, molesta, antes de mirarlo de arriba abajo. Cuando
terminó, esbozó una sonrisa arrogante.
—Claro.
Buena suerte —dijo con una risilla antes de regresar adentro.
Izuku
comprendió el mensaje, pero solo rodó los ojos. Si ella supiera…
—Será
perra —masculló el batería.
El
Omega se dio la vuelta y pegó un salto al ver al hombre a su espalda en toda su
altura. ¿Cómo podía moverse sin hacer ruido con lo grande que era?
—¿Cuándo
has llegado ahí?
Katsuki
frunció el ceño.
—Ahora
—respondió antes de señalar la puerta—. Ni puto caso. No la conozco en persona,
pero es una extra de mierda que no es ni la mitad de interesante que tú.
Izuku
movió la mano de un lado a otro, quitándole importancia.
—Ah,
eso me da igual.
El
Alfa cruzó los brazos.
—Tendrías
que haberle dicho que era una zorra y haberle cruzado la cara. O, mejor aún,
haberle tirado una bebida encima —dijo con una cruel sonrisa—. Con lo poco que
lleva puesto, habría estado congelada y jodida.
Izuku
no pudo evitar sonreír. Era un poco tierno que un tipo con tan mal carácter como
Bakugo estuviera defendiendo su honor.
—No
tengo una bebida aquí, y, de haber hecho cualquiera de las otras dos cosas,
habríamos acabado discutiendo y te habría descubierto.
Katsuki
gruñó en respuesta.
—Habría
valido la pena a cambio de una buena bofetada. Odio a la gente como ella.
—Lo
cierto es que tus fans de ahí dentro dan miedo —comentó Izuku con un asomo de
pena.
El
Alfa arrugó la nariz.
—Son
jodidamente molestos —dicho esto, lo miró—. Tú, no. Creo que eres lo único que no
me está jodiendo de esta mierda de fiesta.
Izuku
soltó una risilla.
—Gracias,
supongo.
Katsuki
se pasó una mano por el pelo.
—Agh,
solo quiero tomar una cerveza tranquilo mientras hablamos —dijo antes de
mirarse las manos—, y en un sitio más caliente, si es posible. Aquí nos
acabaremos congelando en algún momento —gruñó otra vez—. Pero ahí dentro es
imposible.
—Se
nos echarán encima como hienas —coincidió Izuku con un asentimiento—. Y yo
moriré aplastado.
Katsuki
esbozó una media sonrisa.
—No
dejaría que te hicieran una mierda, nerd. Te he nombrado mi fan número uno,
aquí estás bajo mi protección.
Izuku
contuvo una carcajada, pero se le escapó una sonrisa.
—¿Es
algo oficial?
El
batería se encogió de hombros.
—Puedes
verlo así.
Izuku
ladeó la cabeza con una sonrisa satisfecha.
—Ahora
me siento poderoso.
Katsuki
rio con ganas.
—Eres
un tipo divertido.
—Viniendo
de ti, es todo un halago.
—Joder
que sí —dicho esto, se asomó por el balcón, observando las calles—. Estaría
bien ir a otro sitio, pero lo tenemos crudo.
Izuku
lo imitó y se asomó, viendo las luces de abajo, la mayoría lugares de copas y
discotecas.
—¿Por
qué? ¿Te meterás en problemas por dejar la fiesta?
—Nah,
yo he cumplido mi trabajo aquí y estoy atendiendo a mi fan número uno —dijo
esto último con cierta complacencia, pero no tardó en arrugar el puente de la
nariz, molesto—. No, el problema es abandonar el hotel sin que me vean. —Puso
los ojos en blanco—. Y que no me reconozcan por aquí. Todo el mundo sabe que
estoy por la zona. —Soltó un gruñido—. Mierda, ¿no hay un puto lugar donde
pueda estar tranquilo unas horas?
Izuku
se sintió mal por él otra vez. Podía entender que estuviera teniendo un mal día
si ni siquiera tenía un lugar donde estar a solas y relajarse o tener que
aguantar a todos esos fanáticos extraños de dentro.
Se
alegraba de que estuviera disfrutando de su charla con él, pero le gustaría
poder ayudarlo un poco más. Así que echó un vistazo a las calles de nuevo.
Conocía la zona, seguro que sabía de algún lugar donde pudiera disfrutar de un
rato a solas.
Un
momento.
…
Vale, no sería exactamente el tipo de local en el que pensaba Bakugo, pero, al
menos, podía garantizarle que no lo molestarían.
—Bakugo.
—Este lo miró—. ¿Te gusta el jazz?
El batería parpadeó, pero, después, esbozó una lenta sonrisa.
—Te sigo, nerd.

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